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A través de Olivia

Desconcertada por el resplandor instantáneo de luz en la noche intervenida,


Olivia razonó acerca de tal manifestación e inició la vuelta a través de los médanos.
Del otro lado, en la casa, la fiesta continuaba, y de acuerdo a su proporcional
acercamiento los fragores aumentaban. Era una casa construida con troncos, muy
amable, instalada en un aglomerado costero, con pocos habitantes y una profusa
variedad de árboles y pájaros. Empezaba un año nuevo lleno de cumplidos, y la
primera reacción con sus debidos comentarios que encontró similar a la suya
derivó de Juan, su marido. El relámpago acaecido minutos antes había tenido
cualidades muy extrañas. No se predecía ninguna tormenta. La bóveda celeste
desentrañaba toda su esfera, y la repetición del suceso misterioso nunca se efectuó.
Aunque la versión de Juan seguía siendo imprecisa, nadie parecía haberse dado
cuenta de algún hecho específico. Cierto grupo bailaba bastante alegre, otros dos
argumentaban algo, uno miraba la biblioteca.
Se llamaba Beltrán, y en ese momento estaba interesado, ladeando un
poco el torso, en el límite de la tercera parte derecha de la misma. Unos segundos
después agarró por el lomo un libro que agudizaría las circunstancias presentes por
una consecuente e infantil desventura posterior. Ahora bien, Olivia condensó la
dispersión de sus especulaciones en una conclusión: ¿Demostración del espectro
visible? Mientras tanto, Juan colegiaba sus impresiones más en relación con los
conceptos de alguien que bebido ya no cree en nada. A continuación el tintineo de
una copa se elevó por sobre todos llamando la atención y Leda, hermana de Olivia,
pidió la palabra. Se la veía jocosa e inquieta. Anunció que estaba embarazada. La
reacción de casi todos fue bulliciosa y Juan, entregándose a la nada de su primer
impulso, se abalanzó hacia la torre de discos y puso una canción festiva. Algarabía,
suspensión. Conforme avanzaron los minutos el alcohol disminuyó y la tosquedad
se hizo presente.
Así pues, la tensión que surgió en el ánimo de Olivia poseyó su lengua,
que inició una verbosidad expeditiva con tono socarrón, completamente ajeno al
habitual estilo que la caracterizaba, situando en esa coyuntura de resentidos su
propia apariencia. De alguna manera, estaba culpando a su hermana por haberse
embarazado antes que ella. Por no esperarla. Con Juan habían probado de todo, y
ya con menos fuerza se acreditaban todavía en los métodos más tradicionales, pero
la ausencia de embrión era la única constante. Por consiguiente todo el jaleo, y a
esto la famosa gota que rebalsa el vaso; el libro que Beltrán había tomado de la
biblioteca minutos antes era una antología de jóvenes poetas iberoamericanos que
Leda le había regalado a su hermana, y que ahora Beltrán se disponía en voz alta a
leer con una introducción previa. “Tin, tin, tin. Es momento de poesía porque
este es un momento poético, un momento memorable, un gran momento.” Acá es
donde Olivia entró en otra de sus formas desconocidas e interrumpió al orador
para decir que también era el momento para que Leda nos contara de quién estaba
embarazada. El estado de la fiesta estaba entonces desarticulado.

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Las dos hermanas tenían de por medio cinco años de diferencia. Olivia
era la mayor y la más imperiosa. Leda se constituía de una materia más blanda y un
interior más suave. Adoctrinadas bajo el mismo precepto desde un principio es
como pudieron encontrar un sistema de unión gredoso que se desovillaría
naturalmente a lo largo de ambas existencias. Pero mientras tanto, la implícita
postura de hermana mayor con toques constantes de meditado absolutismo hizo
de Olivia una presencia notoria, que como un metrónomo indicaría el tácito
compás del cual su hermana menor jamás podría escapar sin sentirse culpable. Así
que estaban dadas las condiciones para, más o menos, sostener la integridad de una
a costa de la otra. Olivia fue siempre más recatada, más ortodoxa, pero vivía una
interna progresión de contexto que trepaba como una enredadera por su mente.
En cambio, Leda era más para afuera, era un afuera constante. Se remitía no tanto
al raciocinio como a la psique. Como era de esperar, este antagonismo en las
inclinaciones produjo resultados heterogéneos. Un ejemplo: a los quince años
Leda ya había tenido relaciones sexuales con cinco individuos diferentes, entre
ellos una mujer, mientras que Olivia nunca. Sólo un beso de verano al lado del río.
En cuanto al sarcasmo, llegó muy lejos. Todos estaban desconcertados.
Leda lloraba en un sillón mientras Daniela (novia de Beltrán, amigo de Juan), la
acompañaba de cuclillas con una mano en su pierna declinando consejos, y Juan
increpaba a Olivia en el exterior de la casa, sobre la galería mirando al mar,
mientras esta escena era observada desde adentro por el resto de los invitados y
amigos como el sofocón de un buen comienzo. Razón por la cual algunos
tomaron la iniciativa dispersa de empezar a juntar los platos sucios, y otros las
copas extendidas a lo largo del espacio, absortos en ese sentido redentor del
trabajo evasivo, multiplicando el vacío del contratiempo que en esta instancia
dominó al protagonismo. Para concluir, los que se hospedaban en bungalows y
cabañas decidieron expedirse rápidamente en el despido, argumentando estar
cansados o incómodos, quedando el resto, los de siempre, frente a sus problemas.
Abandonada a sí misma junto a uno de los postes de sostén del techo
en el corredor, Olivia prendió un cigarrillo y cerrando los ojos trató de atravesar
esa primera capa de sonido marítimo para entrar en la segunda. Abrió los ojos y
vio un barco, las luces de un barco lejano. Para empezar, las consideraciones de
Juan la habían dejado recelosa, pero sabía mejor que nadie que el desboque era
perjudicial para su salud mental y la de los demás. La autocompasión consentida
llegaba a su fin. Olivia había procurado ser siempre la mejor anfitriona, licitando
con sus extraordinarios valores las mejores ofertas de doble filo. Una promoción
suya equivalía a una enorme preocupación por no herir sus intenciones por parte
del resto de los conocidos tocados con esa varita. Si Olivia preparaba un pollo al
horno e invitaba, por ejemplo, a su hermana con su novio a cenar, y éstos
denegaban la invitación por un pretexto en particular, entonces el silencio de
sobreentendido repudio que los cubriría a ambos por varios meses sería total y
acusatorio. Se trataba de calmar el constante traqueteo de sus perturbaciones
mentales, de sus especulativas derivaciones con el futuro. Así que se le ocurrió un

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disparate a modo de manotazo final para adueñarse de la atención perdida: ir a su
habitación y escribir una carta revelando los motivos de su muerte.
Después de terminar el cigarrillo, Olivia entró a la casa y con un vago
gesto indicó a todos que se retiraba a su cuarto. Daniela, Juan y Beltrán
conversaban entre ellos, y Leda hablaba por celular con su novio el piloto, en ese
momento en París. Considerando que el plan no fallaría, Olivia comenzó la
redacción de la carta: Decidí que es mejor no molestarlos más. Si hablo, que no tengo
que hablar. Si no hablo, que tengo que hablar. Si elevo el tono de voz, que lo tengo que
bajar, si hablo en voz baja, que no se escucha. Siempre doy todo de mí. Piden mi
opinión y no les gusta, pero sé que cuando por fin me vaya ustedes van a ser felices. No
digan nada, ustedes siempre tienen la razón. Juan: lo que me dijiste en la galería me
parece injusto. Espero que tengan un año espectacular. Chau a todos. Después de
terminar, dobló la hoja al medio y en el dorso escribió: Para todos de Olivia. Abrió
la ventana del cuarto, y rodeando la casa por el perímetro de atrás se dirigió en
ángulo oblicuo hacia la playa.
Parada frente al mar trató de cristalizar los bosquejos sensitivos que en
ese momento orbitaban alrededor de su cuerpo. Quería ver las supuestas imágenes
trascendentes de toda una vida que se dice aparecen en circunstancias similares,
muy cercanas a la inminencia del deceso. Sus pies estaban fríos. Un médico
forense, amigo de su padre, le había transmitido ese dato alguna vez. Cuando los
pies de una persona están completamente fríos, dala por muerta seguro. Sus pies
aún no estaban del todo fríos. Un viento leve rozaba sus mejillas cuando decidió
empezar a caminar mar adentro. El agua tapó los empeines, los tobillos, las
pantorrillas, las rodillas, los muslos, y un grito rasgado provino de sus espaldas;
Juan corría como un velocista drogado en dirección a Olivia, mientras ella, con el
agua a la cintura meciendo su cuerpo ligeramente, detuvo la tracción y se meó. Al
juntarse entre las ondulaciones del mar a veinte metros de la orilla, Olivia se dejó
caer en el sostén del abrazo de un Juan práctico, decidido a abandonarla cuanto
antes, ni bien se pudiera. Lo importante para él en ese momento era salir airoso y
sin reflujos. Fuera del agua sobre la arena seca, Olivia lloró desconsolada debajo de
un desplome físico, sumida en una posición seudo fetal descomprimiendo con un
vivo aullido su angustia interior. Mientras tanto, Juan no la miró. Se sintió
defraudado y estúpido. El horizonte y tantas mujeres, pensó.
Durante el lapso de regreso Olivia observó fijamente a su marido. Él
caminaba sin pausas en su ritmo, notando la jerga creciente de los dedos inquietos
de su mujer tratando de transmitir un mensaje más allá de las palabras. Aunque
estaba enojado, eso lo conmovía. La conocía bastante bien y podía descifrar los
códigos que precedían tal expresión. Eran códigos sinceros, arrepentidos, que sólo
entraban con esa distinción, los dedos. De acuerdo al movimiento el mensaje
podía ser más o menos claro, pero siempre el mismo: te necesito. Entonces Juan se
volvía menos rígido, nada más. Y así llegaron a la ventana por la cual ambos se
habían salido de sus convocados, e ingresaron por ella otra vez, e hicieron el amor
muy rápidamente, y como si nada después de todo, se acondicionaron, exhalaron,
y volvieron a través del pasillo al encuentro de sus dos amigos que al descubrirlos

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llegar después de una atónita mirada larga, los invitaron a sumarse a la charla con
el resto del vino. Aparentemente Leda no se había sentido bien y estaba en su
cuarto descansando. Juan pensó en la carta. Olivia en ir hasta la habitación de su
hermana para que le contara con más detalle los pormenores de su embarazo. Pero
no ocurrió. Estuvieron así por un indefinido tiempo más hasta que Daniela y
Beltrán comunicaron que se iban a dormir. La noche reposaba, y cada tanto una
ventisca suave.
Por la mañana cerca del mediodía, Olivia despertó y vio una luz
brillante que entraba por las ventanas y lo cubría todo. Era un día maravilloso.
Estaban sobre el largo sillón de cuatro cuerpos en el medio del living, y Juan
respiraba profundamente, dormido. La comunicación de los pájaros era fluida
cuando Olivia empezó a discernir entre los píos un roído de uñas sobre el deck de
la entrada principal. Las ralladuras iban constantes de un lado para el otro. Olivia
se levantó sosegadamente del sofá y se desplazó hasta una de las ventanas al
costado de la puerta, y corriendo un poco la cortina, observó que un labrador
color chocolate se paseaba sobre las tablas en un manso movimiento continuo,
llevando un periódico entre sus dientes. Abrió la puerta y el perro se incorporó
atento agitando el rabo en su gentil ofrecimiento para que Olivia agarrara el
diario, no sin antes resistirse un poco. Parecía perdido, pero es evidente que en un
asentamiento reducido eso era improbable. Diario en mano Olivia concluyó: ¿de
quién es el perro? Luego cerró la puerta. Debajo del titular más llamativo leyó que
los habitantes de la zona daban cuenta de la aparición de luces extrañas en el cielo
durante la noche de los festejos de año nuevo. Acto seguido zamarreó a Juan, que
después de aguzarse un poco, también leyó la noticia con una actitud
parsimoniosa. Estaban contentos y el día ayudaba.
La propuesta fue mutua; calentar agua, volcarla en el termo, agarrar el
mate, e ir a la playa.

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