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MI PADRE ESCOCÉS

Seguramente, mi padre escocés no fue un tipo con suerte. Cuando una pasión se desvanece,
te vacías como un colchón de aire al que están pisando para acelerar la operación, y
entonces emigran las sonrisas. Estás abonando el camino a una procesión de botellas de
bourbon alineadas en parejas de dos. No me consta que amara a mi madre, pero moría por el
fútbol. Le abrasaba esa pasión. No le bastó con ser un hincha como los demás niños de su
edad, quedarse en la colección de cromos y en las discusiones de patio de colegio. Tenía una
pasión y quería vivirla, apurarla, llenarse de ella. Él quería ser jugador, hacer del fútbol su
vida. Creo. Recuerdo que guardaba en el baño, bajo el armarito de las toallas, una caja con
unos guantes, unas medias, calzones y una camiseta, todo de color negro, y las últimas botas
que usó, muy gastadas, agrietadas, como la tierra con sed, descoloridas, como la ropa
olvidada al sol. En la salita, al lado de la pequeña estufa de leña, la vitrina que compró para
poder colocar aquellos trofeos que pensaba ganar había terminado siendo peana de una
pareja de muñecos besucones de porcelana y caritas de familiares muertos encerrados en
óvalos dorados. En la pared de su dormitorio enfrentada a la ventana, a su lado de la cama,
había pinchado una colección de pequeñas fotos vestidas de sepia, sin marco, en las que se le
veía estirándose en una parada, haciendo un saque, posando en esas ridículas fotos de grupo
que se hacen los equipos antes de jugar, alineación de esfinges sonrientes ignorante de su
destino de 90 minutos. En una se le veía recogiendo una copa que elevaba al cielo con una
expresión de triunfo desencajada. Entonces no entendí esa alegría. Me contó que la copa
estaba vacía, que no había nada que beber dentro, que tuvo que devolvérsela al capitán del
equipo para que se la llevara a casa. En mi memoria de librería de salón sólo le veo alegre
en esos momentos en los que repetía, una vez más, cómo había conseguido bloquear aquel
balón envenenado que le lanzó el delantero contrario, buscando la escuadra izquierda,
durante la final del campeonato regional, y que valió para ganar el partido y la copa. Esa
misma que se llevó el capitán a su casa. A él no le importó. Su existencia se había congelado
en aquel preciso instante, como si le sobrara la palabra mañana. Con cada trago elevaba la
voz un poco más y subía la intensidad de la narración de ese momento en el que habitó un
sueño, aunque fuese tan pequeño como jugar en Los enterradores, aquel humilde Port
Glasgow Athletic Football Club, que vestía completamente de negro, como su futuro, y tener

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que despertar bruscamente, sin querer encajar el gol más duro: aprender a vivir sin el
equipo, tener que hacerlo sin ilusión, sacar adelante a los tuyos obligado a aceptar lo que
otros rechazan. Renunciar y reconvertirse... sí, tuvo que ser duro, como si perdieras la
memoria.

—¿Lo ha anotado todo? —pregunta sin dejar de mirar por el gran ventanal de su despacho.
—Todo —responde su secretaria colocando un punto después de la palabra memoria—. Sólo
una cosa —levanta la mirada del portátil de tapas blancas—, ¿ha dicho enterradores?
—Si Nancy, mi padre jugó en Los Enterradores, un humilde equipo de Port Glasgow, en el
estuario del río Clyde. Los enterradores, un apodo, quizás un vaticinio. Se disolvieron por
problemas económicos en 1912. Entonces comenzaron los nuestros.
Los dos permanecen en su cápsula, ajenos al ruido que hacen los recuerdos cuando se
activan, un ruido que sólo pueden soportar los que están dispuestos a sentarse al lado de la vía y ver
pasar dos veces el mismo tren. Ella hace su trabajo, como todos los días, cobra su salario. Él dicta,
teje una red de emociones y creencias que ayudan a seguir, vomita un pasado que nunca ha
compartido.

—Señora, debe firmar aquí su consentimiento.


—No sé escribir señor.
—Pero es necesario su consentimiento, lo especifica claramente el procedimiento.
—¿Puede usted hacerlo por mí señor?
—¿Bromea? eso es ilegal. Necesitamos su aprobación para poder incluir al niño en el
programa.
—Pero es mi niño y nunca nos hemos separado. ¿No puede contarme más sobre el lugar al
que irá?
—No señora, pero quédese tranquila. Una buena familia británica, con hogar agradable y
acogedor, se harán cargo de él. No le faltarán atenciones. Debe usted pensar en él, en ofrecerle lo
mejor.
—¿Podré visitarle alguna vez?¿Estará cerca de Kilmacolm?
—Por supuesto, ni se imagina usted lo cerca que estará. Lo mismo es en Greenock que en
Glasgow...o en Edimburgo. Todo está planificado pero... yo no puedo darle más información.
Señora Scott, usted es una mujer sola, que vive de la caridad de los feligreses de su parroquia. El
padre Mackay lo ha dispuesto todo para que Iain esté bien. Confíe en el Gobierno, nosotros somos
su garantía. Está usted haciendo lo correcto.
—Pero es mi Iain, mi querido Iain… —Llora.

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—Además, usted siempre podrá solicitar el retorno. Vamos, vamos, menos drama… tenga
un pañuelo, ponga una equis aquí y estará haciendo la mejor acción de su vida.
—La mejor acción será abrazarle, el día que vuelva, para quedarse.

—Sigamos Nancy —Bebe un sorbo corto de güisqui, se quita la chaqueta y la abandona


sobre el respaldo del sillón, se remanga las mangas de la camisa y afloja un poco más el nudo de la
corbata. Sonríe a su secretaria antes de girarse hacia la gran ventana desde la que disfruta de unas
vistas sobre la bahía, con su famoso puente y el curioso edificio de la ópera—. El viaje en autobús
duró poco... En 12 años de vida yo apenas conocía las sucias calles de las afueras de Kilmacolm,
donde vivíamos, y el edificio de estilo victoriano del ayuntamiento al que me llevó mi madre de la
mano aquella mañana en que la vi por última vez. Mi padre nunca me llevó al fútbol con él, ni me
dio la mano. Yo era muy pequeño, y Port Glasgow una ciudad portuaria, lugar poco recomendable
para un crío. Luego, también él dejó de viajar —La secretaria cambia el cruce de sus piernas y pasa
la página del cuaderno—. El barco me pareció enorme. El pantalán estaba lleno de niños y niñas
con caras apagadas. No pude ver ningún padre por allí, ninguna mamá. Había gente de uniforme
azul y gente con bata blanca. Nos pasaron a una sala donde había que quitarse la ropa y colocarse en
una esquina donde unos hombres nos rociaban agua fría con sus mangueras, y otros nos restregaban
con jabón y un líquido que olía muy mal. Luego, en otra sala, puestos en una fila, de pie, nos
cortaron el pelo. Lo que más me gustó fue el traje que nos regalaron a todos, ¡era chulo!, yo nunca
había tenido un traje. Nos dieron un sándwich y una manzana y nos hicieron pasar por un puentecito
de madera que llevaba al barco. Muchos niños lloraban. Por lo visto sus padres acababan de morir
—Sus palabras detienen el dictado. Da otro trago, cortito. Los 3 hielos hacen ruido al moverse. Se
sienta. Coloca los dos pulgares bajo la barbilla y las manos cerradas como en una plegaria frente a
la nariz. Abre las manos, sube los dedos, se restriega los ojos—. ¿Sabe Nancy?... he pensado mucho
en tres momentos de mi vida. El día que mamá me contó que papá ya no estaba, después de muchas
peleas y gritos, incapaces de encontrar un poco de armonía en sus tristes vidas golpeadas por el
alcohol; el día que me llevó al ayuntamiento, y el día que llegué aquí, al otro lado del mundo, en
aquel barco gigante cargado de niños y niñas trasladados como el que mueve toneladas de carne
humana barata y tierna. Tres momentos... una pregunta: ¿Por qué yo?

Tras varias semanas de travesía, el HMS Somersetshire se aproxima cadencioso al


desembarcadero. Es una nave muy moderna construida originariamente como transporte de tropas,
capaz de embarcar 1.300 personas, y que en apenas unos años será convertido en buque hospital y
vivirá una guerra. Su entrada en el puerto de Sidney tiene lugar una mañana de cielos despejados y
luz clara. Sus cerca de 7.500 toneladas de acero parecen plumas de ganso sobre la lámina de agua.

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Una pareja de gaviotas sobrevuelan su única chimenea y se alejan luego hacia el mar por el que
acaba de llegar, siguen el rastro de su estela y el eco. La melodía ruidosa del quehacer de los
estibadores y operarios de la consignataria se va mezclando sobre el muelle con un sonido que
termina imponiéndose, que perturba por irreconocible en un lugar así. Algo extraño llena el aire,
como la pieza de ese puzzle que no termina de encontrar su posición sobre el tablero y nos rompe la
cabeza. Se acercan unos camiones. Se detienen cerca del agua.
—Mr. Arthur, el barco estará atracado en el muelle 13 dentro de 20 minutos —dice el
asistente tras asomar su cabeza por la puerta.
—Por favor, Helen ¿me ayuda con el abrigo? —dice el hombre recogiéndolo del brazo del
sofá donde lo había depositado—, no me gustaría que se agravara mi resfriado.
—Por supuesto, señor. Aquí lo tiene ¿Le apetece también la bufanda?
Mr. Arthur está inquieto. Lleva dos años esperando vivir el momento que va tomando
forma. Se asoma a la ventana. Su reflejo aparece sin nitidez mezclando en planos superpuestos
sobre la cara interior del cristal la imagen del barco creciendo y la de su silueta gris. Se levanta las
solapas del abrigo y busca en sus bolsillos las cuartillas del discurso que le han preparado en su
gabinete. Recuerda que de nuevo salió de casa sin besar a su mujer. No le importa. Con la punta de
la lengua busca entre sus dientes un trocito de corteza de pan de la tostada que tomó temprano. No
se lo piensa y mete un dedo en su boca para ayudarse con la uña.
—La prensa espera fuera, señor —dice su asistente entreabriendo de nuevo la puerta. La
cierra al termina la frase. Sus pasos suenan alejándose.
—Vamos allá. Tenemos una cita con el futuro de este país —Se vuelve hacia Helen—.
¿Como me queda el abrigo, Helen? Lo compré ayer. Me hicieron un buen precio.
—Hizo una buena compra, señor. Usted siempre sabe elegir lo mejor.
—Me gusta tener siempre lo mejor que se encuentre a mi alcance —Habla sin volverse, no
puede ver que ella ha iniciado una leve sonrisa.
Mr. Arthur sale sin esperar que le abran la puerta. Avanza por el pasillo por el que acaba de
alejarse su asistente. No tarda en acceder a una sala donde le esperan una docena de periodistas.
Iguala cuidadosamente los dos extremos de su bufanda y entra con seguridad hasta detenerse al lado
de un micrófono ocupado por su colaborador que le está presentando:
—... persona empeñada en encontrar soluciones eficaces y originales por el bien de nuestro
país. Señores, con ustedes Mr. Arthur Caldwell, Ministro de Inmigración —se aparta.
—Gracias Tom. Buenos días a todos. En ese barco que está atracando viaja el futuro de
Australia. Se trata del primero de una larga lista de envíos de sangre nueva y blanca. Hoy comienza
una nueva era para nuestro país. La blanca estirpe británica saldrá reforzada con cada desembarco.
Éste es el primer barco de criaturas que recibimos desde Gran Bretaña. Pero vendrán muchos más,

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incluso de otras colonias. Serán repartidos por toda la isla, acogidos por familias en hogares
urbanos, granjas y en centros de acogida y orfanatos, donde colaborarán con su trabajo a cambio de
manutención y educación. No lo duden señores, el niño es el mejor inmigrante —A través de la
ventana llega el sonido de risas y llantos infantiles que llenan el dique al mismo tiempo, apagando
las voces de los operarios y el ruido de los mástiles de los barcos fondeados. Comienzan a
descender en una ciudad desconocida. Parecen desorientados.

–Nadie les quería, todos abusaron ¿Sabe Nancy? así empezaba la noticia de mi vida. La leí
ayer en el periódico. Hablaba de mí. De muchos como yo. Australia pide perdón por los malos
tratos recibidos por los menores acogidos. Decenas de miles de niños sin recursos fueron
deportados a las colonias por el Reino Unido hasta 1967... Yo lo sé, lo viví. Por eso la he llamado.
Necesito su ayuda. Ha llegado la hora de darle vida a la memoria, de contarlo todo. Yo, Iain Scott,
presidente del Sydney Cricket Ground Trust, tengo un pasado al otro lado del mar —No ha dejado
de mirar a través del ventanal ubicado en la parte noble del Sydney Football Stadium, en el Moore
Park—. La noticia me ha dado fuerzas para rellenar tantos huecos vacíos por miedo y renovar con
fe la búsqueda de mis padres biológicos. Mi padre escocés lo hubiera pasado bien sobre este césped.
Incluso con el traje negro...
—Señor Scott ¿es todo? —pregunta la secretaria.
—Nunca es todo, porque todo siempre es una parte de otro todo más amplio. Soy el que le
habla, el que sube a aquel enorme barco, el que ha llorado mil veces de espaldas a la vida y el que
miraba las viejas fotos en el dormitorio de papá. Yo soy Iain Scott, escocés de Australia.

El ventanal se ilumina en mil colores, es la fiesta de Año Nuevo y acaba de comenzar un


castillo de fuegos artificiales que cerca de un millón de personas observan desde distintos puntos de
la orilla de la gran Bahía de Sidney. Ven los mismos fogonazos. Perciben diferentes sensaciones.
Viven sus propias vidas. Un solo espacio y un millón de tiempos. La vida es caprichosa. Una pareja
con un bebé se protege de la humedad de la hierba sentada sobre las páginas del mismo periódico
que ha leído Iain. Él sujeta en brazos al bebé y le señala los colores de las estrellas creadas por el
hombre. Ella se fija en el titular y olvida los fuegos, se aleja sin mover los pies. De repente, hace
frío, lee: “Nadie les quería, todos abusaron...”