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Vagabundos

Vagabundos

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Publicado porAlvaro Valiente
Todo se va al traste.
Nada contenta a Luca.
Este es un viaje en busca de recuerdos y causas, los catalizadores de un presente desolador y desesperanzado, y siempre con la mirada expectante de una Florencia íntima y personal.
Todo se va al traste.
Nada contenta a Luca.
Este es un viaje en busca de recuerdos y causas, los catalizadores de un presente desolador y desesperanzado, y siempre con la mirada expectante de una Florencia íntima y personal.

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Published by: Alvaro Valiente on Nov 18, 2010
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11/07/2011

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“I want to sleep
in the night
in his eyes
in the rain
in Berlin”

“Awake at the wall”. Christian Death.

- Y así la carne se convertirá en polvo y volverá al polvo. De la tierra
nació y a la tierra vuelve hoy, con la certeza de la resurrección que nos
dio Jesucristo, Nuestro Señor. Dios Padre, Señor del cielo y de la
tierra, que el alma de nuestro hermano Maurizio Gondi descanse en
paz. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, Amén.

Gondi quedó en su caja de madera a un metro y medio bajo tierra. No
era como aquellas cajas que le gustaban a él; de esas que compraba en
San Petersburgo, o en München, o en Praha, o en Gÿors. Esta era
definitiva, y en ella un día entrarían gusanos y demás sabandijas para
la ruina del cuerpo que una vez fue alguien, con un nombre y gafas de
carey. No era la mejor manera de pasar la eternidad pero era eso o el
fuego. Gondi nunca quiso ni oír hablar de incineración; pensar en que
su tupé se consumiría entre llamas como si fuera rastrojo le
estremecía. Era como violar un precepto básico del hombre moderno:
no prescindir nunca de corbata ni quemarse con el cigarrillo el tupé en
alguna pose complicada.

Se fue a otra galaxia desde aquella habitación blanquísima del hospital
de Campo Marte, con sus ojillos de ratoncillo académico ya como el
vidrio pétreo, y con la niebla del érebo profundo. Su mujer, en Cortina
D’Ampezzo, junto a aquel vividor de 22 añitos, practicando el viejo
unodós unodós. La máquina incomprensible que velaba a su lado de
repente emitió el sonido de la muerte, el contínuo, nítido y estridente
pitido inmaterial, y la vida dejó de existir, o comenzó, pero de otra

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manera, en forma de larvas de gusanos depredadores, carroñeros que
reducirían al pobre Gondi, al genio a una simple anécdota, a un hueso
descarnado, cubierto por una piel que, poco a poco, se iría quedando
por el camino; un pitido definitivo que significaba que la vida se había
fugado al espacio, a esquivar cachivaches espaciales y cosas de ese
estilo…

Fue entonces cuando aquella habitación quedó en silencio, bañada por
el la luz blanca de la fría mañana, un homenaje más a aquel genio,
pequeño, poca cosa, bagatela de carne y gafas de pasta negra. La
eternidad, una eternidad llena de posibilidades se abría ante Gondi
que, sin duda, trastearía un poco con todo y todos los que encontrara
en su camino del “más acá”. Ya no habría límites para él, ni siquiera
aquellas acotaciones estéticas del pobre Modigliani le harían ceder ni
un solo paso en su afán de conquista de los espacios siderales, de las
esquinas negras, negrísimas del espacio oscuro.

Luca y Platón, sus dos discípulos y amigos, le prepararon el sepelio lo
mejor que pudieron. Lució un sol espléndido aquel día; ni rastro de
lluvias. El cementerio, a pesar de ser católico, le hubiera gustado al
maestro: sobre una ligera colina, de cara al Fiesole, con una hermosa
ladera roja al atardecer, con vistas a una Firenze siempre en
decadencia de forma endémica, extasiante, preciosa.

- Luca, ¿te das cuenta? –dijo Platón gravemente.

- ¿De qué?

- Abandonamos al viejo Gondi en este lugar. Abandonamos su cuerpo
en esta ladera sin que nos importe lo que le acontecerá en los
próximos días, semanas, meses dentro de esa caja.

- Siempre fue así, ¿no?-dijo secamente Luca, mirando al suelo
mientras caminaba.

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- No debería nunca haber sido así, Luca. Es monstruoso dejar de esta
forma a alguien que fue un genio, a alguien que nos dio tanto.

- Platón, regresemos a casa. Tomaremos una taza de té.

Ambos se encaminaron desde Oltrarno hacia el Puente de la Santa
Trinidad en silencio; no había nada de qué hablar, tampoco tenían
mucho que decir; habían perdido esta partida, y Gondi ya estaba en
órbita, junto a la perra Laika y algún que otro residuo espacial de
época cosmonauta. Jamás sintieron tanto pesar al atravesar aquel Arno
silencioso que sabía todo de todos. Luca se paró a mitad del puente y
se apoyó en la piedra fría mirando el verdor del agua.

- No enterraremos nunca más a nadie. No nos enterremos nunca, ¿de
acuerdo, Platón?

- Tengo un nudo en el estómago, Luca. Volvería al cementerio y…

- Yo también, pero no podemos. Eso sería un sacrilegio incluso para
mí –Luca volvió su mirada al río-. Mira el Arno. ¿Ves esa calma?
Siempre podrás verla, no se va nunca, es como Platini, siempre estará
ahí en video, en formato digital… con su melancolía de trequartista;
cuando murió mi padre vine aquí y vi que el Arno continuaba igual,
como siempre: silencioso, apagado, vetusto, sabelotodo,
insoportablemente mordaz, como una madama en un burdel.

- Luca, ¿por qué vivimos? La otra noche me desperté y pensé que
nunca moriríamos, que siempre tendríamos esta mierda de existencia,
aunque fuera un asco; tardé un minuto en racionalizar todo aquel caos
de ideas, y volver a entender que un día estaríamos allí abajo con
Gondi, pero allá arriba, ¿entiendes?

- Sí. –Luca sacó un cigarrillo. Se mesó el pelo y dio una calada
profunda- En algunas ocasiones, yo quisiera lanzarme de cabeza al
Arno, y dejar de existir, porque esta vida no es la que nos habían
prometido, o la que nos habían contado. ¿Recuerdas aquel libro de

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lengua que teníamos en 4º año de escuela primaria? Tendríamos
aproximadamente 9 años…

- Lo recuerdo.

- Tenía una serie de historias que le pasaban siempre a un chico
llamado Nicola con ilustraciones a color.

- Me gustaba aquel libro…

- Pues yo creo que la primera vez que tomé consciencia de la muerte
fue una tarde, después de la lección de gimnasia, con el sweeter
sudado, y el pelo húmedo; teníamos clase de lengua; la profesora
Bordone nos dijo que teníamos que leer una de esas historias y
después hacer un resumen.

- No me acuerdo exactamente, Luca.

- Era una historia totalmente trivial: el niño estaba jugando en el
parque con sus amigos y su tía fue a llamarle porque había llegado la
hora de la cena y ya era demasiado tarde. Me fijé en el dibujo y la
mente voló; voló tanto que en ella sólo tenía dos palabras: tarde y
muerte. Fue entonces cuando comprendí que la felicidad que
experimenté una hora antes jugando al fútbol en la clase de gimnasia
tenía fecha de caducidad; fue como saber que la beffana eran los
padres pero por mi propia cuenta, pero por mi mismo, sin ayuda de los
otros niños. Me quedé helado.

- Tengo ese libro en casa, Luca.

- Entonces, Platón, ese libro tiene que formar parte de los tesoros del
club.

- El club está muerto, Luca, ¿cuándo te vas a dar cuenta de ello?

- Cuando dejéis de pensar en él.

- ¡Yo ya no pienso en él! ¡Y tampoco Daniel! Hemos pasado página,
Luca. ¿Por qué no eres capaz de ello tú también? Estás totalmente

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obsesionado. –Platón miró al suelo, se ajustó las gafas, y volvió su
rostro al Arno, como callándose palabras para no herirle-.

- Mira, lo único que puedo decir es que fui felíz mientras estábamos
todos juntos, tramando, organizándonos, planeando, proyectando. ¿Y
si la vida no es más que eso: proyectar, proyectar, proyectar? ¿Es
mejor hincar la nariz en el suelo y caminar cabizbajo, ir a la facultad a
domesticar a esas fieras, o comulgar con los derroteros
socioeconómicos que nos intentan inculcar, o trabajar 9 horas al día en
un fast food, en una oficina o reparando lavadoras?

- Luca, sólo te digo que lo que hacíamos no estaba bien; tuvimos
suerte de cometer esas tropelías con cosas de nulo valor y que la
policía ni se percatase.

- No estoy de acuerdo; esas cosas claro que tienen su valor, o mejor,
tienen algo más importante que no sabría describirte. Son como el
obelisco de la Piazza di San Pietro del Vaticano; o sea, son símbolos
de poder.

- Entonces, ¿por qué no robar arte?

- Porque el arte es superficial, el arte es dermis, es una mancha en la
piel, es un hematoma o una espinilla, pero siempre superficial;
siempre nos burlamos de Bardelli por su superficialidad y, sin
embargo, somos superficiales también nosotros por cuestionar la
naturaleza psicosomática de ciertos objetos, quizá, sí, más feos o
menos elaborados que “el arte”, pero con una contundencia espiritual
abrumadora…

Una barca cruzó con lánguida y hermosa parsimonia bajo el puente.
Las arboledas se agitaron al fondo, más allá de Oltrarno, y entonces
Luca pasó su brazo por encima del cuello a Platón y le sonrió como
pidiéndole disculpas y reanudaron su marcha.

El tercer año de carrera fue un pequeño golpe de relax para Luca y
Platón. Tenían una ristra de profesores realmente malos,

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incompetentes, acabados, preocupados por burocracias, acrobacias,
acacias, etcétera. Entre todos ellos había un topo académico, un tupé y
una barba blanca que hablaba del arte que importaba realmente, de
aquellos detalles importantes; un tipo que no practicaba la
historiografía forense del arte.

Se deslizaba su sombra humeante por los pasillos de la facultad
dejando rosas mustias de tabaco negro en cada esquina. Entonaba los
cantos nihilistas del dadá en cada clase, profanaba las herrumbrosas
ideas de los viejos maestros cada día, y abofeteaba con su transgresora
discursiva la conformista siesta en que reposaban aquella amalgama
de carne y hueso, aquella masa de ignorancia que conformaban sus
alumnos.

Hugo Ball, Marcel Duchamp, pintores cuyos nombres comenzaban
por “Pica”… Como decía Bassani, “irremediabilidad del yo”, todo fue
todo. Le consideraban un excéntrico, un extravagante, un residuo de la
universidad; un tupé blanco con gafas y ojillos inquietos que,
polvoriento, se salía de la norma, de lo céntrico, de lo habitual, pero
que, en cualquier caso, estaba allí, localizado y arrinconado, como un
virus menor. Su voz, rota por el tabaco negro, nunca escalaría tanto
como para ser oída allá arriba, en lo alto de la montaña de poder. Y
sus alumnos, acostumbrados a profesores aburridos y grises, que
daban eso –que aún uno no sabe muy bien qué es, pero que suena a
experimento diabólico- que llaman por ahí “apuntes”, que
estructuraban y clasificaban, con más ahínco que el cuervajo de Kant,
los períodos, las épocas, los estilos, las piedras y las pinturas, los
sillares y las bóvedas, y que disparaban diapositivas con el proyector
como si fueran ss con una MP40, eran incapaces de seguirle a él, a sus
clases-conferencias, a su mayeútica circular, su oratoria clásica,
mítica, profética. Gondi tal vez pareciera que se iba por las ramas,
pero si uno prestaba atención de cabo a rabo, llegaba a quedarse
pasmado por la lógica aplastante de sus ideas; y el alumnado le veía
como un profesor muy poco interesado en los exámenes y pruebas y sí
bastante más preocupado de asegurarse un cenicero, tabaco y una
botella de agua para pasar las clases divagando. Era un profesor,
según se había corrido la voz por toda la facultad, que convenía elegir

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de cara a una fácil evaluación o consecución de un aprobado. Muy
pocos iban a sus lecciones con ánimo de escuchar y poder llegar a
conclusiones sobre el arte contemporáneo; la mayoría, incluso, de los
que se matriculaban en sus clases eran alumnos interesados por las
cuatro piedras dejadas de la mano de dios en algún poblacho del norte
de Italia del período Longobardo, o por ese terror de pinturas
románicas que podrían dormir hasta a un tipo con 2 kilos de cocaína
en el cuerpo.

- El viejo Mondrian, como podrán intuir, era un tipo particular. Su
desmenuzada visión del arte, o mejor, su pintura del ‘cuadro infinito’
le hizo ser un pequeño esclavo del oportunismo.

Bostezos, cuadernos que se cerraban, la niña pedo que escribía “I love
you” sobre un corazón y un cantante depilado, operado, gilipollas.

- Decían que si la abstracción Mondrian por aquí, que si el clasicismo
Mondrian por allá. Tonterías, estupideces de gente que, apenas ver un
lienzo de arte contemporáneo, tiene un resorte interior que les dice
“tenéis que divagar, tenéis que hablar sobre la infinitud del
universo…” –decía Gondi poniendo voz de fantasma- .¿Qué es
eso?¿Hasta dónde hemos llegado? No se fomenta la cultura sino las
bondades de ser o aparentar ser culto, de ser carroña de tópicos.
Mondrian no era ni una llamita azul diminuta en ningún universo, ni
significaba esto o aquello enormísimo; Mondrian era un viejo travieso
que pintó un cuadro infinito tomado de las paredes de aquella
habitación. ¿Verdad que Firenze no es “un universo marrón marrón
con una lengua de agua verde atravesándola que simboliza la
desesperación de la belleza” o alguna idea similar, estúpida, de turno,
que inventaría algún payaso cultísimo con voluntad de ser raro,
distinto, diferente, sin serlo? Firenze sigue siendo Firenze, aún
después de despertar por las mañanas, y pensar que fue un sueño. Pues
eso pasa con Mondrian; Mondrian fue lo que Mondrian quiso decirnos
que fue, no lo que los críticos de arte, o los snobs pesados e ignorantes
de museos nos digan que fue. Hay un hilo, una secuencia, o mejor, dos
secuencias en la Historia del Arte desde la Edad Moderna hasta

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nuestros días; encontraréis matices, desviaciones, meandros, atajos,
corredores, pasadizos, veredas, pero a grandes rasgos y desde el
espacio sólo se pueden ver dos escuelas o, como dije anteriormente,
secuencias en el mundo de la pintura: la escuela de la línea y la
escuela del color. Otra cosa es que uno considere esto fundamental a
la hora de ver el arte y/o posicionarse, inmiscuirse, sentirse parte de, o
militante de; pero son las dos escuelas que decidieron un poco, a pesar
de que el profesor Carlo Gelso diga lo contrario e intente contaminar
el reducido espacio libre de drogas que aún se conserva inmaculado en
vuestro diminuto cerebro.

Un segundo bostezo, respondió un cuaderno cerrándose de golpe, y
por allí, al fondo se podía oír rítmica y nítida la argumentación del que
se tumbó directamente sobre la mesa para dormir.

- Yo prefiero no inmiscuirme demasiado. Yo soy de los que se levanta
de la cama, coge las babuchas con la mano y camina de puntillas por
el pasillo hasta la cocina, para que el monstruo sadomasoquista que
duerme cada noche conmigo no se despierte; o sea, yo soy de los que
prefiere no hacer ruido, no militar, no posicionarse, porque, ¿de qué
serviría? Si tuviera que tomar parte en esa estúpida polémica de la
forma, de la materia, forma y línea, etcétera, diría que el arte no es un
problema, que la forma o la materia no son un problema.

Un brazo se erigió, de repente, osado, por encima de todo el aula,
desafiante, derrochando optimismo, prepotencia, y malintencionado.
Gondi oteó y fijó su mirada en el rostro de la mano, estudiando a su
enemigo inminente.

- ¿Sí? –invitó Gondi al joven.

- Yo sí que veo una problemática en el arte. O, al menos, sí que
considero el arte como un problema y lo afronto como tal. –declaró
Luca, como si tal cosa.

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- Yo ni siquiera lo afronto. Pero, dígame, ¿qué problema/s le da el
arte? ¿qué tiene el arte que le quite el sueño? –respondió con
mordacidad Gondi.

- Es superficial, es un grano, es una espinilla en la historia de la
humanidad, es perversión, es desviación, es arrogancia, es, si
queremos, los 7 pecados capitales, también podría decirse que es
satánico, tremendamente satánico, o, cuando menos, prometeico…

- Bueno, creo que tenemos en el aula a un sacerdote. ¿Y eso le quita el
sueño? ¿Bonnard le quita el sueño porque le parece satánico?

- No, lo que me quita el sueño es el examen que nos hará Ud. porque a
mi, personalmente, un aprobado no me vale, aunque se empeñe en
“pan-calificar”, o sea, aprobado general sin posibilidad de calificación
superior.

Esta respuesta, además de sorprender a Gondi, le produjo un pequeño
resquicio de satisfacción. Al menos ese seis coma seis por ciento
representado por ese dedo en alto de entre toda aquella caterva de
estudiantes estaba interesado en la lección.

Al terminar las clases, Luca siempre iba a buscar a Platón para ir a
comer juntos a la Polse, una cafetería abierta por unos inmigrantes
friulanos que hablaban en aquel ininteligible dialecto que sólo ellos
conocían.

- Platón, ¡estoy aquí! –exclamó Luca en mitad de un tumulto de
estudiantes que iban y venían, desde una pared frente al aula donde
aquél había tenido clase de etnoarqueología. Platón, como de
costumbre, salió con la cabeza agachada, mirando el suelo,
concentrado, recordando momentos o datos de la clase anterior.

Finalmente, Platón alzó la mirada, buscó entre la gente y pudo ver la
muñeca y el reverso de la mano peludo de Luca agitándose en el aire y

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su rostro entre un hombro, el tirabuzón de la jai que corría
extresadísima hacia su siguiente clase.

- ¿Vamos a La Polse? –inquirió Platón.

- ¿Por qué no? Hoy, según he visto esta mañana, dan un aperitivo si se
toma un spritz antes de las 14:30. ¿Qué me dices?

- Que estos friulanos están locos.

Salieron de la facultad, y se encaminaron hacia Borgo degli Albizi,
donde estaba aquel reducto del Friuli lunar. El sol comenzaba a
dejarse sentir con más fuerza por lo que, continuamente, se escoraban
a uno u otro lado de las callejuelas buscando la sombra fresca y
reconfortante.

- ¿Qué tal la clase? –preguntó Platón?- Ese tío, Gondi, ¿está tan loco
como dicen?

- ¿Quién dice que está loco?

- La gente.

- La gente es estúpida. –respondió seca y malhumoradamente Luca.

- Parece que le has tomado cariño.-Sugirió divertido Platón,
esbozando una amplia sonrisa.

- Es un hombre que habla de cosas interesantes.

- ¿Por ejemplo?

- No sé,… de cosas.

- Pero, ¿qué tipo de cosas?

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- Cosas, Platón, simplemente. No habla de gilipolleces, no se limita a
pasar diapositivas como el resto, no se toma esto como si se tratara de
encontrar al “delincuente” que esculpió el Davide, o al “chorizo” que
tuvo la “insana” idea de pintar ‘La coronación de Napoleón’.

- Vamos, que congeniáis bastante.

- ¡No!, pero si ni siquiera hablamos fuera de las clases. Eso sí, creo
que el hombre, aunque siempre estamos discutiendo sobre algunas
ideas…

- …Cosas…-corrigió Platón con sorna.

- …ve que soy el único que le presta atención, que no se duerme, que
no le juzga como un bicho raro, o que no le cojo del brazo como esa
asquerosa sanguijuela de Rekha, que como su padre fue un pintor
pseudo beat amigo de Gondi, piensa que a base de cafés con él podrá
obtener el 30 e lode, vamos una puta del expediente académico.

- De esa fauna están saturadas las aulas, Luca.

- Podrías venir un día. Al tipo le gusta lo japonés, y lo defiende como
punto de partida del arte contemporáneo; incluso del buen gusto.

- Bueno, tal vez pase por allí algún día.

Seis meses después, Platón ya estaba matriculado en asignaturas de
Gondi; le bastó una clase al viejo para deslumbrar al ratoncito de
biblioteca ukiyo-e y estampa salvaje. “Siglo XIX inglés”, “Primeras
Vanguardias” o “Estética del arte de la Edad Contemporánea” fueron
algunas de las asignaturas en las que Platón disfrutó como un niño
junto a Gondi.

Al terminar la carrera, Luca marchó a España, donde comenzó un
estúpido master de tasación de obras de arte mientras estaba
matriculado simultáneamente de doctorado en el departamento de arte
moderno de la facultad de Historia del arte de Firenze. Platón, por su

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parte, se fugó a Japón a realizar allí un complejo doctorado de Ukiyo-
e y su vertiente oscurantista. Durante 3 años los dos amigos apenas se
vieron.

Esa fue la versión oficial, o sea, la versión que caminaba erguida, de
boca en boca, desde San Miniato al Monte hasta Piazzale Donatello.
La verdad fue bien distinta.

Cuatro meses antes de finalizar la carrera, Orazio Loredan, compañero
de clase de Platón y Luca, pintor imitador de aquella pesadilla de
prerrafaelitas, les propuso crear una hermandad, o una chorrada
gobernada por él, gestionada por él, supervisada y censurada por él;
vamos, quería hacer una argamasa cogiendo de aquí y de allí
elementos sin ton ni son por y para él y llamarla “El círculo de
Medea”; Luca directamente declinó la oferta y no perdió tiempo a la
hora de soltar su opinión mordaz sobre el asunto. Platón intentó
escuchar a aquel tipo forzosamente raro, y mantuvo amistad con él
hasta, incluso, varios años después cuando la hostilidad entre ambos
casi llegó al plano físico.

Un mes antes de marcharse a España, Luca quiso reunir a Platón, a
Dell’Orto –el número uno de la promoción y “secretario personal” de
Luca- y a Bardelli, profesor de Literatura inglesa comparada con el
que mantenía una buena relación. Todo ocurrió en el más estricto
secreto en la vecina ciudad de Arezzo. Allí, en una tasca vacía, donde
parecía que nadie quería entrar a tomarse un vino, los cuatro tomaron
asiento. La decoración era lo más parecido a estar en mitad de un
bosque; ciervos, cinghiali malhumorados, un lobo disecado sobre una
estantería de madera envejecida, plantas por todas partes, insectos por
todas partes,…una selva.

- Bueno, Luca, ya está bien de tanto secretismo. ¿Qué coño hacemos
en Arezzo? No me gusta Arezzo. Lo sabes. Odio Arezzo, me produce
escalofríos esta ciudad.

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- Platón, te produce escalofríos una ciudad que simplemente tuvo un
par de episodios negros en su historia y, por el contrario, te encanta
Firenze, que no levantó cabeza desde que colgaron al Pazzi desde la
Signoria. Boh!En fin, quería volver a veros antes de irme a España y
perderos de vista definitivamente.

- ¡A mi Firenze no me gusta, coño!- exclamó Platón.
- Ssssshhhhhh -interrumpió Luca-. ¿Pero estás loco o qué? ¿Quieres
que nos descubran?

- Bueno, dejaos de tonterías.¿Para eso nos has hecho venir hasta aquí?
–preguntó sin acritud Bardelli, que ya empezaba a enloquecer al ver a
la camarera y su trasero, y no en este orden.

- Sí. Nadie de Firenze debe saber nunca lo que aquí os diré. Si alguien
se va de la lengua y cuenta lo que se hablara en esta taberna lo pagará.
¿Entendido?

Platón, como solía en este tipo de ocasiones, o mejor, como
acostumbraba a reaccionar cada vez que Luca decía alguna de esas
cosas gigantísimas, arqueó las cejas, abrió los ojos como si fueran
mapamundis detrás de unas gafas, y entreabrió un poco la boca
inconscientemente. Bardelli, dejó el trasero de la camarera por un
momento y entendió que algo serio se aproximaba, y por primera vez,
algo serio que no tendría nada que ver con Marlowe o Alexander
Pope. Dell’Orto, como era usual en él, permaneció como una estatua
de bronce: hablaba poco y casi siempre lo hacía por escrito y para
obtener máximas calificaciones.

- Hace un tiempo, cierto individuo de la facultad nos propuso a Platón
y a mí la constitución de una absurda y totalmente evitable sociedad
secreta…

- …Hermandad –corrigió Platón.

- …o, como bien dice Platón, “hermandad”. El objeto de aquella era
tan estúpido como genial si se pensaba con detenimiento. Era estúpido

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el objetivo fijado conscientemente o sea, loar y cantar mediante la
ejecución de cuadros, escritos, ensayos, poemas, la grandeza del arte
anterior a Rafael. O sea, muy visto. Era genial el objetivo
inconsciente, del que ni siquiera el tipejo que pensó en la fundación
del grupo tenía ni idea: la destrucción del arte, la construcción de
objetos telúricos, la colección de objetos y símbolos de poder.

- No te sigo –habló por primera vez Dell’Orto.

- Está claro, Dell’Orto: ¿qué podrían crear tres alumnos de Historia
del Arte en baja forma, que no tienen ni idea de creación
artística?¿Qué tipo de cuadros podrían pintar tres tipos que ni siquiera
saben dibujarse frente a un espejo? Os lo diré: una mierda. Y esa gran
mierda serviría para embadurnar, por ejemplo, el Tondo Doni, o sea,
un sacrilegio contra el arte, un coqueteo con la destrucción del arte.

- Bueno, ¿y qué? –espetó Platón, un tanto cariacontecido- Si fuera por
eso… Tapies es una cagada en sí mismo, o el anticristo del arte.

- Caballeros, si en el plazo de un par de minutos no cambian su léxico
y comienzan a hablar en cristiano, un servidor se levantará y se
buscará una forma de llegar a Firenze y poder cenar en “I Piombi” -
intervino el viejo profesor de Literatura inglesa, con el tono de un
vetusto lord inglés.

- Bardelli, estoy hablando de la obtención, sustracción, robo,
adquisición, con nocturnidad y alevosía de objetos de valor real,
objetos de fuerza ilimitada, incomprensible para el hombre.

- ¿Por ejemplo?-preguntó Platón.

- La lápida de la tumba de Donadel Vignano, la mejor tumba
conservada de un apestado de la epidemia de 1348 que asoló Firenze.

- ¿¿¿¡¡¡Y para qué cojones quieres la tumba de un apestado!!!??? –
exclamó Dell’Orto, casi saltando de la silla; su familia ultracatólica le
había inculcado unos valores tan tradicionales que todo lo que sonara
a sacrilegio o a puta significaba inmediatamente una colérica reacción.

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- ¡¿Pero tú eres tonto o qué te pasa?!- le reprendió duramente Platón.-
Si nos oyen nos descubrirán.

En ese momento, Luca esbozó una media sonrisa; bien, Platón ya
estaba listo, en el bote, dentro del bolsillo, ya empezaba a hablar en
primera persona del plural, ya defendía el secreto de la causa frente a
injerencias; ahora tocaba convencer a Dell’Orto y a Bardelli.

- Bueno, tranquilos; haya paz. Lo importante es que os he reunido para
cotejar las posibilidades, saber distintas opiniones y evaluar la
posibilidad de conseguir alguna de esas joyas.

- ¿Qué tiene esa lápida, Luca?- inquirió Bardelli, para quien el culo de
la camarera era ya como un mapa de la región de Abisinia 1942, o sea,
intrascendente.

- Es una lápida con una fecha, con un principio y un fin, con un final
terrible, obviamente.

- ¿Y nada más? –preguntó decepcionado el doctor en Literatura
inglesa.

- Nada más.

- Pues, lamento decirlo, y, no me entiendas mal, pero tal sacrilegio
para nada, me parece una total estupidez.

- No lo has entendido, Bardelli. Te pondré un ejemplo. La gente suele
hablar del grial, y cuando lo hace piensa en una copa de oro o de plata
o de madera de la que bebió Cristo; bueno, y si os dijera que desde la
Antigüedad hay dos griales: uno el “artístico” o sea la idealizada
imagen del grial como receptáculo de la sangre de Cristo y otro, muy
distinto, cargado de energía, de fuerza, de poder, de flujos invisibles,
un grial que buscó Otto Rahn durante la segunda guerra mundial. El
primero, artístico, ideal, etcétera, no es más que una forma
dermatológica del segundo, o sea, una idealización del verdadero grial
que seguramente será una piedra, o un meteorito pequeño o algo así;
un poco como la figura literaria del rey Arturo y la figura histórica.

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Aquí buscamos, señores, lo verdadero, lo espiritual, lo auténtico, no la
imagen de la imagen de la imagen. ¿Lo entiendes ahora, Bardelli? -
Bardelli asintió- Además, no sólo pienso en esa lápida; hay otros
objetos.

- ¿Cuáles? –preguntó Platón, que desde hacía un rato no quitaba la
mirada del rostro de Luca-.

- Un golem que está enterrado en el cementerio judío de Szeged,
Hungría; una cruz de ahorcados en cierta ciudad española; y un lienzo
donde aparece la Muerte.

- ¿¡¡Un golem!!?-exclamó Platón-. Prefiero, Luca, y no te lo tomes a
mal, pintar aunque sea una cagarruta en el Tondo Doni. ¿Cómo vamos
a exhumar un Golem? Es imposible.

- No lo es.

- ¡Maldita sea! –exclamó finalmente Bardelli- ¡Dejad que el muchacho
se explique!, porque, si no he entendido mal, todo consistiría en
obtener objetos que, y no te ofendas, Luca, no le importan un pimiento
a nadie, absolutamente un pimiento.
- Quizá por ello, precisamente, deberíamos aprovechar ese vacío de
interés tanto por la gente, como por la gente de uniforme, y demás
gente con carnets y edificios donde a gente como yo le es
prácticamente imposible acceder, para substraerlos y hacer una bonita
colección… ¿Qué me dices, Platón?

- Bueno, no sé por qué, pero hay un nubarrón que se aproxima.

- ¡Bhoo! Tú siempre tan optimista… ¿Dell’Orto?

- No. Yo tengo que dedicarme al negocio familiar.

- ¿Al negocio familiar? Entonces,¿para qué estudiaste Historia del
Arte sacando una media de 30 e lode? –preguntó impaciente Platón a
quien aquella reunión clandestina le ponía de los nervios por
momentos-.

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- Bueno; con 17 años yo ya sabía que me dedicaría de todas formas al
negocio familiar; de tal manera, ¿de qué me hubiera servido estudiar
arquitectura, jurisprudencia, filosofía?He estudiado lo que me siempre
me gustó y ahora me tocará dedicarme al interesantísimo mundillo de
la producción de aceite de oliva.

- Bueno, pero ni una sola palabra, ¿entendido? –dijo Luca mirándole
fijamente a los ojos-. Si dices algo te dejo el pene sin sus dos razones
de peso.

Dell’Orto asintió con el rostro del niño que promete a su madre no
volver a meter los dedos en el enchufe.

- ¿Bardelli?

- Estoy mayor. Sería un lastre. No estoy en forma para esas cosas.
Pero escucharé de buen grado todas vuestras batallitas. ¿Qué os
parece?

- Es razonable –respondió Platón, anticipándose a Luca.

Así concluyó aquel simposio de aburridos, de gente peligrosa con ocio
por delante.

Cada uno se fue a su casa una vez llegados a la Estación de Santa
Maria Novella.

Platón llegó a su hogar con un rostro de preocupación; como tantas
otras veces, Luca le había vendido la moto; fue mientras caminaba de
regreso a su apartamento de Via del Proconsolo cuando cayó en la
cuenta. Esto va a ser un polvorín; ¿dónde acumularemos toda esa
metralla?¿por qué quitar una lápida, o sesgar una cruz, o coger el
brazo de un santo o el dedo de un mártir?¿de dónde sacará estas
ideas Luca? ¿será francmasón?

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Bardelli, por el contrario, al llegar a su casa, se quitó sus zapatos, se
enfundó sus babuchas, se puso su batín de color azul oscuro, fue hacia
el salón; se acercó a un cajón, y extrajo de él una serie de planos, dos
de ellos pertenecientes a un mismo edificio, y otro correspondiente a
un callejero ampliado de la ciudad. Cogió un vaso vacío y una botella
de whisky; se sirvió hasta la mitad del vaso y bebió contemplando
satisfecho aquella documentación.

Dell’Orto, esa noche tuvo mala suerte. Un par de ladrones le asaltaron
en Via Cavour y le golpearon en la nuca; quedó inconsciente y perdió
parte de la memoria desde aquel día por lo que jamás recordó aquella
reunión. Es más, cuando años más tarde Platón volvió a hablarle sobre
aquella reunión, Dell’Orto respondió que había estado toda la tarde
recogiendo habas en el huerto de su tío Beppe.

Por tanto, los dados estaban echados. Ahora Platón y Luca se habían
convertido en bárbaros del meollo metartístico, corsarios del período
espacial que se dedicaban a la chatarra, a las sobras con musgo; la
vida siempre tuvo gente así; siempre hubo herreros y chatarreros,
ladrones de guante blanco y ladrones de “cosas” sin sentido. En
cualquier caso, hacía falta un plan logístico, pero Luca le comentó a
Platón en el tren que ya hablarían cuando se volvieran a ver, una vez
llegado el período navideño y, por tanto, de obligado retorno al hogar
familiar, en Firenze.

No obstante, Platón insistió mucho en la necesidad de alguien que
conociera el mejunje, las fórmulas, las pautas técnicas acerca de
extracción de piedras, utilización de material específico, etcétera;
Luca, en cambio, pensaba que era necesaria una persona que trabajara
en los media, para poder adelantarse a posibles y desastrosas noticias
sobre sus escarceos nocturnos por cementerios, iglesias, y via crucis.

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Ambos amigos se citaron en la loggia de la fachada principal del
Ospedale degli Innocenti, el 25 de diciembre a las 12:30 de ese mismo
año, o sea, seis meses después.

Luca pasó los dos días siguientes comprando ropa, y demás objetos
que, tal vez necesitaría en su estancia en España. También volvió a
recorrer las esquinas y rincones de aquella que era su Firenze, su
madre de piedra tura y una lengua antigua de agua.

Al tercer día, justo una semana antes de partir, decidió salir de casa de
sus padres, que estaba en la Via dei Serragli, Oltrarno profundo, y
caminar un rato, hasta San Miniato. Salió hacia Via di San Agostino,
luego Mazetta y finalmente a aquel pulmón de la Piazza del Pitti;
desde allí era simple; era tomar aquella arteria repleta de vida, Via
Guicciardini hacia el Arno, pero antes de toparse con ese anciano de
barbas mojadas tomaría, siempre atravesando la Piazza di Santa María
Sopra l’Arno, la Via dei Bardi, subiendo por esa carretera por donde
pasaban los coches de turistas romanos y napoletanos pitando y
burlándose de los florentinos mustios, nostálgicos que necesitaban de
ciertas peregrinaciones periódicas a San Miniato para sobrevivir a
cada año. Después de 20 minutos de ascensión, Luca pudo divisar la
silueta de la fachada románica, polícroma, no ese románico severo,
aburrido del resto de Europa, sino este más festivo, con sus cinco
arquillos ciegos sobre columnas adosadas de fuste fino entre las que la
decoración de casetones a base de planchas polícromas de mármol
parecía preconizar aquella de Santa Maria Novella; sobre este
silencioso cuerpo inferior, y una transición arquitrabada se disponía el
remate en frontón griego truncado por un cuerpo central resaltado y
también coronado, esta vez sí, por el mítico frontón visible desde
cualquier punto de Firenze.

Luca se sentó en la escalinata y contempló aquel atardecer sobre
Firenze como un milagro de tonos rojos, rosas, de su amadísimo
anaranjado “güelfo”, y esas palabras encendidas que tiritaban sobre la
panza del Arno. Al mirar hacia la derecha, sentado como él, encontró,
sorprendentemente, a un Gondi con sombrero de ala ancha de rejilla

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blanco y gafas de sol graduadas que miraba absorto el atardecer
furioso sobre los tejados flo
rentinos.

- ¡Gondi! ¿Qué haces aquí?

- ¡Hombre! ¡Pero si es mi querido Ambrosi! No te había visto.

- Entiendo, es un atardecer esplendoroso. Es normal que estuvieras
atónito.

- ¿Qué tal te va todo? ¿Ya has hecho las maletas?

- Aún estoy ultimando algunos detalles. Es importante no dejar nada al
azar.

- Bueno, quizá sea al contrario, Luca. Quizá un viaje a otro país
consista, precisamente, en dejarlo todo al azar, a la mano caprichosa
del destino. ¿Qué opinas?

- Sí, es posible. Tal vez tengas razón, Maurizio. Sin embargo, uno
tiene automatizadas ciertas rutinas, manías que no son otra cosa que
reminiscencias que los padres nos dejan como cáscaras de pipas o algo
por el estilo que hay que ir quitando una a una; toda la vida lo mismo:
pónte derecho, no toques la pared con la mano que luego se pone
negra, no te hurgues la nariz, no bebas sin comer antes…
- Ja, ja, ja. Nunca lo había visto desde ese punto de vista. Aún así, si
sigues esas pistas, esas indicaciones, no te irá del todo mal en este
lugar tan inhóspito que es la vida.

- Desde luego; estoy completamente de acuerdo, pero son
automatismos que uno interioriza y que, más allá de hacerle más fácil
la vida a uno, en realidad, complican y convierten la existencia en un
auténtico mecanismo que no funciona si salta éste o aquel resorte.

- Bueno, no desesperes. Aunque yo, si estuviera en tu lugar, estaría
mucho más nervioso por dos cosas. Una, obviamente, por dejar
Firenze.

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- ¿Por qué? -preguntó Luca, aun sabiendo que verdaderamente echaría
bastante de menos la ciudad como a una madre-. En España se vive
como aquí -dijo para autoafirmarse o engañarse un poco.

- ¿Tú crees? En Madrid encontrarás cemento, edificios altos, asfalto,
bastante tráfico y españoles no tan simpáticos como los pintan.
Además, el sol aparece por capricho, no por ley como lo venden en
agencias de viajes o en propagandas peliculeras. Los españoles tienen
un carácter difícil, Luca; no son un pueblo de tradición aventurera
como los distintos que se esparcen por Italia, ni con el buen humor
que por aquí nos gastamos. Es más, quizá tienen un carácter parecido
a los milaneses; son bromistas pero que no bromeen con ellos; son
simpáticos pero siempre y cuando les rindas pleitesía y les hagas la
pelota; son intransigentes y tienen catalogada a media Europa: los
alemanes cuadriculados -quizá porque tienen un tesón que ellos no
poseen-, los franceses chauvinistas -porque tuvieron a un tal Napoleón
que, para bien o para mal, cambió la historia de Europa, mientras que
ellos tenían a un tal Godoy que era un pringado y un chorizo-, los
ingleses estirados insoportables -porque respetan un protocolo que
ellos no tienen-, y los italianos que hablan con el acento ridículo que
ellos se imaginan -quizá porque les quitamos a sus mujeres, quizá
porque nuestro sentido del humor es más espontáneo, quizá porque
desde pequeños nuestros padres nos dan cancha y podemos disfrutar
de lo más importante de la infancia, la espontaneidad, mientras ellos
con su catolicismo sentimental los torturan, convirtiendo a sus hijos en
“mayores” o ancianos pequeños, aburridos, tácitos, tristes-; defienden
las cuatro piedras siglo XVIII de mierda que tienen en esa ciudad en
términos de “quien no ha visto el Madrid de los Austrias no ha visto
nada en este mundo”, y les importa una mierda que delante de ellos
esté un florentino que vive en la ciudad que patentó una enfermedad
provocada por la belleza, o un veneciano, habitante de la
particularidad; afirman ser el centro del mundo, y que como en España
no se vive en ningún sitio, empezando a defender tal aseveración por
la siempre fácilmente desmontable argumentación de la comida,
cuando aquí en Italia tenemos lo mismo, incluso desde siglos antes,
sin tanta grasa e, incluso, más variedad en verduras y carnes, y
terminando por el axioma del bienestar general -sin embargo, sería
mejor no coger en esos momentos relaciones de delincuencia,
comparativas de incrementos de pobreza y riqueza, y un largo etcétera

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que desmontaría todo el cotarro-. Yo no digo que Italia sea el centro
del mundo, o se viva mejor que en Alemania o Inglaterra o España;
simplemente digo que hoy, en el mundo globalizado, también se ha
globalizado la comida y uno puede prepararse una cotoletta alla
milanese hasta en Alaska; y precisamente porque los países en
términos de bienestar están en una tendencia de aproximación,
prefiero vivir en Firenze que te aporta cosas imposibles de encontrar
en Madrid o París o Londres como el recogimiento, la adecuación
arquitectónica al hombre, la belleza extrema, la particularidad de cada
día, de cada atardecer. O sea, Madrid, o te acaba gustando mucho a
base de peloteo al personal, o en pocos meses estarás deseando salir
corriendo de aquella cárcel de asfalto y cemento y olor a fritanga.

Luca observó a Gondi con los ojos como dos huevos cocidos.

- Son,…distintos, ¿no?

- Sí. Les gusta llamarse latinos, pero es otra latinidad, no es mala,
simplemente otra, diversa, distinta, quizá un poco destructiva.

- ¿Y cuál es el otro asunto del que debo preocuparme?

Gondi se levantó de su escalón y se aproximó a Luca. Se sentó al lado
de éste. Miró el horizonte flamante, delicioso, anaranjado, rojo rojo,
con ese sol cayéndose poco a poco.

- ¿Qué os traéis entre manos Platón y tú?

Luca encendió un Davidoff, suizo humeante, auxiliar en este tipo de
situaciones. Hincó los ojos en el suelo de granito gris de la escalinata.
Menos mal que había comprado zapatos nuevos; aquellos que llevaba
no estaban mal, pero ya comenzaban a disgustarle un poco.

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- Maurizio, Platón y yo estamos muy ocupados preparando nuestros
respectivos viajes como para tramar nada. No nos traemos nada entre
manos.

- No soy estúpido. Luca, no soy supersticioso. Sin embargo,
¿recuerdas aquella clase del romanticismo y siglo XIX? ¿recuerdas
que os conté que una vez me encontré en Venezia a Byron beodo y
burlón?

- No la recuerdo exactamente, pero sin duda se trataba de…

- ¿De qué?

- De una imagen, de una metáfora.

- No. Leí en un libro de Maurois, que él vivió en el Ca Mocenigo.
Pues bien, en una visita a Venezia de unos 4 días para una serie de
conferencias en la fundación Peggy Guggenheim, después de ir
acotando los lugares, y dejar por un mapa de la ciudad puntos
repartidos de obligada peregrinación, me dirigí allí, a aquel palacio, a
aquel lugar. Fue a eso de las 23 horas, había cenado con mi buen
amigo Aldo Manin, de Portogruaro, profesor de arte del XVIII, en un
restaurante cercano al campo di Santo Stefano. Tenía intención de
regresar a la casa que me había dejado el rector de la universidad -que
tenía un lío con mi mujer y que, curiosamente, esa semana no tenía
que “regir” la universidad veneciana…¿dónde estaría ese pájaro?- que
estaba en la Calle del Pistor, frente a la Estación de Santa Lucia, al
otro lado del Ponte degli Scalzi -y mientras, Gondi hizo el típico gesto
que simboliza un “atravesar el puente”, un “al otro lado”-; el caso es
que tenía que coger el vaporetto en el Campo di San Samuele, cerca
del Ca Mocenigo. Era de noche; por la mañana, y sin que nadie me
viera, a la puerta del Ca Mocenigo, que estaba tapiada por una valla de
madera por trabajos de restauración, escribí en esa valla: “Mi Lord,
exijo una satisfacción; os estaré esperando en San Samuele al filo de
la medianoche. M.G., el vengador de la Fornarina”. Pues bien, allí
estaba yo, en San Samuele, esperando el vaporetto, fumando, uno,
dos, tres, cuatro, cinco pitillos; llegué al campo a las 23:10
aproximadamente y ya eran las 23:40 y allí no pasaba ni vaporetto ni
nada de nada. Ya había olvidado la broma, el mensaje en la valla, el

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mensaje en la botella. Diez minutos más tarde, cuando me iba a
encender mi sexto cigarrillo, oí un chasquido detrás de mi; giré y allí
estaba la delgada figura de un tipo sbornioso, a medio caer, con una
camisa amplia de seda bourdeux, con brocados, con unos pantalones
siglo XIX, y botas de tope vuelto blanco…

El sol daba un tono rojizo al tupé blanco de Gondi y sus lentes
parecían incendiarse.

- ¿Era…Era él? -dijo Luca boquiabierto.

- Tenía un rostro que, a pesar de la embriaguez, era claro, nítido,
fuerte, de una potencia y un sentimiento fuera de toda duda; de
mejillas redondeadas, labios bien definidos y ojos claros; su naríz era
puntiaguda y, precisamente, en este extremo era respingona; su pelo
era ondulado y de color azabache; llamaban la atención sus orejas
ligeramente puntiagudas. Era un poco más alto que tú, no demasiado.
Entonces, zigzagueando se acercó a mi y dijo con acento anglosajón:
“¿Eres tú quien quiere a La Fornarina?”. “Sí”, respondí. “Pues
quédatela. Es toda tuya. ¡Hasta debería pagarte o invitarte a una jarra
de vino!¿Quieres?”. “Mi Lord, no es necesario, pero, si insiste, me
gustaría caminar hasta mi casa y gozar de su compañía en el paseo”. Y
me acompañó por media ciudad, me habló de Hobbhouse, y yo le
pregunté por ese episodio oscuro con Thomas Moore… Luego resultó
ser un estudiante inglés de Nottingham que se había escapado de una
fiesta de disfraces. ¿Qué te parece?

- ¡Caramba! Siempre tiene que haber un pero. La vida nunca es plena.

- ¡Noo!, ¡no es un pero! Lo que quiero decir con esta historia no es
otra cosa que tengas cuidado con los lugares, con las cosas; todas
responden a mecanismos; un poco como los Golem hebreos a los que,
para darles la vida hay que escribir en el reverso de su mano la palabra
“VIDA” y para matarlos hay que borrar una letra de esa palabra y dar
lugar a la palabra “MUERTE”. Existe un complejo sistema de hilos
que se pueden manipular, involuntariamente, y luego es difícil saber
cuál de ellos sirve para finiquitar esa extraña maquinaria infernal;

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extraña maquinaria que, por otra parte, hace que un Lord Cojo en
Missolonghi, se convierta en mito, y que, casi doscientos años después
de su muerte, aparezca un chaval de Nottingham exactamente igual
que aquel, con sus mismos rizos, ojos, boca, en el mismo lugar donde
residió aquel, disfrazado de aquél, y hablando de la amante de aquel
como quien pregunta el precio de las manzanas de fuji o las peras de
conferencia. ¿Entendido?

Luca estaba boquiabierto. ¿Cómo Gondi había podido saber lo del
Club? El tipo había estado en Brescia de conferencias, no sabía nada
de nada de la reunión de Arezzo, y ahora saltaba con el rollo de las
energías, los mecanismos invisibles y aquello de lo que él mismo
había hablado a Platón para convencerle de la necesidad de crear el
club.

- No te preocupes, Maurizio.

- El problema no es que me preocupe o no; el problema es que existen
dos defectos en el hombre que normalmente le llevan a la perdición:
uno es la curiosidad, otro el aburrimiento.

Años después, la suerte ya estaba echada. Todo sucedió como
planearon Luca y Platón, como había previsto Gondi, como pudo
observar Bardelli, como había sufrido Gneis, como supo de terceras
personas aquel poetastro de Urbino, cabrón, ¡Knep! ¡Knep!, como
Dell’Orto nunca pudo recordar, o como Montella “mishugena” supo
siempre. Se acumularon objetos, se almacenaron en un local cercano a
Santa Croce que la familia de Platón tenía, y allí muchas veces se
tomaban decisiones. Era como un garaje vacío; tenía las paredes
alicatadas de azulejos antiguos blancos; junto a la pared de la
izquierda había una mesa sobria, cutre, con tres sillas de madera de
olmo por los extremos que quedaban libres; sobre esa mesa, en la
pared, un calendario de 1954, pasadísimo. El local estaba siempre
cerrado con una puerta de cristal con plástico blanco opaco que no
dejara ver nada del interior, y unas lunas que cerraron dos escaparates,

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en su día, a ambos flancos de la puerta; todo cerrado exteriormente
por un cierre metálico de persiana que a Luca le encantaba ver caer.

En el Hospital de Campo Marte la luz de la tarde florentina, aquel sol
muerto de risa penetraba como una violación de la gravedad, de
soluciones de morfina, de paliativos terminales, últimas limosnas para
quienes iban directos, primero lentamente, lanzadísimos al final, hacia
el centro del remolino, hacia el desagüe monumental o Gran Desagüe,
como se llegó a conocer en círculos académicos, monofisistas y
sentimentales.

El viejo Gondi había entrado como un saco de patatas en un
restaurante, en camilla, dando tumbos gracias a cierto celador
cabreado, jodido por su salario, por su horario, por todo cuanto
terminara en
“ario”; le instalaron en la habitación 248 junto a otro paciente llamado
Alberto De Michelis, cuya pasión, además de pellizcar el trasero a la
enfermera de turno, era tocar las narices a quienquiera que estuviera a
su alrededor.

Neblina. Una ciudad sobre una roca. Una noche sobre una roca.
Desde el corazón de la ciudadela parte una callejuela serpenteante,
medieval, macabra, Brueghel y su triunfo de la Muerte, zoom
disparado hacia ese esqueleto descarnado que sale del ataúd para
devorar a aquella masa de carnes veloces, que corren despavoridas
como si pudieran escapar. Una ciudad sobre una roca, la noche sobre
una roca; una calle desde la ciudadela hasta el río, un río oculto por
las ramas y copas de álamos traidores, caducos. Hay que bajar
caminando, hay que alejarse del zoco y enfrentarse a ese foso, a esas
bestias ocultas, a esos fantasmas y a esas brujas. No hay nadie, y en
el suelo el empedrado compone un nombre, un nombre conocido, un
topónimo: Cuenca.

Descenderé, hay que descender. Es necesario. Soy un águila que ha
volado desde un Arno aburrido psicopompo hasta este lugar

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inhóspito; tengo que conquistar ese fondo terrible. Calle abajo.
Alumbrado siglo XIX, farolas de forja, o imitación, sobre muros de
mampostería siglo XIV, y zarzas en el extremo de la calle que da al
vacío, al barranco, a ese riachuelo negro, mortal, mentiroso, que sabe
algo que nosotros no, y no lo quiere decir. Un kilómetro cuesta abajo
y un claro, una plaza ante el río. Y en mitad de la plaza un cortile
formado por fuertes olmos, dieciséis, formando un octógono, ocho
ocho ocho, y en medio una cruz, una cruz de hierro, de Santiago y
hierro, de ahorcados…

Luca despertó entre un sudor espeso, y decidió salir disparado de esa
cama, lugar de pesadillas, a la ducha. ¿Qué le depararía el día?

Estaba siendo un Martes nefasto. En la facultad los moscones se
amontonaban a las puertas de los despachos. Platón estaba en mitad de
una acalorada discusión con un alumno que defendía una idea que
había expuesto en su examen, al hilo de una diapositiva de Hiroshige,
sobre un directísimo origen chino del Ukiyo-e. Esto, a Platón, le sentó
como un tiro, como un brutal golpe en la nuca, y respondió con toda la
artillería a su alcance, a grito pelado, pero artillería al fin y al cabo.

Luca, mientras, tenía que soportar la visita infumable de una alumna
pelota que quería comenzar un doctorado sobre Franz Marc; como
viera que la pesada comenzó a loarle, a dorarle la píldora, decidió
escupirle a la cara su recurrido:

- No lo tome a mal, Señorita, pero hay tres autores de los que prefiero
no hacerme cargo a la hora de dirigir un doctorado: el cansino Boilly,
el infumable Marc, y el chorizo Tápies.

La muchacha empalideció y, desde aquel día, sin remedio ni solución
de rectificación, dejó el peloteo y la escalada libre a otros.

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Finalmente, Platón, al despedir al disidente de lo japonés, a aquel
traidor de la chinería y de lo recargado, del pan de oro sobre columnas
rojas, tomó con su mano derecha el teléfono, descolgó y llamó a Luca
por la línea interna.

- ¿Luca?

- Dime, Platón.

- ¿Cómo sabes que soy yo?

- Son pocos años los que hemos pasado juntos y haces bien en
dudar… -respondió Luca, malhumorado y con desgana.

- Oye, si estás en ese plan, cuelgo.

- Perdona,…-se hizo un pequeño silencio y Luca encendió un alemán
nº 5-; tienes razón, Platón; no tienes culpa ninguna. Estoy teniendo
una giornata di merda…

- Yo también. Oye, ¿vamos a dar una vueltecilla?

- Está bien.

Ambos salieron de la facultad en dirección a la Piazza di Santa Croce,
donde les esperaba un local repleto de objetos inservibles. A su paso
por Via Giuseppe Verdi, a la altura de la Via Ghibellina, tuvieron que
parar en seco para no ser atropellados por la comitiva de una boda
judía que caminaban por la calle haciendo sonar violines, tamboriles y
clarinetes, a ritmo de klezmer; un niño con sus tirabuzones y su
kippah se acercó a Platón, le miró de abajo arriba y le propinó una
patada en la espinilla. Sblam!

- ¡Maldito niño!- exclamó con toda su fuerza-. ¿Quién de vosotros es
su padre?

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- Yo. -y de entre la multitud apareció un hombre llamado Slomo,
carnicero, de dimensiones ciclópeas, y se colocó justo delante de
Platón.

Cuando llegaron al local que la familia de Platón tenía a la altura de la
Via Burella, Luca seguía apurando un Davidoff -otro, no el primero,
claro-, y Platón se tapaba un ojo con una mano mientras buscaba en su
bolsillo con la otra las llaves del cierre. Entre ambos lograron levantar
aquella persiana de metal duro y estridente, aquellos labios metálicos
que ocultaban una boca llena de cosazas inservibles, de mierda variada
y diversa, cercenada, recolectada de los lugares más insólitos de
Europa, de tonterías acumuladas como si fuera un rastrillo en Bagdad.

Al entrar allí, Luca, como siempre, esbozó una sonrisa. Platón miró a
su compañero esperando ese resplandor en el rostro, ese golpe de risa
al ver la “gran metralla”, como genialmente la llamó Bardelli en
alguna ocasión.

- No entiendo por qué sonríes, Luca; de verdad que no lo entiendo.

- Tu problema, Platón, es que tanto Ukiyo-e, tanta estampa japonesa,
tanto zazen y ver las cosas de rodillas te están dejando, además de un
cerebro seco, un mal humor de cojones.

- ¿Pero qué humor quieres que tenga? -le espetó bruscamente a Luca.

Éste sonrió. Se apoyó en un mostrador que había a la derecha, adosado
a la pared, y tiró al suelo aquella colilla alemana.

- Bueno, tranquilo; simplemente te digo que, si no eres positivo por
naturaleza, al menos, parécelo. ¿No?
- ¡Eso lo dice Mister Nihil!

- Bhoo, ¡qué mal perder dialéctico que te gastas! Eres un caso…

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- ¿Un caso? Me acaba de pegar un puñetazo un hebreo de dos metros
y su hijo me ha marcado la espinilla, ¿debo encima estar contento?…

- Pareces más judío que ellos. En fin; ¿a qué hora te dijo Chiara que
vendría?

- No vendrá.

- ¿Y Daniel?

- Yo no con ese tipejo no me trato.

- Ese tipejo es parte integrante de esta empresa, ¿lo recuerdas? -dijo
Luca, volviendo de nuevo a la seriedad de la que había salido
triunfante desde aquel incidente con el niño del kippah- No quiero
oírte criticar a Daniel. Tiene defectos; pero mírame, ¿acaso tengo yo
derecho a echar en cara los defectos a alguien?

- Luca, a ti te soporto porque te conozco desde que éramos niños y, en
un cómputo muy muy muy global, estoy seguro que tu
comportamiento conmigo ha sido en un 60% bueno; Daniel, en
cambio, es un tío infumable. No le soporto; es un periodista de mierda
que no sabe hacer la o con un canuto y cada vez que habla pontifica;
no deja de dar consejos, con la rabia que me da la gente así.

- Platón, en la vida tiene que haber gente así; no es malo que alguien
dé consejos en una existencia donde, precisamente, lo que faltan, son
instrucciones para saber qué hacer en cada ocasión. ¿No crees? Otra
cuestión es pensar en la posibilidad de cambiar las personas que dan
consejos -que normalmente son lelas y no saben nada de nada- por
gente que sí tenga un poco de idea -que normalmente es gente que
permanece en silencio por propia voluntad-. Además, tienes que ser
indulgente: en las facultades de periodismo enseñan a aparentar saber
de algo: hoy te toca un reportaje sobre la clonación y mañana tienes
que cubrir la exposición de Giorgione de la fundación Guggenheim, y
en ambos lugares tienes que aparentar saber más que el mayor de los
especialistas de la galaxia sobre la materia.

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- Sí, tienes razón; sin embargo, Daniel, es un mal bicho. Es un tipejo
insoportable y no quiero hablar más de él.

- Tendrás que llevarte bien con él a la fuerza.

Fue entonces el rostro terrible, la cara recia del gestor, del cerebro del
hampa, fue entonces el nubarrón descargando con fuerza, o el frío
Mitch a su paso por el apéndice, por el pene colgante de los USA.
Platón entendió que Luca tenía cosas en la cabeza, y que en ese
momento, o mejor dicho, en ese preciso momento, lo que menos
necesitaba era un problema, un roce, un “Luca, no soporto a Fulano,
me cae mal Mengano”; la policía en España ya tenía preparado el fusil
de precisión apuntando a la salida de la madriguera, y sólo era
cuestión de tiempo, el salir y recibir un proyectil violento entre ceja y
ceja. Lo de Cuenca fue un fiasco, una mierda; se obtuvo el trofeo, pero
sucio, con barro, con sangre, con un tío portugués tirado junto a aquel
paraíso de ahorcados, y con ese alcohólico gritando por las calles que
había visto “algo”, que había sido testigo de “algo”. Una jodienda.

- Platón, ahora tenemos que hilar muy fino. Esto no es entrar al Pitti y
coger el Van Poelenbourgh de Bardelli. Tú viste lo mismo que yo en
Cuenca y en San Miniato. Tuvimos suerte allá arriba -dijo señalando
aproximadamente y dentro de aquel local de paredes grises, sin
decorar, la ubicación de San Miniato al Monte-, pero lo de Cuenca fue
una mierda impresionante; todo nos salió mal. Y, Ares,…¡pobrecillo!,
allí le dejamos tirado, abandonado a la policía, a los forenses.

La figura de Luca se tornó sombría, macabra, rodeada de todos esos
enseres que miraban de reojo, que contenían energías siniestras,
diabólicas, encendidas. Platón asintió con la cabeza levemente y clavó
su mirada al suelo. Luca, por su parte, se autocensuró y pensó de si
mismo lo peor, el asco, la repulsión…

Mientras, en la 248 de aquel hotel de paredes blancas para enfermos,
para desahuciados, Gondi empezaba a echar humo, y pieza a pieza,

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tornillo a tornillo, se iba descomponiendo, se podía preveer el terrible
estallido.

Luca se dispuso a finiquitar aquella absurda discusión. Platón dijo lo
de siempre, deshacerse de aquella amalgama de objetos extraños.

- Escucha, Luca; esto está yendo demasiado lejos. Y encima quieres ir
a aquella ciudad donde vive Satanás vestido de campesino. ¿¿¡¡Es que
quieres que la palmemos todos!!??

- Platón, deja de decir tonterías. Ares murió porque fue imprudente;
porque pensó que era un dios o ¡yo qué sé! Sin embargo, esa cruz nos
espera, Platón, nos está llamando. Iremos, la cortaremos durante la
noche, la cargaremos en el coche y ¡listo!, de vuelta a casa, cada uno a
la suya.

- Sólo digo, Luca, que todo esto me da mala espina. Nada más.

Luca miró a Platón durante un par de segundos, sin decir nada,
encendió un alemán y salió del local en dirección a su casa, Vittorio
Alfieri 9, donde una mezzosoprano de pacotilla ensayaba y ensayaba
hasta que las hojas de los árboles se caían y luego volvían a salir, y el
niño de los Farsini empezaba a dar problemas con sus bajísimas
calificaciones, o la Signora Loredana, que vivía en el cuarto piso,
había intentado suicidarse una semana antes, una vez más.

Luca salió de aquel almacén de sinsentidos, de objetos absurdamente
cargados hasta los topes de electrones, neutrones, o esas cosazas que
sólo la cuántica entiende a niveles subatómicos, imposibles de
discernir con un Davidoff humeante en la mano. De muy mal humor
echó un vistazo rápido a la fachada de Santa Croce, y se encaminó
hacia Via Giuseppe Verdi, que se adhería a la Via dei Benci justo en
el extremo oeste de la plaza. Atravesó con muy malas pulgas y, sin
enterarse de aquel Fiat verde botella que le pitó, la Via Ghibellina
donde aún, de vez en cuando, se dejaba caer el divino Michelangelo;

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dobló como una exhalación por Via del Oriuolo hacia la izquierda, y
súbito a la derecha por el Borgo Pinti, el siempre temido Borgo Pinti,
lugar de desapariciones, de cigarrillos que caen de manos
sorprendidas, lugar desde el que ciertos entes inexplicables -excepto a
niveles subatómicos- se lanzaban a la conquista de Firenze, quinientos
o seiscientos años después, ¡cosas de la vida!. Una bicicleta, un ring
ring familiar que casi le embistió a la altura de la Via de’Pilastri; Luca
alzó la vista, y por allá, hacia Via degli Alfani, se perdía la silueta de
un Savonarola sbornioso, pedal a pedal, año tras año, botella a botella,
ganando el pulso al Medici nefasto que le relegó al
ostracismo; ¡Maldito Montella!¡Qué susto me ha dado! Siempre que
le veo sucede algo,… y casi siempre nada bueno.
Allá aparecía la Via
della Colonna que salía como un proyectil de fachadas grises, de tres,
cuatro y hasta cinco pisos, desde la Santissima Anunziata, divino
ágora florentina. Eran metros, segundos, unos peldaños, porque ya
estaba en Vittorio Alfieri; de repente, al cerrar el portón del edificio y
toparse con el silencio de mármol, eco y diafanidad de la escalera
oscura, Luca se apoyó sobre su buzón, bajó la cabeza para luego
alzarla mirando al techo, atravesando el techo, abrir un agujero con los
ojos y primer piso con los Renai discutiendo, segunda planta con la
viuda Agostina, tercer piso en alquiler -vacío pero lleno, sin personas
pero con personalidades, sin un Fulano de Tal, pero con niveles
subatómicos que gritaban Stendhal o Simonetta Vespucci y otros
nombres que conformaban una suculenta lista de invitados a aquel
simposio de fantasmas-, cuarto piso propiedad de Monica Cipressi,
mezzosoprano, incomprendida, solterona, llorona, triste, muy triste.
Bajó la cabeza y volvió a alzarla atravesando el edificio entero, y ya
estaba en el cielo, pensando en Gneis, en aquella mierda de artistazo al
que le gustaría desintegrar con 12 horas ininterrumpidas de napalm
sobre su cabeza, en Ares que decidió fugarse al Hades sin comprar
billete, subiéndose al tren en marcha, en Ares y aquel rostro
desencajado y aquellas manos en brutal tensión que cayeron como un
muñeco de trapo, en Platón que se quedó lelo durante una semana
después de aquello. Platón y Daniel; Platón el sabio, Daniel el
sabelotodo; Platón, la aurora y el ocaso; Daniel, la mañana de
polución y lluvia, la noche de fin de año, de capodanno maldito;
Platón, la apuesta segura; Daniel, el sueño de una victoria épica que
jamás tendría lugar. Platón tenía razón, Platón tenía razón y aquel
tipejo tenía que desaparecer del club.

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Luca subió lentamente las escaleras, sin ganas. Discutir con Platón era
lo último que quería; Platón tenía la manía de tener razón y Luca, en
cambio, el hábito de perderla. Se acercó al teléfono para llamarle,
pedirle disculpas, un café en Via del Proconsolo, etcétera. Sin
embargo, el contestador tenía un mensaje. ¿Quién sería? Él ya no tenía
mensajes, sólo cartas del banco, cartas del rector aparcacoches,
terrorista anti siglo XV e invitaciones de asociaciones para
conferencias y patochadas del estilo.
Un mensaje, un mensaje y ese típico “01” en rojo sobre el display del
contestador tan inquietante. Pulsó el botón 9 para escuchar el mensaje.

- ¿Sr. Ambrosi? Me llamo Guglielmo Barbano, soy el médico que está
tratando a Maurizio Gondi. Él mismo me ha pedido que le llamara. No
le voy a mentir; está muy mal. Está fatal. Le queda un día o dos de
vida. Tres sería un milagro. Está, como bien sabe, en la 248 del
Hospital del Campo Marte. Si necesita saber algo mi teléfono es el…

Gondi frente a la eternidad, Gondi lanzado a las estrellas, como si
fuera un hombre bala. Una enfermera entra en la habitación 248 y
abre la ventana de guillotina; acerca la cama de Gondi hacia el vano
colocando los pies de la misma junto al álfeizar. Aparece un celador
con una bata de lunares rojos y grita “¡Preparados!¡Listos!...¡Ya!” y
tira de una palanca que nadie antes había visto detrás de la cama y
Gondi sale disparado por la ventana, hacia el cielo, hacia el cielo
florentino y sobre San Miniato ardiendo en un atardecer de naranjas
esparcidas por Firenze.

Gondi se larga. Esta noche Gondi no será más que un recuerdo, una
imagen, un cromo amarillento, un cromo dadá y amarillento, como la
portada de ese diario que, cuando era niño, recorté y que hablaba de
esto y aquello que hoy no tiene sentido alguno. Gondi está a punto de
caramelo, el asado en el horno, la muerte cocinera, la muerte nos
cocina; ¡qué putada quedarme, quedarnos sin Maurizio!

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Luca salió corriendo de casa, acordándose antes de coger la gabardina
beis. Tomó un taxi y, tras una carrera de 35 euros llegó al hospital del
Campo Marte. Dejó al taxista dos billetes de veinte sin esperar el
cambio. Corrió velozmente hasta el mostrador de información del
vestíbulo del Hospital.

- Por favor, señorita, ¿la habitación 248? Vengo a ver a Gondi
Maurizio.

- Siga por el pasillo de su izquierda y suba a la segunda planta. Allí
tome el de la derecha y ya estará en el corredor del 225 al 250.

Tuvo suerte y aquella empleada le dio las señas precisas para
encontrar la habitación. Pasillo de la izquierda; ascensor, bajando;
ascensor, subiendo; pasillo de la derecha; corredor de la muerte, ala de
paliativos; 225, 230, 240, 245, 46, 47,…248. Luca asomó tímidamente
la cabeza para ver el entorno donde moría un genio, para no
enfrentarse fría, seca y abiertamente con aquel último lugar de la tierra
para Gondi; con la de sitios que conoció Maurizio y tener que morir
en la fría habitación de un hospital era injusto, era como una cuenta
pendiente cobrada con muy mala uva.

La habitación era cuadrada y, métricamente hablando, era amplia, es
decir, unos cinco metros de largo por tres y medio de ancho. Sin
embargo, daba la sensación de un ataúd de cubicaje desmesurado; sus
paredes eran blancas, aburridamente blancas, y sólo el sol de la tarde
temprana daba alegría a aquellas paredes. La habitación estaba
precedida por un pequeño pasillo de algo más de un metro debido a la
pared del baño de la estancia; cuando Luca lo atravesó y miró a su
derecha, no pudo evitar estremecerse. Allí estaba el pobre Gondi, semi
muerto, harto de morfina, hasta el tupé de esa droga sedativa,
matadora; dormía y cabalgaba a lomos de un dragón muy verde,
seguramente sobre paisajes a base de brochazos Derain, o Matisse, o
junto al Blaue Reuter de su querido Kandinski. Gondi estaba con “los

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de allí” y, aunque aún se podía ver cómo su pecho se hinchaba y
deshinchaba rítmicamente, estaba dormido, con un ojo y la boca
entreabierta, con su baba y todo.

Esto era definitivo. Un frío cerrojazo.

- Los expertos, esa tal Emily Fortberry, por ejemplo, defienden el
fauvismo como un movimiento postimpresionista más, una
continuidad de Gauguin, por ejemplo. Sin embargo, según mi opinión,
el fauvismo tuvo mucho de finiquito, como si fuera un “echar el
cierre” al impresionismo y todo lo sucedáneo; uno se deja caer por
alguna sala de fauvistas, de fauves, de “fieras”, y es como si pudiera,
incluso, oír ese graznido metálico, ese “echar el cierre” al
impresionismo.

Gondi lo dijo en aquella clase. “Echar el cierre”, “graznido metálico”;
pues bien, ahora estaba sucediendo, ahora se estaba echando el cierre,
y no en el Salón de Otoño de 1904, sino ahí mismo, en esa escuálida
habitación de hospital.

Luca acercó una silla y se sentó junto a la cama. Se quedó frito, tieso,
durmiendo como una piedra o una rama seca. Echar el cierre, una
caída metálica, una caída, un metal. Echar el cierre, finiquitar el
impresionismo, finiquitar algo, ¿por qué no finiquitar el club?¿por qué
no finiquitar la amistad de Daniel, esa amistad interesada, falsa,
superficial, anecdótica, foruncular, totalmente prescindible?

El vecchio Gondi, como siempre, fumaba negro, como cuando todo
era sólo una fantasmagoría de estrellas y uno podía asomarse a la
ventana y oír a los muchachos fiorentinos cortejar a las dulces y
acaobadas toscanas, y ver en el cielo el astro Chardin, o aquel otro de
David, o esa estrella fugaz que fue Mondrian, dejando una estela de
composiciones geométricas, colmo de clasicismos... o un scherzo a
manera de cuadrado negro sobre un fondo blanco blanco, ocaso de los

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ídolos, de los iconos, de las ventanas a la marea y al más allá, que en
el fondo estaba más acá, casi vomitando y estertorando sobre su nariz
de viejo zorro mientras la venus de Urbino coqueteaba con el San
Sebastián asaeteado de Piombo, con los fighettini que la hacían
estremecerse de gozo y sombra, dejando de lado a su cantor, a su
eterno admirador y enemigo –porque la vida siempre fue así, quien
amaba odiaba, y quien perdía sus occhiali por ver en el fondo se moría
de impaciencia por cerrar los ojos o sacárselos a golpe de
escepticismo –el viejo Rozz que la cantaba, que la odiaba desde sus
poemas y la cortejaba junto al micrófono mientras su voz salía partida,
como la gaviota que escapa de una jaula o de una marea negra... El
vecchio Gondi con sus geniales tics: del pelo cano de su venerable
testa entre sus manos, el toque sutil a la nariz, al levantamiento
acompasado del pantalón pasando por el inevitable rascado de barba...
Y de ahí a las ideas, a las campanas de ver a Romeo perdido en el
laberinto de Guillermo Tell, mientras éste último pensaba en aquel
mítico arquero que fue Minotauro que supo salvar a Julietta de una
muerte segura al apuntar bien con su arco –aquel que Tetis, madre de
Mazeppa encomendó realizar al bueno de Gerión, que era el
encargado de todo pero al que todo se le iba de las manos, como aquel
mítico rebaño que, antes de todas las batallas Mazeppa cuidó y
protegió de las garras de Aquiles, que llegó a realizar uno de sus doce
trabajos, como aquel buen caballero cosaco que murió atado a su
caballo devorado por los lobos fieros de la estepa eslava que se llamó
Heracles– ... Y de ahí los ojos giradísimos, y de ahí a Vía del
Proconsolo a visitar los viejos fantasmas de aquella esposa suya que
cada tarde le abandonaba para llamar a la puerta del señor Franco E. y
charlar un poco debajo de las sábanas, sin malicia ninguna sobre
literatura, música y arte; Gondi dadá lo entendería, Gondi irónico lo
aceptaría con ironía... es lo que suele pasar, no? es lo que suele
suceder con los irónicos, de los que no habla ni la Biblia, ni el Corán...
ni Bodhisathwa, ni Krishna, ni Dios... es lo que sucede con los que
eligen desde pequeños la empantanada región de la sorna, de la burla,
del doble sentido, de los cuadros de Fragonard y Boilly, de los
collages dadá, de los ready mades de Duchamp... por eso siempre
Luca se preguntó ¿dónde Marcel, dónde Rozz, dónde Gondi?...
Imposible responder... Desgraciadamente las mujeres de aquella
Firenze loca preferían las apariencias, las camisas, los pantalones, los
gemelos,... y pasaban como un fórmula uno a todos los irónicos,

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hermanos desprotegidos, sin hacerles demasiado caso... y Gondi no lo
entendió, ni lo aceptó, sus años le costaron comerse la ironía a golpe
de artículo, a golpe de visitar a Del Sarto taumaturgo, a golpe de
sacarse el corazón con la mano derecha y hacer un bello ready made
poniéndole encima un código de barras y un cigarrillo en el ventrículo
superior derecho... Ella era una maldita que sólo quería un buen pene,
ready made, que sólo deseaba conocer el arte desde el neófito, no
desde el genio, no desde ese saber que Malevich es Malevich pero
sólo a veces y cuando el cuadrado negro comienza a agrietarse y a
dejar ver lo que hay debajo...

He estado escuchando una y otra vez las cabronadas que esa mujer
hacía al genio, al estudioso, al escritor, y no dejo de pensar “pero
hacia qué extraño fin conducirán todas esas memeces, todas esas
tonterías de los de allí, dañando –quizá sin quererlo –, a los
poseedores de una sensibilidad tan especial?”... Todo había sido una
traición más al viejo sabio, al Tiresias que quedaría como un
hipopótamo hastiado de conocimiento, medio muerto, seco, frito, sin
aliento sobre el adoquinado y bajo el cielo... Aquella perversa mujer
había buscado un músculo pendular, una máquina de placer, un juego
con el que llenar las tardes de invierno en que escuchaba las
proféticas palabras de aquel hombrecillo que decíase su marido;
había estado, como una loba en celo, buscando en las lluvias de
Marzo, bajo los paseos crepusculares por Lungarno Torrigiani, justo
antes de llegar al Ponte alle Grazie, por las alamedas de los octubres
sonrojados, cubiertos de esas hojas caducas que tan bien sentaban al
viejo Lord Malo en sus paseos decimonónicos previos a las fiebres
griegas... había estado buscando, digo, encelada, la fusta, el sexo
caliente, la lengua joven, el brazo gimnasta... y demás objetos varios
del inventario de las mujeres enceladas que dejan a un marido genio–
sabio en casa para poder redescubrir los extraños caminos que un
día, como Alicia en aquel País de las Maravillas, recorrieron con la
sensación de estar soñando...

Al final la palmó, vaticinando el movimiento Schlieffen, pero dadá, es
decir, “que alguno de los flancos, si les da la gana y tienen tiempo,
que fume y se mantenga firme”. La mujer estaba aquella mañana de

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sol radiante en Piazzale Donatello con un jovencito en un yate en
aguas de la Spezia, bronceándose, jugando, top-lessando un poco,
dando cremita a espaldas musculosas, generosas, y pagando a golpe de
tarjeta Gondi, los que según ella iban a ser unos días aburridos junto a
sus hermanas en Génova.

Gondi quedará rendido, mirando hacia el techo, viendo más allá del
cuadrado negro, como si mantuviera ya aquella ansiada conversación
con Malevitch y estuviera diciendo: “Ahora, ahora, ¡¡¡ya lo veo!!!,
hay eternidad, ¡qué cabroncete que eras Kassimir, cómo nos
engañaste a todos!”. Sería como un muñeco de trapo, pero con cierto
aire de travieso dadá inconfundible, una media sonrisa, unos ojos
pequeños, antes vivaces y que, ahora, serían de mármol poco
duradero, pero irremediablemente dadá, que siempre fue su
constante, su forma, su lugar, su espacio, su necesaria vacuna contra
la peste que le rodeaba. Siempre pensé en él como si fuera un padre,
más que como un mentor estrictamente académico. Era un diablo de
tupé blanco blanco blanco, de barba eterna, y parecía que nunca
moriría, que eso no iba con él, que pasaría siempre de cerca pero sin
rozar; sin embargo, ahora su tupé ya no se movería, tampoco su cana
barba tendría manos que la mesaran… Gondi de cabeza al ataúd y
lanzadísimo a la eternidad, a algo así como espacios o galaxias de
chatarra dadá donde buscar, donde meter la tijera, donde decirle a
Schwitters “Eh, córtate un poco, hombre, que Merzbild era un buen
psiquiatra!”, donde reciclar y reciclar el arte; o galaxias más de
aquellos verdes Matisse para relajarse, para entrar y salir, para
dejarse caer en un sofá, descansar, y asomar desde lejos la cabeza en
los colores planos, o jugar al rol del “Doctor Cuadro”, coger un
estetoscopio y auscultar los lienzos, mirar atentamente las enfermades
de las telas, y concluir con sabia grandilocuencia “Si es rojo, malo…
es fauvismo”
.

Su color de piel tomaría un carácter bíblico y sus ojos se quedarían
como los del Davide, mudos, quietos, ya sin cinética, ya perdidos en
aquel infinito cortado violentamente por las paredes de aquella
habitación cochambrosa. “¡Cosas de la vida!”, debería pensar, ¿no?,
“así es como muere un genio. Y mientras un tío con esteroides hasta

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en la nuca, pero con la sesera hueca,…tirándose a la mujer de este
ángel bebedor de whisky, fumador de Davidoff”.

Un pequeño tordo negro se posó sobre el alféizar de la ventana como
un espectador en un cine, observando todo lo que ocurría en el interior
de la habitación. Luca, ya había comenzado a roncar un poco.

Una ciudad sobre una roca. Álamos en el fondo del precipicio, junto a
un río que se esconde, que quiere estar al margen de todo. El viento
sobre esa ciudadela, la luna sobre las rocas, las rocas sobre el vacío.

Una calle desde la ciudadela hasta una cruz junto al río. Una figura
encaramada sobre ella forcejea, se retuerce, un rayo, un relámpago
y…y la figura,… y la figura… ¡Un momento!¿De dónde viene esa
voz? Viene desde fuera; es como si el río o todo lo que hay aquí se
pudiera rasgar como una sábana y escondiera otra escena, otra cosa.

- ¿Lu…Luca?...Luca, has venido.

Abrió lentamente los ojos, y vio a Gondi mirándole y hablando con
dificultad.

- Luca…

- Tranquilo, Maurizio. ¿Dónde está Loredana?

Al ver que ladeó la cabeza hacia el lado contrario, como si no quisiera
verle, Luca insistió en la pregunta.

- ¿Dónde está Loredana, Maurizio?...La llamaré.

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- Déjala,…Luca; estará –cada vez con mayor dificultad- en la cama…
con aquel… gig…gig…gigoló véneto… -y en ese momento, sus ojos
perdieron la vida, se quedaron como canicas, como si fueran de cristal
o porcelana.

Y Gondi, el hombre bala, salió despedido desde aquella habitación al
espacio, a otras galaxias, convertido o reducido a valores subatómicos,
aunque allí donde tenía previsto ir no hubiera física cuántica o señores
con gafas intelectualoides y batas blancas con pinta de ciéntificos de
la Anherbe alemana. Gondi disparado hacia las estrellas, en órbita
brutal junto a Laika y esa escombrera espacial que giraba y giraba
alrededor de la Tierra.

Luca se quedó pasmado, mirando aquel rostro, y esos ojos convertidos
en canicas, en piedras de mármol, ya sin vida, secos, fritos.

Al momento, un doctor anónimo con un nombre ilegible colgado del
bolsillo de la bata confirmó la muerte. El mejor historiador del arte
florentino del siglo, la palmaba y se largaba sin dejar ni rastro. O tal
vez sí.

Luca, antes de abandonar la habitación, de abandonar el cadáver de
Gondi a su suerte de maquillajes y pompas fúnebres, se acercó, tomó
su mano y la estrechó con fuerza, cerrando los ojos. La depositó
cuidadosamente sobre la cama, de nuevo, y salió, no sin antes volver
su mirada y ver cómo el celador tapaba el cuerpo con una sábana
verde azulada.

- ¿Platón? Soy Luca. Oye no tengo mucho tiempo pero…

- Ya te he dicho que a Daniel no le trago. ¿Cómo te lo tengo que
decir?

- Platón: Gondi ha muerto. Estoy en el Hospital de Campo Marte.

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