Lengua y literatura - 3er año- Prof.
María Elena Cabrera
Edgar Allan Poe
(Boston, 1809 - Baltimore, 1849)
EL BARRIL DE AMONTILLADO
(“The Cask of Amontillado”, 1846)
Originalmente publicado in Godey’s Lady’s Book (noviembre 1846)
HABÍA YO SOPORTADO hasta donde me era posible las mil ofensas de que Fortunato me hacía objeto, pero cuando se
atrevió a insultarme juré que me vengaría. Vosotros, sin embargo, que conocéis harto bien mi alma, no pensaréis que
proferí amenaza alguna. Me vengaría a la larga; esto quedaba definitivamente decidido, pero, por lo mismo que era
definitivo, excluía toda idea de riesgo. No sólo debía castigar, sino castigar con impunidad. No se repara un agravio
cuando el castigo alcanza al reparador, y tampoco es reparado si el vengador no es capaz de mostrarse como tal a quien lo
ha ofendido.
Téngase en cuenta que ni mediante hechos ni palabras había yo dado motivo a Fortunato para dudar de mi buena
disposición. Tal como me lo había propuesto, seguí sonriente ante él, sin que se diera cuenta de que mi sonrisa
procedía, ahora, de la idea de su inmolación.
Un punto débil tenía este Fortunato, aunque en otros sentidos era hombre de respetar y aun de temer. Enorgullecíase
de ser un connaisseur en materia de vinos. Pocos italianos poseen la capacidad del verdadero virtuoso. En su mayor parte,
el entusiasmo que fingen se adapta al momento y a la oportunidad, a fin de engañar a los millonarios ingleses y austriacos.
En pintura y en alhajas Fortunato era un impostor, como todos sus compatriotas; pero en lo referente a vinos añejos
procedía con sinceridad. No era yo diferente de él en este sentido; experto en vendimias italianas, compraba con largueza
todos los vinos que podía.
Anochecía ya, una tarde en que la semana de carnaval llegaba a su locura más extrema, cuando encontré a mi amigo.
Acercóseme con excesiva cordialidad, pues había estado bebiendo en demasía. Disfrazado de bufón, llevaba un ajustado
traje a rayas y lucía en la cabeza el cónico gorro de cascabeles. Me sentí tan contento al verle, que me pareció que no
terminaría nunca de estrechar su mano.
—Mi querido Fortunato —le dije—, ¡qué suerte haberte encontrado! ¡Qué buen semblante tienes! Figúrate que acabo
de recibir un barril de vino que pasa por amontillado, pero tengo mis dudas.
—¿Cómo? —exclamó Fortunato—. ¿Amontillado? ¿Un barril? ¡Imposible! ¡Y a mitad de carnaval…!
—Tengo mis dudas —insistí—, pero he sido lo bastante tonto como para pagar su precio sin consultarte antes. No pude
dar contigo y tenía miedo de echar a perder un buen negocio.
—¡Amontillado!
—Tengo mis dudas.
—¡Amontillado!
—Y quiero salir de ellas.
—¡Amontillado!
—Como estás ocupado, me voy a buscar a Lucresi. Si hay alguien con sentido crítico, es él. Me dirá que…
—Lucresi es incapaz de distinguir entre amontillado y jerez.
—Y sin embargo no faltan tontos que afirman que su gusto es comparable al tuyo.
—¡Ven! ¡Vamos!
—¿Adónde?
—A tu bodega.
—No, amigo mío. No quiero aprovecharme de tu bondad. Noto que estás ocupado, y Lucresi…
—No tengo nada que hacer; vamos.
—No, amigo mío. No se trata de tus ocupaciones, pero veo que tienes un fuerte catarro. Las criptas son terriblemente
húmedas y están cubiertas de salitre.
—Vamos lo mismo. Este catarro no es nada. ¡Amontillado! Te has dejado engañar. En cuanto a Lucresi, es incapaz de
distinguir entre jerez y amontillado.
Mientras decía esto, Fortunato me tomó del brazo. Yo me puse un antifaz de seda negra y, ciñéndome una roquelaure,
dejé que me llevara apresuradamente a mi palazzo.
No encontramos sirvientes en mi morada; habíanse escapado para festejar alegremente el carnaval. Como les había
dicho que no volvería hasta la mañana siguiente, dándoles órdenes expresas de no moverse de casa, estaba bien seguro de
que todos ellos se habían marchado de inmediato apenas les hube vuelto la espalda.
Saqué dos antorchas de sus anillas y, entregando una a Fortunato, le conduje a través de múltiples habitaciones hasta
la arcada que daba acceso a las criptas. Descendimos una larga escalera de caracol, mientras yo recomendaba a mi amigo
que bajara con precaución. Llegamos por fin al fondo y pisamos juntos el húmedo suelo de las catacumbas de los
Montresors.
Mi amigo caminaba tambaleándose, y al moverse tintinearon los cascabeles de su gorro.
—El barril —dijo.
—Está más delante —contesté—, pero observa las blancas telarañas que brillan en las paredes de estas cavernas.
Se volvió hacía mí y me miró en los ojos con veladas pupilas, que destilaban el flujo de su embriaguez.
—¿Salitre? —preguntó, después de un momento.
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—Salitre —repuse—. ¿Desde cuándo tienes esa tos?
El violento acceso impidió a mi pobre amigo contestarme durante varios minutos.
—No es nada —dijo por fin.
—Vamos —declaré con decisión—. Volvámonos; tu salud es preciosa. Eres rico, respetado, admirado, querido; eres
feliz como en un tiempo lo fui yo. Tu desaparición sería lamentada, cosa que no ocurriría en mi caso. Volvamos, pues, de lo
contrario, te enfermarás y no quiero tener esa responsabilidad. Además está Lucresi, que…
—¡Basta! —dijo Fortunato—. Esta tos no es nada y no me matará. No voy a morir de un acceso de tos.
—Ciertamente que no —repuse—. No quería alarmarte innecesariamente. Un trago de este Medoc nos protegerá de la
humedad.
Rompí el cuello de una botella que había extraído de una larga hilera de la misma clase colocada en el suelo.
—Bebe —agregué, presentándole el vino.
Mirándome de soslayo, alzó la botella hasta sus labios. Detúvose y me hizo un gesto familiar, mientras tintineaban sus
cascabeles.
—Brindo —dijo— por los enterrados que reposan en torno de nosotros.
—Y yo brindo por que tengas una larga vida.
Otra vez me tomó del brazo y seguimos adelante.
—Estas criptas son enormes —observó Fortunato.
—Los Montresors —repliqué— fueron una distinguida y numerosa familia.
—He olvidado vuestras armas.
—Un gran pie humano de oro en campo de azur; el pie aplasta una serpiente rampante, cuyas garras se hunden en el
talón.
—¿Y el lema?
—Nemo me impune lacessit.
—¡Muy bien! —dijo Fortunato.
Chispeaba el vino en sus ojos y tintineaban los cascabeles. El Medoc había estimulado también mi fantasía. Dejamos
atrás largos muros formados por esqueletos apilados, entre los cuales aparecían también barriles y pipas, hasta llegar a la
parte más recóndita de las catacumbas. Me detuve otra vez, atreviéndome ahora a tomar del brazo a Fortunato por encima
del codo.
—¡Mira cómo el salitre va en aumento! —dije—. Abunda como el moho en las criptas. Estamos debajo del lecho del río.
Las gotas de humedad caen entre los huesos… Ven, volvámonos antes de que sea demasiado tarde. La tos…
—No es nada —dijo Fortunato—. Sigamos adelante, pero bebamos antes otro trago de Medoc.
Rompí el cuello de un frasco de De Grâve y se lo alcancé. Vaciolo de un trago y sus ojos se llenaron de una luz salvaje.
Riéndose, lanzó la botella hacia arriba, gesticulando en una forma que no entendí.
Lo miré, sorprendido. Repitió el movimiento, un movimiento grotesco.
—¿No comprendes?
—No —repuse.
—Entonces no eres de la hermandad.
—¿Cómo?
—No eres un masón.
—¡Oh, sí! —exclamé—. ¡Sí lo soy!
—¿Tú, un masón? ¡Imposible!
—Un masón —insistí.
—Haz un signo —dijo él—. Un signo.
—Mira —repuse, extrayendo de entre los pliegues de mi roquelaure una pala de albañil.
—Te estás burlando —exclamó Fortunato, retrocediendo algunos pasos—. Pero vamos a ver ese amontillado.
—Puesto que lo quieres —dije, guardando el utensilio y ofreciendo otra vez mi brazo a Fortunato, que se apoyó
pesadamente. Continuamos nuestro camino en busca del amontillado. Pasamos bajo una hilera de arcos muy bajos,
descendimos, seguimos adelante y, luego de bajar otra vez, llegamos a una profunda cripta, donde el aire estaba tan
viciado que nuestras antorchas dejaron de llamear y apenas alumbraban.
En el extremo más alejado de la cripta se veía otra menos espaciosa. Contra sus paredes se habían apilado restos
humanos que subían hasta la bóveda, como puede verse en las grandes catacumbas de París. Tres lados de esa cripta
interior aparecían ornamentados de esta manera. En el cuarto, los huesos se habían desplomado y yacían dispersos en el
suelo, formando en una parte un amontonamiento bastante grande. Dentro del muro así expuesto por la caída de los
huesos, vimos otra cripta o nicho interior, cuya profundidad sería de unos cuatro pies, mientras su ancho era de tres y su
alto de seis o siete. Parecía haber sido construida sin ningún propósito especial, ya que sólo constituía el intervalo entre
dos de los colosales soportes del techo de las catacumbas, y formaba su parte posterior la pared, de sólido granito, que las
limitaba.
Fue inútil que Fortunato, alzando su mortecina antorcha, tratara de ver en lo hondo del nicho. La débil luz no permitía
adivinar dónde terminaba.
—Continúa —dije—. Allí está el amontillado. En cuanto a Lucresi…
—Es un ignorante —interrumpió mi amigo, mientras avanzaba tambaleándose y yo le seguía pegado a sus talones. En
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un instante llegó al fondo del nicho y, al ver que la roca interrumpía su marcha, se detuvo como atontado. Un segundo más
tarde quedaba encadenado al granito. Había en la roca dos argollas de hierro, separadas horizontalmente por unos dos
pies. De una de ellas colgaba una cadena corta; de la otra, un candado. Pasándole la cadena alrededor de la cintura, me
bastaron apenas unos segundos para aherrojarlo. Demasiado estupefacto estaba para resistirse. Extraje la llave y salí del
nicho.
—Pasa tu mano por la pared —dije— y sentirás el salitre. Te aseguro que hay mucha humedad. Una vez más,
te imploro que volvamos. ¿No quieres? Pues entonces, tendré que dejarte. Pero antes he de ofrecerte todos mis servicios.
—¡El amontillado! —exclamó mi amigo, que no había vuelto aún de su estupefacción.
—Es cierto —repliqué—. El amontillado.
Mientras decía esas palabras, fui hasta el montón de huesos de que ya he hablado. Echándolos a un lado, puse en
descubierto una cantidad de bloques de piedra y de mortero. Con estos materiales y con ayuda de mi pala de albañil
comencé vigorosamente a cerrar la entrada del nicho.
Apenas había colocado la primera hilera de mampostería, advertí que la embriaguez de Fortunato se había disipado en
buena parte. La primera indicación nació de un quejido profundo que venía de lo hondo del nicho. No era el grito de un
borracho. Siguió un largo y obstinado silencio. Puse la segunda hilera, la tercera y la cuarta; entonces oí la furiosa
vibración de la cadena. El ruido duró varios minutos, durante los cuales, y para poder escucharlo con más comodidad,
interrumpí mi labor y me senté sobre los huesos. Cuando, por fin, cesó el resonar de la cadena, tomé de nuevo mi pala y
terminé sin interrupción la quinta, la sexta y la séptima hilera. La pared me llegaba ahora hasta el pecho. Detúveme
nuevamente y, alzando la antorcha sobre la mampostería, proyecté sus débiles rayos sobre la figura allí encerrada.
Una sucesión de agudos y penetrantes alaridos, brotando súbitamente de la garganta de aquella forma encadenada,
me hicieron retroceder con violencia. Vacilé un instante y temblé. Desenvainando mi espada, me puse a tantear con ella el
interior del nicho, pero me bastó una rápida reflexión para tranquilizarme. Apoyé la mano sobre la sólida muralla de la
catacumba y me sentí satisfecho. Volví a acercarme al nicho y contesté con mis alaridos a aquel que clamaba. Fui su eco, lo
ayudé, lo sobrepujé en volumen y en fuerza. Sí, así lo hice, y sus gritos acabaron por cesar.
Ya era medianoche y mi tarea llegaba a su término. Había completado la octava, la novena y la décima hilera. Terminé
una parte de la undécima y última; sólo quedaba por colocar y fijar una sola piedra. Luché con su peso y la coloqué
parcialmente en posición. Pero entonces brotó desde el nicho una risa apagada que hizo erizar mis cabellos. La sucedió
una voz lamentable, en la que me costó reconocer la del noble Fortunato.
—¡Ja, ja… ja, ja! ¡Una excelente broma, por cierto… una excelente broma…! ¡Cómo vamos a reírnos en el palazzo… ja,
ja… mientras bebamos… ja, ja!
—¡El amontillado! —dije.
—¡Ja, ja…! ¡Sí… el amontillado…! Pero… ¿no se está haciendo tarde? ¿No nos estarán esperando en el palazzo… mi
esposa y los demás? ¡Vámonos!
—Sí —dije—. Vámonos.
—¡Por el amor de Dios, Montresor!
—Sí —dije—. Por el amor de Dios.
Esperé en vano la respuesta a mis palabras. Me impacienté y llamé en voz alta:
—¡Fortunato!
Silencio. Llamé otra vez.
—¡Fortunato!
No hubo respuesta. Pasé una antorcha por la abertura y la dejé caer dentro. Sólo me fue devuelto un tintinear de
cascabeles. Sentí que una náusea me envolvía; su causa era la humedad de las catacumbas. Me apresuré a terminar mi
trabajo. Puse la última piedra en su sitio y la fijé con el mortero. Contra la nueva mampostería volví a alzar la antigua pila
de huesos. Durante medio siglo, ningún mortal los ha perturbado. ¡Requiescat in pace!
La sonrisa
Ray Bradbury
La cola se ordenó en la plaza del pueblo a las cinco de la mañana, cuando los gallos cantaban en los lejanos campos
cercados y no había fuegos. En todas partes, entre los edificios ruinosos, había, al principio, restos de bruma, pero ahora
se disipaba ya, con la nueva luz de las siete. Camino abajo, en parejas y tríos, se reunía cada vez más gente para el día de
mercado, el día del festival.
El niño estaba inmediatamente detrás de dos hombres que hablaban en el aire claro, y las voces parecían más altas a causa
del frío. El niño saltaba sobre un pie y otro pie y se soplaba las manos agrietadas y rojas, y observaba las ropas sucias de
los hombres y la larga fila de hombres y mujeres.
— Eh, chico, ¿qué haces levantado tan temprano? — dijo el hombre que estaba detrás.
— Estoy en la cola — dijo el chico.
— ¿Por qué no te haces humo y dejas tu sitio a alguien que sepa?
— No lo molestes al chico — dijo el hombre que estaba adelante, volviéndose de pronto.
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— Era una broma. — El hombre de atrás puso la mano sobre la cabeza del niño. El niño se apartó fríamente. — Sólo que
me pareció raro, un chico levantado tan temprano.
— Este chico entiende de arte, no lo olvides — dijo el defensor del niño, un hombre llamado Grigsby — . ¿Cómo te llamas,
muchacho?
— Tom.
— Tom va a escupir como Dios manda, ¿verdad, Tom?
— ¡Claro que sí!
La risa corrió por la fila.
Más adelante, un hombre vendía tazas resquebrajadas de café caliente. Tom miró y vio la pequeña hoguera y el brebaje
que hervía en una olla oxidada. No era café en realidad. Lo hacían con unas bayas de los prados, y lo vendían a un penique
la taza, para calentar los estómagos; pero no eran muchos los que compraban, no muchos tenían dinero.
Tom miró hacia el frente, hacia la cabeza de la fila, más allá de una combada pared de piedra.
— Dicen que sonríe — comentó.
— Ay, y cómo sonríe — dijo Grigsby.
— Dicen que está hecha de aceite y tela.
— Cierto. Y por eso pienso que no es el original. El original, he oído decir, fue pintado sobre madera hace mucho tiempo.
— Dicen que tiene cuatro siglos.
— Tal vez más. Nadie sabe en verdad en qué año estamos.
— ¡2061!
— Sí, eso dicen, chico. Mienten. Podría ser también el año 30000 5000. Durante un tiempo todo fue aquí muy confuso.
Sólo nos quedan restos y pedazos..
Arrastraron los pies sobre el empedrado frío.
— ¿Cuánto tendremos que esperar para verla? — preguntó Tom, inquieto.
— Unos pocos minutos. La pondrán entre cuatro postes de bronce y cordeles de terciopelo, todo para mantener alejada a
la gente. Y atención, Tom, piedras no; no permiten que le tiren piedras.
— Sí, señor. El sol ascendía en el cielo, calentando el aire, y los hombres se sacaron los abrigos sucios y los sombreros
grasientos.
— ¿Por qué estamos todos aquí en fila? –preguntó por último Tom — . ¿Por qué venimos a escupir?
Grigsby no se volvió, y examinó el sol.
— Bueno, Tom, hay muchas razones. — Buscó distraídamente en un bolsillo desaparecido tiempo atrás un cigarrillo que
no estaba allí. Tom había visto ese movimiento un millón de veces. — Mira, Tom, es el odio. El odio al pasado. Piensa,
Tom. Las bombas, las ciudades destruidas, los caminos como piezas de rompecabezas, los trigales radiactivos que brillan
de noche. ¿No es algo tremendo?
— Sí, señor, creo que sí.
— Así es, Tom. Odias siempre lo que golpea y te destruye. Es la naturaleza humana. Inconsciente, quizá, pero naturaleza
humana al fin.
— Odiarnos casi todas las cosas — dijo Tom.
— ¡Claro ! Toda esa gentuza del pasado que gobernaba el mundo. Y aquí estamos, un jueves por la mañana, con las tripas
pegadas a los huesos, muertos de frío, viviendo en cuevas y otros agujeros semejantes, sin cigarrillos, sin bebidas, sin nada
excepto estos festivales, Tom, nuestros festivales.
Tom recordó los festivales de los últimos años. El año en que rompieron todos los libros en la plaza y los quemaron y la
gente estaba borracha y alegre. Y el festival de la ciencia del mes anterior cuando arrastraron el último automóvil y
echaron suertes y todos los que ganaban tenían derecho a darle un mazazo al automóvil.
— ¿Si recuerdo, Tom, si recuerdo? Cómo no recordarlo, si a mí me tocó hacer añicos el parabrisas, ¿oyes? ¡Y qué ruido
maravilloso, oh Dios! ¡Crash!
Tom oyó cómo el vidrio caía en brillantes montones.
— Y Bill Henderson, a él le tocó romper el motor. Oh, hizo un buen trabajo, Bill es un hombre eficiente. ¡Bam! Pero lo
mejor de todo — rememoró Grigsby — fue aquella vez que destruyeron una fábrica donde intentaban aún producir
aeroplanos. Dios, cómo voló por el aire y qué felices nos sentimos. Y después descubrimos esa fábrica de papel de diario y
el depósito de municiones y volarnos todo al mismo tiempo. ¿Entiendes, Tom?
Tom reflexionaba, perplejo.
— Creo que sí.
Era pleno mediodía. Ahora los olores de la ciudad en ruinas apestaban el aire caliente y unas cosas reptaban entre los
edificios desmoronados.
— ¿No volverá nunca, señor?
— ¿Qué? ¿La civilización? Nadie la quiere. ¡No yo, al menos!
— Yo podría soportar una pequeña parte — dijo un hombre detrás de otro hombre — . Había algunas cosas hermosas.
— No se haga mala sangre — gritó Grigsby — . No hay ninguna posibilidad, además.
— Ah — dijo el hombre detrás de otro hombre — Alguien aparecerá algún día, alguien con imaginación, y la reconstruirá.
Recuerde lo que le digo. Alguien que tenga corazón.
— No — dijo Grigsby.
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— Yo digo que sí. Alguien que tenga un alma para las cosas hermosas. Podría devolvemos una especie de civilización
limitada, donde sería posible la paz.
— Lo primero que habrá será una guerra.
— Pero quizá la próxima vez sea distinto.
Habían llegado al fin a la plaza principal. Lejos, un hombre a caballo venía hacia el pueblo. Llevaba en la mano una hoja de
papel. En el centro de la plaza estaba el área cercada por las cuerdas. Tom, Grigsby y los demás juntaban saliva y
avanzaban, avanzaban preparados y listos, con los ojos muy abiertos. Tom sintió el corazón que le latía con fuerza,
excitado, y la tierra caliente bajo los pies desnudos.
— Ahora, Tom, al vuelo.
Cuatro policías estaban de pie en las esquinas de la zona cercada, cuatro hombres con aros de cuerda amarilla en las
muñecas, y que tenían autoridad sobre los otros. Estaban allí para evitar que arrojasen piedras.
— Así — dijo Grigsby a último momento — todo el mundo siente que tiene su oportunidad, ¿ves, Tom? Vamos, ahora.
Tom se detuvo frente al cuadro y lo miró largo rato.
— ¡Tom, escupe!
El chico tenía la boca seca.
— ¡Vamos, Tom! ¡Adelante!
— Pero — dijo Tom, lentamente — es tan hermosa.
— Vamos, ¡ yo escupiré por ti !
Grigsby escupió y el proyectil voló a la luz del sol. La mujer del retrato sonreía a Tom serenamente, secretamente, y Tom la
miraba con el corazón palpitante, y una especie de música en los oídos.
— Es hermosa — dijo.
— Vamos, adelante, antes que la policía...
— ¡Atención!
Los hombres y las mujeres que le gritaban a Tom, porque no avanzaba, se volvieron hacia el jinete.
— ¿Cómo la llaman, señor? — preguntó Tom, en voz baja.
— ¿Al cuadro? Mona Lisa, Tom, creo. Sí, Mona Lisa.
— Atención, una proclama — dijo el jinete — . Las autoridades decretan que a partir del mediodía de hoy el retrato que
está en la plaza será entregado a manos del pueblo, para que todos participen en la destrucción de...
Tom apenas tuvo tiempo de gritar antes que la multitud lo arrastrase, voceando y golpeando, hacia el retrato. Se oyó el
rasguido de una tela. La policía escapó. La multitud aullaba ahora. Las manos de los hombres eran como pájaros
hambrientos que picoteaban el retrato. Tom se sintió lanzado contra la tela rota. Tendió la mano, imitando ciegamente a
los otros, tomó una punta de la tela pintada, tironeó, sintió que la tela cedía, y cayó, y rodó entre puntapiés.
Ensangrentado, la ropa hecha jirones, vio a las viejas que masticaban trozos de tela, los hombres que destrozaban el
marco, pateaban el cuadro y lo reducían a confeti.
Sólo Tom permanecía aparte, silencioso en el movimiento de la plaza. Se miró la mano, y apretó el trozo de tela contra el
pecho.
— Eh, Tom, ¡aquí! — gritó Grigsby.
Tom, sollozando, echó a correr. Corrió trepando y bajando por los cráteres de las bombas, y llegó a un campo, vadeó un
arroyo, sin mirar atrás, con el puño apretado bajo la chaqueta.
Al atardecer cruzó la aldea. A las nueve llegó ala casa ruinosa de la granja. Del otro lado, en el silo, en la parte que aún se
mantenía en pie, cubierta de lonas, oyó los ruidos del sueño, la familia, la madre, el padre y el hermano. Se escurrió por la
puertita rápidamente, silenciosamente, y se tendió, jadeando.
— ¿Tom? — preguntó la madre en la oscuridad.
— Sí.
— ¿Dónde estuviste? — rezongó el padre — . Ya arreglaremos cuentas mañana.
Alguien le lanzó un puntapié a Tom. El hermano, que se había quedado trabajando la pequeña parcela de tierra.
— Duérmete — gritó la madre, débilmente.
Otro puntapié.
Tom, acostado, recobró el aliento. Tenía la mano contra el pecho, apretada, apretada. Se quedó así, en el silencio, inmóvil,
media hora, con los ojos cerrados.
De pronto notó algo, y era una luz fría y blanca. La luna subía y el rectángulo de luz se movía en el silo y trepaba
lentamente por el cuerpo de Tom. Entonces, sólo entonces, aflojó la mano. Lenta, cautelosamente, escuchando a los que
dormían alrededor, Tom alzó la mano. Vaciló, contuvo el aliento, y entonces, poco apoco, abrió la mano y desarrugó el
trozo diminuto de tela pintada.
Todo el mundo dormía a la luz de la luna.
Y allí, en la mano, estaba la Sonrisa.
La miró a la blanca lumbre del cielo de medianoche. y pensó, una y otra vez, silenciosamente, la Sonrisa, la hermosa
Sonrisa.
La veía aún una hora más tarde, aún después de plegarla y esconderla cuidadosamente. Cerró los ojos y la Sonrisa estaba
allí en la oscuridad. Y seguía estando allí, cálida y dulce, cuando se durmió y el mundo calló y la luna navegó subiendo, y
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descendió por el cielo frío a la luz de la mañana.
Emilio Fernández Cordón
UN ASALTO FÚNEBRE
Del libro CUENTOS PARA MATAR... EL TIEMPO, Eco Ediciones Bs. As., 2006
"Usted que es abogado y conoce mucho el paño tiene que ayudarnos, doctor. Siempre fuimos clientes suyos y nunca le
fallamos, así que le toca a usted quedar bien con nosotros, doctor. El asunto por el que lo molestamos arranca más o
menos a la mitad del mes pasado. Resulta que es tanta la mishiadura que hay por todos lados que, con la banda, ya no
teníamos adónde ir a robar ni a quién. Usted sabe, los de la banda somos cinco: el Potrillo, el Dulceleche, el Dienteroto, el
Gris y yo. Bueno, como le decía, hay tanta malaria en la calle que estábamos sin un mango y no encontrábamos de
dónde surtirnos. Para colmo, usted sabe, cada vez hay más pobres. Y los que tienen algo andan armados, ponen rejas hasta
en las acequias de las casas y alarmas hasta en el tacho de la basura. Bueno, cuando más desesperados andábamos y sin
una moneda para parar la olla, al Gris se le ocurrió la solución: asaltar un velorio. Es decir. buscar en los avisos fúnebres
un muerto rico y caer. Pero, claro, estaba el problema de que ahora los velatorios los hacen en salas del centro y tienen
vigilantes, así que tuvimos que aguantar hasta que apareciera un muerto con plata y lo velaran a domicilio. Pasó un
tiempito hasta que, el otro día, salió en el diario uno que había espichado como los reyes, en cama de lujo y durmiendo. Lo
más importante, gracias a Dios, era que el velorio se lo hacían en la mansión que el punto tenía en Chacras de Coria.
Bueno, el caso es que conseguimos prestadas pilchas finolis y fuimos. Llegamos, pusimos cara de tristes, dijimos que
éramos empleados del pobre santo y nos dejaron entrar. Todo resultó de diez, doctor. Hicimos una fila con los parientes y
figurones que había y les fuimos sacando los billetes, las joyas y hasta los tapados de piel y guardando todo en unos bolsos.
Ni un drama. Los tipos colaboraron sin chistar y no tuvimos que usar los chumbos para nada. Ya nos íbamos cuando al
Gris, cuándo no, le vino la idea de revisar al finado y quitarle el oro y los anillos. Para la falta que le iban a adonde iba, dijo.
Y, mientras todo el mundo protestaba indignado y los hacíamos callar con amenazas, el Gris fue y metió mano en el cajón.
Le estaba chapando el reloj al difunto, Y tironeaba porque estaba ajustado, cuando el coso pegó un grito propiamente de
fantasma y se sentó en el jonca de un solo envión y lo calzó del cuello al Gris que chillaba más que el muerto. Y, bueno,
doctor, lo dejamos al Gris y salimos como gargajo de músico, saltamos la pirca y seguimos corriendo hasta que vimos que
nadie nos perseguía. De ahí, con los lompas mojados por el susto, nos fuimos al aguantadero del Pelado Fernet, usted lo
registra, el que tiene el mate abollado. Bueno, pero lo peor del fato es que con la disparada nos olvidamos de los bolsos y
todo el barullo fue al puro nomás. Al día siguiente, nos pareció más que raro que ni los diarios ni la tele contaran nada del
balurdo que armamos: después nos enteramos del motivo. Y, ahora, doctor, el Gris como subuenhijodemalamadre que es,
no quiere darnos nada. Porque al final, doctor, al Gris le regalaron un toco así de grande de guita y le dieron un puesto en
la bodega y un auto nuevo y hasta un viaje a Europa le van a pagar por haber evitado que al muerto lo enterraran vivo.
Quedó como un héroe el Gris, doctor. Por eso es que estamos aquí, doctor. Dígame, nosotros, los de la banda que no
ligamos nada del robo, por casualidad y usted que sabe de estas cosas, doctor... ¿no podríamos hacerle un juicio al Gris
para que nos dé la parte que nos corresponde de las ganancias?".
Médium
Pío Baroja
Soy un hombre intranquilo, nervioso, muy nervioso; pero no estoy loco, como dicen los médicos que me han reconocido.
He analizado todo, he profundizado todo, y vivo intranquilo. ¿Por qué? No lo he sabido todavía.
Desde hace tiempo duermo mucho, con un sueño sin ensueño; al menos, cuando me despierto, no recuerdo si he soñado;
pero debo soñar; no comprendo por qué se me figura que debo soñar. A no ser que esté soñando ahora cuando hablo; pero
duermo mucho; una prueba clara de que no estoy loco.
La médula mía está vibrando siempre, y los ojos de mi espíritu no hacen más que contemplar una cosa desconocida, una
cosa gris que se agita con ritmo al compás de las pulsaciones de las arterias en mi cerebro.
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Pero mi cerebro no piensa, y, sin embargo, está en tensión; podría pensar, pero no piensa… ¡Ah! ¿Os sonreís, dudáis de mi
palabra? Pues bien, sí. Lo habéis adivinado. Hay un espíritu que vibra dentro de mi alma. Os lo contaré:
Es hermosa la infancia, ¿verdad? Para mí, el tiempo más horroroso de la vida. Yo tenía, cuando era niño, un amigo; se
llamaba Román Hudson; su padre era inglés, y su madre, española.
Le conocí en el Instituto. Era un buen chico; sí, seguramente era un buen chico; muy amable, muy bueno; yo era huraño y
brusco.
A pesar de estas diferencias, llegamos a hacer amistades, y andábamos siempre juntos. Él era un buen estudiante, y yo,
díscolo y desaplicado; pero como Román siempre fue un buen muchacho, no tuvo inconveniente en llevarme a su casa y
enseñarme sus colecciones de sellos.
La casa de Román era muy grande y estaba junto a la plaza de las Barcas, en una callejuela estrecha, cerca de una casa en
donde se cometió un crimen, del cual se habló mucho en Valencia. No he dicho que pasé mi niñez en Valencia. La casa era
triste, muy triste, todo lo triste que puede ser una casa, y tenía en la parte de atrás un huerto muy grande, con las paredes
llenas de enredaderas de campanillas blancas y moradas.
Mi amigo y yo jugábamos en el jardín, en el jardín de las enredaderas, y en un terrado ancho, con losas, que tenía sobre la
cerca enormes tiestos de pitas.
Un día se nos ocurrió a los dos hacer una expedición por los tejados y acercarnos a la casa del crimen, que nos atraía por
su misterio. Cuando volvimos a la azotea, una muchacha nos dijo que la madre de Román nos llamaba.
Bajamos del terrado y nos hicieron entrar en una sala grande y triste. Junto a un balcón estaban sentadas la madre y la
hermana de mi amigo. La madre leía; la hija bordaba. No sé por qué, me dieron miedo.
La madre con su voz severa, nos sermoneó por la correría nuestra, y luego comenzó a hacerme un sinnúmero de preguntas
acerca de mi familia y de mis estudios. Mientras hablaba la madre, la hija sonreía; pero de una manera tan rara, tan rara…
-Hay que estudiar -dijo, a modo de conclusión, la madre.
Salimos del cuarto, me marché a casa y toda la tarde y toda la noche no hice más que pensar en las dos mujeres.
Desde aquel día esquivé como pude el ir a casa de Román. Un día vi a su madre y a su hermana que salían de una iglesia,
las dos enlutadas; y me miraron y sentí frío al verlas.
Cuando concluimos el curso ya no veía a Román: estaba tranquilo: pero un día me avisaron de su casa, diciéndome que mi
amigo estaba enfermo. Fui, y le encontré en la cama, llorando, y en voz baja me dijo que odiaba a su hermana. Sin
embargo, la hermana, que se llamaba Ángeles, le cuidaba con esmero y le atendía con cariño; pero tenía una sonrisa tan
rara, tan rara…
Una vez, al agarrar de un brazo a Román, hizo una mueca de dolor.
-¿Qué tienes? -le pregunté.
Y me enseñó un cardenal inmenso, que rodeaba su brazo como un anillo.
Luego, en voz baja, murmuró:
-Ha sido mi hermana.
-¡Ah! Ella…
-No sabes la fuerza que tiene; rompe un cristal con los dedos, y hay una cosa más extraña: que mueve un objeto cualquiera
de un lado a otro sin tocarlo.
Días después me contó, temblando de terror, que a las doce de la noche, hacía ya cerca de una semana que sonaba la
campanilla de la escalera, se abría la puerta y no se veía a nadie.
Román y yo hicimos un gran número de pruebas. Nos apostábamos junto a la puerta…, llamaban…, abríamos…, nadie.
Dejábamos la puerta entreabierta, para poder abrir en seguida… ; llamaban…, nadie.
Por fin quitamos el llamador a la campanilla, y la campanilla sonó, sonó…, y los dos nos miramos estremecidos de terror.
-Es mi hermana, mi hermana -dijo Román.
Y, convencidos de esto, buscamos los dos amuletos por todas partes, y pusimos en su cuarto una herradura, un
pentagrama y varias inscripciones triangulares con la palabra mágica: «Abracadabra.»
Inútil, todo inútil; las cosas saltaban de sus sitios, y en las paredes se dibujaban sombras sin contornos y sin rostro.
Román languidecía, y para distraerle, su madre le compró una hermosa máquina fotográfica. Todos los días íbamos a
pasear juntos, y llevábamos la máquina en nuestras expediciones.
Un día se le ocurrió a la madre que los retratara yo a los tres, en grupo, para mandar el retrato a sus parientes de
Inglaterra. Román y yo colocamos un toldo de lona en la azotea, y bajo él se pusieron la madre y sus dos hijos. Enfoqué, y
por si acaso me salía mal, impresioné dos placas. En seguida Román y yo fuimos a revelarlas. Habían salido bien; pero
sobre la cabeza de la hermana de mi amigo se veía una mancha oscura.
Dejamos a secar las placas, y al día siguiente las pusimos en la prensa, al sol, para sacar las positivas.
Ángeles, la hermana de Román, vino con nosotros a la azotea. Al mirar la primera prueba, Román y yo nos contemplamos
sin decirnos una palabra. Sobre la cabeza de Ángeles se veía una sombra blanca de mujer de facciones parecidas a las
suyas. En la segunda prueba se veía la misma sombra, pero en distinta actitud: inclinándose sobre Ángeles, como
hablándole al oído. Nuestro terror fue tan grande, que Román y yo nos quedamos mudos, paralizados. Ángeles miró las
fotografías y sonrió, sonrió. Esto era lo grave.
Yo salí de la azotea y bajé las escaleras de la casa tropezando, cayéndome, y al llegar a la calle eché a correr, perseguido por
el recuerdo de la sonrisa de Ángeles. Al entrar en casa, al pasar junto a un espejo, la vi en el fondo de la luna, sonriendo,
sonriendo siempre.
Lengua y literatura - 3er año- Prof. María Elena Cabrera
¿Quién ha dicho que estoy loco? ¡Miente!, porque los locos no duermen, y yo duermo… ¡Ah! ¿Creíais que yo no sabía esto?
Los locos no duermen, y yo duermo. Desde que nací, todavía no he despertado.
FIN