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UNIVERSIDADE Conflicto, memoria y pasados traumáticos: El Salvador contemporáneo Eduardo Rey Tristán y Pilar Cagiao
UNIVERSIDADE Conflicto, memoria y pasados traumáticos: El Salvador contemporáneo Eduardo Rey Tristán y Pilar Cagiao
UNIVERSIDADE Conflicto, memoria y pasados traumáticos: El Salvador contemporáneo Eduardo Rey Tristán y Pilar Cagiao

UNIVERSIDADE

Conflicto, memoria y pasados traumáticos:

El Salvador contemporáneo

Eduardo Rey Tristán y Pilar Cagiao Vila (coords.)

DE

SANTIAGO

DE

COMPOSTELA

Conflicto, memoria y pasados traumáticos: El Salvador contemporáneo

Eduardo Rey Tristán y Pilar Cagiao Vila (coord.)

Universidad de Santiago de Compostela, 2011

CONFLICTO, memoria y pasados traumáticos : El Salva- dor contemporáneo / Eduardo Rey Tristán y Pilar Cagiao Vila (coord.) ; [promovido polo Centro Interdisciplinario de Estu- dios Americanistas “Gumersindo Busto” e o Instituto de Estu- dios Históricos, Antropológicos y Arqueológicos]. – Santiago de Compostela : Universidade, Servizo de Publicacións e Intercam- bio Científico, 2011. – 325 p. : il. ; 17 x 24 cm. – Bibliogr.: p. 295-320. – D.L. C xxxx-2011. – ISBN 978-84-9887-383-2

1. El Salvador – Historia – 19º século. 2. El Salvador – His- toria – 20º século. 3. El Salvador – Historia – 21º século. I. Rey Tristán, Eduardo, coord. II. Cagiao Vila, Pilar, coord. III. Centro Interdisciplinario de Estudos Americanistas “Gumersin- do Busto”. IV. Universidad de El Salvador. Instituto de Estudios Históricos, Antropológicos y Arqueológicos. V. Universidade de Santiago de Compostela. Servizo de Publicacións e Intercambio Científico, ed.

323(728.4)”18/20”

Esta obra se ha financiado a través de la Acción Complementaria HAR2009-06516-E del Ministerio de Ciencia e Innovación.

ÍNDICE

Presentación

7

Abreviaturas

13

Resúmenes

15

Abstracts

21

PRIMERA PARTE. HISTORIA Y MEMORIA. AMÉRICA LATINA Y ESPAÑA

Historiografía y memorias (activas). Debates desde la historia inmediata (medieval y contemporánea). Israel Sanmartín Barros

29

Memoria, política, violencia y presente en

América Latina. Eugenia Allier Montaño

47

Luces y sombras de la larga transición chilena

(1990-2006). Maria Rosaria Stabili

63

Conservación y olvido de los pasados incómodos en las sociedades

contemporáneas. Lourenzo Fernández Prieto

95

La gestión de la memoria socio-política a través de la experiencia de un

archivo sindical. Víctor Manuel Santidrián Arias

121

SEGUNDA PARTE. CONFLICTO Y MEMORIA EN EL SALVADOR CONTEMPORÁNEO

Violencia legítima e ilegítima en El Salvador del siglo XIX:

algunas reflexiones. Sajid Alfredo Herrera Mena

137

¿Rebelión comunista, indígena o subalterna? Estudio historiográfico de los sucesos de 1932 en El Salvador. Rolando Vásquez Ruiz

153

5

Conflicto, memoria y pasados traumáticos: El Salvador contemporáneo

La memoria de la “La guerra de las cien horas” ¿victoria o

6

legítima defensa?. Ricardo Argueta Hernández

177

Los actores de la guerra civil salvadoreña. Alberto Martín Álvarez

189

¿Es la justicia el precio de la paz? Logros y limitaciones en el

proceso de paz salvadoreño. Xiomara E. Lazo Fuentes y Eduardo Rey Tristán

211

Conservación y gestión de la memoria del conflicto armado

salvadoreño. Georgina Hernández Rivas

241

La memoria militante. Historia y política en la posguerra

salvadoreña. Ralph Sprenkels

255

Memoria e historia reciente en El Salvador. La necesidad de nuevos mitos en el presente salvadoreño. Jorge A. Juárez Ávila

275

Movimientos populares y elecciones en El Salvador, 1990-2009. Paul Almeida

285

Bibliografía

295

Autores

321

Índice

Memoria, política, violencia y presente en América Latina

Eugenia Allier Montaño Universidad Nacional Autónoma de México

1. La memoria en el mundo contemporáneo 1

Si hoy la “epidemia” (HUYSSEN, 2001) o “tiranía” de la memoria (NORA, 2008) 2 parece una evidencia difícil de negar, su apogeo actual tiene una historia, que ha tenido como eje relevante a la Shoah. Los primeros años de esa historia nos remiten especialmente a Europa, ya que los discursos de la memoria de los años 1960 tuvieron como causa la descolonización y los nuevos movimientos sociales que buscaban historiografías alternativas y revisionistas: diversos grupos sociales (especialmente los obreros y los regionalistas, pero también ciertas minorías) cuestionaron la historia hegemónica (lo

que llevó a los historiadores a escuchar los cantos de las sirenas y volcarse a los estu- dios orales, dando voz a los que no la tenían). Eso, aunado a otras condiciones sociales

y políticas, más propias de los años setenta, como el inicio de la mundialización, el

sentimiento de carencia de identidades fuertes, la recuperación o enfrentamiento con “pasados oscuros” (especialmente en lo referido al Holocausto), llevaron a un verda- dero apogeo de la memoria en el mundo occidental. Estos discursos de la memoria conocieron una fuerte intensificación en los años ochenta, especialmente en Europa y Estados Unidos, activados en primer lugar por el debate cada vez más amplio sobre el Holocausto, por una serie de aniversarios relacionados con la Segunda Guerra Mun- dial, así como por el debate de los historiadores de 1986 en Alemania (TRAVERSO, 2005),

la caída del Muro de Berlín en 1989 y la reunificación alemana en 1990.

Por su parte, los años noventa conocerían la globalización de la memoria. Ello se debió, en primer lugar, a las políticas genocidas en Ruanda, Bosnia y Kosovo, que mantuvieron vivos los discursos sobre la memoria del Holocausto, “contaminándolos

47

1 Este artículo es resultado de los proyectos de investigación “Conmemoraciones de pasados recientes violentos; memoria e identidad. Una comparación México-Uruguay” (IISUNAM) y “Memoria y política:

de la discusión teórica a una aproximación al estudio de la memoria política en México” (CONACYT CB-2005-01-49295). Agradezco a Eduardo Rey Tristán la invitación para participar en este libro. Las discusiones con los alumnos del seminario Historia y Memoria han sido extremadamente valiosas para las cuestiones abordadas en este texto, a todos ellos mi reconocimiento.

2 Hay quienes hablan del tiempo de la memoria “saturada” (ROBIN, 2003), de “boom” (WINTER, 2006) o de “industria” de la memoria (LEE KLEIN, 2000).

Conflicto, memoria y pasados traumáticos: El Salvador contemporáneo

Eugenia Allier Montaño

y extendiendo su alcance más allá de su referencia original” (HUYSSEN, 2001: 16) 3 . Por otra parte, las discusiones sobre la represión militar de las décadas de 1970 y 1980 comenzaron a ser centrales en los espacios públicos de algunos países latinoameri- canos (especialmente Argentina, Chile, Uruguay) (ALLIER MONTAÑO, 2010a; STABILI, 2007). Al mismo tiempo, surgieron con fuerza las memorias sobre los ex regímenes socialistas en Europa del Este. De esa forma, América Latina, África, Europa del Este y Medio Oriente ingresaron a esta globalización de los discursos de la memoria. “En suma, la memoria se ha convertido en una obsesión cultural de monumentales proporciones en el mundo entero” (HUYSSEN, 2001: 20) 4 . Se trata de una memoria que, en buena medida, se centra en pasados recientes violentos y que tiene al testigo (la «víctima») como centro de la narración (TRAVERSO, 2005). Y es que en las últimas décadas se advierte como una constante que las memo- rias del horror son las que se han transformado en dueñas del pasado reciente (CANDAU, 2001): lo festivo o alegre parece no encontrar su lugar en un mundo desesperanzado y terrorífico, en el siglo XX que HOBSBAWM (1995) catalogó como la “era de los extremos”. Si en buena medida este apogeo de la memoria se ha explicado por los procesos de mundialización y por el sentimiento de carencia de identidades fuertes, por la sen- sación de que nada debe perderse, de que todo recuerdo es importante para el futuro (NORA, 2008), no se puede negar que la crisis en la transmisión del testimonio en las so-

48 ciedades contemporáneas (TRAVERSO, 2005), la aceleración de la historia, las necesidades de expandir la naturaleza del debate público y de tratar de curar las heridas infligidas en el pasado, el “nutrir y expandir el espacio habitable en lugar de destruirlo en aras de alguna promesa futura” (HUYSSEN, 2001: 37), así como la necesidad de transmitir las ex- periencias de pasados recientes violentos han jugado también un papel fundamental en convertir a la memoria en una preocupación central de la cultura y de la política de muchas sociedades occidentales contemporáneas. 5 Y en ese sentido, ha sido entendida en casi todos los casos como parte de las actuales transformaciones de la experiencia

3 En ese sentido, Annette WIEVIORKA ha señalado: “Si Auschwitz se ha transformado en la metonimia del mal absoluto, la memoria de la Shoah se ha transformado, para bien o para mal, en el modelo de la construc-

ción de la memoria, el paradigma al cual se refiere aquí o allá, para analizar el ayer o intentar instalar en el

corazón mismo de un acontecimiento histórico que se desarrolla bajo nuestros ojos [

transforma en historia, las bases de la narración histórica futura. Esta referencia al genocidio de los judíos

es explícita o implícita. Utiliza las categorías o conceptos producidos al día siguiente de la Segunda Guerra Mundial (crimen contra la humanidad, genocidio, etc.) para la evocación de un pasado más lejano [ ],

o contemporáneo [

curso de su larga historia de más de medio siglo” (1998: 15-16; traducción de la autora). Para HUYSSEN, el Holocausto ha perdido su calidad de índice del acontecimiento histórico específico y ahora funciona como metáfora de otras historias traumáticas y de su memoria. Y si bien la comparación con el Holocausto puede activar discursos sobre la memoria, “también puede servir como recuerdo encubridor o bien bloquear sim-

Utiliza en presente los vectores que la memoria del genocidio ha elaborado en el

] y que aún no se

].

plemente la reflexión sobre historias locales específicas” (2001: 17-18). No obstante, el ámbito político de

la memoria sigue siendo nacional, no posnacional o global.

4 Es en esta década, también, que la memoria se convertiría en un tema académico de creciente interés, aunque los “estudios de la memoria” no se consagrarían mundialmente sino en el siguiente decenio.

5 Por supuesto, existen otras explicaciones sobre el fenómeno. Ver LAVABRE (2007), RUNIA (2007), POMIAN

(1999).

Historia y memoria. América Latina y España

Memoria, política, violencia y presente en América Latina

temporal (en relación a un futuro incierto y que provoca desconfianza), ya sea inter-

pretada como síntoma del presentismo (NORA, 2008; HARTOG, 2007) o como “giro hacia el pasado” (HUYSSEN, 2001). Y si bien raras son las palabras tan mancilladas como la de memoria, su impresio- nante difusión contrasta con su entrada bastante tardía en las ciencias sociales (TRAVERSO, 2005). En los años sesenta y setena estaba prácticamente ausente del debate intelectual:

no figuró en la edición de 1968 de la International Encyclopedia of the Social Sciences (David SILLS), ni en Faire l’histoire de 1974 (Jacques LE GOFF, Pierre NORA), ni en las Keywords (Raymond WILLIAMS). No obstante, unos años más tarde, particularmente en los años ochenta (una década después de que en Europa el tema fuera dominante en los distintos espacios públicos nacionales), había penetrado fuertemente en el debate historiográfico. En el caso de América Latina, fue asimismo una década después de que la me- moria empezara a imponerse en los diversos espacios públicos nacionales, que las distintas ciencias sociales comenzaron a interesarse en la cuestión, a finales de los años noventa y principios del siglo XXI (STABILI, 2007). Ello principalmente en el Cono Sur, en donde Argentina ha tenido un papel decisivo en los estudios de la memoria. Otros países de la región se han ido interesando paulatinamente en los años posteriores, aunque también en buena medida dependiendo del interés público que se le ha dado al tema. Por ejemplo en México, la memoria no ha hecho tanta referencia al pasado reciente, sino que ha brotado a partir de la conmemoración del Bicentenario del Inicio de la Independencia y del Centenario del Inicio de la Revolución. En Colombia, Perú

y Centroamérica, los estudiosos del tema arrancaron con el interés hace algunos años.

En cualquier caso, hoy, la investigación sobre la memoria se ha vuelto un fenómeno casi global (HUYSSEN, 2001). En ese sentido, distintas ciencias sociales han privilegiado el concepto de me- moria colectiva para estudiar los procesos memoriales de grupos, colectividades o naciones 6 . Sin embargo, consideramos que no es el más adecuado, por dos motivos. En primer lugar, es un término polémico por sus efectos reduccionistas de lo social:

¿puede hablarse de memoria colectiva cuando se trata de un país o de grandes co- lectivos? Parecería más indicado hablar de memorias grupales (múltiples y no una), pero en ese caso debería ser un término exclusivo para los grupos más pequeños. En

segundo lugar, se trata de un concepto estático, que no da cuenta de la movilidad, del dinamismo propio de las memorias. Dado que la memoria, tal y como ha surgido en las distintas arenas públicas na- cionales, es recuerdo e intención por apropiarse de un pasado de interés general, he- mos optado por incidir en la utilización del término memoria pública 7 . Este concepto permite dar cuenta de las formas que adquieren el recuerdo y el olvido cuando atañen

49

a

cuestiones de interés común para una colectividad mayor (un país, por ejemplo),

6

Ello especialmente en Francia. En el mundo anglosajón se prefiere hablar de social memory, y en Alema- nia se privilegia la noción de Geschichtskultur. Ver LAVABRE (2007).

7

El término lo discutimos en ALLIER MONTAÑO (2009).

Conflicto, memoria y pasados traumáticos: El Salvador contemporáneo

Eugenia Allier Montaño

que son discutidas en el espacio público. No se trata, pues, simplemente de las memo- rias de los protagonistas 8 o de los simples recuerdos que un acontecimiento o proceso haya podido generar en una colectividad o grupo. En los años 1990, Claudia KOONZ (1994) definió la memoria pública como el campo de batalla donde la memoria oficial y la memoria popular rivalizan por la he- gemonía. Desde esa perspectiva, el concepto permite dar cuenta de las luchas por la reconstrucción: no se trata de una sino de múltiples memorias, no es la sociedad la que recuerda sino sus distintos grupos. Pero en la definición que proponemos no se privilegia que se trata de memorias oficiales o populares, pues en ocasiones las luchas por la memoria no funcionan desde esa lógica. Y aunque muchas veces se trata de memorias grupales particulares que buscan transformarse en dominantes en la arena pública, el término de memoria pública aludiría, asimismo, a marcos generales de sentido, a cuadros temporales, que serían comunes, aunque el contenido difiera. Por ello conviene definir lo público, que le otorga estos sentidos a la memoria y que nos permite ir también más allá de las luchas memoriales. El término público debe entenderse desde tres sentidos: como lo común y ge-

neral frente a lo individual y particular, como lo manifiesto frente a lo oculto, y como

lo abierto frente a lo cerrado. A partir de esta triple definición, que ha tenido diversas

articulaciones históricas, el espacio público hace referencia tanto “a los lugares co-

50 munes, compartidos o compartibles (plazas, calles, foros), como a aquellos donde aparecen, se dramatizan o se ventilan, entre todos y para todos, cuestiones de interés

común”. Una forma de aproximación (a partir de estrategias metodológicas no siem- pre provenientes de una única tradición) afirmaría que el espacio público podría ser estudiado desde el “cómo se constituyen los temas, se moviliza la atención, se estimula

el juicio ciudadano y se manifiesta la pluralidad” (RABOTNIKOF, 2005: 10-11, 296).

Así, la memoria pública serían los ejercicios de memoria en el espacio público (declaraciones, conmemoraciones abiertas, ceremonias). Considerada desde aquel tri-

ple sentido de lo público ya mencionado, es la que logra (vuelve efectiva la necesidad de) que los temas vehiculados por ella aparezcan a la luz (pues se construyen sólo al aparecer en público), generen lazos comunes (buscando ir más allá de los protagonis- tas) y se abran (tengan accesibilidad), es decir que otros grupos (nuevas generaciones

u otros actores) puedan incluirse en dichas memorias, diferenciándose así de las me-

morias exclusivamente grupales o individuales. De esa manera, a lo público se une lo político en estas luchas por la memoria.

8 Estas memorias individuales permitirían llevar a cabo, por ejemplo, un ejercicio de historia oral, que no forzosamente tendría en cuenta los cambios y permanencias de las memorias, sino que tomaría al testi- monio como un instrumento para obtener datos fácticos sobre el pasado. No se trataría de una historia o sociología de la memoria. Sobre estas cuestiones, ver ALLIER MONTAÑO (2007).

Historia y memoria. América Latina y España

Memoria, política, violencia y presente en América Latina

2. Política, violencia, memoria y presente en América Latina

América Latina tiene un largo pasado de conflictos, guerras y violencia, que no está olvidado. Y aunque en muchos casos el pasado más antiguo sigue siendo objeto de

luchas y reacomodos 9 , aquel que hoy se disputa está relacionado con el presente, par- ticularmente político. Presente no sólo porque sus consecuencias se siguen viviendo, sino porque “la concepción del presente histórico tiene las connotaciones absolutas

y abstractas de una categoría histórica en sí mismo que se aplica a caracterizar los

múltiples momentos sucesivos en que las sociedades atraviesan una situación única:

el momento de la coetaneidad” (ARÓSTEGUI, 2004: 101). El presente, entonces, sería aquel

que implica un acontecimiento histórico del cual todavía está viva, al menos, una de las tres generaciones que lo experimentaron. El pasado debatido, hoy convertido en memoria (y sólo en algunos casos en his- toria), es aquel de los años sesenta, setenta y ochenta (en casi todos los casos, aunque hay excepciones como Colombia, donde se trata de un presente-presente), en que la

represión política, las guerras civiles, las dictaduras militares (y cívico-militares), los regímenes autoritarios, las guerrillas y los movimientos sociales fueron el centro de la vida política. Los enfrentamientos, pues, comenzaron en el pasado. Pero hoy conti- núan, si bien no de manera física o armada, sí políticamente a través de la apropiación

y dominio discursivo de ese pasado. Y es que, finalmente, las luchas memoriales tie-

nen como uno de sus fines primordiales que una visión e interpretación del pasado (realizada desde el presente) 10 reine sobre el resto de las representaciones, es decir que se transforme en hegemónica en el espacio público. Por ello, se trata no sólo de memorias públicas sino de memorias políticas 11 . Nombrar y explicar lo ocurrido ha sido una necesidad imperiosa para muchos grupos. Si como se dijo, ya las décadas de los años sesenta al ochenta estuvieron marcadas por el enfrentamiento político y armado, las transiciones a la democracia y los cambios de gobierno no cambiarían esa situación en lo referido a lo político. Los diferentes sectores involucrados en los acontecimientos del pasado reciente han bus- cado que su propia visión de esos hechos impere en el debate público contemporáneo. Darle nombre al pasado y lograr que esa imagen perdure en la sociedad se convierte

51

9 Ver si no las conmemoraciones por las Independencias que han tenido lugar en 2010; o las reivindica- ciones zapatistas por la violencia pasada y presente (HÉBERT, 2006).

10 Como bien han señalado algunos autores (LAVABRE, 2001), cuando se pone el acento en las políticas de la memoria se entiende la memoria como un efecto del presente sobre el pasado. Pero las relaciones tempo- rales entre pasado, presente y futuro son múltiples: en ocasiones parece que el ayer dicta los recuerdos, en otras son las encrucijadas del presente los que llevan a evocar o a olvidar el pasado poniendo el acento en el futuro.

11 Entendidas como las formas y narraciones por medio de las cuales quienes fueron contemporáneos de un periodo construyen el recuerdo de ese pasado político, narran sus experiencias, articulando pasado, presente y futuro. Por supuesto, también se incluyen las imágenes de la política de quienes no fue- ron contemporáneos, pero que construyen ese pasado a partir de testimonios, recuerdos, documentos (RABOTNIKOF, 2007).

Conflicto, memoria y pasados traumáticos: El Salvador contemporáneo

Eugenia Allier Montaño

en la continuación de la lucha, así como en el intento de “ganarla” en la actualidad a través de su apropiación. Aunque es difícil generalizar, creemos que en el caso de América Latina se ob- serva que estas batallas se libran a través de dos formas de recuerdo principales, que hemos denominado «memoria de denuncia» y «memoria de elogio» 12 . Se trata, en la mayoría de los casos, de memorias confrontadas sobre la violencia, pues tienen como eje principal la violencia política en el pasado. La primera, la memoria de denuncia de la represión, ha tenido como uno de sus principales objetivos, además de la vo- luntad de memoria, la de denunciar los crímenes que continúan impunes: explicitar que la herida que se creó en el pasado continúa abierta. Es una memoria ligada a las necesidades de legitimar el debate en la arena pública, a la admisión de los delitos y a la reclamación para que se reparen los daños cometidos, pues la denuncia está ligada al restablecimiento de la justicia, y procede, de ordinario, de una retórica que busca convencer y movilizar a otras personas, con el fin de asociarlas a las protestas, de tal manera que la violencia consecutiva a la revelación esté a la medida de la injusticia de- nunciada (BOLTANSKY, 1984). Por su parte, la memoria de elogio es movilizada por quienes buscan justificar y elogiar su propio accionar en el pasado reciente 13 . En el caso de la memoria de denuncia, hemos podido localizar para diversos casos que se trata de la memoria dominante en las organizaciones de defensa de de-

52 rechos humanos, algunos partidos políticos (especialmente los de izquierda) y, en algunos casos, ciertos sindicatos, observada en la arena pública 14 . Aunque con matices en los distintos países, estos sectores de la sociedad tienden a poner en acto una visión condenatoria de las dictaduras o regímenes autoritarios, denunciando la represión ejercida por el Estado y los delitos cometidos en el pasado reciente, cristalizados en el terrorismo de Estado y las violaciones de derechos humanos. En términos generales es, pues, una memoria ligada a la victimización de quienes sufrieron las violaciones de derechos humanos en el pasado reciente. De distintas maneras, y bajo diversos nom- bres, ello se ha comprobado para casos disímiles. Veamos algunos ejemplos. Steve STERN (2006) ha mostrado cómo en Chile se fue construyendo, ya durante el régimen de Augusto Pinochet, una primera memoria de «salvación» del país que se centraba en el golpe de Estado. No obstante, con los años la oposición fue constru- yendo otra memoria, centrada en las violaciones de derechos humanos. Es así como el 11 de septiembre comenzó a volverse el centro por las disputas de las memorias: la de

12 Hay quienes sugieren que debería hablarse de una tercera memoria, la de resistencia, que sobre todo asociada a motores de la memoria de generaciones más jóvenes (como los grupos de Hijos), retoma del pasado la lucha por reivindicaciones sociales, económicas y políticas que conllevarían un planteamiento de futuro. Es decir, una memoria ejemplar (en el sentido de TODOROV, 2000) que aprende del pasado para construir en el futuro.

13 Para lo que nosotros estamos nombrando han existido otras denominaciones, como la de memoria em- blemática (CRENZEL, 2008; STERN, 2006) o la de memoria torturada (TORRES-RIVAS, 2006). Consideramos que, sin negar que se trata de memorias emblemáticas (o dominantes), conviene diferenciar entre las memorias que movilizan los grupos de víctimas y aquellos que en el pasado dominaron políticamente.

14 Con ello nos referimos a que incluso al interior de estos grupos pueden coexistir distintas memorias, pero públicamente es una la dominante.

Historia y memoria. América Latina y España

Memoria, política, violencia y presente en América Latina

la izquierda y los movimientos sociales que recuerdan el horror y buscan justicia para los atropellos cometidos, y la defensa de ese día como fecha heroica por parte de los sectores pinochetistas (CANDINA, 2002). Por otra parte, desde 1985, en Uruguay se han observado cuatro periodos en estas batallas por la memoria del pasado reciente (ALLIER MONTAÑO, 2010a). En todos ellos, las distintas organizaciones de defensa de los derechos humanos y los grupos de víc- timas han luchado por el reconocimiento estatal de los daños cometidos durante la dictadura cívico-militar, y con ello han movilizado una memoria del pasado reciente que tiene como centro las distintas violaciones de derechos humanos ejecutadas antes de 1985 (las desapariciones políticas, las destituciones laborales por motivos políticos, el exilio, la prisión, los asesinatos políticos), resumidas en el concepto terrorismo de Estado. En el complejo caso de las memorias del enfrentamiento armado en Guatemala, TORRES-RIVAS ha señalado que los guatemaltecos se encuentran divididos en dos seg- mentos “que sólo se reconocen por su diversa relación” con el pasado (2006: XLIV). Por una parte los verdugos, que prefieren interpretar el pasado como condición de olvido (entendiendo que la historia es subversiva si sirve para remover rencores) y aquellos que, como los familiares de las víctimas del conflicto o de los sobrevivientes, tienen una urgencia por examinarlo todo y establecer la verdad del acontecimiento que les duele (que esgrimen una memoria torturada que busca conocer algo elemental: ¿dón- de están sepultados sus seres queridos?). En Argentina, la memoria del pasado reciente se ha centrado en las desaparicio- nes políticas. Como Emilio CRENZEL ha comprobado, el informe Nunca Más (elaborado por la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, creada en 1985 por el gobierno de Raúl Alfonsín luego de la última dictadura militar) ha tenido un lugar de privilegio como interpretación del pasado reciente, aunque sus sentidos han sido ob- jeto de múltiples resignificaciones. En síntesis, CRENZEL muestra que el informe logró conformar una memoria emblemática sobre la violencia política y las desapariciones, que integró “ciertos principios generales de la democracia política, los postulados del gobierno de Alfonsín para juzgar la violencia política y la narrativa humanitaria forja- da durante la dictadura para denunciar sus crímenes” (2008: 24). En México, el 2 de octubre de 1968, día en que el ejército reprimió violenta- mente una manifestación estudiantil, se ha convertido en la imagen de la represión, la no-clarificación del pasado y la impunidad en el pasado reciente. Ya desde los años setenta, surgió en el espacio público una memoria asociada al 2 de octubre como condensación del movimiento estudiantil y “cristalización de la represión guberna- mental”. Desde entonces, las anteriores y posteriores represiones políticas han tenido como referencia la conocida en 1968 (ALLIER MONTAÑO, 2009). Para el caso paraguayo, GONZÁLEZ ha estudiado la conmemoración del 3 de no- viembre, cumpleaños de Alfredo Stroessner. Ha mostrado que en 1989, primer festejo sin el dictador en el poder, se registró un quiebre: sectores importantes de la sociedad mostraron su repudio, denominando la fecha “día de la infamia nacional”. Si bien esta

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Conflicto, memoria y pasados traumáticos: El Salvador contemporáneo

Eugenia Allier Montaño

se trataba de un momento funda-

cional, en que el pedido de justicia anclado en el presente retomaba y reactualizaba una interpretación y memoria del pasado, que ponía énfasis en los crímenes cometi- dos, tanto con relación a las violaciones de los derechos humanos como en los delitos

económicos” (2002: 172).

Y aún cuando en otros casos no existe todavía este análisis, también es posible ver

que el discurso manejado por los grupos de víctimas es similar al explicitado por la memoria de denuncia, condensado en el terrorismo de Estado y las violaciones de de- rechos humanos, que se vio influido por la narrativa humanitaria de los años ochenta. MARKARIAN (2006) ha mostrado para el caso uruguayo que si antes de 1970 la izquierda se negaba a utilizar el “discurso de los derechos humanos” 15 , a partir de 1976 ello cambiaría drásticamente, al menos entre los exiliados políticos que, para denunciar lo que estaba ocurriendo en su país, echaron mano de las herramientas discursivas que comenzaban a imponerse en el plano internacional. Ese año, la llegada de James Carter a la presidencia de Estados Unidos, y el surgimiento de las primeras organiza- ciones de defensa de derechos humanos, dieron un enorme impulso al término. Los exiliados que salieron a denunciar a la dictadura se adueñaron de él y empezaron a utilizarlo para referirse a la situación de represión que vivían muchos uruguayos. Si bien aún no existen estudios para otros casos nacionales, no parece erróneo sugerir

54 que esto mismo ocurrió en otros países del área. Poco a poco el término de derechos humanos se impuso entre las organizaciones no gubernamentales (ONG), los grupos de

víctimas y las organizaciones dedicadas a su defensa. Y una vez concluidas las guerras, dictaduras y regímenes autoritarios, ya estaba creado un discurso de denuncia que tenía como centro los derechos humanos. Discurso que, como acabamos de decir, se ha impuesto en la memoria de denuncia de la represión, que es vehiculizada por los motores de memoria 16 .

Y es que estos grupos tienen como uno de sus principales objetivos el llamado

«deber de memoria». Deber que, para muchos autores, debe ser complemento del problema de la verdad (en tanto veracidad, como voluntad de decir lo verdadero); por ello en muchos países se han creado distintas comisiones de investigación que tienen como objetivo elucidar el pasado reciente (véase HAYNER, 2008). Unir los problemas del trabajo de la memoria y de la verdad permite confrontarlos con más fuerza a las resis-

contra-conmemoración no tuvo continuidad, “[

]

15 Uno de los principales motivos para ello era que en la retórica revolucionaria se solía identificar los derechos humanos con el sistema internacional que pretendía protegerlos, viendo en éste una forma de extender el modelo político y social del capitalismo occidental (MARKARIAN, 2006).

16 Son los grupos que buscan que la memoria del pasado perviva en la sociedad. Vale la pena decir que existen diversos conceptos relacionados que buscan dar cuenta de esta situación. LAVABRE (2001) habla de “emprendedores” (entrepreneurs). Así lo hace también Elizabeth JELIN (2002a), diferenciándose del término empresario, que podría relacionarse, incorrectamente, con la noción de empresa y lucro privado. Emprendedor, para JELIN, haría referencia a aquellos que se involucran personalmente en un proyecto, al mismo tiempo que compromete a otros, generando una tarea organizada de carácter colectivo. Aquel que genera nuevos proyectos, ideas y expresiones, quien crea más que repetir. Nosotros estamos de acuerdo con lo señalado por JELIN, pero nos parece más pertinente llamarlos motores, pues son engendradores y propagadores de la memoria; es decir, verdaderos motores de memorias.

Historia y memoria. América Latina y España

Memoria, política, violencia y presente en América Latina

tencias que se oponen a la rememoración, así como a la repetición estéril, para con- quistar la elaboración de una narración plausible, soportable, aceptable. Pero lo que no se encuentra ni en el trabajo de memoria, ni en el trabajo de duelo, si quieren ser comparados con el deber de memoria, es el elemento imperativo que no está expresa-

mente presente ni en la noción de trabajo, ni en la de duelo, y que puede localizarse en

la idea de justicia, de memoria justa, con su triple connotación de preocupación por el

otro, de sentido de la deuda y de respeto por las víctimas (RICŒUR, 2002). Confrontada a esta memoria, se observa la memoria de elogio del pasado recien- te, pues la lucha en torno al recuerdo no es privativa de las asociaciones de defensa de los derechos humanos (SZNAJDER Y RONIGER, 2007). Portadora de esta segunda han sido los militares, los partidos y sectores políticos y económicos que acompañaron los re- gímenes autoritarios o las dictaduras, los grupos paraestatales de violencia y algunos gobiernos constitucionales. La tesis de este elogio parte de que en el pasado reciente

se vivía una confrontación (a través de guerras o por las movilizaciones sociales), por lo que era necesario hacer frente al «terrorismo subversivo» puesto en marcha por organizaciones armadas y movimientos sociales. Se trata de un patrón que se reproduce en muchos países del área. En el caso guatemalteco, los militares aún se siguen justificando aduciendo que lo hecho por ellos no fueron crímenes, sino “acciones de campaña” en contra de la “subversión”, o “defensa de la constitucionalidad” (TORRES-RIVAS, 2006: I). En el caso uruguayo, cuando los militares hablan de guerra, de haber hecho fren-

55

te

a la agresión del denominado terrorismo subversivo, realizan una interpretación de

la

historia a través de la cual reivindican su accionar en el pasado, puesto que su obje-

tivo era “salvar a la nación” frente a la amenaza del “comunismo internacional” (ALLIER MONTAÑO, 2010a). Esta memoria, como puede notarse, está muy ligada a la teoría de los dos demonios. Una teoría utilizada tanto en Uruguay como en Argentina (véase CRENZEL, 2008), donde vio la luz, que reducía la explicación del golpe de Estado al accionar de dos minorías radicalizadas (la guerrilla y las Fuerzas Armadas) que, enfrentados en una lucha por el poder, habían hecho pagar a la sociedad por un conflicto que no era suyo, liberando de esa manera de todo tipo de responsabilidad al resto de los sectores de la sociedad, incluidos los políticos. No obstante, es importante hacer notar que en muchos casos, los portadores de

esta memoria de elogio no son sólo los militares o los partidos políticos que los sostu- vieron. Se trata de una memoria también puesta en acto por otros grupos. Es el caso de Paraguay, en donde amplios sectores populares festejaban el cumpleaños del dictador, aún con la vuelta de la democracia, a diferencia de conmemoraciones en Argentina

y Uruguay donde el elogio sólo proviene de los sectores militares o partidarios que

los apoyan. Ello en buena medida ha dependido de que, durante el régimen militar paraguayo, se buscó que la población asociara el progreso y desarrollo del país con la propia existencia de Stroessner (GONZÁLEZ, 2002).

Pero esta memoria no ha sido vehiculizada en todos los casos sólo por militares, partidos y sectores políticos y económicos que acompañaron los regímenes autori-

Conflicto, memoria y pasados traumáticos: El Salvador contemporáneo

Eugenia Allier Montaño

tarios. Otros sectores de la sociedad (además de los populares como en el caso de Paraguay recién referido), también han considerado al pasado como algo que debe ser

elogiado. Por supuesto, no se trata de la misma visión que la designada por militares

o partidos políticos cercanos a la represión. Veamos algunos ejemplos que permitirán una mejor comprensión de este punto. El primero es Uruguay. Mucho se ha discutido en ese país si hubo una guerra

previa a la dictadura cívico-militar (ALLIER MONTAÑO, 2010a). Para dos de las colectivida- des más importantes implicadas en los hechos –el Movimiento de Liberación Nacio- nal-Tupamaros (MLN-T) 17 y las Fuerzas Armadas–, la guerra sí tuvo lugar. Durante muchos años, los Tupamaros han asumido que durante su ejercicio como guerrilla libraron una guerra en contra del gobierno constitucional. Elogian su accionar en el pasado reciente, pues continúan reivindicando “el derecho sagrado de los pueblos

a la rebeldía”. A lo largo de más de dos décadas, el MLN-T ha afirmado, a través de

múltiples declaraciones, que no hay nada de lo que puedan arrepentirse en su lucha armada librada contra un gobierno injusto social, económica y políticamente (ALLIER

MONTAÑO, 2008b).

En México el movimiento estudiantil de 1968 es un caso paradójico, pues los mismos actores movilizan tanto la memoria de denuncia como la de elogio. A partir de 1986, las memorias públicas del 68 conocieron innovaciones relevantes. Las trans-

56 formaciones al seno de la izquierda política (principalmente el desplazamiento del socialismo/comunismo frente al discurso democrático) y la exigencia por una apertura democrática, impulsaron el surgimiento de la memoria de celebración del movimiento

estudiantil en su conjunto por haber sido un hito, un parteaguas en la historia nacio- nal reciente, que buscó abrir los cauces hacia la democratización del país. Las memo- rias públicas ya no centraron sus lecturas exclusivamente en la represión sufrida por

el movimiento, sino en el accionar de éste: el cómo su participación puede inscribirse

en la lucha por la democracia en México. De centrarse en la acción del gobierno se pasó a tomar como eje la acción del movimiento estudiantil, de actor víctima se pasó a actor creador. Frente a la denuncia se instaló el elogio, al proponer que el movimiento estudiantil fue causa de algunos de los cambios políticos más importantes en México en las últimas décadas (ALLIER MONTAÑO, 2009). Como puede verse tanto para el caso uruguayo como para el mexicano, aunque los actores elogian el pasado, la cuestión elegida no es la misma que aquella exaltada por los sectores vinculados a la represión, pues se elogia el accionar político y no la represión. Pero no deja de haber enaltecimiento del accionar en el pasado y por ello debe mencionarse. Es importante decir que tanto la memoria de denuncia como la de elogio suelen ser mucho más explícitas en las conmemoraciones (véase JELIN, 2002b), como ya se ha visto, pero también en lo que en otro lugar (ALLIER MONTAÑO, 2010a) hemos nombrado

17 En 1985, el MLN-T se transformó en una organización legal. Hacia 1989 creó el Movimiento de Partici- pación Popular (MPP), que reunía en su seno a otros grupos políticos, como el Partido por la Victoria del Pueblo (PVP). Ese mismo año, se incorporaron al Frente Amplio, y comenzaron a tener una participación electoral.

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Memoria, política, violencia y presente en América Latina

momentos detonantes de la memoria: aquellos acontecimientos o procesos históricos donde se concentran las encrucijadas de la memoria y que sirven de detonantes para la expresión de las memorias del pasado y las posiciones de los diferentes grupos. Existen múltiples ejemplos de este tipo en cada país (de alguna manera, las distintas comisiones de investigación han actuado en ese sentido). Pero algunos han funciona- do para una buena parte de todos los países. El más claro en ese sentido es, quizás, el arresto del general Augusto Pinochet en Londres en 1998 (SZNAJDER Y RONIGER, 2007), que conllevó el reinicio de la discusión en algunos países (como Chile) o su profundiza- ción (como en Uruguay y Argentina). Aunque existen distintas interpretaciones, muchos estudiosos del tema conside- ran que la memoria se narra en presente 18 , por ello la han llegado a calificar de “presen- tista” (HARTOG, 2007). Este es el motivo por el cual estos momentos detonantes conllevan que el presente determine la forma de narrar el pasado. A ello debe sumarse que la memoria tiene sus tiempos propios. Según el esquema delineado por Henry Rousso para Francia y el régimen de Vichy, las etapas de la memoria serían: primero, un acontecimiento que transforma a la sociedad y del cual se sigue algún tipo de trauma; después una fase de represión (o supresión), que será seguida tarde o temprano por una inevitable anamnesis (el retorno de lo reprimido) y que puede llegar en ocasiones a la obsesión memorial (ROUSSO, 1990). Sin embargo, como lo prueban las memorias de pasados violentos más recientes, y que justamente han sido influidas por la memoria del Holocausto, estas etapas pueden ser distintas, y en ellas se incluiría una primera (como en Uruguay, Argentina y Chile), en la cual hay una fuerte discusión memorial. La pregunta que queda abierta para este tipo de países es si ya se ha llegado a la ob- sesión memorial. Estos tiempos de la memoria se conjuntan con la verdad y la justicia (STABILI, 2007). En un primer momento, el deber está del lado del recuerdo: lograr que la rememora- ción se imponga públicamente. Sólo una vez logrado esto puede pasarse al segundo momento: la etapa de la justicia. Y sólo entonces puede llegar el tiempo de las repa- raciones. Esto puede ser comprobado en los países latinoamericanos que hoy se ven inmersos en discusiones sobre el pasado reciente. Sólo en aquellos en que los motores de memoria han logrado el reconocimiento público y gubernamental, ha podido pa- sarse a una etapa de justicia (a través del enjuiciamiento de los culpables) y de escla- recimiento del pasado (por medio de comisiones de investigación), como lo prueban Argentina, Chile y Uruguay. En cambio, países en donde el debate en la arena pública no ha logrado legitimarse o generar amplios apoyos de otros sectores, difícilmente han alcanzado el tiempo de la justicia, como ocurre en México y Brasil. Y ello, en buena medida, prueba que la voluntad gubernamental es fundamental para la justicia penal. Hay, sin embargo, casos intermedios, en los que se generaron comisiones de investi- gación, pero donde el tema no ha sido aún central en la agenda pública, como ocurre en Colombia, Perú y Centroamérica: “El momento de los crímenes deberá esperar su momento. La reciente historia argentina y chilena demuestran que ese momento tarda

18 Sobre algunas posiciones del debate, ver AGUILAR (1996).

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Conflicto, memoria y pasados traumáticos: El Salvador contemporáneo

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pero llega”, señala TORRES-RIVAS (2006: II) para el caso guatemalteco. De esa manera, aunque existen los tiempos de la memoria, no deben desdeñarse las condiciones polí- ticas, sociales y económicas, los sucesivos presentes de cada país, pues ellos determi- nan también estos tiempos. BARAHONA (2002) ha mostrado que en Brasil la política oficial de enfrentamiento con la violencia en el pasado reciente no ha tenido el mismo desarrollo, ni el mismo impacto público que en otros países del área. Aduce que ello ha dependido en buena medida de cuatro razones. En primer lugar, que las violaciones de derechos humanos continúan tan extendidas en la actualidad que la importancia del pasado palidece frente a la impunidad contemporánea. En segundo término, los grupos que buscan la verdad no han recibido un apoyo sustancial y no han contado con un poder suficiente para presionar al gobierno. Por otra parte, los represores no han sido objeto de esfuer- zos transnacionales de procesamiento. En ese sentido, la lucha de los familiares se ha centrado en la búsqueda de la verdad más que en el castigo o en el reconocimiento por parte del Estado de la responsabilidad. Lo referido por BARAHONA puede ser pensado para otros casos. México, como Bra- sil, es un país grande, con múltiples problemáticas contemporáneas, que conoce gran- des inequidades económicas y sociales, con un número relativamente bajo de represa- liados (aunque por supuesto la cifra es un dato no cualitativo) en el pasado reciente,

58 donde la represión política violenta continúa (se siguen registrando desapariciones políticas, detenciones arbitrarias) y donde los motores de memoria no han obtenido el eco público necesario para convencer y movilizar a otros sectores importantes, con el fin de asociarlos a las protestas. Estas explicaciones podrían echar luz sobre otros casos nacionales en los que la memoria, la verdad y la justicia no parecen generar la misma centralidad pública que en los casos del Cono Sur, como Centroamérica, Co- lombia, Paraguay. TORRES-RIVAS (2006) ha señalado que el autoritarismo está presente en los hábitos, los valores y la conducta de los grupos dominantes en Guatemala, lo cual permitiría pensar que la democracia tiene dificultades para surgir y con ello la posibilidad de un debate pluralista sobre el pasado. Por su parte, SIEDER (2002) ha mostrado cómo en Honduras, Guatemala y El Sal- vador, las políticas de la memoria han tenido distintos desarrollos. Mientras en Hon- duras, el gobierno apoyó las solicitudes de reparación y las sanciones legales contra responsables de violaciones de derechos humanos (aunque no se lograron muchas condenas), en Guatemala se indemnizó pero no se juzgó, pese a la alta movilización popular. En El Salvador, las políticas de la memoria conllevaron la desmovilización de la sociedad civil, y no ha habido ni compensaciones ni juicios. Para SIEDER, estas diferencias han dependido de varios factores: “el impacto de la violencia y del conflic- to armado en la sociedad política y civil; las particularidades de la propia transición [desde la guerra a la paz] y el papel que hayan tenido las organizaciones de defensa de los derechos humanos locales e internacionales” (2002: 282). A todas estas causas, habría que agregar dos cosas. Primero, la voluntad guber- namental. CRENZEL (2008) ha mostrado cómo el apoyo que Raúl Alfonsín dio, al inicio

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Memoria, política, violencia y presente en América Latina

de su mandato, a las demandas emanadas por distintos sectores de la sociedad per- mitieron alcanzar una verdad pública sobre las desapariciones (a través del informe Nunca Más) y la justicia (por medio del Juicio a las Juntas). Por ello, como bien afirma TORRES-RIVAS, “hay que poder separar, cualesquiera que sean las razones, la voluntad política de castigar de la cuestión de la capacidad de hacerlo” (2006: I). En segundo término, debe mencionarse la correlación de fuerzas que se da entre las organizacio- nes de defensa de los derechos humanos y los distintos gobiernos, pues como se ha mostrado para diversos casos (BARAHONA, 2002; SIEDER, 2002; ALLIER MONTAÑO, 2010a), así como la voluntad gubernamental puede favorecer el desarrollo de las organizaciones, el em- puje de éstas puede hacer que los gobiernos modifiquen sus posiciones. Hasta este momento, coexisten, en la mayoría de los países de América Latina, dos grandes visiones de los pasados recientes en la arena pública, sin que ninguna de la dos logre conquistar la hegemonía. No obstante, en términos generales, la memoria de elogio comienza a declinar frente a la memoria de denuncia, al menos en los casos en los que la primera es vehiculizada por los ex regímenes autoritarios o sus grupos de apoyo.

3. La selectividad de la memoria

Como se ha señalado, los distintos grupos interesados en lograr que una visión e interpretación se transforme en dominante en el espacio público vehiculan una re- presentación puntual del pasado. No obstante, debe decirse que entre estos grupos se observa un enfrentamiento entre quienes postulan la necesidad del recuerdo y quienes reivindican el olvido del pasado como la mejor solución para el presente. Y es que la memoria puede ser considerada como un compromiso y una batalla entre fuerzas opuestas, unas impulsando el recuerdo, las otras estimulando el olvido: los diferentes grupos sociales no tienen necesariamente los mismos intereses de memoria (GAUDARD,

1997).

Si bien es cierto que el olvido es una cara de la moneda de la memoria (HALBWACHS,

2005 y 2004; AUGÉ, 2000; CANDAU, 2001; JELIN, 2002a), no lo es menos que estos dos procesos

se pueden diferenciar ampliamente entre sí a través de los actos, lugares y discusio- nes en el espacio público (RICŒUR, 2004), por medio de la diferencia entre políticas de la memoria y políticas del olvido 19 . Y es que el olvido no es sólo la contracara de la memoria, es también el olvido decretado (pudiendo éste ser jurídico o religioso) y el olvido necesario. Bajo el nombre de institución del olvido se pueden entender las disposiciones jurídicas como la prescripción, la amnistía y el derecho de gracia (RICŒUR, 2002: 26). “El pasado, aquejado de prohibición en el plano penal, persigue su camino en las tinieblas de la memoria colectiva; esta negación de memoria priva a ésta de la saludable crisis de identidad que permitiría una reapropiación lúcida del pasado y de su carga traumática. Más allá de esta problemática, la amnistía revela una terapéutica

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19 La política encarada por Alfonsín en Argentina, al menos al inicio de su gobierno, fue de memoria, oponiéndose a la de olvido ejercida por Sanguinetti.

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social de urgencia bajo el signo de la utilidad, pero no de la verdad y de la justicia”

(RICŒUR, 2002: 28).

En muchos países latinoamericanos que hemos mencionado (Uruguay, Argenti- na, Centroamérica) se han dictado leyes de amnistía para los presuntos responsables de violaciones de los derechos humanos. Pero la amnistía, las leyes de amnistía no fueron una novedad del siglo XX, pues tienen sus raíces en las democracias griegas del siglo IV antes de nuestra era. En aquellos tiempos, la prescripción (prohibición de recordar las desgracias) estaba ligada a la prestación de un juramento (no recor- dar los infortunios). LORAUX (1988a) afirma que la palabra griega de amnistía habla de “memoria prohibida o inmovilizada”. “Todo está dicho: la política es hacer como si no pasara nada. Como si no se hubiera producido nada. Ni el conflicto, ni la muerte, ni el rencor” (LORAUX, 1988b: 30; traducción de la autora). En ese sentido, se puede decir que la instancia política se puede instituir en censor de la memoria. El olvido tantas veces decretado raramente es una solución aceptable para todos. Es por ello que la noción de deber de memoria está ahí para subrayar la violencia del recuerdo, así como su im- periosa presencia. Surgida del escritor Primo LEVI (1994), se trata de una expresión que se ha vuelto de uso corriente, especialmente en Francia, para sugerir la necesidad de no olvidar los acontecimientos del pasado. Sin embargo, no son pocos los historiado- res que han cuestionado esta expresión. Para Henry ROUSSO (1998) el deber de memoria

60 se ha convertido en un ritual infantil que denuncia las historias oficiales cuando la complicidad de Vichy en la «solución final» es ya harto reconocida, historizada, con- memorada y enseñada en Francia. Como se mencionó, Paul RICŒUR (2002) prefiere los términos de «trabajo de memoria» y «trabajo de duelo», mientras François BÉDARIDA (1998) asegura que debe diferenciarse entre el objetivo de la memoria (la transmisión del testimonio), y el de la historia (la verdad); si bien considera necesario “memorizar las monstruosidades cometidas por el hombre en lugar de reprimirlas en una amnesia cómplice”, también sugiere estar atento contra “la celebración incondicional del culto de la memoria”. Sin importar cuál de estas posiciones se apoye, se puede pensar que decretar el olvido no es sino decretar la ocultación, organizar el silencio, prohibir la evocación del crimen incluso por aquellos que se consideran víctimas (LAVABRE, 2001). Por ello resulta fundamental hacer un trabajo de memoria, para que el pasado resurja en el presente y no haya una doble victimización de aquellos que en el ayer fueron sojuzgados una vez. Por todo ello, más allá de las memorias de denuncia y elogio de las que hemos hablado, conviene señalar los olvidos y recuerdos que han sido movilizados en las luchas por las memorias del pasado reciente en América Latina. En muchos países del área, puede observarse cómo la memoria pública se ha centrado en los muertos y de- saparecidos, dejando de lado muchos otros derechos humanos violados en el pasado reciente: la tortura, la prisión, el despido laboral por motivos políticos, el exilio 20 , e incluso otros aspectos de la vida en ese pasado no relacionados con la violencia.

20 Sobre el olvido del exilio en el caso uruguayo, ver nuestro trabajo anterior: ALLIER MONTAÑO (2008a). Sobre el caso chileno, ver REBOLLEDO (2001).

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En los países del Cono Sur, pero no sólo ahí, el debate público se ha centrado en los últimos años particularmente en los desaparecidos políticos. El tema de los desa- parecidos ha quedado como la imagen del pasado reciente en Uruguay (ALLIER MONTAÑO, 2010b), Argentina (CRENZEL, 2008) y Chile (GROPPO Y FLIER, 2001). Así, a pesar de las diferencias en la represión en estos países (la desaparición masiva en Argentina, las caravanas de la muerte en Chile y la prisión prolongada en Uruguay), los desaparecidos focalizan la discusión. Los olvidos y reapariciones de ciertos temas en el espacio público seguramente están influidos por la selectividad de la memoria. Este aspecto ha sido ampliamente trabajado desde las diferentes teorías de la memoria realizadas por historiadores, so- ciólogos y antropólogos (HALBWACHS, 2005; CANDAU, 2001; LE GOFF, 1988). Pero ello no explica en sí el porqué de esta elección. ¿Cómo justificar entonces que el debate público se centre en ciertos derechos humanos? Para comprender este fenómeno, no debe per- derse de vista que la memoria del pasado está indisociablemente ligada al presente, en particular a sus encrucijadas. En ese sentido, al porqué de los desaparecidos como tema central de muchas de las discusiones en el espacio público de distintos países en América Latina se enfren- tarían múltiples motivos: porque no ha habido una respuesta y un esclarecimiento sobre su suerte; porque el delito de la desaparición forzada es permanente y continúa mientras el destino de la persona no sea conocido; por la importancia de la legislación internacional; por lo ominoso que marca las desapariciones y que impregna a amplios sectores de la sociedad; por la imposibilidad de hacer un duelo cuando hay una tumba

ausente (ALLIER MONTAÑO, 2010b).

61

A todos estos motivos, habría que agregar uno que ha señalado CRENZEL (2008):

la figura de los desaparecidos como víctimas inocentes, surgida del discurso humani- tario resultado de los años 1980. La entrada en la llamada “era del testigo” (WIEVIORKA, 1998) ha llevado a poner a éste en un pedestal, como encarnación de un pasado cuyo recuerdo está prescrito como un deber cívico. Como sugiere TRAVERSO (2005), se trata de otro signo de época: el testigo es cada vez más identificado con la víctima, muta- ción que se une a su transformación en icono viviente. “Están fijados en una postura que no habían elegido y que no corresponde siempre a su necesidad de transmitir la experiencia vivida” (TRAVERSO, 2005: 16). En Europa, otros testigos, antes mostrados como héroes, como quienes participaron en la Resistencia a los alemanes, han sido opacados por las víctimas del genocidio. La memoria de estos testigos no interesa a nadie, en una época de humanitarismo donde no hay más vencidos sino solamente víctimas. “Esta disimetría del recuerdo –la sacralización de las víctimas antes ignoradas y el olvido de los héroes antes idealizados– indica el anclaje profundo de la memoria co- lectiva en el presente, con sus mutaciones y sus vuelcos paradojales” (TRAVERSO, 2005:

16). Y es que, efectivamente, al término de la Segunda Guerra Mundial, el bagaje de recuerdos de los vencidos fue cubierto por un manto de silencio y olvido. Luego de un largo periodo en el que la palabra estuvo monopolizada por los vencedores, las víctimas comenzaron a alzar la voz. Hoy son tan fuertes, que la antigua división entre

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vencidos y vencedores de la Segunda Guerra Mundial parece menos importante que

la que opone a todas las víctimas a los responsables directos de sus desdichas, como

si las solidaridades ideológicas debieran dejar lugar a la conmiseración (POMIAN, 1999).

Que la memoria es selectiva (como la historia) y que se compone de recuerdos y olvidos es algo que hoy nadie parece cuestionar. Pero lo que muchas veces olvidamos son los olvidos de las memorias públicas: en los espacios de discusión de muchos paí- ses latinoamericanos, los recuerdos sobre el pasado reciente se han centrado en la voz de las víctimas (fundamentales en la historia), olvidando muchos aspectos del pasado (en ocasiones incluso el aspecto político). Se trata de memorias del horror. Pero, ¿qué ha pasado con las memorias positivas de los regímenes autoritarios que asolaron la re- gión en las décadas de los sesenta, setenta y ochenta? Esas voces que han sido las que, posiblemente, permitieran un nuevo triunfo de la Ley de Caducidad de la Pretensión Punitiva del Estado en Uruguay 21 , en el nuevo referéndum popular que se realizó en octubre de 2009 para anularla. Algunos autores han sugerido que la controversia por la antítesis entre historia y memoria proviene de la confusa y poco provechosa manera de referirse a una oposi- ción que es, de hecho, fundamental. RUNIA (2007) ha propuesto contrastar la historia

a la conmemoración, entendiendo esta última como el espacio en el cual se debería

responder a la pregunta “¿quiénes somos que esto pudo haber ocurrido?”. Y es que, en

62 esta pregunta se articula una relación entre memoria y pasado político que se ha deja- do de lado en múltiples ámbitos. Partiendo de que los actos del pueblo son cometidos por nosotros, como comunidad, conmemorar un acontecimiento debería permitirnos confrontarnos con nuestra identidad, aceptar un trauma histórico, enterrar a nuestros muertos a partir de admitir que quienes perpetraron el crimen son ciudadanos de nuestra propia comunidad (RUNIA, 2007). Por todo ello, quizás lo más preocupante no es que los sectores interesados en la cuestión propongan memorias públicas que han dejado de lado ciertos aspectos del pasado. Eso resulta, en cierto sentido, «normal». Lo grave es que la academia ha segui- do sus pasos, olvidando los olvidos. 22 Quizás deberíamos empezar a preguntarnos, ¿ha llegado el momento de comenzar a hacer estudios del olvido y no sólo de la memoria?

21 La ley n° 15.848, de diciembre de 1986, puso fin a los procesos en curso y al ejercicio de la pretensión punitiva del Estado frente a los militares y policías acusados de haber cometido actos delictuosos antes del primero de marzo de 1985. En 1989, se llevó a cabo un primer referéndum para anularla, cuyos resultados la mantuvieron vigente.

22 Crítica que ya realizara VALENSI (1995) a la obra monumental de Pierre NORA (2001).

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