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EL FEMINISMO RADICAL DE LA DIFERENCIA (II

)
Por Andrea Franulic

El feminismo olvida con facilidad su potencialidad política. Y con esto quiero decir, su capacidad de intervenir
en el mundo para transformarlo radicalmente. Últimamente, este olvido cuenta con un aparataje intelectual
que lo respalda, me refiero a la alianza existente entre los estudios de género y la teoría posestructuralista,
lo que se ha dado por llamar feminismo posmoderno o posfeminismo. Dicha alianza ha ido instalando un
pensamiento hegemónico que repercute en los distintos espacios feministas y se cuela en sus discursos,
desarticulando la legitimidad de la autonomía política de las mujeres.
Para esta perspectiva dominante, “la mujer” no es más que una categoría ficticia del sistema ideológico
patriarcal, es solo un constructo social o un discurso, y la apuesta del feminismo consistiría en desmantelar
esta ficción. Por lo tanto, y según mi análisis, para el posestructuralismo, aunar una lucha desde las mujeres
pierde total relevancia.

La categoría sexo/género del feminismo anglosajón de la segunda ola, fue fundamental para desnaturalizar
el eterno femenino patriarcal. La distinción -heredera de la afirmación beauvoiriana “la mujer no nace, se
hace”- nos advierte que la feminidad es un constructo cultural diseñado por una civilización androcéntrica y,
como tal, posible de ser deconstruido. Así, en sus orígenes, la categoría porta la potencialidad política de
romper con el género y subvertir el sistema patriarcal. La feminidad no somos las mujeres, entonces,
¿quiénes somos las mujeres?, ¿somos un sexo?
Afirmar que las mujeres somos un sexo, un cuerpo sexuado, un cuerpo con capacidad reproductiva, cíclico…
es una de las declaraciones más controversiales en el debate feminista vigente. Los argumentos en este
sentido plantean que el reconocimiento de dos sexos es una categorización patriarcal que encubre la
existencia de los intersexos, por ejemplo, y que en su misma formulación contiene la construcción genérica.
Además, tomar el sexo como punto de partida implica retrotraernos a un esencialismo biologicista que
reduce el análisis político.

Aunque acepte que el reconocimiento de dos sexos es una categorización patriarcal, esto no me conduce a
pensar que las mujeres seamos una categoría ficticia. Tampoco manejo la información necesaria sobre las
vivencias de los intersexos. Según De Beauvoir, estos constituyen una minoría excepcional. Pero Simone
escribió en 1949, sospecho que los estudios al respecto han variado y avanzado mucho. De todos modos, los
intersexos propondrán su proyecto político con el cual, si queremos, podremos dialogar y confrontarnos. No
obstante, la lucha de las mujeres tiene su propia historia y, desde mi interpretación, la potencialidad política
más radical.

Ser un cuerpo sexuado mujer para –y si se quiere, no en- la cultura patriarcal, nos sitúa históricamente.
Nuestra propuesta política no pretende ni puede estar deshistorizada, nos interesa desmontar los cimientos
de una civilización que cuenta con un inicio –aun cuando este sea incierto- y que, esperamos, tenga un
término. Y en el contexto de esta civilización, nacer mujer y nacer varón constituye un dato de la realidad.
Ahora bien, esta dicotomía originaria se disuelve en la lógica incluyente del sistema patriarcal que impone su
unilateral punto de vista para entender la vida. Con otras palabras, nacemos mujeres para una cultura
misógina, que reviste su desprecio hacia nosotras con el orden simbólico de la feminidad y sucumbimos a
conformar un único cuerpo con la masculinidad[1]. Y aunque esta operación sucede en un solo escenario -el
sistema patriarcal-, podemos separar y distinguir el hecho de nacer mujeres, del otro hecho: el revestimiento
simbólico, ideológico y material de lo femenino, que padecemos.
La historia milenaria de resistencias y rebeldías de las mujeres da cuenta de esta división, porque devela una
feminidad impuesta y un sistema de dominio como lo es el patriarcado. Revela la violencia masculina sobre
nuestros cuerpos sexuados y el control ejercido sobre nuestra capacidad reproductiva. Y el posfeminismo, al
desechar la categoría mujer, arrastra la nefasta consecuencia política de reforzar la ignorancia existente

podemos responder que no lo sabemos. pero este hecho es indisoluble con otro elemento. [1] Margarita Pisano plantea que la feminidad y la masculinidad conforman un monomio. Así. de la frase “las mujeres no somos la feminidad” se desliza el pendiente político de simbolizarnos a nosotras mismas.sobre nuestra historia de resistencias y rebeldías. el histórico: somos seres históricos. recuperando nuestros cuerpos junto a la capacidad humana de pensar. Editorial: Marta Lamas. el punto nos lleva al análisis y al razonamiento en profundidad sobre el nexo entre biología e historia. 2. año I. corporal. Entonces. por ahora y hasta nuevo aviso. entre naturaleza y cultura. puesto que. somos un cuerpo sexuado. nos ata de manos para construir políticamente desde nosotras. entre corporeidad y razón como vínculo imprescindible. septiembre 1990. México. . porque sin conciencia histórica es imposible pensarse y pensar el mundo. vol. Junto con esto. [2] En Debate feminista. a la pregunta ¿quiénes somos las mujeres?. podremos marcar una dicotomía respecto de la ideología patriarcal que. “El feminismo en Italia”. interpretar la realidad y construir lenguaje. mediante la expresión material de un pensamiento político. Cito a la italiana Maria Luisa Boccia: “Si queremos dejar de lado lucubraciones subjetivas sobre el género sexual.”[2] Una vez aclarado el asunto. Contamos con una memoria histórica y otra. nacer mujeres es un dato de la realidad que implica un componente biológico que me parece indiscutible. que constituye el más ignoto e intencionado vacío que mantiene esta cultura para perpetuarse. es decir. conforma los lentes totalitarios para mirar el mundo.