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Estel

por Jorge M. Barberi


adaptado de El Señor de los Anillos: Apéndices, A, I, v

Su nombre era Gilraen. Antaño había sido llamada la Bella, entre los Dúnedain, pero ahora poco
quedaba de esa época salvo recuerdos.
Arathorn, su esposo, era un líder severo y estaba en la fuerza de la edad cuando la pidió como esposa.
A esta unión se había opuesto Dírhael, su padre, porque ella era entonces joven y su corazón le avisaba
que el Capitán tendría una vida breve. Pero Ivorwen, su madre, que también era vidente, había
respondido: “¡No debemos entonces perder el tiempo! Los días se oscurecen antes de la tempestad, y se
avecinan grandes acontecimientos. Si estos dos se desposan ahora, aún puede nacer la esperanza; pero si
la boda se posterga, la esperanza se desvanecerá para siempre”.
Al poco tiempo de casados Arathorn murió en una batalla y ella se exilió en Imladris, con su pequeño
hijo, como huésped del Señor Elrond. Este los cobijó como si fuesen de su propia familia y, por
protección, ordenó se olvidasen sus verdaderos nombres y sus linajes y al niño le dio el nombre de Estel,
que quiere decir “Esperanza”.
Había vivido allí en Rivendel por más de veinte años hasta que Estel, ya convertido en hombre,
decidió partir a probarse con el mundo. Ella, por su parte, permaneció un tiempo más allí antes de partir.
Había decidido terminar con su exilio y se encontraba ahora nuevamente en su hogar.

Un buen día, pasados otros treinta años, tocaron a la puerta de su pequeña cabaña. Se acercó,
lentamente ahora, a la puerta y del otro lado descubrió un rostro familiar: era Estel, su hijo, que volvía
curtido por la vida a la intemperie. Se dieron un fuerte abrazo al tiempo que lo alentaba a entrar a la
comodidad de la única habitación. Volvió a sentarse en su silla reclinable y a su lado se sentó él.
Lo miró nuevamente y suspiró mientras pensaba “¡Tanto has recorrido, hijo mío, para probar tu valía!”
y recordó como si hubiese sido el día anterior cuando Estel, todavía un muchacho en la casa de Elrond, se
había acercado apesadumbrado a pedirle consejo. El muchacho había conocido a Arwen Undómiel, hija
de Elrond, y se había enamorado de ella. Pero el Señor de Rivendel no estaba dispuesto a ver sufrir a su
hija. De esa pareja nada bueno podía surgir: su hija, como él, era miembro de la raza de los elfos,
inmortales, y Estel era un mortal que de una manera u otra debería abandonar este mundo dejándola a ella
sola para que la consuma el dolor. Poco tiempo después Estel había partido a las tierras salvajes y, tras
años de largas luchas, volvió y se enteró de la partida de Gilraen.

Estuvo unos días junto a su madre y al cabo se apresuró a partir. Ella lo detuvo junto a la puerta y le
dijo: “Esta es nuestra última separación, Estel, hijo mío. Como a cualquiera de los hombres comunes,
también a mí me han envejecido las preocupaciones; y ahora que la veo acercarse, sé que no podré
soportar la oscuridad de nuestro tiempo. Pronto habré de partir.”
Él trató de consolarla diciendo: “Todavía puede haber una luz más allá de las tinieblas; y si la hay,
quisiera que la vieras y fueras feliz. No te preocupes, pronto volveré de nuevo”.
Ella le respondió con una sonrisa desde la puerta mientras él se perdía entre los árboles.

A los pocos días ella enfermó y, tendida en la cama, comenzó a tener alucinaciones y mientras su
espíritu se desvanecía no veía pasar su vida sino la de su hijo: lo vio correr de aquí para allá entre las
sombras; lo contempló triunfante en Amon Sul, la Cima de los Vientos; lo vio cruzar el puente de
Kazhad-dum; lo vio triunfar frente a Cuernavilla, en el Abismo de Helm; lo vio navegar hacia la batalla
de los Campos de Pelennor; lo vio festejar en el Campo de Cormallen; divisó una gran ciudad blanca y en
lo más alto, en la ciudadela, un hombre sostenía entre sus manos una corona mientras recitaba:

“¡Et Eärello Endorenna utúlien. Sinome maruvan ar Hildinyar tenn' Ambar-metta!”

Una sonrisa apagada se dibujó en el rostro de la moribunda y con su último suspiro dijo:

“Onen i-Estel Edain, ú-chebin estel anim”1


1 Di Esperanza a los Hombres, y no he conservado ninguna para mí.