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La especulación se asocia tradicionalmente con subidas de precios y con desabastecimientos.

Al parecer, los especuladores sólo entran en escena para acaparar las disponibilidades de
algún bien, limitar su oferta, encarecer su precio y lucrarse con el padecimiento ajeno. Difícil,
pues, congraciarse con un oficio que, según relato popular, tiene por cometido hacer sufrir a
las masas para concentrar la riqueza en cada vez menores manos.

La realidad, como suele acontecer, es bastante distinta a la que narran los prejuicios
liberticidas. Primero por el hecho nada desdeñable de que, en cierto modo, todos y cada uno
de los seres humanos, desde el más ilustre de los indignados al más despreciable de los
Rockefeller, seamos especuladores: especular viene del latín speculare, es decir, observar con
detenimiento algo. Todos, en nuestro mundano día a día, cuando decidimos comprar un kilo
de manzanas, adquirir un vehículo, invertir en un paquete accionarial o prestarle dinero a
algún Gobierno manirroto, y también cuando decidimos no hacerlo, estamos tomando
decisiones de manera especulativa y contribuimos a la determinación de los precios de
mercado. Al hacerlo, todos vislumbramos con mayor o menor claridad un escenario futuro en
función del cual tomamos nuestras decisiones (las manzanas no me ocasionarán dolor de
estómago y no podré encontrarlas más baratas en otro sitio cercanos; el vehículo no se
estropeará a corto plazo ni aparecerá en el futuro cercano otro modelo mucho mejor y a un
precio más asequible; las acciones se revalorizarán o no caerán sensiblemente; y el Gobierno
manirroto honrará sus compromisos y no impagará sus deudas) y, por consiguiente,
especulamos.

Sin embargo, no pretendo convalidar la actividad especuladora simplemente jugando con las
palabras. Analicemos más en detalle a qué se dedican los especuladores profesionales,
aquellos que por su visibilidad y especialización reciben toda la inquina social. ¿Cuáles son las
funciones fundamentales que desarrolla el especulador profesional? Básicamente las reduciría
a dos que tienen el idéntico propósito de coordinar a los agentes económicos. Por un lado, los
especuladores redistribuyen los bienes o activos interespacial e intertemporalmente. Por otro,
facilitan los intercambios y la acumulación de bienes y activos, dotándoles de un mayor
volumen de negociación e incluso de precio.

Empecemos por la primera de estas funciones. Los especuladores intentan comprar los bienes
o activos cuando o donde están baratos para venderlos cuando o donde estén caros. Gracias a
ello, los bienes se encarecen en aquellos lugares o momentos en los que son relativamente
más sobreabundantes para abaratarlos en aquellos lugares o momentos en los que son
relativamente más escasos. Sin la especulación, las diferencias de precios entre dos puntos
geográficos o temporales distintos serían mucho más abruptas.

Por ejemplo, supongamos que este año en Australia se producen unas brutales malas
cosechas de trigo, mientras que en Estados Unidos tienen lugar unas cosechas excelentes de
este cereal. Sin especulación –en su modalidad particular de arbitraje–, los precios del trigo en
Estados Unidos se derrumbarían, hasta el punto de destinarlo para actividades muy poco
valiosas (alimentar a los cerdos, por ejemplo), mientras que en Australia la gente se moriría de
hambre. Sin embargo, gracias al especulador, quien comprará barato en Estados Unidos para
revender caro en Australia, el precio del trigo tenderá a igualarse internacionalmente y a
destinarse a sus usos más urgentes (que no serán alimentar a los porcinos yanquis, sino a los
ciudadanos australianos).

Lo mismo sucede con la distribución intertemporal de los bienes, si bien en este caso, dado
que el nivel de abstracción es mucho mayor, los efectos de la especulación suelen ser bastante
peor comprendidos. El especulador compra hoy, cuando un bien o activo está barato por ser
sobreabundante, con el propósito de vender mañana, cuando ese mismo bien será bastante
más escaso y por tanto más caro; gracias a ello, encarece el bien o activo en el presente y lo
abarata en el futuro. Sigamos con el ejemplo del trigo: imaginemos que este año ha habido
una cosecha muy cuantiosa en Estados Unidos y que el especulador, gracias a su profundo
conocimiento del campo, del clima o de la demografía (o simplemente por azar), sabe o intuye
que en el futuro serán más escaso que hoy. Por ello, comprará trigo hoy –elevando su precio y
volviéndolo más escaso–, lo almacenará y lo venderá mañana cuando sea más escaso
(abaratando su precio). Y quien habla del abastecimiento de trigo a un año, puede hablar de
vivienda a una década vista o de petróleo a medio siglo vista. Merced a ello, las fluctuaciones
de precios (y de las disponibilidad de bienes) a lo largo del tiempo se reducen muy
sensiblemente, evitando saltos abruptos.

De hecho, el especulador que esté muy seguro de sus previsiones podrá potenciar su actividad
de estabilización de precios pidiendo prestado dinero. Yo puedo saber que los precios subirán
en el futuro, pero si carezco de dinero no podré comprar bienes hoy para venderlos mañana.
En cambio, cuanto más crédito me proporcionen, más bienes presentes podré controlar y, por
tanto, más huella dejarán mis pronósticos sobre el futuro en el presente.

Llegados aquí conviene matizar que la distribución de los bienes que efectúan los
especuladores no tiene por qué basarse únicamente en la estrategia más común de comprar
barato para, después, vender caro. También puede operar en el orden inverso: el especulador
puede empezar vendiendo caro para, después, comprar barato. Imaginemos que el propietario
de un inmueble espera que, en el futuro, se reduzca su precio. La manera de estabilizar
intertemporalmente su oferta y su precio sería enajenarlo hoy (contribuyendo a reducir su
precio) recomprarlo más asequible en el futuro (contribuyendo a incrementarlo).

Y al igual que el especulador podía pedir prestado dinero para comprar mercancías o activos
hoy y revenderlos mañana, también puede pedir prestados los propios bienes o activos para
venderlos hoy y recomprarlos mañana (saldando el préstamo mediante la entrega física de
esos bienes o activos). A esta operación se la suele denominar venta corta. Asimismo, puede
darse el caso, un tanto más radical, de que el especulador venda a plazo bienes que ni posee ni
ha pedido prestados; en tal supuesto, lo que realmente enajena el especulador es el
compromiso de entregar en un momento determinado ese bien o activo; a esta operación se la
conoce como venta al descubierto.

Junto con la distribución espacial y temporal de los bienes, hay que mencionar otra función de
la especulación al menos tan fundamental como la anterior: facilitar el intercambio y la
acumulación de bienes y activos dotándolos de un mayor volumen de negociación e incluso de
precio.

Sin especuladores, una persona sólo podría vender un bien o un activo si encontrara justo en
ese momento a otra persona que deseara comprar ese mismo bien o activo a un precio y en
unas condiciones que beneficiaran a ambos. Así pues, si yo quisiera desprenderme ahora
mismo de 5.721 acciones del Banco Santander, debería encontrar a una persona o grupo de
personas que también ahora mismo quisieran adquirir al menos 5.721 acciones.
Análogamente, si produzco cien mil kilos de naranjas, una vez cosechadas, debería encontrar
rápidamente a un número suficiente de consumidores finales que quisieran adquirirlas.

Es evidente que en un mundo así, los intercambios serían notablemente menores a los
actuales (es costoso encontrar siempre a la contraparte necesaria en el momento deseado) y,
por tanto, la tendencia a acumular grandes cantidades de bienes o de activos de los que nos
querremos desprender en el futuro también sería menor. En otras palabras, las menores
posibilidades de intercambiar bienes y servicios se traducirían en un menor incentivo a invertir
en empresas que los produjeran en gran escala (adiós, pues, a las economías de escala) y,
asimismo, la mayor dificultad para desprenderte de acciones o de bonos a buen precio (por la
falta de contrapartes) también implicaría un menor incentivo a ahorrar e inmovilizar tu capital
en esos instrumentos (de modo que los mercados de capitales se atrofiarían, encareciendo la
financiación empresarial).

Afortunadamente, empero, los especuladores también actúan como intermediarios para


conectar a los dispersos compradores y vendedores finales. Son ellos quienes sirven como
contraparte para comprar o vender cuando pocos más quieren hacerlo. Además, en los casos
extremos en los que nadie más quiera comprar o vender, los especuladores serán los únicos
agentes de mercado que se atrevan a tasar (dar precio) ese bien económico o activo, tanto
para que otros puedan comprarlo (asked price o precio pedido) como para que puedan
venderlo (bid price o precio ofrecido). En pocas palabras, los especuladores, conscientes de
que las órdenes de compra y de venta están distribuidas irregularmente en el tiempo y el
espacio, acumulan inventarios de un bien o activo cuando todos quieren vender y liberan su
inventario cuando todos quieren comprar. La fuente de su beneficio procede, en este caso, de
que –como cuando vamos al banco a obtener divisas– compran el bien o activo más barato de
lo que después lo venden.

Gracias a la función de la creación de mercado, por consiguiente, los especuladores orientan


la valoración de los bienes o activos (en momentos en que nadie más quiere intercambiarlos)
y, sobre todo, les proporcionan un volumen de negociación lo suficientemente amplio como
para que otras personas, al saber que casi en cualquier momento podrán desprenderse de
ellos a buenos precios, ahorren e inviertan en su producción.

En definitiva, los especuladores facilitan enormemente la coordinación de los agentes


económicos llevando, por un lado, los bienes o activos al lugar o momento más valorado y
facilitando, por otro, las operaciones de intercambio y acumulación de estos últimos. Por
supuesto, ese santo patrón del capitalismo que es el especulador puede equivocarse y, en
lugar de estabilizar los precios, puede desestabilizarlos todavía más (comprando cuando él
cree que está barato y teniendo que vender luego todavía más barato o vendiendo cuanto
cree que está caro para recomprar luego todavía más caro), en especial si realiza sus
operaciones vía crédito. Pero no parece muy consistente poner en duda la actividad
especuladora por el hecho de que pueda resultar falible; todo en la vida lo es y no por eso
sometemos a severísimas críticas las relaciones en pareja, las inversiones productivas o el
auxilio caritativo del prójimo. Más que nada porque el especulador se enriquece cuando
acierta, pero se hunde en la miseria cuando fracasa (en ausencia de rescates estatales):
comprar caro para vender barato o vender barato para recomprar caro no parecen los
negocios más lucrativos que uno pueda imaginar, en especial si para llevarlos a cabo te has
endeudado. Otra cosa distinta, y más habitual, es que laceremos a los especuladores cuando
aciertan y porque aciertan; nadie dijo que la verdad fuera un plato sencillo de digerir. Pero,
desde luego, si lo que nos molesta son los errores de la actividad empresarial, inherentes sea
cual sea ésta, lo que deberíamos hacer es sacar a hombros a los especuladores exitosos y
reprimir a los fracasos. Sin embargo, creo que con el mecanismo de mercado es suficiente: que
se forren cuando acierten y se arruinen cuando fallen. Ese sistema de premios y castigos, sin
distorsiones estatales, se me antoja ya más que suficiente.

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