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LA POESIA DE

ESPERANZA MEDINA.

Por José Garés Crespo.

Esperanza Medina es una poeta que termina de publicar su segundo


libro de poemas, “Epanadiplosis”. Por el contenido del mismo podríamos
decir que constituye una declaración de principios respecto a su trabajo
como poeta. Puede parecer pretencioso que con tan corto recorrido
pretendamos decir algo firme de su hacer como poeta. Quiero decir, algo
más allá de los tópicos con los que suelen saludar los críticos profesionales
la aparición de un poemario. Puede que así sea. Pero esta poeta apunta
maneras dignas de tener en cuenta en el actual panorama de la poesía
española, de modo que, por ella, y por ser representativa de una tendencia
poética, de la que es una muy cualificada exponente, creo que las
reflexiones que de su lectura nos surgen pueden ser, aparte de una aventura,
como toda lectura de un poema, una forma de profundizar en la poesía de
los inicios del siglo XXI.

Más allá de que todo texto poético nace en un tiempo histórico


determinado, tiene a la vez una vida propia y buena parte de su
significación radica en el mismo poema, aunque nace y vive inserto en un
contexto social, en línea con lo que para Della Volpe era una dialéctica
semántico-formal. De manera que si bien todo poema es un hecho social,
posee una articulación propia, una organización semántico-formal
exclusiva, que es lo que lo constituye como un hecho o producto
diferenciado y específico frente a otros hechos sociales.

En esta línea, “Epanadiplosis” nace en un contexto social concreto, la


España de principios del XXI y es una de la múltiples posibles respuestas
frente a la globalización y la difuminación o pérdida de tantas señas de
identidad, la masificación y el desencanto respecto a los ideales de las
últimas decenas del XX y la aparición de una corriente poética que se
refugia en la intimidad, revalorizando la cotidianeidad frente a los ideales
fuerza que en parte se hundieron con la transición, adquiriendo un
escepticismo subjetivista que, en algunos casos, encuentra como salvación
un cierto panteísmo.
Epanadiplosis empieza como acaba. El primer poema empieza con
estos versos:

“ME DEJAS
solitaria y sin palabras”,
y en el último, el XXXIII, termina con estos:
“...y sin palabras
ME DEJAS”.

Por si hubiera alguna duda, en ambos poemas, el primero y el último,


el sintagma ME DEJAS, va en mayúsculas. Aparece pues, como un círculo
que tiene, como mínimo, dos lecturas, una filosófica, de carácter general y
que impregna todo el poemario: todo en la vida empieza y termina, lo cual
va más allá de la obvia finitud del ser humano, y otra, más personal, que
poéticamente no importa demasiado, pero que redunda como ejemplo del
anterior axioma; la etapa de la vida de una persona concreta que empieza y
acaba. Que sea la poeta u otra, la protagonista, tampoco importa mucho.
A partir de esta concepción, nada casual, y de la reflexión sobre los
aspectos de la misma, aparece la creatividad de E. Medina que es fruto de
la reflexión y el encuentro consigo misma y con el medio, con la propia
experiencia, con su hallazgo, su asombro y su logro, y cuando toma la
decisión de entregárnoslo, de comunicarse se produce el encuentro y la
comunión con los demás, en la línea de la psicología constructivista que
arranca con Piaget y Vygotsky. En este sentido, la poeta reitera en varias
ocasiones la imagen de ser receptiva y estar dispuesta y necesitada,

“...desnuda de caricias,
como una hoja en blanco...”

sabiéndose en y con los demás, otro u otros,

“...se desliza mi nombre...


y otros nombres...
formando sedimentos
que hacen del abismo
un valle nuevo.”

Para vivir en y con los demás, para sentirse viva entre vivos,

“Invento
mil y una vida gozosas, imposibles
que liberen mi ahora, prosaico y embustero”.

El entorno amplio del yo poético de Medina lo constituye el tiempo


que le ha tocado vivir, pero el otro tiempo concreto, el suyo, el que nos
propone en tanto que lectores, con quienes dialoga y a quienes plantea sus
dudas y pensamientos es el tiempo-espacio que quiere compartir, única
forma de construirse, conocerse y saberse real.

E. Medina , como la mayoría de poetas, es consciente de que el


poema sale de su autor inacabado y propone al lector un juego sin
participar en el cual el poema queda a medio camino respecto a su
pretensión de ser ejercicio de comunión. En un artículo aparecido en el
diario La Nueva España el 30-09-08, la poeta nos da la clave: “las palabras
esperan la sonrisa cómplice del lector, entonces es cuando me aprovecho de
su experiencia, de sus sensaciones, que deposita ingenuo en mi juego de
términos y voces y lo enriquece con un sentido nuevo.”

Es éste un desafío que propone la poeta y solo puede ser


correspondido por el lector que haya aceptado esta propuesta de
complicidad y juego. El grado de consecución obtenido, si se acepta la
invitación, es secundario. Parafraseando el slogan del mundo del deporte,
diríamos que lo importante es participar. Pero la aceptación de este juego
exige también el acuerdo de las reglas del mismo, con la peculiaridad de
que en buena medida, cada poeta tiene sus reglas y es mediante su
aceptación previa, que podemos entender su mensaje. Digo entender, no
aceptar, necesariamente. Me refiero, no a saber de los instrumentos del
juego que nos propone, sino su contenido. Como dice Néstor Martínez, la
imagen del tipo de: "llegamos al pie de la montaña" puede ser útil para
trasmitirnos conocimiento sobre la montaña y dónde estamos, siempre y
cuando no queramos buscarle el dedo pulgar a la montaña real.

La participación que nos propone E. Medina para leer su poesía, y


que ella denomina su juego, va más allá de la complicidad que se produce
cuando hay coincidencia entre dos, cuando se comparten objetivos. Lo que
propone es lo que, en la teoría general de sistemas desarrollada por
Bertalanffy, se entiende por sinergia y que según la definición de este
biólogo, se produce cuando al analizar una de las partes que junto a otra/s
conforman un objeto o sistema, aisladamente una de la/s otra/s, no da una
explicación suficiente de las características o comportamiento manifestado.
En ese caso estamos pues delante de un objeto sinérgico, es decir, de dos o
más, que sin ser lo mismo, sin el otro tampoco lo son. Este es el milagro o
función del texto poético o poema.

Aparece entonces lo que Yuri M. Lotman y sus seguidores,


rectificando a los formalistas rusos, señala como lo extratextual, lo que se
hace presente de dos formas: 1ª, en cuanto que el texto se vuelve
significativo desde esa realidad extratextual, y 2ª, en tanto que propone
alternativas a la construcción del texto poético de tal manera que lo
extratextual pasa a formar parte del contenido del poema, aunque no
necesariamente del texto.

Obviamente el mínimo de personajes para un juego es de dos,


aunque sea infinito el número de “otro” posibles. Así nos descubrimos
‘uno’ nombrado y dialogando con el‘otro’, en un recorrido íntimo y único.

Salimos
con los ojos manchados de besos
intentando
atrapar la belleza,
exprimirle a la vida la fuerza,
(y no lo sabemos...)
que llevamos dentro.
No es seguro que en el “otro” este la salvación, Tampoco importa
demasiado. A pesar, pues, de la duda, si hay salvación es compartiendo,
conformando, siendo con.
Sálvame,
prometo no mirar al precipicio
si tus brazos me llevan.

Decía Wittgenstein, en una carta a un amigo: “mi obra se compone


de dos partes: de la que aquí aparece, y de todo aquello que no he escrito”.
Otro tanto decía Althusser en su estudio sobre los Grundisse de Marx y el
materialismo histórico respecto a lo que un texto dice y oculta. También en
la mayor parte de las obras poéticas se insinúan, en muchas ocasiones,
ideas y reflexiones que apenas asoman en el texto poético.

Ni una sola vez aparece en la poesía de E. Medina, una referencia a


nada extra mundano, mágico o religioso. Ninguna referencia a cualquier
icono cristiano, tampoco a la mitología greco romana tan habitual en
nuestra poesía. En el conjunto de “Epanadiplosis” podríamos aventurarnos
a decir que frente a tantos misterios que la vida de cada cual supone, el
clima que se desprende en los poemas es el de una persona agnóstica. Ni
una referencia a alguno de los iconos o símbolos cristianos, lo cual, en una
sociedad como la nuestra-suya, significa un exquisito cuidado en evitarlos
por parte de la autora. Las inevitables preguntas sobre la trascendencia, el
futuro, lo pasajero de la muerte y vida humana, etc. aparecen como clima,
nunca se corporeizan en el texto poético.

Mucho se ha hablado del parecido comportamiento de la publicidad


y la poesía en cuanto a la manera de comunicar. Tanto en una como en la
otra si el receptor sólo encontrara en ella lo que espera, lo que conoce
previamente, o sea, la redundancia por habitual, no recibiría propiamente
información, ya que ésta se da sólo en función de lo inesperado, de lo
imprevisible, de la sorpresa. A esta conclusión llegó Yuri M. Lotman,
añadiendo: "Buena poesía es la que contiene una información poética, o
sea: aquella cuyos elementos son a la vez esperados e inesperados. Sin lo
esperado, es decir, sin el puente que el código tiende entre el emisor y el
receptor, el texto no podría cumplir su función comunicativa. Pero sin lo
inesperado, el texto sería completamente trivial y su información sería
nula”.

E. Medina, para sorprendernos, para llegarnos, utiliza un tratamiento


del texto poético que sorprende, justamente por lo que rompe.
Extrañamente, no rompe con el discurso del habla natural, no nos sorprende
con un lenguaje poético de significados o símbolos excesivamente fuera del
habla habitual, sino al contrario, con una gran sensibilidad, recoge detalles,
aspectos aparentemente mínimos del mundo y lejos de la imaginería en el
que se mueven la mayoría de poetas anteriores a su generación, y aun
muchos de la suya. Desde esa cotidianeidad de la palabra y del significado,
nos presenta la estética de lo pequeño, de lo mínimo, del detalle.
Probablemente es el mayor logro de su discurso poético. Y como todo lo
aparentemente sencillo, es trabajoso, difícil de conseguir, muy elaborado,
evitando caer en el universo de la prosa, y Esperanza Medina lo consigue.

Hablemos de las cosas que no importan:


de la sonrisa tonta que yo tengo
cuando tu voz me toca;
de mis manos heladas que calientas...
.......
Hablemos de las cosas pasajeras,
de las que no retornan:
de la nieve en la hierba,
del sol en la distancia...

Encontrar la palabra justa, la adecuada para que en el texto poético


proyecte el significado deseado, modificándose en el interior de un
sintagma, sin apenas adjetivos que introduzcan quizá nuevo matiz, pero
también probablemente confusión, pérdida de nitidez, es el trabajo cuyo
producto muy digno de tener en cuenta, es “Epanadiplosis”. En boca de la
poeta, las palabras, “las limpio con mimo, las coloco y las recoloco de
maneras diferentes, las deslizo en los poemas y espero, reteniendo el
aliento, que a algunos de vosotros os hagan cosquillas de nuevo, como si
estuviesen recién estrenadas”.

Pero no es, aunque pudiera parecerlo, un divertimento poético, es


una necesidad, es, como en los mejores poetas, la necesidad de ajustar la
palabra para comunicar aquello que en el lenguaje natural y en el orden
habitual del habla, sería dificultoso, sino imposible, de comunicar.

A veces los silencios nos separan,


y las palabras cansadas e inexactas
se vuelven sumamente necesarias.

La polisemia del vocabulario poético y de las composiciones


poéticas en sí hace emerger universos de sentido a partir de un grupo de
palabras, universos que nos permiten conocer algunas formas de la realidad
por vez primera, que ponen un orden de poderosa aunque sutil geometría en
el caos, y que enriquecen nuestra conciencia. Una senda por la que Medina
anda con tiento y mediante la que consigue salir del laberinto, pero a través
de una puerta personal y única.

...doy vueltas
y vueltas al laberinto
por evitar la puerta;...

La brega de E. Medina, pues, no es por buscar nuevas expresiones a


nuevos o viejos sentimientos, difícil búsqueda, sino encontrar el matiz, el
lugar exacto de la palabra exacta, para denotar un perfil diferenciado, que
puede que al lector apresurado se le pierda, pero que si lo detectamos, nos
abre una sensibilidad finísima, sutil, de una belleza digna de resaltar. Su
trabajo como poeta lo engarza con esa herramienta que es mucho más
antigua que todos nosotros, que contiene memoria, que sabe y conoce,
porque ha hecho incontables recorridos hasta llegar a la mente de la poeta o
del lector: la palabra.

De manera que en su lenguaje poético aunque, alguna vez, aparezcan


destellos de prosaismos sintácticos y lenguaje coloquial que lo atraviesan,
en el texto poético resultante, toman una nueva dimensión poética. Y
siempre, alrededor de un aparente minimalismo en las pasiones y
sentimientos, sin grandes pasiones, apenas con sugerencias, resaltando las
pequeñas cosas, casi con un amor maternal, lejos de convulsiones
pasionales.

Mientras tú te paseas por la orilla


yo le echo sal al agua,
que no sepas que el mar se está muriendo,
que se vuelven insípidas las ganas.
Finalmente, Octavio Paz, en “Delta de cinco brazos” dice, respecto a
la poesía no pautada: “el ritmo es algo más que medida: es imagen, música,
respiración, silencio, color y sentido indisolubles e inseparables”
E. Medina consigue, en la mayor parte de sus poemas, un ritmo
adecuado al objetivo expresivo y pese a que no utiliza la rima, pauta sus
versos en endecasílabos y heptasílabos, en algunos casos con estrofas
organizadas en silvas, en otras, de forma muy original, cortando el
endecasílabo en dos versos de siete y cinco sílabas, resaltando así la pausa
de los dos hemistiquios clásicos y obviamente su significado.

Ven con el corazón / de porcelana, (11)


hermoso por lo frágil, (7)
generoso (4)
por ignorar que en mí / puede romperse. (11)

Sin duda, los poemas de E. Medina, son un buen ejemplo de un


quehacer poético, de un universo intelectual riguroso, sensible y una
maestría en el uso de la palabra digna de mención. “Epanadiplosis” es un
poemario altamente recomendable.