TEMA 16
EL NUEVO ORDEN INTERNACIONAL
Con el final de la guerra fría, durante los años 90 se produjeron cambios radicales en
las relaciones internacionales, generándose una gran ola democratizadora, pero también
multiplicándose los conflictos internos, que obligó a incrementar las operaciones
internacionales de pacificación organizadas por la ONU. Tras los atentados del 11 de
septiembre (11 S), que atacaron a la superpotencia estadounidense, la seguridad pasó a
ser el objetivo prioritario de la comunidad internacional, mientras el desarrollo se
convertía en la seña de identidad de la sociedad global. Durante las dos últimas décadas
se han generado unas transformaciones trascendentales de las que ha emergido un nuevo
sistema más integrado, pero también más frágil e inestable. Aunque existen nuevos
agentes de acción internacionales, las dinámicas fundamentales siguen estando
protagonizadas por los Estados, por lo que resulta necesario conocer su evolución interna.
EVOLUCIÓN POLÍTICA INTERNACIONAL.
Estados Unidos, de superpotencia a «imperio»
Cuando George Bush (1989-1993) en su discurso sobre el Estado de la Unión de 1991
señalaba que «somos la única nación con la fuerza moral y material para acaudillar el
mundo» (parafraseando a Truman, 1947) trataba de evidenciar el hecho de que la larga
guerra contra el «imperio del mal», como lo había calificado Reagan (1981-1989),
había concluido con una victoria, cuando la bandera roja dejó de ondear en el Kremlin
ese mismo año. Pero también señalaba la gran responsabilidad que Estados Unidos estaba
dispuesto a asumir en la política internacional (puesta en práctica en ese mismo momento,
con la operación Tormenta del desierto sobre Irak).
Sin embargo, Estados Unidos no se encontraba en el mejor momento para ser
ese caudillo, con el mayor déficit federal de todos los tiempos, bajo los efectos de la crisis
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bursátil de 1989, con una pérdida de competitividad de sus productos frente a los
japoneses y europeos y con una falta de iniciativa internacional ante la descomposición
del antiguo Bloque del Este. Su reacción más decidida se produjo ante la invasión iraquí
de Kuwait, propiciando la mayor alianza militar tras el fin de la Guerra Mundial. Que
la operación se produjera bajo el mandato de la ONU, ponía en evidencia la cobertura
necesaria para conseguir una respuesta unánime a su favor. La presidencia Bush fue una
combinación entre el «complejo de hiperpotencia» tras su imposición sobre la URSS y
las necesidades de reducir las colosales deudas del Estado en una coyuntura depresiva.
A pesar de la enorme inyección de moral patriótica que supuso la guerra del Golfo,
en las elecciones de 1992 el presidente fue derrotado por el gobernador William J.
Clinton, que había basado su campaña en la necesidad de que «América volviera a pensar
en sí misma»; la delicada situación interna, unida al fin de la guerra fría, hacían recobrar
fuerza al tradicional aislacionismo estadounidense.
Bill Clinton (1993-2000) apostó por un «liderazgo selectivo» en política
internacional, la defensa de políticas sociales que retóricamente enlazaban con la
herencia kennedyana (frenadas por el Congreso en el primer mandato y moderada
ostensiblemente su aplicación en el segundo) y el apoyo a las nuevas fórmulas
empresariales de creación de riqueza. La coyuntura económica le fue favorable,
presidiendo el país durante la etapa de crecimiento sostenido más duradera y acelerada
desde los años 50, lo que permitió reducir el déficit federal sin subir los impuestos, al
tiempo que Estados Unidos recuperaba el liderazgo crediticio mundial y el dólar volvía a
ser la moneda refugio del agitado mercado financiero global. Los beneficios de esta
coyuntura le permitieron superar ante la opinión pública los numerosos escándalos que
salpicaron todo su mandato, instrumentalizados por el sector más conservador del
republicanismo hasta amenazar con el impeachment.
Esta bandera de la moralidad y la promesa de la bajada de impuestos, motivaron
el triunfo en las elecciones de 2000 de George W. Bush (2001-2009), hijo del anterior
presidente y gobernador de Texas; el retorno del republicanismo pronto se evidenció en
un reforzamiento del militarismo (recuperación de la iniciativa de Defensa Estratégica,
nueva generación de armamento estratégico) y el recorte de programas sociales.
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Cuando aún se estaban estableciendo las bases de la nueva administración, los
atentados terroristas del 11S cambiaron la orientación de sus objetivos. La «guerra
contra el terrorismo» llenó el resto de sus dos mandatos. Desarrolló una política exterior
y de seguridad cada vez más unilateral, rompió alianzas y abrió dos guerras simultáneas
en Afganistán e Irak. Además de la no resolución de estos conflictos, el final de su
mandato estuvo marcado por la profunda crisis económica y los grandes déficit federal y
de la balanza comercial.
Las elecciones de 2008 catapultaron a Barack Obama (2009-2017), en quien se
depositaron todas las esperanzas para la resolución de la crítica situación.
• Con una crisis interna sin comparación desde la de 1929, extendida al resto del
planeta como consecuencia de la economía globalizada, Obama desarrolló
programas de ayuda financiera hacia las entidades financieras, reformando el
sistema de control e incrementando el papel del Estado en la economía.
• Con dos guerras inconclusas y enquistadas, la nueva presidencia quiso mantener
las posiciones, pero recuperando la perdida legitimidad internacional del
liderazgo de la hiperpotencia. Con un sistema de alianzas debilitado en los últimos
años, Obama se vio obligado a reconstruir consensos para frenar la escalada de
poderosos adversarios, enemigos explícitos y amenazas soterradas.
La construcción de la Unión Europea
La larga marcha de la construcción europea, que fue relanzada a finales de los años 80
con el Acta Única Europea (1987), alcanzó un hito con la firma del tratado de la Unión
Europea (Maastricht, 1992), posteriormente ampliado en los tratados de Ámsterdam
(1997), Niza (2001) y Lisboa (2009). Todos ellos reformaban y profundizaban los
tratados fundacionales, dotando a Europa de un conjunto institucional y programático
que sentaba las bases de una unificación De hecho en todos los ámbitos, manteniendo la
soberanía e independencia política de los Estados miembros. El proceso quiso
culminarse con una Constitución, pero no fue aprobada por falta de consenso. Los
objetivos fundamentales fueron los siguientes:
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• Socioeconómicos: promoción de un progreso económico y social equilibrado y
sostenible, en base a la creación de un mercado interior unificado y garante
de la libre circulación de personas, mercancías y capitales. Incremento de la
cohesión económica y social, que garantice un nivel similar de desarrollo en todas
las regiones (especialmente a través de los fondos estructurales: FEDER, FEOGA
y FSE). Creación de la Unión Monetaria Europea (en sustitución del Sistema
Monetario Europeo, desarticulado en 1993), cuya máxima autoridad es el Banco
Central Europeo y su moneda el euro (en vigor desde el 1 de enero de 2002).
• Políticos : reafirmación de la identidad común de la Unión Europea, con la
convergencia de las políticas Exteriores y de seguridad, incluyendo una futura
política de defensa común. Desarrollo de la cooperación en los ámbitos de la
justicia y la seguridad interior. Creación gradual de una ciudadanía europea
(simbolizado en el pasaporte de la Unión), con el reconocimiento en todos los
países de los mismos derechos ciudadanos. Transferencia paulatina de soberanía
a las instituciones supranacionales, con el reforzamiento del Parlamento
Europeo como representante de los ciudadanos, primera manifestación de la
unión política europea.
En 1995 se integraron como miembros de pleno derecho Suecia, Finlandia y
Austria (Noruega rechazó por segunda vez en referéndum su integración), al tiempo que
se sucedían las peticiones de entrada de países pertenecientes al antiguo Bloque del Este,
que alcanzó su materialización en 2004, con la incorporación a la Unión Europea de 10
nuevos miembros: Estonia, Letonia, Lituania, Polonia, República Checa, Eslovaquia,
Hungría, Eslovenia, Malta, y Chipre. En 2007 entrarían Bulgaria y Rumanía (2007).
Económica, demográfica y geográficamente, la ALEMANIA reunificada pasó a ser el
corazón de la nueva Europa, con capital en Berlín. Helmut Kohl fue quien dirigió el
proceso unificador, venció en las primeras elecciones de la nueva Alemania. A pesar de
que el coste económico de la unificación fue mucho más alto del anunciado, la CDU
(Unión Demócrata Cristiana) renovó su mandato en 1994. En 1998 se produjo la
alternancia política, con Gerhard Schroder (1998-2005), del SPD (Partido
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Socialdemócrata). En alianza con Los Verdes, ampliaron los programas sociales e
introdujeron amplias políticas ecológicas. Desde 2005 gobierna Angela Merkel, de la
CDU, en una primera legislatura en alianza con el SPD, y tras ganar las elecciones de
2009 con los liberales.
En GRAN BRETAÑA, tras tres mandatos consecutivos (el más largo de la historia)
Margaret Thatcher fue relevada por John Major, de su propio partido. Major siguió
una línea continuista, que revalidó su triunfo de las elecciones de 1992. Con una economía
expansiva y sin grandes problemas sociales, los dos asuntos más importantes de su
Gobierno fueron la apertura de conversaciones para la pacificación de Irlanda del Norte
(tras 25 años de lucha armada el IRA anunciaba en 1994 un «alto el fuego permanente»),
y la superación de la división en el seno del partido conservador entre los europeístas y
los euroescépticos.
La división entre los conservadores y el desarrollo del «nuevo laborismo» hicieron
que el Partido Laborista se impusiera en las elecciones de 1997. Anthony Blair
culminó el proceso de pacificación de Irlanda del Norte con la concesión de su
autonomía. Con la integración en el sistema monetario europeo Blair consiguió
renovar su mayoría absoluta en 2001 y 2005. Su segunda legislatura estuvo marcada por
su alianza con George W. Bush en las guerras de Afganistán y, contra la opinión pública
mayoritaria, de Irak. Las tensiones internas del laborismo dejaron el Gobierno en manos
del ministro de Finanzas, Gordon Brown. Pero el desgaste del laborismo y los efectos
de la crisis económica dieron en las elecciones de 2010 el triunfo al partido conservador,
produciéndose un vuelco al panorama político británico. David Cameron se presentó
como el heredero del thacherismo, obligatoriamente reconvertido por las experiencias
globalizadores.
En FRANCIA los cambios fueron más profundos. Tras catorce años en el poder, los
socialistas perdían el gobierno en 1995, con el triunfo de Jaques Chirac. Las políticas
neoliberales, ya apuntadas por los gobiernos socialdemócratas anteriores, se pusieron en
marcha sin timidez, recortando gastos sociales, privatizando buena parte de las grandes
empresas estatales y anteponiendo la política anti inflacionista a consideraciones
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garantistas sobre el mercado laboral. Aunque la economía francesa resultó beneficiada
por estas políticas, el crecimiento del desempleo, el ascenso de la ultraderecha y la pérdida
de peso internacional (en especial respecto a Alemania), hicieron que los partidos del
centro-derecha perdieran el apoyo social.
En 1999, una izquierda renovada en torno al socialista Lionel Jospin, se hacía
con el Gobierno. Jospin puso en marcha innovadoras políticas sociales y laborales que,
a pesar de ir en contra de las tendencias liberales imperantes, dieron buenos frutos en el
crecimiento general de la economía y del mercado laboral. Pero a pesar de ello, en 2002
Jospin perdía las elecciones frente al conservador Chirac. Su segundo período
presidencial estuvo caracterizado por la oposición a la intervención estadounidense en
Irak, lo que tensionó las relaciones transatlánticas y de la propia unidad europea.
En las elecciones de 2007 se impuso el también conservador Nicolas Sarkozy.
Pretendió devolver el protagonismo a Francia en el escenario internacional, reforzando
su vinculación con Estados Unidos y jugando un papel más ambicioso en la Unión
Europea; pero su plan de revitalizar la economía utilizando políticas neoliberales
coincidió con el estallido de la crisis global, lo que dificultó su ejecución y produjo
amplias movilizaciones en contra.
ITALIA fue el país donde más afectó la desaparición del Bloque del Este. En medio de
escándalos políticos, descubrimiento de tramas generalizadas de corrupción y reparto
del poder (tangentópolis), de organizaciones secretas (Logia P2), operaciones
subversivas desde el poder (operación gladio) y quiebras fraudulentas (banco
ambrosiano), durante la segunda mitad de la década fue emergiendo un nuevo sistema
de partidos tendentes a la conformación de 2 grandes opciones de centro derecha (la
Casa de las libertades) y de centro izquierda (El Olivo). Este nuevo sistema, que no ha
formulado una reestructuración constitucional, ha encontrado numerosos obstáculos:
aparición de tensiones territoriales, resurgimiento de la ultraderecha, renovada actividad
mafiosa o aparición de líderes mediáticos convertidos en políticos populistas; todo ello
dentro de un escepticismo social sobre la clase política y la pérdida de las señas de
identidad de la izquierda, principal fuerza —junto a otros partidos de centro integrados
en El Olivo— de los gobiernos de 1996 a 2001. La incapacidad de la izquierda para
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transformar el sistema produjo el triunfo contundente de Silvio Berlusconi en las
elecciones de 2001; utilizando un populismo mediático, la mayor fortuna personal del
país, siendo dueño del mayor conglomerado de empresas de comunicación y con graves
problemas judiciales, recibía el encargo de transformar un sistema que había demostrado
sus debilidades durante la última década. Durante la primera década del siglo XXI
Berlusconi ha dominado la política italiana, siendo primer ministro en varias ocasiones y
feroz opositor en otras; su interpretación funcionalista del Estado y su ausencia de
escrúpulos a la hora de enfrentarse a otras instituciones han perpetuado la característica
inestabilidad política italiana.
LA NUEVA RUSIA
En 1991 desaparecía un régimen político, con el que se hundía la que durante el siglo XX
había sido la alternativa a la democracia liberal y al capitalismo. La descomposición y
definitiva desaparición de la URSS produjo un terremoto político, liberó y transfirió el
protagonismo a los nacionalismos, produjo una definición de las fronteras y el
surgimiento o resurgimiento de nuevos Estados.
Boris Yeltsin ganó las elecciones presidenciales en 1992 y 1996. Formalmente la
URSS se convirtió en la Federación de Estados Independientes, pero los excomponentes
de la URSS ya habían sido reconocidos independientes. Rusia heredó el protagonismo
internacional de la fenecida URSS. Como los demás estados excomunistas europeos,
debió enfrentar tres grandes desafíos: la creación de un nuevo Estado, la vertebración de
una economía de mercado y la transformación de la sociedad; lo que Yeltsin sintetizó en
«el tránsito hacia el mercado y la democracia».
En 1992 entró en vigor la nueva Constitución rusa, de carácter federal y
presidencialista, con un legislativo dividido en dos cámaras. La Constitución establece el
Estado de derecho, la privatización de la mayor parte de las empresas y monopolios
estatales, la liberalización de la producción y distribución de mercancías y servicios, la
convertibilidad internacional del rublo y la creación de un nuevo sistema bancario y
bursátil, hicieron que la economía rusa entrara en la economía de mercado; todo ello
lastrado por la continuidad burocrática.
En 2000 Vladimir Putin, ganó las elecciones presidenciales. Su gestión ha estado
caracterizada por enérgicas medidas que han reforzado el centralismo, reducido el poder
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de las mafias y saneado el funcionamiento administrativo, pero también ha recortado la
libertad de expresión y endurecido las relaciones con Occidente.
En 2004 Putin renovó el cargo presidencial y en 2008 salió presidente Dimitri
Medvédev, pasando Putin a Primer Ministro. El incremento del precio de las materias
primas (que Rusia posee) y la mejora de las explotaciones y la comercialización ha hecho
que el país vuelva a crecer, reforzando la estabilidad del régimen y permitiendo a Rusia
consolidar una política exterior de creciente protagonismo.
El surgimiento del poder asiático: China, India y Japón
China e India suman el 40% de la población activa mundial (entre los 15 y los 64 años).
Mientras la mayor parte de esta población se dedicó a labores poco productivas o de
subsistencia, el desarrollo de estos países fue limitado. El salto cualitativo de su economía
se produjo con el incremento de los sectores industriales y de servicios. Durante las
últimas décadas, en China e India se ha producido un movimiento sostenido de traspaso
de capacidades entre un sector agrario, inicialmente poco desarrollado, y un sector
industrial en permanente crecimiento. Esto les ha permitido tener casi el 15% del producto
bruto mundial a finales de esta década. China se ha convertido en la segunda potencia
económica mundial.
El éxito de las transformaciones económicas de China e India ha contribuido al
incremento de las economías asiáticas. Japón ha mantenido su puesto en la economía
mundial; si bien todos los índices señalan su declinar respecto al ascenso chino. El resto
de los Tigres asiáticos (Taiwán, Corea del Sur, Tailandia, Indonesia, Singapur y Hong
Kong) refuerzan aún más este proceso de creciente trascendencia asiática en el mundo
globalizado.
El incremento del peso económico asiático lleva implícito el incremento de su
poder político y militar. Las sólidas bases en las que se asienta este crecimiento, hacen
que las coyunturas adversas tan solo puedan reducir o retrasar su dimensión, pero nunca
revertir la dinámica ya marcada. Esta dinámica evidencia su hegemonía para mediados
del siglo XXI.
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Evolución de los países latinoamericanos
El sistema político basado en el estado de derecho fue más una excepción que la norma
en los países latinoamericanos durante la mayor parte del siglo XX. Desde el final de la
Guerra Mundial hasta los años 90, la vida política de la región (salvo México) fue la
inestabilidad. Durante los años 80 la crisis crediticia llevó a toda la región a los peores
registros globales de la historia (la década perdida), deparando como único efecto
positivo la transferencia de poder de gobiernos autoritarios a sistemas democráticos. La
ola democratizadora sentó las bases para una normalización costosa y precaria durante
los 90 y, pese a los graves déficits de gobernabilidad, alcanzó la primera década del siglo
XXI con una esperanzadora apuesta por la consolidación definitiva de regímenes
democráticos, disfrutando además del mayor y más extenso período de crecimiento
conjunto del último siglo.
La restauración democrática en ARGENTINA se produjo en diciembre de 1983, tras
el fracaso de la Junta militar —que había mantenido una dictadura de 8 años— en la
guerra de las Malvinas. Tras un primer periodo de Gobierno de la Unión Cívica Radical
(UCR) y la presidencia de Raúl Alfonsín, centrada en liquidar el régimen dictatorial y
afrontar la gran crisis económica.
En 1989 volvía al poder el Partido Justicialista (peronista), con Carlos Saúl
Menem en la Casa Rosada, que aplicó los preceptos neoliberales (privatización del
sector público, reducción de aranceles, liberalización de los mercados) y diseñó un nuevo
sistema financiero que suponía la paridad del peso con el dólar (ley de convertibilidad). .
A pesar de su evidente recuperación durante buena parte de los 90, la persistencia
de la paridad y la dependencia exterior condujeron al país a una de las peores crisis de
su historia (noviembre de 2001 - enero de 2002), sucediéndose tres presidentes en apenas
dos semanas a causa de la movilización popular contra las medidas de restricción de
depósitos (corralito).
Las elecciones de 2003 depararon la continuidad peronista, con Néstor Kirchner
en la presidencia; su gestión ha buscado el contraste con las políticas neoliberales, pero
sin salirse de la ortodoxia de las grandes instituciones financieras internacionales;
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consiguió devolver la confianza a los mercados Exteriores, incrementar el PIB, reducir la
pobreza y aumentar los puestos de trabajo, gracias al incremento de las exportaciones
agro-ganaderas y la mayor explotación de los recursos energéticos. Estas políticas
encontraron su continuidad bajo la presidencia de su esposa, Cristina Kirchner, desde
diciembre de 2007.
La dictadura instaurada en BRASIL en 1964 fue desmontada por las propias Fuerzas
Armadas desde finales de los años 70, ocupando la presidencia en 1985 José Sarney. Su
labor fundamental fue sentar las bases de un nuevo régimen político, recogido en la
Constitución de 1988. Durante la siguiente década Brasil tuvo gobiernos liberales y
socialdemócratas, que debieron hacer frente a las crisis de 1993 y 1998, pero recuperaron
la confianza internacional y aumentó el empleo gracias al incremento del tejido
industrial brasileño y la explotación de recursos naturales.
El gran cambio se produjo en 2002, con la presidencia Lula da Silva (partido de
los trabajadores ). Su Gobierno se ha caracterizado por una ambiciosa política de reparto
de la riqueza, potenciación del desarrollo nacional y expansión de la influencia exterior
de Brasil.
El régimen militar liderado por Pinochet sepultó el sistema democrático en CHILE, el
más longevo del continente hasta 1973. La dictadura perduró hasta 1990, cuando se
impuso en las urnas una coalición de partidos (concertación de partidos para la
democracia), que gobernó Chile hasta 2010. Las políticas económicas ortodoxas
produjeron un creciente desarrollo industrial y agrario, que junto a las materias primas
sirvieron para lanzar un competitivo sector exportador. Las políticas sociales redujeron
los niveles de pobreza y mejoraron los sistemas educativos y sanitarios. En las elecciones
de 2010 se produjo el gran cambio, llegando la derecha democrática al poder mediante la
presidencia de Sebastián Piñera.
Políticamente COLOMBIA se caracterizó durante el último cuarto del siglo XX por la
alternancia en el Gobierno de los dos partidos tradicionales, la persistencia y actividad de
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las guerrillas, el crecimiento de las actividades del narcotráfico y, en contraste con todo
lo anterior, la solidez de su desarrollo económico. En las elecciones de 2002 se impuso,
por primera vez desde la Fundación del sistema de partidos tradicionales, un candidato
ajeno al mismo, el ex liberal Álvaro Uribe, en la presidencia hasta 2010. Su programa
presenta tres grandes vectores: lucha contra la insurgencia, políticas económicas
liberalizadoras y renovación del sistema político colombiano.
La originalidad del sistema de MÉXICO radicó durante décadas en su solidez y
estabilidad, descansando en el ininterrumpido ejercicio del poder por parte del Partido
Revolucionario Institucional (PRI), que entró en crisis a lo largo de los años 90, mientras
comenzaba a disfrutar de los beneficios del tratado de libre comercio con Estados Unidos
y Canadá. Tras 71 años de Gobierno, en las elecciones de 2000 venció el conservador
partido de Acción Nacional (PAN), que situó en la presidencia a Vicente Fox, siendo
relevado en 2006 por Felipe Calderón, ya con mayoría en el Parlamento. Su gestión está
caracterizada por una reducción de la burocracia federal, un recorte fáctico de la
autonomía de los Estados y la reducción de los programas sociales. La economía
mexicana, crecientemente integrada con la de Estados Unidos, mantiene unos índices de
crecimiento notables, fundamentalmente basados en los altos precios de la exportación
petrolera, la creación de tejido industrial subordinado (maquiladoras), las remesas de
inmigrantes y la inversión exterior.
El sistema político de VENEZUELA estuvo dominado desde el fin de la dictadura de
Pérez Jiménez (1958) por el bipartidismo acción democrática (nacionalista y
progresista) y COPEI (Democracia Cristiana), que entró en quiebra a mediados de los
años 90. El triunfo electoral de Rafael Caldera (1994) al frente de una coalición
progresista (convergencia) puso fin efectivo al turnismo anterior, pero no consiguió
solucionar los profundos problemas del sistema, paradójicamente causados por la riqueza
petrolera. En las elecciones de 1998 se impuso un outsider del anterior sistema, el
excoronel Hugo Chávez, protagonista de un Golpe de Estado fallido en 1992. Su
programa inicial tenía tres grandes objetivos: reforma constitucional, lucha contra la
corrupción y frente a la pobreza. Utilizando los instrumentos del Estado y ateniéndose
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escrupulosamente a la ley vigente, Chávez ha ido transformando el régimen venezolano
hasta convertirlo en un bonapartismo populista, cobijado bajo la figura totémica de
Bolívar. La nueva Constitución de 1999 cambió el nombre al país —República
bolivariana de Venezuela— y con ella se fue polarizando la escena política.
EL NUEVO ORDEN INTERNACIONAL.
Las nuevas tendencias de las relaciones internacionales
El largo enfrentamiento entre EU y la URSS durante la Guerra Fría, terminó cuando la
URSS sucumbió. Las consecuencias más directas de esto se produjeron en Europa:
disolución del bloque del este y transición de sus países hacia regímenes políticos
liberales. La desaparición de la URSS dio origen a 15 Estados independientes. Incluso
dentro de Rusia algunos territorios pretendieron seguir el camino de autodeterminación
de las repúblicas federadas, multiplicándose la tensión, y llegando al enfrentamiento
abierto en Chechenia.
El conflicto más trascendental se produjo a consecuencia de la descomposición de
Yugoslavia, donde las pretensiones hegemónicas serbias se vieron contestadas con el
incremento de la diferenciación identitaria de base étnica, religiosa y cultural, abriendo
una sucesión de dramáticas contiendas que devolvieron los fantasmas de la guerra y de la
limpieza étnica al corazón de Europa.
La Organización de Naciones Unidas se vio muy reforzada con el fin de la guerra
fría. Desaparecidos los obstáculos que habían mantenido mediatizada su actuación
durante las décadas anteriores y multiplicadas las necesidades de intervención ante la
pérdida de gobernabilidad en algunos Estados del tercer mundo, la ONU reestructuró su
sistema de intervención en la resolución de conflictos y abrió un debate sobre la necesidad
de preservar la seguridad, lo que dio origen a la generación de nuevos conceptos y
programas de actuación —dividendos de la paz, desafío del Milenio, estado fallido,
seguridad humana, responsabilidad de proteger—, que planteaban en su conjunto el
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mayor debate sobre la esencia, la función y la organización de la ONU desde el momento
de su creación.
Conflictos heredados de la guerra fría
La finalización del enfrentamiento entre las superpotencias permitía vaticinar un
incremento de la cooperación internacional y el definitivo triunfo de los intereses globales
sobre el exclusivismo ideológico o identitario. Pero pronto las esperanzas se vieron
enfrentadas a la realidad de la desestabilización y la quiebra de la gobernabilidad.
Durante la guerra fría todo conflicto era interpretado a la luz del enfrentamiento
entre las superpotencias. Tras la desaparición de la URSS y el final de esa disputa
ideológica global, los conflictos debieron ser analizados desde nuevas perspectivas. Fue
entonces cuando se evidenció que la debilidad estatal suponía un elemento de
perturbación en la convivencia internacional y podía llegar a ser un serio peligro para
su seguridad.
Desde comienzos de la década de los años 90 se multiplicaron de forma
exponencial las misiones internacionales de pacificación. Fuerzas militares o policiales,
bajo el liderando de organizaciones multinacionales y contando con el mandato de
Naciones Unidas, realizaron intervenciones humanitarias, se interpusieron entre
fuerzas combatientes o ayudaron a desescalar conflictos en Europa, Asia y África.
Durante la primera parte de la década estos conflictos se percibieron como casos
exentos, producto de circunstancias variables como la adecuación del antiguo bloque del
este, los procesos de independencia de la antigua URSS o la degradación de regímenes
autoritarios en África. Eran por tanto la herencia menos agradable del siglo XX; pero
el optimismo que producía el final de la guerra fría y la confianza en los beneficios de la
globalización hizo que fueran interpretados como epifenómenos puntuales que el
desarrollo universal solucionaría fácilmente. Sin embargo, al finalizar la década, la
persistencia de estos conflictos tan dramáticos como anárquicos, obligó a interpretarlos
desde un prisma menos optimista. Si durante la guerra fría la principal fuente de temor
era la fortaleza del Estado enemigo, ahora se percibía que era su debilidad la fuente de
conflictos, aumentando la preocupación por los Estados fallidos. La debilidad del Estado,
la ausencia de instituciones fuertes y una administración responsable se convirtieron
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entonces en un asunto fundamental en el orden internacional, y el fenómeno de los
Estados fallidos pasó a analizarse bajo el prisma de la seguridad.
Estados fallidos y misiones internacionales.
El final de la guerra fría, supuso la aparición de una nueva concepción del papel de
Naciones Unidas frente a controversias y enfrentamientos violentos. Pero lo más
importante de todo, permitió el involucramiento de la ONU en la prevención y resolución
de conflictos en un marco no restringido exclusivamente al enfrentamiento entre Estados.
La fragmentación de Yugoslavia y el inmediato conflicto armado (1992-95) con las
sangrientas consecuencias en Bosnia, y muy especialmente el genocidio desencadenado
en Ruanda (entre 60,0000 y 800,000 seres humanos asesinados en apenas tres meses), no
solo motivaron la aparición enfática en la opinión pública internacional de una obligación
moral de intervenir para impedir la repetición de tales atrocidades, sino que también
legitimó la ampliación de las capacidades intervencionistas de Naciones Unidas.
Los programas de prevención y resolución de conflictos aparecieron como una
responsabilidad de la comunidad internacional, desde que el entonces secretario general
de Naciones Unidas, Boutros Ghali, los incluyera en el Programa para la paz (1992).
Con ello se definieron y anclaron jurídicamente los medios con que la ONU trataría de
ejecutar esa prevención y resolución de conflictos: establecimiento de la paz
(peacemaking), mantenimiento de la paz (peacekeeping), imposición de la paz
(peaceenforcement), y consolidación de la paz (peacebuilding).
El centro de estas nuevas concepciones se encuentra en la revalorización del
individuo en la comunidad, la Seguridad Humana. Las instituciones tienen la
obligación de proteger a sus ciudadanos. No debemos olvidar que las guerras, genocidios
y el terrorismo provocan otros problemas (hambre, epidemias, desastres) ante los que los
gobiernos son incapaces de responder.
Durante la última década se ha puesto un especial énfasis en incluir estos temas
en la concepción de la seguridad internacional.
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El 11-S y sus consecuencias
Por su espectacularidad escenográfica, al ser contemplado en directo por cientos de
millones de espectadores de todo el mundo, el 11-S (2001) se ha convertido en un hito de
la historia actual, marcando de forma contundente el comienzo del siglo XXI.
Los efectos más importantes del 11-S se produjeron en Estados Unidos, pero su
repercusión llegó a todo el mundo, al hacer variar de forma sustancial las políticas
Exteriores y de defensa de la hiperpotencia. Más allá de diseñar una respuesta a los
atentados, la nueva presidencia de George W. Bush (2001-2009) desarrolló todo un
entramado de cambios legislativos —reforzamiento de la autoridad presidencial,
endurecimiento de políticas de control, incremento del presupuesto militar— y de
programas de acción exterior —aumento de la presencia militar en el extranjero,
participación activa en todos los escenarios, práctica de la guerra preventiva—,
presentados como la «guerra contra el terrorismo».
Siguiendo el esquema de pensamiento terrorista de acción-reacción-acción, la
respuesta de Estados Unidos a los ataques fui agresiva, lo que a su vez consiguió un
incremento de legitimidad de los planteamientos terroristas. El resultado final fue la
desestabilización de todo el Medio Oriente, la región más rica en hidrocarburos, lo que
aumentó considerablemente el precio de la energía a escala mundial.
Los atentados terroristas del 11-S tuvieron sus consecuencias más dramáticas en
las casi tres mil personas que perdieron la vida. La segunda repercusión inmediata fueron
las enormes pérdidas que supusieron la destrucción del World Trade Center y la
repercusión instantánea en la economía internacional. A corto plazo esta incidencia fue
muy negativa, provocando las alarmas de los mercados bursátiles y enormes pérdidas en
industrias tan sensibles como la aeronáutica y el turismo. Sin embargo, la reacción de las
autoridades financieras, la solidez del mercado global y la capacidad de sustitución en
sistemas de economías abiertas, consiguieron responder en un plazo medio, sentando las
bases de una rápida recuperación en los años siguientes.
La principal consecuencia política de los ataques terroristas del 11-S fue la
transformación estratégica de la política exterior de EU, decidida a replantear y
reforzar su actuación exterior con la ayuda de la fuerza militar. En Washington se
impusieron los planteamientos neoconservadores, que pretendían imponer por la fuerza
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transiciones democráticas que dieran paso al establecimiento de regímenes afines, para
preservar los intereses de Estados Unidos.
Inmediatamente después de los atentados, las investigaciones determinaron la
responsabilidad de Al Qaeda, personificada en su máximo líder, el Saudí Osama Bin
Laden. Con el respaldo de una oleada global de solidaridad, Bush puso en marcha una
ofensiva política y militar para capturar a los responsables. Washington presionó al
Gobierno talibán de Afganistán, al que no reconocía oficialmente, para que entregara a
Bin Laden y a los principales dirigentes de la organización, pero los talibanes no
colaboraron. Tras conseguir el respaldo de Naciones Unidas, el 7 de octubre comenzó la
operación militar libertad duradera, liderada por EU con la ayuda directa de Gran
Bretaña y el respaldo de la Alianza del Norte (una heterogénea coalición de afganos
contrarios al régimen talibán). Las operaciones militares concluyeron dos meses después
de su inicio, cuando Kabul y Kandahar (capital espiritual de los talibanes) cayeron en
manos de la Alianza del Norte. Ni Osama Bin Laden ni el líder talibán, el mulah Omar
Mohamed, fueron capturados. A pesar del final de la guerra, Afganistán no había
encontrado la paz.
En su discurso sobre el estado de la nación ante el Congreso en enero de 2002, el
presidente Bush señaló que la campaña en Afganistán debía entenderse tan solo como la
primera etapa de la «guerra contra el terrorismo», señalando un Eje del Mal (Irak, Irán y
Corea del Norte) como amenazas a la seguridad internacional.
La gran solidaridad internacional demostrada tras los atentados del 11-S comenzó
a reducirse, ya que se interpretó que el giro de la política de Bush respondía más que a un
afán de Justicia, al deseo de reforzar su hegemonía en Oriente Medio. Durante todo ese
año se produjo la presión para que Naciones Unidas respaldara un ataque contra el
régimen de Sadam Hussein, incrementando la tensión entre los aliados occidentales y
suscitando una creciente oposición de la opinión pública internacional.
La guerra de Irak comenzó el 20 de marzo de 2003, contando Estados Unidos
con el respaldo de una coalición ad hoc que, salvo Gran Bretaña, apenas tuvo intervención
durante la campaña. La sucesión de ataques aéreos y lanzamiento de misiles barrió la
resistencia iraquí; el 1 de mayo, en un escenográfico acto de victoria, Bush proclamó al
final de la guerra desde la cubierta de un portaaviones. Sin embargo, la guerra distaba de
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estar concluida. Como en Afganistán, terminadas las grandes operaciones militares y
derrocado el régimen de Sadam, comenzaba una larga posguerra, aún en curso.
Tras 7 años de ocupación, la situación se encuentra lejos de estabilizarse. La
inmediata disolución del Ejército y la policía iraquíes provocó inicialmente una gran
inseguridad pública, pero sus peores efectos se produjeron con la aparición de una
guerrilla heterogénea, que sumada a la aparición y desarrollo de grupos terroristas, han
asolado el país desde entonces.
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