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EDITORIAL |

DOMINGO 23 DE MARZO DE 2008 | El Siglo de TorreÛn | 7A

EDITORIAL | DOMINGO 23 DE MARZO DE 2008 | El Siglo de TorreÛn | 7A

Competitividad

L a política es un componente inhe- rente a toda actividad humana y la competitividad de una empresa

o de un país no es excepción. En este

sentido, es imposible separar la políti- ca del conjunto de decisiones y realida- des que determinan la capacidad com- petitiva de una empresa o las condicio- nes que hacen posible atraer nueva in-

versión. La política es un instrumento que la humanidad se ha dado para con- ciliar diferencias, resolver conflictos y avanzar proyectos, pero con gran faci- lidad puede servir para exactamente lo contrario: generar diferendos y parali- zar a una sociedad. La diferencia reside en las institu- ciones que norman la vida política y los incentivos que motivan las decisiones de los actores políticos. Por años, Mé- xico se ha visto impedido para avanzar un proyecto conducente a una mayor competitividad porque eso es lo pre- mian los incentivos prevalecientes. La política es un espacio en el que se conjugan voluntades y se confrontan ideas, intereses y proyectos de todo ti- po. La política funciona dentro de los parámetros que establecen las institu- ciones, tanto las formales como las in- formales, con que cuenta cada sociedad. Dentro de esos marcos, los políti- cos actúan, negocian, deciden y condu- cen los destinos de una sociedad. Pero, en lo fundamental, los políticos no son autónomos: responden ante los estímu- los que emanan de sus bases políticas, de los grupos o partidos con los que compiten y de los beneficios o costos que un determinado modo de actuar o decidir les podría representar. De esta manera, cuando las normas

y preferencias sociales propician la to-

ma de decisiones, la discusión de nue- vos paradigmas y la asunción de ries- gos, los políticos avanzarán nuevos proyectos y estarán dispuestos a pro- bar opciones que en otras condiciones podrían parecer disonantes. Por el contrario, si esas mismas normas y preferencias sociales tienden a pre- miar la inacción o castigan la asunción

de riesgos, los políticos responderán de

la manera más conservadora posible.

Aunque todas las sociedades tie- nen preferencias históricas respecto a los riesgos que están dispuestas a asu-

LUIS RUBIO

Para elevar su tasa de crecimiento, una economía requiere emprender diversas reformas que pueden ser del tipo de las que se han discutido en México por años o de distinta naturaleza, pero el hecho de reformar entraña decisiones y acciones políticas porque, en su esencia, una reforma implica una afectación de intereses y, por lo tanto, una alteración del statu quo. Es decir, una reforma entraña ganadores y perdedores; si la reforma está debidamente concebida e instrumentada (algo que no ha sido frecuente en nuestro país), los ganadores serían tantos más que los perdedores, que el resultado brillaría en la forma de amplios beneficios sociales.

mir, hay periodos que propician actitu- des más conservadoras, en tanto que otros producen el resultado opuesto. En algunas ocasiones, un liderazgo efi- caz puede provocar grandes cambios y transformaciones en una sociedad tra- dicional y conservadora, y viceversa:

aun en sociedades acostumbradas a procesos constantes de cambio, hay momentos y circunstancias que limitan o impiden el ejercicio eficaz del poder. En nuestro caso, la sociedad mexi- cana se ha tornado crecientemente conservadora en el sentido de propi- ciar cambios y asumir riesgos que po- drían incrementar los niveles de pro- ductividad, atraer más inversión y ge- nerar tasas elevadas de crecimiento económico. La pregunta es por qué. De entrada, uno supondría que una mayor tasa de crecimiento econó- mico sería aplaudida por toda la pobla- ción porque, aun en sociedades y econo- mías burocratizadas y escleróticas co- mo la nuestra, el crecimiento de la eco- nomía permite romper paradigmas, penetrar feudos y cambiar el statu quo. Sin embargo, aunque todo mundo clama por mayores tasas de creci- miento, es evidente que en los últimos años han sido mucho más poderosas las fuerzas que se oponen a los cam- bios y reformas que podrían propiciar ese crecimiento que aquellas que es- tán dispuestas a promoverlo. Para elevar su tasa de crecimiento, una economía requiere emprender di- versas reformas que pueden ser del ti- po de las que se han discutido en Méxi- co por años o de distinta naturaleza, pe- ro el hecho de reformar entraña decisio-

nes y acciones políticas porque, en su esencia, una reforma implica una afec- tación de intereses y, por lo tanto, una alteración del statu quo. Es decir, una reforma entraña ganadores y perdedo- res; si la reforma está debidamente con- cebida e instrumentada (algo que no ha sido frecuente en nuestro país), los ga- nadores serían tantos más que los per- dedores, que el resultado brillaría en la forma de amplios beneficios sociales. Por su parte, los intereses que se benefician del statu quo harán hasta lo imposible por impedir que se lleven a cabo cambios que los afecten. Lo pecu- liar en México es que con gran frecuen- cia la población apoya y sustenta los in- tereses de esos grupos a pesar de que, desde un punto de vista analítico, pare- cería que no actúan en su mejor interés. Como se decía al inicio, los políti- cos responden ante los estímulos que enfrentan. Dada la estructura política de nuestro país y la poca representa- tividad social que caracteriza a nues- tros partidos y políticos, la política mexicana tiende a propiciar la sobre- rrepresentación de los grupos de inte- rés más poderosos, igual los de carác- ter político-burocrático que sindical y empresarial, todo lo cual favorece al statu quo. Esta situación se explica por diversas circunstancias entre las que sobresale: la ausencia de reelec- ción, la peculiar naturaleza del siste- ma de representación proporcional y la fortaleza de diversos grupos de in- terés –como sindicatos, grupos infor- males, pero unidos por un propósito o ideología común- que guardan amplia cercanía con partidos o grupos políti-

GUAYO
GUAYO

cos dentro de los propios partidos. Pero lo interesante, y quizá el ma- yor desafío político que enfrenta el país para elevar sus niveles de produc- tividad y con ello una mayor tasa de crecimiento de la economía, es que, en general, la sociedad no percibe benefi- cios de una eventual alteración en el statu quo. Es decir, en términos gene- rales y de manera implícita, la pobla- ción mexicana ha llegado a la conclu- sión de que un mayor crecimiento de la economía sólo beneficiaría a los inte- reses más poderosos de la sociedad y, por lo tanto, considera que no vale la pena asumir el costo o los riesgos de promoverlo. Ésa es la razón por la cual la sociedad mexicana vota por la esta-

bilidad y se opone a una transforma- ción o modernización que, en papel, pudiera beneficiarla. Mejor el statu quo que algo todavía peor. La implicación fundamental de es- ta realidad es que una transformación real de la sociedad mexicana sólo es po- sible en la medida en que, por la vía del ejemplo, el Gobierno modifique actitu- des y percepciones. Y el ejemplo no puede ser otro que el del ataque fron- tal a los privilegios e intereses que la sociedad asocia con el poder, el abuso y la inflexibilidad que son el pan de cada día de la política. La competitividad del país mejorará sólo en la medida en que cambie el statu quo y no al revés. www.cidac.org

RELATOS DE ANDAR Y VER

ERNESTO RAMOS COBO

La Soledad

P ara tratar de entender -y hablar- sobre el México de ahora, y nues- tras divergencias, he regresado a

los ensayos de Octavio Paz sobre nuestro país, su cultura e idiosincrasia. En el La- berinto de la Soledad, o en Postdata, des- lumbra no solamente la claridad de Paz, o su precisa erudición, sino la magnitud de su esfuerzo y la amplitud de sus curiosi- dades; sus libros son una descarga de dos martillazos secos sobre el clavo —los jus- tos-, para centrar el cuadro tricolor en la lejana pared del fondo. Las ideas de Paz lúcidas detrás de todo.

Considero que la lectura actual de esas dos obras es clave para intentar en- tender la atávica Soledad pasmosa en la que estamos sumidos, nuestra falta de unión en la definición del rumbo, la au- sencia de consensos en una barca donde cada quien rema para cualquier lado; esencial ahora que pareciere imposible seguir edificando. Entonces, bajo el en- tendido de que somos un país complejo, con un parto traumático y un tejido social desarticulado, es conveniente recurrir a Paz en la búsqueda de las coincidencias que nos arranquen de la indefinición y, que como gran reto, nos permitan cohe- sionar la interacción de las múltiples na- ciones mexicanas, hacia un fortalecimien- to conjunto bajo la misma bandera. Un punto central del Laberinto de la Soledad es la orfandad del mexicano co- mo producto de nuestro proceso históri- co. Toda la historia de México –plantea Paz- desde la Conquista hasta la Revolu- ción, puede verse como “una búsqueda de nosotros mismos, deformados o en- mascarados por instituciones extrañas, y de una Forma que nos exprese”. El re- cuento de la Época Colonial que entierra

y oculta de forma traumática la tradición

precolombina. La Independencia que corta lazos con España. La época de la Reforma que –en palabras de Paz— pro- clama una concepción universal y abs- tracta del hombre, y una “Ruptura con la Madre”, siendo raíz de la orfandad y de la Soledad del mexicano. Así, nuestros sucesivos periodos his- tóricos son, desde la perspectiva de Paz, muestras de esa ruptura, y “tentativas reiteradas para trascender la Soledad”. Son intentos, sin embargo, inundados de mitos, de heridas históricas, de senti- mientos de nostalgia por lo que nos ha si- do arrancado, de ataduras que impiden avanzar con un rumbo uniforme. Son máscaras y traumas nacionales los que

Considero que la lectura actual de esas dos obras es clave para intentar entender la atávica Soledad pasmosa en la que estamos sumidos, nuestra falta de unión en la definición del rumbo, la ausencia de consensos en una barca donde cada quien rema para cualquier lado; esencial ahora que pareciere imposible seguir edificando.

impiden abordar nuestras problemáticas

y generar consensos desde una perspec-

tiva puramente racional y eficientista, co- mo debiera ser, porque al final de cuentas

lo que buscamos es progreso y bienestar,

principalmente reflejado en los bolsillos. Son traumas como la pérdida de la mitad de nuestro territorio, que ahora es heri- da sangrante que impide caminar; o la histórica explotación extranjera de nuestro subsuelo, que hoy no es expe- riencia propositiva para la solución ópti- ma, sino tortura de un pasado que nos desvía hacia el debate patriotero y al golpe de pecho insulso.

Justamente, ese debate actual por nuestros hidrocarburos es paradigma de lo que ahora nos detiene. Esa riqueza en nuestras venas, esa sangre negra in- explorada y ociosa, está detenida por la indefinición sobre nuestra identidad y destino. No es que no sepamos qué ha- cer con el petróleo, porque la respuesta es optimizar sus beneficios, sino que el problema es la conciencia palpable –y la oposición justificada en consecuencia- de que la definición a tomar no será la mejor para todos, porque ésta estará orientada por los intereses de grupo; en su Soledad los grupos se excluyen, y el grupo privilegiado (quien siempre ha te-

nido la iniciativa en sus manos) sólo ac- túa para beneficio propio. Entonces surge el gran reto: impedir las dinámicas de beneficios de grupo, y priorizar aquellas iniciativas que gene- ren beneficios generales. Allí es justo donde Paz cobra mayor vigencia. Porque

el gran reto en nuestras divergencias es

hacer converger nuestras múltiples na- ciones, unificar nuestras metas, y dar cauce a nuestra Soledad. http://ciudadalfabetos.blogspot.com

La peor pesadilla

JORGE ZEPEDA PATTERSON

batalla campal, heridos incluidos. Habría que preguntarse si el PRD no debería recu- rrir a una organización externa para realizar este tipo de comicios. El procedimiento actual supone que su pro- pia “secretaría de gobernación” lleva a cabo la elección interna, lo cual provoca la desconfianza obvia de las

fracciones que no detentan el poder. Y si bien se han de- signado Comités Técnicos para sancionar la elección, parten de la invalidación natural que significa el hecho de que sus miembros están identificados con una u otra fracción. No sería una mala idea que en su siguiente elección el PRD formase una especie de IFE ad hoc, in- tegrado por personajes notables cercanos a la izquierda que estuviesen al margen de toda sospecha. Lo cierto es que la izquierda nunca se ha caracteri- zado por la pulcritud en sus comicios internos. Son otras sus virtudes. Y no sólo en México. Las prácticas y el espíritu democrático no han sido totalmente amal- gamados con los valores tradicionales de las otras grandes causas que suele defen- der la izquierda (igualdad y justi-

cia social, el bien común). Persis- te la arraigada noción de que la búsqueda de los grandes fines (el bienestar del pueblo) reviste más importancia que el respeto a los medios para lograrlo. Hay una ló-

gica no escrita que concibe a los procesos democráticos, los comi-

cios legítimos por ejemplo, como mero trámite para definir el re- parto del poder, pero no como un fin en sí mismo. La democracia

no es el objetivo primario, sino la búsqueda de una sociedad más justa y para lograrlo se requiere el ascenso al poder. Habría que reconocer, por otra parte, que los poderes esta- blecidos han utilizado con harta frecuencia la “legalidad” y el con- trol del aparato jurídico para im- pedir que los procesos democráti-

cos favorezcan a la izquierda. No es de extrañar el poco aprecio que ésta pueda tener por los procedimientos electorales. Pero al margen de sus motivos, es obvio que el PRD está metido en un problema mayúsculo. Más allá de resolver el escándalo que le apremia en este mo- mento, el partido tiene que reconstruir sus bases de confianza con la mayoría de los mexicanos, si quiere as- pirar al poder. Somos muchos los que creemos que un país como el nuestro, aquejado por la desigualdad y la injusticia ancestrales, requiere de una presencia más destacada de la izquierda en la conformación de las po- líticas públicas. Pero no deja de provocar escozor la irresponsabilidad con que se conducen los cuadros pe- rredistas, única opción electoral para un cambio políti- co de corte social. Necesitamos de una izquierda, pero no parece ser ésta. ¿Si hacen eso con su padrón electo- ral, que podrían hacer con el país? (www.jorgezepeda.net)

L o que está sucediendo al PRD con sus elecciones internas constituye la peor de las pesadillas, tra- tándose de un partido que hizo de la denuncia

del fraude electoral su razón de ser en lo que va del

sexenio. En momentos de cerrar este artículo no exis-

te aún humo blanco sobre un vencedor o incluso res-

pecto a la posibilidad de que se den por buenas las elecciones para elegir a los dirigentes de esta organi- zación, luego de una semana de haberse llevado a ca- bo la votación. El viernes Cuauhtémoc Cárdenas pu- blicó un desplegado en el que exige la anulación de las elecciones, denuncia el “cochinero” y prácticamente pide la refundación del partido. Es una muy desafortunada ironía, luego de lo que vi-

vieron en 2006, que los perredistas hayan sido exhibidos

en

un modelo para armar su propio fraude electoral. Y

es

que, en efecto, Cárdenas no carece de municiones.

Hay bastantes evidencias de que ambos bandos, enca- bezados respectivamente por Alejandro Encinas y por Jesús Ortega, desplegaron recur- sos ilegales para inflar el padrón

electoral y acarrear votos para su causa. Con cierta alevosía pero mu- cha puntería, un rival ha dicho que

luego de este proceso, los perredis- tas tendrían que ofrecer disculpas

al IFE porque comparada con su

elección las presidenciales de 2006 fueron un dechado de pulcritud. No es así, por supuesto. No hay fraudes electorales pequeños

o grandes. Las irregularidades

que se cometieron en la elección presidencial fueron suficientes para evitar que López Obrador llegase a Los Pinos. Pueden no haber sido “un cochinero”, pero bastaron para imprimir un giro de enormes consecuencias para la historia de la Nación. Razón de más para que los pe- rredistas fuesen más sensibles so- bre este tema. Pero no es el caso.

Las víctimas suelen reproducir los patrones de conducta de sus victimarios. Toda proporción guardada, al caso de al- gunas mujeres golpeadeas que terminan abusando de

sus hijos o del Estado israelí que aplica a los palesti- nos algo de lo que recibieron de los nazis, lo cierto es que AMLO intervino a favor de la elección de su gallo con el mismo ahínco e ilegalidad que Fox lo hizo por el suyo. Uno esperaría de esas mujeres, de los judíos o

En descargo de López Obrador habría que decir que el desaseo proliferó en todos los campos del país

perredista. La lucha sorda

e impugnada que se dio

entre Alejandro Encinas

y Jesús Ortega por la

presidencia nacional,

se reprodujo con variantes

a lo largo del territorio

nacional. En el Distrito Federal el probable perdedor, Jesús Zambrano, amenaza con declarar espuria a su rival y en Quintana Roo el recuento de votos terminó en batalla campal, heridos incluidos.

de

los perredistas un cuidado obsesivo para erradicar

el

flagelo del que fueron víctimas. En descargo de López Obrador habría que decir que

el

desaseo proliferó en todos los campos del país perre-

dista. La lucha sorda e impugnada que se dio entre Ale- jandro Encinas y Jesús Ortega por la presidencia nacio- nal, se reprodujo con variantes a lo largo del territorio nacional. En el Distrito Federal el probable perdedor, Jesús Zambrano, amenaza con declarar espuria a su ri- val y en Quintana Roo el recuento de votos terminó en