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26 de junio de 2018

Homo Diablo
Por Rodrigo Fresán

Desde Barcelona

UNO Para Rodríguez una de las razones de que existan las casualidades es la de poder decir
que las casualidades no existen. De ahí que a Rodríguez no le parezca nada casual la
existencia del incontestable hecho de que este año se cumpla medio siglo de dos de los films
más influyentes y complementarios en toda la historia del cine. Rodríguez se refiere a 2001:
A Space Odyssey de Stanley Kubrick y a Rosemary’s Baby de Roman Polanski. Uno de
ciencia-ficción y otro de terror y ambos coincidiendo/concluyendo con el parto/partida y
(re)nacimiento de un bebé que cambiará la historia de la humanidad. Uno apuntando al futuro
desconocido y otro al misterio ancestral. Uno proponiendo –pero sin la intención de
resolverlo– el misterio de lo tal vez benéfico y acaso divino y otro presentando los resultados
tan comprensibles de lo maléfico y su efecto sobre los mortales. Y es que –se sabe– Dios es
abstracto. El Diablo, en cambio, es figurativo; y, por lo tanto, mucho más fácil de describir y
explicar y comprender.

Y, sí, viste mucho mejor.

DOS Al Diablo, además, los efectos especiales no suelen sentarle demasiado bien. A
diferencia de su contraparte en teoría positiva y opuesta pero complementaria, el Maligno
funciona más y mejor cuanto menos histrionismo y azufre y teatralidad y llamarada se le
aplica. Y ahí están esas casi caricaturescas y del todo fallidas aproximaciones que le
dedicaron Jack Nicholson y Robert De Niro y Al Pacino. El Innombrable –pero con tantos
nombres como para ser legión– resulta mucho más verosímil cuando cae voluntariamente en
la tentación de erigirse y acercarse y parecerse más a sus tentados hasta pasar por uno de ellos
y volverse difícil de distinguir. Después de todo, es errante y erróneo más allá de su
encandilador brillo. Es eso que, piensa Rodríguez, nos hace irnos al infierno gimiendo
siempre un “¡Dios mío!”

TRES Y Rosemary’s Baby –Rodríguez se la cruza en TCM, donde se la emite para festejar
sus cincuenta años– no ha merecido el tratamiento que se le ha dado al medio siglo de 2001:
A Space Odyssey. Nada de reestreno en festival. Pero, tal vez, mejor así. Porque, a diferencia
de lo que ocurre con la de Kubrick, a la película de Polanski se la ve y se la disfruta mucho
mejor en televisor y en la penumbra de un living y despatarrado en ese sillón ya tan cómodo
y familiar que uno vendería el alma por él. Después de todo, Rosemary’s Baby es una de las
tantas muestras de que Polanski pasará a la historia como el gran maestro del horror
inmobiliario. Repulsion, Le Locataire, The Ghost Writer, Carnage, La Vénus à la fourrure y
la recién estrenada D’après una histoire vraie: todas son claustrofóbicas y piezas de recámaras
encerradas en sí mismas. Kubrick también se metió ahí dentro de tanto en tanto –The Shining,
Eyes Wide Shut, y hasta puede entenderse a la war room de Dr. Strangelove o a la nave
Discovery como hogareños pero no dulces sino ácidos ambientes herméticos– pero esa no
era su especialidad. Y sí, por supuesto, a no dudarlo: el Dakota da mucho más miedo que el
Overlook.
CUATRO Y hoy Rosemary’s Baby asusta más que buena parte de lo que estrena por estos
días dentro del género (incluyendo a las flamantes y tan polanskianas Mother!, Get Out y
Hereditary) y habiendo superado por mucho a derivados casi inmediatos como The Exorcist
y The Omen. Y Rodríguez siempre lo tuvo muy claro: la ventaja de partida con la que contaba
Polanski –adaptándola él mismo con un respeto tal que parece incluir hasta la última de sus
comas– era la novela perfecta de Ira Levin. Truman Capote –nunca muy generoso con los
demás– no dudó en considerar a Rosemary’s Baby digna de Henry James. Y lo que hace la
diferencia del libro es su trama de relojería apoyándose sobre una muy puntual y universal
idea tan antigua como el concepto del Bien y del Mal: los vecinos son gente un poquito rara,
¿no? Y, también, claro la cuestión esa de hasta dónde se es capaz de llegar para conseguir
aquello que más se desea pero que jamás se obtendrá sin una ayudita de afuera.

Y la respuesta a lo primero es sí y a lo segundo es muy lejos.

CINCO Después, leyenda negra y secuelas a las que mejor negar u olvidar (una del propio
Levin cometiendo blasfemo sacrilegio e imperdonable pecado mortal ese del “¿Y si fue todo
un sueño, eh?”) y una reciente e innecesaria miniserie trasladando la acción a París. Y Levin
continuó explorando los miedos del matrimonio y la maternidad con las muy funcionales
esposas robóticas de Stepford o los pequeños clones de Hitler creados en un laboratorio
brasilero. Pero Levin será por siempre más y mejor recordado por la inolvidable Rosemary y
su bebé quienes, además, amamantaron y fueron directamente responsables de la poderosa y
saludable revitalización de un género por entonces agonizante y olvidado posibilitando
editorial y comercialmente el surgimiento de demonios como Stephen King y Peter Straub.

Pero por encima de todo, lo de antes: Rosemary’s Baby es casi una parábola sobre la
ambición, el sacrificio y el vale todo para el quiero algo.

Por estos días, desconcertados miembros del Partido Popular hasta hace poco en el gobierno
sólo pueden entender los sucesivos y contra toda lógica triunfos de un perdedor como Pedro
Sánchez como algo que nada más pudo obtenerse mediante pacto satánico. O (se lo vio
durante el himno, contra Croacia, mientras sus compañeros ponían esa automática jeta-de-
patria, él no paraba de refregarse la cara, como un quimérico inquilino polanskiano queriendo
despertar de esa pesadilla) un Messi sin alma no pudiendo olvidar y revisitando –en una
insomne noche marmotesca y para colmo fotografiándose con un luciferino macho cabrío–
aquel tiempo en que pudo mutar a español antes y ganar el Mundial en Sudáfrica después y,
lo más importante de todo, haberse sacado de una vez por todas de encima a esa gárgola
pesada y habanera que es el puro Maradona, atormentándolo a lo largo y ancho del mundo,
por los siglos de los siglos, odien. O en la escandalosa liberación de los íncubos violadores
de La Manada. O en el polémico aquelarre informativo alrededor de la extracción del cuerpo
del santísimo o satanísimo Franco del del Valle de los Caídos. Y mejor no pensar en la
posibilidad de que el verdadero apellido del separador de hijos Trump sea Marcato y viva en
el maldito Trumpkota.

SEIS Pero la verdad es que el Diablo da para mucho más. Y ahí está y ahí estuvo y ahí sigue.
Siempre en los detalles: como gracioso caído en desgracia, como contrapunto equilibrante,
como la Cara al otro lado de la Cruz, como lo tormentosa espiritual y geográficamente
underground a las un tanto insípidas y desangeladas nubes de la cultura oficial, como quien
sabe lo que de verdad le gusta e interesa y preocupa al ser humano a su imagen y semejanza

En más de una ocasión, Rodríguez –de pasado con catecismo y primera comunión y
procesionales semanas santas al sur y hasta boda religiosa y quien de tanto en tanto entra a
una iglesia a confesarse– se pregunta si no se habrá equivocado de bando y si no hace tiempo
debió irse al Diablo. Si hasta, razona, un par de Papas han aclarado que el infierno como tal
no existe y que es más bien una “situación mental”. Nada muy diferente a lo de todos los
días, piensa Rodríguez. Pero en seguida se arrepiente de pensar así y se persigna en
automático, por las dudas, y la película continúa.

Volviendo a Rosemary’s Baby, cuya sufrida heroína rodeada por brujos que por motivos
religiosos no la dejan abortar al final se resigna a eso de si no puedes con ellos...– las películas
diabólicas suelen ser mucho mejores y más entretenidas que aquellas con haz de luz y música
celestial descendiendo desde las alturas, porque ilumina mejor y es más simpático el rocker
que rueda como un piedra y Príncipe de las Tinieblas.

Y acaso lo más importante de todo: el Diablo (quién sólo desea para su hijo el sitial de amo
del mundo y que consiga todo lo que él no pudo tener; Rodríguez se pregunta qué pensará
del asunto el abandonado y sacrificado Jesús) es mucho mejor padre que Dios.

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