EL Misterio de Shira: jaque a un sueño Beatriz Blanco Fuentes

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Prólogo. Dirección equivocada
Veinte de julio. Leonardo se asomó por su ventana, era un día precioso. El cielo estaba despejado y un fogoso sol iluminaba una cálida mañana de verano. Cerró el libro que estaba leyendo. Quería dejar bien organizado su cuarto antes de salir de viaje con su familia y Amanda. Mientras metía el libro en un cajón y colgaba la ropa que había tirada por la cama pensó que Amanda había sido su novia por dos años y medio, y teniendo en cuenta que ambos tenían la misma edad (veinte) era para él bastante tiempo. En sus días, Leonardo había sido todo un Don Juan, pero en esos momentos no podía pensar en nadie mejor que ella para pasar unas vacaciones en París con él y su familia. Sus padres ya la conocían y tenían una buena relación.

La verdad que no se podía quejar, estaba en un momento inigualable de su vida: una carrera sobresaliente, buena salud, Amanda estaba a su lado y en lo que concernía al dinero nunca tuvo problemas; ya que su familia gozaba de un buen patrimonio debido a herencias familiares. Leonardo provenía de un seno adinerado y eso facilitaba mucho las cosas. ¡Vamos Leo!- Gritó una voz femenina desde el piso de abajo.- ¡Amanda ya ha llegado! ¡Ya bajo, mamá!- Respondió él. Salió por la puerta de su habitación y antes de cerrarla echó un último vistazo: impecable. Leonardo nunca hacía nada para ayudar en las tareas de la casa, puesto que tenían un mayordomo y una asistenta para ello, pero tenía la particular manía de no dejar a nadie entrar en su cuarto, así que él se encargaba de la limpieza del mismo. Bajó las escaleras y ahí estaba, tan guapa como siempre, Amanda esperándole con una pequeña maleta en la mano. Por un momento pensé que acabaría yéndome sola con tus padres, ¡tardas demasiado en prepararte!

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Lo siento.- Se disculpó el chico.- Estaba leyendo. Tú y tu amor por los libros. Te quiero más a ti. Amanda sonrió, Leonardo la besó y, después de despedirse de su hermano David,

quien era cinco años mayor que él y se consideraba demasiado maduro para un viaje en familia, salieron de la mansión. Se embarcaron en un viaje que cambiaría la vida de Leonardo para siempre.

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Capítulo 1. Discusiones
Acero rojo. Gritos. Cristales rompiéndose. Gritos. Todo da vueltas. Gritos. Leonardo se incorporó de sus sábanas sudando, con el aliento todavía en la garganta. Esa maldita pesadilla había vuelto a visitarle por la noche, ¿cómo era posible soñar con lo mismo una y otra vez? ¿Acaso no tendría noche sin aquella horrible sensación? La desesperación de ambas preguntas se juntó en su cabeza y lo único que pudo hacer para aliviarla fue salir de su casa. La estructura de madera crujía bajo sus pies debido a la mala calidad del material. Pasó con cautela el pequeño pasillo, dejando atrás la habitación de sus padres. Cerró la pesada puerta con el menor ruido posible y pisó hierba. Lo bueno de vivir en un pequeño pueblo al sur del reino de Shira era la cantidad de espacio libre que tenía; Nacura era su nombre. Leonardo se quedó mirando el amanecer. El sol empezaba ya a salir por el este entre dos montañas, tiñendo el cielo de colores vivos y dejando atrás la oscuridad. Sabía que el gallo cantaría en unos instantes y caminó hacia el granero, donde una docena de gallinas seguía durmiendo debido a la temprana hora. Cogió una cesta situada al lado de la puerta y empezó a recolectar los huevos. Una vez terminada la tarea se dirigió de nuevo al interior de la casa. Pero entonces escuchó algo, frenó en seco, una rama crujió en la parte trasera del granero. Como buen aventurero, Leonardo no pudo soportar la curiosidad y anduvo sin demora hacia el sonido. Al llegar a la esquina aminoró la marcha, se escuchaba una especie de carcajada. Fue a dar su último paso cuando, al mismo tiempo que el gallo le sorprendió con su canción mañanera, alguien se abalanzó sobre él. Ambos cayeron al suelo. A Leonardo casi se le salió el corazón.

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Deberías haberte visto la cara.- Dijo, mientras reía encima de él. Sí, muy graciosa. Casi gritas, ¡reconócelo!

La chica llevaba años intentando hacer gritar a su amigo.

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¡Nunca!- Leonardo la empujó y se levantó de un salto. Que delicado eres.- Gisselle imitó a su amigo.- ¿Qué haces tan temprano aquí fuera? ¿Otra vez esos sueños?

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Sí,- Leonardo perdió su mirada por el suelo- ojalá pararan. ¿Y tú qué haces aquí? Cazar, hoy me toca a mí y me gusta salir temprano.

Fue entonces cuando Leonardo se fijó en el arco que su amiga llevaba a la espalda. La chica se llamaba Gisselle Husilie, vivía a dos casas, tenía dos hermanos y entre los tres se turnaban el cazar la comida de cada día. Ella era realmente buena. Y en tu camino hacia el bosque decidiste hacerme una visita, muy amable, pero intenta no hacerlo mucho. Claro, como tú nunca vas de caza no sabes lo aburrido que es. Sabes perfectamente por qué no voy.- En realidad podría, pero tampoco le gustaba.- Mi padre está en perfectas condiciones para cazar, yo tengo que entrenar para las pruebas de caballería. Esas pruebas eran la única oportunidad de un chico de su estatus social para poder llegar a ser caballero de la corte. Sí, sí, lo que tú digas.- Se burló de él haciendo aspavientos con las manos, simulando tener una espada.- Aunque creo que te falta bastante práctica. Tú dedícate a matar ciervos, ya me encargaré yo de las batallas reales. Un día te demostraré que puedo ser tan buena como tú.

Leonardo rio con ganas. No tengo tiempo para estupideces, me voy dentro,-dijo- suerte con la caza. Y tú con la espada. Ambos se separaron y así Leonardo pudo entrar en su casa, en la que estaba Marga, su madre, ya cocinando. El chico le dejó la cesta y después de un breve desayuno, cogió la espada y salió al prado cerca de su casa donde tenía un “campo de entrenamiento”, si así se podía llamar, ya que sólo constaba de algunos palos unid os por cuerdas para simular ser maniquíes. Hasta que la camisa no pudo estar más empapada por el sudor no paró para almorzar. Después de asearse un poco se sentó a la mesa y comenzó una charla con sus padres acerca de los Cubero, la familia que vivía al lado, y los ladridos de su incansable perro. Después de un buen rato riendo por ello; Zatho, su padre, cambió de tema:

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Cuéntame, ¿cómo van tus entrenamientos, hijo?- Preguntó, con desánimo en la voz.

Leonardo sabía que sus padres no querían que se presentara al torneo de caballería. Bien, creo que estoy mejorando. Pero eso muchas veces no será suficiente, hay campesinos muy buenos y mucho más entrenados.- Dijo, intentando hacer que desistiera. Entonces aumentaré el tiempo que le dedico, creo que si… ¡Basta ya!- La madre intervino en la conversación.- ¿Tú estás seguro de querer someterte a esos duelos? Son mortales. Sabes que es mi sueño. También sabes que no es el mío perder a mi único hijo.

Un incómodo silencio bañó la estancia. Lo siento madre, nada de lo que digáis puede hacerme cambiar de opinión. Si lo logro puedo conseguir un mejor estilo de vida para los tres. El padre bajó la cabeza. Pero es que a nosotros nos gusta nuestra vida aquí, Leonardo. Yo no quiero una vida mejor, quiero a mi hijo.- Reafirmó Marga.

La mujer se levantó y se fue a su dormitorio. Ambos sabían que no era buena idea ir a hablar con ella en ese momento. Vete, yo recogeré todo esto.- Concluyó la comida el padre. A Leonardo se le quitó cualquier gana, agarró su espada y caminó lejos de la pequeña casa. Llegó a un río en el que ya tenía una gran roca plana reservada para sentarse. Cuando lo hizo, lo primero que entró en contacto con el agua fueron sus manos, las cuales pasaron el frío a su cara para intentar despejarse. Con su pelo goteando, se quedó mirando su reflejo. Se detuvo unos cuantos segundos para observarse en el agua: unos ojos verdes le devolvían la mirada. Éstos recorrieron otras facciones de su rostro: los labios, finos como su nariz, pero con un color muy vivo, el cual en comparación con su blanca piel creaba un hermoso contraste. El pelo, castaño oscuro y extrañamente corto para el estilo que el resto de los chicos llevaba. Leonardo siempre recordaría los buenos consejos que le proporcionaba su padre acerca de las batallas, como en ese caso: “Estar en combate con el pelo por la cara no proporciona ninguna ventaja”. Así que en cuanto empezó a

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entrenar para el torneo se lo cortó, mientras el resto de jóvenes lucían una media melena. Consiguió captar un plano general de su cara y al principió la confundió con el rostro de Marga, mientras repetía: “No quiero perder a mi único hijo. No quiero perder a mi único hijo”. No lo soportó más, se levantó de la roca y caminó bosque adentro con la esperanza de encontrar a Gisselle. La relación que mantenía con ella era fuerte. Se querían como hermanos, y aunque de vez en cuando pelearan, se lo contaban todo; si en algún momento tuvieran que pensar en alguien en quien confiar, pensarían automáticamente el uno en el otro. Necesitaba desahogarse y ¿con quién mejor que con ella? Mientras esquivaba una rama recordó cómo un día, hacía ya muchos años, Gisselle fue llorando a sus brazos por el hecho de que sus padres habían tenido que matar a su conejo para comer, pues aquella semana fue imposible encontrar presas para cocinar y llevarse a la boca en ningún rincón del bosque. Ella lloraba y decía una y otra vez que prefería morir de hambre a comerse a Sendo, su pequeña mascota. Mientras sus lágrimas caían en su hombro, Leonardo la abrazaba con fuerza, y fue entonces cuando el instinto de protección hacia su amiga surgió. Desde entonces no podía evitar preocuparse por ella. Fue a agacharse para sortear una gran raíz que surgía del suelo y se elevaba hasta formar un pequeño arco, cuando una cuchilla se clavó en la madera, a pocos centímetros de su cara. Leonardo ahogó un suspiro. ¿Te parece divertido amenazarme?- El chico tiró de la cuchilla y, como siempre hacía cuando apreciaba una de las armas de Gisselle, se quedó asombrado. Eran pequeñas piedras lisas de río que la chica era capaz de afilar por todos sus extremos, haciendo que cortaran el aire por el que volaban. Divertido no, entretenido sí.- Respondió mientras salía de detrás del árbol más cercano. Podrías dedicar tu tiempo libre a matar ciervos con estas cosas.- Depositó el arma en la palma de la chica. Últimamente es difícil.- Repuso.- Debido al torneo de caballería viene mucha gente de parajes lejanos y son competencia para la cacería.

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Se podía leer un claro tono de desaprobación en su voz. ¿Te ocurre algo?

Tardó en contestar, dando así una respuesta no muy convincente. No, pero intuyo que a ti sí. Sí, por eso te buscaba, he tenido un pequeño desacuerdo con mi madre hablando acerca del torneo.- Ambos se sentaron, apoyando sus espaldas en un grueso tronco.- No quiere que participe. Es normal que Marga piense así, mis padres también están preocupados por mis hermanos. Pero es que es la única oportunidad para gente como nosotros de vivir dentro del castillo y tener mejores vidas. ¿Gente como nosotros? Lo dices como si fuéramos inferiores a los nobles. Económicamente sí. Pero moralmente no.- Replicó la chica.- Ellos son los que disfrutan del baño de sangre que deja este torneo, como si de un espectáculo se tratara. Yo tampoco estoy de acuerdo, ¡no me gusta la forma en la que se ha de ganar el título de caballero!- Exclamó.- Pero es la única manera. ¿Y cómo ha de ganarse? ¿Ensuciando tus manos con sangre? ¿Serás mejor entonces? Gisselle era dura, siempre lo era con Leonardo, pero él sabía que a la vez era sincera y sólo velaba por su bien. No se si seré mejor, pero… ¿Y si te tocara enfrentarte contra alguno de mis hermanos?- La chica le cortó a mitad de su frase. Eso es difícil que ocurra, somos muchos los candidatos que nos presentamos. ¿Y si te tocara? Gisselle… ¡¿Y si te tocara?!- Esta vez había levantado la voz y lo que surgió de su garganta fue un grito. Leonardo no supo cómo reaccionar, se quedó callado mirándola a los ojos. Esos ojos marrones, del mismo tono claro que luce la madera de haya; acompañados de unos labios gruesos y una melena larga y oscura. No se movía, ni siquiera pestañeaba.

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Gisselle estaba dispuesta a esperar lo que fuera necesario para que su amigo la respondiese. ¿Qué quieres que te diga? ¿Qué prefiero morir a no matarles? ¿Qué valoro más sus vidas que la mía? Gisselle se quedó con la misma expresión que tenía. No movió un solo músculo. No, sólo quiero que te vayas de aquí. No necesitó más insistencias, se levantó y empezó a caminar. Estaba enfadado, ¿a santo de qué venía hacerle pasar por eso? ¿Acaso los habría hecho esa misma pregunta a sus hermanos con respecto a él? Si tan poco le preocupaba su vida, ¿por qué no lo empujaba directamente a la arena donde coger la espada? Paró, miró al suelo; era comprensible la postura de Gisselle, eran sus hermanos. Entonces una cuestión invadió su cabeza: “¿Estoy enfadado o celoso?”

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Capítulo 2. Mundos
Pasó el día en el bosque, corriendo para mejorar su agilidad, pues sentía la necesidad de perfeccionar para el torneo (y olvidarse de cualquier pregunta que le llevara a confusión). Anocheció. Antes de entrar en su casa se quedó un buen rato mirando al cielo. Se preguntó qué serían exactamente las estrellas, pues a veces era lo único que le parecía real. Acabó sucumbiendo a su encanto y decidió tumbarse unos minutos en el verde césped antes de tener que enfrentarse a la cara de disgusto de su madre otra vez. Estando ahí tumbado sólo podía pensar en todos los conflictos ocurridos a lo largo del día. La rabia contenida por las preguntas de Gisselle, el poco apoyo de Marga y la impotencia que sentía al saber que no era de los mejores campesinos entrenados para el evento estallaron en su cabeza y, después de proporcionarle un golpe al suelo, que al segundo supo que le había dolido más a él que a la hierba, cerró los ojos. Empezó a imaginar su vida si hubiera nacido en cuna noble: todo tipo de riquezas, lujos, gente a su cargo, comida a todas horas, sus padres con… “Un momento” pensó. “¿Hubieran sido mis padres los mismos si yo hubiera nacido en otro sitio?” La verdad que por mucho que le atrajera el mundo de los adinerados, no podía hacerse a la idea de una vida sin ellos. Además estaba ese sueño que se repetía una y otra vez, que no tenía ningún sentido, que era un tormento para él todas las noches. Debido a él muchas veces se sentía fuera de lugar, como si perteneciera a otro sitio. Eran demasiadas cuestiones sin respuesta, no podía pensar con claridad, así que recurrió a lo que todo hombre y mujer recurre en casos de desesperación: rezar. No sabía a quién o a qué le estaba hablando, pero le vino bien despejarse:

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Si hay alguien ahí que pueda escucharme, por favor, necesito ayuda.- No supo como continuar, no estaba acostumbrado a ello.- Necesito ayuda, necesito ayuda, necesito ayuda...- Entonces fue cuando una lágrima cayó.

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Ya lo he pillado, necesitas ayuda, ¡qué pesado eres! Con haberlo dicho una sola vez hubiera bastado.

Leonardo se puso en pie de un salto y retrocedió unos cuantos metros cuando vio que de repente había aparecido alguien a su lado. ¿Quién eres?- Preguntó. Tenía los nervios disparados. Tengo tantísimos apodos que realmente no quiero aburrirte diciéndotelos, pero me puedes llamar Ácramon. Encantado.- Hizo una especie de reverencia con la cabeza. Leonardo se quedó unos segundos inspeccionándolo; aquel hombre era raro, muy extravagante. Vestía una especie de túnica morada que le cubría hasta la cadera, también lucía unos zapatos marrones de lo más sencillo y unos pantalones que parecían ser cuero negro. Era muy exagerado con todos los gestos que hacía al hablar, parecía no poder estarse quieto. Además, su rostro era parcialmente tapado por una gran capucha, sólo se podía distinguir la perfecta dentadura que tenía al sonreír (cosa que hacía sin parar) y el intenso color amarillo de sus ojos. Entonces llegó a la conclusión de que había formulado la pregunta equivocada: ¿Qué eres? Esa, amigo mío, es una pregunta de la que nunca tendrás respuesta, pues es complicado incluso para mí describir qué soy. No me llames así, no soy tu amigo.- Respondió bruscamente. Tranquilízate Leonardo, ¿te puedo llamar Leo, verdad? Suena mejor. ¿Cómo sabes mi nombre? Lo sé todo, controlo muchas cosas de este mundo y el otro.- Dijo. ¿Otro?- Se extrañó Leonardo.- ¿Otro mundo?

Ácramon le ignoró y continuó con su propia charla: Aunque hay algo que se me escapa.- Confesó. Entonces no lo sabes todo. Muy gracioso.- Respondió. Leonardo sonrió.- No me gustan los graciosos.- La sonrisa se le borró al instante. ¿Qué se te escapa?

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Tú.- El chico no supo que decir, así que Ácramon siguió hablando.- No entiendo como teniendo un sueño que se repite todas las noches de tu vida no tienes curiosidad por saber qué significa.

Al chico le recorrió un sudor frío por todo el cuerpo. ¿Cómo sabes eso? Sólo te puedo decir que tengo la solución a tus problemas.- Sonaba misterioso.O la mayoría al menos, porque siento comunicarte que te vas a tener que quedar con esa cara el resto de tus días. ¡Déjate de bromas! ¿Puedes ayudarme? Sí,- respondió convencido- ahora la pregunta es: ¿Quiero? Sin añadir nada más, Ácramon desapareció envuelto en una nube negra. Leonardo se quedó helado, ¿qué acababa de pasar? No sabía muy bien si realmente aquel hombre había conversado con él o había sido producto de su imaginación. Había oído hablar de magia, y también como todo aquello que viene con ella tiene su peligro, pero desde luego nunca había visto a nadie practicarla. La magia estaba reservada para unos pocos privilegiados, y desde luego escasos humanos formaban parte de este grupo, ¿por qué querría un ser mágico ayudarle? Después de recapacitar todo lo ocurrido decidió pensar que aquel “hombre” no tendría nada mejor que hacer y vio una buena opción atormentarle. Maldijo todo lo que le había dicho, su cabeza estaba lo suficientemente liada antes de su visita como para que ese ser se dedicara a empeorar la situación. “Este mundo se está volviendo loco”, pensó. Leonardo recreó la escena que acababa de protagonizar ese ser, “¿Ha dicho algo de otro mundo? ¿Puede haber otro a parte de éste?” Sacudió su cabeza y casi tuvo ganas de reír debido a lo ridículo que sonaba. Se le había hecho tarde, cuando entró en su casa estaba ya todo oscuro. Sus padres no se encontraban en ningún rincón de la casa así que dio por hecho que ya estarían durmiendo. Se acercó a la cocina y para cenar comió las sobras que le habían dejado. No se sentía muy bien por haberse perdido la cena con ellos, y mucho menos después del conflicto con su madre. Seguro que al día siguiente por la mañana le tocaría hablar con ella y tranquilizarla para que se olvidara del torneo, ya que todavía quedaban dos semanas. Mientras se metía un trozo de queso en la boca lo pensó detenidamente, dos semanas tampoco era mucho; los días últimamente le parecían volar y solo quince días no era nada para asumir que para esas fechas sus vidas iban a cambiar completamente:

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conseguiría una mejor para él y su familia, o les maldeciría a vivir sin su único hijo, ¿merecía la pena arriesgarse? Leonardo no quería pensar en nada más, temía el hecho de intentar resolver más problemas y que la cabeza estallara en cualquier momento. Se metió en la cama, y cuando apoyó su cabeza en la reconfortante almohada supo que caería dormido en seguida. No fue así. Su sueño volvió a atormentarle. A la mañana siguiente: ¡Hijo!- Alguien se acercaba a él gritando.- ¡Hijo, vamos! ¿Qué?- Leonardo empezó a reaccionar. ¡Levántate! La corte ha llegado al pueblo. ¡¿Era hoy?!- Gritó. El chico se despertó del todo en cuestión de segundos; saltó de la cama y se vistió rápidamente para estar presente en la puerta de su casa en un santiamén. Al poco rato su madre le acompañó, colocándose a su derecha. Se paró a pensar y le resultó gracioso ver como siendo el más joven de la casa, desde los doce años había sido el más alto. “¿Dónde está padre?”, se preguntó. Tres caballeros estaban ahora enfrente de ellos, los dos de los extremos sujetaban estandartes en los cuales se lucía el escudo del reino: un fondo completamente negro en el que destacaban dos flores con sus hojas entrelazadas y una estrella en el centro, los tres elementos blancos. ¿Nombre de la familia?- Preguntó el caballero del centro. Lasagre.- Respondió. Tú debes de ser el hijo.- Lo señaló. Así es, mi nombre es Leonardo.

El caballero parecía estar apuntando todos sus datos con una pluma en el pergamino que portaba. ¿Estás interesado en presentarte al torneo de este año, chico? Sí, por supuesto, será todo un honor señor.- Nada más responder miró a su madre y se dio cuenta de que ésta estaba mirando al suelo. Al caballero que se dirigía a él se le escapó una carcajada.

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¿Hay algún problema, señor?- Preguntó Leonardo algo molesto. No, ninguno.- Plegó el pergamino y cogió las riendas de su caballo.- Sólo te daré un consejo antes de partir: si quieres vivir, no te presentes, no luces madera de caballero.

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Bueno, eso lo decidirá mi espada dentro de catorce días, señor.- Dijo indignado.Que tengan un buen viaje de regreso.

El caballero hizo una mueca al no haber conseguido sacar al muchacho de sus casillas. Hasta entonces, Leonardo Lasagre. Los tres caballeros escondidos bajo unos cascos negros dieron la orden a sus caballos de dar la vuelta y así empezaron a cabalgar directos al castillo del reino, donde el rey Lihaim les esperaba para escuchar los nombres de aquellos valientes inocentes de clase baja que habían decidido apuntarse a su torneo. Cuando se hubieron quedado solos, la madre de Leonardo, sin pronunciar palabra, se metió en la casa y empezó a cocinar la comida. El padre por fin salió al exterior. Al chico le pareció un tanto temprano, pero miró la colocación del sol y pudo apreciar que ya se encontraba bastante elevado; había dormido hasta bien entrado el día. ¿Por qué me habéis dejado dormir tanto?- Ambos sabían que su hijo era muy estricto con su entrenamiento y aun así no fueron capaces de despertarle. Te escuchamos llegar tarde ayer por la noche y pensamos que si entrenaste al caer el sol hoy te merecías descansar más por la mañana.- Su padre hablaba con cariño.- ¿Qué estuviste haciendo? A Leonardo le vino a la mente la figura de aquel extraño personaje: Ácramon, ni siquiera sabía si había sido real o una mera alucinación; y en caso de que fuera verdad, ¿qué le iba a contar a su padre? ¿Que un extraño ser mágico le había acompañado aquella noche? No, imposible. Su padre odiaba la magia. ¿A parte de entrenar? No mucho,- contestó después de una buena recapacitación- estuve con Gisselle. Después de entrar en su cuarto para coger su espada, el resto del día Leonardo se sumergió en su entrenamiento como nunca antes lo había hecho. Con cada golpe que proporcionaba su afilada hoja no podía evitar pensar en lo dicho por el caballero aquella mañana: “No tienes madera de caballero.”

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