Año Uno/Número Diez Del 7 al 13 de julio de 2013 Made in Monterrey

ASÍ SE ADUEÑA DEL AGUA

¿La construcción de un nuevo estadio de futbol puede ser la fachada para un negocio vital?
POR DANIELA GARCÍA

finales de la década de los 70, los habitantes de Coatepec, un pueblo ubicado a unos kilómetros de Xalapa, Veracruz, vieron con asombro cómo grandes empresas industriales se instalaron en las afueras. Firmas como Coca Cola y Nestlé compraron quintas y ranchos rodeados de lagos y manantiales llenos del agua cristalina que mantenían al lugar vivo y verde.
Un vaquero cruza La vida en cuba la frontera en silencio durante el bloqueo
DIEGO ENRIQUE OSORNO GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

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Primero los habitantes se alegraron de contar con nuevas fuentes de trabajo en una zona donde la mayoría de los empleos están relacionados con la siembra, recolección o venta de café. Además, la llegada de las empresas trasnacionales les permitió obtener productos de la canasta básica a un precio más accesible. Parecía que después de tanto tiempo la exuberancia de su tierra recibiría los frutos del progreso. » Continúa en la página 2

JUAN ALBERTO CEDILLO EDUARDO NUÑEZ EL GATO RARO

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! EMERGENCY FICTION

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Del 7 al 13 de julio de 2013 Monterrey, N.L.

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oatepec está catalogado como “Pueblo Mágico”. Lo mágico del lugar reside en la espesa vegetación que lo rodea, en sus cerros llenos de cataratas y manantiales de agua pura que bajan y cruzan las zonas urbanas. Pero tras la llegada de Coca Cola y Nestlé, no pasó mucho tiempo para que los habitantes de Coatepec se dieran cuenta de que estas se habían adueñado de las represas de agua que alguna vez les pertenecieron: en un convenio con el Gobierno de Veracruz y la Comisión Nacional del Agua (Conagua) obtuvieron concesiones por casi el 80 por ciento de los mantos acuíferos de la zona. En el 2013, más de 40 años después, los ríos que cruzan las zonas urbanas no tienen nada de  cristalinos y se percibe un olor rancio proveniente de las corrientes. Además, existe una escasez de agua en todo el estado y poco hay que puedan hacer para recuperar el agua que por convenio le pertenece a las empresas. Debido a la privatización de los mantos acuíferos de la región, es  necesario acarrear agua para consumo humano desde el estado vecino de Puebla. Así se abastecen las necesidades diarias, no sólo de Coatepec, sino también de la capital, Xalapa, y de otras ciudades del estado. Esto les cuesta a los ciudadanos más de lo que le cuesta a las empresas hacer uso de los mantos concesionados. Las dificultades de abastecimiento del agua potable contrastan con los montes, arroyos, lagos y manantiales que adornan los paisajes del estado, el cual es el que recibe más escurrimiento de agua en todo el país. Hasta 33 por ciento del total de agua del estado termina en manos de las grandes industrias. Los habitantes de Coatepec miran el desfile del agua... siempre del otro lado del muro. II En Monterrey, Nuevo León, se vive una historia similar en las calles de la zona metropolitana: la empresa Fomento Económico Mexicano (Femsa), a la cual pertenece Coca Cola y hasta el 2012 tuvo alianza con Nestlé, se ha hecho de un terreno importante en el parque La Pastora, asiento de uno de los pocos mantos acuíferos subterráneos del área metropolitana de Monterrey. En esta área, la empresa que actualmente utiliza para sus procesos industriales agua traída directamente desde Saltillo, planea construir un estadio de futbol. Entre el tráfico de la ciudad, a tan sólo unos minutos del centro de Monterrey y al pie del Cerro de la Silla, se encuentra el parque La Pastora: un bosquecito rodeado de avenidas llenas de carros apretujados en el tráfico y bordeado con colonias que alojan a cientos de familias. Bajo la superficie del parque, una importante cantidad de agua ha permanecido escondida y alejada de los ojos de los regiomontanos. Durante años, esta reserva de agua permaneció oculta y su existencia no se trató más que como un simple rumor. Actualmente, la tranquilidad del sitio se ve perturbada por el movimiento: la empresa transnacional Femsa adquirió una concesión por parte del Estado de Nuevo León para construir en el terreno el imponente estadio de futbol que alojará al equipo local de los Rayados de Monterrey. Poco más de 500 trabajadores se reúnen todos los días bajo el sol rabioso del verano y realizan diferentes tareas: se montan sobre máquinas que excavan el terreno, acomodan y reacomodan las altas vigas que soportarán la construcción del estadio, rellenan de concreto los cimientos. Si se transita sobre la avenida Pablo Livas, justo a un lado de donde se encuentra la obra todavía gris, se puede apreciar ya la forma del estadio: ovalada, alta, majestuosa. Las visitas a la construcción están restringidas y hace falta un permiso tanto de la empresa Femsa como del Club de Rayados para poder ingresar y recibir un tour por el interior del terreno, alrededor y al interior del futuro estadio. Este tour

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De forma similar a lo sucedido en Coatepec, Veracruz, si quiere perforar estos pozos, Femsa tan sólo necesitaría que Conagua le diera un permiso que no tiene costo

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es proporcionado con mucha reticencia. En el recorrido ya se pueden apreciar unas gradas en donde se sentarán las personas que paguen por un boleto para los partidos de futbol o los que decidan adquirir abono. Justo arriba, señalan los encargados del tour -trabajadores de las empresas constructoras subcontratadas por Femsa- estarán los palcos vitalicios privados, cuyos precios llegarán hasta los 13 millones de pesos. Los empleados dirigen el tour hacia la zona donde se establecerán los restaurantes y las tiendas de conveniencia, como si se tratara de la visita a un centro comercial. En dirección contraria se encuentra el lugar en donde estarán los vestidores de los jugadores y árbitros, incluido uno especial para las mujeres árbitras. Los que no pueden pasar las mallas metálicas son los aficionados del equipo Rayados, quienes se conforman con pararse sobre las avenidas circundantes o en el interior del parque La Pastora. Desde ahí observan el futuro estadio y, con emoción en los ojos, platican que no pueden esperar más para verlo terminado. “Se te pone la piel chinita”, comenta uno de ellos.

III Frente a su escritorio, en una pequeña oficina ubicada al sur de Monterrey, uno de los propietarios de una de las compañías que se encargan de la construcción del estadio, se niega a ser identificado con su nombre por temor a represalias, pero confirma la existencia de los mantos acuíferos bajo el terreno donde estará el estadio: “Sí existen, pero no se tocan”. Los constructores fueron informados por los mismos directivos de Femsa: deben mantener los mantos en buen estado. No se pueden perforar, dañar o tocar y todas las maniobras de construcción deben de realizarse con sumo cuidado. El agua está en un terreno que temporalmente le pertenece a Femsa, pero las leyes federales del país establecen que es un recurso federal, por lo que la empresa no puede usarla a menos que obtenga un permiso de Comision Nacional del Agua (Conagua). De hecho, el equipo jurídico de Femsa especifica esta circunstancia en el documento de impacto ambiental que desarrolló para apaciguar a la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat) en el 2010: “Queda prohibido al concesionario […] explorar o construir pozos domésticos o industriales para extracción de mantos freáticos y extraer o utilizar agua del Río la Silla”.

De forma similar a lo sucedido en Coatepec, Veracruz, si quiere perforar estos pozos, Femsa tan sólo necesitaría que Conagua le diera un permiso que no tiene costo. La concesión del terreno de La Pastora a Femsa es de 60 años, por lo que si buscan explotar un manto acuático para sus labores, les quedarían 57 años para tramitar el permiso correspondiente de Conagua. IV Claudia Gómez sale a regar sus plantas todos los días a eso de las cinco de la tarde. Vive justo detrás del futuro estadio de los Rayados. En la parte delantera de su casa, tres grandes árboles adornan la vista, pero un espacio vacío en la acera recuerda la desaparición del cuarto. Cuando la corriente del Río la Silla creció hace tres años, debido al paso del devastador huracán Alex, el cauce se desbordó y arrastró todo lo que encontró a su paso, incluido el arbusto de Claudia. El agua no se llevó sólo árboles, sino también carros, mesas, sillas y hasta colchones. Era un árbol grande, pesado. “Nomás que llueva otra vez así, que nos venga otro huracán y va a volver a pasarcomenta-. Se va a inundar la calle, se va a llevar más árboles y carros y va a ser peor”.

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Foto: Víctor Hugo Valdivia

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Claudia no es experta en el tema, pero esta información se la dejaron saber ecologistas y activistas sociales que acudieron durante meses a la zona de La Pastora para informar a los vecinos de los peligros que corrían al tener el estadio ahí. “Se hicieron manifestaciones, fuimos al Congreso, hicieron un chorro de cosas. Pero de todos modos lo construyeron, ya sabes cómo funcionan todas esas cosas políticas”. Fueron 180 hectáreas las que el Gobierno de Nuevo León cedió a Femsa para la construcción del estadio. Éstas representaban una zona verde en donde se podían encontrar diferentes tipos de vegetación, altos árboles que servían como hogar para una cantidad importante de animales pertenecientes a la zona. La Pastora es un pulmón urbano ubicado casi en el centro del municipio de Guadalupe. Fue reducido en un proceso que pasó inadvertido para la mayoría de la sociedad, excepto para los ecologistas y los vecinos que ahora viven preocupados ante la posibilidad de que los azote otra inundación como la que ocurrió el verano del 2010. Temen que otra tormenta ponga en peligro no sólo sus residencias, sino también su seguridad. El agua que baja por los surcos del Cerro de la Silla atraviesa las colonias que se encuentran en las faldas de la montaña y se encuentran en un punto intermedio, en el parque La Pastora. Esto lo explica, frente a la computadora de su oficina en El Barrio Antiguo de Monterrey, Jorge Longoria, arquitecto urbanista miembro de la asociación civil Vertebra, mientras observa con preocupación el mapa donde se muestran estas corrientes de agua. “No sólo se van a inundar las colonias vecinas cuando llueva”, sostiene mientras señala en el mapa el lugar en donde se está construyendo el estadio. “También se les va a inundar el estadio”. Jorge Longoria cree firmemente que el estadio no fue más que la excusa perfecta que usó Femsa para hacerse de los mantos. La excusa perfecta que, además de otorgarles en algún momento la oportunidad de utilizar la importante cantidad de agua que se encuentra en el terreno de 180 hectáreas, les traerá una derrama económica enorme, debido al fanatismo por el futbol en Nuevo León. Además, la única cerveza que se venderá

dentro de las instalaciones será Heineken (empresa socia de Femsa). A todo esto se deben sumar los futuros precios de los palcos, los abonos y los boletos de entrada, que en la actualidad ya son sumamente caros en el estadio del Tec de Monterrey y subirán aún más en el nuevo hogar de los Rayados. En Monterrey, Femsa utiliza agua traída desde Saltillo para realizar sus procesos industriales, embotellamiento de agua y elaboración de refrescos y cerveza, entre otros. Esto, con la justificación de que el agua que llega desde el estado de Coahuila es más pura que la que existe en Nuevo León, por lo que sale más barato el proceso de depuración final. V En Coatepec, desde que las empresas pertenecientes a Femsa absorbieron el agua y forzaron al gobierno local a solicitar abastecimiento en Puebla, se suscitaron algunos problemas en la zona. En una ocasión, a inicios del 2012, los habitantes de Puebla decidieron que el agua de su estado era suya y no tenían por qué otorgársela a otro estado sólo porque los gobernantes habían llegado a un acuerdo en alguna ocasión. En Sonora ocurrió un fenómeno similar cuando al quedar seco Hermosillo, el gobernador Guillermo Elías Padrés elaboró un proyecto llamado Acueducto Independiencia para traer agua a su estado desde la cuenca de Ciudad Obregón y los territorios de los Yaquis. Las peleas siguen aún hoy en día por parte de las tribus y los ciudadanos que claman porque se deje de agotar indiscriminadamente todas las cuencas del estado en lugar de establecer un proceso de regeneración del agua local. La presión de las llaves, de las regaderas y de los lavamanos se vio disminuida en Xalapa. La ciudadanía temió por la falta del líquido. Durante dos semanas, sólo era posible acceder a un pequeño chorro que viajaba lentamente por las tuberías hasta los hogares xalapeños. “Nos teníamos que bañar con cubetas”, recuerda Don Manuel, sentado en las escaleras de la catedral, frente al Palacio Municipal de Coatepec, mientras observa a sus compañeros que

frente al Ayuntamiento sostienen carteles con consignas de “No más promesas”. Al recordar el corte de agua que vivieron meses atrás, Don Manuel se ríe: “Ni en el rancho, cuando era niño. Al menos allá se podía uno meter a bañar al río”. Mientras ordena una taza de café en un típico y acogedor restaurant en el centro de Xalapa, Rafael Arías Hernández, profesor de la Universidad de Veracruz, define como grave lo que sucede en la zona. Ve una falta de interés por parte de los ciudadanos: “en Veracruz tenemos mucho escurrimiento de agua. Lo chistoso es que también a los veracruzanos se les escurre todo. No les importa la situación”. Los cerros que rodean Xalapa son verdes. Los jardines, las plazas y las plantas que adornan la ciudad muestran la misma tonalidad de colores vivos que rara vez se pueden encontrar en Monterrey. “Hay mucha agua, pero se puede ver que ya empezó la sequía”. Es difícil, si se observa con un ojo inexperto, ver la sequía a la que se refiere ya que la sequía de Veracruz es más tangible a la hora de beber agua. “El agua de los lavamanos, de las mangueras y de la regadera no es potable”, advierte. En Xalapa no pasean las personas por las calles y abren una manguera para poder saciar su sed cuando se vuelve insoportable: podrían enfermar con demasiada facilidad. El agua embotellada es su única opción y quien la vende es la misma empresa que se apoderó de sus aguas, a precios ridículos. Una botella de agua en Veracruz puede costar lo mismo que una cerveza de Femsa. A ocho kilómetros de Xalapa, entre montañas y valles se encuentra Coatepec, famoso por su café de altura. Existe la broma entre sus habitantes de que cuando se toma el camión de Xalapa hacía el pequeño pueblito, uno puede saber que la parada se acerca porque se empieza a percibir el aroma a café tostado en las cafeterías… y es cierto. En cada calle del centro se pueden encontrar al menos tres o cuatro cafeterías por cuadra. Las fincas de café rodean la zona y los cafetaleros son personas respetadas y reconocidas por su trabajo. El café, además del turismo, es su principal fuente de ingreso.

Poco más de 500 trabajadores se reúnen todos los días bajo el sol rabioso del verano y realizan diferentes tareas: se montan sobre máquinas que excavan el terreno, acomodan y reacomodan las altas vigas que soportarán la construcción del estadio, rellenan de concreto los cimientos
Javier, un hombre mayor de 60 años, trabaja en el Museo del Café,que también funciona como finca de cultivo que perteneciente a la familia Apan, reconocida por tener un café de calidad. Javier ha trabajado toda su vida en torno al café y probablemente así morirá. Su hijo, sin embargo, trabaja para Coca Cola. “La empresa se acaba el agua, pero al menos da trabajo”, observa Javier. Cuauhtémoc Apan, su jefe, se muestra de acuerdo con él pero es más atinado y directo a la hora de señalar la falta de agua de la región: “¿Cómo puede ser posible que siendo Veracruz tan rico en agua, el agua que reciben para uso humano deba de ser llevada desde Puebla?”, medita recargado en la pared en las afueras de su casa, que al igual que el resto de los domicilios en la zona, se encuentra rodeada de plantas verdes. “Es preferible que falte agua para riego y ganadería, que para uso humano. Y eso es lo que pasa aquí”.

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UN VAQUERO CRUZA LA FRONTERA EN SILENCIO
(PARTE I)

¿Por qué la frontera noreste que comparte Nuevo León con Tamaulipas y Coahuila, no puede hablar?
POR DIEGO ENRIQUE OSORNO FOTOGRAFÍA POR RODRIGO VÁZQUEZ

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adre arroja la panza de la vaca y salta el agua hirviente de la olla de peltre azul. Lanza una pequeña cosa deforme que debe ser la pata de la res. Vienen luego los tomates, el romero, la yerbabuena, el ajo y el orégano. Casa tiene una fragancia de especias los fines de semana. Cuando percibo el aroma de ciertos condi-

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mentos naturales suelo recordar la crisis económica de diciembre de 1994 en México. Padre se levanta temprano y vacía el cocido de la olla en platos de hielo seco. Los mete con mucho cuidado en el carro, como si fueran un tesoro recién desenterrado: que no se derrame ni una gota, que no se caiga ninguna piedra preciosa, que el menudo, la sopa de estómago, llegue a salvo a su destino.

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Cero En Monterrey suele comerse barbacoa los domingos, pero los amigos de Padre son amigos de a de veras. Las mañanas de los domingos de 1995 en lugar de comer barbacoa, prueban el menudo que le compran a Padre. Entre semana, Madre mete otras cosas a la olla que siempre parece tener agua hirviendo. Mete pollos, mete arroces, mete verduras. Después Padre los acomoda entre los delgados recipientes y el destino de los platillos ahora queda más cerca que las alejadas casas de sus amigos. Va uno para la vecina de junto, otro para la de enfrente, para los de la vuelta, para el que se acaba de cambiar a la cuadra, para la señora enojona que poncha pelotas de futbol y para las amigas de Madre, que también son sus amigas de a de veras. La cocina de Casa es la cocina del barrio. En el noreste de México no hay fondas. No se usa la palabra fonda. Pero Casa es una fonda. Una fonda que ofrece servicio de comidas a domicilio. De haber tenido un nombre, la fonda se hubiera llamado “Comidas Martha”. El tema de todos los días en la fonda es Casa. Sí, Casa es al mismo tiempo la fonda, pero Casa es también otra cosa que nada tiene que ver con las paredes y los techos entre los que transcurrió mi infancia y adolescencia. Entonces, la palabra Casa remite a problema. Casa significa incertidumbre, banco, riesgo, mal, desempleo, pelea y, sobre todo, una extraña y muy agresiva palabra: Hipoteca. Hipoteca es la palabra que nadie quiere oír, decir, en Casa. Alguna avanzada civilización del futuro habrá de conseguir borrar esa palabra de los diccionarios. Pero en aquel año, la palabra Hipoteca está ahí, en el habla de todos los días, aunque se pronuncie poco. La olla hirviendo de Madre desafía a la palabra Hipoteca, los platos de hielo seco de Padre desafían a la palabra Hipoteca, sin embargo, en estos tiempos de crisis (se dice que todo por un “error de Diciembre” que devaluó el peso y mandó al cielo las tasas de interés) la

palabra Hipoteca es muy poderosa. No se le gana con el aroma del orégano ni con amistades de a de veras. Para que la palabra Hipoteca nos deje tranquilos hace falta algo más. Un día Tío envía 15 mil dólares desde algún lugar de Estados Unidos. Ese día la palabra Hipoteca pierde una batalla y deja en paz a Casa. Tío es un vaquero que cruza la frontera en silencio. Se llama Gerónimo González Garza. Prometí que alguna vez relataría su historia. Uno Desmontaron. Amarraron los caballos alazanes bajo la sombra del mismo árbol. Caminaron. Cada uno con su escopeta. Hablaban en voz baja con frases parcas. Ojos negros alertas de Magdaleno y ojos café claro alertas de Gerónimo. Media hora, unos kilómetros después, no encontraban a qué animal disparar, no se veía ningún alma. Ni siquiera una tarántula. El viento caluroso resecaba la vida en el monte. Se despegaron para tener más posibilidades de que apareciera la buena suerte mientras exploraban. Pasó un rato y se oyó al fin el primer disparo de la cacería. El único disparo. Magdaleno corrió a mirar entre el matorral, pero en vez del animal vio tirado el sombrero de Gerónimo. Se quedó de piedra. La faz se le ensombreció: Gerónimo estaba hincado y tenía un orificio de bala en el cuello. Sangraba y estiraba el cuello como un gallo mudo. Murió pronto. Magdaleno volvió a buscar el caballo. Lo desató y después fue a entregarlo, junto con el sombrero y el cadáver aun tibio de su mejor amigo. Contó con detalle lo que había pasado y dijo que podían hacer con él lo que quisieran. No se trataba de uno de esos hombres de mala entraña. La familia González desterró a Magdaleno de Sabinas Hidalgo, Nuevo León. No se le volvió a ver nunca más. Algunos dijeron que cruzó a Estados Unidos por el río Bravo y luego, luego se colgó en un mezquite del rancho ganadero de Texas donde empezaba a trabajar como peón.

Pasaron los años. El 24 de mayo de 1953, en su casa en los alrededores de la terminal camionera de Monterrey, María de Jesús Garza alumbró a un bebé de poco más de dos kilos, con mucho pelo cuando se apareció por el mundo, rojo de sangre, y con ese fulgor con el que llega cualquier ser humano recién parido. Al bebé le cortaron el ombligo y se lo enterraron cerca de donde nació. El padre, Guadalupe González, estaba contento de que fuera varón. Quería uno para ponerle el nombre de Gerónimo, como se llamó su hermano muerto de forma trágica por una bala salida del rifle de su mejor amigo. Dos Gerónimo gatea unos segundos y luego se desploma. Es un bebé vivaz que, sin embargo, en ocasiones parece distraído. Pasa algo raro y sus padres creen saber qué es, pero deciden llevarlo al hospital para enterarse bien. Madrugan y los atiende un médico del Seguro Social. Examina al bebé, le toca la nariz, los sobacos, las piernas, el pene, las manos y los pies hasta detenerse en las orejas. Habla frente a él con distintos tonos, graves y agudos. Después se pone serio y pide a los papás que vayan a un laboratorio para que le practiquen estudios del oído a Gerónimo. Diez días después regresan. El médico los recibe con la misma voz seria de la otra vez. Pero ahora la usa para darles la noticia de que según los estudios de audiometría Gerónimo no escucha ni va a escuchar nunca, que cuando mira las cosas no tiene conciencia del sonido: es sordo profundo. Todo será para él una película muda. Van a tener que hablarle con las manos para que no se vuelva loco. Como mímica. Le van a mostrar que no hay que comer con la boca abierta, o que cuando quiera beber leche tiene que indicarlo con su manita. Ellos lo harán, el pequeño Gerónimo los verá y esperarán a que los imite. Hay que tener paciencia. No es cualquier cosa: deberán crear un lenguaje propio para comunicarse. Así le tendrán que ir mostrando la vida.

Los padres escuchan los consejos del médico. Más o menos saben lo que tienen que hacer. Graciela, otra de sus hijas, también vino sorda al mundo. Cuando Graciela nació investigaron un poco y se enteraron de que en la familia González hay más sordos de nacimiento, por lo menos desde dos generaciones atrás. Debido a la sordera profunda, el pequeño Gerónimo también será mudo, no podrá usar las cuerdas vocales de su laringe para producir sonidos, aunque estas no se encuentran dañadas. Todas las personas que nacen sordas no pueden hablar, porque no conocen ni conocerán nunca el sonido: es algo que para ellos no existe. Si el pequeño Gerónimo pudiera oír, antes de los dos años de edad le ocurriría el maravilloso proceso de creación de su voz. Un día cualquiera empezarían a brotar de su boca sonidos escuchados a su alrededor. La voz surge de la imitación y de un proceso natural que comienza con la respiración, recorre luego los bronquios y la tráquea hasta llegar a la laringe, donde las cuerdas vocales (que en realidad no tienen forma de unas cuerdas, sino de unos labios) producen un sonido que se amplifica de acuerdo con la forma particular de cada nariz, boca y lengua. Pero la voz del pequeño Gerónimo, aunque está dentro de él, permanecerá prisionera. Tres El papá de los pequeños Gerónimo y Graciela se llama Guadalupe González. Trabaja de lunes a viernes en Tráilers de Monterrey, S.A. de C.V. La pequeña empresa tiene un galpón en el que atracan todos los días camiones ruidosos provenientes de Estados Unidos. En la carga llevan aceitosas transmisiones de coches, equipo médico obsoleto, cables multicolores descarapelados, tubería hidráulica rota, muebles hechos pedazos... El trabajo de Guadalupe es pesar la chatarra y regatear lo más que se pueda el pago con los chatarreros.

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7 al 13 de julio de 2013 6 Del Monterrey, N.L.
La mamá de Gerónimo y Graciela se llama María de Jesús Garza. Ella trabaja preparando chorizo rojo que vende en el barrio de Monterrey donde viven. Antes habían pasado largo tiempo en Rancho Nuevo, un ejido de Los Ramones, Nuevo León, a unos 150 kilómetros al norte de la ciudad, donde construyeron una casa principal con adobe, levantaron unos establos de madera para el puñado de reses y cabritos que tenían, y consiguieron láminas para hacer corrales angostos en los que criaban cerdos. La agricultura no era buena idea. Aunque se trataba de una buena porción de tierra que María de Jesús heredó, esta tenía el suelo fracturado, de esos que no se dejan sembrar con facilidad. Tras el nacimiento de más hijos y las dificultades de la modesta vida ganadera, sin fastidio ni iras cultivadas, Guadalupe y María de Jesús decidieron emigrar a la ciudad, con la esperanza de regresar algún día a Rancho Nuevo y hacerlo funcionar como un auténtico rancho. Cuatro Una vez instalado junto con toda su familia en Monterrey, los fines de semana, para completar los gastos de la casa, Guadalupe recorre en una camioneta pick-up Ford guinda las dos horas de camino a Rancho Nuevo, acompañado por un paisaje solitario, un mezquite aquí, otro por allá. Ahí mata cerdos que luego comercia en la ciudad. La hoja del cuchillo se mueve con delicadeza sobre la piel rosa recién mojada con agua hirviente. Los cerdos tienen una carne blanda y jugosa; la de las hembras suele ser dura al momento de morir debido a que sobreviven un poco más de tiempo porque paren puercos y más puercos. A Guadalupe, su pequeño hijo Gerónimo lo ayuda acomodando en una vasija los intestinos que sustrae del animal. La rara ternura del sacrificio: el papá de Gerónimo está tranquilo y concentrado, no debe dañar de más el estómago del puerco. Los cerdos machos de crianza empiezan la cuenta regresiva de sus fugaces y monótonas vidas en Rancho Nuevo cuando llegan a los 90 kilos. A partir de ese momento, que suele equivaler a los seis meses de vida, la muerte está muy cerca, ronda. Que un cerdo viva más de un año es tan raro como un eclipse de luna. El ritual de su muerte comienza cuando los sacan del corral y se les deja de dar sorgo o cualquier otro alimento durante 14 horas. Una vez pasado ese lapso, Guadalupe lo deja inconsciente con el golpe de un mazo en el cráneo (todavía no existen las pistola aturdidoras o pinzas eléctricas de las granjas industriales). Tras el golpe, el cuerpo del animal se desploma al instante. Un edificio hecho estallar se derrumba en cámara lenta y un cerdo sacrificado cae como rayo, compara el pintor John Berger. A uno lo sostienen varillas y cemento, al otro, energía. Después de que el animal cae de manera súbita, Guadalupe lo desangra cortándole las venas y las arterias a la altura del cuello. Sangre fluye a borbotones hacia una vasija que vigila Gerónimo. El temperamento en el campo ante la sangre no es el mismo que en la ciudad. A continuación, en tan solo unos minutos, el cuerpo del animal queda desmembrado, el cerdo ya no tiene cabeza ni cola ni patas ni vísceras ni órganos. De hecho, para ese entonces, ya no se llama cerdo: le dicen canal. A canal lo cuelgan para que se seque, antes de que sea llevado a la ciudad para terminar embolsado como el chorizo rojo que vende María de Jesús en la colonia Terminal de Monterrey. Pero si es el cumpleaños de alguno de sus hijos u otra fecha en verdad especial, Guadalupe mata una de las vacas o de los cabritos que comen en los raquíticos pastizales del rancho. De la panza de la res sale mucha barbacoa y un menudo que les dura varios días y los pone contentos a todos. En ocasiones, en lugar de matar a los animales en Rancho Nuevo, el sacrificio se hace en la casa de Monterrey. No es raro que aparezcan cabritos muertos tendidos en el patio de la pequeña vivienda, como si fueran ropa recién lavada esperando a secarse. Cinco Los seis hijos de la familia González Garza son María de la Luz, Graciela, Teresa, Gerónimo Guadalupe y Martha. Gerónimo es el que colabora más con las matanzas animales de los fines de semana; sus hermanos estudian y su otra tarea es ayudar en la venta del chorizo. Tratan a Gerónimo con normalidad. Se tuercen para jugar con él al burro bala va, corren para las escondidas o brincan la bebeleche. Gerónimo pasa así su infancia, sin saber el Lenguaje de Señas. Tampoco sus padres ni hermanos. Toda la comunicación que hay es moviendo las manos o haciendo gestos. La voz de Gerónimo no emite sonido alguno pero se ve. En su casa, se usa ese alfabeto del silencio creado por ellos. Los padres de Gerónimo no le imponen el mundo de los que sí oyen, tratan de entender el suyo. Es una familia normal, alegre, con vitalidad. No es raro ver a Gerónimo con su pantalón de mezclilla ensangrentado, después de pasar todo el día con su padre en el improvisado rastro casero. Matar a un chivo es arduo: primero hay que ponerlo quieto, después enterrarle un cuchillo en la yugular, dejarlo que muera entre los grititos que lanza, colgarlo para que le escurra todo el chorro de sangre en una vasija, sacarle las tripas con las manos y quitarle el pelaje. Hay un sábado en que Gerónimo mata solo, sin ayuda de su padre, los 18 chivos que se comerán los invitados de una boda por celebrarse esa misma noche en Monterrey. Tiene diez años. Seis Alguien tocó a la puerta cierta noche del verano de 1965. Guadalupe salió a ver. El visitante era un joven veinteañero que le acercó una tarjeta blanca en la que se veían muchas pequeñas manos dibujadas de diferentes formas. Era el abecedario del Lenguaje de Señas. Al reverso un mensaje de texto: “Soy sordomudo. Te pido una cooperación para mi escuela”. El padre de

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Gerónimo sacó un poco de morralla y se la dio al muchacho. Guardó la tarjeta y a la tarde siguiente llevó a su hijo a la dirección que venía en ella. La escuela estaba sobre la calzada Madero, una de las avenidas importantes del antiguo Monterrey a la que por las noches le brillaban elegantes farolas encendidas y la animaba el sonido de la cumbia. El domicilio marcado en la tarjeta era una casa grande donde se enseñaba el Lenguaje de Señas, un idioma que la Enciclopedia Británica define como “una especie de escritura de imágenes en el aire”. La casona tenía pocas ventanas, tres habitaciones y un área común espaciosa donde se había acondicionado en 1951 la primera escuela para sordos del noreste de México. Al entrar daba la bienvenida un cartel con la definición griega del hombre: zoon lógon éjon, animal provisto de la palabra, así como fotos de un luchador sordo que por esos años compartía el cuadrilátero, de vez en vez, con El Santo o Blue Demon. Se llamaba El Prisionero. También había imágenes de David Sordomudo Rodríguez, otro artista del pancracio con una voluntad de hierro, aunque menos conocido que El Prisionero. El Prisionero era el nombre que había elegido Raúl Fuentes, nacido con sodera en el Distrito Federal el 3 de diciembre de 1936, para dedicarse a la lucha libre profesional. En los 70, El Prisionero abandonó los cuadriláteros y se convirtió en un intelectual sordo mexicano. Raúl Fuentes escribió una decena de libros sobre el Lenguaje de Señas nacional y se dedicó al teatro y a la pintura. Por su trabajo dramatúrgico fue premiado y reconocido, sobre todo en Noruega y Dinamarca, donde las redes escandinavas de sordos lo recibieron como uno de los más grandes artistas sordos latinoamericanos. Por lo menos 20 señas del Lenguaje Mexicano fueron inventadas por él, un luchador espiritifláutico que acabó siendo el pez guía en las turbulentas navegaciones de la comunidad sorda mexicana que trataba de abrirse paso.

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Siete La escuela de la calzada Madero estaba afiliada a la Agrupación Mexicana de Sordo-Mudos, A.C. Su símbolo era una ardilla. El movimiento incesante de las manos del simpático roedor come nueces le pareció al profesor Abel Sauza similar al de los sordos durante sus tertulias, y por ello se empleó como logotipo. Fue el profesor Sauza quien involucró a Gerónimo en las actividades de la escuela. El lugar funcionaba al mismo tiempo como agencia de trabajo. Los jóvenes sordos que recorrían los populosos barrios regiomontanos pidiendo dinero para la escuela estaban atentos por si veían a más sordos y los invitaban a integrarse a la naciente comunidad que trataba de organizarse, convenciéndolos a ellos o a sus familiares de que sus vidas podían estar sujetas a un destino mayor. Entre otras actividades, los estudiantes sordos, una vez que aprendían a comunicarse con el Lenguaje de Señas, formaban equipos de futbol y competían en torneos amateurs, o bien, salían en grupo a conocer otras ciudades de México en las que vendían llaveros, plumas o juguetes que ofrecían junto con tarjetas con frases con señas, como “Te quiero” (mano derecha con dos dedos doblados que hacen una especie de cuernos y se coloca en el pecho, a la altura del corazón) o “Dios te bendiga” (mano izquierda y mano derecha simétricas en forma de cuernos). Los profesores presentaban estos viajes a los padres como una forma de integrar a sus alumnos con el mundo, aunque incluían una lógica mercantil, ya que una parte de las ventas iba para la escuela y otra, menor, se la quedaban los propios jóvenes sordos emprendedores. No se trataba de lobos detrás de un rebaño de ovejas. Era en verdad un proyecto solidario. Ocho Gerónimo hizo su primer viaje fuera de Nuevo León a los 14 años, como parte de los tours de trabajo organizados en la Escuela de la calzada Madero. Fue como ir a otro planeta: el asfalto interminable de la hinchada urbe del Distrito Federal contrastaba con el terregal en el que había crecido, tanto en Rancho Nuevo como en Monterrey. Ahí pasó cuatro meses. Hizo visitas cortas a Guanajuato, Puebla y Aguascalientes. Conoció a sordos chilangos que tenían fama de ser abusivos con los de provincia, pero algunos se convirtieron en buenos amigos durante el tiempo que pasó en la capital. Participó en una protesta en la que se exigía cesar la discriminación de los sordos mexicanos y se demandaba proveer de mayor apoyo económico a la Escuela Nacional de Sordos. Le tocó estar en la vanguardia de la manifestación que comenzó en la Alameda, a la altura del Mausoleo a Benito Juárez, y que siguió hacia la calle Madero, por el Sanborns de los Azulejos, hasta llegar al Zócalo. La Escuela Nacional de Sordos fue fundada en 1867 por el maestro sordo francés, Edouard Huet. Se trata de una institución muy importante en la historia de los sordos latinoamericanos. En la hemeroteca de la Universidad de La Habana hay un ejemplar de la Revista Universal de Política, Literatura y Comercio, fechado el 30 de noviembre de 1875, en el cual aparece una crónica titulada: “Escuela Nacional de Sordomudos de México”. El autor que la conoció a finales del siglo XIX, es José Martí, y el artículo que escribió, tras la visita, comienza así: Las sombras tienen sus poemas, el espíritu sus conmociones, y la compasión sus lágrimas. Todo esto se siente, y muchas cosas se aman, ante esos seres abrazados por su propia luz, sin sentidos con que transmitirla, ni aptitudes para recibir el calor vivificante de la ajena. Nacidos como cadáveres, el amor los transforma, porque la enseñanza a los sordomudos es una sublime profesión de amor. Se abusa de esta palabra sublime; pero toda ternura es sublimidad, y el sordomudo enseñado

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es la obra tenaz de lo tierno. La paciencia esquisita, el ingenio excitado, la palabra suprimida, elocuente el gesto, vencido el error de la naturaleza, y venceder sobre la materia torpe el espiritu benévolo, por la obra de la calma y de la bondad. El profesor se convierte en la madre: la lección ha de ser una caricia; todo niño lleva en sí un hombre dormido; pero los sordomudos están encerrados en una triple cárcel perpetua. Inevitablemente las lágrimas se agolpaban a los ojos en el examen de sordomudos de antier. Hay en la escuela un niño, Labastida, de cabellos negros y brillantes, con los ojos vivaces de candor, la frente espaciosa, la boca sonriente, la expresión dócil y franca. Escribía con notable rapidez definiciones de ciencias; llenaba su pizarra velozmente; pedía más que hacer cuando los demás no habían concluido todavía. Labastida tiene doce años, y como la luz de su alma está comprimida, lleva toda la luz en su rostro, y su cara infantil es hermosa, animada y brillante. Seduce ese niño: invita a abrazarlo. A su lado trabajaba Ponciano Arriaga, hijo del hombre ilustre que incrustó principios de oro en la hermosa Constitución mexicana. Arriaga cumplirá pronto dieciocho años. Tiene todos los conocimientos de la instrucción primaria; expresa fácilmente los pensamientos que concibe; estudia botánica bajo la hábil dirección de Mr. Huet; resuelve problemas complicados de aritmética superior; dibuja con pureza de contornos, y con delicadeza y morbidez de sombras. Tiene la frente espaciosa, y como que desciende en ademán pensativo sobre sus ojos pequeños y animados: su nariz aguileña y sus labios finos revelan una distinción natural. Dicen que Arriaga tiene una extraordinaria facilidad de comprensión; y en verdad, aquella frente parece hecha para soportar graves pensamientos. Otro niño resuelve, al lado de éstos, problemas de aritmética, con rapidez que aun en niños dotados de todos sus sentidos llamaría la atención. Es Luis Gutiérrez el alumno más aventajado en cálculo. Su frente voluminosa se levanta en curva desde sus ojos investigadores y severos hasta su cabello abundante y rizado. Es un niño grave, en que se presiente al hombre. Sin quererlo, somos injustos. Gerónimo fue sólo un par de veces a la Escuela Nacional de Sordos, a reuniones convocadas por el grupo con el que llegó a la capital. Su viaje al Distrito Federal estaba lejos de las aulas y de tener como objetivo el recibir la enseñanza de los sordomudos, “esa sublime profesión del amor”.

El Monumento a la Revolución Mexicana era el sitio preferido por Gerónimo para vender llaveros. Los turistas se portaban generosos, sobre todo los parroquianos vespertinos de las cantinas aledañas. En cambio, en las oficinas vecinas de la Dirección Federal de Seguridad (DFS), si bien estaban especializados en hacer hablar a la gente que era detenida bajo sospecha de oponerse al gobierno, la vendimia era poca. Antes de regresar del Distrito Federal a Monterrey, el grupo viajó a Guadalajara por unas semanas. Gerónimo decidió ahí que se iría de mojado a Estados Unidos. Nueve Hay una foto Polaroid de mi tío Gerónimo, tomada en los 70, en la que se le ve el aire de forastero con el que dio sus primeros pasos en Estados Unidos. Aparece en una casa en construcción en pleno valle de Texas. Trae puestos un pantalón de mezclilla y una camisa blanca. Listo para trabajar. Parece que lo hará con una sonrisa: es un moreno flaco del que resaltan el pelo largo, oscuro y brilloso, así como un bigote que apenas asoma entre sus gruesos labios. En 1969, Gerónimo cruzó por primera vez la frontera junto con sus amigos Leobardo y Germán, a quienes conoció en el viaje a Guadalajara. Llegaron a Laredo, en la búsqueda de trabajos de albañilería o de lo que hubiera para unos muchachos sordos de 16 años. No encontraron tantas oportunidades y las pocas que había se las daban a migrantes mexicanos oyentes. Entonces se fueron de aventón a San Antonio, la ciudad más católica de Texas, mucho más poblada y a tan sólo dos horas de distancia. Empezaron a vender llaveros en el Downtown. Semanas después, se toparon con un grupo de sordos texanos a los que no les agradaba la idea de tener competencia de vendedores mexicanos. Los texanos les hicieron la vida imposible, retándolos a golpes y amedrentándolos hasta que lograron que La Migra los deportara. Entre ese momento y 1971, los detuvieron y deportaron unas cuantas veces. Pero en ese tiempo era común que un mexicano fuera y viniera al otro lado sin tanto problema. No se hablaba de instalar muros, ni de rancheros armados para vigilar las rutas de los migrantes en busca de trabajo ni de hacer visas láser. La frontera entre México y Estados Unidos era un vasto y movedizo territorio de personas. En una de las deportaciones, Gerónimo, Germán y Leobardo no fueron a dar a Nuevo Laredo, Tamaulipas, sino hasta Ciudad Juárez, Chihuahua, frontera con

El Paso, Texas. Vagaron unos días en el centro, cerca de bares famosos como el Kentucky, donde había parroquianos que afirmaban haber visto emborrachándose a Marilyn Monroe con Al Capone. Luego consiguieron un aventón a Monterrey con un trailero. Los papás de Gerónimo habían dejado de tener noticias de su hijo durante un buen rato y reaccionaron emocionados cuando lo vieron regresar a la casa cercana de la terminal de autobuses de Monterrey. Trataron de convencerlo de que se fuera a Rancho Nuevo a hacer vida de vaquero, algo que sabían que le gustaba tanto como viajar. Pero por esos años hubo sequía y con sequía, por más dadivosa que sea la buena fama que en general tiene la vida del campo, no se puede sembrar ni criar ganado y por lo tanto, no se puede vivir. Además, Gerónimo miraba con añoranza los días en Estados Unidos. Se había dado cuenta de que allá podía tener empleos que nunca tendría de este lado, y había visto que los sordos estadounidenses hacían cosas tan sencillas que, por la discriminación, parecían increíbles en México, como conducir un coche. Gerónimo era un migrante que no sólo buscaba salir de la pobreza. También le interesaba vivir. Diez Mientras decidía qué hacer con su vida hora que era mayor de edad, Gerónimo fue a tramitar su cartilla de servicio a la oficina de reclutamiento de la séptima Zona Militar en Monterrey. El 13 de agosto de 1971, el teniente coronel de infantería, Alejandro Sánchez Martínez, determinó así su situación ante la milicia mexicana: “Jerónimo [sic] González Garza, se encuentra INÚTIL para el Servicio Militar Nacional, por padecer: -SORDOMUDEZ [sic], enfermedad registrada en la Tabla de Enfermedades y Defectos Físicos anexa a la Ley del Servicio Militar Nacional, con el número 8, perteneciente al Grupo “C”, según Certificado Médico expedido por el Hospital Militar Regional de esta Plaza. De conformidad con el Oficio Superior 21935 de fecha 6 de julio de 1948, LOS INÚTILES NO ESTÁN OBLIGADOS A VISAR SUS CARTILLAS”. Semanas después, Gerónimo volvió a cruzar la frontera. Salió de la casa de sus padres con unos tacos de harina que le preparó su mamá, María de Jesús, para el camino, y con la decisión de no volver a México en un buen rato. Ahora el viaje sería más allá, mucho más allá de ese antiguo territorio de México que ahora se llama Texas.

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Once Fue un viaje de varios días, muy lento, por el caluroso noroeste mexicano. Gerónimo, acompañado de nuevo por Leobardo y Germán, viajó en autobús de Monterrey a Torreón, Coahuila, de ahí a Ciudad Juárez y así hasta llegar a Tijuana, por las carreteras rectas de Sonora, a largos ratos desoladas. Por Tijuana cruzó a California. Los tres iban a Los Ángeles atraídos por una noticia que les había llegado de buena fuente: allá estaba un grupo de jóvenes sordos mexicanos bien instalado, que organizaba caravanas por todo Estados Unidos. Una especie de comuna móvil, muy ad hoc con el momento hippie enmarcado por la guerra de Vietnam. La historia resultó cierta. Apenas llegaron, la comuna los acogió y en poco tiempo estaban viajando en vans desvencijadas, primero por ciudades y pueblos del oeste estadounidense, luego atravesaron el país, hasta que llegaron a Nueva York. Eran unos jóvenes felices, de rostros barbados como revolucionarios cubanos, que viajaban apretujados y miraban de reojo, por las ventanillas, su nuevo país, mientras conversaban con las manos y con algarabía. Algunas veces los dirigía un sordo pionero que ya había estado antes en el pueblo o en la ciudad visitada. Él indicaba a qué lugar había que ir a dormir hechos bola y en qué zona valía la pena ponerse a vender artilugios o buscar algún trabajo de campo, comercial, incluso industrial, si es que se los daban. Permanecían cierto tiempo y después emprendían la marcha de nuevo. Algunos sordos del grupo conseguían buenos empleos en maquiladoras y abandonaban la caravana, pero eran los menos. Los sordos sin papeles competían con los obreros estadounidenses y con los obreros migrantes, también sin papeles, pero oyentes. Llevaban la de perder. Aunque la venta de juguetes en plazas y parques públicos era su actividad principal, Gerónimo solía conseguir trabajos como albañil, carpintero o tablajero. Otras veces, ninguno de los viajeros conocía el sitio recién arribado, pero llevaban consejos de otros sordos mexicanos que habían pasado por ahí: los lugares que tenían que evitar porque había vendedores sordos estadounidenses; o bien, a cuáles

ir porque encontrarían gente dispuesta a darles un dólar a cambio de un artilugio y un cariñoso mensaje en Lenguaje de Señas. Luego reanudaban el viaje en busca de un nuevo sitio donde aterrizar. Si les iba bien, enviaban dinero a sus padres, o a sus hijos, o se compraban ropa bonita, o se daban una buena comilona. La caravana también iba dejando sordos cansados, que se frustraban y caían en el alcoholismo, o que desaparecían con sus hombros heridos de viajeros. No se volvía a saber más de ellos. Gerónimo, Germán y Leobardo eran felices viajando. En sus andanzas se relacionaban, sobre todo, con otros sordos, pero también conocían migrantes mexicanos oyentes, desplazados de Oaxaca, Puebla y Guerrero. Si había modo, Gerónimo platicaba con ellos sobre la siembra, con la idea de volver un día a México a trabajar las tierras yermas de su familia, en Rancho Nuevo. Hubo un momento en que la caravana se detuvo y cada quien se instaló por su cuenta. Gerónimo regresó a San Antonio, tras enamorarse en Atlanta. Leobardo también se instaló en tierras texanas, mientras que Germán prefirió Carolina del Norte. La relación entre los tres permaneció firme. Gerónimo, una vez instalado en San Antonio, regresó a Monterrey, en un viaje relámpago, por Graciela, su hermana sorda, para incluirla también en el sueño americano. Doce Gerónimo no se robó a su hermana Graciela, pero la familia no estaba segura de que fuera correcto que una joven sorda partiera a Estados Unidos, así nomás, a la aventura, aunque fuera con su hermano. En Monterrey, Graciela se dedicaba a coser vestidos para fiestas de quinceaños y bodas. Guadalupe y su esposa María de Jesús despidieron a su hija Graciela con el ceño fruncido. Graciela se fue a Estados Unidos y con el paso del tiempo se enamoró de Germán. Se casó con el amigo de su hermano Gerónimo y ambos hicieron su vida en Carolina del Norte. De llevar una vida enclaustrada entre telas y vestidos, Graciela

se convirtió en una auténtica nómada que le ha dado más de una vuelta completa a Estados Unidos, vendiendo llaveros y juguetes. A diferencia de Gerónimo, Graciela nunca ha dejado de recorrer el país haciendo ese trabajo. Ahora se enfoca en los eventos de la Serie NASCAR (National Association for Stock Car Auto Racing), una organización estadounidense que organiza las carreras de automóviles de serie más concurridas del país. Trece Pasaron diez años para que Gerónimo, Germán y Leobardo regularizaran su situación migratoria. A principios de los 80 se beneficiaron de leyes especiales y dejaron de ser indocumentados en Estados Unidos, sombras fugitivas. Gerónimo adquirió la ciudadanía estadounidense después de que se casó con su actual esposa, Ana, a la que durante la gira hippie conoció en Atlanta, en una fiesta celebrada en una discoteca exclusiva para sordos. Ana, rubia, de cuerpo atlético y sorda de nacimiento, tuvo una educación distinta a la de Gerónimo y aprendió desde niña a hablar el Lenguaje de Señas. La comunicación entre ambos se dio rápidamente porque Ana hablaba muy bien el Lenguaje de Señas Mexicano. Podría pensarse que hay un solo Lenguaje de Señas para todos los sordos del mundo, pero no es así. Hay bastantes diferencias entre el de un país y otro. Los sordos gringos hablan el Ameslan (American Signal Language), donde cada letra tiene una representación particular con las manos, y varios movimientos forman una palabra y muchos más una oración. El de los sordos mexicanos, además, cuenta con su propio caló regional: un sordo regiomontano no habla igual que un sordo maya. En los 70 y 80, los sordos migrantes mexicanos se estaban beneficiando de un movimiento de orgullo sordo estadounidense que reivindicaba la Lengua de Señas, aunque esto Gerónimo no lo supo porque su vida de migrante estaba lejos del movimiento intelectual sordo americano. Por esos años se promovieron en Estados Unidos obras de teatro, libros, programas

de televisión y películas. En Star Trek, el actor sordo Howie Seago interpretaba a un embajador de otro planeta que era sordo y hablaba por señas. En Broadway se presentó con éxito Hijos de un dios menor, dirigida a un público sordo. La cúspide fue la llamada revolución de los sordos que consiguió que la Universidad Gallaudet, en Washington, se convirtiera en una escuela de altos estudios exclusiva para sordos. De lo que sí se dio cuenta Gerónimo durante aquella vida nómada que duró casi todos los 70, fue que era posible cambiar la vida, incluso la de un sordo no rico nacido en México. Cuando Gerónimo llegó al otro lado era un ilegal, pero eso era menos dramático que lo que le pasaba en México, donde la discriminación hacía que algunos lo consideraran un imbécil. Catorce Es abril de 1991. Gerónimo ya no es nómada, se ha establecido en San Antonio, Texas con sus dos hijos y su esposa Ana, aunque en este momento está en el corral del rancho de Los Ramones, entre vacas y becerros que dan vueltas en círculo, mugen o estornudan estentóreamente con el sol de frente. Gerónimo laza una vaca. Otros dos vaqueros, un primo con bigote de morsa y un sobrino barbado, ayudan a Gerónimo para que le ponga en la cadera su sello mientras el animal está apersogado: las tres iniciales de su nombre. La vaca se cae y Gerónimo, lentamente, deja que le caiga el ardiente trinche de fierro con las letras G. G. G. La vaca se queda callada. No emite sonido alguno. Ya quedó marcada. Ahora sigue un becerro de ojos salvajes, después otra vaca inexpresiva. Será una larga tarde. María, la hermana mayor de Gerónimo, graba el ritual ranchero con una cámara de formato VHS. Una toma monótona, abierta, en la que no dejan de caer vacas y un vaquero silencioso las marca con su fierro ardiente. A partir de 1991, Gerónimo empieza a cumplir su sueño de ir más seguido a México, de hacer la vida de vaquero que en cierta forma tuvo que posponer a causa de sus viajes por Estados Unidos. Quiere darle vida al rancho de sus padres.
Continuará en el siguiente Número...

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La Ítaca de Géronimo POR ALICIA CÁRDENAS
o tiene mar. Tiene tierra agria, planicies con llagas, ecos desiertos, música con un compás en dos tiempos, un lenguaje orgánico muy peculiar, una estela de salitre y árboles a prueba de los más temibles calores y decenas de brechas. Por una de ellas se llega al rancho de Géronimo González Garza. Ubicado en Los Ramones, Nuevo León, la Ítaca de Géronimo se transforma en el destino último al que llega al final de todos sus viajes. Bordando una similitud con el Ulises de la Odisea de Homero, ese poema épico que narra el regreso a casa del Rey de Ítaca, tras ganar la guerra a los troyanos. Gerónimo, vaquero, migrante, sordo y nómada, luego de librar varias batallas vuelve a su rancho para encontrarse con un recuerdo de felicidad. Seguramente no pisó países en donde comen flor de loto que hace olvidar las cosas, ni con Cíclopes amenazantes o magas llamadas Circe que convertían a los hombres en animales, como las que cruzó Ulises el Rey de Ítaca, pero, antes de volver a su tierra-sangre, Géronimo ha superado y supera otras batallas para llegar cada vez que puede cruzando la frontera, a su casa, su origen, su iniciotodo. El cine es verdad y eso me ha motivado a contar la vida de Géronimo a través de un ejercicio fílmico documental. La historia es una historia viva que tiene que conocerse en otros escaparates.

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El documental que preparo tiene que ver, entre otros prismas, con un eje que involucre a la comunidad sorda. Si bien hay esfuerzos importantes de incluir, atender y acceder a los espacios de dicha comunidad, nos interesa que sirva esta historia de vida para que no se repitan errores. Las fronteras que cruza Géronimo son infinitas y únicas. Quiero que se conozca la historia de un hombre que cambia el entorno de una hermosa y amorosa configuración. Conocí en persona a Géronimo una primavera calurosa, entre los ritmos del norte y el olor a carne asada. No es un hombre común, es muy solitario, y su cariño como buen norteño, lo demuestra de una manera muy discreta. Estoy muy agradecida por la oportunidad de abrirme no sólo su casa, su familia y su vida, sino también su corazón. Estoy feliz de trabajar en este proyecto infrarrealista y documental. Géronimo dice te quiero cuando pone maíz dulce como carnada para que veamos venados fuera de su casa en Natalia, Texas. O cuando permite que lo sigamos en sus jornadas de trabajo o en su viaje cruzando la frontera; cuando te permite conocer sus cosas más privadas y de las que poco expone. Géronimo es un gran vaquero que ama la naturaleza y que sólo reacciona al día luego de tres tazas de café.

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LA VIDA EN CUBA DURANTE EL BLOQUEO
¿Cómo se asfixia a un pueblo sin tirar un cañonazo?
POR GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

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quella noche, la primera del bloqueo, había en Cuba unos 482,560 automóviles, 343,300 refrigeradores, 549,700 receptores de radio, 303,500 televisores, 352,900 planchas eléctricas, 286,400 ventiladores, 41,800 lavadoras automáticas, 3,500,000 relojes de pulsera, 63 locomotoras y 12 barcos mercantes. Todo eso, salvo los relojes de pulso, que eran suizos, había sido hecho en los Estados Unidos.

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Al parecer, había de pasar un cierto tiempo antes de que la mayoría de los cubanos se dieran cuenta de lo que significaban en su vida aquellos números mortales. Desde el punto de vista de la producción, Cuba se encontró de pronto con que no era un país distinto sino una península comercial de los Estados Unidos. Además de que la industria del azúcar y el tabaco dependían por completo de los consorcios yanquis, todo lo que se consumía en la isla era fabricado por los Estados Unidos, ya fuera en su propio territorio o en el territorio mismo de Cuba.

_Crónica Internacional
La Habana y dos o tres ciudades más del interior daban la impresión de la felicidad de la abundancia, pero en realidad no había nada que no fuera ajeno, desde los cepillos de dientes hasta los hoteles de 20 pisos de vidrio del Malecón. Cuba importaba de los Estados Unidos casi 30 mil artículos útiles e inútiles para la vida cotidiana. Inclusive los mejores clientes de aquel mercado de ilusiones eran los mismos turistas que llegaban en el Ferry boat de West Palm Beach y por el Sea Train de Nueva Orleáns, pues también ellos preferían comprar sin impuestos los artículos importados de su propia tierra. Las papayas criollas, que fueron descubiertas en Cuba por Cristóbal Colón desde su primer viaje, se vendían en las tiendas refrigeradas con la etiqueta amarilla de los cultivadores de las Bahamas. Los huevos artificiales que las amas de casa despreciaban por su yema lánguida y su sabor de farmacia tenían impreso en la cáscara el sello de fábrica de los granjeros de Carolina del Norte, pero algunos bodegueros avispados los lavaban con disolvente y los embadurnaban de caca de gallina para venderlos más caros como si fueran criollos. No había un sector del consumo que no fuera dependiente de los Estados Unidos. Las pocas fábricas de artículos fáciles que habían sido instaladas en Cuba para servirse de la mano de obra barata estaban amontonadas con maquinaria de segunda mano que ya había pasado de moda en su país de origen. Los técnicos mejor calificados eran norteamericanos, y la mayoría de los escasos técnicos cubanos cedieron a las ofertas luminosas de sus patrones extranjeros y se fueron con ellos para los Estados Unidos. Tampoco había depósitos de repuestos, pues la industria ilusoria de Cuba reposaba sobre la base de que sus repuestos estaban sólo a 90 millas, y bastaba con una llamada telefónica para que la pieza más difícil llegara en el próximo avión sin gravámenes ni demoras de aduana. A pesar de semejante estado de dependencia, los habitantes de las ciudades continuaban gastando sin medida cuando ya el bloqueo era una realidad brutal. Inclusive muchos cubanos que estaban dispuestos a morir por la Revolución, y algunos sin duda que de veras murieron por ella, seguían consumiendo con un alborozo infantil. Más aún: las pioneras medidas de la Revolución habían aumentado de inmediato el poder de compra de las clases más pobres, y estas no tenían entonces otra noción de felicidad que el placer simple de consumir. Muchos sueños aplazados durante media vida y aun durante vidas enteras se realizaban de pronto. Sólo que las cosas que se agotaban en el mercado no eran repuestas de inmediato, y algunas no serían repuestas en muchos años, de modo que los almacenes deslumbrantes del mes anterior se quedaban sin remedio en los puros huesos. Cuba fue por aquellos años iniciales el reino de la improvisación y el desorden. A falta de una nueva moral –que aún habrá de tardar mucho tiempo para formarse en la conciencia de la población– el machismo Caribe había encontrado una razón de ser en aquel estado general de emergencia. El sentimiento nacional estaba tan alborotado con aquel ventarrón incontenible de novedad y autonomía, y al mismo tiempo las amenazas de la reacción herida eran tan verdaderas e inminentes, que mucha gente confundía una cosa con la otra y parecía pensar que hasta la escasez de leche podía resolverse a tiros. La impresión de pachanga fenomenal que suscitaba la Cuba de aquella época entre los visitantes extranjeros, tenía un fundamento verídico en la realidad y en el espíritu de los cubanos, pero era una embriaguez inocente al borde del desastre. En efecto, yo había regresado a La Habana por segunda vez a principios de 1961, en mi condición de corresponsal errátil de Prensa Latina, y lo primero que me llamó la atención fue que el aspecto visible del país había cambiado muy poco, pero que en cambio la tensión social empezaba a ser insostenible. Había volado desde Santiago hasta La Habana en una espléndida tarde de marzo, observando por la ventanilla los campos milagrosos

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de aquella patria sin ríos, las aldeas polvorientas, las ensenadas ocultas, y a todo lo largo del trayecto había percibido señales de guerra. Grandes cruces rojas dentro de círculos blancos habían sido pintadas en los techos de los hospitales para ponerlos a salvo de bombardeos previsibles. También en las escuelas, los templos y los asilos de ancianos se habían puesto señales similares. En los aeropuertos civiles de Santiago y Camagüey había cañones antiaéreos de la Segunda Guerra Mundial disimulados con lonas de camiones de carga, y las costas estaban patrulladas por lanchas rápidas que habían sido de recreo y entonces estaban destinadas a impedir desembarcos. Por todas partes se veían estragos de sabotajes recientes: cañaverales calcinados con bombas incendiarias por aviones mandados desde Miami, ruinas de fábricas dinamitadas por la resistencia interna, campamentos militares improvisados en zonas difíciles donde empezaban a operar con armamentos modernos y excelentes recursos logísticos los primeros grupos hostiles de la revolución. En el aeropuerto de La Habana donde era evidente que se hacían esfuerzos para que no se notara el ambiente de guerra, había un letrero gigantesco de un extremo a otro de la cornisa principal: “Cuba, territorio libre de América”. En lugar de los soldados barbudos de antes, la vigilancia estaba a cargo de milicianos muy jóvenes con uniforme verde olivo, entre ellos algunas mujeres, y sus armas eran todavía las de los viejos arsenales de la dictadura. Hasta entonces no había otras. El primer armamento moderno que logró comprar la Revolución a pesar de las presiones contrarias de los Estados Unidos había llegado de Bélgica el 4 de marzo anterior, a bordo del barco francés Le Coubre, y este voló en el muelle de La Habana con 700 toneladas de armas y municiones en las bodegas por causa de una explosión provocada. El atentado produjo además 75 muertos y 200 heridos entre los obreros del puerto pero no fue reivindicado por nadie, y el gobierno cubano lo atribuyo a la CIA. Fue en el entierro de las víctimas cuando Fidel Castro proclamó la consigna que habría de convertirse en la divisa máxima de la nueva Cuba: “Patria o Muerte”. Yo la había visto por primera vez en las calles de Santiago, la había visto pintada a brocha gorda sobre los enormes carteles de propaganda de empresas de aviación y pastas dentífricas norteamericanas en la carretera polvorienta del aeropuerto de Camagüey, y la volví a encontrar repetida sin tregua en cartoncitos improvisados en las vitrinas de las tiendas para turistas del aeropuerto de La Habana, en las antesalas y los mostradores, y pintada con albayalde en los espejos de la peluquería y con carmín de labios en los cristales de los taxis. Se había conseguido tal grado de saturación social, que no había ni un lugar

ni un instante en que no estuviera escrita aquella consigna de rabia, desde las pailas de los trapiches hasta el calce de los documentos oficiales, y la prensa, la radio, y la televisión la repitieron sin piedad durante días enteros y meses interminables, hasta que se incorporó a la propia esencia de la vida cubana. En La Habana, la fiesta estaba en su apogeo. Había mujeres espléndidas que cantaban en los balcones, pájaros luminosos en el mar, música por todas partes, pero en el fondo del júbilo se sentía el conflicto creador de un modo de vivir ya condenado para siempre, que pugnaba por prevalecer contra otro modo de vivir distinto, todavía ingenuo, pero inspirado y demoledor. La ciudad seguía siendo un santuario de placer, con máquinas de lotería hasta en las farmacias y automóviles de aluminio demasiado grandes para las esquinas coloniales, pero el aspecto y la conducta de la gente estaba cambiando de un modo brutal. Todos los sedimentos del subsuelo social habían salido a flote, y una erupción de lava humana, densa y humeante, se esparcía sin control por los vericuetos de la ciudad liberada, y contaminaba de un vértigo multitudinario hasta sus últimos resquicios. Lo más notable era la naturalidad con que los pobres se habían sentado en la silla de los ricos en los lugares públicos. Habían invadido los vestíbulos de los hoteles de lujo, comían con los dedos en las terrazas de las cafeterías del Vedado, y se cocinaban al sol en las piscinas de aguas de colores luminosos de los antiguos clubes exclusivos de Siboney. El cancerbero rubio del hotel Habana Hilton, que empezaba a llamarse Habana Libre, había sido reemplazado por milicianos serviciales que se pasaban el día convenciendo a los campesinos de que podían entrar sin temor, enseñándoles que había una puerta de ingreso y otra de salida, y que no se corría ningún riesgo de tisis aunque se entrara sudando en el vestíbulo refrigerado. Un chévere legítimo del Luyanó, retinto, y esbelto, con una camisa de mariposas pintadas y zapatos de charol con tacones de bailarín andaluz, había tratado de entrar al revés por la puerta de vidrios giratorios del hotel Riviera, justo cuando trataba de salir la esposa suculenta y emperifollada de un diplomático europeo. En una ráfaga de pánico instantáneo, el marido que la seguía trató de forzar la puerta en un sentido mientras los milicianos azorados trataban de forzarla desde el exterior en sentido contrario. La blanca y el negro se quedaron atrapados por una fracción de segundo en la trampa de cristal, comprimidos en el espacio previsto para una sola persona, hasta que la puerta volvió a girar, y la mujer corrió confundida y ruborizada, sin esperar siquiera al marido, y se metió en la limusina que la esperaba con la

Había volado desde Santiago hasta La Habana en una espléndida tarde de marzo, observando por la ventanilla los campos milagrosos de aquella patria sin ríos, las aldeas polvorientas, las ensenadas ocultas, y a todo lo largo del trayecto había percibido señales de guerra
puerta abierta y que arrancó al instante. El negro, sin saber muy bien lo que había pasado, se quedó abochornado y trémulo. – ¡Coño! –Suspiró– ¡Olía a flores! Eran tropiezos frecuentes. Y comprensibles, porque el poder de compra de la población urbana y rural había aumentado de un modo considerable en un año. Las tarifas de la electricidad, del teléfono, del transporte y de los servicios públicos en general, habían sufrido reducciones drásticas, y se organizaban excursiones especiales del campo a la ciudad y de la ciudad al campo que en muchos casos eran gratuitos. Por otra parte, el desempleo se estaba reduciendo a grandes pasos, los sueldos subían, y la Reforma Urbana había aliviado la angustia mensual de los alquileres, y la educación y los útiles escolares no costaban nada. Las 20 leguas de harina de marfil de las playas de Varadero, que antes tenían un solo dueño y cuyo disfrute estaba reservado a los ricos demasiado ricos, fueron abiertas sin condiciones para todo el mundo, inclusive para los mismos ricos. Los cubanos, como la gente del Caribe en general, habían creído desde siempre que el dinero sólo servía para gastárselo, y por primera vez en la historia de su país lo estaban comprobando en la práctica.

7 al 13 de julio de 2013 12 Del Monterrey, N.L.

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El Oxford, un buque de la CIA equipado con toda clase de elementos de espionaje, patrulló las aguas territoriales cubanas durante varios años para vigilar que ningún país capitalista, salvo los muy pocos que se atrevieron, contrariara la voluntad de los Estados Unidos. Era además una provocación calculada a la vista de todo el mundo

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Creo que muy pocos éramos conscientes de la manera sigilosa pero irreparable en que la escasez se nos iba metiendo en la vida. Aún después del desembarco en Playa Girón los casinos continuaban abiertos, y algunas putitas sin turistas rondaban por los contornos en espera de que un afortunado casual de la ruleta les salvara la noche. Era evidente que a medida que las condiciones cambiaban, aquellas golondrinas solitarias se iban volviendo lúgubres y cada vez más baratas. Pero de todos modos las noches de La Habana y de Guantánamo seguían siendo largas e insomnes, y la música de las fiestas de alquiler se prolongaba hasta el alba. Esos rezagos de la vida vieja mantenían una ilusión de normalidad y abundancia que ni las explosiones nocturnas, ni los rumores constantes de agresiones infames, ni la inminencia real de la guerra conseguían extinguir, pero que desde hacía mucho tiempo habían dejado de ser verdad. A veces no había carne en los restaurantes después de la media noche, pero no nos importaba, porque tal vez había pollo. A veces no había plátano, pero no nos importaba porque tal vez había boniato. Los músicos de los clubes vecinos y los chulos impávidos que esperaban las cosechas de la noche frente a un vaso de cerveza, parecían tan distraídos como nosotros ante la erosión incontenible de la vida cotidiana. En el centro comercial habían aparecido las primeras colas y un mercado negro incipiente pero muy activo empezaba a controlar los artículos. Yo tomé conciencia del bloqueo de una manera brutal, pero a la vez un poco lírica, como había tomado conciencia de casi todo en la vida. Después de una noche de trabajo en la oficina de Prensa Latina me fui solo y medio entorpecido en busca de algo para comer. Estaba amaneciendo. El mar tenía un humor tranquilo y una brecha anaranjada lo separaba del cielo en el horizonte. Caminé por el centro de la avenida desierta, contra el viento de salitre del malecón, buscando algún lugar abierto para comer bajo las arcadas de piedras carcomidas y rezumantes de la ciudad vieja. Por fin encontré una fonda con la cortina metálica cerrada pero sin candado, y traté de levantarla para entrar, porque dentro había luz y un hombre estaba lustrando los vasos en el mostrador. Apenas lo había intentado cuando sentí a mis espaldas el ruido inconfundible de un fusil al ser montado, y una voz de mujer muy dulce pero resuelta. –Quieto compañero –dijo– Levanta las manos. Era una aparición en la bruma del amanecer. Tenía un semblante muy bello, con el pelo amarrado en la nuca como una cola de caballo, y la camisa de miliciana ensopada por el viento del mar. Estaba asustada sin duda, pero tenía los tacones separados y bien establecidos en la tierra, y agarraba el fusil como un soldado. –Tengo hambre –dije.

Tal vez lo dije con demasiada convicción, porque sólo entonces comprendió que yo no había tratado de entrar a la fonda a la fuerza, y su desconfianza se convirtió en lástima. –Es muy tarde –dijo. –Al contrario –le repliqué–: el problema es que es demasiado temprano. Lo que quiero es desayunar. Entonces hizo señas hacia adentro por el cristal, y convenció al hombre de que me sirviera algo aunque faltaban dos horas para abrir. Pedí huevos fritos con jamón, café con leche y pan con mantequilla, y un jugo fresco de cualquier fruta. El hombre me dijo con una precisión sospechosa que no había huevos ni jamón desde hacía una semana ni leche desde hacía tres días, y que lo único que podía servirme era una taza de café negro y pan sin mantequilla, y si acaso un poco de macarrones recalentados de la noche anterior. Sorprendido le pregunté qué estaba pasando con las cosas de comer, y mi sorpresa era tan inocente que entonces fue él quien se sintió sorprendido. –No pasa nada –me dijo–. Nada más que a este país se lo llevó el carajo. No era enemigo de la Revolución como lo imaginé al principio. Al contrario era el último de una familia de 11 personas que se habían fugado en bloque para Miami. Había decidido quedarse, y en efecto se quedó para siempre, pero su oficio le permitía descifrar el porvenir con elementos más reales que los de un periodista trasnochado. Pensaba que antes de tres meses tendría que cerrar la fonda por falta de comida, pero no le importaba mucho porque ya tenía planes muy bien definidos para su futuro personal. Fue un pronóstico certero. El 12 de marzo de l962, cuando ya habían transcurrido 322 días desde el principio del bloqueo, se impuso el razonamiento drástico de las cosas de comer. Se asignó a cada adulto una ración mensual de tres libras de carne, una de pollo, seis de arroz, dos de manteca, una y media de frijoles, cuatro onzas de mantequilla y cinco huevos. Era una ración calculada para que cada cubano consumiera una cuota normal de calorías diarias. Había raciones especiales para los niños, según la edad, y todos los menores de 14 años tenían derecho a un litro diario de leche. Más tarde empezaron a faltar los clavos, los detergentes, los focos, y otros muchos artículos de urgencia doméstica, y el problema de las autoridades no era reglamentarlos sino conseguirlos. Lo más admirable era comprobar hasta qué punto aquella escasez impuesta por el enemigo iba acendrando la moral social. El mismo año en que se estableció el racionamiento ocurrió la llamada Crisis de octubre, que el historiador inglés Hugh Thomas ha calificado como la más grave de la historia de la humanidad, y la inmensa mayoría del pueblo cubano se mantuvo en estado de alerta durante un mes, inmóviles en sus sitios de combate

hasta que el peligro pareció conjurado, y dispuestos a enfrentarse a la bomba atómica con escopetas. En medio de aquella movilización masiva que hubiera bastado para desquiciar a cualquier economía bien asentada, la producción industrial alcanzó cifras insólitas, se terminó el ausentismo en las fábricas y se sortearon obstáculos que en circunstancias menos dramáticas hubieran sido fatales. Una telefonista de Nueva York le dijo en esa ocasión a una colega cubana que en los Estados Unidos estaban muy preocupados por lo que pudiera ocurrir. –En cambio aquí estamos muy tranquilos –replicó la cubana–. Al fin y al cabo, la bomba atómica no duele. El país producía entonces suficientes zapatos para que cada habitante de Cuba pudiera comprar un par al año, de modo que la distribución se canalizó a través de los colegios y los centros de trabajo. Sólo en agosto de 1963, cuando ya casi todos los almacenes estaban cerrados porque no había materialmente nada que vender, se reglamentó la distribución de la ropa. Empezaron por raciones de nueve artículos, entre ellos los pantalones de hombre, la ropa interior para ambos sexos y ciertos géneros textiles, pero antes de un año tuvieron que aumentarlos a 15. Aquella Navidad fue la primera de la Revolución que se celebró sin cochinito y turrones, y en que los juguetes fueron racionados. Sin embargo, y gracias precisamente al racionamiento, fue también la primera Navidad en la historia de Cuba en que todos los niños sin ninguna distinción tuvieron por lo menos un juguete. A pesar de la intensa ayuda soviética y de la ayuda de China Popular que no era menos generosa en aquel tiempo, y a pesar de la asistencia de numerosos técnicos socialistas y de la América Latina, el bloqueo era entonces una realidad ineludible que había de contaminar hasta las grietas más recónditas de la vida cotidiana y a apresurar los nuevos rumbos irreversibles de la historia de Cuba. Las comunicaciones con el resto del mundo se habían reducido al mínimo esencial. Los cinco vuelos diarios a Miami y los dos semanales de Cubana de Aviación a Nueva York fueron interrumpidos desde la Crisis de Octubre. Las pocas líneas de América Latina que tenías vuelos a Cuba los fueron cancelando a medida que sus países interrumpían las relaciones diplomáticas y comerciales, y sólo quedo un vuelo semanal desde México que durante muchos años sirvió de cordón umbilical con el resto de América, aunque también como canal de infiltración de los servicios de subversión y espionaje de los Estados Unidos. Cubana de Aviación, con su flota reducida a los épicos Bristol Britannia que eran los únicos cuyo mantenimiento podían asegurar mediante acuerdos especiales con los fabricantes ingleses, sostuvo un vuelo casi acrobático a través de la ruta polar hasta Praga. Una carta de Caracas, a menos de mil kilóme-

tros de la costa cubana, tenía que darle la vuelta a medio mundo para llegar a La Habana. La comunicación telefónica con el resto del mundo tenía que hacerse por Miami o Nueva York, bajo el control de los servicios secretos de los Estados Unidos, mediante un prehistórico cable submarino que fue roto en una ocasión por un barco cubano que salió de la bahía de La Habana arrastrando el ancla que había olvidado levar. La única fuente de energía eran los 5 millones de toneladas de petróleo que los tanqueros soviéticos transportaban cada año desde los puertos del Báltico, a 14 mil kilómetros de distancia, y con una frecuencia de un barco cada 53 horas. El Oxford, un buque de la CIA equipado con toda clase de elementos de espionaje, patrulló las aguas territoriales cubanas durante varios años para vigilar que ningún país capitalista, salvo los muy pocos que se atrevieron, contrariara la voluntad de los Estados Unidos. Era además una provocación calculada a la vista de todo el mundo. Desde el malecón de La Habana o desde los barrios altos de Santiago se veía de noche la silueta luminosa de aquella nave de provocación anclada en aguas territoriales. Tal vez muy pocos cubanos recordaban que del otro lado del mar Caribe, tres siglos antes, los habitantes de Cartagena de Indias habían padecido un drama similar. Las 120 mejores naves de la armada inglesa, al mando del almirante Vernon, habían sitiado la ciudad con 30 mil combatientes selectos, muchos de ellos reclutados en las colonias americanas que más tarde serían los Estados Unidos. Un hermano de George Washington, el futuro libertador de esas colonias, estaba en el estado mayor de las tropas de asalto. Cartagena de Indias, que era famosa en el mundo de entonces por sus fortificaciones militares y la espantosa cantidad de ratas de sus albañales, resistió el asedio con una ferocidad invencible, a pesar de que sus habitantes terminaron por alimentarse con lo que podían, desde las cortezas de los árboles hasta el cuero de los taburetes. Al cabo de varios meses, aniquilados por la bravura de guerra de los sitiados, y destruidos por la fiebre amarilla, la disentería y el calor, los ingleses se retiraron en derrota. Los habitantes de la ciudad, en cambio, estaban completos y saludables, pero se habían comido hasta la última rata. Muchos cubanos, por supuesto, conocían este drama. Pero su raro sentido histórico les impedía pensar que pudiera repetirse. Nadie hubiera podido imaginar, en el incierto Año Nuevo de 1964, que aún faltaban los tiempos peores de aquel bloqueo férreo y desalmado, y que había de llegarse a los extremos de que se acabara hasta el agua de beber en muchos hogares y en casi todos los establecimientos públicos.
/ Publicado en Proceso No. 0090- 01. 24 de julio de 1978.

_Opinión

Del 7 al 13 de julio de 2013 Monterrey, N.L.

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«Expediente» «Aullidos de cisne»
JUAN ALBERTO CEDILLO Corresponsal de Proceso. Especialista en Nazis. @JuanACedillo EDUARDO NUÑEZ Escritor. Bibliotecario. Punk. nunez_eduardo@hotmail.com

LOS CHINOS DESTAPARON LA CLOACA
os secuestros en   la comunidad china de la zona metropolitana de Monterrey evidenciaron una realidad que las autoridades pretenden ocultar: en Nuevo León se priva de su libertad  a más de 40 personas por mes. Esa cifra se desprende de las denuncias presentadas ante la Procuraduría de Justicia estatal. Lo anterior significa que el número real de levantones, secuestros y privaciones ilegales que ocurren en un mes  deben ser al menos el  doble, debido a los casos que no se denuncian. En diversas ocasiones, y de diversas formas solicité a la Procuraduría General de Justicia del Estado de Nuevo León, estadísticas oficiales  sobre secuestros, levantones, privaciones forzadas de la libertad, etcétera. También solicité datos sobre el número de desaparecidos. La cobertura de las acciones del crimen organizado que realicé a lo largo de los últimos cinco años en el noreste  para la Agencia EFE, El Universal, Proceso y CNN México dejaba ver  que el delito de secuestro era el más grave de todos lo que estaban ocurriendo. Cuento con reportes de bancos de Texas precisando que llegaban entre tres y cinco clientes por mes buscando desesperadamente sacar su dinero para pagar el rescate de sus familiares plagiados.  Así que intentaba documentar las privaciones ilegales y secuestros  que ocurrían en la región, con información de las autoridades. Sin embargo, los datos  oficiales   se me  negaron  sistemáticamente. Ahora,   un estudio   realizado por la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL) y  diversas instituciones privadas tuvo acceso a las cifras oficiales, las cuales  arrojan  que los delitos de secuestro y todos los relacionados con  las privaciones ilegales de la libertad crecieron desproporcionadamente desde el año 2009 hasta la fecha. “Durante 2011, el promedio mensual  de delitos contra la libertad en Nuevo León ascendió a 43 casos”, precisa el estudio Percepción y Realidad del Secuestro en Nuevo León, coordinado por la doctora  Patricia Cerda Pérez y realizado por investigadores de la Universidad Autónoma de Nuevo León. En la elaboración del estudio también  participó el Instituto Dipev S.C. y el Centro de Integración Ciudadana  Fernández Fromow. Las cifras oficiales de la Procuraduría General  del Estado (PGJE) arrojan que en el año 2011 se cometieron  en Nuevo León 510 “delitos contra la libertad”. Si a esas cifras le sumamos las privaciones  que no se denunciaron,  conservadoramente se puede asegurar que la  estadística  global supera los mil casos por año, debido a que se calcula que por cada secuestro que se denuncia hay uno más que no se reporta  ante las autoridades, según los investigadores de la UANL. El   estudio destaca que hasta el 2009 se registraban en la zona metropolitana de Monterrey entre cinco o seis secuestros por año. Unos cinco años antes  se contabilizaban apenas uno o máximo  dos anualmente. Las estadísticas oficiales muestran que los secuestros se dispararon   para el siguiente año con alrededor de seis casos por mes. Desde febrero del 2010 comenzó la narcoguerra entre Cartel del Golfo y los Zetas, y a partir de entonces los levantones se hicieron cotidianos. Para contabilizar todo tipo de privaciones ilegales, los investigadores incluyeron las cinco cate-

MARGARITA DE DIOS Y LA GUBERNATURA
ran las seis de la tarde del sábado ocho de Junio, los altavoces con discursos religiosos invadían parte de la Macroplaza, su sede estaba en la Plaza Zaragoza, frente al Palacio Municipal de Monterrey. Cientos de personas invadían Morelos, el sudor mojaba sus rostros, el calor estaba tremendo. Enfrente se encontraba la catedral católica, asestada de feligreses en coexistencia con las bodas  y demás celebraciones religiosas sabatinas. El sonido de las bocinas con voces cristianas no católicas penetraba sin miramientos hasta el púlpito de la catedral. La concentración religiosa era dirigida por la Alianza de Pastores Ora Monterrey, según se supo por los medios.  Silencio: aparece la Alcaldesa de Monterrey. Asciende al  podio y entre otras cosas declara: “Yo, Margarita Arellanes Cervantes, entrego la ciudad de Monterrey, Nuevo León, a nuestro señor Jesús Cristo para que su reino de paz y bendición sea establecido. Abro las puertas de este municipio a Dios como la máxima autoridad”. Entregó las llaves de la ciudad. Esta declaración aparece en un artículo del periódico El País, de circulación nacional en España y de carácter global en español. Los funcionarios son funcionarios las 24 horas del día mientras su mandato sea vigente. Toman decisiones fuera de horas hábiles, pues aunque exista descanso de fin de semana, no pierden la investidura, (todo lo que hagan o dejen de hacer atañe a esta representación) pues no pasa lo mismo que con sus secretarios u otros empleados, que sí pueden descansar y hacer cosas fuera del horario de oficina. No es el caso de los presidentes, diputados y otros funcionarios electos, que no son empleados de algún patrón, sino de una entidad llamada población, asunto que poco se ajusta al derecho laboral tradicional. Son permanentes y sólo eso. Su responsabilidad es política. Esta es la dirección ideológica que genera un Estado de bienestar permanente en la comunidad. No es una mafia como algunos promueven. Son directivos para la toma de decisiones, para el progreso económico y social. Que algunos se desvíen de esta visión, es un asunto de priorización de los intereses individuales sobre los colectivos. En México costó miles y miles de vidas establecer la separación entre la iglesia y el Estado. La Guerra Cristera es un ejemplo. Este orden duró hasta el 16 de Julio de 1992, cuando el gobierno decidió establecer la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público, mediante la cual es Estado incorpora la regulación del culto religioso. El sector católico concentraba casi todo el poder económico; la atomización de esta en grupos cristianos-protestantes y cristianos-católicos, mediante la creación de miles y miles de nuevas iglesias, generó el dinamismo económico, pues cada grupo se obligó a hacer sus propios negocios para su permanencia. Eso encaja muy bien en el proyecto económico neoliberal. Las parroquias cristianas-católicas poco a poco empezaron a ser diezmadas, debido a que muchos de ellos les convino tener y fundar su propia iglesia. Para muchos fue más costeable, otros siguieron el camino de agruparse como asociaciones civiles. Por el lado del cristianismo protestante se operó el mismo fenómeno, su crecimiento ha sido exponencial en los últimos años. En Nuevo León hay 250 Iglesias de las cuales 62 son católicas y 188 cristianas protestantes. Hay 2837 ministros, de los cuales los más numerosos son: Concilio Nacional de las Asambleas de Dios con 429 ministros, Congregación Cristiana Testigos de Jehová con 1308 y la Adventista del Séptimo Día

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Cuento con reportes de bancos de Texas precisando que llegaban entre tres y cinco clientes por mes buscando desesperadamente sacar su dinero para pagar el rescate de sus familiares plagiados
gorías con las que la Procuraduría estatal califica  este delito: Plagio, Privación Ilegal de la Libertad, Rapto, secuestro y Trata de Personas. Las cifras globales arrojan que en el año 2011 se registraron 510 privaciones ilegales de la libertad y durante el 2012 la estadística  totalizó 425 casos denunciados ante las autoridades. El 57 por ciento del total de las privaciones ilegales en el 2012 estuvieron relacionados con delincuencia organizada, 42 por ciento fueron “secuestros puros” y un uno por ciento “secuestros exprés”. El 78 por ciento de las personas privadas ilegalmente de su libertad fueron hombres y 22 mujeres.  Un 27 por ciento del total de las mujeres fueron violadas, precisa el reporte de la UANL. En el caso de los secuestros el promedio del pago del rescate fue de 250 mil pesos, y se estima que al menos un seis por ciento de los plagiados fueron asesinados. Anteriormente el  Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP) alertó que durante el primer trimestre de este año la cantidad de secuestros en todo  el país aumentó 20 por ciento  respecto del mismo periodo de 2012. De hecho, es el delito que más continúa incrementándose   a nivel nacional. Recientemente, el Observatorio Nacional Ciudadano por la Seguridad, la Justicia y la Legalidad  destacó que en los primeros cuatro meses de 2013 la estadística  de secuestros aumentó un 16.9 por ciento en toda la república. El estudio de la UANL  concluye  que los secuestros y las privaciones ilegales se han convertido en la peor tragedia para las familias del país. En muchos casos las mujeres  son violadas,  en otros  los hombres son mutilados y en todos los secuestros las familias quedan en la ruina después de pagar los rescates. Patricia Cerda propone  que  la Ley de Víctimas debería incluir un apartado especial y fondos  para que se apoye a estas familias que han sufrido un secuestro. Eso sería sin duda   una acción elemental de justicia del Estado Mexicano, ya que no ha podido frenar, ni terminar con la impunidad con la que se está cometiendo.

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con 42, y Católicos con 110. Parte de su impacto social es el voto centralizado para uno u otro partido político. Al estilo del voto corporativo que practicaron y quizá practican aún lo que queda de las centrales sindicales y campesinas oficialistas. Las elecciones de gobierno de Nuevo León en 2003 se vieron inclinadas hacia el candidato triunfante por el voto duro acordado con estos sectores religiosos, a cambio de espacios en la estructura gubernamental y en los espacios públicos….. al menos es los que se ha observado en los espacios públicos en los últimos seis años en el área metropolitana de Monterrey, sobre los permisos para culto extraordinario en los espacios públicos, sobre todo en la Explanada de los Héroes de la Macroplaza. Otra es la presencia de asesores del gobernador de estos grupos religiosos, muy sabido a voces por los militantes de base. En las elecciones de 2009 también se disputó este voto centralizado que inclinó la balanza hacia el sector vencedor, al menos en Nuevo León. Eso es un asunto indemostrable en los términos oficiales, ya que son datos que no son registrados por los organismos oficiales; el voto corporativo no existe legalmente, pero se efectúa en los hechos, como es el caso de los votos para  el Partido Nueva Alianza por los afiliados al SNTE dirigido por Elba Esther Gordillo, fundadora de este partido. Los pastores son decisivos en la obtención del voto para tal o cual partido o candidato a causa de la férrea disciplina a los integrantes de sus gremios, en este caso para asegurar el voto. Tal panorama, explica hasta cierto punto el mesianismo de la alcaldesa Margarita Arellano, miembro y militante del partido católico por antonomasia en México,  misma que se vuelca a reivindicar a la Alianza de Pastores Ora Monterrey, grupo cristiano-no católico (no registrado en la secretaria de Gobernación) organizador de la asamblea-mitin este pasado de junio en la Plaza Zaragoza. La forma en que la alcaldesa entregó la ciudad es parte de un formato ya establecido: “Yo fulano de tal, entrego las llaves de la ciudad a Jesús Cristo…”. Es seguro que el texto no fue redactado por ellos, sino por la Alianza de Pastores, dada lo similar del discurso. En Ensenada Baja California, Enrique Pelayo Torres, munícipe, hizo esta declaratoria en septiembre de 2012. El alcalde de Guadalupe, Nuevo León, Cesar Garza (y de filiación priista), hizo lo mismo en diciembre del 2012, frente una gran concentración de grupos religiosos protestantes. Igual es el caso del alcalde de Ciudad Juárez de afiliación panista. Así, Margarita Arellanes se suma a esta tendencia mesiánica, con el claro objetivo de ganar la gubernatura del estado en 2015, contando con una nueva ventaja; hace días, el Partido Acción Nacional experimentó una reforma estatutaria en la cual, ahora sí, todos sus miembros podrán votar directamente por sus candidatos al interior. Este cambió eliminó el voto de la oligarquía política de los notables del PAN, cuyo derecho al voto estaba reservado como élite. Las cosas han cambiado desde la debacle del PAN en 2012, sin duda. Esta acción va provocar su generalización a nivel nacional, donde existan bases protestantes de gran número. Después de todo, el PAN no es un partido que defienda a un Estado Laico, al contrario, promueve un Estado Eclesiástico.  Más o menos las cosas apuntan en esa dirección. Lo acción anti laica de Arellanes sólo es la punta del iceberg.

7 al 13 de julio de 2013 14 Del Monterrey, N.L.

«Reporte Infrarrealista»
EL GATO RARO Locutor. Cuentista. Rebelde de la CROC. elgatoraro.com

_Opinión

INSTRUCCIONES PARA HACER UN DOCUMENTAL EN MONTERREY VOL: 1
bre Google y teclea “Leche La Perla Monterrey”. Con la información que encuentres no podrás hacer un documental interesante pues la función búsqueda web te arrojará sólo la siguiente dirección: “Magnolia 1979 Ote, Moderna, Monterrey, Nuevo León México (64550)”, así como dos teléfonos de ventas. Si los marcas, una voz amable te dirá que no existen. Si después de eso sigues terco en gastarte el dinero de la beca que te dieron para hacer el documental, pero tu información nomás no es interesante, busca a tus abuelos o padres y diles te cuenten más sobre La Perla. Si tienes suerte, en el  álbum familiar encontrarás una fotografía de cuando eras niño: estás bebiendo de la botella Pure Pack ® con fondo blanco y logotipo rojo formado por una concha de mar con su perla adentro y la leyenda “Leche Pasteurizada Pura de Vaca”. Eso te permitirá tener un punto de partida para contar la historia. La capital de nuestro estado nos presenta una gran variedad de temas para hacer proyectos literarios y cinematográficos, pero los medios de comunicación, la mayoría de las veces, sólo nos permiten informarnos sobre   tráfico,  clima o partidos de futbol, y son cada vez más los espacios dedicados a la superación personal o programas de “revista”. Las historias que formaron nuestra ciudad parecen olvidadas, incluso por los canales culturales de televisión local, que ceden los espacios a programas de entretenimiento y de payasos. A pesar de eso, todavía se pueden encontrar temas. En la colonia Moderna existía una lechería llamada La Perla, pero hace tiempo que se encuentra en huelga. Eso, definitivamente es tema para un documental. Las banderas rojinegras adornan la fachada de lo que fue una próspera empresa regiomontana, ícono del barrio pujante que se abría espacio entre casas y demás negocios locales. Es común ver en las afueras de esta lechería a pocos trabajadores que siguen cumpliendo su turno. Van a las horas y siguen en espera de que el  abogado defensor les cumpla lo prometido: la indemnización. En una caminata por la colonia conocí a esos trabajadores. Aunque renuentes en un principio, aceptaron que los visitara para charlar con ellos y encontrar la forma de hacer el documental: una lechería en huelga en el Estado del Progreso (Nuevo León), un estado sin huelgas. Sería un trancazo para un Festival de Cine Documental como Ambulante y entonces yo podría seguir ejerciendo mi profesión de periodista y voyeur profesional. Incluso podría contar con  apoyo de alguna instancia gubernamental, o mínimo el tema les interesaría a Gael García y Diego Luna, quienes me comenzarían a seguir en Twitter. Pensé eso y muchas otras cosas. Las condiciones de los trabajadores de La Perla que cumplen el reglamento en horarios de entrada y salida y que siguen presentándose, incluso enfermos y pidiendo prestado para el camión, me permitirían registrar un verdadero drama de la vida real; fueron varias las

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noches en que me desvelé aterrizando el abstract que me permitiría conseguir un productor ejecutivo interesado. Sin embargo, la ansiedad me ganó y decidí, sin apoyo, lanzarme con cámara en hombro a charlar con ellos. Antes tomé algunas fotografías e hice un estimado del costo de producción. El  tema me latía mucho. Lo había rebotado con dos amigos que le vieron posibilidades. Recién acababa de pagar mi coche y la factura ya a mi nombre me permitía venderlo para realizar la película. Mi película llamada La Perla. Fueron varias las visitas. Conseguí  material suficiente para elaborar un tráiler fake que ayudara a encontrar un productor interesado. Las charlas con los ex trabajadores se volvían complicadas, pues ellos tenían miedo que si el  documental generaba molestias con los dueños de la empresa, estos no les darían la compensación que buscaban.  “El  abogado nos recomendó ya no hablar con usted, joven” fue lo que me dijo uno de los señores que interrumpía su plática para toser y escupir pues una enfermedad en tratamiento lo afectaba. “Aun con enfermedad sigo aquí” agregó. Frente a la fábrica que, debo decir, está envuelta por ese misticismo que otorga el abandono, vive un señor que conoce la historia completa de la empresa lechera. Él  llegó primero a vivir a la calle Magnolia y tiene fotos de la inauguración y es también conocido por ahora apoyar a los ex trabajadores al darles agua, charlar con ellos y aceptar entrevistas con documentalistas primerizos como yo. Seguí con el  proyecto hasta que una charla larga y tendida con uno de los ex trabajadores me orilló a desistir. Era mucho el miedo que los trabajadores tenían, así que decidí esperar la resolución de su juicio y también a publicar esta pequeña historia que sirva para encontrar un productor interesado. Informes para el  documental en elgatoraro@gmail.com y el celular personal 8110633678

Peseal

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de las dos grandes cerveceras, se están haciendo por lo menos 35 cervezas artesanales en el área metropolitana de Monterrey.

Desde la Calle Rojo
uando llegué hace unos meses, a duras penas salía de la casa en la que me quedaba en El Barrio Antiguo. Venía con la paranoia de quien leyó las noticias nacionales que hablaron de la violencia en la ciudad durante varios años. Ni al interior de los gruesos muros de la habitación principal me sentía seguro, no vaya a ser que sea víctima de un robo a casa habitación que coja un mal giro o que de plano venga alguien para agredir a un joven reportero recién llegado a Monterrey. Ahora, después de dos meses en este lugar, nueves números publicados, 18 historias

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editadas y un sinnúmero de calles recorridas, a veces, me siento como en casa. La ciudad es una casa disfuncional, dispareja y desigual pero con ese saborcito tan peculiar, ese aroma de hogar que se siente de vez en cuando, en el camino de regreso. Esta semana en el periódico hablamos de un terreno que disputó FEMSA a los vecinos de La Pastora, con el pretexto de hacer feliz a la afición rayada de la ciudad, pero con el verdadero fin de adueñarse de un manto acuífero; de un vaquero que cruza la frontera mexicana en silencio y de un bloqueo cubano narrado por un cronistas colombiano que le tiene un amor irracional a México. Todo esto puede verse en el impreso que se regala por todo el centro de la ciudad y en la nueva página de internet que ya está activa. El periódico se politiza, se inmiscuye en la vida del barrio y de la ciudad, y ahora participa en los madrazos. DLP

buzon@elbarrioantiguo.com Aquí recibimos sus crónicas, comentarios y quejas.

_Obituario

Del 7 al 13 de julio de 2013 Monterrey, N.L.

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MARÍA DE JESÚS RODRÍGUEZ CANTÚ
LA SEÑORA DE LA SEGUNDA PLAZA
POR CARACOL LÓPEZ
esde el rellano de la escalera se puede percibir que este departamento, ubicado en el Edificio 32, frente a la Segunda Plaza de los Condominios Constitución, no es común: en las escaleras hay montones de periódico y losetas apiladas, se escucha a un perro ladrar y un barandal pequeño impide el paso a la puerta principal, adornada con festones y escarcha a pesar de no ser temporada navideña. La pequeña niña que se asoma y saluda, da paso a una señora con cabello teñido de claro, quien abre y espanta al perro. Por dentro, el lugar confirma las sospechas: es exuberante en sus adornos y parece un bazar. Hay más escarcha, festones, flores, fruteros y estatuillas. Hasta las cortinas son vistosas y tienen arabescos complicados. María de Lourdes García Rodríguez, la mujer que abrió la puerta, se sienta atrás de un escritorio cuya superficie está cubierta con diamantina dorada y billetes antiguos. Saca un álbum fotográfico y de él escoge una fotografía. En la fotografía a blanco y negro puede verse una mujer: tiene el cabello corto, oscuro, lustroso y rizado; su nariz recta y ojos que no miran a la cámara le dan aire de estrella cinematográfica antigua. Los aretes grandes y el collar en eslabones que cubre su cuello también ayudan a reforzar esa impresión. Es María de Jesús Rodríguez Cantú, la mamá de María de Lourdes, Lulú. Lulú cuenta que su madre nació el cinco de febrero de 1938 y murió el 21 de junio de 2013. Vio la luz en Atongo de Abajo, pequeño pueblo ubicado entre Allende y Cadereyta, que a pesar de tener un río sigue siendo muy pobre. De ahí salió para Monterrey, como muchos otros que salen del campo y construyen su vida en esta ciudad. *** Lulú muestra otra fotografía. Es una foto escolar, de la primaria donde estudió María de Jesús. Entre el color sepia de la vieja imagen se pueden distinguir 31 niños sentados en hileras sobre bancos ascendentes. En medio está el profesor. Miran directamente a la cámara, menos María de Jesús, quien se ubica en la parte más alta de la formación, justo en la izquierda. Observa la cámara de lado, está muy seria para ser niña y por alguna extraña razón parece distinguirse. Todos los niños tienen las huellas de la pobreza: ninguno usa zapatos y los pies de los de abajo están asentados sobre el polvo. -¿Sabes por qué se distingue? Por el vestido blanco, deslumbrante. Estuvo toda la noche anterior lavando su vestido. Es que era de una niña del pueblo que se acababa de morir. María de Jesús terminó la primaria en 1951, en Atongo de Abajo. Pudo no haber estudiado más, pudo crecer y morir en su pueblo, pero el azar determinó otra cosa. Cuando tenía 11 años y vivía con su madrina Jesusita debido a que sus padres no podían alimentarla, llegaron unos extraños y se la llevaron a Monterrey. Los extraños eran “el Doctor Alfonso y su esposa Teresita, personas distinguidas de la Colonia del Valle. Querían una muchacha para que trabajara de sirvienta en su casa”. El doctor y su esposa fueron a Atengo buscando a otra muchacha, pero se equivocaron de carretera y terminaron en el jacal de los Rodríguez. Ellos decidieron entregar a María de Jesús. *** La siguiente fotografía también es un retrato escolar en blanco y negro: 60 niñas ataviadas con jumpers, blusas blancas y corbatines posan debajo de unos arcos y una estatua de la Virgen. María de Jesús está sentada abajo, con las piernas cruzadas de lado. Sonríe un poco. -Es una foto de la secundaria. La familia que se la llevó vio que era muy inteligente, muy luchadora, así que la mandó a terminar su escuela.

05/02/38 - 21/06/13

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*** La siguiente fotografía ya tiene color, es Polaroid. Se puede mirar a Tuty con un vestido largo y azul oscuro. Lleva un bolso blanco, una flor en el cabello. Tiene algo más de peso y se ve incómodamente feliz. Está en la baranda de una azotea. Detrás de ella se ve, en esa aura azulada de toda la foto, el Cerro de la Silla. Cuando se quedó viuda y con tres hijos, buscó la manera de sobrevivir y cuidar a la familia. En 1969 se mudó a los Condominios Constitución; trabajaba arduamente en un negocio de pasteles que le permitió ser más independiente. En otra fotografía de aire rojizo, se le puede ver atrás de un pastel rosa de cinco pisos. Al final dejó el negocio de los pasteles porque el calor afectaba una psoriasis que la molestó casi toda la vida. De nuevo tuvo que buscar trabajo. Y se le ocurrió, junto a una amiga, empezar a organizar viajes grupales a Chinconcuac. Los auténticos viajes a Chinconcuac. Tuty fue pionera en los tours organizados por particulares. Llegó a movilizar una caravana de ocho camiones e hizo viajes durante 40 años. -Una vez se la quisieron llevar los soldados porque estaba cantando y bailando en medio de la carretera. Es que se le había ponchado la llanta del autobús y los chóferes no traían refacción. Ninguno quiso ir al siguiente pueblo a pedir ayuda. Ella paró a un trailero y se fue con él al pueblo. De regreso al autobús se puso a bailar con la música de un radio de pilas para que no se desesperaran sus pasajeros. María de Jesús sirvió en la casa del Valle durante casi toda su adolescencia. Luego decidió vivir su vida. *** “Para mi Tuty, con todo cariño en sus 19 primaveras de quien la quiere y no la olvida”. “I love you”. “For My Sweetheart in your 19 years old” “En la boca No! En el cachete”. Eso está escrito sobre una tarjeta que muestra Lulú. Tiene ilustrada una chica rubia, con labios rojos pequeños y trazos ingenuos de los 50. Es una carta de amor que Rodolfo Alejandro García Villarreal, quien sería padre de Lulú, mandó a María de Jesús. Lulú también muestra otra fotografía, igualmente en blanco y negro, pero ligeramente desteñida. Es la foto del casamiento entre Rodolfo y María de Jesús, Tuty. Ambos aparecen vestidos con el atuendo típico de las bodas: él con traje negro, ella con un vestido blanco muy tapado, un velo y un ramo de flores. Atrás se hay cuatro damas de honor tocadas con sombreros elegantes. El último plano es una pequeña multitud llenando las puertas de salida de la iglesia. Rodolfo está serio y con mirada oblicua, Tuty frunce el ceño y mira directamente a la cara. No se puede distinguir si su boca torcida es una ligera sonrisa, una burla o un enojo. Rodolfo y Tuty se casaron en 1957 después de que él se regresara de Estados Unidos, donde trabajó un tiempo. Desesperado por no ver a su novia, y porque cuando podía viajar a verla no la dejaban salir, Rodolfo regresó y decidió casarse. Tuvieron tres hijos: Lulú, Gerardo Javier y Rodolfo Ernesto. Rodolfo era particular: le gustaba escribir acerca de cualquer tema. Su hija dice que hacía varios cuentos para luego llevarlos a un periodista de El Norte, quien los ponía a su nombre y no al de Rodolfo. Se reía mucho al verlos publicados. Murió pronto, en 1979. “Para todos hay también días extraños de agitación dolorosa”, se lee en una carta mecanografiada que escribió el dos de marzo de 1979, un día antes de morir.
_Editor Adjunto Diego Legrand @legranddiego _Arte y Diseño Oscar Hernández @Ouscher _Cronistas Alma Vigil @almillavigil Daniela García @d_garcia91 Melva Frutos @fruttzy Leo González @yLeodice Edgardo Pérez @EdgardoPez _Fotografía Victor Hugo Valdivia

*** En la penúltima imagen, una foto en blanco y negro con los bordes recortados, no está Tuty. Hay unos niños con guitarras y un joven sentado tocando el acordeón. Están debajo de las largas hojas de un plátano. Un niño sale riendo, ojos entrecerrados, dientes afuera. El lugar retratado es Atongo de Abajo. A Tuty siempre le gustó la música. Cuando tuvo algo más de dinero fue de visita a su pueblo y organizó fiestas y bailes para los niños. En su funeral, Lulú la despidió con mariachi. *** La última es una fotografía totalmente a color. Ahí está Tuty en un primer plano, delgada de nuevo, pero con la delgadez de la ancianidad. Sostiene un ramo de rosas y mira a la cámara. Por fin se puede distinguir: tiene los ojos verdes. Lulú cuenta que le descubrieron un cáncer de seno a Tuty. Ya no podía hacer casi nada. Inclusive se tuvo que cambiar del Edificio 32, porque no podía subir los cuatro pisos. -Se tuvo que ir al asilo, aunque fuera la señora más querida de la Segunda Plaza. Ya no la podíamos subir y una vez se nos cayó. Los tres hermanos hicieron el pacto de no descuidar a su mamá. Lulú encontró un excelente asilo, Estancia Real, en la colonia Roma, donde Tuty volvió a conocer gente. Su mejor amiga y compañera de cuarto fue Gloria La Gitana, una torera que en los 50 recorrió todo México en sus giras. La Gitana no podía decirle por su apodo, así que la llamaba Tusy. Todavía vive y en Estancia Real tienen un cuadro de ella donde aparece en pose y con traje de luces. *** “Recuerda lo que son los trastecitos viejos, de esos que uno deja aventados y ya no lava. Así somos nosotros. No los vayas a dejar tirados. Recógelos”. Eso dijo Tuty a Lulú antes de morir.

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Del 30 de junio al 6 de julio de 2013 Monterrey, N.L.

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