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resumen teoria etica

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3. EUDEMONISMO: ARISTÓTELES Otra teoría que se opone al convencionalismo es el eudemonismo, cuyo representante más conocido es Aristóteles.

Aristóteles parte del hecho de que todos los seres humanos buscamos que nuestra vida sea lo mejor posible. El problema es buscar ese modo de vida verdaderamente deseable (la vida feliz), porque no todos entienden lo mismo por felicidad. ¿Cuál es ese modo de vida que nos permita «vivir bien»? ¿Cómo debemos comportarnos para ser felices? La felicidad humana (eudaimonía) es el bien supremo al que el hombre puede aspirar (lo más valioso que podemos lograr) y el fin último de todo lo que hace (todo lo que hace es para conseguir la felicidad), pues aunque cada actividad humana tiene diferentes fines (objetivos), unas las hacemos para conseguir dinero, otras salud, amigos, etc...; el fin de todas ellas será lograr la felicidad. Por ejemplo, se estudia para trabajar, y se trabaja para tener dinero, pero ¿para qué se quiere el dinero si no es para ser feliz? Por tanto, toda actividad tiene un fin, aspira a conseguir un beneficio, pero hay uno que «se quiere por sí mismo y los demás por él… ese fin será lo bueno y lo mejor», la felicidad, el bien supremo o fin último hacia donde se encamina todo esfuerzo humano, y que se caracteriza por ser autárquico (se basta a sí mismo) y perfecto (acabado, no se puede añadir nada). Para averiguar en qué consiste este fin último (la felicidad) se deberá investigar que es lo propio y distintivo del hombre, ya que en la máxima realización de la función propia de algo se encuentra su felicidad. La del pájaro será volar, la del pez nadar..., pero ¿cuál será la función que caracteriza y distingue al ser humano? ¿Qué es aquello que sólo el hombre puede hacer, y en cuyo ejercicio consistirá su felicidad? ¿Cuál es el «oficio» o la tarea propia del hombre? ¿Cómo debe ser verdaderamente un ser humano? ¿Cuál es su forma de autorealizarse? (Un buen flautista es aquel que toca bien la flauta: ¿cuándo se es buen hombre? ¿Cuáles son las capacidades del hombre, no como músico, sino como hombre?). Habrá que estudiar al ser humano delimitando las capacidades propias del hombre en cuanto hombre. Al comenzar la investigación sobre el ser humano, lo primero que se descubre es que es un ser vivo, pues posee en sí mismo el principio de su movimiento o alma (un ser inerte, por ejemplo, una piedra no se mueve si no la mueve una fuerza externa a ella, sin embargo, una planta crece o un gato corre por él mismo, por su alma: causa de todo su comportamiento). Se distingue el ser humano por ser el único que desarrolla todas las funciones vitales, es decir, comparte con el resto de seres vivos la vida o alma vegetativa (funciones de nutrición, crecimiento y reproducción) y la vida o alma sensitiva (funciones de sentir y moverse), pero a diferencia de estos tiene vida racional (cuya función es pensar). Es el único que es capaz de pensar. Una planta y un animal reaccionan a ciertos impulsos, pero no pueden deliberar, predecir las consecuencias de sus actos, abstenerse o resistir tentaciones, etc. De este modo, el hombre tendrá unas necesidades o apetencias sensibles, como el resto de animales, y unas necesidades intelectuales, pues se distingue, en el alma humana, una parte racional y otra irracional (sensitiva y vegetativa). Si la razón es aquello que distingue a los seres humanos (su función más propia), la felicidad humana consistirá en el ejercicio de la razón, en la vida racional o «contemplativa», que consiste en vivir ejercitando actividades racionales: pensar, razonar con otras personas, plantearse y resolver problemas, leer y aprender de otros... Dedicarse al pensamiento, a la teoría, a cultivar la filosofía y la ciencia. Quien se

dedique a esta vida (no sólo en breves periodos, sino durante toda su vida) de teoría o contemplación, de ejercicio racional por sí mismo y no con vistas a otra cosa (a ganar dinero, a conseguir la gloria, solucionar un problema técnico, tomar decisiones...) será una persona feliz, y además buena en tanto que desarrolla lo mejor y más propio del ser humano. Cualquier otra cosa que haga el hombre debería tener como fin último la vida contemplativa aunque el propósito inicial sea otro bien. Este será necesario para poder conseguir el bien supremo, por lo que «la felicidad no puede ser completa sin los bienes exteriores y corporales». Por decirlo de otra forma, no podemos ejercer la razón teórica sin comer, sin tener salud, seguridad, etc. La consecución de los bienes intermedios también debe ser racional, sometiendo los deseos irracionales a los designios de la razón (virtudes morales). Esto es posible dado que la actividad de la razón no es únicamente teórica o contemplativa, sino también práctica. Si la razón teórica es el instrumento para el conocimiento de la realidad, la facultad para intuir y demostrar verdades (contempla lo necesario, conoce la realidad); la razón práctica o calculadora es el instrumento para descubrir la forma de comportarse, para elegir lo correcto y tomar decisiones correctas, es decir, captar y aplicar las reglas de acción (contempla lo contingente, las decisiones que le llevarán a la consecución de los bienes intermedios). Por decirlo de otra forma, se trata de la capacidad de juzgar con discernimiento, esto es, la capacidad de disponer los medios necesarios y adecuados para realizar el bien o fin (capacidad de decidir qué conviene hacer: de predecir las consecuencias de los actos, de abstenerse, de resistir tentaciones, etc.). Es, por tanto, misión de la razón enjuiciar lo que conviene llevar a cabo, el tipo de medios adecuados para un fin o el modo de obrar que llama «término medio» razonable entre dos extremos. Actuar en este término medio es actuar como se debe, es actuar virtuosamente. La virtud es la expresión del buen juicio. De este modo, se distinguen dos tipos de virtudes: la intelectual o dianoética (propias del ejercicio de la razón teórica) y la moral o ética, que es la prudencia, es decir, el comportamiento ajustado al término medio (propias de la razón práctica). La virtud ética o moral es, por tanto, la disposición permanente (hábito, costumbre, «capacidad», pues la virtud no puede ser algo momentáneo: «una golondrina no hace verano, ni un solo día ni un instante [bastan] para hacer venturoso y feliz») voluntaria (elegida racionalmente) para cumplir un fin, evitando el exceso y el defecto (es el hábito de hacer lo correcto, lo justo). El virtuoso será aquel capaz de conseguir un bien, gracias a la razón (práctica) que determina en cada caso y en cada circunstancia cuál es ese término medio. Por ejemplo, la valentía sería el término medio entre la cobardía (temer a lo que no se debe temer) y la temeridad (no temer a lo que se debe temer). Pero la misma cosa puede ser valentía, cobardía o temeridad según los casos; por ejemplo un bombero es valiente cuando con las precauciones y medios necesarios entra a salvar a alguien en un edificio en llamas, pero si lo hace una persona no cualificada y sin ningún medio, la consideraremos temeraria. Se necesita, por lo tanto, la razón para discernir en cada caso dónde está el término medio, por lo que la virtud será sólo propia del hombre, que es el único ser racional. Desarrollar la virtud, la razón, o lo que es lo mismo, poder alcanzar la felicidad, requiere una educación. En el caso de las virtudes dianoéticas se necesitará enseñanza, experiencia y tiempo, mientras que en el caso de las virtudes éticas se deberá inculcar buenos hábitos que permitan adquirir un carácter adecuado (nadie nace con el carácter adecuado), es decir, será la costumbre (repetición) la que permitirá a la razón encontrar el término medio, lo justo para llevar una vida buena. Una persona cuyo carácter es

como debe ser disfruta bienestar, lo mismo que una persona cuya salud es como debe ser se encuentra bien. El placer va unido a la acción correcta. Ahora bien, sólo será posible el desarrollo de las virtudes si se vive en un estado justo que le permita al hombre desarrollarse (actualizarse). El hombre, para Aristóteles, tiene que vivir en una sociedad (el hombre es un animal político: la propia naturaleza del hombre le obliga a vivir así). El fin o justificación del Estado es el bien común. El Estado debe facilitar, estimular y educar a sus ciudadanos asegurando su bienestar, mientras que los ciudadanos comprenderán el propósito de las leyes y se someterán de buena gana a ellas. Pero esto no implica una forma de gobierno determinada, Aristóteles las califica como correctas o incorrectas (justas o injustas) dependiendo de si benefician o no a todos los ciudadanos y hace posible, a los que son capaces de ello, practicar las virtudes intelectuales. forma de gobierno una persona grupo de personas la mayoría correcto Monarquía Aristocracia República incorrecto Tiranía Oligocracia Democracia

4. CINISMO: ESCUELAS HELENÍSTICAS El cinismo, estoicismo y epicureísmo son teorías filosóficas que aparecieron en el Helenismo. El Helenismo es el período de la civilización griega cronológicamente situado entre la muerte de Alejandro Magno (323 a. C.), un año antes de la muerte de Aristóteles, y aproximadamente finales del siglo II d.C.; aunque en ocasiones se considera que este período se extiende hasta el año 529 en el que Justiniano mandó clausurar las escuelas filosóficas. Las condiciones socio-políticas cambiaron en Grecia respecto al siglo en que vivieron Platón y Aristóteles: las polis (ciudades-Estados de tamaño reducido) desaparecieron. En ellas el ciudadano se sentía plenamente identificado con la comunidad, participaba de lleno en la vida política y vivía como propios los asuntos de la polis, llegando a identificar el bien individual con el colectivo. Pero en el siglo III a.C. Alejandro Magno inaugura el Helenismo. Con sus conquistas, Grecia se convierte en un gran imperio, un gran Estado. El hombre griego deja de ser ciudadano de una Polis a su medida, para convertirse en miembro de un imperio que le desborda. Se siente desarraigado, sin posibilidades de participar en la construcción de su mundo político-social. En estas circunstancias el individuo se repliega en sí mismo, se convierte en cosmopolita (ciudadano del mundo), se desentiende de la política y busca en la filosofía un saber para la vida, un saber que le ayude a ser feliz. Las escuelas helenísticas concebirán, por ello, la filosofía como la búsqueda de la vida feliz, entendida de forma individual y terrena. La felicidad será la vida conforme a la naturaleza común; la virtud será vivir según la naturaleza. Para los cínicos, vivir conforme a la naturaleza supone vivir en libertad, vivir como un perro (mejor que como un cordero), despreciando la vida social y los convencionalismos. La felicidad consiste en la autarquía, esto es, en la carencia de necesidades o autosuficiencia, despreciando los bienes materiales y los placeres, al igual que todas las normas o reglas adquiridas de la tradición religiosa, civil y cultural, que en contra de la naturaleza crean falsas necesidades. La virtud es la conducta o modo de vida a salvo de los ilusorios sufrimientos que han creado nuestras sociedades. Más que presentar una doctrina moral los cínicos forjaron ejemplos de conducta, consistentes

en la supresión de las necesidades, desdeñando toda verdad e importando sólo la vida natural y sencilla. «Es sorprendente la cantidad de cosas que no necesito», afirmó Sócrates paseando por el mercado de Atenas. Discípulo suyo fue Antístenes (450 a.C.), fundador de la escuela cínica, que ubicó en el gimnasio de Cynosarges, literalmente ‘perro blanco’, de donde deriva probablemente el término ‘cínico’. De hecho, los cínicos pretendía vivir como auténticos perros, como es el caso de Diógenes de Sínope (murió el 324 a.C.), de quien se cuenta que Alejandro Magno situado frente al tonel en el que se refugiaba, le dijo que le pidiera lo que quisiese; a lo que él le contestó: «te pido que no me tapes el sol». 5. ESTOICISMO El más conocido discípulo de Diógenes fue Crates de Tebas, maestro de Zenón de Citio (333-263 a.C.), fundador de la escuela estoica. Los estoicos también consideraban que debía vivirse de acuerdo con la naturaleza, de tal modo que la vida buena es aquella que no se opone a la ley o logos de la naturaleza deseando aquello que no es posible. Deben eliminarse esas pasiones y aceptarse el orden natural. La felicidad no es otra cosa que la apatía o imperturbabilidad, que es aquél estado permanente del hombre mediante el cual no le afecta nada, haciéndose insensible a los deseos, emociones e incluso dolores. No es que rechacen los bienes, como los cínicos, sino que se rehúsa inquietarse por ellos. El hombre sabio debe aprender a ser apático, y no intentar luchar contra aquello que es inevitable, aceptando el destino, resignándose por lo que no se puede cambiar y luchando sólo por lo que puede cambiar («si lo que te preocupa tiene remedio, ¿por qué te preocupas?, y si no lo tiene, ¿por qué te preocupas?»). En otras palabras, el sabio será aquel que acepte el destino, el “logos divino”, y dirija sus acciones según el querer de la naturaleza, cuyo curso está completamente determinado, sin posibilidad de azar ni libertad. La libertad humana es entendida como aceptación consciente de lo que de todos modos ocurrirá, es decir, no ser arrastrado, sino seguir el camino que de todas formas debe seguirse. De nada sirve luchar contra las inquebrantables leyes de la naturaleza. 6. EPICUREISMO: HEDONISMO INDIVIDUAL El epicureismo (o hedonismo, hedoné, significa placer), representado por Epicuro de Samos (siglo III a.C.) y Lucrecio entre otros muchos, considera también que la vida feliz es la que se ajusta a la naturaleza, que es cuando el hombre experimenta placer, cuando es feliz. La felicidad es la vida placentera, aunque con ello no se refiere a un deleite momentáneo, una sensación pasajera, sino a un placer duradero, pues más que alguna satisfacción positiva, consiste en la ausencia del dolor, de sufrimiento para el cuerpo y de inquietud para el alma, logrado mediante la serenidad o imperturbabilidad (placer catastemático), con el pleno dominio de sí mismo, autosuficiencia o autarquía. Los dos temores fundamentales de los hombres (perturban su alma y son todavía más dolorosos que el sufrimiento del cuerpo), son para Epicuro el miedo a los dioses y el miedo a la muerte: a) Respecto a los dioses dirá Epicuro que nada hay que temer de ellos, pues aunque sí existen (Epicuro no es ateo) no interfieren para nada en la vida de los hombres ni en lo que ocurre en nuestro mundo. Todo lo que ocurre se debe a causas naturales. Por ello, hemos de conocer bien la Physis (naturaleza) para saber las verdaderas causas de las tempestades, los terremotos, las enfermedades... y no decir que son desgracias enviadas por los dioses. La física, el conocimiento de la naturaleza, se

convierte así en un instrumento de la ética, en un requisito para alejar absurdos temores irracionales fruto de la ignorancia. b) Respecto a la muerte tampoco tenemos nada que temer, ya que al ser la ausencia total de sensación, no sentimos la muerte, no es una experiencia por la que tengamos que pasar y que nos pueda atemorizar. En palabras del propio Epicuro: «Acostúmbrate a considerar que la muerte no es nada para nosotros, puesto que todo bien y todo mal están en la sensación, y la muerte es pérdida de la sensación. ( ...) Así pues, el más estremecedor de los males, la muerte, no es nada para nosotros, ya que mientras nosotros somos, la muerte no está presente y cuando la muerte está presente, entonces nosotros no somos» (Epicuro, Carta a Meneceo). Estas teorías fueron mal interpretadas por algunos, que pensaban que los seguidores de Epicuro se dedicaban a todo tipo de excesos y placeres lujuriosos (banquetes, vino, sexo...) sin medida. Nada más alejado de la doctrina de Epicuro, que hablaba de la necesidad de un cálculo razonable de placeres para saber elegir y disfrutar de ellos, ya que si bien todo placer es un bien en sí mismo, hay placeres que a la larga pueden producir dolor, al igual que hay cosas dolorosas que pueden producir placer. Por ello no hay que disfrutar ciegamente de cualquier placer y rechazar cualquier dolor, sino pensar bien qué nos conviene en cada momento teniendo en cuenta las posibles consecuencias futuras. Así, se debe renunciar a placeres que originan un dolor mayor, y soportar dolores que originan un placer mayor, calculando con cuidado porque no todo está predestinado, como aseguran los estoicos. Además, no todos los placeres están a la misma altura, hay placeres preferibles a otros, no sólo por sus consecuencias sino por sus cualidades intrínsecas. Epicuro se defendió con ímpetu de los que le acusaron de predicar una ética para cerdos, ya que para él los placeres de que podemos disfrutar los humanos son diferentes y superiores a los placeres de los cerdos. Los placeres espirituales son preferibles a los «placeres del vientre». Es más, el placer humano se relaciona con la ataraxia (tranquilidad de espíritu), sin que esto suponga la renuncia a disfrutar de los placeres materiales, pero siempre que no se conviertan en perjudiciales y nos perturben (piensa en lo que puede pasar si se abusa de la comida o del alcohol: lo que en principio puede ser un disfrute se convierte pronto en fuente de malestar). La vida placentera que propone Epicuro requiere así la prudencia y otra serie de virtudes: «Por ello, más preciosa incluso que la filosofía es la prudencia, de la que nacen las demás virtudes, enseñándonos que no es posible vivir placenteramente sin vivir prudente, honesta y justamente, ni vivir prudente, honesta y justamente, sin vivir placenteramente» (Epicuro, Carta a Meneceo).

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