Marcelo Firpo

Yo sé que el mar delita




“Martes 10. Hablando del mar alguien me dijo frente a mis ojos abiertos de éxtasis,
la naturaleza se da, no se razona. ¿Qué es la razón?. Esa tan organizada y estúpida
sociedad en la cual me ha tocado vivir, justifico, y me alegro casi por mis electro-
shock. J ustifico mi olvidada locura, simpatizo con ella, seguro, quería ser yo un mar
y tras de mí todos los peces del mundo, salvar los seres, reventar contra una tapia o
algo así, probar, sí, probar que yo podía romper con el cerquillo y echar a correr
como una cabra de monte. Algo definitivo, total, pero existe el reglamento, no un
reglamento admirable, perfecto, ecuánime, generoso, sino un reglamento pequeñín
limitado : en cierta forma hasta grotesco y cómico. Un reglamento de leyes sociales
respetado por los idiotas y hecho respetar por los que pueden.

Existe el reglamento. Los locos si son sosegados y alegres, que vivan entre los
cuerdos, los locos de la gracia, los locos del candor, pero nosotros los que vemos y
decimos cosas tristes, los enfurecidos sólo en las épocas heroicas tendríamos calce
(¿cómo se escribe?). Una especie de Quijote con faldas, absurdo, con más físico de
Sancho que otra cosa. Dios, debo estar muy triste cuando tan poco me respeto”.

Aída Carballo*(escrito en un cuaderno Sol de Mayo)
*artista plástica argentina











A manera de aclaración: en el siguiente texto Usted encontrará cierto desorden sintáctico producto
del agotamiento mental y confirmaciones semánticas de ciertas palabras que así ratifican su
existencia, por ejemplo: puta, la gran puta, la remil puta, huachada (guachada), muzzarella, eyacular y
otras de variado significado y/ apelación.
Parte 2º: “el mural y su relación con los gatos”
(se aclara que ésta es la 2º parte de la narración, aunque a mí me parece mejor leerla primero)

“...el viento le llevó algo, algo
minúsculo, apenas
imperceptible, una migaja, un
átomo de fragancia, o no,
todavía menos: el indicio de una
fragancia en sí...
Tuvo el extraño presentimiento
de que aquella fragancia era la
clave del ordenamiento de todas
las demás fragancias, que no
podía entender nada de ninguna
sino entendía precisamente
ésta...”
Patrick Suskind


1-
-Pero es que no puede ser, nadie se da cuenta como yo, nadie comprende que
está todo el tiempo con una pesadilla y que no se despierta-.
Ah!- me dijo ella y yo atiné a acercarme a sus labios.
-La idea es un mural, ¿entendés?, cubrir a esta ciudad con un mural, no dejarla
respirar el smog, atacarla con oxígeno, romperla para que vuelva en sí-. Alicia
me miró asustada. Tenía que haberla prevenido, no entrar en tema tan
precipitadamente, pero era un hecho.
(Viste su cuerpo, era un feto en la placenta de su madre. En su madre era su
cuerpo. Sus lágrimas, las cadenas que lo esposaban a la cama, a esta cama que lo
detiene eyaculando en él el suero que lo mantiene vivo. Sus ojos cerrados, su barba
crecida, las cámaras de televisión que rodean la nada, el desierto de la cama y de
su cuerpo, era un feto en la placenta. Elude las cámaras muriendo, eliminando por
sus propias venas el suero que lo contiene, la broma, esta broma inexistente. Ya
hicieron un film sobre su vida, pero no es su vida ni esta cama ni el suero que le
inyectan en sus brazos. Nadie está ahí. Nadie en una nada profunda, sin padre ni
madre, sin nadie, solo un hermano y la televisión que ahora cambia de
información y el suicidio de una chica de diecisiete años).
2-
A veces, las manzanas no tienen gusanos y los maestros debemos comérnoslas.
Esa es la ley, o sea una de tantas, como la de Pitágoras. Tal vez los murales no
las cambien, pero pueden ponerlas en duda.
En estos momentos, estoy trabajando de maestro. Sentís que todo es parte del
Teorema de Pitágoras, el problema es que algunos deben terminar
creyéndosela. Es difícil no bajar bandera, es tan fácil decir que la verdad la
tiene uno. Quisiera que el mural no fuera así.
-Maestro,¿le gusta este dibujo?.
-Sí, muy bonito, pero tal vez esté desequilibrado el encuentro entre esas dos
paralelas arremetidas por ese oso peluche del cuadrante inferior izquierdo,
nuestra cultura le da mayor peso al sector derecho y por lo tanto, la diagonal y
si a eso le sumamos la saturación del color...
-Maestro, ¿le gusta este dibujo?, ¿sí o no?.
(Existen en escena seres de todo tipo y virtudes. Algunos pasan, son parte del río
inmóvil, pieles engullidas por el decorado de respiración lenta, repetida,
descifrable. Otros, la mayoría, atraviesan esta gangrena buscando salir del río.
Peces de aguas secas, intentan bajar a su interior para respirar la sangre. Pero se
cansan, se detienen, compran sus espejitos, caen irrefrenablemente al río inmóvil y
nada. Solo pocos se salvan. Pocos escupen en estas aguas, se masturban en ellas y
abren sus piernas, no para prostituirse sino para gritar el amor que brota de sus
venas y atraviesa sus ojos y su vagina que los parte en dos, en miles de gritos que
no deben dejar de estallar en salvajes poesías sin bandera ni himno ni patria,
cargadas de gatos, de lunas, enarbolándose a sí mismas con cuchillos de letras que
se clavan asesinas en el río, hasta ahogarlo en sus propias aguas.)
Al salir del trabajo, comencé la encuesta. Tomé por Córdoba y llegué a Junín,
zona de Facultades y gente inteligente, pensé. -Disculpe, si fuera a pintar un
mural, ¿qué colores le pondría ?- La cara del estudiante de Medicina era como
para operarme ahí mismo. Muy atento igual, siguió caminando, mirándome,
analizando mis ojos, mis verrugas, mis narices, intentando contarlas. -Disculpá,
si quisieras pintar un mural en Buenos Aires, ¿cuál sería su contenido?- la chica
de Económicas aceleró su paso. Yo, igualmente proseguí mi búsqueda.
(Ahora pienso. Por única vez en mi vida, pienso: -Si todos fueran ciegos, no verían
tu rostro.)
Croaba la rana en un rincón del charco. Me detuve. Comencé a
observarla muy lentamente. Me acerqué hasta sus ojos. La acaricié.
Siempre creí que eran feas, asquerosas diría, pero ésta no me causó tal
impresión ni huyó al acercarme. Ella también detuvo su mirada en mí.
Verde, se desplegaba en torno suyo, junto a la hierba que la circundaba.
Nadie me observó. Recordé el viejo cuento del sapo y la princesa. Me
acerqué más. Me agaché a su lado y la volví a mirar, sus ojos me
acariciaron. Me detuve un segundo más y la besé. Abrí su boca con mi
lengua. La deslicé en su interior hasta tocar la suya, enredándose con ella,
mezclando nuestras salivas. Cerré los ojos, volví a recordar el cuento del
sapo y la princesa. El beso habrá durado algunos segundos tan solo o tal
vez muchos más, mis ojos cerrados no pudieron distinguir el tiempo
transcurrido. Me alejé unos centímetros como para extraer mi lengua de su
boca. Recién allí volví a abrirlos. La rana seguía ahí. A los varios segundos,
abrió sus ojos. Me levanté, la miré por última vez y seguí mi camino.

3- (monólogo del OTRO, del loco, el otro que también llevamos adentro)
Afuera las cosas seguían pasando, dos o tres culetazos barrían con los ojos de la
gente. La gente se empezaba a molestar, pero las hormigas tenían el poder, las
harmas y los hojos harrancados en haños hanteriores. También había cucarachas y
esas eran las peores. De las hormigas ya sabíamos, pero las cucarachas todavía
estaban limpias, con esa belleza esculpida de ternura (atea o religiosa, anarquista o
militar, comerciante o ama de casa).
Los dibujos provocaban desde todos los rincones. La situación era cada vez más
densa, primero uno ni los veía, luego hasta los tomaba con gracia, pero después:
TODO, las paredes de la ciudad, la corteza de los árboles, el cemento y el semen, las
chapas de los techos, TODO iba siendo inundado por los dibujos, esos trazos tiernos
de colores aterradores por perfectos, su desconocida simbología, atroz, pura...
Fuimos desconfiando de a poco de todos los ojos que se cruzaban en nuestras
miradas. Junto a sus madres. Ellos y sus madres. Íbamos convenciéndonos de la
verdad.
En estas paredes escribo mi confesión. Tendrán que derribar las paredes, los
muros, el asfalto y mis huesos. No puedo dejar que se olvide lo sucedido, alguien en
algún sitio tendrá que comenzar la rebelión, despegar la ceguera de los ojos de la
gente. Debo seguir, ya siento la debilidad propia de tener que escribir con mi propia
sangre. Debo contar sobre los días transcurridos, los dibujos, sobre todo los dibujos
y sus formas, sus colores. Debo confesar también mis errores, no haber dado fe a
mis ojos y hoy casi no existen, carcomidos por la luz. Nunca pude concebir tanta
crueldad, la inteligencia de la crueldad y la estupidez de los que vimos. Uno a uno
fuimos cayendo aquellos a los que no podían dominar, uno a uno los que
comenzamos a sospechar, encerrados aquí, allá o en los propios subsuelos de la
ciudad, incinerados en el fuego, aplastados sin poder hacer nada. Debo contar lo
sucedido, no puedo detenerme.
Los ojos del guardia resbalaron en mis manos. Era la salida, mis huesos eran casi
todo lo que quedaba, el resto había muerto en las paredes enfrentando a la ceguera
del mundo, un mundo que estaba a punto de ser exterminado por la ternura.
( I ba mi mano acechando sobre la pared, matando hormigas que iban en busca
de mis plantas. Al matar a unas, las más cercanas se movilizaban rápidamente,
como si cada una existiera en su todo. Fui matando entonces a éstas, cerrando la
comunicación entre ellas, hasta que bajó una y la enfrenté con el dedo índice. Se
detuvo. No huyó, se quedó en su lugar, quieta. La moví con el dedo y siguió en su
terquedad, fija, inmóvil, esperando que la aplaste. No lo hice.)
4-
Era de mañana. Tal vez la luna lo entendería. El largo suspirar del mate y en el
patio, las baldosas a rombos blancos y negros, las hojas verdes. Alicia se levantaba,
tomaba sus caricias y daba las suyas, nuevas de cada día. Sus labios se movieron
lentamente: -¿Por qué no vamos a la costanera?, -No, tenemos que ir a trabajar, me
dice, no, es domingo, te digo que es lunes, bueno, la dejamos en martes, llamamos al
laburo y vamos a la costanera, bueh, está bien, chuic-.
(Le pedí a un amigo que guarde lo inimaginable en una caja, que solo me lo
devuelva en el momento preciso, un segundo antes del salto por la cornisa. Sentí
que el mural era imposible, eso me aterrorizó. Sentí mis manos, sentí por última
vez mis manos. Acaricié tu nombre, el muro, las palabras, los colores. Acaricié las
caricias y tus ojos, que aún me miraban. Me detuve un instante, todo es un
instante. Vi mi rostro, la larga serie de maderas, telas, palabras. Encendí el
televisor, estuve horas ahí. Caí vertiginosamente por tu piel, muerte -las paredes
del Borda tienen olor-.
Las paredes del Borda tienen olor. Le pedí a un amigo que guarde lo inimaginable
en una caja, que solo me lo devuelva en la lluvia, un segundo antes del salto final.

( SERÁ ENTONCES
UNA LUNA CLARA
DE NOCHE
Y EL DETALLE DE LAS HOJAS
DIBUJADAS
ACARICIANDO EL CIELO,
BESANDO SU CUELLO
HASTA HABLAR EN SILENCIO
A SU PIEL).
VOY A DETENER LA NOCHE
PARA PODER DETALLADAMENTE
ACARICIARTE,
EN ESTA LUNA
Y EL DETALLE DE LAS HOJAS.




Caía lenta, imperturbable, como después de haber combatido. Cual bandada de pájaros
crucificados por el viento sin que nada ni nadie se pueda interponer en su destino, o tal
vez sí, el borde de mis anteojos. Caía lenta, impenetrable en sus razones. Acaso el frío o
la anestesia que recién me habían inyectado, fuera de eso no había razón para su
existencia. Caía lenta, húmeda, transparente cual manantial de tristeza. La venganza
contenida, el miedo de caer, una caída lenta, imperturbable, como esa lágrima que
baja por mi piel).
5-
Todo es un envase. Las botellas son envase. Las botellas son solamente botellas. Las
cajas, cajas. Los roperos no tienen ropa y los televisores solo cubos sin imágenes ni
sonido. Los sueños no tienen sueños, solo ronquidos y los cuerpos, solo cuerpos.
Los libros ya no tienen más que palabras. En un instante pensé esto y luego todo lo
contrario. Tomé fuerzas y seguí pintando mi mural, uno que deseche los envases, que
cubra la ciudad, pero sin convertirse en un nuevo envase. Todo es desorden, pero el caos
lo es, por eso pinto este mural ( lo necesito).
(Aquí, ayer, nos encontrábamos muy cansados de correr. Luego comenzó a llover. En
el cielo, los nubarrones negros y siniestros. Avía en eze lugar un umo tremendo, me caí
pero me levanté y te miré azombrado tú me mirastes y me isistes cayar enceguida el
zonido se calmó los ruidos sesaron y nos marchamo. Estávamos mui hasustados. Al
rato te miré a los Hojos, tE dI J E tE KierO y tE VESË,)
Vacías tu brazo
y es sangre
hace mucho que no escupen mis manos:
dios son mis manos.

“La luna era una cicatriz en el cielo. Nadaban los peces en recipientes
vacíos. Aquí adentro, entre estos edificios blancos, las manos gritan y los
gritos manos.”
(Susurran algo...)
Cuántas sillas destinadas
rastreándonos como perros sabuesos
tibias de gordas opulentas,
burguesas sillas y hasta tronos monacales y
púlpitos y hasta bancos de piedra y
el sillón de Rivadavia,
pero los pies descalzos.
“Hoy coloqué tus besos en una jarra entera de mis lágrimas. La vida es
un tobogán, lo lindo es saltar antes de llegar a la arena.”
Caminé un rato por estos lugares,
alunicé acaso en tus sombras,
acaricié insinuante tus labios
y esperé, detrás del escenario,
que te acercaras a mí. Detuve
un momento mi respiración,
asfixié mis ojos y mis manos,
desalineé las palabras y claro,
no me animé a decirte nada.
Apareciste de golpe, oscura,
ronroneaste un par de pestañas
no me miraste sí me miraste
y es así, como
nunca jamás
te olvidaré.



“En este capítulo, vamos a tratar de
simplificar la enumeración de los colores,
limitándonos a los pigmentos puros
imprescindibles. Tales pigmentos no
deben poseer impurezas químicas, para
asegurar la permanencia en el muro...”.
Carlos Aschero “La pintura al fresco”
6-
Soy el mural. Me miro. Sus ojos ya no son sus ojos ni los míos. Son ojos. No necesito
paredes que puedan servir como fronteras ni puedo atisbar el futuro de mis manos. Soy
nostalgia del futuro caminando ya sin barrotes o contrastes en escena. Veinticuatro
dibujos por centímetro cuadrado de carne. Vos me decís qué te pasa, él murmura, ella
grita con su boca roja y recuerdos: ¿quién?, sino mis ojos bañados en lágrimas internas
por la gran puta necesidad de afecto que me parió, con tus ojos (gatos, lunas, gritos de
silencio en un cuarto lleno de estrellas, escalera). ¿Dónde?, me pregunta ella perturbada
por mis ojos. Por mis ojos. Quiero hacerme un abanico, un abanico palabra, no un simple
abanico sino un abanico canto, moviola, rojo, durazno, cuchillo (con tus ojos quiero
hacerme un cuchillo y no soy carpintero ni Cristo), (con tus ojos quiero hacerme un
cuchillo de fuego, de aire, de caricias, de gritar cuchillos y clavarlos en mi cuerpo. De
salir al aire y no ser yo, mío ni tuyo sino el aire. Ser el mismo aire, un aire enredadera al
viento, trampolín nube, brazo chaplín -como decía Roberto, que vuelve a aparecer,
porque él también soñaba. Porque él, vos y yo somos el mural, ¿entendés?-).
-Sí,- contestó el murmurador- por la gran puta necesidad de afecto y por los miles de
sufrimientos que se me clavan en la piel (ojos de chicos con flores, flores de chicos con
ojos. Ojos. Muertos de muertes injustas, injustos de muerte silencio, locos en su hospicio,
ese Cristo de tres años que conocí en una Comisaría, solos, sangrantes, suicidas, feos,
gordos, inválidos, muertos).
-Volvé. Volvé, ¡no te vayás!.
-Vuelvo a los cuchillos. Quiero volver a mí, a mi sombra, a mi niñez. Buscar el momento
justo de quedarme estaqueado (lo conozco), (conozco de sus vértebras partidas y de las
torturas hijos de puta, hijos de remil puta). Hoy vuelvo a la necesidad de afecto, al miedo
a los gritos, cuchillos de balas partidas en mi cuerpo, acariciándolo, acariciándote,
haciéndome el amor porque ya no habrá ni mío ni tuyo (un cuchillo eterno con ojos de
gato es lo que necesito).
-¡Hacé alguna salvedad, no exageres!.
-Por lo menos el camino. Aunque no sean ojos, que por lo menos sean miradas.
-Gracias- descansó su boca besada, en tanto ella dormía en un sillón a un lado del
cuarto, semioscuro, color de durazno. Casi era parte (yo sé que hoy lo es). Descansaba en
un sillón semioscuro color del cuarto y sus ojos: -Soy el mural, lo somos.
(Fue tan difícil encontrar el espejo. Como si las paredes, el techo, los muebles, la
carne se lo hubiesen tragado. Era un espejo como cualquier otro, usted sabe. Los hay
de vidrio, de madera, de yeso, de piel. Cada uno lo puede inventar como quiera, lo
difícil es que funcione. Algunas personas lo llevan en el bolsillo del traje. Yo
acostumbraba llevarlo del lado de adentro, no me gustaba que lo vieran y menos que lo
usaran en sus juegos de guerra, porque también tiene esos usos. Otros los llevan de
aros, como reloj o simplemente de espejos, para peinarse por las mañanas. Yo lo usaba
de escondite, gustaba de traspasar sus fronteras y observar desde allí los movimientos
de la gente.
La cuestión es que ya me había acostumbrado a mi espejo, a sus formas y sus
colores y encontrarlo así, roto, entre las sábanas, me hizo mal, es como volver a
empezar de nuevo. Claro que siempre existe la posibilidad de comprar uno.)
Así escapaban las palabras de mi boca, mientras la gatita se balanceaba sobre mis
piernas o cortejaba la birome o hincaba sus dientecitos sobre mi piel para bajar luego por
mis hombros y comenzar todo nuevamente. Ella tiene un mes y medio y la encontramos
con Alicia en un basural.


7-
Ella salta. Cree saber hacia donde va. Al saltar solo ve el borde de la realidad y solo en
él se apoya. Deduce el resto, pero solo tiene certeza en el borde. En el instante del salto,
todo el mundo es su salto. El borde es parte del mismo. La plataforma, la flexión de sus
patas, su respiración son el salto.
Luego, cuando el borde deja de serlo para ser realmente algo más firme, recién ahí
descansa. Tal vez haga nuevos saltos que a su vez incluyan nuevos bordes y nuevas
plataformas de salto. Tal vez se detenga y observe, o se recueste a descansar.
Detenida, me observa. Me siente parte de ella y sonríe, con su gesto y con sus ojos y
con el silencio. Es su forma de domesticarme. Qué daría yo por ver sus visiones, por
lograr por un segundo sentir con sus sentidos.
Ahora clava sus uñas en la madera. Arquea su cuerpo hasta sentir la tensión de sus
articulaciones. Afila instintivamente sus uñas en la madera. Despierta instintivamente su
cuerpo para futuros movimientos. Ahora sigue ahí, reposando. Mira hacia afuera por la
ventana. Mueve sus orejas en dirección a algún sonido nuevo o conocido. Un
estremecimiento a veces corre por su piel y se eriza suavemente. Deja llevarse por el
ritmo del universo que la sumerge.
Ella está allí. Me observa.

(Viernes 29 de marzo. Ese silencio se escucha en el vientre. Él me observa,
como si alguna vez hubiera estado en mi cuerpo. Yo a veces siento algo
parecido, como si el observador fuera yo y él la observada. Mi olfato y mi
oido se están haciendo cada vez más sensibles. Él me observa, me acaricia.
Me dice algo, pero no logro entenderle. Solo logro maullar.)
8-
-Ese pescado estaba más rico que el otro- me dijo el gato de la otra cuadra, mientras
asaltábamos la basura del bar. Como ese gato no quedaban. Era capaz de compartir sus
gorriones y sus horas a cambio de uno o dos ojos. Los ojos ya no valían nada.
-¿Querés otro poco?- me dijo, mientras sacaba del segundo tacho una merluza casi
entera y sin cola. A mí no me gusta la cola. -Dejame un poco, -le dije- ¿sabés que están
arreglando la casa donde vivo?, parece que en cualquier momento me tengo que mudar-.
-Un ser humano estaría muy preocupado en tu caso- bostezó mi amigo.
En la otra casa, ella acariciaba su propio cuerpo, debería arder para cuando llegara su
marido. Él volvía del trabajo, cansado, insatisfecho de la paga y de las caras de su jefe.
Ella saltó sobre él y él sobre ella. Los gatos habían dejado de revolver los tachos y se
acercaron sigilosamente al techo de la casa. Los ruidos llamaban la atención. Sus cuerpos
y sus mentes estaban ardiendo. Se revolcaron sobre el piso y eran una masa uniforme de
chillidos, carne y esperma. Se iban arrastrando en la habitación, golpeando en las
paredes, arrancando sus ropas y sus cuerpos.
-Hay olor a carne- me dijo el gato de la otra cuadra. El cuchillo se clavó una y otra vez
en ambos cuerpos. La sangre bañaba las terrazas y se mezclaba con el sol.

9-
Entrar en un subterráneo de Buenos Aires es un signo, una extraña manera de bajar a
los infiernos, cambiar de paisaje y clima y espacio (por lo que suponemos, también de
tiempo). Yo tenía una ficha, así que intenté el destino de aire viciado que allí me
esperaba, el vientre de la madre ciudad, venerada. Uno nunca sabe de donde vienen y a
veces la fantasía (aunque en los trenes, esto es más real) es la posibilidad de cambiar la
suerte o bajar en una estación cualquiera, sino en una nueva imaginaria sin nombre que la
detenga o determine (esa fue siempre la idea del mural). El ejercicio es el habitual, dos
puntos, esquivo el molinete para que éste no me enganche por detrás, ahí, uno ya empieza
a sentir la falta de oxígeno, el encierro, las caras jugando a encontrar a nadie, la máquina
que se detiene y uno sube a ella (o en ella), se sienta (o no) según la hora y estación, y
espera. Los cuerpos, la proximidad de los cuerpos, hacen cerrar los ojos. Otra posibilidad
es mirar por encima de las cabezas hacia las publicidades puestas oportunamente en su
sitio, ahí.
Es todo muy natural, aún el hecho del chico ofreciéndote la estampita. La recibo, miro
sin verla y me detengo en los ojos del chico que mira sin vernos. Sigue pasando la
escena, compuesta por la imagen del chico hasta que se pierde en la masa humana, hacia
la izquierda. Lo espero. Uno sabe (así son las pautas) que surgirá nuevamente desde
donde se ha perdido, a buscar la vieja estampita del santo. Pasan las estaciones:
Pellegrini, Verano, Florida, eso dice el cartel luminoso que muy cerca nuestro, a la altura
de las propagandas y para que por lo menos uno sepa(¿?) dónde está. Miro en la dirección
correcta y ya ese sector se ha despejado. El chico no aparece. Baja más gente. La
próxima estación es la mía. Uno se levanta y mira todo el espacio hacia el cual se
dirigió. Lógicamente el coche tiene un fin y alcanzo a divisarlo, a quien no veo es al
chico. Me levanto, dejo la estampita en el asiento y bajo, no sin tropezones con la
gente que al mismo tiempo quiere entrar al infierno. Salgo. Me voy.
(No me gusta castrar a los gatos. El término ya implica la inoperancia a la que ha
llegado la civilización en poder de los seres humanos. Para su sobrevivencia, hay que
llegar hasta esos límites y, tal vez después, a la propia castración del hombre (en
China, solo se permite tener un hijo). Mientras, por siglos se han asesinado animales
con el único fin de entretenimiento. Se han asesinado suelos, volviéndolos desiertos
para llenar las arcas capitalistas de algún rey del carbón o de la madera.
El no castrarla implica la necesidad de dejar en medio de una civilización
suprahumana a sus hijos, con la consiguiente cadena de hambre y autos que pasan por
las calles.
El no castrarla implica sufrimiento al dejarlos en libertad. problema cultural mío por
sentirlos como posesión. Por eso no la castro y se acabó).
(a ella la terminaron castrando, la drogaron y sin embargo esa misma noche se fue
por los techos, a coger.)
10-
Estaba esa noche pintando el mural. Estaba esa noche buscando mi muerte. A cada
instante se escapaba entre las sábanas o subía por mi piel hasta las sienes y desde allí
bramaba con ferocidad, pero se dejó caer en algún rincón de la casa. La soñé blanca,
demasiado como para ser serena. Luego también roja, negra, amarilla en algunos
momentos y al final, cuando casi no la podía divisar. Era una mancha de humedad en la
pared que iba creciendo a medida que el cristal se desvanecía afuera. Sus formas
cambiaban. Tomaba la esencia de las cosas, el olor de las cosas. Iba tomando la
habitación como ejércitos de hormigas devorando las partes de algún otro insecto mayor,
devorando sus ojos vorazmente.
Iba yo en su búsqueda luego de atravesar otros caminos más carnales, pero no lograba
verla a los ojos. Sabía que era un punto culminante dentro del mural y no vacilaba, aún
cuando veía mutilar mis brazos y colgarlos del techo como estalactitas sangrantes. Me
dejaba masturbar por sus labios hasta casi tocarla con mi semen, pero no lograba verla a
los ojos. Y sabía que estaban ahí, mirándome, sospechando mis intenciones. (Creo que
fue una búsqueda imposible, tal vez el mural deba tener ciertas líneas de silencio,
imposible saber el final de un cuento cuando uno no es el autor y tal vez nadie lo sea.)
Fue allí cuando la encontré, sus tentáculos fotografiaban las partes del mural que ya
estaban construidas. Iba corriendo lentamente por sobre el nivel de la gente, filmando
sueños, comenzando a mejorar algunos sectores del mural, aún cuando ella recién creía
haberlo visto. Estaba yo esa noche buscando una almohada, un sillón, un rostro, un
crucigrama, una pista de carreras sin espectadores, una imagen que hiciera saltar a la
hormiga voladora que se había posado en la mesa, subido por el plato y acercado a la
muzzarella, -miau- dijo ella o los siglos de cultura onomatopéyica me hicieron entender
miau. -Miau, miau- con sus patas sobre el papel, terciaba en la conversación mi gata,
agregando nuevas formas ya que la pintura aún estaba fresca.
Una hija de remil putas gata
que acaricia (caricia lenta y detallada)
mis ojos,
un secreto misterio
(el misterio secreto de tu piel ardiendo)
aceptando la muerte,
buscando la muerte compartida
de nuestros cuerpos
ardiendo.
(Afuera hace mucho frío).
Quiero provocarte todo el dolor posible,
hasta que llores,
hasta que dejes de amarme (hasta que realmente
me ames).
Entrar en tu cuerpo, provocarte gritos, sangre,
besarte tiernamente en cada segundo de tu piel,
muy tiernamente,
muy tiernamente penetrar tu cuerpo
y que dejemos de ser dos,
volar carajo,
volar muy alto, mucho, al todo no existente,
a la muerte si es necesaria.
Salió de la enredadera. Me pareció estrellada, pero era gata como la luna, como una
luna blanca que me miraba y se deslizaba en mi interior. Caminaba entre mis cuerdas y
solo me dejaba pensar en sus ratos libres. Me acariciaban sus ojos, sus pelos se dejaban
caer sobre mí y arrastrar sus uñas en mis venas. En su vientre.
Esa noche (casi atardecer) hacía mucho calor. Se acercó a mí, como de repente. Me
observó como siempre lo hacía y yo también. Nuevamente dejé enredarme en sus ojos de
luna, dejarme amamantar por la blancura de la luna blanca, acercarme a su infinito hasta
envolverme en ella. Veía mis pasos de oscuridad nupcial entre los techos de las nubes y
la luna se reflejaba en sus ojos hasta desvanecerse en gata e irse transformando. Y yo
también, volviéndose amarillos mis ojos y suavizándose su piel. Ella convirtiéndose en
mujer y en gato mi cuerpo y mis sensaciones. Envolviéndonos, acariciándonos,
deslizándonos uno sobre otro, arrancándonos la nada que hasta ese momento nos cubría
(y repito, arrancándonos la nada que hasta ese momento nos cubría). no era la primera
vez. Su cuerpo bajo el mío. Mi cuerpo en su piel. Sus gritos, mis gemidos, los olores, la
transpiración de nuestros cuerpos y el tiempo aniquilado sin clemencia.
Eso duró unos segundos o tal vez varias vidas o algunos sueños de una noche, o quizás
fue el único instante en el que no hubo sueño. El lugar había desaparecido, la realidad
misma había desaparecido.
Poco a poco, todo fue volviendo a su estado habitual: su cuerpo animal, mi
humanidad. Luego, bajé la vista. Ella escuchó a un gorrión en el patio y salió
a ver, como era su costumbre.

11-
HA MUERTO, PERO ESO NO IMPORTA,
LO IMPORTANTE ES QUE HA VIVIDO.
Al primero lo encontré frío hace unos instantes. Lo toqué y estaba frío. Había sido el
primero. Yo la ayudé a pujar. Largó un chillido y algo oscuro salió de su vagina. Luego
salió él, blanco con manchas negras. Ella lo lavó. Tardó aproximadamente quince
minutos en dar a luz al segundo, totalmente negro y al instante, a otros dos. No les había
cortado el ombligo y ya le chupaban de las tetas, mientras el otro seguía envuelto en la
placenta. En ese momento, pensé que se iba a morir, pero allí estaba. Al primero lo
encontré frío hace unos instantes. Ella seguía amamantando a los otros cinco.
Escuchó unos ruidos afuera y se levantó. Miró, mientras ellos maullaban. Hacía unos
días, había intentado acercarme a sus ojos. Ella, también. Esos cinco gatitos eran el
mural.

EN ESE DÍA (NOCHE), (SILENCIO),
ESCALERA ABIERTA DE TU CUERPO
Y YO SUBIENDO,
GATO-LUNA QUE MAULLA
VERTIGINOSAMENTE,
FUEGO
(LA LUNA ES UN GATO)
(Y TUS PIERNAS).
NATURALEZA ANIMAL,
DIBUJO ROJO,
RARA VEZ LOS DIBUJOS SON RACIONALES,
DOS MANOS QUE SE TOCAN,
DOS CUERPOS QUE SE INCENDIAN
(SILENCIO)
IBA A PONER LA FECHA,
PERO NO
(DERRETIRTE LA SANGRE,
ES MI MANERA DE SEDUCIRTE).
Son cinco formando con la madre una masa compacta. Creo que cuando los miro, yo
también formo parte del mural y me hace sentir bien. Ahora, a uno se le perdió la teta.
Ella se mueve para que la encuentre.
Si ayer lloraste, como vi que lloraste, como te sentí llorar, es porque estás viva. Yo
también sufro por no entregarme por completo, o por no llorar, o por no sufrir. Deben
medir 15 centímetros, de los cuales la cola ya son cuatro. La cabecita es una esfera, las
orejas están adheridas a ella y los ojos, cerrados. Dentro de pocos días, se le caerán los
pedazos de ombligo que la madre no les cortó y en unos días más irán abriendo los ojos.
En estos momentos, dos de las crías se están peleando por una teta.


La disfrazaudiencia aullafruta, mientras comobservás la vida MUERTA encendida con
velas (claro). Los desojos caen de sus lentes arrastravezando la descarne bimateria de la
trinada putamente que omnicorroe la felicidarde -¿ves?-. Todo cien o cienmil jaulas y
vos, encintado o solo gordo, a punto de explotayar: brazojos, piernas y cadera. Ha venido
el tiempo nuncaseguro, no ha venido, es. (Me preguntás dónde quedó el mural, yo te
contesto gato, luna, escalera). Arremetamos bien adentro hacia las propias vísceras.
Gritemos con el silencio a flor de llagas: ojos, carne, uñas, luna, gatos, trenes, gritemos la
anteúltima poesía, escaleras abiertas, todo de sangre (que tal vez existe).
12-


¿DÓNDE DORMÍAS
CUANDO EL ROCÍO HÚMEDO
Y LA CLARIDAD ROJIZA DE LA MAÑANA?...
23 de octubre. Primero ocurrió en ciertos barrios acostumbrados a sus miradas. Los que
los vimos sabíamos de la angustia, sus ojos aseguraban lo inconcebible, sus ojos
amarillos que se tornaban en rojos (los vi rojos). Desde los baldíos y las noches. El
movimiento de sus alas que no eran alas. Sus garras, agazapados, esperando el momento.
Eran el mural. Alicia (que ya no era Alicia) volvía a preguntarme lo mismo y mis
respuestas eran otras. Esos gatos que se abalanzaban sobre la ciudad desde sus ojos.
Sobre mi ciudad, hasta despojarla de “ciudad”, hasta amarla y así con todo el universo,
hasta hacerlo libre.
Salieron ellos, que habían esperado el momento con sus garras afiladas y sus ojos rojos.
Los vidrios no pudieron entorpecer su marcha. Las cabezas rodaron formando círculos
concéntricos bajo los escalones del Ministerio. Yo lo vi. Los vi a ellos y también a su
madre desfilando por la plaza. Eran decenas de miles de gatos. La carne era salpicada de
uñas y de pelos.
-Las nubes son azules y el cielo blanco, -me dijo Alicia- los chicos lo saben bien.
-Sí, -le dije- tenías razón.


“...Siempre podemos duplicar
la belleza de un paisaje si lo miramos
con los ojos entornados.”
Edgard Allan Poe
ntornó la puerta para que entrara un poco de aire. Desde la ventana entró una luz
rojiza y cálida de atardecer. Con el cuchillo, raspó el lápiz hasta que pudo escribir.
Intentó recordar algunas palabras de Alicia hace ya mucho tiempo, pero no pudo.
Escribió cierta frase.
No había teléfono ni televisor ni pinturas en las paredes. Una sola foto en blanco y
negro, mal fijada y a punto de desaparecer, todavía se veía en ella la cara de una mujer
con un gato en los brazos.
Al llegar a esta ciudad extranjera e instalarse en el departamento, su obsesión fue
derivar la dependencia de las cosas a las mismas cosas. Ya tenía bastantes recuerdos
como para sobrellevar nuevos.
En el piso se encontraban todos los elementos necesarios. Los llevó a la terraza del
edificio y se puso a armar un globo aerostático.
Ese día salió volando del edificio. Había pocas nubes y claras. El cielo era celeste, eran
las 18 horas con 20 minutos y hacía unos 17º centígrados, casi primavera. Se elevó
despacio. Luego, cada vez más y más alto, hasta mirar todo desde mayor distancia. Lo
necesitaba.

Fin (hasta acá)
El Mural, un perro y las nubes

Parte 1º: “el perro y las nubes”
( queda aclarado que, a pesar de la ubicación de este texto, puede leerse en primer término, es decir antes de
lo que usted ya leyó )

1-
¿Dónde van los recuerdos, los espacios,
las puertas y
los perros cuando uno ya no está?



Algo me atrajo. Le acaricié el lomo como siempre hago con los gatos, me
tocó la pierna con su hocico y luego se sentó a mirarme, fue extraño, algo quería
decirme pero no le podía comprender. Comenzó a caminar e hizo que le siguiera, a
cada paso frenaba para mirar si estaba yo siguiéndole, continué hasta que se detuvo
frente a una puerta de esas antiguas, altas y de hierro. Desde el espacio de sus
vidrios se veía el pasillo, la puerta era negra. El perro, de él estaba hablando, se
paró en dos patas y comenzó a gemir. No había ningún timbre, así que tomé la
manija con la intención de saber si estaba abierta, creo que la puerta se abrió sola,
no recuerdo haberla movido ni hacer movimiento alguno para entrar, pero allí
estaba, en su interior, las baldosas hechas con un diseño de rombos blancos y
negros, la pared a mi izquierda bastante desgastada por el tiempo, hacia la derecha
se encontraban las puertas, tres de este lado y una al final del pasillo.

Golpeé a la primera, enseguida se encendieron las luces, sus ojos me miraron
desde adentro de dos oquedades oscuras que sobresalían de su rostro blanco, las
arrugas hablaban, su mirada lo hacía también. -Disculpe- en verdad no sabía muy
bien lo que iba a decirle –Disculpe, el perro...- En ese momento me percaté que
había desaparecido, ella asintió con su mirada, con la misma con la que me había
escuchado, se dirigió a una pequeña biblioteca y de allí sacó un libro, del libro sacó
una fotografía y me la entregó. Era la foto del can.
-Sí, ese es, recién estaba acá, al lado mío.- Miré alrededor, no lo vi. Guardó
la foto y puso el libro en su lugar, me hizo una caricia en la mejilla, sonrió y se
dirigió al otro cuarto. Yo me quedé en mi lugar, esperándola. Al rato, al no
escuchar nada, fui a ver, la encontré sobre su cama, con los ojos abiertos, con la
misma sonrisa. Estaba muerta.

Volví sobre mis pasos, busqué el pasillo y me dirigí a la otra puerta, golpeé,
golpeé desesperadamente. Desde la mirilla alguien observó: -¿Qué desea?-
-Disculpe, la señora... se murió.
- ¿Cómo?.
- Su vecina de acá al lado...le traje su perro, golpeé, me hizo pasar,
estábamos hablando...
- ¿Qué vecina?.
- La de adelante, la de la primer puerta.
- ¡Pero qué dice!, ¡váyase de acá o llamo a la policía! No hay ninguna puerta
adelante, este es el primer departamento-.
- ¡¿Qué?!- La mirilla se cerró ante mis ojos, volví mi mirada
instantáneamente hacia adelante, a esa puerta que...ya no estaba. Creo que cerré los
ojos, los volví a abrir y aún la puerta no estaba. El perro..., miré a mi alrededor, la
vista recorrió todo el pasillo, el perro tampoco había dejado rastros. Volví hacia la
entrada, al pasar por el lugar, miré, pero no vi nada. Seguí adelante, salí del edificio,
busqué a ambos lados y también hacia enfrente. Luego, seguí mi camino.

2-

Hubo un serio problema ese día, alguien había llamado la atención sobre la
coloración del cielo, Juan no se atrevió a contarle a nadie lo sucedido, le hubieran
creído loco. Las nubes rosadas tomaban formas extrañas, hermosamente extrañas y
hermosamente rosadas. Juan tomó el tren que lo llevaba diariamente a Haedo para
trabajar. Su función era la de ingresar datos en una computadora para una empresa
telefónica, un eslabón monótono de la cadena capitalista, pero igual él le daba
bastante valor a dicho trabajo, sobre todo después de estar un año buscando y
buscando infructuosamente un empleo.
En el tren, dos chicos volvían de ningún lado, acostados y dormidos sobre el
piso, la bolsita de plástico transparente a un lado era sostenida por los deditos sucios
de uno de ellos. Contra una puerta, la mujer miraba hacia afuera, hacia las nubes
deformes que también le habían llamado la atención. Juan recordó al perro. Sabía
que había ocurrido, que no había sido sueño ni delirio. No era clara una
explicación racional del hecho, pero sintió, o por lo menos eso es lo que recordó
después, que algo tenía que ver el suceso extraño del día anterior con la coloración
del cielo. La siguiente era la estación donde se tenía que bajar, así que se preparó
para hacerlo.
Caminó unos pasos por el andén. Otras personas miraban el cielo. En ese
momento creyó verlo nuevamente, entre las piernas de quienes ingresaban a la
estación. En seguida lo perdió de vista. Pudo haber sido otro similar, pensó, muchos
perros callejeros se parecen y aquel no era nada especial, solo un perro. Salió de la
estación, cruzó las vías, pasó entre dos autos para cruzar la calle e ingresó en las
oficinas. Nada especial, el mismo trabajo que ayer, igual.

3-

Me senté confundido en una acera, como cuando era chico y no sabía qué
camino tomar en mis paseos solitarios. No sabía qué pensar, tal vez debía olvidar los
sucesos extraños del día anterior como el color rojizo del cielo por la mañana,
debería volver a la normalidad o sino involucrarme más en tales sucesos, buscar una
coherencia donde aún todavía no la divisaba, meditar profundamente para ver si
podía desentrañar algo de racional en lo sucedido. Estaba así ordenando mi cabeza,
cuando ella me llamó.
-Hola,¿ estás bien?-
-Eh, sí, gracias...solo estaba pensando, viste ... algunas boludeces que te
quedan rondando por la cabeza. ¿Vos también viste el cielo, el color que presentaba,
medio rojizo, no sé...extraño?-
-Sí, a mí también me pareció rarísimo...en la radio dijeron que es un suceso
que se puede observar cada 333 años o algo así, no sé muy bien, habría que leer el
diario mañana para ver si aclaran algo...-
-Si, gracias...debe ser algo así...-
-Chau- me dijo.
-Chau-.

Por un segundo creí entender, pero en la explicación no entraban ni el perro
ni la puerta imaginaria ni la anciana , a ellos solo podía explicarlos como una
alucinación, pero eso tampoco me tranquilizaba. Al mismo tiempo me daba cuenta
que tenía vergüenza de contarlo. Y ahora, además, ella..., creía conocerla de antes,
se mezclaba en mis pensamientos, no sé de donde o tal vez era sólo un reflejo o una
necesidad, pero creía conocerla. Me tranquilizó su palabra en cuanto a la coloración
del cielo...¿y si le contaba también del perro?..., pero ¿cómo?, si era una
desconocida, si no sabía quién era ni cómo encontrarla, ¿cómo poder encontrarla
nuevamente?, ¿ y si también era un espejismo?, si el perro lo había sido podía serlo
ella también, tan dulce, tan clara, si hasta creo que me había enamorado de su
mirada, en verdad no sé si podría ahora describirla, su mirada...no recuerdo ni el
color de sus ojos ni el de su pelo, no era rubia, creo que tampoco morocha, creo que
recuerdo solo la dulzura de sus palabras.
Así no podía volver a encontrarla. No sabía ni su nombre ni nada, pero aún
peor, me había olvidado de su fisonomía, de su rostro y, si tal vez ella no era un
fantasma, el perro tampoco lo había sido. Era ella quién me podría explicar. Sólo se
me ocurría una cosa, volver a sentarme otro día en la misma acera, a la misma hora.

4- (entra en escena J ulián, y con él tendremos que atenernos a un poco de
delirio en la narración)

En el vidrio empañado (llovía y era todavía la Patagonia, su viento y sus
bajas temperaturas, adentro el calor del encierro en un ómnibus que me devolvía a
la ciudad), el autor había preguntado por qué la vuelta. -El recuerdo de las nubes-
dijo Julián-, sus respuestas me detienen en el paisaje, me aclaran las dudas eternas
de la humanidad que olvidaré luego y nuevamente al llegar a la ciudad-. –El globo
aerostático se ha detenido, cae sobre sus techos- continuó diciendo-, le dije a ese
muchacho todo lo que había visto en el viaje, él tenía dudas previas sobre la realidad
de la realidad y algo me creyó, pensó en la Atlántida, alguna vez había leído sobre
esos pueblos...-.
El autor pensó que Julián realmente estaba sacado, pero siguió la narración
en relación a lo que éste le fue contando. Había vuelto de un viaje, según él entre las
nubes a través de un globo aerostático, y traía consigo al silencio, sintió que ya era
tiempo de volver y contar, pero sólo no podía hacerlo ni conocía las palabras
apropiadas para ello, solo su silencio y ese era el mándala. Era el futuro y nadie
sabía más que una infinita cantidad de palabras sin sentido, todos se encontraban
divididos como engranajes de una antigua máquina, habían acumulado tanto
pasado, sus libros llenos de vaciedades habían acumulado tanto pasado y eran tan
obsecuentes con el futuro, que el presente, lo único eterno, les había sido vedado.
Yo mismo- el autor- había escrito por esos días, luego del encuentro con el
silencio de la Patagonia, con la unidad completa entre el silencio, las nubes y el
paisaje, yo mismo había creído encontrar el mensaje de las formas pintadas en las
cuevas y aleros por el hombre primitivo, en la unidad entre el observador -yo- y sus
autores -10.000 años atrás-, esos días escribí lo siguiente:

Detrás de todo –antes-
el plateado de las cimas se derrama,
es su fruto.
En los valles nace el verde de tus aguas.
Te veo charcos de sangre
de esta tierra,
madre
natural de nuestro aliento.
Así tus aguas
serpentean hacia mí,
me observan con mis propios ojos
y abren
en cruz
un mándala.


Julián estaba loco, nadie podría contradecir eso. Ahora bien, la esencia de su
locura –o de “la locura”- quién se animaría a definirla (nunca los científicos podrán
crear diccionarios acabados de lo que no entra en la cientificidad). Y Julián decía de
los gatos. Contaba su amor hacia ellos y cómo los había visto con los ojos rojos,
devorando la ciudad. Decía de su viaje hacia las nubes en un globo, de cómo navegó
y naufragó por mundos desconocidos, del poder simbólico de las nubes, del tiempo
siempre presente que pertenece al otro lado de las nubes, de su vuelta.
Su vuelta fue necesaria, aunque dolorosa. Fue casi una vuelta a la cordura,
sino fuera por los recuerdos que traía de su viaje. Trató imperiosamente describir
esos mundos en un cuaderno, describir el sentido de las nubes, pero fue imposible. -
La escritura, nuestro tipo de escritura desdice lo dicho simbólicamente, lo
contradice, lo acomoda a una nada sin sentido, lo “hace loco”-. Es así que tiró lo
escrito y se sentó a esperar.
(El texto de J ulián lo rearmé como pude, conforma la 2º parte de este
ensayo con el título de “el Mural”).

5-

¿Quién era ella?. El autor supone, al igual que Julián, que era un símbolo,
otro más de la imaginación realizadora de Juan. Julián pudo verla un día mientras
ella hablaba con nuestro personaje. El loco se quedó alejado de ellos para no
interrumpir la situación, pero igualmente cerca para observarlos. Al igual que Juan,
no pudo describirla físicamente, pero la vio, la escuchó hablar de sus sueños como si
fueran algo presente y real, la vio caminar descalza hacia la cima del cerro (imaginó
que desde allí se largaría a volar convertida en un pájaro rojo, pero eso –aclaró- no
lo llegó a ver). la escuchó tararear una vieja canción -realmente no lo hizo muy bien-
que no pudo recordar. Luego, lógicamente, la vio formada por las nubes, sobre el
cielo, casi al final. Igualmente el autor deja aclarado que estos recuerdos de Julián
pueden no ser veraces, solo producto de su propia trastornada representación
mental, aunque en todo caso se podría extraer de ellos la parte mnémica de la real.
Entre los escritos de Julián encontré el siguiente texto describiéndola, pero
realmente no me pareció que le perteneciera a él, sino al mismísimo Juan, es por eso
que no lo adjunté con ellos y lo transcribo aquí literalmente.

“Solo en ese instante y cada tanto la recuerdo, entendí las posibilidades del
laberinto. Una posibilidad era simplemente observarlos, seguir deseándolos, mirarte
entera con tu remera blanca, no desearte desnuda sino amarte así, con tu remera
blanca levantada en sus dos puntas. Otra posible realidad era arrancarte de tu
propia realidad, no decir nada y arremeter sobre tu cuerpo, apretarte entera contra
mi cuerpo, deslizarme en tu remera blanca y acariciarte, besarte, chuparte,
desnudarte. Otra realidad es sublimar la realidad, hablar delicadamente de tu
belleza, con leves caricias o miradas, invitarte suavemente a conocerme, a conocerte,
a dejar pasar el tiempo y en otro tiempo poseer tu cuerpo, un tiempo distinto a éste
en el que ya no te amaría, en el que ya no sería todo igual...”

6- ( Julián, tiempo antes, en su viaje en globo)

-¿Qué ocurre en estos días?- se pregunto Julián. -Ella viaja en su
inconsciente, se quedó tildada en aquel tiempo y no regresa, conscientemente no
siente ni el gusto de los tallarines ni el sexo ni el perfume atroz de los deshechos
nucleares. Viaja por un universo cósmico, extraño a la conciencia, sin tiempo, yo
busco en mi mapa de rutas alguna estrella conocida, el globo aerostático se está
desgastando cada vez más y un nuevo choque con esa polvareda espacial nos
destruiría. Allí la encontré, trepada a una soga elástica y paseando por el universo,
mientras ella, no corpórea, pasó a mi lado. Siempre será un segundo la percepción
del amor, nada más que un segundo y allí estaba, su camiseta blanca dejaba
modelar sus pezones y no había camiseta ni pezones al instante, alguien la había
llamado a comer o a trabajar o a algo en su estado conciente. Yo solo veía su
inconsciente, para mí era lo único real, para mí, explorador espacial alejándome del
sistema cada vez más, intentando refaccionar este globo que me aleja, que me hace
ver cosas a la distancia sintetizándolas-.
El mundo se había convertido en una turbulencia inerme, en gritos de
silencio y yo escuchando. Cuando me cansé de escuchar tuve que venir acá, a
observar a la distancia, a esta colina espacial que es mi globo. Ya no tengo
recuerdos, solo hechos concretos, puntuales, como ella cuando vuelve en su
inconsciente, cada vez más cercana, como si pudiera corporeizarse aquí y dejar su
estado virtual terrestre. Tal vez sea posible, solo si logro llamar su atención, cortar
el enlace con su conciencia y abrir una nueva.
-Me surge la duda: ¿y si la magia destruye la magia, si nos condena al ritmo
silencioso del cual escapamos, sino es ella más que un producto de mi apatía?-.

7- ( la narración vuelve a los aconteceres de Juan)

Pasaron aproximadamente cinco años desde que ocurrieron tales hechos, en
verdad ya casi los había olvidado aunque su vista siempre se dirigía hacia los perros
vagabundos. Se casó con su antigua novia y olvidó la imagen angelical de aquella
chica en aquel día de nubes rojas y perros fantasmas. Seguía igualmente necesitado
de su soledad, de los paseos solitarios por las calles de Buenos Aires, a veces con su
mujer y otras simplemente con sus pensamientos. En una de esas salidas encontró
los manuscritos de Julián, que luego transcribiré. Pero todo no hubiera tenido algún
sentido si posteriormente nuestro personaje no hubiera usado sus vacaciones para ir
al sur, a la Patagonia. Fue allí donde los recuerdos, estos escritos encontrados al
azar y las imágenes vistas tanto en las nubes como en las pinturas rupestres del
hombre prehistórico, se entrelazaron conformando las piezas de un rompecabezas,
de un mensaje críptico.
Sus anotaciones las transcribo a continuación (aclaro que seguramente no
intentaban ser dialécticas, sino solo anotaciones de pensamientos no racionales):

El mensaje de las nubes
+(más) el de las manos pintadas en la roca
→ y si la mano pintada se une
a la roca, a su contexto,
igual que las formas de las
nubes a los cielos
Entonces, yo me uno al
TODO.
TODO tiene símbolos, por lo tanto
si yo en este espacio me integro al TODO, → voy a formar parte de ese
TODO y así
voy a estar siempre presente,

El globo aerostático tenía ese objetivo al integrarse a las nubes, desde allí éstas
daban su mensaje, como lo hacen las pinturas rupestres al integrarse en el paisaje, en la
roca, de forma circular, unidad entre emisor de la obra, obra y receptor. Esas nubes
eran yo, alejado de mi cuerpo por la lógica racional y siglos de Occidente. Y ella ¿cuál
era su sentido?...

8-

-Quien no haya visto en las nubes alguna vez algo más que nubes, quien no
haya intentado entenderlas, descifrarlas y justo en ese instante haya visto
escaparlas, enloquecerse delante de uno para formar otra forma, derramarse en el
infinito –qué terrible mentira es la perspectiva euclidiana si uno observa los cielos-,
no comprenderá. Etéreas o frondosas y abigarradas nubes, casi cálidas encima de
uno. Yo entendí el big-bang mirándolas, el yin y el yan, la huachada capitalista que
son las fronteras, pero de chico entendí más. En esa edad anterior a todo dogma, a
toda “Verdad” en mayúsculas, en donde conciente e inconsciente se funden, logré
leerlas. Luego, me cerré a la cordura y se me escapó el sentido de su mensaje-.
-No será que simplemente no había mensaje...-
-O tal vez no sabía, como nadie sabe, el código de su desciframiento-.
El humo de la habitación convocando a la idea de nube, sumado al alcohol
que ya se estaba entremezclando con mi sangre, hizo que largara esas palabras en
medio de la reunión. Lógicamente todos me observaron como debían hacerlo, es
decir siguiendo el juego como si realmente fuera un juego. Solo ELLA comprendió
un poco más y asoció con mis teorías sobre el perro y las nubes, despejando las
dudas de locura a mis amigos con prudentes conceptos sobre el inconsciente
junguiano y esas cosas, que tampoco entendieron pero que nos divirtieron a todos
junto a las demás teorías que se volcaron sobre la mesa. La mezcla pasó por Marx y
la teoría de la cuerda, la cuerda se deslizó hasta alcanzar las noches de ver estrellas
en el cielo, cantando “el oso” con la guitarra y luego bajó a la paella, de la cual VOS,
lógicamente, no probaste los caracoles.




Fin

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