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Dulce tortura

EPISODIO 2

Jenifer Demichelis
Índice
Ahora es mi turno
Una visita sorpresa con una declaración
El evento
Pensando en todo esto
El club
Ahora es mi turno

Luego de la reunión que Jessica había tenido con Alessandro, su novio,


amigo, o esa persona especial que había conocido en sus clases de la
universidad, luego que le hizo el amor de esa manera tan descarnada y
apasionada, de meterla en la cama, en el balcón, de rociarle cera de vela y
hacerla gritar de placer.
Cuando desapareció por alguna razón que aún no sabemos y cuando
aparece como aterrizado en la fiesta, pues le viene el turno a Jessica de
follarse a Alessandro y demostrarle que ella también sabe llevar las
riendas del placer.
Luego que tienen todo acomodado, cuando Esmeralda y Alondra se han
esfumado y la casa parece estar sola para ellos dos. Pues ellos están allí,
excitados, deseosos el uno del otro.
—Muchas veces he imaginado mi miembro en tu boca, ahogándote en
él, con tu cabello sobre mí, en mi piel, tus labios abrazando el tronco de
mi hombría y llenándome de placer.
—¿Sí?
—Siempre.
Rozó el dedo pulgar en sus labios y ella sintió una oleada de placer
porque le venían recuerdos de cuando él la poseyó días atrás.
—Harás lo que quieras de mí, pero te diré cómo hacerlo —Dijo
Alessandro— te guiaré.
Ella no le disgustó la idea, más bien le encantó, así estaría segura de
cumplir con la misión para con su hombre.
Se dieron un beso, apasionado, con sus lenguas encontrándose en cada
instante, luego le susurró
—Llévame a tu cama Jessica, soy todo tuyo.
Le tomó de la mano, entrelazando los dedos y lo guió, por dentro
respiraba profundo para mantenerse firme y no ceder a los nervios. Al
entrar al cuarto, encendió las luces y miró a su hombre, este la besó,
desabrochó la ropa de ella y la desnudó en pocos movimientos.
—¿No era yo la que tendría el control?
—Lo tendrás, pero desnuda, me encanta ver toda tu piel, me excita más.
A ella le excitó sobremanera lo que él hizo. Lo miró, tocó la tela de su
camisa y le dijo
—Fuera.
Él se la sacó, dejando sus pectorales y cuerpo hermoso ante sus ojos.
—Pantalones.
Se los quitó, dejando a la luz esas piernas hermosas que había palpado
días atrás. Tenía un bóxer blanco, que marcaba todo su paquete, era
increíble que ya estuviera así de excitado si ni siquiera habían comenzado
a hacer nada.
Este hombre era increíble, no tenía el cuerpo de un semental pero
estaba definido de tal forma que cualquier parte de él era increíblemente
hermosa. el cuerpo de Jessica gritaba a gritos que lamiera ese hombre
desde la cabeza a los pies, sin despreciar ni un solo centímetro de él.
—Da una vuelta completa.
Él obedeció.
—Más lento.
Lo hizo con un pequeño baile, suave y sensual.
Su espalda era otro deleite, amplia, musculosa, fornida, definida como
para abrazarse a ella en un naufragio. Su culo, redondo, duro, perfecto, era
para morderlo con fuerza y nalguearlo. Tenía unos vellos delicados en los
muslos, sutiles y hermosos. No era el típico hombre peludo.
Se acercó, beso suavemente su espalda, lamiendo por donde quiso, le
abrazó, colocando las manos sobre su pecho, sintiendo esa piel tersa y
hermosa, descendió lentamente hasta llegar al bóxer y apretó ligeramente
el paquete que gritaba por ser liberado, Alessandro dio un respingo y su
respiración se agitó levemente.
—A la cama, ahora. Ponte cómodo que esto va para largo.
—Aprovecha, que no siempre estoy así de dócil.
Le sacó el bóxer, tomó el miembro con una mano y con la otra le rodeó
los testículos.
—Hay algo que toca drenar porque está muy lleno.
—De acuerdo, yo soy todo tuyo, pero ten presente que todo lo que me
hagas, te lo haré yo a ti.
—Ni lo pienses.
Esperaba que el hombre se metiera a la cama sensualmente, que le
llorara de deseo el sexo con ello, pero no, entró normal, como si nada. Ella
se extrañó, sintió que algo iba mal.
—Si quieres te vistes y te vas a casa —le dijo ella.
Él se puso de pie, sorprendido por esa actitud.
—Podrías mostrar motivación por lo que estamos a punto de hacer,
digo, no sé.
Ella hizo que se iba pero de inmediato las manos del hombre la
tomaron y le besó el cuello.
—Perdona, amor, es que yo estoy acostumbrado a llevar el rol entonces
me siento extraño, pero no quiero estar en ninguna otra parte ahora mismo,
solo contigo. Ella lo miró y lo besó con uno de esos besos apasionados que
ya se conocían en su lenguaje único.
Ella lo llevó poco a poco hasta la cama, quedó sobre él y comenzó a
besarlo como se le dio la gana. Ese hombre ya de por sí besaba
increíblemente bien, entonces el que ella lo besara era una experiencia
más erótica todavía. Los besos fueron dejando esa pasión tan grande y
pasaron a ser suaves, más delicados, pero llenos de pasión, sin duda, era el
encuentro de dos almas que se saben juntas y que tienen rato y paciencia
para dedicarse.
—Amo tu boca —dijo ella.
Ella le tocó el cabello y separó levemente los brazos, para besarlo en el
cuello y en cuanta posición consiguiera para explorar y sentirlo
totalmente. Consiguió pequeños lunares que se detuvo a explorar, a tocar,
vio alguna pequeña cicatriz, que según le dijo luego él, eran parte de su
infancia divertida, jugando en el campo.
Ella siguió explorando.
—Aunque dices que tengo un buen cuerpo, así, no puedo evitar sentir
que estoy a merced que descubrirás todo de mí, eso me hace sentir…
extraño.
—Por eso te dio un poco de pudor.
—Además de que cuando me tocas, ya me hago gelatina, y no tengo
control sobre mí.
Él era totalmente hermoso, de eso no había duda, era una tontería que
se sintiera menos con esa belleza de cuerpo que tenía. Besó cada lunar, en
detalle, recorriéndolo, estudiándolo, su boca aunque era algo calmado,
estaba lleno de mucha tensión sexual, de una espera a ver qué venía
después.
Era un encuentro íntimo, el abdomen de él se contraía ante cada caricia
de ella, ante cada regalo de pasión. Los pezones masculinos eran
hermosos, redondos, sin esas deformidades que tienen algunos, sino
definidos y perfectos.
Ella los lamió, los mordió, los chupó, los apretó, todo suave, un poco
fuerte, causando un poco de dolor, pero ese dolor rico, que apasiona.
—Me encantan esos pezones y lo sensibles que son —dijo ella mientras
seguía lamiendo y mordiendo y el hombre respiraba con fuerza, excitado.
Se entretuvo en sus brazos, con los antebrazos, besándolos,
lamiéndolos, estudiándolos en detalle sin dejar un solo espacio por
recorrer.
Luego de hacer el recorrido por los brazos, él la miró
—¿Has acabado?
—En absoluto, aún me faltan las piernas y otras partes más.
Comenzó a bajar, su lengua fue dibujando un hilo húmedo hasta llegar
al miembro, el cual lamió y se metió en la boca.
Él la detuvo, la subió, le dio un beso violento y le do una nalgada
fuerte.
—¿Por qué haces eso?
—No quiero acabar así, aún no. No quiero que esas manos maravillosas
que tienes me hagan correrme y desperdiciar ese néctar, cuando bien
podría acabar en tu boca.
Ella se acostó y él se puso arriba pero a un lado, de rodillas, ella abrió
las piernas y lo miró, su miembro tenía gotas preseminales. Estaba
sumamente excitado, la erección parecía que iba a reventar.
—Gírate —le ordenó él.
Ella obedeció, ahora le pidió que pusiera los brazos en la espalda. Él se
dedicó a acariciar cada centímetro de su cuerpo, la espalda, los brazos
desde los hombres hasta los dedos, lo hacía con mucha delicadeza,
detallando cada milímetro, apenas rozándola para hacerla más apasionada.
Luego, sin preguntar, tomó un pañuelo de ella y la ató con fuerza, ella
tampoco opinó, solo se preguntó cómo es que esto podía ponerla tan a
millón, cómo es que esa simple caricia la hacía volar por los aires de
placer.
—Ahora quiero que te arrodilles. —Le ordenó él.
A ella se le secó la boca y el pulso se le aceleró. Se mantuvo en
equilibrio y obedeció a su hombre. Él se puso frente a ella, de pie y le
colocó la polla, enorme en su cara.
—Chupa —Le ordenó.
Ella, acercó la lengua, y comenzó a hacer círculos sobre el glande. Por
la hendidura y por donde se estrechaba, dedicada al momento, al placer
que le provocaba este hombre.
—Abre bien esa boca —Le ordenó él.
Ella obedeció y de inmediato la punta entró, succionando. Degustando
completamente de él.
—Así es, negrita, tus manos no tienen nada que hacer aquí, solo tu boca
es la protagonista de este momento único entre tú y yo. Quiero que me
hagas enloquecer como lo hiciste con tus manos y tu boca hace un
momento.
A ella le sorprendió saber que lo había vuelto loco en la cama no
imaginaba que había sido tan buena.
El músculo tan rígido, caliente y sedoso se deslizaba por la humedad de
su boca, por lengua, cuando lo mordía suavemente sentía como su hombre
daba un respingo y gemía, ese sabor y ese aroma lo recordaría por el resto
de su vida.
La sensación resbaladiza que le daba a Alessandro, que estaba lleno de
placer disfrutando mucho no le causaba ninguna envidia, porque su sexo
estaba húmedo, el clítoris inflamado y sensible, goteaba. Ella sabía que
Alessandro cumpliría, por lo tanto aceleró el ritmo y succionó, sabía que
esto lo haría estallar y no podría controlarlo.
—Deseo meterla toda hasta tu garganta y que mi néctar termine en tu
boca, pero más deseo estar dentro de ti, hasta los testículos y que grites mi
nombre mientras te cabalgo. ¿Si toco tu templo estará mojado y listo para
mí?
Ella asintió.
—Tú también tienes que correrte, así que ponte de pie, inclinate en la
cama porque te voy a dar como nunca.
Ella obedeció, se puso de pie y se acomodó en la posición ordenada.
Ella se sentía llena de mucho placer porque acababa de llevar casi al
orgasmo a su hombre, la había detenido porque le faltaba poco para acabar.
La mano de él llegó a su humedad y soltó un bufido de placer al saber que
ella estaba así de mojada. La abrió un poco más y la penetró de un solo
envite, hasta el fondo. Una oleada de placer con dolor la invadió. Ella
estaba muy cerca de acabar, y el bombeo de las caderas de él no hacían
más que aumentar ese deseo, esas ganas, ya no buscaba llegar, buscaba
aguantar un poco más porque si cedía, terminaría a chorros.
Ella se inclinó un poco sobre la cama, y él empujó su clítoris contra el
colchón para que en cada embestida sintiera la fricción. Aferró sus caderas
y las deslizó sobre la sábana para tener un contacto más mientras la
penetraba con más fuerza.
Había intentado aguantar, pero no pudo, gritó en una corrida épica,
deliciosa, como solo Alessandro se las podía dar.
Por un momento un zumbido la sumergió, se quedó perdida en su nube
placentera, cuando volvió en sí quiso levantarse y no pudo, Alessandro la
tenía por los brazos.
Se besaron y él le desató las manos mientras seguían dándose un beso,
la forma en la que la desató fue amorosa. Ella lo sentía así, pero a la ve
sentía que todo esto no era amor, solo lujuria, solo una conexión sexual
increíble.
La acostó y la acarició desde el cuello, bajó, con su mano entera le
tomó los senos, los acarició con una leve fuerza, siguió bajando por el
vientre, el monte de venus, las caras internas de los muslos, subió, quería
absorber en sus manos todas las turgencias de su cuerpo.
Ella se sentía flotar ante las manos de él, que la acariciaban con esa
suavidad, esa entrega.
—Amo tu piel —le dijo— ese tono de crema de chocolate, me hundiría
en ella para siempre. Es la piel más suave que he acariciado.
Tienes tanto que explorar y besar —le dijo— es suave, con lunares
oscuros como pequeñas uvas pasas, la textura, el cambio del tono cuando
llega a tu templo, a ese lugar que tanto placer me da.
—Eso es porque me he cuidado toda la vida, además, la piel de esta
negra nació así y las cremas, el acicalarme y quererme, han dejado el
resultado que ahora tienes en tus manos.
—Pues es perfecto ese resultado, porque me encanta.
Él la siguió acariciando pero notó que ella se había quedado seria.
—¿Qué sucede?
—Pensando en mi vida. Siempre he actuado según las reglas que
impone la sociedad, mis padres y todo. Cuando en realidad me he perdido
tanto por vivir, por disfrutar de lo que sería hoy. Esto que me das, antes,
para mí sería algo pecaminoso, una bajeza
—¿Nunca rompiste reglas?
—Graves no, cosas tontas. Pero esto, hace años me hubiera cohibido y
no te habría vuelto a hablar, pero solo porque deseaba comerte totalmente.
Pero yo quería cometer cosas moralmente vetadas.
Él sonrió.
—Qué cosas te digo en la cama.
—Me encanta conocer de ti.
—Odio comer sola.
—¿Por qué?
—Mi abuela comía conmigo hasta mis quince años, todos los días, pero
un día, murió, la ley de la vida, eso me rompió y de allí nadie estuvo en mi
mesa, y cuando debo comer sola me pongo mal, no me gusta, me deprime.
En su mente se cruzó que le gustaría conocerle más a él a ese hombre
tan hermético, que no soltaba prenda, pero que era increíble, aunque eso la
incomodaba, por qué era tan superficial en su información personal.
Quisiera conocerle más y eso le causaba un corto circuito.
—La otra semana tengo que ir a un evento. No quería ir, pero si vienes
conmigo sería tolerable. ¿Vienes?
—Claro. Me encantaría.
—Hecho entonces.
—¿Seré tu cita?
—Si quieres.
—Claro, lo deseo.
—Es un hecho entonces.
Ella se quedó seria.
—¿Qué pasa? —Le preguntó.
—Nada, pensaba que no querías que nadie supiera de mí.
—¿Por qué no?
—No lo sé.
—Yo no soy de salir con mujeres y no, no me mires así. Solo que
cuando lo hago es porque de verdad me importa la mujer y tú me importas
y no juego ¿de acuerdo?
Ella asintió.
—Lo que me sorprende es que un hombre que sale con tan pocas
mujeres sea tan bueno en la cama.
—Vale, sí, he tenido cosas con mujeres pero no pasa de más de dos
noches y siempre sin compromiso, además, siempre uso preservativo y
hace poco me hice exámenes, si quieres los repito para que seas feliz.
—Bueno. Me gustaría y quiero que mientras sigamos, seamos
exclusivos. Sin nadie más.
—Estoy de acuerdo.
Una visita sorpresa con una declaración

—Anoche no dejaste dormir —Le dijo Alondra cuando la vio salir en la


mañana, con el pelo desordenado y hecha una maraña. Alessandro se había
ido rato antes.
—¿Mucho ruido?
—Temí que viniera el portero a reclamarnos por los ruidos o llamara a
la policía a ver si es que mataban a alguien en la habitación. Qué envidia,
me pusiste con esos gemidos de placer.
—Y a mí —Dijo Esmeralda, que entró con una sonrisa pícara y
traviesa, curiosa por escuchar más de lo que había sucedido—, cuenta
todo, ¿cómo fue?
—Eres muy chica para que te cuente eso.
—Si supieras todo lo que conozco en teoría claro, no te privarías.
—Sigue con la teoría, no te contaré. —sorbió una taza de café mientras
intercambio una mirada graciosa con Alondra.
—No hay que esperar que cuente mucho —dijo Alondra— con lo que
escuchamos es más que suficiente para saber que lo pasó pipa.
—Pues sí.
—Sí y el final mejor, tenemos una cita la otra semana, a un evento.
—¿Ah sí? —Preguntó Alondra.
—Sí, algo llamado International Art no sé qué.
—¿Al International Art Exposition?
—Creo que sí.
—Me cag… ese es el evento más importante de arte de la ciudad, es
donde se reúnen los más grandes artistas del país, allí solo entra gente
exclusiva. Joder, cómo ese tío puede entrar a eso.
—Vaya.
—Allí se reúnen los más importantes artistas, y se cierran negocios con
obras por millones de euros. Joder, no sabes dónde estás parada.
—Te has ligado a un tío guapo, que folla bien y que está bien
relacionado. Te has ganado el gordo —Dijo Esmeralda.
Tocaron a la puerta y Esmeralda fue a abrir, era, Asdrúbal.
—¿Cómo están mis perras? —Preguntó mientras entraba y las saludaba
a cada una.
—Bien, súper, pero ahora ando flipando con algo que te voy a contar y
te pondrá a flipar también —Dijo Alondra.
—A ver, suelta.
—A esta niña que ves aquí la invitaron al International Art Exposition.
—¿Qué? Vaya mi negra, eres una afortunada. ¿Qué viejo arrugado te
invitó?
—Eso es lo mejor —dijo Alondra de nuevo—, fue el muñecote que se
la está follando.
—¿El grandote?
—Ese.
—Vaya que eres suertuda.
—Ah, ustedes exageran —Dice Jessica.
—¿Exageramos? Si este es el evento más importante del país en tema
de arte. —Dijo Alondra.
—Y no solo es eso, si la hubieras escuchado anoche —dijo Esmeralda,
para meterle más candela al asunto.
—Ajá.
—No dejó dormir.
—Guapo, con dinero, bien relacionado y además trasnochas a los
vecinos porque te pone a aullar. Joder contigo, te envidio.

Días después, en la universidad, cuando iban a salir de clases él le


pregunta que si puede ir para su casa esa noche, a visitarla, que llegará un
poco tarde pero que quiere verla. Ella asiente.
Esa noche se pone un vestido que la hace sentir hermosa y va en
dirección a su apartamento, cuando llega, allí no le recibe él sino su
mucama, la señora de servicio.
—Hola, niña, Alessandro no está pero me pidió que la dejara aquí
mientras viene.
—De acuerdo.
A ella no le gustaba la idea de quedarse en ese piso sola, pero no podía
hacer otra cosa.
—Él vendrá más tarde.
—Bien.
La mujer se fue, dejándola en el piso, pero antes de cerrar la puerta, le
echó una mirada con ira, como si le molestara la presencia de ella allí,
como si desconfiara de dejarla sola en el piso.
Caminó por la casa, fue a ver la pared donde planeaba hacer el diseño
de las mariposas, salió al balcón y vio algunas de las plantas, flores,
algunas exóticas y bellas que nunca había visto, se preguntó cada tanto se
secarían.
Se acostó en la tumbona donde días antes su hombre le había dado
mucho placer, cerró los ojos y disfrutó de la noche.
Abrió los ojos cuando sintió una presencia, allí de pie, estaba
Alessandro contemplándola.
—Llegaste amor mío.
—Aún no llego. Pronto lo haré en ti.
—¡Vaya!
—Tengo los exámenes. Estoy limpio, como te dije.
—Eso me gusta.
—Quiero que te quites toda esa ropa, porque tengo muchas cosas para
hacerte hoy.
Eso la puso mucho. Ella se puso de pie y se desnudó totalmente frente a
él, lentamente, mirándolo.
Él se acercó, olió su cuello, su cabello y estuvo muy cerca, ella se
excito solo con su presencia, con su imponencia.
—Puedo oler el elixir entre tus piernas, el que me llama para que le
pase mi lengua y me lo devore hasta que estalles —dijo él.
Ella se excitaba demasiado con esas palabras lo deseaba totalmente.
La acostó en la tumbona y con el dedo pulgar la acarició desde arriba
hasta abajo el hueso púbico, bajó un poco más, como viéndose al borde de
un precipicio húmedo y caliente, pero no entró.
Todo esto la ponía, apretó sus muslos.
—Calma, fiera, voy para allá, la calmaré en un momento.
—Lo deseo.
—Pero primero harás algo, pon las manos en el suelo y coloca la parte
interna de los brazos contra las patas de la tumbona. No te vayas a mover.
Él comenzó a acariciarle el brazo, suavemente, con la punta de los
dedos, ella se erizó toda con eso.
Luego de esto tomó un lazo para cada brazo y la ató, haciendo un poco
de daño, pero sin que fuera algo insoportable.
—¿Te molestan?
—Están bien, puedo soportarlo, confío en ti.
—De acuerdo, entonces no te muevas.
—¿Qué planeas Alessandro?
—Tú disfruta del viaje.
Ella suspiró.
La boca de él se puso en el pezón, suave, lo lamió y le dio un suave
mordisco. Este se puso rígido, pidiendo más.
—¿Te gusta?
Ella asintió.
—Responde con palabras.
—Me encanta, me excita.
Lo lamió con pasión, con la fuerza suficiente para que ella se retorciera
de placer.
—TE voy a comer ese coño, y todo ese néctar hasta que me trague la
última gota, pero te mueves de un modo que temo que huyas.
Sus pies estaban fuera de la tumbona, estirada, tomó las piernas y la
puso encima de la tumbona y esto la hizo abrirse como una flor mostrando
ese coño hermoso.
—Amo ese coño mojado.
Cuando le hablaba sucio le encantaba más, le excitaba.
Le puso un cojín en la parte baja de la espalda y esto levantó más la
pelvis para que quedara más a la altura de su boca, ella pensó en esto y se
excito más. Sabía lo que venía.
La lengua comenzó, desde la hendidura hasta el clítoris. Ella se
estremeció y dobló la punta de los dedos. Él sonrió.
—¿Me has pensado mucho, Jessica?
Ella asintió.
—Responde con voz. ya te lo advertí antes.
—Sí, mucho, mucho, te he pensado demasiado.
—¿Pensaste en mí pasándote la lengua por ese coño delicioso? —dicho
esto se sumergió en su hendidura y comenzó a lamer, ella no respondió,
solo soltó un gemido largo y movió la pelvis, excitada, sedienta.
Paró, mordió los muslos de ella en la cara interna.
—Debes respirar, porque si acabas y te desmayas, tendré el honor de
decir que te hice correr hasta que perdiste la consciencia.
Hora, Alessandro le lamió el clítoris, luego beso con delicadeza la parte
de la carne, un tierno giro de la lengua luego de una succión, exploró el
coño completamente y lo exploró como lo había hecho muchas veces con
su boca. Era un encuentro intenso, que la hacía retorcerse y gemir. No
debía pensar mucho en que tenía que concentrarse para acabar, contaba
con eso. La sensación comenzó detrás del coxis y ascendió, le temblaron
los músculos del estómago, los pezones se convirtieron en roca y
Alessandro siguió, guiando el barco y cuando la primera oleada la golpeó,
ahogó un grito, y cada palpitación la hizo electrocutarse por dentro. Todo
gracias a la boca de él.
Cuando todo el río cesó, se vio resucitando. Miró a Alessandro que
seguía entre sus piernas.
—Vamos con otro. —Dijo él y volvió a succionarla. Y el otro orgasmo
llegó tan rápido que la sorprendió acabó con otro grito de placer. No
entendía cómo había podido disfrutar tanto de esa experiencia.
—No me cansó de ti, mi negrita, podría hacerte el amor por siempre.
—Quiero darte placer también, amor mío.
—Hoy solo se trata de ti, así que disfruta y no te preocupes.
Luego la besó, apasionado.
—Siempre se trata de mí.
—Bueno, las mujeres se quejan de que siempre quieren que sean ellas y
ellas porque los hombres las descuidan, te doy lo que piden a gritos y
entonces te quejas.
—Así somos.
—Ya veo.
—Recuerda, nosotras siempre buscamos el príncipe azul, y cuando una
lo consigue, como sucedió con Harris, nos casamos, tenemos un hijo en la
realeza, entonces al príncipe azul le quitamos la corona y nos hacemos
simples mortales.
—¿Hablas de la Markle?
—Sí.
—Pues tienes razón, pero bueno, esta vez, igual es para ti el placer,
disfrutalo y obedece mis órdenes.
—¿No va a estar dentro de mí?
—Claro que lo estaré.
Dicho esto, se acomodó y comenzó a penetrarla. Cuando estuvo
totalmente dentro de ella, colocó las manos en los reposabrazos, y
comenzó a bombear. Ella rodeó sus piernas en la espalda de él y la
penetración se hizo más deliciosa.
Se besaron de una forma especial, la boca jugó, le clavó los dientes en
el labio y las respiraciones se mesclaron, en los pulmones de ambos. Se
miraban a los ojos mientras se penetraban, todo el universo no existía,
ellos eran el universo que se encontraba en ese momento, el mundo podía
arder, o ardía en ese momento en el sexo de ambos.
Los envites fueron más fuertes, más superficiales.
—Quiero sentir las paredes de tu coño cerrándose en mi polla —dijo él.
—Dilo de nuevo.
Él se acercó a su oído y le dijo:
—Estás tan empapada, tan caliente, que muero por sentir cómo aprietas
mi polla y gritas mientras acabas delicioso. Quiero que lo aprietes y
exprimas hasta la última gota de mi sexo. Haz que eso suceda, anda,
hazme acabar.
—Todo lo que quieras lo que me pidas, lo que necesites, es tuyo, soy
tuya Alessandro, totalmente.
Cerró los músculos de su vagina y Alessandro perdió el control, la
penetró con más fuerza mientras le hacía girar las caderas, se sumergió lo
más profundamente posible y con una serie de muchas embestidas se
quedó inmóvil mientras su miembro acababa totalmente dentro de ella.
Ella sintió la sola de calor en su interior, cada que cerraba los músculos
sentía que el punto G se activaba y le daba corrientazos de placer.
Alessandro se sumergió en su cuello y permaneció un rato así. Jadeando
como nunca lo había sentido.
—Eres increíble —dijo antes de salirse.
Acarició su cuerpo y le liberó las manos. Ella se masajeó para que la
carne se acomodara y la sangre recuperara su circulación.
—¿Te duelen? —Le preguntó él al ver las marcas en la piel.
—Nada de preocupar.
—¿En serio?
—Está perfecto, todo me ha encantado y este dolor a veces es
placentero.
Acarició todo su cuerpo, contemplándola como si fuera la primera vez
que la viera.
—Cada que te toco, quisiera hacerlo por siempre, es increíble que con
cada encuentro, solo te desee más y más.
Ella se dedicó a acariciar el rostro de él, con amor, con ternura, como se
acaricia al amor de la vida. Le encantaba tenerlo allí dócil como un gatito.
—Aún no lo puedo creer —dijo ella.
—¿Qué?
—Que un hombre tan hermoso como tú me desee como lo hace.
—Jessi.
—En serio, es que nunca había sentido una conexión como esta con
nadie. Ningún hombre me había deseado como tú lo haces, nadie me había
dado el placer que me das.
—¿Te asusta?
—Un poco.
—¿Por qué?
—Miedo a perderte o a que yo te falle. No lo sé, miedo a que esto tan
bonito acabe.
—Eres todo lo que siempre había buscado —dijo Alessandro. Lo dijo
con un susurro, pero ella lo escuchó.
El evento

—Aún no puedo creer que vayas a ir al evento. —Dijo Alondra,


mientras le acomodaba el vestido, le cerraba la cremallera y la ayudaba a
acicalarse.
Tenía un vestido azul claro que se pegaba completamente a su cuerpo,
levantando los atributos de sus pechos, y contrastando deliciosamente con
el tono de su piel, tenía un peinado que le había tomado toda la tarde y
estaba maquillada increíble.
—Ni para mi graduación me acomodé tanto, joder. —Dijo ella.
—Ay mi perra, tienes que ir hermosa, ese evento es mejor que mil
graduaciones —Dijo Asdrúbal que estaba allí, ayudando a acomodarla.
—¿Me prestas el vestido para una fiesta que tengo el otro mes. —
Preguntó Esmeralda.
—¿Qué fiesta? —Preguntó Alondra.
—Una, luego te cuento.
Todas corrían alrededor de ella, intentando darle los últimos toques.
Tocaron a la puerta, Esmeralda fue a abrir, al ver, estaba de punta en
blanco, con un traje increíble Alessandro, que se veía más hermoso que
nunca. Esmeralda se quedó con los ojos muy abiertos, suspirando,
emocionada, quería comérselo, ni siquiera disimulaba lo mucho que le
atraía.
Él pasó y cuando se encontró con la mirada de Jessica se quedó con la
boca abierta, la estudió de abajo arriba, desde las piernas, las caderas
marcadas, la cintura, la turgencia de los senos, el cuello, el peinado, la
piel. Todo.
—Estás increíblemente hermosa. No puedo creer que te veas así.
—Eso me pones tú amor.
—Ya veo. Estás, vaya, no creí que de lo hermosa que eres pudieras
verte más hermosa.
—Me puse así para ti.
A todas estas todos miraban a la pareja con cara de cotillas y sonrisas
divertidas.
—Debemos irnos —dijo él—. Vamos tarde.
—Quiero tomarles una foto, se ven adorables —Dijo Esmeralda
sacando su móvil para abrir la cámara.
—No, fotos no. —Dijo Alessandro.
Todos se quedaron un momento en silencio. Entonces agregó.
—Vamos tarde amor, allá tendremos muchas fotos.
La respuesta no fue muy satisfactoria, pero sí el tiempo apremiaba.
Dos minutos después salieron y afuera estaba aparcado el coche de él,
increíble. Treparon a él y ya dentro él le susurró
—Si no fuera por la importancia de este evento te llevaba a casa y te
arrancaba la ropa y te haría el amor hasta el amanecer.
—Pienso igual, tú estás muy hermoso.
Poco ante de llegar al sitio, él se detuvo y le dijo.
—Si yo te metiera los dedos en el asiento del coche y te follara te
vendrías para mí aquí dentro.
Ella se humedeció de inmediato imaginando la escena.
—Si, lo haría,
Él soltó una respiración fuerte de placer.
Pronto llegaron al aparcacoches y adelante todos se iban bajando y
entregando a un valet las llaves, las mujeres iban con vestidos largos y
ostentosos, por un momento Jessica se sintió intimidada.
Alessandro le tomó la muñeca y la miró.
—Estás hermosa. super hermosa y a este lugar vinimos a divertirnos, si
no nos gusta si parece una mierda, pues nos vamos que a gente snob no nos
vamos a pegar. Además preparate porque las mujeres te verán con odio,
pero los hombres con deseo, porque eso eres una fuente de deseo y las
mujeres te odiarán por eso.
Ella se tranquilizó, de verdad que Alessandro sabía hacer sentir a una
mujer segura. Al llegar al sitio entregó las llaves y en la puerta unos
hombres pedían identificación, Alessandro entregó la suya para confirmar
que era él y estaba en la lista para entrar. Por un momento Jessica sintió un
corrientazo de nervios, ella no estaba en la lista, pero sí, él la había
anotado en ella y por eso pasó sin problema.
Los dejaron pasar cuando confirmaron que eran ellos.
Dentro, todo era gente vestida elegantemente, conversando entre ellos,
el uno se veía de más dinero que otros, calzados, preparados, acomodados
con prendas costosas. Un mesonero pasó con champán.
—Quiero de eso —dijo ella.
Alessandro tomó dos copas y le dio una a ella. Brindaron.
Alguien se acercó a ellos, Alessandro lo miró.
—Kraus quiere verte —dijo un hombre que Jessica no conocía de nada.
—¿De qué?
—Yo qué sé. Sabe que andas aquí y me mandó a llamarte.
Él la miró y se excusó le dijo que volvería pronto. luego que se fue
ninguna persona se dignó a verla, era la negra en la fiesta de ricos,
pensarían que así la mona se vistiera de seda… solo la vieron un par de
hombres con morbo. Nada más. Tomó otra copa y al poco rato una voz la
saludó a su espalda.
—¿Jessica?
Joder no, el mundo entero y me consigo a este aquí, pensó ella. Era su
ex, Terry.
—¿Eres tú Jessica Álvarez? —cuando confirmó que lo era la abrazó.
—Hola Terry.
Él la tocaba le acariciaba el rostro, como admirando una joya.
—Estás hermosa. mucho.
—Gracias.
—Estoy desde hace año y medio aquí, me fui de la ciudad pero volví y
ando trabajando en una galería como curador, me hice curador ¿puedes
creerlo?
—No, no lo creo —Ella buscaba en toda el área a Alessandro, buscando
que viniera a rescatarla.
Él le contaba su vida fantástica, el buen sueldo que se ganaba, lo bien
que le iba, no le habló de mujeres ni nada, la miraba con deseo, como si
quisiera revivir el pasado, ni de broma con ese patán.
Solo hablaba de sí mismo, como si fuera seguro de sí mismo, seguro
Alessandro, no él.
—Ando con Alexa —Dijo él.
—¿Siguen juntos? —Alexa era la mujer con la que le engañó.
—Como toda pareja, momentos buenos y malos, pero bien. Quiere que
le pida matrimonio, pero espero que todo se acomode bien para dar el paso
seguro.
—¿Viniste sola?
—No, anda conmigo —respondió Alessandro que llegaba justo en ese
momento y tomaba suavemente del brazo a Jessica, y ella se aferraba a ese
tronco y lo miraba sonriendo sutilmente, como restregándole el novio.
—Soy Alessandro… —extendió la mano pero Terry le interrumpió.
—Sé muy bien quién eres. Todo un gusto. Soy Terry, ex pareja de
Jessica. Vaya si está hermosa.
—Tienes razón, muy hermosa y muy mía, si nos perdonas —dijo esto y
se alejó con Jessica.
Ella sonrió, sabiendo que le había restregado todo a Terry que seguro se
quedó babeando mirándola desde lejos.

El comedor era increíble. Arañas de cristal, tapices, alfombras persas


de lujo y pare de contar.
Uno de los hombres que organizaban el lugar le llevaron a su mesa
asignada. Una vez sentados ella sonreía aún satisfecha.
—¿A qué se debe esa sonrisita? —Le susurró él.
—Pensaba en lo hermoso que te ves hoy pero no tanto en lo hermoso
que te ves sin nada temblando bajo el placer de mi boca.
—Qué aduladora dama.
—Lo digo en serio.
—Yo sé. Te daré más licor para que hables más.
—Si lo haces verás cómo me pongo cuando bebo. Te encantará.
—Si esto se pone aburrido tengo algunas ideas. —Dijo esto y deslizó su
mano por la pierna.
—Calma, compórtate.
Para los demás eran una pareja que hablaba en privado, pero para
Jessica era un encuentro donde cada susurro grave la ponía, y la mano
acariciando suavemente el muslo la tenía húmeda, deseosa de él.
—Esta noche romperás todos tus límites —dijo él.
Ambos se salieron de la intimidad cuando la mesa se estremeció y en la
misma mesa de ellos fueron asignados Terry y Alexa. De casi mil mesas la
casualidad maldita los había puesto juntos. El universo y sus bromas.
—Vaya coincidencia —Dijo Terry.
Alexa se veía igual de feliz que Jessica, igual saludó con formalidad.
Otras parejas se unieron a la gran mesa.
El licor siguió fluyendo y bebieron mientras Alessandro y Jessica
hablaban bajo, pero ya no con la intimidad de rato antes.
—¿Para qué te llamó el hombre aquel?
—Es un hombre que quiere que le pinte unos cuadros, pero no quiero
trabajar con él.
—¿Qué le dijiste?
—Que no.
—¿Por qué?
—No le quiero pintar nada a ese tío.
—Pero tardaste mucho, ¿de qué más hablaron?
—Intentó persuadirme, ponerme precios, coaccionarme. Yo no tengo
precio.
—Qué hombre tan malo. —Dijo Jessica—, me pones que seas así.
Ambos hablaban muy cerca, se podían oler los alientos.
—Me gusta sentirte así.
—¿Yo te puedo amenazar?
—Lo que quieras y puedes cumplir la palabra.
En un momento Jessica vio que Terry la estudiaba a ella y a Alessandro.
Ella le sonrió como dándole a entender que tenía a tremendo hombre a su
lado y no la plasta de mierda que era él.
—Con los cambios de la tecnología para internet que supongo tienes
conocimiento ¿no le afectó a la tienda de tu padre el flujo? —Preguntó
Terry a Alessandro.
—El flujo ni aumentó ni se redujo, todo lo sucedido no surgió cambios
en las ventas e interacciones.
—Yo he entrado sin problemas y el sitio web tiene una gran variedad de
productos. Siempre compro ahí.
Alessandro le tomó la mano y le dio un beso en la muñeca, justo donde
a ella le excitaba y sabía que Terry sabía. Ese punto erógeno tan particular.
—¿Cómo se conocieron? —Preguntó Alexa.
—Estudiamos juntos.
—Desde el primer día conectamos —dijo Alessandro y volvió a
besarla.
Alexa miraba con un desprecio mal disimulado a la parejita y a ratos
miraba molesta a Terry, esos seguros tendrían una pelea cuando toda la
reunión terminara.
Durante un rato estuvieron en silencio. Alessandro se acercó a ella y le
susurró en el oído.
—Quisiera tenerte en esta mesa, follándote, con tu ex mirando, para
que vea cómo se complace a una mujer.
—Estás excitado.
—Compruébalo tú misma, toca mi pantalón.
Se lo pensó y finalmente puso la mano en el sitio. Soltó su servilleta al
suelo y se inclinó a recogerla. Cuando se levantaba apoyó la mano en la
rodilla y la dejó ascender por el muslo y sintió ese paquete allí, latiendo.
El único cambio en el rostro de él fue la mandíbula que onduló
ligeramente.
—Ambos compartieron una mirada cómplice.
En este evento habían personas haciendo presentaciones al micrófono,
pero la verdad ellos dos no le prestaban atención, andaban en su mundo.
Cuando terminaron la comida él le dijo
—Deja la servilleta en tu regazo y sube tu vestido un poco.
—¿Ah?
—Ya escuchaste.
—Hay como mil personas aquí.
—Hay más. Pero solo estamos tú y yo.
Imaginó sus dedos acariciando su clítoris y eso la puso mucho. Se puso
más cómoda y se dejó hacer por él. Él apoyó la mano tranquilamente entre
sus piernas. Ella las apretó para detener el avance.
Los dedos llegaron a las bragas y la corrieron con suavidad, ascendió
por la raja subiendo y bajando lentamente. Trazó círculos en el clítoris, la
quería torturar.
—Mírame. —Le dijo.
Sosteniendo la mirada ambos se contemplaron mientras el dedo jugaba
entre sus piernas, ella sintió una palpitación desde el coxis hasta la cabeza,
palpitaciones.
Fue un ligero orgasmo y eso se leía en el rostro de ella que se mordía el
labio para no gemir y tenía el rostro encendido.
Cuando todo acabó él se acercó y le preguntó
—¿Cómo estás?
—Increíble.
—Vamos a caminar, a ver qué problema encontramos.
—Estás descontrolado hoy —le dijo ella sonriendo.
—Y lo que falta.
A ella le inquietaba un poco que ese hombre tuviera varias capas y no
sabía cuál era la personalidad de él, la real.
—Increíble verlo aquí, caballero —Era un hombre canoso. Se
saludaron, era un potentado del arte, le pidió que le regalara unos minutos
para hablar en privado y de nuevo Jessica se quedó sola.
—¿Te gustaría bailar conmigo? —Dijo Terry que llegó poco después
que Alessandro se fuera.
—¿Y Alexa?
—Ni idea, te veo tan sola que vine a rescatarte.
Jessica buscó por toda el área a Alessandro entonces finalmente le entró
una ligera molestia porque ya era la segunda vez que la dejaba sola,
entonces aceptó la pieza con su ex.
Mientras bailaban una canción ligeramente pegados Terry no le quitaba
los ojos de encima
—Nunca bailamos así cuando estábamos juntos.
—Jamás.
—Veo que ahora te atreves más, en nuestros tiempos nunca habrías
venido a un lugar como este.
Ella se encogió de hombros.
—Aunque aún te ves un poco tímida. Aunque veo que eres otra.
Ella no respondió.
—¿Por qué desapareciste cuando todo acabó?
—Porque fuiste un hijo de puta que me engaño y por entonces me
sentía insegura y no quería saber nada de ti, nada. ¿Alexa se ha dado
cuenta de las demás amantes?
—¿Cuáles amantes?
—Todas con las que ligas y follas.
—Transformas los hechos, lo que pasó no es así, las demás fueron
amigas y ya, y bueno lo de Alexa, pudo ser distinto.
—Distinto a entrar y verlos follando como los vi.
—Nunca te vi hablando así, de veras has cambiado.
—Como no tienes idea.
—Ya no soy el mismo, antes tenía el ego grande, ahora no.
A ella le provocó escupirle que era el mismo idiota de siempre, solo
que más viejo y un poco más gordo.
—Nunca imaginé verte en un evento donde cobran veinte mil euros por
entrada.
A ella le sorprendió el comentario, no sabía que el costo había sido tan
alto.
—Lástima que andes con un hombre como él, tan peligroso.
—¿De qué hablas?
—Pues cosas que hacen los empresarios, eso.
—No lo conoces —le espeto ella.
—Ni tú.
—Sé cosas que tú no.
—¿Cómo qué?
—Hace cositas que no debería que no son de un pintor. Por eso es que
vive como vive
—Vive así porque su padre le mantiene.
—Sigue creyendo eso.
—¿Por qué te importa tanto la vida de Alessandro? ¿Celos?
—No, solo me preocupas tú. Estás loca por él, no ves las miradas que le
hacen otros, seguro te pide hacer lo que quiere, cuando quiere y donde
quiere.
—Nadie me obliga a nada.
—Eres otra, ya quedó atrás esa persona tímida e inocente. Ahora eres
hasta atrevida.
—Las basuras que pasan por mi vida me han cambiado y hecho dura
para mi propio bien.
—¿Qué les parece a tus padres Alessandro? ¿Lo aprueban?
—Me da igual, que les den, porque bien lejos que están.
—¿Todo este cambio es por ese hombre?
—¿Qué intentas decirme o insultarme?
—Estás con un hombre que no es nada de lo que tú crees conocer, todos
le temen y le respetan y es por una razón, nadie va a respetar y temer a un
gilipollas que pinta cuadritos y tiene un padre con una página web. Abre
los ojos.
La tenía agarrada por el brazo mientras le hablaba, con una ligera
violencia, impotente porque no reaccionaba a sus comentarios.
—Quita sus manos de encima —Era Alessandro—, hazlo ya.
Terry la soltó de inmediato, dando dos pasos atrás, temeroso.
Alessandro se acercó a él, con la mirada tranquila, pero con los ojos
encendidos.
—Nunca le vuelvas a poner una de tus patas encima, porque terminarás
muy mal, pero muy mal. ¿Si lo entiendes, Terricito?
Este asintió moviendo la cabeza rápidamente, asustado.
—No pasó nada, lo siento, es que los viejos tiempos, uno se mete en el
papel. —Miró a Jessica— Chao Jessica, que estés bien.
El hombre se desapareció lo más rápido que pudo. Ella se aferró a sus
brazos, y lo abrazó con fuerza.
—¿Todo bien?
—Sí, este que es un idiota, que es fanfarrón y ya.
—¿Por qué bailaron?
—Me lo pidió.
Él frunció el ceño.
—¿Solo por eso?
—Te fuiste por mucho rato, estaba parada como una vela, aburrida. Y es
la segunda ve que te alejas y me dejas sola por mucho rato y todos me
miran como una estúpida. Además, ese hombre y yo tuvimos historia, no
fue con un desconocido y no es que follamos en el baño, bailamos y desde
el primer paso me arrepentí de haber aceptado.
—Hubiera preferido que bailaras con un desconocido a con un ex que se
babea por ti.
—¿Por qué?
—El desconocido no te ha visto desnuda. No te ha tocado ni follado.
Ese cabrón sí.
—Si pero…
—Se ve en su rostro que estaba loco, que se dio cuenta que la había
cagado por perderte, fueron años juntos, es historia, no me vengas
entonces con eso.
—Nada de eso vale la pena, estamos juntos.
—¿Estás conmigo en todos los sentidos?
—¿Cómo así?
—En cualquier sentido que te necesite.
—No te entiendo.
—Ven a casa y te mostraré de lo que hablo. Quiero que me demuestras
hoy que estás realmente conmigo.
Ella se estremeció y aceptó.
Dejaron el sitio de inmediato.
Ya en el coche ella buscó en su pantalón, lo desató mientras él
conducía. Lo sintió en sus manos y vio a Alessandro, este estaba apretando
el volante. Comenzó a succiona. Las piernas de él se ponían rígidas. A él
le costaba mantener la concentración en la carretera. El miembro suave y
duro se deslizaba por su lengua y eso le encantaba. Pasó la lengua por su
prepucio, rodeó la base con la mano y acarició hacía arriba al mismo
tiempo que deslizaba la boca para abajo.
Ella quería hacerlo estallar, por tanto lo lamí con mucha pasión con
fuerza.
—Para, Jessica.
—No, —dijo ella saliendo un momento, para seguir en lo suyo—,
dámelo todo.
Él se dejó ir, fue tensando las caderas, las levantó un poco y un chorro
le golpeó suave el paladar, ella apretó los labios mientras tragaba. Cuando
el orgasmo cedió, lo lamió en la punta, suave. Recorría la carne con la
boca, esperando que se relajara.
—Para, estoy a punto de chocar.
Ella se salió, le acomodó el pantalón y le sonrió, él le acarició el rostro
y por un rato fueron en silencio.
—¿En qué piensas? —Le preguntó él.
—En los precios de la entrada a esa fiesta. Veinte grandes.
—Es par causas benéficas, por eso lo pago.
A ella le inquietaba que Alessandro pagara tanto por una fiesta de esas.
Pero no quiso preguntar.
—No pienses en dinero —le dijo él.
—Siento que te debo, es mucho dinero.
—Solo me debías el placer de tu presencia.
Se quedaron callados hasta llegar al piso, donde comenzaron a besarse
apasionadamente, ella cerró las manos alrededor de su cuello comenzó a
desabrochar su camisa y lo fue desnudando, él no lo hizo a ella. Solo la
besaba.
Se siguieron besando hasta que se separó y le dijo
—Hoy te deseo a mi manera, Jessica.
—¿Cómo es eso?
—A mi manera y deberás confiar en mí. Te haré sentir hermosa y
atrevida ¿Te atreves?
Ella asintió.
—Comenzaré por vendarte los ojos para que la experiencia sea
totalmente distinta. ¿de acuerdo? —Ella solo lo deseaba y por eso asintió y
aceptó la propuesta.
—Comencemos sacando ese vestido —le dijo.
Se lo sacó y ahora le ordenó que se inclinara y apoyara las manos en la
cama. Ella contoneándose lo hizo, él contempló ese hermoso culo con
calma. Ella sentía que se le quemaba la piel con su mirada.
Puso la entrepierna en su trasero y le dijo
—Levanta la cabeza.
Él cubrió sus ojos con un trapo de seda negra. Era la corbata que tenía
rato antes. Él deslizó los dedos por debajo de las bragas y se las bajó. Pero
las dejó a mitad de camino.
Él lamió el pliegue de su rodilla, ella sintió cosquillas y unos deseos de
tirarse a la cama porque el efecto de su boca la hacía temblar. Él la fue
besando, subió a sus nalgas, siguió dándole lengüetazos y ella ya gemía
pidiendo más.
—Pon las manos atrás con las palmas hacia afuera.
Se las amarró con algo suave y por su mente pasó que le daría azotes o
golpes y eso es algo que a ella no le gustaba. No era de eso del BDSM.
Una mano de él descendió y se sumergió en su coño húmedo, metió un
dedo y ella gimió de placer. Jugó un poco más con su carne. Acariciaba su
carne.
—No puedo evitar sentir tantas cosas cuando me tocas así —dijo ella.
—Te corres cuando te lo ordene —dijo él.
Él comenzó a dibujar círculos en su clítoris. Ella comenzó a temblar
por dentro y por fuera. Él la sujetó y poco a poco aumentó el ritmo del
dedo hasta que ella se tensó. Cuando le dijo que ya. Ella estalló como un
cohete, sintió que sus muslos se empaparon.
Ahora, comenzó a penetrarla con fuerza y sentía las palpitaciones y le
llegaron más contracciones en ráfagas.
Pronto ella sintió que venía el tercer orgasmo de la noche. Estalló justo
cuando sintió que Alessandro acababa también.
—No te vayas a mover —le dijo él mientras se alejaba de allí.
Deshizo el amarre de las manos y la hizo acostarse en la cama boca
arriba. Se puso sobre ella y las bocas se encontraron con un beso tan
apasionado como si no tuvieran un par de orgasmos él y tres ella. Ella se
dio cuenta que esto apenas empezaba.
—Todo lo que eres para mí, me siento tan libre contigo, Alessandro.
—Podrías estarlo más si abres tu mente y ves lo que tengo para ti.
—¿De qué hablas?
—Te lo puedo mostrar.
La sentó suavemente y la llevó a un asiento acolchado.
—Extiende los brazos y mantenlos extendidos. Junta las rodillas.
Ella quería hablar pero sintió que lo mejor era que no. Los dedos
rozaron la cara externa de las pantorrillas y luego sintió que le juntaba los
tobillos y los envolvía con algo. Luego le rodearon las muñecas y sus
brazos quedaron juntos. Sea lo que sea que le hicieran los antebrazos se
juntaban y bajaron las manos. Ella no podía levantar los brazos.
—Alessandro…
Nada de palabras tranquilizadoras, silencio.
Ella comenzó a ponerse nerviosa. Aunque confiaba, algo en el fondo la
hacía sentir incómoda.
¿O no confiaba?
—Alessandro.
Silencio.
—¿Qué pasa? ¿Por qué no me hablas?
Silencio.
Se liberó la vista y la luz era tenue, pero pudo adivinar lo que había allí.
Se asustó. Muchas cuerdas por todas las paredes, de todos los grosores.
Vio una pared llena de espadas.
Se sentía en un cuarto de torturas. Quería gritar, pero sabía que nadie la
escucharía, pensó en las palabras de su ex y se vio muerta, tirada en un río.
—Respira —le dijo Alessandro desde alguna parte.
Se calmó ligeramente. Antes de darse cuenta que esto formaba parte de
los trucos mentales que usaba él.
—¿Por qué estoy atada así? Suéltame. Esta es una sala de tortura.
Él intentó calmarla y ella le dijo casi en un grito de pánico
—No me vayas a matar por favor.
Él encendió la luz y toda la habitación se iluminó.
—Cómo te voy a matar. ¿de qué hablas?
Ella no respondió, solo estudiaba el lugar. En la pared habían pañuelos
de seda, vio anillas, poleas fijas en el techo, vio una especie de altar y solo
pensó que eso era un sitio para sacrificios. Se imaginó a Alessandro
picando personas como los aztecas y vertiendo la sangre para los dioses.
—Mírame Jessica.
Ella se negó.
—¿Por qué piensas que te mataré?
—Tapaste mis ojos, ataste mi cuerpo y sé que eres fuerte y yo
indefensa. Para esto te has preparado, para matarme. Ganate mi confianza
para traerme a este cuarto de la muerte.
—No te entiendo.
—Eso quieres. Matarme.
Intentó soltarse, quería huir.
—Para, te haces daño.
—Como si te importara. Igual me quieres picar como Dexter mata a sus
víctimas.
Él tomó su barbilla y la obligó a levantar el rostro, pero no pudo hacer
que la mirara.
—Nunca te haría daño, Jessica.
Ella lloraba, porque quería creerle, pero no podía, estaba llena de
miedo.
—Liberame.
—Hablemos.
—Desátame.
—Si lo hago ¿Hablamos?
Ella solo pensó en que correría apenas fuera liberada. Pero asintió, él
empezó a desatarla. Retiró las ligaduras de los tobillos. Deshizo lo que le
rodeaba los brazos y ella casi se cayó del banco.
Apenas terminó salió de ese cuarto para salir del piso, pero recordó su
desnudez. Corrió a vestirse mientras él la miraba, le temblaba el cuerpo,
las manos, no podía ni terminarse de vestir.
—¿Me dejas ayudarte?
Ella negaba con la cabeza, llena de miedo. Quería correr.
Él la tomó por la cintura y no se pudo liberar. La piel se le erizó
traidora ante las manos de ese hombre.
—¿Qué te pasa?
Ella solo negó con su cabeza, llena de miedo. Terror.
—¿Pero qué es lo que te pasa?
Ella se giró, lo miró con rabia, a los ojos, con una mirada que nunca le
había dado.
—¿Qué esperabas cuando me atas en un cuarto lleno de cosas
terroríficas, con los ojos atados?, a saber cuánta cosa tienes ahí.
Luego de esto se echó a llorar.
—Amor, me dijiste que confiabas en mí.
—Cómo confiar, ni te conozco, eres hermético, hablan de ti, la gente te
teme, llamadas raras, dicen que eres violento, gastas veinte mil euros,
vives en un piso chulo, pareces no trabajar, no sé, eres, distinto, es difícil
confiar, no puedo evitar pensar cosas.
Él no mostraba emoción alguna
—Me voy.
—Coño, son las tres de la mañana.
—Me voy.
—¿A pie?
—En un taxi. Déjame que me largo y ya.
—Eres ridícula, yo te llevo.
Ella negó, solo no quería verlo. Se puso los zapatos y caminó a la
puerta. Sacó su móvil y buscó información para un taxi. Finalmente entró
a Uber y pidió uno.
Había uno a pocos minutos y ya iba a por ella.
—Te vas con un desconocido en un coche en vez de quedarte conmigo.
Ella lo miró, con un rostro sin emoción.
—No soy un asesino. Me lastimas con esta actitud.
Ella pensaba en todas sus palabras.
—Pensé que estabas de acuerdo con las ataduras y los juegos de rol, no
te iba a hacer daño, solo eran juegos entre nosotros.
—Sí, pero no cuerdas y amarres en máquinas de la inquisición.
—¿Te dieron miedo las cuerdas?
—Y las espadas.
—Son medievales, me encanta la Edad Media. Las colecciono,
caprichos de niño rico. Hay una pasta ahí, me encanta pero no tienen ni
filo.
—No sé.
—Debí decirte, perdona.
—Debiste decirme.
—Ven conmigo. Por favor. No te vayas.
—No puedo, ya viene el Uber, me voy, debo pensar.
—¿Si te doy unos días hablaremos?
—No sé.
—Me matas. Verte así me parte en dos. Solo quería…
—¿Qué querías?
—Mostrarte esta parte de mí, no pensé que reaccionarías así.
El taxi llegó. Ella se iba. Él la tomó del brazo.
—Esto no ha acabado. Me debes una conversación luego de todo lo que
hemos vivido. Te dejaré en paz unos días. Pero volveré.
Ella tuvo deseos de lanzarse en sus brazos, pero se contuvo.
—Te daré una semana ven a verme o iré a buscarte.
Ella no respondió y salió del piso.
Pensando en todo esto

Le fue imposible dormir bien. A las 7 y 30 se levantó y se puso a


ordenar las cosas para no pensar tanto en Alessandro. Se sentía culpable
por actuar de esa manera con él, se sentía culpable, como que le había
juzgado.
Al terminar pidió unas hamburguesas y se la comió de almuerzo, ese
día no estaban ni Alondra ni Esmeralda y de haber estado ni habría salido.
Empezó a investigar acerca del arte sexual del BDSM y del Bondage.
Cuando terminó de mirar, cerró el ordenador y se puso a ver una película
en el móvil.
Al otro día Asdrúbal la despertó tocando la puerta. Le invitó café y
conversaron de naderías. Le preguntó por el evento y le contó a quiénes
había visto esa noche y detalles del lugar, nada más. Le habló de la
comida, de la ropa. Pero Asdrúbal quería más. Le contó sobre Terry y con
esto el amigo quedó satisfecho, no molestó más.
Cuando él amigo se fue, Alondra que había estado escuchando sin
participar mucho, se acercó a su amiga.
—Esta historia tiene más tela. Cuéntame qué pasó.
—¿De qué hablas?
—has hablado de lo fantástico que estaba todo y tu amor, pero nada
más y tú no eres así con él, siempre hablas como radio de ese hombre.
¿Qué pasó?
—Te contaré. Alessandro y yo peleamos fuerte. Estamos en un tiempo
muerto de una semana, pero la cosa pinta mal.
—Lo siento, sé que te gusta mucho.
—Gracias.
—¿Necesitas algo?
—Ya lo haces.
—Supongo que no te veré en clases entonces.
Pensó en las clases y pensó en que tenía que hacerle las mariposas a
Alessandro, aunque esto estaba que se lo tomaba ligero y no aceptaba.
Tenía varias ideas para los diseños y estaba casi que lo que debía era
ponerse a pintar. Volvió al ordenador:
En el BDSM una persona es dominante y la otra sumisa, aunque solo
jueguen por una noche. La mayor parte de las veces esa relación se da en
el campo sexual.
Por su parte el bondage es una liberación al estar atadas hasta el
punto de no poder moverse. Algunos se atan aunque no tengan relaciones
con la otra persona. El proceso de atadura no es sexual todo el tiempo. A
veces es mental, luego aparece el bondage por arte, donde la belleza de
las ataduras y la configuración de los nudos se centran en mostrar el arte
del maestro de las cuerdas y no en resaltar el aspecto sexual en cada
escena.
Jessica recordó las escenas con Alessandro, ella la tocaba mucho, la
recorría y la amarraba.
Pensó en la relación y vio que no habían durado ni un mes, entonces no
podía creer cómo podían sentirse tan atraídos y sentir ese deseo tan fuerte
por él.
Tocaron suavemente a su puerta. Abrió y era Esmeralda.
—Te buscan.
El corazón le dio un vuelco, quería que fuera Alessandro.
—¿Quién es?
—Ronald, dice que trabaja con Alessandro, ¿lo dejo pasar o lo
despacho?
—Claro, que se siente en la sala, ya voy.
A los minutos salió y un hombre de unos 35 años la esperaba, se puso
de pie apenas la vio, se presentaron.
—Hola… ¿Ronald?
—Sí
—¿Qué te tiene por aquí?
—Supongo que lo del sábado no fue algo cómodo para ti
Ella le miró sorprendida.
—No, él no me ha contado nada, pero no es difícil para mí imaginar lo
que sucedió.
—Entonces cómo…
—Alessandro no tiene idea de que estoy aquí.
—No entiendo.
—Seguro te pusiste mal cuando Alessandro sacó sus juguetes.
Ella se quedó callada.
—¿Viste el cuarto?
—Sí.
—Entiendo. Mira, no te conozco, pero quisiera que esta fuera una
conversación que quede entre nosotros y sea sincera. Nada de esto que
hablemos lo sabrá Alessandro. Pero debo saber en qué punto estás ahora.
—No te lo diré a ti antes que a él.
—¿Por qué?
—¿Trabajas para él? Seguro le contarás y le dirás que lo dejamos.
—No lo haré. Esto no lo sabrá nunca él, por mi propia seguridad y la
amistad. ¿Le dejarás?
—El sábado te hubiera dicho que sí. Pero ahora no lo sé.
—Por lo menos no es un no.
—Si lo fuera ¿Qué harías?
—Te quiero proponer algo. Alessandro es conocido por su uso en
cuerdas, algo que hace es exponer esto en un club, esto no lo conoce nadie,
solo algunos.
—¿Quieres que vaya a un club?
—Es privado. No es un club sexual, es más que eso.
—Entonces quieres que vaya a un club sexual.
—Sí.
—Si voy ¿Le cuentas a él?
—No sé. No quisiera decirle y que luego no vayas.
—Entiendo.
—Él es muy cerrado, pero no es malo, tenemos años juntos y apenas si
conozco cosas suyas. No me ha contado nada de lo que pasó, pero sé que
pasó porque no está del todo bien.
—Su hermetismo me enloquece.
—Es así, pero es respetable y un hombre increíble.
Jessica al saber que Alessandro estaba tan abrumado, sintió alivio,
sabía entonces que sí le importaba.
El hombre le dejó una tarjeta de visita para que se pensara si quería dar
el paso para ir a ese club. Ella prometió que lo iba a pensar y le diría si iba
o no a ir.
Un par de día después, cuando lo hubo meditado mucho, se decidió a
llamar a Ronald. Le dijo que sí, que iría al sitio. Pusieron el día y listo, iría
al club.
El club

—Debes venir a casa de Alessandro —Dijo Ronald por teléfono.


—Pero, no entiendo.
—¿No sabes lo que debes ponerte?
—No.
—Si vas a ser exhibida necesitas una ropa especial.
¿Exhibida?
Le provocó tirar todo pero sabía en el fondo que tenía que ir.
—A qué hora debo ir.
—En una hora tienes que estar aquí.
—¿Pero no tengo ropa de esa?
—Aquí está yo la he preparado
No lo podía creer. Era increíble que estuviera la ropa de su talla
esperándola. Quería escapar, pero no podía.
Fue al piso, allí no estaba Alessandro, pero sí Ronald, que la recibió y
atendió. Mientras estaba allí se hacía muchas preguntas de ese club. No
sabía qué esperar. Era demasiado. Si era malo no sabía si le hablaría de
nuevo a Alessandro. Aunque su mayor miedo era que más que miedo
sintiera pasión por todo eso.
Le presentaron las ropas y la dejaron sola en la habitación. Ella abrió
los paquetes y se desnudó, quedándose solo en bragas. Se puso una falda
corta negra de cuero. Le quedaba perfecta.
Vio el segundo vestido. De una sola pieza, no era de cuero, era un
material extraño, parecido al látex. Tenía un modelo rarísimo. Un escote
en forma de corazón, anillas a ambos lados del cuello como para amarrarle
una correa.
Descartado.
Otro era rosado, pero chico.
Otro era un par de pantalones de cuero, se los puso y se vio lo hermosa
que quedaba con un culo hermoso. Las blusas eran otro dilema.
Transparentes, muy cortas, sujetadores de encaje, nada la convencía.
Abrió el armario de Alessandro y se puso una camisa de él con un
sujetador. Salió y Ronald la miró y le dijo que sí, que podía servir.
—¿Algún consejo? —Preguntó ella.
—Solo miras, si ves látigos o cosas así, y el sumiso dice que no, no te
preocupes, es parte del juego, a unos les gusta el dolor y a otros dar dolor.
No participes.
—Alessandro causa dolor.
—No, usa el bondage que de por sí causa dolor, pero nada más.
Ella supo que era un maestro de las cuerdas y el club se llenaba cuando
hacía el trabajo porque todo era un arte sensual increíble, superando a los
demás.
—Solo te diré esto, Jessica, ve con la mente abierta, nada más.
Al llegar al sitio, un edificio sobrio que al entrar y pasar unas puertas
era algo totalmente distinto, todo un club. En la entrada un hombre le hizo
firmar un formulario de privacidad. Donde decía que si incumplía las
leyes le caería una demanda. No podía decir dirección del club, propósito,
anonimato total, si se rompían las reglas sería demandado, sin excepción.
Ella firmó.
El hombre miró a Ronald y le pidió que no podía quedarse sola en
ningún momento. Le pusieron unos brazaletes, lo acercaron a un aparato
plateado y la puerta cedió, para dar paso al interior del club.
Dentro, ella se sintió ansiosa, porque este era un sitio totalmente
increíble, caminó en dirección a la pista de baile a un área para sentarse a
charlas. Ella intentó no sorprenderse de ver a personas desnudas bailando
en la pista. A otros con collares y correas. Nadie la miró siquiera.
—¿Ya Alessandro está aquí?
—Sí.
—¿Cuándo es la cosa?
—En media hora.
—Vale.
—Te haré una visita guiada rápida.
Caminaron por pasillos vieron gente desnuda, normal, con ropa fetiche.
No era tan extraño después de todo. Se sentía bien en ese lugar.
Fueron a otro piso, en un cuarto un hombre le daba latigazos a una
mujer blanca con un enorme trasero, la piel tenía líneas rosadas donde
había sido golpeada. Cuando la mujer era golpeada, gritaba y Jessica se
estremecía. En otro lugar vio a una mujer chupando la polla de un hombre,
estaba esposada. Este le tomaba la cabeza y la embestía con fuerza. Otro
hombre se masturbaba mirando.
Siguieron recorriendo el área.
A este sitio venían hombres solos dominantes o sumisos solos. Vienen
en parejas cuando un sumiso viene sin pareja con un dominante
disponible, pues se junta el roto con el descosido y ya hay juego. Algunas
vienen a intercambios de pareja, algunas parejas se inscriben para jugar
con los equipos. Otros son voyeristas y vienen a ver. Cada quien tiene sus
razones. Subieron al otro piso en este caso él se puso delante de ella para
que no la vieran.
—¿Qué haces?
—Te cubro, tienes mala cara. Debes cambiar. Porque la gente no le
gusta a otros mirando feo. Recuerda, mente abierta.
Ella respiró profundamente.
—No sé si pueda hacer esto.
—¿Qué?
—Seré mojigata, pero no quiero ser follada en una mesa de billar con el
palo mientras otros se ponen por eso. No juzgo nada de esto, pero no sé,
siento que es demasiado para mí.
—Eres espectadora. Nada más, ya luego si puedes hablas con
Alessandro, no te preocupes. Ven, seguramente la sala se esté llenando ya.
El lugar tenía un escenario al fondo, con un telón, una silla en el
escenario y otras alrededor.
—Debes sentarte en el centro —Le dijo Ronald.
—Yo no quiero. Prefiero al fondo, para no distraer.
—Así lo dispuso Alessandro.
Ella sintió que todos la miraban, se sentó y no hizo nada, solo esperar,
nerviosa, a la expectativa de lo que pudiera venir. Esperaba la entrada de
Alessandro. El escenario se puso a oscuras, no veía nada, sabía que era
parte del encuentro.
Una mujer vestida de enfermera salió, se quedó con la cabeza gacha, sin
hacer nada más.
Alessandro salió, ella lo sintió, su energía, su olor, su presencia.
Traía unos pantalones negros y una túnica del mismo color. Tenía unos
rollos de cuerda, los puso al lado de la mujer. La apartó, tomó su largo
cabello y le dijo algo al oído. Ella envidió a la mujer, sabía lo que eran las
órdenes de él en el oído. Casi recordó la sedosa voz en su nuca, su olor y el
calor que emanaba.
Alessandro le quitó el cinturón de la bata, y con este tomó el pelo de
ella, la mantuvo gacha, deslizó los dedos por debajo del cuello de la bata y
la hizo descender por los hombros. La tela se quedó en los pliegues d los
codos antes de que le extendiera los brazos y la mujer quedara desnuda.
Tenía un cuerpo más o menos, un poco de panza, las piernas gruesas,
algunos tatuajes y unos pechos un poco caídos y enormes. Ella pensaba en
las manos de su hombre en las de esa mujer pero a la vez pensaba que todo
esto era parte del juego, el erotismo. Ella reaccionaba a cada acción y se
dio cuenta que esa mujer y él tenían historia.
Estaba celosa. Las manos de él descendieron por los pechos de ella,
tomó las caderas, agarró el rollo de cuerda y se puso atrás. La mujer quedó
de espaldas al público, todos vieron cómo la había inmovilizado, luego de
juntar los antebrazos. La giró otra vez. Enrollo la cuerda usando las manos
con una agilidad increíble, el otro trozo de la cuerda lo paso alrededor de
la cintura y contrajo el abdomen cuando contrajo con fuerza. La pasó por
los pechos de ella, comprimió la carne y vio que a la mujer le faltaba el
aire, tiró las cuerdas hasta el dolor.
Todos miraban a la mujer, el cuerpo decorado en cuerdas y los nudos
entrecruzados, respiración rápida, sudor en el pecho. Por un momento era
una mujer sin rostro, cuando levantó el rostro, era ella misma.
Las personas comenzaron a pasar a ver cómo estaba amarrada la mujer.
La tocaban como si fuera un objeto, Jessica no podía creerlo. La tocaban
como si nada, y ella desnuda.
Alessandro dijo que no aceptaría preguntas, que solo admiraran lo que
estaba ante sus ojos. La mujer, contrario a sentirse incómoda, se sentía
llena de orgullo, como si fuera un trofeo.
—Ven a ver —Le pidió Ronald.
Ella negó con la cabeza.
—Esta es una parte importante de la vida de Alessandro, a eso viniste.
—Es que no quiero ver eso puesto en una mujer. Quiero verlo en mí.
Ronald se quedó en silencio y luego dijo
—Bueno. Al final hay un camerino sin nombre, él estará allí.
Todos fueron a sus asientos y no abandonaron la sala.
Alessandro fue desatando a la mujer y le hablaba en susurros, le
acariciaba, esto ponía furiosa a Jessica. Quería ir y matarlo.
Quitó las cuerdas. Pero deshacía la configuración a la vez que la ataba
de nuevo. Se la iba a follar después, según supo.
Por la mente de ella pasó las veces que le dijo que tenía los sábados
ocupados, amarrar mujeres y follarlas delante de todos. Jessica sintió raba,
pudor, había follado sin condón con él. Intentó calmar su mente de tantos
pensamientos juntos.
Amarró a la mujer en la mitad inferior del cuerpo de ella, pasó las
puntas de los dedos por las cuerdas que pasaban por el estómago, hizo
nudos en las caderas, por el pubis, entre las piernas. La mano no se detuvo
sobre el sexo de ella, tiró de lo que quedaba y le dio la vuelta, mostró a
todos la obra de su coño y ano, con accesibilidad. Jessica sintió celos.
Quería saber cómo era sentirse así de liberada.
—Exponer la cereza, así se llama esta técnica —le dijo Ronald.
Alessandro pasó la mano cariñoso por la espina dorsal de ella. Miró a
Ronald y le hizo una señal, este subió al escenario. Ahora Ronald comenzó
a besar los pezones de la mujer, los masajeó mientras con la mano libre
tiraba del arnés en la entrepierna causando roce en el clítoris.
Jessica veía la escena, pero lo hizo hasta que él le ordenó que se
arrodillara para que comenzara a chupársela.
Ya fuera, Jessica vio la puerta sin marcar y fue. Estaba indecisa en si
entrar o no. Abrió, entró.
Allí estaba Alessandro, de espaldas, recién bañado. Olía a jabón, se giró
cuando escuchó la puerta cerrarse. Ambos se vieron a los ojos por un largo
momento.
—Jessi, mi Jessi.
Ese nombre se oía hermoso en sus labios.
Quería avanzar pero a la vez no. Quería mostrarse molesta a pesar del
deseo que tenía para con él.
—Me alegra verte y saberte aquí, que conozcas un poco más de mi
vida.
—Igual yo.
—¿Todo bien?
—No. Para nada. Me siento tan… son muchas emociones juntas.
Ella empezó a temblar.
Él avanzó, la abrazó fuertemente.
—Amor mío, calma, negrita bella. Estamos aquí, solo eso importa.
Ella respiró fuerte.
—¿De veras?
—Te extraño mucho.
—Y yo.
Lo abrazó más fuerte y sintió toda su piel contra sí, quería absorberlo
que nunca se acabara ese momento. Luego de unos minutos largos y
maravillosos, él la separó levemente.
—Hablaremos. Pero antes…—dijo y la beso profundamente, la pasión
entre ambos estaba allí ardiendo, cada caricia, los besos, todo era un amor
lindo, en ese momento, cuando las bocas eran un encuentro, un ballet, nada
importaba, nada malo había afuera, solo era el amor de ellos dos.
—Vamos a casa —le pidió—. Hablaremos toda la noche, aclararemos
todo. —Mientras le decía esto la besaba por todo el rostro, con mucho
amor, mucha pasión—. Te necesito, no quiero que huyas así de nuevo.
—Vamos, sí, vamos.
Él se separó, tomó sus cosas y salieron. Poco después estaban en el
piso. Le dio otro beso y acarició la tela.
—Me gusta como te queda mi camisa. —le dijo.
—No sabía qué ponerme para ir.
—Te ves estupenda.
La llevó al salón. Ella se sentó en el sofá, con los pies en el cojín.
Alessandro la siguió, tomó su pie y comenzó a acariciarlo con una
sensualidad que a ella le excitó. Él le acariciaba el hueso del tobillo, la
pantorrilla, se veía que ansiaba tocarla.
—Perdón por todo lo que te dije el sábado. —Dijo ella.
—Está bien. —Dijo él con un poco de tristeza pero aliviado.
—¿Me puedes perdonar o esto siempre será una fricción entre
nosotros? Yo no soy así, ese día bueno, se me fueron los tapones.
—Creo que aprendí a que debo buscar momentos más oportunos para
mostrar las cosas. Esa es mi lección.
—¿Por qué esa noche?
—Porque la pasamos tan bien y sentí que no había límites.
Ella sabía que esa noche no había límites, entonces no entiende por qué
explotó de ese modo.
—Seguro necesitas saber más cosas… pregunta Jessi.
Ella no sabía cómo abordar todo, solo se quedó mirándolo y pensando
cómo organizar las ideas.
—Hazlo con total confianza amor.
—¿Por qué nunca me contaste de esto, desde el principio, cuando me
amarraste la primera vez?
—No te he contado muchas cosas, no te culpo por huir de mí.
Ella lo vio tan vulnerable y eso la hizo sentir mal por él, ese hombre tan
seguro de sí mismo, tenía su lado adorable, vulnerable, y eso la hacía
sentir con ganas de besarlo y olvidar todo.
—Esto lo hago desde hace años. me encanta, me gusta todo lo zen, la
disciplina, la filosofía. Un día en uno de mis tantos entrenamientos, llegó a
mis manos una cuerda y me sentí tan bien con ellas. Todo lo capté
rápidamente. Comencé a entrenar las cuerdas y me hice el mejor.
—¿A quién usabas para la demostración?
—Tenía tres compañeras que servían de modelos.
Ella sintió celos nuevamente.
—A esas mujeres no les daba nada por estar follando con quienes las
amarraba.
—Yo solo las amarraba, no me las follaba.
—¿Eran así las normas del maestro o de ellas?
—¿Preguntas si me las habría follado si lo hubieran querido?
—Sí.
—No. Ellas no tenían problemas con su desnudez y cuando estás
metido en esto ves esto de otro modo. Yo no las trataba como mujeres sino
objetos a doblegar a mi antojo. Segú mi deseo. Cuando supe que tenía don
con mis manos decidí hacer algo hermoso. Crear belleza. Quería algo
hermoso. Así fuera fugaz. Soy un artista, es como una pintura, es algo que
diseño para verlo. Eres artista, deberías entenderlo también. Ambos se
miraron y se entrelazaron las manos.
Las palmas de ambos quedaron pegadas. Se llevó la mano izquierda a la
boca recorrió los nudillos heridos, le fue dejando besos en el dorso de la
mano, al final se besaron el lateral del rostro.
—¿Usarás la cuerda en mí?
—¿Quieres?
—Ahora lo quiero, sí, ahora te entiendo a ti.
—Llegas al fondo de mí. De veras que entiendas esto es tan importante
para mí. ¿sabes por qué conecté contigo el primer día que te vi?
—Claro, por la negra hermosa que soy.
—Además de eso. Por una cosa puntual, esto. —le tocó una cicatriz que
tenía en un hombro—. ¿Cómo te lo hiciste?
—Un día en el campo cuando era niña terminé en un área con unos
toros cabrones, estos vinieron a perseguirme y al saltar me arañé con un
alambre. Fue profundo me salió mucha sangre. La herida era fea y terminé
con esta cicatriz ¿Por qué te gustan las cicatrices?
—La verdad no, pero esta me encantó, no sé por qué.
—Debe haber una razón.
—Bueno, se parece a esta.
Se levantó el pantalón y le enseñó una que tenía allí, en la parte trasera
de la rodilla, la había notado pero no se había fijado en la coincidencia.
Según supo él se la hizo precisamente con un alambre, de niño cuando
jugaba futbol.
—Tener la misa cicatriz lo tomé como una señal, no sé. Llámame loco.
Ella apoyó su cabeza en su hombro y se quedó así, él la acicaló un rato,
ambos en silencio.
—Aún nos queda mucho por hablar, pero quiero quedarme un buen rato
así, porque sentirte, me llena totalmente.
—¿Vamos a tu dormitorio?
Él sonrió, feliz de escuchar eso.
Se pararon y se fueron tomados de la mano a la habitación. Se
desnudaron quedando solo en ropa interior. Se acostaron y abrazaron, se
arroparon y así abrazados se durmieron, con una intimidad mayor a
cualquier relación sexual.
Cuando el sol entraba, ella despertó, se levantó y él se despertó.
—No huyas, por favor.
—No huyo, solo me levantó.
Él la empezó a recorrer con sus dedos por la espalda, sintiéndola,
acarició su piel suave, la olió, y parecía disfrutar y embriagarse del olor de
su amada.
—¿Me extrañaste?
—Mucho.
Los brazos de él la abrazaron por completo. Ella se dejó.
—Te tengo atrapada sin cuerdas —le dijo.
—Te quiero preguntar algo —le dijo ella.
—Dime.
—¿Siempre serán pervertidas las cosas entre nosotros?
—¿De qué hablas?
—¿Cada que me ates es que podrás correrte?
Él la miró inexpresivo.
—Dime…
Dado que no respondió salió corriendo y él la atrapó en la cocina.
—Siempre eres evasivo y hermético. Estoy harta de esto. Merezco una
respuesta clara, por favor.
Él la miró fijamente por un rato.
—No, no debe ser así siempre. Deberías saberlo, no siempre ha sido así
entre nosotros. No siempre necesito cuerdas o ligaduras pero necesito
sentir que controlo todo. Lo demostraré cada que pueda.
Ella sintió una sensación extraña.
—¿Lo comprendes?
—Sí, amo.
—Bien. Ahora, debes hacer algo. Quitate ese sujetador.
Ella obedeció, lo tiró a un lado.
—Ahora las bragas.
Lo hizo y quedó totalmente desnuda.
—Perfecto, vamos a desayunar.
—¿Hello? Estoy desnuda.
—Sí. ¿Quieres cereal o huevos revueltos?
—Me hiciste desnudar.
—Así es.
—Todo es perversión para ti.
—Andar desnudos no lo es. Tú que pones todo en una balanza de
moralidad, ya te acostumbrarás
El edificio tenía una piscina común y un par de horas estaban echados
en sus tumbonas, tomando el sol y viendo el azul del agua.
—¿Qué te apetece?
—Quedarme aquí echada y feliz.
—¿Nada más?
—Podemos ir a tu cama y recorrerla toda con nuestros cuerpos. Y luego
venir a la piscina.
—¿Hace mucho no ibas a una piscina?
—Sí, pero la verdad es que mi debilidad eres tú y me encantas, la
piscina es adicional, algo que me encanta.
—¿Vamos a la cama? —Planteó ella.
—Quiero conversar de eso contigo. Dado que quieres que te ate, quiero
hacerlo de un modo formal, que sea único y que disfrutes de la
experiencia.
—Explícate.
—Quiero que la actitud sea adecuada en ti, que te sientas tranquila y
que en la sala arriba te sientas cómoda con cada acto, que no pienses que
te voy a matar.
—De acuerdo, pero eso no tiene nada que ver con que vayamos a
revolcarnos en tu cama un rato. Ya va ¿Quieres atarme ahora?
—No. Pero quiero crear la expectativa con lo de atarte. Y sobre el sexo
que tendremos cuando se acabe.
—¿De veras?
—Sí. Quiero que sea mañana.
—Claro que sí.
—Vale, cuando llegue leerás unas instrucciones en la sala. Síguelas al
pie de la letra.
—Vaya formalidad. Bueno, dado que no haremos nada pues…
Se levantó y se lanzó en la piscina. Él la siguió.
Se acercó a ella por detrás y la abrazó. Se besaron y bañaron todo el día,
al atardecer comieron juntos y la llevó a casa, donde quedarían para verse
al día siguiente.

Al día siguiente la buscó Ronald, quien la llevó hasta el piso. Ella


estaba muerta de los nervios, pero no dijo nada. El corazón le latía con
fuerza. Entró, abrió la puerta de la habitación secreta. En un banco había
un traje de seda color rosa. Ella lo tomó lo acarició y contempló, vio el
papel doblado y lo miró. Era una lista para ella.
Comenzó a leer detalladamente las instrucciones:
Comienza por desnudarte completamente.
Ponte la bata sin nada abajo.
El pelo debe ir suelto.
Ponte de rodillas en el cojín del centro de la sala.
Disfruta.

Comenzó por desnudarse y sentía opresión en el pecho, nervios, cuando


se puso la prenda rosa, comenzó a sentir calma. Se acomodó sobre los
talones, sentía el olor de Alessandro, sentía su propio sudor.
Respiró calmada, sintiendo cada momento.
Al poco rato sintió las manos de él las puso en su cabeza, acarició el
cabello, la boca le rozó el oído.
—¿Estás bien?
—Algo nerviosa, pero bien.
—Todo va a estar bien.
—¿Estás nervioso?
—Sí.
Ella sonrió suavemente.
—Ponte de pie. —le pidió él. La ayudó. Luego le desató el cinturón de
la bata y recorrió con sus manos la longitud de los hombros y los brazos.
Le quitó el tejido y todo cayó al suelo, quedando desnuda.
Aunque muchas veces había estado desnuda bajo su cuerpo, esto era
totalmente nuevo, un nivel más de desnudez. Los labios de él comenzaron
a sentir la piel de ella. Descendían por la curva del cuello, trazaban un
camino erótico, seductor y excitante.
—Eres muy bella, mucho. Me encanta todo de ti —le dijo.
Llevó sus brazos a la espalda.
—¿Puedes agarrar los codos?
Ella se acomodó y él comenzó a atarla suavemente. El estómago se le
encogió de miedo, pero a la vez de un placer distinto.
—¿Puedo abrir los ojos?
—Si quieres.
—¿No te incomoda que te mire?
—No, pero el que tengas los ojos cerrados te da un nivel más de
control, te los puedes vendar también, con los ojos cerrados la experiencia
es diferente.
Ella quería ver pero a la vez quería contemplar a su hombre en la faena,
estaba meditando porque no sabía qué decidir.
—¿Qué hacemos?
—Ahí vamos viendo.
La besó suavemente.
Se alejó de ella, a buscar algo. Elegía tres rollos de cuerda blanca de la
otra pared. No se fijó mucho en lo que hacía hasta que desenrollo el
primero, cerró los ojos fuertemente.
—Te pondré un arnés en el pecho que te va a contener las manos. —
Dijo él.
—De acuerdo.
Esa era la respuesta que más deseaba escuchar, entonces comenzó
dándole una vuelta por el pecho, otra por debajo de las axilas, y la segunda
y tercera la cruzó por el pecho. Las tensaba de ese modo, las ligaduras le
estrujaban los pechos.
Ella miraba la forma en la que trabajaba el hombre, se centró en los
dedos, que se deslizaban por la piel para comprobar la tirantez de las
ataduras, confirmando que estaban ceñidas.
—¿Aguantas la respiración?
—Un poco.
—Toma aire y suéltalo despacio.
Ella lo hizo varias veces, llenando los pulmones de aire. Él ni se
inmutó. La siguió atando. Cuando tiró la cuerda por encima del pezón, ella
jadeó sorprendida.
—Otra como esta.
La otra le apretó y otras dos le comprimieron los pezones, entre las dos
cuerdas y le dejó una sensación similar a un pellizco. Ella abrió los ojos
asustada. Vio sus pobres pezones alargados por la presión y saliendo de las
cuerdas.
Alessandro acarició el derecho con los dedos y sostenía la cuerda.
—¿Dolor?
—Cuando me tocas así, no.
La siguió tocando mientras se miraban fijamente.
Los pezones son sensibles, lo sé, pero mi boca ayudará a que no te
sientas más así la circulación volverá. Esta oferta le excitó y cerró los
ojos.
—Respira. —Dijo para pasarle la cuerda por la caja torácica. Las
manos parecían estar por todos lados palpando, revisando la obra maestra.
Ahora sus manos llegaron al clítoris y con el dedo pulgar acaricio su
sexo. Recorría cada parte, presionaba toda esa área, de distintas formas.
Ella sentía cómo la cuerda pasaba por esa parte, a cada lado de los labios,
y luego el tirón en las piernas y las paredes del culo.
—Eres tan hermosa en este momento.
—Lo imagino.
—Me encanta saber que puedo hacer que te corras cuando yo lo desee.
Eso me pone.
Luego de decir esto dio un tirón que sintió desde los pezones al clítoris.
Pasó por el sexo el ano y otras zonas erógenas que no conocía. El dolor
pasaba a ser placer de una forma increíble.
Tiró de ambas puntas de la cuerda, sujetó la cuerda que pasaba por sus
piernas y ató los brazos que quedaron inmovilizados.
Ella respiraba con dificultad. No controlaba. Sentía un poco de
claustrofobia. La fue relajando poco a poco. Le hablaba, le susurraba que
todo estaría bien y le daba besos suaves.
—No tengo aire.
—Amor.
—Que no puedo respirar. Coño.
—Para, un momento, para, controlo todo, piensa que estás a salvo.
—No. Quiero que me sueltes.
Él la dejó sola. Esto aumentó más el terror que ya sentía, la cuerda se le
clavaba y le hacía más daño. Giraba el cuerpo, quería desatarse. Quiso
gritar pero no pudo, solo un gemido, sentía la sangre fluyendo a toda
velocidad por su cabeza. Pero una piel suave, delicada, cálida, se pegó a su
espalda, era Alessandro.
Atrajo la parte de abajo del cuerpo al suyo, con el brazo derecho. Así la
cuerda no le rozó más la piel. Le rodeó la garganta con la mano izquierda
para poderla sujetar. La inmovilización no le dio más miedo. Se calmó.
Sin decir palabras la había tranquilizado.
—¿Estás mejor?
—Sí.
—Te soltaré ¿Lista?
—Sí.
Para liberarla del arnés del pecho le tomó más tiempo del que ella
esperaba que fuera.
La presión del cuerpo, el pecho, el sexo, la posición de los brazos las
manos, la intensidad de él. Todo la hacía sentirse unida a él.
Ahora le ordenó que se pusiera de rodilla a lo que ella obedeció sin
chistar. Puso la cabeza adelante y las puntas del cabello rozaron la parte
superior del os muslos.
Poco después siente a su hombre ahí mismo, cerca. Su boca le mordió
el cuello succionó, hizo que se retorciera y sintió temblores y la necesidad
de sentirse cerca de ella.
Ella estaba bajo el control de él. No podía tocarlo, ni tocarse ella. Era
una rendición tan deliciosa.
La cuerda le acariciaba el clítoris, la mano de él jugaba en sus pezones,
los tiraba un poco, los pellizcaba. Le daba caricias suaves. Sujetó la cabeza
con la mano y bajo la piel de la oreja.
—Amor.
—Dime.
—¿Vas a acabar?
—No.
La cuerda aumentó la fuerza y ella sintió un corrientazo.
—¿Así?
—Mejora. Pero no creo que pueda sin un contacto directo.
Dicho esto él comenzó a jugar con sus pezones acariciándolos con su
lengua. Acercó la cabeza al otro pecho y rozó con los dientes esta parte.
Ella comenzaba a disfrutar de verdad.
Él comenzó a acariciar con los dedos el clítoris de ella, a ambos lados,
haciendo que la sangre circulara por la zona. Las cuerdas aumentaban la
sensación de mareo. Sintió la boca de él comiendo ese punto de la oreja.
Llegó la descarga eléctrica hasta los pezones y a toda velocidad a su sexo.
No lo vio venir pero en un instante estalló. Fue duro, lo sintió en todo el
cuerpo. Alessandro soltó la cuerda y se pegó al clítoris. El dolor duró un
poco, apenas un instante. Y el sexo convulsionó y la hizo estallar de
nuevo. Cada pulsación era un golpe de la cuerda.
Ella se arqueó para atrás, no tenía a dónde ir con las manos atadas, la
boca de él le comía el cuello a la vez que le retorcía los pezones. Sentía el
ritmo y cuando descendió sintió como la atravesaba todo. Las caricias de
él eran agresivas y placenteras.
Ahora la puso de rodillas en la colchoneta de entrenamiento, con el
pecho pegado al vinilo y el culo en pompa. Las manos caminaron por la
espalda desde arriba hasta que llegaban al culo. Dijo su nombre
suavemente. La recorrió y recorrió la entrada, ahora, él desnudo puso la
punta en su abertura y luego entró totalmente. Estaba húmeda y con un
orgasmo de ventaja. Él comenzó a embestirla con fuerza. Ella no tenía
aire, él corrió las manos de las caderas y le daba envites. Le encantaba
esto. Se sentía poderosa. Porque había llevado a su hombre al límite.
Él demostraba todo lo que tenía con esos envites violentos que le daba.
No hablaba. Al final los dedos se clavaron en la carne y soltó un largo
gemido, hundiéndose más.
Retrocedió y la ayudó a levantar. La abrazó y la llevó a la cama. Se
besaron largo rato y luego, él descendió suavemente por su cuerpo hasta
llegar al clítoris, inflamado y sediento.
Su lengua en pocos minutos la llevó de nuevo al orgasmo. Ella estaba
sorprendida de cómo este hombre la hacía explotar de placer. Él la fue
acariciando suavemente mientras le pasaba las manos por su piel,
sintiéndola.
—La forma en la que te ves atada, es increíble, es esa entrega total para
mí.
—¿A pesar del miedo que pasé por un momento?
Los ojos de él la miraron un momento y al final le respondió.
—Incluso en ese momento.
—Amor.
—Ya va.
La terminó de desatar eliminando todos los pedazos de cuerda que
tuviera por alguna parte. La sangre comenzó de nuevo a fluir por su piel y
se sintió liberada. Él comenzó a besarla para calmarla por las
consecuencias de ese rato increíble de placer.
—Vaya experiencia.
—¿Te ha gustado? —Le preguntó él mientras acariciaba la piel por
todas las partes donde se veían las marcas.
—Hay dolor, pero luego pasa, es algo raro porque deseo el dolor, pero a
la vez no quiero que suceda de nuevo.
—Eso amor, es lo que le llaman el límite entre el placer y el dolor. Es
como un cortocircuito del cerebro donde desea ambas sensaciones y a la
vez no.
—Es de comprender cuando estos bailando en ese placer que me acabas
de dar. No dejas de sorprenderme mi amor.
Se acostó colocándose boca arriba y él le acarició la piel y llegó a su
boca, la cual volvió a comerse con placer. Bajó a sus pechos que se veían
maltratados y los besó y acarició en cada espacio, lamiéndolo quitándole
las heridas.
Ella dibujó una sensación de placer en el rostro. Se estaba adaptando
bien a esto.
—Veo que se te da bien esto del BDSM y el Bondage. Ya verás todo lo
que haremos de aquí en adelante —le dio otro beso. ¿Tienes ideas para que
exploremos de nuevo en estos días.
Ella le miró
—Debo confesar que pensaba que lo haríamos esta vez y a lo mejor
nunca más pero tengo que decir que me ha gustado muchísimo.
—Me alegra mucho escuchar eso. Tengo muchas ideas para que las
pongamos en marcha y te ate y disfrutes de nuevas maneras.
Ella se miró la piel, las marcas, pensó en si dejaría cicatriz o al otro día
ya sería solo una marca que al rato se iría. Miró sus muñecas, llenas de
marcas y pensó en que tendría que ir con manga larga para que no se
notara que tenía esas laceraciones.
—Amor ¿Dónde andas? —Le preguntó él.
—Solo pensaba en cuánto tiempo durarán estas cicatrices antes de
borrarse por completo.
—Se desaparecen en pocas horas, no te preocupes.
—Creo que me estoy enamorando de ti. —confesó ella.
—Yo estoy enamorado desde la primera vez que te vi. Supe que eras mi
alma gemela.
Ambos se besaron.

Poco a poco Jessica fue descubriendo más de él, supo que no era un
violento sino que por ser así, hermético, distinto, la gente lo relacionaba
con crímenes, con violencia y al fijarse, todo era cuestión de envidiosos
que lo calumniaban.
Pasaría mucho tiempo, para que Jessica, accediera a ponerse en el club,
abierta como una flor, para todos, pero que el único que la tocara fuera
Alessandro, aprendió que debía mostrarse al mundo tal cual era y que los
demás dijeran, importaba poco, en ese mundo, todos eran iguales, y lo que
ella y Alessandro sentían, lo debían envidiar en todo el mundo.