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50 años en el camino

Publicado en periódico La Jornada, México


Por Elidio La Torre Lagares

El cilindro de papel se desenrollaba desde el filo de la vieja maquinilla


y caía como una sumisa y amarillenta lengua, cuando el escritor,
abatido y borracho, comenzaba a pulsar las teclas —el cuerpo se
deshacía lentamente en palabras, el alma trasmigraba en letras, el
escritor emprendía un viaje en largas oraciones, construyendo pasajes
ininterrumpidos y al ritmo del jazz—. Las oraciones se extendían como
fraseos sincopados, las inflexiones sonoras de las palabras modulaban
en su mente como una montaña rusa de notas musicales —la prosa
indómita, libre, instintiva—. Y por tres semanas consecutivas, tomando
descansos esporádicos, Jack Kerouac mecanografió en tiempo de
bebop un mandala viático hasta caer rendido ante el imperioso
pergamino que marcaría su vida y del cual se extraería la novela que
cambió la manera de entender la literatura moderna: «En el camino».

A cincuenta años de su publicación, hoy leemos la obra como el


evangelio de toda una generación de seres desposeídos y
desbancados, la llamada Generación Beat, distinguida principalmente
por las figuras de Kerouac, el poeta Allen Ginsberg y el novelista
William S. Burroughs. Los Beats surgieron como resistencia literaria al
sugerir una nueva manera de decir la palabra, liberada de los
formalismos tradicionales que mantenían a la literatura secuestrada en
las aulas académicas. La propuesta pronto cobró dimensiones de más
amplio alcance, al rebasar el ámbito literario para convertirse en todo
un movimiento cultural.

La filosofía vital del grupo era la suma de un conjunto de actitudes y


posturas que predicaban la descentralización de las diversas instancias
de poder presentes en la sociedad, particularmente aquellas de índole
político, religioso y, sobre todo, académico. Así, por ejemplo, insistían
en que los Estados Unidos habían traicionado los ideales democráticos
que dieron origen al país; que el acceso a Dios era libre, personal y
multiforme; y que la literatura debía volver a donde pertenecía: a la
gente. Bajo este pluralismo liberador se cobijaron directores de cine,
artistas plásticos, pensadores y músicos, así como los marginados de
la ciudad.

Kerouac, nacido el 12 de marzo de 1922 en Lowell, Massachusetts,


negaba los signos asociados con la clase media y con la complaciente
sociedad de consumo. Su mantra era “primer pensamiento: el mejor
pensamiento”, por lo que rechazaba el proceso de revisión y
reescritura en su trabajo, y privilegiaba la espontaneidad y la
improvisación como expresiones genuinas del ser. “Eres un genio todo
el tiempo”, predicaba. “Enamórate de tu vida”, añadía. El Rey de los
Beats, como le llamaban, logró dar con sus novelas cierto sentido de
pertenencia a toda una generación de poetas y narradores que
emergieron como los protagonistas del primer movimiento literario que
tuvo repercusiones insondables más allá de los libros.

Kerouac ha sido acusado de delincuente nihilista, pero, en el fondo, se


trata del gestor de toda una revolución cultural. Su llamada “visión
indecible” de la vida encontró forma y manifestación en otra vertiente
artística que surgía paralelamente a su propuesta y la cual llegó a
hacer suya: el jazz bebop.

El tiempo de jazz

Para la década de los 40, cuando Kerouac apenas conocía a Ginsberg y


a Burroughs en las aulas de la Universidad de Columbia, unos jóvenes
músicos de nombres Miles Davis, Charlie Parker y Dizzy Gillespie ya se
daban cita en los clubes subterráneos como el Red Drum, Minton's y
The Open Door, localizados en la seminal Calle 52 de Nueva York.
Estos músicos se prestaban a la ejecución de una innovadora
modalidad de jazz que se olvidaba de los arreglos clásicos y reclamaba
la improvisación. Contrario a las bandas de swing, tocaban en combos
pequeños de cuatro o cinco músicos. Musicalmente, buscaban la
vuelta a la raíz primigenia del género, un regreso al comienzo de todo.
Le llamaban jazz bebop y, muy pronto, de revuelta musical se tornó en
un estilo de vida.

Para principios del siglo XX, los negros libertos del sur de los Estados
Unidos inventaron el ritmo del ragtime, descendiente directo del blues.
Era un ritmo acelerado, ejecutado en fraseos improvisados y extensos,
estilo popularizado, entre otros, por Scott Joplin, ancestro del jazz
moderno. El carácter único e irrepetible que distinguía a este nuevo
ritmo dotó al género de un hálito de instinto y libertad de expresión.
Para los años 20, el jazz fue la banda sonora de la llamada Generación
Perdida, dados los sentimientos de desolación y vacío que dejara la
Primera Guerra Mundial. El ritmo proveía una alternativa de escapismo
a una realidad que de pronto se desnudaba en fragilidad e inevitable
fugacidad ante los horrores de la estupidez humana. Así, el jazz se
dispersa como fuerza dominante por Chicago, Kansas City y Nueva
York hasta convertirse en el popular ritmo de swing de los 30. Es
durante estos años que el jazz reclama su dominio internacional con
las bandas de Louis Armstrong, Benny Goodman, Count Basie y Duke
Ellington.

No obstante, el rasgo conjurador del jazz había sido suprimido por la


cultura hegemónica hasta amortiguar su cualidad más significativa,
que era la improvisación. Los nuevos exponentes del bop de los 40
deseaban rescatar, precisamente, la espontaneidad en la ejecución
musical. Kerouac encontró en el bop toda una filosofía de vida, un Zen
para llevar a todas partes y que se levantaba desde todos lados. La
vida era, a bien decir, un jazz.

Entonces, llegó el tiempo de Miles, Bird y Dizzy.

En respuesta al régimen musical establecido, el nuevo estilo de jazz


bop proponía, como construcción musical, el contrapunto, el
contratiempo y la velocidad.

Era una postura sin igual en contra de la complacencia y el


apaciguamiento.
Kerouac vio posibilidad en el nuevo ritmo musical. Contrapunto,
contratiempo y velocidad.

Los rasgos primordiales de ‘En el camino’.

El jazz de la generación Beat

El bop, para Kerouac, constituía una expresión de libertad y una


libertad de expresión sin igual. El jazz pasó a ser código y referente en
la vida del escritor. Así, Kerouac, cuyo primer idioma era el francés, no
el inglés, tuvo oído suficiente para el lenguaje del jazz, de donde tomó
la palabra ‘beat’, que para los jazzistas era el pulso del acento rítmico
sobre el cual improvisaban, y a la cual el novelista le adjudicó nuevas
connotaciones al proclamar que su generación era una “Generación
Beat”, tanto para significar “abatido, despreciado y maltrecho” (como
en ‘beat down’) como para expresar lo “beatífico”.

Kerouac encontró en el jazz moderno “algo rebelde e innombrable”


que hablaba por él. No era simplemente un asunto de gusto por un
género musical que dialogaba en diversas maneras con el movimiento
literario; se trataba de toda una actitud hacia la existencia, una
manera de caminar, un lenguaje y una forma de representarse ante el
mundo en ese acto performático diario en que incurrimos todos y que
llamamos vivir.

Los puntos afines eran variados. Si Kerouac y los Beats en principio


fueron rechazados por albergar una postura ecuménica (fundían
budismo zen, misticismo, gnosticismo y otras religiones alternativas),
por su apertura social (acogían en el seno del movimiento a los
sectores menos privilegiados de la sociedad) y por su libertad de
palabra (creían en la riqueza léxica y su expresión sin censuras), el
jazz bop encontró cierta resistencia cultural desde los frentes de la
crítica musical, que era dominada por blancos. Era de esperarse que el
jazz bop fuese denunciado por considerársele muy estridente, caótico
y poco civilizado. Además de ser estimado como poco accesible, el jazz
bop desfasaba como la antítesis de la modernidad: subversivo ante los
paradigmas de razón, lógica y orden imperantes en el proyecto del
raciocinio.

Había, por tanto, puntos de encuentro en las enunciaciones


contradiscursivas con que se manifestaban, separadamente, el jazz y
la literatura de los Beats. Ciertamente, el bop prestaba importancia a
la música tradicional africana (que acentúa el segundo y cuarto
tiempos) y se oponía a la construcción musical occidental (que acentúa
el primer y tercer tiempos). El jazz se formaba como la auténtica
música estadounidense, de la misma manera que los Beats se
convertían en la primera literatura que profesaba el verdadero ideal de
pluralidad americana. De esta manera, se suscita un efecto de sinergia
sin precedente en la historia de la literatura: la figura de músicos como
influencia patente en el desarrollo de un cuerpo literario.

Fue Kerouac quien notó que, ante la impermanencia de la experiencia,


la vida quedaba planteada como un proceso dinámico y en constante
movimiento, como en los fraseos del jazz.

Prosa Bop
Kerouac no sólo aspiraba a reproducir el estilo de vida de los grandes
jazzistas, sino que aplicó las ideas constituyentes del jazz bop a su
escritura en un estilo que llamó “prosa bop”. Las largas oraciones en
fluir de conciencia y párrafos interminables y desposeídos de rigores
gramaticales, excepto por el ocasional guión largo, revolucionaron la
prosa estadounidense con la publicación de la novela experimental ‘En
el camino’.

Publicada en el 1957, luego de cinco años de preparación editorial, la


novela provocó un impacto inmediato crítica y popularmente. Su éxito
se consolidó desde el día de su lanzamiento, cuando Gilbert Millstein,
de The New York Times, dijo que la publicación de la segunda novela
de Kerouac era “un momento histórico” y testamento generacional de
toda una época. ‘En el camino’ le ganó a Kerouac notoriedad y fama
instantáneas. Su vida misma, de acuerdo con Jack Chambers, biógrafo
de Miles Davis, se tornó en una especie de jazz rimbaudiano y
frecuentemente se presentaba en lecturas de su obra en el Village
Vanguard, acompañado de bandas de jazz, junto a conocidos músicos
como Zoot Sims, Al Cohn y Bruce Moore, con quienes el novelista no
sólo grabó discos, sino que era amigo particular de ellos.

La presencia del jazz en ‘En el camino’ no se limita a la forma o el


ordenamiento del discurso narrativo, sino que también es parte de la
historia misma. Como en el solo de jazz, la mejor prosa bop de Kerouac
alcanza climáticos momentos de extático frenesí. Es, literalmente, una
elevación a un nivel de existencia más alto, sea trascendencia al todo
o desvanecimiento en la nada. Es un momento de iluminación, en el
sentido del Buda. Llegar al elusivo Cielo o al inaprensible Nirvana que
constantemente se buscan en la novela, que se encuentran, pero que,
ante la transitoriedad de todo, se pierden. En ese sentido, el jazz
comprende un viaje espiritual, una búsqueda de sentido en la vida,
como se desprende en el siguiente pasaje:

“Siempre hay algo más, un poco más, la cosa nunca se termina. [Los
músicos] intentaron encontrar frases nuevas…; hacían grandes
esfuerzos. Se retorcieron y angustiaron y soplaron. De vez en cuando,
un grito armónico, limpio, proporcionaba nuevas sugerencias a un
tema que quería ser el único tema del mundo y que haría que las
almas de los hombres saltaran de alegría. Lo encontraban, lo perdían,
hacían esfuerzos buscándolo, volvían a encontrarlo, se reían, gemían…
y Dean sudando en la mesa y diciéndoles que siguieran, que
siguieran”.

El jazz se convertiría en mantra o canto védico en una novela que


partía, literalmente, hacia un peregrinaje en búsqueda de sentido en
un mundo que ya lo había perdido.

El sentido de movimiento

En ‘En el camino’, el personaje principal, Salvatore Paradise, el álter


ego de Kerouac, huye de las fauces de la América corporativa. Durante
los 50, y como política de posguerra en los Estados Unidos, el
presidente Dwight Eisenhower alentó una economía civil entre la clase
media que fomentaba el éxodo desde los espacios de la ciudad hacia
los suburbios. El nuevo estilo de vida reclamaba una nueva
dependencia de artículos de consumo que hicieran la vida más
llevadera lejos de los centros urbanos. Son los tiempos de los
electrodomésticos y de las cenas congeladas que se consumían en las
salas de la casa frente al televisor.

La experiencia fue escindida. La vida profesional comenzó, como


notara Walter Benjamin en sus estudios sobre el París decimonónico, a
separarse de los espacios íntimos, como si se tratara de un
desdoblamiento de personalidades. Se trabajaba en la ciudad, pero se
vivía en las afueras. Y, por supuesto, el automóvil, ese gran signo de
progreso e industrialización, se tornó en necesidad. La ciudad,
entonces, se quedó para los que no podían sustentar el cambio de
estilo de vida. Fue durante este tiempo que las primeras oleadas de
emigrantes puertorriqueños saldrían de la Isla, destinadas a crear
espacios alternos dentro de ciudades como Nueva York.

Sin embargo, Kerouac requería de un contexto para lo que el llamaría


su “visión indecible”. Rechazando los confinamientos espaciales de la
ciudad, Kerouac se lanza a la aventura del camino. En este contexto, si
bien el jazz era la música sacra, la purgación sobrevenía en la
experiencia directa del camino.
Indudablemente, la metáfora del camino tiene diversas connotaciones
espirituales. Salvatore Paradise (“salvar el Paraíso”) es, en este
sentido, un personaje que busca dirección en su vida y se siente
perdido en el mundo que le rodea. Su maestro o gurú (algo de la figura
paterna perdida, tal vez) será Dean Moriarty, personaje que representa
a Neil Cassady, compañero de viajes de Kerouac y a su vez el
antihéroe rebelde -pariente del Ahab de Melville, el Magua de
Fenimore Cooper y hasta del Gatsby de Fitzgerald- que inspiraría las
travesías a través de Norteamérica. Juntos, en la novela, partirán en un
peregrinaje que va desde la ciudad de Nueva York hasta San Francisco,
pero que, alegóricamente, en la cuarta parte del libro, termina en
México, donde los protagonistas alcanzan la plenitud lumínica que
tanto buscan. América Latina, parece sugerir Kerouac, es la salvación
de nuestro futuro.

Pese a que ocasionalmente Dean y Sal hurtan uno que otro automóvil,
la ruta es mayormente realizada pidiendo pon o saltando en trenes. Es,
opuesto a mantenerse sedentario frente al televisor, una manera de
expresar la vida a través del sentido de movimiento.

El legado

La travesía de Kerouac queda inscrita en el imaginario colectivo


estadounidense como metáfora de búsqueda del desvanecido sueño
americano. La manera particular de recorrer el continente se convierte
entonces, a partir de la novela, en estilo de vida. De esta manera, se
perpetúa una de las arterias principales por donde fluye el relato: la
famosa Ruta 66.
Después de ‘En el camino’, Kerouac no sólo transmutó de figura de
contracultura a icono pop, sino que el jazz entró a las corrientes
principales de música estadounidense, hasta llegar al sitial que ocupa
hoy como género definitivo y predecesor cultural del hip-hop de
nuestros días. Comenzaron a surgir fiestas Beatniks en todo
Hollywood, donde cualquiera con apariencia de bohemio era
bienvenido para “adornar” el espacio. El aspecto rebelde de los Beats
fue absorbido por las corrientes principales en la cultura y se convirtió
en tendencia, moda, puro estilo sin nada de esencia.

No obstante, Kerouac fue catalítico en figuras como Bob Dylan, quien


admite que encontró su vocación de poeta y trovador luego de leer ‘En
el camino’. Los Beatles extrajeron su nombre del monosílabo que
nombra el movimiento (Beat). La cultura Beat quedó retratada en el
cine con la película ‘The Wild One’, con Marlon Brando. Toda una
contracultura emergió alrededor de la experiencia en la carretera y
llegó ‘Easy Rider’, con Peter Fonda y Dennis Hopper. Elvis Presley y
James Dean adoptaron el discurso de la contracultura, retomado más
tarde en los 70 con ‘Grease’ y el ‘look’ Dean Moriarty. Grupos como
The Doors, 10,000 Maniacs y The Grateful Dead le han rendido tributo.

Literariamente, Kerouac ayudó a soltar el lenguaje poético y de pronto


la palabra hablada, la palabra recitada o cantada, tomaba nuevos
escenarios, como el Nuyorican's Poets Café en el Lower East Side.
Asimismo, toda la cultura Beat, su prédica de liberación sexual y la
experimentación con formas alternas de liberación de la conciencia
implosionaron en la cultura hippie de los años 60. La marginación
ganaba su espacio público y, de pronto, la mujer podía relatar su
experiencia, los gays enunciaban su mundo con libertad, los negros se
encontraban como fuerza cultural primigenia, los hispanos podían
alternar los códigos y, de pronto, el mundo era multiplicidad y
pluralidad.

‘En el camino’ fue mucho más que un experimento con prosa


narrativa. Durante cincuenta años, ha prevalecido como símbolo de la
eterna e incansable búsqueda por la libertad y la integración con la
vida.

Su impacto aún es ineluctable.

‘En el camino’, aunque le miremos con la extrañeza con que miramos


las revoluciones muertas, sigue siendo, de un modo o de otro, todo lo
que somos hoy.

XXX