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IL LENGUAS IBERICAS PRERROMANAS
Los HISroRIADORES DE LA LENGUA FSPAROLA necesitan remontarse al latin:
si no lo hicieran, su historia serfa incomprensible. Hay filélogos que no se
contentan con hablar del latfn a partir de la época en que se implanté
en Espana (cuando la lengua de Roma era ya précticamente la tinica
hablada en la penfnsula itélica), sino que comienzan més atrés, arguyen-
do que ciertos soldados o colonos romanos levaron a Hispania rasgos
provenientes de la lengua de los oscos, “tia” o “prima” del latin, como ya.
-vimos. Pero esos rasgos, ni siquiera demostrados concluyentemente, ca~
recen de relieve frente a la masa abrumadora de la lengua latina.
Mucho més importante que esa indagacién ca cl csfucrzo dedicado a
saber qué lenguas se hablaban en la propia peninsula ibériea cuando
ésta fue ocupada por los romanos. Varias generaciones de eruditos se
han entregado a tan ardua tarea. Es verdad que sus trabajos, tremenda-
mente especializados, no suelen orientarse hacia el presente sino mds
bien hacia el pasado, puesto que tratan de poner alguna luz en sombrfas
zonas prehist6ricas; pero muchas de sus conclusiones valen para la his-
toria de nuestra lengua. Los hispanohablantes de hoy seguimos emplean-
do, en efecto, buen nimero de palabras usadas ya por los distintos pue~
blos prerromanos, y varios rasgos earacteristicos del castellano, como la
presencia de una h- ah{ donde el italiano y las dems lenguas hermanas
tienen f° —herin, hacer, hoja, humo, ete., y no ferir(e), ete.— se han
explicado, muy plausiblemente, como herencia “viva” de alguna de
aquellas viejas lenguas anteriores a la entrada del latin.
Por desgracia, lo que en este terreno se sabe con seguridad es todavia
poco, y las conclusiones a que se va llegando suelen leerse con un “qui-
26” sobreentendido. Cuando se carece de datos irrefutables en que fun-
damentar una conviccién cientifica, es natural basarse eit conjeturas; ¥
ademés, las veces que se libran del error, las conjeturas suelen adquirit
20
LENGUAS IBERICAS PRERROMANAS 31
tuna especie de verdad que no se encontrarfa de otra manera. Desde que
enel “magdaleniense superior”, o sea la etapa més avanzada del paleo-
Iitico, hacia 13000 a.C., unos artistas geniales pintaron los renos, bisontes
y caballos salvajes de las cuevas de Altamira (provincia de Santander)
hasta unos cuantos siglos antes de nuestra era, la historia de Espafia, y
Jade casi toda Europa, esta hecha en buena parte de conjeturas, de
pétesis, de esfuerzos de interpretacién, Los interesados en la historia de
Ja lengua espafiola interrogan las interpretaciones que diversos espe-
cialistas formulan después de estudiar las ruinas, las tumbas, las esta-
tuas, vasijas y herramientas, algunas monedas, los restos de una espada;
y estos especialistas, a su vez, les piden a los linglistas y fildlogos sus
interpretaciones de los nombres antiguos de ciudades, de las inscrip-
ciones que subsisten y de las pocas noticias (aunque sean mfticas) que
los escritores hebreos, griegos y romanos dan o parecen dar acerca de la
Espafia primitiva,
Para un francés, para un inglés, para un europeo nérdico de nuestros
dias, Espafia es un pafs no muy europeo, un pafs con mucho de africano.
La frase “Africa empieza en los Pirineos” ha tenido fortuna, y no han
faltado espafioles que la suscriben con orgullo. De hecho, Espatia fue
poblada en los tiempos primitivos no sélo por pueblos legados de la
Europa continental (que se establecieron en los Pirineos y en las costas
del Cantabrico), sino también por pueblos llegados del norte de Africa
(que se establecieron en el sur de la peninsula y en las costas levantinas).
Las pinturas de Altamira, emparentadas con las de varias cuevas del sur
de Francia, son muy distintas de las de Alpera (provincia de Albacete),
que parecen relacionarse més bien con las pinturas rupestres africanas.
A finales de la época prehist6rica debe haberse anadido una tercera
tuta de penetracién: el homérico Mediterréneo. Para los grupos huma-
nos que lentamente, pero una y otra vez y a lo largo de siglos y siglos,
Peregrinaron en busca de tierras, Espafia fue el extremo tiltimo (occi-
dental) del mundo, mas alld del cual no habia sino el océano impenetra-
ble. (¥ extremo ailtimo, finis terrae, siguis siendo en tiempos histéricos.)
Es imposible tener una idea de las fusiones y escisiones que segura-2 LENGUAS IBERICAS PRERROMANAS
‘mente hubo entre las poblaciones primitivas de la peninsula. El griego
Estrabén nos ofrece en su famosa Geografia o Descripcién de la tierra,
escrita a comienzos de nuestra era, los nombres de no pocos pueblos di-
versos, que pueden verse, con su localizacién aproximada, en el mapa
de arriba. (Dice el autor que habia otros més, pero que prefiere no Ilenar
la pégina con nombres impronunciables.) Sus lenguas, segtin él, eran 0
habfan sido también diversas. Sin embargo, en los momentos en que Es-
trabén escribfa, estaba ya consumada la romanizacién de la peninsula;
y aunque siguié habiendo todavia gentes que se aferraban a sus respec-
tivas lenguas en la Hispania romana, segtin se sabe por otros testimonios,
estas lenguas (con una sola excepeién) no tardaron mucho en morit.
Asf, pues, la lista del geégrafo griego no ha resultado muy «til pa-
1a los estudiosos. Fuera de dos o tres, e808 pueblos no conocieron la es
critura, y pocos de ellos dejaron alguna reliquia arqueolégica distintiva.
LENGUAS IBERICAS PRERROMANAS 38
Es imposible hablar de una cultura “vaccea” o de una lengua “cerreta-
na”, y decir que algo o alguien es “carpetovet6nico” no es sino una ma-
nera de decir que es muy espafiol —pues “carpetanos” y “vettones”
vivian en la parte central de la pentnsula.
Pero algunos de los pueblos enumerados por Estrabén merecen algo
mds que una simple mencién, El primer lugar les toca a los iberos. Es
verdad que el gedgrafo habla de “celtiberos”, porque para entonces esta-
ran aliados o fundidos de alguna manera con los celtas. Pero los iberos
habian conocido tiempos mejores. Cinco siglos antes de Estrabén, el
padre de la Historia, Herédoto de Halicarnaso, habfa hablado ya de Ibe-
ria, 0 sea, evidentemente, la regidn del rfo Jber (el Ebro actual), donde
habits ese pueblo, uno de los més avanzados o civilizados de la Espana
pretromana. Los iberos fueron muy permeables a las influencias heléni-
cas, como lo muestran sus reliquias arqueolégicas: monedas, objetos de
metal, algunas figurillas y varias esculturas notables, la més hermosa
de las cuales es la llamada Dama de Elche. Més atin: los iberos posefan
el arte de la escritura, Los eruditos modemos han conseguido descifrar,
letra a letra, las varias inseripciones ibéricas (sobre plome) que se con-
servan. Desgraciadamente, ninguno de ellos ha podido decir qué signi-
fican. Parece seguro que los iberos procedian del norte de Africa, y que
en alguna época su territorio rebas6 en mucho la cuenca del Ebro.
Los “turdetanos”, situados por Estrabén en el oeste de la actual Anda-
lucfa, descendian de un pueblo que once o doce siglos antes de Cristo
era famoso por su riqueza. El gentilicio “turdetanos” se relaciona, en
efecto, con “Tartessos”, nombre que da Herédoto a su ciudad prineipal,
situada en la desembocadura del Guadalquivir (y de la cual los arqueé-
logos modernos no han podido encontrar rastro alguno). “Tartessos”, a su
vez, no es sino helenizacién evidente de la palabra semitica Tharshish,
que aparece varias veces en la Biblia: el libro 1 de los Reyes dice que
Salomén “tenia una flota que salfa a la mar, a Tharsis, junto con la flota
de Hiram [rey de Tiro, en Fenicial, y una vez en cada tres afios ven‘a la
fiota de Tharsis y trafa oro, plata, marfi, monos y pavorreales”; entre las
cosas soberbias que el Seftor Dios se propone destruir —las montafias,
los cedros del Ltbano, las altas torres—, enumera Isafas “las naves dery LENGUAS IBERICAS PRERROMANAS
Tharsis”; y Ezequiel atribuye a Tharsis “multitud de todas riquezas en
alata, hierto, estafio y plomo™. A causa quizé del prestigio de Herédoto,
s1 nombre “Tartessos” ha tenido fortuna, y los “turdetanos” de Estrabén
suelen Ilamarse tartesios.
Los textos btblicos confirman la noticia de que los fenicios, grandes
aavegantes, manejaron desde el siglo x1 a.C. un activo tréfico mercantil
ontre la zona tartesia y las ciudades de Tiro y Sidén. Siglos més tarde,
los griegos entablaron con los fenicios una competencia de la cual pare-
sen haber salido derrotados. Segin Estrabén, los tartesios alardeaban
Je que su escritura tenfa una antiguedad de 6000 aftos. Tan notoria
sxageracién puede explicarse por el hecho de que ya en el siglo 1 d.C.
2sa escritura, como los poemas y leyes versificadas de que también alar-
deaban los tartesios, eran cosa del pasado: para esas fechas no sélo
habfan adoptado ya las costumbres romanas, sino que habian olvidado
también su lengua, No es de extraffar, pues, que las inscripciones tarte-
siae que nos han Iegado sean atin més diffciles de descifrar que las ibé-
rieas. Lo tinico que se puede decir es que su escritura emplea signos
distintos de los iberos, y también una lengua distinta. No se sabe, en
resumen, qué relaci6n hubo entre ellos, a pesar de que unos y otros
parecen haber llegado a Espafia desde el continente afticano,
En cuanto a los pueblos que Estrabén sitdia en el centro de la penin-
sula, como los “carpetanos” y los “oretanos”, parecen ser restos o frag-
mentos de una o varias oleadas migratorias de Ifgures, ocurridas en fe-
chas imposibles de precisar. La Liguria de hoy es la regién italiana que
tiene por centro a Génova, pero en los tiempos prehistéricos los lfgures
ocuparon un territorio mucho mayor, al este lo mismo que al oeste. Al
llegar a Espafia Hevaban en su lengua, no indoeuropea, muchas conta-
minaciones de la lengua indoeuropea de los ilirios, moradores de lo que
ha sido Yugoslavia, a quienes parecen haber subyugado. Algunas de las
modificaciones observadas en el latin hispano parecen explicarse por
influencia de la lengua semi-indoeuropea de es0s iliri-ligures,
Tos celtas, pueblo famosfsimo de la Antigiiedad, figuran dos veces en
la lista de Estrab6n: una en lo que es hoy Galicia y norte'de Portugal, y
otra en la regién de la actual Soria, en la ya mencionada alianza con los
LLENGUAS IBERICAS PRERROMANAS 35
iberos. De hecho, la toponimia, auxiliar siempre fidedigno de la lingufs-
tica y de la historia, nos revela que hubo celtas en la mayor parte del te-
rritorio peninsular. Véanse, eomo muestra, estos nombres célticos de lugar:
Brécara (la actual Braga), Aébura (Evora, y también Yebra), Bletisama
(Ledesma), Mundobriga (Munébrega), Conimbriga (Coimbra), Segdbriga
(Segorbe), Segovia (Segovia), Segontia (Sigiienza), Bisuldunum (Besald),
Clunia (Corafia). Los pueblos célticos, de lengua indoeuropea, se habfan
extendido ya —o segufan extendiéndose— por las islas briténicas y el
actual territorio de Francia cuando llegaron a Espafa, quizé en varias
oleadas, a partir més o menos del siglo vut a.C.
El celta primitivo es muy conocido, no s6lo porque abundan sus testi-
monios antiguos, sino también por lo mucho que se puede reconstruir a
base de sus varios descendientes actuales (gaélico, irlandés, bret6n,
ete). Las ruinas de “eastros” y “citanias” de los celtas que se conservan
en Espafia y Portugal dan la impresién de que fueron un pueblo siempre
ala defensiva. (Las galos que se apusieron a Julio César eran celtas;
también varios de los caudillos que se enfrentaron en Espafia a los ro-
manos llevaban nombres célticos.) Los celtas dejaron en Espafia una
fuerte huella lingufstica, mas marcada tal vez en Portugal y en Galicia
(hay gallegos modernos que se sienten auténticos continuadores del
“espiritu” céltico). No tentan alfabeto propio: las inscripeiones que nos
dejaron estén en caracteres latinos, salvo una, sobre plomo, que curiosa-
mente utiliza el alfabeto ibérico. Gracias a estas inscripeiones (tardias)
se puede asegurar que el celta hispano lleg6 a tener ciertas modalidades
propias. Su influencia sobre aspectos estructurales (fonolégicos, por
ejemplo) de los romances peninsulares debe haber sido grande, aunque
es dificil de precisar, a causa justamente de la gran difusién prerromana
del celta general en el occidente europeo. Una muestra: el italiano notte
y el rumano noapte mantienen el grupo -ct- del latfn noctem mejor que
el espanol noche; lo ocurrido en espafiol con ese grupo -c!- se explica
Por influencia céltica —y la misma explicacién vale para el portugués
noite, el provenzal nuech, el francés nuit y el cataldn nit. Por otra parte, el
Yocabulatio de origen eéltico es abundantisimo, De las regiones habi
das por celtas ya habia tomado el latin, entre otras muchas, las palabras6 LENGUAS IBFRICAS PRERROMANAS.
le donde vienen abedul, alondra, br(o, caballo, cabana, camino, camisa,
arro, cerveza, legua, pieza y salmén, que el espafiol ha compartido siem-
sre con casi todos los idiomas romances.
La otra lengua indoeuropea que se escuché en Espafia antes de la
cupacién romana es el griego. Pero, a diferencia de lo que pasé con
a lengua de los celtas, la de los griegos no parece haberse hablado sino
an las factorfas o instalaciones portuarias que para su tréfico comercial
evantaron a partir del siglo vi a.C. esos ilustres e imaginativos compe-
idores de los fenicios. Antes de Herédoto, la peninsula ibérica se habfa
neorporado al mito de Hércules, uno de euyos trabajos fue el robo de
as manzanas de oro guardadas por las Hespérides, hijas de Hesperia y
Jel gigante Allas, en un huerto situado en los confines occidentales del
mundo (jalusién a las relaciones comerciales de Grecia con la zona tar-
esia?): Hesperia procede de una palabra griega afin al latin Vesper, el
astro vespertino de oceidente; y el gigante Atlas o Adlante dio su nombre
4] Atléntico. Otro trabajo de Hércules fue la captura de los rebafios de
Gerién, monstruo de tres cuerpos que vivia asimismo en el extremo
secidental del mundo (interpretacién de la lucha entre griegos y feni-
vios por el predominio de Tartessos?). En elaboraciones tardfas del
mito, es Hércules quien separa el continente africano del europeo con
la fuerza de sus brazos, creando el estrecho de Gibraltar. (Recuerdo de
esta hazafia eran las “columnas de Hércules”: una en Calpe, del lado
espafiol, y otra en Abila, del lado africano.)
Los griegos influyeron mucho en las artes y artesanfas de la penfn-
sula (escultura, arquitectura, cerémica, acufacién de monedas, etc.), €
introdujeron quizé el cultivo de la vid y del olivo, pero no fueron verda-
deros pobladores o colonos, y asf no dejaron ninguna huella linguistica
directa. Por supuesto, el patrimonio de voces derivadas del griego es enor-
me en nuestra lengua (y en muchisimas otras). Al griego se remontan
bodega y botica, citara y cristal, historia y poesta, dngel y diablo, paratso
(no infierno) y muchisimas otras. Pero todas estas voces patrimoniales
nos Ilegaron en realidad a través del latin, que las acogié primero. (Lo
cual, por cierto, sigue sucediendo. Los helenismos modemos pasan
antes por el filtro del latin: decimos cronologéa y no jronologra porque
LENGUAS IBERICAS PRERROMANAS a
en latfn no hay el sonido de jota; decimos sismégrafo y no seismégrafo
porque el diptongo ei del griego se transcribe en latfn como é larga.) La
‘inica huella espectficamente hispana que dejé la lengua helénica es un
pufiado de topénimos. Ni una aldehuela de pescadores perpetué el nom-
bre de la celebrada Tartessos, pero en la costa del Mediterraneo (pro-
vincia de Gerona) el pequetio puerto de Rosas contintia el nombre griego
Rhode, y el pueblo de Ampurias mantiene el nombre griego Emporion,
que significa ‘centro de comereio marftimo’.
“Tartessos” puede haber designado no s6lo una ciudad, sino una zona
extensa, quizé todo el sur peninsular, que es donde Estrabén, més de
diez siglos después de la Ilegada de los fenicios, sita a “turdetanos”
y “tirdulos”. En el afto 1100 a.C. fundaron los fenicios la ciudad de
Gaddir (la Gades romana, la Qadis érabe, la Cédiz actual), que, como
otras fandaciones posteriores, no fue simple puerto de escala, sino ver
dadero niicleo de poblacién. Le influencia fenicia debe haber sido muy
grande. Pl alfabeto que se utiliza en la mayor parte de las inscripciones
ibéricas es una adaptacién del fenicio. Consta que en el siglo 1 a.C. to-
davfa se hablaba en el sur de Espafta una lengua pinico-fenicia, mientras
que el turdetano o tartesio haba desaparecido.
Esa lengua ptinico-fenicia era la de la ptinica Cartago, la més célebre
de las colonias de Tiro y Sid6n, que ya en el siglo v a.C. habia sustituido
su metrépoli en el dominio del Mediterréneo, y cuyos ejércitos, en el
siglo itt, legaron a ocupar la mayor parte de la peninsula (hasta el Ebro y
el Duero). Roma, imperio naciente, no pudo tolerar esta ocupacién,
y tras una guerra (218-201 a.C.) de importancia trascendental, cuyos
episodios fueron asiduamente registrados por los historiadores, expulsé
de Espatia a los cartagineses, Estos dejaron su huella en la toponimi
Mélaka (Mélaga), Cartagena (la ‘nueva Cartago’), Ebusus (Ibiza). La
misma palabra Hispania, con que los romanos Hamaron el pafs recién
conquistado, parece ser latinizacién del nombre piinico que los cartagi-
neses le habfan dado, y que significa ‘tierra de conejos’. Por primera vez
Ja totalidad de la peninsula tenfa un nombre unificador.
Adrede ha quedado al final de este desfile de habitadores prerro-
manos de Hispania el pueblo de los “vascones”, situado por Estrabén en0 LENGUAS IBERICAS PRERROMANAS
al mismo rineén en que viven los vascos actuales, en torno al golf de Viz~
vaya, parte en Espafia y parte en Francia. Nadie duda que, por mucho
que se hayan mezclado con otros pueblos a lo largo de los siglos y por
‘nucho que hayan venido a adoptar todas o casi todas las costumbres de la
Europa moderna, los vascos actuales descienden genéticamente de
aquellos primitivos véscones, mientras que nadie, pongames por caso,
se atreverfa a afirmar en serio que los asturianos de hoy descienden en
\fnea recta de los “stures”, a quienes Estrabon sitdia no lejos. Mas atin:
de la lengua de los “éstures” —cualquiera que haya sido— no se tiene
ni idea, mientras que el vascuence sigue siendo hablado por muchos
miles de personas. Es la tinica lengua prerromana que atin esté viva; la
dinica, por asf decir, que el latin no logré poner fuera de combate. Se
comprende que sobre los vascos de hoy, sus costumbres y su lengua
(fragmentada en varios dialectos), su situacién politica en Espafia, ete.
y sobre los vascos de ayer, su lengua y sus hébitos, su encerramiento, su
caporédica presencia en la historia general de Espana (salva a partir de
su auge en el siglo xvi), etc., se haya escrito muchisimo.
Mucho se ha escrito, en particular, sobre la relacién del vasco con el
ibérico. La palabra Iberia figura varias veces en los historiadares grie-
gos, desde Herédoto, y parece que acabé por designar vagamente toda
Ta peninsula, y no s6lo la regién del Ebro. Vagamente, 0 sea sin la histo-
ricidad y la precisién de la palabra Hispania. Por una especie de idea-
lizacién, los iberos vinieron a ser vistos como los pobladores “por ex
celencia” de la peninsula, En el siglo xix Iegaron a decirse cosas como
Los iberos llegaron a Espafia en un pasado remotisimo”; “Los
iberos pintaron los bisontes y caballos de Altamira”; “Los iberos escul-
pieron la Dama de Elche”; “Los iberos resistieron al invasor romano”;
“Los iberos son los vascos”. Y asf como el ya mencionado William
Jones crefa (en 1786) que el sdnscrito era “el indoeuropeo”, asf Wilhelm
von Humboldt crefa (en 1821) que el vascuence era “el ibérica” (0 lo
que quedaba de él).*
* Baltasar de Echave, vieaino residente en México, publics
cursos dela lengua edntabra bascongada, en los evales se presen
‘de-una matrona venerable y anciana que se queja de que, siendo ella In primera que #€
ata lengua “en forma
LENGUAS IBERICAS PRERROMANAS 2”
Humboldt fue un pionero ilustre, pero de sus tiempos a los nuestros
mucho se ha avanzado, Hoy nadie piensa de manera tan simplista. Es
yerdad que ciertos topénimos pudieran ser indicio de que el vasco se
habl6 alguna vez en una zona mayor que la actual: Aranjuez (cerca de
Madrid) est4 emparentado con Ardnzazu (provincia de Guiptizeoa, en
pleno pats vaseo); Guadalajara (también cerca de Madrid) es arabiza-
cin de Arriaca, su viejo nombre vasco; Alcubierre (Huesca) y el ro Val-
deraduey (en la meseta castellana) son también topénimos vascuences.
Pero nadie podria sostener que el vasco fue la lengua hablada por la
mayoria de los pobladores prerromanos de la peninsula. Incluso la enor-
me ventaja de haber sobrevivido esta contrarrestada por el hecho de
que no comenz6 a dejar testimonios escritos hasta época muy moderna,
y la lengua de esos testimonios es ya la actual, tan Iena de palabras
tomadas del latin y del espaol, que un lingiiista modemo llegé a sostener
—es verdad que con gran oposicién por parte de sus colegas (y con ira
por parte de los vascos}— que el vaseuence no es sino una més de las
lenguas romances.
Esto, en todo caso, ayuda a comprender mejor la dificultad de legar a
precisiones en cuanto al vascuence prerromano. No se sabe siquiera si
los “vascones” llegaron desde Africa o desde el Céucaso, a través del
continente europeo: algunos, en efecto, han relacionado el vascuence
con los idiomas caucdsicos, mientras que otros le han encontrado afi
nidades con lenguas camiticas tan remotas como el sudanés y el copto.
Lo tinico que se puede conjeturar menos turbiamente es que los iberos,
mas civilizados, influyeron en los antiguos véscones, y que asf como el
vasco se lené de latinismos y de hispanismos a lo largo de los tiltimos
2.000 afios, asf también debe haberse Ilenado de “iberismos” en oscu-
tas épocas anteriores. El vasco vendrfa asf a ser “testigo” del ibérico,
ero el desconocimiento del ibéricoimpide preisar en qué sentido lo
serfa
‘También se ha escrito mucho sobre las posibles influencias del vaseo
sen Eta» bod i] pera el al, nhian shade auras
doc extrunore” La matona wo habla cariocamente sine con Guipacony Vi
aya, “que le han sido feles”. mane10 LENGUAS IBERICAS PRERROMANAS
n aquellos rasgos de pronunciacién, morfologia y vocabulario que
distinguen al castellano de los demés idiomas romances. Pero, por las
razones expuestas, y salvo casos como la perduracién de los nombres
Inigo, Javier, Jimeno, Garefa y algin otro, poco es lo que puede afirmar-
se con seguridad.
Un hecho es claro: los vascos son uno de esos pueblos europeos que,
por modernizados que estén, siempre han fascinado a los estudiosos por
su “areafsmo”, por su resistencia a las corrientes culturales exteriores.
Un gran antropélogo vasco de nuestros tiempos ha descubierto entre sus
paisanos una notable supervivencia de modos “paganos” de pensamien-
to mitico y magico. El espiritu cerrado que los vaseos han mostrado en
tiempos hist6ricos (su escasa permeabilidad a la cultura romana, a la
cristiana y a la érabe, por ejemplo) debe haber existido también en
tiempos prehist6ricos. Al margen de los criterios cientfficos, algunos:
interpretan esto como seftal de vigor e independencia; otros, como prue=
ba de cerrilidad y barbarie. Los lingitistas ohservan serenamente, entre:
otras cosas, que los vascos se ensefiaron a escribir demasiado tarde, y
que en pleno siglo xx siguen Iamando aitzcolari (aitz es ‘piedra’) al que
corta lefia,
‘A mediados del siglo xix se invent6 en Francia el término “Latino-
amériea” —o “América latina”— para designar a todas las regiones.
americanas en que se hablan lenguas hijas del latin: no s6lo los paises:
de idioma espaftol, sino también el Brasil, Haitf y el Canadé francés.
‘A pesar de su origen y su imprecisién, la palabra ha tenido mucha for-
tuna. Y, como nadie llama “latinoamericanos” a los canadienses de
Quehec, se usa de hecho como sinénimo de “Iberoamérica”: Iberia es la
cuna del espaol y del portugués (el francés esta excluido). Si hubiera
en el continente americano regiones de habla catalana y vasca, serfan
asimismo parte de “Iberoamérica”. La palabra “iberorromance” sirve
para designar a todos los descendientes que el latin dejé en la penfnstt=
Ta (portugués, castellano y catalin, con todos sus dialectos y todas sus
variedades), y en la “Peninsula ibérica” caben todas las hablas iberorro-
mances y ademés el vasco.
En esta amplitud de la palabra Iberia podria verse un homenaje @
LENGUAS IBERICAS PRERROMANAS 41
Herédoto, padre de la Historia. Pero los lingtlistas saben muy bien que
“Jo ibérico” es un concepto de poco rigor cienttfico: abarca demasiado,
y mucho de lo que abarca esté plagado de incdgnitas. En lo que se refiere
a los tiempos prerromanos, nada se sabe de la relacién del ibérico con
una lengua tan importante como la tartesia. “Lo ibérico” es, sencilla-
mente, un coneepto comodo. Englobar en él a los “cerretanos” y a los
“oretanos” de Estrabén no suscita objeciones. El concepto de “lo ibético”
resume nuestras ignorancias. Es como decir “lo indigena”, “lo prerro-
mano”, “lo prehistérico”. Sélo asf puede hablarse de la ascendencia
ibérica de cierto vocabulario y (mas nebulosamente) de ciertos rasgos
morfolégicos y aun fonoldgicos de nuestra lengua.
El vocabulario es lo mds visible de todo. Véase, como muestra, este
modio centenar de voces “ibéricas”:
abarca Drage slépago lesa sabandija
ardilla brefia gindara ies pe
arroyo bruja parrapata . patna
ascua carrasca —_gazapo morcilla _tarugo
balsa cencerro gordo ‘amos ta
barda chamorro —_gorra ava tranca
barranco —chaparro. greta péramo ——urraca
barro conejo inquierdo perro vega
becerro coscojo lanza pizarra = zamarra
belenio cueto égamo réfaga ura
Hay que tener en cuenta que los romanos las escucharon (no en su
forma actual, naturalmente) a medida que fueron haciendo contacto con
los indigenas, pero de ninguna manera puede suponerse que las oyeran
en todo el tertitorio. La peninsula era un mosaico linguistico, y estas pa-
labras no son sino fragmentos minisculos del mosaico.
La lista excluye las palabras de origen céltico que no eran novedad
7 los romanos, y cuyos descendientes existen en todas 0 casi todas
if leguas derivadas del latin (como gato y salmén, como caballo y
re rh pero incluye algunas que diversos autores en diversas épocas
ee ido espectficamente al celta hispano, y que por ello se Iaman
erismos", Asf, las palabras eéltieas lanza y conejo, aunque exis-2 LENGUAS IBERICAS PRERROMANAS
ten 0 han existido en provenzal, en francés y en italiano, fueron reco-
nocides por autores romanos, desde el siglo 1 a.C., como de origen his-
pano; uno de ellos, Plinio el Viejo, dice que no sélo la palabra conejo
(cuniculus), sino también el animalito, es originario de la peninsula
ibérica. (Recuérdese el significado de la palabra piinica Hispania.)
Por lo que toca a las otras palabras, no es mucho lo que puede precisar-
se. Algunas constan en inscripciones latinas hechas en Hispania (balsa,
lesa, pdéramo); otras fueron reconocidas como hispsnicas por escritores
latinos, desde Varrén en el siglo 1 a.C. hasta san Isidoro de Sevilla en el
vilvut d.C. (por ejemplo arroyo y coscojo, gordo y sarna). Algunas (como
erro y como el celtismo belefa) no subsisten sino en castellano; otras
(como rebafto y sapo) sélo en castellano y portugués, y otras son propias
también del cataldn. Al lado de las que se han relacionado con el bere-
ber (carrasca) hay las que presentan un aspecto ilirio-ligur (como gan-
dara). En el caso de palabras como izyuierdo y pizarra se ha pensado en
un origen vaseo. Pero toda conexién con el vasco antiguo es incierta, asf
que bien podria decirse que el espatiol izquierdo y el vasco ezker(r) tie
nen un comin origen “ibérico” —no de otra manera que el espattol
conejo y €] italiano coniglio tienen un comiin origen céltico.
Al recorrer la lista, el lector habré advertido seguramente el curioso
grupo de palabras hecho de barro, gorra, zurra, perro, becerro, cencerro,
chaparro, pizarra, zamarra (= chamarra) y chamorro. Su sonora desi-
nencia hiere inmediatamente el ofdo —y la imaginacién. Son palabras
mnuy “ibéricas” (0 “carpetovetsnicas” si se quiere), muy expresivas, muy
“goyeseas”, con no sabemos qué de brutalidad o salvajismo, muy lejax
nas de la elegancia del francés y de la gracia del italiano, Claro que esta
clase de juicios estéticos no tiene nada que ver con la ciencia lingitsti~
ca, Pero sf cabe decir, cientificamente, que la poblacién “ibérica” tenf
predileceién por ese sufijo -rro (-rra), puesto que se lo encajé a vee!
latinas, como para hacerlas més enfiticas. La forma de la palabra ci
za (en cuya rr parece que ofmos el chirrido de la cigarra o chicharra) n
se explica por la forma de la palabra latina, cicada, A las palabras
‘macho y bidho, que vienen asimismo del latin, se les amtadié ese sufijo
se obtuvo panarra, machorro y buharro, Tal es también la historia de b
LENGUAS IBERICAS PRERROMANAS a
urro, cachorro, cotorra, gamarra, guijarro, chamorro, modorra y pacho-
ra, entre otras.
De manera andloga, las palabras galdpago, gdndara, légamo, rdfaga
y péramo nos exhiben una terminacién esdrijula muy “ibérica”. Se tra-
ta de varios sufijos étonos que también se adhirieron a palabras latinas
como para hacerlas més enféticas. El elemento Jamp- es latina (de ori-
gen griego, por cierto), pero las palabras lampara y reldmpago son tipi-
‘camente “ibéricas” (en italiano y francés su forma es otra). El resultado
normal del latin murem caecum (‘ratén ciego’) es murciego; pero —a
‘causa, se dirfa, del recuerdo inconsciente de los viejos sufijos— se con-
virtié muy pronto en murciégano o murciégalo: tan inquietante animalito
merecfa un nombre expresivo. El més tenaz de estos sufijos étonos es
ago: de ahi la forma murciélago, que ha venido a ser la predominante.
‘Tipicamente “ibéricas” por su terminacién son vdstago, tdrtago, trdfa-
40, lobrego, muérdago, balago y cinaga (pensemos en lo que va de cie-
no a ciénaga). Las palabras latinas farrdgo y plumbdgo, adoptadas en
espatiol en época moderna, han acabado por esdrujulizarse. Algo del
prehist6rico “ibérico” persiste misteriosamente en nosotros y nos im-
pulsa a pronunciar (“incorrectamente”) farrago y phimbago. También
es fuerte y tenaz el sufijo étono “ano de cuévano, médano y sstano.
Seguramente por eso cdindalo y cardmbalo se olvidaron a favor de edn-
dano y carémbano. Probablemente por eso el nuégado se llama muéga-
no en México.
Menos vivaces son dos sufijos “ibéricos” acentuados:
Pefiasco, nevasea y borrasca y el -iego de mujeriego, andariego, nocher-
niego (0 nocharniego), etcétera
Por dltimo —digno remate de este desfile de palabras “ibéricas” no
or su sustancia, sino por su forma—, recordemos la -z de tantfsimos
apellidos, como Lépez, Pérez y Martinez, cuya sustancia viene del latfn:
Lupus, Petrus, Martinus, Algunos creen que esta -z (presente también en
Muniz, Muftoz y Ferruz) es de origen ligur. Es probable. Lo seguro es
ue donde medré exuberantemente fue en Iberia.
‘| -asco de