Los Ángeles, ida

(Esta va a ser la tercer novela que intento escribir. La primera la terminé, pero tenía 13 años, es muy infantil y muy hachística. La segunda murió al segundo o tercer capítulo, y la tercera se transformó en un diario que nunca continué. Veamos que pasa con esta. Si, podría ponerla en loca pero no tengo ganas que la lea todo el mundo [aunque nadie entre a loca], no porque vaya a decir cosas que no tienen que ser leídas por terceros, sino porque quiero mantenerla para mí por un tiempo, hasta darle forma. Para mí y para las únicas dos personas que tienen acceso a esto, que a decir verdad ya son como una parte de mí [?]. Bleh, creo que lo que quiero decir es que esta novela será una manera de mantenerme ocupada cuando me pinte escribir, y la pongo acá porque será un "preliminar". Posiblemente la definitiva vaya a loca. O a una editorial, o a la papelera de reciclaje. La otra opción, y la más segura, es que nunca haya una definitiva porque voy a dejar la novela apenas la empiece, costumbre maldita) Capítulo 1: - Yo sabía que iba a terminar mal.

En su mente siempre llueve. Tiende a llenar de lluvia todos sus recuerdos importantes, como si necesitara de ella para grabarlos eternamente en su memoria. Para poetizarlos o vaya a saber por qué. Pero siempre llueve y con el tiempo se olvida si esa lluvia existió realmente o la inventó. Porque inventar es algo que le sale bien: inventar recetas, inventar historias que nunca nadie va a creer pero reconfortan, inventar

objetos nuevos que no cumplen su función. En el fondo quiere inventarse una nueva vida. Mientras inventa una civilización de hombres de plastilina, suena el teléfono. El viejo-del-número-eternamente-equivocado interrumpió su momento de Dios. Ahora de nuevo, el primer día con toda la bronca porque hacía un rato ya andaba por el sexto. Pero si la cosa se interrumpe, otra vez al inicio, retrocede todas las casillas. Esas eran las reglas del juego que se jugaba de a uno en las tardes de aburrimiento y ambición divina. Coleccionaba esos momentos en su mente, para llenarlos de lluvia aunque no fuesen trascendentes. Algún día, cuando de plastilina fuese el mundo y el último de carne fuera Dios, importancia cobrarían. Terminada la pequeña población, los reunía. Una especie sin rasgos distintivos, sin individualidad. Todos exactamente iguales. Genética socialista fruto de un par de manos aburridas y con deseos de poder. Guionaba entonces la vida que tendrían, imaginaba la historia de cada uno, aventuras y desventuras. El futuro de ellos estaba en sus manos. Porque era Dios. En minutos que equivalían a años para la pequeña generación, hacía que se enamoraran, se rompieran el corazón unos a otros, riesen, lloren, tuviesen y perdiesen las esperanzas, hasta matarlos. Simplemente los aplastaba con la palma de su mano. Y reía amargamente, diciéndoles a cada uno lo mismo que al anterior: - Yo sabía que iba a terminar mal. Capítulo 2:

Hermosura, sos una masa amorfa. Te reviento contra el suelo de madera. Mirá, no existís. Vos tampoco y vos tampoco. Y a quién carajo se le ocurre llamar ahora.

Ahora si llueve. Cierra la ventana porque le entra agua y no puede pensar. Además, se le puede arruinar la computadora. Hace un rato llamó alguien. No era el viejo-del-número-eternamenteequivocado, sino la persona que no debe llamar en momentos críticos como ese, cuando ya el poder divino se esfumó entre la plastilina blanca y el suelo. Dios no quiere ver a nadie. Dios no quiere salir de su habitación ni enfrentar la realidad. Así que seguirá en su fantasía. Entre la masa blanquecina pegada en el suelo, quedaba un ser aún en pie. - Vos sos distinto, a vos te quiero. Le dibujó una sonrisa con un escarbadientes y un par de ojos. Lo sentó en la repisa. No lo iba a matar a él. Porque era especial y no sabía la razón. Su primera creación que no sucumbiría inmediatamente. Viviría por siempre, a menos que se transformase en otro traidor más. Un ángel, el primero de su tropa. El único que por ahora acompañaría a Dios. - Dejé a uno vivo. - Vos nunca dejás a ninguno vivo cuando te dan tus ataques. - Ya sé, pero este era diferente. - Son todos iguales. - Este era diferente. - Cuidado, entonces. No te vayas a enamorar. Capítulo 3 El pequeño hombrecito de plastilina estaba sentado en la repisa, sobre el cenicero vacío. Blanco, blando, sonriente. Único sobreviviente de una estirpe destinada a morir aplastada en el suelo de madera de una habitación con poca luz.

Y de él no se iba a enamorar. Imposible. Ni de él, ni de nada que tuviese o no que ver. Le costaba entender por qué lo había dejado con vida. Porque era diferente. Nada nunca era diferente, siempre rompía en mil pedazos lo que lograba. Eso podría tener una connotación, comenzaba a temer. Reflejar aquello que podría estar empezando a gestarse dentro de sí. Obviamente nada estaba gestándose dentro de sí y desvariaba con tintes paranoides por el simple hecho de alimentarse a base de soledad desde que pretendía recordar. Miró la hora, era el momento. Se asomó por la ventana y lo vio pasar. Siempre tan diferente al resto. Pero nadie nunca es diferente. Podría gritarle, claro. Pero no quería molestarlo. Lo extrañaba, claro. Pero no quería mostrar rasgos de desesperación o necesidad. El silencio es el mejor amigo del humano en estos casos. Café en la cocina, teléfono que suena y la misma voz de ayer, que resuena: - Puedo saber que algo tenés que decir. - Nunca antes nadie había sido diferente. Capítulo 4 Le había dicho que iba a ir. Estaba despejando, y no era lo que quería. Prefería las nubes, las tormentas. Pero él le había dicho que iba a ir. Su muñeco de carne y hueso subiría las escaleras, tocaría el timbre. No iba a demostrar debilidad. No lo había extrañado, por supuesto. No había querido gritarle cuando lo vio por la ventana la tarde anterior. Tampoco lo había esperado en la esquina; jamás había estudiado sus horarios. Fue casualidad.

La gata había roto los almohadones. Mientras los cosía, miraba el reloj, expectante. Y se pinchaba, sangraba, manchaba la funda. Poéticamente, por supuesto. Gotitas carmín salpicando el lino verde agua. Podrían mezclarse con lágrimas, y sonaría más trágico. Pero nadie lloraba allí. Todavía. Faltaban un par de días.

Suena el timbre, abre. Pasa él, el tan esperado. Pero detrás; importaba ahora quien pasaba detrás, quien entraba como si nada al consultorio de al lado, como si no viese lo que ella (misterio develado) si veía. Marcado rápido, por favor. Dos horas callando, alguien tiene que saberlo. Juana no está justamente loca. - Te juro, cuando le abrí, atrás suyo vi pasar a un flaco casi igual. Igual diría. Con esa mirada que él tiene, todo. - Adiós tu teoría, entonces - Aún hay tiempo, aún es diferente. Capítulo 5 El sol le quema los párpados, el café le perforó el estomago y el sueño acumulado le revienta las neuronas. Juana camina rápido, pateando piedras y naranjas podridas de vez en cuando. Tiene que llegar a rendir ese examen, y después respirar por dos semanas. Caminan, pasan cerca de ella. Cada ser humano con su cara, con sus rasgos, con su cuerpo. Tan diferentes, pero todos iguales en el fondo. Sin embargo hay alguien que se distingue pero ya no es único en fisonomía. Eso no cambia nada, por supuesto. Miles de hombres de plastilina murieron aplastados y uno que parecía idéntico a los demás se salvó por tener algo en particular que nadie puede apreciar. Media hora para el comienzo examen al cruzar la última avenida. Tiene tiempo. Y allí de nuevo, la misma sonrisa. Las mismas

manos, la misma altura. Y no es él. Porque él está trabajando, lejos de ahí. Uno más, que se suma al ejército de los que cayeron bajo sus manos creadoras. Uno más que cobró vida, de los tan iguales pero tan vacíos. El viento la despeina, la libertad la encierra. Alivio. Ya terminó el vómito cognitivo, la puesta a prueba de sus horas quemandose las pestañas entre fotocopias poco claras y tipografía reducida. Tarda en venir el tren, el clásico de los lunes. Retorna el recuerdo del nuevo soldado clonado, la sensación de desconocer un secreto vital. Y en el anden, una chica como cualquiera grita en su remera "Be different". Pero no lo es. Y en su mente, un momento como cualquiera grita en su recuerdo "Nadie lo es" Capítulo 6 La plastilina era fácil de manipular. Por eso todos eran de plastilina. Ahora por primera vez sus creaciones querían rebelarse, levantarse, ser de carne. No podía manipular a nadie. Solo se manipula lo que se tiene en manos. No podía manipular a nadie; nada tenía en manos. Ni siquiera su propia vida. La gata miraba la pared, maullaba desesperada. Pero la pared estaba vacía. Celeste, lisa. Sin moscas ni mosquitos, sin manchas. Y la gata maullaba desesperada, iracunda, como respondiendo a una provocación. Juana toma jugo y come ensalada, pensando en lo poco que su hambre será saciada, pero en los kilos que irá perdiendo. La desespera ganar peso, que sus huesos dejen de marcarse, su

clavícula, su cadera. No entiende a su gata. Cada día más inquieta, nerviosa, como si viese algo que nadie más ve. Tal vez tiene miedo, tal vez intuye que su dueña también esta perdiendo la cabeza, envuelta en plastilina y un amor que no termina de nacer. Hace tres días que el teléfono no suena. Sus amistades andan atareadas, su familia la sigue ignorando, y él no ha tenido deseos de verla aún. Sin embargo, ella sigue viendo sus imitaciones por todos lados. Tal vez la gata también las ve. Y por eso maúlla. Tiene que irse a trabajar, pero no quiere encontrarse de nuevo, en la estación, a la más alta de las imitaciones. Mide un poco más que el original, pero tiene sin dudas la misma voz. Tal vez los ojos un poco más claros, sí. Pero no es mucha la diferencia. De todos modos tiene que ir. El dinero no abunda en estas épocas, el mundo está en crisis y todos la pagan (¡qué la crisis la paguen los capitalistas!). Debe trabajar o morir (más) de hambre. Baja las escaleras, ¡Qué vacía está la calle!. Silenciosa como nunca, parecía que todos sus vecinos hubiesen declarado huelga al día a día y por eso, decidido no salir; o que una plaga hubiera terminado con todos menos con ella (y su gata); o que simplemente fuera domingo a las 7 de la mañana, como realmente lo era. En pleno invierno. Y todos durmiesen menos Juana, que atendería una vez más a miles de mujeres hambrientas de zapatos y de amor en un shopping céntrico. Chocar con otro de ellos se le había hecho costumbre. Otro de ellos pero jamás el verdadero, el diferente. Y el tren viene lleno de risas de fin de semana, las veredas de helados caídos en cumplimiento de deber y Juana muerta de hambre y cansada de ver copias baratas. El día transcurrió tan superficial como todos en ese recinto comercial. Como si las bolsas llevadas fuesen proporcionales a la

felicidad a obtener. Como si cuantos más zapatos y carteras uno posea, mejor se fuera a sentir. Como si algo de eso fuera a cambiar el mundo. Por lo menos a la noche el teléfono volvió a sonar. Al escuchar la voz más conocida de todas, la guardiana de sus verdades, Juana habló escupiendo su locura.

- ¿Sabés qué? Tal vez están pidiendo a gritos que los mate. Como los mataba cuando eran de plastilina - Vos y la muerte Juanita, siempre vos y la muerte. Juana jugaba con el hombrecito de plastilina, y esperaba que llegase el real. Irían a tomar algo, a charlar un rato, ponerse al día. Otra vez, ella no lo había extrañado, no había deseado rozar su cuerpo, no había querido deleitarse con su mirada. Porque no sentía nada por él que fuera mas allá de un cariño simple y sincero, amistoso, sin implicancias amorosas. Llegó puntual; al rato ya estaban sentados en un bar, riendo. ¿Sería el real? Claro que lo era, jamás podría confundirlo porque era diferente. Quería contarle sobre el ejército de clones, un comentario al pasar, "cada día veo más personas parecidas a vos" pero estaría dando a entender que pensaba en él más de la cuenta, ¿o tal vez no, y simplemente eran maquinaciones paranoicas? - El otro día vi un flaco muy parecido a vos. Era un poco más alto, pero juro que parecía un hermano perdido tuyo. - Ah, suele pasar. No entiendo bien por qué, pero no paro de ver personas iguales a mi. No te sorprendas, creo que mi cuerpo, mi todo, fue hecho en serie por un dios vago, que no quería innovar. Producción en serie de seres humanos, que locura.

- ¿Quién dice que es una locura y qué no...?

Debía deshacerse de todos ellos. No podían seguir apareciendo. No era locura de ella, él también los veía. Ya no soportaba más pensar en él, no quería que la vida se lo recuerde. No quería enamorarse porque ella no se enamoraba. Ella jugaba y después aplastaba a todos como si fueran de plastilina. Ahora de plastilina era su cuerpo, y todos los que alguna vez fueron aplastados se vengaban en carne y hueso. Todo lo que hagas será retribuido. Y no le importaba la retribución que merecía la muerte, pero ella se encargaría de regalársela a todos los que amenazaban lo distinto. A la masificación humana. La legión de ángeles moriría. Cause angels deserve to die. Excepto el más importante, el que se acercaba a Dios cada día más peligrosamente. Capítulo 8 Ahora que desea matar, no puede. No puede pensar claramente por el dolor de cabeza, ese resfrío en potencia, por el cansancio debido a la mala alimentación que buscaba matar esos dos kilos de sobra, por las duchas heladas a forma de tortura, por todo lo que la está enloqueciendo. Fiebre no tiene, aún no debe preocuparse. Pronto vendrá América, su amiga con tres ojos. Mucho tiempo sin verla ya, es necesario reencontrarla. No necesitará decir nada para que ella sepa todo, y de paso, puede preguntarle si entiende lo que le pasa a la gata. Esa gata imbécil que sigue maullando a los rincones de ausencias.

América tiene ese aire que solo pueden tener los que viven todo lo que los demás no. Esos que ven los que otros jamás podrían, que conviven con lo que ya no habita en el infierno terrenal. Ojos siempre atentos, brillantes, caminando como si volara, hablando como si los presentes fuesen más que los que realmente están en el lugar. - Acá no estás sola Juana. Tenes espíritus en pena. - ¿De qué me hablás pelotuda? - Tu gata, tu gata no maúlla a la nada. Tenés una vieja atrapada acá. No me mires asustada, no hace nada. Se ve que murió en este edificio y le gustó tu departamento. También, estás tan sola acá adentro, vos y tus fantasmas mentales necesitaban un fantasma real. América hizo una larga pausa, con los ojos cerrados, y luego continuó: - Hortensia se llama. Si ponés paciencia, si ponés ganas, vas a tener alguna compañía. Al menos hasta que el flaco ese que tanto te gusta te de pelota. Toman té en silencio. No hablan porque no es necesario. Juana necesita compañía, ahora ya tiene un fantasma que solo ve su gata. Y si se decide a matar, fantasmas tendrá miles. Como los de su cabeza. América se iba. - Chau Juana, un placer Hortensia. - Chau América, gracias por avisarle a Juana de mi existencia. Risas. Capítulo 9.

- Mirala a la vieja de mierda. - Querida, más respeto a una ancianita como yo. Hortensia estaba muerta y leía mentes. Juana, luego de días, había aprendido a verla, justo cuando lloraba por la muerte de su abuela. Ella había sido la única de su familia que la había entendido y contenido, y a los 80 años, su corazón había latido por última vez. No había podido estar ahí. Nadie había podido, ¿Quién lo iba a imaginar?. Quería tenerla cerca de nuevo. Ya no podía. Tan sola estaba ahora… - Si querés te ayudo. Hortensia también estaba muerta. Era un nexo, el lazo entre la vida y la muerte. - Pero ella ya no anda vagando por acá. Yo si, porque tengo cosas que hacer. Igual, si querés... Juana necesitaba simplemente alguien que la escuche. Y aprendió así a encontrar en Hortensia un oído sabio y cariñoso, que veía cosas que otros no, por el simple hecho de haberse ido ya.

Ahora está sentada sobre la heladera, con la gata al lado. Juana escribe en una hoja sus planes macabros homicidas. Cómo deshacerse de todos aquellas bacterias de papel carbónico que infectan el universo del único y especial. Del hombre de plastilina que nadie ha de igualar. Ella sabe que no sabe matar. Que jamás pudo aniquilar ni a una cucaracha. Pero mientras no consiga el amor del único, se mantendrá ocupada deshojando los cuerpos inertes de los demás.

Sin embargo, necesita el elixir de los besos negados para atreverse a acabar con las vidas del ejército angelical masificado. Y he aquí una contradicción: matar para usar el tiempo hasta conseguir su objetivo, pero no puede empezar sin el combustible del ser amado. Y otro problema nace entonces entre los hilados de su mente: ser amado. Ella no ama. Ella nunca amó. Pero ahora necesita, ahora depende, ahora; ¿ahora es amor? Hortensia de amor sabe. De esos amores eternos de antaño, que sobrevivían guerras y distancias. De amores obsesivos jamás sufrió, pero el amor es uno solo, la esencia no cambiará jamás. - Decile lo que te pasa, a lo sumo te va a decir que no. Pero en una de esas... - No puedo Hortensia, usted no sabe como soy. Yo no amo y él es perfecto. Y a el lo amo pero yo no amo. Hay algo que no cierra. No me atrevo, es una trampa, una trampa del de arriba que se ofendió porque jugué a ser él con hombres de plastilina. Y ahora se venga, y ahora me tienta y yo no quiero caer. - El amor no es venganza de nadie. Es simplemente la más bella opción. Capítulo 10

El agua está helada. Su piel blanca tirita en la bañadera, sus ojos ennegrecidos de maquillaje corrido lloran en silencio. Sus huesos sobresalen victoriosamente, su cabello oscuro quiere ocultar de los azulejos azules su desnudez. El cuerpo pálido que ya casi no proyecta sombra se encoje bajo la ducha. Tiene que terminar esa tortura, tiene

que salir y ponerse a preparar el maldito final que se acerca y la atormenta. Tiene que parar esta manía mortal.

Hortensia dejó un rato el departamento. Anda por la terraza mientras Juana lee trabajosamente sus apuntes en el escritorio de su pieza oscura. El pelo mojado gotea sobre las fotocopias, los ojos cansados se cierran entre letra y letra. Estúpido existencialismo que la ata a la silla y a la lámpara. Estúpidos filósofos sin nada mejor que hacer. ¿Pero qué está pensando? ¿Otra crisis académica?. No, simplemente ganas de quejarse. De nuevo. Tres días y vacaciones. Mañana a trabajar, pasado al ultimo final y después a descansar por un buen rato. A planear muertes imposibles. Juana no duerme hace un día. No le importa porque le gusta sufrir. Tal vez en realidad busque su propia muerte entre todas las que idea. Levanta la vista que proyecta la imagen de resaltadores fluorecentes por el techo, y ve al hombrecito que sigue sentado allí. Parece no estar sonriendo. Qué extraño, no recuerda haberle cambiado la expresión. Parece sentirse solo. Como ella. ¿El real se sentirá solo también? No, es tan perfecto, no le cabe siquiera la soledad. Vuelve a la lectura. Un capítulo más simplemente para terminar... no puede. No logra enfocarse, porque en cada letra, en cada punto, coma y tilde ve su mirada. - Che Ángel, ¿tenés algo que hacer esta noche? - No, para nada. ¿Nos vemos? - Dale, venite a casa que pedimos comida y charlamos un rato. Dios salve al teléfono.

Capítulo 11. No sabía que ponerse. No sabía que perfume usar. Iba a llegar Ángel y ella todavía con la toalla enrollada en su cabeza, dando vueltas desnuda por ahí. Hortensia miraba TV en el sillón. Había estado callada un par de días. Pero la necesitaba

- Ayudame. Quiero... quiero.. - Que se de cuenta de que existís. He already knows Darling. Ponete el pantalón ese oscuro tan lindo que tenés. El de los botoncitos en la botamanga. La camisa negra y los zapatitos de charol de taco. Y después mostrame. Hortensia ya era una madre para Juana. Una fantasma como madre era mejor que su verdadera madre, la madre fantasma que nunca aparecía, que nunca la miraba, que nunca nada. Que comía y dormía nomás. Sí, le gustaba como estaba. Ahora el maquillaje y el pelo y nada más que sentarse a esperar. Estúpida espera, lo que mata más que la humedad es la ansiedad. A las nueve sonó el timbre. Un ángel espera en el vestíbulo.

La comida tarda en llegar. Pidieron pizzas y ya se terminaron una cerveza de litro. Van por la segunda mientras se cuentan sus últimas noticias. Una mujer, dice Ángel. Pero que fue de una noche y nada más. Aburrida, pero no quedaba otra. "Encima gorda". Lo agrega con un desprecio descomunal, con asco. Juana tiembla, de

miedo y orgullo. Sus huesos brillan bajo las lámparas incandescentes, sus ojos bajo la expectativa de la noche. Siguen la conversación, saltos de tema sin importancia y el timbre con una pizza incluida. Pizza para dos, y ella que le teme a las calorías quiere huir. Mejor. Puede comer poco y quedar bien. Él se asquea con las gordas. - ¿No querés otra che? Comiste una sola. - No gracias, estoy llena. - Con razón te mantenés así.

¿Un halago? "Te mantenés así". Sonaba como tal. Un halago. Quiere besarlo, saborear sus labios fat-free como ya no saborea la comida. Pero él no parece tomar la iniciativa. Ángel se levanta, se dirige hacia la biblioteca. Le gusta leer, Juana lo sabe. Juana reorganizó los libros para que los de su preferencia quedasen a la vista. Hasta el mínimo detalle. Sin embargo, toma un cuaderno. - Escribís. ¿Me habías dicho eso? - No creo, no lo comento demasiado. - Que interesante, no te veía escribiendo Se pone a leer sin permiso, a ella no le importa. Cuentos fechados hace más de un año, pasados y pisados. Se acerca de a poco, disimuladamente. Como buscando su opinión. Aunque busque mucho más. Me gusta, este "El vuelo de la mariposa". Es corto, pero me gusta.

"Vos me gustás a mi" piensa Juana muriendo de sed. Sus ojos se clavan en el piso. Los de él en su nuca. Y vos también me gustás. Juana escucha desde arriba las palabras sagradas. La voz del Ángel diciendo lo que ella quiere oír, las manos en su cintura que tiende a desaparecer y su boca en donde ella más desea. (casi) Silencio en la sala. Capítulo 12 Los ángeles también duermen. Juana tiene los ojos abiertos como una lechuza clavados en el techo. La piel imantada a la de él, esa conjunción perfecta de piezas del rompecabezas humano, el calor más fuerte que cualquier verano, y la muerte total de la gravedad estando en sus brazos. Fue la mejor noche de su vida, sin duda. Nunca había sentido algo mientras bailaba en un colchón. Jamás. Y ahora recostada con él al lado, que duerme, siente que si no lo tiene puede llegar a morir. Pero mañana ya no estará. Ella no se enamoró, no. No lo ama, aunque sepa que si. El muñeco de plastilina sigue inerte en la repisa. Parece mirar, sin embargo. Parece ocultar en su mirada cierta ironía. Juana se levanta, tiembla de frío pero no se viste. Quiere mantener el hechizo, quiere… Se dirige al muñequito y lo da vuelta. No soporta su mirada. Ángel duerme aún, respira espaciadamente. Le faltan alas nomás.

Juana ahora quiere matar. No a él, sino a todos los demás. Hoy más que nunca. Nadie puede igualarlo, tampoco imitarlo, y los que osen hacerlo, recibirán muerte a cambio. La mejor manera es el veneno. Letal y disimulado. Puede ocultarlo, puede dosificarlo sin ser obvia. Debe cuidarse, pero no hay peligro. O están todos, pero el deseo es más fuerte.

Él ya se fue. Hortensia espera que Juana hable. Ella no quiere decir nada. Sabe que él no busca nada más en ella que eso: sexo. Pero ella busca todo. Él es su dios, su ángel, su sacerdote, su entera religión. Es la sangre que corre por sus venas, el hombre que en semanas cambió su historia, su geografía y su formación ética y ciudadana. Su vida no es como la de ayer, su cuerpo tiene marcas que nadie más que ella reconoce y que nunca se irán, su ética y civilidad cederán ante el instinto de fanatismo asesino. De pronto su capacidad creadora renació, está de nuevo con la plastilina tirada en el suelo. Diez son ahora, sin contar al ángel. Diez puestos en fila que irán cayendo a medida que caigan los verdaderos. Una especie de promesa hecha en plastilina. Solo puede aplastarlos si primero aplasta la carne y seca la sangre. Y ella ama aplastar. Haría todo por hacerlo; haría todo por vengar, por demostrar que Ángel hay uno solo. No puede con su genio y decide aplastar a todas sus recientes criaturas. Una manera de dejar asentado que los asesinará en algún momento. Un pacto de plastilina. Sus ojos están ciegos ya. No solo de amor. Es obsesión, deseo, pecado, una necesidad más grande que el aire. Y definitivamente más grande que la comida. Ahora el es su alimento. Sus huesos son su ofrenda hacia él.

- Juana Juana, Juana la loca

Capítulo 13 El final es en una hora. Y Juana sentada en el piso, repasa lo que en su cabeza está grabado. No sabe para que sigue leyendo. Ya tiene todo bastante claro. Además, a esta altura no le entra una palabra más en la cabeza. Todo con tal de no pensar en lo que piensa cuando no quiere, cuando quiere y cuando no piensa también. No durmió en toda la noche, con la excusa del estudio. No fue a trabajar el domingo con la excusa del dolor de ovarios. La van a echar, y es lo que desea. Un nuevo trabajo, la muy ilusa. Como si fuera simple. Mira la hora: menos cuarto. Es increíble como el tiempo se estira y se retrae como un chicle. Un chicle desabrido y hasta amargo. Rompamos los relojes. Acaban de pasar dos burdas copias de Ángel. Uno tomando café y el otro discutiendo de política con una chica. "Ojalá el cafe tuviese veneno, ojalá la chica le pegue un tiro" piensa Juanalaloca con rencor. Pero no tiene que distraerse. Solo tiene que entrar al aula. Se sienta, mira alrededor. Nunca hizo amigos en ese recinto. Los que tiene salieron de la secundaria, de algún que otro subte, de fiestas aisladas. Nunca en la universidad. Tiene miedo, les tiene miedo y no sabe por qué. Llega la profesora, mal vestida como siempre, con esa falta de pareja que se nota a la legua. El exámen no es de los complejos,

según repiten los comentarios de alumnos ya expertos. De hecho no lo es. Horas frente a fotocopias resaltadas en neón sirvieron de algo. Aunque el señor de plastilina haya perdido atención, por un rato. No espera más de cuarenta minutos, la llaman, hace su exposición, responde preguntar, se va con la libreta relucientemente firmada. Afuera llueve como nunca, y llueve de verdad. De pronto se da cuenta que sobre su rostro no corre solamente lluvia: también hay lágrimas. Salieron al oír la sirena lejana, ver la alegría enamorada de la pareja que camina adelante, al ver a la viejecita con su nieta en el kiosko, al sentirse un ser vacío. Horrible, obsesivo, sin motivo alguno para seguir que la misma muerte. ¿Por qué no come? ¿Por qué quiere matar? ¿Por qué le late tan fuerte el corazón cuando lo tiene cerca? ¿Por qué no puede entablar amistades en la universidad? ¿Por qué no tiene relación con su familia? ¿Por qué no se para de preguntar cada acto y pensamiento? ¿Por qué no ve qué está a punto de...? - No llores linda. ¿Necesitás algo? (eh? ¿Y este quién es? ¿Cómo llegué acá? Where are the bloody crimes? Continuará, así de paso me entero yo también que va a pasar.) Capítulo 14 Hola Ricardo, ¿así que siempre me ves? Juana, un placer. No podía imaginar que alguien me observase todas las mañanas al esperar sentada en el pasillo. ¿Desde principio de cuatrimestre? Mirá vos. Si, ando un poco bajoneada, cuestiones del corazón y la locura, pero obviamente no te voy a contar demasiado. Qué loco, sí, que nos

choquemos por acá. Yo llorando y vos con un pañuelo a mano. ¿Como no me va a gustar el helado? Más el de limón. Estoy a dieta, preferiría no aceptarlo, pero cómo rechazar un gesto tan caballeroso, cómo demostrarte que estoy enferma. ¿Así que tu segundo año? El mío también, qué cosa. Pero la tuya es otra carrera. Si, a mi también me gusta. Pero prefiero filosofar. Recién vengo de rendir, justamente. El último final hasta agosto. No, para nada, vengo de lejos. Ah mirá, Palermo, qué lindo. Linda zona, mucha movida. ¿Qué? Ah, si, siempre estoy sola. Ricardo querido, me da miedo mostrarme, abrirme, pero esto no te lo estoy diciendo y vos me mirás intrigado. Qué lindos ojos muchacho. Iba diciendo, si, siempre estoy sola, a veces me cuesta acercarme a la gente. No, todo bien, no me molesta estar acá llenándome de calorías y contándote un poco de mi existencia inexistente para todos. Ni que me fueras a matar o algo. Ni que fueras a decirle a todo el mundo que tengo las ojeras barriendo la vereda y los huesos reventándome la piel. Gracias. Parece que últimamente me halagan demasiado, si supieras Ricardito. Tal vez te una al mundo de plastilina. O no, mejor no. You don't belong there, ¿Ah si? ¿Dónde das clases? Uy que bajón, tanto adolescente, me imagino. Pero te gusta. Claro, te gusta. Para la estación, si, ya estoy mejor, gracias. Dale, no hay problema, si no te jode. Vos subte ¿No?. Y si, es cómodo, lástima la hora pico. Sola, hace un año y medio. Pasa que a veces se hace complicado convivir con la familia. Uy que mal che. Cinco años, casi casamiento, me imagino. Pero bueno, sos joven. Siempre saco ida y vuelta, para después no andar haciendo cola ahora. Un gusto che, seguro nos cruzamos mañana, si decís que siempre me ves. Igual visto te tenía.

El tren viene repleto. Juana viaja colgada y siente las vías a su espalda. La velocidad ríe, se mete en su mente y le pregunta con voz de riel qué está haciendo. ¿Sociabilizando ella?. A ver si tanta

apertura le aplasta el imperio de plastilina. Si le disuelve en café el instinto asesino. Si le borra de la piel el trayecto de la pasión, la desvía del camino sagrado, del mandamiento angelical. A ver si empieza su cordura en coma a despertar. Aunque claro, media hora es media hora. Una vida incoherente es otra cosa. Capítulo 15 Está mirando la sangre que algún día correrá por cuenta de ellos. Está mirando el vidrio roto en el suelo, en su mano y en la mesada. Aún tiene algo adentro. Los va a ver vivos y luego muertos. A él lo va a ver en el trono final. Los demás con sus cabezas rodando, sus sueños apagados, reventados como cucaracha contra la pared, como muñeco de plastilina contra el suelo. - ¿Te querés matar vos? - Hortensia. - Fue un accidente, se me rompió el vaso y... Las vendas, Hortensia le dice como ponerlas, como hacer cada uno de los pasos. Le duele la mano, Ay, como le duele a Juana la mano. En dos días se cumple una semana. Del fatídico sábado. Del paraíso instalado en su habitación. Desde el lunes había dormido bastante, había ido a retirar unos certificados a la universidad y hablado con Ricardo unas horas. Por primera vez Juana no le tenía miedo a la vida. El problema es que tampoco a la muerte. Por alguna razón, había probado demasiado bocado. Y no se sentía tan mal. Eso si, esperaba la caída inminentemente. El timbre se oye, América llega. La gata la ama, la gata la espera, Hortensia la saluda y Juana la abraza.

- ¿Qué te pasó? - ¿En la mano? Se me rompió un vaso, nada grave. - No mi amor, en el cuerpo, en los ojos, en el pelo, en todo. Te acostaste con él. Nunca la iba a poder explicar. Sabe todo, América sabe desde la A a la Z de su mente. No necesita asentir, ella ya lo había descubierto. - Tené cuidado. Sos frágil, sos el vidrio que te cortó la mano, tu propia perdición y él el mejor disparador. Acordate que... -... soy la que con sus venganzas siempre termina emboscada.

Siempre sus planes la mataban, y tal vez ese era siempre su plan: destruirse. Juntas toman té, Hortensia habla con ellas de tiempos pasados y la gata toma leche bajo la mesa. Pasan las horas, los ojos de América se cierran y abren con cada palabra de Juana. Hasta que finalmente, se despide. - Vos mejor acercate a ese Ricardo. Que tiene un mundo para vos. Amistades por nacer. Vos no te hagas de plastilina para Ángel. No termines aplastada en el suelo, sangrando y sin ropa. Capítulo 16 Le pidió la hora. Uno de los soldados de papel carbónico le pidió la hora y le dijo que le gustaba esa remera. Que él también escuchaba The Clash y que si era un atrevimiento preguntarle el nombre. Juana. Solo Juana. Él, Martín, solo Martín. Pero que le iba a importar a ella, un nombre diferente a otro no hacía nada porque

eran todos iguales y tenían todos el mismo y único derecho: la muerte a manos de ella. El destino le había regalado ese domingo el primer paso. Y además, la dirección de E- mail. (Shoot me, bang bang bang.) Había renunciado a su trabajo en la zapateríafrívoladeshoppingdeclasealta, un viejo amigo le había ofrecido un trabajo como mesera en un bar, cerca de su casa. Lunes, Miércoles, Viernes, Sábados y Domingos. Es de esos abiertos toda la semana, y el sábado le queda libre. ¡Ay como brilla ese nuevo mes! Está saliendo para el trabajo. Nueve y media de la noche, a las diez entraba. Además sabía bien que Ángel solía ir por esos pagos. Le gusta vestirse para matar, jean ajustado y remera corta, que deje a la vista, también, su espalda. Y el tatuaje que brilla, esa araña ensangrentándole los omóplatos.

La noche es larga, todos con sus cervezas, sus maníes y sus tragos. Todos bajandose shot trás shot de Tequila para animarse a desengastusar esas verdades que mataban, esos chistes que avergonzaban, esas pasiones que ruborizaban. Entonces lo ve y Ángel la ve a ella. Juana se hace la desentendida, mira para otro lado y siente los ojos de Ángel taladrándole la nuca. Sabe como va a terminar la noche. Sabe que el día la recibirá envuelta en sus brazos y su respiración agitada. Está segura de que recibirá el combustible para seguir con su plan. Ese que comenzó formalmente por casualidad. Un domingo cualquiera, antes de entrar a trabajar Capítulo 17

Juana se sentía perfecta, hipnótizada por su mortal objetivo. Después del roce de sus huesos con su piel, después de su respiración empañando esa pieza maldita y oscura, con tanto deseo violento aún vagando entre las paredes, realmente no podía estar mejor. El alcohol la tenía mareada (había aprovechado para tomar un poco en su primera noche de trabajo), el sexo la tenía maravillada, el mundo giraba a su favor, mientras en la realidad la gente corría sin parar, loca, asustada, todos vamos a morir, y a ella no le importaba. Total, entre tantos caídos alguno de los que ella había condenado deberían estar. Sí sí, era evidente. Aún no quería levantarse, tener que vestirse. Ángel ya no estaba, temprano había dejado el lecho vacío para trabajar. De todos modos a ella no le importaba. Su atención ínfima atesoraba en cada centímetro cuadrado del cuerpo. Aún anda por las nubes al día siguiente. Lo necesita, pero mientras tanto planea, agrega al chat a Martín, trazando el cauce del primer río de sangre. Todo por Ángel, dios devenido en hombre. Aunque no puede recordar demasiado de la noche del domingo -maldita borrachera- recuerda lo perfecto del momento que habían pasado juntos. Nada puede arruinarlo. Ni la gata maullándole a Hortensia, ni Hortensia comiendo una banana, ni el teléfono de mierda sonando. América. América Bizarra con la voz en el tubo. - Sos una imbécil, estás embarazada. Capítulo 18 El hijo de Dios en su vientre. Enfermo fanatismo, el hijo de Dios no deseado. Él va a mirar sorprendido y seguirá su camino. Él no la ama, ella es solo un pedazo de carne, con otro dentro, ahora. Dos pedazos de carne, carne rellena, niño envuelto, sola en este mundo,

el mundo que espera la salvación, la llegada del hijo de Dios fruto de un embarazo no deseado. Juana ama la sangre. Juana no quiere morir pero tampoco quiere vivir. El hijo de Dios, ¿Vale su sacrificio?. El hijo de Dios va a morir antes que Dios se entere. Camina sin rumbo la virgen no virgen, pisa el césped prohibido y mira las ventanas felices. Las embarazadas acompañadas, los carritos con niños regordetes y rozagantes. Escuálida ella, y ahora lo piensa. Ahora se ve engordando, kilos y kilos de más, entierro en vida a sus huesos, muerte adelantada para su débil perfección. Nunca más volverá, teme. Nunca más conseguirá, 9 meses encerrando un niño que nadie amará. Ella... ella puede ser. Porque es el fruto de la mejor divinidad encarnada. Pero vivirá a expensas de su lucha, deberá sacrificar parte de su filosofía, de su vida anárquica, de todo. Por alguien que llorará, comerá, y será el hijo de Dios. Pero sin un Dios para ella que la acompañe. Decirle no ayudaría, Ángel se alejaría, le tendría miedo. Maldita borrachera, maldita irresponsabilidad. Pasión repugnante, amor enceguecedor. Y él... ¡Oh egoísta! ¡Oh Cruel beldad!.

Sigue dando vueltas, se sienta en la plaza a mirar el cielo azul, los pájaros cantan pero no para ella. - Juana, ¿Qué hacés por acá? Ricardo. Vestido de traje, profesor inmaculado. - Nada, pienso. Café, "el más fuerte por favor". Ricardo se iba a asustar, no tenían tanta confianza, pero necesitaba decirlo. Sacarse de adentro la mierda, el miedo, todo. - ¿Qué te pasa che? Estás muy decaída.

- Estoy embarazada. - ¿Emba..? Te... feli... - No, no me felicites. Es la segunda vez que me acuesto con el flaco y mirá. Embarazada. No somos nada. - No te creo. Escucha como lo decís. Vos lo debés querer al tipo. - Si, lo... amo. Pero él no. Ella que no amaba y ahora ama. Ahora alaba, ahora gesta, ahora vive biblíca y pecaminosamente, todo al mismo tiempo, predica una religión solo para ella y escribe su propio final. Ricardo le dice que lo piense. Que piense si quiere un hijo a mitad de la carrera, con un trabajo reciente y de un padre que posiblemente no lo quiera. Que piense si quiere ser madre realmente. Que es libre y haga uso de su libertad. Juana va a morirse si decide salvarse. Y no va a salvarse si decide no morirse. Juana tiene miedo, no le alcanza el sueldo para un aborto medianamente seguro. La muerte es su curiosidad mayor, pero también la vida. Estúpida cabeza dual. Puede intentar, por un rato. Tomar todo té destructivo, caerse mil veces y golpearse millones. Una semanas, o sino... o sino. No hay plata, no hay nada. ¿Que vendrá? América knows best, es su única salvación.

- No te voy a decir. Ni si te vas a morir, ni si te vas a salvar. Ni si lo vas a perder, ni si te vas a tener que comer el título de "mami" para siempre. Te amo y lo sabés, pero por pendeja irresponsable te pasa todo esto. Bancatela, por una vez en la vida.

Capítulo 19 La extraño. Ella no sabe nada, no sabe que la extraño. Debe creer que soy un perro maldito, una bestia salvaje que la usa y la desecha, que la recicla y la vuelve a abollar. Y no sé si se equivoca, pero igual la extraño La llamaría, pero debe estar durmiendo. Ella no sabe nada, y yo sé más que todo. Ahí viene Gómez, por favor que no me hable. Bien, pasó de largo. Gómez, me tenés podrido. No me interesás loca, dejá de mostrarme tu escote repugnante, de mecer tus caderas celulíticas cerca mío. Jamás podría, jamás, porque... Debería hablar con ella ¿O me estaré preocupando demasiado?. Me estoy preocupando demasiado. Definitivamente. Aunque claro, me gusta cuando me besas, cuando me desvestís y te desvisto, como me gustás Juana. Ángel te estás preocupando por demás, te va a salir mal mal mal. Ya sabés a que viniste al mundo. Error. ¿Error? Máquina de mierda, tengo que empezar de nuevo y tengo hambre. Y falta para el almuerzo. Tengo hambre de Juana también. La llamo, mejor. - América ¿La amiga? Hola. Ah no está. Si por favor, avisale que llamé. Ángel, no sé si. Ah bueno, listo. Gracias. Ángel sabe que está haciendo más que aquello que le corresponde. Está preocupado como nunca. Será porque presiente algo, una sombra o un fantasma futuro que cuelga del ventilador. Un llanto que nunca llorará pero siempre resonará, eyes wide shut antes de ver la luz.

Capitulo 20 Mira el tren y la seduce, estúpida luz que la deja ciega y andén que grita "no lo hagas, maldita perra, ensuciarás a todos con tus entrañas vomitivas". Averigua por la ciudad de las ilegalidades para matar lo que nunca saldrá a la luz. Desea más que nada librarse del dios encarnado, porque ella es el demonio y nada sale bueno de la mezcla entre el bien y el mal, la oscuridad y la luz. Soles negros obligan a inertes planetas marchitos a gravitar alrededor de ellos, y son tantos que las orbitas se enredan y los cuerpos chocan ¡Los cuerpos chocan! Como los ángeles y los pecadores. De ahí los errores con pequeños corazones latientes y pulmones estrujados. Esos que nunca conocerán el aire. Tiene miedo y poca plata. Ergo, un pasaje a una infección generalizada y una tumba perdida en algún camposantonotansantoparaella. Pero no puede. Sería otro suicidio seguir adelante. Podría apelar a las escaleras, truco de telenovela de media tarde. Podría esperar que su biología lo rechace, como a todo. Quiere la sangre de la vida desgarrada, ya van dos semanas, ya van dos semanas. El la llamó hace un tiempo, ella no estaba ella no estaba. Ella lo evita y él sigue llamando. Él la debe querer ¡Jamás! A ella nadie la quiere, ella quiere sangrar. Sangra, ahí sangra. Oh por dios, la muerte ensuciando las baldosas blancas, la gata lamiendo todo, Juana grita de felicidad, Hortensia pregunta que pasa. Y en algún lugar del mundo, América levanta el tubo para decir: - Una vez más estás salvada.

Capítulo 21 Vení, por favor. Juana quiere verte.

Yace en la cama. Tapada hasta el mentón, el frío que viene de adentro y de afuera la devora, la aplasta. No soporta la presión helada contra su piel, de ambos lados. Desde aquel día que su cuerpo gritó y asesinó, no para de temblar. Abandonó lo que no deseaba tener y sin embargo ahora la angustia la baña en sudor y la agita con el temblor de quién cometió un crimen tan horroroso que la culpa es mayor al mísmisimo sol negro. América está allí. Se arrepiente de haberle dicho que se había salvado. Su tercer ojo nunca vio este resultado. Nunca percibió la condena que la consciencia a Juana le aplicaría. Culpa sin sentido, si las hay, porque nadie puede manejar su propia naturaleza. Porque nadie puede culpar a nadie de sus actos, menos Dios (decía su abuela). ¿Y donde está Dios, si en él Juana no creía?. Entonces nadie puede culparte si no crees. Entonces nadie te llamará hereje. Claro que ella en alguien creía. ¡Oh! Ángel brillante y sin alas, soy culpable. Acepto mi pecado, todos y cada uno. Mirá, mirá soy tan detestable, tanta carroña junta, que rechacé tu milagro, tu regalo divino. ¡Oh! Dejame confesarlo. ¡Quemame en tu hoguera por última vez! Y luego, por favor luego, atame por siempre, desterrame. Enterrame, que seas vos el que me cubra de escombros en un descampado. ¡No me dejes vivir, si yo no deje vivir al salvador que me dabas! Ángel, por una vez... La voz sonaba preocupada. América parece creer que él la quiere un poco. Había dicho que ya saldría para allá. Hortensia y América están en la cocina, preocupadas. Nunca Juana había llegado tan lejos en su locura. Tal vez es hora de internarla, o algo. Aunque claro, ahora se han calmado un poco sus

deseos asesinos. Pero, ¿Y si no? ¿Era capaz de matar a alguien realmente?. Llora por momentos. Por otros, muy cortos, duerme. Y sino grita. Es insoportable. El timbre, y es Ángel con cara de preocupación. Sobretodo gris, bufanda negra, todo un caballero al parecer. Saluda a América, jamás a Hortensia porque no quiere ser vista. - ¿Qué le pasó? La estuve llamando, vos sabés... - Está enferma Ángel, más no te puedo decir. Hablá con ella, quiere verte. Pasa a la habitación. Juana está ensimismada en un muñeco de plastilina. Pero no lo está armando, moldeando. Lo está decapitando, luego aplastándolo, luego amasándolo, luego lo hace una bola y luego lo tira por la ventana. - Juana, ¿Qué te pasó? - Morite. Grita, ahora grita. Mirá en lo que me metiste, mirá como me enloqueciste, como me usaste ¡Hijo de remil puta! No soy un objeto, no voy a dejarte manejarme de nuevo. ¡No quiero tus pedazos de divinidad! No, no no no. La rechazo porque sos veneno y me envenenaste, y ahora no vivo, ahora solo nado en un mundo con tu nombre, su sangre y la mía mezcladas en las baldosas blancas y la gata lamiendo y yo riendo y ahora llorando y gritando y muriendo. ¿Como no lo vi antes? Debo ser una más y andás desperdigando tu maldita genética por ahí, para crear más y más soldados de tu ejército maldito. Con razón, ahora entiendo todo. ¡ANDATE! ¡MATATE!

América entra espantada, los ojos de Ángel abiertos como nunca desean no entender. Sale callado, América casi lo empuja y ya no entiende a Juana. - Quedó embarazada y lo perdió. Si tuyo. - ¿Por qué no me avisó? - Nunca creyó que lo ibas a querer, ni nada - Pero al menos... si yo la llamaba... no entiendo - Nunca vas a entender. No a ella. Se va con su sobretodo y su bufanda y su caballerosidad confundida. Hortensia llora, le da pena. Juana parece dormir de nuevo, ya no tiembla. América acaricia a la gata vampira, mientras intenta reabrir su tercer ojo, mientras busca recordar el inicio de este declive. Capítulo 22 Puede levantarse. Saldrá mañana con Martín, el que primero morirá. Hoy trabaja a la noche, en un rato pasa Ricardo a visitarla. Tiene que contarle un par de cosas. América ya volvió a su casa. Hortensia ya no luce preocupada. La gata sigue con sed de sangre pero no la mira asustada. Es que decidió no mostrar su locura. A partir de ahora, Juana será una isla de superficie feliz y núcleo podrido. Claro, nadie nunca lo notará. Está peinándose. Su cabello luce mejor ahora, su palidez parece hasta brillar. Una nueva Juana para su nueva locura. No quiere gastar más alabanzas en ángeles de cartón. No quiere desperdiciar su vida si no puede conseguir otras a cambio. Ricardo brilla como siempre. Una linda compañía, una ventana al mundo que aún ella no tiene. - ¿Así que lo perdiste?

- Yeah, it's gone. - ¿Y ahora? Es la pregunta aquella la que resonaba en su mente. Pero Juana tiene claro su "ahora". Trabajará, estudiará lo más que pueda, entablará con Ricardo una amistad si era posible, intentará abrirse a la sociedad. Matará al ejército de la genética fotocopiada. Primero a Martín, ya sabe bastante de él. Fotografo, amante de la música de los '70 y '80, soltero, independiente. Será una buena fuente de pasión y luego, adiós a su vida. Lo asesinará, ya casi tenía la manera. Eso si, tendrá la ventaja de sufrir una muerte personalizada por ser el primero que logró atraer. Los demás sufrirán muertes mas bien masivas, grupales. En su mente está todo. Y por último, Ángel. Tendrá un final tortuoso, extenso y merecido. No va a exigir de él nada más que gritos desgarradores. Ya no quiere ni un pedazo de su amor. Descubrió su plan macabro, ese de desperdigar su genética pseudodivina por el mundo y después dejar fluir las aguas. Así crea esa legión de clones. Axial invade de a poco la Tierra y enloquece a las mujeres que toca con sus ojos, sus manos y cualquier centímetro de él. Pero Juana detendrá esta masacre de mentes, de salud mental femenina. Ella será la heroína, cortará con la epidemia angelical. Monumentos, ciudades con su nombre. Para que nadie sufra lo que ella. Sí, será amada, por la humanidad completa. Ricardo sigue hablando, ella escucha y ceba mate. Se acerca la hora de entrar a trabajar, él la lleva en el auto, se despiden en el bar. Hermosa tarde, perfecta será la noche. Al ritmo de la música de fondo y de los tragos de colores, de las luces reflejadas recorre las

mesas entregando pedidos y cobrando por ellos. ¡Oh! Luce tan feliz. ¡Oh! Parece tan normal ¡Oh! Parece tan inocente. Solo ella sabe que la inocencia nunca más recuperará. Pero ¡Oh! Nadie nunca de nada la querrá culpar.

Capítulo 23 Juana recibió una llamada hace poco más de dos horas. En quince minutos estará en la casa de Martín. Sesión de fotos "Sos muy bonita querida Juana, podría hacerte un book, una preciosa producción". Juana ríe por adentro, cargando en su cabeza la letalidad de sus ideas. En su cuerpo el desenfreno que sentirá pronto rebalsar, sabe que Martín quiere algo más que su imagen en una película o en una memoria virtual. Quiere enredarse con su cuerpo. Deslizar sus dedos expertos sobre la piel tersa y pálida, ceñirse alrededor de sus huesos y bañarse en su respiración agitada. Quiere el concierto de sus gemidos como música de ambiente, su entero ser temblando de placer. Y ella sabe que podrá hacerlo feliz, cumplir con sus expectativas. La última noche de vida de un hombre no podría ser mejor. Todo fríamente calculado: asfixia sería la causa de muerte. Asfixiarlo en lo mejor. Dejarlo tendido inerte pero con una indeleble sonrisa en la cara. Tal vez demasiado gentil. Pero era el primero y merecía un trato algo especial. Al menos por haberse entregado voluntariamente, ese día que se acercó a hablarle. Un pequeño bonus pecaminoso para que lo recuerde en la vida eterna, llamas terrenales para acostumbrarlo a las infernales.

Está cerca, sí, ese es el lugar. Lo recuerda, pasó muchas veces. Toca el timbre, Martín abre. Vestido informalmente, jean deshilachado y camisa azul. El cabello sin peinar, y un espectáculo para cualquier mujer. Juana sabe que, sin embargo, ninguna podrá tenerlo de nuevo. Excepto ella, eternamente la última. Suben las escaleras, pasan al estudio. Paredes blancas, telón borravino en una de las paredes; delante de este, un sillón rojo del siglo XIX sobre una alfombra negra; el piso de madera. Escenario delicioso. Un arcón lleno de ropa, un pequeño vestidor. Luces profesionales, una reluciente cámara sobre el negro trípode frente al sillón. Y en un rincón, un hogar de leña encendido con dos puffs verde oscuros a su alrededor. - Estás muy linda Juana, que bien maquillada, muy fifties. ¿Que atuendo preferís? - Ay gracias. ¿Tenés algo pin-up? Cosa de combinar con el maquillaje. - Obvio hermosa. Se ausenta por unos minutos, trae luego un corset azul con puntillas celestes, medias a tono y zapatos de charol. Perfecta pin up, pero esta vez en el siglo XXI. Comienza la sesión, sillón e iluminación para la primera etapa, en color. Juana sigue las indicaciones de Martín, y busca provocarlo. Sabe que no fallará. Segunda etapa, black and white. Ya sin sillón, una silla basta, la luz hará el resto. - A ver muñeca, dejame arreglarte un poco el pelo. Porque sino la luz...

Martín acercándose, hora del ataque. Martín tocándole el pelo, Juana buscando una boca, pegándose a un cuerpo, logrando el efecto. Martín tomándola de la cintura, con su otra mano bajando por el cuello. Miradas, es el momento de las miradas previas y encendidas antes del primer encuentro y la sucesión de torbellinos de pasión. El sillón es el escenario que en principio conocerá sus cuerpos enlazados. Luego será el suelo y todo lo que a su paso se tope con ellos. No hay mucho por sacarle a Juana y ella puede desnudar rápido a cualquier hombre. Él le deja las medias, fetichista fotográfico. Ella no le permite nada encima. Los minutos ya suman una hora, la música de fondo es la respiración exaltada y los gritos dulcemente perversos de Juana. Él está ciego, permitiría cualquier cosa para seguir en esa aventura jadeante. Permitiría todo con tal de prolongar ese placer. Incluso que ella tome su cinturón, ese que quedó en el suelo junto con el pantalón. Y lo pase alrededor del cuello. Y lo cierre violentamente. Violentamente tembló por última vez. Violentamente dijo con voz de ultratumba su última palabra "Juana". Capítulo 24 La sonrisa brilla en su rostro de ojos desorbitados. Ya no se mueve. Martín ha muerto. Sobre el cadáver, a media luz, una figura delgada se arregla el cabello. Solo medias adornan su cuerpo. Labios con restos de rouge que parecen sangre, mirada triunfante y manos que abandonan la tarea de peinarse para arañar suavemente el pecho sin latidos. Todo está planeado, este lugar se autorestruirá en un par de horas. Miradas finales a la escena del crimen, de los crímenes, de la vida y la muerte.

Tiene que dejarlo en uno de los puffs. Con precaución, antes de cualquier movimiento, toma un par de guantes del baúl de madera. Luego comienza con su tarea. Arrastrarlo no será difícil, ya bastante cerca quedó en el trajín del sexo. Apoya su cabeza en el más cercano al fuego, toma las botellas de alcohol que vio en la cocina. Una lástima derramar tanto vodka, pero que más da, peores son los cargos por homicidio. Juana busca la ropa de Martín y lo viste. No sabe para que, pero aún así lo viste. Empapa su camisa con lo que queda de bebida y la arroja al fuego. Ahora tiene pocos minutos para huir, ya encontró la manera. Una ventana que da a la parte de atrás de la casa, al pequeño callejón. Puede esperar ahí hasta que no queden moros en la costa y luego, volver en paz a su hogar. Ya está vestida. EL lugar rápidamente empieza a arder. Con la cámara en su cartera y la alegría en su enfermo corazón, trepa a la ventana. Baja agarrada de los podridos caños, peligrosamente. Pero su casi inexistente figura no pone en riesgo la estructura metálica. Ella prácticamente es de papel. Toca el suelo con la punta de sus tacones, y mira hacia arriba. Aún no son visibles las llamas, pero sus ojos enrojecen de rabia por fin descargada. Puede sentirse al fin libre de uno. Solo falta el resto del ejército. La calle está desierta, se arregla el maquillaje antes de caminar por fin en la vereda. Cualquiera podría confundirla con una prostituta más, a ella no le importa. Las cuadras pasan debajo de sus pasos como viento previo a una tormenta. Se detiene a mirar las estrellas, y a lo lejos la sirena de los bomberos comienza a sonar. Eso que tanto la perturba y ahora tantas sensaciones le da. Lejos está de todas maneras el cuartel, tardarán en llegar. Y para ese entonces, nada en el estudio quedará en pie. Lentamente se quita los guantes, los guarda y taconea antes de seguir. Llega por fin a la avenida y toma un taxi. Arriba a su casa y toma un trago de tequila, mientras Hortensia la mira asustada. La gata se aleja, desconfiada, y como

siempre una voz americana llama a cualquier hora para, esta vez decirle: - Nunca más dormirás en paz.

Capítulo 25 Apenas entra en su habitación, Juana cae dormida. Pasan las horas y antes del amanecer, se despierta sedienta. Al levantarse para tomar un poco de agua, Juana vislumbra un contorno blancuzco sobre su escritorio desordenado. El sol incipiente ilumina solamente ese lugar, como un foco teatral sobre el personaje principal, al culminar una tragedia. Es un muñeco de plastilina. Yace magistralmente con un lazo negro de raso en su cuello, y su rostro inexpresivo. Está perfectamente moldeado, simulando un humano con gran exactitud. Juana se acerca sorprendida mientras se tira el cabello hacia atrás. Ella no recuerda haberlo hecho. No, hace mucho que no se pone a jugar a Dios. Además, este es mejor que los que ella alguna vez pudo haber hecho. Puede reconocerlo, sabe a quien representa: a Martín. Pero ¿Quién lo dejó? Piensa en Hortensia, piensa en América. Alguna intenta detenerla, encerrar sus asesinos instintos en el miedo. El silencio deja filtrar sus pensamientos: has matado. Debería temblar, llorar. No lo hace. No siente culpa, o tal vez no entiende que acaba de matar, que cometió un crimen que la perseguirá por siempre, estigmatizándola, sino en sociedad, en su propia mente. Ya no podrá decir "Nunca mataría" porque sabe que lo hizo. Pero por supuesto, lo dirá. Crímenes inconfesables, cada uno ha de guardar. El hombre de masa continúa allí. Continúa sin tener explicación, y Juana con tal de explicar lo inexplicable, conseguirá alguna. Recuerda haber tomado de más durante el ultimo mes, entonces la ebriedad,

tal vez, la llevó a moldearlo. La ebriedad y su plan criminal. La sed repentinamente desapareció; debe volver a dormir, en estos momentos el cadáver ya debe estar carbonizado. Dormir, claramente es lo único pertinente ahora. La mañana siguiente era el día de regreso a la universidad, por la noche debía trabajar; definitivamente dormir era lo único que importaba. Terca como siempre, no había escuchado a los tres ojos americanos. Pensó que podría dormir, pero alguien le había dicho ya "Nunca más dormirás tranquila". Cabeza en la almohada, vida y muerte en su corazón, ojos que se cierran pero siguen viendo, pies que recostados querrán correr.

En el medio de la ruta, el cielo se ve violeta. Los campos quemados parecen haber sido arrasados por un incendio cruento, de esos que devoran hectáreas y también un par de bomberos. Juana es pequeña, blanca e inestable. Un hombre de carbón enorme toma su rostro entre sus manos, acerca su boca. El gigante ennegrecido solo sabe susurrar. - No te voy a dejar sola. Será en los sueños donde te salude, será en tu mundo donde te condene. Ahora que estoy muerto me diste libertad, cárceles no quedan para este ser, encierros sin rejas para vos, millones. El fin de mi vida no es la solución, este ejército jamás será vencido. Capítulo 26 El sol ya instalado en el cielo no la está despertando. Las rendijas de su persiana no son el arma asesina de su sueño. El techo de a poco se va volviendo claro, las telarañas comienzan a notarse, el polvo y los cadáveres de mosquitos se hacen evidentes. Las paredes cada día se descascaran más, como su vida. Como la vida de esa

Juana que no volvió a conciliar el sueño luego de esa visita del más allá. Mira su celular, siete de la mañana y aún no ha sonado. Ni que fuese necesario, claro. El rojo de su cubrecama se vuelve más rojo. Parece impregnado en la sangre que no derramó pero tampoco permitió seguir su curso. ¿Estará ya en la televisión, la noticia del incendio? ¿El cuerpo habrá sido encontrado? ¿Qué tanto ha quedado de él?. Está segura de no haber dejado rastros detrás de sí. De no haber sido vista. Ni al llegar ni al irse. Y en todo caso, haber sido confundida con una prostituta más. Teme a la condena. Al encierro. Pero no por ella, sino por la misión que debe llevar a cabo. No puede dejarla inconclusa, pérdida, entonces, de tiempo. Se sienta en el sillón, enciende la TV, cambiando instintivamente de canal sin cesar. La gata se le trepa por las piernas, se recuesta en su regazo. Parece demasiado tranquila, como satisfecha pero sin haber comido. Hortensia mira a Juana desde una repisa. Parece decepcionada, preocupada, pero calla. Tiene la cara hinchada, como si hubiera estado llorando. Juana está absorta en la pantalla, en esa pantalla cambiante y vacía. Espera un titular, algo, pero nada, no encuentra aquello que busca, el reconocimiento criminal, ese aviso hacia el ejército de hombres premoldeados que a la vez, ellos jamás comprenderán. Porque luego de la muerte, no hay comprensión. O tal vez la haya, claro. Hortensia debe saberlo. Mira la hora. Debe partir, a las 10 de la mañana cursa una materia, no puede perderse la primera clase. No puede permitirse fracasar en absolutamente nada.

Mientras las colegialas ríen y corren con sus polleras cortas, los hombres las observan y el vendedor de algodón de azúcar les grita algo intentendible, cargado de espesa baba, Juana espera de nuevo el tren. Rutina que renace con otros horarios, con otros objetivos que hace cuatro meses. Juana de nuevo ve al clon frecuente de la estación. Viaja en el asiento de adelante. Sonríe, besa a una mujer. Se pregunta como atraparlo. Porque debe deshacerse de todos. Ya sabe como llevar a cabo el crimen, sin embargo, no como lograr que este y todos los demás caigan en la trampa. Tiene que haber una forma, tiene que. - Dale Fede, decime que pasó.

Fede. Se llama Federico. La mujer que tanto lo besa, que tanto lo abraza y que tanto lo hace reir lo llamó Fede. Nunca está de más saberlo. Juana toma una lapicera, y anota en la última hoja de su nombre "Tren, Federico". Primero de la lista. De algo servirá.

Al llegar a la estación, cruza su mirada con un policía. En su cuerpo, siente el temor sacudirla. Como si ese hombre de ley pudiera leer sus pensamientos. Oler la carne chamuscada. No quiere correr, no quiere delatarse. Camina con la cabeza gacha hasta la universidad. Solo levanta la mirada cuando escucha su nombre en boca de Ricardo. Se saludan, él le pregunta como anda. Ella dice que bien, que no quiere ser descortés pero llega tarde a clase. Se siente sucia, perturbada. Observada por mil ojos. ¿Culpa? Ella nunca la había sentido. Solo respecto a la comida, por supuesto. Pero esto era

distinto. Una especie de juicio. Tendría que acostumbrarse, ahí esta el aula, un par de bancos vacíos, aquí está bien, no le gustan los del fondo. - Buenos días, me llamo Martín Espósito. Voy a ser su profesor este cuatrimestre. Los nombres, tan necesarios, pero a la vez un peso tan importante. Y la voz, la voz del sueño que volvía. Sería condenada en su mundo. Y el mundo la estaba condenando. Capítulo 27 - ¿Vamos a tomar un café? Y nos ponemos al día.

No, no, debe huir. Adiós al espiral de Filosofía y Letras que te quiere arrastrar. Corre Juana, corre, huye del edificio maldito. Ricardo sabrá entender, luego habrás de explicarle. Corre Juana, Corre, no puedes dejarte entorpecer. Esa idea de progreso, has de decirle adiós. Si en la vida te acecharán los pecados, huirás. Del mundo de pupitres, de los pizarrones, de los pisos gastados y los afiches persistentes. El camino te enloquece, las estaciones y los vagones. Las baldosas, todas, empezarán a gritar nombres. El plantel docente ya lo hizo. Tal vez incluso compañeros, autores. Prefieres ignorar. Ignorar es sufrir, decían los griegos. Vos sufrís sabiendo y respirás en la oscuridad. Otros lo llaman karma, vos huís sin prestar querer comprender más. A tus planes nadie los va a atar, van a ser cumplidos, matarán en libertad. Tubazo tubazo, ring - ring

- América, dejé. - América 1, Juana 0. - ¿Cómo? - Querida, enfermita asesina, no te olvides de mi tercer ojo. Sabía que ibas a dejar la facultad, y no me gusta, pero tampoco te puedo parar. Con vos ya solo se puede dejarte tropezar hasta que quieras dejar tus ideas sangrientas. - Es que seguir entorpece mis planes América. Yo quiero matarlos a todos. Es una ocupación full-time. No puedo andar estudiando, el laburo no lo dejo porque necesito la guita, pero estudiar, puede esperar. - Sos cobarde flaquita. No querés sufrir el regreso de los nombres, de la punta del ovillo de toda culpa, a cada segundo. No vas a soportar leer en tus libros frases que te hagan sentir mal. Preferís no saber, porque así, ciega, podés seguir con tu máquina mortal. - Callate, te odio. - Y todo porque te digo la verdad...

[fin primera parte]

Capítulo 28 (Inicio segunda Parte) Yo siempre quise ayudarla, ella no lo entiende. Yo siempre le dije la verdad, cruda eso si. Y ella se enoja, se obstina en hacer lo que se le canta, pobre loca. No entiendo como la puedo seguir queriendo, ni que quisiera algo con ella. No, ella no me atrae, ¿o me atrae? No sé; es como una hermana, o una mariposa débil, indefensa a la que debo cuidar. Una caperucita desteñida que corre peligro de ser devorada por el lobo de su psiquis enferma.

Mañana va a venir, puedo saberlo. A tomar el té con tostadas y decirme que está mal, que quiere matar, que ya no puede seguir sin concretar su plan. Y me va a contar con detalle como piensa llevar todo a cabo, como va a lograr deshacerse de esas manchitas que algunos llaman hombres y que tanto la perturban. Tengo que comprar un kilo de papas y un paquete de semillas de girasol. Y té, porque Juana va a querer té y a mi solo me queda leche. Pero ella huye de la leche, tiene miedo a engordar. Ahora no entiendo, que gana que pierde con un par de kilos de más. Si de Ángel nunca supo más y tampoco le interesa románticamente. Me importa demasiado esta chica, no debería cuidarla y aconsejarla tanto, si al fin y al cabo nunca escucha. Tengo ocupaciones también, no puede despertarme con sus llamados a cualquier hora. Ni con sus visitas cualquier día. Necesita una madre, ese fantasma tampoco le sirve ya. Yo no soy su madre, yo soy América nomás. Pero claro, capaz que mi nombre continental le da protección, seguridad que el suyo, de loca, no le ofrece. Mierda, dejé la pizza en el horno. Con lo poco que me gusta la masa quemada. Capítulo 29 - Ya sé como agarrar al flaco del tren. Ya sé. - A ver Juanita ¿Cómo? No creo que puedas seducirlo como a Martín... - No, mi idea es diferente. Más te vale que no le hayas puesto azúcar al té. No puedo permitírmelo. - Edulcorante, si te conozco. No cambies de tema, ¿Cómo lo vas a agarrar? - Viaja todos los días en el mismo vagón, a la misma hora. Más estructurado que cualquiera que conozco. Ya lo tengo calado. Sé

donde sube y todo. Pretendo dejarle un papel pegado. Con su nombre, con su foto. Decirle que es un cornudo, que se yo. Asustarlo. Tiene una pinta de tarado... - Pero no entiendo, ¿Vos creés que va a creerte? - Si le muestro pruebas... - ¿Tenés? - Las armé. Seguí un par de veces a la novia, baja después que él. Le saqué fotos, hice un par de fotomontajes con la computadora, armando situaciones sospechosas de la mina con otro hombre; pobrecito. - Sos una enferma. - Ya lo sé. ¿Me servirías más té? Capítulo 30 No puedo creerlo, a la loca le resultan bien las cosas. El chico del tren acaba de llamarla, confundido y nervioso. Que de dónde sacó esas fotos, que quién es y cómo lo contactó. Por Dios. A la loca le salen bien las cosas, debe estar destinada a tanto crimen e insanidad. Me dijo que se encuentran mañana. A la mañana, que el chabón le dijo de encontrarse en los galpones del ferrocarril de carga. Esos que están siempre vacíos, cosa que ella pueda explicarle todo sin que nadie se enterase. ¡Parece de película! La misma víctima arma el escenario perfecto para su muerte. Un lugar alejado, difícil dejar rastros. Él no tiene el nombre de ella, no puede inculparla. Solo la torpeza que produce la obsesión podría delatarla. No sé si quiero que la atrapen o que tenga éxito. Me encantaría que parase. No puedo permitir que siga matando, me transformo en cómplice. Y yo ya soy demasiado cómplice en mi vida como para pegarme a sus culpas también. Si la encierran, posiblemente la salven de su futuro negro. Porque si hay algo que veo acá, es futuro negro. Y seguro en cualquier momento veo algo más. Algún flash que

me diga "América, Juana lo hizo, Juana fue atrapada, Juana se pegó un tiro, Juana viene para acá porque quiere saber algo". Justamente, ahora lo siento. Juana viene para acá porque quiere saber algo. Ah claro, como sabe que mi papá fue ferroviario, mi infancia, claro. Tiene sentido. Soy de las que saben.

- ¿Eh? Sí, esos galpones son de piso de tierra. - Buenísimo, el fiambre desaparece entonces. Capítulo 31 - Creí que ibas a matarlos en masa. - Les terminaría por dejar pistas para que me encuentren. A este quiero matarlo personalmente también. Mirá, está despechado. Y yo estoy caliente. - ¿Podés dejar de pensar en sexo? - Es culpa de Ángel, fue él el que me enloqueció. Fui un objeto. Me estoy vengando nomás. - Ellos no te hicieron nada. - No seas ilusa América. Ellos son sus subordinados, indirectamente me hicieron todo porque obedecen sus órdenes. - América, no. Pensá en este chico al que vas a matar. Federico. No tiene más de 20 años. Es un pibe, no tenés derecho, no lo conocés, nada. - Vos gastá tus palabras, yo lo voy a hacer. - ¿Y a los demás? - Quedan algunos; bah, quedan muchos, pero hablo de los de por acá. Los tengo fichados. Son cuatro, sé donde encontrarlos. - Pero no te hicieron nada.

- Si, me torturan. Existiendo me torturan, y muertos... bueno, Martín sigue torturándome. Pero no pienso parar América, no pienso detenerme. Es mi subconsciente que quiere sentir culpa. Yo no siento culpa. Yo les robo la vida que Ángel me robó. - No tenías vida antes, ya estabas hecha una loca, como ahora. - Loca estás vos. Yo soy lo más cuerdo del mundo. Soy la única que ve la realidad. Capítulo 32 Federico llegó a tiempo. Por lo visto nadie lo había seguido, por orgullo no había comentado nada a sus allegados. Juana tenía todo, la cuchilla, la pala. Tenía todo lo necesario para matarlo. Pero había olvidado que, al fin y al cabo, alguien podría denunciar la desaparición de Federico. Él llego a tiempo. Ella estaba ahí, tranquila y seria. Le inventó una descabellada historia, que había descubierto el engaño porque el amante de la novia de Federico era su pareja. Con tanto convencimiento lo contó, que él le creyó. Le mostró más fotos, le dio a entender que una venganza sería perfecta para eliminar la ira. Él aceptó. Para Juana la palabra venganza era siempre sexo y muerte. Para los enamorados traicionados -de alguna manera, tal vez no siempre tan letal- también lo es. Federico la miró, saboreando la palabra "venganza" al repetirla en susurros maliciosos. Se le acercó. - ¿Y qué oferta de venganza tenés? Juana no respondió, se limitó a sonreír con deseo y odio disfrazado de pasión irrefrenable. Tomó su rostro con sus pequeñas y blancas manos, cadavéricas pero aún destellantes y acercó su boca a

la de él. - La venganza la elegís vos. Federico volaba de ira. La violencia que guardaba, producida por el engaño, la desplegó con gracia voraz sobre el cuerpo también hambriento de Juana. Y ella, amante perfecta, se adaptaba a cada tarea por él impuesta. No había límites entre ellos dos, cada deseo era cumplido por el otro, con una sádica predisposición animal. - Ahora me toca a mi - Dijo Juana jadeante - dejame esclavizarte un rato. Federico mostró sus dientes para luego responder con una sola palabra: - Sorprendeme. Con su remera Juana vendó los ojos del joven, y dirigiéndose a un rincón, desenrolló un largo tramo de cuerda que anteriormente había vislumbrado abandonado, como por obra del destino, en ese lugar. Ató sus pies firmemente, y luego amarró sus brazos a los caños de luz que subían por la pared. Federico se retorcía jadeante, esperando recibir una recompensa que apaciguase su corazón engañado, su cuerpo lacerado por la traición. El más hirviente elixir, cura de su cruento mal. Juana entonces abrió su bolso y retiró silenciosamente de él la cuchilla que había llevado para cumplir con su objetivo. Había practicado en su casa, con almohadas, para dar con mayor rapidez de las puñaladas. Había investigado sobre la letalidad de cada herida que podía producir. Estaba todo planeado.

- No te das una idea de lo mucho que voy a disfrutar esto. ¿Querías que te sorprenda? Y riendo endemoniadamente, dio las 10 puñaladas que tanto había anhelado. Matando como una profesional, tan perfectamente que no le había dado tiempo a gritar, a otro pobre idiota que había caído en su trampa. Tan perfectamente que no le había dado tiempo a gritar. Una vez muerto, se dedicó a cavar, no sin antes pasarle la lengua al cuchillo para limpiarlo, secarlo con la ropa interior de Federico, y guardarlo en su cartera. Cavaba. Era inconcebible que en un cuerpo tan frágil residiese tanta fuerza y voluntad. El desequilibrio corriendo por el torrente sanguíneo de ese esqueleto viviente, la locura le proveían todo ese poder y ciega decisión para actuar tan fría y criminalmente, sin siquiera denotar ansiedad frente a sus víctimas. Cuando hubo terminado, desamarró el cuerpo y lo enterró. Su cuerpo aún desnudo estaba salpicado con sangre; lamiéndose las manos, ayudada con el pantalón de Federico, fue limpiando su vientre, sus piernas, su rostro. De pronto quiso escapar, invadida por un terror mudo pero galopante. Descalza, salió del galpón, y extrayendo un candado y una cadena de su cartera, cerró el portón, sin saber exactamente por qué se tomaba este recaudo. Con las herramientas adecuadas, cualquiera podía irrumpir en él, violando cualquier barrera. Se calzó y caminó. Estaba oscuro y el lugar, aunque peligroso para cualquier mujer, no la atemorizaba. Al llegar a una luminaria, contra las vías del ferrocarril, sacó un espejo de bolsillo y se contempló. Su ropa, por ser oscura, no podía ser descripta ni como limpia ni como sucia en la noche. Se arregló su cabello, y se delineó

los ojos velozmente. Tal como había pasado luego de su último asesinato, su aspecto no era el de una asesina huyendo de la escena del crimen, sino el de una prostituta perdida. Por la zona de vándalos y borrachos en la que se encontraba, nadie hubiera creído otra cosa. Caminó costeando la vía hasta llegar a una estación de servicio, y luego de pedir un café, esperó a que amaneciera. - Dura la noche ¿No? Era un travesti, que se hacía llamar Fantasía. - Si, muy dura. Dos clientes, apenas. No sé si les habrá pintado el moralismo o la desocupación, pero cada día trabajo menos. - Amor, estamos todas en la misma. Parecía que Fantasía iba a seguir hablando, pero desde afuera uno de los playeros le hizo señas. - Me tengo que ir, lo mejor para vos. Juana sonriendo dijo igualmente y la saludó con la mano. Ya podía, ahora que el sol iluminaba, volver a su hogar sin sospecha alguna. Antes llamó a América por celular y le dijo simplemente:

- Cualquier cosa que te pregunten, estuve toda la noche con vos. Capítulo 33 Martín y Federico jugando a los leones. Invertidos por la muerte, la víctima acecha al victimario. Juana no puede dormir sin ver entre sueños a ambos, gritándole y amenazándola con que la justicia llegará, y que mientras no llegue, jamás estará en paz.

Al despertar puede observar, en su escritorio, un nuevo muñeco de plastilina. Sonriente y deforme, con manchas rojas. No recuerda haberlo hecho ¿Sonambulismo, tal vez? Dos muñecos ahora la miran como si estuviesen vivos o poseídos. Quiere gritar y no puede, se siente sucia, gorda, se siente todo lo que no quiere. Culpable también, pero piensa seguir. La culpa se esfumará en cuanto termine esta guerra de todos contra ella, ella contra todos y contra dios, su dios. No encuentra a su gata. Hortensia tampoco está. Sola con dos muñecos que la miran, sola con los fantasmas de su locura. El teléfono, sin embargo, resplandece sobre el mueble del comedor. La llama, la invita a marcar el número de la única persona que sin explicación lógica más que la de la amistad, o incluso de la lástima, parece aún quererla. - América, no puedo dormir. - Juanita, en pocos días vendrán por vos. Capitulo 34 Decían en los canales de noticias que un joven se encontraba desaparecido. Federico Osuno, 23 años, estudiante. Y junto a esos datos, su foto. Nadie sabía de él desde hacía 4 días. No había dejado ningún mensaje a si familia, no respondía las llamadas a su celular. Ni siquiera su novia sabía algo de él. Sus allegados decían que enemigos no tenía. Su novia decía que no se habían peleado, y que no lo notaba diferente. Y sin embargo, sin explicaciones, se lo había tragado la tierra. La policía aún no tenía pistas concretas, y se buscaban testigos que pudiesen aportar algo. En poco tiempo se había instalado la noticia en todos los canales, bajo el idéntico titular: "¿Dónde está Federico?".

Juana en su casa sollozaba. Caminaba desesperada alrededor del pequeño departamento, por momentos miraba a la gata con el pensamiento perdido. Sabía que la iban a encontrar, América se lo había dicho y ella nunca se equivocaba. Tenía que esconderse en algún lugar. Y el único lugar era la casa de América. Pero no atendía el teléfono, no la podía encontrar. ¿Y ahora, a donde ir? Había solo una persona más que podría escucharla. Pero ¿Someterla a esa presión? ¿Confesarse ante alguien que bien podría ser delator?. Sería cuestión de arriesgarse, su destino ya estaba marcado, ningún crimen es perfecto, podía ver las huellas y los pequeños detalles mal tapados tirados por ahí, por aquí, por allá. Escapar, escapar. Un poco de ropa en la cartera, el teléfono celular, las llaves, la gata, adiós Hortensia, adiós hogar. "Nos llegan datos de que un testigo lo vio hace 4 días, caminando en las cercanías de los galpones del ferrocarril, estaba solo" - Ricardo, soy Juana, necesito verte. Ricardo estaba en cuero, con un pantalón de jogging y bastante despeinado, además de sorprendido. Pero la dejó pasar sin preguntar, debido al cariño que le tenía a esa pobre chica, flaquita, frágil, inestable, pero con algo especial que hacía quererla. Como una especie de empatía por algo que desconocían ambos o conocían muy bien, pero que no terminaba de explicarse. Subieron y se sentaron alrededor de la mesa de roble, que aún ostentaba restos de un desayuno reciente. Juana temblaba, porque sabía que de empezar a hablar, estaría condenándose aún más a un futuro enrejado. Pero si la iban a encontrar, mejor intentar. Perdidos ya tenía todos los partidos.

- Che... perdoname si te meto en problemas por lo que te voy a contar. - ¿Qué pasa boluda? No me asustes. - Asustate. ¿Viste el flaco este que está desaparecido? - Si - Ricardo la miró, intentando ver a través de sus ojos, de su piel ¿Por? - Yo sé donde está. Yo... No comía desde hacía dos días. No podía con sus nervios. Su cabeza contra la mesa y su palidez más cadavérica que nunca. El ruido al golpear el cráneo con la madera hizo saltar a la gata de su regazo. Hizo saltar a Ricardo de su silla. Hizo que el tiempo se detuviese, y la confesión quedase suspendida. En el aire de la mañana, con la humedad retorciendo cada rincón, y la incertidumbre matando. Capítulo 35 -Vos sabés. -Yo sé. -¿Qué sabés? -Todo sé. -¿Y qué es todo? -Dónde está, con quién. Y porqué, sobre todo porqué. -Entonces lo que dijiste saber gracias a tus muchos ojos, lo sabés sólo porque vas a propiciarlo. -Trágico, realmente. -Traidora, y sin embargo no te importa porque... -Porque si no hablo también lo seré. Y todo es tu culpa y la mía y la suya. Estoy ciega.

- ¿Entonces? -En la casa de su amigo; Ricardo. Tomá la dirección. Rápida entrega de un papel. Ella, temblorosa pero levemente hipnotizada. Él siempre él. Y sólo la locura tenía la razón; los niños, los borrachos y los locos siempre dicen la verdad, ciertamente. Aunque pocos escuchen. Capítulo 36 - Gracias, sí, agua y comida. Ya me da igual - entre jadeos decía Juana frente a un Ricardo preocupado. Ya era tarde; ya la encontrarían. ¡Ah, si supiera ella la razón! Pero incluso así, desequilibrada, confiaba en la amistad como valor irrompible. Quizás, pero sería demasiado cruel decirlo, aún confiaba porque justamente, no era una persona equilibrada. Hay que estar un poco loco para ciertas cosas. Entonces si ya era tarde y si América no se equivocaba -¿cómo iba a poder hacerlo?- podía hablar sin importar más. Podía dejar el legado de sus desastres, incluso podía llegar a ser comprendida. Y todo rápido lo debió escuchar Ricardo. Que había matado, no una vez sino dos. Cómo lo había hecho, y sobre todo el porqué. Ángel, de repente. Ángel, es así, igual, es como él -él, el que aparece en las noticias ¿Lo ves? sí, él- ah pero ¡Ricardo! la cara de Ricardo al sentarse y decirle a la localocaloca que podía estar loca pero no localocaloca; que en realidad ¡si ella supiera!; pero sentate Juana, sentate querida que si te cuento ¡qué extraño contar esto! De pronto habló Ricardo:

- Mi mamá, sabrás, ella me tuvo a mí cuando tenía 25 años. Pero tengo un hermano, tenía más bien. Un hermano no, medio hermano sí. Tétrico, ahora verás, no te impacientes ni creas que cuento todo esto para mantenerte aquí. Bueno, medio hermano. Ella, mi madre, lo tuvo a los 20 años; joven. Tan ilusa. Y él, bueno, las cosas por su nombre, Héctor; bueno, Héctor era muy parecido -eraal chico ese que decís haber matado. Igual, casi un clon, como dirías vos. Cuando Héctor tenía 10 años, cuando los cumplió, bah, recuerdo difusamente que alguien llamó a casa. Era el padre de Héctor, ese hombre al que jamás conocí. Bueno, en ese momento el hombre misterioso volvió a la vida de mi madre; culpa por haber dejado a su niño, quizás. Dos veces al año venía a buscar a Héctor y se lo llevaba a pasear. Yo tenía miedo, irracional e inmotivado, y jamás me atreví a verlo. Me escondía debajo de la cama cuando sabía que iba a venir. ¿Importa? No sé, no. Si. Qué se yo. La cuestión es que poco a poco Héctor fue volviéndose más... ¿retraído? Sí. Y oscuro, horriblemente oscuro. Un día, cuando yo ya tenía 12 años y Héctor era casi mayor de edad, lo escuché hablando solo. Decía que no quería cumplir ese mandato -no me preguntes específicamente cual- como le habían dicho que debía. Que quería ser feliz con quien quisiera -y lloraba, no sabés como lloraba- sin pensar en la perfección, en la evolución, en la salvación ni en la extinción -no preguntes, no lo sé- de nadie ni de nada. Al poco tiempo huyó de casa. Sé, porque vino la chica a reclamarnos cosas que no podíamos darle, que tuvo un hijo. Un hijo hermoso, muy parecido a él. También me dijeron que para la misma época que esa mujer ignota paría a su vástago, embarazó a otra. Pero no sé, nunca supe nada de ese posible otro hijo. Lo que sí sé es que Héctor apareció muerto al poco tiempo. Suicidio. Con nota y todo. Nota críptica, si las hubo. Decía en letra temblorosa que él no

estaba en el mundo para nada que pudiera ser tan cruel como le habían dicho. Que si su destino era el que le habían contado, prefería no tener destino. Se cortó las muñecas, si querías saberlo...

Juana podía comprender algo pero no todo, faltaba el hilo final, ese que quedaba suelto, porque siempre que muere un hijo queda...

-¿Y tu mamá? Es decir, un hijo se suicida, me imagino que...

- Mamá, pobre. Cuando se enteró corrió a buscar al padre de Héctor. Era muy difícil hallarlo, vivía yendo de un lado para otro... Bueno. No lo encontró nunca, realmente. Pero poco a poco empezó a ver gente en la calle, cuando salía a hacer las compras; gente, hombres muy parecidos a su hijo muerto. Locura, la tristeza la chifló dijeron las vecinas. Y cuando empezó a repetir constantemente que cada uno era algo de su hijo pero nada de ella, bueno, empezó a volverse más y más triste la situación. Verla decaída, escucharla hablar de una perfección a la que había traicionado pero que también la había traicionado a ella, un discurso ilógico, imposible de comprender. Tuvimos que internarla. Nunca tuvo sentido nada de lo que le pasó para mí, nunca hasta ahora. Porque... porque vos estuviste embarazada. Y todo lo que decís de Ángel, de los dos pibes a los que mataste, todo eso que es parte de tu locura me recuerda a la locura de mi mamá; como si ese ejército de clones del que hablás, como si no estuvieses tan equivocada. Juana lloraba. Ricardo quería abrazarla, se acercó a hacerlo. Y de repente, el mundo se detuvo para él, para ellas, para todos. La puerta, los golpes y América gritando que abriese, que por favor. Qué habían encontrado a Federico.

Capítulo 37 - Tienen pruebas, alguien dijo que te vio, alguien te describió. Uno de los empleados de la estación de servicio, habló de vos y de una travesti, pero vos llamabas la atención porque nunca habías estado ahí, y parecías nerviosa y todo esto lo sé porque vinieron a preguntarme por vos y entonces... - Estás nerviosa, América. - Estoy preocupada por vos, Juanita. Juana miraba por la ventana, con tristeza. Podía ver como los colores fluctuantes de las sirenas aparecían y desaparecían alternadamente entre los vidrios de los edificios que en la noche eran puro silencio, podía sentir acercarse el sonido penetrante que emanan los patrulleros. Podía asegurar que ya no tenía escapatoria. Sabía, pero no sabía todo. De pronto un patrullero se detuvo en la cuadra del edificio en el que se encontraba. De pronto oyó el timbre y sola, sin preocuparse más que de su gata que quedaría sola en casa, salió a abrir. -Sí, soy yo. Sí, puedo declarar. Sí, los acompaño.

- Está acusada del asesinato de Federico Osuno, hace cinco días; fue vista en una estación de servicio a menos de un kilómetro de la escena del crimen y usted no es una clienta usual. Testigos dijeron haberla visto nerviosa. ¿Tiene alguna coartada?

"Coartada, pero claro que no, oficial" quería responder Juana. Por alguna extraña razón, no quería defenderse ¡Loca sí, mentirosa... también, pero estaba cansada! Su libertad ya estaba amputada; amputada por esa infección llamada Ángel, llamada insaciable

hambre de vengar lo invengable y de destruir la copia y después el original, que rastro no quedase, no. Bueno, podía aludir a alguna mentira más, a que la habían confundido con alguien más, América siempre podía salvarla, ella, sí. - Creo que me confunden con otra persona; no tengo registro (ah, y sino podía dárselas de amnésica) de haber estado ni cerca de una estación de servicio cerca del ferrocarril hace cinco días. Si mal no recuerdo, ah sí, estaba con América, mi amiga, pueden llamarla; puedo pasarles su teléfono. -Señorita, un testigo reservado fue el que nos llevó hacia usted. Dijo que era una persona violenta y que creía que usted pudo haber participado en el crimen por una cuestión pasional, o tal vez por una confusión. Él llevó su foto. Juana en su mareo se preguntaba quién podría haber sido, pero a la vez no podía callar, signo de debilidad. - Y ustedes le creyeron, ¿Con qué aval? Puede él estar mintiendo, ni siquiera sé quién es o... - Porque justamente su foto coincide con la descripción que el empleado de la estación de servicio cercana al ferrocarril había dado cuando se lo interrogó por clientes poco habituales la noche del crimen. Una chica flaca, cabellos oscuros y piel blanca; le mostramos hace un rato su foto y sí, él dice que se trata de usted. - Ah. Claro. Qué trágico todo ¿No? ¿Puedo encender un cigarrillo? - Ahá. Capítulo 38 Y también, sabrán, hay un muerto más en mi haber. Un incendio, un fotógrafo ¿Recordarán ustedes, quizás? Sí, también yo. ¡Iría por más, no lo saben pero yo sí: un ejército de clones que procrean, que procrean y algún día serán todos iguales y perfectos y el original criminal se habrá perdido; él, un ángel que vino

del infierno tal vez porque es cruel y demoníaco y adictivo, maldita droga! Sí, quería matarlos, salvar al resto de nosotras, las locas bellísimas que somos elegidas por ellos como receptáculo de tanta genética maravillosa y peligrosa; exterminio natural mediante la plaga, vaya proyecto ambicioso pero a la vez imposible pero a la vez tétrico y enfermo porque enferma, entonces contagioso. Ja, voy a encender otro, el último, qué pena. Y mientras, qué bueno que te hayas quedado acá, no sé, ¿Cómo te llamás?. No tengas miedo, no soy peligrosa para vos. Vos no sos ellos. Vos sos linda ¿Sabías? Y flaquita, y como ellos quieren a las mujeres. Cuidate, te lo digo yo ¡Mirá como terminé! A todo esto ¿Qué esperan? No deberían, no sé, mandarme a una celdi...Ah, claro, ahí me llevan. Y por último, decime ¿Cómo se llama el que trajo la foto? No, no digas más. Con el nombre me alcanza. Angelito, angelito, tuviste miedo. Capítulo 39 - ¿Cómo estás? - Bien, mal, qué sé yo... - Podés zafar de la cárcel, pero vas a terminar en un neuropsiquiátrico. - ¿Cómo? ¿Por qué? - Juana, no estás en tus cabales. Bah, estás bastante en tus cabales, pero estás bastante fuera de tus cabales también. Es decir, encontrás muñecos de plastilina de la nada, que posiblemente hayas hecho vos, tenés serios problemas con tu cuerpo, querés matar hombres sólo porque crees que son todos iguales a aquel que te embarazó y que se trata de una conspiración para dominar el mundo con un clan de seres idénticos; que todo esto es una conspiración pseudonazi de un loco que se cree superior, enviado de Dios y va a crear una serie de

hombres perfectos, etc. ¿Eso te parece sano? - Vos no entendés, Ricardo, la mamá de Ricardo... - No me importa Juanita como te quisieron consolar. Vos estás mal ¿Entendés? Que te internen es lo mejor que te puede pasar. Todo lo que hiciste fue a base de maquinaciones tuyas. - No, no; Ángel me delató porque sabía que estaba amenazando su proyecto ¡Su destino!. Cuando los clones nacen; después de un tiempo, bah, los empiezan a reclutar y entrenar ¡les lavan la cabeza para que sólo procreen con mujeres perfectas, como yo, sí como yo, qué orgullo y qué condena la perfección, América!. Yo sé lo que te digo, Ángel tuvo miedo. Sino ¿Cómo supo todo? ¿Cómo supo que fui yo? - Juanita, no sé cómo supo, no sé. - Ah ¿Ves? ¡CONSPIRACIÓN! -Juanita... Capítulo 40 Si pudiera huir, huir y morir, todo estaría perfectamente acabado. El enemigo ya me ha descubierto y ha logrado que me encierren. Entonces, como en los viejos tiempos, frente al enemigo encima de uno solo queda una escapatoria y es el suicidio. Y yo, sin mi pastilla de cianuro, estoy en la comisaría; posiblemente pase la noche en una celda de este lugar. Ya no tengo salida; podría ahorcarme con una sábana ¡un clásico! pero no. Yo quiero morir de otra manera. Yo quiero volar. América regresó con un café en la mano. - Juana, parece que te sueltan; en realidad no te van a dejar en prisión preventiva. - ¿Por? - Parece que el empleado de la estación de servicio estaba en pedo

cuando dio testimonio. Y vos tenés una fisonomía no muy rara, así que la coincidencia entre su descripción y la foto del testigo ese puede ser casual. Mucho no entendí, vas a quedar bajo sospecha bajo sospecha, aunque no presa. - Qué bueno, es lo justo. - Sí, claro, lo justo – Sentenció irónica América

Tomada del brazo de América y tambaleante, Juana cumplió con todos los procedimientos para salir de una vez por todas de la comisaría. Le dijeron que estaría aún bajo el ojo de la justicia y que posiblemente la llamaran en los próximos días. No dejaba de ser sospechosa, de hecho era la única sospechosa. Le dieron un par de explicaciones más sobre lo que podía y no podía hacer. Finalmente, con un “y tampoco podés salir del país” la dejaron ir. Esa noche Juana durmió en el departamento de América. Hacia la mitad de la noche se levantó. Asustada, América también lo hizo y se encontró con una sonámbula en busca de plastilina, rondando por el comedor. Cuando al día siguiente América se lo contó a Juana, ésta palideció con tristeza. Sin lugar a dudas, muñecos habían sido obra de su locura y nada más que eso. Alegando necesitar cigarillos, salió al pasillo del edificio. Pero en lugar de bajar, decidió subir. Subir, subir, subir. La puerta hacia la terraza milagrosamente estaba abierta y el cielo, lacerante y soleado. La muerte no parecía estar vestida de negro sino de dorado. O quizás ni siquiera estaba ahí. Con poca dificultad Juana subió a la pared baja que separaba la terraza del vacío alucinógeno. Miró las hormigas humanas que caminaban sin paz quince pisos más abajo, los autos multicolores que dejaban estelas psicodélicas al acelerar con el verde del semáforo. Y

los pájaros cantaban, caían, se elevaban de nuevo; las hojas de los árboles bailaban con locura al ritmo de la silenciosa música del viento inexistente. Juana se drogaba con la sola idea de morirse, con la idea de estamparse en el asfalto y quedar reventada como un tomate o una sandía. Incluso reía, un poco macabra aunque también divertida, frente a la idea de volar segundos antes de dejar de ser. Como un niño que está al borde de saltar del trampolín más alto, Juana infló -pero inútilmente- sus pulmones con toda el aire del planeta. Dobló sus rodillitas huesudas. Estiró sus brazos, los pegó luego a su cuerpo casi invisible. Rió frenéticamente. Cerró los ojos, después los abrió como inmensos platos, los perdió en el todo y la nada de la ciudad, en las baldosas. En las baldosas los clavó asesina y lujuriosamente. En las baldosas centró su destino. A las baldosas saltó. Capítulo 41 No se murió. Es increíble, la muerte odia a esa mujer, y ella que tanto la ama. La muerte no la quiere en sus brazos. - ¿Y ahora qué pensás hacer? A mí me duele saberme traidora, me duele muchísimo. Hay días en que te juro que te mataría y la abrazaría, la besaría, le confesaría todo y dejaría que ella me asesinara después de acariciarme un buen rato. - Jajaja, no me hagas reir. Sé que sos incapaz de cualquier cosa similar. Sos tan cobarde, te falta tanto para ser como ella... y sin embargo la que sobra es ella. Los que sobran siempre son los valientes, los rebeldes, los locos. De sumisos está hecho el mundo.

- No sé que hago acá... - Yo tampoco, deberías estar en el hospital. - No quiero hacerlo. - Es la solución y es el desenlace que ella merece. Fijate, si no puede estar acá ni allá, hay un solo lugar que le corresponde. - Chau, Ángel.

Capítulo 42

Juana abrió los ojos. No podía hablar, ya que estaba conectada a un respirador. Abrió los ojos, los ruidos lejanos repercutían en sus oídos, aún se sentía en un sueño. Y estaba viva. Por sobre todas las cosas, estaba viva. Se odiaba más que nunca, su cuerpo de papel se resistía a morir. O quizás era la muerte la que se resistía a tenerla en sus filas. Las enfermeras entraban, salían, la miraban. No tenían rostro para ella; eran seres vestidos de blanco cual fantasmas que flotaban sobre los azulejos helados. Helados como la muerte. Como la muerte que no la quería. Juana se durmió, horas o minutos, no lo sabía. Al despertar se encontró con dos médicos observándola y hablando de ella. Ellos sí tenían rostros y eran idénticos al de Ángel, al de todos esos monstruos clonados. Pero ella no podía moverse, no podía gritar aunque la fobia la embriagara. Y los médicos reían ahora, maliciosamente pero en silencio. La miraban, acariciaban sus pómulos hundidos, apretaban sus brazos. Como aprovechándose de su indefensión, jugaban a torturarla con el misterio. De repente uno miró su celular, le susurró al oído del otro un corto mensaje y juntos salieron, no sin antes observarla detenidamente por última vez. En la soledad del cuarto hospitalario, en la ignorancia de no saber si la habían operado, como había sobrevivido, etc., Juana sufría el silencio. Pero más sufría saber que incluso internada, estaba

rodeada de su enemigo, del enemigo más poderoso del universo. Del ejército más grande, comandado por el genocida que jamás se había manchado las manos con sangre. Los minutos eternos parecían pegarse en las paredes propagando el virus de un un sufrimiento claramente hospitalario, infeccioso, letal. Cada momento que transcurría en esa quietud aséptica dejaba a Juana con menos aire y con menos sangre en sus venas, como si esta pudiese evaporarse gracias al miedo, al horror. Unos tacos se oían acercándose; quizás fueran de una enfermera, de una policía (¿dónde se había metido la policía?) o de una enferma que buscaba el baño. Eran, en realidad, de América. Una América gigante, llorosa, temblorosa. Una América como otras Américas aparecía en la puerta, entraba, se sentaba a un lado de la cama. América dulce, América triste, cantaba una canción de cuna y la intercalaba con susurrantes mensajes: "Vamos Juanita, dormí, descansá, vas a estar bien, vas a ver, vas a estar bien linda, chiquita, flaquita, Juana, tratá de cerrar los ojos por un rato, de no escuchar, de soñar, yo no sé qué voy a hacer, vos soñá..." Juana sonrió durante un rato mirándola, queriéndola. Poco a poco se fue durmiendo con la música de sus palabras y con el calor de su aliento. El sueño lentamente se volvía más negro, pesado, laberíntico. Ella no lo sabía. América acababa de hacerlo.

Capítulo 42 El parte médico dijo coma, dijo que por un error -aunque sospechaban la intencionalidad, etc. etc.- la dosis de morfina había sido mayor a la necesaria y que eso habría llevado a la paciente Juana Sabater al estado de Coma. Por otra parte, previamente había sido operada para extraerle el bazo y un pulmón, que debido a la caída habían sido destruidos. La presión intercraneal también debió

ser tratada y a causa del golpe y el shock sufridos, el mayor daño neurológico previo al coma había sido el de una afasia probablemente irreversible. En una pequeña salita, dos médicos increíblemente parecidos conversaban, café de por medio. - Qué locura, con coma o sin coma ya no hubiera podido hablar. - ¿Vos no lo sabías? Pensé que Pedro te lo había dicho. - No, nunca entré a verla. Deberías habermelo contado. - Era inutil, si después de todo ya estaba preparado todo para sumirla en ese sueño fronterizo. - Cierto, cierto. ¿Me alcanzás los bizcochitos? El café así, solo, me da acidez.

En la habitación de Juana el tiempo se había detenido. América simplemente había aumentado el goteo de Morfina, fue solo cuestión de girar un poco una perilla y dejar que el tiempo pasara. Antes de salir, con lágrimas en los ojos, miró por última vez a Juana. Quiso gritar desesperada, prefirió hablarle. Quiso sacudirla, arrepentirse, prefirió pedirle perdón. Quiso besarla, prefirió apretar su mano. Finalmente, sólo le quedó cubrir el cuerpo de Juana con la justificación de toda traición: - Linda, chiquita, si la muerte se escapa y si la vida te da asco, solo puedo darte este estado que es la nada, que es la cuerda floja en la que siempre te gustó estar. Creeme, es preferible que calles y que nunca vuelvas a gritar tu verdad. Creeme, ellos están en todos lados, están en mí. Podría haber sido peor. Tenías razón en muchas cosas, Juanita. Pero no en que ibas a poder vencerlos. Dulces sueños.

El silencio se alió con la monotonía del coma. El ruido de la puerta tapó los sollozos americanos, ya no quedaba nada más que huir. Capítulo 43 Compañeros, soldados de la salvación: ella, la princesa desenmascaradora, ya no nos amenaza. Volvamos al silencio de nuestro accionar. Hemos vencido. Ovación general, aplausos de pie.

FIN

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