UTOPÍA
Tomás Moro
RESUMEN.
El libro comienza cuando Tomás Moro es invitado en calidad de delegado oficial a parlamentar y
a conseguir un acuerdo entre el invicto rey de Inglaterra, Enrique VIII y el príncipe de Castilla,
Carlos. Tomas Moro tuvo varias reuniones, sin haber llegado a ningún acuerdo, por lo que decidió
ir a Amberes. Estando allí, recibió innumerables visitas, entre ellas la de Pedro Gilles, natural de
Amberes, un caballero erudito y honesto.
Un día después de oír misa, Tomas Moro vio a Peter Giles hablar con un hombe que parecía un
marinero, Peter se acerca y le comenta que ese hombre es Rafael Hitlodeo, se lo presenta y los
tres se dirigen a su casa. Rafael habla de sus viajes, haciendo reflexiones sobre el gobierno, hablo
de lo bueno y lo malo; entre la charla salió el tema de la Republica de Utopía. Rafael describe a la
isla con el aspecto de una luna creciente, también cuenta que Utopo fue quien se apodero de la
Isla, de ahí su nombre, el pueblo era salvaje y lo llevo a la civilización y cultura, anteriormente la
tierra no estaba rodeada completamente por agua, Utopo hizo cortar la tierra que unía la isla al
continente.
Las ciudades y en particular Amaurota: Las ciudades de Utopía son muy parecidas, Amaurota
es la sede del senado. Los edificios son elegantes y limpios, en forma de terraza, las fachadas de
las casas están separadas por una calzada de veinte pies de ancho, en su parte trasera hay un
amplio jardín tan ancho como la misma calzada, la gente ama y cuida sus jardines. Las casas
tienen una puerta principal que da a la calle, y otra trasera que da al jardín, todos pueden entrar y
salir de ellas, nada se considera de propiedad privada, las casas se sortean al azar y cambian
cada diez años. Al inicio de la conquista las casas eran chozas simples, según los archivos
históricos ha pasado un periodo de 176 años desde la conquista.
Los magistrados: Cada año treinta familias elige su juez, llamado Sifogrante o Filarca. Cada diez
sifograntes y sus correspondientes trescientas familias, están presididos por un protofilarca. Los
doscientos sifograntes, después de haber jurado que elegirán a quien juzguen más apto, eligen
en voto secreto y proclaman a un príncipe. Se considera como un crimen capital, tomar decisiones
sobre los intereses de interés público fuera del senado, todas las decisiones importantes son
llevadas a las asambleas de los Sifograntes.
Las relaciones públicas entre los utopianos: Las familias unidas por los lazos de parentesco.
Cuando la mujer ha alcanzado la mayoría de edad, es entregada al marido. Los hijos y nietos
varones permanecen en la familia, sometidos por el más anciano de sus progenitores. Cada ciudad
consta de seis mil familias, para mantener el equilibrio e impedir que baje la población o suba,
ninguna familia debe tener menos de diez y más de dieciséis adultos, si la isla se superpoblara se
fundaría una colonia en el continente más cercano y se regirá según las leyes utopianas.
Las mujeres sirven a los maridos, los hijos a los padres, en general, los menores a los mayores.
La ciudad está dividida en cuatro distritos iguales. Cada distrito tiene un mercado público, cada
padre de familia se lleva lo que necesita sin que se le pida a cambio dinero o prenda alguna. Los
utopianos no descuartizan a los animales, ya que esto apaga la clemencia, el sentimiento más
humano de nuestra naturaleza. Hay encargados para abastecer los comedores, ellos en el
mercado piden la cantidad de comida correspondiente al número de sus comensales. A la hora
establecida, toda la sifograntía se reúne al sonido de la trompeta para comer y cenar. Los hombres
se sientan del lado de la pared, y las mujeres en frente. Las nodrizas, permanecen con sus
lactantes en un comedor particular. En el centro de la mesa principal, se sienta el Sifogrante con
su mujer. El almuerzo es corto y la cena un poco más larga. Esto en las ciudades y en el campo,
donde los labradores viven, hacen su comida en casa. A ninguna familia le falta nada para comer.
Los viajes de los utopianos: Si quieren visitar a algún amigo que viven en otra ciudad o
simplemente quiere hacer un viaje, piden permiso al Sifogrante. Para pasear por los campos de la
ciudad, se debe tener el permiso del padre o el consentimiento de la mujer. No hay permiso para
estar de ocioso. No hay tabernas, ni cervecerías, tampoco corrupción ni casas de citas. El oro y la
plata no tienen valor alguno, todos los reos de crímenes llevan en sus orejas anillos de oro, sus
dedos van recubiertos de oro, en el cuello un collar de oro y su cabeza se cubre con un casquete
de oro. Un número insignificante son los que han visitado otros países, todos los utopianos veían
mal a embajadores o personas que portaran joyas.
Los utopianos se plantean el problema del bien o felicidad del alma, del cuerpo, y de los bienes
externos. Hablan sobre la felicidad partiendo de la filosofía y religión, basados en la razón; sus
principios son: El alma es inmortal; Dios, Por pura bondad, la hizo nacer para la felicidad; después
de esta vida nuestras virtudes y nuestras buenas acciones serán recompensadas y premiadas;
finalmente el crimen será castigado con suplicios. Quien llega a visitar la isla es bien recibido, si
va acompañado de un don o talento especial. O si los largos viajes le han hecho conocedor
consumado de tierras y de hombres. Les encanta escuchar lo que pasa en el mundo.
Los esclavos: Los prisioneros de guerra se declaran esclavos solo si ellos la hayan declarado,
no son esclavos los hijos de esclavos, ni quienes son esclavos en otros países. Son esclavos los
ciudadanos de Utopía convictos de un gran crimen y los ciudadanos extranjeros convictos de
crimen y condenados a muerte. Existe otra categoría de esclavos: la de los trabajadores pobres
de países vecinos, que vienen a ofrecer voluntariamente sus servicios.
La mujer no se casa antes de los dieciocho años. El varón no antes de los veintidós. Tanto el
hombre como la mujer convictos de haberse entregado antes del matrimonio a amores furtivos,
son severamente amonestados y castigados. Y a ambos se les prohíbe formalmente el
matrimonio, a menos que el príncipe les perdone la falta. No hay abogados, cada uno se defiende
solo. Nadie se considera enemigo, si no ha hecho mal alguno.
El arte de la guerra: Los utopianos aborrecen la guerra, sin embargo, tanto hombres como
mujeres, entrenan para la guerra, con el fin de estar preparados para la lucha si fuere necesario.
Para la guerra debe haber grandes motivos como defender sus fronteras, expulsar de los territorios
amigos a los invasores, liberar del yugo y esclavitud de un dictador. Lamentan una victoria ganada
con sangre. Para ellos, la mayor gloria es vencer al enemigo con habilidad y engaño.
El reclutamiento de los soldados es libre y voluntario, nadie es obligado. Cuando un príncipe toma
las armas contra Utopía y se dispone a invadir una de las tierras de sus dominios, los utopianos
reúnen inmediatamente un formidable ejército y le hacen frente fuera de sus fronteras. Sólo hacen
la guerra en su territorio en casos extremos.
Religiones de los utopianos: La gente puede tener la religión que quiera, algunos adoran al sol,
la luna o alguna de las estrellas, los más instruidos creen que hay una divinidad oculta e
inexplicable, al que llaman Dios Padre, pero todos creen que hay un sumo Dios creador de todas
las cosas. Tienen prohibido pensar que el alma muere con el cuerpo, cuando alguien muere, le
hacen honores en su sepulcro, y piensan que está presente de forma invisible.
Los días festivos son los días primero y último del mes y del año. Existen pocos templos, pero son
hermosos y de una gran área. El pueblo lleva al templo vestidos blancos y los sacerdotes vestidos
de variados colores. Los sacerdotes son elegidos por votación, si alguno cometiese un pecado, no
lo juzgan los ministros, Dios es quien le hará pagar por su pecado.
El libro termina con la conclusión, donde Moro destaca que esta república es digna de su nombre,
ya que ellos no se dejan llevar por intereses particulares, como se hace en otros países. En Utopía
rige la justicia y le gustaría que todos tuvieran esa forma de gobierno o que muchas de estas cosas
fueran impuestas en las ciudades.