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Amelia 128 - 131

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-¿ Expli car las cosas? Es lo ún ico que dices. ¿Te vas a divorci ar de mí cu ando le den el alta? ¿Es eso?

Si es así, ¿por qué no me lo dices directamente en lugar de manten erme en suspenso? Es una
ab soluta tortura no saber cuándo me van a abandon ar.

El día anterio r había decidido reconc iliarse con Osear, pero ante sus pregunt as acusadoras, todos los
agravios de la noche anterior aflora ron . Aunque intentó reprim irlo, era más•fácil decirl o que hacerlo.

Osear la miró. Baj o su intensa mirada, las orejas de Amelía comenzaron a arder y sus ojos
parpadearon por un momento. Se lamió los labios resecos y dijo con la cabeza incli nada:

-Sr. Castillo, yo tampoco quiero montar una escena con usted aq uí, pero ¿podría al menos darme una
señal de cuándo va a divorciarse de mí?

Los ojos de Osear se arremolinaron con emociones encontradas. Después de un largo momento de
silencio, expresó:

- ¿Te has enamorado de mí?

El corazón de Amelía se estrujó en su pecho y lo miró.

-Si digo que sí, directamente cerrarías este hilo de pensamiento, ¿no?

La respuesta de Osear fue levantar la mano y acariciar su mejilla.

-No le des demasiadas vueltas a las cosas. Ya que estamos los dos aquí, comamos j untos más
tarde. Hace dos o tres días que n9 comemos juntos. ¿Cómo está nuestro bebé? ¿Te está dando algún
problema? - · ·

Los ojos de Amelía se enrojecieron y su voz tenía un matiz de queja al hablar.

-Así que todavía te acuerdas de que llevo a tu hijo.

óscar estaba un poco perdido. Sus ojos se llenaron de t ierno afecto cuando la miró.

- Tú y tu salvaje imag,inación.

Estaba a punto de decir algo más cuando sonó su teléfono. Tanto él como Amelía se pusieron rígidos
al mismo tiempo. Esta_última refrenó rápido sus emociones y comentó:

-Debe ser la señora Hernández. De verdad se preocupa por ti. Sólo llevas un rato fuera, pero ya te
está llamando. No parece que la señora Hernández esté jugando. Al contrario, parece amarte hasta la
luna y de vuelta . Me avergüenza incluso a mí, tu esposa legal.

El ro stro de Osear se ensombreció visiblemente, pero aun así respondió a la llamada.

- Hola.

La voz de Cassandra sonó en el teléfono.

- Oz, ¿dónde estás? ¿No estás sólo recogiendo la medicina? ¿Por qué t ardas tanto?

La impaciencia apareció en los ras gos del hombre.

- Volveré dentro de poco, Cassandra. No te preocupes.

- ¿Has vuelto, Oz?


Osear bajó el tono y t ranquilizó:

-N o. Sólo me encontré con un conocido en el hospital y habl amos un rato. Deja de darle vueltas a las
cosas.

Al escuchar su explicació n, la s alarmas comenzaron a sona r en la cabeza de Cassandra.

- ¿Tu am igo es hombre o mujer? ¿En qué piso está? Iré a bu scarle. Yo también quiero conocer a tu
amigo.

La irritación se hinchó en el corazón de Osear. Si hubiera sido hace unos años, podría haber
encontrado adorable el temperamento de ella y seguiría complaciéndo la. Pero en la actualidad, su
ven a posesi,va rozaba la locura que incluso a él, como hombre, le result aba insoportable.

Se sentía como si estuviera flotando en medio del mar. La posesividad de ella se asemejaba a las olas
q'ue golpeaban contra él, amenazando con hundirlo.

-Ya está bien, Cassandra. Volveré después de media hora -dijo Osear en tono severo.

-¿Te parezco molesta, Oz?

Osear levantó la mano para masajearse las sienes y bajó la voz:

-Cassandra, déjalo, ¿está bien? Aparte de cuidar de ti, todavía tengo una empresa que gestionar. Yo
también estoy agotado, ¿sabes? ¿Puedes dejarme un poco de espacio persona l? No me gusta que
vigiles cada uno de mis pasos. Sabes que siempre he odiado que me controlen.

El pánico se apoder ó del corazón de Cassandra y enseguida suavizó su t ono.

-Oz, no estoy trat ando de control arte. Sólo estaba preocupada po rque no habías vuelto en m ucho
tiempo . Pensé que te había pasado algo.

Un rastro de can sancio entró en los ojos de Osear, pero igualó su tono de voz con el de ella.

-Sólo me encontré con un amigo. Eso es todo.

Tras ofrecerle a·lgunas palabras más de consuelo, finalmente colgó la llamada.

áscar se guardó el teléfono en el bolsillo del pantalón y miró a Amelía, cruzando las mira das con ella.
Lo primero que dijo fue:

-¿Te está costando cuidar a la señora Hernández?

Osear volvió a frotarse las sienes mientras respondía :

-Las mujeres son criaturas complicadas . Cassandra solía ser muy inocente. Au nque a veces se pone
terca, en el fondo sigue siendo una persona amable. - En otras palabras, se había vuelto demasiado
de safiante pa ra su propio bien, y él estaba casi al límite de su paciencia .

Amelía sugirió:

- Sr. Castill o, ¿ha considerado alguna vez el hecho de que cinco años pueden cambia r a una persona
por completo?

Osear apretó lo s labios en señ al de contempl aci ón.

2
Ante su silencio, Amel ia añadió:

- No int en to sem brar la discord ia ent re ust ed y la señora Hern ández. Es sól o que ambos est uvieron
separados du rante cinco años y se reconcil iaron hace poco. ¿Estás tan seguro de que ella sigue
siend o la persona que una vez creíste que era?

Osear le lanzó una mirada fu gaz, luego le acarici ó la mejill a y m usitó:

-¿Yate preocupas por tu marido?

La decepción bri lló en los ojos de Ameli a.

- Debería irse ahora, señor Casti llo, antes de que la señora Hernández venga a bu scarle. Ad emás, es
inapropiado que hablemos aquí mi entras los Silva siguen esperando f uera del qu irófa no.

Los ojos de Osear se dirigieron al qu irófa no antes de record ar:

-Comamos juntos dentro de un rat o.

Amelia no le dio una respuesta directa, sino que dijo:

-Podemos hablar de ello cuando t engas tiempo.

Osear le tomó la cara y utilizó el pulgar para acariciar su mejilla ant es de susurrar:

- No pienses demasiado en ello. -Una vez dicho esto, se dio la vuelta pa ra marcharse.

Amelía se quedó cl avada en el sitio, pero el brillo de sus ojos de ant es la dej ó perp lej a. Estaba
destrozada emoci onalmente por él. Se mostraba distante y reservado un segundo, y otro cálido y
apasionado. La aparente adoración en sus ojos parecía decir que sólo t enia ojos para ella y que otra s
mujeres no sign ificaban nada, y mucho menos tenían la capacidad de rep resentar una amenaza.

Est ar co n él era una monta ña rusa emocional; eso era un eufemis mo. Amelia murmuró en voz baja :

-No dejas de dec irme que no piense demasiado, pero ¿cómo se supone que voy a hacerlo cua ndo no
dejas de altern ar entre el frío y el calor?

Sacudió la cabeza par? despejar su mente y vo lvió a la sala de operaciones.

Los Si lva ya no la rep elían como antes. Incluso Felicia se acercó a tomar su mano .

- Amel ía, siento mucho habert e malinterpretado antes. Parece que tienes una buena relación con el
Sr. Casti ll o. Te agradezco qu e hayas salvado la vida de Carlos. Sólo ven a mí si necesit as algo en el
futuro. Te ayu daré en todo lo que pueda. Ant es era estrecha de m iras, por eso pensé qu e no lo habías
supera do.

Amelia le ofreció una sonrisa decente y dijo:

- Está bien, señora Silva. Nunca la he culpa do.

De hecho, sabía por qué Felicia est aba sien do ama ble con el la . En pa rte era porque Carlos mostraba
si gnos de despertar después de que ell a le habla ra, pero sobre t odo por Osear. Au nq ue los Silva eran
ricos, los Castill o seguían siend o más superiores a ellos. Ademá s, Osear contaba con la confi anza de
la mayoría de la gente del círcu lo empresarial, por lo que Felicia quería entrar en su agenda a tra vés de
Am el ia.
- Mírat e, siendo ta n formal con m igo. Sólo llámame Fel icia . Creo que t e aceptaré como mi ah ijada. A
partir de ahora, puedes considerar a Carlos tu hermano. Me asegu raré de que te cuide bien -Soltó esa
idea descabel lada.

Amelia le lanzó una mira da extraña.

Jacobo se adelantó para rodear a su esposa con un brazo y la hizo retro ceder un poco.

- Querida, baja el ton o o podrías asustarla. Además, Carlos sigue en el quirófano, así que
centrémonos en el problema que tenemos entre manos.

Sólo entonces Felicia recuperó la compostura . Se apartó los mechones de pelo de la cara y dijo
disculpándose:

-Lo siento mucho, Amel ía . Me emocioné demasiado. Cuando Carlos se recupere y reciba el alta,
prepararé un banquete y los invitaré a ti y al señor Castil lo. Ya que eres m i ahijada, el Sr. Ca stillo es
naturalmente mi ahijado.

Amelí a respondió con cortesía:

-Se ñora Silva, hablemos de todo esto más tarde. Lo más importante es que Carlos se despierte. No
creo que nada más importe tanto.

La expresión de Felicia se tornó sombría, pero ráp idamente se recompuso y sonrió.

-Tienes razón. Una vez que Carlos se despierte, le diré que t e dé las gracias como es debido.

-Es usted muy amable, señora Silva. No he hecho gran cosa . El estado de Carlos no era tan grave,
para empezar.

Felicia forzó una sonrisa en su rostro, pero no dijo nada más.

Todos esperaron fuera del quirófano durante casi dos horas antes de que el indicador situado sobre
la s puertas se apagara al fin . Cuando varios méd icos y enfermeras salieron de la sa la, Felicia se
apresu ró a preguntar:

-Doctores, ¿cómo está mi hijo?

El médico principal le áseguró con una sonrisa :

-No se preocupe, señora Silva . Su hijo está fuera de peligro. Debería poder desperta rse mañana.

Felicia casi se des maya de fe licidad y alivio.

- ¿De verdad?

El médico asintió con la cabeza.

Cuando tres enfermeras sacaron a Carlos del quirófano, Felicia se precipitó de nuevo, pero una de las
enfermeras la detuvo.

-Señora, por favor, cálmese. Permítanos llevar primero al paciente a su sala.

Al darse cuenta de su imprudencia, retrocedi ó y les dejó pasar.

Mi entras lo ll evaba n a su sala, Ella los seguía de cerca con el rest o de la fam ilia entusiasmada.
Mi entras tanto, Jimena miró a Amelia, que permanecía inmóvil, y preguntó:

- ¿No vienes?

Amelía se acari ció el vientre y negó con la cabeza.

-No. Me alegro de que Carlos se despierte pronto, pero no voy a quedarme.

Jimena la miró con una expresión complicada. Aunque se mantenía erguida y orgullosa, sus ojos
mostraban el indecible dolor de su corazón.

Miró en la dirección que los Silva habían dejado antes de admitir con voz suave:

-Te envid io, Amelia.

Las cejas de Amelia se alzaron un poco.

Jimena se encogió de hombros como respuesta y elaboró en un tono amargo:

-En mi opinión, no soy de ninguna manera inferior a ti, ya sea en apariencia, cuerpo, antecedent es
familiares o educación. Sin embargo, eres la única de la que Carlos se enamoró. Puedo decir que te
ama con todo lo que hay en él. La mayoría de las veces, la intuición de una mujer es acertada . Por eso
te odio tanto. Aunque lo hayas despertado, eso no va a cambiar. Solía tener mucha confianza en mí
misma; confiaba en que ningún hombre podía escapar a mi encanto. Carlos es el primero. Para él,
sólo soy una mujer que no merece una segunda mirada.

Amelia se encontró con su mirada y afirmó con firmeza:

-Eres una mujer excepcional.

Jimena se echó el pelo rizado por detrás del hombro y volvió a ser una insufrible snob.

- Dime algo que no sepa.

Amelia se quedó sin palabras ante la arrogancia de la mujer, pero no pudo evitar encontrarla
lamentable.

Jimena dijo con seguridad en sí misma:

-Aunque ahora seas tú la que ama Carlos, creo que al final se enamorará de mí. Nunca me daré por
vencida, y espero que vigiles bien a tu propia familia y no lo mo lestes .

Amelia respondió con buen humor:

- Entonces, fel icidades por adelantado. Como has dicho, tengo mi propia fam ilia y tambi én un hijo en
camino, así que es imposible entre Carlos y yo, lo que significa que no represento ninguna amenaza
para ti.

Jimena levantó la barbilla y propuso :

- De todas formas, deberías veni r a ver a Carlos. Aunque no quiera verte, ¿qué opción tengo, ya que
eres lo único que quiere ver? Estoy seg ura de que serías lo primero que querría ver al abrir los ojos .

Amelia sacudió la cabeza para rech azar esa sugerencia .

- No, gracia s. Debería irme ya a comer. No quiero qu e mi bebé pase hambre.


Jimena asintió comprendien do eso .

Amelía giró sobre sus talo nes para marcharse, pero la mujer llamó entonces desde atrás:

- Pase lo que pase, tienes mi gratitud .

Ame lía se detuvo en sus pasos.

- Amelía, de verdad te odio, pero si Carlos insiste en verte, espero que vayas a visitarlo. De verdad lo
quiero, y lo último que querría es que le hicieran daño.
Amelía se detuvo y se dio la vu elta .

-Sra . La rriet a, cuando luchas por tu relación, tienes que hacer que pa rezca que eres generosa . A
veces, los hombres no creen en las cosas t an fác il como usted piensa que lo haría n.

Dicho esto, se marchó. Ell a había queri do sal ir del hospital de inmediato, pero justo después de llega r
al primer piso, su t eléfono sonó.

Cuando lo sacó de su bolso, se dio cuenta de que era Osear quien llamaba. Contest ó a la ll amada y
mu rm uró :

-¿ Hola?

- ¿Dónde estás?

-Abajo. Estoy a punt o de volver.

-¿ No te dij e que íbamos a comer juntos? Quédate donde est ás. Iré a verte enseguida.

Mirando la pantalla después de que la llamada termin ara, la esq uina de los labios de Amelía se
leva ntó. Luego guardó el teléfono en el bolso y le esperó con obedienci a en el mismo sitio.

Osear no ta rdó en bajar. J usto al sa lir del ascensor, la mirada ard ient e de Amelía se clavó en él.

Acercándose a grandes zancadas, el hombre dijo:

-Vamos .

Amelia cam inó a su lado hasta que llegaron al coche. Una vez que ambos estuvi eron dent ro del
vehícu lo, Osear le abrochó el cinturón de segu ri dad y le preg untó:

-¿Q ué te gustaría comer?

Tra s un momento de cont emplación, ella respond ió:

-Me apetece comer algo picant e.

áscar asi ntió e hizo una llam ada. Tras unos minut os, termi nó la llamada y le info rmó:

- He re servado una habitación pa ra nosotros . Pediremos cuando lleguemos.

Am elia as intió y se recostó en su asiento.

-Sr. Castillo, ¿cómo est á la Sra. Hernández?

Mirán dola, Osear contestó:

- El médico dijo que se está recuperando bien. Podrá irse a casa a descan sar en unos días .

- ¿Quiere darse de alta del hospital t an pro nto? - dijo Amelí a con brus quedad.

Al instante, Osear frun ció el ceño. Como si su reacción est uviera dentro de sus ex pectativa s, Amelia
se rió y dijo:

- No qui ere que le den el alt a,¿ verdad?


á sca r se quedó calla do, y eso sign ificaba que ella tenía ra zón.

Amelía dejó escapar una risa seca.

- Enhorabuena, señor Castillo, parece que le adora tanto que no qu iere pasa r ni un segundo lejos de
usted . Cuando salga del hospital, estoy segura de que convencerá a toda su fam il ia para que te
divo rcies de mí. Cuando eso ocurra, te persuadirán para que te cases con ella en su lugar. -Tra s una
pausa, cont inuó-: Sr. Castillo, aunque quiero felicitarle, no creo que le siente bien que le obliguen,
¿verdad?

El ceño de Osear se frunció.

- Tú ...

Como si fuera una niña descarada que ha encontrado la forma de chant ajear a alguien, Amelía sonrió.

-Lo siento, señor Castillo. Mi boca funciona más ráp ido que mi cerebro. Por favor, no se tome a
pecho nada de lo que digo.

Ante eso, Osear suspiró exasperado.

Con una mirada serena, ella murmuró:

-Creo que la señora Hernández se aferra a usted . Usted también prometi ó casarse con ella . Me t emo
que yo, la esposa contractual, pronto tendré que irme.

-Pareces bastante contenta con ello -espetó Osear.

Ahuecando sus propias mejillas, Amelía exclamó de forma dramática:

-¿Tan evidente es mi expresión, señor Castil lo?

Osear no supo por qué se sintió molesto al escuchar esa respuesta de ella .

-¿Tanto te interesa divorciarte de mí? ¿No dijiste que no pod ías soportar dejarme hace un t iempo?

Al oír eso, Amelía inclinó la cabeza hacia un lado para ocultar el destello de decepción en sus ojos .
Só lo después de recapacitar, respondió de forma despreocupada:

- Sinceramente, ¿no somos cómicos? Siempre vo lvemos a la cuestión de si debemos divorciarnos o


no .

-Creo que eres tú qu ien sigue mencionándolo.

Amelía asintió.

- He oído dec ir a otros que el que se enamore será el que pierda. Entonces no creía que eso fue ra
cierto, pero ahora sí. Me he enamorado mucho de ust ed , pero usted, sigue siendo el mismo de
siemp re. Parece que no soy rival para usted en el mundo del amor.

Al escucharla, la ma no de áscar sobre el volan te se aq uietó por un momento. Sin em bargo, pronto se
recompu so.

- ¿Estás admitiendo que te has enamorado de mí?

Amelía asintió con sinceridad .


- No hay nada vergonzoso en admitir que me he enamora do de usted . Por desgrac ia para mí, parece
qu e su atención está más en la otra mujer.

En ese moment o, Óscar si ntió com o si su corazón hubi era salta do a la ga rg anta.

Dete niendo su coche, se giró para mirar a la mujer sent ad a a su lado. Su mi rada amenazante que se
posó en ella la asustó, y ta rta mudeó:

- ¿Qué pasa, seño r Castillo?

Él permaneció en si lenc io mientras le desabrochaba el cintu rón de seguridad y le ponía la ma no


detrás de la cabeza . Acercá ndola, respiró sobre su piel con su cál ido aliento . Fue entonces cuando
expresó:

-¿Estás de verdad enamorada de mí?

Los ojos de Amelía brillaron mientras su rostro se ca lentaba a pesar de ella misma .

-¿Estás de verdad enamorada de m í? -repitió.

Amelía se volvió para mirar por la ventana.

-Señor Castillo, ¿está tan contento de saber que me he enamorado de usted?

-Mírame -exig ió Osear.

Amelía respiró hondo antes de volverse para mirarle. Cuando los dos se miraron, vieron las intens as
emociones en los ojos del otro.

J usto cuando Osear bajó la cabeza para besar los labios de Amel ía, el tono del teléfono de alguien
comenzó a resonar en el coche.

La expres ión de óscar se ensombreció enseguida. Por otro lado, Amelía se acarició las mej illas ant es
de sacar su teléfono del bolso. Un vistazo a la panta lla le ind icó que era de J imena.

Fue una sorpresa, pero aun así Amelía atendió la llamada.

- ¿Hola?

- Amelí a, Carlos se ha despertado. Lo primero que ha dicho al abrir los ojos es que quiere verte.
¿Puedes ven ir? El médico dijo que no lo agitáramos en est e est ado, y temo que se quede atrapado en
sus pensamientos de anhelo por ti y tenga un accidente.

Al oír eso, Amel ía se cong eló. Nunca pensq que Carlos qu erría verla en el momento en que se
des pertara.

- ¿Hol a? Amelí a, ¿me escuchaste? -preguntó Ji mena.

Volvi en do a sus senti dos, Amel ía murmuró:

- Lo hice.

- Ca rl os se ha despert ado y quiere verte. ¿Puedes venir? Está bast ante emocionado ahora mismo.

Mira ndo a Osear con el ceño fruncido, ella respondió:


- Sra. Larri eta, lo siento. Voy a co mer con mi marido ahora mismo, así que tendrá que ser después de
comer.

Ji mena sonaba com o si fuera a romper a llorar en cualquier momento.

- Ame!ia , por favor. Te lo m ego. Carlos está bastante agitado ahora mismo, y el médico dijo que sería
perJud1c1al para su salud. S1 pi ensas en él como un amigo, entonces por favor ven.

Las palabras de J imena dej aron perplej a a Ameli a, y al fi nal, ced ió.

- Iré co n usted ahora, entonces.

-G ra cias, Ameli a.

Am elia no respond ió a eso.

Después de terminar la llamad a, la mujer murmuró disculpándose:

-S r. Castillo, tendría que molestarle para que me ll eve al hospit al. Ca rlos está despierto y voy a ver
có mo está.

Para cal m arse, Osear respiró hondo.

- No puedes irte.

En respuesta, Amelia le puso las manos sobre los hombros y le supli có con voz más agud a:

-Señor Casti llo, por favor, lléveme al hospital. Jimena me ha dicho que está bastante agit ado en est e
momento, y el méd ico ha dicho que no es bueno que esté en ese estado.

Osear le lanzó una mirada mordaz.

-Amelia, no olvi des que estás casada .

Ella se limitó a mirarle fij amente.

-He hecho reservas y ahora estás embarazada. El bebé no puede morir de hambre. -Di cho esto,
Osea r se movió para arrancar el coche de nuevo.

Por una vez, Amelia fue insistente.

- Si t ienes hambre, puedes ir a comer solo. Carlos es mi amigo, y no pued o quedarme de brazos
cru zados si puedo ayuda rle.

En eso, se desabrochó el cinturón de seguridad y se giró para abri r la puert a. Si n embargo, Osea r le
agarró la cabeza y siseó:

- Amelia, ¿soy un hombre muerto para ti?

Girándo se para mirarle, Amelia res op ló:

-No me refiero a eso.


- Ahora te voy a dar dos opcio nes. Una es comer conmigo y la otra es ir al hospital. Si el iges ir al
hospit al, no te lo impediré, pero las cosas se pondrán feas entre nosotros.
Mirándolo, Amelí a pronunció con amargura:

- ¿Quiere decir que se divorciará de mí si voy al hospital, Sr. Castillo?

Él guardó silencio, pero ella lo tomó como un acuerdo silencioso a sus palabras.

Apartando el dolor que sentía, continuó:

- Por fin lo has dicho en voz alta. ¿Tan ansioso estás por casarte con la señora Hernández?

Frunciendo el ceño, Osear afirmó:

-Deja de culpar de todo a Cassandra. Quiero casarme con ella, pero no ahora.

Fue como si alguien hubiera tomado un cuchillo y hubiera acuchillado el corazón de Amelía. Mientras
forzaba una sonrisa en su rostro, respondió:

-Lo siento, señor Castillo. Parece que tenemos opiniones diferentes sobre esto.

Dicho eso, retiró la mano y sal ió del coche.

Mirando su mano vacía, Osear se volvió sombrío. Se sintió como si le hubieran lanzado al medio del
océano, aunque no supiera nadar. Luchó con todas sus fuerzas, pero aun así, el agua del mar seguía
arrastrándolo, amenazando con asfixiarlo y ahogarlo.

En ese momento, áscar golpeó con la mano el volante antes de rugir como una bestia herida. En el
siguiente segundo, abrió la puerta de golpe y corrió hacia Amelía. Cuando la agarró de la mano, la hizo
girar para obligarla a mirarlo.

-Sube al coche. Te llevaré hasta allí -pronunció Osear con frialdad .

Amelía se quedó paralizada durante un segundo. Luego, su labios se curvaron mientras decía:

-¿No dijiste que las cosas se agriarían entre nosotros?

Osear sólo le lanzó una mirada antes de repetir:

-Entra en el coche o t~ llevaré dentro. Me da igual que estemos en un espacio público.

Amelía casi estalla en carcajadas. Extendiendo los brazos, contestó :

-Pues súbeme al coche.

áscar la miró de nuevo, pero había un rastro de diversión y amor que pasaba por sus ojos.

Cediendo a su s deseos, se encorvó para levantarla en brazos y se dirigió hacia el coche. Después le
abrochó el cinturón de seguridad antes de entrar por el otro lado.

Con una sonrisa, Amelía preguntó:

- ¿Ya no está s enfadado?

El hombre le lanzó una mirada antes de resp onder:

- ¿Estuve alguna vez enfadado?

1
-Me pregunto qui én fu e el que dijo que las cosa s se agriarían ent re nosotros. -Amelía im itó las
palabras y el ton o anteriores que Osear había utilizado.

Mi rán dola, él gritó:

- ¿No te_estás volviendo más y más audaz con cada día que pa sa?

De alguna ma nera, su reacción la deleitó.

-Sr. Castillo, no olvide que soy su esposa . Usted es el prodigio del mundo empresaria l, y como su
esposa, no puedo presentarme como alguien despreciable, ¿verdad? -dijo Ame lia desc aradamente
con un guiño.

Enseguida, la expresión de áscar se volvió más suave.

-A partir de ahora no puedes dar prioridad a ningún otro hombre. Recuerda que soy t u hombre y que
sólo puedes tenerme en tu corazón.

-Qué dom inante -murmuró Amel ia en voz baja.

-¿Y qué si lo soy? ¿No es por eso que te gusto? -Aquel fu e un raro comentario burlón de Osear.

Sus palabras hicieron que Amelia se· v,ol~iera hacia él para mirarle a los ojos.
Osear giró el vol ante en dirección al hospita l.

- Te permito visita rlo, pero sin coquetear. Si se te insinúa, tengo m is métodos para que deje de
hacerlo de una vez po r todas.

Amel ía puso los ojos en blanco.

-No será necesario. Como he dicho, sólo somos amigos. Si hubiera algo posible entre nosotros,
habría ocurrido hace años.

-¿Y qué si lo conoces desde hace mucho tiempo? Ahora eres mi esposa .

- Sr. Castill o, ¿huelo a celos?

Osear no respondió . Había vuelto a centrar su atención en la carretera.

Aunque le divertía burlarse de él, Amelía sabía que no debía ir más allá . Dejó de hablar y durmió
durante el resto del viaje.

Muy pronto, llegaron de nuevo al hospital. Amelía se desabrochó el cint urón de seguridad antes de
sugerir:

-Sr. Castillo, ya es bastante tarde. ¿Por qué no va a comer primero? Me reuniré con usted más tarde.

No hubo respuesta. Al momento siguiente, él salió del coche con decisión.

A ella le sorprendió un poco su comportamiento, pero también sal ió del coche.

Fuera, Osear tenía las dos manos en el bolsillo.

-Vamos.

-Sr. Castillo, tal vez si tiene hambre podría ...

-Apúrate. El Sr. Silva es alguien a quien respeto . Ahora que su nieto está despierto, es una cortesía
básica hacerle una visita.

«Eso tiene sentido». Ai;nelia le siguió a distancia.

Osear _se volvió y la agarró por la cintura.

-Acompáñame.

Fuera de la sala, llamó a la puerta . Jimena se sorprendió por su aparición, pero mantuvo su expresión
neutral.

-Pa sen.

Antes de que entraran, Amelía susurró:

- Señor Castillo, ya puede soltarme. Much as pers onas, incluido el Sr. Silva, está n dentro. Es
vergonzo so aparecer de esta manera.

Como era de esperar, sus pal abra s fu eron ignoradas. Su agarre sólo se apretó má s.

- Entremos .
o

Ella se vio impotente ante su obst inad a personalidad, así que le permitió guiarla haci a la sala.

Carlos, que había estado t um bado aletargado en la cama del hospital, se animó al ver a Amelía. Con la
misma rapidez, su ex presión se ensombreció al ver la mano de Osear sobre ella. A pesar de el lo, no
pudo contener su emoción .

-¡Amelía, est ás aquí!

Tanto Osear como Amelía se acercaron a él.

- Hola Carlos, la señora Larrieta me dij o que estabas despierto, así que Osear y yo pensamos en pasar
a visitarte.

Carlos la miró con ternura .

-Amelí a, tú me visitaste cuando aún estaba inconsciente, ¿no es así? Recuerdo que dijiste que si me
despertaba, tendría la oportunidad de conqu istart e de nuevo. ¿Puedo tener tu palabra al respect o?

Estaba claro que se había pasado de la raya . El ambiente en la sala se volvió incómodo. Abel tosió un
par de veces para recordárselo.

-Carlos, acabas de recuperar la conciencia. El médico t e ha indicado que descanses mucho. ¿Por qué
no te echas una siesta cuando termines de comer?

-Abuelo, me siento bien. -Se enfrentó a Amelía mientras repetía una vez más-: Amelía, esa
posibilidad que mencionas, es real. ¿No es así?

Amelía se puso en un aprieto. Aquellas pa'labras no eran más que su intento a medias de an imar a
Carlos a despertar. Ni en su mejor sueño esperaba que él la escuchara. Sólo podía maldecirse a sí
m isma por su situación.

Mientras tanto, las palabras de Carlos activaron la posesividad dent ro de Osear. Él apretó su agarre
sobre ella.

-Sr. Carlos, entiendo su encaprichamiento con mi esposa. Después de todo, es una dama
encantadora con una larga lista de pretendientes. Lamentablemente para todos los demás, nuest ra
relaoión va viento en popa, y pronto dará a luz. Ya es hora de que se rinda.

Carlos replicó:

-Amelía me ha dado permiso para ser el padrino de su hijo. Lo t rataré como si fuera de mi sa ngre. No
te preocupes, mi vínculo con Amelía sólo se hará más fuerte. -Sus palabras eran, sin dud a, una
confrontación directa con él.

Abel frunció el ceño. Mientras tanto, la señora Silva fue al lado de su hijo para ca lmar la tensión.

- Carlos, acabas de recuperar la conciencia, así que a lo mejor t u mente está confus a. Dejemos las
broma s para otro día. Necesitas descan sar.

Carlos comprendió que no había que ir más allá.

- Mamá, estoy bien . Sólo que ha pasado mucho tiempo desde la últim a vez que vi a Amelia, así que
no puedo re sistir las ganas de hablar más con ella.

Al momento siguiente, Osear comenzó:


- Vi endo có mo el Sr. Carl os está todo an imado, probablemente se est á recu perando muy bien. Parece
que Amelía ya puede tranquili zar su corazón. -M iró hacia ella, co n voz suave - : Cariño, ¿tengo razón?

Amelía asintió con la cabeza sin poder evitarlo .

Osear y Carlos siempre habían estado enfrentados entre sí, así que trató de desviar su atención.

-Ca rlos, cu ídate. No nos culparás por no haber traído cesta s de fruta, ¿verdad? Hemo s venido co n un
poco de pri sa.

Carlos se rió un poco.

-¡ Claro que no! Aquí hay muchas frutas: plátanos, uvas, manzanas .. . ¿Cuál quieres? La pelaré por t i.

Amelía sonrió con torpeza, haciendo lo posible por evita r su apasionada mirada.

-No he comido, así que paso de las frutas .

- ¡Qué! Mira qué tarde es ahora. ¿No has almorzado? -El repentino arrebato de Carlos hizo que se
ti rara de la herida . Gritó de dolor.

Eso hizo que Jimena y la señora Silva se preocupa ran.

- Carlos, ¿recuerdas lo que dijo el médico? No puedes ag itarte demasiado.

Respiró hondo unas cuantas veces mientras esperaba que el dolor disminuyera.

-Mamá, lo sé.

Inconscientemente, apartó las manos de Jimena. Aunque su co mportam iento dolía a esta última, su
disposición orgullosa le impedía revelar sus emociones. Permaneció indiferente en el exterior.

Carlos añadió:

-Ame lía, ve a comer. Ya estás comiendo por dos. No querrás que el bebé pase hambre.

-Aceptaremos tu oferta entonces. Llevaré a Amelía a comer ahora. No tendría que perderse el
almuerzo si no estuvie_ra tan preocupada por ti, como am iga. -El tono de Osear rezumaba sarcasmo.

-Adelante Amelía. Te haré una visita cuando me den el alta del hospita l. Si no f uera por t us palabras
de ánimo, nunca me habría despertado. En pocas palab ras, eres mi sa lvadora.

Am elia sacudió la cabeza.

-Carlos, por favor, no me atribuyas esto. Ya estabas bien. Ad em ás, este es un hospita l de renom bre.
Bajo sus cuidados, habrías despertado tarde o temprano .

Osear se hartó de los avances de Carlos. Se situó frente a Ame lia para bloquear la vista de este
últim o. Luego, se dirigió a Abel.

-Sr. Silva, estoy seguro de que todos usted es tien en que ponerse al día. Ahora nos despediremos.

Abe! se rió.

- Muy bien . Adem ás, no te tomes a pecho las palabras de Carlos. Aca ba de despertarse, así que hizo
muchos comentari os descuidados.
- No te preoc upes por eso. Entiendo por qué actuó así. Es lo que se espera de mi bella y amab le
es posa. Me alegro de que sepa apreciarl a también. - Con eso, Osear se despidió del resto. Justo
antes de qu e sal iera n, se volvió y dio un último consejo - . Sr. Carlos, en lugar de adoptar un enfo qu e
único, es mejor que amplíe su visión. Verá que hay much as opciones disponibles. Por ejempl o, la
señorita La rrieta parece ser un buen pa rtido para usted. De les una oportunid ad a otros . Qu ién sabe,
puede que usted también acabe en una relación fel iz.

Con es o, tanto Osea r como Amelia sal ieron de la sala.

Era evidente que el amb ient e en la sala se había agriado. Abel se diri gió al resto de los miembros.

-Ahora qu e Carlos se ha despertado, todos pued en volver a desca nsar. Tengo algunos asuntos
privados que disc uti r con él.

La señora Silva respond ió en su nombre.

-Papá, nos iremos primero entonces. Haré que la empleada de la casa prepare algo de comid a pa ra
Carlos y vend ré de nuevo más ta rde.

Abel as intió.

La señora Si lva t iró de Jimena, pero ésta no ten ía intención de moverse.

-Sra. Silva, Carlos acaba de despertarse. Deseo pasa r más tiempo con él. Me iré por m i cuenta más
ta rde.

-Jimena, te agradezco tus cu idados estos últ imos días . Estoy segu ro de que tú también est ás
cansada . Vuelve a casa y descansa bien.

Después de enfrent arse a múltiples rechazos, Jimena ya no podía disimular el dolor en su voz.

-Carlos, ¿tanto me odias?

Antes de que pudiera responder, la señora Silva la interceptó. Rodeó las manos de Ji mena para
aplacarla.

-Jimena, estoy segura de que Carlos sólo está preocupado de que te esfuerces dem asiado. Va mos,
vayamos juntos a cas~. Haré toneladas de comida del iciosa para ti. Hay mucho ti empo en el futuro
para pasar con él.

Sus palabras funcionaron . J imena se sintió un poco mejor.

Salieron de la sala, dejando a Abel y a Carlos solos.

Si n endulzar sus palabras, Abel reprendió:

- Carlos, lo que acabas de decir es inaceptabl e. Hasta yo me lo pensaría dos veces antes de provocar
a Osear. Si n emba rgo, coqu eteaste con Am elia qel ante de él. ¿Tan import ante es ell a para t i?

-Abuelo, mis sent imientos por Am elía hace t iempo que pasa ro n el punto de retorn o. Mient ras estaba
inconscient e, aún podía oír vagamente las voces que me rodeaban. Además de t i y del res to de la
familia, las palabras de Amelí a me ayudaron a superar esto. Dij o que me daría la oportunidad de
compensar por no haberl a ayudado entonces. Esta vez, estoy decidido a protegerla.

Abel suspiró con res ignación.


-¿Esto es una retribución ? Si hubiera sabi do que estarías t an encaprichado con ella, no debería
haberla ahuyentado. De lo contrario, habrías estado felizmente casado con ella. Tal vez, inclu so podría
estar sostenie ndo a mi pro pi o nieto ah ora .

Carlos ce rró los ojos mientras intentaba aplacar la oleada de emociones que brotaban en su interior.

-Abuelo, es cierto que durante mucho ti empo los he od iado a ti, a mamá y a papá. Pero he aprendido
a perdonar. Es só lo que, a veces, no puedo evitar preguntarme si lo que pasó entre Amelía y yo fue por
culpa de tus acciones o por mi cobard ía y debilidad. Tal vez, es una combinación de ambos. Si hubiera
sido más fuerte y maduro, las cosas habrían resultado diferentes.

-C arlos, ahora te has convertido en un buen hombre. El romance es sólo una pequeña parte de t u
vida . ¿Por qué dejar que te afecte tanto?
Carl os se apoyó en la almo hada y dijo:

- Abuelo, una ve z f uiste joven. Estoy seguro de que ya habías estado loca mente enamorado. Es difícil
que un hombre con ozca a una mujer por la que esté dispuesto a dejarlo todo . Enton ces, una vez que
la conoce, ell a será la única para él y haría cua lquier cosa por ella. Me ena moré de Amelía a primera
vist a. Es hermos a por dentro y por fuera y es respetuosa con sus mayores. Es difícil no enamorarse de
una mujer así.

Abel se quedó sin palabras .

Las pa siones amorosas eran co sa del pa sado para Abel y hab ía olvidado los sent imientos y
pen sami entos que ten ía entonces. Al hablar de el lo ahora, Abel recordó lo que se sentía al estar
enamorado. Dejó una dulce sensación en su corazón.

Au nque ya hab ían pasado varias décadas, era incapaz de olvidar el roma nce de entonce s.

Abel había pasado muchos años centrado en los negocios y se supon ía que era más duro y deci dido.
Sin embarg o, cua nto más viejo era, más blando se volvía, especialment e cuando se enfrentaba a su
famili a.

-Ca rlos, Amelía ya es la mujer de otro. Creo que deberías dejar de lado t us senti mientos por ell a. Los
dos no están destinados a est ar juntos en esta vida - dijo Abel co n sinceridad.

-S i ell a es feliz en su matrimonio, la cuidaré en si len cio. Si su matrimonio se desmorona, la sa lvaré de


ello. No pienso renunciar a ella en esta vida.

Abel lo miró a los ojos y le preguntó:

-¿Qu ieres decir que, aparte de Amelía, no co nsiderarás casarte con ninguna ot ra mujer?

-Abuelo, el matrimonio es sólo una formalidad . Lo úni co que consiguen esas parej as es un
cert ificado.

- Aunque só lo sea un certificado, quiero que se casen. Ya estoy casi al final de mi vida . No quiero
mori r sin ver a mi bisnieto.

- Dos de mis primas están casadas, y otra ya está embarazada de un niño. Tu bisnieto ll ega rá muy
pronto. No t e qu ejes de que luego t ienes demasiados que cuidar.

Carlos había desviado de forma hábi l el problema hacia él.

Ab el lo ful minó con la mirada y replicó:

-No trat es de ev itar el tema. Te daré un pl azo . Si sigue felizmente casada para cua ndo t engas t rei nta
años, entonces tienes qu e cas arte. Selecc ionaré personalment e una esposa adec uad a pa ra ti entre
las hijas de es as fam ilias ricas.

Ca rlos cerró los ojos .

-Abuelo, has prometido no interfer ir en mi matri monio .

Ab el respondió:

- Todavía eres joven. Es el mejor momento para trabaja r en tu ca rrera ahora, así que no intervendré.
Pero cuando t engas trei nta años, tu carrera tendrá éxito y será el mom ento adecuado para formar una
fa mi li a. Si t e casas con la hija de una f amilia rica, t ambién será beneficioso para el negoc io.
ap 11 1

Carlos lo miró.

-Dado el poder de los Silva, no cre o que necesite casarme con una mujer rica para ayudar al negocio,
¿verdad? Eso me haría pa recer muy inútil.

Abel respondió:

- Si no quieres una dama rica, bien. Pero t ienes que casa rte de cualquier manera . Amelía ya está
casada. Nunca tendrás un futuro con ella. Supera t us sentimientos.

Carl os se recostó de nuevo, su voz estaba llena de cansancio.

- Estoy cansado y me voy a dormir ahora. ¿Por qué no haces que el chófe r te envíe de vuelta a cen ar?
Ya es muy tarde .

Abel tenía una m irada complicada en sus ojos .

- Ca rl os, dime con sinceridad. ¿De verdad no sientes nada por Jimena? Es una chica bast ante buena y
parece que le gustas mucho. Aunque es de una familia rica, está dispuesta a cocinar para ti. Estoy
seguro de que si los dos se juntan, ella será una gran ayuda en tu vida. ¿De verdad no vas a t eneda en
cuent a para nada ?

Ca rl os negó con la cabeza y miró a Abel con una pizca de cu lpabilidad. Sin embargo, el amor no podía
ser forzado .

-Sé que me trata bien y que se ha esforzado mucho en cu idarme estos días. Le estoy agradecido,
pero no la quiero. Sólo la veo como una hermana. Si me caso con ella, ninguno de los dos será fe liz al
fina l.

Abel le dio entonces un consejo a su nieto.

- Sólo porque te obsesionas con algo que no puedes t ener actúas de forma ta n obsti nada. Si da s un
paso atrás, descubrirás que hay muchas otras mujeres buenas aparte de Amelía. ¿No son esas ch icas
jóvenes y bonitas mejores que ella?

-Nunca esperé que dijeras algo tan superfi cial.

A Abel le pil laron desprevenido las palabras de él. Tenía buenas intenciones, pero al fi nal fue crit icado
por su propio nieto.

- Mocoso, ¿es así como le hablas a tu abuelo? - Abel lo fu lmi nó con la mi ra da.

Carlos sonrió con sinceridad .

-Lo si ento, sé que sólo t ienes buenas intenciones para mí, pero no teng o ningu na intención de
casa rme en este momento. Tampoco tengo intenció n de uni rme al Grup o Silva. Tod avía estás sa no y
fu erte. Estoy seguro de que vivirá s una larga vida, así que pod rá s cui dar bien de la empresa. En cuanto
a tus bisnietos, puedes buscar a mis primos. [Link]án encantados de entretenerte.

Los oj os de Abel se abrieron de par en par.

- ¡Tonte rías ! No te voy a oblig ar a cas arte, ¡pero t ienes que hacerte ca rgo de la empresa! Me estoy
haci endo viej o y t u padre y t us tíos no están capaci t ados para dirigir la empresa . Todos tus primos
só lo sa ben jugar, así que no pueden encargarse de una tarea tan importante. Sólo me senti ré t ranquil o
si te haces carg o de la emp resa.
p, 1 ll

Carlos gua rdó silenci o.

Abel sug iri ó ento nces un trato audaz.

- Con tal de que aceptes vol ver a la empresa, quitaré las manos de t u asunto con Amelía.

Carlos se animó al insta nte. Dijo em ociona do:

-Abuelo, ¿lo dices en serio?

- ¿No estabas tratando de engañ arme para que dijera esto de todos modos? Te he visto crecer. No
creas que no sé lo que estás pensando.

En lugar de sent irse culpable, Carlos sonrió.

- Parece que la experienc ia viene con la edad. No puedo ocu lta rte nada.

Abel rompió a sonreír.

- Mocoso. Có mo te atreves a gast ar bromas a t u abuelo.

- Es porque me ha enseñado bien . ¿De qu ién más iba a aprender mis ha bi lidades de debate?

- Bien, déjate de tonterías. No voy a interferir más en t us asuntos con Amelía, bajo la premi sa de que
es soltera. Ahora está casada con Osear y es nuera de la fam ilia Casti llo. Aunq ue nuestra fam ilia
t ambién es rica, no se compara con la suya. Así que mientras siga casada con Osear, no puedes tener
nada que ver con ella. Nuestra fa mil ia no puede soport ar que los Castillo qu ieran causar problemas.
Incl uso si ambas fami lias se vieran afectadas, los Silva serán los que sa lgan más perjudica dos . Yo
desarrol lé el Grupo Silva en lo que es hoy. No quiero verlo derrumbarse sólo por una mujer.

Carlos hizo una promesa solemne.

- Abuelo, conozco m is límites.

-Pero te has pasado de la raya hace un momento. Si no f uera por la generosidad de Osear, nuestras
acciones habrían sido inestables para mañana. Eres un hombre capaz, pero en términos de manejo de
tus emociones, no estás ni cerca de Osear.

Al principi o, Carlos se había ani mado. Sin emba rgo, pa ra cuando Abe l term inó su frase, su expresión
se había ensombrecido.

- ¿De verdad soy tan malo com parad o con él?

Abel sabía lo que le preocupaba a su nieto. Cua ndo se trata ba del rival amoroso de uno, ningún
hombre quería perder ante el otro.

-Te teng o en alta esti ma, así que, natura lmente, eres muy capaz. Sin emba rgo, todavía no eres t an
bueno en comparación con Osear. Te falta algo oe decisión . No seas t an cauteloso e indeciso y
esta rás a su nivel.

La expres ión de Ca rlos empeoró.

- Nunca me ha faltado decisión . Es sólo que nad ie me ha dado la oportu nidad de dem ostra r mis
habil idades. Hace cuatro o cinco años, era dema siado joven. Ah ora, la mujer que amo ya está casada
con otro. Todo sucede dema siado rápido . Nadi e se ha para do a pregu ntar si todo esto es lo que
quiero .
Abel le dio una pa lmadita en el hombro.

-N o lo pienses demasiado y descansa. Tienes mucho t ra bajo que hacer cuando vu elvas al trabajo.
J imena se ha ocupado de los as untos de la em presa m ientras t ú estabas in consciente estos día s.
Pase lo que pase, tienes que ag radecérselo. Inclus o si no se convierten en pa reja, no arruines tu s
conexiones.

Carlos reflexionó un rato antes de asentir fi nalmente.

-Descan sa un poco. Yo iré al lavabo. - Mientras Abel se ocupaba de sus asuntos, Carlos pensaba en
la situación.

Carl os y Abel habían consegui do llegar a algún t ipo de acuerdo. Por otro lado, cuand o Osear había
salido de la sala con Amelía, t enía una expresión de descontento.

-¿Qué se siente al escuchar a t u ad mirador ha blarte t an dulcemente?

Amelía soltó un a risita antes de intentar consola r a Osea r.

-Sr. Castillo, no lo piense demasiado. Carlos y yo sólo somos viejos amigos. No hay nada más ent re
nosotro s.

Osear arrastró a Amelía hasta la esca lera y la inmovi lizó contra la pared. Le dirigió una mirada
condescendiente.

- ¿C rees que soy estúpido? Me has dicho que no te has puesto en contacto con él. Entonces, ¿por qué
diría que promet iste darle una oportunid ad pa ra conq uist arte?

La ga rganta de Amelía se sentía seca .

-Sí te dijera que Carlos nunca tuvo la oportun idad de interponerse entre nosotros, ¿m e cre erías?

Osea r se quedó sorprendido.

Amel ía cont inuó:

- Nunca he coquetea do con otros hombres, así que Carlos puede haber mal interpretado algo para
haber dicho eso. En ca_mbio, eres tú el que se muestra consta ntemente inconstante a lo largo de
nuest ra relac ión. Te casaste conmigo, pero parece que no puedes olvidar a tu exnovía. Ent re la Sra .
Hernán dez y yo, siempre la has favorecido. No entiendo por qu é crees que puedes cuestionarm e así.
Me tratas como sí fuera una mujer promi scua.

La m ira da de Osear sobre ell a no cambió.

Amelía dijo:

- Sr. Cast illo, puede que parezca fuerte, pero eso no significa que sea igual de f uerte por dent ro,
porque tam bién me hacen daño. Sí qu iere el divorcio, pued o fi rmar los papeles de inmediato. Pero,
¿podría no acusarm e de tener algo que ver con Carlos? Los dos somos sólo amigos.

Osear le acarició la mejilla y luego le secó las lágrimas que se le escapaba n por el rabillo del ojo.

- ¿Por qué lloras?

Ella se llevó la mano al ojo. En efecto, estaba húmedo.


Ameli a se sorprendió. Desde que se quedó embarazada, había ll orado mucho. Era com o si se hubiera
convertido en una deli ca da flo r que no pod ía sopo rtar el más m ínimo tormento.

ásca r se adelantó y sus cuerpos se apretaron más. Su al iento caliente hizo cosq uill as en la cara de
Am elía .

-¿ Por qué llora s? ¿Porque los he malinterpretado a t i y a Carlos? -Osea r sabía cla ramente la razó n,
pero fi ngió como si no lo supiera.

Ame lía contuvo las lá grimas y contestó con obsti nación:

- No estoy ll ora ndo. Me ha entrad o are na en el ojo.

A ásca r le entra ron ganas de reír. Desde cuándo su mujer se había vuelto t an linda, aprendiendo a
decir una mentira tan mala.

- Bien, ha sido la arena. Mi m ujer es dura y fuerte, ¿por qué iba a llora r con ta nta fa cilidad? - contestó
Osear en tono de broma .

Amelí a le lanzó una mirada de enfado.

- ¿A quién llamas dura?

- Tú eres la única que está aquí. Por supuest o, me refiero a t i. -áscar estaba en uno de los ra ros
momentos de buen humor.

Amelía golpeó sus puños contra el pecho de él y habló con coq uetería:

- ¿Por qué me malinterpretaste entonces?

Osear se llevó una de sus manos a la boca y le mord isqueó el dorso de la mano.

- ¿No diji ste que tenías hambre? Vamos a comer. Ya he reservado un sitio.

Amelí a as int ió.

-¿Explicar las cosas? Es lo único que dices. ¿ Te vas a divorciar de mí cuando le den el alta? ¿Es eso? 
Si es así, ¿por qué
Osear bajó el tono y tranquilizó: 
-No. Sólo me encontré con un conocido en el hospital y hablamos un rato. Deja de darle vue
Ante su silencio, Amelia añadió: 
- No intento sembrar la discordia entre usted y la señora Hernández. Es sólo que ambos estu
- Mírate, siendo tan formal conmigo. Sólo llámame Felicia. Creo que te aceptaré como mi ahijada. A 
partir de ahora, puedes c
Mientras tanto, Jimena miró a Amelia, que permanecía inmóvil, y preguntó: 
- ¿No vienes? 
Amelía se acarició el vientre y neg
Jimena asintió comprendiendo eso. 
Amelía giró sobre sus talones para marcharse, pero la mujer llamó entonces desde atrás: 
-
Amelía se detuvo y se dio la vuelta . 
-Sra. Larrieta, cuando luchas por tu relación, tienes que hacer que parezca que eres g
á scar se quedó callado, y eso significaba que ella tenía razón. 
Amelía dejó escapar una risa seca. 
- Enhorabuena, señor Ca
- No hay nada vergonzoso en admitir que me he enamorado de usted. Por desgracia para mí, parece 
que su atención está más en
- Sra. Larrieta, lo siento. Voy a comer con mi marido ahora mismo, así que tendrá que ser después de 
comer. 
Ji mena sonaba

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