0% encontró este documento útil (0 votos)
5K vistas234 páginas

Calpurnia - Jose de La Rosa

Cargado por

guillermo
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
5K vistas234 páginas

Calpurnia - Jose de La Rosa

Cargado por

guillermo
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Corre el año 1749 y la joven Jane sabe que su destino será el mismo que el de

su madre y su abuela: servir cerveza en una ruinosa posada a las afueras de


Canterbury a cuantos borrachos acudan a aplacar su sed.
Por eso, cuando el apuesto capitán Howard hace una parada en el camino de
regreso a Londres para pernoctar, ella comprende que no solo se ha
enamorado de él, sino que es el salvoconducto para escapar de aquella vida
que detesta.
Así comienza una aventura que llevará a Jane, usando todas las argucias, al
Londres más fascinante, hasta lograr convertirse en la cautivadora Calpurnia,
una mujer a la que nada puede detener y que tiene un único propósito:
conseguir que Henry Howard la ame tanto como ella a él.

Página 2
José de la Rosa

Calpurnia
Regencia Canalla - 0.1

ePub r1.0
Titivillus 03-09-2023

Página 3
Título: Calpurnia
José de la Rosa, 2023

Editor digital: Titivillus


ePub base r2.1

Página 4
Así que aquello era la muerte, cerrar los ojos y que todo desapareciera de
repente.
Miró hacia el lugar de donde procedía el dolor y vio la sangre manando de
su pecho. Un torrente tan abundante que supo que se llevaría no solo su vida,
sino cada uno de sus recuerdos.
Después, lo miró a él.
Cómo había amado aquellos iris que ahora la observaban aterrorizados,
consciente de que todo lo que habían luchado por estar juntos se acababa allí,
en ese preciso instante.
Cerró los párpados. Mantenerlos abiertos era un suplicio. Y pensó en él,
porque quería despedirse de este mundo con su imagen y con la idea absurda
de todo lo que podrían haber sido.

Página 5
Capítulo 1
Una muchacha decidida

1749. En algún lugar de los alrededores de Canterbury a mediados de


otoño.

J
—¡ ane! —gritó su madre por tercera vez⁠—. ¿Es que no escuchas que te
estoy llamando?
La muchacha dejó de mirar por la ventana, de donde no apartaba los ojos
en los últimos tiempos, y volvió a hundir las enrojecidas manos en la vasija de
agua helada por la que aún debían desfilar una alta pila de escudillas sucias.
—Estaba perdida en mis cosas, madre.
—Tus cosas —se quejó la mujer, colocando otras tantas fuentes por lavar
sobre la pila⁠—. ¿Cuándo pondrás los pies en la tierra? La hija de un posadero
no tiene tiempo para pasearse por las nubes. ¿Y qué te interesaba tanto de ahí
fuera?
Su madre se había dado cuenta de que toda su atención había estado
puesta en el exterior desde que escuchara los cascos de los caballos.
—Han llegado soldados.
—Son oficiales —le aclaró su madre⁠—. Vuelven de luchar en Francia.
Les hemos preparado la mejor mesa.
—¿Pasarán aquí la noche?
La mujer arrugó la frente. A ella, a la edad que ahora tenía su hija, los
hombres le asustaban. Pero parecía que a Jane, que ya estaba en los dieciséis,
le llamaban la atención más de lo que era conveniente.
—Eso no nos tiene que interesar a ninguna de las dos —⁠zanjó el tema⁠—.
Si lo hacen, ya se encargará tu hermano de atenderlos. Ahora, adecéntate,
retírate el cabello de la cara y pellízcate las mejillas. Estás muy pálida y John
está aquí.
No pudo evitar esbozar un mohín de desagrado.
—¿Ahora?

Página 6
—¿Cuándo si no? —¿Es que aquella criatura no se daba cuenta de que ese
muchacho era su mejor opción? La mejor que tendría jamás⁠—. Aligérate,
muchacha. No sé cómo te harás cargo de una casa tú sola, si para fregar unas
escudillas te llevas toda una tarde.
Jane no contestó porque sabía que una respuesta solo conseguiría que su
madre se enfadara. Su amiga Marianne Flanders tenía razón: había que salir
de aquel estercolero, y la mejor manera de hacerlo era del brazo de un
caballero.
Se secó las manos con cuidado, ya que el frío le había lacerado la piel, y
atendió los menesteres de recolocarse el cabello y pellizcarse las mejillas.
Cuando pasó al comedor, no pudo evitar buscar la mesa donde su padre
había sentado a los oficiales. Era la mejor, sin duda. Cerca de la chimenea y al
lado de una ventana.
Eran cuatro, y charlaban a grandes voces mientras exigían que les trajeran
sus bebidas cuanto antes.
Uno de ellos le llamó la atención. Parecía taciturno, como si la sonrisa que
esbozara su boca solo fuera una máscara, ya que su pensamiento vagaba a
miles de leguas de allí. Era indudablemente guapo, de cabello tan oscuro
como sus ojos y un porte viril difícil de describir. Como si el aire vibrara
ligeramente a su alrededor.
La vista fue ocultada por un joven rubicundo que acababa de ponerse
entre los oficiales y ella.
—Jane, mi padre os envía uno de nuestros gansos más gordos. Su carne
parece mantequilla.
Era John, el hijo de uno de los panaderos con más clientela de Canterbury,
y si todo salía como su madre había planeado, el que se la llevaría al lecho
después de pronunciar los votos matrimoniales.
Ella tardó en responder, como si el aura magnética del militar no
terminara de desvanecerse, y fue su madre quien lo hizo.
—Qué amable, ¿verdad, Jane? —⁠Ella atinó a esbozar una sonrisa
forzada⁠—. He preparado un pastel de calabaza y quiero que te lleves un buen
trozo antes de irte. Ahora, Jane y tú podríais dar un paseo hasta el arroyo.
Bajo los álamos se pueden coger una enorme variedad de setas.
Su padre interrumpió la galante palabrería colocando sobre el mostrador
cuatro jarras de cerveza.
—Hay que llevar bebida y comida a los oficiales. ¡Vamos! Vienen
sedientos, hambrientos y con la bolsa llena.
Para Jane, fue la oportunidad que esperaba.

Página 7
—Yo me encargo, padre.
La matrona la miró sin comprender.
—Pero John…
Esta vez, la sonrisa que le dedicó sí fue deslumbrante.
—Gracias por venir. Nos vemos otro día.
Sin más, los dejó allí y se encaminó hacia la mesa donde aquellos cuatro
caballeros no dejaban de vociferar y lanzar risotadas.
El corazón le latía con fuerza en el pecho. No estaba muy segura de si era
por el esfuerzo o por la proximidad de aquel oficial, que seguía con la mirada
perdida mientras sus compañeros se lo pasaban bien.
Casi arrojó las enormes jarras, tanto que el líquido de una de ellas basculó
hasta derramar una pequeña cantidad sobre la mesa. Aquello hizo que la
conversación se interrumpiera y cuatro pares de ojos se clavaran en ella.
—Si llego a saber que íbamos a ser tan bien recibidos, hubiéramos ganado
antes la guerra —⁠dijo uno de ellos, un caballero pelirrojo con el rostro
surcado de pecas.
Jane se sonrojó de inmediato, sobre todo, cuando fue consciente de la
manera tan peculiar con que la miraban aquellos hombres. Todos menos el
moreno, que fue quien habló.
—Deja a la muchacha, Lennis.
Pero este no le prestó atención.
—¿Cómo te llamas, criatura?
—Jane, señor.
—Un nombre de diosa. —Su cara era simpática, incluso agradable⁠—. ¿Y
sabes, Jane, dónde podemos encontrar compañía en un lugar tan apartado
como este?
Ella parpadeó varias veces. Los cuatro parecían acompañarse gratamente
unos a otros.
—¿Compañía, señor? —se atrevió a preguntar.
Hubo un revuelo de risas quedas y un intercambio de miradas insinuantes,
de todos menos del adusto caballero que parecía cada vez más serio.
—Mujeres amables —dijo el pelirrojo.
Inmediatamente, supo a qué se refería, y sintió cómo le ardían las mejillas.
Dio un paso hacia atrás.
—Me temo que no, señor.
El oficial se metió una mano en el bolsillo del chalequillo y extrajo una
reluciente moneda de plata que mostró al aire, como si se tratara de una hostia
consagrada.

Página 8
—¿Has visto alguna vez una moneda tan brillante?
El caballero de los ojos negros fue quien contestó por ella, y su voz
adquirió un matiz tan incuestionable que las sonrisas se borraron de todos
aquellos rostros al instante.
—Lennis, basta. —Después, se volvió hacia ella⁠—. Y tú, muchacha,
vuelve a tu trabajo y que nos sirva tu padre.
Jane se sentía a punto de desfallecer. Al parecer, lo había molestado, pero
era incapaz de adivinar en qué.
—Yo…
—Ahora —su voz sonó con calma, pero con ese tono que la volvía
incuestionable.
Reprimiendo las lágrimas que sus ojos se empeñaban en derramar, volvió
sobre sus pasos y entró de nuevo en la cocina.
Su madre estaba desplumando el ganso, y no se la veía de buen humor.
—Has dejado a John con tres palmos de narices.
—Tenía que ayudar a papá.
La mujer no estaba segura de que fuera así. A veces, Jane tenía una
curiosidad desmedida por cosas que estaban muy lejos de su posición en la
vida. Estaba convencida de que era por culpa de esa Marianne Flanders, que
no dejaba de meterle ideas perniciosas en la cabeza.
—Termina cuanto antes —le ordenó⁠—, hay mucho que hacer.
Casi agradeció poder volver a sumergir sus manos en aquella vasija
helada. Al menos, se olvidaría del ridículo que había hecho en el salón delante
de aquel caballero tan arrogante y serio.
¿Quién sería? Quizá un sargento, uno de esos que el rey premiaba con
tierras y una renta vitalicia. O un teniente valeroso, que habría ganado alguna
batalla llena de peligros.
Lo que estaba claro era que un hombre como aquel jamás pondría sus ojos
en una muchacha como ella, la simple hija de un posadero, incapaz de
contestar adecuadamente a las preguntas de sus amigos.
Cuando escuchó que su madre volvía a dejarla sola, se atrevió de nuevo a
mirar a través de la ventana para ver si pasaba el buhonero Smith, y entonces
lo vio, al caballero.
Estaba allí fuera, de pie, debajo de un roble, con la mirada perdida al
frente. Había algo melancólico en su expresión, como de pérdida, algo que
volvía tierno su recio rostro de soldado.
No lo pensó. Se secó las manos, volvió a pellizcarse las mejillas y salió
por la puerta trasera, no sin antes coger un cubo lleno de desperdicios para los

Página 9
cerdos, ya que necesitaba una excusa contundente. Si Marianne la estuviera
viendo, seguro que le daba su aprobación.
Caminó en línea recta, hacia él, haciendo el ruido suficiente como para
que la delatase. Y así lo hizo, tanto que, antes de llegar a su lado, él se volvió
y se la quedó mirando, un tanto expectante.
—No le esperaba, señor. —Jane se llevó una mano al pecho, intentando
parecer sorprendida⁠—. Iba a darle algo de comer a los animales.
Él la observó de arriba abajo. Juraría que había visto el cercado de los
cerdos en la otra dirección, pero no era asunto suyo.
—Solo tomaba un poco de aire fresco —⁠explicó.
A Jane le sudaban las manos. No le había pasado nunca antes, que se
pusiera nerviosa ante la presencia de un hombre. Lo habitual era lo contrario,
que ellos no supieran qué decir cuando ella estaba cerca. Sabía de su poder
magnético ante el sexo opuesto. Lo que no entendía era cómo no causaba el
menor efecto en aquel caballero.
Se acercó hacia él, hasta detenerse a unos pocos pasos, y lo miró
directamente a los ojos, algo del todo inconveniente.
—Siento si antes le he molestado, señor.
Él no había apartado la mirada. Jane no recordaba haber visto antes a un
hombre tan atractivo, tan seguro de sí mismo.
—No me has molestado —contestó al fin⁠—, pero cuando mis amigos
beben…, podrías no estar segura.
Se juró a sí misma que jamás olvidaría aquellas cejas pobladas y aquel
rictus viril que le arrancaban un escozor en la piel. Se mordió el labio, porque
no encontraba las palabras adecuadas.
—¿Usted no bebe? —atinó a preguntar.
Él, simplemente, sonrió, y tras sus labios aparecieron unos dientes muy
blancos, perfectos, que provocaron que su corazón latiera con más fuerza.
—¿Vives aquí?
—Soy la hija del posadero.
Él tomó aire y miró alrededor.
—Es un lugar agradable.
Jane se atrevió a dar un paso en su dirección.
—¿Cómo es la guerra?
La mirada del hombre se opacó.
—No te gustaría saberlo.
—¿Pasarán aquí la noche?

Página 10
De nuevo, había aparecido aquella expresión ceñuda en su rostro, como si
le desagradara que ella estuviera allí delante, haciéndole preguntas.
—Aún no lo hemos decidido.
Se sintió estúpida. Quizá su belleza pudiera acalorar a mozos y a
panaderos, pero nunca a un oficial que posiblemente rondara la Corte. Le hizo
una ligera reverencia.
—Debo volver dentro.
Y regresó sobre sus pasos, haciéndose jurar que no volvería la vista atrás.

Henry arrojó la segunda bota al suelo, y solo entonces fue consciente de cómo
se encontraba de cansado.
Llegar hasta Calais había sido agotador, y el viaje en barco hasta Dover
una auténtica pesadilla. Su intención había sido cabalgar sin descanso hasta
alcanzar Londres, pero aquella parada a medio camino en la que se había
empeñado Lennis, al final, había sido una buena idea.
Quizá se había pasado con el venado y con la cerveza, porque la cabeza le
daba vueltas, pero a la mañana siguiente, los caballos estarían frescos para
partir, y ellos descansados para reencontrarse con los suyos tras una ausencia
tan larga y una guerra de por medio.
Aguzó el oído. Le había parecido que llamaban a la puerta. Debía ser un
espejismo debido al exceso de cerveza. Los muchachos estaban peor que él, y
el más espabilado llevaría un buen rato durmiendo.
Si él no estaba desmayado entre las sábanas, era porque había querido
escribir aquella carta antes de acostarse, o quizá no lo hiciera nunca.
De nuevo, los golpes.
Se extrañó. Era muy tarde. Dejó la pluma y soltó el reluciente collar, que
había estado acariciando con la otra mano mientras escribía.
Fue hasta la puerta a pesar de que solo llevaba puestos el calzón y la
camisa, pero aun así, acudió a abrir. Cuando lo hizo, tuvo que reconocer que
no lo esperaba.
—Me mandan para calentarle la cama, señor.
Al otro lado estaba aquella dulce muchacha que les había servido las
primeras cervezas.
Debía reconocer que era una de las criaturas más deliciosas con las que se
había encontrado jamás. Aquellos labios jugosos parecían creados para besar,
y las largas pestañas amparaban unos cálidos ojos verdes de los que era difícil
apartar la mirada.

Página 11
Se encontraba allí plantada, con un calentador cargado de carbón
encendido entre las manos. Tuvo que tragar saliva, y fue un esfuerzo que sus
ojos no bajaran hacia el busto, cuyo escote dejaba patente que debía ser una
perdición.
—No es necesario —logró articular.
—Dentro de un rato, me lo agradecerá.
Ella, simplemente, entró en la habitación y se dirigió al lecho. Retiró
mantas y sábanas, y empezó a pasar la pieza de metal caliente por el interior.
Henry parpadeó varias veces. ¿Desde cuándo no estaba con una mujer?
Ya ni lo recordaba, pero el deseo, en aquel momento, le mordía bajo el vientre
con una potencia que llegaba a asustarlo.
Iba a rogarle que se marchara cuando ella habló.
—¿Es usted teniente, señor?
¿Cómo sería besar aquellos labios?, pensó él. Acariciar la piel sedosa de
sus brazos, indagar entre sus muslos. Cómo sería introducirse dentro de aquel
cuerpo cálido, generoso, exuberante. Carraspeó para apartar aquellas ideas de
su cabeza.
—Soy capitán.
Ella se detuvo y lo miró sorprendida. Tenía los labios húmedos, esos
labios con un poder hipnótico, que en aquel momento era incapaz de dejar de
mirar.
—Una vez pernoctó un coronel entre estas paredes —⁠continuó Jane,
orgullosa, con su tarea⁠—. Yo era muy pequeña y apenas me acuerdo, pero le
dijo a mi madre que hacía el mejor pudin de carne de toda Inglaterra.
—Seguro que tenía razón.
Ella dejó el calentador en una esquina, junto a la chimenea, y se acercó
hacia él. De nuevo, Henry tragó saliva. Estaba seguro de que pocas veces
había visto a una criatura tan deliciosa. No solo era cuestión de belleza, sino
de algo más, un halo seductor que se desprendía de su forma de moverse y de
la manera en que sus ojos lo miraban.
Se detuvo muy cerca, tanto que aquellos labios serían suyos con solo
inclinar la cabeza.
—¿Necesita algo más de mí, señor?
—Sí… No… Quiero decir…
La deseaba.
De hecho, no recordaba haber deseado jamás así a una mujer. Ni siquiera
a ella, a la destinataria de la carta que no lograba terminar, a pesar de su
tórrida aventura llena de pasión y de amor salvaje.

Página 12
Solo tenía que decir que sí y tomarla.
Le calentaría el lecho, el cuerpo y el alma, y al día siguiente él continuaría
hacia Londres para no volver a verla jamás.
Le retiró un mechón de cabello rubio que le caía sobre el rostro. Era suave
al tacto, quizá solo un avance de cómo sería su piel.
—Eres muy hermosa.
Ella se humedeció los labios muy lentamente, como le había dicho
Marianne que lo hiciera. Él no debía darse cuenta de lo nerviosa que estaba.
Su amiga le había asegurado que sería doloroso al principio, pero que después
merecería la pena si la sacaba de allí.
—Gracias, señor.
La manera salvaje de necesitarla era dolorosa. Y era tan simple calmarlo
todo. Únicamente tenía que hacerle el amor sobre aquellas sábanas calientes.
Desfogar el ardor que le atenazaba el bajo vientre, derramarse dentro de ella
para calmar todas sus angustias. Pero entonces…
Fue hasta la mesa y tomó la carta y el collar.
Lo pensó un instante antes de hacerlo. Francia ya solo era un recuerdo del
pasado. Lo mejor era enterrar los fantasmas para siempre. Arrojó el trozo de
papel tintado al fuego, que lo devoró, hambriento, de inmediato.
Después, volvió hacia ella, le tomó la mano y le depositó en la palma el
delicado collar.
—Toma.
Jane lo miró, sorprendida. Era una pieza de filigrana sobre la que se
engarzaban cuatro relucientes piedras rojas, tres concatenadas y la cuarta
pendiendo del centro.
—Es… —no encontraba las palabras para describir lo que sentía⁠—. Es lo
más hermoso que he visto en mi vida.
Él esbozó una sonrisa triste.
—Son solo cristales. No vale nada.
Jane había decidido entregarse a él. Marianne le había asegurado que era
la única manera de conseguir que un hombre amara a una mujer, entregándole
su cuerpo. Así se quedaría embarazada, y él no tendría más remedio que
llevársela consigo, fuera a adonde fuera. Pero ahora se daba cuenta de que
aquel plan, que la había mantenido temblando de miedo durante toda la
noche, era una idea absurda.
—¿Puedo preguntarle su nombre, señor?
Él volvió a sonreírle, de aquella manera triste y hermosa.
—¿Para qué?

Página 13
—Para incluirlo en mis oraciones.
—Creo que me ayudarán poco.
—No si rezo con la fuerza necesaria.
Sí, posiblemente, aquella criatura era la mujer más deliciosa con la que se
había encontrado en su vida. Quizá, en otro momento, la habría usado sin
reparos para largarse como un truhan, pero la vida da lecciones difíciles de
olvidar.
—Howard. Capitán Henry Howard.
Ella le hizo una pretendida reverencia.
—Jane.
—¿A secas? —Alzó una ceja.
Cuando la muchacha sonrió, tuvo la certeza de que aquella criatura tenía
un poder sobre los hombres que, cuando lo descubriera, haría con ellos lo que
quisiera.
—Jane Thompson —contestó ella—, pero solo por ahora.
Y salió de la habitación, dejándolo solo y con una necesidad absoluta de
tenerla entre sus brazos.

Página 14
Capítulo 2
Un evento poco lucido

La iglesia de la aldea estaba engalanada con ramas de mirto y habían


tapizado el suelo terroso con hierbas aromáticas, ya que los padres del joven
John no pensaban escatimar lo más mínimo para la boda de su único hijo.
Fuera de la iglesia, en el prado de heno, habían dispuesto mesas alargadas
y balas de trigo a modo de bancales, donde se servirían empanadas y cerveza
después de la ceremonia.
No es que la familia del joven John no aprobara aquella boda, por
supuesto. Jane era, indudablemente, la muchacha más bonita de los
alrededores, pero sus amistades con esa tal Marianne Flanders la habían
estropeado.
Nadie sabía dónde se encontraba Marianne, porque una mañana, cuando
su madre fue a darle azotes por levantarse tarde, ya no la encontró en el
jergón.
Se había especulado sobre si algún bandido la había raptado, pero era una
familia tan mal avenida que como no pagaran el rescate a base de nabos
podridos, no hubiera existido otra manera.
La otra opción era que se hubiera escapado con algún mozo, a los que
frecuentaba de manera más descarada de lo conveniente en una muchacha de
aldea y buena educación. Pero ningún padre echó de menos a su hijo ni
ningún marido había abandonado a su esposa, por lo que se determinó que se
había fugado con un forastero.
Y, precisamente, era de Jane, la mejor amiga de esa indecente de
Marianne, de quien se había enamorado John, de tal manera que había sido
imposible que atendiera a razones.
Los Thompson no eran una mala familia como se pudiera suponer.
Regentaban aquella posada en la encrucijada de caminos desde tiempos de sus
abuelos, y no debían nada a nadie, pero desde luego, no era una familia con
lustre.

Página 15
John podría haberse casado con la hija del sastre, incluso, si hubieran sido
capaces de convencerlo, con la del boticario, lo que hubiera supuesto un salto
enorme en el escalafón social para su familia. Mas aquel muchacho noble y
testarudo no tenía ojos más que para Jane, y no había manera de que diera su
brazo a torcer.
Los invitados ya estaban allí.
El señor párroco parecía dichoso aquella mañana, y bien debía estarlo
porque le habían pagado dos chelines por la ceremonia y regalado uno de sus
gordos gansos como agradecimiento.
Había cierta expectación porque todos sabían que el padre de Jane había
tenido dificultades para pagar la dote. ¿Saldría a relucir aquel escabroso
asunto durante el banquete? ¿La familia de John haría ostentación de su más
elevada posición social en la aldea? Todo eran dudas, y su resolución se
preveía entretenida.
La comitiva que se esperaba no se veía por ningún sitio, pues era
costumbre que los carros de heno se adornaran con guirnaldas de flores y
bayas de otoño, y toda la familia acompañara a la futura novia hasta la iglesia.
Era tarde, aunque, desde tiempo inmemorial, el retraso era un privilegio
de las novias.
Pero cuando vieron acercarse un simple carro de labranza, sin adorno
alguno, donde viajaban dos figuras espectrales, se intercambiaron más de un
jugoso codazo, porque todo hacía anunciar que había algún problema.
Los cuchicheos no se hicieron esperar. Quizá la comitiva había
embarrancado al pasar por los fangales, cosa que era fácil que sucediera si no
se tenía cuidado. O quizá la novia se había estampado en el vestido un tazón
de avena y estaban intentando adecentarlo.
Cuando el carro se detuvo ante la iglesia y la madre de Jane, del brazo de
su hijo, descendió de él con dificultad, el pueblo al completo esperaba una
noticia deliciosa que los hiciera sonreír, aunque para muchos no pasó
desapercibido la tez de la mujer, que tenía las mejillas hundidas y los ojos
acuosos.
—¿Dónde está la feliz novia? —⁠preguntó su futura consuegra.
El rostro de la otra aldeana estaba tan blanco como si fuera de nieve
recién caída, al igual que el de su hijo, a quien se sujetaba como podía.
Hasta ese momento, nadie se había percatado de la ceniza que cubría su
pelo, ni de que las vestiduras que llevaba eran más oscuras de lo que convenía
en una boda. Sobre todo, a una próspera posadera, que al menos tendría dos o
tres vestidos para intercambiar entre sí.

Página 16
A su alrededor, todos los invitados se preguntaban qué estaba sucediendo,
porque aquello no era habitual.
Cuando la madre de Jane, al fin, pudo articular palabra, su voz sonó tan
tenue que apenas se escuchó.
—Mi Jane… ha muerto.
La otra mujer dio un paso en su dirección, y se inclinó hacia ella,
creyendo haber entendido mal.
—¿Qué quieres decir?
La mujer hizo un aspaviento, como si intentara recuperarse de un
desmayo seguro.
Sacó un pañuelo de la manga que se llevó a los ojos, miró alrededor,
consiguiendo que las rodillas no le flaquearan, y al fin logró que su ajada voz
sonara lo suficientemente alta como para ser entendida por todos.
—Mi dulce niña, mi Jane, ha muerto. Su noble corazón no ha resistido
tanto amor por John.

Página 17
Capítulo 3
Un sueño cumplido

A Jane apenas le dio tiempo a cobijarse contra la pared cuando otro carruaje,
esa vez tirado por cuatro caballos, estuvo a punto de llevársela por delante.
Aun así, volvió a sonreír, tan impresionada como satisfecha de que su
lejano sueño de viajar a Londres se hubiera cumplido.
No había sido fácil. Su madre la vigilaba como un halcón a una conejera
en época de crianza, y su padre atrancaba él mismo puertas y ventanas cada
noche antes de irse a dormir.
Si no hubiera conocido al capitán Howard, quizá nunca lo habría
intentado y se hubiera resignado a casarse con el bueno de John, como su
madre ansiaba. Pero desde que conociera al adusto militar, este no lograba
salir de su cabeza, ni siquiera mientras dormía, donde los sueños se volvían
tórridos y sensuales, y el centro de todo siempre era Henry Howard.
Marianne se lo había explicado todo detalladamente antes de fugarse: la
clave estaba en el buhonero Smith, un vendedor itinerante que pasaba por la
aldea cuatro o cinco veces al año, y para ello necesitaba dos monedas de
plata. Semejante fortuna era inalcanzable para una muchacha como ella, pero
sabía dónde guardaba su padre los caudales, y solo necesitó el momento
propicio para hacerse con ellas.
Unos meses antes, en una de las visitas del buhonero vendiendo quincalla,
le transmitió un mensaje de Marianne. Estaba en Londres, felizmente casada
con un aristócrata y tenía un armario con un vestido para cada día de la
semana.
Eso y Henry Howard, por supuesto, le dieron las fuerzas necesarias para
llevarlo a cabo, a pesar de que la noche en que el buhonero pasaría de nuevo
por el cruce de caminos donde estaba la posada de regreso a Londres sería la
madrugada previa a su boda.
Con el dinero en la mano y un hato con sus escasas pertenencias
escondido en el cobertizo, hizo el paripé de que aquella noche se acostaba

Página 18
temprano para tener «un rostro saludable» a la mañana siguiente.
—Al fin me haces caso en algo —⁠se había lamentado su madre.
Ella le dio un abrazo tan intenso que se le saltaron las lágrimas.
—Jane —la mujer le acarició el rubio cabello, confundida por aquellas
muestras de ternura⁠—, vivirás a pocas millas de aquí, y John te hará muy
feliz. Iré a verte todas las semanas.
Ella asintió, siendo muy consciente de que era la última vez que veía a los
suyos porque, una vez se fugara, su madre no sucumbiría a la vergüenza. Se
lo había advertido cuando la desaparición de Marianne, que diría en el pueblo
que había muerto, y de una manera tan horrible que nadie querría ver el
cadáver.
Aquella noche, consiguió deslizarse por la puerta de la cocina justo antes
de que su padre la atrancara, y había aguardado en el cobertizo hasta que
todas las bujías estuvieron apagadas, dejando un bulto de mantas y enaguas en
la cama con la forma de su cuerpo, por si alguien entraba a vigilarla.
El buhonero ya se marchaba cuando logró alcanzarlo, y solo permitió que
se escondiera en el interior del carromato una vez cobrado su pago.
Aquel viaje, oculta entre cachivaches de lo más dispares, fue el momento
más excitante de su vida. ¡Qué contenta se pondría Marianne cuando llamara
a su puerta! Era necesario caerle bien a su marido, que en ese momento no
recordaba si era vizconde o barón, para que la presentara debidamente a la
familia de Henry y le permitiera quedarse hasta saber qué harían.
Poco a poco, se quedó dormida, y solo la despertó el ajetreo exterior.
Cuando abrió los ojos y sacó la cabeza por la parte trasera del carromato,
estaba en Fleet Street, rodeada de carrozas que parecían querer llevar a sus
dueños en todas direcciones.
El corazón le latía tan deprisa que estuvo segura de que, si no lo
refrenaba, se le saldría del pecho. Volvió al interior para aparecer por la parte
delantera y sentarse en el pescante, al lado del anciano buhonero Smith.
—¿Esto es Londres?
El hombre detuvo el caballo en medio del caos.
—¿Qué si no?
—Me quedaré donde Marianne.
Seguro que vivía en alguna zona noble, en una casa con jardín delantero y
muchos criados.
—No tengo ni idea de dónde está esa moza.
Por un momento, Jane creyó que no lo había entendido bien.
—Pero usted me trajo un recado…

Página 19
El hombre, malhumorado, le indicó con un gesto que ya era hora de bajar.
Hasta allí había durado su viaje.
—Entonces, vivía en Holborn —⁠le dijo⁠—, pero de eso hace demasiado
tiempo.
—¿Y qué hago ahora?
Se sentía desamparada, y los sueños que había ido trazando empezaban a
desmoronarse como una montaña de heno barrida por el viento.
El hombre volvió a indicarle que debía bajar.
—Eso ya no es asunto mío. Mi trabajo termina aquí.
La había dejado en medio de un barrizal, rodeada de vendedores
vociferantes y de un tráfico de carruajes tan intenso que dudaba si alguna vez
lograría llegar al otro lado de la calle.
Aun así, se sentía feliz. Quizá más que nunca en su vida, y lo único que
necesitaba era encontrar a Marianne o a Henry para que todo fuera aún más
perfecto.
Vagó por las calles como pudo. A veces, estaban tan concurridas que
parecía formar parte de una procesión. Otras, tan solitarias que tenía que
apresurar el paso para salir de ellas, ya que le daba miedo ser intimidada.
Cuando quedó muy atrás el mediodía, le dolían las piernas, tenía hambre y
la desesperanza empezaba a anidar en su pecho. Aquella ciudad era mucho
más grande de lo que le habían contado, y comenzaba a darse cuenta de que
localizar a sus amigos no iba a ser sencillo.
Una idea turbia empezó a anidar en su cabeza. ¿Qué haría si llegaba la
noche y no los encontraba? El brillo y el ajetreo cesarían, y las calles se
llenarían de malhechores. Su madre le contó una vez lo que le hicieron a una
muchacha solitaria que se extravió en el bosque, y ponía los vellos de punta.
Una punzada en el estómago le hizo darse cuenta de cuánta hambre tenía,
y cuando miró alrededor, comprendió que la había provocado el delicioso
aroma que provenía del interior de la taberna que tenía a sus espaldas.
Poseía tres chelines y dos peniques, que era todo lo que se había atrevido
a afanar a su padre, además de las monedas que ya había entregado. Se
preguntó si con eso le darían comida y refugio, y decidió que lo mejor era
averiguarlo.
Se recolocó un mechón de cabello suelto tras la oreja, se pellizcó las
mejillas y se alisó el vestido, cuyos bajos estaban enfangados, y así entró en la
fonda.
En el interior, el aroma de los platos se intensificaba y el bullicio era
delicioso, muy diferente al que se formaba en la posada, que se llenaba de

Página 20
gritos de borrachos. Allí todo era más comedido, como si gritaran a
murmullos.
Un hombre adusto no tardó en plantársele delante, al otro lado de la barra.
—¿Qué quieres?
—¿Tiene habitaciones libres?
La miró de arriba abajo, con las cejas tan fruncidas que parecía a punto de
insultarle.
—Esto no es una pensión.
—Entonces, algo de comer —insistió⁠—. Puedo pagar.
Aunque alzó las monedas, sujetándolas con dos dedos, no causó el menor
asombro en el posadero.
—Tampoco es un sitio de criadas.
Jane se escandalizó.
—No soy una criada.
—Lo pareces, y es suficiente.
Un arrebato de indignación la atravesó. Alzó la cabeza, adoptando un
delicioso aire de indignación.
—Soy amiga del capitán Henry Howard.
—Y yo de la princesa Sofía Dorotea.
Al principio, le impactó aquella noticia, hasta que la mueca en la boca de
aquel hombre le hizo darse cuenta de que no hablaba en serio.
—¿Se burla de mí?
El mesonero se encogió de hombros.
—No sé quién diantres es ese capitán.
¿Cómo era posible? Acababa de volver de la guerra y seguro que había
salido victorioso en cientos de contiendas.
—Un héroe de guerra —añadió.
—Hay centenares de esos en Londres. —⁠Pasó un paño por la barra
lustrada, teniendo cuidado de que todas las migas dispersas cayeran sobre
ella⁠—. Y, ahora, lárgate, ricura. No quiero que mis clientes te vean.
Cuando abandonó el establecimiento, estaba realmente preocupada.
Permaneció allí, delante de la puerta, sin saber si estaba en el norte o en el
sur, si encontraría un puente bajo el que guarecerse mientras la tarde se volvía
mortecina, o si lograría tomar algo caliente antes de que el sueño la venciera
bajo aquel frío.
—¡Eh! Muchacha.
La voz sonó muy cerca, cascada y nasal. Miró en aquella dirección y se
encontró a una mujer muy vieja, cubierta con harapos, que arrastraba un fardo

Página 21
mugroso. Si alguna vez había imaginado cómo eran las brujas de los cuentos
que relataba su madre, debían ser, sin duda, como aquella mujer.
Jane dio un paso hacia atrás y se llevó una mano al pecho.
—¿Es a mí?
La mujer intentó alzar la cabeza, pero una incipiente joroba no se lo
permitía.
—Llevo un rato observándote y tengo la impresión de que estás perdida.
Ella se estiró un poco más, para adoptar un aire de dignidad que estaba
lejos de sentir.
—En absoluto. Estoy esperando a que el capitán Howard me recoja.
La anciana carraspeó, y un verdoso escupitajo fue a parar al suelo.
—Acabas de llegar, ¿verdad?
Por algún motivo, se vino abajo. Quizá fuera fruto del cansancio, o del
hambre, o de la idea cierta de que tal vez tardara días en encontrar a
Marianne, o semanas, en una ciudad tan grande.
—Hoy mismo —confesó, al fin.
La mujer volvió a evaluarla. Era posible que no viera con un ojo, porque
estaba cubierto por una telilla blancuzca. Avanzó el palo que le hacía de
bastón para acercarse. Un olor fétido abofeteó la nariz de Jane, pero no se
apartó.
—¿Puedo darte un consejo?
Ella asintió.
—Se lo agradezco.
—Busca una buena casa donde puedas servir y apártate de la calle cuanto
antes.
—Ya le digo que el capitán… —⁠Intentó defenderse de nuevo.
Pero la mujer alzó una mano, sucia y arrugada, que quedó pendida en el
aire ante sus ojos.
—Hazme caso, muchacha. Yo llegué con las mismas ganas y tenía un
rostro casi tan bonito como el tuyo.
No dio crédito. ¿Una mujer bonita? Era imposible que aquella anciana
hubiera sido alguna vez siquiera agradable a la vista. Sin embargo, era alguien
que tenía poco que perder.
—¿Y a dónde puedo ir? —preguntó.
La anciana alzó el rudimentario báculo, señalando al fondo, donde ya la
oscuridad empezaba a enturbiarlo todo.
—Toma cualquiera de esas calles hasta el Strand, es una vía ancha,
paralela al río. Allí hay buenas casas que siempre necesitan criados. Y hazlo

Página 22
antes de que caiga la noche.
Quizá así pasara la madrugada a cubierto, aunque al día siguiente se
despidiera para volver a buscar a su amiga. Cuando salió de sus
pensamientos, la anciana ya renqueaba calle abajo. Fue tras ella y le puso una
mano sobre el hombro. Esta se volvió al instante, esgrimiendo el bastón.
—Tengo una moneda… —le dijo Jane, mostrando uno de sus peniques
entre los dedos.
La mujer pareció sonreír, o quizá solo eran imaginaciones suyas.
—Guárdatela —le dijo—. La vas a necesitar.
Y, sin más, la dejó allí sola mientras la oscuridad avanzaba a una
velocidad que no recordaba haber visto antes.

Página 23
Capítulo 4
Una solución temporal

S
— in informe alguno —⁠se quejó la señora⁠—. Es muy inusual.
El ama de llaves dio un paso al frente.
—Necesitamos una fregona, milady. Para cualquier otro puesto ni se me
hubiera ocurrido proponérselo.
Aquella había sido la única casa de la decena donde Jane lo había
intentado en la que quisieron darle una oportunidad. En el resto, ni siquiera la
habían dejado pasar más allá de la puerta de servicio.
En ese momento, estaba absolutamente desesperada. El alegre día había
dado paso a una noche siniestra y llena de sombras que, junto al frío y el
hambre, la hacían temblar de los pies a la cabeza.
Había tenido la suerte de que le abriera el ama de llaves en vez de otra
criada, y se había apiadado de aquella muchacha aterida. No le había dado
esperanzas. La última palabra la tenía la señora de la casa, una viuda con dos
hijos y malhumor.
En ese instante, estaba, precisamente, ante ellos.
—¿Y dices que te llamas? —le preguntó directamente la dueña.
Ella hizo una reverencia que el rostro del ama de llaves desaprobó, ya que
era demasiado rígida.
—Jane Thompson, señora.
Nunca había visto una sala tan hermosa. Supuso que así debían ser los
palacios de los que le hablaba Marianne.
La propietaria de todo aquello era una mujer vestida de luto, aunque no
muy anciana. Quizá de la edad de su madre. Los dos hijos debían ser aquellos
caballeros que no dejaban de mirarla, ambos lustrosos y bien cebados, y tan
rubios como los rayos del sol.
—Eres demasiado delgada —añadió la señora, como si eso fuera algo
perverso.
—Pero soy fuerte y no me canso con facilidad.

Página 24
De nuevo, un rictus de desagrado en el rostro del ama de llaves. Le había
advertido de que no debía hablar a menos que la señora le hiciera una
pregunta directa, y ese no había sido el caso.
La viuda parecía indecisa. La casa no era grande, pero no quería ceder un
ápice en las comodidades de que disponía en vida de su marido. Tres criadas
era lo mínimo en una casa decente, a lo que se añadían dos lacayos, el
mayordomo y su ama de llaves, que se encargaba de que todo estuviera
perfecto.
La mujer suspiró con impaciencia. No le agradaba atender aquellos
asuntos después de la cena.
—¿Qué sabes hacer?
Esta vez, Jane miró al ama de llaves antes de contestar.
—Ordeñar vacas, cortar leña, desplumar aves…
—Para, para. —La viuda se llevó una mano a la sien⁠—. Ninguna de esas
habilidades es útil aquí.
—Tiene manos fuertes, milady —⁠intervino de inmediato el ama de llaves.
—Sé llevar una casa, si es lo que necesita —⁠añadió Jane, levantando la
vista de la alfombra, por primera vez⁠—. Mi madre me preparó para ello.
La señora no estaba decidida. Su experiencia le decía que una mujer de
mediana edad y bien nutrida era más capaz que una jovenzuela. Aunque
también estaba el engorroso asunto del salario.
Uno de sus hijos, el más lustroso, que fumaba cómodamente una pipa
sentado en un diván, carraspeó para llamar la atención.
—Dele una oportunidad, madre. Siempre se está quejando de que nos falta
servicio.
Y era cierto. Pronto, sus hijos remontarían el negocio familiar y podrían
vivir con el esplendor del pasado. Entonces podrían elegir a los mejores
sirvientes y a tantos como quisiera.
—Está bien —decidió al fin—. Pero solo te quedarás si me gusta cómo
trabajas.
—Gracias, señora.
—Milady —le aclaró—. Has de llamarme milady. —⁠Jane bajó de nuevo la
cabeza a la alfombra⁠—. El primer mes no cobrarás. Si no me gustas, con lo
que aprendas estarás pagada. La señora Richmond te dirá lo que tienes que
hacer. Eso es todo.
El ama de llaves le indicó que imitara su reverencia, y ambas salieron del
salón.

Página 25
Al menos, tenía una cama y un techo sobre su cabeza. No es que le
agradara llegar a Londres para hacer lo mismo de lo que rehuía en la posada,
pero era un comienzo que le permitiría encontrar a Marianne.
La casa estaba en una calle trasera del extenso Strand. Todo lo que
contenía le parecía elaborado por los mismos ángeles: muebles, cuadros,
porcelanas… Así que cómo debería ser el palacio del Rey.
El ama de llaves caminaba delante, indicándole según pasaban qué
estancia era cada una de ellas y qué dificultades tenía para su limpieza.
—¿Dónde dormiré? —le preguntó Jane, que no estaba prestando atención.
La mujer se detuvo junto a la escalera, donde un tramo subía y otro
bajaba.
—En la buhardilla —señaló hacia arriba⁠—. Compartirás habitación con
las otras dos criadas. ¿Sabes limpiar plata?
—No, milady.
La mujer arrugó la frente.
—A mí no. Yo solo soy el ama de llaves. Llámame señora Richmond.
—Sí, señora.
Se había apiadado de aquella muchacha y esperaba no haber cometido un
error. Parecía decidida, aunque quizás demasiado inocente. Eran muchas las
que se perdían al llegar desde el campo a la gran ciudad. Si era lista, llegaría a
convertirse en una buena criada, incluso en un ama de llaves como ella. Si no
lo era…
—Te explicaré las normas de esta casa y no me gustaría tener que
repetirlas. —⁠Esperó a que le prestara atención para continuar⁠—. Para
empezar, serás invisible en todo momento. Si los señores entran en la sala, tú
sales. Si sirves la mesa, no te dejarás notar. Si friegas el suelo o enciendes la
chimenea y están los señores presentes, bajarás la cabeza y mirarás hacia el
entarimado, ¿entendido?
Jane tragó saliva.
—Sí, señora.
—Te levantarás antes del amanecer para encender los fuegos
—⁠continuó⁠—, fregar el piso y poner los calderos a cocer. Todo esto debe
estar listo cuando salga el sol. Eres la última criada y te tocan las tareas más
pesadas.
—Estoy acostumbrada.
El trabajo en el campo era duro, aunque también era cierto que la mayoría
recaía sobre las espaldas de su madre, que nunca se quejaba más allá de sus
desmanes.

Página 26
—Solo te acostarás cuando la señora se retire y estemos seguras de que no
necesita nada más. A veces, tras sus oraciones, pide un vaso de leche.
—Entendido. —Esperaba poder acordarse de todo.
—Y no te acercarás ni hablarás, bajo ningún concepto, a los señoritos.
En eso no tendría problema. Los dos le habían parecido de lo más
desagradables.
Reprimió un bostezo. En ese momento daría cualquier cosa por meterse
en la cama.
—¿Puedo subir mis cosas a la habitación?
—Es la última puerta del pasillo, al final de la escalera. Te he dejado la
ropa de trabajo sobre la cama. Cámbiate y baja a la cocina. Tienes que comer
algo.
Se lo agradeció con una reverencia. Hasta ese instante, no se había dado
cuenta de lo hambrienta que estaba. Subió las escaleras deprisa. El segundo
piso parecía menos ampuloso, y la buhardilla se asemejaba bastante a una
casucha de agricultor. En aquel pasillo no había alfombras ni espejos ni
cuadros. Solo puertas pintadas de blanco, como la pared, tan angostas como
bajo era el techo.
Cuando entró en la que le habían indicado, solo había una única cama,
aunque lo suficientemente grande como para que durmieran las tres criadas.
Una mesa, aguamanil, tres sillas y un ventanuco, eso era todo. Miró debajo
del catre y encontró tres escupideras. Ya le dirían cuál era la suya.
Se desvistió y se puso las prendas a las que se había referido la señora
Richmond: una falda acampanada de una recia tela marrón, blusa blanca y
corpiño del mismo tejido. Se ató la cofia y se miró en el espejo. Tenía un aire
respetable, aunque muy poco atractivo.
Un gruñido de su estómago la alentó a apresurarse.
Bajó deprisa, pero cuando llegó a la primera planta, uno de los dos
señoritos estaba allí, apoyado en el pasamanos, con un libro entre los dedos.
—¿Te ha gustado la habitación?
Tardó en comprender que se refería a ella, pues había hecho lo que le
habían indicado, clavar la mirada al suelo y reducir el trote de sus pasos.
—Sí, milord.
El joven cerró el volumen con un ruido seco.
—Mi madre y la señora Richmond pueden parecer intimidantes, pero
dales tiempo. Pronto dejarás de interesarles.
Se atrevió a mirarlo a los ojos. Tenía las mejillas sonrosadas y la gruesa
nariz cuajada de granos. Él le sonrió, y Jane, inmediatamente, volvió la

Página 27
mirada al entarimado y le hizo una reverencia.
—Gracias. Ahora debo bajar.
Ya estaba con un pie en el primer escalón cuando el señorito volvió a
hablar.
—¿Por qué has venido a Londres? Se lo pregunto a cuantas criadas entran
a servir en esta casa.
Creía haber entendido que la señora Richmond le había prohibido hablar
con ellos, pero… ¿no sería descortés no contestarle?
—Dos de mis amigos están aquí.
Él alzó una ceja.
—¿Y puedo saber quiénes son?
¿Sería posible que los conociera? Marianne era muy llamativa, con aquel
cabello rojo y rizado.
—Mi amiga está casada con un vizconde, o con un barón, pero no sé
dónde vive.
Cierta hilaridad apareció en los ojos del señorito.
—¿Un vizconde? Qué cosa tan extraordinaria. ¿Tu amigo es un príncipe,
quizá?
Jane no entendió el sarcasmo.
—No, es el capitán Henry Howard.
Ahora sí que lucieron sus ojos de asombro. Su mirada, que hasta entonces
había estado muy centrada en su escote, se tornó curiosa.
—¿Howard? ¿Cómo es que lo conoces?
Ella sintió que el corazón le daba un brinco. Tanto que se llevó una mano
hasta allí.
—¿Sabe quién es?
—Por supuesto, pero… ¿cómo puede alguien como tú haber accedido a
alguien como Henry Howard?
Jane volvió a bajar la mirada al entarimado del suelo.
—Mis padres regentan una posada y él…
—Comprendo.
Lo cierto era que no sabía qué era lo que había comprendido, pero por
ahora era lo más cercano a una pista sobre dónde encontrar a Henry.
—Milord —intentó que su voz sonara calmada, cosa que difería del
torbellino desatado en su interior⁠—, ¿sería tan amable de decirme dónde
vive?
Él sonrió, y su rostro adquirió un aspecto muy parecido a aquel sátiro que
estaba tallado en uno de los pilares de su iglesia.

Página 28
—Londres es una ciudad cara —⁠dijo el hombre⁠—. Nada en ella es
gratuito. ¿Sabes cuánto me ha cobrado mi sastre por este chaleco?
Ella tragó saliva.
—No, milord.
—Lo que tú ganarás en dos años. —⁠Volvió a sonreír⁠—. Así que sería
atentar contra las Leyes del Mercado decirte dónde vive Howard sin recibir
nada a cambio.
Así que quería cobrarle por la información. Era justo, aunque si su
chaleco costaba esa fortuna…
—Solo tengo tres chelines —⁠contestó.
—Qué contrariedad. —El rostro del hombre parecía realmente
afectado⁠—. Pues es evidente que si esa información es valiosa para ti, debo
asegurarme de cobrarla bien.
Jane tragó de nuevo. No estaba muy segura de qué estaban hablando, pero
sí conocía aquella mirada en el rostro de un hombre, la mirada de la que su
madre le había advertido tan a menudo.
—Por supuesto, milord —consiguió decir.
—Bien, te lo diré. —Dio una ligera palmada en el aire, como si acabaran
de firmar un trato⁠—. Pero estás en deuda conmigo. Ya veremos cómo me la
cobro.
—¿Haría eso por mí?
Porque nunca, nadie, había hecho jamás nada por ella. Quizá había
juzgado mal a aquel caballero. Quizá la sensación de peligro era solo una
fantasía causada por tantas advertencias como le había proferido su madre,
quizá…
—Aston House —dijo el hombre, satisfecho⁠—, en Kings Street. Está
cerca de aquí.
Una voz helada cortó la conversación.
—Jane, ¿qué haces molestando al señor?
Cuando se volvió, la señora Richmond estaba allí, impertérrita, con las
manos juntas y la mirada de hielo, reprobatoria, clavada en ella.
Iba a contestar cuando el caballero lo hizo por ella.
—He sido yo, señora Richmond. —⁠Su sonrisa se mostró
tranquilizadora⁠—. Quería asegurarme de que estaba cómoda en la casa.
El ama de llaves no contestó, pero tampoco se movió de donde estaba. El
caballero les hizo un gesto y se perdió en una de las habitaciones al final del
pasillo. Cuando quedaron a solas, la voz de la mujer volvió a sonar gélida a
sus oídos.

Página 29
—Baja inmediatamente a las cocinas.
—Yo no… —Intentó Jane excusarse.
Pero la mujer no se lo permitió.
—Si te veo cerca de los señores una sola vez más —⁠le advirtió, muy
seria⁠—, te pondré de patitas en la calle de inmediato.

Página 30
Capítulo 5
Una ansiada visita

Si trabajar en la posada era cansado, tres semanas sirviendo en aquella casa


era la experiencia más agotadora que Jane recordaba.
Aún quedaba mucho para que el sol saliera cuando ya estaba levantada, y
hacía horas que se había puesto cuando se metía en la cama, donde ya
dormían plácidamente sus dos compañeras de habitación. Durante todo ese
tiempo, fregaba los suelos, cuidaba del fuego de las chimeneas, lustraba la
plata, atendía las peticiones de la cocinera y, a veces, ayudaba a servir la mesa
si alguno de los lacayos libraba.
Las otras dos criadas eran unas muchachas calladas que se amedrentaban
cuando ella intentaba mantener una conversación. Al principio, intentó ser su
amiga, pero cuando se dio cuenta de que la rehuían, evitó todo esfuerzo por
conseguirlo tras enterarse dónde se encontraba Kings Street, la calle donde
vivía el capitán Howard.
Había seguido escrupulosamente las indicaciones del ama de llaves,
esquivando en todo momento a los señoritos. Únicamente había coincidido
con ellos al atenderlos durante el almuerzo, pero había logrado mantener la
mirada gacha.
Cuando la señora Richmond le dijo que tendría libre la tarde del día
siguiente, casi se desmayó de alegría, porque no había encontrado un solo
instante para ir a visitar al capitán Howard, a pesar de que esa era la única
razón de seguir allí y no lanzarse a la calle en busca de Marianne.
Cuando subió a su habitación tras haberse encargado de fregar todo lo que
se había usado para el almuerzo, de lo que tenía ganas era de acostarse hasta
el día siguiente y recuperar todas las horas de sueño que le faltaban. Pero no
sabía cuándo tendría de nuevo tiempo libre y no podía arriesgarse a perder
aquella oportunidad.
Recuperó del baúl la ropa con la que había llegado, y solo cuando se la
puso, se dio cuenta de lo delgada que estaba. La falda tuvo que atarla con

Página 31
fuerza y la chaquetilla le quedaba holgada en la cintura. Se puso el collar que
Henrry le regaló, su pertenencia más preciada, pero era demasiado ostentoso
para un atuendo tan humilde, así que lo devolvió al fondo, escondido entre sus
enaguas, y se encasquetó la toca para evitar enfriarse.
Se puso los guantes de lana para disimular el estrago que el agua fría
había causado en sus manos, y decidió no cubrirse el cabello, que se recogió
en la nuca con toda la gracia que fue capaz.
Cuando se pellizcó las mejillas para darse color, se acordó de su madre y
una punzada de dolor le atravesó el pecho, pero se recuperó enseguida y salió
de la habitación, camino de la puerta de servicio.
—Jane, ¿verdad?
Al escuchar la voz edulcorada del señorito a su espalda, supo que el ama
de llaves se enfadaría. Así que permaneció muy quieta, con las manos juntas y
la mirada en el entarimado.
—¿Te ha comido la lengua un gato?
Iba a contestar cuando lo hizo por ella la señora Richmond.
—Lamento, milord, que la muchacha le esté importunando.
Jane iba a protestar, pero se contuvo.
—Solo quería saber si estaba cómoda en la casa. Ya sabe que nos
preocupamos por el servicio.
Siguió sin decir nada ni alzar la cabeza.
—Muy cómoda, milord —contestó el ama de llaves por ella⁠—. ¿Le pido a
un lacayo que le suba el té?
Hubo un silencio donde Jane tuvo que luchar con la curiosidad para no
mirar a los dos interlocutores.
—Sí, por favor —dijo al fin aquel hombre rubicundo⁠—. En mi gabinete.
Después, escuchó sus pesados pasos alejándose, y solo entonces miró
hacia allí, para verlo desaparecer por una de las puertas del fondo.
Cuando se volvió hacia el ama de llaves, se esperaba lo peor, pero esta
tenía en los labios lo que podría ser una ligera sonrisa.
—Muy bien —le dijo—, has hecho lo correcto. Ahora, vete. Hace una
tarde luminosa. Aprovecha y vuelve para la cena.
Le entraron ganas de abrazarla, pero no lo hizo, por supuesto. Cuando
salió a la calle por la puerta de servicio, se dio cuenta de que llevaba casi un
mes en Londres y no había salido de aquellas cuatro paredes. Respiró una
profunda bocanada de aire, que le supo a hollín, y se encaminó hacia Kings
Street, cuya ubicación ya conocía porque se había encargado de sonsacársela
a una de sus compañeras de habitación.

Página 32
Solo tuvo que esquivar Covent Garden, del que las otras criadas le habían
advertido que una mujer decente jamás debía acercarse.
Caminó por calles donde el bullicio era tan deslumbrante como atronador,
y al torcer por una de ellas, al fin, alcanzó su destino. Era una vía amplia,
amparada por buenos edificios en ladrillo y piedra blanca que se parecían
mucho los unos a los otros. ¿Cuál de ellos sería Aston House?
La sacó de dudas la dueña de una guantería, que al principio la miró con
suspicacia, pero al alegar que debía entregar un paquete al señor Howard,
aceptó decírselo.
Era una casa mucho mejor que donde ella servía, con amplia fachada
salpicada de ventanas y dos plantas luminosas. Solo cuando estuvo allí
delante, comprendió que no tenía ni idea de qué hacer.
Podría llamar y solicitar ver al capitán, por supuesto. Pero ya conocía
cómo se las gastaba el servicio, y en cuanto vieran que era poco más que una
criada, le darían con la puerta en las narices. También pensó en comprar un
par de guantes y decir que debía entregarlos al señor Henry Howard, pero
nada le aseguraba que no le dijeran que los dejara y se fuera, y ella perdería
una parte de sus escasos ahorros.
Decidió que lo más prudente era esperar. En algún momento, aquella
puerta se abriría y alguien saldría de su interior. Quizá, entonces, pudiera
abordarle y explicarle quién era.
Pasaron los minutos y ni siquiera vislumbró movimiento detrás de las
ventanas. Dio un paseo arriba y abajo de la calle para desentumecerse, ya que
el frío donde el sol no impactaba seguía siendo intenso.
Pasaron las horas y eran muchos los transeúntes que la miraban,
extrañados de que una muchacha estuviera allí apostada, inmóvil, con la
mirada fija en la fachada.
Desde el interior, le llegaron los reflejos de algunas velas encendidas al
anochecer, lo que le indicó que había alguien en la casa, pero algo tan tímido,
en una única estancia, que le pareció lúgubre.
El bullicio dio paso a los serenos, a las sombras, y el frío empezó a
arreciar tan fuerte que Jane no pudo evitar encogerse sobre sí misma.
Ya la atenazaba la desesperanza, pues la hora de la cena estaba casi
encima, cuando un carruaje se acercó a la casa. Fue el primero de los muchos
que se detuvo delante de la puerta, y cuando el cochero saltó del pescante y le
abrió la portezuela a su ocupante, supo que era él.
Ignoraba cómo lo adivinó. Quizá había entrevisto su rostro desde el otro
lado de la calle, o alguien había dicho su nombre. El caso era que tenía una

Página 33
certeza tan absoluta que no lo dudó.
Atravesó la calle a toda prisa, sujetándose la toca de lana, y entonces vio
su perfil descendiendo de la carroza.
Estaba impecablemente vestido de negro: calzones, casaca y chaleco.
Incluso el cabello se lo recogía con una cinta del mismo color y ataba la
camisa al cuello de la misma manera. Solo la camisa blanca rompía aquella
sobriedad.
También parecía muy serio, y un poco pálido. Miraba hacia el frente, un
tanto indiferente, o quizá preocupado, como si tuviera la mente perdida en
alguna parte.
La puerta de la casa ya se abría y la distancia desde el carruaje era de
apenas un par de pasos. Una vez entrara, no volvería a verlo, a menos que
pasara otra interminable tarde como aquella apostada en la puerta y tuviera la
suerte de que él volviera a casa.
—¡Capitán Howard! —no lo dudó.
Se arrepintió nada más gritarlo. Había prescindido de todo tratamiento, lo
que era tan censurable como una ofensa, y lo había hecho en público, delante
de los pocos transeúntes que aún se veían, de su cochero y del mayordomo,
que había acudido a recibirlo.
Él se volvió de inmediato, con la frente fruncida, buscando el origen de
aquella voz.
Cuando la descubrió a un puñado de pasos, apretada en una raída toca de
lana, los bajos del vestido aún manchados de barro y los mitones horadados
en los dedos, parpadeó varias veces, como si no estuviera seguro de quién se
trataba.
—¿E-eres…?
Ella avanzó lo justo para que el farol de la carroza le iluminara el rostro.
—Soy Jane, señor. Nos conocimos…
Él agitó la cabeza. ¿Se había puesto aún más pálido?
—Sé quién eres. Pero… ¿qué haces aquí?
Jane había esperado algo distinto. Quizá que se alegrara, que le sonriera
de aquella manera luminosa como lo hizo en la posada. Pero no fue así. Lo
único que veía en aquellos ojos negros era incredulidad.
—Ahora vivo en Londres —atinó a decir.
Él avanzó hasta colocarse a su lado. El cochero no se había movido de
donde estaba, como si esperara la orden de su señor para echarla de allí, y el
mayordomo observaba la escena indignado.

Página 34
Henry la miró de arriba abajo. Estaba más delgada, aunque seguía igual de
bonita.
—¿Dónde están tus padres? Porque supongo que te habrán acompañado.
Ella tenía ganas de llorar, pero se prometió que no lo haría delante de él.
Únicamente, negó con la cabeza.
Los ojos de Henry se abrieron de incredulidad.
—¿Sola en la ciudad?
Sabía lo que pasaba con las muchachas que cometían la temeridad de
escaparse. La mayoría terminaban en Covent Garden, vendiendo su cuerpo
por una sopa caliente.
Jane leyó en sus ojos la preocupación, lo que le abofeteó la dignidad más
que consolarla.
—Estoy sirviendo en una buena casa hasta que encuentre a Marianne
—⁠dijo, controlando la angustia de su voz, como si él supiera a quién se
refería⁠—. Supe que vivía aquí y…
—Este no es buen momento.
La voz de Henry había sonado fría, helada. Como si no quisiera saber
nada más. Así lo percibió Jane, como si el deshielo de los tejados de Londres
se le hubiera colado por el escote.
—No quería molestar.
—Por supuesto —se apresuró a decir, arrepentido por su mala salida⁠—.
¿Te tratan bien? ¿Necesitas algo?
La actitud de Jane había cambiado. Su madre decía que le salía la
dignidad en los peores momentos, y ese era uno de ellos. Se envaró para
mirarlo al rostro con arrogancia mal disimulada, la única manera de ocultar la
tormenta que atenazaba su corazón en ese instante.
—No necesito nada.
No la creyó. Una muchacha bonita en aquella oscura ciudad estaba
rodeada de peligros. Si hubiera sido en otro momento, en otro instante…
—Debo entrar —dijo él, al fin, indicando hacia la puerta de la mansión⁠—.
¿Quieres que mi carruaje te acerque a tu casa?
—Iré caminando.
De nuevo, se miraron. Quizá aquello era lo único sincero que había entre
los dos, una mirada clara entre la arrogancia y el dolor.
Sin más, Jane giró sobre sus talones y empezó a alejarse. Necesitaba salir
de allí, apartarse de él, olvidarlo si eso era posible. ¡Qué error tan terrible
acababa de cometer!
—¡Espera! —Escuchó a su espalda.

Página 35
Cuando se volvió, los ojos de Henry mostraban una mirada desamparada.
¿Se había arrepentido de su conducta? ¿Había comprendido lo que ella sentía?
Él se acercó, rebuscando en el bolsillo de su chaleco. De allí sacó una
reluciente moneda de plata.
—Es lo único que llevo encima.
En ese instante, lo odió. Con todas sus fuerzas. Pero por algún motivo,
cogió esa moneda y la guardó dentro de su corpiño.
—Si necesitaras algo…
La voz de Jane sonó crispada, aunque ella había pretendido que fuera
arrogante.
—No necesito nada.
El mayordomo se había acercado hasta ellos, y no podía reprimir la
mirada de desagrado que caía sobre aquella muchacha maleducada.
—Señor, la condesa requiere su presencia cuanto antes.
Eso había sido todo, ese breve encuentro, y Jane lo supo.
Volvió a darle la espalda porque tenía que salir de allí cuanto antes. Y
solo cuando giró la esquina y estuvo segura de que no la veía, cayó de rodillas
mientras las lágrimas surcaban sus mejillas y la angustia aprisionaba su
corazón.

Página 36
Capítulo 6
Una pérdida irremplazable

H
—¿ a acudido alguien de la familia real? —⁠preguntó la anciana condesa,
exquisitamente vestida de luto, desde los chapines hasta la cofia.
Henry tardó en contestar. Tenía la mirada perdida entre las llamas de la
chimenea. Alzó la cabeza más tarde de lo que se esperaba, encontrándose con
los ojos dolidos de su madre.
—El príncipe Guillermo —contestó⁠—. Te envía sus condolencias.
Ella asintió. Guillermo era el preferido del Rey y de la Corte, no solo por
su arrogancia y atractivo, sino por haber comandado con éxito la guerra
contra los jacobitas. Que hubiera sido designado para acompañar a su marido
en su última morada era un honor. Los reyes eran olvidadizos y el finado
conde hacía años que no frecuentaba Palacio.
Se encontraban en el gabinete de la condesa, ya que la dama había
decidido no salir de sus habitaciones mientras durara el luto. Era un espacio
pequeño pero agradable, muy acogedor, y el nutrido fuego de la chimenea lo
hacía aún más.
—¿Has arrojado a la tumba mi ramillete de violetas? —⁠preguntó de
nuevo.
Ella y su padre habían sido un matrimonio bien avenido. Él siempre le
regalaba violetas en noviembre, porque eran las flores que ella lucía en el
escote el día que se conocieron, y de eso hacía medio siglo. Incluso pocos
días antes de su muerte, en los escasos momentos de lucidez, había tenido el
tino de encargar a un lacayo que las comprara para su esposa.
—Sí —contestó, intentando reprimir el dolor que sentía⁠—, tal y como me
indicó, madre.
La mujer no era ajena a aquella expresión en el rostro de su hijo. A pesar
de los años que Henry había pasado primero en Francia y después en el
ejército, su padre y él siempre habían estado muy unidos y, como hijo único,

Página 37
todas las responsabilidades y honores de su estirpe acababan de recaer sobre
sus hombros.
—Pasará —le dijo, poniendo una mano sobre la suya⁠—. Lo que sientes
ahora pasará. No debes preocuparte.
—Lo echaré de menos.
—Descansa —le convino la anciana⁠—. Hoy ha sido un día duro y mañana
no te espera uno más agradable.
Había acompañado el ataúd de su padre por las calles de Londres
encabezando el cortejo fúnebre. La misa en St. Martin había sido dolorosa, y
el sepelio en la cripta familiar, un momento que no olvidaría.
Asintió, y se puso de pie, para besar la mano de su madre.
—Retírese pronto. Muchas de las visitas de mañana querrán trasmitirle
sus condolencias.
La dama lo sabía y esperaba estar a la altura mostrando que era capaz de
dominar sus emociones. Con las visitas de menor rango podría excusarse,
pero con marqueses y duques, o con miembros de la Jarretera, no tendría más
remedio que hacer los honores.
Henry salió del gabinete y la dejó en manos de su doncella. Su cabeza era
un torbellino de sensaciones y emociones, pero una de ellas sobresalía sobre
las demás, y no era el dolor por la pérdida de su padre.
En cuanto cerró la puerta a sus espaldas, bajó las escaleras a zancadas,
ante la mirada atónita de los lacayos y del mayordomo, hasta salir de nuevo al
exterior.
Había empezado a nevar. La primera del año, y el frío arreciaba. Solo
entonces se dio cuenta de que únicamente llevaba la casaca de luto, de una
seda tan fina que no abrigaba, pero le dio igual.
Desamparado, miró en ambas direcciones, aunque ella había desaparecido
por la que se perdía hacia el sur. El mayordomo había salido detrás, pero
permanecía expectante en la puerta, convencido de que su señor estaba
afectado por el dolor de la pérdida.
Corrió hacia la esquina. Su última visión había sido su figura erguida y
absolutamente femenina desapareciendo por ella.
Si se apresuraba, quizá pudiera alcanzarla y excusarse por haberse
comportado como un estúpido, por haberle entregado una moneda, por
haberla tratado como… Pero cuando llegó, no había nadie, la larga calle en
sombras estaba desierta.
Se maldijo por no haberle preguntado dónde vivía y por no haberle
explicado que hacía solo unas horas había enterrado a su padre. Quizá aquello

Página 38
habría diluido la impresión de desamparo que había visto en sus ojos.
Lo cierto era que había pensado mucho en aquella muchacha desde que la
conociera en una posada perdida en los alrededores de Canterbury.
Se descubría, de repente, mientras hablaba con sus amigos o atendía los
negocios familiares, con una imagen en la mente de aquellos deliciosos labios
rojos o de sus impresionantes ojos verdes.
No estaba muy seguro de por qué.
Quizá porque era una de las criaturas más hermosas, más deseables, con
las que se había topado en su malograda vida de galán. O quizá porque había
sido su presencia la que le había llevado a tomar la mejor decisión posible:
olvidarse de Camile.
Camile. Estaba convencido de que había sido la única mujer a la que
había amado de verdad, a pesar de los inconvenientes, que eran importantes.
Por un lado, que solo estuvieron juntos los pocos meses que él pasó en
Versalles. Por otro, que estaba casada.
Sí, el joven hijo de un insignificante conde inglés manteniendo una
aventura con toda una duquesa.
Tuvieron que ocultar su relación en la confidencialidad de sus lechos, de
castillos lejanos y fondas de caminos, donde se encontraban amparados por la
noche para quemar su amor.
Después, durante los fastos de Palacio, se mostraban indiferentes en
público el uno con el otro, como dos desconocidos, como si nada de él le
pudiera interesar a ella.
Fue una época terrible, porque el corazón de Henry estaba absolutamente
prendido de aquella mujer, y cada desprecio era como si le atravesara el
corazón con una daga, al igual que cada caricia durante la reconciliación era
lo más parecido a tocar el paraíso con la yema de los dedos.
Cuando tuvo fuerzas para dejarla, para desembarazarse de su papel de
perro faldero, huyó de Versalles y de Francia y esgrimió la espada por su Rey,
pero no consiguió escapar de ella.
Las cartas de Camile llegaban al frente, lo seguían por los páramos de
guerra, escalaban montañas si él estaba allí destinado, y siempre tenían
respuesta por su parte.
Hasta aquella noche.
Cuando esa muchacha, Jane, llamó a su puerta para calentarle la cama, y,
de repente, Camile se convirtió en algo que debía ser olvidado.
Volvió a mirar en dirección a la calle desierta y se maldijo otra vez por no
haberse enterado de dónde vivía.

Página 39
Londres era demasiado grande como para averiguarlo, y para una criatura
inocente podría convertirse en el peor destino.
—Señor conde, puede coger frío. —⁠El mayordomo ya se acercaba con
una pelliza entre las manos.
Una última mirada a la oscuridad y volvió a su casa, pues al día siguiente
amanecería como el nuevo conde de Aston y empezarían las visitas de
cortesía.
¿Dónde estaría Jane? Y lo más importante…, ¿volvería a verla alguna
vez?

Página 40
Capítulo 7
Un atrevimiento imprudente

— Muchacha, así me es imposible acceder a la bandeja —⁠se quejó la viuda.


Jane pidió disculpas, y se inclinó un poco más para que la señora tuviera
acceso al asado, lo que aprovechó uno de sus hijos para indagar dentro de su
escote. Sintió náuseas, pero no dijo nada.
Lo cierto era que, desde que fuera a buscar a Henry, su carácter se había
vuelto tan gris como las ropas cenicientas que acostumbraba a usar la dueña
de la casa.
Había esperado, al menos, un trato amable, y no la caridad de una moneda
encontrada en un bolsillo. Su madre la hubiera llamado ilusa. Solía decir que
tenía la cabeza llena de pájaros, y quizá tuviera razón, esperando que el
apuesto capitán Howard lo dejara todo para arrojarse a sus pies.
¿Y si no encontraba a Marianne? ¿Y si huir de casa de sus padres había
sido un lamentable error? Porque algo era cierto, jamás permitirían que
volviera. Seguro que ya la habían dado por muerta y enterrada.
—Fue un entierro solemne, y al príncipe se le veía apesadumbrado
—⁠continuó hablando uno de los dos holgazanes⁠—. Al parecer, sirvió con el
padre de Henry en su juventud y le tenía afecto.
Hasta ese momento, Jane había estado perdida en sus pensamientos, en la
lúgubre idea de cómo serían sus días a partir de ese instante. Pero en cuanto
escuchó el nombre de Henry, toda su atención se centró en sus señores.
—¿Afecto? —contestó el otro hermano⁠—. ¿Cómo se le puede tener afecto
a un hombre tan rígido?
—Así que el joven Henry Howard es ahora el flamante conde de Aston
—⁠intervino de nuevo la viuda⁠—. Ha llegado el momento de que asiente la
cabeza y se busque una buena esposa.
Hablaban de él, sin duda. ¿Conde? Para ella no era más que el capitán
Howard. Quizá esa era la razón de haberla tratado de aquella manera. Un

Página 41
militar podía tomarse la licencia de dirigirse a una aldeana, pero un
aristócrata… ¿Cómo lo habría conseguido Marianne?
—Lo que no creo que le haya sentado nada bien —⁠intervino el primero,
secándose la pringosa barbilla con la servilleta⁠—. Ya sabe, madre, cómo
detesta la Corte y los formalismos.
—Por él querría seguir vagando por Europa, disfrutando de conquistas y
mujeres.
—Según me dijo Lennis —intervino el otro⁠—, tuvo un turbio asunto con
una de ellas. Una francesa, creo recordar. Al parecer, fue un escándalo. Todo
Versalles lo sabía menos el marido de la dama.
Jane se sentía desfallecer. Cada una de aquellas palabras lo alejaban más
de ella, como si el abismo que los separaba empezara a ser infranqueable. Le
temblaban las rodillas, pero intentó que no lo notaran.
—Hay que reconocer que es un hombre muy atractivo —⁠dijo la madre
mientras le indicaba que le sirviera más vino.
—Pero ahora es un lord y tendrá acceso al Parlamento. Sus días de
frivolidad han acabado.
La otra criada le hizo una señal para indicarle que debían retirar los platos,
pero ella estaba tan ensimismada que no le hizo caso.
—¿Será necesario ir a hacerle los honores? —⁠La viuda parecía
disgustada⁠—. La excesiva dignidad de su madre me provoca jaquecas.
—Mi hermano y yo pasaremos mañana por la tarde.
La bandeja con guarnición que sostenía Jane cayó de entre sus dedos,
sobresaltando a los comensales.
Se dispuso a recogerla mientras pedía perdón, pero la viuda ya estaba
suficientemente molesta con ella.
—Puedes retirarte. Madelaine arreglará tu estropicio.
Pidió de nuevo disculpas y salió del comedor.
Necesitaba unos minutos para tranquilizarse, y si bajaba a la cocina, la
señora Richmond le encargaría otra tarea. Fue hasta la sala de estar y se
encerró dentro, teniendo cuidado de no hacer ruido. Al menos, allí hacía
calor.
Si hubiera oído aquella conversación antes de ir a verlo, estaría saltando
de alegría. Sin embargo, ahora era consciente de que él no quería saber nada,
de que su nueva dignidad le impedía, siquiera, codearse con una mujer de su
extracción social. Necesitaba encontrar a Marianne, pero ¿cómo? Si no era
así, pasaría su vida fregando suelos y lavando platos, algo que era aún peor
que ordeñar vacas y amasar pan.

Página 42
No escuchó el sonido de la puerta al abrirse y cerrarse, solo la voz que la
sacó de sus pensamientos.
—Estarás contenta con la noticia. Me dijiste que eras amiga de Henry.
Allí, a pocos pasos de ella, estaba uno de los dos hijos de la viuda.
Precisamente, el que más le repugnaba, el que no apartaba los ojos de ella
cuando pasaba, y miraba descaradamente su escote mientras servía la mesa.
Le hizo una reverencia y bajó la vista al suelo, como le había indicado la
señora Richmond.
—Solo conocida, señor.
El hombre se acercó un poco más, y ella rogó porque le diera tiempo de
alcanzar la puerta y zafarse.
—Me pregunto cómo un joven de la posición de Howard llegó a intimar
con una muchacha como tú.
Ella intentó avanzar hacia la salida, pero él le cortó el paso.
—Solo hablamos un par de veces, señor.
—Pero le llamaste amigo… ¿Sabes cuándo llamo yo de esa manera a una
mujer?
Lo tenía prácticamente encima. Quizá, si se estaba muy quieta, él se
cansaría y la dejaría tranquila.
—No, señor.
Hubo un instante de silencio. Jane lo miró. Los ojos de aquel bruto
brillaban de lujuria mientras le recorría el cuerpo, deteniéndose en su escote.
—¿Te gusta la vida en la casa?
Agradeció que cambiara de tema. No soportaba hablar con él del capitán
Howard.
—Sí, señor. —Volvió a clavar la mirada en el entarimado.
La mano del hombre se alzó. Ella intentó retroceder, pero solo se detuvo
en uno de sus rizos sueltos, que acarició brevemente hasta colocárselo tras la
oreja.
—Tu estancia aquí podría ser mucho más agradable para ti.
Sabía que aquello no iba a salir bien. Necesitaba una excusa para
marcharse, pero su cabeza estaba vacía, como si los pensamientos la hubieran
abandonado.
—Está bien así, señor.
La mano del hombro bajó lentamente. No la tocó, pero recorrió la forma
de su cuello y de su busto, hasta que sus dedos quedaron muy cerca de su
cintura.

Página 43
—Podrías comprarte bonitas cintas para el pelo —⁠le dijo⁠—, incluso
pendientes de conchas, y solo tendrías que ser amigable.
—¿Amigable? —Lo miró de nuevo, sin comprender.
—Como con Henry, supongo.
Empezaba a entender lo que quería de ella.
—Ya le he dicho… —Intentó protestar.
La mano del hombre, esa vez sí, la asió por la cintura y la atrajo hacia sí.
—Solo tienes que dejarme ser cariñoso contigo.
Ella intentó apartarse, colocando sus manos sobre su pecho, pero era
demasiado fuerte.
—No…, yo no…
—Ven aquí. —Esa vez la zarandeó para sofocar cualquier resistencia⁠—.
Me gusta que te resistas.
Intentó gritar, pero la boca grasienta del animal le tapó la suya. Cuando
advirtió la lengua intentando profanarla, sintió náuseas, o cuando una de las
manos le apretó la nalga, mientras la otra llevaba sus caderas hacia él, creyó
desfallecer.
Solo pensaba en escapar. Tendría que haberlo hecho antes de que la
atrapara, aunque el ama de llaves la reprendiera por haber sido
desconsiderada con el señorito. Ahora estaba a su merced, y solo disponía de
sus escasas fuerzas para defenderse.
Una voz helada logró que todo se detuviera, como si el aire a su alrededor
se hubiera vuelto sólido.
—¡Jane!
Cuando miró hacia la puerta, vio a la señora Richmond, con el pomo aún
en la mano, y el rostro tan pétreo que se asustó.
—Señora… —Intentó justificarse.
Pero aquel animal miserable la empujó, hasta tirarla al suelo, mientras se
llevaba una mano a los labios.
—¡Me ha mordido!
—Baja ahora mismo a la cocina —⁠le ordenó.
El ama de llaves parecía impertérrita, como una figura de mármol que
hubiera estado siempre allí.
—No he sido yo —se justificó, porque esa era la verdad.
Pero el malnacido no estaba dispuesto a ponérselo fácil.
—Es una zorra. —Se limpió la sangre que manaba del labio inferior⁠—.
Lleva provocándome desde que llegó.
La señora Richmond le hizo una reverencia.

Página 44
—Tomaré medidas, señor.
—No sea muy dura con ella. —⁠Su sonrisa era tan lasciva que le provocó
náuseas⁠—. Y, sobre todo, no le marque la piel.
Jane tenía ganas de llorar, y también de golpear a aquel animal con forma
de hombre. Pero obedeció, y salió deprisa, bajando las escaleras mientras las
lágrimas empezaban a surcarle las mejillas.
Cuando llegó a la cocina, gran parte del servicio estaba allí, y no pasó
desapercibido su estado agitado.
Se sentó en el rincón más alejado mientras intentaba serenarse. No había
sido culpa suya, ella no había hecho nada, en lo único que se había
equivocado era en no haber arañado el rostro de aquel rufián.
Cuando el ama de llaves entró, su expresión hizo que todos permanecieran
en silencio.
—Salgan —ordenó—, y traigan las pertenencias de Jane.
Se hizo un murmullo, acompañado de miradas entrecruzadas, pero
inmediatamente acataron la orden.
Cuando Jane y ella quedaron a solas, la señora Richmond se plantó
delante, terriblemente seria, con la helada mirada clavada en sus ojos.
—Yo no… —De nuevo intentó Jane defenderse.
—Te advertí que te mantuvieras apartada.
—Y lo he hecho. —Con todas sus fuerzas⁠—. Si él está en una estancia,
salgo de allí y evito cruzarme por los pasillos. Pero hoy me ha sido imposible
evitarlo.
La mujer se sentó en la otra silla y Jane se atrevió a mirarla. La que había
creído una expresión de disgusto era, en verdad, preocupación.
—No parará hasta que lo consiga —⁠le dijo.
—¿Hasta que consiga qué?
No estaba en su poder ser más explícita. Aquella muchacha estaba en
peligro y era su responsabilidad ponerla a salvo.
—Tienes que marcharte. Hoy mismo.
Jane la miró, boquiabierta. Londres era un misterio para ella, no sabría
qué hacer ni dónde ir, y no solo era de noche, sino que había comenzado a
nevar.
—No tengo a dónde ir —exclamó con apenas un hilo de voz.
La señora Richmond hurgó en la bolsa que colgaba de su vestido, de
donde extrajo varias monedas.
—Toma —se las entregó—, con esto podrás pagarte un alojamiento
durante un par de noches y tomar comida caliente. Trabajas bien. No te será

Página 45
difícil encontrar otra casa donde servir.
Esa vez las lágrimas acudieron a sus ojos a raudales, tan asustada como
indignada.
—Yo no he tenido la culpa —⁠se defendió.
—Para ellos, la culpa siempre es nuestra.
Se puso de rodillas, con las manos juntas, suplicante.
—Se lo ruego. Déjeme quedarme.
La mujer las apartó, con cuidado, y se puso otra vez de pie, adquiriendo
aquella distancia hierática que tanto intimidaba.
—¿Es que no lo entiendes, Jane? Te forzará, antes o después, y no
podremos evitarlo. ¿Y sabes lo que pasará? Que te pondrán de patitas en la
calle, pero con una diferencia, porque entonces llevarás el estigma de que eres
una mujer indecente, y la señora se encargará de que todos lo sepan, y no
habrá casa donde seas admitida. Te lo aseguro. Ya ha pasado antes. Y cuando
una mujer como tú o como yo no podemos ganarnos el sustento con las
manos…
—Hace frío fuera —pudo gemir entre las lágrimas, pero el ama de llaves
no la escuchó.
—Es entonces cuando solo nos queda nuestro cuerpo para subsistir.
Una de las criadas entró, dejando un hatillo sobre la mesa.
—Las cosas de Jane, señora Richmond.
El ama de llaves le lanzó una mirada helada y la muchacha salió
corriendo, dejándolas a solas de nuevo. Se volvió otra vez hacia Jane, que
tenía clavados los ojos en aquella bolsa, pequeña y sucia, donde estaban sus
escasas pertenencias.
—Al norte de Holborn hay pensiones baratas que admiten a mujeres solas
y son sitios decentes —⁠le indicó⁠—. Ve allí. Rezaré por ti.
Sin más, se dio la vuelta y la dejó a solas.
Jane miró alrededor. Había detestado aquella cocina, y ahora le parecía el
mejor lugar del mundo.
Tomó el hato y se lo echó al hombro. Cuanto antes se marchara, mejor
sería. Las calles estarían desiertas y heladas, y el peligro acecharía tras
cualquier esquina.
Sintió que era el momento más amargo de su vida, y esa idea se acrecentó
cuando puso un pie en el exterior y una ráfaga de aire helado, envuelto en
copos de nieve, le arrancó la cofia y le abofeteó el rostro.
Emprendió el camino despacio, como si un millar de años hubieran caído
sobre sus huesos, sin rumbo fijo, porque no tenía la menor idea de dónde

Página 46
estaba Holborn.

Página 47
Capítulo 8
Un gesto compasivo

No tenía ni idea de dónde estaba, solo que el frío era tan intenso que le
dolían las mejillas y que los pies apenas los sentía.
Caminaba sin rumbo, buscando una ventana por la que se fugara la luz de
una vela, o un grupo de personas que parecieran decentes para no sentirse tan
sola. Estaba bien entrada la madrugada y las calles de Londres eran muy
distintas a las coloridas arterias por las que había paseado las escasas veces
que había salido de la casa. Ahora se mostraban siniestramente oscuras y
llenas de peligros.
En una ocasión, tuvo que agazaparse porque un par de guardias
aparecieron al final de la calle y, muy posiblemente, le darían problemas. Al
menos, eso era lo que decía Marianne, que eran los peores porque siempre
querían salirse con la suya o quitarles el dinero.
Hacía un rato había tenido que salir huyendo, cuando un grupo de
caballeros la habían descubierto, y empezaron a decirle cosas horribles. Logró
zafarse, y la cantidad de alcohol que los hombres habían ingerido le permitió
escapar, aunque no sabía dónde estaba, solo que las calles cada vez eran más
estrechas y oscuras.
El alero de un edificio abandonado le pareció un buen sitio para pasar la
noche. Seguir vagando sin rumbo solo la llevaría a perderse aún más, y quizá
a adentrarse en zonas de la ciudad poco recomendables.
Se agazapó como pudo, sentándose sobre sus escasas pertenencias y
acurrucándose sobre sí misma para que el calor de su cuerpo no escapara. Le
castañeaban los dientes y apenas sentía los pies. Y lo peor de todo, si se
quedaba dormida, podría ser víctima de un robo o de algo más siniestro.
Sí, era el peor momento de su vida. Incluso llegó a pensar que casarse con
John no hubiera sido una mala idea. Ahora estaría acostada en una cama
confortable, cubierta de mantas y con el estómago lleno.

Página 48
El repiqueteo de cascos de caballos le hicieron alzar la cabeza. La calle
era silenciosa, y era el primer carruaje con el que se cruzaba una vez había
abandonado las avenidas principales. Se encogió un poco más, como si así
pudiera hacerse invisible.
Pronto vio la carroza. Era un coche de dos tiros, tan oscuro como la
noche. Rezó para que pasara de largo, para que solo fuera alguien de bien que
regresaba a casa tras un día dichoso, pero no fue así. El carruaje se detuvo en
medio de la calzada, justo delante de ella. El cochero no la miró. Estaba
cómodamente enfundado en un ajustado abrigo y parecía que ella era su
último interés.
No tenía fuerzas ni para correr ni para luchar. El frío había conseguido
doblegarla. Quizá todo había llegado a su fin, una vida corta y llena de
pesares, donde las ilusiones habían sido lo único que le habían aportado algo
de felicidad.
Cuando la pesada cortinilla se descorrió y un rostro apareció desde el
interior del carruaje, creyó que estaba soñando.
Era la mujer más hermosa que había visto nunca, y también la más
elegante. El brillante cabello oscuro estaba exquisitamente peinado y
adornado con delicadas flores pálidas. Apenas podía ver el vestido, solo el
escote y la manga con la que se apoyaba sobre una de las jambas, de seda
brocada en un color gris pálido. Piel blanquísima, inmaculada, un lunar, tan a
la moda, en la mejilla, y unos impresionantes ojos azules que la miraban con
curiosidad.
—Estás aterida —dijo, aunque Jane no estaba muy segura de que se
refiriera a ella.
Se incorporó con dificultad. Le dolían los dedos de las manos y temía que
si daba un solo paso, se precipitaría al suelo. Hizo una torpe reverencia, pues
era evidente que se trataba de una dama.
—Estoy bien, milady —⁠logró articular.
El rostro de la mujer parecía preocupado. Tardó en contestar, como si se
estuviera preguntando cómo podía ayudar a aquella criatura.
—¿Piensas quedarte en ese rincón? Porque una mujer sola, en esta parte
de la ciudad, es un reclamo para almas perversas.
Jane miró a ambos lados. Le había parecido una de las calles más
tranquilas de cuantas había transitado.
—Solo hasta el amanecer —contestó.
—Dudo que llegues intacta a los primeros rayos de sol. De hecho, es un
milagro que aún no te hayan atacado. —⁠Abrió la portezuela de la carroza⁠—.

Página 49
Sube. Si quieres pasar la noche a la intemperie, al menos, te llevaré a los
alrededores de St. James. Allí estarás segura.
Jane tardó en reaccionar, y no porque no lo deseara, sino porque sus pies
parecían no querer escucharla. Cuando al fin pudo dar un paso tambaleante,
logró asirse al marco de la puerta hasta caer sobre un confortable asiento,
posiblemente el más mullido en el que se había sentado jamás.
Pensó que el Paraíso debía ser muy parecido al interior de aquella carroza.
Había una estufa de metal bien alimentada de carbón, por lo que el calor era
tan reconfortante, una vez la mujer cerró la puerta, como si estuviera sentada
delante de una chimenea. Todo estaba tapizado de exquisito damasco de un
azul tan claro que parecía un cielo luminoso de verano.
Solo entonces se atrevió a mirar a la dama. Evidentemente, era una
aristócrata, porque jamás había visto un vestido como aquel. Escote amplio,
bordeado por una puntilla de encaje, que se ajustaba a su cuerpo hasta abrirse
en una amplísima falda, confeccionado todo en un tejido tan delicado que
parecía emitir luz propia. Los pendientes, a juego con el collar, eran de
piedras blancas, tan relucientes como si estuvieran hechos con trozos de la
misma luna.
Los modales exquisitos. Ligeramente recostada, con la cabeza erguida, la
analizaba con curiosidad, como si fuera capaz de adivinar que bajo aquel
aspecto miserable hubiera alguien digno de ayudar.
La dama golpeó el techo del carruaje con un bastón, y los caballos
comenzaron a trotar.
—¿Quieres?
La mujer le tendió una caja roja, en cuyo interior había unas piedras
negras que desprendían un aroma delicioso. Tomó una con sus dedos
escarchados y se la llevó a la boca. Cuando la mordió, un estallido de sabor la
envolvió, y estuvo segura de que jamás había probado nada más delicioso.
—Son trufas —le dijo—. Quédatelas todas. A mí me empalagan.
Se metió otras dos en la boca y las masticó como pudo. Hasta ese instante,
no se había dado cuenta de lo hambrienta que estaba. Solo entonces reparó en
que no había dado las gracias.
—Milady, no sé cómo agradecerle su socorro.
La mujer le sonrió, y aún le pareció más hermosa, como los cuadros de
antiguas heroínas que había colgados en la casa de la viuda.
—No tienes que hacerlo. —Le entregó un pañuelo para que se limpiara las
manos⁠—. Una criatura como tú no debería estar vagando sola en la noche. Es
peligroso.

Página 50
A Jane le entraron ganas de llorar, pero no porque se sintiera triste, sino
porque quizá aquel era el gesto más amable que habían tenido con ella jamás.
—No tenía idea de dónde estaba. Yo…
La dama alzó un dedo, que colocó sobre sus labios.
—No es necesario que me cuentes tu historia. Todas tenemos algo que nos
pertenece solo a nosotras.
—Gracias de nuevo —logró decir, y hundió la mirada entre sus manos,
intentando disfrutar del calor el poco tiempo que estaría allí dentro.
—Eres muy hermosa —le dijo, analizándola con ojos entornados, pues no
había pasado por alto que, bajo aquella capa de mugre, las manos cortadas por
el frío, los labios reventados y las mejillas irritadas, había una criatura, quizá,
única, con unos ojos que podrían provocar tormentas, unos labios difícilmente
comparables y una hechura de la que podría presumir.
Jane no estaba acostumbrada a los halagos, así que hundió aún más la
cabeza y sintió que sus mejillas ardían.
Pero la mujer no se lo permitió. Le colocó dos de sus dedos enguantados
bajo la barbilla para que alzara la cabeza y la mirara directamente a los ojos.
—No seas modesta, esa es la gran desgracia de nuestro siglo. Si la
naturaleza te ha dado esos atributos, es casi una ofensa rehuir de ellos.
Ella sonrió. ¿Cómo podía encontrarla hermosa aquella mujer que era una
diosa?
—Usted sí que es una belleza, milady.
Y tuvo que bajar el rostro de nuevo, avergonzada por haberse atrevido a
decirlo.
Los caballos continuaron trotando. Las cortinillas estaban corridas, así que
no sabía por dónde se encontraba. Aunque hubieran estado abiertas, tampoco
lo habría adivinado.
Se preguntó qué hacía una dama de calidad recorriendo la ciudad a
aquellas horas de la madrugada, aunque no se atrevió a preguntarlo. En breve,
la dejaría de nuevo en una esquina, quizá un sitio mejor que aquel del que la
había recogido, pero en la calle, de todas formas.
—¿Qué pretendes hacer? —le preguntó la dama⁠—. ¿Cuáles son tus
planes?
¿Planes? Casarse con el capitán Howard y tener muchos hijos, esos habían
sido hasta entonces. Pero la realidad se había impuesto hasta hacerla ver que
no era más que una fregona.
—Encontrar una casa donde pueda trabajar y buscar a mi amiga Marianne
—⁠le contestó⁠—. Ella llegó a Londres antes que yo, y sé que está bien casada.

Página 51
Podrá ayudarme.
Su anfitriona asintió con vivo interés.
—Es una buena idea, aunque Londres es una ciudad demasiado grande
como para encontrar a alguien que no sabes dónde se aloja.
—Ya me he dado cuenta.
La dama arrugó la frente, como si meditara. Aun así, su belleza no dejaba
de ser impactante.
—Se me ocurre algo —dijo de repente⁠—. ¿Por qué no trabajas para mí?
Lo escuchó nítidamente, pero su cabeza tardó en comprender las palabras.
—¿Para usted?
La aludida se encogió de hombros de una manera deliciosa.
—Puedo pagarte bien, muy bien. Y tengo muchos conocidos en la ciudad.
Quizá tardemos, pero antes o después, descubriremos dónde está esa
Marianne. ¿Qué te parece?
Por toda respuesta, Jane se puso a llorar. Hacía solo unos minutos estaba
segura de que moriría de frío tirada en una solitaria calle de la ciudad. Ahora,
la caridad de una buena mujer se había apiadado de ella.
—Si llego a saber que te pondrías así, no te lo hubiera propuesto.
La sonrisa en sus labios le hizo comprender que era una broma. Se lo
agradeció con otra, mientras buscaba un hueco en el pañuelo que no estuviera
manchado de chocolate para secarse las lágrimas.
—Pocas veces me han tratado bien en la vida.
La dama le quitó importancia con un gesto muy elegante de su mano.
—Necesitas dormir. Mañana, cuando te despiertes, hablaremos de tu
nuevo trabajo, ¿te parece?
Una vez más, quiso llorar, pero pudo contenerse.
—Gracias, gracias.
La mujer la miraba de una forma muy especial, como si fuera capaz de ver
en ella un potencial que había escapado a los ojos de los demás. Le tendió una
mano, como había visto que hacía su padre en la aldea para cerrar un trato.
—Me llamo Margot, madame Margot. —⁠Golpeó de nuevo el techo del
carruaje con el bastón⁠—. Cochero, a casa.
Y los caballos acentuaron el trote mientras ambas mujeres se recostaban
sobre los almohadones, y Jane suspiraba, porque, al fin, las cosas empezaban
a ir bien.

Página 52
Capítulo 9
Una incomodidad necesaria

Detestaba la corte de St. James, pero era necesario presentar los respetos al
Rey como nuevo conde de Aston.
Era un lugar lleno de aduladores, intrigas y envidias, y como le advirtiera
su padre, un hombre que no necesitara enriquecerse y quisiera vivir en paz
debía huir de allí a la mayor brevedad posible.
Acudir a la Corte requería de todo un ceremonial que le incomodaba tanto
como la peluca que jamás llevaba, pero que en presencia del monarca era de
uso obligatorio, así como la casaca bordada, que podía ser discreta por estar
de luto.
—Si su señoría no permanece quieto, no podré ajustarla —⁠se quejó su
valet, que hacía auténticos esfuerzos por colocarle la peluca, corta y
empolvada, mientras él intentaba organizar sus pensamientos.
Henry se puso de pie, se la arrancó y la tiró al suelo.
—¡Milord! —se escandalizó el criado.
—No me quitaré el sombrero. Jorge II no se dará cuenta.
—Pe-pero… —tartamudeó— la etiqueta de Palacio…
—Para algo va a servir el estúpido privilegio del conde de Aston de ir
cubierto ante el Rey.
No estaba de buen humor, desde luego que no. En parte, porque echaba de
menos a su padre. Era curioso, porque se habían visto poco en los últimos
años, pero el saber que estaba ahí, que solo necesitaba regresar a Londres para
abrazarlo, era reconfortante. A eso había que sumarle la incómoda jornada
que le quedaba por delante y que empezaría con aquella absurda ceremonia.
Se miró en el espejo que le tendía un lacayo. Estaba demacrado, pues
apenas había dormido las últimas noches, en las que no se había separado del
lecho de su progenitor. La sobria casaca negra acentuaba ese efecto, adornada
apenas con bordados en hilo de plata en el orlado y las bocamangas.

Página 53
Su valet, aún con la nariz arrugada de indignación, le tendió el tricornio,
que colocó sobre el cabello recogido con una cinta del mismo color. No, no le
gustaba la Corte ni los artificios necesarios para presentarse en ella.
Salió de la casa, y su carroza, a la que habían colocado un paño en el
exterior con el escudo de armas de los condes de Aston, lo dejó en Friary
Court, donde un chambelán ya le aguardaba.
—Señoría —le hizo una reverencia⁠—, permítame que sea el primero en
lamentar su pérdida y en felicitarle por su nueva dignidad.
Henry le contestó con cierta frialdad, y le siguió por los angostos pasillos
hasta las habitaciones del Rey, donde terminaban de acicalarlo en ese
momento.
En los aposentos privados del monarca era libre el acceso para cualquier
miembro de la corte durante la ceremonia del despertar, pero al real
dormitorio solo podían acceder quienes tuvieran la dignidad ducal o fueran
miembros de la familia de Su Majestad.
En esa ocasión, a Henry le estaba permitido, ya que iba a presentarse
como nuevo conde de Aston, requisito indispensable antes de poder ser
admirado por el resto de la nobleza.
Cuando atravesó el gabinete, recibió el pésame de los caballeros que allí
se encontraban en nutrido grupo, a la espera de que el Rey pasara a aquella
estancia, donde sería calzado, se le colocaría la casaca y se daría por
comenzado un nuevo día.
El chambelán lo acompañó hasta la última estancia, el mismo dormitorio
donde en ese instante un criado ajustaba las mangas de la camisa al monarca
mientras otro le ataba las cintas del calzón, todo en presencia de los caballeros
más encumbrados de la Corte.
Apenas pudo contener la mirada de malhumor cuando el chambelán le
indicó que procediera con el ceremonial. Era necesario hacer tres reverencias
antes de acercarse al Rey, una a la entrada, otra en mitad de la estancia, y la
última delante del monarca.
En la última de ellas, quedó postrado, como decía la etiqueta, hasta que
una voz recia, con un ligero acento alemán, le indicó que se incorporara.
—Lamento lo de tu padre, Aston. Era un buen hombre.
Jorge II había subido al trono hacía veintisiete años y era uno de los más
longevos que había ostentado ese honor. Alemán de nacimiento, era de
carácter recio, maneras bruscas y temperamento exaltado a pesar de la edad,
que frisaba los setenta. Tuerto de un ojo y duro de oído, todos achacaban a

Página 54
aquello su mal carácter, aunque el padre de Henry decía que siempre había
sido así.
Se incorporó.
—Gracias, señor.
—¿Te veré por Palacio, o serás tan esquivo como hasta ahora?
Al Rey le gustaba tener cerca a sus nobles, así podía vigilarlos, justo lo
contrario de lo que pretendía el nuevo conde de Aston.
—Estoy a vuestras órdenes, señor —⁠contestó, esquivo.
Un duque tomó el pañuelo real y se lo cedió al criado para que lo atara al
augusto cuello.
—Supongo que ahora te habrán entrado las prisas por casarte.
En unas pocas horas, era la tercera vez que alguien se lo recordaba, lo que
acrecentó su malhumor.
—Los últimos tiempos han sido convulsos para mí. No he tenido tiempo
de pensar en nada más que en atender a…
—Busca una buena mujer —lo interrumpió el monarca⁠—. Gran Bretaña
necesita hombres valientes como tú.
—Así lo haré, Majestad.
Hizo otra reverencia. La ceremonia se podía dar por concluida. A partir de
ese momento, era, oficialmente, conde, y podía ser saludado como tal.
El monarca aleteó con la mano en el aire, con la brusquedad que le
caracterizaba.
—Puedes retirarte.
Eso era todo. A los reyes los coronaban en Westminster, y a los
aristócratas un par de frases del soberano.
Cuando salió de nuevo al gabinete, se sucedieron las felicitaciones, pero
pudo retirarse a tiempo, pues una vez el monarca pasara a la segunda estancia,
se consideraba de mal tono marchase sin una excusa sólida.
Respiró cuando abandonó Palacio, desatando el pañuelo que se ajustaba a
su cuello para hacerlo con mayor facilidad, y arrojando el sombrero dentro del
carruaje.
—Regresaré caminando —le dijo al cochero.
Este miró al palafrenero, que se encogió de hombros, y no les quedó más
remedio que obedecerlo.
Libre, al fin, Henry tenía claro a dónde debía ir. Bordeó los jardines del
palacio hasta Charing Cross, y entró en una taberna donde la mayoría de los
clientes ya bebían cerveza, a pesar de la hora que era.

Página 55
Descubrió a su objetivo al fondo, sentado ante una mesa y despachando
un plato de alubias. No era alguien de fiar, y menos una persona con la que
debiera codearse un conde recién investido, pero era el tipo de hombre que
necesitaba para un encargo como aquel.
Se dejó caer a su lado, abriéndose la casaca.
El individuo, que tenía el aspecto recio de un soldado venido a menos, lo
miró de arriba abajo.
—Qué elegante.
Henry se recostó sobre la pared. Daría cualquier cosa por pasar el día en la
cama, pero le quedaba por delante un suplicio, recibiendo en casa a todo
petimetre que quisiera ir a buscar una debilidad en el nuevo conde.
—No te burles.
El hombre masticó con la boca abierta.
—Lamento lo de tu padre.
—Gracias.
—¿Una cerveza?
—Demasiado pronto.
—Nunca es pronto para beber.
Si por su amigo George fuera, estaría borracho antes del ángelus.
Se conocían desde hacía años. Aquel hombre maduro había servido a sus
órdenes y le salvó la vida en más de una ocasión. Cuando fue licenciado, solo
le había quedado frecuentar los bajos fondos para hacer encargos turbios con
los que subsistir, aunque le había prometido a su capitán que, si había una
nueva campaña, lo acompañaría a la guerra sin rechistar. Para Henry, era una
de las pocas personas por la que pondría la mano en el fuego.
—Necesito que me hagas un trabajo.
El viejo soldado asintió.
—Lo que ordenes.
—Quiero que encuentres a una mujer.
Una mirada pícara apareció en su rostro.
—¡Vaya! Un asunto de faldas. Son los que más me gustan.
Tuvo que sonreír, a pesar de que su humor no había mejorado.
—George, necesito que seas discreto y eficiente. Durante un tiempo, todos
los ojos estarán puestos en mí para ver dónde me equivoco. La Corte vive de
maledicencias y murmuraciones.
—Siempre lo haces —El hombre le guiñó un ojo⁠—, equivocarte.
Sonrió de nuevo. Sabía cómo quitarle las malas pulgas.
—¿Lo harás?

Página 56
El hombre dejó el plato, completamente limpio, a un lado, y colocó los
codos sobre la mesa.
—¿Por dónde empiezo?
—No tengo ni idea —le contestó Henry⁠—, porque lo único que sé es que
ha llegado a Londres hace poco, desde Canterbury, que sirve en una casa, y
que es la criatura más deliciosa que te puedas imaginar.

Página 57
Capítulo 10
Una nueva vida

Cuando despertó, tardó en recordar dónde se encontraba.


Jamás había dormido entre sábanas tan suaves ni bajo un baldaquino
tapizado en seda adamascada. Se incorporó despacio, como si un movimiento
brusco pudiera despertarla y descubrir que todo aquello era un sueño y seguía
aterida, cobijada en un rincón frío y húmedo de una callejuela londinense.
La noche anterior, madame Margot la había llevado hasta aquella casa,
que le pareció la más hermosa imaginable. El recibidor, separado del resto de
la vivienda por una tupida cortina de terciopelo, estaba profusamente
iluminado con grandes candelabros, que se decoraban con fragantes ramos de
flores. Hasta allí llegaba el tumulto de una velada, quizá una cena entre
amigos, que debía estar desarrollándose al otro lado.
—Marie —había ordenado madame a una solícita criada que acudió
presta a atenderlas⁠—, cuida de nuestra amiga. Enséñale su habitación y súbele
algo de comer.
Jane se deshizo en agradecimientos, pero la bella dama se excusó, le pidió
que descansara y desapareció al otro lado del terciopelo.
Esperaba que la llevaran a la buhardilla, donde compartiría cama con otras
criadas, pero cuando la muchacha abrió una puerta de la primera planta y le
mostró su dormitorio, tuvo que parpadear varias veces para creerlo.
—Debe ser una confusión —había asegurado.
—No, señora. Esta es su habitación.
La había dejado allí, tras asegurarle que regresaría enseguida con
refrigerios para ella.
¿Cómo era posible? Muy seguramente, el rey de Inglaterra tendría un
dormitorio menos hermoso que aquel. Había una chimenea con la boca de
delicado mármol rosa, muebles de taracea, cortinas de seda y una cama con
colgaduras. ¿Cómo era posible que aquella fuera su habitación?

Página 58
Cuando la criada regresó con una bandeja sobre la que había una sopa y
algunos trozos de carne confitada, estuvo segura de que servir en aquella casa
era la cosa más extraordinaria que le había sucedido jamás.
No recordaba muy bien lo que sucedió después. Se lo comió todo, medio
amodorrada a pesar de la excitación, y se había quedado dormida con la ropa
puesta, antes de despertarse muy avanzada la madrugada y desvestirse para
acurrucarse entre las sábanas.
Oyó que llamaban a la puerta. Un par de golpes suaves y quedos. Estuvo
segura de que era la criada y que venía a anunciarle que todo había sido un
lamentable error, y que debía mudarse, cuanto antes, a la buhardilla.
—Adelante.
La misma muchacha apareció, y le dedicó una discreta sonrisa al verla
despierta.
—¿Ha dormido bien?
—Lo recogeré todo enseguida —⁠dijo ella, saliendo de la cama⁠—. Ya le
dije que era una confusión.
La chica parecía no comprender, pero no preguntó nada.
—Madame la está esperando. Quiere que desayune con ella.
Jane se extrañó otra vez de que su nueva señora fuera tan solícita, pero
debía reconocer que lo ignoraba todo de las costumbres de la buena sociedad
británica, y quizá esa fuera una de ellas.
—Me vestiré enseguida —le contestó, recogiendo su vestido, que había
tirado al suelo de cualquier manera.
—Ese no. —La detuvo la criada, abriendo una de las acristaladas puertas
del ropero⁠—. Madame ha ordenado que lo quememos. ¿Qué le parece este?
Extrajo uno que extendió ante ella, dejando abierta la falda. Era de un
tono azul pálido en el que destacaban ramilletes florales dispersos, tejido en
una seda delicadísima.
Jane parpadeó varias veces. Nunca había vestido un traje así, y no estaba
muy segura de si sabría llevarlo.
Simplemente, asintió, y la muchacha procedió a ayudarla.
Primero le puso unas amplias y pesadas enaguas que ató a su cintura,
después un corsé, que apretó tanto que estuvo segura de que jamás volvería a
respirar, y solo entonces le encasquetó el vestido, atando cintas y botones,
hasta que quedó perfecto.
Cuando cerró la puerta del ropero y la luna de cristal reflejó su imagen, no
dio crédito.

Página 59
El escote era muy amplio, más de lo que ella se hubiera atrevido, pero por
lo demás, parecía una de esas princesas que había visto en los grabados y que
la viuda tenía pintadas en algunos cuadros.
—Ahora, si me acompaña…
No le salían las palabras de la boca, algo extraño en alguien como ella,
que siempre tenía una pregunta o una respuesta que emitir.
Salieron al pasillo, tapizado en damasco de un escarlata tan intenso que
casi dolía a la vista. Las velas estaban apagadas y consumidas, como si
hubieran estado encendidas toda la noche. La casa se encontraba silenciosa, y
cuando llegaron al otro extremo del pasillo, la muchacha rasgó la puerta con
los nudillos. La inconfundible voz de madame sonó cristalina al otro lado.
—Adelante.
La criada abrió la puerta, le indicó a Jane que pasara, y se retiró tras
hacerle una reverencia.
Todo se había vuelto muy confuso, y cuando entró y encontró a la señora
dentro de un baño de dorado latón, en medio de la estancia, bajó rápidamente
la vista a la alfombra para no mirar.
—Estás absolutamente hermosa —⁠exclamó⁠—. ¿Qué tal has dormido?
La voz de madame era brillante, con un ligero deje de cansancio.
—Bien, pero creo que ha habido un error.
Escuchó el chapoteo del agua y levantó la cabeza. La dama tenía el oscuro
cabello recogido con un turbante, y sobresalía del agua medio busto, dejando
expuesto todo el pecho. No mostraba el más mínimo atisbo de pudor, a pesar
de que todo el mundo sabía que el cuerpo era un templo sagrado que nunca
debía ser mostrado en público.
—¡Vaya! —exclamó la señora—. Hay que subsanarlo en cuanto me digas
cuál ha sido.
—Creo que se han confundido de habitación —⁠se retorció los dedos,
nerviosa.
—¿Te ha parecido poco refinada para ti?
—No. Pero una criada no…
Madame Margot se puso de pie. Su escultural cuerpo desnudo se mostró
ante ella, como una diosa salida del mar. Era de una belleza y perfección
portentosas, tanto que Jane sintió que se ruborizaba en el acto.
Una criada en la que no había reparado salió de las sombras y cubrió a su
señora con una delicada bata blanca que de inmediato se empapó, volviéndose
casi transparente. El precioso busto quedó impreso, como si no llevara nada

Página 60
encima, pero madame no parecía darle la menor importancia, y salió de la tina
hasta sentarse ante el tocador.
—Ven a mi lado —le dijo, señalándole una banqueta vecina⁠—, tenemos
que hablar.
Ella lo dudó. Era muy posible que aquellas costumbres fueran habituales
entre las personas bien posicionadas, pero para Jane resultaban sofocantes.
Decidió obedecer y, tímidamente, se sentó todo lo alejada de ella que pudo.
—Cuando llegué a Londres, era un animalillo asustado como tú —⁠le
empezó a contar mientras secaba delicadamente su rostro con un lienzo⁠—.
Empecé a servir en algunas casas, pero portaba una maldición, ¿sabes cuál es?
Jane tragó sin pretenderlo.
—No, milady.
Sonrió por el tratamiento que acababa de darle, pero no dijo nada.
—La belleza. ¿Eres consciente de tu belleza?
—Yo no… —casi tartamudeó—, yo nunca…
La dama volvió a enfrascarse en su imagen reflejada en el espejo.
—He visto pocas como la tuya y, créeme, me he codeado con muchas
mujeres hermosas. Pero el color de tus ojos, la exuberancia de tus labios,
incluso el tono y textura de tu cabello son realmente únicos, a lo que debemos
sumar un cuerpo del todo femenino. —⁠De nuevo, se volvió hacia ella,
dejando suspendida una borla empolvada en el aire⁠—. ¿No me preguntas por
qué pudo ser mi belleza una maldición?
Algo le decía que la respuesta a aquella pregunta sería un antes y un
después en su vida, pero no podía ser maleducada delante de alguien que
había sido tan generosa.
—Sí, quiero saberlo.
Madame sonrió y volvió la mirada al espejo.
—Por algo que quizá ya te haya pasado a ti. ¿El señor de la casa donde
servías ha intentado sobrepasarse?
—Sí —tuvo que admitir.
—Y, supongo, han argumentado que ha sido culpa tuya.
—Así es.
Dejó la borla sobre el tocador y cerró los ojos un instante, como si
rememorada dolorosos tiempos pasados. Después, la miró.
—Te sucederá de ahora en adelante. Nunca estarás a salvo. Hasta que te
fuercen o algo peor.
Si eso iba a ser así…, ¿cómo lograría sobrevivir en Londres? Porque no
sabía hacer nada más que servir.

Página 61
—¿Y cómo consiguió, madame, escapar a ese destino?
La mirada de la mujer no se apartó de la suya, adquiriendo un matiz casi
místico.
—Decidí que debía ser yo quien eligiera a los caballeros que podían
acercárseme.
Jane intentó descifrar el significado de aquello, pero fue incapaz.
—Creo que no lo entiendo.
Madame Margot sonrió levemente, y con un gesto de su mano, abarcó
todo lo que había alrededor.
—Jane, aquí estás a salvo. Podrás buscar a tu amiga Marianne si lo
deseas, dormir bajo techo y tomar un plato caliente cada vez que quieras. Lo
que hagas en adelante solo depende de ti.
Era muy generoso. Posiblemente, lo más desinteresado que nadie había
hecho por ella jamás, pero…
—Sigo sin entenderlo.
La dama se le acercó muy despacio.
—Si tomas esa opción, serás como Marie. —⁠Se refería a la criada que la
había vestido⁠—. Te encargarás de limpiar la casa, lavar la ropa, atendernos a
todas y ayudar a la cocinera. Eso sí, debes mudarte a la buhardilla, aunque
tendrás una habitación para ti sola.
—¿Atender a todas? —Fue lo único que no entendió en aquella
exposición, pero madame continuó como si no la hubiera escuchado.
—Pero si quieres vivir, ser admirada, deseada y ganar dinero, mucho
dinero —⁠hizo una ligera pausa⁠—, en ese caso, debes dar un paso más y
convertirte en una de nosotras.

Página 62
Capítulo 11
Un amigo a deshora

Un año después.

El mayordomo se plantó ante él, con aquel rictus desagradable que acudía a
su boca cuando algo le incomodaba.
—Milord, ese hombre está de nuevo aquí.
Henry dejó la pluma sobre su escritorio y esbozó una sonrisa de
satisfacción. Sabía de quién se trataba, y siempre le agradaba pasar con
George unos minutos, aunque fuera a altas horas de la noche.
—Hágalo pasar, y traiga una cerveza, ya sabe que siempre tiene sed.
El mayordomo se retiró con el mismo gesto que si le acabara de pedir que
azotara a su padre, y al poco volvió seguido de su viejo amigo, que se arrojó
sobre el sillón tapizado de terciopelo crema, lo que provocó una mueca de
dolor en el rostro del sirviente.
—Este malandrín sabe lo que me gusta —⁠le dijo, refiriéndose al estirado
criado que acababa de tenderle su cerveza, y que se zampó de un solo trago.
Aquel año había sido un tanto aciago para Henry.
La larga enfermedad de su padre había provocado que desatendiera
muchos de sus asuntos, y cuando él se hizo cargo, había tal descuido entre
propiedades y rentas que se vio obligado a pasar muchas horas delante de
aquel escritorio, enviando notas a sus administradores y arrendatarios, o
viajando a cada una de las posesiones del condado de Aston para poner en
orden los desmanes cometidos en ausencia del señor.
Así que ver a George era como tomar una bocanada de aire fresco, ya que
le recordaba otros tiempos en los que se sentía libre, y donde las obligaciones
más allá del deber militar eran inexistentes.
—¿Qué te trae por aquí? —agradeció unos instantes alejado del libro de
cuentas.
—Ver tu fea cara —le contestó su amigo.

Página 63
Se veían a menudo, a pesar de que el encargo de encontrar a la joven Jane
había sido un fracaso. Era como hallar una aguja en un pajar.
—¿Necesitas dinero? —Sabía que malvivía en la calle, lo que no dejaba
de preocuparle⁠—. Y tengo una casaca que te vendría bien.
—No es necesario. Si es demasiado lujosa, me pueden dar una cuchillada
para quitármela. Prefiero esta, a pesar de los remiendos. —⁠Se repantigó en la
butaca y puso las sucias botas sobre una delicada mesa de taracea⁠—. Traigo
noticias.
No lo entendió. Las últimas veces que se habían encontrado había sido por
el placer de charlar de los viejos tiempos y tomar juntos unas pintas.
—¿Noticias?
—De esa mujer.
El corazón empezó a bombearle más de prisa.
—Jane —musitó.
—Ya sabes que desistí de encontrarla. Pero hace una semana me crucé
con un viejo amigo que me debe un favor. Charlamos de los tiempos de la
guerra, y de alguna manera terminamos hablando de mujeres.
—Qué raro en ti.
George recompuso su postura, pero los restos de fango quedaron impresos
en la mesa. Cuando el mayordomo regresara, tendría otro de sus berrinches.
—Algo que me dijo me recordó a lo que me contaste de aquella criatura, y
estoy seguro de que la he encontrado.
Henry se removió, agitado, en la silla. A pesar del tiempo transcurrido,
eran muchas las veces en que se descubría pensando en ella.
—¿Sabes en qué casa está sirviendo?
—Sí, lo sé.
—¿Está bien?
George se encogió de hombros.
—Todo indica que perfectamente.
Las cejas de Henry se fruncieron en la frente.
—¿Por qué tanta reserva entonces? Sabes que te detesto cuando te vuelves
misterioso.
De nuevo, se encogió de hombros. Lo conocía bien, y sabía que aquel
brillo en sus ojos no era fortuito.
—Hasta que no la veas, no sabremos si es ella o no, así que te
acompañaré.
Que el conde de Aston apareciera en una casa para hablar con una criada
ya sería extraño. Que lo hiciera acompañado de alguien como George lo

Página 64
volvía extraordinario, pero no quiso decirlo.
—Me parece bien —fue lo que contestó⁠—. ¿Qué tal si quedamos mañana
después de desayunar?
—Prefiero que lo hagamos ahora.
Henry alzó las cejas una vez más y señaló el reloj de bronce que estaba
encima de la chimenea.
—Son las diez de la noche.
—¿Conoces a una criada a la que dejen que se acueste antes de la
madrugada?
Sí, detestaba a su amigo cuando se hacía el misterioso, sobre todo, porque
su cabezonería lo volvía intratable.
—No sé si es una buena idea.
—¿Sigues colado por esa mujer?
Un golpe bajo que provocó que acudieran de nuevo aquellas extrañas
cosquillas a su estómago.
—No estoy colado por ella, solo preocupado. Creo que me porté mal, y
necesito remediarlo.
George se cruzó de brazos y volvió a colocar las botas sobre la mesa.
—Entonces, olvidémoslo. Me han asegurado que está bien. Con eso, tus
cuitas quedan salvadas.
¡Qué bien lo conocía!
—De acuerdo. —Se puso de pie y buscó su casaca, que descansaba sobre
el respaldo de su silla⁠—. Vayamos, viejo zorro.
El tiempo de que engancharan los caballos y ambos atravesaron Londres
en carroza mientras su cochero seguía las directrices que marcaba George.
Durante todo el trayecto, este no paró de hablar, pero Henry tenía la mente
perdida en otras cosas. ¿Cómo la habría tratado el tiempo? Sabía que el duro
trabajo al que se sometía a las sirvientas en algunas casas, a veces, causaba
estragos en ellas, y enfermedades. Incluso infecciones graves, a causa de las
heridas que provocaba en las manos trastear con el agua helada.
Se había recriminado una y mil veces aquel día en que acudió a buscarlo.
Si solo le hubiera dedicado unos momentos, o preguntado dónde vivía… Pero
había estado demasiado ensimismado en sus propios problemas como para
darse cuenta de que ella le necesitaba.
La carroza se detuvo ante una casa elegante, en una zona cercana a
Covent Garden que no conocía. Había un criado con librea en la puerta, que
los analizó detenidamente mientras bajaban de la carroza.
—¿Dónde estamos? —preguntó.

Página 65
—Ya lo verás.
Les permitieron entrar sin problemas, aunque el mastodonte de la puerta
lanzó una mirada oscura a George.
Nada más acceder, escucharon el alboroto. Era una mezcla de música y
risas, de conversaciones en voz alta y entrechocar de copas de cristal.
El elegante vestíbulo estaba iluminado por elaborados candelabros de
bronce, y una larga cortina de terciopelo lo separaba del interior.
Otro criado la apartó para que pasaran, y cuando lo hizo, no tuvo dudas de
dónde se encontraban.
Era un prostíbulo.
Por el atuendo de los muchos caballeros que había allí y la exquisitez de
las mujeres, debía tratarse de uno de los mejores, pero no le quedaron dudas.
Algo oscuro le atenazó el corazón, lo que se reflejó en su rostro, que se
ensombreció de inmediato.
El salón estaba decorado con espejos y sofás elegantemente tapizados. Se
asemejaba mucho a una estancia de una casa noble, aunque las mujeres aquí
llevaban escotes pronunciados y no tenían pudor en sentarse en el regazo de
los hombres mientras jugaban con ellos. Una de ellas tocaba un clavicordio,
un tema popular que un hombre canturreaba cambiando su letra por algo
obsceno que arrancaba grandes carcajadas a la concurrencia.
—¿Vienen a verla?
Henry miró en la dirección de la que procedía la voz. Un caballero vestido
con exquisita elegancia tomaba una copa de vino espumoso, recostado sobre
el fuste de una columna.
—¿A quién?
—A la diosa. A Calpurnia.
Henry se sentía realmente incómodo y no paraba de mirar alrededor,
buscando en el rostro de aquellas mujeres el de Jane.
—No sé quién es —contestó, desabrido.
El caballero se le acercó. Debía ser un hombre adinerado, pues el tejido de
su casaca era de lo mejor, aunque no pertenecía a la nobleza, porque en ese
caso lo habría reconocido.
—Toda Inglaterra acude a adorarla las pocas veces que se deja ver. Dicen
que hoy será una de ellas.
—¿Es una…? —no se atrevió a terminar la frase.
—Ya se lo he dicho. Una diosa. —⁠Le tendió la mano⁠—. Por cierto, me
llamo Charles. Charles Milford.

Página 66
Henry iba a responder cuando la música se detuvo, y todo el mundo
dirigió la mirada al final de la escalera.
La expectación era casi sólida, como si de un momento a otro esperaran
ver aparecer al mismo Dios Hijo, que hubiera descendido de los cielos para
perdonar a los pecadores.
La silueta de una mujer empezó a vislumbrarse mientras descendía,
lentamente, escalón tras escalón. Primero, la falda, después, las muñecas
exquisitas, seguida de una cintura de avispa y un busto que provocaba vértigo,
hasta que la imagen entera de la diosa apareció en el hueco, resplandeciente,
como si se tratase de una divinidad bajada del Olimpo.
—Es ella quien elige. —El caballero dejó la copa sobre una bandeja que
portaba un criado, y se ajustó la casaca⁠—. Le deseo suerte.
Henry la reconoció al instante.
El vestido era de un verde tan intenso como sus ojos, lo que los volvía aún
más luminosos, y se ajustaba a su cintura volviéndola diminuta. El escote
ovalado era generoso, aunque en el punto justo de mostrar su delicioso canal
sin ser vulgar, y una ligera puntilla lo volvía aún más apetecible. Llevaba
exquisitamente peinado su dorado cabello en un recogido alto, de rizos
superpuestos. Solo unos pendientes del mismo color que el vestido, ni collares
ni pulseras, para que su piel fuera quien tomara protagonismo.
El efecto era de una belleza prodigiosa, mística incluso, que tenía a todos
aquellos hombres arrobados, casi hipnotizados, mientras ella continuaba
bajando las escaleras despacio, sin prisa, sabiendo que era la dueña de lo que
fuera a suceder.
—No creo que haya un solo hombre en Londres que no esté enamorado de
ella —⁠le susurró el caballero, que no podía apartar sus arrobados ojos de ella.
Henry palideció. Sí, era Jane, aunque ahora se hiciera llamar Calpurnia.
Su belleza no había palidecido, sino que, en cambio, se había multiplicado
por diez. Todo en ella era exquisito, exuberante y hecho para el deseo.
Se sentía incapaz de moverse, como si alguien hubiera aprovechado su
turbación para clavarle las botas al piso.
Cuando aún quedaban varios escalones por bajar, Calpurnia paseó la
mirada por la concurrida sala, muy despacio, mientras cada uno de aquellos
hombres rezaba para que se detuviera en él.
Solo lo hizo cuando se encontró con los ojos de Henry.
Fue como si hubieran estallado los fuegos de artificio con los que
terminaban las fiestas reales.

Página 67
Ella abrió sus jugosos labios y se llevó una mano al pecho, a la vez que
sus ojos se abrían de par en par.
Él mantuvo la mirada, dura, acerada, durante tanto tiempo que no pasó
desapercibido al caballero.
—Creo que le ha elegido —comentó con cierta amargura⁠—. Mis
felicitaciones.
Pero Henry estaba lejos de sentirse dichoso.
—Nos vamos —le rugió a George.
—Pero…
—He dicho que nos vamos.
Y salió de allí a paso apresurado, mientras Jane estaba segura de que
había visto un espejismo.

Página 68
Capítulo 12
Un encuentro inesperado

Era difícil no percatarse del sofoco que había aparecido en el rostro de


Calpurnia, la cortesana más deseada de Londres.
Charles Milford, que jamás faltaba cuando ella hacía acto de presencia,
fue a su encuentro y le tendió el brazo.
—Estás más bella que nunca.
—¿Quién era?
La sonrisa se oscureció en el rostro del hombre, pero supo sobreponerse al
instante. No le había pasado desapercibido lo que había sucedido entre la
mujer que amaba y aquel caballero, lo que había acontecido cuando se
cruzaron sus ojos.
—Un desconocido que tenía prisa —⁠contestó, esbozando de nuevo su
actitud galante⁠—. ¿Sientes interés por él?
—Solo curiosidad —consiguió recomponerse, a pesar del agudo dolor que
le atravesaba el pecho en ese instante⁠—. Y muchas ganas de pasármelo bien
esta noche.
Cuando sonrió a su audiencia, aparecieron palmas y vítores, dándole la
bienvenida, y ella recorrió el salón del brazo de Charles, dirigiendo una
palabra de halago a cada uno de aquellos hombres que soñaban con ser
elegidos por la belleza más fascinante de Inglaterra.
Convertirse en Calpurnia no había sido una tarea fácil.
Cuando Margot se lo sugirió, lo rechazó de inmediato, y durante algún
tiempo ejerció de criada en la casa, atendiendo a las «señoritas», como
madame quería que las llamara, y limpiando los cuartos una vez eran usados
para el amor.
Un acontecimiento doloroso propició aquella transformación: mientras
retiraba las sábanas aún calientes de un dormitorio, un individuo se coló en la
estancia y abusó de ella.

Página 69
Sus gritos alarmaron a varias de las mujeres, que lograron apartarlo, y el
portero dio buena cuenta de aquel malnacido, propinándole una paliza que le
rompió varios huesos. Pero la fechoría ya estaba perpetrada y su honra
perdida para siempre.
Madame estuvo en la cabecera de su cama, sin despegarse, los tres días
que permaneció en ella. No porque el daño físico hubiera puesto en peligro su
vida, sino porque era incapaz de reponerse a lo que le había sucedido, incapaz
de cerrar los ojos sin ver aquel rostro libidinoso sobre ella, incapaz de decir
una palabra sin que el sabor ácido de aquella boca no le volviera a la
memoria.
Cuando al fin despegó los labios, sus primeras palabras resultaron
confusas para madame Margot.
—Lo haré.
La dama le puso una mano sobre la frente, temerosa de que pudiera
haberla acometido la fiebre.
—Pediré una sopa caliente. Eso te ayudará a dormir.
Iba a llamar a la criada cuando Jane habló de nuevo.
—Lo haré. Me convertiré en una de vosotras.
Madame estaba muy seria. Era consciente de los beneficios que reportaría
para su casa aquella decisión, pero también lo era del daño que un paso así
supondría para Jane.
—No es buena idea después de lo que te ha sucedido —⁠le aconsejó.
La muchacha la miró con ojos acuosos. Estaba demacrada y terriblemente
pálida.
—¿Qué me queda si no?
—Puedes seguir ayudándonos como hasta ahora.
—¿Para que otro desgraciado lo intente de nuevo? —⁠Ya no se sentía a
salvo⁠—. Usted me dijo que podría elegirlos. A los hombres que…
—Así es —prefirió pisar sus palabras que alentarla a pronunciar algunas
que le serían dolorosas.
Jane miró al frente, hacia el vacío, el mismo que en ese momento ocupaba
su corazón, y la determinación no faltó en su boca.
—Eso es lo que quiero.
Y así nació el mito.
Su presentación en sociedad fue todo un éxito, y no había pasado un mes
cuando era la cortesana más demandada, tanto que venían caballeros de los
confines de Inglaterra atraídos por la fama de su belleza, que se acrecentaba

Página 70
porque ella solo atendía a uno de ellos cada cierto tiempo, a un precio que
duplicaba el de cualquier otra profesional.
De esa manera, su vida se había convertido en algo casi agradable, hasta
que había visto a Henry. Hasta que el recuerdo de algo que creía ya imposible
apareció de nuevo.
Aquella noche se había retirado sin aceptar ninguna de las propuestas, a
pesar de que Charles, que le agradaba de verdad, le susurró una suma
escandalosa por acompañarla a su dormitorio.
Había dormido mal, atacada por mil pesadillas, y cuando salió de la cama
a mediodía, pidió que la vistieran y solicitó usar el carruaje de madame.
Esta la detuvo en la puerta cuando estaba a punto de salir.
—¿Qué sucedió anoche?
Supuso que se refería a su negativa a aceptar a ningún cliente. Madame
Margot era magnánima, pero exigía un pago mínimo de cada una de sus
señoritas.
—No me encontraba bien —respondió.
La dama fue a su encuentro y la tomó de las manos.
—No me refiero a eso. ¿Quién era ese hombre?
¿Tan evidente había sido? Apenas habían cruzado una mirada. Pero
madame era astuta y sabía interpretar el valor de cada una de ellas.
—Alguien que una vez significó algo —⁠logró contestar, intentando que no
percibiera su perturbación.
—¿Una vez?
—Hace demasiado tiempo.
No había tenido secretos para aquella mujer, a la que le debía todo. Menos
lo de Henry. Eso había preferido guardárselo para ella misma.
La dama decidió cambiar de asunto.
—El conde Telensky ha pedido verte esta tarde. ¿Regresarás a tiempo?
Era uno de sus asiduos y pagaba tal fortuna por unas horas de placer que
llegaba a ser indecoroso.
—Espero que sí.
Y, sin más, fue hasta la salida, donde el portero ya había abierto la
portezuela de la carroza.
Los caballos la llevaron a Kings Street, una dirección hasta la que había
caminado muchas veces durante los primeros meses que se cobijó en casa de
madame Margot. Entonces, simplemente se camuflaba tras un puesto de
flores o entre la muchedumbre para intentar ver al capitán Howard, ahora
flamante conde de Aston.

Página 71
Durante aquellas vigilias, solo lo vio una vez, acompañado por una mujer
anciana. Le pareció más serio, pero igual de atractivo. Si hubiera estado solo,
habría ido a su encuentro, pero algo en su interior le dictó que se alejara, que
aquel hombre no sentía el más mínimo interés por ella, y solo sufriría una
nueva humillación.
Como Calpurnia, ni siquiera lo había intentado, y quien descendió ese
mediodía del carruaje frente a Aston House era una mujer muy diferente a la
que husmeaba la casa temerosa e insegura.
Quien le abrió la puerta fue un estirado mayordomo, que no pudo
disimular su admiración ante la dama que tenía delante.
—¿En qué puedo ayudarla?
Jane había sido cuidadosa con su vestuario. Había elegido un vestido
color ceniza, bastante discreto en comparación con el resto de su ropero, que
se ajustaba al cuello como si fuera una casaca militar. Llevaba guantes de
cabritilla que llegaban hasta los puños, y se cubría con un elegante tricornio
ladeado, muy a la moda. Era la viva imagen de la elegancia y la
respetabilidad.
—El conde me espera.
El hombre pareció confundido.
—Su señoría no se encuentra ni me ha dejado indicaciones al respecto,
milady.
Se sintió satisfecha cuando la llamó así. Al parecer, su disfraz había
causado el efecto deseado.
—Es una contrariedad —musitó.
El hombre parecía ansioso por complacerla.
—La condesa viuda sí está en sus habitaciones. ¿Quiere que la anuncie?
Desde luego que no era su intención. Rebuscó entre sus ropas hasta sacar
una tarjeta en la que había pedido a Marie, que sabía hacerlo, que escribiera
unas palabras. Después, extrajo de su faltriquera una moneda de plata.
—Entrégueselas al capitán Howard y dígale que he estado aquí. ¿Lo hará?
Al mayordomo le resultó muy extraño. Se sonrojó y le hizo una
reverencia.
—Por supuesto, milady.
Cuando se dio la vuelta para marcharse, su corazón palpitaba de
sentimientos encontrados.
No tenía ni idea de qué le hubiera dicho a Henry una vez lo tuviera
delante, solo necesitaba que la viera, y que comprendiera que ya era para él
una mujer inaccesible. Aunque también temía que el magnetismo que sentía

Página 72
por él siguiera intacto y fuera incapaz de comportarse con la arrogancia que
esperaba.
Algo de eso había pasado cuando lo vio la noche anterior. Que su corazón
le dictó en cada latido que no lo había olvidado.
El cochero abrió la portezuela del carruaje cuando una mendiga se le
acercó para pedirle una moneda. Era una mujer muy sucia, ataviada con
prendas raídas, que cojeaba visiblemente. El hombre fue a alejarla cuando ella
lo detuvo.
Aún se acordaba de aquella anciana que la socorrió una noche cuando lo
único que tenía era miedo. Siempre le había estado agradecida, y auxiliaba a
quien lo necesitaba cada vez que se le presentaba la ocasión.
Rebuscó de nuevo en su faltriquera hasta encontrar otra moneda y, con
una sonrisa, se la puso en la mano a la desastrada mujer.
La mala vida había marcado su rostro y su figura. Posiblemente fuera
joven, pero le faltaban varios dientes, que quizás había vendido a cambio de
un plato caliente, lo mismo que el alborotado cabello, que llevaba muy corto.
Debió ser bonito cuando estuvo limpio y suelto, con aquel color tan
particular.
La mendiga la miraba directamente a los ojos, con asombro, como si
hubiera visto una aparición.
Los harapos que la cubrían hacían difícil adivinar si aquel cuerpo
enclenque era capaz de soportar el peso de la bolsa que arrastraba, donde
seguramente portaba todas sus pertenencias.
Un brillo en los ojos de aquella desgraciada mujer hizo que el corazón de
Jane se detuviera un instante.
—¡Marianne!

Página 73
Capítulo 13
Un reencuentro

A
—¡ yúdame! —le pidió Jane al portero del burdel, pues Marianne estaba tan
débil que le era imposible descender por la endeble escalerilla del carruaje.
Hacía media hora, cuando pronunció su nombre en Kings Street, la
muchacha se había desvanecido. El cochero se precipitó a ayudarla y llegó a
tiempo de que no se golpeara la cabeza contra el suelo.
Jane intentó reanimarla, y cuando la tomó del brazo, este era tan delgado
que las lágrimas acudieron a sus ojos.
—¿Qué hacemos? —preguntó el hombre⁠—. Cerca hay un hospital de
impedidos.
Jamás dejaría que su amiga perdiera la vida entre aquellas paredes. A las
mujeres sin recursos ni familia las dejaban morir para después enterrarlas en
una fosa común.
—Se vendrá con nosotros a casa.
—Pero madame…
Margot era la propietaria del edificio y quien debía decidir a quién acogía
y a quién no, era cierto. Pero no iba a dejar a su amiga tirada en la calle.
—Yo me encargo.
Durante el trayecto, apenas recuperó la consciencia. Había abierto los ojos
un par de veces, pero volvía a cerrarlos y era incapaz de contestar a sus
palabras.
¿Cómo había llegado a aquel estado? La última vez que se vieron era una
muchacha lozana, alegre, llena de vida. Y estaba su carta, donde le contaba
que se había casado con un hombre acaudalado y con título. ¿Cómo era
posible? La mujer que apenas se sostenía a su lado solo era reconocible por el
rojo cabello y el color de sus mortecinos ojos.
Entre el portero y el conductor lograron meterla en la casa. A aquella hora
ya había algunos clientes, que miraron asqueados el extraño fardo que subían

Página 74
a cuestas por las escaleras. Algunas de las señoritas lo observaban con
reservas, otras con desaprobación. Solo unas pocas parecían apiadarse.
Marie, la criada, fue hasta ella sin entender nada.
—Avisa al doctor —le pidió Jane antes de que hablara⁠—. Dile que venga
lo más rápido que pueda.
La muchacha miró, estupefacta, a la pordiosera que la señorita pretendía
meter en sus habitaciones, pero no dijo nada.
Cuando entraron en el cuarto, Jane retiró las ropas de la cama, para que la
acostaran sobre sus delicadas sábanas de seda.
—Con cuidado.
El portero se mostraba ceñudo. Era consciente de lo que diría madame
cuando se enterara, y eso era algo que debía de estar sucediendo en ese
preciso momento.
Cuando su amiga estuvo acomodada, les pidió que las dejaran a solas.
Necesitaba quitarle toda aquella ropa sucia y quemarla cuanto antes, pues
estaría infectada de chinches y piojos.
Solo cuando el doctor le dijera en qué estado se encontraba, le daría un
baño. El agua caliente siempre sentaba bien. En ese momento, lo importante
era que descansara y que comiera algo.
Iba a salir hacia las cocinas cuando escuchó la voz de su amiga.
—¿De verdad eres tú?
Se tiró a los pies de la cama y la cogió de la mano.
—Marianne —fue lo único que pudo decir.
Ambas se miraron. En el pasado, habían sido más que hermanas. Dos
almas aventureras en una aldea donde les estaba todo prohibido. Con ella
aprendió a reírse de sí misma, y a no preocuparse por lo que aún no había
sucedido. También aprendió a soñar, y a descubrir el mundo más allá de los
límites de la posada.
—No es así como esperabas verme. —⁠El rostro de Marianne se desfiguró
en una triste sonrisa sin dientes.
Jane contuvo las ganas de echarse a llorar, porque eso apenaría aún más el
ánimo de su malograda amiga.
—No tienes que contarme nada. —⁠Le acarició el rostro⁠—. Descansa. Te
traeré algo de comer. Lo único importante es que te pongas bien.
—No he tenido suerte.
—Eso ha cambiado desde hoy.
Marianne intentó incorporarse, pero no tenía fuerzas para hacerlo. Ella la
calmó, poniéndole otra almohada donde recostarse.

Página 75
—Intenté ser una buena chica, te lo prometo. —⁠Apenas tenía fuerzas para
hablar⁠—. Pero me encapriché del hombre inadecuado.
Una tos húmeda acudió a su garganta. Jane le tendió un pañuelo.
—Necesitas un poco de agua.
Pero su amiga no la dejó irse, asiéndola de la muñeca.
—Al principio, todo iba bien —⁠continuó⁠—. Yo había logrado sacarle
unas cuantas monedas a mi padre, pero cuando se terminaron…, me
convenció para que encontrara dinero de otra manera.
Ya imaginaba cómo, de la misma manera en que ella lo obtenía, aunque
en peores circunstancias.
—Eso ya es pasado —intentó calmarla.
—¿Te avergüenzas de mí?
—Nunca —exclamó.
¿Cómo podía pensar eso? Posiblemente, aquella desdichada mujer era lo
más parecido a una familia que le quedaba en el mundo. Aunque hubiera sido
una asesina confesa, le habría dado la mano para subir al patíbulo.
Marianne volvió a sonreír, y le palmeó la mano.
—Mírate. Eres una princesa. Tú sí que has debido casarte con un conde.
Lo que yo te conté en aquella nota era mentira.
Una sonrisa amarga apareció en los ojos de Jane, pero su amiga volvió a
perder la conciencia, justo en el momento en que la puerta se abría a sus
espaldas. Era el doctor, acompañado por la criada. Solía atender a las
señoritas y cuidaba de que no enfermaran de los problemas vinculados a su
oficio.
Cuando el galeno vio a la mujer sucia y desmadejada que descansaba en la
cama, arrugó la nariz.
—Haga lo que sea necesario —⁠le rogó Jane⁠—. Cueste lo que cueste.
El hombre se lavó en el aguamanil, con el rostro ceñudo.
—Empecemos con agua caliente y algunas toallas.
Jane prefirió encargarse ella misma. Necesitaba respirar un poco de aire y
pensar cuál sería el próximo paso.
Bajaba las escaleras cuando se encontró con madame Margot, que
ascendía sujetándose su lujoso vestido, bella y elegante, como siempre.
—¿Es cierto lo que me han dicho? —⁠le preguntó.
—Es Marianne. —Como si eso lo excusara todo.
La madame la tomó del brazo para que ascendieran hasta el rellano
superior, lejos de la vista de los clientes.
—Este no es el sitio adecuado para una enferma, Jane.

Página 76
—Necesita mis cuidados.
No era una mujer desalmada, pero aquella casa tenía sus normas.
—Podemos llevarla a un hospital y encargarnos de que la traten bien.
—Nunca —fue tajante.
Durante un año, había soñado con encontrar a su amiga. La imaginaba
feliz, en un elegante palacio cercano a Saint James, y con un marido arrobado
que concedía cada uno de sus caprichos. No dejó de buscarla, hasta que se
convirtió en Calpurnia. Entonces, desistió, porque no quería avergonzarla ni
ponerla en el compromiso de recibir en sus salones a alguien como ella.
La realidad se mostraba bien distinta, y no iba a abandonarla en la
estacada.
Margot intentó hacerse comprender, obligándola a que la mirara.
—Jane, esto es un burdel. Nuestros clientes huyen de todo lo que tiene
que ver con lo que ella representa. Esa realidad ya la tienen en las calles y
algunos desgraciados incluso en sus casas.
Fue tajante.
—Si ella se va, yo me voy.
Margot la conocía bien. Le había enseñado todo lo que sabía. Y al igual
que se sentía orgullosa de en lo que se había convertido, también era
consciente de que su cabezonería era inamovible.
—¿Y dónde pretendes que se hospede?
—En mi habitación.
Madame abrió mucho los ojos.
—¿En la mejor de la casa? ¿Y dónde lo harás tú?
—En uno de los cuartos de abajo.
No pudo evitar un bufido de disgusto.
—Pequeños y ruidosos. Eso es lo que dijiste de ellos al principio.
Ahora fue Jane quien se le encaró. ¿Cómo podía ser que precisamente ella
no entendiera lo que sucedía?
—Lo que le ha pasado a Marianne puede sucedernos a cualquiera de
nosotras porque estamos indefensas.
—Aquí no. —Se defendió Margot—. Llevo toda mi vida protegiendo a
mis señoritas de finales como ese.
Estaba claro que no iban a llegar a buen puerto. Ni madame prescindiría
de Calpurnia ni ella iba a dejar que su amiga se pudriera en una sucia cama de
hospital.
Fue Jane quien decidió tornar la conversación.
—¿Querías decirme algo más?

Página 77
La madame se recompuso, y volvió a esgrimir su sonrisa hierática.
—Tu cliente está aquí.
A Jane se le escapó un bufido de disgusto.
—Lo último que me apetece es atender en estos momentos al conde
Telensky.
—Telensky ha cancelado su visita nada más irte. Asuntos de estado.
La observó con curiosidad, ya que Margot no solía concertar un encuentro
sin antes consultárselo.
—¿Entonces?
—No me he podido negar —se encogió de hombros⁠—. Es alguien
importante. Se trata del conde de Aston.

Página 78
Capítulo 14
Un encuentro desafortunado

Los clientes de posición no tenían por qué pasar al gran salón si así lo
pedían. Para ellos, la casa de madame Margot disponía de un saloncito
discreto, con un diván suficientemente cómodo como para acoger los goces
del amor si era necesario.
Henry lo recorría de arriba abajo, como si, en vez de encontrarse en una
estancia diseñada para el placer, lo hubieran encerrado en una sucia
mazmorra.
Su mayordomo le había dado la nota y la moneda nada más regresar de
atender sus negocios, aduciendo que se la había entregado una dama
distinguida.
Nada más leerla, a pesar de que no estaba firmada, supo que era de ella.
Desde que la noche anterior descubriera a Jane bajo su nuevo nombre,
Calpurnia, no había tenido un instante de paz.
Aquella muchacha se había convertido en una imagen recurrente en su
cabeza durante el último año, a la que acudía cuando le agobiaban sus tareas o
en la tranquilidad de su lecho.
Ignoraba por qué. Un joven y apuesto aristócrata estaba rodeado de damas
dispuestas a complacerlo, pero con Jane había sido diferente, a pesar de que
apenas habían cruzado un par de breves conversaciones.
Quizá por su arrojo, o por su absoluta belleza. El caso era que, un año
después de su encuentro casual en una recóndita fonda de caminos…, seguía
pensando constantemente en ella.
Era difícil de explicar lo que había sentido al verla descender aquella
escalera, como una diosa.
Por un lado, el mismo arrobo que todos aquellos hombres babeantes, pues
era difícil explicar el efecto que su presencia causaba. Pero por otro, se había
sentido indignado, como si haber abrazado aquel modo de vida hubiera sido
algo ideado únicamente para dañarlo.

Página 79
Miró el reloj que había sobre una cómoda. Los burdeles de Francia, que
conocía bien, no eran tan refinados como aquel. Lo más cabal era marcharse y
hacer lo que debió lograr hacía meses: olvidarla. Pero en vez de eso, dio una
nueva vuelta para, al final, leer una vez más la tarjeta que le había dejado Jane
a su mayordomo.
Creo haberle visto entre los asistentes a mi casa. Le ruego, milord, que no
vuelva a aparecer por aquí. Con esta moneda, quedamos en paz. Ni le debo ni me
debe nada.

Y él había hecho exactamente lo contrario, pedir que le enjaezaran un


caballo y salir al galope camino del burdel.
Cuando la puerta empezó a abrirse, se quedó petrificado en medio de la
sala, con la respiración contenida, y solo cuando la hoja se deslizó por
completo, ella hizo su aparición.
Sí, lo que aquella mujer causaba en él era difícil de explicar.
Se había podido cambiar antes de bajar, ya que el vestido que llevaba
había quedado completamente manchado. Era blanco, casi virginal, con un
escote discreto, aunque no tanto como para pasar desapercibido. El cabello
recogido con gracia. Pendientes ajustados en forma de camafeos, sin collares
ni pulseras.
Quien la viera aparecer podría antes confundirla con una vestal que con
una…
—¿No le han entregado mi nota? —⁠preguntó ella sin poder dejar de
mirarlo a los ojos.
Era el mismo apuesto capitán que conociera, aunque la gravedad de sus
nuevas responsabilidades había atemperado su carácter, volviéndolo más
taciturno.
A diferencia de otros caballeros de la nobleza, no llevaba peluca. Su
forma de vestir también era más discreta, prescindiendo de bordados y
encajes. Solo la calidad de los tejidos hacía ver que no era un hombre común.
Y su arrogancia. Y aquel porte decidido, viril, del que no podía apartar la
mirada.
Él dio un paso en su dirección, pero se detuvo, como si necesitara
mantener una distancia prudente entre los dos.
—¿Soy yo el responsable de que estés aquí?
Ella intentó que la tormenta que se estaba desatando en su interior por su
mera presencia no fuera perceptible.
—Nunca me prometió nada, así que su conciencia puede estar tranquila.
—Mi conciencia me es indiferente.

Página 80
Jane tragó saliva. ¿Por qué, entre todos los hombres de Londres, se había
ido a enamorar del único al que le era indiferente? No podía cometer el error
de perderse en el brillo oscuro de sus ojos. Decidió terminar cuanto antes,
quizá así…
—Entonces, podemos prescindir de los preámbulos —⁠le dijo, y empezó a
desatarse las cintas del vestido.
Henry apenas podía apartar la mirada de la manera en que sus delicados
dedos desataban los lazos, e iban dejando entrever ligeros retazos de piel.
Levantó una mano, porque sabía que si ella continuaba, no podría
detenerse.
—No he venido para eso —logró decir.
Jane lo miró con una ceja alzada.
—Si ha venido para hablar, será la charla más cara de su vida.
Él volvió a pasear de arriba abajo. Si sus ojos volvían a fijarse en la
sombra oscura de su escote, en aquella hendidura que habían dejado al
descubierto las lazadas sueltas, estaría perdido.
—Aquella noche —empezó a decir sin mirarla⁠—, cuando viniste a
buscarme…
—No necesito explicaciones. Mis clientes nunca lo hacen.
—Ya te he dicho que no soy un cliente.
—Tampoco un amigo.
Volvieron a enfrentarse. El rubor había aparecido en las mejillas de Jane,
aunque él no supo si era de deseo o de indignación. Sus ojos volaron hacia sus
labios, rojos, jugosos, creados para besar y ser besados.
—Acababa de enterrar a mi padre —⁠logró articular⁠—. Salí detrás de ti
inmediatamente, pero ya te habías marchado.
Ahora fue ella quien bajó la cabeza. Aquel hombre había ocupado cada
uno de sus pensamientos desde que se vieron por primera vez, y ahora lo tenía
delante, y no tenía ni idea de qué hacer.
—¿Para qué has venido? —le preguntó, muy seria, prescindiendo del
tratamiento que se debía a un noble.
Él logró dar un nuevo paso en su dirección.
—Quería saber si estabas bien. Si todo esto…
—¿Has pensado alguna vez en mí en todo este tiempo? —⁠lo interrumpió.
Necesitaba saber si todo había sido un lamentable error, si lo que su
cabeza había confabulado no era más que un espejismo, como los que se ven
en el mar los días de verano.
El rostro de Henry parecía atravesado por el dolor, también por el deseo.

Página 81
La miró de arriba abajo. Cada curva era un pecado. El tono de su piel era
un pecado. El brillo de sus ojos, la jugosidad de sus labios.
—¿Así es como lo haces? —le preguntó⁠—. ¿Así logras que se vuelvan
locos por ti?
—Una mujer sin recursos y de la peor extracción solo tiene dos salidas; o
servir como una esclava, o intentar sobrevivir.
De nuevo, avanzó hacia ella. Esa vez fue capaz de detenerse tan cerca que
solo necesitaba respirar para tocarla.
—Si quisieras abandonar esta vida, yo…
Ella no pudo evitar soltar un leve bufido.
—¿Me acogerías en tu casa como sirvienta?
—Sí, si es lo que deseas.
Al parecer, no había captado su cinismo.
—Así podrías venir a mi cama por las noches —⁠añadió Jane.
Henry la miró, desconcertado.
—Yo no…
Pero ella se humedeció los labios, avanzó el breve paso que los separaba y
lo besó.
No se resistió. Tampoco hubiera sido capaz de hacerlo.
Cuando los labios de la mujer impactaron sobre los suyos, de una manera
tan delicada que casi le pareció imposible, todo lo que le rodeaba desapareció.
No recordaba un tacto así. Tampoco una jugosidad como aquella. Fue un roce
breve, apenas unos instantes que acabaron con la lengua femenina acariciando
la comisura de su boca.
Ella se apartó como había llegado, y dio un paso hacia atrás.
—No conozco otra manera que esta de hacer lo que deseo la mayor parte
de mi tiempo sin morirme de hambre.
A él le dolió la ausencia de contacto. Fue como si le hubiera enseñado la
antesala del Olimpo para arrojarlo a continuación a un reino de tinieblas. Se
limpió la boca con la manga de su casaca, como si intentara olvidar lo que
acababa de suceder.
—Pero el tiempo que no te pertenece —⁠le dijo, herido⁠— lo pones en
manos del mejor postor.
Ella se recompuso el vestido.
—Lo que no tendría que preocuparte.
Henry buscó su sombrero, y se lo encasquetó.
—Ha sido un error venir.
—Te lo he dejado por escrito.

Página 82
—Y fue un error conocerte.
Ella lo miró con ojos encendidos.
—¿A una pobre aldeana deslumbrada por un arrogante capitán?
—A una mujer hermosa —la encaró⁠—, de la que una vez llegué a pensar
que podríamos ser amigos.
Lo besaría de nuevo, pensó Jane. Le arrancaría esa sobria casaca y le haría
el amor sobre los mullidos almohadones. Eso era lo que deseaba su alma, pero
su cabeza le había dejado claro que sería un error irremediable.
—Si no quieres mis servicios, será mejor que te vayas —⁠intentó herirle⁠—.
Me esperan.
Él entrecerró los ojos. Parecía realmente furioso.
—Sí, venir ha sido un gran error.
Y, sin mirarla, salió de la estancia dando un portazo.
Jane sonrió, aliviada, antes de que, sin explicación alguna, sus ojos se
llenaran de lágrimas.

Página 83
Capítulo 15
Algo inesperado

Madame Margot arrugó la nariz cuando supo que el flamante conde de


Aston se había marchado sin más y, a pesar de que dejó una buena suma por
las molestias, no era nada comparable con lo que hubiera pagado si su cita se
hubiera desarrollado como se esperaba.
—Jane, tenemos que hablar. —⁠Intentó detenerla mientras esta subía,
alterada, las escaleras.
—En otro momento. —La esquivó—. Tengo que ver cómo se encuentra
Marianne.
Si bien era cierto que esa era su principal preocupación, también intentaba
evitar que madame viera sus ojos enrojecidos por el llanto.
Hablar con Henry, después de tanto tiempo, había sido más doloroso de lo
que esperaba. Estaba casi convencida de que el paso de las estaciones había
sellado las viejas heridas porque… ¿cómo era posible que su corazón latiera
así en su presencia cuando apenas se habían encontrado en el pasado un
puñado de veces?
Se estaba limpiando los restos de lágrimas de las mejillas cuando la puerta
de su dormitorio se abrió.
El doctor parecía preocupado. Se conocían desde que llegó. Era un
hombre amable, no hacía preguntas incómodas y era juicioso con sus
recomendaciones. La mayoría de las señoritas lo tenían en gran estima, sobre
todo, porque se sabía que lo que ganaba atendiéndolas lo dedicaba a curar a
las menos afortunadas, las que vendían su cuerpo en las esquinas de los
callejones, expuestas a todo.
—¿Cómo se encuentra? —le preguntó nada más verlo.
El galeno cerró despacio para no hacer ruido.
—Te mentiría si te dijera que albergo esperanzas. Está desnutrida y muy
desorientada. Lo que más me preocupa es la fiebre. Cualquiera sabe desde
cuándo está así.

Página 84
—Pero si la cuidamos…
El médico no solía dar vanas esperanzas, pero tampoco había visto nunca
tan preocupada a la mítica Calpurnia.
—A veces es demasiado tarde.
Ella asintió. Estaba convencida de que Marianne saldría de aquella,
recuperaría su lozanía y, quizá, juntas podrían abrir una tienda elegante en el
Strand, donde las damas de mejor cuna acudieran a comprar guantes
perfumados y cintas de colores.
—Haga lo que esté en su mano —⁠le rogó⁠—. Cueste lo que cueste.
El hombre asintió.
—Le he dado una infusión de amapola. Debería estar durmiendo hasta
mañana. Volveré a primera hora, pero llámame si empeora.
Preocupada, entró en la habitación intentando no hacer ruido.
Marianne parecía un espectro de ella misma, consumida, con la piel
apergaminada y un tono amarillento que partía el corazón.
Se sentó a su lado y le tomó, con cuidado de no despertarla, la mano. No
quería ni imaginar por lo que habría pasado, un destino que se hubiera
asemejado mucho al suyo si madame Margot no la hubiera encontrado aquella
noche cuando volvía de atender a un cliente.
Sí, con buena comida, descanso y los cuidados del buen doctor, en breve
volvería a ser quien fue, y juntas recuperarían la alegría.
Unos golpes suaves en la puerta le hicieron alzar la cabeza. Esta se abrió
suavemente para dejar pasar a la dueña de aquella casa.
—¿Cómo se encuentra? —preguntó madame en voz baja.
Jane se lo agradeció, aunque supuso que venía a pedir explicaciones.
Sabía que su rectitud era la que permitía que todo aquello funcionara, que
estuvieran a salvo y que pudieran mantener cierta dignidad.
—Es fuerte —sonrió—. Seguro que se pone bien.
La madame no se atrevió a acercarse a la cama. La enfermedad asustaba y
aquella era una casa donde el miedo no tenía cabida.
—He pedido que te preparen la mejor habitación de la planta inferior. Aun
así, es angosta y llena de ruidos.
Era cierto que cuando su fama empezó a extenderse, había pedido que la
sacaran de aquellos cuartos oscuros. Era curioso cómo ahora lo agradecía,
para que su amiga se recuperara en la confortabilidad de aquella habitación
espaciosa y ventilada.
—Te lo agradezco de corazón.
—Le diré a Marie que la vele mientras tú trabajas.

Página 85
—En este momento no tengo…
Iba a decir que en aquel momento no esperaba a cliente alguno, cuando la
expresión en el rostro de Margot le hizo ver que algo sucedía.
—Ha regresado.
Jane la miró con ojos entornados porque no entendía a qué se refería.
—¿Quién?
La dama bajó un poco más la voz, como si pronunciarlo pudiera ser
doloroso.
—Aston. Está aquí —le dijo—. Ha pagado por adelantado.
Jane parpadeó varias veces, como si no llegara a entender el significado
de aquellas palabras.
—No puede ser.
Margot sí se acercó a ella en esa ocasión, sin dejar de mirarla a los ojos.
—¿Qué hay entre vosotros?
Jane se apartó como si la estuviera amenazando con algo punzante.
—Nada, te lo prometo.
Los ojos de la madame mostraban preocupación. Llevaba muchos años
sobreviviendo y había visto la desdicha de muchas mujeres como ella.
—Sabes que la única regla que nos separa de la desgracia es…
—No enamorarnos —terminó Jane.
Siempre se lo había recordado. Como mujeres, no tenían derecho a nada.
Ni siquiera en un juicio serían escuchadas si quien estaba al otro lado era un
hombre. Lo único que las salvaba de la desgracia radicaba en controlar
quiénes eran, y la forma de lograrlo era desterrando el amor de su corazón.
—¿Puedo quedarme tranquila? —⁠le preguntó.
Jane asintió, intentando ser convincente no solo para la dama, también
para ella misma.
—Es solo uno más. Te lo prometo.
No la creyó. Había algo brillante y cálido en el corazón de una mujer
enamorada que era imposible de ocultar. Aun así, le sonrió.
—Entonces, baja, atiéndelo y olvídate de él.
Jane lanzó una última mirada a su amiga para asegurarse de que seguía
dormida y salió de la habitación.
Mientras bajaba las escaleras, su corazón se asemejaba a un potro
desbocado. Ignoraba qué le había hecho cambiar de opinión, y más aún dar un
paso en aquella dirección.
Cuando abrió la puerta de la estancia, Henry se encontraba allí, de pie,
con las manos en los bolsillos y la mirada torva.

Página 86
Estaba muy serio, también muy pálido, y sus ojos se clavaron en los de
ella de inmediato.
Jane tuvo que apartarlos, porque aquella mirada oscura y bella le acababa
de arrancar el rubor en las mejillas.
—Creí que habías decidido que conocerme había sido un grave error —⁠le
dijo, cerrando la puerta tras de sí y ubicándose en el centro de la sala.
Él la miró de arriba abajo, y fue algo que su piel sintió como si la
acariciara, hasta el punto de desatarle un escalofrío.
—Y estoy convencido de ello —⁠respondió.
—¿Por qué has vuelto entonces?
Él dio un paso en su dirección, y luego otro.
—Porque quiero comprobar que no me pierdo nada olvidándote.
Y llegó hasta ella, la tomó por la cintura y la acercó a su cuerpo, despacio,
como si necesitara que cada fibra de su piel se acostumbrara al tacto.
Cuando Jane sintió aquel corazón fuerte bombeando junto al suyo, cuando
las manos del hombre subieron por sus caderas, cuando los labios de Henry
buscaron los de ella, supo que lamentaría aquel encuentro.
El beso, que empezó como una caricia, pronto se volvió furioso. Los
labios de Henry la buscaban, la devoraban, intentando consumar lo que tantas
veces había imaginado, mientras sus manos ascendían por el vestido,
abarcaban sus pechos y uno de sus dedos indagaba en la abertura del escote,
acariciando lentamente la piel expuesta.
Dar placer a los hombres era a lo que se había dedicado en el último año,
sin embargo, pocas veces se lo devolvían, aunque ella fingía que cada uno de
aquellos encuentros era inolvidable.
Pero aquel roce con el cuerpo masculino, aquellas caricias casi enfadadas,
le arrancaban tantos ramalazos de placer que se sentía confusa por ceder a
ellos, por perder el control, por no ser ella la que tomaba la iniciativa.
Cuando las manos de Henry hurgaron bajo sus faldas hasta dejarle las
piernas expuestas, y subieron desde las rodillas por la cara interior del muslo,
ya era incapaz de contener los gemidos y de apartar la boca de la suya.
Quien los viera podía pensar que era una disputa, aunque con prestar un
poco de atención hubiera podido comprobar que ambos estaban encendidos
por una pasión que no podían apaciguar, y estaría seguro de que aquel
encuentro marcaría cicatrices en el corazón de ambos.
Con una brusquedad no exenta de cuidado, la arrojó al diván, donde el
delicado vestido quedó desperdigado, dejando expuestas sus largas y

Página 87
torneadas piernas enfundadas en medias de seda rosada, tan arriba que su
intimidad quedaba desprotegida.
El rostro de Henry estaba transfigurado por el placer y el deseo, y se
mostraba aún más hermoso, más viril, entregado por completo.
Cuando él trasteó con las cintas de su calzón incapaz de apartar la boca de
sus labios, la lengua de la suya, los dedos de aquel pecho que apenas había
podido liberar del corpiño, parecía tan nervioso como un adolescente que se
entrega por primera vez a la pasión.
Cuando consiguió quedar libre, se dirigió hacia ella, ansioso, hasta que
fue acogido, despacio, ardiente, hasta quedar dentro.
En ese instante, Jane era consciente de que nunca había sentido algo así.
Lo había imaginado, sí, mientras el agua caliente de su baño la amparaba y
ella pensaba en él. Pero no era consciente del placer que podía destilar un
juego amoroso con el ser amado.
El balanceo comenzó de inmediato. Con una cadencia tan deliciosa que su
vista se nubló varias veces, mientras era travesada por un oleaje salvaje,
arrollador, que inflamaba cada cúspide de su cuerpo, incansable, hasta hacerle
perder todo contacto con lo que la rodeaba.
No fue capaz de apreciar cuánto duró todo aquello.
En algún momento, Henry boqueó sobre sus labios. Su garganta emitió un
gemido ronco, y sus caderas se adhirieron a las de ella con fuerza.
Solo cuando cayó sobre su vestido, supo que había terminado. Para
entonces, ella ya estaba desmadejada, arrasada por varios éxtasis que le
habían provocado sensaciones inexploradas.
Abandonada al placer, sin control sobre su cuerpo, se quedó inmóvil
mientras su cabeza intentaba encontrar una explicación cabal a lo que había
sentido. ¿Era aquello? ¿Aquello era de lo que tanto la había advertido
madame?
Henry se puso de pie, despacio, y se subió los calzones, sin poder apartar
los ojos de ella. Mostraban una expresión aterrada, como si hubiera
descubierto de pronto algo espantoso.
Con la casaca arrugada y la camisa abandonada alrededor, sin cruzar una
sola palabra, se dio la vuelta y salió de la estancia, dejándola a solas.
Y mientras abandonaba el prostíbulo, fue consciente de que estaba
perdido, quizá para siempre.

Página 88
Capítulo 16
Un nuevo comienzo

Habían pasado tres semanas y no había vuelto a saber nada de Henry.


La última imagen que tenía de él era terrible: su rostro perplejo, mirándola
boquiabierto tras yacer entre sus brazos. ¿Acaso había sido una experiencia
tan desagradable? Porque nada en él, mientras la ejecutaba, hablaba de eso.
Jane había puesto todo su empeño en olvidarlo, pero no era tarea fácil. A
veces, se descubría en brazos de otros hombres rememorando la pasión de
aquel breve instante, y el mismo fuego que la había abrazado entonces acudía
a su piel. Otras, sucedía de repente, mientras la peinaban o cuando atendía a
Marianne, de quien intentaba no separarse a cada momento que tenía
disponible.
Madame Margot se encontraba muy preocupada con todo aquello.
La bella Calpurnia no solo estaba retraída, sino que la embargaba un halo
triste que no podía disimular, y que en nada era conveniente para el negocio.
Aquella noche habían discutido. Margot se empeñaba en aducir que todo
era por culpa del conde de Aston, ya que desde el instante mismo en que
apareció, Jane había cambiado. Ella se defendía argumentando que no era
cierto, que solo lo había atendido una vez y había sido decepcionante para
ambos.
—Tus ojos —dijo madame.
Ella se llevó una mano a la mejilla, sin comprenderla.
—Son los de una mujer enamorada —⁠apuntilló⁠—, y en nuestra profesión
eso es una gran desgracia.
Sin más, se había dado la vuelta y dejado sola al pie de la escalera, ya que
no lograba que su pupila comprendiera la dimensión del infortunio en el que
se hallaba inmersa.
Era temprano y no había clientes, pues los últimos de la noche habían
abandonado el burdel con las claras del día.

Página 89
Jane, abatida, fue a ver a Marianne antes de acostarse, como cada mañana,
a pesar de que se levantaría temprano para hacerle ella misma comer algo.
La encontró inquieta, aunque permanecía con los ojos cerrados.
Cuando le puso la mano en la frente, se asustó. Estaba tan caliente que la
retiró de inmediato.
—¡Marie! —gritó desde la puerta⁠—. Avisa al doctor.
El galeno le había advertido de que debían mantener la temperatura a
raya, pues todo indicaba que la joven desdichada estaba aquejada de una
enfermedad pulmonar, posiblemente, debida a tantas noches expuesta a la fría
intemperie.
Mientras la criada bajaba las escaleras a toda prisa para atender sus
órdenes, ella se puso de rodillas y le palmeó el rostro para que despertara.
—Quédate conmigo —le rogó—. Quédate conmigo.
Fuera se oía el murmullo de las otras señoritas, a quienes no les habría
pasado desapercibido todo aquel alboroto.
Cuando Marianne abrió los ojos, mucho después, estaban brillantes y
febriles, aun así, le sonrió, pero ese intento fue abortado por un ataque de tos.
—Pro-prométeme una cosa —consiguió articular cuando los espasmos se
calmaron⁠—. Cuando ya no esté…
—No digas sandeces. —Le apretó la mano, intentando que las lágrimas
que nublaban sus ojos no se derramaran⁠—, es solo una mala noche. Cuando el
doctor te vea…
Su amiga volvió a sonreír con aquella mueca sin dientes, que en nada se
parecía a la mujer bella y exuberante que había sido.
—Tú y yo sabemos que no es así.
—No —apenas murmuró Jane, que se negaba a aceptar lo que decía.
Marianne, con enorme esfuerzo, logró tomarle la otra mano.
—Prométeme que lo sacrificarás todo para ser feliz.
—Las dos juntas —la apremió su amiga.
Otro golpe de tos.
—Prométemelo —insistió.
No le dio tiempo a hacerlo, porque de nuevo cayó en un duermevela que
se acentuó cuando su respiración se volvió agitada.
Cuando llegó el galeno, se encontró a Jane de rodillas, abrazada a su
amiga, con el rostro surcado de lágrimas. En la puerta, sin atreverse a entrar,
seguían madame y el resto de señoritas, que habían escuchado sus gritos y
esperaban lo peor.

Página 90
Consiguieron sacarla, aunque ella se resistía, y madame se sentó a su lado,
junto a la puerta de la habitación, sin dejar de acariciarle la mano.
Aún no era mediodía cuando el viejo doctor anunció su fallecimiento.
No había recuperado la conciencia y, según él, se había ido en paz.
Alguien dijo algo referente a la ausencia de un sacerdote, pero nadie
contestó: las mujeres como ellas estaban condenadas, y ningún eclesiástico
acudiría allí a dar una extremaunción.
Las dos semanas siguientes fueron terribles.
Jane gastó todo lo ahorrado en un entierro honorable, en comprar la
tumba, un ataúd de la mejor calidad y en pagar unas exequias dignas de un
mercader.
Después, cayó en una tristeza inabarcable de la que era imposible sacar, y
que tenía terriblemente preocupada a madame.
La quinta semana, alguien llamó a su puerta.
Jane apenas se movió del lecho, del que raramente salía. Tanto Marie
como madame entraban sin más para ver cómo se encontraba y qué
necesidades tenía.
Ella no dijo nada, seguro que quien fuera se largaría. Pero no fue así, y la
puerta terminó abriéndose para que una forma oscura se dejara ver en la
penumbra.
—¿Te importa si abro las ventanas?
Jane reconoció la voz, lo que confirmó su silueta cuando las pesadas
cortinas fueron descorridas y la alegre luz de la tarde lo llenó todo. Era
Charles Milford, uno de sus clientes más fieles, que había conseguido una
fortuna explotando plantaciones de caña en el Caribe.
Ella se volvió para darle la espalda.
—No quiero ver a nadie.
—Pero yo sí quería verte a ti.
El hombre, elegante y apuesto, se sentó en una silla junto a la cama. Ella
se incorporó lo justo para hacerse visible.
—Quizá en otro momento —intentó explicarle.
Pero el hombre no se movió. Parecía no sentirse contrariado por el
lamentable aspecto que debía mostrar, sin peinar ni arreglar, con el cabello
enmarañado y la piel pálida.
—Me han contado lo de tu amiga —⁠le dijo el caballero⁠—, y quiero que
sepas que lo lamento.
Ella se limpió la nariz, sin ningún miramiento, con el puño de su camisón.
—No la conocías.

Página 91
—Pero si era querida para ti, seguro que lo sería para mí.
Le agradecía su cortesía. Ninguno de los hombres a los que había
consolado tuvieron la deferencia de acercarse, y, sin embargo, creyó recordar
que la elegante figura de Milford estaba entre los escasos asistentes al funeral.
—¿Por qué has venido? —Al fin, se sentó en la cama⁠—. Como ves, no
soy la mejor compañía.
Él chasqueó la lengua. A pesar de no pertenecer a la nobleza, era un
hombre que podía tenerlo todo: rico, atractivo y de exquisita educación.
Ignoraba qué hacía allí.
—Ha llegado la hora de que hagas algo por esa amiga tan querida que nos
ha dejado.
Jane no sabía a qué se refería.
—¿Hacer qué?
El señor Milford enseñó las palmas de las manos, como si fuera evidente.
—Vestirte y acompañarme.
—Yo no…
No la dejó terminar. Se puso de pie y se quitó una inexistente pelusa de la
casaca.
—Te esperaré abajo —sonrió—. Lo haremos por Marianne.
Cuando la dejó sola, su presencia fue sustituida por la hacendosa Marie.
La ayudó a salir de la cama, la lavó con abundante agua jabonosa y un
paño limpio, y la vistió con uno de sus vestidos más discretos, ya que no
contaba con ropa de luto, uno gris oscuro atado al pecho con austeros lazos de
seda negra.
Para poder peinarla, tuvo que espolvorearle polvos de cáscara de nuez que
arrastraran la suciedad, y logró un impecable tocado que terminó con un
adorno de azabaches.
Lo último que Jane tenía era ánimo, pero al verse en el espejo, hermosa y
discreta como una viuda, hizo que algo agradable volviera a anidar en su
corazón.
Como había dicho, Charles la esperaba abajo y la acompañó del brazo
hasta su carruaje.
Durante el trayecto, tuvo la gentileza de no hablarle. Estaba de luto y las
cortinas de la carroza debían estar echadas.
Al detenerse los caballos y abrir la puerta el palafrenero, no supo dónde
estaba.
Cuando descendió, vio que era una calle agradable, de edificios bien
proporcionados y amplios, que contaban con una acera empedrada, separada

Página 92
de la tierra batida por donde transitaban los carruajes.
—¿Vives aquí? Porque hoy no…
Quería decirle que no iba a atenderlo de la manera en que él estaba
acostumbrado, pero el hombre simplemente sonrió y volvió a ofrecerle el
brazo.
Con cierta cautela, se lo tomó, y juntos ascendieron hasta el segundo piso,
por unas escaleras amplias, de piedra blanca y pasamano de madera encerada.
El hombre llamó a una de las dos puertas que había a cada extremo, y al
instante la abrió una muchacha vestida de criada, que les hizo una reverencia.
Él le cedió el paso y ella se lo agradeció. Tras el recibidor, había un bonito
salón decorado a la moda, con rocallas en las yeserías del techo y paredes
enteladas de un verde vivo. El mobiliario estaba tapizado del mismo color, y
no faltaba nada.
Lo miró sin comprender. Él le indicó que viera lo demás: dos dormitorios,
uno de ellos con una gran cama, un gabinete donde había un pianoforte y un
secreter, y un cuarto para el servicio al otro lado de la cocina.
—¿Es tu nueva casa? —le preguntó, pues era grande y luminosa, y estaba
en una buena zona de la ciudad.
Él se metió las manos en los bolsillos y la observó con una sonrisa en los
labios antes de hablar.
—No —le dijo—. Es tuya. Es mi regalo para que te sientas mejor.
A pesar de haberlo entendido, le costó trabajo asimilarlo.
—¿Mía?
Charles fue hasta ella, y la tomó de los brazos.
—He hablado con madame. —⁠Esa decisión no hubiera podido tomarla sin
su permiso⁠—. Me gustas demasiado como para soportar compartirte con
otros. Si lo deseas, si así lo quieres, múdate aquí y empieza una nueva vida.
Margot me ha dicho que te enviará a Marie para que sea tu criada personal,
así te sentirás acompañada. Solo me recibirás a mí, y únicamente cuando yo
tenga un momento libre para correr hacia ti.
Tener a Marie a su lado le gustaba. Era una mujer callada, pero de
absoluta confianza.
—¿Y qué haré durante el resto del tiempo? —⁠Porque era lo único que de
verdad le preocupaba.
La sonrisa de Charles fue deliciosa.
—Vivir.

Página 93
Capítulo 17
Una corte peligrosa

—¿ Quería verme, madre?


La condesa viuda de Aston le indicó a su hijo que tomara asiento a su
lado.
Se veían poco, a pesar de que residían en la misma casa. Y no era porque
la mansión fuera enorme, que lo era, sino porque Henry apenas salía de su
despacho, y cuando lo hacía, era para desaparecer durante días, sin dar señales
de vida.
—¿Eso de la ceja es una herida?
Se refería a una cicatriz que la partía en dos. Había tenido un
encontronazo en una taberna, donde un malnacido soltaba comentarios soeces
sobre la prostituta más admirada de la ciudad. A él le había acertado en uno
de sus puñetazos, pero el otro se había llevado varias costillas fracturadas.
Se la tocó. Ya no le dolía.
—Está medio curada.
Su madre parecía preocupada. Había una expresión en su rostro, por lo
habitual sereno, que en su presencia se volvía inquieto.
—¿Eres feliz, hijo?
No era habitual que ellos tuvieran ese tipo de conversaciones. Esta se
ceñía a la marcha de las tierras de labranza, a las novedades de la sociedad, de
la que la condesa se mantenía apartada, y a curiosidades sobre caballos de los
que era gran amante.
Henry se encogió de hombros.
—Supongo que sí.
Ella le tomó una mano.
—Antes, cuando volvías de tus batallas y refriegas, parecías un hombre
alegre.
—Quizá la vida acomodada no vaya conmigo.
—O puede ser otra cosa.

Página 94
No, no le gustaba la dirección que estaba tomando aquella conversación.
Su madre era una mujer prudente que nunca se metía en nada. Aquel interés
repentino sobre su felicidad era del todo inquietante.
—¿Estamos hablando con enigmas, madre? —⁠Intentó que no se
evidenciara su malhumor⁠—. Porque no es habitual en usted.
—Nosotras conocemos a los hijos que hemos parido, y sé que aquello que
te carcome por dentro no tiene que ver ni con tu dignidad ni con esta casa.
A Henry se le escapó un bufido.
—Ni hay nada que me carcoma ni recuerdo haberme quejado.
—He visto esa expresión de tu rostro otras veces, y siempre ha tenido que
ver con una mujer.
Por un instante, no contestó. ¿Tan evidente era? ¿Tan visible el estrago
que sentía por dentro?
Desde aquella noche en el burdel, cuando egoístamente había acudido a
los brazos de Jane como otro más de sus clientes, no había podido sacársela
de la cabeza.
Lo que esperaba que fuera un desengaño, una más, se había convertido en
la experiencia más luminosa de su vida, en algo inolvidable, a pesar de su
fugacidad y escasas maneras.
Desde entonces le afectaba. Que Jane estuviera en brazos de otros, que
cobrara por ofrecer su cuerpo, que la vida la ultrajara, que no fuera una mujer
con la que él pudiera tener tratos.
Pero nada de aquello podía contarle a su madre, como a nadie.
Se puso de pie, y se abrochó la sobria casaca.
—¿Necesitas algo más? Tengo que repasar algunas cuentas.
La dama vio que se le escapaba, como ya había esperado, y alzó una
mano.
—Quiero pedirte un favor.
Él asintió.
—Por supuesto.
—Llévame a la Corte.
Aquello sí que era del todo inesperado. Solo recordaba haber oído halagos
de Saint James en su juventud, porque sus padres pronto se retiraron de los
fastos reales, a los que únicamente acudían cuando era imposible una excusa,
como el nacimiento de un retoño principesco o las onomásticas reales.
—Hace años que no la frecuenta, madre —⁠exclamó, con ojos entornados.
—Quizá por eso quiero ver cómo están las cosas.
No podía negárselo. Su madre jamás le pedía nada.

Página 95
—De acuerdo —carraspeó—. El día que le convenga, yo…
—Quiero que sea ahora.
La miró, boquiabierto.
—¿Ahora?
La condesa aleteó una mano en dirección a su apariencia.
—¿Crees que siempre visto así?
No se había fijado, pero era cierto que su madre llevaba un vestido de
corte. Discreto, eso sí, pero con todos los elementos necesarios para
presentarse ante el Rey: bordados, cintas, seda y encaje.
—Es apresurado —atinó a decir.
La condesa se puso de pie con dificultad.
—He dado orden de que enganchen los caballos y lustren nuestro escudo
en la portezuela. El coche y los palafreneros nos esperan —⁠Miró a su hijo de
arriba abajo⁠—, y tu aspecto es admirable.
No supo qué decir, así que no le quedó más remedio que acceder.
Malhumorado, le tendió el brazo a su madre y juntos descendieron por las
escaleras.
La carroza estaba engalanada como en los mejores tiempos. En la Corte
era importante marcar bien las precedencias, los elementos que colocaban a
cada noble en su lugar justo, un marqués por encima de un conde y este por
encima de un barón. En el caso de los Aston, eran pares del Reino, así que su
dignidad era similar a la de un duque y así debían ser tratados.
Durante el viaje, no hablaron. La condesa mostraba un mutismo extraño,
ya que, sin ser una mujer parlanchina, tenía aquella antigua educación con la
que sabía llenar momentos vacíos con una conversación banal.
El carruaje les dejó a las puertas de Palacio, y los sirvientes se encargaron
de abrir la portezuela, colocar la escalerilla y ayudar a la anciana dama a
descender. Empezaba el espectáculo, y cada actor debía representar su papel.
Saint James ya era un palacio anticuado, pero los Hanover lo mantenían
como residencia oficial, a pesar de la falta de lustro en comparación con otros
palacios europeos.
En cuanto el conde de Aston y la condesa viuda hicieron acto de presencia
en los salones oficiales, empezaron las murmuraciones.
El joven aristócrata era muy reprochado porque apenas cumplía con su
obligación de ponerse diariamente al servicio del Rey, y sobre la anciana
dama todos sabían que ya no formaba parte de la Corte. ¿Qué hacían allí
entonces?

Página 96
El protocolo podía llegar a ser agotador. A cada estancia que atravesaban
había que seguir las reglas: si había damas de menor rango, debían levantarse
y hacerles una reverencia. Si, por el contrario, se cruzaban con alguien de la
familia real, eran ellos los que debían postrarse hasta recibir la indicación de
dejar de hacerlo, y solo podían dirigírseles si estos lo habían hecho antes.
Con las personas de la misma posición, una ligera inclinación de cabeza
era suficiente. Pero todos estos protocolos hacían que la marcha hasta los
aposentos reales, que era el lugar que les correspondía por título, fuera muy
lenta.
En la antesala, una dama madura y de nariz afilada les hizo una
inclinación. Su anillo ducal indicaba que no era su obligación hacerla, lo que
en lenguaje de la Corte significaba complicidad, y los obligaba a presentarle
sus respetos.
Ya iban a dirigírsele, Henry con el rostro gris de malhumor, cuando un
caballero corpulento e impecablemente vestido vino a su encuentro.
Nada más reconocerlo, tanto su madre como él se postraron. Se trataba del
príncipe Guillermo Augusto, el hijo preferido del monarca, a pesar de no ser
su sucesor. Había sido el vencedor en Cumberland y comandante en jefe en
los tiempos en que Henry sirvió en el ejército. De hecho, los unía una gran
amistad desde entonces.
El príncipe tomó la mano de la anciana dama y la besó.
—Señora.
—Alteza.
Los miró a ambos, y a él le palmeó la espalda.
—Es una bendición verla en la Corte.
La condesa se lo agradeció y miró alrededor.
—Aunque veo que apenas conozco ya a nadie.
Guillermo estuvo de acuerdo.
—Henry tendría que traerla más a menudo, apenas se deja ver por aquí.
El Rey se lo había advertido en dos ocasiones, y contradecirlo no era
bueno. Pero no se sentía cómodo en aquel ambiente donde todo tenía un doble
significado y una triple lectura, y las relaciones eran tan vacías como una
naranja picada.
—Echo de menos los días de campamento —⁠se quejó.
El príncipe soltó una carcajada.
—Te aseguro que esto es mucho más peligroso que la primera línea del
frente —⁠dijo en voz baja.

Página 97
Intercambiaron algunas formalidades más. Entretener a alguien de la
familia real más tiempo del habitual era algo de muy mal tono, pero la
condesa tenía una curiosidad.
—¿Quién es ahora la dama más influyente? En mis tiempos, recuerdo que
era lady Malborough.
Guillermo no lo dudó.
—Me temo que ahora es la duquesa de Sausson.
—¿Y por qué lo teme?
El príncipe bajó una vez más la voz.
—Su lengua es más peligrosa que un cañón bien apuntado.
En todas las épocas había alguien como ella, ya fuera hombre o mujer,
que conformaba un partido sólido, con un grupo de fieles que le
acompañaban, y que dirigían las opiniones de lo que era correcto e incorrecto
en la Corte.
—¿Me la podría presentar? —⁠preguntó la condesa, y Henry la miró como
si se hubiera vuelto loca, ya que no había nada más contrario en su carácter
que aquello⁠—. Mi madre decía que en la Corte no se es nada si no se conocen
a las personas adecuadas.
Guillermo no pareció darse cuenta de la expresión ofuscada en el rostro de
su amigo.
—Sabio consejo —alabó—, pero creo que ya se han saludado.
Levantó una mano en dirección a una dama que no había perdido detalles
de la conversación, a pesar de encontrarse en el otro extremo de la sala.
Estaba muy bien acompañada por un grupo de mujeres, de las que era el
centro. Era la misma que les había ofrecido la reverencia, y a la que iban a
agradecérselo antes de que llegara el príncipe.
Esta se acercó de inmediato, con una sonrisa cortesana en los labios y una
curiosidad enorme, que delataba el brillo de sus ojos.
—Mi querida Catalina —la presentó Guillermo⁠—, ¿conoces al conde de
Aston y a su madre?
La mujer los miró a uno y a otra, de aquella manera que solo se veía en la
Corte y que era una mezcla de curiosidad y aprensión.
—He oído hablar de usted —le dijo a Henry, pero fue la condesa quien
respondió.
—Mi hijo ha sido un capitán victorioso a las órdenes del príncipe.
—Y un hombre de mundo en Francia —⁠añadió la duquesa⁠—, según tengo
entendido.

Página 98
Parecía que toda la atención de la mujer estaba centrada en el flamante
conde, de quien no dejaba de apreciar todos los detalles. Pero la condesa
viuda sabía bien para qué estaba allí.
—Precisamente por eso estamos aquí —⁠alzó la voz, para que se
sobrepusiese sobre las demás⁠—. El conde ha decidido asentar la cabeza y
buscar una esposa. ¿Cree usted que le será difícil concertar un matrimonio a
su altura? En mi época, eso lo hacían las abuelas, pero ya no nos queda nadie
a quien recurrir.
La mujer, esa vez, sí centró toda la atención sobre la anticuada dama, que
se había convertido de inmediato en un reluciente tesoro.
Henry, en cambio, se puso intensamente rojo, y no amonestó a su madre
porque era consciente de dónde se encontraban, a quienes tenían delante, y lo
que podría suponer contradecirla en público.
—En cuanto la Corte sepa que milord está disponible —⁠exclamó,
entusiasmada⁠—, lloverán las candidatas.
La vieja condesa esbozó una sonrisa beatífica.
—¿Y cómo lograremos que se sepa, querida?
La mujer parecía encantada.
—Déjeme a mí.

Página 99
Capítulo 18
Una nueva vida

En los dos meses que llevaba viviendo en su lujoso apartamento, Jane había
descubierto que la vida podía ser deliciosa y tremendamente aburrida.
Marianne no había desaparecido de sus pensamientos, y creía que era su
deber guardarle luto, ya que nadie más que ella lamentaba su pérdida.
Los dos vestidos que Charles le había mandado confeccionar eran
preciosos, pero había elegido el color negro para uno y el gris más oscuro
para el otro, y solo los alternaba con el que trajera puesto, que de por sí ya era
suficientemente discreto.
El resultado de esa nueva sobriedad autoimpuesta seguía siendo
espectacular, pues los escotes recatados y los colores apagados parecían
volver más luminosos su piel y sus ojos, más jugosos sus labios, y
aumentaban el misterio de sus deslumbrantes ojos verdes.
Marie no decía nada y se comportaba con su habitual mutismo, pero era
evidente que estaba preocupada por el ánimo taciturno de su señora, ahora
que solo la atendía a ella.
Charles la visitaba dos veces en semana, y nunca se quedaba a dormir.
Entre los dos, la antigua amistad se había convertido en una tierna intimidad y
debía reconocer que se encontraba a gusto a su lado.
Después de la pasión, permanecían abrazados, y él le hablaba de sus
negocios, pidiéndole su opinión como si de verdad fuera importante.
Había recibido visitas. Madame Margot vino acompañada de una de las
señoritas y se sintió como una dama ofreciéndoles té y pastelitos, y charlando
cómodamente en el salón sobre los viejos tiempos.
En su antigua casa, todos la echaban de menos y se preguntaban dónde
estaba Calpurnia. Madame, que sabía crear misterio sobre cualquier asunto,
había hecho correr el rumor de que un marajá indio la había convertido en
princesa, y ahora gobernaba sobre un extenso territorio a miles de millas de

Página 100
allí. Las tres rieron de la ocurrencia, y cuando ya se marchaban, Margot le
pidió a su acompañante que la esperara en el carruaje.
—¿Todo bien con el señor Milford? —⁠le preguntó a su antigua pupila.
—Es muy amable. —Tuvo que reconocer, porque ni en sus mejores
sueños había llegado a imaginar que un hombre como él pudiera interesarse
por ella.
Madame sonrió, orgullosa. Siempre se había preocupado de que las
señoritas que abandonaban su hogar estuvieran bien atendidas y tratadas.
—Has llegado muy lejos, querida —⁠le reconoció⁠—, pero recuerda que en
esta posición solo te mantienen tu lozanía y tu belleza.
Jane asintió.
—Lo sé.
Había pasado muchas veces por aquello cuando una de sus muchachas era
retirada de la vida pública, y era muy consciente de cuál era el siguiente paso.
—Debes casarte. Es necesario que asegures tu futuro.
Margot se lo había repetido ya varias veces, y ella misma era muy
consciente de que, hasta que no luciera un anillo en su dedo, su futuro
seguiría siendo incierto.
—Aún es pronto —contestó.
—Ahora es el momento, mientras él beba los vientos por ti. Llegará un
tiempo en que se canse, siempre se cansan, y buscará a otra que ocupe estas
habitaciones.
—Lo tendré en cuenta.
Madame volvió a mirar alrededor, absolutamente orgullosa de lo logrado.
—Es un apartamento maravilloso.
Y fue hasta la puerta, que Marie ya había abierto y permanecía atenta, a la
espera de que se marchara su antigua patrona.
Antes de que pusiera un pie fuera de la casa, Jane se atrevió a formular la
pregunta que danzaba en sus labios desde el instante mismo en que entró.
—¿Sabes algo del conde de Aston?
Margot no pudo evitar la mirada de disgusto.
—Se rumorea que busca esposa.
—Me alegro por él. —Su sonrisa no pudo ser más forzada.
La madame dio un paso hacia ella, y con su mano enguantada, le acarició
la mejilla.
—No sé qué ha existido entre vosotros, pero Jane, tienes que olvidarlo.
Los hombres como él no se codean con mujeres como nosotras más allá de
una noche de pasión.

Página 101
Ella asintió, y reprimió una lágrima que se había empeñado en hacerle
brillar los ojos. Después, sonrió, aun siendo consciente de que era una mueca
forzada.
—Vuelve cuando quieras, y tráete a otra de mis antiguas compañeras.
Cuando madame se fue, ella permaneció pensativa, sentada en uno de los
sillones tapizados en rico damasco.
No debería sentirse triste. En ese momento lo tenía todo: una casa de
ensueño, un hombre que la idolatraba, todas las comodidades y hasta la
apariencia de una mujer decente. ¿Por qué entonces Henry Howard no
desaparecía de su cabeza?
Mientras Marie retiraba el servicio de té, se recostó en el asiento, con la
vista perdida en la ventana, mientras otro largo día se disponía a desfilar ante
ella.
Se sorprendió cuando llamaron a la puerta. Era una hora intempestiva y no
esperaba a nadie. Podría tratarse de algún recado, pero entonces hubieran
accedido por la de servicio, no por la principal.
Quien apareció en el salón fue Charles, a una hora que no era habitual en
él, y con un enorme ramo de camelias tempranas entre las manos.
—¡Flores! —exclamó ella, extasiada, pues eran sus preferidas.
Las admiró para dejarlas a continuación en manos de Marie, que se
encargaría de ponerlas en un jarrón. Después, se tiró en brazos de Charles, y
le dio la bienvenida como se merecía.
Tras el largo beso, él se lo agradeció con una sonrisa y se encogió de
hombros.
—Las vendía una chica que tenía tu mismo color de ojos. No he podido
negarme.
—Eres muy amable.
—¿Qué has hecho hoy?
Jane se arrojó sobre el diván, teniendo cuidado de que sus chapines negros
no tocaran la rica tela.
—Nada.
A Charles le preocupaba que Jane terminara aburrida de todo aquello.
Hasta el instante en que él la había retirado, su vida era una fiesta cada noche,
con acróbatas, bailarinas, copas de vino y otras cosas que no era propio
recordar.
En aquel momento, su existencia se reducía a permanecer en el
apartamento, ya que para una mujer sola y de cierta posición eran escasas las
diversiones a las que podía entregarse.

Página 102
—Puedes pasear —le dijo—, ir a la modista, incluso asistir al teatro
siempre y cuando te acompañe Marie.
Ella soltó un bufido encantador y cruzó los brazos.
—Creo que aún tengo que acostumbrarme a vivir durante el día. A la hora
que ahora me levanto es a la que solía acostarme.
—Siéntate más cerca —palmeó un hueco a su lado⁠—, quiero hablar
contigo.
Un relámpago de inquietud cruzó por sus ojos. Apenas hacía un par de
horas que Margot le había advertido sobre el carácter tornadizo de los
hombres. ¿Había llegado el momento de que la repudiara?
Hizo lo que le decía, aunque su rostro había adquirido un matiz
blanquecino.
—¿Ha sucedido algo?
Él la miró fijamente, como si quisiera estar seguro del efecto de sus
palabras.
—He comprado otra plantación. Esta es aún mayor, y la producción es
excelente.
Una sensación de alivio atravesó el pecho de Jane.
—Me alegro por ti.
—Si todo sale como pretendo, es posible que duplique mi fortuna en poco
tiempo.
—Te lo mereces. Trabajas mucho.
Charles tuvo más cuidado con lo que iba a decir a continuación. Le tomó
una mano y se acercó un poco más.
—Para que todo funcione, no me queda más remedio que marchar a
Jamaica. Hay que reorganizar la explotación y enseñar a los capataces.
Era el final. Jane estaba convencida y su antigua madame se lo había
advertido.
—¿Me estás diciendo que te marchas?
—En cuanto pasen las Pascuas —⁠confirmó.
Eso era en unos pocos meses. Miró hacia la alfombra. Había durado poco,
pero había sido hermoso. No debía sentir animadversión alguna por aquel
hombre que siempre la había tratado bien, solo alegrarse por su fortuna.
—¿Y cuánto tiempo estarás fuera?
—Espero que no más de un par de años.
—¿Dos años?
—Si todo va bien, así es.
Ella asintió, e intentó no ponerse triste.

Página 103
Miró alrededor. ¿Tendría alguna vez otro hogar así? Posiblemente, no. La
suerte de ser idolatrada por un hombre como aquel llegaba una sola vez en la
vida.
—He disfrutado mucho de esta casa.
—De eso quería hablarte.
Intentó aliviarle el mal momento de despedirla.
—Puedo volver con madame. Allí siempre sería bien recibida. Ya te has
portado suficientemente bien…
—Quiero que te cases conmigo.
Aunque escuchó cada una de sus palabras, el conjunto de todas ellas
parecía no tener un significado en su cabeza.
—¿Has dicho…? —intentó articular.
Charles la tomó de la otra mano para que lo mirara a los ojos.
—Quiero que seas la señora Milford. Tendrás que viajar y pasar dos años
en un clima sofocante, lleno de mosquitos y sin más vida social que aburrirte
con los criollos. Pero a la vuelta, nos compraremos un caserón, y tendrás
todos los vestidos y joyas que necesites.
No era capaz de reaccionar. No esperaba algo así. De hecho, pensaba que
le tocaría mendigarlo cuando llegara el momento.
—Casarme —logró articular.
Charles se puso de pie. Se había escapado un instante solo para verla, solo
para admirarla, solo para rogarle que lo amara.
—Tengo que regresar a la oficina. —⁠Miró el reloj que alojaba en un
bolsillo del chaleco⁠—. No es necesario que me contestes ahora. Quedan unos
pocos meses para la Pascua. Pero hazlo a tiempo para que pueda organizar
una ceremonia nupcial decente.
Entonces, Jane sí sonrió, y se arrojó a sus brazos.
—Espera —le dijo mientras hacía que la punta de su nariz acariciara la del
hombre⁠—. Antes de irte, quiero que me digas si te parecen suficientemente
suaves las nuevas sábanas.

Página 104
Capítulo 19
Un vecino interesante

Marie, su criada, la ayudó a ajustarse la esclavina, y cuando se miró en el


espejo del tocador, llegó a la conclusión de que la próxima semana
terminarían sus días de luto.
Había elegido uno de sus vestidos más sobrios, negro, de mangas largas y
cuello cerrado, al que la corta capa le aportaba un aspecto aún más recto.
Guantes del mismo color y un ligero velo cubriéndole el rostro.
Jane sonrió. Tenía el aspecto de una joven viuda, y ya era hora de acabar
con él.
Aquella mañana, había decidido seguir los consejos de Charles e iría de
compras en compañía de Marie. Necesitaba un corsé nuevo, y quería mirar
telas de colores alegres para que la modista le hiciera, al menos, dos vestidos
con los que deslumbrar a su amante. Uno sería amarillo. El otro verde. Tan
intensos que fuera necesario entrecerrar los ojos para mirarla.
Sí, la vida le sonreía al fin, y lo único que necesitaba para que todo fuera
perfecto era aceptar la propuesta de matrimonio de Charles, y convertirse en
la flamante señora Milford.
¿Por qué entonces no saltaba de alegría? Sabía la respuesta: una vez que
accediera, Henry Howard se convertiría definitivamente en un recuerdo.
No solo porque tendría que pasar una larga temporada fuera de Inglaterra,
también porque tenía más posibilidades de entrar en el mundo de Henry como
cortesana que como burguesa, a quienes les estaba terminantemente prohibido
codearse con la nobleza, independientemente del volumen de su fortuna.
Por eso, aún no había dado una respuesta a Charles, y este tampoco la
había vuelto a presionar. Pero si no se decidía, él se marcharía a Jamaica, y a
ella no le quedaría más remedio que volver al burdel.
Se miró una última vez en el espejo. Sí, con aquel sobrio vestido negro y
el velo cubriéndole el rostro bien podría parecerse a una de esas beatas que se

Página 105
refugiaban en las iglesias, y nunca a la famosa Calpurnia que iluminaba las
noches londinenses.
Le indicó a Marie que estaba preparada y, juntas, descendieron las
escaleras para salir a la calle, donde esperaban encontrar un coche de alquiler
que las llevara al Strand.
Pero cuando estaban a punto de hacerlo, un aguacero espontáneo se lo
impidió, por lo que decidieron guarecerse allí mismo, a la espera de que
escampara y pudieran retomar sus planes.
No había pasado mucho tiempo cuando una ajada voz masculina las
sobresaltó.
—Qué contrariedad.
Jane miró hacia atrás. Se trataba del vecino que habitaba en el
apartamento de la primera planta. Lo había visto algunas veces, siempre desde
la ventana, y no le gustaba. Era un viejo apergaminado, vestido de negro, que
olía a naftalina, y tenía un rostro tan severo como una de esas estatuas de
próceres de la patria que había en los pedestales. Estaba ligeramente
encorvado, y su boca tenía una expresión tan inflexible que los labios se
mostraban curvados hacia abajo y eran tan finos como si no existieran.
Decidió no contestar, y volver la vista al exterior, mientras Marie
permanecía convenientemente apartada y el anciano se colocaba junto a ella.
—No hemos sido presentados —⁠dijo el hombre, sin apartar la vista del
lluvioso exterior⁠—, y disculpe mi atrevimiento por dirigirme a usted de
manera irrespetuosa.
Jane no tuvo más remedio que mirarlo. Hasta su forma de hablar era
anticuada, como una tapicería deslucida por el paso del tiempo.
—No sé si es decente hablar con un desconocido —⁠contestó, con la idea
de quitárselo de encima cuanto antes.
El hombre carraspeó, y quizá confundiera las ganas de Jane de deshacerse
de él con su recato.
—Soy su vecino. La he visto algunas veces, y permítame, señora, que
alabe su modestia.
Aquello le resultó a ella divertido. Era cierto que, desde que se mudó,
había guardado luto. Se preguntó qué diría aquel anciano gris si se enterara de
quién era en verdad.
Pero decidió seguirle el juego tras lanzar una mirada cómplice a su criada.
—No podría ser de otra manera, señor.
El hombre suspiró. Se parecía mucho a uno de esos pajarillos de abultado
buche y patas enclenques.

Página 106
—Las jóvenes de hoy en día visten de manera vulgar —⁠continuó el
caballero⁠—, indecente incluso. Sin embargo, usted…
—Ser recatada es una virtud —⁠contestó, y agradeció que el velo le tapara
la cara, porque si no, su vecino habría visto la sonrisa de burla en sus labios.
Un sonido extraño provocó que ambos miraran hacia atrás. Marie acababa
de ahogar una risotada, que disimuló como si se tratara de un ataque de tos.
Jane fue a tenderle un pañuelo, pero el caballero se le adelantó, para a
continuación perder todo su interés por la criada.
—¿Son confortables sus apartamentos? —⁠le preguntó.
Le divertía aquel papel de dama decente. Quizá estaría bien ensayarlo, ya
que si viajaba a Jamaica del brazo de Charles, lo haría en calidad de esposa
decorosa y abnegada, lo que no estaba muy segura de que fuera a gustarle.
—No soy muy exigente —contestó.
El hombre asintió, complacido, pero parecía que aún albergaba una seria
duda.
—He visto que la visita a menudo un caballero.
De nuevo, Jane miró hacia Marie. Esta se tapaba la boca con el pañuelo a
la espera de la respuesta.
—Es mi hermano. Me cuida con enorme celo.
Un nuevo ataque de esa curiosa tos hizo que la criada tuviera que darse la
vuelta para que el vecino no se molestara.
—Aprecio el cuidado de un hermano —⁠dijo el hombre, complacido, e
inmediatamente la miró con ojos fruncidos⁠—. No la he visto en misa.
—¿A qué iglesia va usted, señor?
—A Saint Martin.
—Suelo acudir a Saint Vicent. Es por eso. —⁠Era el nombre de la iglesia
de su aldea, y supuso que habría en Londres alguna llamada así⁠—. ¿Su esposa
también le acompaña?
Estaba claro que debería existir una dama tan adusta como él en alguna
parte.
El caballero puso una expresión aún más severa.
—Tuvo la descortesía de abandonarme hace seis años. Se la llevó la
epidemia de tifus… —⁠De repente, pareció que el anciano recordaba algo
importante⁠—. Pero disculpe mi mala educación. —⁠Le hizo una profunda
reverencia⁠—. Barón de Biggin. Solo estoy en Londres cuando está abierto el
Parlamento, por eso nos hemos visto poco.
Los ojos de Jane se abrieron más de lo conveniente. ¡Un barón! Quizá
había infravalorado las posibilidades que ofrecía su flamante vecino.

Página 107
Ella contestó con una reverencia un tanto torpe.
—Señorita Milford —decidió apropiarse del apellido de Charles⁠—.
¿Tiene quizá una propiedad en el campo?
El hombre parecía encantado con su educación.
—La casa familiar. Un lugar encantador. —⁠Hizo una breve pausa⁠—. Si no
fuera absolutamente impropio, la invitaría a conocerla. Tiene una capilla muy
recogida.
Ella se hizo la recatada y volvió la vista a la lluvia. Una idea un tanto
arriesgada estaba empezando a surgir en su cabeza, a pesar de ser
absolutamente absurda.
Aparentando la mayor de las inocencias, se volvió de nuevo hacia el
barón.
—¿Frecuenta usted la Corte?
El hombre arrugó la nariz.
—La evito. Detesto la inmoralidad, y es un antro de vicio.
—Estoy de acuerdo con usted.
Como aristócrata, tenía derecho a acceder libremente a Saint James,
incluso a mostrarse ante el Rey…, igual que Henry.
—Disculpe mi indiscreción —⁠volvió a pedir permiso el caballero⁠—, pero
¿cómo es que una muchacha de su edad y educación vive sola, sin una familia
que la guarde?
Era una buena pregunta, porque toda mujer decente debía estar protegida
por la férrea presencia familiar. Marie la miraba llena de curiosidad para ver
cómo salía de aquella. Jane lanzó un prolongado suspiro.
—Solo tengo a mi hermano Charles —⁠ladeó la cabeza, lastimera⁠—, y sus
negocios le obligan a viajar constantemente. Marie es quien me cuida. Marie
y Nuestro Señor, por supuesto.
—Él siempre vela por nosotros.
—Amén.
Jane estaba convencida de que el barón se había hecho de ella la imagen
más recatada posible, y se alegró de haber elegido la sobria esclavina negra y
el velo para aquella mañana.
—Disculpe un nuevo atrevimiento —⁠volvió a pedir disculpas el ajado
aristócrata⁠—, pero ¿cómo es que una joven con sus cualidades no ha recibido
ya una propuesta matrimonial?
Ella se hizo la modesta, bajando el rostro y encogiéndose de hombros.
—Mi hermano ha recibido algunas proposiciones, pero ha sido siempre
tan cortés de dejarme a mí la última palabra.

Página 108
—¿Me está diciendo que las ha rechazado?
Ella se llevó una mano al pecho, ofendida.
—Eran de jóvenes de vida disoluta, entregados al vicio, sin ningún
sentimiento religioso. —⁠Una nueva tos de Marie tras ellos⁠—. Jamás podría
unirme a alguien así. Sueño con un caballero de corazón recto y con una gran
espiritualidad.
El barón titubeó y jugó, nervioso, con el bastón.
—Le será difícil de encontrar en los jóvenes de hoy.
—Por eso he renunciado ya a ellos.
—Lo que honra aún más lo poco que sé de usted.
No era conveniente prolongar la conversación. Madame Margot decía que
siempre hay que dejar a un caballero con la miel en los labios, que si se
cumplen de una sola vez todos sus sueños, ya no queda ninguno que los lleve
a nuestro regazo.
Miró hacia el exterior y extendió la mano.
—Parece que ya ha escampado.
—¿Iba usted a pasear? —Se apresuró el caballero a ayudarla a bajar los
dos escalones de la entrada.
De repente, había llegado a la conclusión de que cambiar de vestuario no
era una buena idea.
—Pretendo ir a orar a la iglesia —⁠contestó⁠—. Pasar allí unas horas me
reconforta el espíritu.
Los ojos del caballero brillaron.
—Espero verla de nuevo.
Ella, lentamente, se retiró el velo para dejar su rostro expuesto. No le pasó
desapercibida la expresión de fascinación que apareció en los ojos del
anciano, que incluso tuvo que tragar saliva.
—Ha sido muy agradable hablar con usted —⁠esbozó Jane con gran
modestia, y volvió a cubrirse la cara, como si aquel acto hubiera sido solo un
descuido.
—I-igualmente —pudo articular, torpemente, el caballero.
Sin más, Jane comenzó a andar, seguida de cerca por la criada.
Sospechaba que el viejo barón estaría allí parado, en medio de la calle,
observando cómo se alejaba. Calpurnia se hubiera vuelto sin dudarlo, pero la
mujer que aquel aristócrata creía haber conocido nunca hubiera hecho algo
así.
Cuando supo que ya no las oía, le habló a Marie.
—¿De verdad es un barón?

Página 109
La muchacha se había quedado con el pañuelo del hombre, que tenía su
escudo de armas bordado.
—Lo es, y tiene fama de huraño, pero dicen que atesora una buena fortuna
y no tiene hijos.
—¿Conoces a alguien de su servicio?
—A la cocinera.
Sí, una idea estaba tomando forma en su cabeza y, a pesar de ser incierta,
podría aliviar el peso que embargaba su corazón.
—Quiero que te enteres de todo lo que puedas —⁠le ordenó⁠—. Sus gustos,
aficiones, amistades…
La muchacha había pasado un buen rato, pero no podía imaginar que su
señora quisiera volver a codearse con un hombre tan gris.
—¿De verdad quiere entablar una amistad con ese viejo? No sale de casa
si no es para ir a misa.
—El señor Milford no debe enterarse de nada —⁠le advirtió⁠—. A veces,
las soluciones las tenemos delante de nuestras narices y no nos damos cuenta.

Página 110
Capítulo 20
Un desfile lucido

Charles se preguntaba si el luto de Calpurnia no duraba demasiado, pero no


quería presionarla en un asunto tan delicado, pues era consciente de la intensa
amargura que le había supuesto la muerte de su amiga.
Tampoco había querido insistir sobre la falta de respuesta a su propuesta
matrimonial. Estaba seguro de que le diría que sí al instante, pero habían
pasado los días y las semanas y nada en el temperamento de aquella divina
criatura le hacía entender que tuviera prisa por decidirse.
Algo sí había cambiado en la cotidianeidad de Jane, y era que desde
entonces salía de casa todos los días convenientemente acompañada de Marie,
y no regresaba hasta la hora del almuerzo. Sospechaba que recorrería las
calles donde los mercaderes ofrecían sus más delicados productos, como telas
exquisitas, finos abalorios o sofisticados tocados para las damas que tuvieran
la posibilidad de pagarlos, pero como no le pedía dinero ni le había
demandado el carruaje, entendía que únicamente disfrutaba del placer de
pasear.
La verdad era bien distinta, porque lo que hacía Jane era ir a misa.
Sí, a misa.
Todos los días.
A la iglesia de Saint Martin.
Como el día anterior y todos los precedentes, llegó con unos minutos de
antelación, y el barón de Biggin ya le guardaba un asiento a su lado.
El anciano, dos semanas antes, se había atrevido a proponerle si podían ir
juntos a la iglesia, ya que vivían en el mismo edificio. Pero ella se lo
recriminó, aduciendo que una mujer decente nunca se debía ver acompañada
de un hombre que no fuera su padre o su esposo, lo que él tuvo que alabar.
Aquel día, Jane llevaba un conjunto nuevo.
—Un vestido exquisito, querida —⁠lo alabó el aristócrata a modo de
saludo.

Página 111
Ella se llevó una mano enguantada a la boca en señal de pudor.
—¿No es demasiado atrevido?
—Eso nunca.
Se había hecho confeccionar dos trajes a cuál más sobrio. Uno en un
verde muy oscuro y otro en un azul tiniebla. Eran más propios de una
institutriz anciana que de una exuberante cortesana como ella, pero sabía que
causarían en el barón el efecto deseado.
Mientras la iglesia se iba llenando, Jane adquirió aquel aire de prudencia
que tan bien le salía, mientras Marie seguía desde el bancal de detrás las
evoluciones de su señora.
—¿Sabemos a qué asunto dedicará hoy su sermón el pastor?
—Creo recordar que a la lujuria —⁠contestó el barón⁠—. Es uno de los
males de nuestro siglo.
Ella lo miró a través del velo, llevándose el abanico a los labios.
—Me reconforta haberle conocido, amigo mío. Su presencia me produce
una calma muy beneficiosa.
El hombre se sonrojó y estuvo tentado de palmearle la rodilla, pero sabía
que ella lo vería como algo escandaloso.
—Lo mismo digo, querida. Usted es la única muestra de que la nueva
generación no está perdida.
El pastor subió al púlpito, y la misa se desarrolló salpicada de terribles
condenas a los lujuriosos y amonestaciones a los pecadores. Tanto que, en
algún momento, Jane se descubrió, tras el velo, con la frente arrugada, como
si le estuvieran salpicando agua enfangada.
Una vez terminada, el barón la acompañó hasta la puerta, tendiéndole la
mano.
—Ha sido un sermón muy inspirador —⁠dijo el anciano, que parecía
encantado.
Jane se llevó una mano al pecho.
—Debe ser terrible para esas almas pecaminosas entregarse a la lujuria.
—Usted debe estar tranquila. —⁠Esa vez sí le palmeó la mano⁠—. Ese
pecado queda muy lejos de su temperamento.
—Siempre tan amable. —Se ruborizó falsamente.
El hombre titubeó. Como cada día, todo terminaba allí, y cada uno volvía
a su casa por separado. En esa ocasión, nada indicaba que el barón se fuera a
marchar.
—No sé si será un atrevimiento invitarla a un chocolate.
Ella volvió a llevarse una mano al pecho.

Página 112
—Sin pedirle permiso a mi hermano, lo veo indecoroso, señor.
Inmediatamente, el hombre comprendió su error. Aquella angelical
criatura, que no se apartaba de su cabeza en los últimos tiempos, estaba muy
por encima de las costumbres vulgares.
—Con usted, a veces, me sobrepaso —⁠se precipitó a decir⁠—. Espero
contar con su perdón.
Ella aprovechó para alzarse el velo. Siempre que lo hacía, veía en el rostro
del anciano aristócrata la fascinación, por lo que solo lo dejaba al descubierto
unos minutos, los justos para que el anzuelo no se desprendiera.
—Siempre contará con mi benevolencia. —⁠Bajó la mirada, pudorosa⁠—.
Es el caballero más instruido que he conocido nunca. Y espero no haberme
sobrepasado con esa apreciación.
El barón se apresuró a calmarla.
—Su modestia no lo permitiría.
Ella volvió a cubrirse.
—Le veré mañana.
—¿Hoy tampoco desea que la acompañe?
Jane, en un gesto de lo más dramático, apartó el rostro, como si no pudiera
dominar su voluntad ante su presencia.
—Mi corazón me dicta que no, porque a veces estoy confundida con mis
sentimientos.
El barón dio un paso en su dirección, pero no se atrevió a tocarla.
—Señorita Milford…
Ella alzó una mano.
—Hasta mañana, mi querido amigo. No cometamos una locura.
Y, sin más, se marchó, seguida de Marie, que pisaba el dobladillo de su
falda mientras ambas desaparecían por una esquina y el barón, tras suspirar,
volvía con paso cansino a su residencia.
Nada más perderlo de vista, Jane se arrancó el velo de un manotazo.
—Ignoro cómo puede alguien soportar esto. Es asfixiante.
Su criada lo guardó en el amplio bolsillo de su delantal y ayudó a su
señora a deshacerse de la pieza abotonada que había ordenado confeccionarle
al vestido.
Era un cuello postizo, alto y sobrio, que se ajustaba al escote para dar la
impresión de que se trataba de una sola pieza, pero cuando se quitaba, dejaba
al descubierto su amplio busto, rematado con una puntilla de encaje blanco.
Al fin, libre de toda decencia, Jane se sujetó la falda y arengó a su criada.
—¡Corre! —le gritó—. O nos perderemos el desfile.

Página 113
Acababa de estallar la guerra con Francia, que se había atrevido a invadir
la isla de Menorca, propiedad inglesa desde hacía medio siglo. Aquel
mediodía, las tropas habían partido desde Saint James, tras recibir la
bendición del Rey, en un colorido desfile acompañado por bandas de música.
Aunque llegaron tarde, un grupo de caballeros muy compuestos les
cedieron un lugar, encantados de poder observar a una belleza como aquella.
Los jóvenes soldados desfilaban henchidos de orgullo y eran aclamados
por la plebe, que les lanzaba vítores y arrojaban a su paso pétalos de flores,
mientras la alegre música militar lo inundaba todo.
Tras la caballería, apareció la sección de honor, que iba encabezada por
un apuesto señor, grande y un tanto orondo, pero de innegable atractivo, ante
el que suspiraban todas las damas.
—¿Quién es? —preguntó a uno de los petimetres que les habían cedido su
sitio.
—El príncipe Guillermo —le contestó, encantado de poder servirla⁠—. Es
quien comanda el ejército, y se dice que no hay dama a salvo si está presente.
Había oído hablar de él. Era una especie de héroe de guerra y amante de
todas las galanterías. Cuando pasó por su lado, la descubrió entre la
muchedumbre y le dedicó una inclinación de cabeza. Ella le sonrió y, durante
unos segundos, sus miradas se mantuvieron, hasta que la marcha del desfile
obligó al príncipe a avanzar para no entorpecer la comitiva.
—Le habéis gustado —le dijo el mismo hombre.
—Lo dudo —contestó con falsa modestia.
—Creedme —la rengó—. No se le escapa una mujer hermosa.
Ella no respondió esa vez, pero lo siguió con la mirada hasta que se perdió
a lo lejos.
Iba a abandonar el desfile cuando algo en su interior le dijo que volviera a
observar la larga fila de caballeros que cerraban el cortejo. Y lo vio al
instante.
A Henry, apuesto como nunca, arrogante y distante como siempre.
Su corazón le dio un vuelco, y la pasión de aquel último encuentro,
cuando él pagó un puñado de amargas monedas por recibir placer, recorrió su
piel como un recuerdo ardiente.
Él también la vio, abrió la boca, pero ninguna palabra salió de ella.
—Parece que también le interesáis al conde de Aston —⁠insistió el
majadero, inclinándose sobre ella más de lo conveniente y bajando la voz.
Henry era incapaz de apartar la mirada, de tal forma que, cuando ya se
alejaba, se giró sobre la silla de su montura para llevarse una última imagen

Página 114
de ella.
El corazón de Jane había acelerado sus latidos, y parecía que todo aquel
tumulto ya no existía, que solo quedaba el hombre al que sabía que amaba y
la imposibilidad de tenerlo cerca.
—¿Va a la guerra? —preguntó, aunque no se dirigió a nadie en particular.
Había pensado que aquel desfile era otro más de los pasacalles galantes
que tanto gustaba en la Corte.
El hombre que estaba detrás de ella se dio por aludido.
—Como todos.
—Pero puede ser peligroso.
De nuevo, se inclinó hacia ella.
—Dicen que Aston es un buen soldado —⁠emitió una risa que parecía un
bufido⁠—. Es posible que acabe antes con él una mujer que una bala de cañón.
Jane se volvió hacia el descarado. Sus mejillas se habían acalorado, y
parecía molesta.
—¿Por qué dice eso?
El caballero alzó las cejas. De frente, aquella criatura era aún más
deliciosa. Le recordaba a alguien, pero no era capaz de ubicarla. Quizá se
habían visto en la Corte, o en un palco de la ópera. La miró de arriba abajo
antes de contestar.
—La última vez que Aston estuvo en Francia escandalizó hasta a las
cabezas menos decentes de Versalles.
Conocía a Henry, y no casaba con él ese tipo de comportamientos.
—Dudo que sea cierto.
—Creedme —Se le quedó mirando los jugosos labios⁠—, porque todos
apuestan a que esta vez volverá a caer en los brazos de la duquesa, si no es
que le pide matrimonio. Eso sería lo más decente.
Todo aquello le parecía un galimatías. ¿Versalles? ¿Una duquesa? ¿De
qué hablaba aquel edulcorado hombrecillo?
—¿La duquesa? —preguntó.
—Su amante de otros tiempos, la que lo volvió loco —⁠dijo como si fuera
imposible no saberlo⁠—. Ha enviudado no hace mucho, y dicen que su pasión
por él no ha mermado con el paso de los años.
Aquella declaración le agrió el humor. Era consciente de que Henry
estaba completamente fuera de su alcance, pero había albergado la
esperanza…
Se volvió hacia su criada.
—Nos vamos.

Página 115
El caballero se dispuso a hacerle una reverencia.
—¿La he ofendido?
—En absoluto —dijo, esbozando una sonrisa falsa.
—¿La veré en la Corte? —insistió.
Jane lo miró a los ojos. Le provocó el mismo efecto que a otros hombres,
que se quedaban fascinados cuando aquella mirada verde reparaba en ellos.
Contestó con una seguridad absoluta.
—Por supuesto, aunque es posible que no durante esta temporada.

Página 116
Capítulo 21
Una reunión decente

Jane había creído oportuno aceptar la invitación del barón a tomar el té junto
con otras personas de la parroquia, ya que sus continuas renuncias podían
hacer que el anciano desistiera de su empeño.
Para esa ocasión, había elegido otro de sus sobrios vestidos, una
composición en paño negro que solo dejaba libre el rostro, ya que incluso las
manos estaban cubiertas por tupidos guantes. Lo peor era esa especie de
golilla que le cubría el cuello y llegaba hasta el mentón, ya que le arrancaba
picores imposibles de soportar. Pero todo fuera por parecer una mujer
decente, aunque eso la mortificara más que el pecado.
—¿Cómo es posible que alguien vista así? —⁠se quejó otra vez.
Marie estuvo de acuerdo.
—Tengo ganas de verla con uno de sus atuendos de antaño. Madame
Margot dice que aún la recuerdan y que muchos caballeros siguen dispuestos
a pagar una fortuna por sus favores.
Ella suspiró. La vida de cortesana era breve, así que volver a la casa no
era una opción.
—Intentaré regresar lo antes posible —⁠le dijo, yendo hacia la puerta⁠—. Si
es que no me mata el sopor.
Era la primera vez que visitaba el apartamento del barón, y también la
primera que iba a conocer a sus amistades.
Cuando llamó a la puerta, un criado anciano y enjuto se le quedó mirando,
sin mover un solo músculo de la cara.
—Señorita Milford —tuvo que anunciarse, aunque no estaba segura de
que aquel hombre tuviera bien el oído.
Este no contestó. Se dio la vuelta y se introdujo en el apartamento, como
si ella hubiera dejado de existir.
Jane se encogió de hombros, pero le siguió, atravesando un largo pasillo
que difería bastante de su residencia, bordeado de puertas.

Página 117
Lo cierto era que se diferenciaba en todo. El entelado de las paredes era de
un rojizo tan oscuro que provocaba melancolía, y los cuadros que la
adornaban parecían siniestros, solo avivados por el dorado de sus marcos.
Cuando el criado abrió una doble cristalera, ella se apresuró a asomarse,
pues supuso que aquel era el salón.
La imagen que había al otro lado no podía ser más desasosegadora.
El barón estaba acompañado por cuatro desconocidos, dos caballeros y
dos damas. La suma de sus edades debía superar, con creces, el millar, pues
pocas veces había visto pieles tan apergaminadas ni figuras más achacosas,
todos de riguroso negro, sin licencia alguna a la alegría.
Estaban sentados muy derechos, con las cejas alzadas ante su presencia, y
una de las señoras había tenido la poca delicadeza de colocar un monóculo
ante uno de sus ojos para analizarla en profundidad.
Jane se alegró de haber elegido aquel vestido mortuorio, que en nada
difería del triste aspecto que ellas mostraban.
—Señorita Milford. —El barón se dirigió solícito, y los caballeros se
levantaron con enorme dificultad⁠—. Qué feliz de que haya podido
acompañarnos.
Ella hizo una reverencia un tanto desastrada, y adquirió la expresión más
modesta posible.
—Gracias por haberme invitado a su grupo de oración.
Tomó el asiento que le ofrecieron y la taza de té que una criada tan
anciana como las demás puso en sus manos.
Solo se escuchaba el sonido de las agujas del reloj y el de alguna
cucharilla sobre la porcelana, que en una estancia tan silenciosa parecía el
retumbar de cañones.
Uno de los caballeros tosió antes de hablar.
—¿Es usted de Londres?
Ella sonrió levemente, como supuso que harían las mujeres decentes.
—De Canterbury.
—Una sobrina mía vive allí —⁠se apresuró a decir una dama.
No iba a caer en la trampa de preguntarle el nombre, porque entonces
tendría que desarrollar toda su genealogía, y aquel tipo de alcahuetas se las
sabían todas.
—En casa llevábamos una vida recogida —⁠contestó, bajando la cabeza
con modestia⁠—. Papá era enemigo de la vida social.
El barón se apresuró a resaltar esa conducta.
—Algo muy digno de alabar.

Página 118
El caballero que había permanecido silencioso golpeó el suelo con el
bastón.
—Biggin nos ha hablado maravillas de usted.
Jane miró al aludido, pero de nuevo hundió la mirada en el entarimado.
—Los buenos vecinos son de agradecer.
Se hizo otra vez el silencio. El aire tenía un ligero aroma a naftalina y, por
el rabillo del ojo, pudo ver que los muebles, de buena calidad, eran de un
diseño tan anticuado que bien pudieran estar hechos en la misma época en que
Jesucristo anduvo entre los mortales.
La misma dama de antes alzó la mano, enguantada en un manguito de piel
oscura.
—Antes de que llegara, estábamos aportando ideas para un manual de
buenas costumbres. No sé si usted querría participar.
Le pareció una de las cosas más terribles que había oído nunca.
—Qué idea tan excelente —contestó.
El barón parecía encantado.
—La señora Perkins apuntaba que sería necesario presionar al Parlamento
para que todas las casas de mancebía fueran cerradas.
Ella asintió.
—Qué cosa tan necesaria.
—¿Se le ocurre algo más?
Eliminar el velo en las misas y bajar dos pulgadas los escotes, esa sería
una idea que cualquier mujer acogería con júbilo, pero posiblemente aquellos
vejestorios no la aprobarían.
—¿Quizá promover una residencia para mujeres descarriadas?
—¿Ven, amigos míos? —Biggin aplaudió, entusiasmado⁠—. Un alma
generosa, como les dije.
—Biggin, debemos marcharnos —⁠dijo uno de los caballeros, poniéndose
de pie con la ayuda de un bastón⁠—. Señorita Milford, ha sido un placer,
aunque breve, ya que debemos volver temprano a casa.
Ella se puso de pie. Debía ensayar las reverencias. ¿Cómo diantres podía
la nobleza llevarse todo el día haciéndolas sin terminar por los suelos?
El otro caballero también se incorporó, ayudado por la señora que debía
ser su esposa.
—Nosotros también nos retiramos.
Jane entendió que aquello había sido todo.
—En ese caso…
Pero el barón no la dejó terminar.

Página 119
—¿Podría aguardar unos minutos, querida? —⁠Antes de que ella
protestara, se vio obligado a aclarar⁠—: El servicio permanecerá en la sala, no
se preocupe.
Hubo despedidas, y tanto las damas como los caballeros fueron corteses y
distantes. No le pasó desapercibida cierta mirada cómplice de los cuatro con
el barón, y se preguntó qué se traería entre manos.
Cuando quedaron solos, el criado se mantuvo firme junto a la puerta, y la
anciana que le había servido el té empezó a retirar las tazas en una
tambaleante bandeja de plata.
—Verá —comenzó el barón, invitándola a que tomara asiento de
nuevo⁠—, he estado pendiente de cruzarme con su hermano, pero no he
logrado coincidir.
¿Sospechaba algo? Un halo de inquietud le recorrió la espalda.
—Está de viaje. Ya le he dicho que su vida es muy ajetreada.
—Es una contrariedad, porque soy enemigo de las innovaciones. Pero
venidos al caso, me temo que tendré que saltarme ese paso.
La semana anterior y la corriente Charles estaba en el norte, cerrando
negocios necesarios antes de la partida. Eso había sido una suerte, porque si el
barón lo hubiera parado en las escaleras…, no quería ni pensar lo que hubiera
pasado.
—Creo que no le entiendo —se apresuró a contestar.
El hombre carraspeó y, torpemente, consiguió clavar una rodilla en el
suelo, a pesar de la dificultad del movimiento.
—Sería un honor para mí —volvió a carraspear⁠— que se convirtiera en
mi esposa.
Jane sabía que antes o después pasaría. Lo que no sospechaba era que
fuera a ser tan pronto.
Se hizo la sorprendida, llevándose una mano a la boca.
—No sé qué decir.
El hombre la miraba arrobado.
—Su prudencia, su recato y su devoción me han cautivado. Quisiera que
fuera mi compañera durante los pocos años que Dios me mantenga con vida.
Le ofrezco una familia, el cuidado de una pequeña fortuna, y un título
modesto.
Un título. Eso era lo que necesitaba. Su precio no se podía pagar con nada.
Intentó que su expresión no la delatara.
—Nada de eso me importa —mintió⁠—. Lo verdaderamente importante es
encontrar a un compañero a quien admire.

Página 120
El anciano parecía henchido de felicidad.
—¿Me admira?
Ella bajó los ojos al suelo con ensayada modestia.
—Con absoluta devoción.
—¿Qué contesta entonces? —apremió.
No podía dejar pasar esa oportunidad.
—Sí, dichosa —exclamó—. Claro que sí.
El hombre consiguió ponerse de pie, y ella le acompañó, pero
mantuvieron la distancia que era aconsejable entre dos personas que aún no
han firmado los votos.
—Ya solo queda hablar con su hermano —⁠le dijo.
Jane palideció. ¿Cómo solventaría aquel contratiempo?
Decidió que necesitaba pensar, y hasta que no encontrara una solución, no
podía meter la pata.
—Hasta ese instante, creo imprudente que nos veamos —⁠le dijo.
—¿Por qué?
Ella se llevó una mano al enlutado cuello, y consiguió que sus mejillas se
tiñeran de rubor, aunque quizá fuera el salpullido por la recia tela.
—Soy de carne y hueso, señor —⁠dijo, pudorosa⁠—, y no quiero caer en el
pecado.
Sin más, se dio la vuelta, y satisfecha con lo logrado, subió las escaleras,
deseosa de contárselo a Marie.

Página 121
Capítulo 22
Un recuerdo que no cesa

Una nueva bala de cañón pasó arañando el cielo, esa vez, muy cerca de
donde se parapetaban.
Henry se removió inquieto detrás de la ligera empalizada. El ejército
enemigo estaba muy cerca y los estaban doblegando a base de fuego. Si no
reaccionaban pronto, dudaba que fueran capaces de mantener aquella
posición.
Detestaba la inactividad, pero el príncipe había dado órdenes de no atacar.
Fue una disposición muy discutida por el estado mayor, pero Guillermo adujo
que era necesario reorganizar a las tropas después de los recientes fracasos
militares.
Tras la empalizada había un pequeño grupo de soldados, demasiado
jóvenes y muertos de miedo. El único veterano era el viejo George, que le
tendió una petaca que desde lejos apestaba a alcohol de mala calidad.
Henry la miró, inerte en el aire. Los oficiales tenían prohibido
emborracharse durante la contienda. Los soldados daban un poco igual, había
suficientes, por ahora, para reponer.
—Me cortarán una mano si me ven probarlo.
—Nos matará una de esas balas antes o después —⁠insistió George⁠—.
¿Qué más da ir manco al otro barrio?
Tenía razón. Con poca munición de tiro, los cañones reventados y parte de
la caballería diezmada, que se les echaran encima era cuestión de tiempo.
Otra bala pasó silbando tan cerca como la anterior. Al final, tomó la
oxidada petaca y dio un corto trago. Cuando se la devolvió, George la ocultó
bajo las capas de ropa robada al enemigo que le cubría.
—Si seguimos aquí, nos pisotearán como a un puñado de hormigas.
No podía criticar al mando, ni siquiera delante de un amigo, aunque
pensaba de la misma forma.
—Guillermo sabe lo que hace.

Página 122
—Meterse bajo las faldas de cuantas mujeres bonitas nos cruzamos, eso es
lo que hace.
Henry sonrió.
—Esa lengua.
—¿Miento si acaso?
No, no mentía. Desde que empezara la guerra, les habían conocido a tres
amantes: una condesa francesa, otra polaca y una dama silesia que decía
provenir de la nobleza. Con las tres había perdido la cabeza y desaparecido
durante días, dejando a las tropas sin más dirección que la escasa inventiva
del estado mayor, demasiado apegado a recibir órdenes del príncipe.
—Es un gran general —fue lo que respondió.
George se encogió de hombros.
—Quizá lo fuera, pero la suerte no corre de su lado en esta campaña.
Los soldados que les rodeaban no perdían detalle de la conversación. El
ánimo de la tropa era decisivo para el éxito en la contienda, y dudar del
mando, muchas veces, se convertía en el principio del fin. Aunque George era
para él más que un amigo, no podía permitir que quienes les rodeaban
flaqueasen.
—Nuestras tropas juegan en desventaja —⁠contestó, alzando la voz⁠—, por
el terreno y por la artillería.
—No te enfades, mi capitán —⁠arremetió el viejo soldado⁠—, pero estarás
de acuerdo conmigo en que las mujeres están causando mayores estragos en
esta guerra que el ejército enemigo.
A Henry no le quedó más remedio que sonreír.
Ordenó a los dos hombres más próximos que se pusieran a cubierto un
poco más allá, donde la empalizada era más gruesa; de esa manera, ellos
tendrían algo de intimidad.
—¿Siempre lo exageras todo de la misma manera? —⁠le preguntó a su
amigo.
Otra bala hizo que tuvieran que tirarse al suelo para esquivarla.
—¿Miento si acaso? —continuó George, como si su vida no hubiera
estado a punto de perderse⁠—. Aún me acuerdo de aquella duquesa que hizo
que te quedaras en los huesos.
—Eso es pasado.
—¿Crees que no sé que te ha escrito?
Lo miró con las cejas enarcadas. Era cierto, Camile le había mandado un
par de cartas desde que llegara a tierras francesas. La primera era cortés.
Incluso llegó a pensar que se trataba de una manera de cubrirse las espaldas

Página 123
ante una eventual victoria inglesa. Pero la segunda estaba encendida de
pasión, y rememoraba aquellos días donde ambos buscaban cualquier
momento para entregarse a la lujuria y acabar agotados de amarse.
—¿Curioseas mis cosas? —le preguntó de mal humor.
—Observo tu cara. Te pones pálido como el culo de una burra.
Siempre había sido transparente. Quizá por eso le desagradaba tanto la
vida en la Corte, porque allí cada cosa tenía una segunda intención.
Miró hacia fuera. La cosa se estaba poniendo aún peor, y la artillería
enemiga había logrado conquistar un monte cercano, donde ya estaban
disponiendo las baterías de cañones.
—Me escribe por cortesía —le contestó al cabo de un rato. Al menos, así
no pensaban en lo que se les venía encima.
George chasqueó la lengua y dio otro largo trago de su petaca.
—Esa mujer te quiere meter de nuevo entre sus sábanas, y he oído que
ahora es libre de hacerlo.
A veces, su amigo era incansable.
—Nos están cañoneando —le recordó⁠—, la vanguardia del otro ejército
está a un tiro de piedra y ese alcohol apesta. ¿De verdad quieres que sigamos
hablando de mujeres?
—Y después está Calpurnia.
De repente, su interés se avivó. Jane no salía de su cabeza ni de noche ni
de día. Era sorprendente cómo alguien a quien apenas conocía se había
convertido, en cierto modo, en su razón de ser.
Recordaba a menudo aquella tarde en que la tomó a cambio de una buena
cantidad de monedas. Se lo reprochaba a menudo, su prepotencia y
arrogancia. Pero sobre todo, el impacto que aquello había causado en él,
porque había descubierto que tenerla entre sus brazos era la cosa más
deliciosa del mundo.
Y el día del desfile, cuando la vio entre la multitud… ¡Dios! ¡Cómo la
había deseado! ¿Es que aquello no se curaba nunca?
—¿Qué sabes de ella? —gruñó, sin apartar la vista de las líneas enemigas.
—Que desapareció.
Arrugó la frente una vez más.
—Explícate.
George se sentó de nuevo, exponiendo su cabeza a una bala perdida. Pero
necesitaba tomar otro trago.
—Fue de la noche a la mañana. Un día era la reina de la noche londinense
y al día siguiente nadie sabía si se había largado a la India o se había metido a

Página 124
monja.
—Eso no tiene sentido.
—Lo que no tiene sentido es que sigas enamorado de ella, sobre todo,
cuando tu señora madre tiene una larga lista de candidatas para ser condesa.
Esa era otra. Aún no le había perdonado a su madre aquella encerrona en
la Corte. Desde entonces, le habían sido presentadas un puñado de muchachas
asustadizas a las que su señora madre solo veía virtudes, mientras él
únicamente les encontraba inconvenientes.
La guerra le había librado de una elección, pero en cuanto terminara y
regresara a Londres, si es que no moría en aquella batalla, no le quedaría más
remedio que decidirse.
—Calpurnia es solo un recuerdo del pasado —⁠volvió a gruñir.
—Te he visto suspirar llevándote esa cinta verde a los labios.
¿Cómo era posible que George supiera lo de la cinta? Había sido un acto
instintivo. Aquella vez que yació con Jane, en el maldito burdel, la había
tomado de la mesa y se la había guardado en el bolsillo. Desde entonces, la
besaba a menudo, lo que no le hacía nada bien.
—¿De verdad me espías?
—Calpurnia la llevaba en el brazo —⁠le aclaró⁠—. La noche que estuvimos
en casa de madame Margot. Estás perdido por esa mujer.
—Sandeces.
—¿Quieres un consejo?
Casi tuvo ganas de reír.
—¿Que salgamos huyendo de aquí cuanto antes?
—Cásate con la duquesa. —Le palmeó el hombro⁠—. Ya la has probado,
sabes a qué te expones, y pertenece a tu misma clase social. Además, así
limpiarás tu pasado.
George sabía mucho de la vida, pero ignoraba los pormenores de la
política palaciega.
—¿Casarme con una francesa? ¿Te recuerdo que estamos en guerra con
Francia?
El otro se encogió de hombros.
—Entonces, creo que vas a ser un hombre muy desgraciado.
Uno de los cañones apuntaba directamente hacia ellos, pero Henry no se
inmutó.
—Agacha la cabeza.
George lo hizo, y una bala pasó a escasas pulgadas de donde había estado.

Página 125
—Gracias —contestó como si nada⁠—. Te decía que vas a ser un tipo triste
y miserable.
—Si salimos vivos de esta, claro.
Un mensajero real se aproximaba hacia donde estaban, tomando todas las
precauciones para que el abundante intercambio de disparos de arcabuces y
cañones no acabara con su vida. Cuando llegó junto a Henry, se puso a
cubierto y le hizo un saludo militar.
—Capitán, el príncipe Guillermo le requiere.
El general llevaba dos días perdido, aunque se rumoreaba que si la plana
mayor se acercaba al burdel más cercano, lo encontrarían sin problema.
Asintió, y le puso una mano en el hombro a su amigo.
—¿Sabrás cuidarte sin mí?
El otro le guiñó un ojo.
—Siempre y cuando no haya cerca una moza oronda y bien nutrida, por
supuesto.

Página 126
Capítulo 23
Una conversación dolorosa

Jane no conseguía serenarse. Algo en su interior hacía que se levantara a


mirar por la ventana para inmediatamente regresar al sillón y reorganizar el
vuelo de su vestido una vez más.
Marie le trajo otra tisana calmante a la que había agregado raíz de
belladona.
—Le sentará bien.
Iba a tomarla cuando sonó la campana.
—¡Es él! Corre a abrirle.
Mientras la criada volaba hacia la puerta, ella se pellizcó las mejillas y se
aseguró de que el escote le quedaba perfecto. Suspiró y cerró los ojos un
instante. La conversación que tenía por delante era, posiblemente, la más
importante de su vida.
Si salía bien, sería feliz en adelante. Si se equivocaba, lo perdería todo y le
sería necesario volver al burdel, donde tendría que empezar de nuevo para
ganarse un puesto que ya correspondería a otra.
—No he podido llegar antes —⁠dijo Charles, entrando en el salón y
aceptando la taza de té que le tendía Marie⁠—. Tu nota ha llegado cuando un
cliente pretendía sacar un precio demasiado ventajoso.
Se la había mandado por medio de un recadero, aprovechando que el
barón había salido a visitar a algunos parientes. Le aterraba la idea de que el
aristócrata pudiera encontrarse con Charles en el rellano y diera el paso de
pedirla, por eso no podía esperar al día siguiente, cuando solía visitarla su
amante.
Jane fue hacia él, encantadora, y le dio un largo beso. Después, le indicó
que tomara asiento a su lado.
—Marie, trae un trozo de pastel.
—No es necesario —contestó Charles.
—Debes comer, estás más delgado.

Página 127
Él no había dejado de buscar en sus ojos, pues todo aquello era poco
usual. Ella jamás lo molestaba cuando estaba en su oficina, y nunca se
mostraba tan nerviosa. No quería precipitarse, pero albergaba la esperanza de
que tuviera una respuesta favorable para su petición.
—¿Sucede algo? —le preguntó, tomándole la mano.
Ella intentó esbozar una sonrisa serena, pero le fue imposible. Tomó aire
y lo miró fijamente.
—Tenemos que hablar.
Charles supo que algo no marchaba bien. La había estudiado
detenidamente durante aquellos meses. Creía saber el significado de cada uno
de sus gestos, y lo de ese día se salía completamente del esquema.
—¿Has decidido contestar a mi propuesta? —⁠se decidió a preguntar.
Ella se humedeció los labios, pero no fue un gesto erótico, sino el
resultado del mar de contradicciones que anidaban en su pecho.
—No puedo casarme contigo.
Él permaneció mirándola, intentando averiguar los recovecos de aquella
decisión. Lentamente, le soltó la mano, intentando dominar la decepción que
acababa de corromper su corazón.
—¿Puedo saber por qué?
Ella bajó la vista un instante para coger fuerzas.
—Eres el hombre más generoso, tierno y amable que he conocido jamás.
—Razón de más para que quieras compartir tu vida conmigo.
—Pero no te amo.
Agradecía su sinceridad, pero no veía en ello un inconveniente.
—Aprenderás a hacerlo. ¿Crees que alguno de los matrimonios acordados
siente el más mínimo interés el uno por el otro?
—Amo a otro hombre.
Eso sí que fue un golpe duro.
Lo sintió como un mazazo helado, como si le hubieran arrancado la piel a
tiras y salpicado con sal. Aun así, intentó mantener la compostura y no dejar
ver el dolor que le albergaba.
—Comprendo.
—Si lo hago —ahora fue ella quien le tomó de las manos⁠—, jamás me lo
perdonaré. Si dejo pasar la oportunidad…
—¿Lo has recibido aquí?
De las mil ideas tormentosas que volvían locos sus pensamientos, la de
que la mujer que amaba yaciera con otro en la cama que él había pagado…
Jane se apartó, mirándolo con ojos ofendidos.

Página 128
—Por supuesto que no. ¿Quién crees que soy?
—Tus continuas salidas, entonces.
Se puso muy derecha. Era necesario contárselo todo, si no, Charles jamás
la perdonaría, y había sido tan generoso que no podía permitírselo.
—Él está en el frente. Ni siquiera sé si regresará.
Le puso una mano en el hombro, como si intentara que volviera a la
realidad.
—Calpurnia, no te entiendo. Te estoy ofreciendo una vida amable, llena
de comodidades, ¿y tú pretendes sacrificarla por un hombre que quizá no
regrese?
—Así es.
No, no lograba entenderla. Para alguien como ella, su única salvación era
convertirse en madame o casarse con alguien honorable. ¿Y quién mejor que
él que la idolatraba como a una diosa?
Pero de repente, una idea fugaz pasó por su cabeza, tan desconcertante
que ella vio cómo se dilataban sus pupilas mientras se clavaban en sus ojos.
—¿Es el tipo del burdel?
—No sé a quién te refieres.
Charles suspiró.
—Aquella noche. Tú bajabas las escaleras y sucedió algo. Se marchó sin
más, y tú quedaste muy afectada.
No pudo negarlo.
—Sí, es él.
—Lord Aston.
Ahora fue ella la que reflejó en su rostro la sorpresa.
—¿Le conoces?
—Me interesé en saber quién era.
Al parecer, Charles también le había ocultado algunas cosas.
—Ahora ya lo sabes todo.
Él se apartó, ubicándose en el otro extremo del diván. Su rostro estaba
muy pálido y la mirada perdida en la elegante alfombra.
Jane dudaba de que aquella conversación hubiera sido un éxito. Había
dañado a un hombre al que solo debía agradecimiento, y eso la hacía muy
infeliz.
—¿Puedo preguntarte cómo pretendes acercarte a un aristócrata? —⁠dijo
Charles, mirándola de nuevo⁠—. Disculpa si soy cruel, pero nadie como él se
casará con alguien como tú. Ni siquiera tendrás acceso a su círculo.

Página 129
Había llegado el momento. Quizá, en unos minutos, él saliera de allí
dando un portazo, y en breve vendrían sus hombres a echarlas a la calle. O
quizá…
—Por eso necesito tu ayuda. He recibido otra propuesta matrimonial.
Las cejas del hombre se alzaron, absolutamente sorprendido.
—Lo dirás en broma, ¿verdad?
—Del barón Biggin.
Ahora sí que era todo un descubrimiento. La observó lleno de
incredulidad y aprensión.
—¿Nuestro anciano vecino?
—Sí.
—¿Intentas utilizarlo para acceder a Aston?
—Sí.
Charles parpadeó varias veces, como si a quien tuviera delante fuera a una
desconocida.
—No puedo aprobarlo —exclamó.
Ella tragó saliva. No estaba orgullosa de lo que estaba haciendo, solo
desesperada.
—Me lo debes.
—No te debo nada.
Se tiró de rodillas al suelo, pero no se acercó.
—Entonces, te lo ruego. Una vez me dijiste que jamás podrías negarme lo
que te pidiera.
Él parecía impactado con todo aquello, como si una de sus peores
pesadillas se estuviera materializando en su presencia.
—Aunque yo accediera y de verdad pudieras entrar en el círculo de Aston
—⁠intentó razonar⁠—, ¿qué te hace pensar que él querría tener algo contigo?
Está buscando esposa. ¿No lo sabías? Y tiene fama de ser un hombre
honorable.
—No puedo hacer otra cosa que esta.
Los ojos de Charles adquirieron una tristeza difícil de dimensionar.
—Si accedo a hacer lo que me pides, tú y yo no volveremos a vernos, y
tendrás que abandonar esta casa.
Jane luchó porque aquella maldita lágrima no escapara de sus ojos.
—Aun así.
Él se llevó una mano a la boca, como si su mundo, sus sueños, se hubieran
desmoronado como una montaña de azúcar bajo la lluvia.
—Te hubiera convertido en la mujer más feliz del mundo.

Página 130
—Lo sé, como sé que me arrepentiré de lo que voy a hacer.
—¿Entonces…?
Alargó una mano, pero no lo tocó.
—Si no lo hago, si no averiguo si Henry y yo podemos llegar a amarnos,
nunca sabré qué es la felicidad.
—¿A cualquier precio?
Sí, siempre se arrepentiría de lo que estaba haciendo.
—Cualquier precio me parece poco.

Página 131
Capítulo 24
Un paso más

La ceremonia nupcial, en una de las capillas colaterales de Saint Martin,


había sido discreta.
Por parte del barón de Biggin, el flamante novio, habían acudido un
puñado de viejos carcamales tan sobrios como él. Por parte de Jane,
únicamente, madame Margot, que había elegido un vestido tan recatado que
parecía una beata, y Charles, pues ella había aducido que no tenía a nadie más
en el mundo.
Jane fue consciente de que aquella sería la última vez que vería al hombre
al que le debía todo. Charles había accedido a hacerse pasar por su hermano y
hablar con el barón, igualmente, había pagado una generosa dote con el único
objeto de que le arrebataran a la mujer que amaba. No tenía muy claro por
qué accedía a todo aquello, quizá, por gratitud, porque durante aquellos pocos
meses juntos, se había considerado un hombre dichoso, o quizá simplemente
porque era un hombre de principios y nunca rechazaría ayudar a alguien
querido, aunque fuera por medio de una argucia.
Jane había elegido para la boda un vestido negro, sin más adorno que un
cuello de encaje que se le ajustaba bajo la barbilla casi asfixiándola, pues era
necesario mantener las apariencias.
La noche nupcial fue una pantomima. Ella apareció en el dormitorio con
un camisón tan austero como una mortaja, el anciano hizo un breve esfuerzo,
ella se pinchó disimuladamente con un alfiler para manchar de sangre las
sábanas, como le había aconsejado Margot, y eso fue todo.
A la mañana siguiente, habían partido hacia las posesiones campestres de
los Biggin, donde los recién casados esperaban pasar una temporada para dar
rienda suelta al amor, tras lo que el barón consideraba que había sido una
noche de pasión y Jane valoraba como una incomodidad necesaria.
Nada más llegar, Jane tuvo claro que allí nada estaba bien. La mansión, de
tiempos de los Tudor, era lóbrega, oscura, y decorada como si se tratara de

Página 132
una cripta, a lo que acompañaba un servicio compuesto de criados tan
ancianos como su esposo.
—Querido —le dijo en una de las ocasiones en que les servían el té en la
galería de vetustos retratos⁠—, ¿me permitirías que amueblara mi gabinete?
Un viejo sacerdote de mi feligresía decía que la luz es la gracia de Dios.
Biggin, que se sentía un muchachuelo, no podía negarle nada a su
adorable esposa.
—Haz lo que creas oportuno. Si viene de tu mano, sé que estará tocado
por la luz celestial.
Y así, poco a poco, todo fue cambiando. Las tapicerías de toda la mansión
fueron sustituidas por otras más alegres, y los entelados de las paredes, así
como las pesadas cortinas y los muebles antiguos. Ante los ojos del barón, su
austera casa se fue convirtiendo en algo a la moda, donde los colores rosa y el
azafrán habían sustituido a los vino tinto y gris ceniza. Aunque él estaba tan
entregado a su nueva esposa, a los escasos momentos de pasión, tan fugaces
como estrellas y tan breves como suspiros, que todo lo que ella hiciera lo veía
bien.
Por su parte, Marie se había hecho la dueña del servicio a instancias de su
señora. En el papel de doncella personal de la baronesa, daba indicaciones al
viejo mayordomo y a la anticuada ama de llaves, para que fueran tornando las
antiguas costumbres a otras más modernas, que incluían paseos a caballo,
jornadas de caza y sesiones musicales tras la cena.
Todas esas innovaciones llenaban de suspicacia al servicio, sobre todo,
cuando fueron conscientes de la transformación que empezaba a acechar a su
nueva ama.
Jane, con exquisita precisión, había ido cambiando su aspecto a la vista de
todos, pero tan poco a poco que no era apreciable si se trataba con ella a
diario. Empezó con los colores de su vestuario, que pasaron del negro
profundo al azul intenso y del verde cementerio al color de los prados en
primavera. También fueron evolucionando las hechuras de sus vestidos. Los
escotes empezaron a bajar, día a día, hasta colocarse en una línea donde el
nacimiento del busto era bien visible. Lo mismo sucedió con las mangas, que
subieron mágicamente, y con el peinado, que dejó de ser un roete apretado
para adornarse de bucles y flores de olor.
Cuatro meses después de su boda, la baronesa de Biggin era una mujer
bien distinta a la que había jurado sus votos, y parecía que el barón había
asistido a la milagrosa transformación sin darse cuenta.

Página 133
Pero aún quedaba algo importante si quería que su presencia en la Corte
fuera un éxito, y de eso se había encargado Marie, la única persona en la que
confiaba plenamente.
Había elegido la semana en que su esposo había tenido que regresar a
Londres y ella se había quedado en el campo aduciendo un malestar que él
acogió con esperanza. Eso le daba la discreción que requería.
Cuando su criada personal apareció con las cejas alzadas, ella se llevó una
mano al pecho.
—¿Está aquí?
—Le espera en el gabinete.
Ansiosa, atravesó la galería, que antes era la antesala del infierno y ahora
parecía el camino del paraíso, y cuando llegó a sus habitaciones privadas, se
encontró con un hombre menudo, ataviado con una gran peluca blanca, que le
hizo una reverencia tan artística que la dejó sin habla.
Ella se sintió torpe de inmediato. Allí estaba el gran monsieur Popin, el
maestro de todas las elegancias, y la persona indicada si una dama quería
parecerlo.
Jane le hizo una reverencia torpe y le indicó que se sentara.
—¿Ha sido cómodo su viaje?
—Ha sido agradable, señora.
El hombrecito la miraba con una ceja alzada, como si evaluara cada uno
de sus movimientos, o como si tuviera delante a una yegua a la que tuviera
que domesticar. Ella sentía el corazón acelerado en el pecho. Aquello era muy
importante, y si el caballero no aceptaba su encargo, tendría un serio
problema.
—¿Por dónde empezamos? —se atrevió a preguntar.
El hombre tomó un documento sellado que descansaba sobre la mesa y
que le había pasado desapercibido. Lo desplegó ante ella con gran gracia, y se
lo tendió.
Ella no sabía leer, pero supo apreciar las elegantes volutas y los sellos
reales que estaban al pie.
—Este es un certificado de Palacio —⁠le aclaró él⁠—. Ha costado una
pequeña suma, pero ya está registrado en las oficinas de la Nobleza. En él se
dice que usted, lady Biggin, en adelante baronesa de Biggin, es descendiente
de lord Alfred Milford, segundo hijo de lord Percival Milford, que a su vez es
el tercer hijo de lord Archibald Milford, cuarto vizconde de Struy.
—¡Vaya!
Él esbozó una breve sonrisa.

Página 134
—La sangre noble ha brotado milagrosamente en sus venas, porque una
vez aparezca en la Corte, todos querrán saber quién es usted, y no dudarán en
indagar donde haga falta.
Se sintió satisfecha. Aquello había costado aquella pequeña fortuna entre
sobornos y pagos a los encargados del registro, pero había comprado un
pasado que borraba el suyo con ese documento.
—¿Esto es todo? —Lo miró a los pequeños ojillos.
Él se puso de pie, y paseó por la sala.
—Esto solo es el principio. Si no está preparada, se le lanzarán al cuello
como uno de esos grandes gatos africanos y se cebarán con sus entrañas.
Debe estar lista para acceder a la Corte, fortificada, encumbrada para lo que
se le viene encima, y eso solo se consigue con estudio, práctica y un excelente
profesor como, disculpe mi inmodestia, yo mismo.
Otra reverencia.
Ella sintió que todo aquello le pesaba. Había llegado a la conclusión de
que con un bonito vestido y una sonrisa amable bastaría.
—¿De verdad será tan complicado? —⁠se quejó.
Monsieur pareció apiadarse de ella.
—Mi querida baronesa, deberá conocer al dedillo el protocolo de la Corte.
Si saluda antes a un marqués que a un duque, no se le perdonará. Si no le da
el sitio adecuado a un príncipe de la sangre, no se le perdonará. Si no conoce
quién está por encima y por debajo de quién, no se le perdonará. Y en la Corte
solo hay una oportunidad para triunfar. Si comete un error, será
inmediatamente repudiada.
«Repudiada». No se lo podía permitir.
Se puso de pie y la decisión brilló con fuerza en sus ojos.
—¿Me enseñará todo eso?
—Cuando usted y yo terminemos, sabrá exactamente qué hacer, cómo y
con quién en cada momento. Pero esto es el principio, nada más.
Se llevó una mano al pecho. Solo con lo que había expuesto monsieur ya
le parecía un mundo nuevo a prender.
—¿Hay más?
—Por supuesto. —Casi dio la impresión de que le había insultado
dudándolo⁠—. Debe aprender los bailes de moda, que cambian
constantemente, las conversaciones adecuadas y las proscritas, el amplio
catálogo de genuflexiones, pues no es la misma la que dirigirá a un igual que
a un superior, el calendario de Palacio y cómo comportarse en cualquiera de

Página 135
los momentos en que esté ante la Real Presencia. Y con eso tendremos
bastante avanzado.
Los ojos de Jane se abrieron de par en par.
—¿Por qué aún hay más?
Una sonrisilla de suficiencia apareció en los labios de Popin.
—Claro que sí, querida. En Palacio siempre hay más. Necesitará dos
vestidos nuevos para cada día. El de mañana debe ser en tonos alegres y
tejidos desenfadados, aunque siempre de gala. El de tarde de colores elegantes
y tejidos más ricos. También necesitará un tercero cada día si decide quedarse
a la cena. Este de gran gala, con cola y sobremanto. Diamantes, por supuesto.
Y no puede repetir. Llevar dos veces el mismo traje se considera… vulgar.
Intentó hacer un cálculo.
—¿Cuántos vestidos necesitaré entonces?
Popin lo pensó un instante.
—No menos de treinta para empezar, aunque una modista hábil sabrá
elegir telas y colores que le permitan combinarlos para crear nuevas
composiciones. Además, debemos incluir dos docenas de chapines, otras dos
de guantes, velos para misa, abanicos para los bailes, una bolsa de caridad
bien nutrida para todos los días, y lunares, muchos lunares postizos. ¿Sabe
hablar francés?
Se encogió de hombros.
—No.
—Es una contrariedad, pero diremos que es usted tan patriota que se niega
a hablar en otro idioma que no sea el suyo. ¿Y tocar el clavicémbalo?
—Tampoco.
Un mohín de disgusto.
—Una enfermedad congénita en los dedos, con eso nos quitaremos la
obligación de hacer una demostración en público —⁠acertó a decir⁠—. Por lo
demás, en nueve o diez meses estará preparada para ser presentada en la Corte
con éxito.
Esa vez, Jane sí que se sorprendió.
—¿Diez meses? Pretendía hacerlo la próxima semana, el día en que los
oficiales regresan de la guerra.
La manera en que monsieur Popin la miró fue como si se estuviera
enfrentando a una criatura infernal salida del mismo corazón de los pantanos.
—De ninguna manera, lady Biggin. —⁠Arrugó la nariz⁠—. Un solo error
podría ser fatal.
Ella suspiró. Eso desbarataría todos sus planes.

Página 136
Según las noticias que llegaban de la Corte, Henry debía estar a punto de
regresar a Londres, y estaba el engorroso asunto de su boda. Debía ser
presentada en la Corte cuanto antes, y diez meses era demasiado tiempo como
para aceptarlo.
Miró fijamente al francés. Este se mostraba altanero, pero su sonrisa
pareció derretir su altivez.
—Mi esposo estará en Londres hasta el sábado —⁠le dijo Jane, con su
arrebatadora mirada clavada en él⁠—. Ese es el tiempo que tiene para
convertirme en una dama.
El hombre dio un par de pasos hacia atrás y se llevó ambas manos al
pecho.
—¿Pretende acabar conmigo?
Ella volvió a sonreír.
—Pretendo hacerlo rico si lo logra.

Página 137
Capítulo 25
Una entrada triunfal

El anciano barón parpadeó varias veces cuando la vio aparecer.


—Que-querida —tartamudeó—, no sé si el vestido es demasiado…
—¿Oscuro? —Lo ayudó Jane.
—Impropio, iba a decir.
Ella adquirió la más angelical de sus miradas, una que tenía tan bien
ensayada que incluso le provocaba un ligero rubor en las mejillas.
—¿Crees que he confiado demasiado en la modista? ¿Quizá deba
cambiarme?
El barón ya estaba suficientemente preocupado, ya que llegaban tarde a la
presentación pública. Que su esposa se cambiara supondría un nuevo retraso,
y todos sabían que Jorge II era puntilloso con las faltas en la etiqueta.
—No da tiempo —contestó, exasperado⁠—, pero prométeme que no
volverás a encargarla de tu vestuario.
Ella mantuvo su papel, y juntos subieron a la carroza de gala que los
llevaría a Saint James.
El vestido que Jane se había hecho confeccionar era fabuloso. Había
elegido un tafetán del mismo tono verde de sus ojos, para que su reflejo los
acentuara. De corte francés, las faldas se abullonaban a su alrededor hasta una
pequeña cola, cuyos bajos estaban bordados con hilo de plata. El pecherín era
una exquisita obra de lacería, y quedaba tan bajo que sus senos parecían a
punto de desbordarse del escote cuadrado. Mangas en flor por encima del
codo, y tan ajustado sobre el corsé que le marcaba una cintura estrecha y
deliciosa. Diamantes, por supuesto, los de la difunta baronesa, que había
hecho engarzar en varias composiciones más a la moda. Pendientes largos,
que arrancaran brillo a sus ojos y labios, y una ajustada gargantilla de
chatones que dejara expuestos su cuello y escote.
En definitiva, una mezcla deliciosa entre exquisitez y provocación, que
estaba segura no pasaría desapercibida en la Corte.

Página 138
El barón estaba alterado. Hacía años que no se presentaba en Palacio, pero
la presentación de la nueva baronesa de Biggin era inexcusable, por mucho
que había intentado aplazarla.
Cuando la carroza les dejó en Pall Mall, y antes de descender, le dio los
últimos consejos a su esposa.
—No te dejes intimidar por el Rey, querida. Eres muy impresionable, y
Jorge tiene un carácter agrio. Si muestras recato y discreción —⁠se le escapó
una mirada al amplio escote⁠—, todo irá de maravilla.
Ella asintió, como si tomara nota de cada una de las palabras, y pusieron
pie en tierra al fin.
A partir de ahí, su suerte dependía del más mínimo error, pues sería
diseccionada en cada uno de sus gestos, de sus movimientos o de las palabras
que pronunciara.
Popin la había advertido sobre cómo debía ser su expresión todo el tiempo
que estuviera en Palacio: una sonrisa casi inapreciable, como congelada en
sus labios, que debía ir acompañada de una espalda recta y una cabeza bien
alta, que demostrara arrogancia, una de las virtudes más valoradas entre la
nobleza.
Mientras atravesaban los primeros patios y salones, Jane notaba cómo el
corazón parecía querer salírsele del pecho, pero dominó aquel trote acelerado
para mantener el paso sereno del brazo de su marido.
Ante una puerta cerrada, un chambelán les solicitó el título, cosa que solo
se hacía cuando una dama o un nuevo titulado acudían a la Corte por primera
vez. Solo entonces dos lacayos abrieron la doble puerta y el chambelán los
anunció antes de que pasaran.
—El barón y la baronesa de Biggin.
Jane contuvo el aliento, se aseguró de que sus labios mantenían la
expresión adecuada, relajó las manos y solo entonces dio el primer paso hacia
su nueva vida.
El salón estaba repleto de nobles ociosos que se habían vuelto de
inmediato para admirar la nueva incorporación. Ella mantenía la vista al
frente, sintiendo cómo le sudaban las palmas de las manos, pero en ningún
momento hizo por girarse a ver qué efecto causaba.
El barón se detuvo ante un caballero e inclinó la cabeza, lo que indicaba
que era de estatus similar. Jane hizo la media reverencia que convenía en esos
casos y, con el rabillo del ojo, observó el gesto de aprobación en un par de
damas que la habían diseccionado de arriba abajo.

Página 139
Continuaron hacia la siguiente estancia. Ese salón, más amplio, se abría a
los jardines y estaba muy concurrido.
La mirada airada de algunas mujeres la hizo dudar de si había elegido el
atuendo adecuado, pero el brillo en los ojos de los caballeros le llevó a la
conclusión de que no se había equivocado.
En esa ocasión, Biggin se dirigió hacia un noble muy anciano, ante el que
hizo una profunda reverencia. Jane supuso que se trataba de un marqués o
incluso de un duque, así que elaboró con gracia una genuflexión para volver
al instante a su posición.
—Querido amigo, le decía a la marquesa que hace siete años que no nos
vemos.
El barón no estaba cómodo, pero esbozó una sonrisa de complacencia.
—Ni mi esposa ni yo somos amantes del bullicio de la Corte.
El hombre miró reprobatoriamente a la nueva baronesa, a la que no debía
dirigirse hasta que esta hubiera recibido la venia real.
—Ya veremos, querido. Ya veremos.
No hubo más palabras. Todos eran conscientes de que aquello era una
presentación, y el objeto de la comitiva era lucirse.
La siguiente puerta fue abierta por dos nuevos lacayos, y dio paso a una
sala aún más hermosa, tanto que Jane tuvo que hacer un esfuerzo para no
mirar los tapices y los cuadros que colgaban de las paredes.
Allí parecía que damas y caballeros lucían trajes más suntuosos y joyas
más elaboradas. Cuando sintió el codo de su marido impactando suavemente
sobre su costado, supo que había llegado el momento.
Hizo la primera reverencia, muy profunda, hasta casi quedar sentada sobre
sus talones. Se incorporó y avanzó por la sala donde se había hecho un
silencio absoluto, pues todos los ojos estaban puestos en ella.
Con la respiración contenida, miró discretamente alrededor. El Rey debía
estar allí, pero… ¿cuál era? Había supuesto que la majestad real era
apreciable a simple vista, como un fulgor que emanaba de su divina presencia
y lo volvía inconfundible, pero no había allí nadie con esa luz alrededor.
A mitad del salón, el barón se detuvo de nuevo, y ambos hicieron la
segunda genuflexión, lo que indicaba que debían estar cerca del soberano.
Unos pasos más y su esposo le indicó de nuevo que debían inclinarse, esa
vez hasta que el Rey les diera permiso para levantarse.
Así lo hizo, con la vista puesta en el suelo y manteniéndose en cuclillas
como le había enseñado monsieur Popin.

Página 140
Ante ella solo veía unos chapines blancos, recamados en oro, y unas
medias del mismo color que subían hasta las pantorrillas. Aquel debía ser el
soberano, a pesar de que no le había dado tiempo a fijarse antes de hacer la
reverencia.
—Biggin, es casi un milagro verte por aquí.
Aquella era la señal, y ambos volvieron a alzarse.
Lo cierto era que Jane se decepcionó. Ante sí tenía a un anciano de rostro
malhumorado y labios casi invisibles, que portaba una peluca tan grande que
casi lo ocultaba, y que tenía un aspecto bastante parecido al de su esposo.
—Majestad, permítame que le presenta a la nueva baronesa.
El Rey la analizó de arriba abajo, sin desfruncir la mirada. Jane se sintió
incómoda, pero no dio muestras de ello. A su alrededor, todos los ojos
estaban clavados en ella. La mayoría de las masculinas con aprobación, igual
que la desaprobaban muchas de las femeninas.
—Me gusta que la Corte se adorne con mujeres hermosas —⁠dijo al fin el
soberano, y Jane notó cómo muchos de aquellos ojos críticos tornaban de
bando, pues acababa de recibir el beneplácito real.
Jane hizo una nueva reverencia, pero más breve.
—Mi intención es servir a Su Majestad.
Jorge miró alrededor. Acababa de abrirle las puertas de la Corte y
esperaba que fuera acogida por todos.
—Cómo te llamas.
—Calpurnia.
El barón se veía manifiestamente incómodo. Había esperado que el
trámite pasara casi desapercibido, que el Rey dijera una palabra amable y se
olvidara de ellos, y así podría regresar ese mismo día a su casa de campo.
—Espero verte a menudo —continuó el Soberano⁠—. ¿Alguien de tu
familia ha ido a la guerra?
—No, Majestad. Solo tengo…
Pero de repente, ella perdió todo el interés para la Real Presencia, que se
dirigió a alguien que acababa de entrar en el salón.
—Aston, me habían dicho que te había atravesado una bala de cañón.
La piel de Jane se erizó de inmediato. ¡Era él, allí! Estaba segura de que si
frecuentaba la Corte, terminaría por encontrarlo, lo que no sospechaba era que
lo hiciera el mismo día de su presentación.
No se giró. Mantuvo su aire distante, sin apartar los ojos del Rey, pero no
le pasó desapercibida la presencia de Henry, que acababa de colocarse justo a
su lado.

Página 141
—Fue de mosquete, señor —le contestó él al monarca⁠—, y solo un
rasguño en el brazo.
—¿Ves? —Jorge II señaló al barón⁠—. Hasta Biggin tiene esposa.
¿Cuándo me presentarás a una nueva condesa?
—Será el primero en saberlo.
El Rey volvió a dirigirse a ella, que sentía que el corazón le latía tan
deprisa que todos a su alrededor debían estar dándose cuenta.
—¿Puedes darle algún consejo a nuestro soltero más empedernido,
querida?
Solo entonces se atrevió a mirarlo.
Hermoso y arrogante, como siempre. La miraba con la tez pálida y cierta
desesperación en los ojos, que iban de los suyos a los labios para volver a
enfrentarlos.
Jane abrió la boca, pero la volvió a cerrar. A su alrededor, todos estaban
pendientes. Si la nueva baronesa era ocurrente, sería admitida en las mejores
hermandades.
—Le preguntaría si se ha enamorado alguna vez —⁠dijo al fin.
El Rey miró alrededor, encantado.
—Qué cosa tan ocurrente. Contéstale, y sé sincero.
Henry estaba muy serio, y se sentía incapaz de apartar los ojos de ella.
—Sí —contestó de la manera más parca.
—Arrojado en la batalla y tímido en el amor —⁠arremetió Jorge⁠—. Un
solo si no basta.
Él carraspeó. Seguía sobrecogido por su presencia. ¿Cómo podía estar tan
hermosa y endiabladamente deseable?
—Si la pregunta es, baronesa, si me he enamorado —⁠volvió a
carraspear⁠—, la respuesta es sí. Pero si quiere saber si he sido correspondido,
lamentablemente, no ha sido así.
Ella vaciló.
—¿Y qué prueba tiene de ello?
—Contesta, Aston —volvió a insistir el monarca, ante el deleite de su
Corte⁠—. Me gusta tu esposa, Biggin.
La mirada de Henry se volvió acerada.
—¿Que se haya casado con otro hombre es suficiente para usted?
De repente, los nervios habían desaparecido y Jane tenía la sensación de
que estaban los dos solos, y hablaban de lo que había existido entre ellos.
—Quizá lo ha hecho porque usted no se decidía.

Página 142
—Muy bueno —esa vez el Rey se dirigía al barón, que sonrió
incómodo⁠—, me gusta.
Pero Henry no era consciente de nada de lo que sucedía a su alrededor,
solo de que ella estaba allí, y la deseaba tanto como cada una de las noches
desde que se vieron por última vez.
—Por su experiencia —le dijo—. ¿Cree que si hubiera dado el paso me
habría dicho que sí?
—Estoy convencida de ello.
Se mantuvieron la mirada, a pesar de lo peligroso que era en un lugar
como aquel, donde todo era analizado.
Al final, Henry se encogió de hombros.
—Entonces, ya es tarde —consiguió dejar de mirarla y le hizo una
reverencia al monarca⁠—. Si Su Majestad me lo permite, he de retirarme.
Este asintió.
—Seguro que hay una mujer por medio. Vete, Aston, pero quiero verte a
menudo.
El barón aprovechó para pedir permiso.
—Nosotros también nos retiramos con su venia, señor. No quiero que la
baronesa se fatigue.
A ella le molestó que la pusiera como excusa. Pasaría su vida allí sin
dudarlo.
—Querida —el Rey le tomó la mano y la besó, lo que arrancó un
murmullo de admiración alrededor⁠—, consideraré un insulto personal que no
acudas a la Corte.
Ella hizo una profunda reverencia.
—Los deseos de Su Majestad son órdenes para mí.

Página 143
Capítulo 26
Un año de milagros

Habían pasado once meses desde que Jane fuera presentada en la Corte, y
1759 era ya conocido por todos como el annus mirabilis, el Año de los
Milagros, no solo por los éxitos militares, sino porque la prosperidad había
vuelto a la malograda vida de los súbditos reales.
—¿El verde o el azul? —le preguntó Marie, presentándole los dos
vestidos.
Jane los miró, con el aburrimiento encajado en el rostro. Ambos eran
soberbios. Ni recordaba cuándo se los había probado. De lo que estaba segura
era de que no había estrenado ninguno de los dos.
—Elige tú. Hoy tengo un terrible dolor de cabeza.
Mientras Marie buscaba qué complementos y joyas combinaban mejor
con aquel tafetán azul intenso, ella se recostó en el sillón de su tocador, con
las piernas en alto, y rememoró los acontecimientos de los últimos meses.
Henry no había vuelto a dejarse ver en la Corte, desoyendo el deseo del
soberano y provocando su absoluta frustración. Estaba segura de que aquel
desacato estaba producido por la aversión que sentía hacia ella, y la única
excusa posible del conde para evitar la ira real había sido regresar al campo
de batalla.
Jane había seguido de cerca sus pasos, indagando discretamente cuando su
nombre aparecía en una conversación.
Estaba preocupada por su seguridad, ya que todos decían que el conde de
Aston era de los primeros en lanzarse a la contienda. Sabía que había
participado en la conquista de Quebec, en las lejanas tierras americanas, y que
había defendido Hanover de las fuerzas francesas. También sabía que estaba
sano y salvo, que no había contraído matrimonio y que eran muchas las
damas que parpadeaban ilusionadas cuando su nombre aparecía en una charla
cortesana.

Página 144
Por su parte, el barón de Biggin seguía disgustado. Al principio, había
caído en una irritación constante cuando ella visitaba la Corte a diario. La
había acusado de casarse solo por interés, de haberle engañado con una
insinuada inocencia que no era cierta, y de estar dilapidando su fortuna.
En cada una de aquellas ocasiones, ella se había echado a llorar, algo que
sabía interpretar de maravilla gracias a las antiguas enseñanzas de su adorada
Marianne, y él había terminado por pedirle perdón. Y tan bien le había salido
la jugada que ahora vivían en una buena casa en Compton, cerca de Palacio y
más digna de su nuevo estilo de vida.
Marie terminó de coserle las mangas al corpiño y le indicó que se mirara
en el espejo.
El vestido era soberbio, y los zafiros con los que se adornaba aún más.
Suspiró, cansada, y le dio las gracias antes de incorporarse para que otra de
las doncellas la calzara.
Podía considerar que la vida en la corte era frustrante.
Sí, era lujosa, deslumbrante y llena de personas a las que siempre había
querido conocer. Pero su papel era tan discreto que se sentía el último eslabón
de una cadena cuyo broche quedaba tan lejos que ni podía vislumbrarlo.
Como Calpurnia, había sido la reina de la noche londinense. Como
baronesa de Biggin, era el último peldaño de una sociedad donde la cuna y las
precedencias eran el centro, así que se pasaba los días haciendo reverencias,
dejando su asiento a otras o esperando a que una dama mejor posicionada se
dignara a hablarle, ya que estaba prohibido hacerlo si no había sido antes
aludida.
Iba a salir cuando sonaron unos golpes en la puerta.
Marie fue a abrir, y le hizo una reverencia al barón antes de retirarse.
El anciano no tenía mejor aspecto con el paso del tiempo. Parecía un poco
más encorvado y bastante más huraño. Escudriñó a su esposa de arriba abajo.
—¿Otra vez te vas?
Ella se puso unas gotas de perfume en cuello y muñecas.
—Van a hacer la lectura de un nuevo poeta.
Él lo reprobó con la mirada. La poesía era una de esas artes infernales que
provocaban la perturbación del espíritu, pero no dijo nada al respecto.
—Creía que hoy íbamos a ir juntos a misa.
Era cierto. Con esa promesa se lo había quitado Jane de encima la última
vez que se vieron, de eso hacía tres días.
—Iré en Palacio —se excusó.

Página 145
Aquello no sentó bien al barón, pero tampoco dijo nada. En los últimos
meses, solo discutían y ni recordaba desde cuándo no compartían lecho, ya
que en la nueva mansión tenían dormitorios separados.
La miró con la frente fruncida y los labios apretados.
—Otro de tus vestidos.
—¿Le encuentras alguna pega?
—Lo que no le encuentro es ninguna virtud.
Aquella conversación tenía toda la pinta de terminar como siempre: él
haciéndole reproches y ella llorando con el corazón encogido. Después,
Biggin le pediría perdón y ella diría que se marchara, que necesitaba orar, y
así hasta la siguiente. Pero el dolor de cabeza de aquella mañana no le daba
fuerzas para enfrascarse en otra disputa.
—Debo partir —dijo, encaminándose a la salida.
Él asintió de mala gana.
—Hoy vienen a cenar mis amigos. Te ruego que estés de regreso a tiempo
de recibirlos, y vestida de una manera decente.
Jane no contestó. Salió del palacete y montó en su carruaje, que ya la
esperaba en la puerta, como cada mañana.
No, la vida cortesana no estaba resultando todo lo excitante que había
supuesto. Durante las mañanas, se asfixiaba en los salones de paso, donde
terminaba con las piernas doloridas de tanta reverencia, y donde solo podía
codearse con las damas de menos preponderancia debido a su título. Las
marquesas más encumbradas y las duquesas no le dirigían la palabra, y, por
supuesto, nadie de la familia real.
El Rey, que tan bien la recibió el primer día, siempre estaba reunido,
gestionando los asuntos de la guerra, y su esposa hacía años que había
fallecido, por lo que la Corte se movía alrededor de un puñado de damas
influyentes que la despreciaban.
Como cada mañana, permaneció entre conversaciones vacías de viejas
vizcondesas y damas de poca alcurnia, mientras las estilizadas aristócratas de
mejor posición pasaban de largo tras recibir por su parte las humillaciones
necesarias.
Quizá debido al dolor de cabeza, aquella mañana no estaba para soportar
un desplante más, así que decidió retirarse, pero no era tan fácil, ya que
alguien podía sentirse ofendido con su ausencia, así que pidió disculpas para
ir a saludar a una conocida y buscó un camino alternativo para salir de palacio
sin ser vista.

Página 146
Tras atravesar varios salones, se descubrió en alguna parte de las
dependencias privadas, tan solitaria como una madrugada en un cementerio.
—¿Dónde diantres me he metido? —⁠se preguntó, dejando a un lado a la
refinada aristócrata que aparentaba ser, y con las manos en la cintura, miró
alrededor, intentando encontrar una pista que le dijera si dirigirse al norte o al
sur.
Dudaba si volver sobre sus pasos o continuar. De alguna manera se
debería salir de allí, cuando escuchó unas pisadas sobre el entarimado de
madera.
Soltó un suspiro de alivio y se giró de inmediato, esperando ver a un
criado que la acompañara hasta una puerta trasera, cuando se encontró de
frente con alguien que de ninguna manera esperaba.
—Has vuelto.
Henry permaneció clavado en el suelo, como si aquella fuera la cosa más
infausta posible, porque había venido a cumplir con su deber de presentarse
ante el Rey, pero también había tomado aquel camino para evitar
encontrársela.
Porque lo sabía. George, que se enteraba de todo, le había dicho que la
baronesa Biggin acudía a la Corte cada mañana, hermosa y excitante como
siempre, y permanecía allí hasta antes de la cena.
Henry se había preguntado si podría ignorarla, pasar por su lado y no
sentir nada. Pero no estaba dispuesto a pasar aquella prueba después de que
ella no saliera de su cabeza ninguno de aquellos malditos días en que había
estado en el frente.
Y allí estaba. Más hermosa aún si era eso posible. Con el dorado cabello
enmarcando un rostro perfecto, y los jugosos labios ligeramente húmedos,
como una provocación.
Mantuvo toda la distancia que fue capaz, y le dirigió una firme inclinación
de cabeza.
—Baronesa.
Estaban solos, quizá por primera vez desde…
—Antes me tratabas con familiaridad.
Él la miró con las cejas fruncidas, serio y distante, como un soldado ante
su capitán.
—Antes no eras una mujer casada a la que debo respeto y distancia.
Sí, estaban solos, y quizá aquello no volviera a repetirse.
—Estás entero —apreció Jane, aunque se había cuidado de saberlo todo
de él durante su ausencia.

Página 147
La frente de Henry se relajó, pero no hizo nada por acercarse. También
cambió el tono de su voz, que se volvió menos rígido.
—Te has adaptado a la vida en la Corte.
Jane se encogió de hombros.
—Lo intento.
—Es mejor pasar desapercibido.
—No es ese mi estilo.
Por un instante, ambos permanecieron mirándose a los ojos. Sucedía
siempre que se encontraban. Que el tiempo desaparecía y las ricas cortinas se
difuminaban. Así había sido aquella noche en que la tomó, la noche en que
selló su destino sin saberlo.
Fue él quien se apartó. Hizo un saludo militar, nervioso, y dio un paso
hacia un lado.
—Debo marcharme.
Pasó por su lado, con la vista al frente, duro y distante, como si de verdad
fuera dueño de sus emociones.
Antes de que abandonara aquella estancia, ella alzó la voz.
—Te he echado de menos.
Henry se detuvo en seco.
Durante unos momentos, no se movió, como si lo hubieran claveteado a la
madera.
Cuando se giró, sus ojos brillaban, febriles.
—Esto no es correcto.
Ella avanzó, despacio, hasta colocarse muy cerca.
—Nada de lo que ha habido entre tú y yo lo ha sido nunca.
Él tragó saliva. Estaba perdido, como cada vez que ella había aparecido en
su vida.
—¿Qué pretendes? —apenas salió de sus labios.
Y Jane lo besó.
Fue algo tierno y tan vívido que cuando la estrechó entre sus brazos,
inundado por el deseo, tuvo la absoluta certeza de que había regresado al
hogar.

Página 148
Capítulo 27
Una noticia aciaga

Durante todo el tiempo que había frecuentado la Corte, ninguna de las damas
de mayor estatus había tenido la deferencia de acercársele. Por eso, cuando la
duquesa de Sausson alzó una mano desde el otro lado del salón, Jane estuvo
segura de que se estaba dirigiendo a otra persona.
—Es a usted, querida. —La sacó de su error una anciana vizcondesa, de
las pocas que le había ofrecido su amistad⁠—. Parece que milady ha
comprendido al fin que es usted una muchacha encantadora.
Hacía dos días que Jorge II había fallecido, y toda la nobleza estaba en
Palacio, ataviados del luto más riguroso, para participar en las honras
fúnebres y felicitar al nuevo monarca, su nieto.
Jane había acudido del brazo de su marido, que no hubiera podido excusar
su ausencia. Últimamente, el barón pensaba seriamente en que debían
retirarse de Londres, lo que a ella la horrorizaba, por lo que había desistido de
sus visitas diarias a la Corte.
Le había costado trabajo desempolvar uno de sus viejos vestidos negros,
pero la etiqueta era rígida a ese respecto, y durante dos meses, no habría
juegos de mesa, ni música, ni dulces azucarados, y se cubrirían con paños
oscuros todos los espejos de Palacio.
Jane volvió a mirar hacia donde estaba la duquesa. Ser requerida por una
dama de posición y no atenderla era una terrible descortesía.
En cualquier otro instante, habría dado saltos de alegría al sentirse, al fin,
admitida en la intimidad de lo más granado de la Corte, pero aquel día apenas
se podía mantener en pie.
Había sido por la mañana, al poco de levantarse, cuando unas terribles
arcadas le habían confirmado lo que ya sospechaba desde hacía dos meses:
que estaba embarazada.
Ese era el tiempo en que la menstruación no acudía a su cita puntual, lo
que indicaba que hacía al menos tres lunas que el fruto germinaba en su

Página 149
vientre.
Su marido no iba a necesitar echar cuentas para comprender que aquel
hijo no podía ser suyo, lo que la arrastraría a la desgracia.
¿Hasta cuándo iba a poder disimularlo? Tal y como estaba su matrimonio
en los últimos meses, estaba segura de que el viejo barón utilizaría aquel
embarazo para repudiarla, y entonces todo se habría acabado, todo volvería a
ser como antes, con el agravante de que sería una mujer marcada y tendría un
hijo que sacar adelante.
Desbaratar el embarazo no estaba en sus planes, a pesar de que era la
solución más cabal. Madame Margot conocía a ciertas mujeres que lograban
arrancar la simiente con una rama de perejil, y podía acudir a una de ellas.
De hecho, cuando le acometió la primera arcada, sí que pasó por su
mente, pero lo que llevaba en su vientre era el fruto de Henry y de ella, y
sabía que nunca podría deshacerse de él.
Sí. Era con el único hombre con quien había yacido en los últimos meses,
ya que su esposo, eternamente enfadado, quizá con razón, había dejado de
frecuentar su lecho.
Su única solución era que, cuando se lo contara a Henry, él se apiadara de
ella y la recogiera una vez repudiada. Pero para eso debía encontrarlo, y según
le habían informado, había regresado a Francia tras aquel fogoso encuentro
que tuvieron en Palacio.
—Querido —le dijo a su marido, que no la soltaba del brazo⁠—, la
duquesa de Sausson me requiere.
Este se puso el monóculo para asegurarse, desconfiado, de que así era y,
después, la dejó marchar, pues desairar a una duquesa era tan grave como un
pecado.
Jane avanzó por una sala repleta de cortesanos intensamente perfumados y
tan parlanchines que parecían encontrarse en una verbena antes que en un
funeral.
Las náuseas acudieron a su garganta de nuevo, pero pudo avanzar con la
mano sobre el vientre, intentando controlarse.
La duquesa estaba rodeada de su corte personal, un grupo de damas de lo
más encumbradas a las que incluso el difunto Rey temía.
El nuevo monarca, Jorge III, era muy joven, y el peso del gobierno
recaería por entonces en manos de su madre, Augusta. Esta había
permanecido apartada de la Corte durante muchos años, pues la facción de su
marido, el difunto príncipe de Gales, y la del Rey estaban enfrentadas.

Página 150
Caerle en gracia al nuevo soberano y, sobre todo, a su progenitora era el
cometido de todo cortesano que se preciase, así que las fichas del juego
estaban danzando sobre la mesa.
Cuando Jane llegó junto a la duquesa, hizo la reverencia de rigor, a pesar
de que sentía que podía desmayarse de un momento a otro.
—Baronesa —el rostro de la dama mostraba una altivez difícil de
superar⁠—, qué de tiempo hacía que no veíamos a su marido en la Corte.
Jane era consciente de que detrás de aquella invitación habría un interés.
Posiblemente, jactarse de que su anciano esposo luciera demasiado achacoso,
o de que quisiera retirarse de la Corte, como hacían muchos nobles con el
cambio de gobernante. Sonrió como le enseñara monsieur Popin e intentó
disimular su indisposición.
—Prefiere la vida tranquila de casa.
—Al contrario que usted.
No quiso callarse. No estaba educada para ello.
—O usted.
La duquesa acogió el desafío con cierto placer. Era consciente de que
muchos las observaban, quizá preguntándose si la bella baronesa a quien
nadie trataba iba a ser al fin admitida en uno de los círculos más exclusivos de
la Corte.
—¿Se encuentra bien? —Cambió de tercio la duquesa⁠—. La veo un tanto
pálida.
Jane intentó disimular.
—Estoy muy afectada por la muerte del Rey.
—Como todas, querida. —Se llevó el abanico a los labios⁠—. Era usted
amiga de lord Aston, ¿verdad?
Jane sintió que le flaqueaban las piernas, pero logró sobreponerse.
—Apenas conocida.
—Todas estamos ansiosas por saber, y habíamos supuesto que, ya que
usted lo frecuenta…
—No lo frecuento —insistió, más tajante de lo que había esperado.
—Nos podría contar cómo ha sido la boda.
A pesar de haberlo oído con claridad, su cerebro tardó un tiempo en
comprenderlo. Como si el mero hecho de que hubiera tomado a otra mujer
fuera algo imposible. Parpadeó varias veces antes de mirar de nuevo a la
duquesa.
—¿La boda?

Página 151
Esta parecía no darse cuenta del cataclismo que habían supuesto sus
palabras, interesada únicamente por las noticias que la baronesa pudiera
traerle.
Jane tuvo que apretar los puños para coger fuerzas.
Estaba perdida.
Si Henry se había casado…, ¿qué iba a hacer cuando su embarazo fuera
descubierto?
—En Versalles, apadrinada por el mismísimo rey Luis —⁠continuó la
duquesa, ajena a la tormenta que la arrasaba⁠—. Dicen que ha corrido tanto
champán que es posible que no podamos degustarlo en los próximos lustros.
—⁠La miró, encantada⁠—. ¿No sabía nada? Me desviví por encontrarle la mejor
esposa británica, y él me paga así.
Ella tuvo que aclararse la garganta, que la sentía ardiente.
—Ya le dije que apenas nos conocíamos.
Se dio cuenta del aspecto que debía presentar cuando vio la preocupación
en el rostro de su interlocutora.
—¿Quiere sentarse? Le puedo ceder mi taburete.
Aquello era un honor sin precedentes. El derecho a taburete era exclusivo
de las duquesas y de la familia real, lo que implicaba que siempre debía haber
uno libre para ellas.
—No es nada. —Intentó aparentar una normalidad que no sentía⁠—. Hoy
hace demasiado calor.
Una dama se dignó a abanicarla, y ella iba a pedir licencia para marcharse
cuando todas a su alrededor hicieron una profunda reverencia.
Jane se encontraba mareada, y solo cuando se dio la vuelta, comprendió la
razón de aquel gesto: a su espalda estaba el príncipe Guillermo,
impecablemente vestido de luto, y con el rostro tan pálido como la luna.
—Señoras —las saludó.
—Alteza, nuestras condolencias —⁠dijo la duquesa por todas.
—Ha sido una gran pérdida —⁠añadió otra dama.
—Su sobrino sabrá continuar con su labor.
Guillermo Augusto tenía el mismo porte arrogante de cuando Jane lo viera
en el desfile. Grande, alto y bien plantado. Había algo en él que gustaba de
inmediato, incluso en un momento como aquel, que honraba las exequias de
su padre.
A ella no le había pasado desapercibido que, desde que llegara, no había
apartado los ojos de su rostro, a pesar de que Jane había mantenido la mirada
gacha, como indicaba el protocolo ante las reales presencias.

Página 152
—Creo que no hemos sido presentados —⁠dijo el príncipe, refiriéndose,
indudablemente, a ella.
La duquesa, un tanto sorprendida, procedió a hacerlo, ya que era la de
mayor rango de la reunión.
—La baronesa de Biggin, Alteza.
Él, cortés, le besó la mano y le pidió que se levantara de la profunda
reverencia que correspondía.
—¿Es posible que nos hayamos visto antes?
Jane se atrevió a mirarlo por primera vez. Era un hombre apuesto, sin
duda, y era consciente de ello.
—Desde que estoy en la corte, usted está en la guerra.
—Es amiga de lord Aston —procedió a añadir la duquesa.
—Apenas nos conocemos —insistió.
Ella intentó, de nuevo, quitarle importancia, pero el príncipe no había
reparado en el comentario, pues solo tenía ojos para Jane.
—¿Viene a menudo?
—La baronesa era asidua —añadió una vez más la cotilla⁠—, pero
últimamente no la vemos en Palacio.
—Mi esposo insiste en que nos retiremos al campo.
El príncipe alzó una ceja.
—Tendré que hablar con él. ¿Estará usted en el banquete de esta noche?
Ella era consciente de las miradas cómplices que se sucedían a su
alrededor. A nadie pasaba desapercibido el carácter licencioso del hombre, y
era evidente que la baronesa era una mujer muy hermosa.
Jane miró hacia su marido. ¿Cuánto tardaría en darse cuenta de lo que
estaba pasando? Y lo más grave. ¿Cuánto tardaría en llevársela de la Corte
para siempre después de aquello?
—No era mi intención ir al banquete, pero…
Lo dejó en el aire, como un pañuelo lanzado al viento, pendiente de ser
recogido.
—Las comidas públicas son agotadoras —⁠dijo Guillermo⁠—. Pero
después, un grupo de amigos nos retiraremos a mis apartamentos privados
para charlar y recordar viejos tiempos. Sería un honor que nos acompañara,
baronesa.
Sí, ni siquiera el barón podría oponerse si el príncipe la tomaba bajo su
protección.
—Mi esposo… —Optó, de nuevo, por no terminar la frase.
Guillermo miró en aquella dirección.

Página 153
—Yo me encargaré, no se preocupe. —⁠Después, volvió a besarle la
mano⁠—. A las diez. La contraseña es «desamor».
Todas hicieron la reverencia de rigor mientras Guillermo Augusto se
retiraba, aunque Jane notó que la manera de mirarla era ahora distinta, y no
precisamente porque la repudiaran, sino porque eran conscientes de que
acababa de dar un salto importante en el orden de precedencias de la Corte.

Página 154
Capítulo 28
Un par de reinas

Que la baronesa de Biggin era la nueva amante del príncipe Guillermo era
sabido por todos, así que las puertas de las mansiones principales y las
invitaciones cortesanas llegaban a su casa de Compton a diario, ante la mirada
agria de su marido, que no se atrevía a censurarlo.
El embarazo iba por su quinto mes y disimularlo era una de sus mayores
preocupaciones. Para ello, había puesto de moda un tipo de vestido más
suelto, más natural al prescindir de corpiño, que disimulaba un vientre que
empezaba a ser prominente, y que fue acogido con entusiasmo por toda la
Corte.
El príncipe sospechaba que el padre de aquel nonato no era el anciano
barón, ya que, de otra manera, su deliciosa amante no intentaría ocultarlo,
pero no eran aquellos asuntos que le concernieran, y estaba tan fascinado con
la baronesa que cualquier cosa que ella hiciera contaba con su apoyo.
—Tendremos que salir de la cama en algún momento —⁠le dijo él,
acariciando uno de sus senos mientras la abrazaba por detrás.
Jane se retorció, melosa, contra su cuerpo desnudo.
—¿No podemos quedarnos aquí todo el día?
Lo haría con gusto, pero las obligaciones de aquella jornada eran
especialmente delicadas.
—En breve llegará mi nueva sobrina, y es necesario que esté presente.
—¿Carlota? Pensaba que aún tardaría en aparecer. Alemania está muy
lejos.
Guillermo salió de la cama sin el menor pudor y agitó una campanilla.
De inmediato, una legión de criados apareció con todos los utensilios
necesarios para acicalarlo.
—Ha pasado la noche a las afueras de Londres, dicen que con mi sobrino.
Hoy será presentada a la familia real y mañana hará su entrada triunfal en
Palacio.

Página 155
Carlota de Mecklemburgo era la princesa que se había elegido como
esposa del joven rey Jorge. Se sabía poco de ella: que era de ascendencia
alemana como debía corresponder a un monarca de la dinastía Hanover, que
era seis años más joven que su futuro marido, y que sería un factor importante
en el delicado equilibrio de poder, donde la disputa encubierta entre la madre
del Rey, Augusta, y su tío Guillermo, que le reclamaba el puesto principal en
el Consejo, había dividido la Corte en dos facciones enfrentadas.
—¿Crees que debo ir? —preguntó Jane.
—Por supuesto. Mi cuñada intentará atraerla y tu encanto es lo único que
puede hacer que sienta afecto por mí.
Después de pasarle un paño empapado en agua perfumada por todo el
cuerpo, dos lacayos comenzaron a vestirlo.
Jane aprovechó para salir de la cama, tan desnuda como él, aunque se
puso una transparente bata de muselina antes de sentarse junto a la ventana.
—La compadezco —dijo mientras miraba el lluvioso exterior⁠—. Todos
intentarán manipularla, y una muchacha tan joven…
—Tiene diecisiete años. Mi madre ya tenía hijos a los trece.
—Los reyes a veces se comportan como bárbaros.
Él sonrió mientras le terminaban de atar los lazos de la camisa. Le
encantaba su forma desenfadada de comportarse. En Calpurnia, la formalidad
de la Corte daba paso a un soplo de aire fresco bajo el que se sentía joven y
vital.
—Por cierto, Aston y su flamante esposa siguen recorriendo Europa.
Parece que el viaje nupcial no terminará nunca.
El carácter de Jane se agrió de inmediato.
—¿Por qué te empeñas en pensar que tengo alguna amistad con él?
—Porque soy un hombre con experiencia en la vida y sé leer los
corazones.
Seguía pensando en él, a diario. Aunque ahora era consciente de que
jamás podrían estar juntos, incluso de que en adelante debía de ser cuidadosa
en su presencia para no levantar habladurías.
—Se llama Camile, ¿verdad? —⁠preguntó, como al azar, aunque se había
encargado de saberlo todo sobre ella.
Guillermo asintió.
—Estaba casada con el duque de Brisac. Una mujer hermosa, y también
fascinante. Henry cayó arrobado bajo sus encantos. Ha hecho bien tomándola
como esposa.

Página 156
Aquella era la mujer de la que estaba enamorado el día que se conocieron,
de eso parecía que habían pasado un millón de años. Tenía curiosidad, no
podía negarlo. Esa dama contaba con lo que a ella le había faltado: una noble
cuna. Si la vida hubiera sido justa, ella sería la condesa de Aston y Henry un
hombre feliz, porque… ¿Lo estaría haciendo feliz aquella mujer que tanto lo
torturó en el pasado?
—¿Cuándo regresarán a Londres?
Guillermo se miró en el espejo de cuerpo entero, aprobando la forma en
que le habían atado el lazo al cuello.
—Ni idea, pero te mantendré informada.
Detestaba ser tan transparente para su amante, pues estaba segura de que
él sabía quién ocupaba su corazón y conocía el momento justo en que lo había
descubierto. Fue en una fiesta, en casa de un amigo de Guillermo. En una
pared había un retrato de Henry, de muy joven, pues el caballero era tío suyo
al parecer. Ella se quedó arrobada mirándolo, tanto que apenas pudo apartar la
vista de allí en toda la velada.
Se desperezó en la silla y la bata descendió por su espalda.
—El conde de Aston me es absolutamente indiferente.
Guillermo dio su aprobación. Estaba impoluto. Después, se dirigió a ella.
—Ahora, vístete. Ponte ese vestido blanco, el de los caballos bordados. Te
hace irresistible.
El caballo era el emblema de los Hanover, y ella se lo había hecho coser
en el ribete de uno de sus vestidos de gala.
Fue hasta él y se pegó sinuosamente a su cuerpo.
—Así que ahora soy tu nueva herramienta política.
—Y la mujer más deliciosa de Inglaterra.
Se besaron. Guillermo estuvo tentado en retrasar su aparición, pero no
sería adecuado, así que la dejó a solas mientras las doncellas sustituían a los
criados para vestirla.
Una hora después, Jane hacía su aparición en Claremont House, a las
afueras de Londres, donde la familia real y allegados darían su bienvenida a la
que sería la nueva reina de Gran Bretaña.
El grupo era escogido: los parientes reales, algunos duques muy cercanos
y aquellos miembros de la Corte que tenían una posición en la Casa Real por
su adhesión a uno u otro miembro, entre ellos estaba Jane.
Fue acogida con entusiasmo por los partidarios de Guillermo y con
frialdad por los de Augusta.

Página 157
La joven Carlota había pernoctado allí y, apenas ella apareció, la princesa
hizo acto de presencia.
Jane se mantuvo al margen, evitando el atolondramiento de la mayoría
intentando agradar a quien sería en breve la nueva reina. Eso le permitió
admirarla a sus anchas.
No era una muchacha hermosa. Su piel no tenía la blancura que tanto
gustaba, su nariz era demasiado ancha y sus labios excesivamente gruesos, sin
embargo, tenía buena hechura, unos ojos claros y preciosos, y un brillo de
inteligencia en ellos que no le pasó desapercibido.
Jorge III parecía encantado con ella. Era un joven extraño, quizá por el
extremo celo con que su madre lo había criado. Nunca había cruzado palabra
alguna con él, pero decían que de trato era afable más allá de ciertos ataques
de cólera de los que todos intentaban distanciarse.
Tras las presentaciones, que fueron muy formales, se ofreció un refrigerio,
y Jane continuó sin mezclarse con los encumbrados nobles mientras
Guillermo y Augusta charlaban amablemente, tanto que quien los viera
pensaría que se adoraban.
—Lleva bordado el emblema de los Hanover.
Cuando alzó la cabeza, Carlota estaba a su lado. Tenía una voz bonita,
muy amable, y una sonrisa que le gustó al instante.
—Todas somos fieles servidoras de su Casa, Alteza.
La muchacha la observó sin ambages. Jane ya había cumplido los
veintiséis y estaba quizá más bella que nunca. El vestido le sentaba de
maravilla y los diamantes con que se había adornado eran soberbios.
Carlota bajó la voz antes de hablar, pero no hizo por disimular.
—Me han advertido contra usted.
A Jane le sorprendió su franqueza.
—¿Sabe quién soy?
—La baronesa de Biggin.
Sí, le gustaba aquella muchacha.
—Creo que me resulta excitante sentirme peligrosa.
—Aparentemente no lo es.
—Quizá lo sea cuando me conozca. No suelo ocultar mis opiniones.
El brillo de inteligencia acentuaba el tono grisáceo de los ojos de Carlota.
Su boca adoptó una forma desafiante.
—¿Y qué piensa de mí?
Jane lo dudó un instante antes de contestar.
—Hace un minuto, que se la comerían viva en cuanto pisara Palacio.

Página 158
—¿Y ahora?
Entonces sonrió.
—Que dejar que la subestimen es su mejor arma.
La sonrisa de la princesa también era deslumbrante y fresca, muy
diferente a las que se esbozaban en la Corte.
—Sospecho que nos llevaremos bien.
Un vestido adamascado se interpuso entre ellas. Augusta había sido una
mujer muy bella, aunque una vida amarga había marcado la tristeza en su
semblante. No había que subestimarla. Su delicadeza escondía a una mujer
fuerte, decidida, y lo suficientemente lista como para saber dónde debía clavar
la daga en cada momento.
—Querida —tomó a su nuera del brazo⁠—, el Rey te busca.
Era evidente que Carlota ya había sido advertida de los diferentes bandos
de la Corte y de cuál de ellos era el que le convenía.
—Le preguntaba a la baronesa sobre su vestido. Me gusta su hechura.
Augusta miró a Jane de arriba abajo.
—A veces, un atuendo es más peligroso que una armadura.
—En ese caso —contestó ella—, es importante que quien lo lleve apoye al
bando correcto, ¿no cree?
La apreciación no pasó desapercibida a Carlota, que le lanzó una sonrisa
de complicidad. Su suegra la vio, y su bella sonrisa se eclipsó por un
momento, pero fue un solo instante.
—Creo que Guillermo la busca. —⁠Se lo dijo a Jane, pero cuando logró
apartar a la joven princesa de su lado, se acercó lo suficiente como para que
solo ella la escuchara⁠—. No se acerque a Carlota.
Ella se mantuvo firme.
—Le aseguro que no he sido yo.
La madre del Rey estaba muy seria, tanto que casi sintió piedad por ella.
—Guillermo está enfermo, muy enfermo. ¿Quién la protegerá cuando
falte?
¿Enfermo? Pero si era la viva imagen de la salud.
—Mi marido —contestó, aunque aquella declaración la acababa de
trastornar⁠—. Tengo todo el derecho a estar en Palacio.
Los labios de Augusta se apretaron hasta desaparecer.
—Aston volverá pronto, y felizmente casado. ¿Qué cree que pensará
cuando se entere de quién es el hijo que lleva en su vientre?
Jane se puso lívida. ¿Cómo lo sabía? Lo de su embarazo, y lo de Henry…
—No sé de qué habla, Alteza.

Página 159
Entonces, Augusta sí sonrió, porque acababa de acertar un golpe en su
rival, y sabía que dejaría secuelas.
—Será un escándalo, créame —⁠lo apuntilló⁠—. Conozco bien a Aston e
intentará reconocer a esa criatura a cualquier precio. Y, entonces, todo
cambiará para usted. Porque ser la meretriz de un príncipe la corona de
laureles, pero tener a un hijo bastardo se paga con el destierro, y le aseguro
que languidecerá por años, porque yo me encargaré de que jamás vuelva a
pisar la Corte.
Y se marchó, llevando del brazo a la futura reina, que no se había
enterado de nada, mientras Jane palidecía y buscaba un lugar donde agarrarse,
pues le temblaban las rodillas.

Página 160
Capítulo 29
Una rival a considerar

S
— eñora, debe quedarse en casa —⁠exclamó Marie, preocupada.
Jane tomó aire, las contracciones eran cada vez más seguidas, pero estaba
segura de que sabría controlarse, a pesar de que ya había roto aguas.
Solo serían un par de horas y su carroza la esperaría justo a la entrada de
Saint James. No era necesario alarmarse. Estaría de regreso antes de que su
pequeño se empeñara en nacer.
—Hoy regresa Henry a la Corte. —⁠Intentó respirar de manera acelerada
para que se le pasase el dolor⁠—. No puedo permitir que lo envenenen contra
mí.
—Pero el doctor dice…
—Estaré bien —intentó tranquilizarla, poniéndose de pie⁠—. Lo
importante es que mi marido no regrese del campo a destiempo. Avísame con
un lacayo si se torcieran los planes.
Marie asintió, a pesar de que estaba convencida de que aquello era una
pésima idea. No había tenido hijos, pero era la mayor de nueve hermanos y
sabía que cuando los dolores llegaban tan continuados era muy posible que se
pusiera de parto de un momento a otro.
El barón había sido convenientemente convencido por Guillermo para
pasar una temporada en el campo, el tiempo necesario para que la criatura
naciera con la mayor discreción y su esposa volviera a tener su figura
habitual.
Jane se empolvó el rostro para disimular la palidez y echó una última
ojeada a su aspecto.
Por suerte, había desarrollado la misma barriga que su madre y sus tías,
con poco volumen, y había puesto poco peso. Eso le permitía que, hasta cierto
punto, los vestidos holgados y muy voluminosos disimularan su efecto.
El camino a Palacio lo sintió como si le clavaran puñales, y a cada piedra
con la que tropezaban las ruedas tenía que sujetarse el vientre y contener la

Página 161
respiración para controlar el dolor.
Una vez en tierra, le pidió a uno de sus lacayos que la acompañara a modo
de paje, aunque se mantuviera a distancia, por si lo necesitaba con urgencia.
Cuando al fin accedió a Saint James, se encontró con otro inconveniente
que aquel día parecía infranqueable: las escaleras.
Pensó en llamar a un ujier para que trajera una silla de mano, pero la
duquesa de Sausson apareció a su lado, parlanchina como siempre, y no tuvo
más remedio que acompañarla en el ascenso.
Fue un auténtico suplicio, sobre todo, al intentar que no notara a cada paso
cómo el dolor la atravesaba y los músculos de sus piernas se volvían rígidos.
Al llegar arriba, se sentía sudorosa y a punto de desfallecer, pero
únicamente se detuvo un instante para tomar aliento y recuperar la dignidad.
—¿Está bien, querida? —Se preocupó la duquesa, pero ella esbozó una
amplia sonrisa y continuó caminando a su lado.
—Maravillosamente —le dijo—. Deseando bailar una chacona.
Juntas atravesaron los salones, recibiendo la cortesía de los presentes por
medio de inclinaciones o profundas reverencias, en virtud de la posición en la
Corte de cada uno, a pesar de que un sudor helado la empapaba.
Jane, por su título de baronesa, no merecía ninguna de aquellas, pero ser
amante de un príncipe de la sangre dotaba de un papel similar a ostentar la
Jarretera, lo que se convertía en algo prodigioso en el orden palaciego.
Lo vio nada más acceder a la antesala del Rey.
Estaba de perfil. Vestido con una casaca muy sobria, oscura y apenas
adornada.
Su corazón, como sucedía desde el mismo día en que se conocieron,
pareció identificarlo, y latió con fuerza.
Debía reconocer que el matrimonio y el tiempo le habían tratado bien.
Atractivo y hermoso como siempre, mantenía una conversación con un
caballero que parecía del todo interesado.
Buscó con la mirada a la flamante condesa y dedujo que era la dama que
estaba junto a él. No podía verle el rostro porque Henry la tapaba, pero su
silueta hablaba de una mujer delgada, bien proporcionada, con un exquisito
vestido perlado de corte francés.
Se acercó despacio, sin separarse de su compañera, y con la pregunta de
cómo era posible que los presentes no escucharan los latidos de su corazón,
porque retumbaban como campanas en su oído.
El caballero con quien conversaban se despidió, y solo cuando estuvieron
muy cerca, Henry se giró, y sus ojos se cruzaron.

Página 162
Para ella fue como si todo se detuviera. Como si el maravilloso esplendor
del que estaban rodeados se hubiera difuminado, eclipsado por el brillo de su
mirada.
Él, por su parte, sabía que la encontraría. Eran muchas las cartas donde la
citaban sus amigos, donde hablaban de la exquisitez y la belleza de la
baronesa, como algo digno de reseñar cuando se daban noticias de la Corte.
Pero nunca terminaba de estar preparado para aquello, para verla, para
encontrarse con ella.
La vio, quizá, más frágil, más pálida, pero indudablemente hermosa.
Cuando llegaron a su lado, cumplió con una reverencia.
—Señoras.
La duquesa analizó a la flamante esposa y dio su bendición en el acto.
—Aston, ¿nos presentará?
A él le costaba trabajo no mirar a Jane, y ella se sentía atrapada por sus
ojos, a pesar de que una nueva contracción le estaba arrancando el alma en
aquel momento.
—Camile —dijo él, cortés—, la duquesa de Sausson y la baronesa de
Biggin.
Fue entonces cuando Jane se atrevió a mirarla y todos sus presagios más
funestos se materializaron. La nueva condesa de Aston era una belleza. De tez
ligeramente tostada, cabello oscuro y ojos profundos y negros, tenía una
elegancia rara y distinguida que provocaba la inmediata necesidad de
conocerla.
Además del porte gentil, había en ella una gracia natural, o quizá
proveniente de generaciones de aristócratas bien acomodados, que la hacía
refulgir con luz propia.
Como una igual al ostentar también el título de duquesa, les dirigió una
encantadora inclinación de cabeza.
—He oído hablar de ambas y todo han sido halagos.
Sausson parecía encantada.
—Después de Versalles, espero que nuestra Corte no le parezca bárbara.
Ella sabía desenvolverse, porque no dijo ni que sí ni que no.
—Dudo que permanezcamos mucho tiempo aquí. Henry insiste en que
vivamos en el campo —⁠se dirigió hacia Jane⁠—. Su vestido me parece
encantador, baronesa.
Ella había vuelto la mirada hacia Henry al descubrir que apenas pararía
por la Corte.

Página 163
Mantenerse en pie era un suplicio y le costaba un esfuerzo sobrehumano
no gritar de dolor, pero pudo contestarle con una sonrisa en los labios.
—Eso mismo iba a decir de su atuendo.
Por suerte, Carlota, desde el otro lado de la sala, les hizo un gesto que la
aguda duquesa no dejó de ver.
—La Reina nos hace señales. —⁠Parecía encantada de haber acaparado
toda la atención de la antesala⁠—. Aunque supongo que ya habrá sido
presentada a Su Majestad.
—Esta mañana —dijo Camile, tomando a su esposo del brazo⁠—. ¿Vamos,
querido?
Él carraspeó.
—Quería comentarle algo a la baronesa. Te acompaño enseguida.
Aquello no pareció extrañar a su esposa, tampoco a Sausson, y de repente
estaban solos, en medio de la antesala real, aunque todas las miradas estaban
puestas en Camile, que parecía haber obtenido la gracia de la soberana.
Jane tuvo que armarse de valor para poder mirarlo a los ojos de nuevo, y
reprimir otro lacerante dolor, que parecía querer partirla en dos.
—Te veo bien después de tanto tiempo.
Los ojos de Henry la miraban preocupados.
—Estás muy pálida y tienes la frente perlada de sudor.
—Habré cogido frío. —Necesitaba marcharse cuanto antes. Haber ido
hasta allí había sido una auténtica temeridad⁠—. ¿De qué querías hablar?
Él se veía manifiestamente incómodo a pesar de que un lugar tan público
volvía respetable cualquier conversación.
—Creo que ha llegado el momento de pedirte disculpas por la manera en
que te he tratado.
—No son necesarias…
—Lo son —no la dejó terminar—. Debí haberte respetado cada una de las
veces en que nos encontramos.
No le gustaba aquella conversación porque tenía el triste tono de las cosas
acabadas.
—No hiciste nada que yo no permitiera.
—Aun así. Ahora soy un hombre casado y…
—¿La amas?
Henry no podía apartar los ojos de ella, y se seguía preguntando qué era
aquello que lo vinculaba a Jane de aquella manera tan poderosa.
Tardó en contestar. Más de lo conveniente.
—Estuve locamente enamorado de Camile justo antes de conocerte.

Página 164
—No te he preguntado eso.
Su cuerpo se apartó, un paso atrás. Su mente y su corazón seguían en el
mismo lugar.
—Por supuesto que la quiero.
Jane controló como pudo el efecto de una nueva contracción, un dolor
penetrante, inmisericorde, que apenas podía soportar.
—Entonces, no tenemos nada que reprocharnos —⁠logró articular.
—El príncipe Guillermo…
Su enfermedad ya era conocida por todos. Una vida de excesos empezaba
a pasarle factura.
—Está indispuesto, pero me ha pedido que te dé la enhorabuena.
Ambos permanecieron callados. Jane necesitaba marcharse o su hijo
nacería allí mismo, pero por otro lado…, ¿cuándo volvería a estar tan cerca de
él?
Fue Henry quien habló, con sus manos abiertas, abarcando su alrededor.
—¿Era esto con lo que soñabas?
Soñaba con él, cada noche, y con una vida juntos, amándose y rodeados
de hijos, como el que estaba a punto de nacer.
Pero nunca, jamás, le diría algo así.
—Sí. Exactamente con esto.
Él asintió. Estaba pálido. Casi tanto como ella.
—Entonces, a ambos se nos han cumplido nuestros sueños.
—Así es. —No podía soportar un instante más⁠—. Tu esposa te reclama.
Alzó los ojos hacia el fondo. Camile miraba hacia ellos con curiosidad.
No había nada que añadir. El tiempo, el amor de su esposa y la distancia
harían que la olvidara. O, al menos, eso rogaba cada día al despertarse con su
divina imagen disolviéndose en la materia de que están hechos los sueños.
Le dedicó una breve inclinación.
—Baronesa.
—Henry…
Lo detuvo ella antes de que estuviera demasiado lejos. Varias cabezas se
volvieron. Era muy impropio llamar a nadie por su nombre en público.
Él fue otra vez hacia donde la había dejado. Estaba aún más pálida y
profundas ojeras habían aparecido bajo sus ojos. Se preocupó más de lo que
podía afirmar.
—¿Seguro que estás bien?
Jane asintió, sin fuerzas.
—Sé muy feliz. Te lo mereces.

Página 165
No le dio pie a ayudarla, y él creyó que ir más allá de lo que ella estaba
dispuesta a admitir sería tomado como un gesto de arrogancia.
Al fin, se dio la vuelta y se alejó de ella.
Manteniendo la forzada sonrisa en los labios, Jane buscó a su lacayo.
Estaba en un extremo de la sala, pendiente de lo que quisiera su señora, como
muchos otros pajes de las grandes damas, que jamás se apartaban de ellas.
En cuanto vio la mirada desesperada de la baronesa, fue hasta ella.
—Señora…
—Adelántate y llama al médico —⁠le pidió, casi sin fuerzas, mientras
buscaba la salida⁠—, corre.
El muchacho no se atrevía a ayudarla, eso hubiera sido muy inoportuno.
—¿Le digo que la espere en casa?
—Tráelo al carruaje. —Reprimió un grito que pulsaba entre sus labios⁠—.
Dudo que pueda llegar a casa con mi hijo aún en mi vientre.

Página 166
Capítulo 30
Un paso hacia el abismo

Como había vaticinado, el galeno tuvo que atenderla dentro del carruaje, que
había estacionado discretamente en una calle trasera, cerca de Whitecomb.
El médico estaba preocupado y dio gracias al cielo de que el retoño
viniera sin problemas, porque la mínima contingencia hubiera sido insalvable
en aquella situación.
Agotada, pidió que se lo enseñaran antes de envolverlo entre gasas, como
era la costumbre.
—Es una niña —dijo el hombre, aliviado de que aquella imprudencia de
la baronesa hubiera salido bien⁠—. Y todo indica que será tan bella como su
madre.
Era tan pequeña y frágil que temió abrazarla. La piel muy blanca, como
ella, y los labios ya se mostraban regordetes. Incluso la ligera pelusa que
coronaba su testa era muy rubia, dorada.
Pero cuando levantó su inestable cabeza y la buscó con los ojos cerrados,
un vínculo inmediato surgió entre ellas, y solo entonces Jane fue capaz de
llorar, por cada una de las lágrimas no vertidas durante tanto tiempo.
El llanto era profundo, como si hubiera abierto las compuertas a
sentimientos muy antiguos y dolorosos que ahora se disolvían a base de
lágrimas. La pequeña, sobre su pecho, parecía que se tranquilizaba con los
hipidos de su madre, tanto que se serenó hasta dormirse.
El doctor las abrigó con una manta y dio orden al cochero de que enfilara
el camino de regreso. La baronesa necesitaba descansar y la niña debía ser
convenientemente aseada y fajada.
Aquellos cientos de metros hasta llegar a Compton fueron quizás los más
dichosos de su vida. Dudaba que hubiera nada más hermoso que tener a su
hija entre los brazos, a aquella delicia rubia que parecía ajena al mundo y tan
feliz a su lado como nadie lo había estado jamás.

Página 167
Una vez en las caballerizas, con el portón exterior bien cerrado, descendió
de la carroza ayudada por el médico y un lacayo.
—¡Señora! —gritó Marie, apareciendo por la puerta de acceso, que había
estado rezando porque todo marchara bien⁠—. ¡Oh, señora!
Rompió en llantos mientras el galeno le entregaba a la pequeña para poder
atender a la madre, que debía ser llevada a su lecho de inmediato.
Jane no podía contestar. Estaba demasiado cansada, y los dolores habían
sido tan intensos que apenas podía articular palabra.
—¿Se encuentra bien? —insistió la criada mientras mecía a la pequeña.
—Ha sido una temeridad —respondió el doctor⁠—. El más mínimo
contratiempo y ambas hubieran estado en peligro, pero todo ha ido como
debía. Solo necesita descansar.
Mientras dos criados ayudaban a la señora a entrar en la casa, Marie
apartó al médico a un lado para hablar en la intimidad.
Hubo una conversación apresurada, y cuando volvieron junto a su señora,
ambos estaban pálidos y circunspectos.
—Dejadme ahí. —Jane señaló una butaca cómoda y confortable mientras
atravesaban el salón.
—Es necesario que se acueste —⁠insistió el doctor.
—No hasta que sepa qué ha sucedido.
A pesar de su terrible agotamiento, se había dado cuenta de que su criada
le ocultaba algo, aquello que había consultado con el galeno, y no podía irse a
dormir sin saberlo.
Miró a Marie, que se retorcía las manos, indecisa. El médico intentó
ponerse firme.
—Nada que pudiera haber pasado se debe interponer en su salud,
baronesa. Es necesario que descanse hasta mañana.
—¿Marie? —insistió.
La criada se estrujó las manos, suspiró, y al fin tuvo fuerzas para
encararse con la señora.
—Ha llegado la noticia poco antes de que usted regresara.
No se atrevía a mirarla, y estaba tan nerviosa que Jane se alarmó aún más.
—¿Qué noticia?
La criada miró una vez más al doctor, buscando su aprobación. Sabía que
aquello afectaría a su señora, y no estaba segura de si era prudente dárselo a
conocer en su estado. Solo cuando el médico, resignado, asintió, se atrevió a
mirarla a los ojos.
—El barón. Ha fallecido.

Página 168
Jane intentó incorporarse, pero no tuvo fuerzas para ello.
—¿Cómo?
La noticia la había traído un mensajero, que cabalgó toda la noche para
amanecer en la ciudad. Al no encontrar a la señora, había transmitido el
mensaje a la criada principal.
—Fue durante la cena de ayer. Simplemente, cerró los ojos y dejó de
respirar.
—No es posible.
El médico le dedicó una profunda inclinación.
—Mis condolencias, baronesa.
No se había portado bien con su marido. Se había aprovechado de su
inocencia para sacar partido. Era algo que llevaría siempre sobre su
conciencia, aunque albergaba la esperanza de que los pocos días de felicidad
que habían tenido juntos hubieran compensado una vida que, sin ella, habría
languidecido en un oscuro apartamento y sin la compañía de una mujer.
—Hay que preparar un sepelio digno —⁠balbuceó⁠—. Fue un buen hombre.
El galeno volvió a tomar cartas en el asunto.
—Mañana. Ahora debe descansar. Se lo ruego.
Con una mirada, indicó a los lacayos que era necesario acompañar a la
baronesa a sus habitaciones, y Jane no tuvo fuerzas para resistirse esa vez.
—¿Mi hija estará a mi lado?
La pequeña parecía profundamente dormida en brazos de Marie.
—Toda la noche —dijo esta—. Yo velaré por las dos.
Apenas se dio cuenta mientras la desvestían y el doctor se llevaba a la
pequeña para reconocerla y lavarla. Con un camisón limpio y la cama
caldeada, cabeceó hasta que su pequeña estuvo otra vez a su lado, envuelta en
telas, y buscó su pecho con insistencia.
—Se parece a usted —exclamó Marie, que las miraba arrobada.
—Espero que tenga mejor suerte en la vida.
—¿Cómo se llamará?
En ningún momento había contemplado que fuera una niña, y el único
nombre en el que había pensado era en Henry. Era arriesgado, sí. Sobre todo,
ahora que él estaba casado y no existía manera alguna de que reconociera a su
pequeña.
El nombre acudió a su cabeza como un susurro.
—Marianne. Se llama Marianne.
Marie continuó hablando, pero ella ya no la escuchaba.

Página 169
El sueño se apoderó de su cuerpo de inmediato. No fue amable. La
zarandeó con imágenes absurdas de su marido, de Henry y de su pequeña, tan
esquivas que cuando abrió los ojos, apenas las recordaba, solo que la habían
alterado toda la noche.
Inmediatamente, buscó a su hija.
Estaba dulcemente dormida en brazos de Marie, que seguía sentada en la
misma butaca donde la dejó antes de dormirse.
Una idea apareció en su mente: ¿Había soñado lo de su marido? ¿Sería
una manera más de atormentarse por su forma de proceder?
—¿Es cierto…? —atinó a decir.
Marie no necesitó más. Sabía a qué se refería.
—Cuando se reponga, podremos viajar al campo. Pidió ser sepultado en la
cripta de la capilla.
Mandaría que le hicieran una tumba en condiciones y pediría a Guillermo
que pusiera su nombre a un batallón o a una goleta. Le debía mucho a aquel
caballero anticuado y un tanto huraño, y no había sabido recompensarlo en
vida.
Su pequeña empezó a retorcerse y a lloriquear en brazos de la criada.
—Tiene hambre —dijo Jane—. Déjamela en los brazos y vete a
descansar.
Marie se incorporó con cuidado y le puso a la niña entre los brazos.
El médico le había advertido que nada de disgustos, pero aquello solo
podían ser buenas noticias, lo que le haría mucho bien.
—Ha llegado una carta —sonrió, blandiéndola entre los dedos⁠—. Esta
mañana muy temprano.
—¿Guillermo? —Los ojos de Jane brillaron.
—La ha traído uno de sus lacayos.
La tomó, encantada, porque se había acordado de ella después de dos
semanas separados por sus achaques. Por un momento, había temido que la
enfermedad y su embarazo los alejara, pero no era así.
Rompió el sello y le pidió a Marie que la leyera.
La criada lo hizo de inmediato.

Mi querida baronesa:

El trato formal, muy diferente a otras cartas, hizo que Marie flaqueara,
pero la mirada de su señora la obligó a continuar.

Página 170
Le ruego que a la mayor brevedad me haga llegar toda la
correspondencia que hemos intercambiado en los últimos meses.
Le mandaré uno de mis mejores caballos para compensar su
amistad. A partir de ahora, le ruego que evite cualquier
acercamiento a mi persona.
Afectísimo.
Guillermo.

Cuando Marie se atrevió a mirarla, Jane estaba mortalmente pálida.


Permaneció callada, incrédula, durante unos instantes.
Después, la furia se desató y, manteniendo firmemente asida a su
pequeña, con la otra mano arrojó todo lo que había sobre la mesita de noche,
que cayó al suelo con enorme estrépito.
—¡Señora! —exclamó la criada, temiendo que el espejo de plata la
pudiera haber cortado, a la vez que Marianne empezaba a llorar.
Jane también lo hizo, mientras intentaba consolar a su pequeña,
meciéndola entre sus brazos.
—Estoy acabada.
La criada consiguió ordenar lo poco que estaba intacto.
—Lo tiene todo, milady. Y si me permite… —⁠tuvo cuidado con el tono de
sus palabras⁠—, ahora es libre.
Jane le agradeció el esfuerzo por consolarla.
—No sabes cómo funcionan las cosas en la Corte, Marie.
—Tiene fortuna, a su hija y esta casa en la que alojarse.
Para su buena amiga, aquello podía ser suficiente. Pero la Corte era como
una enfermedad. Una vez dentro, era difícil no contagiarse por el gusto de
sentirse en el centro de todas las cosas.
—Con esa carta, Guillermo me ha repudiado —⁠le confesó⁠—. De nuevo,
no soy más que la baronesa de Biggin, el último escalafón en Palacio, con el
agravante de que sé cómo se humilla en ese antro a los caídos.
Marie no veía el problema en ninguna parte.
—Podéis retiraros al campo…
—¿Y perder todo por lo que he luchado?
—Vuestra hija os gratificará.
Consiguió serenarse y acercó el pecho a la pequeña que, glotona, lo tomó
en el acto. Solo entonces se limpió las lágrimas del rostro con un manotazo, y
se enderezó en el lecho.
—Lo hago por ella, por mi pequeña. Necesita un padre.
—El difunto barón…

Página 171
Marie pensaba que era perfecto. Podía aducir que la pequeña Marianne
era su hija, por lo que la niña sería revestida de toda legitimidad, a pesar de
que nadie se explicara por qué el embarazo de la señora había permanecido
oculto.
Jane se lo agradeció de nuevo, aunque su criada estaba lejos de
entenderla.
—No quiero solo un padre para mi hija —⁠la miró, fría y distante⁠—, quiero
un padre con la posición adecuada.
Marie terminó de comprenderla. Llevaba media vida sirviendo a mujeres
guerreras. Mujeres que no se habían resignado al destino que otros habían
preparado para ellas, por lo que las palabras de su señora no le resultaron
extrañas.
—¿En quién estáis pensando?
Los ojos de Jane se perdieron en la distancia, y tardó en contestar.
—Beeford.
La criada se llevó una mano a la boca, sorprendida.
—¿El duque de Beeford?
—Acaba de volver a Londres y es el único soltero con la posición que
necesito.
Marie parpadeó varias veces. Confiaba ciegamente en las posibilidades y
astucia de su señora, pero quizá esa presa quedaba demasiado lejos de ella.
—Es el primo del Rey, señora —⁠le recordó⁠—, nunca…
Jane sonrió, y sus ojos brillaron.
—Habrá que buscar la manera de que sea posible.

Página 172
Capítulo 31
Un trato entre damas

Una semana después, nadie hubiera podido decir que la baronesa de Biggin
había sido madre hacía unos días.
Accedió a Saint James con la cabeza alta, ataviada con un exquisito
vestido de un delicado gris oscuro debido a su luto, discreto para lo que los
tenía acostumbrados, portando una gargantilla de perlas a juego con unos
sencillos pendientes engarzados en oro.
Nadie en la Corte ignoraba que su relación con Guillermo había
terminado, así que la habitual deferencia que le profesaban en cuanto
atravesaba los concurridos salones fue inexistente, incluso obviando el
respeto debido a una viuda.
Una marquesa hizo por cruzársele, para que, delante de todos, tuviera que
ser lady Biggin quien se apartara, consciente de la humillación que ello le
produciría.
Pero al contrario de lo que esperaban, fue absolutamente cortés, y le hizo
una reverencia, con el rostro esbozando una deliciosa sonrisa.
Nadie le dio el pésame.
Nadie le dirigió la palabra.
Cuando llegó a la antesala, todos esperaban que se comportara con la
arrogancia a la que los tenía acostumbrados, y cuando la duquesa de Sausson
le dio la espalda, fue la señal que indicaba que la resplandeciente Calpurnia
no era bien recibida en las habitaciones más cercanas a los apartamentos
reales.
Para sorpresa de todos, Jane no se detuvo, sino que pasó de largo,
ignorando los rostros jactanciosos que dejaba atrás. Hubo un nutrido
intercambio de miradas, pero ella los ignoró y continuó adelante.
Atravesó la galería, cruzó varios salones y llegó hasta la otra ala de
Palacio, donde aguardaban en una cámara algunas damas de mayor edad.

Página 173
Cuando la vieron aparecer, apenas pudieron contener la sorpresa, ya que
la baronesa de Biggin nunca sería bien recibida en aquella parte del palacio.
Se trataba de los apartamentos privados de la aún princesa de Gales,
Augusta, la madre del nuevo Rey.
Como amante que había sido de Guillermo, ambas mujeres pertenecían a
bandos enfrentados, y por todos era sabido que la princesa no perdonaba.
Lo que ninguna sabía era que lady Biggin había solicitado audiencia al día
siguiente de haber nacido su hija y que estaba allí para ser recibida.
Cuando un lacayo le dirigió una reverencia y abrió la puerta que daba
acceso a la cámara privada, la mirada de perplejidad de algunas damas era tal
que parecía que acababan de ver al fantasma del antiguo Rey.
Augusta no estaba sola. Se estaba haciendo peinar por una de sus
camareras, ataviada con una soberbia bata bordada.
Jane hizo lo que se esperaba, postrarse, a la espera de que la princesa
quisiera darle permiso para alzarse.
Uno, dos, tres, cuatro… Quien frecuentaba la Corte sabía que el tiempo
transcurrido entre la postración y la venia indicaba en qué condiciones iban a
entablarse las negociaciones, y cuando contó veinte, supo que no iba a ser
fácil.
—Puede alzarse, baronesa.
Ella así lo hizo, pero se mantuvo a una distancia prudente, consciente de
cómo de peligrosa podía ser aquella dama.
Augusta dio varias indicaciones sobre su peinado. La peluca era perfecta y
había sido adornada con una cinta de encaje, muy al estilo francés.
—Su nota me ha llenado de curiosidad —⁠dijo al cabo de demasiado
tiempo.
Jane volvió a hacer una ligera reverencia.
—Agradezco que me haya concedido una audiencia.
—Apenas tengo tiempo. —Seguía sin mirarla⁠—. Decía en su carta que
puede serme de utilidad, lo que me resulta del todo curioso, ya que ahora
apenas es usted nada en la Corte.
La primera puñalada acababa de marcar en qué lugar estaban cada una de
ellas, y Jane lo entendió perfectamente.
—Soy consciente de mi posición, Alteza.
—¿Entonces?
Una sola equivocación y era posible que fuera desterrada. Eso en el mejor
de los casos, porque también podía acabar con los huesos en la Torre.

Página 174
—El príncipe Guillermo confabuló contra usted y su difunto esposo a
espaldas del Rey.
Lo dijo de corrido, más deprisa de lo que pretendía.
Augusta tomó una borla y se empolvó el rostro, sin prisa, teniendo
cuidado de que no quedara brillo alguno.
—¿Eso es todo? —Su voz parecía aburrida⁠—. Porque no hay nadie en la
Corte que lo ignore.
Jane sintió que empezaba a ponerse nerviosa. Si la vieja loba se daba
cuenta, acabaría con ella allí mismo.
—Es un delito de traición atentar contra las reales personas.
Solo entonces la princesa la miró. Se giró en su confortable butaca, la
observó con evidente desprecio y volvió la vista al espejo de su tocador, como
si lo que acababa de observar no fuera suficientemente interesante.
—Desde que existe Bretaña, los príncipes de Gales han tenido un
enfrentamiento abierto con los sucesivos reyes, sus padres y con hermanos
ambiciosos, como es el caso de Guillermo —⁠dejó la borla a un lado⁠—. Si no
tiene nada más que contarme, retírese.
Era una orden, aunque en Palacio incluso estas tenían un carácter confuso.
Desacatar una indicación de aquel tipo la ponía inmediatamente fuera de
toda respetabilidad, sin embargo, Jane no se movió de donde estaba, con las
manos juntas, intentando que Augusta no se percatara de que le flaqueaban las
piernas.
Cuando la princesa, sorprendida por su temeridad, se volvió de nuevo
hacia ella, Jane jugó su única carta.
—Creo que no me ha entendido, Alteza. —⁠Su mirada se volvió fría y
acerada⁠—. Nadie ignora que Palacio está lleno de complots de todo tipo, a lo
que me refiero es a que tengo pruebas de las acciones que Guillermo obró
contra sus altezas.
Se mantuvieron la mirada. Aquello era muy distinto. Sin pruebas, todo
quedaba en rumores, pero con algo sólido…
—¿Qué pruebas? —preguntó.
Ahora fue Jane quien dilató el tiempo antes de contestar.
—Las necesarias como para apartarlo de la Corte y dejarle vía libre.
La mirada de la princesa se endureció.
—¿Qué pruebas? —repitió, esa vez, mordiendo cada sílaba.
Jane se acababa de dar cuenta de que tenía la ventaja que esperaba.
Augusta había dejado entrever su debilidad, su necesidad, y si jugaba las
cartas correctamente, lograría su propósito.

Página 175
Se acercó al tocador sin esperar a que la invitaran.
—Antes debemos hablar de mis condiciones.
La princesa intentó recuperar su posición, pero no lo consiguió.
—No admito condiciones.
Ella suspiró.
—Entonces, tiene razón, me he equivocado viniendo hasta aquí. —⁠Le
hizo la reverencia de despedida⁠—. Con su permiso.
Y, sin más, le dio la espalda, algo que nunca había que hacer con una
persona real, ante quien siempre había que retirarse de frente.
Cuando aún no había llegado a la puerta, Augusta alzó una mano.
—Deténgase. —Jane se giró—. ¿Qué condiciones?
Hubo un silencio antes de que se atreviera a pronunciarlo.
—Beeford.
Los ojos de la princesa se abrieron, sorprendidos.
—¿Mi sobrino?
El rostro de Jane intentaba no expresar ninguna emoción.
—Acabo de enviudar. Necesito un esposo.
Esa vez sí fue analizada, de arriba abajo, con el mayor interés.
Augusta aleteó una mano al viento y la criada que la acicalaba
desapareció de la estancia.
—Es usted más arrogante incluso de lo que esperaba.
Jane se mantuvo firme.
—Puedo ser su mejor aliada.
—Si sus pruebas lo merecen.
No había mucho más que decir. Debía fiarse de la palabra real. Ponerla en
duda se consideraba traición.
—Le haré llegar las cartas a quien me indique, fuera de Palacio, lejos de
ojos indiscretos. —⁠Hizo una pausa⁠—. Siempre y cuando convenza al Rey de
que soy la persona adecuada para hacer feliz al duque.
Ambas mujeres se miraron a los ojos. La princesa sabía valorar a una
rival, pero también a una digna aliada.
Se volvió hacia el espejo.
—Tendrá noticias mías.
La audiencia había terminado.
—Alteza.
Hizo una profunda reverencia y abandonó la sala.
La mujer que había entrado y la que ahora salía no eran la misma. La
primera estaba derrotada, la segunda había dado un paso en su posición en la

Página 176
Corte que dejaba atrás a todas las demás.
Atravesó la sala con la cabeza muy alta, y un par de damas le hicieron una
reverencia, conscientes de que todo el tiempo que había permanecido en la
cámara de la princesa solo podía significar que estaba bajo su amparo.
Si Guillermo no le hubiera pedido la correspondencia que habían
mantenido mientras eran amantes, jamás hubiera reparado en ella. Pero al
repasarla, encontró declaraciones del príncipe que lo comprometían y que iba
a usar en su favor.
Sabía que aquello llegaría a sus oídos, lo que ignoraba era cuándo.
Tras atravesar la galería y entrar en la antecámara real, supo que todos los
allí reunidos eran conocedores de su entrevista con la princesa.
Las miradas altaneras habían tornado en temerosas, y alguna duquesa le
dirigió una inclinación de cabeza.
Ella no las correspondió, como si no las hubiera visto. Era prematuro
adelantarse. Hasta que las cartas no estuvieran a buen recaudo y Beeford
accediera a la petición del Rey, su futuro estaba en entredicho.
Iba a abandonar la estancia cuando alguien la llamó.
—Lady Biggin.
Se volvió. Era la Reina, Carlota, que acababa de abandonar el gabinete del
monarca. Jane le dedicó la postración que le correspondía.
—Majestad.
Un gesto de la mano real le indicó que se alzara. Todos a su alrededor
estaban pendientes, aunque Carlota tuvo la deferencia de bajar la voz.
—¿Es cierto que ha vendido a Guillermo?
Fue como si la hubieran golpeado con una barra de hielo.
¿Cómo se había enterado tan rápido? Pero inmediatamente pensó en el
servicio, esa red invisible en la que no reparaban pero que estaba al tanto de
todo lo que ocurría en Palacio.
Intentó recomponerse, adquiriendo una expresión de perplejidad.
—No sé quién le ha podido decir algo así, Majestad.
Carlota la miraba fijamente, indagando en el brillo de sus ojos.
—Quiero creerla —le dijo—, porque si me entero de que es verdad…
Jane se sintió agraviada. Siempre se habían llevado bien. Incluso podría
decirse que eran amigas, si una reina pudiera alguna vez tenerlas, pero aquella
exigencia le hacía comprender lo poco que aquella princesa alemana había
llegado a conocerla.
Bajó la voz, y habló a su reina casi mordiendo las palabras.

Página 177
—Usted lo ha tenido todo, Majestad, incluso la dicha de que la eligiera un
rey.
Carlota no se ofendió, quizá porque albergaba el beneficio de la duda,
pero le dejó claras sus intenciones.
—Si me entero de que es verdad, de que ha vendido a alguien que ha
confiado en usted, tendrá a una enemiga para siempre.
Sin más, salió de la antecámara, acompañada por sus damas y por una
postración general, como obligaba el protocolo.
Todo había sucedido en un instante.
Jane miró alrededor. Parecía que nadie se había llegado a enterar del
carácter de aquella conversación.
Esbozó su sonrisa más hierática y abandonó Palacio, sabiendo que
acababa de ganarse a la peor de las adversarias.

Página 178
Capítulo 32
Un dolor inenarrable

— Debéis comer, señora.


Marie intentó acercar de nuevo la cuchara a su boca, pero Jane la apartó
otra vez, apretando los labios y enjugándose las lágrimas.
—No es justo —gimió.
A una madre no debía imponérsele tamaño sacrificio.
—Podéis decir que no.
Eso era lo que tendría que haber hecho en el preciso instante en que vio a
su pequeña por primera vez, pero la arrogancia, o quizá su deseo de venganza,
la habían llevado a un lugar que para los demás era un triunfo y para ella se
había convertido en la mayor de las desgracias.
—Ya es tarde —confesó—. Si me retracto, lo perderíamos todo, incluso a
ella. ¿Crees que Augusta me permitirá estar en otro lugar que no sea a su
lado?
En los últimos tiempos, todo era desconcierto en la Corte.
Nadie llegaba a comprender por qué motivo el príncipe Guillermo había
decidido exiliarse de Londres, aunque, con aquella decisión, Carlota confirmó
lo que le había contado su personal de servicio: que la baronesa de Biggin lo
había traicionado.
Desde ese instante, decidió retirarle la palabra, lo que contrastaba
claramente con el nuevo afecto que había surgido entre esta y su suegra, que
mostraban en público una cordialidad que ningún cortesano entendía.
Ese movimiento dual e inesperado entre la Reina y la princesa con
respecto a la baronesa había provocado que Calpurnia fuera tratada con
especial cuidado, pues nadie sabía si tenía la protección real o estaba a punto
de ser despreciada por la Corona.
Marie no sabía cómo ayudar a su señora.
—Podemos huir —le propuso.
Jane meció a Marianne contra su pecho, pues empezaba a despertarse.

Página 179
—Nos encontrarán. Tengo demasiados enemigos.
Cada uno de sus argumentos era contestado amargamente por la baronesa.
Al final, claudicó.
—Entonces, solo nos queda…
No se atrevió a decir la palabra, y otro torrente de lágrimas arrasó las
mejillas de Jane.
Las dos últimas jornadas se había sentido incapaz de acudir a Palacio, a
pesar del riesgo que suponía su ausencia en un momento tan delicado, pero se
veía incapaz de separarse de su hija.
Cuando consiguió serenarse, Marianne estaba de nuevo dormida.
—¿Han llegado?
Marie asintió.
—Llevan tiempo abajo.
Había llegado el momento. Dilatarlo solo lograría hacerlo más difícil.
—Hagámoslo, pues, cuanto antes.
Salió de la cama, la que no había abandonado en dos días, y una doncella
la cubrió con una bata. Marie iba a arreglarle el cabello, pero ella desistió.
Con su pequeña entre sus brazos, bajó las escaleras con la misma cadencia
que si bajara a una cripta mortuoria.
En el salón aguardaban sus visitantes, un hombre y una mujer de mediana
edad y rostro agradable que se pusieron de pie en cuanto ella entró.
Había sido muy cuidadosa a la hora de encontrarlos. Marie se había
encargado de todo siguiendo al pie de la letra cada una de sus indicaciones.
Nada más verlos, supo que había acertado, lo que aportó una ligera paz a su
corazón.
La mujer, que llevaba la típica ropa campesina, aunque impoluta y de
buena calidad, no podía apartar los ojos de la pequeña Marianne, que seguía
dormida en brazos de su madre.
—Es preciosa.
Jane asintió.
—Le gusta quedarse dormida jugando con esta cinta.
Se la tendió. Era uno de los adornos de su vestido. Su hija se lo había
arrancado, jugando, y desde entonces parecía incapaz de separarse de él.
La mujer lo tomó y le dedicó una sonrisa.
—No la separaremos de ella.
—Y es necesario que tome el aire fresco cada día.
—En el campo es lo que sobra.
Las lágrimas acudieron a sus ojos, pero intentó contenerlas.

Página 180
—Y que le habléis de mí —aquí se le quebró la voz. No estaba muy
segura de si sería capaz de soportar el dolor⁠—. A diario.
La mujer tragó saliva. También se la veía afectada.
—Le prometo que no olvidará quién es su madre.
Al fin, se la tendió, con sumo cuidado, sintiendo un vacío enorme cuando
sus brazos se separaron de ella.
—Iré a visitarla tanto como me lo permitan mis obligaciones.
—Siempre será bien recibida.
Jane no podía parar de llorar, aunque dedicaba todo su esfuerzo a
serenarse. Marie, con enorme delicadeza, le puso una mano sobre el hombro.
—Señora…, ¿está segura?
—Podemos aguardar aquí hasta que esté preparada —⁠añadió la mujer⁠—.
Todo el día si es preciso.
Jane se apartó las lágrimas del rostro.
—Llévensela cuánto antes —gimió⁠—. A cada segundo se vuelve más
difícil separarme de ella.
La mirada de Marie le indicó al matrimonio que se marcharan. Jane los
siguió con la vista hasta que desaparecieron por la puerta, y entonces se
derrumbó, cayendo al suelo arrasada por el llanto compulsivo, irrefrenable, y
por un dolor difícil de curar.
Su criada la dejó desahogarse, dando orden a las doncellas que se
arremolinaban en la puerta de que las dejaran solas.
Solo mucho tiempo más tarde pareció serenarse, y ella la ayudó a ponerse
de pie.
—¿Está preparado el carruaje?
Marie se alarmó.
—¿Es conveniente que la vean en ese estado?
—Es necesario, o no me lo perdonará nunca.
La ayudó a subir a su habitación y la vistió con el mayor cuidado. Un
ligero toque de polvos consiguió mal tapar los estragos del llanto, aunque sus
ojos seguían enrojecidos.
La acompañó hasta el carruaje, y pidió a los lacayos que no la dejaran sola
ni un instante.
La berlina se detuvo en Kings Street, una calle que había pateado muchas
veces, la mayoría de ellas oculta en las sombras de la noche, incluso siendo ya
una dama sobresaliente de Palacio.
Sabía que podía esperar cualquier cosa, pues era consciente de que Henry
y su mujer estaban en Londres.

Página 181
Llamó a la puerta sin pensarlo, porque si lo hubiera hecho, se habría
vuelto cabal y regresado a su casa.
Fue el viejo mayordomo quien le abrió, y la reconoció al punto de otra
época.
—Su señoría no se encuentra en casa, milady.
Se sintió desfallecer. Apenas le quedaban fuerzas, y había rogado al cielo
que se terminara todo cuanto antes.
Iba a marcharse cuando una voz la detuvo.
—Adelante, querida. Quizá yo pueda ayudarla.
Miró hacia el interior de la mansión. Una mujer muy anciana y vestida a
la antigua estaba allí, en medio del recibidor, apoyada en un bastón. Supo que
era la madre de Henry por el color de sus ojos y por cierta expresión que le
encantaba en él.
Se excusó como pudo.
—Es un asunto sin importancia.
—Mi hijo y mi nuera no están, pero nosotras podemos charlar. —⁠Se
dirigió al mayordomo⁠—. Traiga un cordial para la baronesa. La veo fatigada.
Que se refiriera a ella por su título la sorprendió.
—¿Nos conocemos?
La mujer sonrió.
—Que yo esté apartada de la Corte desde hace años no quiere decir que
no me lleguen sus rumores. Dicen que la baronesa de Biggin es la mujer más
bella de Londres, así que debe tratarse de usted.
—Es muy amable.
Le indicó que pasara, y ella lo dudó. Pero llegó a la conclusión de que no
perdía nada haciéndolo, así que la acompañó hasta una sala cercana, muy
confortable, en la que se agradecía que la chimenea estuviera encendida.
Tomaron asiento y una criada apareció con dos copas de vino sobre una
bandeja, para dejarlas solas al punto.
—¿Ha venido a ver a Henry?
Jane intentó quitarle importancia.
—Solo una visita de cortesía. Pasaba por aquí…
—Entiendo que mi hijo esté deslumbrado por usted.
Esa vez sí miró fijamente a la vieja condesa. ¿Había insinuado lo que
creía haber oído?
—Eso no…
—Las madres sabemos leer el alma de nuestros cachorros. —⁠Tomó un
pequeño sorbo⁠—. Él no lo dice. Es tan hermético como su padre, pero las

Página 182
palabras, créame, son innecesarias la mayoría de las veces.
Solo había hablado de Henry, abiertamente, con Marie. Y, en ese instante,
estaba delante de su madre, la mujer que, según decían, lo había inclinado a
que se casara a toda costa, charlando sobre… ellos dos.
—Ahora es feliz con Camile —⁠le contestó.
La anciana lanzó un ligero suspiro.
—La felicidad es un concepto esquivo. La amó tanto, y ella lo hizo tan
desgraciado. Quizá tanto como la ama a usted ahora.
Aquella sinceridad… No estaba acostumbrada.
—Lo que implica que si alguna vez él y yo… También le causaré dolor.
—Parece que el juego del amor en Henry sigue ese curso, sí.
Aquello era un error. No podía alentar que su corazón creyera que era
posible estar con él. No podía dejarse ilusionar con un futuro juntos, porque
no podría soportarlo y la desesperación ya era suficientemente grande.
Dejó la copa a un lado y se puso de pie.
—He de marcharme.
La dama hizo lo mismo.
—¿Para qué ha venido?
Lo pensó un instante. Quizá fuera más fácil porque no tendría que
escuchar los reproches que le lanzaría a la cara.
Rebuscó en su faltriquera hasta encontrar lo que quería, y se lo tendió a la
anciana.
—¿Puede entregarle esto a su hijo?
La mujer lo tomó, llena de curiosidad. Era un pequeño mechón de cabello
rubio, muy suave, tremendamente fino, como correspondía a un niño de
temprana edad.
La miró con ojos muy abiertos, desconcertados.
—¿Es lo que creo?
Jane tragó saliva.
—Dígale que siento no haberme sincerado a tiempo, pero no quería poner
su mundo patas arriba.
La anciana miró de nuevo el cabello de su nieta y después a ella.
—¿Y por qué ahora?
—Porque ya no hay nada que hacer para ninguno de los dos. ¿Se lo dará?
La mujer lo apretó con fuerza, como si quisiera empaparse de su esencia.
—No estoy segura.
Jane asintió.
—Haga lo que le dicte su juicio. Será lo correcto.

Página 183
No tenía nada más que hacer allí.
La condición que le había impuesto Augusta para aceptar su compromiso
con el duque de Beeford estaba cumplida: su hija bastarda debía desaparecer
cuanto antes.
Por eso había ido hasta allí, porque en medio del dolor se había dado
cuenta de cómo de injusto era ocultárselo a su verdadero padre.
Se dio la vuelta y se encaminó hacia la salida.
—Baronesa.
Se volvió, a pesar de que ya no había nada más que hablar.
—Milady.
Permanecieron mirándose, como si sus ojos reflejaran la fragilidad del
alma.
—No sé lo que ha hecho —dijo la vieja condesa⁠—, pero sus ojos me
indican que era la única opción.
Una sonrisa llena de dolor deformó las bellas facciones de Jane.
—Se equivoca —contestó con amargura⁠—, he sembrado mi desventura y
pagaré por ello.

Página 184
Capítulo 33
Una duquesa

Se había llevado todo en el más estricto secreto por orden de la princesa de


Gales, ya que si Carlota se enteraba de lo que se tramaba a sus espaldas,
podría influenciar en su marido, Jorge III, y echarlo a perder.
La boda se había celebrado en Yorkshire, en una de las propiedades del
duque, una ceremonia privada, donde únicamente habían asistido los esposos
y un par de testigos, oficiada por el párroco local, como si se tratase de algo
clandestino.
Esa misma mañana se había procedido a consumar el matrimonio, para
que todo quedara revestido de legitimidad, y Jane tomó el almuerzo a
mediodía siendo la nueva duquesa de Beeford, con dignidad de miembro de la
familia real.
El duque era un hombre agradable y desganado, sin ningún carácter, que
había aceptado las órdenes de su tía Augusta con total acatamiento.
Aficionado a la caza, a la buena mesa y al juego, se había temido lo peor
cuando le anunciaron que debía casarse. Pero cuando había visto aparecer a la
baronesa de Biggin en las puertas de su mansión, cuya fama de belleza la
precedía, se había sentido el hombre más afortunado, aunque ese entusiasmo
le duró lo mismo que cualquier otro, un puñado de días.
Habían elegido el cumpleaños del Rey como el momento adecuado para
hacer pública su unión, un día donde toda la Corte se vestía de gala para
felicitar al monarca y recibir pequeños regalos de su mano.
Esta se estaba celebrando en los Jardines de Palacio, aprovechando que el
día había amanecido soleado.
Los criados habían dispuesto carpas, largas mesas y asientos para las
damas de posición. El resto debía estar de pie en presencia del monarca.
Era ya tarde cuando el chambelán anunció a los últimos invitados,
golpeando tres veces el suelo con su bastón.
—Sus altezas el duque y la duquesa de Beeford.

Página 185
Jane se sentía orgullosa y nerviosa a partes iguales. Por un lado, era
consciente de que había alcanzado la posición más elevada posible, pero por
otro, le seguían pesando cada uno de sus sacrificios y, aunque iba a visitar a la
pequeña Marianne cada vez que sus obligaciones se lo permitían, haberla
abandonado era para ella un continuo remordimiento.
Avanzó del brazo de su flamante marido y comenzó a descender las
escalinatas que llevaban a los jardines.
Había elegido un vestido soberbio, de un gris muy pálido, ya que su
reciente viudedad la obligaba a cierta discreción. Era de una seda exquisita,
ligeramente tornasolada en verde, lo que potenciaba el tono de sus ojos y le
permitía lucir el aderezo de esmeraldas que le regalara su marido el día de la
boda. La tiara era simple, para no desentonar con el peinado, pero el collar era
una auténtica maravilla.
Cuando se atrevió a alzar los ojos y vio la Corte postrada ante ella,
degustó el sabor del triunfo, ya que muchas de aquellas duquesas audaces que
hacía algunas semanas le habían negado el saludo estaban obligadas ahora no
solo a reverenciarla, sino a cederle su asiento si ella se acercaba.
Paseó la mirada, una por una, hasta que sus ojos se toparon con los de
Carlota.
Estaba en la tarima real, donde se habían ubicado dos sillones, uno para
ella y otro para el Rey, y la miraba muy seria, quizá sorprendida, como todos,
y visiblemente molesta.
Avanzaron despacio por el camino central, donde las murmuraciones de
sorpresa no dejaban de sucederse, hasta llegar al entarimado, e hicieron la
correspondiente postración ante los monarcas.
—¿He tenido conocimiento de estas nupcias? —⁠preguntó Jorge,
extrañado, mirando alrededor, ya que ningún miembro de la familia podía
casarse sin su consentimiento.
Augusta, que se sentaba en un peldaño más bajo de la misma tarima, se
apresuró a contestar.
—No he querido molestarte con nimiedades y yo misma he rubricado los
permisos.
Lo había dicho con una sonrisa tan reconfortante que su hijo lo entendió
como algo natural.
Jorge tenía carácter, pero en lo tocante a su madre no había discusión
posible. Si ella había bendecido esa unión, sería adecuada, y Carlota,
conocedora de la pasión del Rey por su progenitora, tenía cuidado de no
contradecirla demasiado.

Página 186
El monarca miró a su pariente. Beeford era un poco simple, pero le
repugnaba tanto la política que nunca sería un peligro para él, lo que le hacía
bienvenido.
—Así que la baronesa se ha convertido en nuestra prima.
Lo dijo mirándola con curiosidad, ya que conocía el aprecio que su esposa
le había profesado, y sospechaba que algo podía haber pasado entre ellas,
pues no había vuelto a verlas juntas.
Jane volvió a postrarse.
—Mi señor.
Parecía satisfecho, aunque la mirada de la Reina no se había dulcificado
en nada.
—Un acierto, querido primo, ¿verdad, Carlota?
Toda la Corte estaba pendiente de la noticia, pues a la mayoría no les
había pasado desapercibido que esa boda encerraba ciertas incógnitas, ya que
las de aquella naturaleza se celebraban en Palacio, y no en las propiedades
privadas de los nobles.
Carlota era consciente de que, una vez dado el visto bueno del Rey, ella
no podía hacer otra cosa que rubricarlo.
—La nueva duquesa dará más brillo a la Corte.
Jorge pareció perder todo el interés en lo que sucedía, algo que también le
pasaba a veces a su madre.
—Será mejor que se repartan los regalos. Esto me aburre.
Y los criados procedieron a buscar los grandes sacos donde se guardaban
las baratijas que debía entregar, y los flamantes duques de Beeford tuvieron
licencia para mezclarse con los invitados.
Jane pudo, al fin, soltar el aire contenido en sus pulmones, pues si el Rey
hubiera sentido menoscabada su autoridad, aquello hubiera sido un desastre.
La idea de Augusta de que se hiciera público delante de todo el mundo,
donde Carlota no podría interferir ni el monarca atreverse a poner en cuestión
su autoridad, había sido brillante.
Le lanzó una mirada agradecida que la princesa devolvió de la misma
manera.
Solo entonces se sintió libre de relajarse, mientras su marido se retiraba
hacia un grupo de caballeros.
—Alteza.
Cuando se volvió, la duquesa de Sausson y sus inseparables amigas
estaban a su lado y parecían tan encantadas como si unos días antes no la
hubieran menospreciado.

Página 187
Podría vengarse. En su nueva posición, había mil maneras de arreglar a su
favor las injurias del pasado, pero sabía que el poder en la Corte era esquivo,
y si las apartaba de su causa, pasarían a la de Carlota, lo que no la
beneficiaría.
Iba a responderle con gracia cuando vio a Henry.
Venía directamente hacia ella, a paso apresurado, y tan serio que sintió
una aprensión inmediata.
Lo supo. Conocía tan bien cada uno de sus gestos que lo supo sin dudarlo.
No había vuelto a verlo ni sabía si la condesa viuda le había entregado el
mechón de cabello de Marianne. Había supuesto que no, pero el rostro del
hombre que amaba decía ahora algo bien distinto.
—Si me permiten —les dijo a sus acompañantes⁠—, estoy viendo al conde
de Aston y quiero preguntarle por su madre.
Todas asintieron, satisfechas, porque la nueva duquesa de Beeford había
entendido las reglas de Palacio.
Fue hasta él, intentando no parecer preocupada, temerosa de que no se
pudiera controlar en público y armara un escándalo.
Henry se detuvo cerca, tanto que sus botas tocaban el bajo de su vestido,
lo que era considerado una insolencia.
—Aquí no —murmuró ella, y emprendió el camino hasta el laberinto, que
se encontraba cerca, sin mirar hacia atrás.
El corazón acelerado se lo notaba como un pulso en el cuello, y sentía las
manos sudorosas.
Había planeado todo menos aquello, que Henry estuviera allí y quisiera
pedir explicaciones.
Se metió entre los altos setos y giró varias veces hasta estar segura de que
quedaban ocultos a la mirada de todos.
Cuando al fin se volvió para comprobar si él la había seguido, casi chocó
con su fuerte pecho, pues estaba tan pegado a ella como antes.
Su olor la inundó, aquel que tantas veces había evocado en la soledad de
su alcoba, y el correteo de su pecho se aceleró aún más.
—¿Un hijo? —casi mordió Henry las palabras.
Tenía el mechón de pelo en la mano, y su mirada era tan dura que daba
pavor.
Así que su madre había esperado todo ese tiempo para confesárselo, y lo
había hecho el mismo día en que su suerte iba a cambiar para siempre.
Intentó que él no notara su turbación.
—Se llama Marianne.

Página 188
—Una niña. —Se sorprendió, pero fue solo un instante, y la dureza volvió
a clavarse en sus ojos⁠—. Y me lo has ocultado todo este tiempo.
Jane miró alrededor, aprensiva. Si alguien los descubría no habría
justificación alguna para que estuvieran solos en un lugar tan inadecuado.
—¿Qué podía decirte? —Intentó excusarse⁠—. Tanto tú como yo
estábamos casados.
—Tenía derecho a saberlo y a tomar mis propias decisiones.
Los ojos de Henry eran dos brasas ardientes que encerraban toda su
cólera.
Ella intentó mantenerse firme, aunque le resultaba difícil porque su
presencia seguía provocándole aquel estado de turbación después de tanto
tiempo.
—¿Crees que tu esposa no habría echado las cuentas para descubrir que la
habías engañado? ¿Acaso crees que mi difunto marido se quedaría callado
sabiendo que de ninguna manera podía ser hija suya? Y, sobre todo… —⁠Era
necesario que la comprendiera⁠—, ¿qué hubiera sido de ella? Marcada como
bastarda desde el día de su nacimiento.
Henry la miraba de una manera tan fiera que provocaba un extraño
cosquilleo en su piel.
Su mano, con el mechón de Marianne prendido en ella, seguía inerte en el
aire. Cuando le habló, lo hizo con el mayor desprecio.
—Solo te preocupas por ti.
Jamás la comprendería.
—No es así —intentó defenderse—. Era la mejor decisión.
—¿Dónde está mi hija?
Su tono había cambiado. De la ira había tornado en firmeza.
Jane sabía que, si se lo decía, iría a por ella y era muy posible que no
volviera a verla.
Contestó con apenas un hilo de voz.
—A salvo.
—Tienes que decírmelo. Es mi hija.
Ella alzó la cabeza, intentando comportarse con dignidad.
—Lo sabrás cuando te comportes como un hombre cabal.
Los ojos de Henry adquirieron una expresión desconocida.
—¿Cabal? —Una expresión llena de amargura⁠—. ¿Crees que teniéndote
cerca puedo escapar a la locura?
Aquello hizo que su corazón se detuviera por un instante.
—Yo no…

Página 189
No pudo terminar la frase, porque él se arrojó sobre su boca y la besó, y el
milagro de su contacto volvió a obrarse, dejando de ser importante que la
Corte estuviera a un puñado de pasos, que su reputación pudiera perderse para
siempre o que aquello marcara una nueva herida en su corazón.
Allí, arropados por el mirto de los parterres, se amaron con desesperación,
con la agonía de algo efímero, y cuando ambos llegaron al éxtasis, fueron
conscientes de que acababan de sellar un destino que solo podría llevarlos a la
desesperación.

Página 190
Capítulo 34
Un camino sin retorno

Jane se removió, inquieta, intentando que ninguno de los nobles que se


reunían en el gabinete del Rey se percatara del efecto que aquello le causaba.
—Le felicito por su nuevo nieto. —⁠Bendijo Carlota a una de las damas
que formaban corro a su alrededor, entre las que estaba la duquesa de
Beeford.
Esta respondió, encantada, y la soberana continuó con los cumplidos a
tantas señoras como se le acercaban…, menos a Jane.
La Reina había decidido vengarse ignorándola, y ella no podía dirigírsele
si antes esta no la había interpelado, era una norma de la etiqueta que nadie se
atrevía a contravenir.
Esto no había pasado desapercibido y era ya la comidilla de la Corte: que
la Reina y la Duquesa, como se la conocía, habían entablado una disputa
abierta que únicamente era posible de sostener con el incondicional apoyo de
Augusta.
Para más inri, Jane no podía retirarse hasta que la Reina no se marchara,
por lo que cada día soportaba la humillación delante de todos con una sonrisa
incólume en los labios.
Cuando al fin quedó libre de obligaciones, se sintió feliz, porque podría
escapar de Palacio y pasar un par de horas con su pequeña Marianne, no sin
antes despedirse de la princesa de Gales.
Aquella situación llegaba a ser desesperante, y no se le ocurría manera
alguna de solventarla. Se encontraba dividida en varias partes. La que
correspondía a la flamante duquesa, la madre culpable que se sentía miserable
por no poder pasar más tiempo con su hija, la campesina con ínfulas… y la
amante.
Atravesaba la solitaria galería, ensimismada en sus funestos
pensamientos, cuando alguien se le dirigió.
—Sabía que pasarías por aquí antes o después.

Página 191
Como siempre que escuchaba su voz, su corazón dio un vuelco, y todas
sus preocupaciones se volatilizaron.
Henry estaba allí, apoyado en el marco de una puerta, hermoso y
arrogante como siempre.
Había bebido, como tanto últimamente, y su cabello parecía desordenado,
así como el chaleco, que llevaba sin abrochar.
Habían llegado a un pacto: vivir solo el presente, no hablar de sus vidas
privadas, no nombrar a la hija que habían tenido juntos, y solo disfrutar del
amor que les estuviera permitido.
Era una manera de crear un espejismo alrededor que simulara que de
verdad estaban juntos y podían llegar a ser felices.
Pero Jane sabía de los rumores.
Se decía que las cosas entre él y su esposa no marchaban bien. Se
comentaba que era asiduo a ciertos locales del puerto frecuentados por la peor
escoria. Incluso se rumoreaba que tenía una amante, pero nadie había podido
identificarla.
En cuanto lo vio, se aseguró de que estaban solos y se tiró a sus labios.
Besarlo seguía siendo la cosa más deliciosa del mundo, y cuando él la
estrechó contra su cuerpo, sintió aquella necesidad de tenerlo cerca que no la
abandonaba.
Cuando se apartó, le ordenó el cabello como pudo.
—Te he echado de menos.
Él le alzó de nuevo el rostro y la besó otra vez.
—Y yo a ti. Estás preciosa.
Jane comenzó a abrocharle el chaleco. Si se cruzaba con el Rey, sería
amonestado.
—¿Vendrás esta noche? El duque ha salido temprano a cazar y estará
fuera un par de días.
Él se dejó hacer.
—Volaré hasta tu cama si es preciso.
—He pensado que, quizá en verano, podríamos irnos unos días juntos al
campo.
Los ojos de Henry se opacaron un instante. Solo tenían el presente. El
futuro no les pertenecía.
—Ya veremos —sonrió y la tomó de la mano⁠—. Ven, he encontrado una
estancia donde podremos estar a solas.
Lo deseaba más que nada, abrazarse y amarse, recuperar todo el tiempo
perdido, pero se había prometido que pasaría unas horas con su hija, y si no se

Página 192
marchaba, ya no le daría tiempo.
—He de irme.
Él se pasó una mano por el cabello.
—Te necesito.
Jane intentó disimular con una sonrisa el dolor que le causaba aquella
desesperanza.
—Esta noche. Te prometo que no nos molestará nadie.
Henry soltó su mano. La mirada de amargura que tan a menudo aparecía
en sus ojos últimamente estaba allí de nuevo.
—¿Colándome en tu casa como un forajido? ¿Huyendo de madrugada
para que nadie me vea?
Ella voló hacia él y lo abrazó. Se separó lo justo para mirarlo a los ojos.
—Amor mío, sabes que es necesario hacerlo así.
Henry tardó en contestar. Cuando lo hizo, se apreciaba el esfuerzo de su
corazón por comprenderlo.
—De acuerdo —sonrió—. Nos veremos esta noche.
Con un amargo presentimiento, lo dejó en la galería y cumplió con su
cometido. Augusta estaba ocupada y no la entretuvo. Si convencía a Henry de
que pasaran unas semanas juntos en el campo, quizá todo fuera como tanto
había ansiado, dos almas que se amaban y lo demás no tenía importancia.
Salió de Palacio y fue directa a su carroza, que la esperaba como siempre,
en la puerta, una zona a la que solo podían acceder los carruajes de la familia
real.
El postillón ya la esperaba para ayudarla a subir cuando una voz femenina
la detuvo.
—Duquesa, ¿puedo molestarla un instante?
Miró hacia allí y se encontró con Camile.
Estaba pálida, y quizá más delgada. Era a la última persona que esperaba
ver, y la menos indicada en aquel momento.
—Me esperan —le dedicó una sonrisa amable⁠—, pero si puedo servirla…
—¿Cómo hace con mi marido?
Lo había dicho sin acritud, pero tuvo el efecto de un mazazo.
Se quedó perpleja. Se había convertido en una experta en bucear por los
retorcidos recovecos de las conversaciones palaciegas, pero aquella pregunta
directa era del todo inabarcable.
—No sé qué rumores le han llegado…
—Cuando le conocí, era un hombre digno —⁠no dejó que terminara⁠—,
capaz de anteponer sus obligaciones a sus sentimientos. Pero no sé en qué lo

Página 193
ha convertido usted.
Camile permanecía serena, a un par de pasos de ella.
Quien las viera podría pensar que se trataba de dos buenas amigas que
intercambiaban confidencias. Pero lo cierto era que en el corazón de ambas
había una lucha titánica que tenía como principio y fin al mismo hombre.
—Entre el conde y yo…
Jane era consciente de que no tenía argumentos para defenderse.
—Pronuncia su nombre en sueños. ¿Lo sabía? —⁠Le impactó esa
declaración⁠—. Lo hace desde el principio, desde que nos casamos. En aquella
época pensaba que se refería a su madre, también se llama Jane. Pero cuando
descubrí que su verdadero nombre no es Calpurnia…
No, no podía defenderse, y empeñarse en engañar a aquella mujer herida,
en contradecirla, la hacía sentirse aún más miserable.
—He de marcharme.
E hizo el intento de darse la vuelta.
—Regreso a Versalles. —Aquella confesión logró que Jane se volviera de
nuevo hacia ella⁠—. Lo que hubiera entre Henry y yo ya no existe, y no quiero
ser testigo de su degradación. ¿Sabe que se emborracha cada día? ¿Que llega
a casa cuando amanece y se levanta cuando su madre y yo almorzamos?
¿Sabe el sufrimiento que nos está causando desde que usted se ha empeñado
en poner los ojos sobre mi marido?
Por un momento, la rebeldía lució en los ojos de Jane.
—¿Por qué siempre somos responsables las mujeres?
—Es usted quien no deja que se aparte de su lado.
Intentó que su voz no sonara acerada.
—Somos los dos, lo crea o no, y siento la misma aprensión que usted por
lo que veo en él, pero ¿qué puedo hacer?
—Dejarlo.
¿Es que era tan difícil de comprender?
Los labios de Jane esbozaron la sonrisa más amarga.
—¿Ha estado enamorada?, ¿enamorada de verdad?
Los ojos de Camile mostraron indignación por una insinuación de ese
tipo.
—De Henry, y por eso vuelvo a Francia.
Jane tomó aire. Había poco más que decir.
—Enhorabuena entonces. Porque yo desconozco la manera de hacerlo.
Le hizo una inclinación y subió en la carroza.

Página 194
Cuando el mozo cerró la puerta y los caballos empezaron a galopar, se
derrumbó. ¿Cómo era posible que alcanzar lo que siempre había deseado
fuera tan amargo? ¿Cómo se podía ser tan desgraciada teniéndolo todo?
Y las lágrimas la consumieron mientras salía de Londres para ver a su
hija, que se había convertido en su único consuelo.

Página 195
Capítulo 35
Un deseo imposible

Jane aguardó hasta pasada la medianoche, pero cuando el carrillón del gran
reloj de bronce empezó a sonar, tuvo que convencerse de que Henry no iría
esa noche a su casa.
Se preocupó, por supuesto. Incluso estuvo tentada en mandar un lacayo a
Kings Street para preguntar por él. Pero después de la conversación de aquella
mañana con Camile, un mensaje suyo solo podría ahondar los problemas que
había entre ellos.
Sabía que últimamente frecuentaba las tabernas portuarias acompañado de
un viejo soldado que había servido a sus órdenes, lo que no dejaba de ser
peligroso. Una reyerta de borrachos, un intento de robo, o simplemente un
traspié tan cerca del río podían ser funestos si no se estaba lo suficientemente
lúcido.
Ya la habían desvestido y estaba a punto de meterse en la cama cuando su
mayordomo pidió permiso para entrar.
—¿Sucede algo? —se alarmó, pues hacía horas que había pedido al
servicio que se retirara.
El hombre parecía haberse vestido deprisa y llevaba la peluca ladeada.
—Lord Aston, milady. Está abajo y pide a gritos que le reciba.
Hasta ese instante, Henry y ella habían mantenido una relación discreta
incluso delante del servicio. Marie era la encargada de abrirle la puerta de la
mansión y de acompañarlo cuando se marchaba para cerrarla a sus espaldas.
Al no esperarlo, su criada personal ya estaba acostada, por lo que había sido
el mayordomo, que tenía habitaciones en la planta baja, quien había oído los
golpes en la puerta, aporreada sin contemplación.
—Hágalo subir.
El mayordomo la miró con aprensión.
—Milady, si me permite el atrevimiento —⁠Miró hacia el suelo⁠—, su
señoría parece ebrio y un tanto violento. Sin la presencia del duque, no creo

Página 196
conveniente…
—No se preocupe. —Intentó que el buen hombre no percibiera su
turbación⁠—. Somos buenos amigos. Conmigo sabrá comportarse.
El criado le dirigió una inclinación y se marchó, a pesar de que parecía
realmente preocupado.
Jane se miró en el espejo.
El camisón era una pieza delicada, de seda muy liviana ligeramente
bordada en el escote, y la bata tan vaporosa que era como si estuviera
desnuda.
Marie le había deshecho el peinado antes de retirarse, que ahora lucía
suelto sobre la espalda.
Se sorprendía de que aún se preocupara por su aspecto cuando se trataba
de Henry. Era como si los mismos sentimientos que la embargasen cuando se
conocieron permanecieran intactos a pesar del paso del tiempo y de las
circunstancias.
La puerta se abrió de un portazo, y Henry, visiblemente borracho, se
plantó en medio de la habitación, intentando mantener el equilibrio con
dificultad.
—Camile me ha dejado —expuso sin más, a modo de saludo.
Así que había cumplido su palabra.
El mayordomo estaba detrás, sin atreverse a entrar ni a intervenir,
visiblemente nervioso.
—Retírese a descansar. —Le dedicó una sonrisa que intentó ser
tranquilizadora sin conseguirlo⁠—. Yo misma despediré a lord Aston.
El hombre asintió sin convicción alguna, y cerró la puerta, dejándolos
solos.
Henry permanecía allí, un tanto tambaleante y con la mirada vidriosa por
el alcohol clavada en ella.
—¿Me has oído?
Nunca lo había visto así, a pesar de que en los últimos tiempos no dejaba
de beber.
—Sí. Ella y yo… —Era mejor no explicárselo⁠—. Supongo que se habrá
enterado de lo nuestro.
Él miró alrededor, buscando una botella de whisky o algo parecido. Pero
Jane era endiabladamente abstemia, a no ser que tuviera que tomar algo para
corresponder a una cortesía.
Se deshizo de la casaca, que arrojó al suelo, y empezó a trastear con el
chaleco con enorme dificultad.

Página 197
—Se lo dije yo —confesó—. No soy capaz de mantener una farsa tanto
tiempo.
—Si es una mujer honorable, ha hecho lo correcto.
—Lo que me convierte a mí en un villano.
Estaba claro que en su estado no era conveniente animarlo a tener una
conversación. Lo mejor era que descansara, y al día siguiente ya verían cómo
proceder.
—Deberías acostarte. —Lo ayudó a deshacerse del chaleco⁠—. Te ayudaré
a quitarte las botas.
Él le tomó las manos para detenerla y mirarla a los ojos.
—Camile ha sido la única mujer que me ha amado de verdad.
Si lo que intentaba era herirla, lo había conseguido.
—¿En qué lugar me deja eso a mí?
—¿Me amas?
Sus ojos brillantes parecían querer leerle el alma. Ella sintió un escalofrío
recorriéndole la espalda. No era algo extraño tratándose de Henry. Su
presencia seguía siendo turbadora para ella, a pesar de que encontraban
cualquier excusa para compartir su amor. Pero aquel día era distinto. Como si
ese embrujo se estuviera deshaciendo.
—Sabes que sí —contestó con un hilo de voz.
—Entonces, ahora que soy libre, podemos hacer todos esos planes que
teníamos juntos.
Jane se apartó, deshaciéndose del contacto de sus manos.
—Te recuerdo que estoy casada.
—Lo que implica que yo debo seguir siendo tu perro faldero —⁠escupió al
suelo⁠—, visitándote a escondidas, humillándome para que tú puedas seguir
luciéndote en la Corte.
—Te equivocas —intentó de nuevo hacerlo comprender⁠—. Tú eres mi
verdadero amor, pero las circunstancias…
—¡Al diablo las circunstancias! —⁠Tomó un exquisito jarrón de Sèvres y
lo estalló contra el suelo⁠—. Todavía me pregunto por qué apareciste en mi
vida, cuando lo único que me has traído ha sido la desgracia.
Jane se asustó, y mucho. Nunca antes lo había visto así. Su exquisita
educación estaba siempre presente. Siempre hasta ese instante.
—Creo que será mejor que te vayas —⁠lo alentó⁠—. Te visitaré mañana
cuando hayas dormido.
—¿Y mi hija?
De nuevo, aquella sensación helada a lo largo de su espalda.

Página 198
—Dijimos que nunca hablaríamos…
—Lo dijiste tú. Como todo lo demás.
No había permitido que la viera. Lo conocía, y sabía que una vez la
tuviera en sus brazos, haría lo que fuese posible por reconocerla.
—Henry, ella debe quedar fuera de esta disputa —⁠intentó que lo
comprendiera⁠—. Si alguien sabe de su existencia, la utilizará para dañarnos, y
para marcarla como una bastarda.
—Quiero verla.
Ahora parecía firme, a pesar de que apenas conseguía mantenerse en pie.
—No es posible.
—Tengo derecho a ello. —Alzó una mano ante sus ojos⁠—. No puedes
negarte.
—Intento mantenerla a salvo, al margen de todo esto, para que tenga una
vida feliz.
En ese instante podía suceder cualquier cosa. Jane se preparó para recibir
un golpe. Podía gritar, llamar al servicio, pero eso hubiera sido aún más
humillante para ambos.
Al final, él le dio la espalda para apoyarse contra la pared.
—Me lo has arrebatado todo.
Jane casi fue capaz de sentir cómo se le partía el corazón.
—Sigues siendo el flamante conde de Aston.
—Un espantoso boceto de quien fui, eso es lo que soy, y todo te lo debo a
ti.
¿Cómo podían haber llegado hasta allí? ¿Cómo podía haber salido todo
tan endiabladamente mal?
Fue hasta él. Seguía de espaldas, como si intentara evitarla, y le puso una
mano sobre el hombro.
—Has bebido. Mañana verás las cosas como son.
Él se volvió, despacio, muy lentamente, y cuando la miró, lo que ella vio
en sus ojos le erizó la piel.
—No quiero volver a verte.
—Henry… —Se llevó una mano al pecho.
Él consiguió recoger su casaca, tambaleante, pero con una decisión que no
había tenido hasta ese momento.
—Quédate con tu prestigioso marido —⁠casi escupió⁠—, tus privilegios y tu
condescendencia. No quiero que vuelvas a acercarte a mí.
Ahora fue ella quien se sintió completamente perdida.
—Sin ti no estoy segura de que pueda sobrevivir a todo esto.

Página 199
La mirada de Henry mostraba un desprecio difícil de describir.
—Lo has hecho. Lo que tienes lo has logrado por ti misma. Yo solo he
sido un entretenimiento más.
Mientras se colocaba la prenda, Jane cayó de rodillas.
—Eres el amor de mi vida.
—No sigas engañándote —la despreció⁠—. Solo eres una puta que no tiene
escrúpulos para alcanzar lo que quiere.
Si la hubiera asaeteado con mil flechas envenenadas, no le habría causado
el mismo daño. Quizá porque en el fondo había un atisbo de verdad en
aquellas palabras, o quizá porque reflejaban una opinión que no le era ajena.
Se incorporó, intentando contener la respiración acelerada. Y cuando lo
miró, sus ojos solo reflejaban frialdad.
—Sal de mi casa.
—Es lo que pretendo hacer.
Ya salía por la puerta cuando ella comprendió que si se marchaba, quizá,
no regresaría jamás.
—Henry… —suplicó.
El hombre que se volvió hacia ella, furioso, estaba lleno de resentimiento.
—No vuelvas a pronunciar mi nombre.
Y la dejó allí, mientras bajaba a trompicones las escaleras y salía a la calle
ante la mirada atónita del mayordomo.

Página 200
Capítulo 36
Un detalle real

L
— legamos tarde, querida. —⁠Se impacientó el duque de Beeford,
asomándose apenas un instante a las habitaciones de su esposa.
Jane, que apenas le veía en los últimos tiempos, lo tranquilizó.
—Bajo enseguida.
El cortesano asintió para desaparecer de inmediato escaleras abajo.
Ambos eran conscientes de que aquello no era más que un matrimonio de
conveniencia. Ella no se metía en sus asuntos, y él no se preocupaba de los
suyos siempre y cuando no fueran objeto de escándalo.
Su vida íntima, después de una cierta curiosidad inicial al principio del
matrimonio, había quedado en nada. El duque ya tenía descendencia de su
primera esposa, dos muchachos que vivían secuestrados por preceptores y
maestros en una de sus propiedades, así que la bella Calpurnia había dejado
de interesarle, como casi todo.
Una vez a solas de nuevo, Marie intentó asegurarse de que había oído bien
a su señora.
—¿Seguro que es este?
Jane asintió.
—Pero… —insistió la criada—. Es un collar muy simple, y juraría que
son cristales en vez de piedras preciosas. ¿No prefiere el aderezo de rubíes?
—Hoy quiero llevar ese —contestó, y volvió a mirarse en el espejo.
En Palacio se celebraba la cena de Nochebuena, donde la familia real al
completo se reunía en torno a la mesa, y comería en presencia de toda la
Corte, que permanecería de pie, expectante, mientras la realeza daba cuentas
de un banquete pantagruélico.
Para la ocasión, se había puesto un vestido adamascado de un color
amarillo intenso, aliviado únicamente por el encaje blanco del escote y de las
bocamangas. Una triada de rosas naturales del mismo color en el pecho era
todo su adorno. Eso y el collar.

Página 201
Era la pieza de pedrería que le regalara Henry cuando era solo una joven
aldeana demasiado impresionable.
No la había lucido nunca antes, aunque la había acariciado mil veces.
Aquella noche era muy posible que el conde de Aston se viera obligado a
acudir a la Corte, pues se consideraba una ofensa no estar presente en un
momento tan solemne.
Si era así, quería que la viera engalanada con su collar, para que al fin
entendiera lo que seguía significando para ella.
Desde aquella noche en su casa, no habían vuelto a verse, y las malas
lenguas decían que, tras ser abandonado por su esposa, había descendido a los
infiernos.
Un lacayo llamó a la puerta, insistiendo de parte del duque en que debían
marcharse.
El trayecto en carroza hasta Palacio fue tan incómodo como cada vez que
tenía que estar a solas con su marido, ya que este no hacía nada por agradar.
Saint James estaba decorado para recibir la Navidad con grandes hatos de
muérdago y cintas rojas, así como bonitas piñas pintadas de dorado. El
palacio estaba a rebosar, pues todos querían ver y ser vistos aquella noche.
Miles de velas iluminaban las estancias, desde las deslumbrantes arañas
de techo a los candelabros de pie, así como los pebeteros quemaban perfumes
para aliviar el olor de tanta presencia humana.
Una pequeña orquesta de cámara amenizaba la espera en el comedor,
donde ya estaban todos reunidos, apelmazados contra las paredes y en la
galería superior, a la espera de que los reyes hicieran su aparición.
Su entrada, del brazo de su marido, fue recibida con una postración
general, pues el duque era el séptimo en la línea sucesoria al trono.
Ella miró alrededor, buscando a Henry, pero no había rastro de él. Al
parecer, también había rehusado aquella invitación, lo que seguramente le
traería problemas.
Con la mirada que sí se topó fue con la del príncipe Guillermo, que no
habría podido excusar su presencia en un día como aquel. La trató con
frialdad, pero no dio muestras de querer vengarse. Era un hombre de mundo,
y sabía que un error como el que había cometido con las cartas daba ventajas
al competidor.
—Querida —la llamó Augusta, la madre del Rey⁠—, está más bella que
nunca.
—La duquesa —añadió, cortés, su propio esposo⁠— cada día luce más
radiante.

Página 202
Ella simplemente le hizo la reverencia de rigor, pues la ausencia de Henry
le había agriado el carácter.
—Curioso collar —observó Augusta, para quien nada pasaba
desapercibido⁠—. No parecen rubíes. ¿Son quizá unas piedras exóticas?
Ella lo acarició, buscando una explicación que no la comprometiera.
—Es una reliquia familiar —⁠atinó a decir⁠—. No vale nada, pero me gusta
llevarla en un día como hoy.
A la princesa de Gales le extrañó aquella frivolidad. Eran obligatorias por
etiqueta las joyas de valor para las ceremonias de alta gala, pero a la duquesa
le estaba todo permitido.
Augusta se acercó un poco más, para escapar del foco de la Corte.
—Hoy el Rey tiene una sorpresa para usted.
—¿Una sorpresa?
—Prefiero que sea él quien se lo anuncie.
En ese momento, las dobles puertas que daban a los apartamentos de
estado se abrieron, y el chambelán anunció a los monarcas.
La Corte se postró, la orquesta tocó la marcha real y los lacayos
procedieron a acompañar a cada miembro de la familia del monarca a sus
respectivos asientos en torno a la mesa. Solo ellos cenarían, y el resto de
asistentes los verían comer.
Los matrimonios se sentaban por separado, lo que Jane agradeció, y siguió
extrañada al criado, que había pasado de largo su puesto de honor y
continuaba caminando hacia la cabecera de la mesa.
Cuando retiró la silla que había a la derecha del monarca, le faltó el aire
por un instante, pero pudo disimular a tiempo y sentarse como si no fuera un
privilegio inusual.
Aquel nuevo honor sin precedentes concedido a la Duquesa levantó un
murmullo entre los cortesanos: junto al Rey solo se sentaban quienes tenían
su más alta estima, y en los últimos tiempos, aquel honor lo reservaba para
alguno de sus hermanos.
Jane miró a Augusta, que le lanzó una sonrisa de satisfacción. Después,
observó el otro extremo de la mesa, a Carlota, que tenía una expresión tan
torva que supuso que no era conocedora de aquella prerrogativa.
No era muy consciente de qué estaba pasando.
Todos sabían que el Rey detestaba tener amantes, así que su interés no
debía radicar en algo así. ¿Qué era entonces lo que la hacía merecedora de
aquel privilegio?

Página 203
Una legión de criados empezó a traer los suculentos víveres en enormes
bandejas de plata, desde faisanes que parecían descansar en sus nidos a
jabalíes cocinados que representaban una lucha a muerte con un venado
asado.
—Tengo entendido, duquesa, que haces muy feliz a mi querido primo
—⁠le comentó el Rey.
Ignoraba de dónde habría sacado aquello, pues eran tan indiferentes como
desconocidos, pero no era esa la respuesta esperada.
—Para mí ha sido una bendición.
El monarca parecía satisfecho.
—Hay que ser generosos con quienes lo han sido con nosotros.
Y miró a Guillermo, que comía taciturno a mitad de la mesa, ni cerca ni
lejos del Rey, en un puesto que indicaba el desafecto del monarca.
Ella comprendió a qué se refería, pero le pareció ruin regocijarse por algo
así.
Iba a contestar con una nadería cuando una de las puertas se abrió y el
conde de Aston apareció tambaleante en medio del comedor.
Hubo voces escandalizadas, pues llegar después del Rey era casi una
traición a la Corona, y, sobre todo, hacerlo en aquel estado, pues todos se
habían dado cuenta de que estaba borracho.
Quizá aquello evitó que Jorge lo humillara en público, pero no así que
fuera reprobado por el resto.
Jane no pudo evitar llevarse una mano al pecho, y estuvo segura de que,
por un instante, su corazón se había detenido.
Henry tenía un aspecto terrible, con profundas ojeras oscuras, la ropa
desaliñada, y no llevaba peluca, lo que le daba el aspecto de un bucanero.
El chambelán se le acercó con toda la discreción posible para convencerlo
de que tomara un puesto en la última fila, fuera de la vista del monarca.
A ella le dolió como si le acabaran de clavar un puñal. Era la responsable
de aquello, de su terrible estado y de su hundimiento en los abismos más
oscuros.
Iba a pedir la venia para retirarse, aduciendo que se encontraba mal,
cuando el Rey golpeó una copa con el filo de su cuchara. De inmediato, todo
el mundo se calló, centrando la atención en lo que el soberano tuviera que
decir.
—Mi abuelo fue el último rey no nacido sobre suelo británico
—⁠comenzó⁠—. Sus costumbres eran un tanto rudas, y se le ha achacado su

Página 204
acritud. Pero si algo me enseñó Jorge II fue a recompensar los servicios a la
Corona.
Otro murmullo recorrió la sala. Estaba claro que iba a anunciar una gracia
para alguno de los presentes. Todos se preguntaban quién sería el afortunado.
—He meditado largamente cómo agradecer sus servicios a uno de mis
súbditos, y la respuesta ha sido difícil, porque apenas quedan honores en la
Corte de los que no disponga por derecho propio.
Un nuevo intercambio de miradas y comentarios.
El anuncio se hacía inminente y algunos se preguntaban si perdonaría a
Guillermo, o si otorgaría un honor especial a su propia esposa, Carlota.
Incluso los más imaginativos creían ver un gesto hacia la madre del Rey, que
ya disponía de todas las dignidades.
—Querida duquesa. —Le tendió la mano a Jane, y esta lo miró tan
sorprendida como los demás⁠—. A partir de este instante, Bray House, una de
las más ricas propiedades de la Corona, pasa a ser solo tuya, de pleno
derecho. Y con ella el título vitalicio de duquesa de Bray. Espero pagar con
ello tu lealtad y el brillo que aportas a la Corte.
El rey alzó la copa, así como todos los asistentes.
Jane aún no sabía cómo reaccionar.
Aquel gesto real equivalía a una coronación, lo que la colocaba muy por
encima de cualquiera en el escalafón palaciego. Tan arriba como estaba
Carlota.
Augusta le lanzó una mirada de satisfacción. Evidentemente, aquel era su
triunfo, pues de esa manera quitaba poder a su nuera. Guillermo también la
observó con curiosidad, como si sintiera cierta complacencia por el lugar que
había alcanzado su antigua protegida.
Carlota, en cambio, estaba mortalmente seria, y su piel había adquirido un
tono verdoso. Aquello era una humillación, pues a nadie se le escapaba que
había sido urdida a sus espaldas por su propia suegra. Sin embargo, tuvo que
alzar su copa y brindar por la que ya era su mayor enemiga.
Pero a quien Jane buscó de inmediato fue a Henry.
Este estaba allí clavado, de pie, con la vista puesta en el aderezo de
cristales que lucía en el cuello. Parecía que todo le era ajeno menos aquella
baratija de color rojo intenso.
Y cuando al fin pudo mirarla a los ojos, abandonó la estancia sin pedir
permiso, ante la mirada escandalizada de todos.

Página 205
Capítulo 37
Una caída a tierra

N
— o puedes acordarte después de tantos años —⁠insistió el viejo soldado⁠—.
Y dudo que una duquesa lleve una baratija en el cuello.
Henry se bebió el contenido de la copa de un trago, y la dejó sobre la
mesa mientras alzaba la otra mano para que el mesonero la llenara de nuevo.
—Compré ese collar para Camile y se lo regalé a Jane. Sé reconocerlo.
George lo dudaba, aunque sabía que su joven amigo tenía buena memoria.
—¿Y por qué crees que lo llevaba puesto en un día como el de ayer?
—Para martirizarme, ¿para qué si no?
Los últimos meses estaban siendo especialmente duros para Henry. La
pasión que sentía por aquella mujer había llegado a límites destructivos que él
no podía aprobar, pero era consciente de que si rechazaba su compañía, caería
en manos de otras peores, que le llevarían a un fin aún más siniestro.
—¿Has pensado que quizá quiera que retoméis…?
Henry no lo dejó terminar.
—Jamás. —Casi mordió las palabras⁠—. Desde que entró en mi vida, solo
me ha traído desgracias.
George alzó las cejas, mientras indicaba disimuladamente al mesonero
que no le llenara del todo la copa a su amigo.
—¿Ella? —le preguntó.
—¿Qué quieres decir?
La expresión en el rostro del viejo soldado daba a entender que la
respuesta era evidente.
—Fuiste tú quien pagó en el burdel para pasar una noche juntos. Sí, esa
noche que tantas veces has dicho que «te marcó», que provocó en tu cuerpo…
¿Cómo dijiste?
El rostro de Henry había adoptado una expresión de pésimo malhumor.
Volvió a vaciar el contenido de su copa de un solo trago, y le hizo una nueva
señal al mesonero para que la llenara otra vez.

Página 206
—No estoy para bromas.
—«Fuegos artificiales». —Localizó, al fin, aquella expresión⁠—. Esas
fueron tus palabras. Y tampoco fue ella quien decidió casarse para intentar
olvidarla.
El mesonero iba a acercarse de nuevo cuando George, con un discreto
movimiento de barbilla, le indicó que no lo hiciera.
A Henry se lo llevaban los demonios, por lo que aquel gesto le pasó
desapercibido. Se cruzó de brazos, enfadado y también tambaleante. Llevaban
allí desde el mediodía y quedaba poco para que el sol se pusiera.
—¿Me vas a recordar cada uno de mis errores?
El soldado no le prestó atención, y continuó:
—Y me parece que fue cosa de los dos convertiros en amantes, lo que
quiere decir que es una responsabilidad compartida.
Henry se acercó hacia él, y lo hubiera hecho aún más si no los separara la
mesa. Tenía los ojos inyectados en sangre y la voz grave.
—¿También la defenderás por negarse a que vea a mi hija?
George lo pensó, con una cómica expresión en su rostro.
—Supongamos que en este momento recibes una nota de la Duquesa
diciéndote dónde se encuentra la pequeña y dándote permiso para visitarla.
—No necesito permiso para ver a mi hija —⁠rugió.
—Supongámoslo.
Se tiró del cuello de la casaca. Esta estaba hecha un desastre, ya que no se
cambiaba de ropa… ¿desde cuándo? Ni siquiera lo recordaba. Intentó
aparentar una serenidad que no sentía.
—La llevaría a Kings Street. Sin dudarlo.
—Y la reconocerías como tu hija.
—Es —recalcó— mi hija.
El viejo George asintió.
—La bastarda del conde de Aston.
La mirada de Henry se volvió peligrosa. Habían estado juntos muchas
veces en el campo de batalla, y sabía que cuando sus ojos adquirían aquella
expresión, había que tener cuidado.
—Aún puedo darte un par de puñetazos —⁠le amenazó.
—No intento ofenderla, lo sabes. —⁠George alzó ambas manos, aunque
también era conocedor de que a él no le agrediría⁠—. Quiero decir que esa
niña jamás sería admitida en tu sociedad. Cuando llegara a la edad casadera,
no llegarían propuestas matrimoniales, y cuando tú faltaras, tus primos y

Página 207
sobrinos, si no tienes más hijos, le arrancarían tu fortuna de las manos y la
echarían a la calle. ¿Es eso lo que quieres para tu hija?
Tuvo que convenir que cada una de aquellas afirmaciones eran ciertas. La
buena sociedad era escrupulosa con según quiénes accedían a los lugares
designados desde la cuna, y los bastardos no entraban en esa categoría.
Sin embargo, lo que su amigo estaba dando a entender tenía otra
connotación.
—¿Estás excusando la decisión de Jane?
George era consciente de que debía encontrar un equilibrio entre decirle la
verdad y que se sintiera arropado en su compañía. Era testarudo, mucho, pero
también tenía un corazón generoso. Y justo ahí era donde quería llegar.
—Estoy de tu parte, no te equivoques —⁠respondió⁠—. Pero quizá, lo más
prudente sea educar a tu hija como a una rica burguesa antes que como a una
desahuciada aristócrata. ¿No crees?
—No, no lo creo —contestó, huraño, aunque el brillo pendenciero había
desaparecido de sus ojos.
George asintió.
—Tu testarudez acabará contigo.
—El vino acabará conmigo.
En eso tenía razón, pero no iba a dársela. Le puso una mano en el
antebrazo, para que entendiera que a partir de ese instante iban a tratar algo
serio.
—Henry, te quiero como a un hijo. Me gusta que vengas a verme, que
pasemos tiempo juntos, pero… ¿no crees que va siendo hora de que arregles
tus cosas?
Qué fácil era decirlo.
—¿Se te ocurre la manera de hacer eso?
George suspiró. Lo hacía siempre, justo antes de dar una buena idea.
—Tienes dos opciones.
—Estoy deseando oír tus sabias palabras —⁠se burló.
El viejo soldado se recostó en la ajada silla y adoptó el aire grave de un
magistrado.
—Puedes ir a Francia y pedir perdón a Camile. Solo tendréis que volver a
la Corte los días de gala. El resto del tiempo podréis pasarlo en el campo y…
—No me va a perdonar —negó enérgicamente⁠—. La conozco. La primera
vez pasó por alto mi conducta, pero esta segunda no tiene vuelta atrás. —⁠Sus
dedos tamborilearon sobre la mesa⁠—. Supongo que la otra opción será volver
con Jane.

Página 208
—Eso nunca —contestó George, tajante⁠—. Al menos, no en las
circunstancias actuales.
Henry arrugó la frente.
—¿Y qué circunstancias son esas?
El otro abrió las manos, como si no fuera evidente.
—Ella es una mujer casada, y muy por encima de ti en el escalafón social.
—¿Quiere eso decir que debo esperar a que Beeford fallezca y a que el
Rey le retire su protección? Porque en ese caso es posible que el vino acabe
antes conmigo.
George volvió a acercarse. El viejo truhan sabía cómo hacerse interesante.
—Hay otra forma, pero deben darse las circunstancias. —⁠Le guiñó un ojo
con cara misteriosa⁠—. La segunda opción es que te vayas al campo, que
retomes los negocios de tus haciendas, que dejes todo esto y vuelvas a ser el
hombre aburrido que eras antes.
—No soy aburrido y lo sabes —⁠sonrió, para eso lo había dicho George.
Él también lo hizo.
—Henry, hazme caso. —Esa vez, sus ojos estaban preocupados⁠—.
Asienta la cabeza o esto acabará contigo.
—¿Y me lo dices tú? El tipo más canalla que hay en Londres.
Posiblemente lo fuera. Desde que volvió de la guerra, malvivía de lo poco
que mendigaba, del dinero que discretamente le daba Henry, intentando
siempre no ofenderlo, y de alguna chapuza mal pagada que le ofrecieran los
amigos. Aquello no era vida, o, al menos, no era una vida honorable como la
que soñaba en su juventud. No podía querer eso para su amigo. Y si seguía
así, dilapidaría su fortuna, su salud y mancharía irremediablemente su estirpe.
—Por eso sé de lo que hablo —⁠le contestó George, muy serio⁠—. Olvida a
la duquesa de Beeford, abandona este ambiente y cuídate.
—No puedo olvidarla.
—Entonces —se indignó—, eso acabará contigo.
Henry lo miró cabizbajo, con ojos llenos de dolor.
—Si es lo que me espera, que así sea.

Página 209
Capítulo 38
Un rey

Mientras que el duque de Beeford apenas paraba en la Corte, la nueva


duquesa de Bray era requerida constantemente en Palacio.
El título llevaba parejo el tratamiento de Alteza Real, así como la dignidad
de Dama de la Reina, a pesar de que Carlota rehusaba su compañía. Tales
distinciones le daban acceso a la vida íntima de la soberana, con o sin
invitación, lo que convenía a los intereses de Augusta.
Jane no se encontraba cómoda en aquella situación, ya que la soberana le
gustaba de verdad, pero estaba tan vinculada a su suegra que era imposible
hacer las paces.
A pesar de que se había trasladado a unas habitaciones que para ella
habían sido dispuestas, sus jornadas en Palacio llegaban a ser maratonianas.
Como Dama, debía estar presente, vestida de gala, en el Despertar de la
Reina, ceremonia que se producía a las ocho de la mañana, lo que significaba
que debía levantarse y ponerse en manos de Marie y sus otras doncellas a las
seis.
A partir de ahí, comenzaban una sucesión de ceremonias y de cambios de
vestuario que llegaban a ser agotadores, como ir a misa, pasear por el parque
a la vista del vulgo, visitas a instituciones de caridad, almuerzos, recepciones,
besamanos…, y eso cuando no había cacerías o bailes, muy del gusto del Rey,
y que se sucedían a menudo.
Cuando, agotada, regresaba a sus habitaciones, nunca era antes de la
medianoche, y así día tras día.
Aquella noche había baile, y la etiqueta exigía ir vestidos de blanco, un
capricho más de la Corte para entretener a un puñado de haraganes.
Jane había danzado con los dos hermanos adultos del Rey; Eduardo,
duque de Albany, y Guillermo, duque de Gloucester, y su carnet de baile
estaba repleto de duques y príncipes con los que aún tenía que danzar.

Página 210
¿Dónde estaría Henry? Daría cualquier cosa porque estuviera allí, por una
mirada fugaz o un beso a hurtadillas en una de las habitaciones de paso.
No sabía nada de él desde que discutieron y, a pesar de que había pedido a
Marie que la tuviera al tanto, los contactos de su criada solo podían decirle
que su vida giraba entre su mansión y los tugurios del puerto.
Solo tenía ganas de retirarse a sus aposentos cuando Augusta se le acercó
con sigilo.
—Debe acompañarme —la apremió.
Jane miró alrededor. El rostro de la madre del Rey estaba lívido y, a pesar
de la discreción que pretendía mostrar, se veía claramente excitada.
—¿Sucede algo? —se atrevió a preguntar.
La dama esbozó una sonrisa circunstancial, y su afilada mirada la taladró.
—Más vale que no pregunte y nos socorra, pero nadie debe enterarse.
La siguió a través del salón. Lo más granado de la aristocracia británica
estaba allí. Se rumoreaba que muchos caballeros habían aceptado la invitación
solo para ver a la duquesa de Bray, cuya fama había traspasado la Corte.
Ella recibió los cumplidos mientras seguía a Augusta, intentando
aparentar que todo era perfecto.
Un caballero, el marqués de Rubens, le preguntó si se conocían de antes,
pues su rostro le era familiar, a lo que ella contestó que no, a pesar de haberlo
reconocido como uno de los clientes de madame Margot.
Continuó avanzando mientras la nobleza se postraba ante ella hasta llegar
a la doble puerta que separaba los apartamentos públicos de los privados.
Al otro lado de aquellas, las distinciones y precedencias desaparecían, y
solo podían pasar aquellos a los que el monarca invitaba.
Jane tenía libre acceso a los apartamentos de la Reina, no así a los del
Rey, así que era la primera vez que cruzaba aquellas jambas.
Le sorprendió su sencillez. Se parecían más a las habitaciones de un
burgués de provincias que a los aposentos de un soberano. Pero poco le duró
la fascinación pues, nada más cerrar a sus espaldas, pudo oír los gritos
provenientes de una de las habitaciones del fondo, y que daban a entender que
había una gran disputa.
Miró a Augusta, que estaba tan pálida que parecía poder caerse de un
momento a otro.
—Es mi hijo. Parece indispuesto y no sabemos qué hacer.
No supo a qué se refería exactamente hasta que llegó a la estancia, aunque
se quedó en la puerta, sin atreverse a entrar.

Página 211
El suelo estaba lleno de fragmentos de cristal, lo que parecía una licorera
y un juego de copas. También estaban los desechos de un jarrón y varios
objetos de plata tirados por todas partes. Pero eso no era lo impactante: Jorge
estaba de pie en la cama, solo con el calzón puesto, y gritaba a Carlota,
deshecha en llantos, que permanecía de rodillas en el suelo.
Comprendió al instante por qué la requerían. Lo que estaba sucediendo
allí no podía salir de aquella habitación y, ante una Carlota incapaz de
reaccionar, le había tocado a Augusta lidiar con aquello, que por lo pronto
había escapado a la ira del Rey, y para ello había recurrido a su persona de
más confianza. Ni siquiera los hermanos del monarca debían enterarse, pues
la rivalidad entre ellos era manifiesta.
Había varios criados, sí, y dos miembros de la Guardia Real, pero ninguno
osaba tocar siquiera la sacrosanta presencia del Rey, y menos reducirlo.
—¿Desde cuándo está así? —se atrevió a preguntar bajo el umbral de la
puerta, sin atreverse a dar un solo paso.
—Lleva días inquieto, que apenas duerme, y tremendamente cansado.
Pero el corazón acelerado hasta desfallecer ha sido cosa de hace unos
instantes, cuando se ha retirado del baile. —⁠Se le notaba que estaba a punto
de llorar⁠—. Se ha arrancado la ropa a manotazos y ha empezado a insultar a la
Reina.
En ese momento, profería a voz en grito tal sarta de humillaciones que ni
un palafrenero borracho se atrevería a decir a una ladrona.
Carlota los encajaba con lágrimas en los ojos, intentando lanzarle palabras
amables que no surtían efecto.
La imagen era dantesca: el Rey, medio desnudo y con los ojos
desorbitados, profiriendo todo tipo de insultos a su esposa, y esta derrumbada
y sin saber qué hacer.
A Jane le recordó de inmediato al comportamiento del viejo Angus. Era
un anciano de su aldea que igual parecía adorable que cargaba contra quienes
más le ayudaban. En el caso de Angus, estaba aquejado por un trastorno
mental. En el del Rey…
Decidió actuar antes de que le hiciera daño a su esposa.
—Me han prometido seis chelines por bailar una gavota. ¿Creéis que es
un precio justo? —⁠dijo con voz alegre, entrando en la habitación como si
nada, o como si allí hubiera un grupo de amigos que celebraran unos
esponsales.
Carlota la miró, incrédula. Augusta hizo otro tanto, creyendo que su
protegida había perdido el juicio, y Jorge dejó la verborrea para intentar

Página 212
enfocar la vista en la mujer que acababa de entrar.
—¿Quién es? —Aunque le costaba enfocar la vista.
Jane sonrió y fue hasta él, teniendo el atrevimiento de sentarse en la cama
real.
—Soy Calpurnia, Majestad. ¿Creéis que seis chelines es dinero suficiente?
Se le quedó mirando, y milagrosamente Jorge se sentó a su lado, con las
piernas colgando desde el alto lecho.
—¿Qué se puede hacer con seis chelines? —⁠le preguntó, aunque su
mirada seguía perdida.
Jane lo pensó. Precisamente, aquello era lo que hacían los vecinos cuando
el viejo Angus se volvía violento, entretenerlo y apartarlo de su obsesión.
—Podría adquirir un buen manojo de cintas —⁠respondió ella⁠—. También
una buena comida en un mesón decente. Incluso daría para un par de guantes,
siempre que no sean perfumados. ¿Creéis que debo aceptar?
Augusta no apartaba los ojos de la escena. Al menos, Jorge parecía más
calmado, aunque todos estaban expectantes por el desarrollo de aquellos
acontecimientos.
Carlota, en cambio, no dejaba de llorar, y sus hipidos cortaban el aire
como puñales de una esposa herida.
—¿Necesitas guantes y cintas? Porque aquí podéis comer. Mozo —⁠llamó
a uno de los aterrados criados⁠—, trae viandas para… ¿Cómo has dicho que te
llamas?
—Soy la duquesa de Bray. Su Majestad tuvo a bien concederme este
título.
Él arrugó las cejas.
—Bray. Creo que eso era mío.
—Así es. Fue muy generoso. Quizá deberíamos pedirle algo de comer.
El rey se rascó la cabeza, su peluca era otro de los objetos que estaba
tirado por los suelos.
—No tengo hambre.
Parecía más calmado, pero su experiencia con Angus le decía que solo un
buen sueño lo sacaría de aquel estado de inquietud.
—Esas sábanas deben ser muy confortables. —⁠Jane las acarició⁠—. Si no
tuviera que bailar esa gavota, me quedaría dormida.
Inmediatamente, él puso ambas manos sobre el lecho, de manera posesiva.
—En esta cama no —dijo, firme—. Es mía y de… Carlota. ¿Verdad,
cariño?
Dio la impresión de que al fin la reconocía sin la violencia de antes.

Página 213
Ella logró refrenar el llanto.
—Así es, mi amor.
Jane se puso de pie con cuidado de no molestarlo.
—Entonces, será mejor que les dejemos. —⁠Augusta la miraba con las
manos juntas, bendiciéndola⁠—. Su madre quería darle las buenas noches.
El Rey la miró, a su progenitora. Seguía con una extraña expresión en el
rostro, pero parecía que su actitud salvaje había cesado.
—No lo hace desde que soy niño.
Augusta, con delicado cuidado, se aproximó al Rey, intentando seguir la
misma conversación que la Duquesa, con exquisito tacto, había iniciado.
Solo cuando se retiró del lecho, Jane fue consciente de que le temblaba
todo el cuerpo.
No solo había faltado a cada una de las normas de la etiqueta regia, sino
que la enajenación mental de Jorge podría haberse agravado, y si se hubiera
puesto violento con ella…, ¿alguien lo habría refrenado cuando hasta las
vidas de sus súbditos le pertenecían?
Se retiró sin darle la espalda, hasta la puerta, cuando chocó con alguien.
Al girarse, se encontró con la mirada descompuesta de Carlota. Intentó
tranquilizarla.
—Creo que si duerme, se le pasará.
Pero la Reina, herida en lo más profundo delante de su rival, no tuvo una
pizca de indulgencia.
—¿Esperáis otra recompensa por esto?
Jane no supo reaccionar.
—Yo no…
—Presenciar la humillación de una soberana y la locura de un rey os
coloca en una posición muy delicada.
Había poco que responder a eso. Se acababa de convertir en una de las
pocas personas que conocían el secreto real, lo que la colocaba en una
posición peligrosa.
Hizo una profunda postración.
—Majestad.
—Retírate. Si dices algo a alguien…
—Jamás haría algo así —se adelantó a decir.
Iba a marcharse cuando la Reina se giró hacia ella.
—Pide lo que quieras y te lo concederé —⁠Su mirada seguía siendo
helada⁠—, pero nunca seremos amigas, y menos después de hoy.

Página 214
Jane anduvo de espaldas hasta abandonar la habitación, y las dos grandes
puertas fueron cerradas por la Guardia de inmediato.
Permaneció allí, de pie en la antesala, como si fuera un árbol en medio del
bosque.
Necesitaba tiempo para recuperar la sonrisa cortesana y hacer como que
no había pasado nada. Al otro lado del salón estaba el baile, y estaba obligada
a cumplir con todos los príncipes que tenía en su carnet.
Pensó en Henry, en lo que lo echaba de menos, y en cómo lo daría todo
por ser una simple campesina de nuevo si él estaba con ella, y solo tenían sus
manos y su amor para sobrevivir.

Página 215
Capítulo 39
Un intento desesperado

Nadie en la Corte parecía haberse percatado del extraño comportamiento del


Rey, así que cuando Jane apareció en la antesala del trono, donde se iba a
llevar a cabo el besamanos real como cada día de Navidad, el ambiente era
tan festivo como debía ser.
La mayoría de nobles ya se habían postrado ante el monarca y aguardaban
en la enorme estancia donde se alzaba el trono a que los más altos dignatarios
terminaran de hacerlo, pues eran los últimos en besar la mano de Jorge III.
A ella le tocaba antes que a los parientes directos del Rey, que ya
aguardaban en la antesala a que el chambelán los anunciara. Augusta sería la
última, y en cuanto la vio aparecer, fue en su búsqueda.
—Tengo una deuda eterna con usted —⁠le dijo la matrona, tomándola de la
mano.
Jane estaba cansada y ojerosa. En los últimos tiempos, la embargaba un
carácter oscuro que no lograba controlar, y donde Henry era el centro. ¿Cómo
era posible que, habiéndolo alcanzado todo en la vida, no se sintiera la mujer
más feliz del mundo?
—En absoluto, Alteza —le contestó, disimulando su desgana⁠—. No hice
nada que no haría cualquier súbdito.
El chambelán comenzó a golpear el suelo con su bastón para anunciar a
las más altas dignidades de la Corte, y cuando le tocó a ella, intentó mostrar
toda su gracia, a pesar de que esbozar una simple sonrisa se había convertido
en todo un esfuerzo.
—Su Alteza la duquesa de Bray y de Beeford.
Había elegido un vestido plateado, de amplio escote, bordado con
diminutas campanillas en flor. Brillantes, por supuesto, al tratarse de una
ceremonia de gran gala, y la corona ducal de diamantes coronada por ocho
florones.

Página 216
En cuanto accedió al gran salón, escuchó los murmullos de admiración,
pero algo que hacía solo unas semanas la llenaba de orgullo le era ahora tan
indiferente que a cada momento dudaba de si aquella vida era la que tanto
había deseado.
Vio a Henry al instante, y como tantas veces, todas las veces, su corazón
dio un vuelco y tuvo que llevarse la mano al pecho para intentar refrenarlo.
Su aspecto era distinto al de las últimas ocasiones. Estaba elegantemente
vestido, con un terno oscuro y poco orlado, como era su costumbre, pero de
aspecto impecable. No usaba la peluca, hubiera sido pedir demasiado, pero
llevaba encasquetado el sombrero como era su privilegio, lo que disimulaba
ese esquivo detalle de etiqueta.
Su mirada era limpia, transparente, y estaba clavada en ella. Sin muestras
de embriaguez.
Jane intentó disimular, apartar la vista de aquellos ojos oscuros y
fascinantes que parecían tener un poder sobrehumano, porque le arrancaban
continuos cosquilleos sobre la piel con su mera presencia.
Estaba delante del trono cuando fue capaz de apartar la vista de ellos.
Rogó porque nadie se hubiera dado cuenta, cosa que creía imposible, e hizo la
profunda postración.
—Duquesa —dijo el Rey—, hacía tiempo que no la veíamos por la Corte.
Ella parpadeó varias veces. Justo la noche anterior, ella… Pero miró a
Carlota, que seguía tan pálida como seria, y comprendió que pocas cosas
habían cambiado desde aquel triste instante.
—No volverá a suceder, Majestad.
Eso era todo. Se retiró, intentando que sus ojos no buscaran a Henry, y
esperó a que el resto de miembros de la familia real hicieran su aparición para
poder escabullirse en el momento en que se sirvieran los refrigerios que
acompañaban a la ceremonia.
Iba a lograrlo, atravesando la segunda salita de paso, cuando una voz la
detuvo.
—¿Te marcharás sin despedirte?
No necesitaba mirarlo para saber quién era, pero lo hizo. Y cuando sus
ojos se encontraron… ¿Por qué aquella sensación no desaparecía, a pesar del
paso de los años?
Henry estaba allí, a su lado, hermoso y viril como siempre.
—No estaba segura de que quisieras hablar conmigo.
Lo dijo en voz baja porque, a pesar de que la mayoría de los nobles
estaban aún en el gran salón, muchos pasaban a su lado, y era necesario

Página 217
extremar las precauciones.
—Solo estoy aquí por eso, para que podamos cruzar algunas palabras.
Jane intentó refrenar la necesidad de abrazarlo. En cambio, apretó las
manos para que no lo buscaran.
—Henry, yo… La última vez que nos vimos… No quise decir…
Era incapaz de encontrar las palabras adecuadas. Fue él quien lo hizo.
—Si alguien tiene que pedir perdón soy yo. Me comporté como un
villano. No tengo excusa alguna.
Se miraron a los ojos. Jane sabía que aquello era un error, porque cuando
pasaba, todo desaparecía a su alrededor, y estaban en la Corte, rodeados de
chismosos y maledicentes.
Consiguió bajar los ojos a la alfombra.
—Te veo bien.
Él sonrió.
—Un baño y una hoja de afeitar hacen milagros.
—¿Volverás a frecuentar la Corte?
—¿Quieres que lo haga?
Daría todo lo que había conseguido por amarse cada día, pero eso era
imposible.
—Lo que no soportaría es que volvieras a sufrir por mi culpa —⁠fue lo que
dijo⁠—. Si ello implica que dejemos de vernos…
Él se acercó un poco más. Algunos nobles pasaban por su lado, pero nadie
se atrevía a intervenir, ya que la dignidad de la Duquesa solo permitía
dirigírsele si ella lo hacía antes. Que tomaran nota de la extraña intimidad
entre lady Bray y lord Aston era otra cosa.
—Todo este tiempo me ha sido imposible dejar de pensar en ti —⁠apenas
murmuró Henry, en un tono tan bajo como gutural que erizaba la piel⁠—. A
veces he pensado que me había vuelto loco, o que lo vivido en la guerra me
había afectado más de lo que esperaba. Llevo todo ese tiempo luchando
contra lo que siento por ti. Primero, por convencionalismos, después, por
orgullo, quizá, también por venganza. Como ves, sentimientos todos poco
dignos.
Ella reprimió la lágrima que pugnaba por salir. Oír aquello era lo más
dulce imaginable. También lo más doloroso.
—No sé qué podemos hacer —pudo articular.
Un par de duquesas pasaron por su lado, y ella les dirigió un saludo, pero
por suerte, no se pararon.
Cuando quedaron de nuevo a solas, Henry volvió a hablar.

Página 218
—He causado daño a gente que amo de verdad. A Camile, que se ha
sentido traicionada. A mi madre, que ha visto mi degradación. A ti.
—Me merezco cada una de tus palabras ofensivas.
Él la fue a tocar, pero se detuvo al recordar dónde se encontraban.
—No es cierto, y quiero remediarlo dejando de luchar contra esto que
siento.
Esa vez, Jane se asustó.
—Nuestras circunstancias han cambiado poco desde la última vez que nos
vimos.
—Pero esta vez acepto cada una de tus condiciones si con eso puedo estar
a tu lado —⁠su mirada era tan profunda⁠—: trepar de noche hasta tu ventana,
escabullirme al amanecer, comer de tu mano, ser tu perro faldero si es
necesario.
Jane, entonces, no pudo evitar llevarse las manos a la boca mientras una
lágrima recorría su mejilla.
—Henry, yo no…
—Ya sé de qué nos conocemos.
La interrupción fue como un jarro de agua fría.
Ambos miraron al edulcorado caballero que acababa de aparecer a su
lado, acompañado de algunos amigos tan extravagantes como él, y que
parecía dichoso de haberlo recordado.
—Marqués —Jane intentó que su voz no delatara el malestar por la
interrupción⁠—, estaba hablando con lord Aston…
—Eres Calpurnia, la puta más famosa de Inglaterra.
Jane sintió un escalofrío que le recorría la espalda y se puso lívida. Lo
había dicho en voz alta, delante de todos, incluso de algunos miembros
destacados de la Corte que pasaban en ese instante y se habían quedado allí
parados.
No supo reaccionar, pero sí lo hizo Henry, que con las mandíbulas
apretadas parecía mortalmente peligroso.
—Retire eso de inmediato.
El mequetrefe parecía encantado consigo mismo. Aquello era un
bombazo, que la dama más dignificada de palacio proviniera del peor de los
lumpen, y que fuera descubierto se debía a él.
—¿Por qué? —insistió—. La conocí en el burdel de madame Margot. Es
ella, seguro. —⁠Miró alrededor, buscando la aprobación general⁠—. No sé
cómo ha llegado hasta aquí, pero seguro que ha sido saltando de cama en
cama.

Página 219
Lo calló el golpe que Henry le acababa de propinar.
El mequetrefe no llegó al suelo porque sus amigos pudieron sostenerlo,
pero se tocaba el mentón con una mano y lo miraba lleno de perplejidad.
—Retírelo y pídale disculpas. —⁠Henry mordió cada sílaba, furioso⁠—.
Ahora.
El petimetre consiguió incorporarse, sintiéndose valiente al contar con el
apoyo de sus amigos, a pesar de que todos sabían que Aston estaba curtido en
la batalla.
—No pienso hacerlo —se recolocó la casaca⁠—. No estoy faltando a la
verdad ni levantando falsas injurias.
Henry se le acercó, tanto que el marqués dio un atemorizado paso atrás.
—Le espero en Hyde Park al amanecer para reparar esta ofensa.
Jane se llevó una mano a la boca, y su alrededor se llenó de murmullos.
Aquello era la citación a un duelo, y nadie que tuviera honor podría
rehusarlo, a pesar de estar tan prohibidos que si los apresaban, terminaría con
los huesos en un calabozo o la cabeza en una picota.
El marqués se puso lívido.
—¿Un hombre casado será quien vengue la inexistente honra de una puta?
Esa vez, el puñetazo de Henry sí dio con sus huesos en el suelo, y lo
hubiera asaeteado con su espada si estas no estuvieran proscritas en Palacio.
—¡Henry! —gritó Jane, que apenas era capaz de asimilar todo aquello.
Él no la miró. Sus fieros ojos seguían clavados en aquel petimetre.
—No falte o iré a buscarlo a su casa. Hyde Park al amanecer.
Y, dándose la vuelta, abandonó el salón, con la desgracia caminando a su
lado, mientras un par de lacayos reales sacaban a Jane de la sala, camino de
sus habitaciones, por indicación expresa de Carlota, que ya lo sabía todo.

Página 220
Capítulo 40
Una virtud en cuestión

Jane era como una leona encerrada en sus habitaciones mientras el hombre al
que amaba ponía su vida en peligro por ella.
—¿Siguen ahí fuera? —le preguntó a Marie.
La criada cerró la puerta de nuevo. Por muchas veces que lo comprobara,
no cambiarían las circunstancias.
—Sí, señora. Los mismos dos guardias armados hasta los dientes.
El escándalo debía de haber tomado proporciones mayúsculas, ya que un
miembro de la familia real había sido injuriado delante de toda la Corte.
El problema era que las injurias no eran tales, sino verdades como puños,
y cuando se descubriera…
Precisamente eso es lo que estaría haciendo Carlota, mandando a sus
hombres a cuantos lugares fuera preciso para asegurarse de que el marqués de
Rubens había dicho la verdad sobre lady Bray.
De ser comprobado, sería exiliada de la Corte y se le arrebatarían sus
privilegios. Incluso era posible que su marido pidiera la nulidad, lo que la
convertiría de nuevo en la baronesa viuda de Biggin y también en una paria
social.
Sin embargo, nada de aquello le importaba.
Lo único que ocupaba su cabeza era que estaba amaneciendo, que llevaba
horas encerrada y que el hombre que amaba, el que siempre había amado,
estaba en ese instante dando su vida por ella.
—Tiene que haber una forma de salir de aquí.
Lo había intentado todo. La ventana era una opción, pero estaba tan alta
que una caída sería mortal. También ponerse los ropajes de una de sus
doncellas, pero estas eran registradas al entrar y al salir, por lo que hubiera
sido descubierta.
Pidió su libro de oraciones, a pesar de que nunca había sido devota,
cuando la puerta se abrió.

Página 221
Carlota entró en la habitación, ordenando a las criadas que salieran y las
dejaran a solas. Marie miró a su señora un instante antes de obedecer.
—Majestad —se sorprendió Jane, haciéndole la reverencia debida, a pesar
de que en ese instante nada le importaba, ni siquiera los caprichos de una
reina.
La soberana no apartaba los ojos de ella, y se mantuvo a una distancia
prudente, con la puerta abierta, a través de la cual se apreciaban los mismos
guardias armados que se habían apostado una vez había sido encerrada allí.
—¿Es cierto lo que han dicho? —⁠Su mirada era tan dura como helada.
Jane ya no tenía fuerzas para disimular.
—Sí, lo es.
Algo sorpresivo apareció en los ojos de Carlota. Había esperado una
defensa a ultranza, una indignación sin límites por las palabras vertidas contra
ella, pero nunca…
—¿Cómo has logrado…?
Jane alzó la cabeza, llena de dignidad.
—Le dije en una ocasión, señora, que usted lo había tenido fácil. En mi
caso, ha sido distinto.
Lo recordaba. Fue la vez que la amable amistad que existía entre ellas se
rompió.
Carlota paseó por la estancia, aunque sin acercarse.
—Dicen que lord Aston se batirá en duelo por ti.
Jane reprimió un gemido de dolor. Era la primera vez que la Reina la
tuteaba.
—En este mismo instante, puede estar perdiendo la vida —⁠contestó.
—No voy a preguntar cuál es la naturaleza de vuestra relación, pero es
posible que cuando amanezca el nuevo día, no puedas seguir en la Corte.
—¿Por eso habéis mandado que me encierren?
La Reina la miró extrañada. ¿Eso había creído?
—Lo hice para protegerte. Ni quiero que cometas una locura ni que
alguien se sienta ofendido y quiera cobrarse la justicia por su mano.
Ahora lo entendía. Era una acusación demasiado grave y algunos nobles
querrían un castigo ejemplar para la acusada.
—Os lo agradezco —dijo.
La Reina se detuvo de nuevo. La muralla que había entre ellas era casi
física, porque ninguna de las dos podía acercarse a la otra.
—Tú y yo no nos llevamos bien —⁠convino Carlota⁠—, y eso dudo que
cambie alguna vez, pero te debo un favor, y creo que este es el momento de

Página 222
que quedemos en paz.
—Déjeme marcharme. —No lo dudó—. Ahora. En este instante.
El rostro de la Reina se distorsionó.
—Ahí fuera hay nobles exaltados y puritanos que creen que mereces la
picota.
—Aun así.
Carlota parpadeó varias veces, sin lograr comprenderla.
—Si sales por esa puerta, no podré protegerte.
Jane se puso de rodillas. Si era necesario rogar, lo haría sin dudarlo.
—He de ir a Hyde Park. Lord Aston debe saber lo que siento por él antes
de…
—¿Es posible que exista una forma de amar como esa? —⁠la cortó,
asombrada, antes de que pudiera terminar.
Ella bajó la cabeza. A veces lo dudaba, pero solo necesitaba pensar en él
para que el reconocimiento íntegro de lo que sentía apareciera intacto ante sus
ojos.
—Es lo único que le pido —repitió.
La Reina permaneció callada. Posiblemente, no comprendiera lo que
estaba sucediendo, pero era una mujer honorable y conocía sus obligaciones.
Se dio la vuelta y se asomó al exterior de la habitación.
—Vuelvan a sus puestos —ordenó a los guardias.
Después, volvió a entrar, mas no fue más allá de la entrada.
—Aunque no lo creas, te admiro. Quizá ese sea el origen de nuestra
desavenencia.
Y se marchó, dejándole abierto un camino incierto.
Ella no perdió el tiempo. El gallo ya había cantado, y Henry podía estar en
ese momento… No quiso imaginarlo.
Sin cambiarse, con el mismo traje de gala que llevaba esa tarde, salió
corriendo, pero algo la detuvo. Volvió sobre sus pasos, buscó en su joyero y
se puso el collar de rojos cristales que le regaló Henry. Eso le daría fuerzas
para lo que fuera a encontrarse.
A hora tan temprana el palacio estaba desierto.
Lo atravesó sujetándose el vestido, y cuando llegó a la puerta, detuvo uno
de los carruajes de alquiler que siempre aguardaban, premiando al cochero
con una de sus valiosas pulseras si lanzaba los caballos al galope.
Como un suspiro, la carroza atravesó la oscuridad de Londres, con Jane
aterrada en su interior, que de vez en cuando sacaba la cabeza por la
ventanilla para gritarle al cochero.

Página 223
—¡Corra! ¡Vuele!
La llevó tan lejos como le fue posible, pero los duelos se llevaban a cabo
en zonas tan recónditas que tuvo que sujetarse el vestido y continuar
corriendo, sin importarle que las ramas bajas le azotasen las piernas ni que el
viento helado cortara su rostro.
El sol ya empezaba a despuntar cuando los vio a lo lejos: dos figuras en
mangas de camisa, a pesar del frío, que se apuntaban una a la otra con sendos
pistolones.
Gritó, pero al parecer, no la oyeron.
Debían detenerse.
Aquello tenía que terminar, aunque su honor jamás lograra recuperarse.
Consiguió alcanzarlos cuando sonó el disparo y la nube de pólvora se
elevó en el cielo.
Le dio tiempo a protegerlo con su cuerpo, al hombre al que siempre había
amado, antes de que la bala impactara contra su pecho.

Página 224
Capítulo 41
Honras

Los funerales por la duquesa de Bray tuvieron carácter de estado.


Después de tan trágico desenlace, a nadie convenía hurgar en el pasado de
la duquesa y crear una crisis donde solo la Corona podría pagar los platos
rotos.
Carlota y Augusta estuvieron de acuerdo, se abonó una considerable
fortuna al marqués de Rubens y fue perseguida cualquier maledicencia que
enturbiara la recta vida de la difunta Calpurnia.
A las honras fúnebres fue toda la Corte, y tras el ataúd, tirado por seis
caballos con crespones y plumas negras, iban el Rey y la Reina, a pie,
seguidos por toda la grandeza de Inglaterra.
El viudo no parecía desconsolado, más bien aburrido.
Pero el marqués de Aston… Era difícil ver a alguien tan afligido.
Su bello rostro estaba tan pálido como si no hubiera sangre en él, y a pesar
de mantener su dignidad, era tan evidente el dolor que lo atravesaba que a su
paso se hacía un silencio profundo, lleno de impotencia.
El testamento de la duquesa estuvo lleno de sorpresas.
Fuera de la legítima, que correspondió a su esposo, el duque de Beeford y
su descendencia, dejó una pensión vitalicia a su doncella, Marie, suficiente
como para vivir con comodidad el resto de sus días.
También dejó una buena suma a una desconocida dama francesa que
residía en Londres desde hacía tiempo, madame Margot, y que se gestionó en
el más absoluto secreto.
Fue por esas fechas cuando un caballero visitó una alejada posada a las
afueras de Canterbury y entregó al viejo mesonero una bolsa repleta de
monedas, sin mensaje alguno ni explicación, pero asegurándole que alguien
que le quería deseaba que lo disfrutara.
Lo que quedaba, que aún era mucho, recayó en manos del conde de
Aston, con quien decían que la duquesa tenía cierta amistad.

Página 225
Capítulo 42
Una visita que llega antes de tiempo

17 años después. Addington, una propiedad del conde de Aston.

— M ilord, el carruaje de la señorita, acompañada de un caballero, acaba de


llegar.
Henry levantó la vista de los documentos que estaba repasando.
—¿Ya? —Miró por la ventana, apenas había pasado el mediodía de un
delicioso jueves de mayo⁠—. Se han adelantado. ¿Los ha recibido la señora?
El mayordomo se excusó.
—Milady sigue en el huerto. Me dirigía hacia allí para anunciárselo.
Se llevaría una sorpresa, también se sentiría contrariada porque no le daría
tiempo a acicalarse como era debido.
Según la carta que habían recibido hacía dos semanas, su hija llegaría a
Addington, con suerte, para la cena de aquel día. Era para entonces para
cuando se había preparado un recibimiento como merecía el insigne invitado.
—No avise a la señora. —Henry se puso de pie y dejó los papeles a un
lado⁠—. Déjeme a mí que se lo diga. Así iremos juntos a recibirla.
Atravesó la planta baja de la villa de corte italiano hasta el jardín
posterior.
Addington era una propiedad menor. Algunas hectáreas de bosque, una
casa solariega y la intimidad de estar suficientemente apartada de cualquier
sitio.
Muchos de sus amigos le recriminaban que tuviera una vida tan retraída.
Lo que la mayoría de ellos no sabía era que no podía ser más feliz.
No tuvo que llegar al huerto para verla. Estaba cortando algunas rosas de
su jardín para preparar jarrones.
Aquella noche conocerían a alguien que sería importante para ellos en
adelante, y sacrificar sus flores, las que cuidaba todo el año con auténtica

Página 226
pasión, era una manera de darle al acontecimiento la importancia que se
merecía.
Se acercó con sigilo. Le encantaba sorprenderla, besarle el cuello antes de
que se diera cuenta de su presencia, y estrecharla entre sus brazos. Pero
cuando estaba muy próximo, ella se volvió.
—¿Cómo es posible que aún sepa que estás cerca antes de verte? —⁠Su
sonrisa seguía siendo igual de fascinante que antaño.
Henry olfateó el ramo de rosas que Jane tenía entre los brazos.
—¿Y cómo es posible que tus rosas huelan tan bien?
Aquella casa, aquella propiedad apartada de todo, había sido su refugio
durante los últimos diecisiete años.
Ella apenas salía, quizá alguna escapada a Londres, engalanada con capa,
velo y antifaz para no ser reconocida, durante la que visitaba a Marie, que
había montado un próspero negocio de ropa íntima femenina, y a veces a
Margot.
Para el mundo estaba muerta, y solo vivían para algunos amigos
escogidos que habían sabido guardar el secreto.
Henry sí necesitaba viajar a menudo, pues había sesiones en el
Parlamento, tenía propiedades que vigilar y actos de la Corte donde no podía
excusarse, pero contaba los segundos para regresar a casa, junto a ella.
Jane llevaba uno de sus trajes sencillos de algodón que tanto le gustaban,
sin adorno alguno ni más sofisticación que su hermoso cuerpo, que seguía
siendo una auténtica delicia a pesar de que habían pasado los años.
Por suerte, aquel día no le había tocado trabajar en las verduras y tenía las
manos limpias de tierra.
La tomó del brazo y empezó a caminar con ella en dirección a la casa.
—Marianne acaba de llegar.
—¡Vaya! —Ella se detuvo, sorprendida⁠—. La esperábamos para la cena.
—⁠Se miró de arriba abajo⁠—. ¿Qué dirá su prometido al verme así?
Henry le colocó ambas manos en la cintura. No se cansaba de mirarla, de
besarla, de amarla.
—Que eres la mujer más bella que ha visto, después de nuestra pequeña,
claro —⁠sonrió y le tendió un pañuelo de cuello⁠—. ¿Quieres cubrirte?
Solo lo hacía con las visitas, cubrirse la cicatriz que había en su pecho,
justo en el lugar donde estaba su corazón, visible sobre el escote.
Aquel amanecer de hacía diecisiete años el plomo del pistolón impactó
justo allí, y si no fuera porque una de las piezas de cristal de aquel collar que
Henry le regalara amortiguó el impacto, ahora no se contaría entre los vivos.

Página 227
Lo que sucedió después seguía siendo confuso para ella. Henry le contó
que, desesperado, la llevó a Kings Street, donde un galeno pudo salvarle la
vida tras muchas semanas donde se esperaba lo peor.
La idea de su funeral fue de la princesa Augusta.
Era consciente no solo de lo que le debía, sino del escándalo que iba a
suponer que un miembro de la familia real, con un pasado oscuro, hubiera
muerto en un duelo que el mismo Rey había proscrito.
Se achacó su fallecimiento a un incendio que, misteriosamente, estalló esa
noche en Compton House, donde, al parecer, la duquesa había pernoctado, y
que la dejó tan irreconocible que fue imposible exponerla en público como
era la costumbre.
Pocos sabían la verdad: Henry, por supuesto, Marie y el viejo George, que
se encargó mientras vivió de asegurarles la intimidad a cambio de un salario
digno.
Ni Carlota ni el resto de la Corte se enteraron jamás, y la leyenda de
Calpurnia se volvió aún más poderosa.
Jane, a veces, bromeaba con que había burlado dos veces a la muerte; una
en su aldea, cuando se escapó, y otra cuando la flamante duquesa de Bray
dejó de existir. Decía que ya estaba preparara para la tercera, en la que la
miraría de frente y sin miedo.
Contempló el pañuelo que Henry le tendía, pero volvió a tomarlo del
brazo y continuaron hacia la casa.
—Creo que es mejor que mi futuro yerno me vea como soy.
Así era. Marianne ya les había contado, entusiasmada, que había conocido
a un caballero distinguido y que le había pedido permiso para visitar a sus
padres y pedirles su mano.
Henry se había subido por las nubes, pero Jane lo había convencido de
que su adorada hija era ya una mujer y debía tomar sus propias decisiones.
Como Jane esperaba, Henry la reconoció como hija suya en cuanto supo
dónde se encontraba.
El estigma de la bastardía pesaba sobre ella a pesar de que nadie sabía
quién era su madre, pero la fortuna de los Aston, la exquisita educación de
Marianne y una belleza que había sacado de Jane, dulcificada por la estirpe de
su padre, la habían vuelto una joven irresistible para cualquier muchacho
casadero de la Corte.
La vida retirada de sus padres había sido la que ella había llevado todos
aquellos años, hasta que ella misma pidió ser presentada al Rey y frecuentar
la Corte en época de bailes.

Página 228
Por suerte para Henry, que era quien debía acompañarla, había conocido a
aquel muchacho la segunda vez que fue invitada, y desde ese instante no tuvo
ojos para nadie más.
—¿Le habrá contado que tú y yo…? —⁠Jane no se atrevió a pronunciarlo,
pero Henry lo hizo por ella.
—¿Que no estamos casados? Es un joven avispado. Se dará cuenta él
solo.
Lo único que Jane sabía de Beeford, que se creía viudo, era que él y sus
hijos se habían mudado a Bray House. Henry, en cambio, mantenía una
relación cordial por carta con Camile, aunque ella seguía en Francia y no
habían vuelto a verse.
—Con tantos títulos y una familia tan principal, es muy posible que el
prometido de nuestra hija salga huyendo cuando nos conozca.
Henry sonrió.
—Este no. —Le apretó el brazo—. Tiene el mismo brillo en los ojos que
yo cuando te conocí.
El suspiro en los labios de Jane supuso muchas cosas: los recuerdos del
tiempo pasado, de los buenos amigos, de las disculpas pedidas.
—Solo ruego que sea un buen hombre.
—Bueno. —El flamante padre se encogió de hombros⁠—, no es bien
parecido, me pareció un poco patoso, pero creo que es inteligente.
Llegaron a la villa, y se dirigieron al salón de recibir, una sala sencilla,
empapelada con ligeras flores y con muebles en nada recargados.
—Con que la ame y la haga feliz —⁠dijo Jane⁠—, lo demás me sobra.
—¿Eres consciente de que la arrancará de nuestro lado?
—¿Pensabas tenerla siempre junto a ti?
Sabía que no podía ser así, su pequeña muchacha, la hija de un amor que
no lograba difuminarse.
Iba a besar de nuevo a Jane cuando una discreta carraspera del
mayordomo les hizo prestarle atención.
—¿Le hago pasar, milord?
Miro a su mujer. Esta le sonrió, y ambos, con una sonrisa en los labios,
permanecieron expectantes.
—Adelante —dijo Aston.
Y el mayordomo, con la solemnidad que el invitado requería, hizo el
anuncio de la visita.
—Su excelencia don Íñigo de Mendoza, marqués de las Eras.

Página 229
Nota del autor

Llegamos a la mitad de la serie #RegenciaCanalla.


Ha sido necesario conocer a Calpurnia para entender mejor no solo el
carácter de sus nietas, sino también el de su yerno, don Íñigo (¿a que no te lo
esperabas?), que decidió casarse con una mujer «marcada», habiendo podido
elegir a cualquier otra. En definitiva: se casó llevado por el amor.
Aún nos queda conocer la historia de las últimas cuatro hermanas
Mendoza.
Doña Inés, la pequeña coqueta que es la que más se parece a su madre…
¿Sabremos algo más de esta y de su abuela Calpurnia?
Doña Ana, que tiene pasión por las ciencias aplicadas en un momento
histórico donde se podían ver por las calles de Londres o de París vehículos
sin caballos, movidos por máquinas de vapor, pero aún con el aspecto de una
carroza. Una dama absolutamente desinteresada de cualquier tema
relacionado con el frívolo amor.
Y, por último, las gemelas, doña Elena y doña Sofía. La primera, callada y
taciturna, amante de la filosofía y la medicina, y la segunda, con
temperamento artístico.
¿Cuándo podrás leerlas? Déjame que termine de escribir mi siguiente
novela, que es una comedia romántica emocional (me lo acabo de inventar,
pero tengo como objetivo que no solo te lo pases muy bien, sino que te
emociones y sientas el amor).
Por cierto, se llamará La maldita faena de echarte de menos, y estará a la
venta el 7 de mayo de 2023.
Gracias por estar siempre ahí, querida lectora.

Página 230
Índice de contenido

Cubierta

Calpurnia

Una muchacha decidida

Un evento poco lucido

Un sueño cumplido

Una solución temporal

Una ansiada visita

Una pérdida irremplazable

Un atrevimiento imprudente

Un gesto compasivo

Una incomodidad necesaria

Una nueva vida

Un amigo a deshora

Un encuentro inesperado

Un reencuentro

Un encuentro desafortunado

Algo inesperado

Un nuevo comienzo

Una corte peligrosa

Una nueva vida

Página 231
Un vecino interesante

Un desfile lucido

Una reunión decente

Un recuerdo que no cesa

Una conversación dolorosa

Un paso más

Una entrada triunfal

Un año de milagros

Una noticia aciaga

Un par de reinas

Una rival a considerar

Un paso hacia el abismo

Un trato entre damas

Un dolor inenarrable

Una duquesa

Un camino sin retorno

Un deseo imposible

Un detalle real

Una caída a tierra

Un rey

Un intento desesperado

Una virtud en cuestión

Honras

Página 232
Una visita que llega antes de tiempo

Nota del autor

Página 233
Página 234

Corre el año 1749 y la joven Jane sabe que su destino será el mismo que el de
su madre y su abuela: servir cerveza en una rui
José de la Rosa
Calpurnia
Regencia Canalla - 0.1
ePub r1.0
Titivillus 03-09-2023
Página 3
Título: Calpurnia
José de la Rosa, 2023
 
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
Página 4
Así que aquello era la muerte, cerrar los ojos y que todo desapareciera de
repente.
Miró hacia el lugar de donde procedía el
Capítulo 1 
Una muchacha decidida
1749. En algún lugar de los alrededores de Canterbury a mediados de
otoño.
—¡Jane! —gritó s
—¿Cuándo si no? —¿Es que aquella criatura no se daba cuenta de que ese
muchacho era su mejor opción? La mejor que tendría jam
—Yo me encargo, padre.
La matrona la miró sin comprender.
—Pero John…
Esta vez, la sonrisa que le dedicó sí fue deslumbrante.
—¿Has visto alguna vez una moneda tan brillante?
El caballero de los ojos negros fue quien contestó por ella, y su voz
adquir
cerdos, ya que necesitaba una excusa contundente. Si Marianne la estuviera
viendo, seguro que le daba su aprobación.
Caminó e

También podría gustarte