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Relatos RománTica’S Especial San Valentín
Autoras que Colaboran
Amber Lake Ana Iturgaiz Andrea Milano Arlette Geneve Blanca Miosi Claudia Velasco Laura López Mar Carrión Nieves Hidalgo Olivia Ardey Pilar Cabero Sonia Nievas

Una Tarjeta por San Valentín

Amber Lake

© J. F. Vidal (Amber Lake). 2010 TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS. E—mail: amber.lake@yahoo.es Blog: http://amber—lake.blogspot.com/

“Papelería Marlow. Tarjetas de regalo por encargo. Se escriben cartas de amor, condolencia, presentación… Precios económicos” Horace Rathbone leyó el letrero colocado encima de la puerta y, con gesto resuelto, entró en el pequeño comercio. Cuanto antes acabase con aquel asunto, antes podría marcharse de allí, se dijo irritado. Constance, que se hallaba en la trastienda sentada ante su mesa de trabajo, levantó la cabeza al oír el tintineo de la campanilla en la puerta y se apresuró a acudir. Cuando traspasó la tupida cortina que separaba los dos recintos, distinguió una alta figura masculina que se entretenía curioseando en los estantes. Horace se giró y Constance no pudo evitar un ligero sobresalto de admiración ante la bella estampa que presentaba el recién llegado: alto, de anchas espaldas, elegantemente vestido y con un atractivo rostro. Un caballero de los que raramente acudían a su modesto establecimiento, frecuentado principalmente por personas que no sabían escribir. Ese cliente, en cambio, tenía el aspecto de haberse educado en los mejores colegios. —¿En qué puedo ayudarle, señor? –preguntó amablemente, ajustándose las gafas a la nariz con gesto nervioso. Le costaba un singular esfuerzo permanecer serena sin que su rostro y su voz revelasen la impresión que le había causado. No era su natural forma de proceder. Incluso resultaba ridículo a su edad comportarse de esa forma ante un hombre apuesto, pero aquél de alguna forma le había impactado más de lo habitual. Horace, claramente incómodo, volvió a preguntarse qué hacía allí. Él nunca había sido un hombre dado a gestos románticos y no iba a cambiar a sus treinta y dos años, pero su tía Margaret consideraba que, según la tradición, en San Valentín era obligado regalar a la persona amada un ramo de rosas y una postal dedicada. Así que lo había

enviado a aquel lugar, en el que se vendían las más bellas tarjetas dedicadas de todo Londres. Y, aún a costa de hacer el ridículo más espantoso, estaba dispuesto a conseguir una. —Quisiera adquirir una tarjeta para regalar. —¿De qué tipo la desea, señor? Cumpleaños, aniversario,… —Es para San Valentín –confesó reticente y en voz algo más baja de la empleada hasta ese momento. Constance sonrió interiormente. Conocía esa actitud. Los hombres solían considerar una trivialidad impropia de su género regalar postales en día tan señalado y, sobre todo, escribir unos versos que la acompañasen; y el que tenía delante parecía sentirse especialmente molesto por ello. Lástima que fuese tan serio y no apreciase adecuadamente la belleza que un gesto como ese podía encerrar. —Por supuesto, se acerca el día –comentó con una media sonrisa que a Horace no le pasó desapercibida.— Le mostraré algunos modelos para que pueda elegir. Si no le agrada ninguno, podemos confeccionarle una bonita postal a su gusto. Constance fue cogiendo de los estantes varias tarjetas y colocándolas sobre el mostrador con sumo cuidado. Todas eran diferentes, alguna sencillas, otras más elaboradas, pero todas primorosamente pintadas a mano con un exquisito gusto. Se sentía muy orgullosa de ellas. Se trataban de pequeñas obras de arte que tenían mucha aceptación entre el público, como así lo demostraban las numerosas ventas. Horace las miró, sorprendiéndose de la exquisita elegancia de las misma. Ninguna de ellas representaba a esos ridículos angelitos regordetes y medio desnudos que temía encontrar. Con problemas para decidirse por alguna en particular, eligió una al azar. —Me llevaré ésta. —Tiene muy buen gusto, señor. Es de las más elegantes. Como podrá ver, tienen un amplio espacio en blanco para que pueda escribir unos bonitos versos a su enamorada.

Horace sintió que se acaloraba y carraspeó para aclararse la garganta. —Me han indicado que también escriben las dedicatorias ––respondió con semblante serio, que pretendía ocultar su intensa mortificación. No era nada agradable reconocer ante una mujer, aunque fuese una simple dependienta y poco atractiva por cierto, que se era un total inepto incapaz de hilvanar dos palabras seguidas con el más mínimo sentido poético. Pero él era un soldado y no un maldito poeta; no tenía porqué saber escribir versos. —Cierto, señor. Si me indica el nombre de la dama y algún rasgo de ella que le agradaría destacar, añadiremos una adecuada y bella dedicatoria. —Gracias, señorita. La dama se llama Fiona y es… es… Horace se sintió algo desconcertado. No atinaba a destacar nada en ella que le llamase especialmente la atención. Era alta, morena, bastante hermosa según opinión general, aunque tal vez de una belleza demasiado fría, como los bustos clásicos que se podían encontrar en los museos. Lo que no sabría decir era de qué color tenía exactamente los ojos, o la forma de su boca. Tampoco podía destacar nada de su personalidad, y esto era lo más preocupante ya que se trataba de la mujer que, probablemente, se convertiría en su esposa. Era seria, callada, y sabía servir el té de forma primorosa; pero, en las contadas ocasiones en las que se habían visto, apenas se dijeron algo más que las típicas frases de conveniencia —…es bella y… y Constance lo miró consternada. Un hombre que no sabía describir a la mujer que amaba era digno de tener lástima; y, a ella, mucho más. Apiadándose de sus apuros, decidió ayudarle. —Con eso será suficiente, señor. Esta misma tarde podrá pasarse por ella. Si me indica su nombre, lo incluiré en la dedicatoria. ¿O desea que sea anónima? —Sí, por supuesto.

Horace le dio su nombre, pagó el importe y le informó que esa tarde mandaría a un sirviente a recogerla; tras lo cual, salió de la tienda apresuradamente. Había dado una patética imagen, lo que le hizo reflexionar. ¿Deseaba realmente casarse con Fiona o debería conocerla mejor antes de pedirle formalmente matrimonio? Cuando tres meses antes regresó al país tras una estancia de cuatro años sirviendo con su regimiento en la India, consideró la conveniencia de buscar una esposa y formar una familia; algo a lo que su tía Margaret se dedicó con empeñó, comenzando a presentarle futuras candidatas. Entre ellas, Horace eligió a Fiona, tal vez para acabar con lo que se estaba convirtiendo en un suplicio. Ahora comenzaba a plantearse si no se había precipitado en la elección. *** —Debes asistir, Constance. Lady Osmond es, aunque lejana, nuestra única familia en Londres y, desde luego, una de nuestras clientas más importante. No podemos desairarla de esa forma, sería imperdonable. Nos hace un gran honor invitándonos, ya lo sabes. Tal vez este año tengas más suerte que en los dos anteriores y algún importante caballero se fije en ti. ¡Tu padre estaría tan feliz si eso ocurriera! Constance puso los ojos en blanco. Su madre siempre tan dada a fantasear. —Madre, sabes que eso es muy improbable ¿Crees que los caballeros importantes van a fijarse en alguien con mi edad y aspecto, por no mencionar que tampoco tengo una importante dote que ofrecer? Además, no necesito un esposo si en esas estamos. Me gusta la vida que llevo y el trabajo que hago. El negocio nos permite ganarnos bastante bien la vida, por si no lo has notado. —Sólo tienes veinticuatro años, aún puedes encontrar un esposo adecuado. Toda mujer necesita un hombre que la respalde. Al faltar tu padre, estamos desamparadas. Constance bufó poco elegantemente. Su madre tenía unas ideas demasiado arcaicas. –¡Por favor, estamos en 1858! Muchas mujeres viven solas, independientes. Incluso hay

una en el trono; y lo está haciendo muy bien, por cierto. Ya no necesitamos a los hombres para que nos respalden, como tú dices; podemos valernos por nosotras mismas. —La Reina cuenta con el apoyo de su marido, sin el que no podría llevar esa gran carga. No concibas ideas absurdas, hija. Una mujer necesita un hombre que la sostenga y proteja. Constance dejó de discutir con su madre, nunca la convencería. Pero tenía razón. No podía rechazar la invitación al baile de san Valentín que, como todos los años, organizaba lady Osmond aunque en esta ocasión tuviese que acudir sola, ya que su madre no se había repuesto totalmente de su dolencia. Presentía que este año se aburriría más que en anteriores ocasiones. *** El día señalado, Constance se presentó en la residencia de los Osmond. Al entrar le sorprendió la gran cantidad de gente que la ocupaba. Siempre había sido un baile con mucho éxito, pero ese año superaba las expectativas de los felices anfitriones que, en el centro del enorme vestíbulo, sonreían orgullosos ante la gran afluencia de concurrentes. —Lord y lady Osmond, les estoy sumamente agradecida por la invitación –mintió con la más agradable de sus sonrisas. —Mi madre les ruega que la disculpen. Se encuentra aún convaleciente. —Constance, querida, me alegra que estés aquí. Siento mucho que mi querida Violet no pueda acompañarnos esta noche. Espero que mejore lo antes posible. —Gracias, lady Osmond. Le transmitiré sus deseos de una pronta recuperación. Constance dejó a los anfitriones y se adentró en el salón de baile, saludando a los pocos conocidos. No se sentía cómoda allí, nunca lo había estado. Demasiada gente y con demasiadas ganas de chismorreo, pensó; por no hablar de los insufribles libertinos, los únicos que le prestaban atención, y a los que procuraba evitar siempre que tenía ocasión.

Horace entró en el salón de baile con aire taciturno. Acaba de dejar a Fiona en su casa, después de haber asistido a una soporífera velada musical, y le había manifestado su intención de no volver a frecuentar su compañía. Lo que más le sorprendió fue la serenidad con la que ella había aceptado su decisión y el alivio que le pareció advertir en su rostro. Aún así, lo que menos le apetecía ahora era acudir a aquel bullicioso baile. Pero le había prometido a su tía que iba a pasarse por allí y él siempre cumplía sus promesas. Al menos, concebía la esperanza de poder retirarse discretamente a la sala de juegos y participar en alguna buena partida de cartas que le hiciese más llevadera la velada. —Querido, al fin has llegado. Ya pensaba que no ibas a venir. ¿No te acompaña Fiona? La voz de lady Osmond lo sorprendió cuando salía furtivamente del salón. —No, tía. Sabes que a ella no le agradan estos bailes; al igual que a mí –puntualizó con bastante mordacidad, cosa que ella decidió pasar por alto. —Vamos, vamos, seguro que te apetece bailar con alguna agradable joven. Es más, hay una a la que quiero presentarte. Se trata de una pariente lejana a la que no conoces; aunque, en realidad, es probable que sí la conozcas –observó la dama con acento enigmático. —Tenía pensado echar unas manos a las cartas –aventuró Horace con poca firmeza, confiando en que desistiera de su empeño. No deseaba que le presentase a más candidatas; ya buscaría él mismo la esposa adecuada. —Después, querido; ahora tienes que acompañarme. Resignado, Horace se dejó arrastrar por su tía como un reo al patíbulo.

Constance llevaba casi dos horas allí y ya consideraba que era suficiente. “Esperaré unos minutos más y me despediré de la anfitriona. Creo que por este año ya he cumplido”, se prometió optimista. Había bailado en dos ocasiones, ambas con caballeros maduros que intentaron manosearla y que desaparecieron rápidamente tras comprobar que sus atenciones no eran bien recibidas, cosa que Constance agradeció sobremanera. El resto de la velada lo había pasado sentada en una incómoda silla, oyendo los cotilleos de las matronas y las veladas indirectas hacia su condición de solterona; por lo que, decidida a tener unos minutos de tranquilidad hasta que llegara la hora de marcharse, se había retirado a un tranquilo y solitario rincón en el que esperaba pasar desapercibida. “¡Oh, Dios!, no puedo creer que tenga tan mala suerte”, se dijo al ver acercarse a lady Osmond. “¡Y me trae otro acompañante!”, exclamó para sí al observar que venía con un caballero del brazo. Se sintió mortificada. ¿Por qué tenía que ser tan malditamente educada? Si se hubiese marchado hacía rato… —Constance, querida, ¿mira quién quiere conocerte? –dijo la dama con alegre voz.— Te presento a Horace Rathbone, hijo de mi malogrado hermano Justin. Ella reparó por primera vez en el rostro del hombre y sintió un pequeño aleteo en el estómago. ¡Se trataba del caballero que había estado en su tienda una semana antes para comprar una tarjeta de San Valentín! Se sintió algo turbada por la sorpresa. Frente a ella se encontraba el hombre que había plagado de tórridas escenas sus sueños de los últimos días. —Horace, esta joven es Constance, hija de Simon Marlow, mi querido primo segundo, también fallecido. Es una gran artista, y propietaria de un negocio de papelería; precisamente al que te recomendé que acudieses para adquirir una de las preciosas tarjetas que realiza –añadió con manifiesto orgullo y un toque de picardía.— ¿La recuerdas?

Horace la miró detenidamente. Cierto, se trataba de la misma joven, aunque estaba bastante cambiada y mucho más bonita. Ya no llevaba aquellos antiestéticos anteojos, ni el tirante moño que tan poco le favorecía. También había cambiado el sobrio vestido por otro más favorecedor, que dejaba parte de su bonito escote al descubierto. —Es un placer, señorita –dijo Horace, inclinándose respetuosamente y besando la mano que ella le ofrecía.— Claro que la recuerdo. Sus postales son realmente bellas. Constance se sintió profundamente turbada ante el leve contacto y las amables palabras. —Gracias, señor Rathbone. Espero que le haya gustado a su prometida. —Mucho, señorita Marlow. Y la dedicatoria le ha parecido magnífica –mintió no sin cierto rubor. En realidad no había llegado a dársela. Una vez que decidió no continuar con el galanteo, consideró inapropiado ofrecerle un regalo tan comprometedor. Constance sonrió orgullosa. Siempre era agradable que reconocieran su talento. —Vamos, queridos, que sois parientes; concretamente primos en tercer grado. Creo que deberíais trataros con algo más de familiaridad –pidió.— Y ahora, a bailar. Es un crimen dejar pasar el precioso vals que están tocando –los animó con una sonrisa bonachona. —¿Me hace el honor, señorita… Constance? –se sintió obligado a proponer. Lo cierto era que no le desagradaba en modo alguno la dulce y tímida joven. Recordaba su amabilidad y consideración de días antes. Constance aceptó el brazo que le ofrecía y ambos se unieron al grupo de bailarines que ocupaban el centro del salón. —Debo admitir que, si mi tía no me lo hubiese indicado, no te habría reconocido. Estás muy cambiada… para mejor, claro –confesó a modo de disculpa. Se sentía más torpe de lo habitual ante ella, que era capaz de escribir tan bellas palabras como las

plasmadas en la tarjeta que llevaba en el bolsillo. Él nunca había sabido decir frases bonitas a una mujer. —El otro día me viste con el uniforme de trabajo, podríamos decir. —¿Es tu medio de vida o lo haces simplemente por afición? —Es una importante ayuda. A la muerte de mi padre, mi madre y yo descubrimos que sólo teníamos una pequeña renta que no nos mantendría indefinidamente. Decidimos vender la casita que teníamos en el campo y comprar el negocio y el piso encima de él. Siempre me gustó pintar y no se me dan mal las palabras, por lo que considero que es más un placer que un trabajo. Horace la escuchaba claramente impresionado. La calidez de su sonrisa y el brillo entusiasmado de sus bonitos ojos claros lo cautivaron. ¡Qué diferente de la fría y seria Fiona! El vals terminó y ambos regresaron al lugar que Constance ocupaba. —¿Quieres que te traiga algo de beber? –ofreció galantemente. —Gracias, pero ya he tomado suficiente ponche por esta noche. Además, creo que es hora de retirarme. —En ese caso, te acompañaré. Tengo el carruaje esperando. —No puedo permitir que abandones el baile por mí, Horace. —Te confieso que yo también estoy deseando marcharme. Acompañándote, tengo la escusa perfecta para no herir los sentimientos de mi tía –reconoció con sinceridad, guardándose para él la causa principal de su ofrecimiento: deseaba continuar en su compañía. Constance le sonrió y aceptó encantada. Buscaron a los anfitriones y se despidieron de ellos. Lady Osmond los observó marchar con una sonrisa satisfecha.

—Me da la impresión de que en esta ocasión le he presentado a la joven adecuada, Rupert. Tendré que comenzar con los preparativos de la boda –dijo a su marido, que asintió convencido. —Tú siempre consigues lo que te propones, querida –respondió mirándola con adoración. En el trayecto hasta la casa de Constance, se contaron sus vidas. También sus ilusiones y esperanzas de futuro. La intimidad y semipenumbra del pequeño recinto alentaba a esa clase de confesiones. Horace descubrió a una mujer inteligente, fuerte y luchadora, a la vez que adorablemente seductora, y él le dejó entrever su carácter tierno y generoso y su gran necesidad de cariño y compañía. Cuando el carruaje se detuvo en la puerta de la pequeña papelería que pisara una semana antes, Horace ya había decidido que ella sería su esposa. Ahora faltaba convencerla de que él era el hombre que estaba esperando. —Tengo que confesarte algo –dijo antes de que ella introdujese la llave en la cerradura. Constance lo miró intrigada. —No le he regalado la tarjeta a Fiona. Y no lo he hecho porque un objeto como este —extrajo la tarjeta del bolsillo y se la mostró— sólo se puede entregar a la persona que realmente se ama. Yo no la amo y así se lo he revelado. Constance permaneció en silencio, mirándolo con un brillo de grata sorpresa en los ojos y expectación en el rostro. Él se inclinó y posó sus labios en la tibia boca, que lo recibió gustosa, devolviéndole la pasión que él imprimía a aquel beso, el primero de los muchos que esperaban compartir a lo largo de sus vidas. Y allí permanecieron durante largos minutos, entregados a las delicias del amor recién encontrado.

Lucía, el Ritz y el Capitán Trueno
por

Ana Iturgaiz

 

 

Lucía, el Ritz y el Capitán Trueno
Lucía estaba eufórica, exultante, pletórica. Aquello era lo mejor que le había sucedido desde hacía mucho, pero que mucho, tiempo. Acababa de consultar su correo personal y se lo había encontrado. Una cita. Con él. El corazón le latía a mil por hora. Saltaba en su pecho como si estuviera a punto de escapársele. Se sentía como una tímida adolescente al que el chico más popular del instituto la acabara de invitar a dar una vuelta en su moto. Y no podía decírselo a nadie. ¿A quién le iba contar que había quedado con un hombre al que conocía como el Capitán Trueno? Claro que aquello era lo normal si se tenía en cuenta que ella era Sigrid. Precisamente eso era lo que les había reunido: sus nicks y su afición a los tebeos que leían de niños. Y así había empezado todo, tres meses antes. Medio en broma, medio en serio. Y así se habían conocido. Y así habían descubierto que ambos tenían perro y que corrían con él por el parque al atardecer. Y que los días de lluvia se quedaban en casa, refugiados en el sofá, viendo la tele. Y que les gustaban los helados de stracciatella en cucurucho y tumbarse en la hierba en primavera. Y así habían descubierto que tenían muchas cosas en común. Muchas, muchísimas. Pero nunca, nunca antes, ninguno de los dos había hecho un solo comentario a la posibilidad de verse. Ni siquiera a mandarse una foto. Nunca. Hasta entonces. Lucía inspiró profundamente en un intento de serenarse y oteó su alrededor para saber si alguna de las personas que trabajaban a su lado había notado algo. Nadie la miraba. Respiró más tranquila. Volvió a posar la vista en el mensaje. Era breve. ¿Nos vemos? Propongo hoy a las siete. En el jardín del Ritz. Llevaré un tebeo entre las manos. No se lo pensó dos veces. Pulsó el botón Responder y escribió únicamente las palabras necesarias: Allí estaré. Y lo envió. Se quedó mirando a la pantalla en espera de su respuesta. Un minuto. Dos. Tres, Cuatro... Diez minutos. La respuesta no llegaba. Comenzó a ponerse nerviosa. Afloró su lado pesimista.

© Ana Iturgaiz, 2009

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¿Y si no lo ve? Daba igual, ella estaría. En el Ritz. Se le escapó una sonrisa. Recordaba aquella conversación a la perfección. Ella le había dicho que nunca iría a un sitio tan pijo y él se había reído. Iría, claro que iría. ¿Y si no va él? Otra vez con sus dudas. Parecía tonta. ¿No acababa de quedar con ella? Un mensaje apareció de repente en su pantalla. Las mariposas de su estómago volvieron a revolotear enloquecidas. Lo abrió apresurada sin mirar quién era el remitente. No tenía ninguna duda. Cuando lo leyó, en su cara se reflejó decepción y alarma. Convocatoria de reunión en la sala de juntas. Hoy a las 15:30. Su jefe. ¡Tan pronto! Miró la hora en la esquina inferior derecha de su pantalla. Las 15:23. Abrió a todo correr el fichero con los resultados de las ventas del año anterior. Todavía le quedaban por revisar quinientas cuarenta y ocho de las dos mil setecientas ochenta y dos líneas que tenía en el informe. Le caería un buen chaparrón por no tenerlo a tiempo. En efecto, media hora más tarde, lo más amable que escuchó sobre su trabajo fue que “se espabilara con la documentación que le habían pedido”. Aquí no se viene a dormir, señorita Cámara, le había dicho aquel cretino, recién llegado y con aires de marqués. Claro que no había sido ella la única que había tenido que aguantar sus irónicos comentarios. También Elena, Marta, Ricardo e Irene habían recibido lo suyo. El único que había tenido la suerte de librarse de la desagradable reunión era Samuel puesto que no había ido a trabajar. Elena había mencionado algo sobre que tenía que hacer unas gestiones familiares. La reunión duró tres horas. Tres torturantes horas, siete agónicos minutos y doce angustiosos segundos en los que lo único que hizo Lucía fue intentar alejar sus ojos de la esfera del reloj y sufrir al ver las agujas avanzar sin saber si podría largarse de allí antes de las doce de la noche. Adiós a la cita. Cuando su jefe se puso en pie, ella lo siguió, precipitada. Ya no le daba tiempo a pasar por casa. Tendría que ir sin ducharse ni cambiarse de ropa. ¡Y aquella mañana ni siquiera se había lavado el pelo!

© Ana Iturgaiz, 2009

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El teléfono de su despacho sonó cuando estaba poniéndose la chaqueta. Lo descolgó mientra rezaba para que no fuera su superior con algún encarguito de última hora. Por favor, por favor, por favor. Era Elena. Respiró tranquila. Le diría que tenía prisa y se largaría a todo correr. —¿Te animas a tomar unas cañas? —No puedo. Lo siento. Ya me he comprometido con otra persona. —Mira que eres difícil de ver. La verdad es que no sé por qué todavía contamos contigo. Lucía notó cómo la voz de su amiga se transformaba. La había decepcionado. —En serio, te prometo que la semana que viene, quedo con vosotros. Pero hoy no puedo. —Te tomo la palabra. Colgó el teléfono, acabó de meterse la manga y cogió el bolso. —¡Hasta mañana! —gritó a Marina, la recepcionista, cuando pasó junto a ella cono una exhalación. Sin esperar respuesta, corrió hasta el ascensor sólo para encontrarse con un cartel pegado en él que decía: Averiado. Así sin más detalles. Tomó rumbo a la escalera. Bajó los siete pisos lo más rápido que pudo. Cuando llegó al portal, eran ya las siete menos diez. Imposible llegar en diez minutos. Rogó para que no fuera de los que se impacientaban demasiado y se marchara, aburrido de esperarla. Una vez en la calle, dudó si coger un taxi, pero los bocinazos que llegaron hasta sus oídos la obligaron a tomar una decisión. Otra vez en transporte público. Se abalanzó calle abajo. Sorteó a una pareja de extranjeros que se había empeñado en tropezarse con ella y siguió corriendo. El semáforo estaba a punto de cerrarse. Ni siquiera se detuvo cuando escuchó el chirrido de los frenos del autobús a menos de dos metros de su espalda. Cuando el conductor pudo reaccionar y apretó la bocina con furia, Lucía ya bajaba las escaleras, de dos en dos, camino de la línea roja. Escuchó la señal sonora que indicaba que el metro iba a arrancar. Ya era tarde. Lo había perdido. Aún así, hizo un último intento y se precipitó hacia la puerta más cercana. Sólo para quedarse en el andén. Dio un paso atrás mientras veía pasar, cada vez más deprisa, las figuras de los que habían tenido la suerte de entrar. Se quedó allí, parada, hasta que el convoy fue engullido por la oscuridad. Miró hacia arriba. El próximo tren llegará en 3 minutos era lo que aparecía en el panel luminoso.

© Ana Iturgaiz, 2009

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Calculó dónde coincidirían las escaleras en la estación de salida y comenzó a caminar hacia allí. Aprovecharía la espera para adelantar parte del camino. Volvió a elevar la vista. El próximo tren llegará en 2 minutos. Menos mal, pensó aliviada. Un minuto menos. —Lo va a desgastar —escuchó a su lado. Un viejecillo que se había colocado junto a ella le sonreía apoyado en su bastón. —¿Perdón? Él señaló hacia abajo. —El suelo. Va a desgastarlo como siga así. Lucía esbozó una tímida sonrisa y, avergonzada, detuvo al instante el movimiento de su pie derecho. Ni siquiera se había dado cuenta de que lo estuviera haciendo. El próximo tren está a punto de hacer su aparición en la estación. Un traqueteante ruido procedente del túnel le indicó que el tren estaba a punto de llegar. ¡Ya era hora! Antes de que se abrieran las puertas por completo, se coló dentro. Al menos, el vagón no estaba a reventar. El metro se detenía en cada una de las estaciones apenas tres minutos. Aún así, Lucía acabó odiando al conductor. Con todas sus fuerzas. Hasta que llegó a su destino. A las siete y cuarto. En el momento en el que puso el pie en el último escalón de la estación de Banco de España, comenzó a buscar un taxi. De ninguna de las maneras iba a recorrer los quinientos metros de distancia que le faltaban corriendo desaforada, para que la viera llegar desfondada y sudorosa. Tuvo suerte. En ese mismo instante, una mujer se bajaba de uno un poco más adelante. Corrió para que no se le escapara, sujetó la puerta y esperó a que el vehículo quedara libre. —Al Hotel Ritz —pidió sin saludar siquiera. Y, tres minutos más tarde, estaba delante de un elegante edificio color blanco, coronado por dos pequeñas cúpulas grises. Tres impresionantes puertas metálicas, negras y doradas, que exhibían las letras H y R entrelazadas, se alzaban ante ella. Tenía que entrar, pero, antes de que diera un solo paso, descubrió otro acceso a su derecha. Por lo que parecía, al jardín se podía entrar directamente de la calle. Atravesar la puerta fue sencillo, pero en cuanto sus pies comenzaron a deslizarse por las losas del suelo, su angustia aumentó. Hasta límites insospechados. Comenzaba a dolerle el estómago, sin embargo no dejó de avanzar. Las mesas estaban cada vez más cerca de ella.

© Ana Iturgaiz, 2009

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Hizo un esfuerzo por controlar el temblor de sus piernas. Por primera vez en todos aquellos meses se le cruzó por la mente la absurda idea de que él fuera un loco. La descartó en un segundo. No, no después de todas sus conversaciones. Imposible. Barrió la terraza con la mirada. Todas las mesas estaban ocupadas. Y por más de una persona. Todas menos una, que estaba vacía. Se dirigió hacia allí. Y, cuando estaba llegando, volvió a temblar. Sobre ella había un tebeo. Un antiguo ejemplar de El Capitán Trueno. Se trataba de un extra de verano en cuya portada aparecían el Capitán y Sigrid, su novia, divirtiéndose en la orilla de un río. Y, junto al cómic, una copa de cerveza. Él había llegado y estaba esperándola. Pero ¿dónde? Miró a su alrededor y no vio nada que contestara a su pregunta. La única persona que parecía haberse fijado en ella era el camarero, que se acercaba solícito. —¿La señora desea una mesa? —Creo... —titubeó—. Creo que esta es mi mesa. Me estaban esperando. He llegado un poco tarde —dijo con un gesto de disculpa. Él hizo un gesto de aceptación y separó uno de los sillones para que tomara asiento. —¿Desea que le traiga algo? Lucía señaló la copa de encima de la mesa. —Otra, por favor —pidió y regresó a lo que tenía entre las manos. Durante unos minutos, se limitó a dibujar con el dedo el contorno de los personajes. Después, se decidió a abrirlo. Ojeó las primeras hojas distraída. ¿Dónde estaría? No tuvo que esperar demasiado ya que un instante después, escuchó unos pasos detrás de ella. Que sea él, que sea él, rogó a la vez que se humedecía los labios, que se le habían quedado completamente secos. —Su bebida —oyó poco antes de que la cerveza que había pedido apareciera delante de ella. —Gracias —contestó con un hilo de voz. Inspiró una bocanada de oxígeno. No era él. —¿Está libre? Lucía se quedó paralizada. Había algo que no encajaba. ¿Desde cuando los camareros se sientan en la mesa con los clientes?

© Ana Iturgaiz, 2009

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—¿Cómo? —fue lo único que acertó a decir antes de ver sus ojos. Y fue entonces cuando cayó en la cuenta de porqué él nunca había insistido en ver una imagen suya. Y de porqué en el correo no le había pedido ninguna señal para identificarla. La explicación era muy sencilla: él ya la conocía. Ellos ya se conocían. Inconscientemente, cerró el cómic de golpe. Desvió su mirada y la dejó clavada en la portada del tebeo. Intentaba salir del torbellino de ideas que asaltaba su mente. La palabra Si y la palabra No aparecían alternativamente en su cabeza, sin saber a qué atenerse. —Lucía —susurró él. Se había sentado a su lado. Ella notó cómo le cogía las manos. Prendió sus ojos en aquellos dedos que se movían en torno a los suyos, inundándola con sus caricias. No sabía qué decir. A punto estuvo de dejarse vencer por la histeria. Había sido víctima de la broma más pesada que nadie le podía haber gastado. Intentó alejar sus manos de las suyas, pero él no se lo permitió. Las retuvo con firmeza. —Lucía —rogó con un suspiro. Debió de ser su voz lo que provocó la oleada de recuerdos. Pedazos de conversaciones hasta altas horas de la noche, el suave susurro de las teclas cuando hablaban de cine, del tiempo, del frío, de sus perros, de las vacaciones deseadas en playas de arenas blancas, del último libro que habían leído, del último blog que habían descubierto, de su familia, de sus aspiraciones laborales, de su futuro y de su pasado, de cuando eran niños. ¡Habían hablado de tantas cosas! De todo, de todo menos de lo que en realidad importaba. Nunca sus teclas habían escrito palabras de amor. Lucía alzó la cabeza y su mirada se quedó trabada en su retina. Y se dio cuenta entonces de que hay cosas de las que no hace falta hablar. Simplemente se saben. Y ella lo sabía. Lo supo en ese instante. Fuera quien fuese él, ella quería estar a su lado y recostarse en el sofá, sobre su pecho, todas y cada una de las noches que le restaban de vida. Soltó una mano y la llevó hasta su mejilla. Estaba recién afeitado. Lo había hecho para acudir a la cita. A su cita. Con ella. —Eres tú —murmuró mientras dejaba correr su corazón por sus labios. —Sí, soy yo, Samuel. Lucía sintió el calor de su respiración en sus dedos. —Sí, eres tú, mi Capitán Trueno.

© Ana Iturgaiz, 2009

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Ojos negros
por

Andrea Milano

 

 

Leadville, Colorado, 1882. Jeremiah Stone se acomodó el bigote nerviosamente. Sus manos huesudas sujetaban las cartas con fuerza. Echó una ojeada a su alrededor, dos de sus contrincantes se habían retirado hartos de su mala suerte pero él había decidido continuar, dispuesto a torcer la fortuna de aquella noche. Le debía mucho dinero al hombre que ahora lo observaba con impaciencia; John O’Leary, uno de los nuevos terratenientes que había llegado a Leadville luego de haberse descubierto en la zona una importante mina de plata. Se rumoreaba que O’Leary poseía una inmensa fortuna y que jamás dejaba que nadie se marchara sin pagar; se había metido en camisa de once varas pero ya era tarde para retirarse. Jeremiah tragó saliva y se acomodó el cuello de su camisa que comenzaba a asfixiarle. -Estoy esperando, señor Stone –dijo John O’Leary con su inconfundible acento irlandés. Jeremiah colocó su juego encima de la mesa. Dos sietes y dos cincos. John O’Leary sonrió satisfecho y extendió sus cartas en la mesa orgullosamente. Una contundente escalera de diamantes. Los presentes se quedaron en silencio mientras el viejo Jeremiah se hundía en su asiento. -Ha perdido otra vez, Stone, su deuda ahora es demasiado grande como para afrontarla –aseveró John O’Leary recolectando las fichas que sumaban la considerable suma de dos mil dólares. -Señor O’Leary… John clavó sus enormes ojos negros en los de su oponente. -Como comprenderá no llevo esa suma conmigo –se inclinó hacia delante-, pero estoy seguro que podremos llegar a un acuerdo conveniente para ambos… John bebió un poco de vino. -Su deuda sólo crece, Stone. Será mejor que me pague –respondió. Su fama de ser implacable con quien se atreviese a jugarle sucio se evidenciaba en la expresión furibunda de sus ojos negros. -¡Le pagaré señor O’Leary, puede quedarse tranquilo! –Jeremiah se puso de pie con la intención de marcharse pero cuando su contrincante lo imitó se detuvo.

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-Puede estar seguro que lo hará, señor Stone –la mano fuerte de John se posó en su cintura en donde asomó una pistola. Jeremiah Stone comenzó a temblar y maldijo en silencio el instante en el que había cruzado su camino con aquel miserable irlandés. ♦ Marie se alzó de su cama cuando escuchó el portazo. Su corazón comenzó a latir más a prisa y rogó que su tío no hubiese llegado borracho otra vez. Marie Stone tenía dieciocho años y se había quedado huérfana siendo una niña; luego había sido entregada a su único tío y en aquella casa había pasado los años más tristes de su vida. Él nunca la quiso y sólo vio en ella una carga. Marie vivía con la angustia de ser rechazada por la única persona que debía velar por su bienestar. Ella se esmeraba en ganarse su cariño, le preparaba sus platillos favoritos, le zurcía la ropa y procuraba mantener la casa limpia; sin embargo él seguía tratándola con indiferencia. Había pensado muchas veces en huir pero luego se arrepentía; no se imaginaba vagando sola por una ciudad que apenas conocía, al menos en la casa de su tío estaba segura. -¡Marie, ven aquí! –gritó su tío desde la planta baja. Ella enredó sus dedos nerviosamente y se quedó de pie en medio de la habitación. Cuando su tío gritó su nombre por segunda vez, Marie corrió escaleras abajo. Encontró a su tío despatarrado en una silla con una botella de whisky en la mano. -Acércate –le ordenó. Marie le obedeció y avanzó hacia él toda temblorosa. Él nunca la había golpeado a pesar de las veces en las que llegaba tan borracho que apenas podía sostenerse en pie, sin embargo el temor que sentía por aquel hombre que ahora le sonreía la paralizaba. -Quiero que mañana te pongas tu mejor vestido –le anunció antes de llevar la botella casi vacía a sus labios. -¿Por qué, tío? –se atrevió a preguntar. -Tú no estás aquí para preguntar sino para obedecer, muchacha –le espetó-. Harás lo que te diga y basta. Ella asintió con un suave movimiento de cabeza y cuando su tío le indicó que podía retirarse, regresó corriendo a su habitación. ♦ John O’Leary se acomodó el lazo de terciopelo que adornaba su cuello y cuadró los hombros. Frente a él se encontraba la propiedad de Jeremiah Stone; lo había citado esa 2

mañana para saldar por fin su deuda y sólo esperaba marcharse de allí con dinero contante y sonante entre las manos. Golpeó un par de veces y cuando la puerta finalmente se abrió se quedó atónito. Una jovencita de cabellera dorada le sonrió amablemente. -Buenos días, señor O’Leary –le dijo ella hechizándolo con su sonrisa. Él se quitó el sombrero e ingresó a la casa. -Buenos días. -Mi tío lo está esperando –le anunció ella cogiendo su sombrero; cuando lo hizo la punta de sus dedos rozó la mano de John y él experimentó una sensación apabullante; alzó la vista y descubrió que ella había sentido lo mismo. Jeremiah Stone apareció por la puerta de la sala y lo invitó a pasar. -¡John, bienvenido a mi casa! –saludó el anciano exageradamente. -Gracias, señor Stone –John se sentó en el sillón sin dejar de observar a la jovencita cuyo nombre aún desconocía. Marie le dio la espalda para evitar que él notara el rubor en sus mejillas. -Marie, querida, déjanos solos –le pidió su tío. Marie se sorprendió por el modo cariñoso con el que la había tratado, comprendió enseguida que sólo se debía a la presencia del distinguido señor O’Leary. Los ojos oscuros de John siguieron la silueta de la joven hasta que desapareció de la sala. Jeremiah percibió de inmediato el interés de aquel hombre por su sobrina; sin dudas aquel hecho jugaba a su favor. -Supongo que si me citó aquí es porque ya tiene mi dinero –comentó John cruzando una pierna encima de la otra y reclinándose en el sofá. Jeremiah carraspeó nervioso y le sonrió. -¿Qué le ha parecido Marie, John? A John le sorprendió su pregunta. -Una muchacha muy bella, sin dudas. -Tengo entendido que es usted viudo, ¿no es así? –preguntó ahondando ahora en su vida privada. John se movió inquieto en su sitio. -Lo soy, pero no entiendo porqué me está haciendo estas preguntas. Jeremiah Stone hizo una pausa y antes de seguir hablando eligió en su mente las palabras que diría a continuación. 3

-John; no poseo dinero suficiente para cubrir la deuda que tengo con usted –se pasó una mano por la cabeza rala-. Estoy dispuesto a entregarle a mi sobrina como pago – soltó finalmente. John abrió los ojos como platos. -¿Qué está diciendo? No podía dar crédito a lo que estaba oyendo. -Marie es una muchacha educada, es bonita y además de estar en edad de merecer le puedo asegurar que aún es virgen. El desprecio que sentía John por aquel hombre se convirtió en un intenso odio. ¿Cómo podía pensar siquiera en vender a su propia sobrina? -No puede estar hablando en serio… -Nunca he hablado más en serio en toda mi vida –se acercó y endureció la expresión de su rostro-. Esa muchacha no me causa más que problemas, está conmigo desde que tiene ocho años y no ha sido más que una carga para mí; sus padres murieron y como soy el único pariente vivo me la endilgaron a mí… la verdad es que quiero deshacerme de ella y esta es la oportunidad perfecta –sonrió burlonamente-. He notado como la miraba hace un momento, John; la muchacha le gusta. Acepte mi propuesta y ambos saldremos ganando, yo me libro de ella y usted se gana una hembra para meter en su cama… John no dejó que continuara, se puso de pie y asió al miserable del cuello. -¡Es usted un patán! Los gritos llamaron la atención de Marie quien entró en la sala y se encontró con la terrible escena. -¡Suelte a mi tío! –suplicó ella acercándose. John la miró pero no soltó al hombre. -¡Llévesela, John, no se va a arrepentir! –siguió vociferando Jeremiah a pesar de que apenas podía respirar debido a la presión de las manos de John sobre su cuello. Marie miró a su tío, era incapaz de comprender lo que estaba sucediendo. -¡Maldito! John arrastró al viejo hasta el sillón en donde lo arrojó; pero no sin antes propinarle un buen golpe en la mandíbula. -¡Por favor! –gritó Marie presa de los nervios. -¡Es suya, John, hágame el favor y termine con mi calvario! ¡Llévese a Marie con usted y haga lo que quiera con ella! Las palabras de Jeremiah retumbaron en la cabeza de Marie. Retrocedió unos pasos y se sentó porque creyó que se desmayaría. 4

-Tío… ¿qué dice? -¿Cómo puede ser tan cruel con su propia sobrina? –inquirió John respirando agitadamente y clavando sus ojos negros en el rostro del hombre que acababa de ofrecerle a su sobrina como pago de la deuda. -Me la quiero sacar de encima; ya la he soportado durante mucho tiempo. Todos ganamos John, sabe que digo la verdad –respondió sin siquiera mirar a Marie que lloraba desconsolada en un rincón-. Si no se la lleva seguirá viviendo a mi lado y le juro por Dios que me encargaré de hacer de su vida un infierno –amenazó. Era el último as que tenía en la manga, estaba decidido a matar dos pájaros de un tiro, saldaría su deuda con el irlandés y además se desharía de la presencia de su entrometida sobrina. John observó a Marie y sintió una inmensa pena por ella. Respiró hondo y volvió a mirar a Jeremiah Stone. -Está bien, será como usted diga, me llevo a su sobrina y su deuda queda saldada. Jeremiah sonrió complacido mientras que en su sitio Marie había dejado de llorar desconsoladamente para clavar sus ojos azules en el hombre alto que se la sacaría de la casa en donde había sido tan infeliz. ♦ La propiedad en la que residía John O’Leary era enorme; una casa de dos plantas rodeada por varios árboles y con una galería en el frente en donde enormes macetas de barro contenían una variedad de flores perfumadas y coloridas. El trayecto había transcurrido en absoluto silencio; Marie había preparado su maleta y se había despedido de su tío con un frío adiós. John O’Leary no le había quitado los ojos de encima durante el viaje y Marie se preguntaba que significaba el hecho de que aquel hombre se la hubiera llevado a vivir con él. Marie estaba dispuesta a trabajar de lo que sea, cualquier cosa era preferible que regresar con su tío. Él la acompañó al interior de la casa y le ordenó a su mayordomo que llevara sus maletas a una de las habitaciones principales; fue entonces cuando Marie se inquietó. -Señor O’Leary –alzó la mirada hacia él y se topó con unos ojos intensamente negros que no dejaban de observarla con demasiada atención-, no creo que sea conveniente que duerma en… John no le permitió continuar. -Dormirás en una habitación junto a la mía, Marie –le dijo él bajando el tono de su voz.

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Marie comprendió la magnitud de la situación y lo equivocada que había estado; había pensado que viviría en aquella casa como una criada, pero ahora sabía que John O’Leary efectivamente la había comprado. Se sintió aturdida al comprobar que aquel hombre no resultaba tan diferente a su tío. -No… -retrocedió unos pasos con la clara intención de salir corriendo. -¡Espera! –John la asió del brazo y la apretó contra su cuerpo-. No voy a hacerte daño, sólo quiero que entiendas que no te he traído para que seas mi criada… Marie intentó soltarse pero él era más fuerte, además la extraña sensación que atornillaba los músculos de su estómago le impedía siquiera dar un paso. -¡Usted me ha comprado! –le gritó consternada. -Sé que eso es justamente lo que parece, Marie, pero créeme, mi única intención era alejarte de tu tío –apoyó una de sus manos en el hombro de Marie-. No quiero asustarte, pequeña. Vivirás en esta casa como una invitada; podrás ir y venir a tu antojo, puedes ocuparte del jardín si quieres o supervisar la cena; jamás te exigiré nada; te lo prometo – John reprimió el inmenso deseo de besarla que lo embargó. Marie podía sentir su aliento tibio golpeando contra su rostro y cuando miró sus ojos negros supo que él estaba siendo sincero con ella. Apenas conocía a John O’Leary pero esos ojos tan intensamente oscuros no podían estar mintiéndole. ♦ Esa noche para la cena, Marie se vistió con su mejor vestido, el mismo que usaba para asistir a misa cada domingo. La seda color azul Francia resaltaba el tono de sus ojos y cuando John la vio entrar al comedor no pudo evitar sentirse sobrecogido. Marie era una muchacha hermosa; irradiaba dulzura, su piel era pálida y él se la imaginó suave al tacto; llevaba el cabello recogido en un moño en lo alto de la cabeza y unos mechones caían descuidadamente sobre la frente otorgándole un aire de niña. Una niña en un cuerpo de mujer pensó John mientras ella se acercaba. Se preguntó entonces cuántos años tendría exactamente; él había cumplido los treinta hacía apenas un mes y ya era un hombre viudo. Su esposa había muerto a la temprana edad de veinticinco años a causa de una neumonía y lo había dejado solo. La invitó a sentarse y la cena trascurrió en medio de una amena conversación en donde Marie le había contado de sus sueños de convertirse en maestra y él le había hablado de sus tantos viajes a su Irlanda natal. Había quedado de lado, al menos en ese momento lo sucedido con su tío.

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Luego, John la invitó a dar un paseo por el jardín y ella aceptó a pesar de tener cierto recelo. John O’Leary la miraba con tanta intensidad que lograba inquietarla y la marea de sensaciones que experimentaba cada espacio de su cuerpo la asustaba. Era la primera vez que un hombre provocaba que sus piernas comenzaran a temblar de repente y que su corazón se desbocara dentro de su pecho. -Marie… -él detuvo su andar de repente y se acercó a ella. Ella se quedó quieta; sus ojos azules se alzaron hasta cruzarse con los de John. Marie vio ternura en su mirada y no hicieron falta las palabras; los labios entreabiertos y trémulos de Marie lo invitaron a acercarse más. Cuando la experimentada boca de John O’Leary rozó la pureza de sus labios, Marie creyó que perdería la consciencia en ese preciso momento. Él la estrechó entre sus brazos al mismo tiempo que sus lenguas se unieron en un movimiento sincronizado y sensual. Los brazos de John bajaron hasta los costados de Marie y ella se apretó contra él. Las pequeñas manos de Marie se apoyaron en el pecho musculoso del hombre que ahora la besaba por primera vez y sumida en una nube de pasión se dejó llevar, guiada por lo que él le hacía sentir. ♦ Marie se despertó a la mañana siguiente con una sonrisa de oreja a oreja; la noche anterior ella y John se habían besado apasionadamente en el jardín y aún podía sentir el sabor de sus labios en los suyos. Se estiró debajo de las sábanas de lino y de un saltó se puso de pie. Se moría de ganas de verlo; quería volver a sentir su cuerpo vigoroso pegado al suyo y aspirar el perfume de su loción. Sabía que no estaba bien lo que sentía por John sobre todo cuando hacía apenas un día que lo conocía pero no podía evitarlo; él, con sus intensos besos y caricias y en tan solo un instante le había enseñado lo que era la pasión. Se vistió de prisa y bajó a la sala, allí encontró al mayordomo. -Seth, ¿no se ha levantado el señor O’Leary aún? –preguntó sintiéndose extraña se llamarlo señor cuando la noche anterior se había derretido entre sus brazos. -El señor salió de viaje por asuntos de negocio señorita Stone y no dijo cuando regresa –le anunció el viejo mayordomo sonriéndole. ¿De viaje? ¿Por qué no le había dicho nada la noche anterior? ¿Acaso el beso que habían compartido no había significado nada para él? Regresó corriendo a su habitación para evitar que el mayordomo descubriera que estaba a punto de echarse a llorar. 7

♦ Había pasado más de una semana y John no había regresado, Marie se paseaba por la casa como un alma en pena, ni siquiera cuidar el jardín lograba animarla. Nadie sabía decirle cuándo retornaba y su ausencia le había servido a Marie para darse cuenta de una cosa; se había enamorado de John O’Leary. La angustia de saberlo lejos y el deseo de que regresara pronto sólo podía deberse a un sentimiento: el amor. El ruido de un carruaje acercándose a la casa provocó que su corazón dejara de latir por una milésima de segundos; fue hasta la ventana de su habitación y sus ojos se humedecieron cuando vio que John había regresado por fin. Bajó las escaleras enérgicamente y se detuvo cuando sus ojos azules hicieron contacto con los ojos del hombre que amaba. John le dedicó una sonrisa; Marie percibió en sus ojos negros la misma ternura con que él la había mirado la noche en que la había besado. John abrió sus brazos y ella corrió hacia él. -¡Pequeña! -¡John, has regresado! ¡No sabes cuánto te he extrañado! Él asió su rostro con ambas manos y luego de besarla apasionadamente le dijo: -No tanto como yo a ti, Marie pero aquí me tienes… soy todo tuyo. Ella lo abrazó con fuerza y apoyó su mejilla en su pecho, allí en donde el corazón de John latía al mismo ritmo que el suyo. -Te amo, John –confesó Marie incapaz de ocultar la felicidad de tenerlo a su lado nuevamente. -Yo también te amo pequeña –la miró a los ojos y ya no hubo necesidad de palabras.

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Bajo el cielo de París
                   

ARLETTE GENEVE 

      

 

 

Ciudad de París, 25 Agosto de 1944

Arianne alzó su rostro para mirar el cielo que en esa mañana cálida de verano, estaba completamente despejado. En los últimos días, aviones americanos e ingleses habían surcado los cielos de Francia de forma continua y sin tregua. Miles de soldados que se lanzaban desde el interior de las bestias de metal, habían tintado el cielo azul de puntos negros para convertirse, poco después de abrir sus paracaídas, en flores de algodón blanco que oscilaban suspendidos en el aire antes de tomar tierra firme. París había sido liberado, y Alemania se replegaba hacia Bélgica. La guerra llegaba a su fin, y los franceses podían respirar con un profundo alivio. Arienne volvió su mirada hacia los Campos Elíseos atestados de gente, de patriotas deseosos de darle la bienvenida a los aliados. A lo lejos se podía escuchar las notas de La Marsellesa ofrecida con un sentido de orgullo y patriotismo sin parangón, y el alborotado repique de las campanas del Notre Damme, daban el punto festivo a la celebración. Una muchedumbre aplaudía con fervor a los soldados que hacían su entrada triunfal en la ciudad, con una sonrisa en los labios. Blindados de la 2ª Acorazada rendían honores y los oficiales miraban, con un brillo de satisfacción en sus pupilas, el desfile de sus compañeros. Muchos de los espectadores blandían sus pañuelos blancos en señal de bienvenida, y algunas muchachas osadas lanzaban besos a los sonrientes soldados que pasaban a su lado, éstos les devolvían el gesto lanzándoles chocolatinas. Arianne quería disfrutar del júbilo, pero no había logrado una posición ventajosa para ello. Aunque se ponía de puntillas, no lograba ver más allá de las espaldas de los parisinos y de los oficiales que hacían una fila de honor con sus jeeps y blindados para

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proteger el desfile de los soldados. Resignada, soltó un suspiro y comenzó a darse la vuelta sin pensar que la multitud la cercaba. Robert St´James tenía los ojos clavados en la muchacha que tenía delante de él, había dejado un momento su asiento en el jeep para buscar agua, ahora que regresaba de nuevo a su lugar con una botella fría, se topaba con la mujer más extraordinaria que había visto nunca. Su pelo castaño brillaba bajo los rayos del sol, y el perfume de su piel le llenaba las fosas nasales produciéndole un placer que creía olvidado. Olía a lavanda mecida por una brisa estival. ¡La guerra se volvía tan cruel con los recuerdos! El vestido, de fino algodón y estampado con vivas flores en rojo y blanco, se ajustaba de forma perfecta a su bien delineado cuerpo femenino. Por alguna inexplicable razón, no podía apartar sus ojos de ella, ni comprendía las ganas que sentía de pasar la yema de sus dedos por sus mejillas lozanas, por la piel sedosa de su cuello. La había visto hacerse un hueco entre el gentío para ver el desfile, pero su pequeña estatura le impedía ver más allá de los hombros de los ansiosos espectadores. Ella se movía hacia la izquierda y hacia la derecha buscando una posición mejor, y cuando se percató de que no iba a lograrlo, desistió de su intento. Al tratar de darse la vuelta, las tres filas de personas que gritaban y agitaban sus brazos le impidieron moverse de su sitio. Robert contempló el descorazonamiento de ella al no poder dar un paso hacia delante, o hacia atrás. Estaba trabada entre el gentío que mostraba su alegría gritando al paso de los soldados. Arianne sentía que se ahogaba, estaba atrapada en una multitud de personas. Trató de moverse para abandonar la fila, pero su intento resultó inútil. ––¡Por favor! ––Era imposible hacerse oír entre la muchedumbre que gritaba enaltecida. Arianne cerró los ojos porque comenzó a sentir un leve mareo. Apenas veía

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más allá de los hombros o pecho de los hombres que oprimían su cuerpo y lo empujaban hacia delante, creyó por un instante que iba a terminar en el suelo y que sería aplastada por decenas de pies. El pánico comenzó a adueñarse de ella. Se giró con inusitada brusquedad, y entonces su cuerpo tropezó con un pecho amplio que la desestabilizó por completo. Trastabilló de forma precaria hacia atrás, pero unos fuertes brazos la sujetaron e impidieron que cayera bajo los pies de las personas que vitoreaban con fuerza. Arianne no se había percatado que la persona que la había sujetado era un militar, pero se lo agradeció infinitamente. Alzó sus ojos y los fijó en el mentón cuadrado, firme, siguió subiendo hasta llegar a unos ojos que le sostenían la mirada con verdadero interés, y ya no pudo apartar su mirada azul de la mirada castaña, tenía una tonalidad suave, como el color de la miel templada. ––¿Can I help you? ––La voz, candente y profunda, le produjo un escalofrío que le recorrió la espina dorsal. Los brazos fuertes seguían sujetándola por los hombros e impedían que las personas la empujaran en una dirección o en otra, pero ella no era consciente de ello, seguía con sus pupilas fijas en el atractivo rostro de hombre, en su altura y fuerte constitución. ––¿Monsieur…?–– Arianne formuló la pregunta inacabada en francés, y con un timbre de alarma en su voz aterciopelada, pero el hombre no le contestó de inmediato. Advirtió que era americano, la bandera de estrellas bordada en su hombro lo indicaba, vestía camisa y pantalón caqui, su rubio cabello lo llevaba muy recortado y libre de la gorra obligatoria. Le pareció un hombre tremendamente varonil. Un suspiro profundo salió del interior de su garganta sin que pudiese evitarlo.

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––¿Necesita mi ayuda? ––Robert había pronunciado las palabras en un perfecto francés. Los ojos de Arianne se entrecerraron atónitos. ––Si me lo permite, la ayudaré a salir del encierro donde está metida. Ella asintió de forma muy leve con la cabeza. Si no se escabullía pronto de allí, iba a terminar desmayada por la falta de aire. Robert la sujetó por la cintura para protegerla en el avance. Su altura y fuerte constitución ayudaban en esa tarea. Salir del atolladero resultó tan fácil que Arianne se mordió el labio inferior avergonzada, pero tremendamente agradecida, aunque no caminaban hacia la acera, sino hacia el mismo desfile. La multitud se iba quedando detrás de ellos. ––La llevaré a un lugar donde disfrutará del desfile sin dificultad, podrá verlo en primera fila ––Robert la fue guiando por la amplia avenida adoquinada, donde el gentío gritaba eufórico, y los soldados le ofrecían a Robert el saludo reglamentario. Arianne supo que el hombre que la ayudaba era un oficial porque el resto de militares se cuadraban a su paso, aunque no era capaz de adivinar su rango o graduación. La conducía sin una réplica hasta un punto privilegiado, su propio jeep situado en primera línea. ––Aquí podrá disfrutar del desfile hasta que concluya ––el soldado sentado al volante salió del vehículo, se puso de pie de forma inmediata, y le ofreció a Robert el saludo obligatorio como oficial superior en la jerarquía militar. ––Mi nombre es Robert St´James, y mi ayudante es el sargento Andrew Fox. ––Los ojos de Arianne se dirigieron hacia el sargento que la miraba sin sorpresa en su rostro moreno, pero con un brillo de reconocimiento en sus ojos color café. ––Arianne Amey–– le respondió ella con una sonrisa trémula. Un segundo después, el oficial le abrió la puerta del copiloto del vehículo y la invitó a tomar asiento. Ella lo hizo con gesto tímido. Robert se situó a su lado de pie,

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apoyó su cadera izquierda en la puerta cerrada, y con los brazos cruzados al pecho se dispuso a ver el desfile. Arianne se sentía protegida dentro del vehículo con ambos hombres custodiándola, esa sensación protectora había sido relegada al pasado, los años de guerra le habían hecho olvidar tantas cosas hermosas. La visión de los militares que desfilaban resultaba espectacular y alentador. Arianne recibió las miradas de los soldados y sus sonrisas, antes de que éstos le ofrecieran el saludo oficial al hombre que estaba de pie al lado de ella. Cuando el desfile terminó al fin, la sonrisa de Arianne no se había borrado de sus labios. Todo podía ser maravilloso a partir de ese momento. Francia se recuperaría, la libertad jamás iba a ser de nuevo cuestionada por tiranos, habría pan en los hogares, los hijos regresarían junto a sus familias… ––Será un honor acompañarla hasta su casa ––la voz de Robert la sacó de sus pensamientos, ella volvió a fijar sus pupilas en las muchachas sonrientes que se abrazaban a los soldados con grititos de placer, éstos recibían las muestras de afecto con empatía. Unos segundos después volvió su rostro hacia Robert. ––Se lo agradezco, pero no será necesario ––le respondió con una leve vacilación en la voz. Robert clavó sus pupilas negras en Arianne ante su respuesta inesperada. Se estaba mostrando esquiva, pero no pensaba darse por vencido. Desde que la había descubierto, el corazón le palpitaba dentro del pecho con una energía desconocida, señal inequívoca de que algo estaba a punto de cambiar en su existencia, y él no era partidario de darle la espalda a las oportunidades. ––Sería un honor poder terminar mi trabajo de protección, dejándola a salvo en su casa.

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Arianne supo que no tenía nada que temer de él. Eran los libertadores, y ella se sentía enormemente agradecida por la paz y esperanza que habían traído a Francia, a Europa, a su corazón. ––Vivo algo alejada de la ciudad, en la granja Bresse. Está a poco menos de cuatro kilómetros de aquí–– la sorpresa en los ojos de Robert fue clara. Era una distancia bastante considerable. ––¿Ha venido caminando? ––Ella asintió algo azorada. La guerra había privado a las personas de las cosas más elementales como gasolina, francos, dignidad. ––Una caminata bastante larga para ver un desfile militar ––le dijo él. Ella lo rectificó de inmediato con una media sonrisa. ––Se equivoca señor St´James, no he caminado cuatro kilómetros para ver un desfile militar, quería ser testigo de la entrada de los libertadores, una diferencia importante que no debería de olvidar nunca, y menos llevando ese uniforme–– Robert miró completamente intrigado a la muchacha francesa que le mostraba un reto en sus hermosos ojos azules. Parecía que su comentario la había molestado, pero él se lo había dicho como un cumplido y no como un reproche. ––Le ofrezco mis más sinceras disculpas señora… ––ella lo interrumpió. ––Señorita ––lo rectificó, y los labios de Robert se ampliaron en una sonrisa que la desarmó. Arianne se percató de lo atractivo que era el oficial. No podía precisar su edad, las arrugas alrededor de sus ojos eran una clara muestra de las penalidades de sufrir la guerra en el frente. ––Estaré encantada de aceptar su compañía hasta Bresse. ––Durante unos momentos más, podría disfrutar de su cercanía, de la sensación de normalidad que lograba transmitirle su presencia.

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Robert impartió varias órdenes a algunos soldados que reían y bromeaban entre ellos. El que estaba sentado al volante, le cedió su asiento para situarse detrás. Arianne seguía sentada en el asiento del copiloto. Robert sacó un mapa de París y de los alrededores y se lo mostró a ella, Arianne le señaló el punto donde estaba la granja Bresse. Con un acelerón de las ruedas, emprendieron la marcha. La cuajada hierba verde brillaba como si fuese un manto de terciopelo sobre la campiña. El color era tan intenso que cegaba, y Arianne se encontró parpadeando para fijar la visión de nuevo en el horizonte. La carretera seguía un bajo muro de piedra que hacía unos extraños recodos en el camino, para bordear algunos castaños centenarios que no había secado la adversidad ni la metralla, y una sonrisa se fue formando en sus carnosos labios. Iba sentada al lado del hombre más apuesto que había conocido nunca, de fuertes manos y decisión pertinaz. Arianne dejó de mirar el paisaje para fijar sus ojos en el hombre que mantenía su atención en la estrecha carretera. ––Es americano pero, ¿de qué parte? ––Le preguntó ella. Robert dejó de mirar la carretera para fijar su mirada durante unos segundos en su precioso rostro. Los ojos de ella lo fascinaban, estaban coronados por espesas pestañas negras que le conferían un atractivo único, y el color de sus ojos podía competir con el cielo de verano. Era la mujer más bella de todas, y él se sentía fascinado por ella, algo así no le había sucedido nunca. ––Del estado de Nueva York. ––¿Le gusta Europa? ––Le preguntó con un timbre de vacilación en la voz. ––Me gusta lo que he descubierto hoy ––si ella se sintió aludida, no lo demostró en absoluto, y Robert pudo apreciar su gran inocencia.

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––Imagino que estará deseoso de volver a su hogar. ––La voz de Arianne había mostrado un tinte de añoranza, y ese detalle le dio alas al corazón de Robert, que había decidido en esa mañana maravillosa que la quería a ella, a una completa desconocida. Cuando se estaba en guerra, las prioridades en la vida cambiaban, él lo sabía muy bien. ––Sí, deseo regresar junto a los míos, pero no antes de que termine esta barbarie. ––Arianne deseaba preguntarle tantas cosas, pero no sabía por dónde empezar. ––Sargento… ––comenzó, él la interrumpió con voz cálida, sedosa. ––Capitán ––el rubor por su error cubrió las mejillas de ella de una tonalidad carmesí que le resultó a Robert encantadora. Resistía el impulso de tocarla a duras penas. ––Lo siento, no soy ducha en graduaciones militares ––se excusó para sumirse, un segundo después, en un completo silencio. Faltaba apenas un kilómetro para llegar a la granja, Arianne temía la despedida, por alguna razón incomprensible, deseaba conocer de forma más íntima al oficial que le hacía sentir un cosquilleo en el estómago cada vez que la miraba. Era la primera vez en su vida que su corazón galopaba sin freno, sin control, calibró que la necesidad de compañía amiga, debía de ser la causante de su desconcierto. De su repentina necesidad de afecto masculino. Su padre y su hermano habían perecido en el campo de concentración Gurs, acusados de espías al régimen de Vichi. ––Sabes que regresaré a buscarte ––la tuteó por primera vez, y las palabras del capitán le produjeron un desconcierto absoluto. Fox se mantenía en completo silencio detrás de ellos. Arianne ignoraba que no hablaba la lengua gala. ––¿Bu…buscarme? ––Balbuceó completamente estupefacta. Él no podía estar insinuando que se sentía interesado en ella hasta el punto de querer regresar a buscarla.

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––Arianne ––ella siguió mirándolo con la duda reflejada en sus pupilas––, la guerra nos enseña a no desperdiciar las oportunidades que nos brinda la vida, y esta mañana, bajo el cielo de París, se me ha brindado la mía, tú. Arianne pensó que si abría la boca, el corazón se le saldría por ella. ––Cuando te descubrí entre el gentío, sentí unos deseos de protegerte como no había sentido nunca antes. He visto el horror que trae la contienda. El sufrimiento humano llevado hasta el extremo, pero cuando mis ojos te han contemplado, es como si mi alma te hubiese reconocido, necesito regresar a buscarte. Arianne seguía en silencio, valorando las palabras de él, pero no pudo ofrecerle una respuesta porque la granja Bresse ya se divisaba en el horizonte. Cuando apenas faltaban trescientos metros para llegar, Robert paró el jeep de golpe y se dirigió al sargento con voz firme. Fox dejó su lugar y ocupó el asiento del conductor, Robert le abrió a ella la portezuela del vehículo para invitarla a descender de él. Arianne no protestó ni una vez. Salió sigilosa del interior del coche y aceptó la mano que el capitán le ofrecía, al hacerlo sintió una descarga de electricidad que la dejó aturdida. ––Es lo mismo que siento yo ––Arianne parpadeó confundida. Ella no podía negar la atracción que sentía hacia el capitán, pero las dudas la mecían, y la prudencia le hacía ser desconfiada, aunque sería maravilloso conocer sus aficciones. Qué le preocupaba y le hacía reír. Arianne se dio cuenta que ella tampoco quería perder la oportunidad que el destino le ofrecía en ese día de julio de 1944. ––Ya conoces mi nombre ––le dijo él de pronto––. Robert St´James, tengo treinta y cinco años, un padre periodista, una madre maestra y dos hermanas que me hacen la vida imposible cuando estoy con ellas. Vivo en un apartamento en el centro de Manhattan, y trabajo como ingeniero técnico en una empresa de construcción.

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Arianne suspiró de forma profunda, anárquica a la vez. En ese breve resumen le había revelado parte de lo que quería conocer, y de pronto se sintió feliz y confiada. ––Mi nombre es Arianne Amey y vivo en la granja Bresse con mi madre. Mi padre Pierre y mi hermano Louis fueron asesinados en el campo de concentración Gurs hace dos años. Desde entonces, mi madre y yo hemos colaborado con la resistencia. En esa breve explicación, Robert supo todo lo que había sufrido Arianne en la guerra, y el deseo de protegerla se volvió acuciante. ––Te pido formalmente el permiso para escribirte hasta que regrese de nuevo a París. ––Lo tienes. ––Deseo besarte ––le anunció él. Ella lo miró con ojos arrobados, sinceros. ––Y yo a ti ––le respondió en un susurro. Ambas bocas se fundieron en un beso apasionado, bajo el amparo de un castaño viejo y de corteza gris, protegidos por sus ramas torcidas y llenas de hojas verdes. Con el sonido de los ruiseñores trinando sobre sus cabezas. Arianne sintió la lengua aterciopelada de Robert acariciar cada recoveco de su boca. Sus pliegues rugosos, el interior de sus mejillas. Se abandonó a la locura que la poseía y se dejó arrastrar hacia el precipicio sin que le importara caer con él al vacío. Acababa de conocer al hombre más extraordinario. El amor llamó a los corazones de Robert S´James y de Arianne Amey ese 24 de julio bajo el cielo de París.

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La Tentación
por

BlancaMiosi

 

 

La lluvia que retumbaba sobre el techo de zinc de la pequeña casucha a la orilla del camino, hacía difícil escuchar el sonido que emitía un pequeño aparato de radio, tan destartalado como casi todo lo que había en la choza. «Lluvias torrenciales y tarde muy nublada», se podía oír apenas. El hombre que había pedido cobijo dibujó una irónica sonrisa en su rostro macilento y lleno de pelos; una barba que le nacía casi desde el cuello. Afuera el cielo estaba plomizo y la lluvia no parecía amainar. Lo suyo no era el frío. Miró por la rendija de la pared de madera una vez más, como si de esa manera el clima se apurase en cambiar, pero no había remedio. Tendría que continuar el viaje, de lo contrario no llegaría a cumplir la misión encargada. Después de las doce todo estaría perdido. Hizo el ademán de levantarse cuando vio a una muchacha levantar un trapo mil veces sobado, entrar en la pieza principal. Lanzando un bostezo se estiró toda ella sin percatarse de su presencia. La vieja que lo había recibido mostró su desdentada sonrisa. —Es mi nieta. Se llama Flora. —Mucho gusto, señorita Flora —saludó el hombre. —¿Desde cuando está esperando? ¿Por qué no me avisaste, abuela? El hombre levantó las cejas. —Hija, es un caminante que entró debido a la tormenta —aclaró la vieja. —¡Ah! —exclamó la chica con desencanto. Se ahuecó el abundante cabello de color negro azabache que le caía en cascadas hasta más abajo de los hombros y al acercarse a la estufa, el hombre pudo apreciar a contraluz que debajo del delgado vestido estampado estaba desnuda. Los senos, apenas cubiertos, parecían que iban a salirse en cualquier momento por su provocativo escote y que ella no haría nada para evitarlo. Retiró con esfuerzo la vista y trató de posar la mirada en su rostro de labios carnosos, ojos grandes y oscuros como su pelo. A pesar de no ser bonita, tenía un atractivo salvaje. Al forastero le provocó poseerla ahí mismo, no le importaba si la abuela se escandalizaba. Haciendo un esfuerzo retiró su mirada y la volvió a enfocar en lo poco que podía ver a través de la rendija. Cada vez el cielo estaba más oscuro, y la lluvia no dejaba ver más allá de la ranura. La muchacha le pasó por el lado y él pudo oler el aroma que emanaba de su cuerpo. Era olor a hembra en celo. Él lo reconocía bien. Ella lo miró, y con una sonrisa le ofreció una taza de té caliente que el hombre tomó de un solo trago, sin quemarse. —¿Qué haces por aquí? —preguntó con aire de desgano, mientras se sentaba a su lado en un banco, cruzando las piernas. Sus muslos estaban al aire y el forastero sabía que más arriba no tenía nada. Miró su blanca piel con deseo. —Iba hacia la Hacienda Grande pero mi caballo sufrió un accidente. Tendré que sacrificarlo. —¡Ah! ¿Sí? —contestó ella— ¿y qué ibas a hacer allá? Esa es gente rica. —Lo sé —se limitó a decir el hombre. No podía apartar los ojos de sus muslos, nunca había visto piernas tan hermosas, y los senos... pudo apreciar la punta del pezón asomando en el escote, turgente, rosado. Ella dejó las sandalias y quedó descalza.

Sintió una erección imposible de disimular. La muchacha se dio cuenta y sonrió, el mohín que hizo con sus labios parecía una invitación. Sacudió la cabeza para llevarse el cabello hacia atrás y se le acercó. El forastero metió sus manos por debajo del vestido y la atrajo hacia él apretándole las nalgas. —No cobro muy caro —dijo Flora—, ¿vienes? El hombre respondió con un sonido gutural, agarró la mano que la joven le tendía y fue con ella tras el trapo que hacía de cortina, mientras la vieja enseñaba su desdentada sonrisa. Los gemidos de Flora eran tan fuertes como si la estuviesen desflorando; el hombre no se quedaba atrás. Transcurrió mucho tiempo, tanto, que la vieja se quedó dormida en un rincón sobre una estera. Cuando despertó era de día. Su nieta estaba contando los billetes sobre una mesa que más parecía un banco grande. Había mucho dinero. —Abuela, maté dos pájaros de un tiro —dijo—. El forastero no llegará a tiempo, y el señorito seguirá con vida. Le hice prometer que no le haría daño. Y antes de partir me dejó todo su dinero. —Espero que te cases pronto. Dentro de poco seré yo quien parta. —Me casaré, abuela. No te preocupes. La Hacienda Grande será mía. Afuera salía el sol, los lodazales se iban secando, y el forastero a medio camino de regreso, trataba de hilvanar una razón que dar por la cual no llevó a cabo el cometido. Su jefe se pondría furioso, pero... había valido la pena. No siempre se la pasaba tan bien en el infierno. B. Miosi

El hada del invierno
Claudia Velasco

 

 

En los albores del tiempo, cuando los hielos eternos poblaban el norte de la vieja Europa y los pueblos escandinavos se asentaron a la orilla de ríos y del mar para cultivar sus tierras, fundar ciudades, criar a sus hijos y elegir a sus gobernantes, las hadas de invierno (las más bellas y dulces criaturas nacidas del frío) cuidaban y guiaban a sus guerreros, acompañaban a sus mujeres y protegían a sus niños por generaciones y generaciones, llegando a amarlos tanto, que su corazón ardía de pasión por ellos, su alma se afligía por sus sufrimientos y sus alegrías colmaban de risas su pequeño universo paralelo, el mundo sagrado de las ninfas, que coexistía con total naturalidad junto al de hombres y mujeres, sin toparse jamás, aunque ambos supieran que se necesitaran con la misma fuerza. En aquellas tierras junto al río Fyris, Njörd, hijo de Linus, creció bajo el amoroso amparo de Gealach(1), una de las hadas que cuidaba de su poderosa y valiente familia desde hacía más de cien años. Gaelach, leal y apasionada, seguía a Njörd desde su más tierna infancia, desde su nacimiento una fría noche de noviembre cuando su joven madre murió dando a luz a su primogénito. La pérdida fue tremenda y tanta tristeza colmó a Gealach de un fuerte sentimiento de protección hacia Njörd, que desde muy joven mostró una insolencia absoluta hacia la muerte, el miedo o cualquier intento de los suyos por protegerlo.
(1) Gaelach: en gaélico Luna.

Guerrero natural, como su padre, sus abuelos y sus tíos, a los catorce años ya alcanzaba la estatura de un coloso y presumía de fuerza descomunal, se enfrentaba espada en mano a quién osara desafiarlo y cazaba con una rapidez y precisión que asustaba a sus más allegados porque Njörd no se escondía de su presa, ni intentaba engañarla, no, él caminaba hacia el animal con decisión, se le ponía en frente y le daba muerte mirándolo a los ojos, jamás titubeaba y si alguna bestia corría hacia él, lo esperaba espada en alto para degollarlo antes que alcanzara siquiera a rozarlo. Era un valiente sin conciencia, clamaba su padre a gritos, aunque en el fondo de su alma se llenara de orgullo delante de su aspecto seguro, su pulso firme y sus ojos azules enormes y dulces como los de su fallecida madre. Njörd era una bendición de los dioses para cualquier familia, todos lo adoraban y él, cariñoso y alegre, amaba a los suyos con la misma inflexible y leal intensidad. —Si no crees en las hadas, ella se mueren, Njörd, no seas cruel y desagradecido — Idún, su madrastra, lo regañó mientras le servía un enorme pollo guisado. Njörd subió los ojos hacia ella y sonrió sin replicar—. Ellas cuidan de nosotros, les debes un poco de respeto. —Tengo veinticinco años, no me cuentes historias infantiles, eso déjalo para él — indicó con el pulgar a Erik, su hermanito de tres años que gateaba sobre la piedra desnuda de la casa—, no necesito a las hadas para saber que debo atacar a Hodur en su propia cama, ha faltado el respeto a nuestro pueblo, no deberíamos... —No deberíamos precipitarnos—. Su padre entró por la puerta y se desplomó frente a él mirándolo con el ceño fruncido. —No quiero peleas, llevamos unos meses de paz, alabemos a los dioses y hagamos cosas más productivas por nuestra gente.

—¿Cómo qué?, ¿enseñarles a no defenderse?, ¿a aceptar una ofensa sin rechistar? —subió el tono y al ver la cara seria de su padre, se calló. —Como por ejemplo a cuidar de los suyos, buscar una buena mujer, casarse, fundar una gran familia y conseguir que nuestro pueblo sea más fuerte. —Ya estamos otra vez... —agarró el pollo con las dos manos y empezó a comérselo a mordiscos regulares, sus hermanas le acercaron una hogaza de pan y lo observaron sonriendo, Njörd era el más guapo de los guerreros de la zona, además de ser el hijo del señor del lugar, y tenía cientos de pretendientes, muchas ofertas de alianzas matrimoniales, sin embargo él se negaba en redondo a casarse, asunto que desesperaba cada vez más a su padre. —Tienes veinticinco años, a tu edad yo ya tenía cuatro hijos sanos. —Muy bien. —Todos tus hermanos tienen hijos, quiero mi hogar colmado de herederos, es nuestro deber, Njörd... ¡Njörd! —llamó al ver como se ponía de pie para abandonar el comedor sin hablar—. No me des la espalda. —No te la doy, padre, solo debo irme, tengo mucho trabajo en la herrería. —Deja el trabajo para el herrero, vuelve aquí y quiero que me convenzas de que no atacarás a Hodur sin mi consentimiento. —No lo haré. —¡Njörd! —No lo haré, padre —se acercó y lo miró desde su altura, con las manos en las caderas—. Te obedeceré. —Más te vale. —Más le vale serenarse, meditar y pedir consejo a las hadas, ellas le aplacarán esa ira que tiene—. Su madrastra miró a su marido sonriendo, Idún era la tercera esposa de Linus, él la adoraba, ya le había dado dos hijos y esperaba el tercero para dentro de seis meses—. Díselo, esposo. —Él no cree en esas historias, amor mío, déjalo estar. —Debemos creer, ellas existen, ¿lo sabes, no, mi señor? —Sí, preciosa, yo lo sé, pero este cabezota no y no pienso convencerlo. Njörd los miró a ambos indistintamente y abandonó la casa familiar sin decir una palabra, camino de la herrería donde Magnus, su mejor amigo lo esperaba con su abundante trabajo y sus ideas claras. Odiaba que lo presionaran tanto con el matrimonio, los hijos, la guerra, las hadas, estaba harto y cuando entró en el caldeado recinto donde Magnus trabajaba con la fragua a buen rendimiento, tiró la espada al suelo, se quitó la capa y se aprestó a ayudarle levantando una mano a modo de advertencia: no quiero hablar, susurró, y se puso a la tarea sin mirarlo siquiera. Gaelach siguió sus movimientos y sus pensamientos como siempre hacía, a pesar de las reprimendas y las advertencias de sus superiores, ella no podía evitarlo, no podía dejar de mirar y perseguir a Njörd a todas horas. Se apoyó en la pared de la herrería y contempló, con mucha pena, como él se concentraba en los hierros mascullando todo tipo de protestas contra su padre y contra su madrastra, Njörd no creía en las hadas, no

creía en nada salvo en su fuerza y su valentía, y eso le hacía tanto daño que se puso a llorar como una niña antes de salir huyendo hacia el bosque. —No puedes pretender que te ame. —No pretendo que me ame, solo espero que crea en mí, en nosotras, Glas 1 —Mientes, quieres que te ame, porque estás enamorada de él. —No es cierto—. Se puso de pie, indignada. —Lo es, jamás he visto a nadie tan pendiente de uno de los hombres de carne y hueso. —Porque lo vi nacer, quedarse sin madre y salir adelante con la fuerza de un oso. —Muchos otros han perdido a su madre. —Pero Njörd es especial, está llamado a muchas y grandes proezas y me necesita, es mi deber. —¿Por eso le regalas tu magia? —¡Schhh, calla! Gaelach se acercó a su amiga y le puso un dedo sobre los labios, nadie podía oírlas, nadie debía saber que había estado gastando magia sin permiso o la expulsarían del bosque, la apartarían y peor aún, podrían hacer daño a Njörd y eso no lo debía permitir. —No digas eso. —Es cierto, ¿cuántas veces a lo largo de sus veinticinco años?, ¿cuántas, eh?, estás quedándote sin ella y acabarás languideciendo y muriendo antes de que él sea un anciano. —No me importa. —¡¿Qué pasa aquí?! —Grian2, la reina de las hadas apareció por su espalda, sobresaltándolas a ambas—. ¿Quién habla de magia? —Ninguna, majestad —Glas se puso delante de Gaelach y miró a la soberana sonriendo. —Más os vale. Ahora id a la aldea vecina, hay problemas, quiero ver que sucede. —Sí, majestad. Gaelach y Glas corrieron hacia el pueblo de Hodur el anciano con prisas. Se miraron de reojo y Gaelach bajó la cabeza para no ver los ojos de reprimenda de su mejor amiga, no podía sostenerle la mirada porque Glas tenía razón, estaba gastando su magia con Njörd y eso le costaría la vida a muy corto plazo. Desde hacía siglos las hadas de invierno velaban por sus protegidos sin intervenir, salvo alguna vez y solo por peligro inevitable, podían susurrar un consejo, provocar una brisa, asustar a un enemigo, pero nada más. Sin embargo Gaelach llevaba años apareciendo en la vida de su protegido de forma evidente. De pequeño había consolado sus lágrimas haciendo volar sus juguetes, de adolescente había desviado su camino para evitar el ataque de un animal o lo había abrigado por las noches para que no enfermara y hacía poco, cuando Njörd había caído en el campo, en una zanja, inconsciente y en medio de una gran nevada, había provocado un incendio para que sus hermanos, alertados por el escándalo, lo encontraran y lo salvaran de morir congelado.
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Glas: en gaélico Gris Grian: en gaélico Sol

Jamás había dudado en su afán por protegerlo y eso había acabado de convertir a Njörd, hijo de Linus, en un guerrero sin par, a veces arrogante y tremendamente impulsivo. Si sus superiores la descubrían, apagarían su vida, pero a Gaelach aquella posibilidad no le importaba lo más mínimo, no le daba miedo, solo aspiraba a cuidar de Njörd, verlo crecer, oír su risa, admirar su preciosa cara, su pelo rubio de niño travieso y sus ojos azules como el cielo en primavera. —Lo atacaremos cuando caza, ese idiota sale solo al campo, será presa fácil — Hodur, hijo de Hodur el viejo, habló a sus amigos en susurros porque su plan era peligroso, podría provocar una guerra y de seguro su padre lo impediría si se enterabamaldito arrogante. —Es un coloso. —Contra seis como nosotros será un animal indefenso. —¡Bien! —dijeron sus compinches—. Vamos por Njörd y acabemos de una maldita vez con él. Los seis jóvenes guerreros se dispersaron y Glas se giró hacia Gaelach con los ojos muy abiertos, debían parar aquello para evitar una guerra más entre clanes vecinos, lo podrían conseguir en sueños, inducir a los jóvenes a revisar esa decisión, incluso alertar a Hodur el viejo, sin embargo Gaelach ya no estaba a su lado, iba volando camino del bosque, desesperada, con lágrimas en los ojos, dispuesta a detener como fuera el ataque desigual sobre Njörd. * La noche era fría y Njörd acabó durmiendo junto al fuego rodeado por sus dos perros favoritos: Odín y Aiko, Gaelach llegó a tiempo para entrar en sus sueños y hablarle de los peligros y de la necesidad de que no saliera solo por el bosque, pero el joven, como siempre, hizo caso omiso a sus pesadillas y visiones nocturnas y se levantó muy pronto para salir a cazar. En la puerta de la casa, lo detuvo su madrastra con lágrimas en los ojos: —¡No vayas hoy a cazar, Njörd!, te he visto en sueños, te he visto morir a manos de tus enemigos. —Calla, mujer y vuelve a la cama —fue su respuesta acompañada por una enorme sonrisa—. Hace mucho frío. —No te enfrentes a Hodur, Njörd, no vale la pena, sólo han sido unas mujeres… —Sedujeron a dos de nuestras mujeres, es una afrenta, Idún, pero no haré nada, se lo prometí a mi padre—. Salió y cerró la puerta, Idún se apoyó en la pared pidiéndole a los dioses que protegieran al hijo favorito de su esposo, a su lado una ráfaga de aire helado le provocó un escalofrío y se arropó con el chal cerrando los ojos. —Cuidad de él hadas de invierno —susurró—. Os lo suplico. Gaelach acompañó a Njörd hasta el bosque y trató de cambiar su ruta sin éxito, le hizo tropezar un par de veces y prestar atención a las pisadas ahogadas de sus enemigos acercándose a ellos por la espalda, pero fue imposible. Sólo llevaba dos horas adentrándose en la espesa arbolada cuando Hodur apareció para golpearlo en la cabeza

con una enorme maza, Njörd solo tuvo tiempo de fruncir el ceño al percibir el golpe y acto seguido cayó de bruces sobre la hierba cubierta de nieve, completamente inmóvil. —¡No! —gritó Gaelach arrodillada junto a su amado. —Déjalo, Gaelach, es su hora —Glas la sujetó del brazo para arrastrarla fuera de allí. —¡No!, ayúdame, podemos reanimarlo, ¡ayúdame! —¡No, Gaelach, es su hora! —¡No!, no lo es —lo abrazó para evitar que se congelara, le sopló en los oídos, intentó abrir sus ojos, pero era imposible, ella no tenía fuerza, ni un cuerpo material para darle calor. Buscó su saquito de encantamientos y lo abrió para derramar la magia sobre el guerrero. —Si haces eso, morirás. —Moriré —sentenció, se puso de pie y derramó todo su poder sobre Njörd, el más hermoso y valiente de los caballeros, su verdadero amor, el sol de su corazón. Susurró todos los galimatías de amor y vida que recordó mientras Glas a su espalda lloraba, impotente. Los polvitos de magia cayeron suavemente sobre el cuerpo rotundo y fuerte de Njörd hasta que él suspiró y acto seguido estornudó, Gaelach sonrió con el corazón desbocado, se giró para mirar a su amiga y se desmayó. —¡¿Qué demonios…?! —gritó Njörd poniéndose de pie de un salto, se tocó el chichón de la cabeza y miró a Aiko, su perro, olfateando el cuerpo de una chica pelirroja, que permanecía inerte sobre la nieve, se agachó, la cogió en brazos y corrió con ella a casa sin dudarlo. * —Es un hada —espetó Idún arropándola en la cama, le giró la muñeca y les enseñó las marcas en su piel inmaculada: varias estrellas dibujadas en azul. —¿De carne y hueso? —protestó Njörd. —Se hacen de carne y hueso antes de morir. —¡Madre mía! —exclamó y se sentó en la cama para abrazarla, era bellísima, y le agarró las manos para darles calor—. Me da igual quien sea, hagamos algo para que viva. —Llévala al frío, ellas nacen del frío, eso puede ayudar. —¿Estás loca, mujer? ¡Padre, dile a tu esposa que se calle! —Idún tiene razón, es un hada ¿no lo ves?, ¿has visto a una muchacha más bella? —No—. Le acarició el precioso rostro con el dedo. —Llévala al frío, pero dudo que viva —susurró Idún llorando—. Seguro que se ha sacrificado por ti, para salvarte la vida, te dije que no salieras hoy. Njörd ya no oyó más, envolvió a la jovencita en una manta y salió hacia el bosque en medio de una ventisca atroz, seguido por sus perros y Magnus, que caminó a su espalda en silencio, llegaron al río y la dejaron a la orilla sin abrigo, ella ni se movió con su cara cada vez más pálida y los labios morados de frío, Njörd se arrodilló a su lado y

lloró, no sabía muy bien por qué, pero lloró con un dolor profundo, como se llora por alguien muy cercano, por alguien que has amado y te amó. —Majestad no puedes dejarla morir —suplicó Glas a su reina observando la escena, Grian, impávida, observaba a los jóvenes sin emitir sonido alguno—, sé que se ha equivocado, pero lo hizo por amor, ¿no debemos amar a nuestros protegidos? —No hasta la muerte. —¿Y hasta dónde se debe amar, majestad?, ¿no somos solo amor?, además, impidiendo la muerte de Njörd, ha parado una guerra sin fin... —Me mentisteis, jugó con fuego y se quemó. —Por Dios, majestad, miradlos… Glas indicó con la cabeza a Njörd, hijo de Linus, destinado a reinar a su pueblo, de rodillas en el suelo llorando sobre el cadáver de Gaelach, el hada en la que nunca creyó y que sin embargo jamás dejó de colmarlo de ternura. Caminó a su alrededor pensando y finalmente levantó los ojos hacia la llorosa Glas antes de hablar: —Si le devuelvo la vida, no volverá al mundo de las hadas de invierno, será de carne y hueso. —Lo aceptará, majestad, él es su recompensa. —¿Estás segura? —Por supuesto, os lo suplico. Grian se acercó al joven guerrero y se arrodilló a su lado, le acarició imperceptiblemente el pelo rubio y largo, tocó sus lágrimas sinceras y luego miró a Gaelach completamente inerte en el suelo, levantó las manos e invocó a todas las fuerzas de la magia para devolverle la vida, el viento helado se elevó escarchando las ramas de los árboles, las ropas de Njörd y Magnus y provocando la huída asustada de los perros. Murmuró el encantamiento en gaélico, la lengua de los antiguos magos del norte y se apartó del la pareja al oír el primer quejido de Gaelach regresando a la vida. —¡Está viva! —gritó Njörd viendo sus ojos verdes abiertos, se acercó a ella y la abrazó contra su pecho. —Mi señor, Njörd —susurró Gaelach con el corazón henchido de amor, levantó las manos y se agarró a sus brazos fuertes y cálidos—. ¿Puedes verme? El milagro se hizo por amor, las hadas de invierno y las entidades mágicas del norte hablaron durante siglos al respecto, recordando al bello y atrevido guerrero enamorado de un hada hermosa y valiente que había sacrificado su vida por él. Njörd y Gaelech se enamoraron nada más mirarse a los ojos y no se separaron jamás. Ambos consagraron sus vidas a su pueblo, a sus hijos, a un amor eterno y poderoso que consiguió colmarlos de felicidad hasta el fin de sus días, siendo ejemplo no solo para los suyos, sino también para quienes oyeron su historia en la distancia y a través del tiempo. Para quienes aún, hoy por hoy, son capaces de amar sin ser correspondidos, de regalar ternura sin esperar nada a cambio y de sacrificar todo lo que tienen y son, por aquello que aman. Madrid, Diciembre 2009

El amor de mi vida
Laura López Alfranca

 

 

Caminaba distraído, embriagándome del olor y el crujir de las hojas a mis pies. Las calles estaban vacías debido al día y a la hora. Prefería deambular en soledad que soportar la monotonía de mi hogar. A mi edad, sólo tendría que disfrutar de los últimos años mientras el tiempo pasaba sin esperar nada más... es decir, que me aburriera como un muerto antes siquiera de pisar la tumba. Y aunque aquella jornada iba a ser igual que los anteriores, quisiera la casualidad que mi pie pateara algo que salió impulsado a través de la calle, arrastrando la hojarasca e innumerables inmundicias a su paso. Sin poderlo evitar, me agaché a recoger aquello y para mi sorpresa, me encontré con un libro de tamaño considerable para su escondite. Miré a mí alrededor en busca de su dueño, pero nadie había a parte de este viejo en aquella calle. Giré con curiosidad y leí el titulo: “el amor de mi vida”. Sonreí divertido, aquel nombre sólo se le podía ocurrir a una jovenzuela de hormonas alocadas... presupuse que sería una persona así, aunque el manuscrito estaba huérfano de dueño. Al sobrarme tiempo, decidí sentarme en un banco cercano a ojear lo que había caído en mis manos… y ése fue mi error, ya que éste me atrapó entre sus páginas negándose a soltarme, sus palabras me hechizaron y encantaron mi ánimo y mi alma, con sensaciones que nunca creí que pudiera sentir. Aquella historia tan triste de mi amante, en la que afirmaba amarme sin saber quién era, que se entregaba a mí sin saber si la vida nos dejaría encontrarnos… de aquellas maravillas, tan sólo pude llegar a adivinar cómo podría ser el autor que me atrapaba e inflamaba mi alma con sentimientos ya olvidados para mí. Cuando acabé, durante unos instantes me quedé parado, sin saber qué hacer y algo nacido de mi corazón, de una parte de mí mismo que desconocía me exigió intentar cometer grandes locuras… hasta que mi razón se impuso. Nada podía ofrecer a una persona como aquella, de la que sólo conocía sus palabras a través de un papel, pero que era capaz de encandilar al corazón más endurecido. Y con la fuerza que sólo se puede conseguir al alcanzar mi edad, cerré el libro y lo abandoné en el banco junto a mi corazón, intentando así olvidar al amor de mi vida.

 

 

 

 

 

Sucedió en Montana © Mar Carrión

2010

Cruzó los extensos campos que renacían tras las nevadas del crudo invierno de Montana. Todavía había nieve acumulada en las cumbres de las montañas, pero los prados ya vestían del habitual verde deslumbrante. Era febrero y un viento muy fresco que soplaba desde el oeste barría los campos y se filtraba entre sus prendas, quizás insuficientes para guarecerse del frío. Jack Bressler caminó alrededor de un kilómetro hasta que el fornido roble cuyas hojas habían adquirido una tonalidad púrpura a lo largo del invierno, apareció ante su vista. Ella estaba sentada sobre una manta de lana a cuadros azules y blancos y tenía la espalda apoyada contra la gruesa corteza del roble. Sobre sus muslos flexionados había un libro abierto, y se retiraba los largos cabellos rubios que el soplo del viento traía a su cara. Jack se tomó un momento y la contempló todavía en la distancia, con el corazón henchido de emociones. Probablemente, él y Denise Grant eran la pareja más antagónica de cuantas existían, una combinación complicada de personalidades y estilos de vida que parecía imposible hacer encajar. Ella era una brillante abogada y la socia de un prestigioso bufete de abogados en Manhattan, y él no era más que un vulgar vaquero que se ocupaba del entrenamiento de los pura sangre de los propietarios del rancho. Sin embargo, y en contra de todo pronóstico, estaban superando las dificultades. Al menos, la mayoría de ellas. Ya hacía ocho meses que Denise y su amiga aterrizaron procedentes de Nueva York en Lone Mountain, el rancho de los Smith en Montana. Celebraban la despedida de soltera de Dana, y aunque Jack se dijo que no le convenía intimar con una mujer como Denise, el acercamiento entre ambos fue tan inevitable como que el sol se ponía en el oeste. A primera vista, ella representaba todo cuanto a Jack no le gustaba en una mujer. Le pareció altiva y desapasionada, la clase de mujer que utilizaba todos los medios que tuviera a su alcance, incluido su espectacular físico, para lograr sus propósitos, fueran estos cuales fueran. Pero sólo consiguió mantenerse al margen de Denise Grant durante el primer día de su estancia en el rancho. Jack reanudó el paso mientras rememoraba la primera vez que sus ojos se encontraron con los de ella. Sucedió una noche, cuando Jack daba un paseo

Sucedió en Montana © Mar Carrión

2010

por el sendero que conducía hacia el lago Harwood. Ella apareció entre las sombras, envuelta en un veraniego vestido blanco que atraía la atención sobre cada detalle espléndido de su cuerpo. Había luna llena y la luz plateada atravesaba las frondosas copas de los árboles para iluminarles. Jack vio el color de sus ojos, verde esmeralda, que brillaban como dos piedras preciosas en la noche mientras le observaban fijamente; pero también vio su inesperada indecisión, como si hubiera planeado abordarle y ahora que le tenía enfrente no supiera qué decirle. Sí, Denise Grant, la mujer con aspecto de no dejarse amedrentar por nada ni por nadie, le pareció vulnerable, y esa noche constituyó un punto de inflexión entre los dos. Quien dijera que el amor a primera vista no existía mentía, pues lo que ocurrió entre ambos no podía englobarse bajo ningún otro concepto. Fue recíproco y fulminante, y en aquella primera conversación durante el camino de regreso al rancho nacieron emociones del todo inevitables. Fue algo más que la evidente atracción física lo que aceleró el corazón de Jack cuando volvió a verla al día siguiente. Era lo mismo que ahora veía en ella mientras se acercaba lentamente al roble de las hojas púrpuras. La amaba, desde el principio, en cuanto ella le permitió ver lo que escondía en su interior y que estaba lejos de parecerse a la imagen frívola que, a conciencia, ella proyectaba de sí misma. Los cinco días de su estancia en Montana bastaron para que ella tomara la decisión más importante de toda su existencia: Denise renunció a la que entonces era su actual vida en Nueva York. Dejó atrás su trabajo en el bufete, su flamante piso en Manhattan, sus amistades de siempre y el círculo selecto y lujoso en el que ella se movía para quedarse con él en Lone Mountain. Estableció su sede de trabajo en la capital de Montana, en Helena, y acudía a Nueva York una vez al mes para hacerse cargo de sus clientes más importantes. Sin embargo, y a pesar de la indeleble seguridad que demostró tener en sus decisiones, Jack nunca estuvo seguro de que su iniciativa funcionara, de que Denise fuera capaz de adaptarse a un cambio de vida tan radical. Temía que el tiempo le diera la razón.

Sucedió en Montana © Mar Carrión

2010

Jack llegó a su encuentro y Denise alzó la cabeza, con los labios ligeramente curvados en una sonrisa. Él le acarició el pelo y procedió a tomar asiento a su lado. La besó en los labios que estaban fríos y luego estiró las piernas y cruzó los tobillos. —Vas a quedarte congelada aquí arriba —tenía la nariz ligeramente enrojecida pero Denise negó con la cabeza. —Me gusta el aire fresco, me ayuda a despejar las ideas. Jack se quitó el sombrero que dejó sobre la mullida hierba verde y se mesó los largos cabellos oscuros con la mano. Después echó un vistazo al libro que Denise tenía sobre el regazo y que estaba abierto exactamente por la misma página que el día anterior. —¿No te gusta? —Jack señaló el libro con la cabeza. —Me gusta. Lo que sucede es que me cuesta concentrarme. Ya sabes, por el nuevo caso —le explicó Denise —¿Qué tal han ido los entrenamientos con los caballos salvajes? Se refería a los que Tom Smith, el propietario del rancho, había traído el día anterior desde Texas. —Bien, deberías haberlos visto. Pero a Denise no le gustaba contemplar cómo Jack caía del caballo y se golpeaba contra el suelo una y otra vez. A los turistas les encantaban esos espectáculos, aunque claro, ninguno de ellos tenía que observar cómo el hombre al que amaba recibía un golpe tras otro como si fuera un saco de boxeo. —Sufro por ti, ya lo sabes —Denise le acarició el mentón, que estaba áspero por la barba incipiente y volvió a sonreírle. Pero las sonrisas de Denise habían perdido su brillo aunque ella se esforzara por aparentar normalidad. No era feliz en Montana, Jack lo sabía, y la razón por la que no conseguía pasar la página de ese libro era porque estaba absorta en esos pensamientos que nunca compartía con él, pero que no tenían nada que ver con el trabajo. —Tengo algo para ti —le dijo Jack. Abrió los botones de su abrigo marrón e introdujo una mano en el interior. De allí sacó un pequeño ramillete de rosas rojas que había guardado con

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cuidado para que no se estropearan. Las había comprado hacía un rato en el pueblo y estaban recién cortadas, en los pétalos todavía había adheridas pequeñas gotitas de agua. Se las entregó a Denise, cuyos ojos verdes se rasgaron y sus facciones se distendieron en una mueca de entusiasmo. Sujetándolas por los tallos envueltos en un colorido papel celofán, Denise se las llevó a la nariz para aspirar el fragante aroma. —Es la primera vez que me regalan flores por San Valentín. —Es la primera vez que yo las regalo —dijo Jack. Denise sonrió. —Gracias. Denise pasó un brazo alrededor de los anchos hombros de Jack y le atrajo hacia ella. Primero le abrazó y hundió el rostro en su cuello, luego se estrechó contra él buscando el agradable calor que desprendía su cuerpo. Denise se estremeció de placer y buscó los labios de Jack, que tomaron los suyos con deleite. La suavidad del primer roce se intensificó al cabo de unos segundos y sus labios se abrieron para profundizar el beso. Mientras Denise se hallaba entre los brazos de Jack y su boca permanecía sellada a la suya, la apatía que la rondaba se desvanecía como la arena entre los dedos. Aquellos ratos que ambos compartían compensaban en cierta forma todo lo demás, aunque a Denise la asustaba que su necesidad por estar con él fuera inversamente proporcional al desconsuelo con el que afrontaba las demás facetas de su vida. Ella nunca había necesitado a un hombre para ser feliz ya que su trabajo colmaba su vida por completo, pero no era así desde que se había establecido en Montana. Tenía un despacho alquilado en Helena, y estaba en permanente contacto con el bufete de Nueva York, pero echaba de menos el ajetreo de la gran ciudad, las audiencias, los juzgados y los tribunales. Añoraba las reuniones con los clientes en las cafeterías e incluso las visitas a las cárceles para los interrogatorios preliminares. Todo eso había sido reemplazado por lo que mucha gente consideraría el paraíso. Montana era hermosa, ninguna ciudad del mundo podía competir con la belleza de sus valles y montañas, de sus ríos y lagos, de sus noches estrelladas y del rabioso azul del cielo que no parecía tener fin.

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Sí, Montana era un trozo de cielo asentado en la tierra pero Denise siempre sería una chica de ciudad, así que dejaba pasar el tiempo, con la esperanza de que la desazón que la embargaba sólo fuera un estado de ánimo transitorio. Denise se apartó de sus labios y le miró a los atractivos ojos castaños para confirmar, una vez más, que los sentimientos entre ambos eran profundos y sólidos. Existió una larga época en su vida en la que creyó no estar capacitada para amar, que jamás encontraría a alguien que sacudiera su corazón como lo hacía Jack Bressler. Se sentía inmensamente feliz por haberse equivocado, dichosa de haberle encontrado aunque hubiera tenido que pagar un alto precio por ello. Con los brazos todavía aferrados en torno a su cuello, Denise le dijo: —Deberíamos marcharnos de aquí inmediatamente, has vuelto a encender el fuego. Jack esbozó una sonrisa. —Intenta mantenerlo avivado hasta la noche, ahora tengo que conducir el ganado hacia el racho vecino antes de que se ponga el sol —la mirada de Jack se tornó licenciosa, la de Denise acusó cierta desilusión —Tengo algo más para ti. Su mano grande y morena volvió a esconderse en el interior de su abrigo bajo la atenta mirada de ella. Era San Valentín, una fecha especial para hacer regalos que sellaban compromisos, y por ello el corazón de Denise se aceleró aunque no supo exactamente si sintió alivio o decepción cuando Jack sacó del bolsillo un mapa doblado. —Ábrelo —le indicó él. Denise dejó a un lado el libro que yacía sobre sus muslos y desplegó el mapa cuidadosamente, extendiéndolo sobre sus piernas. Después le dirigió a Jack una mirada cargada de intriga. —Es un mapa del estado de Nueva York —comentó Denise, como si él no lo supiera. Jack asintió. —Quiero que le eches un vistazo a esta área de aquí —Jack trazó un círculo con el dedo índice sobre la parte sur del estado de Nueva York, en el condado de Sullivan.

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Denise entornó los ojos y escudriñó atentamente la zona que Jack señalaba, a la espera de que aquel conglomerado de minúsculas letras adquiriera algún sentido para ella. —Esta región de aquí se llama Phillipsport. —Phillipsport es conocido por la cría de caballos —Denise alzó la vista y clavó los ojos en los de Jack —¿Tienes que ir hasta allí? —Iremos los dos juntos. —¿Quieres que te acompañe? —le preguntó con extrañeza. Por regla general, Denise nunca le acompañaba en sus viajes de negocios, ella tenía demasiado trabajo para tomarse unos días de ocio. —Creo que Phillipsport te gustará. El rancho está ubicado en una pequeña llanura rodeada de montañas. No son tan altas como las de aquí ni el terreno es tan extenso como este —comentó, mirando a su alrededor —Pero hay espacio suficiente para criar y entrenar a los caballos y para construir una casa tan grande como la de los Smith. Ella le miraba absorta. —¿Qué estás tratando de decirme, Jack? Él lo vio en sus ojos, un brillo de esperanza comenzaba a despuntar en ellos, pero Denise lo contuvo como pudo. Jack tomó un mechón rubio de su cabello entre los dedos y acarició su mejilla con el dorso de la mano. Le pareció que Denise estaba aguantando la respiración. —He comprado mil hectáreas de terreno en Phillipsport. Estuve allí en mi último viaje a Saratoga Springs y cuando vi que el rancho estaba en venta supe que tenía que ser mío —ella le miró con fascinación, pero había enmudecido momentáneamente y Jack prosiguió —Está a una hora y media en coche de Manhattan, de tu trabajo y de la vida que tanto echas de menos. Denise movió la cabeza lentamente y volvió a respirar. Se mordió el labio inferior pero contuvo un poco más la felicidad que crecía y se expandía en su pecho y que parecía que fuera a estallar. —Pero… tú amas Lone Mountain, Jack. No te imagino lejos de este lugar… —Nací y crecí en Texas, ni siquiera soy de aquí —se encogió de hombros, y luego su mano descendió hasta tomar la de Denise y entrelazó los dedos a los suyos —Me encantan estas tierras y soy feliz en Montana, pero puedo serlo

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en cualquier lugar que se le parezca, siempre y cuando tú estés a mi lado — Jack se llevó los dedos de Denise a los labios y besó las puntas, que estaban heladas —Estoy impaciente porque vengas a Phillipsport, estoy seguro de que te va a encantar. Los ojos de Denise se humedecieron, y ella pestañeó reiteradamente hasta hacer desaparecer esas tontas lágrimas de dicha que le escocían en la garganta. No quería dejarlas escapar, no deseaba que Jack descubriera el ímpetu con el que ella había ansiado escuchar lo que ahora le decía y que suponía para ella un acto de amor tan profundo, que la felicidad que sintió la abrumó. —¿Así que, nos mudamos a Nueva York? A su voz femenina se había adherido un matiz de cautela que hizo sonreír a Jack. Él asintió con la cabeza y, a continuación, se puso en pie y extendió los brazos hacia Denise para ayudarla a incorporarse. —Nos mudamos a Nueva York —se lo confirmó con la voz firme, mientras sus brazos tiraban de ella hasta que su cuerpo quedó aprisionado entre ellos — Siempre he deseado tener mi propio rancho, aunque te advierto que necesita muchos arreglos antes de poder instalarnos allí. Quiero ampliar la casa y los establos, aunque tal vez sea mejor construir una nueva junto al río. ¿Te he dicho ya que el río de Delaware pasa por allí? Jack percibió que conforme hablaba la excitación de Denise crecía. Hacía tanto tiempo que no contemplaba esa expresión de dicha que se le había olvidado que sus ojos fueran tan luminosos. Sin embargo, continuó mostrándose precavida. —Pero… mil hectáreas de terreno costarán una fortuna. —El terreno en Phillipsport es más barato que aquí y, además, el antiguo propietario del rancho se ha visto obligado a reducir el precio porque no conseguía venderlo —le dijo —Tú no tienes que preocuparte de eso —le besó la punta de la nariz. —Quiero contribuir. —Eso lo hablaremos después. —No, lo hablaremos ahora —dijo resuelta, no podía permitir que Jack gastara todos sus ahorros para complacerla a ella —Te quiero, y ya que vamos

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a unir nuestras vidas para siempre deseo que lo compartamos todo, tanto lo bueno como lo malo. —Suena a matrimonio. ¿Me estás pidiendo que me case contigo? — bromeó. Ella bajó la mirada y sonrió con timidez. —Eso lo hablaremos después —le imitó, y luego volvió al tema de Phillipsport —Haremos esto juntos. —Está bien, lo haremos juntos —Jack estrechó la cintura de Denise hasta que sintió las cimas de sus pechos presionando contra su torso —Yo también te quiero cariño, con toda mi alma. Denise pasó los brazos alrededor de sus hombros volcando su peso sobre él. Sus labios esbozaron una sonrisa radiante y luego se echó a reír mientras él la mecía contra su cuerpo y se dejaba contagiar de su júbilo, ya expresado sin renuencias. Al cabo de unos instantes Denise buscó sus ojos, con los brazos todavía adheridos en torno a su cuello. —Gracias Jack —susurró su nombre con intensa suavidad —No puedo expresar con palabras lo feliz que soy. —Pero puedes expresarlo con hechos —él entornó los ojos de forma maliciosa y curvó sutilmente los labios. Denise arqueó una ceja —Puedo pedirle a Billy que conduzca el ganado hacia Sedgwick y así no tendré que esperar hasta la noche para comprobar cuan agradecida estás. ¿Qué te parece? Denise rió. —¿De verdad quieres saberlo? —Por supuesto que quiero. Ella recorrió su atractivo rostro con una mirada ávida y después fue en busca de su boca, dedicando los siguientes minutos a ofrecerle un minucioso preámbulo de lo que le aguardaba. Su beso fue carnal y tórrido, exigente y entregado pero, a la vez, repleto del amor que sentía por él. Jack la correspondió de igual manera, pero interrumpió el beso cuando la excitación fue tan insoportable que creyó que terminarían desnudándose allí mismo. —Ya me hago una idea —comentó Jack, con la voz ahogada por el deseo.

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Entonces la tomó de la mano y emprendieron a paso rápido el camino hacia el rancho. Mientras caminaban entre los senderos abiertos del valle, Denise reparó en los cientos de susurros que la brisa arrancaba a las hojas de los árboles que había a su alrededor. El cielo del atardecer era más azul que de costumbre, e incluso a su nariz llegó el agradable olor de las tempranas flores que ya crecían tímidamente a su alrededor tras los fríos y nieves del invierno. Parecía como si sus sentidos hubieran despertado tras permanecer largamente adormecidos. Regresaba a su hogar con el hombre al que amaba y con una nueva predisposición ante la vida. A pesar de que nunca fue feliz estableciendo allí su residencia, sabía que se lo debía todo a Montana.

 

 

Aventuras y desventuras del caballero Escobar
(Historia de amor en rima)

Nieves Hidalgo

 

 

Presentación:
Fulgencio Escobar y Giuseppe de la Toscana son dos fugitivos de la Guerra de Flandes. Sin oficio ni beneficio y muertos de hambre, subsisten seduciendo a criadas que les proporcionan comida y ropa de sus señores. Se enteran de que hay una fiesta y se cuelan en la hacienda de Fuencisla de Arcón y Gil, una mujerona gruesa, madrastra de Esmeralda, fea como un demonio. Pero la de Arcón debe casar a toda costa a la muchacha si quiere obtener los 50.000 florines que le legó su difunto esposo. La misma cantidad irá destinada a Esmeralda. Cuando nuestros villanos, tras asaltar a un par de borrachos para quitarles la ropa, se cuelan en la fiesta, ambas ven su oportunidad y tontean con ellos. Pero nuestros amigos se asustan y escapan. Fuencisla manda guardias tras ellos y llama a un cura, dispuesta a todo por el amor de Guissepe, del que se ha encandilado, porque hace tiempo que no cata varón. Los apresan y al final, no les queda más opción que aceptar la boda, pero, a cambio, dejarán de ser unos vagabundos. Y hasta terminan enamorándose.

ACTO I

ESCENA ENTRE FULGENCIO Y GIUSEPPE, EN UNA TABERNA DE SALAMANCA.

Fulgencio:

-No sé qué vamos a hacer. Llevamos vida de perros, y apenas quedan criadas que atiendan nuestros requiebros. -Tienes razón, Escobar. Es que me hierve la sangre. ¿Para qué tantas batallas. allá en el lejano Flandes? Ahora somos pordioseros, sólo catamos las sobras, nos vestimos de prestado. Y no hablemos de las hembras… porque eso es más jorobado. No nos queda una moneda, lo del calzón, ya me arde, y no tenemos futuro ni muchacha que nos ladre. -Se dice perro, Guiseppe. -Se diga como se diga, pero o levanto unas faldas o me doy a la bebida. ¡Otro vino, tabernero! - No pidas más, malandrín. Nos van a cortar el cuello, no llevo un maravedí.

Giuseppe:

Fulgencio: Giuseppe:

Fulgencio:

Buscona: (acercándose a Giuseppe) -Hola, guapo. ¿Qué te cuentas? ¿Quieres subir un ratito? Mira que yo estoy dispuesta. Fulgencio: Giuseppe: -Ya nos mira el tabernero. -Está mirando a la chica.

Buscona:

-Es que a mí, me miran todos, por pechugona y bonita. ¿Subes o no, pichoncito? ¡Anda! que estoy animada. -(Ya me gustaría, ya) ¿Cuánto pides, dulce dama? -Un par de maravedíes. Pongo cuerpo y pongo cama, sábanas limpias, toalla, y una colcha y hasta flores. -Lo siento mucho, preciosa, pero es que tengo hemorroides. -¡Pues vaya noche que llevo! Hoy ni me estreno siquiera. -(Ya te estrenaría yo de tener la bolsa llena)

Giuseppe:

Buscona:

Giuseppe: Buscona:

Giuseppe:

(la chica se marcha enfadada) ¿Ves tú? ¡Que no puede ser! Esto no es vida, Fulgencio. ¡Decir que tengo hemorroides por no poder pagar precio, en vez de decir : avanti y revolcarme en su lecho! ¡Qué triste vida la nuestra! ¡Qué dolor me da el perder! Fulgencio: - Deja de decir chorradas y prepárate a correr, que ya viene el tabernero, y la factura es muy larga. -Anda, pues sal tú primero. Yo cubro la retirada.

Giuseppe:

Salen por patas de la taberna perseguidos por el tabernero y su ayudante que les gritan.

Ya lejos de peligro….

Fulgencio:

-Vaya carrera, compadre. Casi nos pilla el mastuerzo. -Dame tu puñal. - ¿Por qué? - ¡Me voy a matar, Fulgencio! ¡Me atravieso el corazón! Al menos en la otra vida, no tendré este calentón. - Pero ¿qué dices, merluzo? ¡Como que voy a dejarte! Por si tú no lo recuerdas, me debes quince reales. Deja de hacer tonterías, escucha y calla protestas, que lo que voy a contarte despejará tu sesera: Escuché a un caballerete, en la plaza, el otro día, que hoy celebran una fiesta en una hacienda vecina. Si conseguimos dos trajes, dos capas, dos estiletes, nos haríamos pasar por caballeros con temple. -Nos podríamos colar, comer y beber de balde, y puede que hasta robar un par de calzas granate, porque en estas ya no cabe tela con la que tapar -Entonces ¿a qué esperamos? Sonríe y… ¡vamos allá!

Giuseppe: Fulgencio: Giuseppe:

Fulgencio:

Giuseppe:

Fulgencio:

ACTO II
VEN A DOS CABALLEROS BORRACHOS COMO CUBAS Y LES SIGUEN HASTA UN CALLEJÓN, DONDE LES ASALTAN.

Borracho1: Borracho2:

-¿Digo mal o nos persiguen? –Dices bien, aunque no veo, que se me ha subido el vino, un tinto de Almendralejo. Yo sólo distingo bultos. Enlutados. O cabestros. Pero mi nariz es fina y te juro que los huelo. -¿Quién va? Mostrad vuestros rostros. ¿Quién sois? Luchad cara a cara. Y si buscáis nuestras bolsas sabed que ya están muy flacas. -Los sombreros, las espadas, las capas y los bolsillos, si a sus mercedes, no importa, incluso los calzoncillos.

Borracho1:

Giuseppe:

Borracho 1: (sacando la espada)

-¡Vive Dios! ¡Eso es insulto! y lo habréis de pagar caro. El dinero doy gustoso por no llegar a las manos, pero en cuanto al calzoncillo… ¡Saca tu espada, del Prado! -Si ya la intento sacar, pero es que se me ha atascado. ¿De dónde era el puto vino, de Zaragoza o de Almagro? -Dijiste de Almandralejo. Es verdad, estás borracho.

Borracho2:

Borracho1:

Borracho2:

-Por si eso no fuera poco, creo que me estoy meando. ¡En guardia! ¡A mí, malandrines! Echad las capas a un lado, que quiero veros los rostros, según os vaya ensartando. -¿Digo mal o es una liga lo que tienes en la mano ? Que no es la espada, Vicente. Que no es la espada, muchacho. -Dices bien, aunque no veo, pero sí. Y huele a ajos.

Borracho1:

Borracho2: (llevándose la liga A la nariz)

Fulgencio:

-Basta ya de tonterías, entregad el aguinaldo, y si os quitáis ya las ropas prometemos no mataros.

(los dos borrachos se desnudan) -Me pido la capa verde, el sombrero de buen trazo, las calzas de éste, su espada, y el chaleco de brocado. Giuseppe: -¿Las calzas de éste? ¡Pardiez! Déjame elegir al menos. -Es que el mío se ha meado. -¡No me jorobes, Fulgencio!

Fulgencio: Giuseppe:

Les roban todo y se van dejándoles en cueros.

Borracho1:

-¿De verdad nos han robado? ¿No habrá sido ensoñación? El caso es que noto frío, y mi capa es de visón.

Borracho2:

-Nos han robado, Rosendo, con valor y con donaire. Al menos yo, te lo juro tengo todo el culo al aire.

ACTO III
ESCENA ENTRE FUENCISLA DE ARCÓN Y GIL Y SU HIJASTRA, ESMERALDA

Fuencisla:

-¡Vamos, acaba, muchacha! Los invitados esperan y por mucho que te arregles seguirás igual de fea. -Ya voy, ya voy, ¡qué impaciente! Mejor que esperen un poco, eso me hace interesante. A ver si así pesco un mozo. -(¿Qué vas a pescar? ¡Qué ilusa! Con esa verruga parda, esos pelos zanahoria, ese culo, esas espaldas… fea, baja, medio bizca y lisa como una tabla. Vamos, que no caso a ésta ni aunque me muera rezando. Yo creo que mi difunto debió de hacerla apretando. ¿En qué pensaría el memo cuando el cura le echó el agua para de un montón de nombres ponerle a “esto” Esmeralda?) -¿Invitásteis a Cifuentes? Es tan gentil, tan apuesto. Por mí cuerpo se derrite. Por mis ojos se embelesa…

Esmeralda:

Fuencisla:

Esmeralda:

Fuencisla:

-Y cada vez que aparece, se nos bebe la bodega. Que sale el chico más caro que comprar doce carretas. -Dejad ya de rebuznar, que yo encontraré marido y cobraremos la herencia que nos dejó el padre mío. -Son 50.000 florines 50 ni más ni menos. Y no me apetece nada que se los quede el convento. Así que bate pestañas, sonríe, baja el escote, habla poco, come apenas… Y sobre todo, no llores. - ¿Por qué habría de llorar? Celebro mi cumpleaños. Dieciocho primaveras. Y dieciocho veranos. -(Y cualquiera que te vea pensará en un centenario, en otoño, en un invierno… Vamos, que saldrá pitando) Vamos, basta ya de hablar, bajemos pronto al salón. Recuérdalo, sé prudente, no sueltes ningún eructo. Tú modosita, Esmeralda, o escaparán todos juntos.

Esmeralda:

Fuencisla:

Esmeralda:

Fuencisla:

ACTO IV

ESCENA ENTRE FULGENCIO Y GIUSEPPE, QUE SE HAN COLADO EN LA FIESTA Y ESTÁN ATIBORRÁNDOSE.

Giuseppe:

-¡Cristo de Medinaceli! ¡Ay, san Bertoldo de Parma, Nuestra Señora del Carmen, Y san Hilarión de Gaza! -¿Qué te sucede, Giuseppe? ¿Qué has visto? ¡Di! ¿Qué te pasa? -Mira que es fea, la pobre. Y bizca, la condenada. -¿Esas son la anfitrionas? ¡San Pedro de Tarantasia! -Pues la joven te sonríe. Además, mira, aquí viene. -Se me ha atragantado el vino. ¡Escapo por el retrete!

Fulgencio:

Giuseppe:

Fugencio:

Giuseppe:

Fugencio:

Pero no les da tiempo y ellas se acercan.

Esmeralda:

-¿Os conozco, caballero? ¿Sois de aquí, de Salamanca ? -Vengo de Flandes, señora. Fulgencio Escobar me llaman.

Fulgencio:

Giuseppe (inclinándose):

-Giuseppe de la Toscana. Soy italiano, mi dama. Él es un soldado torpe y además, es de Aravaca.

Esmeralda (sin hacer caso al italiano): -Quisiera bailar ahora, ha empezado una mazurca. Fulgencio: -Es que… soy cojo, señora.

Fuencisla (empujándolo): -Y ella es casi medio bruja.

Se vuelve hacia Giuseppe, ahuecándose la cofia

¿Y vos, señor caballero…? ¿Acaso me encontráis tosca? Giuseppe: -(De esta no te libras, chico, que te ha tocado la gorda)

Mientras Fulgencio baila con Esmeralda, Fuencisla arrastra a Giuseppe tras unos matorrales y empieza a arrancarle el jubón.

Giuseppe:

-¡Frenad, por Dios, mi señora! Cualquiera nos puede ver. Vuestro nombre en entredicho no nos hace ningún bien. -Decid que me deseáis. Confesadlo, no soy ciega. Desde que nos hemos visto me tiemblan las entretelas. -Sin duda que bella sois, Más, no quiero que os dé un aire. Mi dama, soy caballero y puse una pica en Flandes.

Fuencisla:

Giuseppe:

Fuencisla:

-Giuseppe… ¡cuánta hidalguía! aunque me suena a patraña. ¡Tomadme ya de una vez que me queman las entrañas! - Muy altas son vuestras torres, difíciles de alcanzar. Si no dobláis la cintura pues... no os podré penetrar.

Giuseppe:

Acaban amancebados. Más tarde, cuando Giuseppe consigue librarse de Fuencisla…….

Giuseppe:

-¿Cómo te fue con la tuya? La gorda casi me mata, me ha dejado hasta escocido. ¡Es como una mula parda! Lo mío ha sido peor, loco estaba por librarme. Esto tiene mal cariz, como decía mi padre. Quiere casar con cualquiera da igual del sur o del norte. No importa que tenga tripa, que sea calvo o que ronque. Habla de boda, de anillos, de que tiene buen dinero, de que yo tendría todo: trajes, vino y hasta un perro ¡Ay, Giuseppe, amigo mío! Me estoy sintiendo atrapado. No hacía más que mirarme cual carnero degollado. -Entonces hay que largarse, que no me da buena espina porque de ese mismo modo me miraba mí Fuencisla. -Vayamos al excusado y escapemos por allí. -¡Vaya forma de marcharnos! Además de sucio, es vil.

Fulgencio:

Giuseppe:

Fulgencio:

Giuseppe:

Fulgencio:

- Pues nada, macho, yo parto y tú te quedas aquí. -¡Y un cuerno! Yo voy contigo, aunque sea a Extremadura, que si sigo aquí más tiempo ya me veo frente a un cura.

Giuseppe:

Se escabullen de la fiesta y escapan.

ACTO V

ESCENA ENTRE FUENCISLA Y ESMERALDA AL DARSE CUENTA QUE SE HAN FUGADO. ESMERALDA LLORA DESCONSOLADA.

Esmeralda:

-¡Yo lo quiero por marido! ¡Lo amo! ¡Lo adoro y basta! Le habrán raptado, seguro, porque si no, no se marcha. –Más bien creo yo que huyeron con astucia de soldados. Les habremos dado miedo. Me gustaba el italiano... -No me casaré jamás si no caso con Fulgencio. Mandad que busquen a ambos, que los traigan ahora mismo. Y a un obispo que nos case, con cantos, bombo y violines o ya podéis olvidaros de cobrar esos florines. -De eso ni hablar, Esmeralda. El dinero, es el dinero. Yo te devuelvo a ese pollo aunque sea por el cuello. Y de paso, a mi Giuseppe, que me tiene como ida cada vez que dice eso de ¡Signora, Mamma mía!

Fuencisla:

Esmeralda:

Fuencisla:

Llama a dos de sus guardias. Los quiero aquí de inmediato. Y al cura, a don Hilarión. Que aquí va a haber boda doble ¡como me llamo De Arcón!

ACTO VI FULGENCIO Y GIUSEPPE SON INTERCEPTADOS POR LOS GUARDIAS DE FUENCISLA CUANDO ESTÁN A PUNTO DE TOMAR UN CARRUAJE QUE SALE DE SALAMANCA.

Giuseppe:

-Oye, viejo, mira allí. ¿No te suenan esas caras? -Son los guardias de Fuencisla. -¡Pues la hemos liado parda! -Nos han visto. ¡Maldición! Y el más grande es un armario, que se parece a un borrico al que le han robado el pasto. -Escapemos por allí. -Mejor por ese otro lado. - Ay, Dios mío, que se acercan… Y mira que par de manos.

Fulgencio: Gisueppe: Fulgencio:

Giuseppe: Fulgencio: Giuseppe:

Los guardias les alcanzan y se lían a golpes con ellos.

Fulgencio: Gisueppe: Fulgencio: Giuseppe:

-Ay, ay, ay… ¡Menuda torta! -Ay, ay, ay… ¡Vaya sopapo! -Creo que me han roto un diente. -Yo creo que el espinazo.

Guardia1:

-Y eso no es nada, muñecos Si insistís en escapar, que la señora Fuencisla os ha mandado atrapar. -A nosotros nos da igual una torta, dos o cientos, así que elegid, capullos: o hay boda, o hay cementerio.

Guardia2:

Fulgencio:

-Boda. Boda. Sin dudarlo. Pero quítame las zarpas o va a quedar poca cosa para la pobre Esmeralda. -Boda. Boda. Lo prometo. Con órgano y hasta misa, pero si estoy deseando casarme con mi Fuencisla.

Giuseppe:

ACTO VII Regresan con ellos atados de pies y manos. Les desatan y se quedan vigilándoles mientras las dos mujeres suben a cambiarse para la boda.

ESCENA ENTRE FULGENCIO Y GIUSEPPE, QUE SE HACEN A LA IDEA DEL CASAMIENTO.

Fulgencio:

-Es una oportunidad, ella es fea y yo soy cojo, pero, Giuseppe, mi amigo, aquí, por lo menos, mojo. -A mí me gusta la madre. - ¿Fuencisla de Arcón? - ¡Y Gil! - ¿No te habrás enamorado?

Giuseppe: Fulgencio: Giuseppe: Fulgencio;

Giuseppe: Fulgencio:

- Pues mira, va a ser que sí. -¡Vive el cielo! ¡No es verdad! Alucino. Acaso sueño. -No seas cabrón, Escobar. Si tú mojas, ¿yo no puedo? -¿Y tú te has puesto a pensar, hombre sin mente, insensato, que con ese matrimonio habrás de ser mi padrastro? Y si ya te aguanto poco como amigo y confidente, no quiero ni imaginar lo que va a ser de pariente. Giuseppe, no seas borrico. Si te triplica en el peso... - Pues eso es asunto mío ¡Ya me apañaré en el lecho!

Giuseppe:

Fulgencio:

Giuseppe:

Fulgencio:

- Está bien, es cosa tuya, si no quieres escapar. Soy tu amigo. Ya lo sabes. Compañero de verdad. Da un coscorrón en el muro si tienes dificultad. -Está entonces decidido. Apechuga y nos quedamos. -Además, mira la puerta. Es imposible largarnos con esos guardias tan fieros y que encima están armados. -En fin, resignémonos. Nuestro futuro está echado. Yo me caso con la gorda y a ti te toca el espanto.

Giuseppe:

Fulgencio:

Giuseppe;

Fulgencio:

- Pues ¿sabes? Tiene su punto. Es una buena persona, graciosa y muy ocurrente y huele bien, no a cebolla. Por otro lado, Guisseppe, no habrá varón que la robe, y se conforma con poco pues como es bizca, ve doble. -Pienso lo mismo, Fulgencio. Ya tengo mi alma en calma, porque es gorda mi Fuencisla y a mí, ¡me encanta la grasa!

Giuseppe:

ACTO VIII

Y ÚLTIMO

Esmeralda y Fulgencio en su habitación

Esmeralda:

-¡Qué bien lo haces, Fulgencio! Estoy casi desmayada. -¿No te importa mi cojera? -Hijo… ¡de cojera, nada! -Me refería a mi pierna, mi querida deslenguada. -¿A cual de las tres, Fulgencio? ¡Ay, perdón! No he dicho nada. -Señora… que me perdéis con vuestra lengua afilada. -Hazme otra vez el amor, Y aquí no ha pasado nada, que he soñado desde siempre con retozar en la cama. Además, al verte doble me doy por mejor pagada.

Fulgencio: Esmeralda: Fulgencio:

Esmeralda:

Fulgencio:

Esmeralda:

Fulgencio:

-Cuantas veces vos queráis, cuantas veces pidáis guerra, que siempre soldado fui y nunca gané una perra. -Ay, Fulgencio, que te adoro. -Y yo te adoro, mi nena.

Esmeralda: Fulgencio:

Giuseppe y Fuencisla en su habitación

Giuseppe:

-¿Os habéis quedado a gusto o repetimos batalla? -Repitámosla, Giuseppe, sacad otra vez la espada, que en cinco años de viuda ya lo estaba echando en falta.. -Pues vais a acabar conmigo si seguimos al galope, que soy un hombre menudo y me agota tanto trote. -Venga, venga, a la faena y no me protestes tanto. -Si es no me quedan fuerzas. -Calla y sigue cabalgando.

Fuencisla:

Giuseppe:

Fuencisla:

Giuseppe: Fuencisla:

FIN DE LA OBRA.

 

 

A medianoche
Olivia Ardey

 

 

Todavía es temprano. Pronto cumpliré los treinta, pero la ansiedad me consume como a una adolescente que escapa, ahora que sé que voy a tenerte para siempre. Por fin abandono la jaula de oro para volar libre. Dónde, no importa si tú vuelas conmigo. Sola en la calle, frente a la que nunca más será mi casa, hago recuento mental… sí, lo llevo todo. En mi bolso apenas cuatro detalles y los documentos más importantes, del resto se encargará la mudanza. Quiero dejar cada cabo del divorcio bien atado porque no hay vuelta atrás. En apenas media hora, el resto de mi vida vendrá de tu mano. Dicen que ante la muerte inminente, los hechos del pasado se nos muestran como una sucesión de imágenes desordenadas. Parece ser que la película de nuestra vida está compuesta de instantes olvidados que sólo en el momento de abandonarla somos capaces de revivir con toda lucidez. Debo estar delirando porque mientras te espero me está pasando justo eso. Pero es curioso, mi película particular sólo la forman los momentos que hemos vivido juntos tú y yo. No existe más pasado. ¿Me estaré muriendo? Nada de eso. Todos esos recuerdos que me asaltan sin haberlos convocado significan que mi pasado está muerto y no existe más que hoy, mañana,… el resto de mi vida contigo. En cuanto cierro los ojos, vuelvo a nuestra primera noche. Casualidad o destino; salí decidida a escapar y acabé atrapada en tus brazos. Me embarqué en la más absurda de las aventuras. Yo en un local como aquel, mariposa perdida jugando a polilla nocturna entre tanto tipo de aspecto peligroso. Te descubrí acodado en la barra; un par de juegos de miradas y me convertí en presa fácil deseosa de ser cazada. A las chicas buenas nos gustan los chicos malos. Yo me dejé atrapar por un diablo de cuerpo grande envuelto en denim y cuero negro. Apenas cruzamos palabras; aquella fue nuestra noche de besos ansiosos y jadeos al oído, de caricias duras y embestidas violentas. Sexo de frases cortas y miradas largas, de cuerpos que se buscan hambrientos de afecto arrimados a la pared del callejón de atrás. Solos en la oscuridad; la luna y nosotros dos. Nunca te lo he dicho, pero a la mañana siguiente me abrumaron las dudas. ¿Me había vuelto loca?, me pregunté mil veces. Y al recordarte dentro de mí y el calor de tu boca en mi garganta, decidí que no quería volver a estar cuerda. Fue entonces cuando tuve que luchar contra el miedo de no volver a encontrarte. Aunque los temores se disiparon en los días siguientes, porque o yo te buscaba a ti o eras tú quien me buscaba. Hubo muchos encuentros. Y una noche siguió a otra, y a otra,… Noches en que el deseo fiero aprendió a convivir con la ternura, hasta que la hora bruja nos obligaba a romper el hechizo. —Algún día descubrirás que no has nacido para princesa de cuento —me decías.

Yo me negaba a escuchar; tú, resignado, te dejabas acallar por mis besos. Ahora lamento tantas mediasnoches amargas que padeciste a causa de mi indecisión. En parte culpa tuya, lo sabes. Me desconcertaban tus ausencias, las llamadas sin respuesta a un teléfono tantas veces apagado. ¡Qué tonta! Ahora que conozco el motivo, me avergüenzo de mis miedos y a la vez te mataría por ello. Pero siempre regresaba a tus brazos y, aunque no lo decías, yo era capaz de adivinar tu dolor cuando al filo de las doce abandonaba tu cama para regresar a mi cárcel dorada junto a él. He perdido mucho tiempo y te he causado un dolor innecesario, pero me conoces bien y entendiste que la decisión era mía. Nunca dejaré de agradecer tu paciencia. De haberme presionado, no habría descubierto la sutil barrera que separa lo que está bien de lo que está mal. El bien es aquello que nos hace felices; el mal, en mi caso, un matrimonio fracasado mantenido por inercia. ¡Qué tonta he sido! Tardé lo indecible en decidirme por miedo a causarle dolor y, cuando por fin me sinceré anunciándole que me marchaba para siempre, se encogió de hombros. Sólo le preocuparon los comentarios que suscitaría nuestra ruptura en su entorno social. No sé si ha habido otras mujeres ni me importa. Ahora sé bien que sólo he sido en su vida un objeto decorativo más. Viví medio sonámbula hasta que decidí escapar de aquél vacío; hasta que tú, con tu lenguaje de silencio y de besos, me demostraste que la vida de princesa era una farsa. —No todos los cuentos acaban mal —me decías—. Tal vez te equivocaste de príncipe. A tu modo, tratabas de enseñarme que yo podía vencer el maleficio de la medianoche y convertirla en el comienzo de una nueva historia sin final. —No sabía que mi príncipe, el de verdad, aparecería montado en una moto muy grande — reconocí por fin, enlazada a ti sobre las sábanas. Reíste por lo bajo cuando te confesé que para un corazón sensible no hay sonido más emocionante que el rugido de una Harley. —Aunque no lo creas, hay melodías que emocionan más. —¿Cuáles? —Tus gemidos de hace un rato —me susurraste al oído y yo te abracé muy fuerte—, entre otros. —Sabes mucho de sonidos —tú sonrisa confirmó mis sospechas—. Eres músico… —Sí. Está claro que elegí a la chica más lista. Mi sagacidad fue premiada con un par de besos. —Todavía hay sonidos que llegan más adentro —murmuraste colocando mi mano sobre tu pecho; yo te interrogué con la mirada—. Imagino que nada suena mejor que esas dos palabras que ni tú ni yo nos atrevemos a decir.

Sentí que el corazón se me encogía, busqué tu boca y nos perdimos el uno en el otro con un beso muy largo. Al mirarte de nuevo a los ojos, me asaltó la curiosidad insatisfecha y quise saberlo todo. Sólo podía imaginarte entre redobles y golpes, con una baqueta en cada mano. —¿Tocas en una banda? —Más o menos. —¿Por qué no me lo habías dicho? —Nunca me lo has preguntado. Ninguno de los dos habíamos querido ahondar en la vida del otro; la intimidad a veces asusta. Nos limitábamos a planear en superficie por miedo a saber demasiado. Yo temía no encajar en tu vida de desorden —así la intuía—; me asustaban tus idas y venidas, porque a veces te he buscado cuando me hacías falta y no estabas. A ti te frenaba la rabia, te negabas a verme como un trofeo compartido. —A ver si lo adivino —me aventuré—. ¿La batería? —La guitarra acústica. —Quiero oírte tocar. —No. Tus labios trataron de silenciar mis protestas, pero insistí. —No te llevaré conmigo mientras no estés segura de tus sentimientos. Es demasiado importante para compartirlo contigo si te tengo sólo a medias, espero que lo entiendas. La música no es mi trabajo: es mi vida. Tu sinceridad me dolió. Y, una vez a solas en la que era mi casa, me desquité con lágrimas de ira. A la mañana siguiente, comprendí que la farsa que estaba viviendo no podía continuar ni un minuto más. En cuanto a nosotros, ya era hora apartar los temores. Necesitaba saberlo todo de ti y que tú me conocieras por entero. En cuanto salté de la cama, busqué un buen abogado que se encargara de los aspectos desagradables de la ruptura. Aquella conversación me quitó una losa de encima. Por primera vez me sentí libre y quise compartirlo contigo. Agarré el teléfono con mi discurso preparado. —Estoy segura —ya esperaba tus preguntas—. Muy segura —recalqué—. Empiezo a sospechar que el inseguro eres tú —contraataqué con acidez. Tú te limitaste a indicarme una hora y un lugar—. Muy bien, allí estaré. Corté la comunicación y durante la semana siguiente te castigué con mi indiferencia. Días después, quise que me tragara la tierra cuando te atreviste a reconocer en voz alta cuánto agradeciste esa indiferencia mía que te permitió dedicarte por entero a tus ensayos. Ensayos. Ahí tenía la respuesta a tantas llamadas a un teléfono no operativo. En ese momento te habría estrangulado. El día del concierto llegué puntual. Diez minutos después, me paseaba inquieta. En eso no nos parecemos; las esperas largas no son lo mío. Creí que se me detenía el corazón al verte llegar: pelo pulcramente peinado con gomina, vestido de negro riguroso y zapatos relucientes. Mi

príncipe de las tinieblas aparecía disfrazado de modelo de catálogo. Sin decir ni una palabra, nos fundimos en un beso impetuoso que me supo a poco. —Estás temblando —me cogiste las manos—. ¿Qué te pasa? —Nunca te había visto tan guapo —aseguré admirándote de pies a cabeza—. Estás… increíble. —Vaya,… gracias —protestaste desviando la mirada incómodo—. No me queda más remedio; esta ropa me da de comer. Me entró la risa ante tu repentino ataque de timidez y tú me dedicaste una mirada atravesada. Mi faceta perversa empezaba a dejarse ver; descubrí que me divertía haciéndote sufrir un poquito. —Seguro que sois la banda más elegante del mundillo musical. —No te burles que también te dará de comer a ti —te lanzaste directo para zanjar mis bromas—. Si es verdad que estás segura. —¿No dicen que los músicos se mueren de hambre? —No todos. —Está claro que no eres una estrella del rock. —¿Y qué? —protestaste endureciendo la mirada—. ¿Te da miedo abandonar la vida cómoda que tienes ahora? Mis dudas fingidas te ponían nervioso; yo decidí disfrutar un poco más de mi nuevo papel de diablesa recién diplomada en torturas lentas. —No voy a abandonar mi empleo en la editorial… Tus ojos reflejaron decepción y miedo. Adiviné que imaginabas un futuro de ausencias, demasiado tiempo el uno sin el otro por culpa de dos ocupaciones difíciles de compaginar. —…soy traductora de textos —confesé—. Puedo trabajar en cualquier sitio; sólo necesito un ordenador y una conexión telefónica. Así podré acompañarte en las giras, o los bolos, ¿se dice así? —esbozaste una sonrisa irónica—. Os ayudaré a cargar los equipos, los cables… —No será una vida sedentaria —me advertiste. —Si es la tuya, es la mía. Haré cualquier cosa por estar contigo —sonreí al ver cómo se te iluminaba el semblante—. ¿Es eso lo que querías oír? Disimulaste tus emociones tras la fachada de duro como el acero. No imaginas la ternura que siento cuando tratas de ocultarme tu lado más vulnerable. —Eso se llama razonar con sensatez. Sonó algo sarcástico, aunque la sonrisa de felicidad te traicionaba. “Yo lo llamo actuar con el corazón”, quise decir; pero sobraba la réplica porque eso tú ya lo sabías. —Por algo elegiste a la chica más lista —bromeé. —Y a la más malvada. La última frase podías haberla dicho mucho antes.

Me atrajiste de golpe y nos devoramos a besos. Felices, porque juntos somos capaces de derribar cualquier límite, hasta el del bien y el mal. Me elevaste en brazos y, entre risas, nos besamos de nuevo al descubrir que ni tú eres tan malo ni yo soy tan buena. —Tengo que irme —recordaste, depositándome en el suelo—. Habrá una pantalla gigante —abrí la boca sorprendida—, cuando me enfoquen las cámaras, estaré tocando para ti. Ah… — añadiste hurgando en un bolsillo—, se me olvidaba: tu entrada. —¿Entradas? Qué formales son en ese garito que tocas esta noche. Del que, por cierto, no me habías dicho ni el nombre. Imaginaba algún agujero oscuro exclusivo para entendidos. —Y muy estrictos. Sé puntual —me advertiste ojeando tu reloj—. Una vez empezado el concierto, no te dejarán entrar en «ese garito». Pórtate bien. Advertencia y palmadita en el culo, cómo no; típica despedida de chico malo. Recuerdo que te fuiste con prisa pero, desde lejos, me enviaste un guiño antes de cruzar la avenida con cuatro zancadas. Atónita, te vi desaparecer tras la puerta principal del edificio de enfrente. Con la boca abierta, alcé la cabeza hacia el inmenso cartel que cubría la fachada posterior del Palau de la Música. No podía creerlo. ¿Música de cine? Recordé entonces que estábamos en fechas de ese certamen cinematográfico internacional de tanto renombre. Me aproximé al Palau como una sonámbula. Una vez en la sala, casi me caigo de la butaca al ver el escenario preparado para una orquesta sinfónica. ¡¿Esa era tu supuesta banda?! Entonces entendí el porqué de tanto misterio. Ocultándome todo aquello querías asegurarte de que te he elegido por ser tú; aquél desconocido que conocí en un local tan lleno de humo como de gente poco recomendable. Mientras esperaba, ojeé en el programa y me entró la risa de puro asombro. ¿Las mejores bandas sonoras de la historia del western? Sin duda, estás hecho un maestro de las sorpresas. Leí la detallada biografía de la formación y descubrí que tu «banda» es una prestigiosa orquesta sinfónica con nombre de rey olvidado; vuestra madrina de honor, una princesa italiana que os cede su palazzo cerca de Roma como sede honoraria. Claro, no sólo viven en palacios las princesas de los cuentos. Aún no me cuadraba la guitarra acústica. Pero esa pieza encajó en cuanto alcé la vista del programa al sonar los primeros aplausos. Me dio un vuelco el corazón al reconocerte entre todos ellos. Y me dediqué a observaros con atención. Nunca había visto una orquesta tan peculiar, ni tan completa. A tu lado distinguí un bajo eléctrico. Un poco más allá… ¡un teclado electrónico! Incluso una armónica junto a la percusión. El resto incluso lo encontré natural. Aunque era la primera vez que veía a una mujer como concertino, ni me sorprendieron sus piercings ni los dibujos célticos de su brazo. Ni el dragón tatuado que reptaba por la nuca de una chica que afinaba dos atriles más allá. Sólo tres o cuatro músicos sesentones lucían smoking clásico y pajarita; pero no desentonaban entre tanto virtuoso

de aspecto incorregible. Se les veía exultantes, contagiados de vuestra juventud. Para mí, tú el más sexi entre todos ellos. Nuevos aplausos al hacer su entrada el director. Después, el saludo ritual al primer violín: la chica de los piercings se dejó besar la mano. Se hizo un imponente silencio y, a partir de ahí, mi corazón latió al ritmo de cada partitura. La pantalla que ocultaba el órgano de tubos te mostró en primer plano y las lágrimas resbalaron por mis mejillas al sentir que esa música sublime era toda para mí. Deseé que aquél concierto no acabara nunca y, durante la ovación más larga que recuerdo, aplaudí hasta que me dolieron las manos. Pero no era la única que tenía los ojos húmedos. Conseguisteis emocionar a un público compuesto por cinéfilos que os aclamaba completamente entregado. Hasta Bernstein aplaudía desde el más allá. A la salida, te esperaba ansiosa hasta que te vi aparecer; aún así, permanecí muy quieta con las manos en los bolsillos. No lo reconocerías nunca, pero sé que estabas preocupado por mi reacción. —Sois una orquesta magnífica —dije para romper el silencio. Tú te encogiste de hombros con una mirada de disculpa. —No sé si somos la mejor. Pero la más canalla, seguro. Me lancé a tu cuello y me estremecí al sentir tu risa suave cuando dije que me parecían pocos los quinientos besos que necesitaba darte. Y esa noche las decisiones las tomé yo. Exigí una entrega furiosa, y luego te colmé de caricias dulces para reclamarte de nuevo como una fiera. Una vez tras otra hasta caer rendidos. —Me quedo —murmuré, bien pasadas las doce. —¿Hasta que amanezca? —La eternidad se queda corta para calcular el tiempo que voy a quedarme. Me rodeaste con muchísima fuerza y yo me dejé encerrar para siempre en la jaula de tus brazos… Ya era hora. ¡Por fin apareces! Creía que no llegabas nunca. Antes de que descabalgues de la Harley, corro a tu encuentro. —¿Preparada? Mi sonrisa y mi beso son suficiente respuesta. —Aún no te he dicho cuanto te admiro —te freno cuando me entregas mi casco; tú intentas protestar pero no te dejo—. Me parece extraordinario que hayas consagrado tantos años a algo que requiere tanto sacrificio y estudio como la música. —Cuando algo te apasiona, el tiempo dedicado no cuenta —me explicas—. Además, no necesito tu admiración. —No me has entendido. Admiro tu entrega sin límite a algo que te apasiona, pero no te quiero por lo que haces ni por lo que eres. Te quiero porque eres tú. —Repítelo.

—Te quiero. Los dos cascos caen a la acera mientras nos enlazamos en el más apasionado de los besos. Tenías razón, nada puede sonar mejor. Y nos decimos el uno al otro un montón de veces esas dos palabras que a partir de hoy serán la banda sonora de nuestra vida, tan hermosa que ni Morricone la podría superar. Me llevas de la mano y monto a tu espalda mientras haces rugir a la reina de las motos. —Es única —me dices—, si hasta suena bien. Yo me río encantada de verte tan orgulloso. —¿Sabes qué hora es? —niegas con la cabeza—. Casi las doce. Entonces eres tú quien se echa a reír. Y juntos emprendemos el vuelo sobre tu fiera de ruedas aladas sin volver la vista atrás. El destino es lo de menos; donde la medianoche nos lleve.

Dedicado a todos los valencianos que un día decidieron consagrar su vida a la música y, en especial, a los miembros de la Orquesta Sinfónica Jaume II El Just

 

 

El Regalo

Pilar Cabero

 

 

Cuando entré en la habitación, desde la cama, Marta me miró con reproche. Tenía buen aspecto. Los médicos me habían asegurado que no había síntomas de rechazo. —¿Dónde has estado? —me preguntó—. ¡Vaya amigo estás hecho! —He estado muy ocupado —contesté, tratando de ignorar el dichoso apelativo—. Te he llamado todos los días. —Lo sé, pero no es lo mismo. —Calló un momento—. He pensado en lo que me dijiste antes de la operación —empezó, sonrojada—. Ya sabes… lo de salir y todo eso… Ahora que no tendré que seguir con las diálisis, creo que podría ser una buena idea. No pude contestarle nada. Me limité a tomarle de la mano y besar la punta de sus dedos. —Me siento una egoísta al estar agradecida por este riñón. Alguien ha muerto para que yo lo tuviera —confesó, avergonzada. —No eres egoísta. No lo pienses, siquiera. —Ayer escribí una carta de agradecimiento para la familia del donante. El doctor ha prometido entregársela. ¿Crees que la recibirán? Le sonreí. Deseaba abrazarla. —Seguro que sí. —Mi mano, como con voluntad propia, palpó el bolsillo y rozó el vendaje que me cubría la zona lumbar, bajo la camisa—. Seguro que la reciben.

 

 

Tormenta junto al fuego
por

Sonia Nievas

 

 

Sobre la cama miro el fuego mientras observo como la leña cruje al tiempo que es consumida por este. Fuera una tormenta de nieve azota con fuerza. Cierro los ojos y dejo que su olor entre por mi nariz invadiendo mi cuerpo. Oigo sus pasos tras de mí y noto como se tumba a mi lado. Sus ojos se clavan en mi nuca. Noto su respiración sobre mi cuello. Un ligero temblor recorre mi cuerpo, una mezcla de nerviosismo y felicidad. Con suavidad acaricia mi hombro descubierto con una mano grande pero firme aunque algo temblorosa también. Estamos solos. Susurra a mi oído palabras dulces, cálidas, para tranquilizarme. Siento como si sólo existiéramos nosotros, el tiempo se ha parado a nuestro alrededor. Sigo con la vista fija en la chimenea disfrutando de sus caricias, del amor que me transmite a través de ellas. Algo se remueve en mi interior. Besa mis mejillas, mis ojos llenos de lágrimas, mi pelo, mis manos, mi piel...todo mi cuerpo. Hasta hace poco no habría tenido el suficiente valor de dejarme llevar pero él hace que todos mis miedos encojan, casi que desaparezcan. Observo su rostro en el que se dibuja una sonrisa de felicidad a la que yo correspondo con una igual. Sus ojos, chispeantes, me miran con ternura pero a mí me da la sensación de que me atraviesan y no puedo evitar sentirme algo avergonzada ante ellos. Su voz dulce y pausada es como música para mis oídos, me hipnotiza con ella, no puedo dejar de mirar sus labios, sus gestos, todo. Le deseo. Desliza los tirantes de mi camisón dejando al descubierto mi cuerpo, mi espalda, que acaricia con suavidad cubriéndola de besos dulces, húmedos. Una especie de electricidad me sacude de arriba a abajo. Doy un respingo haciendo un amago de huir pero él lo impide aferrándome contra su cuerpo, ardiente y sudoroso por el calor que desprende el fuego de la chimenea. Permanecemos así durante un instante que a mí me parece una eternidad. Noto los latidos de su corazón, repiquetean muy rápido y parece que el mío hace igual, suenan al unísono, se han convertido en uno. Toma mi barbilla con suavidad girando mi rostro hacia el suyo posando sus labios sobre los míos besándolos tierna pero apasionadamente. Nuestras lenguas se juntan acariciándose con suavidad la una con la otra. Ya no puedo seguir luchando, no tendría sentido pues he deseado esto

desde hace ya mucho tiempo, no sé cómo he logrado resistirme hasta ahora. Nuestros cuerpos se deslizan entre las sabanas, entre uno y el otro, apreciando cada rincón, cada caricia, deteniéndonos para disfrutar del momento, de sentir lo que estamos sintiendo el uno por el otro. Nos agitamos con intensidad, con pasión, buscando dar el mayor placer al otro. Me abrazo a él con fuerza para sentir mejor su contacto, su piel, su calidez, todo. Nuestras miradas no dejan de encontrarse y me late tan fuerte el corazón que creo que va a salirse de mi pecho. No deja de susurrarme al oído lo maravillosa que soy y cuanto me ha deseado, desde hace mucho tiempo, desde siempre. Me ama, siempre me ha amado. Nuestras respiraciones, agitadas, se funden con el silencio que nos rodea sólo roto por los crujidos de la leña de la chimenea. Abrazados, sin pronunciar palabra, juntamos nuestras manos entrelazando los dedos, mirándonos mientras nuestros ojos brillan apasionadamente. Una sonrisa de felicidad brota de mis labios la cual el corresponde con un beso en mi frente. Acaricia mi rostro con dulzura mientras susurra mi nombre en voz baja. Afuera, la tormenta está en su momento más alto pero no me importa pues no pienso salir de esta habitación, de entre sus brazos en mucho tiempo. Ahora lo sé, le amo. Siempre le he amado.

 

La revista RománTica’S en nombre de todo el equipo que habitualmente colabora en su creación agradece a las autoras españolas que han colaborado para la realización de este especial San Valentín. Chicas, sois todas estupendas. Esperamos que sea la primera de muchas colaboraciones. Muchas gracias en nuestro nombre y en el de nuestras lectoras.

   

 

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