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RESUMEN – LAUDATO SI

CAPÍTULO VI: Educación y Espiritualidad Ecológicas

La Humanidad debe cambiar pensando en un futuro compartido por todos quienes formamos
parte de esta casa que llamamos Tierra, surgiendo un gran desafío cultural, espiritual y
educativo que implica un largo proceso de regeneración.

1.- Apuntar por otro estilo de vida


La sociedad de libre mercado nos ha envuelto en una cantidad exorbitante de productos,
que nos dan la falsa idea de que somos libres para elegir aquello que mejor nos parezca para
vivir cómodamente, pero en realidad nos atrapa en un consumismo de cosas que no
necesitamos, y deja el sentido de libertad plena a aquellos que poseen el poder económico,
dejando a los demás en una confusión respecto a su identidad y fin, que nos desorienta y
angustia: Tenemos demasiados medios para escasos y raquíticos fines.

Esto genera un sentido de precariedad e inseguridad que favorece el egoísmo colectivo, y al


tener un corazón vacío se produce un círculo vicioso de mayor consumo de objetos superfluos y
mayor sequedad de corazón. Por eso que además de catástrofes ecológicas y climáticas,
pensemos en la crisis social que genera el consumismo. Pero no olvidemos que el ser humano,
después de tocar fondo, es capaz de regenerarse, porque nunca se cierran del todo la apertura a
la verdad, el bien y la belleza, y a reconocer que Dios sigue animando nuestros corazones pues
somos sus hijos.
Un cambio en el estilo de vida consumista forzaría a las empresas a reconsiderar sobre
el impacto ambiental y los modelos de producción, recordándonos además la responsabilidad
moral de los consumidores en el cuidado del medio ambiente.
Aún no desarrollamos una conciencia universal para dejar atrás esta etapa de
autodestrucción, pero siempre es posible desarrollar la capacidad de salir de uno mismo para
pensar en el otro, salir de ese individualismo, y desarrollar un estilo de vida alternativo que nos
permita un cambio relevante en la sociedad.

2.- Educación para la alianza entre la humanidad y el medio ambiente


Actualmente muchos saben que no basta con el progreso y la acumulación de objetos
para hallar el sentido y dar alegría al corazón, pero se sienten incapaces de renunciar a lo que el
mercado les ofrece. En los países donde se necesita un mayor cambio, los jóvenes han crecido
con un mayor sentido ecológico y espíritu generoso, luchando por la defensa del medio
ambiente, pero han crecido en un ambiente de excesivo consumo que no permite la maduración
de otros hábitos, por eso esto es un desafío educativo.

Antes centrada en el conocimiento científico y la conciencia y prevención de los riesgos


ambientales, ahora la educación ambiental incluye una crítica a los mitos de la modernidad e
intenta recuperar los distintos niveles de equilibrio ecológico: el interior consigo mismo, el
solidario con los demás, el natural con todos los seres vivos y el espiritual con Dios. Pero a
veces esta educación se limita a informar y no a formar hábitos, pues para que la norma jurídica
haga efecto, es necesario que la mayoría en la sociedad la haya acogido sobre la base de
motivaciones adecuadas y reaccione con una transformación personal que descubre lo mejor del
ser humano.

Estas acciones provocan un bien que tiende a difundirse, a veces de manera invisible,
restituyendo el sentimiento de nuestra dignidad. Y es de rescatar que es en la familia donde se
cultivan los primeros hábitos de amor y cuidado de la vida, es el lugar de formación integral,
que con pequeños gestos ayudan a construir una cultura de la vida compartida y del respeto por
lo que nos rodea. Compete a la política, las diversas asociaciones y también a la Iglesia un
esfuerzo en la formación de las conciencias de la población.

Prestar atención a la belleza y amarla nos ayuda a salir del pragmatismo utilitarista. Si se quiere
lograr cambios profundos se deben tener presentes los modelos de pensamiento que influyen en
los pensamientos. La educación será ineficaz y sus esfuerzos estériles si no se propone además
un nuevo modelo relativo al ser humano, a la vida, a la sociedad y a la relación con la
naturaleza.

3.- La conversión ecológica


La riqueza de la espiritualidad cristiana, es una gran contribución al esfuerzo de renovar
la humanidad. No es tanto proponer ideas como generar motivaciones que, desde su
espiritualidad, alimentan la pasión por el cuidado del mundo. Vivir la vocación de guardianes de
la obra de Dios no es una opción ni algo secundario a la experiencia cristiana, es parte esencial
de una existencia virtuosa.

Recordemos el modelo de San Francisco de Asís, para proponer una sana relación con la
creación como dimensión de la conversión integral de la persona. Pero a los problemas sociales
debemos responder, no con la mera suma de esfuerzos individuales, sino con la creación de
redes comunitarias. El verdadero creyente contempla el mundo, no como si estuviera fuera de
él, sino dentro, reconociendo los lazos con que el Padre nos ha unido a todos los seres. Dios
creó el mundo inscribiendo en él un orden y un dinamismo que el ser humano no tiene el
derecho de ignorar.

4.- Alegría y paz


La espiritualidad cristiana propone un crecimiento en la sobriedad, saber alegrarse con
poco, ello nos permitirá disfrutar de las cosas pequeñas, y agradecer las posibilidades que la
vida nos ofrece sin apegarnos a lo que tenemos, ni angustiándonos por lo que no tenemos. La
sobriedad, vivida libre y conscientemente, es liberadora.

Es posible necesitar poco y vivir mucho, dando espacio a otros placeres como los encuentros
fraternos, el servicio, el desarrollo de los propios carismas, en la música y el arte, en el contacto
con la naturaleza, en la oración, etc. La desaparición de la humildad en el ser humano,
entusiasmado con la posibilidad de dominar todo sin límite alguno, sólo puede acabar
perjudicando a la sociedad y al medio ambiente. No es fácil desarrollar esta humildad sana, y
una sobriedad feliz, si excluimos a Dios de nuestra vida haciendo que nuestro yo ocupar su
lugar.

La paz interior de las personas, se relaciona directamente con el cuidado de la ecología


y el bien común, porque se refleja en un estilo de vida equilibrado unido con la capacidad de
admiración que lleva a la profundización de la vida. Es una actitud del corazón que vive todo
con serena atención, en plenitud, sin preocuparse en lo que vendrá después. Una expresión de
esta actitud es retomar la bendición de la mesa que, brevemente antes y después de las comidas,
nos recuerdan nuestra dependencia de Dios, agradecemos los bienes de la creación y a aquellos
que con su trabajo nos lo otorgan, y nos hacen solidarios con los más necesitados.

5.- Amor civil y político


El cuidado de la naturaleza implica un estilo de vida en comunión, que nos permite vivir
un amor fraterno en gratuidad, haciendo posible amar incluso a nuestros enemigos y hablar de
una hermandad universal. Por eso es necesario que recuperemos el sentimiento de
responsabilidad para con los demás, porque también necesitamos de ellos para el pleno
desarrollo humano y el cuidado del medio ambiente, reflexionando sobre a donde nos ha
conducido la vida superficial.
Como Santa Teresita de Lisieux, comencemos practicando esos pequeños gestos que siembran
paz y amistad, pues ellos son manifestación de un amor civil y político que busca mejorar el
mundo siguiendo, como lo propone la Iglesia, el camino a una civilización del amor. No todos
están llamados a intervenir en la política de manera directa, pero en la sociedad encontramos
una gran variedad de asociaciones que intervienen en pro del bien común, defendiendo el medio
ambiente natural y urbano, y formando la conciencia de habitar en una casa común que Dios nos
ha confiado.

6.- Los signos sacramentales y descanso celebrativo


El universo se desarrolla en Dios que lo llena completamente. El ideal no es sólo
descubrir la acción de Dios en el alma de los seres, sino también encontrarse con Él en todas las
cosas a través de la contemplación, como expone San Buenaventura. San Juan de la Cruz
enseñaba que todo lo que hay de bueno en las cosas y experiencias del mundo se encuentran en
Dios de manera infinita o mejor. Los sacramentos son un modo privilegiado en que la
naturaleza es asumida por Dios y se convierte en mediación de la vida sobrenatural. 

El cristianismo no rechaza la materia, más bien la transforma. En la eucaristía, el Señor de


forma misteriosa, quiere llegar a nuestra intimidad a través de un pedazo de materia. El
domingo se ofrece entonces como día de la sanación de las relaciones del ser humano con Dios,
y descansar del trabajo ese día nos permite volver la mirada y reconocer los derechos de los
demás.

7.- La Trinidad y la relación entre las criaturas


El mundo fue creado por las tres personas como único principio divino, pero cada una
realiza ésta obra común según su propiedad personal. San Buenaventura llegó a decir que toda
criatura testifica, en su ser, la trinidad de Dios, y antes del pecado el hombre podía descubrirlo.
Las Personas divinas son relaciones subsistentes y el mundo, creado según el modelo divino, es
una trama de relaciones. Todo está conectado, y esto nos invita a desarrollar una espiritualidad
de la solidaridad global que brota del misterio de la Trinidad.

8.- Reina de todo lo creado


María, madre de Jesús, es también madre del mundo y se compadece de las criaturas
arrasadas por el poder humano. Elevada en cuerpo y alma al cielo es reina de todo lo creado, y
ahora comprende el sentido de todas las cosas, por eso podemos pedirle que nos ayude a ver
este mundo con ojos más sabios. Y, junto con ella, también San José, hombre justo y trabajador
puede ayudarnos a cuidar y proteger este mundo que Dios nos ha confiado.

9.- Más allá del sol


Al final nos encontraremos cara a cara con la infinita belleza de Dios y podremos
comprender el misterio del universo. Mientras tanto nos unimos para hacernos cargo de esta
casa que se nos confió. Dios que nos convoca a una entrega generosa y a darlo todo, nos brinda
la fuerza necesaria y la luz que necesitamos para salir adelante. Alabado Sea.