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Una apuesta por los clásicos
El papel de los clásicos en la formación de lectores de literatura

María García Esperón

Es tan emocionante como esperanzado el presentar mi apuesta por los
clásicos ante ustedes, en el marco del III Encuentro Regional de
Investigación, Educación y Lenguaje, a esta altura del camino que he
emprendido desde 2004, en que a través de mi primera novela, El disco
del tiempo, abordé el mundo de los mitos griegos como una aventura
arqueológica que emprenden unos jóvenes contemporáneos en torno del
disco de Festos, ese enigmático objeto portador de un, hasta la fecha,
indescifrado mensaje.
Desde entonces, he podido proyectar la pasión que siento por la literatura
clásica griega y romana a través de páginas dirigidas a los jóvenes. Libros
que han corrido un destino afortunado a través de premios y distinciones,
pero sobre todo, por haber logrado la aceptación de los lectores a quienes
los he destinado.
Es un privilegio, una suma de circunstancias afortunadas, el que yo haya
podido dirigir este amor por los clásicos a los jóvenes lectores, desde
hace ya doce años. Y este impulso ha sido la respuesta a una necesidad
tan silenciosa como desesperada. A una necesidad de literatura que yo
distinguí en las aulas desde mi adolescencia, en los años ochenta en la
ciudad de México. Siendo yo amante de los clásicos desde que era una
niña, con una formación en ese sentido adquirida en mi propia casa –mis
abuelos y padres fueron grandes lectores- echaba de menos en la escuela
la presencia de lo que para mí era la gran literatura.

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No porque no estuvieran contempladas en los programas las grandes
obras: La Iliada, la Odisea, las tragedias griegas, la Eneida y los versos de
Horacio y de Ovidio… sino porque ante ellos no existían ni amor ni
pasión ni curiosidad ni desvelo… eran como un índice de lo que había
que cumplir para llenar un programa y no vibraban con esa vida
misteriosa que yo había aprehendido por mí misma en los libros de mi
casa.
Esta -para mí- carencia, se agravó al yo ingresar en la Preparatoria.
Mientras las generaciones de mis padres y abuelos habían seguido cursos
generales de griego y de latín y en los programas existía la importante
asignatura de Etimologías Grecolatinas,

en el panorama escolar

mexicano esas lenguas se llamaban y se consideraban lenguas muertas…
Lenguas muertas. Griego. Latín. Las lenguas que hablaron esos hombres
y mujeres en altos momentos de la civilización humana. Las lenguas en
que se escribieron esas altas cimas del pensamiento. Edipo, Antígona, los
diálogos de Platón, las obras de Aristóteles, la Eneida de Virgilio, los
Anales de Tácito, las reflexiones casi insuperables de Séneca y Cicerón,
las batallas de César, por él libradas y convertidas en libro por su propia
mano…
¿Lenguas muertas? Y por extensión, un mundo tan hermoso, tan rico, tan
desbordante de pasión, de conocimiento, de ideales… ¿también muerto?
¿Por qué no estaban en la conversación corriente, como yo había vivido
en mi casa, alusiones al mundo histórico en que caminaron Sócrates y
Alejandro, Cicerón y Pompeyo, al mundo legendario en que vibraron y
amaron Odiseo y Penélope, Dido y Eneas?
Como lectora, como niña lectora, como joven lectora, en los años setenta
y ochenta del siglo XX, yo me formé o autoformé en esos clásicos de los
siglos IX al I antes de nuestra era. Es cierto que no encontré en las aulas a
Homero y a Virgilio, ni a Platón ni a César en las aulas, pero tuve la

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fortuna de hallarlos en mi propia casa a una edad muy temprana. Y en mi
edad madura, al comenzar a fraguar mi literatura infantil y juvenil, yo
tuve la convicción plena de que los clásicos griegos y latinos son
esenciales para la formación de los jóvenes lectores y que su universo de
valores debe estar presente en la escuela y desde los niveles básicos,
(¿hay cuento más fascinante que La Odisea?) Ese es el impulso que me
anima desde mi primera novela inspirada en el mundo clásico, El disco
del tiempo, a la más reciente, El remo de Odiseo.
Decía que es gratificante y significativo presentar mi apuesta por los
clásicos en este momento del camino. Precisamente hace unos días, en el
intenso encuentro internacional de escritores para niños y jóvenes que
tuvo lugar en el pueblo mágico de Palizada, en el estado mexicano de
Campeche, donde en secundarias rurales hablaba yo de estos temas y
contemplaba en los ojos de los chicos cómo se encendía el amor por los
clásicos, recibí a través de twitter un comunicado de una adolescente
colombiana, estudiante en el colegio María Auxiliadora, donde su grupo
de sesenta niñas leyó mi novela Soma: la tumba de Alejandro, publicada
por la editorial Libros y Libros.
Esta novela tiene su eje en un verso del escritor asturiano Aurelio
González Ovies. Inserto en su magna obra Vengo del Norte, dice así,
breve, sencilla, terriblemente: La muerte es la vida en otra parte.
En ella, el personaje principal, llamada Elena, estudiante de literatura
clásica en la Ciudad de México, a través del encuentro con un joven
misterioso de origen macedonio, de nombre Alexis, y del trabajo de
investigación que ha emprendido en torno al tema del sepulcro perdido de
Alejandro Magno, puede penetrar las capas del tiempo, convertirse en
una joven griega llamada Eleni y asistir a la muerte del joven rey y dar la
vida por él. La novela es tan misteriosa como ambigua y en un poético
tono entrega principalmente amor. Amor por la belleza, por el heroísmo,

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por el destino del hombre en la tierra. Amor por ese ser excepcional que
fue Alejandro, tan mortal, tan humano como todos, pero que supo
encontrar en su interior esa chispa de luz y de inmortalidad que expresa el
verso del poeta asturiano. La muerte es la vida en otra parte.
Volviendo a la adolescente colombiana, se llama Lau, me buscó en
twitter y en el primer mensaje señaló la esencia de mi libro. Inserto el
mensaje en su caja de texto, pues si algo me entusiasma desde mi primer
libro, El disco del tiempo, es esa unión entre la más moderna tecnología
de comunicación a través de Internet y los mensajes que provienen del
más remoto pasado.

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Lau fue más allá y me dijo que esa historia de amor ¿imposible? Había
hecho felices a sesenta niñas y que en los recesos conversaban con su
profesora sobre las posibilidades que plantea la novela.
Y esas posibilidades ahondan en los temas medulares de la literatura
clásica: el sentido de la vida, lo irrenunciable de la muerte, la eterna
juventud, el amor, la persistencia del alma más allá de la descomposición
física, la libertad, la dignidad, el humanismo en suma.
El humanismo. Cuán faltos estamos los humanos actuales del
humanismo. Cuánta necesidad de devolverlo a la familia y a las aulas.
Qué acucioso anhelo de volver a ser dignos de nuestros antepasados, de
los antepasados del alma de nuestra civilización occidental. Esto
solamente puede lograrse a través de la formación de lectores de
literatura. Curiosos, pacientes lectores, como algunos escritores se
dirigían a esos abuelos nuestros que eran sus lectores. Y si los lectores
son curiosos y pacientes son imagen y semejanza del mismo héroe

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Odiseo, del mismo héroe Eneas, son tan clásicos como ellos. La
curiosidad y la paciencia fueron los remos con que esos héroes, esos
arquetipos surcaron el océano de su épica y vencieron a monstruos y
tentaciones de sirenas.
Esta apuesta por los clásicos que yo he urdido desde México ha
encontrado su hogar desde 2007 en Colombia y en el medio educativo
colombiano y se expresa ahora en los libros que he traído conmigo,
elaborados bellamente por Ediciones El Naranjo: Copo de Algodón, la
historia de la hija de Moctezuma, El anillo de César, una metáfora sobre
el tiempo y el destino del más grande de los romanos, y Dido para Eneas:
el lamento de una reina que muere al tiempo que canta la belleza terrible
del amor. Este libro, esta historia, fue recientemente distinguida por
IBBY y forma parte de su Lista de Honor 2016, por todo eso que hemos
hablado y que se resume en la formulación que el comité lector de IBBY
México le dio: por entregar a los jóvenes ese episodio de la Eneida de
Virgilio de manera emotiva y cercana. Dido, la reina que muere de amor
por el héroe Eneas. Pero no muere del todo. Fenicia, fénix, purpúrea,
renace de sus cenizas, de su polvo enamorado, para acceder a cielos
superiores como en uno de los más bellos mitos aztecas: el corazón
ardiente de Quetzalcóatl, viajero desde su hoguera al firmamento: Divino
Gemelo, Estrella de la Mañana, de la Tarde. Luz pura.

Apuesta por los clásicos también en los libros que ha publicado
Colombia: Querida Alejandría, que obtuviera el Premio Norma
Fundalectura 2007 y que me trajo a este país por primera vez, otorgando
una patria para mi alma. El mencionado Soma, la tumba de Alejandro,
Sibila, Foro Rinascimento, Atenas siempre, El disco de Troya, El disco
del cielo y la obra con que cierro un ciclo: El remo de Odiseo.

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¿Por qué el pasado? ¿Por qué una literatura para jóvenes centrada en la
Historia, en la Leyenda, en el Mito y en la Memoria? Porque creo
firmemente que en estos tiempos por los que transitamos, nuestro futuro
posible de dignidad y de hermosura se encuentra en el pasado, en esos
indestructibles tesoros-textos, historia, leyendas, mitos imperecederos.

Mi literatura histórica juvenil, mi apuesta por los clásicos para ponerlos
en manos de los jóvenes, comenzó en 2004 en un texto grabado en
arcilla. En un disco, un disco milenario, enterrado en el palacio de Festos
y cuyo desconocido mensaje me intrigó. El Disco de Festos en Creta y en
Europa fue para mí el Disco del Tiempo en México y en América.

Somos americanos. Somos hispanoamericanos. En la base de nuestra
literatura están los clásicos. Homero sopla en el hondo aliento de Gabriel
García Márquez. Homero es el Inmortal de la claramente críptica
textualidad de Jorge Luis Borges. Homero es el guía del inframundo
mexicano de Juan Rulfo. Y Gabo y Borges y Juan Rulfo son Homero. Y
Gabo y Borges y Juan Rulfo son clásicos. Y nosotros apostamos por
ellos.

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Lectura dramatizada de tres poemas de Aurelio González Ovies, poeta
asturiano nacido en 1964, profesor de latín en la Universidad de Oviedo y
cuyo libro La hora de las gaviotas ha empezado a difundirse en Colombia
en el ámbito educativo a través de la empresa Enlace Editorial.

Argos
Los caseros no atienden a sus ojos,
pero detrás de sus negras pestañas
oculta una tristeza tan redonda
que apenas le permite la mirada.
Por eso algunas veces con la cola,
cuando escucha el sigilo de las vacas,
dibuja sobre el barro en que reposa
retazos de impotencia y de desgana.
Y poco a poco el giro de las moscas
que rondan sobre él noche y mañana,
le han dado un parecido con las cosas
que a la muerte se pudren olvidadas.
Su hocico respingón ya tiene forma
del aullido más último del alma,
y de aquella nariz de caracola
tan única en los rastros de la caza,
cuelga la transparencia de una gota
que ya no puede secarse con la pata.
Y aunque sigue esperando, de su boca
sale de vez en cuando esa palabra
con que expresan los perros su derrota;
y lloriquea y cae y se levanta...

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Penélope de Ulises

Más allá de su casa el calor de septiembre
crepita en las higueras;
Penélope de Ulises, fiel espartana,
se ha asomado al balcón donde borda por siempre
y ahuyenta una pareja de gansos atrevidos
que va picoteando la flor de sus hortensias.
La casa huele a pan, a recuerdo de harina,
A esperanza nacida de una esperanza vieja.
¿Volverá? Quién sabe si en el mar
o a la luz de los faros,
después de tanto tiempo, se sigue recordando.
Y de repente canta (bien sabe por qué canta)
y de la comisura de sus labios
pende un temblor que es casi ya una lágrima.

Y el sol llega a sus ojos como una pesadumbre
―no hay nada más hermoso, sin embargo, que el rostro
de Penélope con la estela brillante de las lágrimas―.
¿Volverá? En momentos como este no deja de bordar
por no llorar delante de doncellas,
mas sus dedos no saben si bordan una flor
sobre el sudario
o anudan otro pétalo a su pena.
No se parece en nada a la mujer de piel campesina,
la más esbelta de Itaca,
que antaño llegó a ser la esposa deseada,

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porque de tanta espera,
de tanto deshacer la tela de sus días
cuando la noche entraba, va quedando con hilos
que descosen la carne de su cara.
Se parece muy poco a la de brazos níveos,
por abrazarse tanto al llanto del crepúsculo,
por rehusar promesas de tantos pretendientes,
esperando las velas de las naves rojizas
que las olas del tiempo jamás, tal vez, acerquen.
Y a veces ya le ocurre lo mismo que a su perro:
que de ladrar atado al pie de su destino,
tiene la tirantez ahogándole en el cuello,
una marca amarilla de soledad y hastío
que le ha robado olfato, el aullido y el pelo.
Y nunca pasa nada sino la vida en vano,
las horas se suceden girando en el vacío,
como una rueca muerta varada en unas manos
que no darán más vueltas. Lo tienen prometido.
Penélope de Ulises, la solitaria de Itaca,
la del balcón abierto por si escuchara pasos;
Penélope de Ulises, la eterna bordadora
de su presente aciago, de su futuro mítico.
La esposa envejecida como un griego olvidado.

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Para Dido de Eneas

Te vi quedar llamándome en la niebla
sobre la almena más alta del palacio,
pero los dioses, Dido, no comprenderán jamás
por qué los hombres preferimos morir
a separarnos. Y aquella madrugada, sobre
las vigas rechinantes de mis naves
mil veces me grité:
¿por qué viniste a Libia, por qué no te amarraste
a la galerna?
Ahora ya no valen de nada mis reproches y mi odio
dibujará en las cenizas de tus labios
maldiciones
cada vez que pasen por tu ausencia
las sandalias silvestres de los vientos.

Recuerdo la primera noche que robamos
al brillo de tus ojos,
las caricias que había guardadas en tus
cofres y el perfume fenicio
que dulcemente, ahora, me describe
las rutas navegables de tu cuerpo.
Pero de nada vale, Dido, que te confiese
un poco esta agonía
si entre tus tierras y mi llanto
silban los trapos de la muerte.
Asómate otra vez como el abismo a los acantilados

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y piensa que he venido a recogerte,
que he venido a buscarte con mis hombres
y en mis naves. Asómate al recuerdo y haz que vuelves
a ver en la borrasca un rostro marinero
curtido como el sándalo, agarrado a tus costas
desde que te creyó una mentira de la bruma.

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