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Stevenson y la felicidad
Robert Louis Stevenson es uno de esos escritores supuestamente menores
que siguen vivitos y coleando cuando muchos escritores supuestamente
mayores yo estén muertos. Sus novelas y relatos continuan leyéndose
(acompano en el sentimiento a quien no haya leido La isla del tesoro,
Dr. Jekyll y Mr. Hyde o El sefior de Ballantrae; mejor dicho, le felicito,
porque todavia puede experimentar el deslumbramiento de la primera
vez), sus poemas siguen recitandose y sus ensayos citéndose. Uno de los
mas citados es, me parece, Apologia de los aciosos, una invectiva contra
el rastrero utilitarismo de su época; alli, después de afirmar que el ocio
«no consiste en no hacer nada, sino en hacer mucho no reconocido en
las dogméaticos formularios de la clase daminante», afirma: «No hay
deber que subestimemos tanto como el deber de ser felices».
Stevenson tenia razGn, come casi siempre, y yo creo que Borges, que lo
adoraba, se acordaba de é! cuando escribié en su vejez algunos poemas de
un patetismo inusitado, como aquel que empieza: «He cometido el peor
de los pecadas / que un hombre puede cameter: no he sido / felize. [...}
La felicidad es un proyecto ambicioso, quizé demasiado ambicioso;
quiza, de momento, podriamos conformarnos can menos. Con Io alegria,
por ejemplo, entendida como la entendié Clément Rosset: como una
adhesién sin condiciones ni resquicios a Io real. No sabemos Io que nos
deparard 2022, pero sabemos que mucha gente morird, tol vez personos
queridas, que estallardn querras y habrd humillados y ofendidos, que
padeceremos y haremos padecer, que nos decepcionaran y decepcionare-
mos, y que nuestra burricie congénita nos obligard a torturarnos por un
sinfin de idiateces. Tado esto es seguro, pero también lo es que estamos
vivos, que estar vivo es un milagro —qué infinidad de hechos ho tenido
que encadenarse y qué vértigo de sangres azarosas se han debido entre-
lozar para que usted esté leyendo esta frase y yo escribiéndola— y que,
pese a todas las guerras y ofendidos y humillados y decepciones y sufri-
mientos e idioteces, esta existencia precaria y fugacisima es lo nico que
tenemos: no hay mds; asi que lo que deberiamos hacer es dejar de hacer
el asno, abrazarnos a ella y exprimirla hasta la ultima gota, Eso es Ia ale-
gria; la conciencia de que somos, «entre dos oscuridades, un relampago»
—por decirlo con el verso de Vicente Aleixandre—, y la conciencia exul-
tante de que, mientras el relémpago dura, hay que gozarlo dvidamente.
Javier Cencas
en Ef Pols Semanal, 26 de diciembre de 2021
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