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Sobre el neoliberalismo decente en Colombia

Por: CampoE Galindo www.campo-el.blogspot.com.co

Al lado de la implementación de los acuerdos de La Habana y el proceso de


negociación con el ELN, el tema de la corrupción irremediablemente va a
acaparar los contenidos de las campañas electorales que ya se inician para
Congreso y presidencia de la República en Colombia.

Una de las consecuencias del bipartidismo tanto institucionalizado como


implícito en la política nacional, ha sido la ausencia de controles reales de la
administración pública, en manos de unas “ías” capturadas por los mismos
grupos políticos que gobiernan. Así, la clase política ha sido al mismo tiempo
juez y parte en la función de controlar el gasto público y evitar el desvío de
recursos a los bolsillos de particulares.

La corrupción estatal, mal llamada “pública”, es tan antigua como la misma


clase política colombiana, y tiene dimensiones tales que le dan
connotaciones de una burla permanente a la ciudadanía. Todo político que se
respete en nuestro país, promete luchar contra la corrupción “hasta las
últimas consecuencias”. Este fenómeno es el principal responsable del
apoliticismo, el abstencionismo y la frustración generalizada de millones de
ciudadanos, que al dar la espalda al Eestado y a la política, le dejan a los
traficantes de votos todo el espacio libre para continuar el saqueo. De esta
manera, la corrupción termina siendo funcional al sistema político cerrado e
ilegítimo que monopoliza la toma de decisiones en todos los niveles.

Desde hace muchas décadas, la clase política, carente de un norte ético y de


un proyecto nacional, convirtió al Eestado en un botín, en una fuente de
recursos a través de lal cual enriquece a los suyos y a quienes le sirven. Son
las cuotas burocráticas, las tajadas del presupuesto, las remuneraciones
desproporcionadas, los prestigios, y los dineros que de mil maneras se filtran Commented [U1]: Utilizar alguna otra palabra o expresión más
elocuente.
a través de la contratación, el botín al que se han aferrado unas élites voraces
totalmente distanciadas del interés público y ciudadano.
La corrupción en Colombia vive mimetizada. Para los grandes medios de
comunicación, cuyos dueños no son ajenos a ella, cada negociado es un
simple evento que se tapa con otro. La opinión pública no alcanza a entender
los intríngulis de cada desfalco o cada “miti-miti” cuando ya están en las
primeras planas los siguientes escándalos.

Es cierto que la corrupción está desbocada, pero no desde que llegó


Odebrecht a Colombia. En los días que corren, de hostilidades y virulencias
entre las élites que nos gobiernan, los eventos dolosos contra el tesoro
nacional se han convertido en un campo de batalla entre los partidos y
sectores hegemónicos de la clase política. Ha bastado que el uribismo y el
santismo radicalizaran sus contrariedades, para que decidieran esculcarse
mutuamente y publicarse sus porquerías. Cada fuerza busca movilizar contra
la adversaria todo el aparato mediático nacional. Empiezan a arder los rabos
de paja, nadie quiere perderse el espectáculo y los competidores en las
elecciones de 2018 van tomando las posiciones más estratégicas. Ya algunos
de ellos están diciendo, en medio de un nuevo exterminio de líderes
campesinos y comunitarios que nos devuelve a la década de los ochentas,
que el tema de la guerra y la paz está resuelto, que ya se puede “chuliar” y
que llegó la hora, por fin, de elegir políticos que no nos roben.

Lo anterior ha abierto una discusión nacional sobre prioridades. Es innegable


que hay avances en la consecución de la paz y que muchos quisiéramos pasar
la página, pero los hechos son tozudos: sigue habiendo, contra las buenas
voluntades mayoritarias, una extrema derecha mafiosa dispuesta a atajar la
reconciliación del país consigo mismo. Las estadísticas de asesinatos del año
pasado y lo transcurrido de este, no dejan espacio a la duda. La
implementación legislativa de los acuerdos de La Habana apenas empieza al
igual que lay la negociación con el ELN igualmente. El gobierno por su parte,
es poco lo que aporta negando el neoparamilitarismo, y repitiendo el libreto
de los años ochentas de la “no sistematicidad” en los asesinatos, para no
comprometerse en el combate contra estructuras que de muchas maneras,
están emparentadas con el eEstado y con grandes empresarios del campo.
Pero más allá del debate sobre prioridades, y lejos de subvalorar la lucha
contra todos los corruptos y formas de la corrupción, es necesario señalar
que alrededor de ese término hay malos entendidos, verdades a medias y
verdaderas trampas que muchos incautos no perciben. Lo primero es que
maliciosamente se le asigna a la corrupción un espacio de residencia, el
Estado; con lo cual se difunde el mensaje neoliberal de que este es
necesariamente corrupto porque es a la vez el espacio donde reside la
política. La conclusión no puede ser otra: la política y el Eestado son sucios; lo
limpio son los negocios y las economías de mercado. Este mensaje es pieza
fundamental del ideario neoliberal, y brinda sustento a otras estrategias bien
conocidas en todo el mundo desde las últimas décadas del siglo pasado, que
apuntan a minimizar el Estado, a reducir sus funciones y sus campos de
acción, a despojarlo de las que son sus razones de ser, en favor del mercado y
la desregulación, en unas sociedades de “sálvese quien pueda” y de
capitalismo salvaje.

Como el Eestado es la residencia “natural” de la corrupción, el círculo de la


falacia se cierra asignándole a la corrupción, un apellido supuestamente
legítimo: “pública”. Según nuestra clase política y los grandes medios de
comunicación entonces, lo que hay que combatir es la corrupción pública,
que para ellos es la estatal, pues en el sector privado todo es transparencia y
honradez.

Lo primero que hay que decirles a estos predicadores ahora alborotados, es


que lo público no es idéntico a lo estatal. Son también públicos, aunque
ajenos al Eestado, las cooperativas, los sindicatos, los espacios que la
ciudadanía se apropia, los patrimonios culturales colectivamente construidos
como la historia misma, etc. Hay una renuncia tácita a luchar contra la
corrupción por fuera del Eestado, siendo esta cotidiana y abrumadora en los
ámbitos privados; allí permanece a salvo del escrutinio de las mayorías
ciudadanas, y con pocas excepciones, de los grandes medios de
comunicación. El saqueo de la riqueza socialmente producida que llena
tantos bolsillos, ocurre también fuera del Eestado; pero es este la mayor
víctima del despojo, lo cual se facilita por su debilitamiento progresivo y por
la guerra ideológica que le han declarado los tanques del pensamiento
neoliberal.

Pero el nodo más importante de la confusión, proviene del concepto mismo,


del entendimiento de lo que corrupción significa. Aquí conviene diferenciar
contenido de formas, objetivos de estrategias. En esencia, la corrupción es la
conversión de recursos y patrimonios públicos en propiedad privada. Ese
tránsito de lo público a lo privado, requiere, como es obvio, de agentes, que
están por fuera o están por dentro de las instituciones o empresas del
Eestado, y que sea lo uno o sea lo otrodesde un lugar o desde el otro, actúan
como personas privadas, guiadas por intereses propios o de terceros, pero en
todo caso, ajenos al interés colectivo. Un funcionario cuando actúa o se
desempeña de manera corrupta, está dejando de ser “público”, está
traicionando todo compromiso con el bien común y simplemente se
desempeña como un infiltrado de agentes externos. No por otra cosa, el
eEstado colombiano es corrupto; lo es porque está estructuralmente
permeado por intereses privados que lo exprimen al máximo, a través de
miles de formas y estrategias que se organizan desde dentro y desde fuera de
sus instituciones, incluida la elaboración misma de las leyes y las normas.

Suele decirse cada vez que hay un robo de recursos del erario público, como
en el caso de Odebrecht, que es tan culpable “el que peca por la paga como
el que paga por la peca”. Pues bien; es indiferente para lo que estamos
analizando, que el que peque esté dentro de la estructura estatal y el que
pague esté fuera de ella. Son tan privados los intereses del uno como del
otro. Además, obsérvese que en este como en cualquier evento de
corrupción, el Eestado es el medio, el instrumento, el espacio. El fin, la
esencia y el efecto, no es otro que la privatización.

La expresión “corrupción pública” encierra un contrasentido. La corrupción


es intrínsecamente privada; es privatización de recursos. El sistema político
colombiano está diseñado para que las élites usufructúen (léase privaticen) la
riqueza acumulada de los ciudadanos. La corrupción es estructural; es fácil
saber dondedónde empieza pero no donde termina. Para entenderla basta
remitirse al sistema electoral; este legaliza la puja entre poderes económicos
para instalar a sus agentes en las posiciones de mando dentro del Estado.
Como está próximo a ocurrir, los grandes conglomerados económicos,
grandes empresas y grupos de intereses privilegiados, se lanzan en carrera
loca a financiar campañas electorales para capturar posiciones políticas. Los
elegidos terminan como rehenes de los grupos que los financiaron,
gobernando para ellos, contratándolos a ellos, repartiendo empleos para
ellos, rodeándolos de la protección gubernamental y emitiendo normas en su
exclusivo beneficio. Los candidatos a cargos de elección popular, suelen
vender su alma al diablo que más dinero ponga en sus campañas, si no es que
desde antes están matriculados en una empresa electoral. Tenemos una
clase política que no gobierna para los ciudadanos que la eligen, sino para los
grupos poderosos que financian su acceso al poder del Estado.

La política es lo que menos le interesa a la clase “política”. Quien se lanza a


una candidatura o le hace campaña, quien la financia, quien se hace elegir y
luego gobierna, todos, están haciendo una inversión, no social sino
económica, que en el ejercicio del cargo se redime con contratos, “coimas”,
empleos, remuneraciones y privilegios de todo tipo. La política en nuestro
país sde llenó de gentes que buscan enriquecerse. Colombia necesita tanto
un nuevo sistema político como una nueva clase dirigente que practique una
ética del servicio público.

En Colombia luchar contra la corrupción no es simplemente promover la


caída del corrupto de turno, ni reducir remuneraciones a funcionarios del
Estado para liberar recursos que seguramente otros se robarán, menos
imponerles más rotación en los cargos, con lo cual solo se redistribuye el
botín. Así el actual Congreso haya rechazado estas medidas tibias y
simbólicas cuando fueron puestas a su consideración, ellas no apuntan de
frente a la solución del problema sino a lo que pretendió el célebre
presidente Turbay Ayala en su momento: “reducir la corrupción a sus justas
proporciones”.
No cabe ninguna seriedad en Colombia, a quienes denuncian, atacan y hacen
campaña contra la corrupción, pero al mismo tiempo defienden el sistema
político vigente. La privatización de los recursos públicos vive en el contenido
mismo de las leyes colombianas; en la ley 30 de 1992, en la ley 100 de 1993,
en la ley 142 de 1994, en la ley 1473 de 2011 o “Regla fiscal”, y en toda la
legislación de los últimos 30 años que despoja al eEstado de sus funciones y
obligaciones sociales para abrirle mercados a los capitales privados. Un
Eestado capturado por los poderes económicos de particulares es incapaz de
frenar su propio desangre; únicamente es fuerte para reprimir la protesta y a
la oposición política.

La crisis del eEstado y su desprestigio, es un fenómeno globalizado, y va de la


mano con el empoderamiento abrumador de los capitales transnacionales,
para los cuales las naciones, los gobiernos y las culturas son estorbos a su
penetración y su crecimiento. El proyecto del capital mundial es derribar
todas las regulaciones, todos los controles, circular y penetrarlo todo
libremente, libremente comprar y vender, corromper y sobornar. Ni en
Colombia ni en ningún país del mundo es pensable un neoliberalismo
decente.

Medellín, enero 28 de 2017.