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Lenguaje y Poder en la Sociedad del Conocimiento

VI

Las NTIC están reemplazando la expresión y transmisión de lo invisible, descrito


tradicionalmente a través de las polisémicas palabras, hacia lenguajes audiovisuales
que podrán sintetizar concepto, imagen y emoción del emisor, porque luego
probablemente estos incorporarán señales que otorguen al receptor sensaciones
olfativas, gustativas y táctiles, permitiendo al receptor “vivir” la experiencia ajena.

Así y todo, tales experiencias no escaparán a la evolución de la infinita hermenéutica a


que incitan realidad y/o metarealidad merced al lenguaje natural, tanto por las razones
epilingüísticas analizadas, como por esa humana capacidad de denotar y connotar
según estados de ánimos, que seguirán escabullendo nuestra comprensión, escondidos
en los infinitos pliegues del espíritu de cada individuo hablante y la necesidad de
permanente ajuste a un entorno cambiante y dinámico.

Así, todo parece indicar que la diversidad de la información y el estallido de


correlaciones diversas y múltiples que está emergiendo ante nuestros sentidos gracias
a los nuevos entornos virtuales telemáticos, nos está ajustando paulatinamente desde
lo “lineal”, textual, lingüístico-conceptual de dos dimensiones; a una visión de causa-
efecto multidireccionales; a lo visual, complejo, volumétrico de cuatro dimensiones; a
lo “global”, en sintonía, por lo demás, con los avances de la ciencia de sistemas.

Este proceso, que es psicosocial-neurobiológico y ocurre aún sólo en las personas y no


en entidades abstractas como la “comunidad” -aunque sería imposible sin la lengua
que la conforma- es impulsado por el desarrollo convergente, multidisciplinario, de
fuerzas productivas de enorme potencia y constituye la base material de un cambio
paradigmático, que más temprano que tarde, modificará la forma y entidad en que los
seres humanos conocemos, comunicamos y nos relacionamos y, por consiguiente, de
las estructuras sociales que dan sustento a las actuales maneras de hacerlo.

En la emergente sociedad, el análisis lingüístico-cultural y el reconocimiento de las


fuentes de poder que lo significan permiten estar concientes de los sentidos que el
poder le da a lo que comunicamos y posibilita una visión crítica de lo que creemos es la
realidad, ambos factores de enorme relevancia para un mejor ajuste de las personas al
nuevo entorno productivo.
La Sociedad de la Información y del Conocimiento es un modo de producción respecto
del cual hay colectivos humanos más o menos preparados, tanto en las naciones
desarrolladas, que se encuentran en la vanguardia del proceso de producción “duro” y
“blando” de las NTIC, (EE.UU., Japón o Europa), así como en naciones en desarrollo
que, estando a la zaga en materia de creación de “hardware” se han integrado al uso
más o menos masivo y habitual de estas tecnologías y que comienzan a desarrollar sus
propios programas exportables hacia America latina, Asia y Oceanía, e incluso a las
naciones de punta.

En la naciente sociedad mundial, intensiva en conocimiento más que en capital y hasta


en tecnología, la innovación y la creatividad son a-tópicas y pueden surgir desde los
más variados puntos del globo. El costo de transacción del conocimiento se abarata
tanto como las telecomunicaciones internacionales y un software o idea con valor se
puede exportar a través de las carreteras de la información que abarcan gran parte del
planeta. Pero artefactos digitales y carreteras de la información son apenas “palas” y
“correas transportadoras” del proceso: el producto de la nueva sociedad por
antonomasia es el conocimiento, y su “container”, el lenguaje y la comunicación eficaz.

Para los nuevos trabajadores de la información y las comunicaciones, el considerar el


conjunto de dificultades analizadas puede implicar la idea de una escasa operatividad
del lenguaje en el mundo, para focalizar su funcionalidad en el poder: las razones
epilingüísticas arrastran así a las comunicaciones hacia la ciencia política, la sociología,
antropología y psicología. He aquí, también, uno de los nudos giordanos para las
comunicaciones en Educación como “enseñanza”, y el desafío que enfrentarán (o están
enfrentando) desde las nuevas exigencias del “aprendizaje”. Los malos resultados en
las diversas pruebas de calidad de la educación en Chile muestran las consecuencias
de esta incomprensión del problema.

En efecto, dada la inevitabilidad del avance de las fuerzas de la producción para


enfrentar necesidades vitales crecientes de los más de 6,5 mil millones de habitantes
que pueblan actualmente la Tierra y de los alrededor de 9 mil millones que lo harán el
2050, las concepciones de conocimiento y Escuela, en lo sucesivo, deberán
reformularse para ajustarlas a las exigencias que vienen y preparar personas con las
competencias requeridas, no obstante los nuevos centros de poder que naturalmente
intentarán significarla. En efecto, la historia muestra que en la evolución del
conocimiento y, paradojalmente, su estabilización y hasta su estancamiento, la
educación institucional monopolizada por poderes en sus diversas formas ha tenido un
enorme impacto.

En Chile, los esfuerzos de los últimos años por parte de la comunidad y los sucesivos
gobiernos en este ámbito han apuntado a detectar las razones profundas que
explicarían el retraso y malos resultados de un área social a la que, por lo demás, se le
han más que triplicado los recursos. Las regularidades expuestas por esas
investigaciones reiteran diagnósticos históricos: falta de financiamiento, brecha social,
calidad de profesores y desajustes curriculares, mientras que las soluciones apuntan,
por inercia cognitiva (e intereses de los actores del sistema) a más recursos financieros
y de infraestructura. Si bien no se puede criticar la aplicación de tales remedios –más
vale algo que nada- la relación entre esfuerzos y resultados ha sido desalentadora.

Las inercias cognitivas que envuelven estos diagnósticos tienden a interpretar como
“anomalías”, frente al paradigma “educacional industrial”, los excelentes puntajes
conseguidos por algunos alumnos de sectores en alto riesgo social, sin sacar provecho
de los factores que las explican.

El discurso social acerca del tema recién comienza a integrar la evidencia de que la
revolución de las NTIC implica un cambio de paradigma desde una visión “industrial”
de la educación, a una de carácter “personalizada” y que la comunicación de
conocimientos es un trabajo casi, caso a caso, que se debe realizar de modo flexible y
según las distintas capacidades e inteligencias de los educandos (Gardner-1943-)1, sus
intereses, vocaciones y aptitudes para desarrollar competencias, más que para
“inyectar” conocimientos que hemos considerado necesarios para su posterior
desenvolvimiento en el mundo del trabajo. Tales avances, además, parecen indicar la
necesidad de la conjunción de esas inteligencias para el desarrollo de un conocimiento
más holístico.

Sin embargo, tanto protagonistas del sistema (excepción hecha de los alumnos), como
especialistas y políticos, continúan con investigaciones y programas que eternizan sus
perspectivas ideológicas, inadvertidamente contenidas en sus hablas, porque su

1 Howard Gardner y su equipo de la Universidad Harvard han identificado ocho tipos distintos: Inteligencia
lingüística, que usa ambos hemisferios; lógica-matemática, hemisferio izquierdo; espacial, modelo mental
del mundo en tres dimensiones; musical, corporal-cinestésica; intrapersonal; naturalista que estudia la
naturaleza, organiza, clasifica y ordena.
discurso –y consistencia lógica- les impide la observación de las nuevas fuerzas que
están operando en las relaciones sociales. Y para dar un mayor sabor científico a las
pruebas, para hacer fuerte y coherentes las justificaciones de un software lingüístico
que cruje ante las evidencias emergentes, se recurre al lenguaje de la certeza: las
estadísticas y las matemáticas, lenguajes que como hemos visto, son tan proclives a
transportar ideología como el natural.

A esta altura del desarrollo humano –y la Sociedad de la Información y del


Conocimiento se encargará de confirmarlo-, las formas de educación y currículos
industrialmente asentados ya no determinan las posteriores experiencias más o menos
exitosas en la acción del educando en su entorno. La enseñanza masiva recibida podrá
ser o no elemento clave para un buen desempeño en el mundo –hay evidencias en
ambas direcciones-, pero aquella, por si misma, no asegurará su éxito. Por evidentes
razones –y hoy más que nunca- la persona estará obligada a seguir aprendiendo
durante toda la vida, y mediante lengua y razón, instrumentos del conocimiento,
solucionar de modo apriorístico problemas con que “la cosa en sí” la desafíe, gracias a
que sabe manejar la información ad hoc a sus requerimientos de entorno.

No es que se promueva desde aquí la desaparición del actual modo de enseñar de la


Escuela (en todos sus niveles) ni de sus currículos básicos, indispensables para la
incorporación de ulteriores conocimientos más complejos que posibilitan el manejo de
la información específica a la que quedará expuesto el educando en sus futuros
entornos laborales. Pero es evidente que las competencias cognitivas necesarias para
establecer una relación productiva eficiente y eficaz con el nuevo entorno económico
social han ido cambiando sostenidamente con arreglo al desarrollo de las NTIC; y para
un buen desempeño en la Sociedad de la Información y del Conocimiento, las
habilidades requeridas son distintas a las que se exigían en pleno desarrollo de la
sociedad industrial.