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La muerte llega/ se sienta/ se sirve de mi whiskey/ enciende un cigarrillo/ te lo dije,

Elidio La Torre Lagares, dice/ para alcanzarte no hacen falta brazos/ estás hecho de
tierra, mar/ y olvido…
Elidio La Torre Lagares

Dicen que Dios nos hizo a su imagen y semejanza. No es cierto: Dios -afirman también-
es perfecto, eterno. Nosotros tenemos defectos. En el alma y en el cuerpo. Estamos llenos
de abismos, nos ponemos viejos y algún día morimos. Son vicios de construcción… así
venimos, sin posibilidad alguna de reclamo, condenados desde los planos, desde el
vientre… y aun antes, por esas incongruencias que unos explican a través de la fe -con el
endoso de sus dudas a Dios- y otros aceptan simplemente como parte del gran libreto de
la Creación.

Pese a esa realidad incuestionable, pasamos la vida tratando de re-construirnos, de


cincelarnos una memoria, de inventarnos una historia para poblarla de recuerdos,
quehacer en el que la poesía es -para algunos- la piedra de toque para edificar esa noción
de trascendencia, como lo ha sido para Elidio La Torre Lagares a través de sus Vicios de
construcción, libro que acaba de publicar con la editorial Terranova y que fuese
presentado el pasado viernes en la librería Borders de Plaza Las Américas.

¿Su génesis? El deseo supremo de escribir un poemario para él, con la intención
fundamental de darse el placer, sin subordinarlo a otras consideraciones. “Quería regresar
a la poesía, simplemente”, dice Elidio mientras se echa hacia atrás el sombrero de ala
corta que parece haberle hurtado al hombre del paraguas de Magritte que observa Hato
Rey desde la portada del libro. “Para mí, la poesía es lo más cercano a la evocación de la
memoria… un camino en dos sentidos y lo que mejor nos acerca a la manera de explicar
el mundo. El lenguaje nombra algo para poder reconocerlo y yo, con la poesía, intento
hacer lo mismo y recobrar esa memoria de la realidad que se va deshaciendo en el
camino”.

“Vicios de construcción es un poemario de madurez, un libro que nació de manera


consciente… es también un poemario enteramente mío... en esencia, quería un poemario
que me complaciera primero a mí”.

Con un quehacer como escritor que sigue un cauce paralelo a sus oficios como editor (de
Terranova) y profesor de literatura y de creación literaria, Elidio señala que al cabo de
varios años de realizar estas tareas, se ha visto expuesto a infinidad de textos de otros y
que de alguna manera eso ha afianzado su centro como poeta y narrador.

“Creo que ya puedo hablar de un proyecto literario con mis libros”, señala. “He
aprendido a respetar la poesía en su valor mínimo, en su unidad, en la economía de
palabras… siento que ahora me acerco a ella con una nueva vida. Vicios de construcción
es un poemario de madurez, un libro que nació de manera consciente… es también un
poemario enteramente mío, desprovisto de tendencias y sin haberlo subordinado a lo que
puedan decir de él quienes lo lean. En esencia, quería un poemario que me complaciera
primero a mí. Asimismo, en estos poemas admito mis influencias literarias, con un
regreso a la poesía estadounidense de la primera parte del siglo XX. Dejé que esas
lecturas afloraran, a pesar de que en el pasado me han acusado de que no soy muy
hispanista en mis lecturas. No luché contra eso… hay un ejercicio de escritura, consciente
de esa tradición”.

Para salvar el abismo

En lo que atañe a la entraña de los poemas que dan sustancia a Vicios de construcción, el
autor apunta que en ellos hay un juego entre la vida, el amor, la memoria y la muerte, con
una larga y constante reflexión sobre el pasado. “Hay quienes dicen que el pasado no
existe y otros, como Saramago, afirman que el pasado es lo único que existe”, reflexiona
el poeta. “Venimos de un proceso de formación que viene de lo que fuimos… estamos
hechos de pasado y ahí es donde reside el valor de la memoria y de la imagen poética
como evocación de esa memoria. Intento retratar la memoria en palabras y creo que ése
es el sentido de este libro: la imagen como memoria y ésta como experiencia que nos
define”.

Al aceptar que hay algo contradictorio en hacer una evocación que nace de la vida
mientras que es la vida misma la que nos acerca a la muerte, Elidio recuerda a Lezama
Lima, quien decía que “somos seres discontinuos en el tiempo y requerimos de la poesía
para insertarnos de vuelta en ese tiempo, aunque sea temporalmente”. “Esa idea es la que
nos hace salvar el abismo que existe entre lo que desconocemos y lo que intentamos y
deseamos”, acota. “Este tipo de reflexión la hago en la poesía, nunca en la narrativa,
donde sólo me ocupo de contar.”

Resulta evidente que la textura de Vicios de construcción es bastante coloquial, con un


lenguaje sencillo y directo, sin la retórica ni el malabarismo verbal tan comunes en
muchos de los poetas contemporáneos. En esencia, es una poesía muy rulfiana en cuanto
a la simpleza y la economía del lenguaje. “Para mí, el ciclo se completa cuando el lector
lee el poema y se siente en él de alguna manera”, asevera. “Cuando eso no sucede, para
ese lector simplemente ahí no hubo poesía”.

En su origen, este libro estuvo concebido como una parodia de poemas canónicos de la
literatura estadounidense, pero nada quedó de eso porque, poco a poco, las voces que
dictaron sus poemas a Elidio convirtieron en simples fantasmas a aquellos poetas
muertos.

Sin embargo, al libro le faltaba cierta urgencia -según aseguró al poeta el crítico peruano
Julio Ortega- y no precisamente la de un plazo de publicación. La vida le dio a Elidio esa
urgencia: la noticia de la enfermedad de Rosa María Lagares, su madre y a quien le
dedica la obra. “Eso impregnó entonces el tono del libro y encontré unidad y una voz que
me permitió establecer un diálogo con la muerte… la muerte siempre ha estado cerca de
mí por diversas razones y siento que finalmente he podido hablar con ella de frente”,
asevera.
Con “Óbito” como título original -descartado luego por ser un tanto “lúgubre”- el libro
adquirió el que lo acompañará hasta el fin de los días a partir de una anécdota de Elidio
con doña Gabina, su abuela materna -mujer sabia como sólo suelen serlo los abuelos-
quien le regaló un paraguas para celebrar su ingreso a la universidad, con el consejo de
que “nunca nadie debe andar sin uno porque nunca se sabe cuándo va a llover”. “Un día
fui a visitarla y me senté en la sala… al rato comenzó a llover y del techo una gotera
comenzó a caer sobre mi cabeza. ‘Siempre caen goteras en uno… son vicios de
construcción’, me dijo. Esa frase se quedó conmigo y ahora es del libro”.

-Elidio, morimos porque tenemos “vicios de construcción”… en el ejercicio de escribir


este libro. ¿te reconciliaste con la idea de la muerte y con la certeza de nuestra
incuestionable finitud?

-Sí… y la imagen de los vicios de construcción también tiene que ver con la construcción
del “yo”, de los que somos con defectos y virtudes, con esos espacios de soledad, con
amarse en una ciudad que te devora y que, a la vez, tú devoras en una relación medio
sadomasoquista con ese cuerpo metafórico. Por lo que respecta a la muerte, creo que uno
nunca está del todo preparado para eso, pero siento que ya la asumo como algo
inevitable, como algo que va a llegar en algún momento. En este poemario miro hacia
atrás, pero sin melancolía ni desconsuelo, sino como un reconocimiento de lo vivido y en
un plan de reconciliación para seguir adelante y afrontar lo que cada día traiga.

El libro concluye con una “sentida nota de duelo”:

Ha fallecido sentado entre sus poemas


Elidio La Torre Lagares
(1965-1987; 1987-1991; 1991-1996; 1996-2007)
Le sobreviven su esposa Ana Ivelisse,
su hija Sophia Angélica
y unos cuantos versos inconclusos.
El amigo Elidio será cremado y esparcido en el aire,
donde siempre vivió, de todas formas.
De sus amigos, sólo quedo yo, R.J.,
a quien el fenecido ha visitado
a pocas horas de su deceso,
y me ha encomendado informarles
que, aunque se ha ido,
lo encontrarán en la tierra que pisan;
o para comunicación directa,
busquen en el destello que se asoma como estrella lejana,
ahí, entre las palmeras de pestañas en la mirada de su hija.

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