Ocixèm

A Marco Vinicio Dávila,
desmitificador de presentes.

Präeludium

Herido de muerte
cabrestea.
Estertores rabiosos,
agonía de piedra.
Es mi país:
mantícora destrozada
bajo la mirada
suficiente de Hades.
Grito y aullido
que brota ensangrentado
de flautines
de barro.
El país sin nombre
tasajeado por Xipe,
sin rostro ni memoria,
sin máscaras de cobre.
Sólo un montón de huesos
apilados
sobre la piel
deslavada y sucia.
Esto es mi país:
la cósmica negación
de la vida.
La absurda confirmación
del escarnio
y la burla.

Sarabande

En caliente,
vá:
Miente la historia y los libros
escritos por los oficiales
del lenguaje y la zalamería.
Miente la memoria de una historia
contada por nuestros padres
que han olvidado los viejos
en arcones de mezquite
podridos y enterrados.
No fueron los españoles
quienes conquistaron
el vasto imperio acolhúa,
sino esos anónimos esclavos
cansados de subir escalinatas
y descender por acantilados de piedra
hasta destrozarse en el suelo.
No fueron los misioneros piadosos
los que levantaron templos,
sino esos indígenas supersticiosos
que salvaguardaron así
los vestidos y los rezos de sus dioses.
No fueron los mexicanos nativos
los que buscaron la independencia
sino los criollos inconformes
en desvalía ante la corona.

No fueron los mexicanos
independientes e ingenuos
quienes pusieron
a este país un nombre
que es copia de otro nombre
y que llevan hoy los documentos
y las actas oficiales,
sino los masones norteamericanos
más mexicanos que Juárez.
No fueron los peones
deshidratados y explotados
quienes finiquitaron
el porfiriato hoy añorado,
sino los otros terratenientes
temerosos de la competencia
y las ventajas del gobierno
ventajoso y chapucero.
No fueron los campesinos
de huarache y manta
quienes iniciaron
la revolución idolatrada,
sino los caciques,
los estudiados, esos catrines
educados en el extranjero
que hablaban con primor
en francés, inglés, alemán e italiano.
No fue el gobierno glorioso
de un general cardenalicio
ni las vacas, ni las gallinas,
con los polluelos y los becerros
de aquellas buenas personas
que no sabían leer ni escribir
quienes recuperaron el petróleo.
Fueron catorce millones de dólares
y algunos cuantos millones más
de barriles
como pago en especie.

No fue enemigo el político,
el hombre de negocios ni el comerciante.
ellos no acallaron
aquellas voces infantiles del sesenta y ocho.
No fue Norteamérica
quien avasalló este pueblo,
sino el gobierno vendido
por un puñado de dólares
que confundió a Yacatecuhtli
con el simpático Tío Sam.
No fue la democracia
ni esa alternancia fingida.
Digamos que se trata
de la simulación:
el partido oficial no ha muerto
por más putrefacto que esté
el presidente maquillado
y sus cámaras borreguiles.
No serás tú quien salve
a tu hijo de este desastre.
Él te juzgará y entonces
abjurarás de la máscara y la piel,
de los huesos y los dioses.
Y será tarde,
irremediablemente tarde
otra vez.
Este país
lleva de revés
el rostro sobre la máscara.

Francisco Arriaga
México, Frontera Norte.
14-15 de abril de 2016

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