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Día 1.

En el escondite equivocado

—Oye, Marie.
—….
—Marie…
—…
—¿Me escuchas?
—….
—Despierta, Marie.
—….
—Vamos. Será solo un momento…
—….
—Marie, cariño.
—Que…
—Marie, ¿me escuchas?
«¿No ves que necesito dormir? ¿Qué más te da despertarme
ahora que dentro de tres horas?»
—No te has tomado lo pastilla de hoy…
«Mierda. La ha visto. Impertinente. Otra vez con lo mismo.»
—No la necesito.
—Tendrías que haberla tomado al mediodía…
—Estoy durmien…
—Solo un momento. Luego sigues durmiendo…
—Te he dicho que…
«Ahora no. Déjame en paz. Tengo dos horas, ¿dos horas o
tres? Da igual, ahora no quiero hacerte caso. Si quieres luego
me molestas. Luego me tomo lo que quieras. Ya está. Tengo
que decírselo así de claro: no tomaré una sola pastilla más.
Ahora déjame. No voy a hacerte caso. ¡No!»
—No las necesito…
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—Marie, por favor, solo tienes que dar un sorbo y luego
sigues durmiendo. Es por tu bien.
—Por mi bien…
—Es por tu bien, en serio.
«¿Por mi bien? Hace años que dejé cualquier medicación y
ahora insistes. ¿Por mi bien? ¡Erre que erre! Ahora tengo que
dormir. ¡Dormir! Eso sí que es por mi bien.»
—Marie, venga.
—…
—Bueno. Sigue haciéndote la dormida si quieres.
—Te he dicho que…
«Luego no daré todo. No daré todo y mis oyentes lo notarán.
Todo por tu culpa. Mirándome con esa cara de cordero
degollado, como siempre, como si así tuviera ganas de hacerte
caso. Siempre molestando en el momento más inoportuno.
¿Acaso eres mi padre? ¿Es que siempre tienes que estar en
medio? Cállate ya, por favor. Cállate y no hables más. Ni un
momento. Ni dos. Ni tres, ni cuatro, ni cinco. Cállate. ¡Calla!»
—No las necesito.
—Pero si no te las tomas...
«¡Qué! ¡Si no me las tomo qué! ¿Ya no podrás
manipularme? ¿Me enteraré por fin de lo que estás tramando?
¡Siempre he estado bien! ¡Siempre! ¡Lo sé, joder! ¡Eres tú
quien te crees que por tener un título de médico de mierda
puedes obligarme! ¿Acaso he pedido que me cuides? ¿Crees
que me sigo creyendo que soy la mujer más importante de tu
vida? Ya, claro.»
—Qué. Si no me las tomo qué. Sigue si tienes huevos.
—Marie…
«Sé que ocultas algo. Tu trabajo en esa clínica asquerosa y
tus experimentos. ¿Te crees que soy tonta? Cuando me hiciste
retomar esa medicación, ¿crees que te hice caso? Algún día
sabré porqué estás aquí, vigilándome. No sabes nada de lo que
hago a tus espaldas. ¡Nada!»

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—Déjame dormir y cállate.
—No puedo callarme, Marie.
«¡Ya! ¡Cállate!»
«No, tranquila, pausadamente y tranquila. Vuelve a dormir,
sin hacerle caso. Sí. Ya sé que se me ha olvidado tirar la
pastilla, pero no sirve de nada martirizarse. Lo hecho, hecho
está.»
—Es necesario que las sigas tomando. Te prometo que
cuando acabes esta última caja no te volveré a recomendar
nada.
«¿Recomendar? Así es como empezaste el día de mi
cumpleaños. Ese mismo verbo saliendo de tu boca.»
—Déjame.
—Venga…
«No. Por ahí no. No se toca. No me toques. Quita esa mano,
esa mano fuera o te la corto. ¡Que te calles y no me toques
como si te importase algo!»
—Déjame…
—De verdad, Marie. Si no te las tomas yo…
«¿Por qué tienes que tocarme? Lo haces por joder. Sí, ya lo
sé. Lo sé, ¡es que lo sé! ¡No eres mi padre! ¡No necesito un
morboso que me controle en cada momento lo que tomo o dejo
de tomar!»
—Sabes que no necesito tomarme nada. Estoy bien. Gracias.
—Si no te la tomas ahora no podrás…
«Tranquila. Contrólate, Marie, ya. No dejes que te supere la
ira. Más suave, así: “déjame dormir.” Eso es. Me dejas dormir
y punto. Sin ira. ¿Ves cómo se apaga tu pecho? Es lógico. Eso
es, tranquila.»
—Qué. No podré qué.
—Quería decir que no podré ayudarte en condiciones. Soy
tu marido y prometí cuidarte. Te las tomas y hablamos
tranquilamente.

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«No, capullo. Yo no he firmado nada. ¡Nada! ¿A quién se lo
prometiste? ¿A quién? Ni me roces.»
—Si quieres ayudarme, lo mejor será que te calles y me
dejes dormir.
—No puedo dejar que pase de hoy. Tenemos que hablar.
«¡Hablar de qué! No. Así no. Contrólate. Escúchale como si
estuvieses en la radio, sin más. Eso es. Y ahora se lo dices.»
—Soy yo la que quiere hablar de tu maldita medicación…
—La medicación es necesaria, Marie…
«¡Nada, nada! ¡No hay forma! Mira, ¡lo único que quiero es
que cierres tu puta boca! Es fácil, ¿no? ¿O es que has llegado
para joderme la tarde? No, ya sé. Lo que quieres es que salga
mal la noche. Que me noten cansada, que vuelva a necesitar tu
apoyo y me metas más y más pastillas. Así no habrá forma de
quitarte ese careto de encima. Y así conseguirás que me echen
de la radio. Eres un cabrón. ¡Estoy harta!»
—No voy a seguir tomándola.
—La medicación y tu salud es lo que más me importa…
«Será mentiroso. Será asqueroso. No. No abras los ojos.
Sigue tumbada como si nada. Así no parecerá que te estás
poniendo nerviosa. Quiere parecer el bueno de la película. El
que nunca ha roto un plato. Pero no soy tonta.»
—Vete. Ahora mismo.
—Si no las tomas no te dejaré ir esta noche a la radio.
«¿Eso es lo que quieres? ¿Qué reviente? ¡No! Me
controlaré. Sí. Mejor hago como que no he escuchado nada.»
—Repítelo si te atreves.
—Marie, esto es importante.
—¡Repítelo!
«No puedes controlarme. Tu droga no me hace efecto. Si
supieses que llevo meses escupiéndola delante de tus narices.
Así que cierra tu boca. Cierra tu puta boca y métete a dormir
conmigo si quieres. Dormir y ya. No es tan difícil.»

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—Mira. ¡Si no te la tomas no vas a la radio esta noche!
¡Punto!
«Y sigue. Erre que erre. ¡Erre que erre! Luego no doy todo
lo que tengo que dar. Y mis oyentes lo notan. No. No abras los
ojos. Que no gane la batalla. Y luego vienen los morbosos:
“¿Qué pasa con tu vocecita?” “¿Es que hay alguien que te ha
robado el sueño?” Y sus risitas: “ji, ji, ji”. Es que no los
aguanto. ¡No los soporto! Ojalá le llamen ahora mismo por una
urgencia y tenga que irse. Y por fin se calle.»
—Voy muy en serio, Marie. Te la tomas, hablamos y luego
vuelves a dormir.
—Y yo también voy en serio. No voy a tomarme nunca tus
medicamentos. No los necesito. Así que déjame dormir.
«Marie, tranquila. Intenta no escucharle. Ya se lo has dicho.
Te relajas y duermes. No escuchas. Ya está, así. Sin más. Mi
pecho ya no me quema. Qué bien. Todo va a ir bien. Es un
cabrón que oculta algo. Eso ya lo sabemos. No tiene solución.
Esa mirada asquerosa no tiene solución.»
—En fin… Esta noche no vas a trabajar. Llamo ahora
mismo y les explico que no estás en condiciones de ir a la
radio.
—Tú no vas a llamar a nadie. Tú…
—¿Es que no entiendes que tu salud es lo primero?
—¡Tú solo vas a cerrar la puta boca ahora mismo!
«No. No empieces tan pronto. Tranquila. Mierda. Tendría
que haber puesto un pestillo en la habitación. Tener a mano un
par de tapones. Se me ha olvidado, ¡joder!»
—Por tu bien, no metas a mi programa en esto…
—Esto es muy difícil para mí también, Marie. Pero prometí
protegerte. La radio siempre te ha quedado grande.
«¡Eres un cabrón! ¡Un cabrón! Cállate si no quieres una
hostia. Una hostia grande y fuerte. Hasta partirte el careto.»

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«No. No voy a pegar a nadie. Relaja los músculos. Esos
dedos están tensos. No digas nada. Cállate. Él ya sabe lo que
tiene que hacer. Eso es. No voy darle una hostia. Para qué…»
«¿Y si le parto la nariz para que se quede unos cuantos días
en el hospital y no vuelva a amenazarme? La próxima. La
próxima, si no se calla, se llevará una buena hostia, ¡joder!»
«Otras veces he fingido sin problemas que me las tomaba.
Hoy no me ha dado tiempo a tirarla por el váter. ¿Cómo
pensaba que iba a venir tan temprano? Seguro que vas a
clavarme esos ojos de borrego si me despierto. Y al final la
tomaré. Y al final tendré que sacrificarme para que se calle. No
lo soporto. No, no y ¡¡no!!»
—Te lo repito solo una vez más: ¡cállate!
—Hoy no estás preparada para ir a ese sitio. Voy a por el
teléfono.
—No te metas en medio…
«Tú. No. Relájate. No abras los ojos aún, que no gane la
batalla. Relaja los dedos de los puños. Suéltalos. Suéltalos.
Mejor abajo, ahí, sí, que no los vea. Venga, puedes hacerlo,
suéltalos.»
—¿Por qué te levantas?
—Ya lo sabes. Llamo a Manu.
—¿A Manu? ¿Y tú como tienes el teléfono Manu?
—Eso no importa. Hoy no vas a la radio de noche. No es
seguro.
«¿Qué cojones estarán tramando esos dos estúpidos? No.
Tranquila. Voy a darle una oportunidad. Antes de que marque
el número completo. Tómatela y así te dejará en paz. Dejas la
cápsula unos segundos en el carrillo y luego vuelves a sacártela
de la boca. ¿Qué más dará?».
—De acuerdo. Deja el teléfono.
—Por fin…
—Ve a la cocina y tráemela.
—Aquí la tienes. También tienes un vaso a tu lado.

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«¿Ya? ¿Tan rápido? No puede ser. ¿Cuándo lo ha traído?
Voy a mirar y luego cierro los ojos. Solo unos segundos.
Aunque podría tener alguna pista. Sí. No le miraré a los ojos. A
saber con qué quiere drogarme. A ver. Seguro que esa pastilla
la ha sacado directamente de su consulta. Vale. Tranquila. No
vas a tragártela. Apenas se habrá deshecho cuando la escupas.
Solo tienes que fingir. Una sonrisa falsa y ya. Aunque ha
ganado esta batalla. Da igual. Ni siquiera hemos terminado la
partida. Mientras relajarás tus manos. El pecho también.
Relájalo, Marie. Todo saldrá bien. Das un trago y no hace falta
que le mires. Espera. ¿Y esa bolsa? Bueno, ahora que parezca
que la tragas. Y la dejas en un lado.»
—¿Qué es eso que llevas?
—Nada…
«No lo mires más, Marie. Deja el vaso y no mires. No me da
buena espina. ¿Qué cojones trae? ¿Más pastillas? No me gusta
lo que hay en esa bolsa. Si no tuviese nada que ver conmigo la
hubiese dejado en otro lado. Él quiere que la vea. ¿Está
envuelto? ¿Algún regalo para parecer que me quiere? Espera…
El logo del plástico me suena. Ese logo lo he visto en la calle…
Joder, ¡dónde! Venga. Ya. No mires nada. Ahora lo más
importante es que escupas esa pastilla.»
«Te das media vuelta y la escupes con la lengua
disimuladamente sobre la almohada, restriegas el brazo y ya.
Así.
—Apaga la lampara. Ya puedes dejarme tranquila.
—Bueno, en realidad…
¿Por qué narices sigue sin salir del cuarto? Sí. Había dicho
que quería hablar conmigo. Que hable más tarde, ¡joder! Se
quita el abrigo y los zapatos y se tumba. ¿Para qué? No lo
hagas, Marie. No te des media vuelta. Si quiere dormir que
apague la lamparilla. ¡Que la apague!»
—O me dices qué cojones llevas ahí dentro o si te tumbas
apagas ahora mismo la luz.

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—Lo siento.
—¿Qué…?
—No sé ni cómo ni quién. Pero he encontrado algo…
—El qué…
—No lo sé. Tampoco sé por qué ahora sí pero antes no,
pero…
«¡Pero qué coño dices! ¡Qué coño dices, asqueroso! Espera
que me entra la risa. Me jode y luego dice que no sabe nada.
No sonrías, Marie. Aunque estés de medio lado no sonrías.
Luego sabrá que estás pensando en él. ¡No pongas tu puta
mano sobre mi espalda!»
—Deja de decir bobadas. ¿Qué narices llevas en la bolsa?
—Alguien lo ha publicado sin darme cuenta, Marie.
—Tu mano… Me estorba.
«¡El qué! ¡Qué cojones han publicado! Si vas a seguir con
más chorradas duérmete. Para escuchar gilipolleces ya tengo a
los morbosos. A veces pareces uno de ellos. Reptando igual
que ellos. Metiéndote donde no te llaman. Eso sí que lo sé. Lo
noto. Aunque tú te creas mucho más discreto. Lo sé, asqueroso.
¡Lo sé!»
—Ya está. Ya lo he dicho, lo siento.
«¡El qué!, ¡el qué!, ¡¡el qué!! ¡¡Joder!!»
—¿Qué cojones han publicado?
—Marie, ahora hay que mirar adelante. Y ya…
«Vamos a ver. Vamos a ver si entiendo a este asqueroso,
porque ya me quema el pecho. ¡Me duele, joder!»
—Vas a decirme de una vez… que cojones dices qué…
—Marie…
«¡Dime ya cabrón…!, ¡O te mato! Te rajo, te despedazo. Tú
sigues creyendo que sabes mucho sobre mí. Pero no, ¡no!»
«Marie, no. Así vamos mal. Para. ¡Para! Tu no matas a
nadie… Te relajas y tranquilizas. Y acabará todo bien. No,
Marie»
—Qué me digas qué cojones han…

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—Marie. Solo eso.
—Repítelo si te atreves…
—Marie.
—¿Con la e bien grande?
—Así es.
—Mi nombre.
—Sí, Marie. Lo siento.
—¿A qué te refier…?
—A tu libro, Marie. A tu libro.
«¿Mi libro? ¿Cómo que “tu libro”? ¿Ha dicho mi libro?»
—¿Cómo que mi libr…?
—Tu obra, Marie. Una novela con tu nombre. La obra de tu
vida de la que alguna vez me hablaste. Esa.
—Ya…
—Lo siento.
—Eres un mentiroso…
«No entiendo todavía. No entiendo qué propósito tiene con
esta broma. Es un cabrón. Es un cabrón que ha venido a
destrozarme la tarde. Ha venido a hundirme. ¡A mí y a mi
programa! Tantas preguntas trampa, tantas miradas de cordero
degollado. ¡No lo soporto! Me quiere arruinar. ¡Quiere
arruinarme!»
—Lo siento, Marie.
—No entiendo por qué narices sacas este tema…
«Cada vez reconozco menos a este gilipollas. Qué he hecho,
¡qué he hecho solo por una puta polla! ¡Mejor cállate!»
—No. No acepto tus mentiras. ¿Está claro?
—Es real, Marie. Alguien lo ha escrito.
—Cierra tu puta boca, mentiroso.
—Lo siento, cariño…
«No, no, ¡no! Cállate y no me toques. No me toques más el
hombro. ¡No y no! Relájate. Espera un momento. Escucha y
duerme. Y ya. Nada más. Es imposible. Lo que dice es una

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puta broma, es un puto cabrón… ¡Se cree muy gracioso! Pero
voy a darle, voy a darle fuerte si sigue haciendo esto.»
—Estás mintiendo.
—No. Marie. Es tu libro. Es real. Lo he tocado, lo he olido.
«¿Y lo has leído? ¡¿Acaso has tenido los huevos de leerlo?!
No, claro que no. Porque no es real.»
—Eres un…
«Tranquila. Descansa. ¿Cómo cojones tienes la asquerosa
idea de contarme que hay un libro por ahí con mi nombre? Te
voy a romper de alguna forma, igual que estás liándome ahora,
cabrón. No. Tranquila. Ponte seria, pero no violenta. Olvida la
ira. Inténtalo y habla igual que antes. Tienes que dejárselo
claro. Habla seria, Marie.»
—No voy a escucharte. Ya me he tomado la medicina que
querías. Cállate y no vuelvas a decir nada, esta noche tengo
mucho trabajo. Nada más. ¿Lo entiendes?
—Marie. ¿Ahora entiendes por qué estaba tan nervioso?
—No voy a tolerar tus gilipollec…
—Puedes verlo si quieres. Lo he comprado
—¡Que te calles!
«No. No te des todavía media vuelta. La bolsa seguro que la
ha dejado a su lado. Lo sé. Otra, otra puta caricia más sobre mi
hombro y te agarro el brazo y te lo parto por la mitad. Clac,
clac, ¡¡clac!! Que lo escuches bien, que escuches como se
parten todos, todos tus huesos.
«No, para, Marie… ¡No! Relaja, para. No es el camino,
no…»
—Marie, por favor, es solo un minuto. Y después todo habrá
acabado. Es tu libro.
—¡No te creo!
«Así, si le agarro y le parto ahora, por lo menos grita, grita
con razón, grita y no habla. No te rías, no, no. No sonrías. No,
para… No digas nada, es peor. Sé contundente. Nada más. No
te dejes engañar más. Sé seria, Marie. Ni una palabra más

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perdida. Ni se te ocurra, ni se te ocurra encender la luz de la
habitación. Te mato y te cuelgo, te cuelgo apretándote bien del
cuello, te cuelgo de esa puta lámpara.»
—Ya. Déjalo y cállate. Apaga la luz, por favor.
—No puedo. Yo también estoy muy afectado.
«Como sea verdad le mato, ¡¡le mato!! Pero no, no,
tranquila. Una broma. Ya. Ya está.»
—Apaga la luz y cállate te he dicho.
—Marie… ¿es qué no me has escuchado?
—¿Y tú no me has escuchado tampoco?
—Marie… mira ya de una vez, cariño…
«¿Ya lo has sacado de la bolsa? ¿Ya? ¡Ni me toques! ¡Ni me
roces! ¡Hijo puta, esas manos lejos de mi cara! ¡Lejos, muy
muy lejos, coño!»
—Marie, míralo, por favor.
—No soporto tus mentiras.
—Míralo, por favor. No es una broma. Esto es importante.
—Mi libro NO EXISTE.
—Marie, sí existe.
«Mierda, mierda, lo has dicho en alto. Vale. Ahora relájate.
Si no va a pensar que está ganando la partida. Antes has cedido
y te has tomado la pastilla. Pero ¿y si es verdad lo que dice? No
tengo ningún plan si es cierto eso del libro. No puedo fingir
que todo sigue como siempre. Eso de la bolsa no me ha dado
buena espina. Pero no importa. Para y respira. Uno… dos…
uno… dos… uno… dos…»
—Marie, si no quieres mirar, tócalo. Toma.
«Que te calles, ¡que te calles!»
—Cállate, coño. No existe.
«Putas hojas. Huele a libro… Sí, como esos recién impresos.
Sí, vale, exacto, tranquila. ¿Qué narices estará tramando?
¿Cómo sabe que es mi libro? ¿Pone de verdad mi nombre?
Vale, tengo un libro a mi lado. Lo sé. Siempre le ha jodido que
me vaya tan bien en la radio. Le jode que tenga muy claro que

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solo quiero su polla. Esa polla dura que tiene. Joder, que asco
me da ahora. No, no voy a escucharte, no quiero que me
despiertes con tus gilipolleces. Espera. Tiene letras grandes en
relieve… Una “m” mayúscula. Y una “a”. No puede ser. ¡No
voy a seguir palpando! Me das asco. ¡Auch, joder!»
—Joder, qué has hecho…
—Lo siento, Marie. Te doy papel… Yo tampoco sé cómo ha
ocurrido.
«Ya lo has hecho, cabrón. Has hecho que me corte con una
puta hoja, ya tienes sangre cerca. ¿También vas a coger
muestras de ellas? Vale, voy a abrir los ojos. No me ha gustado
nada eso de las letras mayúsculas en relieve, así que como sea
una broma te corto. Te rajo los ojos con cada hoja, una a una.
Y tus yemas. Sí… las yemas también, igual que yo ahora. Te
rajaré hasta la punta de la polla. Te la cortaré lentamente
cuando aún estés sintiendo, aunque solo te quede una pizca de
aliento.»
«No, no, Marie, no sigas así. Así no.»
—Marie… es tu libro, por el amor de dios, hazme caso por
una vez en tu vida.
«“Por una vez en tu vida”. Antes te he hecho caso y no te
has callado. Como sea cierto todo esto te mato.»
—Marie…
—¡No repitas más mi nombre, joder!
«Te das media vuelta, abres los ojos y punto. Aunque no
quieras. Me incorporo, abro y miro. Abro y miro, Abro y miro.
Solo eso, muy fácil. La luz ya la ha encendido. Lo tiene todo
preparado. Pero él no sabe lo que yo tengo preparado. ¿O sí?»
«No, no, ¡¡no!! Vale, tranquila. Lo estás intentando. Aunque
no pueda. ¡No puedo!»
«Me incorporo unos segundos y abro y miro. Y me lo cargo,
entero, sin más. ¡Y me lo cargo!»
—Esto es…
—Es tu obra...

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—¡Cierra la boca!
— Marie…
—¡Cierra la puta boca!
—Lo siento…
—Ya, ¡ya!
—Te lo dije, Marie. Lo siento…
«¿Por qué cojones me pide tantas veces perdón? ¡Por qué!»
«No puedo, no puedo. Lo pone. ¡Pone Marie! No, esto ya no
es broma. No lo es. Él lo sabía antes que yo. Ya no es una
broma. ¡No lo es!»
«Mi sangre rozando justo la “m” mayúscula. Y todavía ha
tenido el valor de hacerme tragar una pastilla sabiendo todo
esto.»
—Qué cojones significa este libro.
—Marie, lo siento.
—Cómo que lo siento…
«Lo siento, lo siento… Blablabla... ¿Solo sabes decir eso?
¿Solo eso? Mierda, me duelen los ojos. Queman. Ciérralos un
momento. No puedo soportarlo. ¡No puedo!»
—Cuando narices lo has escrito.
—¿Marie?
«Lo vas a sentir. Claro que lo vas a sentir. En tus carnes, en
tus sesos, en tus huesos. Sí. Eso es. Voy a estrujarte, voy a
arrancarte en pedazos.»
«No, Marie, no. Así no. Respira… Uno, dos, uno, dos. Uno,
dos. Uno, dos. Respira. Que no te supere esto. Suelta. Suelta el
puño izquierdo. Que no lo vea. Así, tranquila. Tranquila.»
«No puedo. No puedo. Aguanta. Aunque no pueda,
¡aguanta!»
—Que cuando lo has escrito…
—Yo no he escrito nada, Marie.
«¿Esto era lo que tramabas?»
—Lo siento.

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«No puedo, No puedo. Es demasiado. Relaja la mandíbula.
Ya... No puedo, lo sé. Ha sido él. ¿Quién si no? ¡Quién! Solo
él, él quiere acabar esto. Él lo ha traído hasta mi cama. Estoy
segura, lo sé. Quiero morderlo. Morder este puto libro y
destruirlo.»
—Lo siento…
—¡Te he dicho que te calles! ¡Que no lo repitas!
—Podemos superarlo…
—Has sido tú, ¿verdad? Eso es lo que llevabas tantos meses
tramando.
«No sigas enfadándote y relaja. Relaja. Inténtalo solo un
momento, relajar y soltar.»
—Yo no he escrito nada, Marie. Estoy igual de asustado que
tú. Solo quería avisarte. Lo he comprado y ya está. ¡Solo eso!
«Puta mano, ¡puta mano! Eso es lo primero que voy a
cortarte cuando te mate. Para que no vuelvas a escribir otro
libro; para que no vuelvas a entrometerte en mi vida. Nunca en
mi puta vida.»
—¡No me toques y no te acerques! ¡Ni me toques! Ahora
entiendo por qué querías que estuviese atontada con tantas
pastillas. Para que no me diese cuenta. Tú eras el único que lo
sabías. Tú…
—Marie, ya. Relájate.
—¡Dime qué cojones pone!
—¡No lo sé! Acabo de comprarlo.
—¿Cuántos había? ¡Cuántos!
—No… me he fijado…
—¡Cuántas copias has hecho de este asqueroso libro!
—Te repito, Marie, que yo no tengo nada que ver con esto.
Así que relájate, por favor. Lo averiguaremos juntos.
—Mentiroso. Al final eres otro morboso. Mira que lo sabía.
—No, Marie, ¡no! Relájate, joder, ¡relájate!
—¡Has sido tú! ¡Tú, cabrón! ¡Solo tú me conoces! ¡He
confiado en ti estos años!

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—Ya, Marie. Me estás haciendo daño en la mano, suélta…
la.

«Relaja, inténtalo, solo un poco. No puedes seguir así. No


puedo. Venga, sí, solo un poco. Un poco. He agarrado algo y
quiero reventarlo. Voy a reventarle cada huesito de su mano,
todo. ¿No notas como tiemblo? ¿No es esto es lo que
buscabas?»
«Primero me despiertas y me obligas a drogarme. Me
amenazas con hablar con Manu y colocas la guinda sobre el
pastel. Ni de coña. Esto es demasiado.»
«Relájate. ¡Suéltale y respira!»
—¡Ya! ¡Suéltame, Marie! Joder, estás loca. ¡Estás loca!
¡Definitivamente esta noche no estás para ir al programa!
«Loca… Me ha llamado loca. Sí. He escuchado bien. Estoy
loca… Es lo que quiere. Que pierda mi cabeza, mi cuerpo.»
—Repítelo si te atreves…
—¡Loca, joder!
—¿Te crees qué vas a ponerme un bozal para que sigas
haciendo con mi vida lo que te apetezca?
—¡Estás loca! ¡Loca!
«¿Estás asustado? ¿Por qué no quitas ya esa cara de cordero
degollado?»
—¿Escribes sobre mi vida y no tienes huevos de dar la cara?
Tú lo que eres es un cabrón...
—Marie, yo… Lo siento. No quería decirte eso. Pero
cuando te pones así, me asustas y me haces perder los papeles.
—Tú… aceptas que has sido tú…
—Me he equivocado. Te lo puedo repetir más despacio,
Marie, pero no más claro…
—Tú…
—Marie, ¡mírame!, ¡mírame! Yo NO he hecho nada.
«Estás asustado ahora, ¿verdad? Porque sabes que estás al
lado de una loca. Pero es al revés, eres tú quien me asustas.

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Cómo iba a imaginar que hoy acabaríamos así. Cómo me iba a
imaginar que lo harías tan pronto.»
—Eres lo peor. ¡Eres lo peor que he conocido!
—¡Marie! ¡Escucha! Al volver del trabajo he encontrado
este libro en la librería de siempre.
—¿En la librería de siempre…?
«¡Qué tienda! No. Tranquila. Vamos a hablar como dos
adultos. Y voy a dejarle las cosas bien claras. Que todos estos
meses no he hecho nada de lo que me “recomendaba”. Y que
gracias a eso veo por fin las cosas claras. ¡Por fin!»
—¡En qué tienda!
—La de la calle Alcalá. La de siempre…
—¿Y el autor? ¡Aquí no pone nada!
—No sé. Marie… No sé.
«Tranquila. No tires el libro por los aires. Pero no me atrevo
a tenerlo más entre las manos. Esas solapas blandas con mi
nombre en relieve… Solo ha podido ser él. Solo él. ¡¡Solo él!!
Nada más que él. Lo sé. Lo siento. Solo él lo sabía. Lo siento
muy dentro. ¡¡Muy dentro!!»
«Él quiere acabar conmigo. Eso es lo que quiere. Que sepan
que soy una puta loca. “Puta loca, Marie”. Eso es lo quiere
contar en ese libro. ¡Tíralo! ¡Ya! No quiero verlo más. ¡No!»
—Ahora lo entiendo… Lo has publicado por tu cuenta. Solo
tú lo sabías. ¡Solo tú! ¡Tú, cabrón!
—Marie, por favor. ¡Tranquilízate!
—Sé que has sido tú.
—Te equivocas…
—¡Entonces cómo es posible que justo tú encuentres ese
asqueroso libro! ¡Que nadie me haya hablado de él antes!
¡Cómo! ¡Desde cuándo lees y pasas por librerías! ¡Desde
cuándo estás interesado en pasear por esa calle! ¡Desde cuándo
sales del trabajo tan temprano!
—Marie, yo también tengo muchas preguntas. Esto
podemos superarlo. Te ayudaré a deshacerte de todos, de todos

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los libros que encontremos de ahora en adelante. Te lo
prometo.
—O sea, que había más de uno. ¡Habla!
—Nos desharemos de todos los libros, Marie, te lo prometo.
—Eres un hijo de puta… Sabías que si alguien escribiese un
libro sobre mi vida solo dejaría que tuviese un nombre. Y ese
sería mi nombre. Mi verdadero nombre. El original. Solo tú lo
sabías.
—¡No! Eso no significa nada. Cualquiera podría hacerlo. No
tiene ningún sentido, Marie.
—Lo recuerdo… Recuerdo cuando te lo dije. ¡Tú lo has
hecho, capullo!
«Esto me supera. No puedo. No puedo. Mi libro en la calle
mintiendo sobre mí, con toda la información que él ha ido
filtrando. ¡Lo tiene!»
«¡¡Lo sé!! No puedo con tanta ira. Me quema. No hagas
muecas, no te toques la tripa. Los puños suéltalos. Apoya las
manos. No aprietes... Solo tienes que apretarlas en su polla; en
su tripa; en sus órganos; apretar su corazón hasta arrancarlo.»
—No, no y ¡no! Estás equivocada, Marie.
—Equivocada. Estoy ¿equivocada?
«Equivocada… Equivocada, sí. Desde siempre. Por haberte
dejado entrar en mi puta vida. Por querer solo tu polla. Yo solo
quería sexo. Tu asqueroso pollón. ¿Y ahora qué tengo? Todo
me quema. Todo me duele.»
—Marie. ¡Yo no tengo absolutamente nada que ver con
esto! ¡Nada! Este libro te pertenece, Marie.
—Pero cómo te atreves a decir que me pertene…
—Puede que hayas sido tú y no te acuerdes. ¡Son síntomas
normales de tu enfermedad!
—¿Acaso crees que por pasarlo mal en el pasado sigo
estando loca?

17
«Todo lo ha hecho en secreto, por las noches, con la excusa
de querer ayudarme. Eso es lo que quería, ¿verdad? ¡Que
acabase yo conmigo misma!»
—Lo siento. No es eso a lo que me refería.
—Pero cómo es posible que tengas la puta bocaza de
decir… ¿Piensas que soy tu paciente?
—Puedo ayudarte, Marie, como siempre he hecho.
—Hace años que no necesito tu ayuda. ¡Años!
—Necesitas ayuda.
«¡No! Ahora sí que te juro que no respirarás más. ¡Nunca
más en tu puta existencia! Ni una gota más de oxígeno. Qué
placer sentirte en silencio.»
«No estaré tranquila mientras ese libro siga circulando.
Haga lo que haga contigo creerán que he sido yo. Tengo que
pararlo. Aguanta. ¡No! Destrúyelo. ¡destrúyelo! Le cojo el
cuello, quiero ver cómo cambia de color: morado, rojo,
amarillo, pálido. Esa ira tengo que sacarla.»
—Tu no ayudas desde hace años. Tú lo que has venido es a
acabar conmigo.
—Marie. ¡Ya vale! Esto empieza a ser demasiado…
«Y ver como se mea encima. Escupirle y que su carne se
derrita. Que sufra. La cara, la piel, el pelo. Todo derritiéndose,
¡todo! Ha sido todo idea suya. Su plan. Él quería acabar
conmigo. Lo sabía. ¡Lo sabía desde el principio! Y yo he
aguantado como una gilipollas.»
—Eres un… un bastardo que me trata como si fuese tu puta
rata de laboratorio. Y ahora vienes con todas tus tesis en forma
de libro. Sabes lo que hago en estos casos. ¡Lo sabes! Y eso es
justo lo que quieres. ¡Quieres que te mate!
—Marie, respira. Respira, por favor…
«Que pasa, ¿ya no te acercas tanto? Acércate y prueba a
respirar alrededor de mis uñas. Y mis dedos. Ya verás que
caliente, como arde todo.»

18
«No, no. Marie, relaja las manos, que no las vea. Que se
acerque. Relájalas, sin prisas. Piensa que todo acabará pronto.
Imagina que por un momento no existe ese libro. Y no existe
este capullo que lo ha escrito. Imagina que nunca le has
llamado “marido” y que nunca has probado las pastillas que él
te daba. Solo es una voz, una voz nocturna de tu programa.
Una más de muchas. Un sonido. Nadie podrá escribirte. Los
puños relájalos.»
—Acércate…
—¡Marie!
—Vamos, ayúdame a relajarme. Vamos, acércate. ¡Respira
una vez más si tienes huevos!
—¡Ya! ¡Ahora mismo llamo a la policía! Los dos sabemos
que este escándalo no es necesario.
«¿Qué haces? ¿Crees que me asusto porque cojas el
teléfono? ¿Tú crees que no voy en serio, que esto es un juego?
Sé que no lo vas a hacer, ¡¡lo sé!! Y tú no sabes lo mucho que
deseo agarrarte y destrozarte. ¿Crees que no lo mereces?»
—¡A quién cojones llamas!
—¡Marie! Para.
—¿También quieres darles mi libro?
—No, no, ¡¡no!! ¡Marie, nada de eso! ¡Para! ¡Para ya!
««Tú, capullo, ¡tú! eres quien tiene que parar. Parar de
respirar. ¡Te lo mereces! Eres un absurdo. Cuando escribías a
ordenador o a mano seguro que no temblabas tanto.»
«No, no, no ¡¡no!! Afloja los puños. Que se acerque.
Disimila. Disimula. Me quema mucho el pecho. Me duele. Me
quema tanto… ¡¡Tanto!!.»
—¿Acaso tú paraste antes de escribir mi vida? ¿Dónde lo
escondías? ¿Cuántos meses, años, semanas? ¡Cuánto! Cómo he
sido tan estúpida de confiar en ti y contarte tantas cosas…
¡Cómo!
—¡Para!

19
«¡Lo sabía! Sabía que tramabas algo. Lo olía, olías muy
mal, a podrido. Y ahora lo veo claro. ¡Cuándo cojones lo
hacías!»
—¡Habla de una puta vez! ¿Lo escribías por la noche,
verdad? Aprovechabas que no estaba en casa… ¡Así dormías
tanto por las tardes!
—¡¡Marie!! Estás muy mal. Ahora mismo se lo diré a los de
la radio. Que estás enferma. A veces necesitamos ayuda,
Marie. Por tu salud no puedes seguir en ese programa. Solo
tienes que dejarte ayudar. Solo eso, ¿vale…?
«Otra vez metiendo a mi programa en medio. ¿Qué excusa
diría para no dejarme ir a trabajar? Ahora todo me cuadra. Por
eso nunca encendía su ordenador delante de mí. Por eso
siempre tenía el teléfono disponible por las noches. Por eso se
echaba esas siestas largas cada tarde.»
—Cuántos de mis secretos has contado. Dime qué hay ahí
escrito…
«No, Marie. No te acerques tanto. Si le hueles es peor.
Querrás arrancarle los huevos de un mordisco. Y es peor. Y le
querrás hacer pedazos demasiado rápido, y sin dolor.
Contrólate. Esa mano no, ¡no! Ahí no, ahora no. ¡Todavía no!»
—¡Marie! ¡Suél…tame… el cuell…o
«No, ahora no es el momento. Sí lo haces ahora, en la cama,
con tus manos. No. No sentirá nada. No agarres tan fuerte…
¿por qué tengo tanta fuerza? Qué asco. Mira como abre ahora
su boca. ¡Cabrón!»
«Tienes que aguantar, piensa en algo frío. Algo frío. El
hielo, solo hielo. Hielo para tapar un moratón. Este capullo es
como un moratón al que hay que tapar con muchos hielos.»
—M…arie… Ha..
—¡¡Habla!!
—Ha…bía…
«Hay varias cajas de hielos en el congelador. Hay hielos. No
voy a cortarle en cachillos. ¡Necesito frío! ¡Hielos! No podrá

20
hablar. No. Aún no lo hagas. El cabrón no te dirá más. No
sabrás. Y serán sus últimas palabras. Y después a congelarlo.
Ese moratón necesita mucho frío.»
—Habla, capullo…
—Había… una orden. Y yo solo la cumplía. En la librería
de siempre tienes que buscar el resto...
«Así. Está hablando. Ahora relaja tus manos, no vas a
ahogarle todavía. Tranquila. ¿Cómo tengo tanta fuerza? Luego
puedes saciarte, pero hora deja que respire, que se acelere
como yo.»
—¡Por qué no los cogiste todos y los quemaste! ¡¡Por qué!!
—Lo siento, Marie. No sé nada… nada más que eso… Si te
tranquilizas, Marie… yo…
—¡¡Habla!!
—Suéltame y te prometo que haré todo lo posible por acabar
con ellos.
—¡Con quién! ¡Con quién!
—Con los que han hecho esto. Me prometieron…
—¡Habla! ¡No llores!
—Lo siento… yo solo… creía que esto podía ayudarte…
—No me lo puedo creer. Has sido... ¡tú!
«Las pastillas era para esto, para drogarme y que no supiese
nada de lo que hacías a mis espaldas. Quiere ponerme un bozal
y ser el experimento Y que todos sepan que estoy loca.
¡Todos!»
—¡¡Marie, no!! ¡¡Dónde vas!! ¡¡Socorro!!
—Te mato…. Yo te juro que…
«Dale un puñetazo para que se calle. Que no salga
corriendo. Usa toda esta fuerza. Nunca he sentido tanta fuerza.
Soy capaz de hacer cualquier cosa. ¡¡Cualquier cosa!! ¡No se
merece seguir con vida!
—¡¡Para!! ¡Arg!
—Donde está… dónde está…

21
«Donde está mi cuchillo, el de ayer. Dónde… el que uso con
el pescado. Joder... ¡¡Joder!! Lo lavé esta noche. No, ayer por
la tarde, antes del desayuno... Era por... ¡Ah! Ya sé. Aquí.
Aquí. En el lavavajillas. Sí, ahí dentro. Recién limpio.
Limpio… ¡¡No, joder, no!! No lo quiero limpio. Yo quiero uno
sucio. Que se le infecte al instante todo el cuerpo. Que le
empiece a hacer efecto la muerte unos segundos antes.»
«Que sienta toda la mierda recorriendo sus órganos. Lo
meto en la basura, rajo la basura, que se asuste. Otra vez… otra
vez… así… totalmente empapado de asco, de asco, ¡de mierda!
Luego saltas y te abalanzas contra él. Le tumbas contra la cama
¡Joder!»
—Marie. Yo te quiero, joder… ¡Te quiero y por eso he ido a
buscar esos libros!
—¡Nunca me tome tus pastillas! ¿Sabes?
—Marie…
—¡Deja de lloriquear! ¡Nunca en estos tres meses!
—Lo siento, ahora sí que tengo que llamarles…
—A quién… cojones… llamas.
—La policía…
—Deja tu teléfono. ¡Ahora!
—Marie, por favor. La policía puede ayudarnos. Estás
enferma y necesitas ayuda.
—¡No estoy enferma! ¡No!
—Te quiero y por eso lo hago, para ayudarte, Marie. ¡Por ti!
«Ha dicho… Espera un momento. Lo has… dicho. Ahora sí.
¡Ahora sí que te estampo en la cama!»
—Has dicho que me…
—¡Arg..! Sí, joder. ¡Sí!
—¿Que tú me…?
—Yo te quiero.
—¿Y por eso has publicado un libro con mi nombre
sabiendo de antemano lo que te ocurriría? ¿Y por eso siempre
intentas que deje mi programa?

22
—No, Marie. Yo lo hacía para salvarte. Ellos iban a
publicarlo hiciese lo que hiciese. ¡Lo siento, joder! ¡Lo siento!
—¡Ya! ¡Deja de lloriquear!
«Espera… El capullo lo ha dicho. Para. Está confesando.
Dice que lo hubiesen hecho. ¿Es que hay más morbosos como
él? ¿Hay más metidos en este lío? ¿Manu?.»
—¿Y aun eres un capullo que sigue diciendo que me
quieres?
—Mírame, Marie…
—¿Después de todo esto? Después de hacerme creer que
estoy loca dices que me…
«Párate. Donde vas. No aprietes tanto el cuchillo, relaja la
mano. Un momento. El calor, el calor me quema.»
—Te quiero, Marie, y ahora te ayudaré a deshacerte de esos
libros. Te lo prometo.
—Quien bien te quiere te hará llorar. Ese maldito refrán le
decía mi padre a…
—No te haré llorar. Te lo prometo. Te quiero y también
quiero ayudarte. Porque sé que esto tiene solución.
—¡Deja de lloriquear, joder!
—Yo… Estaré a tu lado, Marie. Solo hay una Marie. Con la
e bien grande.
—Pero qué cojones…
—No hay más Maries en este mundo. Te lo prometo. Por
mucho que quieran dividirte. Solo podrás ser tú. La original.
Solo una. Y por eso quiero ayudarte.
—Pero qué dices…
—Marie, te quiero y saldremos adelante. Mírame. Yo puedo
aceptarte. Solo existe una Marie. Por favor, tranquilízate.
—Pero yo…
—Marie, vamos, todo saldrá bien. Ese libro tuyo.
Acabaremos con él, los dos, juntos.
—O estás conmigo o estás contra mí.
—Sí, lo sé, Marie. Claro que estoy contigo.

23
—¿Envenenarme es estar conmigo? ¿Amenazarme con
quitarme mi programa es estar conmigo? ¡No quemar todos los
libros que has visto es estar conmigo! ¡Qué quieres! ¡Qué
quieres de mí! ¡Dímelo claramente, dime!
«Es un cabrón, es un cabrón que sabe cosas que desconozco.
¡No hay hombres que no estén contra mí! ¡Solo cabrones!
Suelta ese teléfono… ¡Ya!»
—No tienes ni idea de lo que quiero de ti. Solo quiero tu
polla. ¡Es que no lo entendiste desde el primer día! Odiabas
que fuese tan directa. Y también odiabas la radio. Y también
odiabas lo de Jordi. Eso es lo que más te jodía. ¡Lo sé!
—¡Marie, no!
—¡Lo sabía! ¡Por eso lo has escrito!
—¡Tú eres la que no entiendes nada, joder!
—¡Quieres vengarte de mí por lo de Jordi, joder!
—Estás perdida, Marie. Estás como una puta cabra, ¡estás
loca!
«O estás conmigo o estás contra mí. Y tú estás en mi contra.
Ahora sí que puedes agarrar bien el cuchillo. Intenta disimular.
Y cuando se lo claves, bien dentro, ya tendrás tiempo para
vaciar toda esta locura.»
—Otra vez me llamas loca. Otra vez…
—Loca, ¡que estás loca! No tienes solución
—Otra puta vez…
«Quiere demostrar que no puedo seguir en la radio. Que
estoy loca. Y luego dice que me quiere. Escribe el libro, me
jode y me quiere. Él era el único que sabía que mi libro
necesitaba mi nombre. Mi nombre original. Mi único libro.
Dónde está el cuchillo… Lo sabía. Él es el único que lo sabía.
Bien, lo tengo.»
—¡Marie! ¿Qué haces en la cocina?
«El cuchillo no está en la basura. Joder. Lo tengo en la
mano. En mi puño. Mis dedos. Uno está sangrando. ¿Es por

24
culpa del libro o del cuchillo? Ni una mueca. No hay dolor.
¡No hay dolor! Que no note nada. Él está contra mí.»
«Yo también le quiero. Le quiero muerto. ¡muerto! Pero no.
Espérate. Ahora a la basura, otra vez a la basura… Todo ese
polvo asqueroso. Que se pegue. ¡Que se pegue bien! Rápido,
que lo escuche. Aunque quiera marcar a la policía no tendrá
tiempo. No se atreverá a salir corriendo. No va a acertar con la
llave. Si escucho cualquier movimiento salto sobre él otra vez
en la cama, o le tiro contra el suelo y se lo clavo. A ver quién
es más rápido.»
—¡Marie! No te acerques con eso… ¡Para! ¡Socorro!
«Estoy loca, sí. Eso es lo que querías.»
—¿Esto es lo que querías?
—¡Socorro!
—Que en cualquier rincón me conozcan y piensen que estoy
loca.
«Qué clase de vida habrá contado. Me pondrá verde, como a
él le gusta. No puedo imaginarlo. ¡No quiero! ¡No puedo
controlarlo! Necesito clavarlo. Que vea el aceitoso filo muy
cerca.»
«¡Respira! Para y respira.»
—Estoy loca, sí. Justo lo que tú querías.
—Marie, lo siento. Antes he perdido los papeles. No quería
decirte eso…
—¿Y yo? ¿Sabes lo que he perdido yo con tu bromita?
¡Todo! Has elegido el escondite equivocado, capullo…
—Marie, ¡no te reconozco!
—Tira al suelo el puto teléfono…
—Primero tira el cuchillo y luego suelto el teléfono, Marie.
—Estás marcando otra vez, ¿verdad?
—No…
—¿Qué coño te da tanto miedo si puede saberse?
—Marie, yo…

25
«Sí. Aunque tiembla tanto está marcando en serio. No es tan
tonto como esperaba. ¿Ya sabes cómo acabará esto? ¿Tienes
miedo al futuro que tú mismo has escrito? Ahora sé que vas en
serio. Ahora lo entiendo.»
—¡Es por tu bien! Ellos te ayudarán. Yo me rindo, ¡yo no he
podido!
«Solo quería tu polla. El resto nada. Cuando te la corte
verás…»
«No. ¿De dónde me sale toda esta furia? ¡De dónde! Qué
asco. Relaja.»
—¡Eres tú! Tú eres el que necesita ayuda.
—Yo no tengo la culpa de esto, Marie. Solo hago lo que
ellos me dijeron. Y me está costando caro. Todo esto por
ayudarte, Marie. ¡Por ayudarte!
«No grites tanto. Ya está, los polis no vendrán. El puto
teléfono ha volado. ¡Que se estrelle bien contra el suelo! Ahora
no podréis reíros ni sonreír. ¿Quieres que me crea que van a
ayudarme aquellos que llama uno que está contra mí? ¿Crees
que soy tan tonta? ¡Qué! ¿Qué harían conmigo?»
—Has ido muy lejos con mi libro...
—Yo solo te quiero. Solo… te quie…
—¡Deja de gimotear!
«Lo sientes, ¿no? Aquí, tumbado en la cama. Notas el olor a
podrido del cuchillo. Eres un puto cobarde. Fuera de aquí nadie
sabe dónde vivimos. ¡Nadie! ¿Cómo puede ayudarme quien
está en contra de mí? No necesito ayuda de nadie. ¡De nadie!»
«No para de temblar. Siempre decías que era demasiado
impulsiva. ¿Pero ahora qué? ¿No te lo mereces? ¿No crees que
ya he tenido suficiente contigo? No soy tu experimento. ¡No
estoy loca solo porque a ti te apetezca! Y yo qué quiero, qué
cojones quiero aparte de matarle. ¡Qué cojones quiero!»
—Estás ardiendo, Mari…e
—Tú quieres que acabe contigo. Y que luego cambie de
opinión y ¡que no pueda!

26
«Me quemo mucho. ¡Mucho! ¿De dónde viene toda esta
energía? Necesito ir al hielo. Al frío. Este sudor y estas
lágrimas. Las odio.»
«¡Por qué no te defiendes! ¡Por qué! Hay algo blando.
Puedo agarrarlo como un cerdo.»
«Es odio. Es odio. Es odio. Es odio. Es odio. Es odio. Es
odio. Es odio. Es odio. Lo que yo siento es odio. Odio. Lo
siento. Es odio. Es odio y solo odio. ¡¡Lo siento!!»
—¡Lo siento!
—Mar…iegg.. Estaa..s. gpasanf…de l..
—Vas a morir. ¡Vas a morir!
«Todo este odio tengo que sacarlo de alguna manera. No
puedo pagarlo conmigo misma. No puedo matarme y que mi
recuerdo sea ese libro. Tengo que desinfectarme.»
—Lo sabes, ¿verdad? Me has amenazado con el programa.
Los que se interponen entre la radio y yo son mis enemigos. Y
yo a mis enemigos los estrujo, los hago trizas.
—Ma…eehjj…
«Quieren debilitarme. Quieren hacerme desaparecer.
Quieren que salte por los aires y que yo continúe sin darme
cuenta. Sin saber, sin sentir, sin ser la Marie original.»
—O quieres volverme loca. Es parte del plan, ¿verdad? Por
eso has escrito ese libro. ¡Lo sé!
«Quieren sustituirme. Si no estás conmigo estás contra mí.
Qué razón tenía mi padre. Aunque solo fuese en esa frase.
Quieren que todos se pongan en mi contra. Que todos piensen
que soy la misma loca del libro.»
—¿Cómo puede haber gente tan retorcida? ¡Cómo! ¡Eres un
asqueroso!
—Margg… ri..e…
—Tú…
«Este odio solo se borra devolviendo cada monstruo a su
sitio. Todo quedará compensado.»
—No has conseguido eliminarme tan rápido…

27
«Estoy apretando demasiado el filo del cuchillo contra su
cuello. Le sangra. ¡Que llore! ¡Que grite! ¡Que se muera de
miedo!»
«No. No.»
—¿Ves? No has conseguido eliminarme, convertirme en
uno de tus experimentos.
«Ahora lo notas, ¿eh? Esa sangre es la que me estaba
envenenando. Todo rojo, asquerosamente rojo. ¡La notas! ¡No
puedo! Para, para.»
«Pero hay una cosa que no entiendo. Relaja el cuchillo. Está
demasiado dentro. Suelta despacio. Relaja ¿Por qué no me
ataca?»
—¡Por qué cojones te dejas! ¡Por qué no haces fuerza ni
resistencia! No lo entiendo. ¡Habla!
—Porque tenhhg… que… ayudart….
«No tiene sentido. ¿O él ya sabe que no puedo matarle?!»
—¡Tú!
—Tenghh… quegg… quehg.. ayudarth…
—Tú ya sabes lo que va a ocurrir, ¿verdad?
—Sé… qu… tuhff…
—Tú lo sabes, ¡verdad!
—Yohjj… no… sé quegg…
—¡Lo has escrito! Por eso te dejas. ¡Lo has leído!
—Mar..gghh..e
—¡Porque sabes que NO te voy a matar! ¡Crees que NO voy
a ser capaz de clavarte esto por todo el cuerpo! Que NO me
atreveré a convertirte en la mierda picada que eres. ¡Lo sabes,
capullo, lo sabes!
—Mgghj…
«Estás muy callado. Voy a soltar otro poco. ¡Relájate!
¡Relájate!»
—¡Habla! Habla ya, ¡coño!
—Yogj… n… Mari…gghe..
«Está sonriendo en mi cara. Se está riendo.»

28
—¿Acaso te hace gracia?
—Nh.. oghh…
«No puedo. No puedo más ¡No puedo! Tengo que matarle.
Necesito ver cómo deja de mover sus labios. Acabar y
perforarle los pulmones. Todo por dentro. ¡Necesito verlo!
¡Ya!»
—¡¿Lo sabes?! ¡Dime!
—Yohjj… no ségh…
—¿En ese puto libro pone que NO voy a tener los ovarios de
matarte?
«La Marie que quieres ayudar no existe. Nunca se ha
tomado tus pastillas. Nunca ha existido. ¡Nunca!»
—En.. jhhel librghh….
«Crees que puedes controlarme con unas hojas, pero este es
tu puto fin diga lo que diga ese asqueroso libro.»
—Tú solo quieres a la Marie de ese libro. A la que no existe.
—Qué..gh…estsjjh.. dicehjfjf..ss
—Lo tenías todo muy planeado. ¡Contesta! ¡¡Sí o no!!
—Estghh..abashhgg… enghg… ligghj.., likghh…o…hhj,
libro tú me… tú megh…
—Te piensas que no tengo ovarios para borrarte del mapa.
Pero puedo tomar mis decisiones. Puedo matarte y hacerte
desaparecer si quiero.
—Yoggh n… hegjj…
«No puedo. Me quema todo. Está maldita fuerza
descomunal no la conozco. De dónde ha salido… ¿De dónde?
¡Dónde! ¡A dónde va! ¿Eres tú?»
«¿Tú que estás leyendo mi libro lo sabes? ¿Tú me estás
dejando hacer esto? ¿Tú? No puedo más, no puedo
controlarme.»
«Ya no hay marcha atrás. Qué más da apretar el cuchillo en
su cuello. Un poco más, ¡un poco más! ¡¡Más adentro!!»
—Todo esto es por tu culpa, por tu culpa.
—Noggjg… hagh.. k…queg..naffgh…a..

29
—Dime qué cojones ponía. ¡Te mataba o no! ¡Habla, coño!
¡YA!
—Yo yhgh… he.. trg…hab.fgh...la…d..o.
«¿Qué querrá decir? ¿Por qué no le sueltas y dejas que
confiese? Ya ha perdido mucha sangre. No va a sobrevivir
aunque quiera. Tendrás que quemar las sábanas y todo lo que
esté salpicado de sangre.»
«Él me ha engañado. Él me ha destruido. Cada noche, con la
excusa de que estaba enferma. Con la excusa de que ese trabajo
era demasiado. Con sus silencios y su cara de cordero
degollado.»
—Qué ponía. ¡Qué ponía!
—Qhe.. thgg…
—Sigues sin hacer nada porque crees que no vas a morir.
¿Sabes lo que te digo? Que no me importa. Sin fuerza o con
fuerza. ¡Vas a morir!
—Thh…
—Lo noto. ¿Dónde está tu instinto de supervivencia?
¡Dónde! ¿Es que no eres de aquí? ¡Habla!
—Th…
—Te dejas matar. ¿Por qué? ¡Aunque te clave este cuchillo
cien veces crees que eres inmortal o qué! ¡Por qué estás tan
seguro! ¡POR QUÉ!
«Da igual. Hazlo. Hazlo y punto. Al menos así no habré sido
su asesina. Nunca tendrán una sola prueba. NUNCA.»
—Si no luchas por tu vida cómo ibas a ayudarme. ¡Cómo!
¡NO SOY TU PUTA ASESINA!
«En la vida real ya estás acabado. ¡Ya!»
—Y...h..o
—¡Nunca más vas a respirar de nuevo! ¡Nunca!
—TEGGHH..JJ..
—¿Te dejas porque crees que vas a resucitar cuando estés
llamando a las puertas del infierno?
«No lo hagas, Marie. Aun puedes. Estás a tiempo. ¡¡Para!!»

30
«No. ¡No puedo! Si aprieto y deslizo unos centímetros más
me lo cargo. Si aprieto me lo cargo. ¡Me lo cargo! ¡Un poco
más! ¡No llores! ¡NO LLORES! ¡Él lo quiere así! ÉL LO
QUIERE ASÍ.»
—Habla, joder. ¡Habla!
—TEgffg….
—Pues muere, ¡MUERE!
—QUIrrggh… Eggh…
«Quiere morir, ¡Lo quiere! ¡Lo ha dicho! ¡Lo ha dicho!»
«Mátale mátale. ¡¡MATALEEE!! ¡¡YA!! ¡¡COÑO!!»
«Su sangre. Estás empapada en sangre. Que sufra. Que
recuerde su elección. Por haber intentado acabar contigo. Se lo
arrancas. Se lo merece. Te lo ha pedido a gritos. LE
ARRANCAS LA VIDA CON TUS MANOS. APRIETA,
¡APRIETA!»
—¡ESTO ES LO QUE QUIERES!
—QUIEghh…RO….
—¡¡ESO ES!! ¡¡MUÉRETEE!! DESAPARECE YA DE
AQUÍ, CAPULLO. ¡¡DESAPARECE!!
—EJJGHHAGH…
—¡¡¡YAAA!!! ¡¡CABRÓN!!
—GGH….
—TE ODIO. TE ABORREZCO. ¡TE ODIO! ¡NO CABES
EN MI MUNDO! ¡¡ARRGGG!!
—…
—TODO, TODO, ¡¡¡TODO!!!
—…
—NUNCA MÁS SABRÁS DE MI NADA. NUNCA VAS
A SABER NADA, ¡NUNCA!
—….
—NUNCA MÁS. ¡¡JODEER!!
«PARA, PARA. PARA. MARIE. ¿RESPIRA O NO
RESPIRA? TIENES QUE DEGOLLARLE MEJOR,

31
ACUCHILLARLE, ACHUCHILLARLE MÁS. ¡MÁS!
SACAR TODO LO QUE ME QUEMA. ¡¡ABAJO!!»
—¡¡ARRRRGGGHHH!! ¡CABRÓN!
—….
—¡¡¡JÓDETE ARRRHGFG!!!
—…
—¡¡MÁS AYAARGGHH!! ¡¡MÁS!!
—…
—¡¡JÓDETE!!
—…
—¡ASÍ! ¡¡MÁS!! ¡¡MUCHO MÁS!!
—…
—¡MUCHO…!
—…
—MUCHO…
—…
—YA…
—…
—MUcho más…
—…
—Ya no estarás…
—…
—Más.
—…
—Tranquil…a
«Noto que cae dentro. El peso del fuego. En su tripa. El
cuchillo ya está limpio. Y sucio. Su apestosa sangre está
caliente.»
«El libro. ¡El libro! ¡Dónde está! Aquí. En el suelo. No
quiero mirar esa asquerosa portada verde. ¿Dónde lo guardo?»
«Tranquila. Todo tiene solución. Todo. ¡Todo! Al frío. Ya
tiene todo lo que se merecía. No respira. El cuchillo también al
frío.»
—En realidad yo…

32
—…
«No habla. No dice mi nombre. La cáscara. La cáscara de
huevo está rota. Es la primera vez que veo una cáscara.
Abierta. Degollada. Qué suerte tiene. Qué paz».
«Marie, tranquila, sin miedo. Sin miedo al frío. Ya se ha
vaciado. Ahora es el turno del frío. Recuerda que él lo ha
querido. Que no eres su asesina.»
—Siento miedo por todo mi cuerpo.
—…
—No es frío. Es miedo.
—…
—Tú solo eras un recipiente.
—…
—No puedo.
—…
—No puedo…
—…
—¡Sí puedo! Tengo que intentarlo. Por mis oyentes. Por mi
programa. Para cerrar una vez por todas este maldito capítulo.
«Marie, todo va a salir bien. Todos los problemas se van a
partir de ahora con esta llave.»
—…
—No. Mierda. ¡Mierda! ¿Y los que lean el libro? Ellos sí
que se darán cuenta. El libro. Aún queda ese maldito libro.
—…
—El aire…
«Me falta el aire. Mierda. Solo escucho los latidos de algo
que tengo dentro. Y no es mi corazón. No es el suyo. No. Nace
en mi pecho. ¡No es eso!»
—¿A dónde he llegado? ¡A dónde!
—…
—A un escondite equivocado.
—Exacto.
—¿A.. dónde?

33
—…
—A un escondite… equivocado…
—Exacto.
—¿Exacto? ¿Cómo que exacto? ¿Quién eres? Vas a ir al
frío. Ese libro también tiene que ir al frío. ¡Al maldito hielo!
«Intenta coger aire con fuerza»
—Ese maldito libro… ¡Mierda! Es mejor no pensarlo. Es
mejor olvidarlo. Olvidarlo.
«Déjalo. Solo existe si lo piensas. No hace falta negarlo ni
afirmarlo. Marie, todo lo que metas en ese congelador no
existe.»
«¿A dónde habrá ido lo que había dentro de mi marido?»
«Da igual. Estabas en peligro. Era en defensa propia. Si
siguiese con vida me hubiese destruido. Es cómplice. Es
cómplice del libro. Él lo ha dicho bien claro. Así que no soy
una asesina. Solo tienes que dejar las cosas en su sitio.
Congeladas, como si se parase el tiempo.»
—No voy a leerlo. No.
«No dejes que te coman las dudas. Él lo ha dicho. No eres
culpable, Marie. Da igual lo que diga ese maldito libro.»
«¡¡No lo leas!! No vas a leer ese libro. Eso es. Cógelo y no
lo mires. Cuanto antes lo congeles, cuanto antes pares el
tiempo, mejor. Tíralo. ¡Tíralo lejos!»
«Quizá otros lo sepan. ¿Y si me delatan? No. Seguro que no
tienen ni idea de que esa Marie no existe. De que esa Marie se
la ha inventado su marido. La del libro.»
«Aquí solo existe esta Marie. Solo yo. Tócate. Así, muy
bien. Tus pechos, tu cara. Todavía tengo las manos
ensangrentadas. Deberías empezar a limpiar todo esto. Aquí la
tienes. La original. Solo hay una y no sabrán quién eres. Solo
conocerán a la del libro.»
—No sabrán quién soy.

«No lo sabrán. Y punto.»

34
Yo.
La original.
Metida aquí.
Esquivándome.
Escondiéndome.
Ya estoy en marcha.

¿Adónde habrá ido a parar?


¿Por qué no tenía nada de miedo?
¿Qué esperaba conseguir con ese libro?
Le he dado todo lo que buscaba.
La Luna es la única que lo sabe.

No puedo cambiar lo vivido.


REESCRIBIR MI LIBRO.
Es lo único que no puedo.
Ella lo sabe.
NO.
PUEDO.

Día 2: Marie, con la e bien grande

Ay, que nervios. Mira que no soy de dar entrevistas. A ver si


estoy a la altura.
Ya sabes que después tengo que revisarla, ¿verdad? Que hay
muchos morbosos sueltos.
Vale. Bien.
Ufff….
Siempre parece que sea la primera vez.

35
Vale. Ya.
Ya puedo. ¡Empecemos!
¿Cómo?
¿Qué cuál es mi nombre?
Sí, sí, claro. No tengo ningún problema en decírtelo, cariño.
El original, ¿no? ¿O el auténtico?
Vale. Sin problema, por supuesto.
Te explicaré ambos.
Me llamo Marie. Ma-ri-e, con la e bien grande.
Nada de recortar esa e de mi vida. Esa e me da la vida.
Me da exactamente igual donde le acentúes. Mientras salga
una e bien grande y abierta, soy feliz. Vamos, que tengo
sentido gracias a esa maravillosa e. O al menos sabré que
hablas de mí.
Pues ese es mi nombre, mi nombre original. El nombre por
el cual estoy aquí, ahora mismo, metida en sus cinco letras. Es
un traje que yo misma he diseñado.
¿No es magnífico? Por eso tiene sentido que lo llame
original.
Mi nombre auténtico, por suerte, no es el mismo. Es
parecido, cariño, pero no tiene nada que ver conmigo.
Es más bien un cascarón roto. Una cáscara rota cuyos
fragmentos se quedan pegados a la piel durante años después
de salir del huevo.
Hasta que un día en la ducha cae una. Tras mi primera
relación sexual cae otra. Y al final, la última, me doy cuenta de
que la tenía pegada en el nombre.
¡Maldita cáscara! Es un nombre que ni siquiera había
elegido.
Es absurdo, pero cariño, por desgracia, es muy cierto. Mi
nombre auténtico es María de las Mercedes.
“María de las Mercedes”. Suena extraño cada vez que lo
pronuncio, como si oyese la melodía de un móvil y pensase por

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unos segundos que es el mío. Nunca me ha gustado esa
palabreja. Tanta m, tanta e. Es asquerosamente común.
Y encima Mercedes es el nombre de un coche. ¡De una
puñetera máquina! ¿No os parece que ya han manoseado ese
nombre bastante? A mí me parece imperdonable. Como si uno
de esos trozos de cáscara minúsculo se me quedase pegado en
la cuenca del ojo y me pinchase. Que yo, ser humano, ¡tenga el
mismo nombre que una máquina!
Eso es imperdonable.
También podría haber elegido Merche. Dos sílabas, igual
que mi bonito nombre original. Pero, si te soy sincera, cariño,
prefiero ni mencionarlo.
Vamos, ¡es un insulto!
Este diminutivo que se supone que tiene que ser cariñoso es
lo más indecoroso que he podido escuchar como nombre.
Depende, por supuesto, de con qué tono lo pronuncien. Pero
suena a todo menos a nombre: suena a percha, a ché (que no
tengo ni idea de qué es), a chabola, a chacha, a mechero, a
chatarra, a brecha, a trucha, a peste, a tete...
Qué horror, ¿desde cuándo en castellano se han usado
nombres tan horrorosos? ¿Es que a nadie se le ha ocurrido
denunciarlo a la RAE?
Odio el nombre de Merche.
Pero ojo, no sé yo si…
No, Para nada. No, no. No son manías mías.
Es algo natural, es como la música misma: o suena bien o
suela mal. O te hace reír o te hace llorar. O pasa desapercibida
o se convierte en tu favorita.
En fin, para nada.
Esto no significa bajo ningún concepto que yo, con todo mi
amor, odie a todas (y a todos) los que se llaman Merche o
Mercedes. Cariño, para nada. Solo me gustaría decirles:
¡probad a repetir vuestro nombre en voz alta! Ay, solo de
imaginarlo… Se me ponen los pelos de punta.

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Pero para nada. No. Yo no odio a nadie por su nombre. ¿No
es un poco absurdo? Es solo una mísera palabra. O bueno, en
mi caso, una mísera palabrota. Al fin y al cabo, solo son
sonidos.
Lo que sí que odiaría es la repetición enferma de esas dos e
o de esas tres e para referirse a mi persona.
A mí. ¡A mi nombre! Una e es suficiente. Es fantástica.
Encima los números encajan: cinco letras: m-a-r-i-e; tres
vocales: a-i-e; tres sílabas: ma-ri-e.
Cinco, tres, tres. El cinco y el tres son números con sentido.
Me gustaría explicarlo con más detalle, pero podría pasarme
todo el día… ¡Qué digo! Toda una semana contando la verdad
de esos números. Yo, lo digo en serio, estoy muy orgullosa de
poseerlos. De que aparezcan en mi nombre, igual que rebota mi
silueta cuando me da por mirarme en el agua. A veces más
distorsionada, a veces más oscura.
Pero bueno. Está ahí, conmigo.
El caso es que siempre quiero tener esa e, esa e bien grande.
Al fin y al cabo, cariño, yo también soy la prolongación de
algo… grande.
Los franceses me hacen gracia. Quiero pellizcarles las
mejillas cuando lo pienso. Darles mimitos. Es que no lo
comprenden. Bueno, a ellos y a cualquiera que hable francés.
Más de una vez he escuchado que me llamaban “Maguí” o
algo por el estilo. Es tan mono. Achuchables, ¿no?
Pero falso. Monos solo la primera vez. La segunda, erróneo.
¡Y falso! Vamos, ¡que no es mi nombre!
Lo bueno es que puedo corregirlos y explicarles: “Mirad, no
me importa que cambiéis la sílaba ri por algo similar a gui,
pero lo que nunca, ¡nunca! voy a permitir es que recortéis esa
e, mi e bien grande.
¡Esa e no se quita, con mi e no se juega!
La mayoría, por suerte, rectifica. Sí. Son muy amables.
Tampoco les queda otra. Yo se lo digo siempre con todo mi

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cariño. Me gusta corregirles. En general me gusta corregir a la
gente cuando dicen mal mi nombre.
Todo esto empezó… Pues no sé.
Pongamos que fue hace… ¿unos diez años? Sí. Pues hace
unos diez años, mucha gente se equivocaba a menudo con mi
nombre. Gente de todas partes del mundo.
En inglés ha sido difícil. Casi como un cambio de
conciencia. Como enseñarles a comer al revés.
Impresionante.
Mi nombre, Marie, ese nombre con la e bien grande, se
dedica a cambiar la conciencia de la gente. Sí. Algo que
descansa por encima de nuestras cabezas. O quién sabe dónde.
Pero no fue fácil pasar del Mery al Merye. Tienen que dejar
sus reglas de antaño apartadas.
De todos modos, cariño, ya sabes lo que son los idiomas.
Otro fragmento de esa maldita cáscara que se adhiere a nuestro
cuerpo.
Ay, qué asco…
Pero no queda más remedio que tenerla. Debajo, encima, a
un lado. O en las cuerdas vocales. Es horrible pensar que yo
todavía tengo una de esas cáscaras raspándome ahí dentro
mientras hablo…
Bueno, el caso es que yo, con todo el disimulo de querer
retorcerles el pescuezo les sonrío y, como muy tarde, a la
tercera he conseguido corregirles. Soy tan precisa que, ahora
mismo, no recuerdo a nadie que se dirija a mí de forma
incorrectamente.
Desde hace diez años si se equivocan yo les doy un toque,
como si sacase una fusta finísima. Por suerte me controlo y no
llegamos a las manos.
Yo, cariño, odio la violencia.
Pero presiento que a veces es necesaria. Porque es como
aprender a domar una bestia. Al fin y al cabo, todos tenemos

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pequeñitas bestias. Bestias que están a favor o en mi contra. No
se puede ser parcial con esas bestias.
A favor o en contra. Quien pronuncie mal mi nombre: en
contra. Ya sabes. ¿Y tú?
Muy bien. ¿Ves? Tu estás a mi lado. De momento. Claro.
Luego están los animales. Pero ojo, que los animales no son
bestias. No sé por qué he usado esa palabra tan extraña.
Bestias. Veleta, vestida, belleza. Cosas del idioma…
Qué pena…
Pues tendré que buscarme otra palabra nueva. Bueno, el
caso es que los animales no son bestias. Me alargaría mucho
explicando el porqué. Pero mira, te lo digo claro. No tienen
maldad. No saben qué son los vicios. Es difícil.
Si pudiesen hablar les enseñaría mi nombre. Los miro a los
ojos, así. Silencio. Como a ti, ahora. Me paro y pienso en mi
nombre.
Hago especial énfasis en la e, en la e bien grande. ¿A qué tú
ya lo tienes en mente solo con mirarme?
Porque estoy atravesándote.
Y repito mi nombre. Despacito: MA… RI… E. Otra vez:
MA… RI… E. Y a la tercera, a la tercera por fin me
entienden.
¡Hombre que si me entienden!
Asienten. Pero todos, ¡desde ratas hasta cucarachas!
¡Y las moscas las que más! Los perros ya ni te cuento, son
otro mundo. Hay una salamanquesa que a veces me visita por
las noches, al salir del estudio, como si quisiera darme las
gracias por haberle hecho pasar una noche inolvidable. El caso
es que antes de que desapareciese trepando, brillando como si
estuviese empapada de sudor, la miré y dije mi nombre: MA…
RI…E.
Y ella me dijo: “¡Justo! acabado en E, exacto, Marie. Con la
e bien grande”.
¡Ay! ¡Tú no sabes qué alegría sentí!

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Me puse a llorar como una tonta. Como una niñita.
Fue una sensación tan inmensa… ¡Mi nombre pronunciado
por una salamanquesa!
Ay… ojalá pudieras sentirlo algún día, cariño…
Efectivamente. Tal y como me dijo la salamanquesa, me
llamo Marie. Marie como María, como la Virgen, sí, pero con
la e bien grande. Y, por supuesto, cien veces más moderna.
Esa mujer sí que me deja atontada. Yo lo he intentado
entender cientos de veces. Sobre lo que hizo la señora esa, que
pudo parir y ser virgen. ¡Es que no sé cómo narices lo hizo!
Voy a investigarlo cuando sea el momento, cariño.
Al fin y al cabo, somos casi tocayas y tenemos muchas
cosas en común. ¡Somos como hermanas!
Aunque lo que más me llama es que ella también tiene un
nombre auténtico y otro original.
Pero bueno…
¿Qué? ¡Ah!
Que ¿qué edad tengo?
Te refieras a eso, al tiempo, ¿no?
Vale, cariño. Sí, sí, por supuesto. ¿La original o la
auténtica?
Tengo treinta y seis años.
Los he cumplido en diciembre. Es, por supuesto, mi edad
auténtica. Auténtica. Pero no la inicial. La original. Mi edad
original no existe. Reniego de tener una edad original.
No sirve para nada. ¿De qué me sirve saber que yo, ahora
mismo, tengo treinta y seis años?
Hombre, sí… Ya sé, que no es lo mismo buscar curro a los
veinte que a los treinta que a los cincuenta y cinco. Y por
desgracia tampoco es lo mismo tontear con hombres de veinte
que de cincuenta… Sí, claro que lo sé.
El qué dirán y todas esas chorradas. Yo también caigo, es
cierto…

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Pero realmente, ¿hay algo más aparte de eso? Conozco
hombres de setenta años enamorados de mujeres de treinta. ¿Y
eso afecta en algo a la relación que tengan? ¡Es como echar la
culpa a una casa por los muebles viejos y los trastos en vez de
ponerse las pilas y darle un buen lavado de cara! ¿O es que
esperas que los muebles salgan ellos solitos en fila india y
entren los del IKEA?
Mira, no merece la pena darle tantas vueltas, te lo aseguro.
Luego te revientas la cabeza y tenemos un problema. Yo ya
paso.
Luego está esto otro. No entiendo por qué la gente se lía
tantísimo cuando me preguntan por mi edad y les digo que no
tengo. Es fácil, ¿no te parece? Es como cuando pierdes la
cuenta de los años y te quitas diez, a veces te pones ocho, otras
veces ni te acuerdas y otras aciertas a la primera.
A mí me pasa algo parecido con la edad original.

Vamos a ver… lo original nunca es auténtico. Lo original


es un hecho sin más. Es algo vernáculo si los lingüistas me
permiten usar este palabro.
Lo auténtico, sin embargo, ha pasado un juicio previo para
considerarse verdadero.
Lo original está ahí, sin más. Da igual si al inicio, en el
medio o al final. Realmente es absurdo intentar dotar de
dimensiones a lo original. Surge cuando le da la gana.
No sé si me vas entendiendo, cariño. Cómo podría
explicártelo mejor… Lo auténtico necesita un incentivo más
impuro. Necesita propagarse. Como el eco. Sale y rebota,
rebota y rebota. Necesita espectadores que le den cuerda. Está
aguardándote, al acecho.
Lo original sin embargo está sin más. Pero ojo, no es que
uno sea bueno y el otro malo. ¿Y esto a qué venía?
Ni me acuerdo, cariño. El caso es que hay veces que ambos
conceptos se entremezclan.

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Mira, yo puedo confesaros que a mí también me cuesta
reconocer de qué lado estoy. La otra semana, antes de que se
fuese mi marido, era por la tarde, a eso de las ocho, y me di una
vuelta por Sol para cenar algo. Me compré en el top manta una
cartera igualita que la del Corte Inglés de enfrente, pero tres
veces más barata. ¡Pero si es que eran clavaditas! Un
despropósito.
¡Un robo! ¿Lo cara es más original por ser caro? No, no. Es
que no tiene sentido. ¡En todo caso es más auténtica! Pero no
porque yo lo crea, sino porque otros siempre dicen lo mismo.
“No, Marie. Te equivocas, tonta. La original es la del Corte
Inglés, de buena calidad, la que te compraste te durará bien
poco”.
Y yo les diré: “Pues mira, pedazo de inútiles, mis dos manos
han tocado ambas. Y me han dicho que salen de la misma
fábrica, solo que a una le ponen la etiqueta y a la otra la dejan
por ahí tirada. Eso, además, está más que comprobado
científicamente, cacho de inútiles”. Así que para mi la que vale
es la original. La que compré mucho más barata.
Pues bueno, cariño, a lo que iba: la edad, a diferencia del
nombre, no es tan importante. Yo creo que eso la gente lo nota.
Algunos ignorantes se creen que por saber tu edad tienen
derecho a tratarte de una forma u otra. No, cariño. Eso no es
nada justo. Me enerva. Podría estar… ¿cuándo podría estar?
Días, ¡qué digo! Varias semanas demostrándote que no tiene ni
pies ni cabeza.
Cada vez estoy más segura de que “contar la edad” es un
mero procedimiento para que nos asustemos del tiempo. Como
esos diminutos e indefensos ratoncitos blancos de laboratorio.
Resignados a ser experimentos. ¡Qué cerquita vivimos de ellos!
¿Otra? ¿Otra pregunta más?
Venga, vale.
Pero ya solo te quedan dos. Aprovéchalas bien, ¿eh?

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Vale. Yo intentaré no irme tanto del tema. Pero es que la
vida es así. Siempre me dicen que soy muy auténtica, cariño.
Vale. Me callo.
¿Qué cuál es mi trabajo? ¿El de cada día?
¡Ah! Vale, vale. El de siempre. Perfecto.
“Que voy a deciros que no sepáis ya, mis queridos
oyentes…”
Esta es una buena pista, ¿no te parece? ¿No notas cómo me
cambia la voz? Lo notaste en queridos oyentes, estoy segura,
¿no?
¿No me has reconocido?
Pues muy mal. Pero tremendamente mal. Por no decir otra
cosa.
Soy Marie. Sí, la que cada noche escucha, la que pregunta y
escucha con atención. La que desvela la parte más humana de
nuestros oyentes. La que tiembla de miedo y se enamora de
cada voz que recibe.
Soy yo, Marie, con la e bien grande.
Soy la única presentadora de Bajo la luz de la luna.
Frecuencia 87,1. En Radio España. Aunque ahora le han
cambiado el nombre. ¿Cómo se llamaba? Joder, esa que está
por todos lados.
Bueno, tú ya me entiendes.
Pues a eso me dedico. Desde la madrugada, desde la una y
media hasta las cuatro y media estoy escuchando las historias
de mis queridos oyentes.
¿Te cuento un secreto?
Radio España en realidad vive de mi programa. Y eso que
no estoy en el praim taime ese.
El resto de programas, por mucho que sean por la mañana,
son de relleno. Lo verdaderamente importante llega conmigo.
No es por presumir, pero soy la que atrae más del cincuenta por
ciento de la audiencia cada noche. Y va subiendo. ¡Sube y
sube!

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¿Y te cuento otro secreto?
Mi programa mejora a medida que sube la audiencia. Es una
cosa extraña que firmé hace tres años. Lo pone en mi contrato.
Podríamos decir que ahora soy libre al sesenta y cinco por
ciento. Ese ha sido el mayor pico de audiencia que he tenido
hasta ahora. ¿Y qué pasará cuando llegué al cien por cien?
Es una buena pregunta. Quizá me haga con el control de
toda la noche. Toda la noche me pertenece. Al menos en
España. Al menos durante tres o cuatro horas tendré millones
de potentes soñadores escuchándome. Como hace la Luna con
las mareas.
Es fantástico. Eso sí que es original. ¿Lo ves?
Algo así nunca podría ocurrirme con un nombre como
Merche o María de las Mercedes. ¡Vamos, por favor! Un
poquito de gusto…
En fin. Que mi programa supera con creces el aprobado.
Porque hay cada bazofia… ¿Pero sabes por qué? Porque firmé
ese contrato. Al principio no me pertenecía casi nada. A veces
no queda más remedio, cariño. Y ya me han llamado la
atención varias veces, pero no les hago caso. La libertad es
algo que cuesta mucho en el mercado. Pero a mí no me callan,
vamos. ¡A mí no me callan!
¡El otro día me enteré de que tenía un pequeño club de fans
y todo! Se reúnen para escucharme. Fíjate si son adorables.
Buena gente. De los que están conmigo. Una noche se
presentaron por sorpresa y no tuve más remedio que hacerme
una foto con ellos. Con las mismas gafas, claro. Y ahora he
visto en Facebook que ese es el nuevo logo del club. A ver,
salgo un poco fea. Pero cariño, ha sido muy originales y eso es
lo que más me importa.
¡Ah! Y la salamandra también se ha metido en el club de
fans, que me lo ha dicho. A veces me la encuentro y me
felicita. Pero sin más.

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El caso es que solemos empezar a la una y media cada
madrugada. A ver, yo, personalmente, quería empezar a las
tres, pero es que entonces no me da tiempo. Eso para cuando
llegue al noventa por ciento de audiencia. Bueno, mejor no.
Porque entre que Jordi pone música por aquí y por allá, que si
entran las noticias, que si alguna entrevista en directo, y qué
más… ¡Ah, sí! Algún que otro anuncio que tampoco controlo.
Entre pitos y flautas cada madrugada solo entrevisto a seis o
siete personas. Así que como empiece a las tres no me da
tiempo a nada.
Yo quiero llamadas bien hechas, ¿sabes? Con sus silencios,
sus suspiros, algunas risas. Sus orgasmos y todo si son
necesarios. Cariño, no sabes cómo me emociono de solo
pensarlo. Todo bajo la Luna.
Porque lo vivo. ¡Es que lo vivo!
Es mi bebé. Sí. Ya sé que el contrato es un poco raro. Pero
es lo que hay. Es mi programa. ¿Tú sabes cuántos obstáculos
he tenido que superar para conseguirlo?
Puf… ¿En la tele?
Mira, voy a confesarte algo.
Las cámaras, las cámaras no las soporto.
Uff, tengo que trabajar con ello. Sí, lo sé.
Aquí por suerte no hay ninguna.
Porque no hay ninguna, ¿verdad?
¿¡Verdad!?
Vale, gracias. Es que me pongo un poco nerviosa. Todavía
me queda recorrido. Pero soy joven y guapa, así que seguro
que puedo. Sí quiero, claro. Las cámaras me ponen mala. ¡Y no
son nervios!
Se me agarrotan los dedos. Es horrible ¡Ya me estoy
acalorando! ¡Es ira! Y todavía no he aprendido a controlarla.
Lo digo con todo el respeto del mundo. La profesión de
cámara debe ser un mundo muy feliz y divertido. Siempre
detrás, escondida. Apuntando. Esperando el momento en qué,

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¡chas! Cazado. ¡Eres su presa! Y a ver quién narices te saca de
ahí. Porque son organismos vivos, prolongaciones enfermizas
de los humanos.
Ya me callo. Me callo porque me supera. Es que me
desquicia… ¡No puedo!
Cuando dicen mal mi nombre siento algo suave, como si te
dejases llevar por una ola. A veces hasta es divertido. Eso sí,
solo al principio, cariño. Son ganas de hacer algo malo a
alguien.
Pero luego está el tema de los morbosos y las cámaras. A mí
me dejan anonadada. No puedo con una sola cámara. Ni con
dos ni tres ni cuatro. ¡Ninguna! Son ojos dentro de ojos, y ojos
dentro de ojos. ¿No es agobiante? A mí ya me falta el aire. Sé
que las cámaras buscan pura hipocresía. Solo le interesan los
maniquíes. Qué poca seriedad. ¡Qué poca amabilidad!
Mira, ¡llamad a mi programa! ¡Llamad a mi programa que
yo os amo, os adoro, os escucho!
Yo, cuando grabo Bajo la luz de la luna, cero.
Te lo repito por si acaso no te ha quedado claro.
CERO.
Cero cámaras.
A ver, no me malinterpretes. Si me piden hacer una mierda
de anuncio y me pagan seis mil euros, pues yo hago el
esfuerzo.
Me enervaría demasiado. Pero no significa que vaya a
negarme a salir en la tele. Gritaría, cariño. ¿Acaso por mucho
que me maquillen podrán esconder la verdadera Marie que yo
soy? ¡No!
¿Y por qué a mí me pasa esto? Mira, yo creo que es un
trauma de cuando estudiaba. Aunque bueno, esa es otra historia
y me tiraría un día entero contándotela.
Una cámara intenta engañarte desde el minuto cero. Mira,
recuerda, cariño, cuando veas la tele, lo más importante
siempre está en los lados, no en el centro.

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Porque tú ya eres el centro.
En el caso de la radio, pasa algo parecido.
Pero los micrófonos son mucho más potentes. Además, en
pocas ocasiones salimos del estudio, y los pocos que somos
estamos allí, presentes. Los micros también tienen lo suyo, no
creas.
Lo que dices ya está, ¡ya está! Es instantáneo. Por suerte los
micrófonos no son tan manipulables como las cámaras. Pero,
como suelo decir en la radio:
En fin…
Qué voy a contarte yo que no sepas.
A ver, ¿y qué más quieres?
¿Sobre mi aspecto físico? ¿Mi…?
¿A todo en general, te refieres?
Oye, eres un poco morboso, ¿no crees? Pedirle a una
mujercita, en plena flor de la vida que…
Venga, te hablo de él. Pero tú suéltate un poco, anda…
Déjame ver algo, anda.
Anda, no te hagas el tonto…
Solo un poquito a ver que hay por ahí abajo…
Eso, eso…
¡Que no! ¡No me hagas reír más, hombre!
¡Que es una broma!
Pero tus calzoncillos… Que buena pinta tenía eso de abajo,
¿eh?
Me has dejado un poco inquieta. Eso de ahí… ¿eh?
Este malentendido lo aclararemos tú y yo un día, cariño.
Bueno, quien dice un día, dice hoy mismo, en un ratito, ¿no te
parece?
Uhmmm…
Te gustan mis indirectas, ¿eh?
Hay que ver cómo está la juventud hoy en día.
¿No serás uno de esos morbosos?

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Mira, mira. Que ya tengo muchos. Si salgo ahora a la calle,
sin mis gafas de sol y mi chándal y sin la cara de amargada que
pongo para que nadie me reconozca, empiezan a seguirme al
instante.
Sí, sí. Muérdete bien el labio. ¿Qué crees, que no tengo
experiencia leyendo los labios?
Ay… no sabes tú nada…
Vas a sentirte muy, muy deseado.
Te lo aseguro. Ya lo presiento. Es un gran presentimiento.
¿Qué edad tenías?
Ajá.
Pues cerquita de los veinte ya estás más que preparado para
que te abran los ojos.
Ya sabes a que me refiero, ¿no? Me imagino que ya podrías
haberte estrenado. Los hombres sois un poco ingenuos a veces
con ese agujerito ¿verdad…? Pero ya verás.
No te digo más.
Bueno, que me lio mucho otra vez.
¿Ves? Hablar del aspecto físico no sirve de nada.
Solo te lleva a calentones.
Luego nos metemos en un sitio que te va a encantar y
solucionado. Lo organizo yo todo por ti, ¿vale?
A ver, cariño, qué me pierdo de nuevo. Sobre qué quieres
que te hable, ¿sobre mi aspecto físico original? ¿o sobre el
auténtico? Aquí no hay tantas diferencias como antes.
Bueno, te entiendo…
Intentaré hablar de los dos, cariño. Ya sé que es solo por
morbo, pero es que luego me vendrán unos cuantos queriendo
tema. Y por la noche, después de tantas horas de trabajo… Es
como esperar bajo la lluvia, no me apetece mojarme a lo tonto,
¿lo entiendes?
Venga, te confesaré algo ahora que empieza a fluir la cosa.
Me preocupa mucho más el aspecto original. Yo, hasta el
momento, auténtico, aspecto físico auténtico, por suerte, no

49
tengo. Por un oído me entra y por otro me sale. Bueno. He
mentido, cariño.
Una pena, una verdadera pena para todas las marcas de
cremas. A mí no me gusta hablar de cómo soy. No es que sea
fea, que, por supuesto, como estás viendo, no lo soy.
¿Puedo rectificar?
Vale, pues te explico. Pues claro que tengo piernas, pelo,
chocho (uff…, otra palabra tan parecida a Merche). Tengo
cintura, huesos y no sé cuántos órganos (que te recomiendo,
por experiencia propia, no preguntar. Es muy asqueroso y esa
preguntita tuya sobre el físico carecería de sentido).
¡Tetas!
Claro, por supuesto.
También tengo tobillos, muñecas, dedos. Y etcétera,
etcétera, etcétera... Soy como tú, como cientos de millones de
monos más. Y cerdos. Soy millones de células, vamos. Y eso
es a lo que me refiero con auténtico. En cierto sentido sí que
tengo aspecto físico auténtico. A ver, ya que ha salido el tema,
cariño, ¿cuántos años crees que tengo?
No…
Shh…
Shh… No. Ni se te acurra responder. Ya sabes, calla.
¿Qué te he dicho antes sobre la edad y todas esas bobadas?
Ya sabes, no contestes si no quieres quedarte sin tu regalito,
cariño. Tiene mucho más significado hablar de los matices que
me diferencian del resto de mujeres y hombres del mundo, del
resto de cerditos y monos que hay por ahí sueltos.
Mi aspecto original es ese que me llena de cosas peculiares.
De momento se cuentan con las palmas de las dos manos.
Por ejemplo, no tener una parte del cuerpo. ¿No es
fantástico?
Es doloroso, sí, lo entiendo. Pero es único. Nunca será en
vano.
¿Me has oído? Así ya te has diferenciado.

50
O por ejemplo tener una mano donde no tiene que haber
mano. Son señales. Ruidos de que hay algo, de que hay algo
que tenemos que saber y no entendemos. Como si escuchamos
pisadas en un bosque de noche.
¿Quién podrá ser? ¿Qué querrá de mí? ¿Qué habrá venido a
hacer? ¿Será un humano o un oso? ¿Y por qué no una tarántula
gigante?
¿No es magnífico? Espera, espera que me emociono.
Y Ahora viene lo bueno. Lo difícil. Lo más difícil de todo
es, por supuesto, saber interpretar esas señales del cuerpo.
Por un lado, están los que viven con un taponamiento en el
culo grande (por no decir algo peor, cariño, pero es que esto me
enerva mucho, ¡mucho!). Los locos. A esos cabrones les pone
rabiosos ver algo diferente.
¿Tú has visto alguna vez algún perro rabioso? Yo no, pero
humanos así he visto unos cuantos. El caso es que esos
cabrones locos cogen a alguien. Puedo ser yo misma o puedes
ser tú. Y con la excusa de que tienes alguna malformación (y si
no la tienes te hacen una en el momento), cogen y sin mediar
palabra, ¡ale! ¡A la hoguera! ¡A calentarse un poco!
O yo qué sé que te harían. Cosas horribles.
Qué horror y qué vergüenza, ¡hombre!
Vale. Ya está. Bueno. Y luego, cariño, están los listos. Esos
que aprenden de las oportunidades del destino. Los que abren
la mente.
Así que a lo que iba. Yo quería contarte algunos de esos
matices que se han posado sobre mi vida. A veces llegan con
un acuerdo previo. Por ejemplo, un kilito de más en la tripa.
Mira, apenas se nota, pero es algo negociado. Pero hay otros
que te pillan por sorpresa.
Y este es uno de ellos: no tengo pezón derecho. No tengo
nada, solo una cicatriz agarrotada.
Qué. ¿Cómo te has quedado? ¿Qué desde cuándo?

51
Pues desde que era pequeña, con unos nueve años. Aún no
me habían crecido los pechos, por supuesto. Tenía un
pezoncito bien tierno. Una futura y potente flor. Como una
lenteja marroncita en remojo que se abre tímidamente.
Y un capullo se lo llevó por delante. Sí. Como castigo. Se
pensó que sería un castigo ejemplar. El que me cortó el pezón
fue uno de esos cabrones con el culo taponado que he dicho
antes.
Pero eso le ocurrió a la antigua Marie. La María de las
Mercedes que no tiene nada que ver conmigo.
Es obvio, ¿no?
Ahora mismo si intentasen rajarme el pezón que me queda,
cariño, quien lo hiciese acabaría sin cabeza. Por no decir algo
peor. Pero mira, yo ya no tengo rencor. Sin rencor.
¿Que si a veces llegan pequeñas memorias?
Pues sí, claro. Soy producto de algo mucho más antiguo.
Como todos. Es inevitable. Pero esas pullas las controlo. Te
prometo que las controlo. La vida es corta y hay que vivirla,
¿no te parece?
A ver, dime, ¿y qué más te falta?
¿Dónde vivo?
¿Quieres saber dónde vivo?
Pues muy sencillo, cariño. Vivo en mi calle.
Me compré un chalecito. Bueno, de chalé nada. Es una casa
vieja de una sola planta. Me recuerda a las casas andaluzas,
pero un poco tuneada. Las verjas y todo lo que tuviese que ver
con metales lo pinté de color verde. La puerta también.
¡Ah! Y estoy rodeada de árboles.
Son como un escudo protector. Es fantástico, tú no sabes
cómo te aíslan del ruido. La valla de la entrada y hasta el poste
de la electricidad están recubiertos por una enredadera con
unas flores blancas preciosas. Una Fallopia Baldschuanica.
¡Eso sí que es un nombre en condiciones! Luego tengo dos
arbolitos, uno más grande y otro menos crecido, paralelos a la

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entrada. Tendrías que verlos en verano. Se ponen preciosos.
Son dos aligustres bien hermosos.
Aunque lo mejor de todo es dónde está mi casa.
¿Quieres saberlo?
Pues está en la calle de los Misterios.
¡Existe, eh! No me estoy quedando contigo, cariño.
A ver, para no levantar muchas sospechas y que no vengan
los morbosos, solo te doy una pista.
Pregunta para mis fans: ¿A qué altura de la calle de los
Misterios creéis que vivo?
Venga… ¡El tres! ¡No, el cinco!
No… ¡El treinta cinco!
¡Casi, casi!
Venga. Os lo digo ya.
Cariño, vivo entre los números treinta y tres y cincuenta y
cinco.
¿Estás tonto? No te puedo decir el número exacto.
Como decía, mi calle es majestuosa. En serio. No la cambio
por nada del mundo. Pequeñas urbanizaciones de tres plantas,
algunas con su piscina, su césped y sus chillidos de niños
divirtiéndose en verano. Algunos chalecitos de color pastel de
dos plantas de hace más de cincuenta años. Una escuela de
chino. Una galería comercial de toda la vida, de esas que
parecen un laberinto con poca luz y que siempre huelen a
carnicería y pescadería.
Una calle medio humilde. Pero eso no quita que sea
maravillosa. Algunos pisos hasta tienen una de esas placas que
con el símbolo de la Falange a la entrada que se ponían en los
años cincuenta.
Dos colegios por falta de uno. Bares. Una parroquia de
estilo neomudéjar. ¡Ah! Y una plaza que por navidades se llena
de puestecitos y que adornan con cientos de luces. Allí también
hay una floristería que antes era un quiosco de prensa. Anda
que no ha ganado mi calle con ese cambio.

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Es una calle muy verde, sobre todo al principio, pegando
más al metro de Ciudad Lineal. Allí hay una arboleda de
plátanos de sombra a cada lado que parece que si pones una
tumbona en medio del asfalto te vas a quedar frita. Mira, viene
un soplo de aire de esos que te acaricia la piel, la frente y
enseguida notas como refresca. Pero no ese frío que te pone los
pelos de punta, sino una frescura tierna por dentro que te hace
salivar de puro placer.
Ay…
Llenar los pulmones en mi calle un domingo por la mañana
es sanador, cariño. Es uno de esos tratamientos que te regala la
naturaleza y cuesta cero.
La Calle de los Misterios también es larga, ¿eh?
Pues entre una cosa y otra, ¡más de dos kilómetros! Luego
hay otros tramos más estrechos, como en el que yo vivo, que
solo pueden pasar los coches en fila india. Pero otros tramos
soportan una larga fila de coches a ambos lados.
Y lo mejor es que casi nadie pita. Aunque se haya quedado
un coche en doble fila y esté atascando todo. No pitan. A lo
mejor una o dos veces al día. ¿En una calle de dos kilómetros
dos pitidos al día? ¿No es un milagro? Pues no. No se trata de
eso. En realidad, lo que ocurre es que su nombre impone.
Impone demasiado respeto como para andarse con pitidos.
Lo mejor es atravesarla como un espíritu que disfruta del
momento, sin más. Muchos humanos siguen teniendo miedo a
lo desconocido. Los ruidos se sofocan en mi calle y nadie grita.
De verdad. Solo las ruedas de los coches, la lluvia, la música
de los pájaros y algún niño llorica surge de vez en cuando. A
veces hay un poco de atasco en la esquina con José del Hierro.
Pero ya está.
Hay muchos curiosos que se pasean por mi calle. Sí, sí. De
esos que buscan el “misterio” con mayúsculas.
Bueno, no, que me voy por las ramas demasiado.
No puedo más. Tengo que confesártelo.

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Estoy enamorada. De verdad, enamorada. ¡Enamorada del
Misterio! También un poco de ti, y de todos. Pero sobre todo
de mi calle, ¡de mi preciosa calle! ¡No puedo estar más
orgullosa de ser quién soy y vivir dónde vivo!
No es por alardear, pero tengo razón. «¿Cómo narices se
puede enamorar Marie de una calle?», pensarán muchos.
Bueno, eso ahora lo cuento. Pero solo con imaginarme en
esa calle tan larga y tan apretada se me acelera el corazón y
noto abajo… Pues que me mojo.
Estoy perdidamente enamorada de ella.
Es una de las cosas más importantes para mí en este
momento.
Si ahora me quitas mi nombre, mi programa y mi calle me
convierto en nada. Me convierto en Nadie.
De Marie a Nadie. Con la e bien grande.
Uff, se parece mucho a mi nombre, ¿no?
Bueno, sí. También es importante saber algo de mi marido.
En algún momento dará señales de vida. Creo yo, vamos.
En fin.
Que mi calle también está muy contenta conmigo. Me lo ha
confesado. Bueno, en realidad me lo han dicho los gatos que
pululan de un lado a otro. Son los mensajeros y los paparazzi
del barrio.
Ojalá pudiese encontrar a la familia del concejal que le puso
ese nombre a mi calle. Quiero felicitarle.
O estás o no estás conectada con la calle de los Misterios.
Y punto.
Todo depende de estar o no enamorada de tu calle, cariño.
Eso facilita mucho la vida. Vivo en una calle que sé que nunca
va a traicionarme. Es una fidelidad temporal, como todo, pero
que al menos parece eterna.
Hay gente que pensará que es una tontería. Pero a mí me
afectan demasiado las calles.
Es muy importante. ¡Mucho!

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Yo las siento… Las siento tan mías. Tan dentro de mí.
Aquí, en Madrid, y en cualquier parte del mundo. Es una
conexión inmediata. Como cuando giras el temporizador del
microondas y enseguida empieza la cuenta atrás. Cuando llega
a cero ya estoy conectada. A veces, sin saber en qué calle me
he metido, ya sé su nombre. Bueno, más bien me lo imagino.
Y acierto.
Mira, me pasó hace unos meses en Valladolid.
Me metí en una calle que casi me da un jamacuco. Ay, ay,
ay… Solo de recordarlo. Mira, se llamaba calle de la Merche.
Ay, ¡horrible!
¡Era horrible! ¡Quería salir corriendo! ¿A quién se le ocurre
ese nombre? Mejor borrarla del planeta. No vuelvo a pasar por
ahí, cariño. En mi calle estoy mucho más segura.
¿No ves que vivo en la calle de los Misterios? Pero de los
Misterios buenos, donde se acumulan todos los misterios
buenos del mundo.
Bueno, esa es mi teoría. Pero tengo que hacer trabajo de
campo todavía. Debería salir y escurrirme. Pero todo apunta a
que todos, ¡todos!, absolutamente todos los misterios del
planeta se condensan en estos dos kilómetros.
Así que normal que se acerquen morbosos. Y cuanta más
gente se acerca, traen consigo más y más misterios. ¿Quién es
el imán, entonces? ¿Ellos o la calle? Yo creo que es por el
nombre. Bueno, y si un día me encuentro de frente con uno de
esos morbosos... de los que a mí me ponen…, pues adelante.
Aunque no se ven tantos como piensas. ¡Ah! También he
vivido momentos graciosos metida en otras calles. ¿Por qué
todo iban a ser agobios y malos augurios? Mira, el otro día, sin
saber nada de dónde estaba, no paraba de picarme todo el
cuerpo. Y pensé: “esta calle tiene algo que ver con picores, la
calle del punzón, del pincho moruno, la del picapica”. Le di
varias vueltas hasta que vi su nombre, y ¡toma!
¿Cuál era?

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Pues la calle Chinchilla. ¿Qué te parece? A mí me entró una
risa tonta que me tuve que meter a un bar a beber agua de tanta
carcajada. Me entraron unas risotadas que no veas. Como si el
picor lo tuviese en la garganta. Menos mal que el protagonismo
se lo llevaba el alboroto del fútbol y todos pasaron de mí.
¡Hasta me hubiese podido ir sin pagar perfectamente!
Pero no, a ver si van a pensar que estoy loca o algo.
Ahora que lo dices, Chinchilla me recuerda a un animal,
¿no?
Bueno, pues debe ser un animal muy alegre y con picores
por todo el cuerpo, porque me pasó eso por culpa del nombre
de la calle.
¿Ahora entiendes por qué me puedo enamorar o desamorar
de una calle?
Otras veces, cuando me noto un poco espesa, espesa de
llevar tiempo… Sin eso. Pues me meto en la calle del Pito. ¿No
es gracioso? Ahí yo he encontrado de todo.
Cambiaron su nombre hace poco por tonterías de los
vecinos.
Ahora la llaman la “calle de la Protuberancia”. Tampoco es
que lo hayan mejorado mucho. Tengo que probar a ver qué
siento ahora por ahí con ese nombre.
Me imagino que han querido cortar por lo sano, pero no sé
si lo habrán conseguido. Es que antes andabas un poco y te
aparecía un hombre sentado, demasiado bien vestido,
poniéndote morritos. Bajabas un banco más y allí había dos
maduritas sin bragas, en medio, sacándote la lengua.
¡Ah! Y paralela a esa calle hay otra más cortita, de unos
cincuenta metros, la “calle de la Castaña”.
Bueno, por lo que he escuchado, con el cambio del nombre
parece que ya no es lo que era antes.
De momento estoy contenta. No. No voy a dejar mi calle en
mucho tiempo. Hay muchas cosas, cariño, que quiero que sigan
siendo un misterio en mi vida.

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Si viviese en una calle normal y corriente me quitaría la
vida. Es duro, cariño, pero más duro es sentir que desencajas en
la calle en la que vives. No es que esté discriminando a la
gente, pero no has escuchado eso de: “¿dime con quién vas y te
diré quién eres?”
Pues lo mismo para las calles. Sí, sí. Tu vete a vivir a la
calle de los Caídos y, cuando menos te lo esperas, ya estás en
la tumba. Esto es muy importante, en serio. Evitaríamos
muchas muertes no deseadas.
Yo te lo dejo como consejo. Luego que cada uno haga lo
que le dé la gana.
¿Cómo? ¿Ahora?
¿Pasear por mi casa? Cariño…
Yo entiendo que te haya gustado, es normal.
Pero es que está cerrada.
Necesita reposo. Han sido unos días un poco agobiantes
para ella.
Me lo dijo ella misma. Bueno. Mis tortugas. Que tengo tres
y me vigilan la entrada. Dicen que estos días han pasado
muchos morbosos cerquita. Así que más adelante, cariño.
Oye, ¿tú has escuchado alguna vez a las paredes de tu casa?
Pues mira, también te recomiendo que lo hagas de vez en
cuando. Es sencillo, silencioso y en cuanto menos te das cuenta
ahí están, hablándote.
Escucha…
Nada, es que ahora están dormidas.
Y qué más…
¿Falta algo todavía?
No, si yo tengo todo el tiempo del mundo.
Pero claro, si después vamos a lo que vamos. Ya sabes,
darte un regalo de cumpleaños adelantado. Entonces es mejor
que vayamos acabando.
¿Mi marido?
¿Que qué hay de mi marido?

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Y tú como sabes si tengo o no marido. Ah, es cierto. Lo he
dicho ya varias veces. ¡Ah! Sí, y justo lo he dicho por eso…
Lamentablemente mi marido ha desaparecido. No sé nada
de él desde el viernes pasado.
Así, de primeras, no lo eché de menos.
Pero vayamos por partes, ¡que te has adelantado y no he
terminado con las calles!
A mi marido lo conocí en la calle del Huérfano. O del
Exiliado. O en alguna de esas. Ahí siempre me encuentro con
gente inevitable. Sí, esas personas de las que nunca te vas a
librar. Me pregunto si las parejas que se conocen en la calle de
la Alegría son siempre felices. Me lo preguntaba una vecina de
la calle de la Castaña, ya de ochenta años, en la radio. ¿Te
puedes creer que le daba vergüenza decir el nombre de su calle
en alto? ¿Hasta dónde hemos llegado?
En fin, que no fue aleatorio que me encontrase con mi
marido en la calle del Huérfano.
Las huérfanas o las exiliadas no tenemos pasado.
O al menos no nos quedamos mirando el pasado como quien
abre un archivador lleno de fotos y pasa suavemente sus hojas
con nostalgia.
Da igual cómo quieras llamarlo. Poco a poco nos odiamos.
Por no haber cambiado las cosas. Empezamos a plantar
semillitas. Suena terrible, pero yo más bien diría que es
agotador. Te pasas varios años plantando semillitas para
vengarte de algo y al final resulta que eres tú misma de quien
quieres vengarte.
Es una pena agotadora.
Venga, te lo confieso.
Pero ya, ¡nada más! Que luego mis oyentes me hacen
preguntas que no puedo responder.
Mi madre dejó hace décadas Argentina e intentó plantar esas
semillitas en su hija. Pero claro, esas semillitas, por suerte o
por desgracia, no las llevo yo.

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Las lleva María de las Mercedes.
Mi exilio, si es que puede llamarse así, ahora mismo es otro.
Es muy distinto al de mis antepasados. Marie no puede cargar
con deudas de exilios que no le pertenecen. Pero, aun así, a
veces hay deslices. Es lógico, y normal, ¿no te parece? Pero
cariño, te lo digo muy en serio. No hay dolor. No hay dolor ni
rencor. Yo no llevo tanta carga a cuestas. Llevo poca mochila
comparada con otra gente.
Bueno, que me estoy yendo por las ramas.
Si queda algo de María de las Mercedes en mí (porque claro,
algo habrá), cada año es un poquito menos. Y todo gracias a
que hace tres años empecé en Bajo la luz de la luna.
¿Cómo?
No, no tengo pensado volver a buscar a mi marido por allí.
No creo que vuelva a verlo.
Se me olvidó decirte que, por lo general, las personas que
me encuentro por esas calles no vuelvo a verlas en mucho
tiempo.
¿Ahora? Pues ahora estoy muy volcada con la radio, cariño.
¿No escuchaste lo que dije el otro día por la noche?
¿Cómo?
¿Y por qué lo llamas así? Yo no he dicho nunca eso. Oye,
por curiosidad, ¿no serás uno de esos a los que les entra por un
oído y les sale por otro?
Ay, cariño. Sí, te entendí.
Acepto las disculpas.
No me importa que se haya ido a vivir la vida loca con otras
¡No me importa! ¿Lo has entendido?
No sé de dónde narices lo sacas, pero ten cuidado con lo que
dices. Vamos, ¡que ni siquiera se insinúa!
¡Así que fuera! ¡Fuera de aquí! ¡Qué poca vergüenza!
Sí, ya sé que es tu casa.
¡Pero fuera!
Ah, no…

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No, no. Espera.
Cariño, ¿no te acuerdas? No te podías ir sin estrenar un poco
esa herramienta magnífica que la naturaleza te ha regalado.
¿Verdad?
Qué rápido ha crecido el bulto ¿eh? Con una indirecta ya te
lanzas.
Eso me gusta…
Vaya. Más duro de lo que pensaba.
Ya verás, te enseñaré a disfrutar de algo nuevo.
Y, si eres lo suficientemente bueno, me olvidaré de lo que
has dicho. ¿Vale? ¿Lo has entendido?
Dime, ¿cómo te gustaría empezar?
¿Eh…?
Ya te voy pillando. Eres de lo que van al grano.
Venga, más despacio.
¡Que no! Vamos al grano.
Ahora repite en voz baja: «Eso que he dicho antes…»
«Justo lo que he dicho antes.»
Así, muy bien. Shh, calla.
Ahora repite: «Eso que he preguntado antes no me importa.»
«¡No me importa!»

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