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Las guerras civiles en Honduras

Edgar Soriano Ortiz
Desde 1827 en suelo hondureño se experimentó una serie de revueltas y guerras
intestinas que ensangrentaron las poblaciones, los protagonistas de estas
“montoneras” armadas eran hombres, mujeres y niños que de la mano de
caudillos se enfrascaron en violentas disputas. La debilidad de organización del
Estado nación era aprovechada por mercenarios, mercaderes, inversionistas
extranjeros y el Departamento de Estado para manipular la realidad económica y
política del joven país.
A inicios del siglo XX bajo el discurso de las Reformas Liberales del “orden y el
progreso” los caudillos se enfrentaron por el poder político, dos facciones
encabezaban las posiciones antagónicas, estas eran denominadas popularmente
como: los “manuelistas”, seguidores de Manuel Bonilla, y los “policarpistas”,
seguidores de Policarpo Bonilla, aunque hay que reconocerse que de esta ultima
facción surgieron otros grupos opositores a Policarpo.
La guerra más brutal que se vivió en territorio hondureño fue la de 1924, su
antecedente inmediato fue las elecciones de 1923 donde el partido Liberal llegó
dividido en dos grupos, por un lado la candidatura de Policarpo Bonilla y por el otro
la candidatura de Juan Ángel Arias. Mientras el partido Nacional estaba unificado
(desde 1922) en torno a la figura de Tiburcio Carías Andino. En las elecciones
Tiburcio Carías sacó 40,953 votos frente a 35, 474 de Policarpo Bonilla y 20,839
de Juan Ángel Arias del partido Liberal, estos últimos dijeron desconocer el triunfo
de Carías porque al unir los votos tenían más sufragios liberales.
Las negociaciones del plan Paz Baraona entre Carías y Arias fracasaron, se
rompieron definitivamente el 30 de enero de 1924; y un día después se realizó la
última sesión constitucional, y así, el 1 de febrero comienza el gobierno de facto
regido por el Presidente Rafael López Gutiérrez. Ese mismo día se produjeron
varias renuncias, como la del Gobernador Político de Tegucigalpa, Raúl Toledo
López. Mientras los enfrentamientos armados se desatan en diferentes puntos del
país y se proclama el Consejo de Jefes del ejército cariista (en Las Manos, frontera
nicaragüense), en Tegucigalpa se desata la crisis ministerial, por lo que el 6 de
febrero a las 5 de la tarde quedó formado el nuevo gabinete de gobierno (el cual
renunció días después):
Gobernación y Justicia: Vicente Mejía Colindres
Relaciones Exteriores: Rómulo E. Durón
Fomento y Obras Públicas: Ángel Sevilla
Guerra y Marina: Ernesto Argueta
Hacienda y Crédito Público: Serapio Hernández y Hernández
Las sanguinaria guerra de 3 meses, de los cuales 45 días fueron de asedio a la
capital Tegucigalpa, se describió en el “diario de la Guerra” del periodista de origen
español y fundador de le Revista Renacimiento, Mario Ribas Cantruy. Los hechos
violentos se registraron en todo el país durante el primer mes y medio, donde las
luchas por las toma de plazas aniquilaron miles de vidas humanas y destrucción de
la infraestructura. Cuando la guerra llegó a las puertas de Tegucigalpa la matanza
y el miedo llenaron el ambiente, los actores del conflicto calculaban, mientras los
subalternos se enfrentaron a muerte, la toma del cerro del Berrinche costó la vida
de cientos de seres humanos. La fatalidad se podía observar desde los cerros,
muchas personas que se fueron al picacho u a otras montañas observaban a lo
lejos el humo de la quema del mercado San Isidro, del Correo y de las casas
destrozadas por las bobas lanzadas por el aeroplano o por la artillería. El humo
también era humano, cerros de cadáveres eran incinerados por miedo a una
epidemia. La guerra civil se decidió cuando los caudillos regionales del Partido
Liberal, en los que destacaba Vicente Tosta y Gregorio Ferrera, se levantaron
contra el gobierno e hicieron alianza con Carías para derrocar a los liberales de
Tegucigalpa. Sin duda Tiburcio Carias y los militantes del partido Nacional no tenía
la capacidad de derrocar a los liberales.
La brutalidad de la matanza de “hermanos contra hermanos”, término que trae a
la mente la obra pictórica de Pablo Zelaya Sierra (1931), que por un siglo lideraron
caudillos que veían la estructura del Estado como una hacienda –aun lo hacen-
condujeron alienadamente a la población a los teatros de la muerte, y a través del
odio a colores y fidelidad al cacique posesionaron el bipartidismo de cachurecos
(partido Nacional) y colorados (partido Liberal). Las secuelas de esa tradición
política de masacres e imposiciones en nombre de la “paz y la democracia”
sobreviven ahora con las componendas y fraudulencia para garantizar que los
intereses de una oligarquía financiera y de estructuras partidarias cuasi-feudales
se mantengan sin consideraciones a las terribles secuelas de violencia y pobreza
en que vive más del 70% de la población hondureña.