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TEMA 1 EL CONTRATO.

1. EL CONCEPTO DE CONTRATO.

1.1 Desenvolvimiento histórico de la idea de contrato.

Art. 1254 CC: “el contrato existe desde que una o varias personas consienten en obligarse, respecto de otra u otras, a dar alguna cosa o prestar algún servicio”.

El contrato es un mecanismo de generación de derechos y obligaciones respecto de las partes, quienes se encuentran vinculadas a la realización de una promesa por el mero hecho de haberse comprometido a ello, por haber prestado su consentimiento. Es, además, fuente de las obligaciones (art. 1.089, como vimos en el primer parcial).

El tradicional formalismo del Derecho romano clásico, representado inicialmente por la stipulatio, impedía considerar la materia con el alcance general que hoy otorgamos a la idea de contrato. Había ciertas figuras contractuales (reales, verbales, literales, consensuales) pero sumamente tasadas, con rígidos presupuestos formales de eficacia, que impedían su generalización y su tratamiento como categoría.

Ni siquiera cuando, ya en la época justinianea, se encuentran plenamente aceptados los llamados contratos innominados, nacidos para evitar la crisis de un sistema jurídico caracterizado por un exagerado formalismo, puede afirmarse que la idea genérica de contrato responda a los esquemas actuales.

La idea contemporánea de contrato es tributaria de otros impulsos y requerimientos, generados con posterioridad al sistema justinianeo:

1. El primero (y quizás fundamental) de ellos viene representado, ya en la época del ius commune, por la influencia de quienes (en términos modernos) denominaríamos canonistas. La influencia de la Iglesia

católica durante los siglos del medievo y la generalización de los textos canónicos arrojó la consecuencia de que determinadas reglas morales de general aceptación insuflaran un nuevo aire a las rigideces características del Derecho romano, y acabarán por incorporarse a las legislaciones propias de

la

mayor parte de los territorios europeos. Entre tales reglas destacan la idea de la actuación de buena fe

y

el principio de respeto de la palabra dada. Hasta tal punto que se afirma que los principios de buena

fe y pacta sunt servanda 1 tienen básicamente matriz canonista. El mantenimiento de la fidelidad a la palabra abre la vía para considerar que solus consensus obligat.

2. Otra línea de superación del formulismo romano viene representada por la dinámica del Derecho Mercantil. Los mercaderes, llevados de necesidades concretas, necesitan soltar el mayor lastre posible de las reglas formales de procedencia romana y contar con mecanismos contractuales más flexibles para ampliar su ámbito de actuación. Actuando de forma corporativa y una vez consolidada una jurisdicción propia (los Tribunales de comercio), coinciden con los canonistas en generalizar la idea de que el consentimiento mutuo constituye la esencia del contrato.

3. El tránsito a la Edad Moderna acentúa la consideración de la voluntad individual (y, por tanto, del consentimiento de ambas partes contratantes) como base del contrato. Juega en ello un papel decisivo la denominada “escuela de Derecho natural” que, abandonando el teocentrismo y determinismo religioso característico de centurias anteriores, reclama la propia posición del ser humano y la importancia de la voluntad individual como criterio decisivo en las más diversas facetas de la actividad humana.

4. Trasplantadas dichas ideas al mundo del Derecho, la conclusión es obvia: el contrato como categoría es manifestación del consentimiento y así pasa al Code Napoleón y al resto de los Códigos Civiles.

1.2 El contrato como medio de intercambio de bienes y servicios.

Es evidente que nadie es autosuficiente y que, por tanto, cualquier persona ha de contar con los demás, ya sea para hacer frente a sus necesidades reales, ya sea para satisfacer sus caprichos.

La satisfacción de las necesidades individuales en un mundo en el que todas las riquezas están ya ocupadas y nadie realiza actividad alguna sin la oportuna contraprestación se consigue, pues, a través de una cadena

1 Pacta sunt servanda: los pactos (contratos) son para cumplirlos.

sucesiva de intercambios económicos.

Por supuesto no todos estos intercambios son de la misma naturaleza, y no todos pueden calificarse como contratos: cuando un estudiante se matricula, pese al pago de las tasas académicas, no está realizando un contrato; igual sucede con un enfermo beneficiario de la seguridad social que acude al médico asignado. Aunque están accediendo a bienes (la enseñanza, la asistencia médica) que pueden ser, igualmente, objeto de contrato, en los ejemplos puestos son ofrecidos por esquemas más complejos y, en definitiva, por la intervención del Estado, que abarata o facilita dichos bienes atendiendo al interés público o a un cierto tipo de organización social.

Ahora bien, si es cierto que no todo intercambio de bienes y servicios es un contrato, lo es igualmente que la mayor parte de tales intercambios constituye la base de lo que los juristas denominan contrato: esto es, el acuerdo en realizar un determinado intercambio de un bien o servicio cualquiera por otro bien o servicio.

Comúnmente uno de esos bienes es el dinero (medio de intercambio por excelencia), pero puede cerrarse un contrato cualquiera en el que el dinero no intervenga para nada (ej.: concedo a un constructor la posibilidad de levantar una casa en un solar de mi propiedad a cambio de que él me otorgue título de propiedad del ático del edificio que se construya).

1.3 La patrimonialidad de la relación contractual.

En principio, un contrato es fundamentalmente la veste jurídica de una operación económica consistente en un intercambio de bienes o de servicios. Indudablemente, ninguno nos detenemos a pensar en dicha veste jurídica cuando el intercambio se hace de forma inmediata: tomarse una caña en un bar, comprar un brillante que vamos a regalar… La valoración o decisión económica ínsita en todo contrato evidencia un dato que, desde el punto de vista jurídico, tiene una extraordinaria importancia: el carácter patrimonial de la relación contractual. Todo contrato debe tener por objeto prestaciones susceptibles de valoración económica, ya consistan tales prestaciones en bienes (o cosas) o servicios; aunque dicha valoración económica resulte unas veces fácilmente determinable (precio de mercado de cualquier bien) mientras que en otras su materialización depende en gran medida del propio interés, voluntad o capricho de los contratantes (pagar más o menos caro un retrato de un afamado pintor). En cualquier caso, por principio e incluso en los contratos unilaterales (donación o regalo), el requisito de la patrimonialidad ha de estar presente en todo acuerdo contractual. Por el contrario, otras figuras jurídicas consistentes también en acuerdo de voluntades (ej.: matrimonio) no pueden ser consideradas propiamente como contratos por faltarles la nota de la patrimonialidad.

2.

CONTRATOS.

2.1 Libertad de iniciativa económica privada y autonomía privada.

Si en el contrato, considerado en general, subyace un intercambio económico objeto de valoración por las partes, no puede extrañar que el estudio del mismo haya servido para resaltar el papel conformador de la voluntad de los contratantes, y en definitiva, la libertad de iniciativa económica privada reconocida por la generalidad de los sistemas (económico y jurídico) de los países evolucionados.

LOS

AUTONOMÍA

PRIVADA

Y

FUERZA

VINCULANTE

DE

Tradicionalmente, el contrato ha sido considerado como un instrumento dejado a la voluntad de los particulares y, de dicha realidad, la doctrina jurídica ha deducido el principio de autonomía privada o autonomía

contractual.

Autonomía significa, etimológicamente, darse a sí mismo la norma, la ley: en una palabra, autonormarse. Por consiguiente, el principio de la autonomía privada es sencillamente una sintética expresión con la que los juristas tratan de resaltar que el ordenamiento jurídico reconoce a los particulares un amplio poder de autorregulación de sus relaciones patrimoniales.

Ahora bien, la relevancia que la voluntad de las partes asume en el ámbito contractual requiere de inmediato algunas observaciones que enmarquen el alcance efectivo de la autonomía privada y de la libertad contractual:

1) En primer lugar, es evidente que la autonomía privada no puede ser contemplada al margen del ordenamiento jurídico, que la reconoce y protege y, por tanto, no puede atentar contra el propio ordenamiento jurídico y, en concreto, contra las normas de carácter imperativo dimanantes del orden público, la moral y la buena fe (ha de observarse que la remisión a la moral no puede ser laxamente entendida, sino concretamente a aquellos principios morales asimilados por el propio ordenamiento jurídico). No obstante, la generalidad de las normas legales referentes al contrato tienen carácter dispositivo, y por consiguiente, son disponibles y sustituibles por las partes. Empero, también contiene normas de ius cogens o de derecho imperativo que tienen primacía sobre la autonomía privada y a las que ésta ha de subordinarse.

2) De otra parte, en términos teóricos, parece claro que no se debe llevar a una hipervaloración conceptual de la voluntad de las partes que concluya en afirmar sencillamente que el contrato es un acuerdo de voluntades, con el olvido del substrato económico del mismo y, en particular, de la nota de patrimonialidad.

2.3 Autonomía privada y fuerza vinculante de los contratos.

La consagración normativa de la autonomía privada en nuestro CC se encuentra formulada en el art. 1.255: “los contratantes pueden establecer los pactos, cláusulas y condiciones que tengan por conveniente, siempre que no sean contrarios a las leyes, a la moral, ni al orden público”. Esto es, una vez respetados los límites institucionales de la autonomía privada, el contenido de los contratos depende en exclusiva de la propia voluntad de las partes. Planteado así, pudiera parecer que las normas imperativas representan un papel meramente negativo o preventivo respecto del pacto contractual, prohibiendo determinadas conductas. Si bien es cierto dicho rol preventivo de las normas de ius cogens sobre los contratos, no resulta suficientemente expresivo, pues ha de verse completado con otro tipo de consideraciones no menos ciertas:

1. Las prescripciones legales pueden dotar al acuerdo contractual de un significado y alcance distintos al establecido por las partes en el clausulado contractual. Así el ordenamiento jurídico despliega también un papel de carácter positivo en relación con el contrato, incluso contradictorio con el sentir (incluso común) de las partes, acreditando que la voluntad de éstas no es omnímoda y todopoderosa. 2. El ordenamiento jurídico constituye precisamente el fundamento último de la relevancia de la voluntad de las partes, otorgando al contrato una fuerza vinculante y unas posibilidades de actuación de las que podría carecer técnicamente hablando.

La fuerza vinculante de los contratos se encuentra sancionada en el art. 1.911 CC, conforme al cual “las obligaciones que nacen de los contratos tienen fuerza de ley entre las partes contratantes, y deben cumplirse al tenor de los mismos”. Dicho precepto, fundamental en nuestro sistema, no afirma que el contrato sea para las partes “ley”, sino que atribuye a las obligaciones ex contractu “fuerza de ley” en las relaciones entre los contratantes, fundamentando así la eficacia obligacional de la autonomía privada

3. LAS CLASIFICACIONES DE LOS CONTRATOS.

3.1Cuadro sinóptico sobre la clasificación de los contratos.

1. Elemento determinante en el proceso formativo

2. Finalidad perseguida

3. Regulación del tipo contractual por el Dcho. Positivo

4. Momento o período

5. Nacimiento de obligaciones a cumplir

-Consentimiento -Entrega de la cosa -Forma solemne

-Liberalidad o altruismo -Intercambio económico recíproco y equivalente

o altruismo -Intercambio económico recíproco y equivalente  C O N S E N S U

CONSENSUALES REALES FORMALES

 R E A L E S  F O R M A L E S

GRATUITOS

ONEROSOS

-Sí

TÍPICOS

-No

ATÍPICOS

-Único

INSTANTÁNEOS

-Continuado no

periódico

DURADEROS

-Periódico

DE EJECUCIÓN PERIÓDICA

-Una sola parte -Ambas partes

UNILATERALES BILATERALES

3.2 Contratos consensuales, reales y formales.

Atendiendo a la primacía del mero consentimiento como elemento genético de los contratos, la mayor parte de los contratos tiene carácter consensual. Hablar, por tanto, de contratos consensuales significa sencillamente que el contrato se perfecciona (esto es, genera derechos y obligaciones para las partes por entenderse válidamente celebrado) por el mero consentimiento contractual (arts. 1.254 y 1.258 CC).

Tienen carácter consensual en nuestro Derecho los contratos de compraventa, permuta, arrendamientos,

sociedades, mandato, seguro, fianza de una parte, o reales, de otra.

y, en general, todos los contratos que no sean calificables como formales,

- Con la categoría de contratos reales se hace referencia a una limitada relación de contratos para cuya

perfección el Código Civil requiere, además del mero consentimiento, la entrega de una cosa. Se trataría de los siguientes: préstamo (en sus dos vertientes: mutuo y comodato), depósito y prenda. En ellos no habría propiamente contrato sin la entrega de la cosa, sino un mero precontrato que permitiría a las partes instar la ejecución del mismo para llegar al verdadero contrato, previa entrega de la cosa.

- Con la expresión de contratos formales no se pretende indicar que unos contratos tienen forma y otros no,

pues todo contrato tiene que asumir necesariamente una forma determinada. Lo que ocurre es que sólo en algunos contratos la forma asume carácter de elemento esencial o estructural del propio contrato a efectos de determinación de la validez del mismo: sin la forma solemne, cuando ésta es requerida, no se puede decir que el contrato haya sido perfeccionado o celebrado.

3.3 Contratos gratuitos y contratos onerosos.

- Se habla de contrato gratuito (o lucrativo) cuando una de las partes contratantes se enriquece u obtiene un

beneficio a consecuencia del contrato, sin asumir carga o contraprestación alguna. El ejemplo paradigmático es

la donación o regalo. Para el CC son igualmente gratuitos los contratos de mandato, préstamo y depósito; que también se encuentran transidos por la idea de altruismo: beneficiar a alguien sin exigir nada a cambio.

- Por el contrario, en los contratos onerosos la prestación de una parte encuentra su razón de ser en la

contraprestación de la otra. El calificativo oneroso viene del latín onus-oneris (que significa carga) y expresa que se trata de conseguir algo mediante la transferencia a la otra parte de un valor equivalente que, como sabemos, será objeto de una valoración subjetiva por parte de los contratantes y que a veces se llevará a cabo con absoluto alejamiento del valor de mercado u objetivo de la prestación contractual.

- La relación de equivalencia entre las prestaciones de las partes suele quedar fijada, de antemano y de forma cierta y segura, al celebrar el contrato. En tal caso, se habla de contrato conmutativo.

- En el caso de que la ejecución de las prestaciones, o su concreta cuantía, dependa de un acontecimiento incierto (la cosecha de trigo, el número de la ruleta…) se habla de contrato aleatorio.

3.4 Contratos típicos y atípicos.

- Bajo la calificación de contratos típicos se agrupan aquellos esquemas contractuales que están legalmente

contemplados y a los que el Derecho objetivo proporciona una regulación de carácter general. Así pues, los diversos tipos de contratos recogidos en el Código Civil (compraventa, arrendamiento, etc.) o en cualquier otra disposición legal (contrato de edición, etc.) serían calificables como típicos. Por lo general, la regulación legal de los mismos suele ser tributaria de una larga tradición histórica, y su regulación objetiva se limita a ofrecer el marco básico del contrato que se trate.

- Reciben el nombre de contratos atípicos aquellos que, aun careciendo de reconocimiento legal y de regulación

positiva, reúnen los requisitos esenciales de la figura contractual. Su admisibilidad es indiscutible, y la jurisprudencia, en base al art. 1.255 y otros preceptos concordantes, tiene suficientemente declarado que la libertad contractual derivada de la iniciativa económica privada conlleva que las personas puedan estructurar libremente figuras contractuales no consagradas aún legalmente (por lo común, transcurrido algún tiempo de “tipicidad social” o generalización en la práctica, acaban siendo reguladas legalmente; aunque hay excepciones gloriosas, como el contrato de mediación o corretaje). Por consiguiente, la celebración de un contrato atípico supone estructurar un modelo contractual que, en concreto, no cuenta con una regulación supletoria ad hoc y es conveniente perfilar muy cuidadosamente las reglas o cláusulas contractuales para evitar imprevisiones en la ejecución efectiva del contrato.

3.5 Contratos instantáneos, duraderos y de ejecución periódica.

La distinción entre contrato instantáneo y duradero atiende al período temporal propio de ejecución del contrato.

- Son contratos instantáneos aquellos cuya completa ejecución se realiza en un acto temporal único o en un breve lapso temporal.

- Son contratos duraderos aquellos que conllevan cierta continuidad temporal en su vigencia y ejecución, estableciendo un vínculo entre las partes contratantes que se prolonga durante un determinado plazo temporal. Durante dicho plazo las partes, de forma continuada o no, según la naturaleza del contrato, deberán llevar a cabo la ejecución de las prestaciones. En el caso de que al menos una de las partes contratantes deba realizar alguna/s prestaciones con una determinada regularidad temporal, se habla de contratos de ejecución periódica (pagar mensualmente la renta del arrendamiento…).

3.6 Contratos bilaterales y unilaterales.

Evidentemente, el contrato se caracteriza porque ha de haber, al menos, dos partes. La razón distintiva entre contratos bilaterales y unilaterales se fundamenta en el nacimiento de obligaciones a cargo de una o de ambas partes.

- Contratos bilaterales (o sinalagmáticos) son aquellos contratos que generan obligaciones para ambas partes, de forma recíproca y correspondiente (el comprador debe pagar el precio y el vendedor entregar el bien objeto de la venta…)

- Serían contratos unilaterales, pues, los que generan obligaciones para una sola de las partes contratantes (presto a un amigo 30€: solamente él queda obligado por mor del contrato de préstamo).

La razón fundamental de la contraposición entre ambos tipos contractuales viene dada porque en los contratos unilaterales no es de aplicación la facultad resolutoria por incumplimiento, contemplada por el art. 1.124, como causa de ineficacia del contrato.

Finalmente, convendría observar que las dos contraposiciones de categorías contractuales entre gratuitos y onerosos, de una parte, y bilaterales frente a unilaterales, de otra, no son coincidentes, ya que:

- si bien es cierto que todos los contratos bilaterales son simultáneamente de carácter oneroso,

- pueden existir contratos unilaterales que no tengan carácter gratuito (como ocurriría, como regla, en la donación), sino oneroso: por ejemplo, el préstamo con interés.

TEMA 2 LOS ELEMENTOS DEL CONTRATO.

1. LOS ELEMENTOS DEL CONTRATO.

1.1 Elementos esenciales y elementos accidentales del contrato.

El minimum de elementos que acredita la existencia de un contrato válido viene representado por el consentimiento de las partes, el objeto y la causa. Pero, dado el reconocimiento de la autonomía privada, es obvio que las partes pueden introducir en el contrato previsiones complementarias (no requeridas legalmente) de las que dependa la propia eficacia del contrato celebrado. Ello obliga a distinguir entre:

- elementos esenciales del contrato, y

- elementos accidentales del contrato.

Los elementos esenciales, deben estar presentes en todo contrato para que, válidamente, se pueda hablar de tal. Por ello es tajante e imperativo el art. 1.261 CC, que formula la necesidad de concurrencia de todos (o de los tres) los elementos esenciales del contrato: “No hay contrato sino cuando concurren los requisitos siguientes:

1) Consentimiento de los contratantes. 2) Objeto cierto que sea materia del contrato. 3) Causa de la obligación que se establezca”.

Los elementos accidentales pueden estar presentes por voluntad de las partes en un determinado contrato, pese a que su presencia no es esencial (conforme al art. 1.261), ni determinante, para que pueda hablarse de contrato válido. Fundamentalmente, tales elementos accidentales son la condición y el término. Una vez integrados en un acuerdo contractual asumen una extraordinaria importancia, por lo que difícilmente pueden ser calificados como meros accidentes del mismo. En menor medida, respecto de los contratos gratuitos, asume cierta relevancia el modo. El rechazo de la referida “accidentalidad” ha hecho que no pocos autores hablen de determinaciones o estipulaciones accesorias, en vez de elementos accidentales del contrato.

La tradicional bipartición de los elementos del contrato tiene la ventaja de aclarar que sólo los elementos esenciales son requisitos legales e ineludibles de la válida formación del contrato, al tiempo que permite precisar el carácter contingente o accesorio de los elementos accidentales. Estos últimos son contingentes en relación con la válida celebración del contrato; pero, si real y concretamente se incorporan al acuerdo contractual por la voluntad de las partes, los elementos accidentales acaban por convertirse en requisitos determinantes de la eficacia del contrato, pese a que éste sea válido desde que concurran el consentimiento, el objeto y la causa.

Finalmente añadir que la enumeración de los requisitos del art. 1.261, siendo exacta con referencia a todo tipo de contratos, no es completa respecto de algunas categorías contractuales: en los contratos formales o solemnes constituye un requisito estructural la forma, en sí misma considerada; los contratos reales, por su parte, requieren que de manera inexcusable se haya producido la entrega de la cosa.

1.2 Los elementos naturales del contrato.

Junto a los elementos esenciales y accidentales, los civilistas clásicos traían a colación una tercera serie de componentes estructurales del contrato: los elementos naturales. Serían tales ciertas notas características de

algunos contratos que la regulación legal de los mismos considera implícitas en los correspondientes acuerdos contractuales si las partes no disponen nada en contrario. Se identificarían, pues, con ciertas consecuencias que, en principio, se derivan (naturalmente) de la propia naturaleza del contrato en cuestión. El ejemplo más llamativo de “elemento natural” es el carácter gratuito del contrato de depósito (art. 1.760):

como regla y salvo pacto en contra, el depositario no tiene derecho a retribución alguna, por ser un contrato basado en la confianza hacia el depositario o en la necesidad del depositante. Llamativamente, sin embargo, la regla de Derecho mercantil es precisamente la contraria: el carácter retribuido del depósito, en atención a que la actividad mercantil se encuentra presidida por la finalidad de lucro. Basta dicha contraposición para apercibirse de que la naturaleza gratuita o el carácter retribuido del depósito (y, por tanto, cualquier otro elemento de los denominados naturales) no constituye, propiamente hablando, requisito de validez o condición de eficacia del contrato, sino un detalle normativo. Resulta comprensible, por tanto, el abandono de la categoría de los “elementos naturales” por la doctrina actual.

2. LA CAPACIDAD CONTRACTUAL.

El contrato se define como acuerdo de voluntades. Por tanto el punto de partida del contrato viene representado por la voluntad coincidente de las partes contratantes. La manifestación del consentimiento de cada una de las partes puede darse de muy diferentes maneras (firmando un extenso contrato; levantando la mano para detener un taxi…), pero requiere en todo caso que el consentimiento se haya formado libre y conscientemente y, además, por persona que tenga capacidad de obrar o capacidad contractual.

2.1 La capacidad para contratar con anterioridad a la L.O. 1/1996.

Si el contrato es, por antonomasia, el acto de ejercicio de la autonomía privada, la ley ha de negar capacidad para contratar a quienes -conforme a ella- no tienen capacidad de obrar, por considerarlos inicialmente inhabilitados para proceder a la autorregulación de sus intereses. El Código Civil lo recoge explícitamente al regular el contrato en general y dedica a ella el art. 1.263. Según la redacción de dicho precepto, anterior a la Ley Orgánica 1/1996 (que, hasta su derogación por la Ley 14/1975, tenía un tercer punto dedicado a la “incapacidad de la mujer casada”):

No pueden prestar consentimiento:

1) Los menores no emancipados. 2) Los locos o dementes y los sordomudos que no sepan escribir”.

La delimitación negativa de la capacidad contractual (“no pueden prestar consentimiento”) sugería que ésta coincide tendencialmente con la capacidad general de obrar. Dado que los menores no son plenamente capaces y los locos o dementes y sordomudos que no sepan escribir deben ser incapacitados, era relativamente lógico concluir que la capacidad de obrar y la capacidad contractual son una misma cosa.

Sin embargo, la asimilación de dichos conceptos no era totalmente exacta y requería ser precisada, sobretodo porque una vez suprimido el número relativo a la mujer casada, el resto del art. 1.263 no se había modificado desde su publicación en el Código y no se compaginaba bien del todo con algunas reformas legislativas atinentes al Derecho de la persona.

a) Los menores no emancipados. En la redacción original del Código, la barrera entre la capacidad e incapacidad de obrar por mor de la edad era nítida: la mayoría de edad. Hoy día no resulta posible trazar un foso tan profundo entre el mayor de edad (capaz) y el menor de edad (incapaz), en cuanto el Derecho positivo ha acabado por reconocer que, en la práctica, la adquisición de la capacidad de obrar es gradual y paulatina. No obstante, dicha capacidad del menor no llega a permitirle con carácter general la válida celebración de contratos. Es decir, el menor sigue careciendo de capacidad contractual, pese a no ser técnicamente un incapaz. El ordenamiento jurídico trata de proteger así al menor declarando inválidos los contratos que, de hecho, pueda realizar, ante una eventualidad (nada rara en la realidad) de que la contraparte abuse o se prevalga en la inexperiencia o ingenuidad del menor. Por ello el contrato celebrado por un menor no es radicalmente nulo, sino sólo anulable; al tiempo que veta el Código la posibilidad de que la contraparte mayor de edad pueda

impugnarlo o instar su anulación.

b) Los locos o dementes y los sordomudos que no sepan escribir.

Las personas descritas en el epígrafe son seres que se encuentran incursos en causa de incapacitación (art. 200), en atención a la falta de discernimiento de los primeros y, respecto de los segundos, a su imposibilidad de relación o comunicación con otras personas. Por tanto en el caso de que haya recaído sobre tales personas

sentencia de incapacitación, la incapacidad para contratar declarada por el art. 1.263.2 coincidía plenamente con la general privación de capacidad de obrar que la incapacitación supone. Pero este planteamiento parecía demasiado lineal y taxativo, pues el tenor literal no debía reconducirse en exclusiva al tema de la incapacitación atendiendo a lo siguiente:

- no hay que olvidar que en la regulación originaria del Código, pródigos o interdictos se encontraban en la

misma situación que los locos y los sordomudos. Por tanto, una de dos, o el art. 1.263.2 incurrió en el grave

error de olvidar a aquellos o se trataba de evitar que los locos y sordomudos, aun sin haber sido incapacitados, pudiesen celebrar válidamente contratos.

- la misma (o parecida) disyuntiva se planteaba tras la promulgación de la Ley 13/1983, de reforma del CC en

materia de tutela. Conforme a ella, el alcance de la incapacitación es graduable y, en cada caso, dependerá de la

correspondiente declaración judicial. Por tanto, en el supuesto de que una sentencia declare la legitimidad de la actuación por un enajenado mental respecto de varios contratos, ¿qué calor debe atribuirse a la previsión normativa del art. 1.263.2?

c) La cuestión de la incapacidad natural.

Pese a que el art. 1.264.1 (“la incapacidad declarada en el artículo anterior está sujeta a las modificaciones que la ley determina”), la conclusión más correcta es considerar que el art. 1.263.2 no trataba de regular la validez de los contratos celebrados por (alguna de) las personas que eran susceptibles de ser incapacitadas, en el

caso de que hubiese recaído sentencia de incapacitación. Es decir, el campo de aplicación del art. 1.263.2 quedaba circunscrito a la actuación de locos y sordomudos que, pese a su incapacidad natural para relacionarse con los demás, llegaban a contratar. Para regular la capacidad contractual de los incapacitados bastan y sobran las normas dictadas en materia de incapacitación y por el consiguiente fallo judicial.

2.2. La reforma del artículo 1.263 por la Ley Orgánica de Protección del Menor.

La LO 1/1996, de 15 de enero, de Protección Jurídica del Menor, ha introducido una importante reforma en el tratamiento dispensado por el Código a la capacidad de contratar. Las disposiciones finales de dicha Ley introducen demasiadas modificaciones en el Código, algunas realmente

acertadas y otras sumamente discutibles. Posiblemente la más discutible de todas por “desajuste gramatical” sea

2º) Los

incapacitados

Semejante reforma afecta a cuanto hemos mantenido en el epígrafe anterior, sobre todo en relación con la denominada incapacidad natural. Por otra parte conviene resaltar que, aunque el precepto reformado inhabilite a los incapacitados, genéricamente, para emitir el consentimiento contractual, la aplicación de las normas generales sobre incapacitación y el carácter gradual de su alcance (fijado en la correspondiente sentencia) deben primar sobre el tenor literal del nuevo art. 1263.2.

la sustitución del 1.263.2, que ahora dispone sencillamente que “no pueden prestar consentimiento

”.

2.3 Las prohibiciones de contratar.

En determinados y concretos supuestos, las leyes prohíben a algunas personas la celebración de ciertos contratos, pese a gozar de la capacidad general de obrar (por ejemplo, un Alcalde no puede concurrir a subastas municipales; o un profesor universitario con dedicación a tiempo completo tiene vetado dar clases fuera del Departamento al que está adscrito…).

En tales supuestos se habla de prohibiciones de contratar, con la intención de resaltar que la existencia de capacidad contractual de los posibles contratantes se ve restringida por una prohibición expresa respecto de un determinado o concreto contrato. A tales prohibiciones se refiere el art. 1.264 in fine al establecer que la regla general del precepto anterior “se entiende sin perjuicio de las incapacidades especiales que la misma establece”. Los supuestos tradicionales y característicos dentro del CC están recogidos en el art. 1.459, referido al contrato

de compraventa.

Por lo general, las prohibiciones de contratar se basan en razones de orden público económico y tratan de evitar que ciertos grupos de personas se prevalgan de la función (pública o no) que socialmente desempeñan, obteniendo un enriquecimiento injusto, a costa de otra persona que se encuentra en una situación dependiente o subordinada. Las prohibiciones de contratar tienen carácter particular y concreto; son de interpretación restrictiva y el mandato legal que las dicte no puede generalizarse ni aplicarse por vía de analogía a otros supuestos no contemplados legalmente (odiosa sunt restringenda).

2.4 El autocontrato.

Bajo el término de autocontrato se pretenden englobar todos aquellos supuestos en que una sola persona asume las posiciones contractuales contrapuestas (que en principio corresponderían a ambas partes contratantes) por contar con poderes representativos de otra persona, sea natural o jurídica, o bien por tener capacidad decisoria sobre dos patrimonios separados (ej: el Consejero delegado de cualquier sociedad –que es al mismo tiempo dueño y accionista- se regala a sí mismo, con ocasión de la Navidad, un valiosísimo objeto o se fija una elevada indemnización a cargo de la empresa, en caso de cese). Prima facie, si el contrato es una cuestión de dos (o más) personas, ¿se puede hablar de contrato en tales supuestos? La doctrina ha debatido profundamente acerca de la naturaleza del autocontrato: algunos autores hablan de imposibilidad de admitir con carácter general la eficacia de la figura; otros hablan de que, admitido el mecanismo representativo, no hay problema en admitir que una misma persona emita dos declaraciones de voluntad que constituyan la estructura básica del contrato: habría un “doble consentimiento”, aunque el declarante sea uno.

En el Derecho español no existe una regulación general de la figura del autocontrato. Sin embargo sí existen algunos preceptos en los que se evidencia la prohibición de celebrar actos jurídicos por los representantes cuando dicha celebración suponga conflicto de intereses con sus respectivos representados:

- el art. 1.459 prohíbe comprar a tutores y mandatarios bienes de sus representados.

- el art. 163 exige que cuando los progenitores de hijos no emancipados tengan intereses contrapuestos a éstos

(por ejemplo, herencia del otro progenitor, ya fallecido) se nombre judicialmente un defensor de los intereses

del menor.

- el art. 244.4 prohíbe ser tutores a quienes “tuvieren importantes conflictos de intereses con el menor incapacitado…”.

- el art. 267 del Código de Comercio expresa que ningún “comisionista (representante) comprará para sí

mismo o para otro lo que se le haya mandado vender, ni venderá lo que se le haya encargado comprar sin licencia del comitente (representado)”.

Atendiendo a tales datos normativos, sería razonable concluir que el autocontrato no es admisible en el Derecho español y que debe ser considerado como anulable en los supuestos de representación voluntaria y nulo de pleno derecho en las hipótesis de representación legal.

Ahora bien, dicha conclusión se asienta en el presupuesto de que realmente exista un conflicto de intereses en la actuación de la persona que da vida al autocontrato y deja, por tanto, sin respuesta qué valoración merecen los casos de autocontratación cuando resulte indudable que no hay conflicto de intereses: el caso del padre que, en

vez de venderse a sí mismo por precio irrisorio un bien perteneciente al hijo menor, pretende lo contrario: donar

o regalar a un hijo menor una finca, en cuyo caso la donación podría ser aceptada por el propio padre como representante legal del hijo. La conclusión negativa se impone en este caso, porque el acto jurídico

materializado por el autocontratante no genera conflicto de intereses alguno (STS 1956 y posteriores). Así, para

la jurisprudencia el criterio material de decisión radica en la existencia o inexistencia de conflicto de intereses,

y a él debe atenderse más que a consideraciones de orden formal sobre la admisibilidad general del autocontrato.

Quizá por ello, el legislador actual mira con menos desconfianza la figura del autocontrato, y pueden ser

rastreadas disposiciones normativas recientes en las que, expresamente, se admite la autocontratación (ej.: la vigente Ley 50/2002, de Fundaciones).

3.

VOLUNTAD.

LA LIBRE

FORMACIÓN

DEL CONSENTIMIENTO Y LOS VICIOS

DE

LA

3.1. En general.

El Ordenamiento jurídico vela en todo caso porque el consentimiento contractual se preste por los contratantes de forma libre y consciente. Por ello, cuando el consentimiento (por lo general de una de las partes) ha sido fruto del error, de la coacción o del engaño, declara viciado el contrato y permite que sea anulado por el contratante que ha sufrido tales interferencias en la formación de su consentimiento o voluntad de contratar. En tal sentido, dispone el art. 1.265 CC que “será nulo el consentimiento prestado por error, violencia, intimidación o dolo”. A tales anomalías en la formación del consentimiento se les conoce, técnicamente, como vicios de la voluntad o vicios del consentimiento.

3.2. El error como vicio del consentimiento.

El Código Civil no ofrece una definición del error en cuanto vicio del consentimiento porque en el art. 1.266 el término error tiene la significación usual: equivocación, falsa representación mental de algo. Pero se comprenderá que la validez de los contratos no puede quedar sometida a las alegaciones de cualquiera de las partes de haberse equivocado sin más ni más.

En el art. 1.266 se regulan los requisitos o circunstancias fundamentales que comportan que el error sea relevante o no con vistas a privar de eficacia al contrato celebrado. De otra parte, la jurisprudencia es sumamente rigurosa en la acreditación y prueba de esos requisitos para evitar que alegaciones pueriles o infundadas, basadas sencillamente en la creencia subjetiva de una de las partes, desemboquen en la ineficacia contractual.

- de una parte, el TS utiliza reiteradamente el argumento de que tanto en Derecho romano como en los Derechos modernos el reconocimiento del error sustancial con transcendencia anulatoria del negocio tiene un sentido excepcional muy acusado. - de otra, insiste igualmente el TS en la idea de que la transcendencia invalidante del error requiere una prueba plena que, además, como cuestión de hecho, queda reservada a los Jueces de instancia (y, por tanto, excluida de casación).

a) Requisitos del error como causa de anulabilidad del contrato. Según el art. 1.266 CC: “para que el error invalide el consentimiento, deberá recaer sobre la sustancia de la cosa que fuere objeto del contrato o sobre aquellas condiciones de la misma que principalmente hubiesen dado motivo a celebrarlo. El error sobre la persona sólo invalidará el contrato cuando la consideración a ella hubiese sido la causa principal del mismo”. Conforme a ello suele hablarse de error esencial o sustancial y de error sobre la persona. 1) Error esencial o sustancial. El error debe recaer sobre la sustancia de la cosa objeto de contrato o condiciones de la cosa que hubiesen dado motivo a celebrado. Por lo tanto, el error sustancial es un error de carácter objetivo. 2) Error sobre la persona con que se contrata. El error sobre la persona puede tener eficacia invalidante en relación con todo tipo de contratos siempre que la consideración de la otra parte contratante haya sido erróneamente valorada de forma excusable y esencial. Con todo, lo cierto es que la eficacia anulatoria del error sobre la persona tiene en la práctica un campo de aplicación limitadísimo fuera de los contratos intuitu personae, en los que tampoco se caracteriza por su frecuencia efectiva. 3) Error excusable. Con semejante calificación se pretende indicar que el contratante que incurre en yerro debe acreditar haber ejercitado una diligencia normal en el conocimiento de los extremos propios del objeto del contrato y que, pese a ello, no ha logrado superar la falsa representación mental en que ha incurrido. 4) Debe existir un nexo de causalidad entre el error sufrido y la celebración del contrato, de tal forma que resulta exigir probar que dicho error es determinante. Esto es, que de no haber existido error, no se habría llegado a la efectiva celebración del contrato.

b) Error de hecho y de derecho.

La existencia del error es una cuestión de hecho que recae además sobre circunstancias de la cosa objeto de contrato o sobre cualidades de la persona con que se contrata. Sin embargo, también puede deberse a la ignorancia o interpretación equivocada de una norma jurídica que induzca a cualquiera de los contratantes a emitir una declaración de voluntad que no habría realizado de haber tenido un conocimiento preciso de las normas jurídicas aplicables al acuerdo contractual de que se trate. En estos supuestos se habla de error de derecho. Determinar si el error de derecho tiene alcance invalidante respecto al contrato celebrado es una cuestión que ha provocado dudas y vacilaciones tanto en la doctrina como en la jurisprudencia. Durante tiempo, ha sido mayoritaria la tesis de que la existencia de error de derecho debería considerarse intranscendente, dado el principio de que “la ignorancia de las leyes no excusa de su cumplimiento”. Posteriormente, sin embargo, se ha impuesto la opinión de que la observancia de las leyes, de una parte, y la posible deformación de la voluntad contractual por ignorancia de aquéllas, de otra, siendo cuestiones muy cercanas, no son exactamente idénticas: el contratante que incurre en error de derecho, propiamente hablando, no pretende eludir la aplicación de las leyes, sino que arguye haber manifestado un consentimiento que hubiera sido distinto (incluida la posibilidad de no haber celebrado contrato alguno) de haber conocido las normas exactamente aplicables. En la actualidad la jurisprudencia suele ser muy estricta en el reconocimiento del error de derecho como causa de anulación del contrato, según la cual ha de admitirse “con extraordinaria cautela y carácter excepcional”.

c) Otros supuestos de error.

1) Error en los motivos. La falsa representación mental no recae sobre el contenido sustancial o sobre extremos esenciales del objeto del contrato, sino sobre los móviles subjetivos que llevan a una de las partes a contratar. Ej.: alquilo un apartamento para unos días determinados y la empresa me fija las vacaciones para el mes siguiente; alquilo un chaqué para la boda de mi sobrina, que finalmente no llega a celebrarse. Lo decisivo para la existencia y eficacia del negocio jurídico es que lo declarado se ajuste realmente a lo querido, sin que los motivos que hayan decidido las partes a celebrar el acto puedan ejercer influencia alguna, por regla general, sobre la validez de éste (STS). 2) Error de cuenta o error de cálculo. Art. 1.266.3: “Sólo dará lugar a la corrección” matemática de la operación, que deberá ser realizada de nuevo. Esto es, a la corrección de la operación matemática. En general, la interpretación del precepto debe referirse sólo a errores de carácter material o de cuantificación, pero no de otro tipo, ya que (STS) no puede calificarse como mero error de cuenta el que no consiste en un error de cálculo u operación aritmética, sino en la inexactitud de los factores, que dan lugar a un error de concepto.

3.3 La violencia.

El Código Civil es suficientemente explícito al definir las situaciones en que se violenta la voluntad o la manifestación del consentimiento de una de las partes contratantes. Según el art. 1.267.1: “Hay violencia cuando para arrancar el consentimiento se emplea una fuerza irresistible”. Tal fuerza irresistible se dará en todos los casos de violencia física absoluta en que la voluntad del contratante es sustituida por la del agente violentador (ej: obligar físicamente a quien no sabe firmar a estampar su huella digital en un contrato escrito; pero cabe también pensar en casos de hipnosis, sugestión…). En tales casos no es que la voluntad o el consentimiento del contratante se encuentren “viciados”: sencillamente, no hay consentimiento.

3.4 La intimidación.

A- Noción general y requisitos. La intimidación es otro de los “vicios de la voluntad” o deficiencia del consentimiento que puede comportar la invalidez del contrato. Según el art. 1.267.2, consiste en “inspirar a uno de los contratantes el temor racional y fundado de sufrir un mal inminente y grave en su persona y bienes, o en la persona o bienes de su cónyuge, descendientes o ascendientes”. 1) La amenaza de que sea objeto una de las partes contratantes ha de ser de tal naturaleza que “inspire un temor racional y fundado”, que le lleve a prestar un consentimiento inicialmente no deseado. El Tribunal Supremo exige que entre el temor y el consentimiento finalmente otorgado debe existir un nexo eficiente de causalidad. Por tanto habrá que atender a la entidad de la amenaza, así como “a la edad, el sexo y la condición de la persona”, como originariamente indicaba el párrafo tercero del art. 1.267. La referencia al sexo ha sido suprimida, por aplicación de la Ley 11/1990, algo que según Lasarte no es plenamente acertado, pues –quiera el

legislador o no- las diferencias entre hombres y mujeres existen, y posiblemente en esta materia deberían ser tenidas en cuenta. 2) La amenaza ha de estribar en el anuncio de un mal inminente y grave, ya que otro tipo de “advertencias” o “avisos” no merecen el calificativo de intimidación (se requiere que la coacción al contratante sea “de tal entidad que… influya en su ánimo induciéndole a emitir una declaración de voluntad no deseada y contraria a sus propios intereses”; SSTS 1993, 1979, 1964). El CC requiere expresamente que el mal anunciado recaiga directamente sobre la persona o sobre los bienes del contratante o sobre los de sus familiares más cercanos (cónyuge, descendientes o ascendientes), aunque puede resultar discutible que dicho círculo de personas haya de ser asumido al pie de la letra: la amenaza podría ser sobre un familiar que no pertenece a ese círculo tan restringido (sobre un hermano, por ejemplo); es más, ni si quiera habría que requerir un vínculo familiar propiamente dicho (sobrino huérfano que convive con él; “madre de leche”…). 3) Aunque el CC no lo explicite, la amenaza intimidatoria ha de ser injusta y extravagante al Derecho, ya que si la amenaza se reduce al posible ejercicio de un derecho (ej: proceder a la ejecución hipotecaria del domicilio del deudor o embargarle un porcentaje del sueldo) evidentemente no se está llevando a cabo intimidación alguna.

B- El temor reverencial. El último párrafo del art. 1.267 contempla el denominado temor reverencial o metus reverentialis: “El temor de desagradar a las personas a quienes se les debe sumisión y respeto no anulará el contrato”. Esto es, el temor reverencial no es relevante para el Derecho en tanto no tenga naturaleza intimidatoria; por tanto, el contrato celebrado será válido y eficaz (ej.: un dependiente que, por agradar a su empresario jefe y ante la insistencia de éste, accede a prestarle su piso para una aventura amorosa; pero si el empresario le ha amenazado con despedirlo, el contrato –en caso de llegar a celebrarse- será anulado a causa de existencia de intimidación).

3.5 Régimen común de la violencia y la intimidación.

Pese a que en el contrato celebrado bajo violencia física absoluta realmente no hay consentimiento, mientras que en el caso de la intimidación está viciado, el art. 1.268 CC dispone la misma consecuencia para ambos vicios de la voluntad: serán anulables.

Dicho mandato normativo suele ser comúnmente criticado, ya que se considera que los contratos celebrados bajo violencia deberían ser nulos de pleno derecho por inexistencia absoluta de consentimiento y ser éste un elemento esencial del contrato.

El art. 1.268 CC por otra parte evidencia que la violencia e intimidación pueden ser causadas tanto por la otra parte contratante cuanto “por un tercero que no intervenga en el contrato”. La ratio legis es clara: se trata de evitar que el violentador o intimidador pueda conseguir la validez de lo que en jerga periodística se denominarían “matones a sueldo”.

3.6 El dolo.

A- Noción y requisitos.

Actuar dolosamente (con dolo) significa tanto como malévola o maliciosamente, ya sea para captar la voluntad de otro, ya incumpliendo la obligación que se tiene contraída.

Aquí nos vamos a referir exclusivamente al dolo como vicio del consentimiento, consistente en inducir a otro a celebrar un contrato que finalmente celebra y que, por tanto, incurre en error. Lo que ocurre es que, como dicho error ha sido provocado por la otra parte, el ordenamiento jurídico considera al dolo como un supuesto específico de vicio del consentimiento.

El art. 1.269 CC afirma que “hay dolo cuando, con palabras o maquinaciones insidiosas de parte de uno de los contratantes, es inducido el otro a celebrar un contrato que, sin ellas, no hubiera hecho”. El art. 1270 CC completa la regulación del dolo como vicio del consentimiento disponiendo que “para que el dolo produzca la nulidad de los contratos deberá ser grave y no haber sido empleado por las dos partes contratantes. El dolo incidental sólo obliga al que lo empleó a indemnizar daños y perjuicios”.

Por tanto, para que el dolo sea causa de anulabilidad del contrato se requiere:

1- Que el dolo sea grave, llevado a cabo con la intención, con la mala intención consciente y deliberada, de engañar a la otra parte.

2- El dolo ha de inducir a la otra parte a celebrar el contrato, i.e., ha de tratarse de un dolo determinante o dolo causante, sin cuya existencia la parte que lo sufre no hubiera contratado. La relación de causalidad entre la conducta engañosa o insidiosa y la voluntad de celebración del contrato se recoge en el art. 1.269 CC. El dolo determinante se contrapone así al dolo incidental, que no resulta caracterizado por el CC, el cual se limita a disponer que no tendrá consecuencias anulatorias del contrato celebrado, sino que sólo dará lugar a indemnización de daños y perjuicios. A pesar de la falta de definición legal, la noción de dolo incidental es clara: es la conducta engañosa que lleva a quien, libre y conscientemente, está decidido a contratar, a aceptar unas condiciones desfavorables o perjudiciales que no hubiera aceptado de no intervenir el dolo incidental (ej.:

necesito reparar mi coche en el pueblo donde se me ha averiado, y el mecánico, argumentándome que es la romería de la comarca –lo que es falso- hace que acepte un precio desorbitado).

3- Que el dolo no haya sido empleado por las dos partes contratantes, ya que en tal caso la actuación malévola de ambos excluye la protección a la buena fe que fundamenta la regulación positiva del dolo. Se habla así de compensación de dolo, para poner de manifiesto que de una parte compensa, anula o destruye la relevancia del dolo de la otra parte.

B- El dolo omisivo.

Normalmente el que pretenda engañar a la otra parte llevará una conducta activa. Pero ¿cabe hablar también de

dolo por omisión?

Aunque la enseñanza clásica excluía el dolo por omisión, no puede extraerse dicha consecuencia del art. 1.269CC. Éste habla de “ palabras o maquinaciones insidiosas ” para identificar a la conducta engañosa y, si bien se piensa, tal resultado puede lograrse mediante una conducta activa u omisiva.

Además, actuar en el tráfico contractual con medias palabras o con reticencia es claro que atenta al principio de buena fe. En consecuencia el dolo puede consistir también en conductas pasivas o reticentes que, resultando a la postre engañosas, induzcan a contratar a quien no hubiera llegado a hacerlo de saber cuanto, consciente y deliberadamente, le oculta la otra parte. Así lo ha reiterado el TS.

C- El dolo del tercero.

En contra de cuanto afirma el art. 1.268 CC respecto a la violencia o la intimidación, el art. 1.269 CC parece

requerir de forma necesaria que el agente doloso sea precisamente la otra parte del contrato: “…palabras o maquinaciones insidiosas de parte de uno de los contratantes”.

Por supuesto, dicha expresión no excluye la existencia de dolo cuando la tercera persona actúa a consecuencia de la maquinación de uno de los contratantes (se habla con un perito amigo para que certifique una medida falsa y notoriamente agrandada de la finca que se quiere vender), ya que en tal caso la intervención del tercero es sencillamente material: quien conspira o maquina es, propiamente hablando, el contratante maligno.

Pero, ¿será posible y lícito que un contratante se aproveche del dolo de un tercero aunque no haya conspirado con él? La respuesta debe ser negativa. Como propusiera ALFONSO DE COSSÍO, hoy es pacífico admitir que no es lícito que uno de los concurrentes se aproveche del engaño en que el tercero ha hecho incurrir a la contraparte. Por tanto ha de propugnarse la anulación del contrato cuando aquél conoce la actuación insidiosa del tercero (y, por tanto, el engaño en que ha incurrido la otra parte), aunque no haya conspirado con él. No obstante, la jurisprudencia parece inclinarse hacia una interpretación excesivamente literal y rigorista del art. 1.269, con apoyo, sensu contrario, del art. 1.268, privando de trascendencia anulatoria al dolo del tercero incluso en los supuestos en que una de las partes contratantes conozca la situación y, por tanto, se aproveche de ella en detrimento de los intereses de la otra parte.

4. EL OBJETO DEL CONTRATO.

4.1.

Planteamiento del tema.

Para el art. 1.261 CC uno de los elementos esenciales del contrato lo constituye el “objeto cierto que es materia del contrato”. Queda claro que el CC entiende por objeto los bienes y servicios que, materialmente hablando, son contemplados en el intercambio que subyace en todo contrato.

Dicho entendimiento se ve ratificado en los artículos en que se desarrolla el 1.261.2: los arts. 1.271 a 1.273 hablan insistentemente de cosas y servicios, como realidades materiales sobre las que pueden recaer las obligaciones o las prestaciones de los contratantes. Por otro lado, los requisitos referidos al objeto del contrato (posibilidad, licitud y determinación) se cohonestan mejor con la perspectiva material que se plantea en el CC que si se hubieran de entender referidos a la prestación propia de cada uno de los contratantes.

No obstante, la generalidad de la doctrina critica la visión del CC y pretende “elevarla”, afirmando que no cabe referir a los arts. 1.271 y sucesivos a las cosas o servicios en sentido material, sino a las prestaciones de los contratantes. Ello se argumenta, entre otras cosas, en lo siguiente:

1. La obligación de una de las partes puede consistir en un no hacer (art. 1.088).

2. La cesión de créditos o deudas no recae sobre cosas o servicios.

3. La constitución de una sociedad (civil o mercantil) requiere que ésta tenga un “objeto lícito”, que no puede

reconducirse a la bipartición de cosas y servicios.

Se olvida en dicho planteamiento, a juicio de Lasarte, que:

1. El término cosa no puede entenderse en sentido grosero y puramente material: también los derechos, en

cuanto bienes muebles o inmuebles, son simultáneamente cosas, por ser susceptibles de apropiación.

2. Se presume que por servicio ha de entenderse en sentido exclusivamente activo (“hacer algo”) cuando nada

ni nadie ha predispuesto (y menos el CC) que el servicio no pueda consistir en una actitud pasiva o en una abstención (“no hacer”).

3. En cuanto a la sociedad, parece claro que el objeto social requerido por el CC está referido a la actividad que

en el futuro va a desarrollar la sociedad (construcción de pisos, producción de películas…). Dicho objeto social

poco tiene que ver con el objeto del contrato (o acuerdo) constituyente de la sociedad, que viene representado por las aportaciones de los socios, que pueden consistir en dinero, bienes o industria. Aportaciones todas encajables en el objeto del contrato ora como cosas (dinero y bienes), ora como servicios (la denominada industria).

4.2. Requisitos del objeto del contrato.

Conforme a los arts. 1.271 y 1.273 los requisitos del objeto del contrato son tres: licitud, posibilidad y determinación.

A- Licitud.

Según cabe deducir del art. 1.271, tanto las cosas como los servicios han de ser lícitos:

a- respecto de las cosas, el CC excluye del ámbito contractual “las cosas que están fuera del comercio”. Con dicha expresión (res extra commercium) se refiere el CC a todas aquellas que, por razones de interés o de orden público, quedan excluidas del tráfico patrimonial (tráfico oneroso de partes del cuerpo, de apellidos, etc). b- en relación a los servicios, el art. 1.271.3 excluye del contrato “todos los servicios que sean contrarios a las leyes o a las buenas costumbres”.

B- Posibilidad.

El art. 1.272 dispone que “no podrán ser objeto de contrato las cosas o servicios imposibles”. Si la licitud engloba la “posibilidad jurídica” de convertir a un bien determinado en objeto de contrato (así se admite por

ejemplo contratos sobre cosas futuras –excepción hecha de la herencia futura-), la posibilidad o imposibilidad contemplada en el art. 1.272 ha de quedar circunscrita a la “posibilidad física o material” de entregar la cosa o

ejecutar el servicio que constituya objeto del contrato (ej: resultaría imposible vender la Luna, o comprometerse

a volar sin auxilio de artilugio alguno).

C- Determinación o determinabilidad.

Aunque el art. 1.273 se refiera exclusivamente a las cosas, este requisito es extensible a los servicios. Una vez perfeccionado el contrato, es necesario que la cosa o servicio quede determinado. De otra forma, sería necesario un nuevo pacto o acuerdo de las partes para estar conformes en el objeto del mismo.

De ahí que el CC no requiera como requisito sine qua non que el objeto contractual quede absolutamente determinado (venderme la bicicleta del escaparate; hacer endodoncia del incisivo inferior izquierdo), sino que le baste con que el objeto sea determinable “sin necesidad de nuevo convenio entre los contratantes”: venderme una bicicleta de tal modelo o hacerme la endodoncia de una pieza cariada…

5. LA CAUSA DEL CONTRATO.

5.1. El art. 1.274 del CC y la causa en sentido objetivo.

El art. 1.274CC distingue entre contratos onerosos y gratuitos (aquí no tendremos en cuenta los remuneratorios

a los que también hace mención), estableciendo que:

a- en los contratos gratuitos (o “de pura beneficencia”) viene representada la causa por la mera liberalidad del bienhechor. b- en los contratos onerosos, pese a existir entrecruzamiento de prestaciones, el CC plantea la cuestión en una perspectiva unipersonal, ya que refiere la causa a cada una de las partes contratantes y no al contrato en su conjunto: “… se entiende por causa, para cada parte contratante, la prestación o promesa de una cosa o servicio por la otra parte”.

Así en los contratos gratuitos la causa del bienhechor o benefactor, al ser el único obligado a dar (donante), hacer (depositario) o no hacer algo, coincide con la causa del contrato: es espíritu de altruismo o liberalidad.

Por el contrario, en los contratos onerosos, la descripción legal por sí misma no es suficiente para dilucidar qué debe entenderse por causa del contrato.

Si la causa del arrendatario de una vivienda es disfrutar del piso y la del arrendador es cobrar mensualmente la renta, ¿cuál será la causa del arrendamiento? La respuesta sólo puede lograrse planteando el tema desde una perspectiva global del contrato que se trate. En este supuesto, el intercambio de prestaciones subyacente en el contrato, objetivamente considerado, constituiría la causa del contrato.

Así se ha dado en decir que la causa del contrato se identifica objetivamente con la función socioeconómica que desempeña el tipo contractual:

a) intercambio de cosa por precio en la compraventa.

b) intercambio de cosa por cosa en la permuta.

c) cesión temporal de vivienda a cambio de renta en el arrendamiento; etc.

5.2. La causa atípica.

En cuanto a la función socioeconómica de los contratos atípicos que no se encuentra legalmente formulada en un esquema o modelo contractual predeterminado, sino que, en principio, es objeto de libre creación por los particulares, la determinación de la causa atípica habrá de llevarse a cabo caso por caso.

5.3. Causa y motivos: la irrelevancia de los motivos.

La insistencia en objetivizar la causa, en convertirla en la función socioeconómica del contrato, desligándola de la causa de cada uno de los contratantes, persigue:

a) Rastrear la causa del contrato en su conjunto.

b) Independizar la causa contractual de los motivos, móviles o caprichos de las partes.

La existencia y la validez del contrato no puede quedar supeditada a móviles o razones de carácter subjetivo que, por principio, son intrascendentes para el Derecho (¿qué más da que yo compre una maceta para regalársela a mi mujer que por encargo del Decano de la Facultad?).

Los motivos o intenciones concretas de los contratantes no forman parte del acuerdo contractual. En el mejor de los casos, son premisas del mismo, pero irrelevantes en la formación del contrato.

5.4. La causa ilícita del art. 1.275: los motivos ilícitos y la causa en sentido subjetivo.

El anterior planteamiento no puede llevarse a sus últimas consecuencias dentro del marco del CC español. Lo impide el art. 1.275: “los contratos sin causa, o con causa ilícita, no producen efecto alguno. Es ilícita la causa cuando se oponen a las leyes o a la moral”.

¿Cómo puede haber una causa ilícita si la causa se identifica con la objetiva función socioeconómica del tipo contractual? Si la causa de la compraventa es el intercambio de cosa por precio, ¿habrá causa ilícita en el caso de que yo venda por 3.000€ un riñón? ¿O habrá sencillamente causa típica? Legalmente puedo donar riñones, pero está prohibido venderlos.

El objeto del art. 1.275 es permitir que, en su caso, la función socioeconómica del tipo contractual, abstractamente considerada, no excluya de forma necesaria la valoración del fin práctico perseguido por las partes. Luego está dando paso el artículo a que en determinados casos incluso los motivos contrarios al ordenamiento jurídico puedan originar la ilicitud de la causa concreta.

Luego, tanto la doctrina como la práctica jurisprudencial, partiendo del carácter objetivo y abstracto de la causa, acaba defendiendo los aspectos subjetivos de los contratantes cuando el fin práctico perseguido por los mismos es contrario a las leyes o a la moral. De ahí que, en la jurisprudencia, cuando un contrato presenta aspectos desviados del sentir común, acabe siendo declarado nulo de pleno derecho en atención a su causa ilícita.

5.5. Contratos causales y contratos abstractos.

Aunque algunos autores han pretendido incorporar o importar del Derecho alemán la categoría de los contratos abstractos, el sistema positivo español impide la admisibilidad de los mismos: contratos que producen efectos por la mera voluntad de las partes y con independencia del elemento causal. Nuestro derecho requiere la existencia de tal elemento.

El art. 1.277 dispone que “aunque la causa no se exprese en el contrato, se presume que existe y que es lícita mientras el deudor no pruebe lo contrario”. De lo que resulta que:

A) La falta de consideración o expresión de la causa en el contrato es posible, pero el contrato seguirá siendo

causal y no abstracto.

B) El CC presume la existencia y licitud de la causa contractual; presunción que, evidentemente, beneficia al

acreedor de la relación obligatoria.

C) Por tanto, el acreedor no tendrá que probar la licitud y existencia de la causa para reclamar la obligación al

deudor, sino que será éste quien haya de desmontar la presunción legalmente establecida: por ello se habla de

abstracción procesal de la causa.

D) La abstracción procesal de la causa es cuestión bien diferente a la admisibilidad de la categoría de los

contratos abstractos.

Por tanto, en nuestro Derecho no puede hablarse de contratos abstractos, ni si quiera en aquellas declaraciones

de voluntad unilaterales (reconocimiento de deuda, promesa de deuda) que algunas veces se califican como abstractas. Por el contrario, sí hay títulos de crédito, como el cheque o la letra de cambio, que sí gozan de abstracción material cuando el tenedor de ellos es persona diferente al tomador de los mismos.

TEMA 3 LA FORMA DEL CONTRATO.

1. EL CONSENTIMIENTO CONTRACTUAL Y LA FORMA DEL CONTRATO.

Ya vimos la evolución histórica en la que predomina el papel de la voluntad de las partes contratantes.

Conviene recordar la asunción del principio de libertad de la forma por parte del ordenamiento del Tribunal de Alcalá (año 1340), pues la jurisprudencia del TS se refiere con cierta frecuencia a semejante disposición normativa para poner de manifiesto que la tradición patria bascula, desde antiguo, sobre la intranscendencia de las formas en relación con la validez y eficacia de los contratos.

En nuestros Códigos se asienta de forma definitiva el doctrinalmente denominado principio espiritualista de la celebración del contrato: lo que importa es que, realmente, dos o más personas se pongan de acuerdo en realizar un negocio y no la forma en que se plasme dicho acuerdo. El momento determinante del contrato radica en el acuerdo de voluntades o en la coincidencia del consentimiento de las partes respecto a una determinada operación económica o negocio: importa el aspecto consensual o espiritual y no los extremos de carácter formal.

En dicho marco de ideas, el CC español encuadra normas fundamentales que conviene retener:

a) “El contrato existe desde que una o varias personas consienten en obligarse…” (art. 1.254).

b) “Los contratos son obligatorios, cualquiera que sea la forma en que se hayan celebrado, siempre que en

ellos concurran las condiciones esenciales para su validez” (art. 1.278).

Conectando esto último con el art. 1.261 es obvio que la forma no puede elevarse a elemento esencial del contrato. Ahora bien, el que no sea requisito esencial del contrato no significa que los contratos puedan realizarse de forma interiorizada sin transmitir a alguna otra persona (o varias) el designio contractual pretendido. Por eso habla el art. 1.278 de “cualquiera que sea la forma en que se hayan celebrado”, para recalcar que, de una manera o de otra, las partes han de haber exteriorizado su consentimiento contractual (aunque sea mediante un gesto: levantar la mano en una subasta…).

En asuntos de relativa importancia, por las cláusulas o estipulaciones, es conveniente la forma escrita. Es más:

en algunos casos el legislador establece la conveniencia, cuando no la necesidad, de determinar el contenido del contrato e imponer la forma escrita en numerosas ocasiones.

2. EL PRINCIPIO DE LIBERTAD DE FORMA.

2.1. Contratos verbales y contratos escritos.

En general, para los contratos rige el principio de libertad de forma. Puedo arrendar un piso oralmente o mediante papeles. En el primer caso se habla de contrato verbal y en el segundo de contrato escrito; pero en ambos casos el resultado sustancial será el mismo: las partes quedan obligadas a respetar la palabra dada y a cumplir el compromiso contraído respecto de la contraparte, si no quieren incurrir en responsabilidad.

Si bien la forma es, en línea de máxima, indiferente para el nacimiento del contrato, no lo es, en cambio, en términos prácticos. En caso de incumplimiento de lo acordado y el subsiguiente pleito, por lo común será sumamente difícil acreditar ante el Juez la existencia de un contrato verbal.

Por tanto, a efectos probatorios es total y absolutamente desaconsejable la celebración de contratos verbales cuando el contenido patrimonial de los mismos tenga una relativa entidad económica. Por ello quizá aunque el art. 1.278 declare la absoluta libertad de forma, no obsta a que los artículos inmediatamente sucesivos demuestren un acusado favor respecto de las formas escritas, para evitar en la medida de lo posible las incertidumbres sobre la celebración de la mayor parte de los contratos.

2.2. Documentos públicos y documentos privados.

La forma escrita puede darse de dos maneras diversas: mediante documento privado o a través de documento público.

El documento privado se lleva a cabo por los propios contratantes (asesorados por un buen jurista o al buen saber y entender de ellos mismos), mediante plasmación material escrita del acuerdo contractual. Lógicamente, la existencia del documento privado, una vez reconocido legalmente, acredita entre las partes y sus causahabientes la existencia del contrato propiamente dicho, con el mismo valor que la escritura pública (art. 1.255). No obstante, incluso legalmente reconocido, el documento privado carece de eficacia para acreditar su

fecha frente a terceros que pudieran verse perjudicados por la existencia del contrato (art. 1.277); lo cual es lógico, porque en cualquier momento se puede recrear el documento privado, colocándole la fecha que interese

a los contratantes (antedatándolo, para evitar a los acreedores del transmitente, o postdatándolo para evitar

cargas fiscales). Por ello el art. 1.277 establece que, respecto a terceros, la fecha del documento privado sólo

contará desde:

- el día que se hubiese incorporado en un registro público o se entregue a un funcionario público por razón de su oficio (p.ej.: presento a liquidación de impuesto de transmisiones un contrato de compra), o bien,

- desde la muerte de cualquiera de los firmantes (el cual, claro, no podrá prestarse de manera alguna a la renovación del documento privado).

Los documentos públicos, extendidos o autorizados por empleados o funcionarios públicos dentro del ámbito de sus competencias, tienen una mejor condición probatoria: “hacen prueba, aun contra tercero, del hecho que motiva su otorgamiento y de la fecha de éste” (art. 1.218.1). Es natural la supremacía probatoria de los documentos públicos: el Estado deposita el ejercicio de la fe pública en ciertos funcionarios o subordinados que, obligados a llevar un registro de actos realizados o estando sometidos al procedimiento administrativo, difícilmente podrán alterar –aunque lo quisieran- la fecha de los documentos que autorizan.

Entre los documentos públicos los que tienen mayor relevancia y profusión son los notariales.

La supremacía probatoria de los documentos públicos respecto de la fecha tiene numerosas e importantes consecuencias prácticas, dado que la antigüedad de derechos concurrentes o contradictorios es el factor determinante de la preferencia entre ellos.

3. LA FORMA COMPLEMENTARIA O AD PROBATIONEM.

El principio de libertad de forma (art. 1.278) parece verse contradicho por lo dispuesto en el art. 1.280. Esta norma contiene una enumeración de supuestos que, según indica su encabezamiento, “deberán constar en documento público”. En su último párrafo, por otra parte, dispone que “también deberán hacerse constar por escrito, aunque sea privado, los demás contratos en que la cuantía de las prestaciones… exceda de 1.500 pesetas” (hoy una cifra ridícula, pero no así en el momento de promulgación del Código).

¿Hay realmente libertad de forma en la celebración del contrato o, por el contrario, el principio consagrado en

el art. 1.278 tiene un valor puramente enfático?

3.1. La constancia en documento público requerida por el art. 1.280.1 del Código Civil.

A- Transmisión de bienes inmuebles y derechos reales inmobiliarios.

Art. 1.280.1: “los actos y contratos que tengan por objeto la creación, transmisión, modificación o extinción de derechos reales sobre bienes inmuebles” deberán constar en documento público.

¿Para transmitir la propiedad de una finca es necesaria escritura pública? La respuesta es necesariamente

negativa: bastaría con un contrato privado de venta acompañado de la tradición (o entrega de la cosa) en cualquiera de sus formas. Al exigir el art. 1.280 la forma documental pública no pretende en absoluto afirmar que tales contratos no sean válidos en caso de que lleguen a celebrarse en forma diversa. El CC pretende únicamente señalar que, por razones probatorias frente a terceros o por el hecho de que la publicidad del acto o contrato exija su ingreso en un Registro a través de documento público, las partes contratantes quedan obligadas a otorgar el correspondiente documento público.

B- Los arrendamientos de bienes inmuebles.

Lo dicho es válido respecto a la constancia en documento público de “los arrendamientos de estos mismos bienes (inmuebles) por seis o más años, siempre que deban perjudicar a tercero”. El perjuicio del tercero al que se refiere el precepto radica en la vinculación del posible causahabiente del arrendador; esto es, el nuevo adquirente de la finca habrá de respetar el arrendamiento en el caso de que haya sido inscrito, por disponerlo así el art. 1.549 (y requerir el art. 2.5 LH semejante duración para la posible inscripción en el Registro de la Propiedad), en contra de la regla general establecida en el art. 1.571 (venta quita renta). En todo caso, esta problemática es extraña a los supuestos más numerosos de arrendamientos, los sometidos a la legislación especial de “arrendamientos urbanos” y “arrendamientos rústicos”, pues las respectivas disposiciones legislativas obligan al eventual adquirente de la finca arrendada a respetar el arrendamiento previamente celebrado. Sin embargo, debe advertirse que el notorio cambio de rumbo legislativo instaurado por la Ley 29/1994, de arrendamientos urbanos, exige un cierto replanteamiento de lo dicho a partir de su entrada en vigor, pues su disposición adicional segunda suprimió toda referencia en la LH al plazo sexenal y dio nueva redacción al art. 2.5 LH que, en la actualidad, sólo contempla de manera expresa “los contratos de arrendamiento de bienes inmuebles, y los subarriendos, cesiones o subrogaciones de los mismos”.

C- Las capitulaciones matrimoniales y sus modificaciones.

Las capitulaciones matrimoniales son los convenios celebrados por los cónyuges con la finalidad de organizar el régimen económico de su matrimonio. Además de la referencia del art. 1.280.3, el art. 1.327 establece que “para su validez, las capitulaciones habrán de constar en escritura pública”. Por ello la mayor parte de la doctrina deduce que el otorgamiento de escritura pública constituye un requisito de carácter constitutivo o ad solemnitatem de las capitulaciones matrimoniales. Así pues, respecto de ellas, la exigencia del art. 1.280 cambia de signo, por ser las capitulaciones un negocio de carácter solemne.

D- La cesión de derechos.

El art. 1.280 se refiere a la cesión (y, en su caso, renuncia) de diversos derechos y acciones en los números 4º y

6º. No es momento de extendernos en detalle sobre el contenido de ambos números. La repudiación de la herencia (no, en cambio, la aceptación) posiblemente deba configurarse como un acto solemne, por imperativo de lo dispuesto en el art. 1.008. Las demás cesiones de derecho aludidas, salvo existencia de una norma ad hoc de aplicación particular, deberán regirse por las reglas generales de transmisión de créditos y derechos. En términos generales, en las relaciones inter partes la cesión debe considerarse válida con independencia de la forma en que se haya instrumentado.

E- Los poderes.

El número 5 del art. 1.280 reitera la exigencia de documento público para otorgar “el poder para contraer matrimonio, el general para pleitos y los especiales que deban presentarse en juicio; el poder para administrar bienes, y cualquier otro que tenga por objeto un acto redactado o que deba redactarse en escritura pública, o haya de perjudicar a tercero”. Ciertamente, los apoderamientos enumerados antes del único punto y coma del pasaje transcrito deben configurarse como supuestos de forma solemne. Sin embargo, los restantes requerirán la escritura pública por razones de orden técnico (en otro caso, el apoderamiento podría resultar inoperante, lo que no quiere decir que previamente fuera ineficaz) o de oponibilidad frente a terceros, pero ello no significa que la escritura pública deba considerarse como requisito ad solemnitatem.

3.2. La forma escrita del artículo 1.280.2.

El párrafo reseñado dispone que “también deberán hacerse constar por escrito, aunque sea privado, los demás contratos en que la cuantía de las prestaciones de uno o de los contratantes exceda de 1.500 pesetas”. En el momento de publicación del Código la citada cantidad representaba una cifra dineraria importante. Pero en

cualquier caso el fondo del asunto sigue siendo el mismo: si el art. 1.278 se pronuncia abiertamente en favor de la más absoluta libertad de forma, ¿por qué y para qué se exige la forma escrita en el art. 1.280.2?

El porqué lo hemos explicado ya: nuestros codificadores se declararon partidarios de la más amplia libertad de forma, pero al mismo tiempo entendieron que debían transmitir a los ciudadanos, a través de normas complementarias, las dificultades probatorias de todas aquellas formas contractuales que no constasen por escrito. Pero ello no quiere decir que la inexistencia de forma escrita prive de eficacia a un contrato cuyas prestaciones superen el montante de 1.500 pesetas. La jurisprudencia ha relativizado la importancia del precepto frente a pretensiones en semejante sentido, declarando que “es totalmente desafortunada la invocación del último párrafo del art. 1.280 para negar eficacia al contrato por no constar en forma escrita, pues, con tal invocación, se pretende desconocer el principio de espiritualidad introducido en nuestro sistema jurídico por el Ordenamiento de Alcalá…” (SSTS 1997, 1967 y 1965).

3.3. El significado propio del art. 1.279.

El alcance del aparentemente paradójico art. 1.280 y la superación del antagonismo con lo establecido en el art. 1.278 deben explicarse en nuestro sistema por el hecho de que, entre ambos, el art. 1.279 ofrece la clave de bóveda del sistema normativo respecto a la forma de los contratos. Art. 1.279: “si la ley exigiere el otorgamiento de escritura u otra forma especial para hacer efectivas las obligaciones propias de un contrato, los contratantes podrán compelerse recíprocamente a llenar aquella formalidad desde que hubiese intervenido el consentimiento y demás requisitos necesarios para su validez”.

La interpretación jurisprudencial del precepto ha puesto de manifiesto una tríada de conclusiones:

1º- El art. 1.280 no modifica, ni mucho menos deroga, el contenido del art. 1.278, sino que “sólo implica, de conformidad a lo dispuesto en el art. 1.279, el derecho de las partes de poder compelerse a llenar esa forma escrita, a ejercitar la acción con objeto de obtener la eficacia de la obligación contraída” (SSTS). Es decir: el art. 1.279 no es modificado, sino complementado por el 1.280.

2º- Todos los litigios relativos a la forma contractual presuponen aceptar, en términos generales, que el contrato en cuestión es plena y previamente válido, aun sin haberse observado la forma escrita, pues “la falta de escritura pública, de acuerdo con lo establecido en el art. 1.279, no obsta a la eficacia del contrato celebrado por documento privado, siempre que reúna los esenciales para su validez” (SSTS).

3º- El art. 1.279 se limita a otorgar a las partes una facultad que, por consiguiente, pueden ejercer o no; aunque por supuesto ello no significa “en modo alguno que, una vez verificado el compelimiento por quien tiene potestad de hacerlo, carezca de obligatoriedad para el compelido” (SSTS).

Queda claro ahora el juego de los arts. 1.278, 1.279 y 1.280. Aun en el caso de que la ley requiera una forma especial, el contrato es en principio válido con anterioridad al cumplimiento de tal forma. Ésta no añade ni quita validez al contrato preexistente, sino que se limita a desempeñar un papel auxiliar en beneficio de ambas (o de alguna de las) partes del contrato, para que puedan acreditar ante terceros de forma directa o a través de Registro público la existencia y, no se olvide, la fecha de celebración de un determinado contrato.

Por tanto, para referirse a la forma documental pública impuesta por el art. 1.280, doctrina y jurisprudencia hablan de forma ad probationem o forma complementaria, ya que realmente el documento que puede requerir de la otra cualquiera de ambas de partes contratantes debe partir del reconocimiento (o autorreconocimiento) de la preexistencia de un contrato válido celebrado entre ambas que, sin embargo, ha quedado formalmente incompleto frente a terceros.

4. LA PRIMACÍA DEL CONSENTIMIENTO.

4.1. La forma solemne o sustancial como excepción.

Excepcionalmente, en algunos casos el principio de libertad de forma queda roto y contradicho, por atribuir la ley a la forma documental pública una relevancia que va más allá de la puramente probatoria o complementaria:

en algunos casos el documento público es total y absolutamente necesario para que el contrato sea celebrado. Se

eleva la forma pública a elemento sustancial del contrato, sin cuya existencia éste no puede afirmarse celebrado. Dentro de estos casos, suelen recordarse:

1º- El contrato constitutivo del derecho real de hipoteca (ya sea mobiliaria o inmobiliaria). 2º- La constitución de una sociedad a la que se aporten bienes inmuebles o derechos reales inmobiliarios. 3º- La donación de bienes inmuebles.

En tales supuestos, la ley requiere de forma necesaria el otorgamiento de escritura pública para atribuir validez al contrato en cuestión: por tanto, con razón se habla de forma ad substantiam, esto es, forma sustancial o solemne. La falta de la forma prescrita conlleva en ellos la declaración de nulidad de los mismos.

4.2. La categoría de los contratos formales.

Para referirnos a los contratos en los que la forma es solemne, se utiliza técnicamente el giro contratos formales. El resto serían no formales. No quiere decir que unos tenga forma y otros no (todos tienen que asumir necesariamente una forma: verbal, por fax, escritura privada, pública…), pero sólo en algunos la forma asume carácter de elemento esencial del propio contrato a efectos de determinación de la validez del mismo. Sin forma solemne, cuando ésta es requerida, no se puede decir que el contrato haya sido perfeccionado o celebrado.

4.3. Los contratos consensuales como regla y el papel marginal de los contratos reales.

El hecho de que los contratos formales sean excepción arroja la consecuencia de que la mayor parte de los contratos tienen carácter consensual: significa sencillamente que el contrato se perfecciona por el mero consentimiento contractual.

Tienen carácter consensual en nuestro Derecho los contratos de compraventa, permuta, arrendamientos, sociedad, mandato, seguro, fianza… y en general todos los contratos que no sean calificables como formales de una parte o reales de otra.

Los contratos reales son aquellos en los que para su perfeccionamiento, además del mero consentimiento, se requiere la entrega de una cosa:

- Préstamos (en sus dos versiones: mutuo o comodato)

- Depósito

- Prenda

Según la doctrina clásica, no habría propiamente contrato sin la entrega de la cosa. La moderna doctrina critica la existencia de esta categoría de contratos reales, pero el mandato normativo del Código en los artículos sobre estos es difícilmente superable, y conforme a ellos, la entrega de la cosa es ciertamente requisito constitutivo de los contratos de préstamo, depósito y prenda.

5. LA DOCUMENTACIÓN DEL CONTRATO.

Hemos hablado de la importancia de “documentar” el contrato, en el sentido coloquial de incorporar el acuerdo contractual a una forma escrita, sea pública o privada, atendiendo a la eventual eficacia probatoria de dicho documento, siempre y cuando la entidad del contrato o su naturaleza duradera lo aconsejen. Doctrinalmente, la “documentación del contrato” plantea la problemática específica que pueda presentar la existencia sucesiva de diferentes formas contractuales y, en particular, la posible relación existente entre un contrato privado respecto de la posible escritura pública en que se instrumente con posterioridad el mismo contrato.

La temática considerada se plantea igualmente cuando un contrato verbal es transferido a documento privado. Aunque la mayor importancia al respecto la asume el caso de elevación a escritura pública de un documento privado, dado el distinto alcance y valor que ambos tienen como instrumentos probatorios, en particular, respecto a terceros. Así pues, refirámonos a este supuesto en adelante.

En términos teóricos, suele indicarse que las posibilidades al respecto son básicamente dos:

- que el contenido del contrato privado y de la escritura pública sean coincidentes, y - que el otorgamiento de la escritura pública determine una modificación o variación del contrato base previamente existente.

En el primer caso no se genera problema alguno de gravedad, pues la coincidencia del contenido contractual (con independencia de la forma en que se exteriorice) excluye cualquier planteamiento respecto de la posible “novación del contrato” (algunos autores expresan que la escritura pública debe recoger sin variación alguna el contenido del documento privado o de lo convenido verbalmente: es una pretensión excesiva, en cuanto modificaciones de carácter secundario sobre el contenido contractual no deberían interpretarse como divergencias entre escritura pública y contrato previamente celebrado). En este caso estaríamos ante una escritura de reconocimiento (o recogniscitiva). Dada la mera finalidad de constatación del anterior contrato, en relación con estas escrituras, se habla también de contratos de fijación, categoría doctrinal admitida por el TS, el cual los caracteriza como contratos cuyo contenido estriba en declarar y fijar situaciones contractuales preexistentes, al tiempo que se excluyen posibles incertidumbres generadas por el contrato anterior (SSTS).

En el supuesto de que la escritura pública, por el contrario, modifique o varíe el contenido del contrato preexistente previamente celebrado: ¿cuál de las dos formas contractuales debe considerarse prevalente? Atendido a las normas generales sobre interpretación (que veremos más adelante) y a la generalidad de los supuestos, quizá sea acertado concluir que las partes han renovado el contrato anterior o, si se prefiere, han suscrito un nuevo contrato. En efecto, la elevación de documento privado preexistente a escritura pública, con contenido divergente, sugiere la novación del contrato, y por tanto la prevalencia de aquella, aunque ello no debiera desembocar, en opinión de Lasarte, en la calificación de dicho documento público como escritura constitutiva.

TEMA 4 LA FORMACIÓN DEL CONTRATO.

1. LA IGUALDAD DE LAS PARTES CONTRATANTES Y LA FORMACIÓN DEL CONTRATO.

Aunque ningún artículo del CC disponga expresamente que los contratantes son iguales para contratar y tienen la misma capacidad económica para llevar a cabo la negociación patrimonial ínsita en todo contrato, es evidente que tales ideas constituyen la nervadura de la regulación del Código. Nuestro CC, al igual que sus modelos (fundamentalmente el Code Napoleón), entiende que nadie es mejor que uno mismo para atender a sus propios intereses. Sin embargo, determinadas capas de ciudadanos en el s.XIX (y nosotros hoy) se veían obligados a firmar determinados contratos en condiciones predispuestas por la que pudiéramos denominar la “parte económicamente fuerte”, de forma que al celebrar tales contratos no hay aproximación o coincidencia de voluntades entre las partes como regla general indiscutible (transporte público; suministros de agua, gas, electricidad, teléfono; condiciones de las operaciones bancarias…). Estos actos en masa escapan al esquema codificado. Por ello se ha hablado de crisis del sistema codificado. Mientras, los propios particulares han dejado de comportarse como tales, individualmente, para organizarse como grupo o grupos de defensa de sus intereses. En particular, el movimiento “consumerista” se ha extendido en todos los países evolucionados en busca de una legislación superadora del esquema codificado que proteja sus intereses. En dicha línea, el art. 51 CE establece que los poderes públicos garantizarán la defensa de los consumidores y usuarios, protegiendo, mediante procedimientos eficaces, la seguridad, la salud y los legítimos derechos de los mismos. El desarrollo de dicho mandato constitucional se llevó a cabo por la Ley 26/1984, para la Defensa de los Consumidores y Usuarios, cuyo Texto refundido actualmente ha quedado establecido por el RD 1/2007.

2. LAS FASES DE FORMACIÓN DEL CONTRATO: LA GÉNESIS PARADIGMÁTICA CLÁSICA.

2.1. La oferta contractual.

El paradigma formativo del contrato viene dado por el “contrato personalizado”, en el que ambas partes, tras las correspondientes negociaciones iniciales o tratos preliminares, en su caso, llegan a concordar sobre la celebración del contrato.

El art. 1.262 establece que “el consentimiento (contractual) se manifiesta por el concurso de la oferta y de la aceptación…”: la propuesta contractual que realiza una persona (oferente), al ser aceptada por la otra (aceptante), conlleva la celebración del contrato o su “perfección”. La respectiva significación de tratos preliminares, oferta y aceptación depende en gran medida del tipo de contrato a realizar y de su particular naturaleza, así como de la trascendencia económica de las prestaciones. Igualmente determinará el hecho el que las partes contratantes se encuentren presentes en el mismo lugar o, por el contrario, se trate de personas distantes. En todo caso es obvio que determinar el momento de la perfección del contrato es asunto de extraordinaria importancia, pues a partir de dicho momento la oferta dejará ser tal propiamente hablando (o, si se quiere, pasará a ser irrevocable), podrán compelerse las partes al cumplimiento del contrato, comenzarán a correr los plazos, etc. En términos generales, la oferta contractual es una declaración de voluntad emitida con la intención de celebrar un contrato y que, por ende, ha de contener todos los elementos necesarios para que con la mera aceptación de la otra parte se pueda decir que el contrato ha quedado perfecto, en el sentido de “perfeccionado”. Por ejemplo, el comerciante que tiene una pluma en el escaparate indicando el precio de venta, basta con que el eventual comprador manifieste su voluntad de comprarla para que el contrato se entienda celebrado. Pero si una persona se dirige a una compañía aseguradora con la intención de suscribir un contrato de entre las muchas opciones que aquella pudiera ofrecerle, resulta imposible pensar que la mera disponibilidad de la aseguradora de captar un nuevo cliente signifique la celebración de contrato alguno. En el primer caso se dice que el comerciante está realizando una “oferta al público” (o ad incertam personam); en el segundo caso, no hay realmente oferta contractual, sino una “invitación a contratar” (invitatio ad offerendum), que requiere posteriores precisiones por parte de quien decida tenerla en cuenta. La oferta contractual, aisladamente considerada y mientras sea tal, se caracteriza por ser un acto unilateral y generalmente revocable. No obstante, por disposición legal, por la propia declaración del oferente o por las circunstancias de hecho, existen numerosas ofertas de carácter irrevocable, al menos durante un plazo temporal determinado que no deje insatisfechas las legítimas expectativas del destinatario de la oferta. La Ley sobre Comercio Minorista establece que “la oferta pública o la exposición de artículos en establecimientos comerciales constituye a su titular en la obligación de proceder a su venta a favor de los demandantes que cumplan las condiciones de adquisición”. Es decir, se equiparan la “oferta propiamente dicha” con la “exposición de artículos” en escaparates y vitrinas, salvo indicación en contrario: “quedan exceptuados (de la obligación de vender del comerciante) los objetos sobre los que se advierta, expresamente, que no se encuentran a la venta o que, claramente, formen parte de la instalación o decorado”. En definitiva, la oferta contractual, para ser realmente tal, requiere que se mantenga en sus condiciones iniciales en espera de aceptación de la contraparte. Si se modifican las condiciones de la oferta por el eventual aceptante, se está realizando una nueva oferta o “contraoferta” que, ahora, habrá de ser objeto de aceptación por quien inicialmente asumía la posición de oferente.

2.2. La aceptación: el valor del silencio.

La aceptación es una declaración de voluntad por naturaleza recepticia: debe ser dirigida al oferente y ser plenamente concordante con la oferta (o, en su caso, con la contraoferta), con independencia de que pueda realizarse tanto de forma expresa como tácita, o a través de hechos concluyentes que no dejen lugar a dudas sobre la admisión de las condiciones contractuales ofrecidas. La estricta concordancia de la aceptación respecto de la oferta ha sido resaltada por la jurisprudencia: “…si la aceptación se formula modificando o alterando la propuesta o sometiéndola a condición, no es posible apreciar su existencia, sino la de una simple proposición que deja el convenio en estado de proyecto” (SSTS). ¿Puede interpretarse el silencio del eventual aceptante (actitud reticente) como asentimiento de la oferta? En línea máxima, la respuesta ha de ser negativa, pues la recepción de cualquier oferta no tiene por qué colocar a una persona en la necesidad de desplegar actividad alguna respecto de un proyecto contractual que puede venirle impuesto, supongamos, cualquier red de ventas (ej.: ventas por correo de objetos que son recibidos sin previa petición, ni si quiera a prueba). Es decir: el silencio o falta de actuación no puede ser considerado como una manifestación “positiva” de voluntad que lo vincule contractualmente: el que calla ni afirma ni niega (qui tacet non utique fatetur).

Así lo ha declarado en más de una ocasión el TS. Sin embargo, también de forma reiterada ha admitido el propio TS que ello no obsta a que, cuando entre las partes existen relaciones previas que impondrían al eventual aceptante la adopción de medidas de carácter positivo (rechazando la oferta, lisa y llanamente; proponiendo una renegociación; devolviendo en plazo perentorio algo; etc) aquel se limita a dar la callada por respuesta. Cabe considerar “el silencio como declaración de voluntad cuando dada una determinada relación entre dos personas, el modo corriente de proceder implica el deber de hablar, ya que si el que puede y debe hablar no lo hace se ha de reputar que consiente, en aras de la buena fe”. En la misma línea con lo expuesto parecen pronunciarse los PECL, cuando afirman en el art. 2:204 que “ el silencio o la inactividad no constituyen aceptación por sí mismos”.

2.3. La perfección del contrato entre ausentes: la redacción originaria de los Códigos Civil

y de Comercio.

Cuando los contratantes están llevando a cabo las negociaciones en la distancia y no tienen un medio que de forma inmediata les permita concluirlas en su caso (teléfono, radio…; dejando aparte los problemas de la prueba de la celebración del contrato), pueden surgir graves incógnitas en relación con el momento de perfección del contrato. Históricamente el supuesto característico entre ausentes ha venido representado por los casos en que la oferta y a la aceptación se instrumentan mediante las respectivas cartas (o, ahora, télex, fax…) de oferente y aceptante (con independencia de las posibles contraofertas intermedias). ¿Cuándo quedará vinculado el oferente por la declaración de voluntad del aceptante o, en otras palabras, cuándo ha de entenderse celebrado el contrato? La doctrina y los sistemas jurídicos han ofrecido respuestas muy diversas:

A- Teoría de la emisión: Dada la concurrencia del consentimiento de ambas partes contratantes, debe considerarse perfecto el contrato desde el mismo momento en que el aceptante emite su declaración de voluntad. B- Teoría de la expedición o remisión: Bastaría con que el aceptante remitiera al oferente la declaración de voluntad para que este último quede vinculado contractualmente. C- Teoría de la recepción: exige que la aceptación llegue al círculo propio de actividad del oferente, aunque la recepción no suponga efectivo conocimiento de la aceptación por parte de éste (por no encontrarse “presente” en el lugar correspondiente).

Hasta la Ley 34/2002, el CC se planteaba la cuestión siguiendo las pautas históricas y establecía que la aceptación “no obliga al que hizo la oferta sino desde que llegó a su conocimiento” (es decir, el CC optaba por la teoría del conocimiento: esto suponía dejar en manos del oferente el momento de perfeccionamiento del contrato –ej.: recibe carta con acuse de recibo el día 4 pero no la abre hasta el día 16-). Pero la doctrina considerando que semejante conclusión era excesivamente rigurosa, consideró preferible pronunciarse a favor de la teoría de la recepción. Según ello, basta con que la aceptación llegue al círculo propio de la actividad del oferente. Resulta curioso que el problema no haya sido abordado por el TS y que, por consiguiente, la doctrina haya de moverse en términos puramente argumentativos. Frente a la opción seguida por el CC, el Código de Comercio (en su art. 54) se adscribía a la tesis de la expedición o la remisión como momento perfectivo del contrato.

2.4. La Ley 34/2002: contratación automática, telemática y electrónica.

La Ley 34/2002 deja inalterado el art. 1.262 CC, que sigue estableciendo que “el consentimiento se manifiesta por el concurso de la oferta y de la aceptación sobre la cosa y la causa que han de constituir el contrato ”. Es decir, consentimiento, objeto y causa generan o dan vida al contrato. El sistema, por tanto, sigue intacto en el fondo. Pero, en cambio, respecto de la perfección del contrato, la disposición adicional cuarta de la citada Ley ha modificado el criterio de determinación, unificando además el tenor literal del resto del nuevo art. 1.262 CC (esto es, apartados 2º y 3º) y el art. 54 CCom: ambos preceptos establecen ahora que, “hallándose en lugares distintos (…) hay consentimiento desde que el oferente conoce la aceptación o desde que, habiéndosela remitido el aceptante, no pueda ignorarla sin faltar a la buena feEn los contratos celebrados mediante dispositivos automáticos hay consentimiento desde que se manifiesta la aceptación”. Es decir: se ha impuesto el criterio defendido por la doctrina iusprivatista del país como regla general en la materia y que, como regla especial, se establece en el último párrafo que la aceptación es determinante en los casos de contratación automática (elegir una cajita de aperitivos de una máquina expendedora; “clikar” en el caso de contratación

electrónica; sacar dinero de un cajero automático…). Por último esta Ley como novedad ofrece un cuadro regulador de la contratación electrónica, aunque los

fundamentos del Derecho contractual no han sido afectados, limitándose la ley especial a consagrar la admisión

de dicho tipo de contratación, pero dejando a salvo en todo caso:

a- que los contratos electrónicos, como cualesquiera otros, serán válidos “cuando concurran consentimiento y demás requisitos necesarios para su validez” (art. 23.1.1).

b- que tales contratos se regirán por lo dispuesto en la Ley especial y en… los Códigos Civil y de Comercio

(art. 23.1.2).

2.5. Contratación entre ausentes y ventas a distancia.

A la Ley 34/2002 hemos de añadir la Ley 47/2002 de Ordenación Minorista y la Ley 32/2003, General de

Telecomunicaciones. Ésta última da nueva redacción a los arts. 21 y 22 de la Ley 34/2002 (sobre correo “basura”). Pero nos centraremos en la 47/2002, conforme a la cual “se consideran ventas a distancia las celebradas sin la

presencia física simultánea del comprador y del vendedor, siempre que su oferta y aceptación se realicen de forma exclusiva a través de una técnica cualquiera de comunicación a distancia y dentro de un sistema de contratación a distancia organizado por el vendedor” (art. 38.1 LOCM). Luego ha de atenderse a la existencia, conjunta, de contratación entre ausentes, de una parte, y, de otra, de ventas a distancia. Ambas categorías contractuales se encuentran reguladas por los Códigos y la Ley 34/2002

(los contratos entre ausentes) y, por otro lado, por la LOCM (las ventas a distancia), derogada en parte por el RD 1/2007, cuando se trate propiamente de ventas a distancia, nacidas y desarrolladas, como actos en masa, en

el entorno de un sistema de contratación a distancia organizado por el vendedor.

2.7. Los tratos preliminares: la responsabilidad precontractual.

En determinados casos, el paradigma formativo de oferta y aceptación suele verse precedido en la práctica de una serie de conversaciones, trueque de información, adelanto de condiciones contractuales no cerradas…: son los tratos preliminares. Es decir: no suponen una fijación definitiva de la oferta contractual, sino la realización

de actos preparatorios de un eventual e hipotético contrato.

En un mismo tipo de contrato y una operación económica de similar entidad puede dar lugar a la existencia de

tratos preliminares o por el contrario excluirlos, puesto que se darán en función de las circunstancias de hecho

y, en particular, de la urgencia o no que exista en la celebración del contrato.

Los tratos preliminares no son objeto de contemplación normativa por la mayor parte de los sistemas jurídicos:

nuestro CC no dedica norma alguna a ellos. Pero pueden tener importancia para el Derecho. Primero porque pueden coadyuvar a la interpretación del contrato; en segundo lugar porque en determinados casos pueden dar origen a responsabilidad, calificada como “responsabilidad precontractual”. Pero, si las partes sólo quedan vinculadas a partir del momento de la perfección del contrato y los tratos son meros actos preparatorios del mismo, ¿cómo pueden éstos dar origen a responsabilidad? Como regla general, la ruptura de los tratos preliminares no conlleva consecuencia alguna. Pero cuando esos tratos han sido llevados a cabo por una de las partes sin observancia del principio general de buena fe para después provocar injustificadamente la ruptura de los mismos, ésta dará lugar a la denominada “responsabilidad precontractual”, expresión que algunos autores (pese a no ser absolutamente coincidentes) equiparan a la culpa in contrahendo (ineficacia o nulidad contractual a consecuencia de circunstancias que eran conocidas para una de las partes contratantes, y se referían a contratos celebrados pero viciados de nulidad: R. Von Ihering, 1861).

La doctrina posterior ha otorgado un significado propio a la calificación de la “responsabilidad precontractual”, limitando su ámbito a la ruptura injustificada de tratos preliminares, esto es, con anterioridad a la perfección del contrato. En particular, se subraya que cuando la negociación preliminar tiene por objeto dañar a una de las partes o a un tercero (que podría celebrar el eventual contrato con aquella) ha de buscarse un mecanismo de exigencia de responsabilidad, aunque no se encuentre formulado legislativamente de forma expresa. Aparte del recurso al principio general de buena fe, hay una cierta conformidad en traer a colación también en esta sede el art. 1.902 CC que, como sabemos, constituye el soporte fundamental de la “responsabilidad extracontractual”, reconvertida ahora en “precontractual” en atención a su concreto origen.

Por su parte, los PECL contemplan la cuestión en el art. 2:301, bajo la rúbrica de “Negociaciones contrarias a la buena fe”, partiendo de la base de que, aunque obviamente:

1. Las partes tienen libertad para negociar y no son responsables en caso de no llegar a un acuerdo.

2.

Sin embargo, la parte que hubiere negociado o roto las negociaciones de manera contraria a las exigencias

de la buena fe, será responsable de las pérdidas causadas a la otra parte.

3. En especial es contrario a la buena fe que una parte entable negociaciones o prosiga con ellas sino no tiene

intención de llegar a acuerdo con la otra parte”.

3. EL PRECONTRATO.

Es posible que las partes lleven a cabo la celebración de un contrato preparatorio de un futuro contrato, extremo de extraordinaria dificultad teórica, sobre el que las discusiones doctrinales han sido frecuentes. Suele denominarse precontrato, promesa de contrato o contrato preliminar, usado por la doctrina italiana. Debemos considerar esta temática por el hecho de que nuestro CC regula dos supuestos concretos de esta índole: de una parte, el art. 1.451, según el cual “la promesa de vender o comprar, habiendo conformidad en la cosa y en el precio, dará derecho a los contratantes para reclamar recíprocamente el cumplimiento del contrato”; de otra, el art. 1.862, al disponer que “la promesa de constituir prenda o hipoteca sólo produce acción personal entre los contratantes…”. De otro lado, en la práctica actual son sumamente frecuentes los contratos de opción de compra (a juicio de Lasarte, encuadrables en el art. 1.451).

3.1. El precontrato o promesa de contrato.

La idea genérica de precontrato es referida doctrinalmente a los acuerdos contractuales cuyo contenido radica precisamente en la celebración de un futuro contrato. De ahí la denominación alternativa de “promesa de contrato”: las partes se obligan a celebrar un futuro contrato, ora mediante la prestación de nuevo consentimiento respecto de éste, ora mediante la manifestación de una sola de las partes, por entender que la otra se encuentra ya vinculada por el primer contrato. En el primer caso estaríamos frente a una promesa bilateral, en cuanto generadora de obligaciones para ambas partes. En cambio, si se considera que una de las partes (promitente) queda ya vinculada por el propio precontrato frente a la otra (promisario), es obvio que estaríamos ante una promesa unilateral, ya que el precontrato obligaría o ataría al promitente frente al promisario quien, por el contrario, no tendría obligación alguna de respetar o cumplir el precontrato celebrado. En realidad, lo que hemos calificado de promesa unilateral no ofrece ninguna dificultad de comprensión, ni existen razones en contra de su admisibilidad. El art. 1.451 habla de “promesa de comprar o vender…”: cabe pensar que lo mismo puede tratarse de una “promesa de compra” (alguien se obliga a comprar si la contraparte desea) que de una “promesa de venta” (el vendedor queda vinculado a hacerlo; el eventual comprador, en cambio, puede comprar o no). De ahí la conjunción disyuntiva “o” utilizada en el precepto. Así pues, una de las partes del precontrato o promesa unilateral cuenta a su favor, respectivamente, con la opción de vender (o no) o de comprar (o no), resolviéndose el precontrato en un verdadero contrato de opción (que veremos más adelante).

Mayores dudas plantea el precontrato cuando se configura como promesa bilateral, pues ninguna de las propuestas doctrinales o explicaciones jurisprudenciales llega a establecer de forma indiscutible cuáles puedan

ser las razones de distinción entre el contrato preparatorio (precontrato) y contrato definitivo, sobre todo si se aceptan las dos premisas siguientes:

1. Que todos los elementos y estipulaciones del contrato definitivo deben encontrarse presentes en el propio

precontrato para que, en rigor, pueda hablarse de tal y no de tratos preliminares más o menos desarrollados y avanzados.

2. Que la puesta en ejecución del contrato definitivo no requiere la emisión de (nuevo) consentimiento por las

partes, pues ya en el contrato preparatorio habían expresado el acuerdo contractual.

Tales premisas suponen el abandono definitivo de la configuración del precontrato que la doctrina anterior, hasta mitad del s.XX, había venido defendiendo: que era un acto preparatorio del contrato definitivo, el cual requería de nuevo prestación del consiguiente consentimiento. Frente a dicha contemplación, F. de Castro (en línea argumental seguida posteriormente por alguna STS) adujo que la manifestación del consentimiento, así como los elementos básicos del contrato definitivo e incluso la facultad de exigir el cumplimiento del contrato definitivo se encontraban presentes ya en la promesa de contrato. La exigencia del cumplimiento efectivo constituiría, por su parte, una segunda fase del iter negocial, de la que dimanarían los derechos y obligaciones concretos del contrato definitivo, cuya vigencia habría quedado mientras tanto en suspenso por haberse reservado las partes la facultad de exigir el cumplimiento contractual en un momento posterior a su puesta en

vigor.

3.2. El contrato de opción.

Como ya hemos dicho, el contrato de opción se caracteriza por incorporar una promesa unilateral, en cuya virtud el optante tiene la facultad de realizar un determinado acto jurídico, cuyo contenido vincula al promitente (la otra parte del contrato) por la mera declaración de voluntad de aquel, siempre y cuando la opción sea ejercitada en las condiciones establecidas en el contrato. En términos teóricos, el contrato de opción puede tener un amplio campo de aplicación. Pero en la práctica su operatividad se encuentra virtualmente reducida a la “opción de compra” y más raramente a la “opción de venta”.

Es frecuente en nuestros días celebrar negocios preparatorios de una adquisición o enajenación futura que aún no se tiene decidida en firme: ej. a una constructora le interesa un terreno, pero no está dispuesta a comprarlo hasta cerciorarse de la volumetría posible de la parcela. Pero le interesa asegurárselo mientras tanto: a cambio de ello, el dueño del terreno exigirá una compensación económica, pues no va a limitar sus posibilidades de venta a cambio de nada. Semejante operación se conoce en Derecho con el nombre de “opción de compra”: el concedente del derecho de opción (el dueño) está otorgando un derecho de preferencia en la adquisición al optante (la constructora) a cambio de un precio que, en la práctica, suele conocerse como “prima” o “señal” de la opción (generalmente bajo unas condiciones entre las que destaca el plazo temporal concedido al optante). Siendo así, el concedente del derecho de opción queda obligado a vender y es el optante quien decidirá si compra o no.

Menos frecuente es cuando el eventual adquirente queda obligado a comprar, y es el propietario el que puede optar entre vender o no vender: sería la “opción de venta” (en adelante omitiremos toda referencia a esta última para no complicar la exposición).

La opción de compra, tenga carácter gratuito u oneroso, es perfectamente lícita y posible, vinculando al promitente. El ejercicio del derecho o no de compra depende en exclusiva de la declaración de voluntad del optante. En caso de incumplimiento de lo pactado por parte del promitente, el optante puede, justa y fundadamente, demandar al concedente de la opción, reclamándole la correspondiente indemnización de daños y perjuicios. El problema no es la obligatoriedad de la opción, sino si puede afectar a terceros adquirentes: es decir, si se configura como un derecho real sobre la cosa objeto de contrato. En términos generales, la respuesta ha de ser no; pero en relación con bienes inmuebles, la opción inscrita en el Registro de la Propiedad arroja una especial problemática que analizaremos en Civil III.

5. LAS CONDICIONES GENERALES DE LA CONTRATACIÓN Y LOS CONTRATOS DE ADHESIÓN.

5.1. Noción de condiciones generales.

El conjunto de estipulaciones, cláusulas, o contenido contractual seguido en los actos en masa es lo que se denomina “condiciones generales de la contratación” (ej.: el clausulado que acompaña a la petición de una tarjeta de crédito. La entidad financiera predispone o establece unilateralmente el contenido contractual; al cliente le queda la libertad de solicitar o no la tarjeta; igual con gas, agua, electricidad…). Al ser el clausulado contractual de aplicación general, se habla en este caso de “condiciones generales de la contratación”. Mirado desde la perspectiva propia del consumidor o contratante, dado que la única salida que tiene es, si quiere contar con el servicio ofrecido, asentir al contenido contractual predispuesto por la otra parte, se habla de “contrato de adhesión”. En la actualidad, condiciones generales de contratación y contrato de adhesión son sustancialmente dos caras de la misma moneda. Por tanto, cabe utilizar indistintamente ambas expresiones.

El problema no es si los contratos de adhesión tienen eficacia obligatoria, sino la posibilidad de someter a las condiciones generales de contratación a una criba que permita reducir la prepotencia y supremacía económicas de quien las ha dispuesto unilateralmente. La aceptación del contrato de adhesión, jurídicamente, conlleva que éste, peor que mejor, ha prestado su consentimiento al contrato (o, si se prefiere, al contenido modular del mismo). Luego la cuestión a dilucidar no es la obligatoriedad del contrato, sino evitar abusos por parte del predisponente, permitiendo que incluso la obligatoriedad de aquel (para ambas partes, no se olvide) no obste a la posible ineficacia de alguna/s de las cláusulas que contradigan los más elementales principios de justicia contractual o de “equivalencia de las prestaciones”. Con ello se consigue, de una parte, establecer un cierto equilibrio entre las obligaciones de ambos, al tiempo que imposibilita que reclamaciones o demandas del usuario en relación con determinadas cláusulas lo excluyan de la posibilidad de contar con los bienes y servicios ofrecidos en masa.

5.3. Las condiciones generales de la contratación en Derecho español bajo la regulación

del Código Civil.

En Derecho español, como en otros sistemas jurídicos, hasta tiempos recientes no se contemplaba legalmente la materia, que era reenviada a la doctrina jurisprudencial, que llegó por lo general a conclusiones similares a las legalmente previstas por otros ordenamientos jurídicos. En la jurisprudencia española (desde los años 30), ha sido tradicional recurrir a una interpretación progresista del art. 1.288 CC: “la interpretación de las cláusulas oscuras de un contrato no deberá favorecer a la parte que hubiese ocasionado la oscuridad”, con vistas a proteger a los ciudadanos frente a los poderes económicos que preparan y redactan las condiciones generales de contratación. El TS se ha limitado a requerir dos requisitos para dar lugar a la interpretación contra proferentem:

- que el clausulado contractual (o cláusula concreta de que se trate) haya sido redactada unilateralmente por el predisponente

- que sea inherente a la cláusula una oscuridad material claramente favorable para el predisponente.

En los supuestos en que el art. 1.288 no podía entrar en aplicación, la jurisprudencia y la doctrina han procurado restablecer la justicia conmutativa basándose en normas generales que excluirían la validez de las condiciones

generales de la contratación que fuesen excesivamente onerosas o lesivas para el contratante débil:

- art. 7 y 1.258, en cuanto presuponen y requieren la buena fe en la contratación;

- art. 1.256, que prohíbe dejar el cumplimiento del contrato al arbitrio de uno de los contratantes;

-art. 1.255, que imposibilita la exclusión de responsabilidad por parte del redactor de las condiciones generales de contratación; etc.

Por otra parte, el Consejo de las Comunidades Europeas, tras largos años de preparación, ha aprobado la Directiva 13/93 sobre las cláusulas abusivas en los contratos celebrados con consumidores.

Haremos una indicación sumaria sobre las innovaciones normativas, sin insistir mucho en ello, pues es “agua pasada”, por fortuna.

8. LOS CONTRATOS NORMATIVOS.

8.1. Los contratos forzosos.

Por contratos normativos se hace referencia a aquellos supuestos en que la ley, atendiendo a razones de interés general, limita la autonomía privada de una de las partes, obligándola necesariamente a contratar. Entre tales supuestos, destacamos:

a- la obligación de contratar que pesa sobre los concesionarios de servicios públicos en situación oligopolista o monopolista. Iberia, por ej., no tiene libertad para venderme o negarme el billete que solicito: está obligada a contratar y su negativa sería un acto ilícito. b- El alquiler obligatorio de viviendas que, susceptibles de ser ocupadas, no lo fueran por nadie estando vacías. En tal caso, el Gobernador Civil, tras determinados requisitos, podría acordar que una persona se convirtiera en inquilino “aunque el arrendador se niegue a otorgarle contrato, en cuyo caso la renta se determinará conforme a los datos fiscales que se expresan” (TR-LAU). c- En general, los supuestos de subrogación y sucesión en la posición arrendaticia que prevén tanto la LAU cuanto la Ley de Arrendamientos Rústicos.

La obligación de contratar legalmente impuesta afecta a la autonomía contractual del más fuerte, favoreciendo al débil. Pero los contratos forzosos no conllevan necesariamente que el contenido del contrato haya de encontrarse legal o convencionalmente (por una de las partes) predeterminado. Puede ocurrir (el contrato de transporte de Iberia está sometido a las condiciones generales homologadas por la Administración); pero también puede darse la convencional formalización del contenido del contrato, a pesar de que una de las partes esté obligada a contratar.

8.2. Los contratos normados o contratos tipo.

Los contratos normados se dan cuando el conjunto de derechos y obligaciones de las partes (o contenido del contrato) se encuentra legal o reglamentariamente determinado por los poderes públicos. Normado: que está sometido a una “norma”, siendo extraño, pues, a la voluntad de ambas partes contratantes (que por otro lado serían libres de contratar o no contratar).

La distinción entre normado y forzoso es clara. Aunque lo cierto es que la mayoría de los contratos normados son simultáneamente forzosos, sobretodo en cuanto se refieren al suministro de servicios públicos (transporte regular, teléfono, electricidad…). Pero no siempre es así; no siempre son forzosos: hay libertad para contratar o no: por ejemplo cuando las Administraciones Públicas regulan préstamos bonificados en algunos puntos de interés, en beneficio de inmigrantes, agricultores, etc. Estos grupos no están obligados a contratar, pero si lo hacen quedan obligados a respetar el contenido contractual fijado normativamente.

El sometimiento al contenido contractual normativamente fijado ha ido in crescendo en los tiempos contemporáneos. Son numerosísimas las disposiciones legislativas (tanto europeas cuanto de derecho interno) que, en la búsqueda de protección a los consumidores acaban por establecer un marco normativo contractual de carácter obligatorio. En otros casos, las características especiales de determinados sectores económicos aconsejan la intervención de los poderes públicos estableciendo un determinado contrato-tipo. Por ello es común hablar de “contrato modelo” o de “modelo de contrato” para expresar la sustitución de la autonomía privada por la formulación de una serie de cláusulas predispuestas por las propias normas jurídicas aplicables al caso concreto de que se trate.

TEMA 5 EL CONTENIDO DEL CONTRATO.

1. EL CONTENIDO DEL CONTRATO.

1.1. El contenido y el objeto del contrato.

Se entiende por contenido del contrato al conjunto de derechos y obligaciones generados por el contrato en cuestión o que es objeto de análisis. Exigiría, de una parte, determinar cuál es el cuadro de facultades, prerrogativas y derechos, y, de otra, el conjunto de cargas, deberes y obligaciones que competen a cada una de las partes contratantes. Sería entonces más amplio el contenido que el objeto del contrato, identificado éste con las cosas, derechos o servicios sobre los que recae el acuerdo contractual. Aunque otros autores consideran que el objeto debe alcanzar también a las prestaciones de las partes, incluso aceptando esa propuesta a efectos puramente argumentativos, es evidente que el contenido contractual estará referido no solamente a las prestaciones contractuales, sino también a cualesquiera poderes, prerrogativas o derechos de cualquiera de las partes, pues estos constituyen también parte del “entramado contractual”.

1.2. La autonomía privada y las reglas contractuales.

El contenido contractual depende, en cada caso y en grandísima medida, de la reglamentación autónoma de las partes contratantes (art. 1.255: “…pueden establecer los pactos, cláusulas o condiciones que tengan por conveniente, siempre que no sean contrarias a las leyes, a la moral, ni al orden público”). Pero el principio de

autonomía privada no puede desvincularse del conjunto del ordenamiento jurídico. Por ello, las primeras reglas contractuales a tener en cuenta son las posibles normas imperativas existentes respecto del contrato celebrado (ya sean generales aplicables a cualquier contrato o de normas específicas para un determinado tipo de contrato –ej.: nadie puede vincularse vitaliciamente a una determinada prestación de servicios). Tales normas imperativas no pueden ser desconocidas ni sustituidas por acto alguno de autonomía privada (pues jerárquicamente tienen absoluta preeminencia sobre el acuerdo contractual autónomo). Lo cierto es que no hay muchas normas de derecho imperativo y, una vez respetadas, las partes pueden establecer el contenido contractual que les parezca más acorde a sus intereses y pretensiones, mediante esos “pactos, cláusulas o condiciones” (que pueden ser de lo más variopinto: de ahí la importancia de los “contratos atípicos”).

Es decir, por cuanto vamos viendo, el juego de la autonomía privada y la prevalencia del consentimiento o voluntad de las partes no se manifiesta sólo respecto de la forma del contrato: más fundamental es que los contratantes estén habilitados por el ordenamiento jurídico para establecer el “tipo” o “modelo” de contrato que crean más favorable para sus intereses o más acorde con la intención perseguida. En efecto, del art. 1.255 podemos deducir dos consecuencias fundamentales:

1º- Resulta claro que, respecto de los contratos regulados específicamente por el Derecho positivo, los particulares pueden introducir las modificaciones que consideren adecuadas a su designio contractual. 2º- Parece obvio que el principio de autonomía privada no tiene por qué quedar limitado o circunscrito al ámbito de los contratos legalmente regulados o tipificados (contratos típicos). Los particulares son libres para celebrar los pactos que no contraríen las normas imperativas, aunque tales acuerdos no estén contemplados expresamente por la ley como contratos. Al hablar el art. 1.255 de “pactos, cláusulas o condiciones” del contrato, da por hecho que el acuerdo básico y fundamental es el contrato, y aquellos (pactos, cláusulas, condiciones) se encuentran subordinados en una relación de dependencia funcional. En cuanto al significado de los tres términos, lo más acertado posiblemente sea darles el mismo: convenios en detalle sobre los distintos extremos de la ejecución del contrato, que dotan a éste de un contenido preciso y determinado. En efecto, el término cláusula recoge una tradición inveterada de denominar cláusula o estipulación a los distintos puntos (normalmente numerados) de los contratos extendidos por escrito. En cuanto al término “condición”, según el sentido unánime de la doctrina, en el art. 1.255 no tiene sentido técnico, como suceso futuro o incierto del que dependa la eficacia del contrato celebrado, sino un mero sentido figurativo. Obviamente, los eventuales elementos accidentales incorporados al contrato (condición, término y modo) inciden en forma importantísima sobre el contenido y la propia eficacia del contrato celebrado. En esta línea, la calificación de “elementos accidentales” debe ser matizada, pues verdaderamente la incorporación de cualesquiera de tales “elementos” a un contrato constituye una estipulación o determinación de carácter convencional de la mayor transcendencia. Finalmente, conviene hacer una llamada de atención sobre la importancia de las normas dispositivas (éstas sí muy abundantes) en relación con el contenido del contrato. Las partes pueden sustituir el mandato de dichas normas (las pueden “derogar”, se suele afirmar, en cada caso concreto) por un pacto o regla de carácter autónomo. Mas si las partes no proceden a tal sustitución, el mandato normativo de las reglas dispositivas pasa a formar parte del contenido contractual.

2. LA CONDICIÓN.

2.1. Noción general y requisitos.

En la práctica no es extraño que la celebración de un contrato quede fijada bajo determinadas condiciones que afectan directamente a la eficacia del mismo: te compro el coche si pasa la ITV; te compro un terreno si el Plan General de Ordenación Urbana no varía su volumetría… Tales condiciones son perfectamente admisibles conforme al principio de autonomía privada, y se pueden incorporar al contrato por voluntad de las partes. Es un elemento accidental del contrato: estructuralmente y de forma necesaria no tiene por qué ser sometido a condición ningún contrato. Por tanto es un elemento “no esencial” de la categoría. Pero si se incorporan, éste deja de ser un mero accidente para convertirse en la espada de Damocles de la propia eficacia del contrato: si el coche no supera la ITV podré entender que la compraventa no me vincula; igual deberé comprar el terreno si el plan no modifica la volumetría… En ambos casos, la eficacia del contrato depende de un suceso futuro o incierto (el art. 1.113 permite considerar también “un suceso pasado, que los interesados ignoren”) cuyo efectivo acaecimiento o falta de acaecimiento

reúne las características requeridas por el Código para que pueda hablarse de condición:

1º- El suceso contemplado como condición tiene que ser posible (art. 1.116), ya que de lo contrario se estará celebrando un contrato de entrada ineficaz que no merece protección por el ordenamiento jurídico. 2º- Las condiciones no pueden ser contrarias a las leyes ni a las buenas costumbres (art. 1.116), puesto que éstas son barreras infranqueables para la propia autonomía privada (art. 1.255 y 1.116). 3º- El acaecimiento (o falta de él) del suceso contemplado como condición no puede depender de la voluntad de los contratantes (ej: te compraré si quieres venderme). Los arts. 1.115 y 1.119 niegan virtualidad alguna a las condiciones meramente potestativas. La razón de ello es clara: “la validez y el cumplimiento de los contratos no pueden dejarse al arbitrio de uno de los contratantes” (art. 1.256). La inclusión de una condición en un clausulado contractual no tiene sentido salvo en el caso de que el contrato se entienda realmente celebrado y, por tanto, perfecto o perfeccionado (en caso contrario, bastaría con decirle al vendedor del coche que, una vez pasada la ITV ya hablaremos; con lo que evidentemente no me he vinculado contractualmente).

2.2. Condición suspensiva y condición resolutoria.

En efecto, para “condicionar” un contrato se requiere que dicho contrato sea tal: es decir, que el contrato, válidamente celebrado, sea perfecto. Cuando la eficacia del contrato depende del acaecimiento de la condición se habla de condición suspensiva, ya que hasta que no se produzca el evento futuro o incierto los efectos propios del contrato se encuentran “en suspenso”, sin que hayan empezado a generarse. Por el contrario, si el contrato apenas celebrado genera los efectos propios (el ejemplo tomo posesión del terreno, lo vallo, empiezo a pagar al vendedor…) cual si no existiera condición, pero el acaecimiento de ésta supone la ineficacia sobrevenida del contrato, se habla de condición resolutoria.

Así pues el acecimiento de la condición voluntariamente aceptada por las partes puede traer consigo:

- ora la eficacia del contrato, en el supuesto de condición suspensiva.

- ora la ineficacia del contrato, en el caso de que sea condición resolutoria.

En ambos casos, el Código dice que el acaecimiento de la condición opera con efectos retroactivos: esto es, los derechos y obligaciones de las partes se consideran adquiridos y asumidos, respectivamente, desde el mismo momento de celebración del contrato.

La confrontación entre condición suspensiva y resolutoria es clara a nivel teórico, pero en la práctica origina no pocos problemas: una misma fórmula literaria en un contrato escrito puede entenderse en ambos sentidos (en el ejemplo del automóvil puede defenderse que los efectos de la compraventa quedan suspendidos a la superación de la ITV; pero también puede defenderse que el no superar la ITV opera como condición resolutoria). Siendo ambos sentidos antagónicos y contrapuestos, habrá que pronunciarse por el que resulte más acorde con la voluntad de las partes. No obstante, hay que advertir a efectos de procurar evitar estos problemas en el momento de celebrar un contrato, que bastará con indicar si sus efectos se despliegan desde el mismo momento de la perfección (jugando pues la condición resolutoria) o si, por el contrario, tales efectos iniciales no tendrán lugar hasta el acaecimiento de la condición (la cual será, por tanto, suspensiva).

2.3. La conditio iuris o condición legal.

En ciertos casos la ley subordina la eficacia de un contrato u otro negocio (ej.: el testamento) al acaecimiento de un suceso futuro o incierto y, en todo caso, no dependiente de la voluntad de las partes (p. ej.: se exige por ley autorización especial del Consejo de Ministros para adquirir inmuebles en Ceuta o Melilla; se requiere que el testador fallezca para que el testamento tenga eficacia…). Algunos juristas llaman a esas condiciones “conditio iuris”. El Código no las contempla: en realidad la conditio iuris poco o nada tiene que ver con la condición recta y técnicamente entendida:

a) la condición es un elemento accidental o contingente (no necesario) del contrato, mientras que la denominada

conditio iuris constituirá un presupuesto legal y necesario de eficacia del contrato de que se trate.

b) el cumplimiento de la conditio iuris no tendrá por principio eficacia retroactiva, en contra de cuanto ocurre

en las relaciones contractuales sometidas a condición.

3. EL TÉRMINO O PLAZO.

3.1.

Planteamiento.

Término es el momento temporal en que:

a-

comienzan o terminan los efectos de un contrato, o bien,

b-

ha de llevarse a cabo el cumplimiento de una obligación determinada (suele ser procedente del contrato,

pero también puede tener naturaleza extracontractual). En el primer caso, el término opera como elemento accidental del contrato, afectando a su eficacia. En el segundo, presupuesta la eficacia del contrato, el término o plazo está referido sólo a su ejecución o al cumplimiento de las obligaciones de las partes.

3.2. El término como elemento accidental: término inicial y final.

Para el CC, “entiéndese por día cierto aquel que necesariamente ha de venir, aunque se ignore cuándo” (art.

1.125.2). Esto es: el término puede consistir tanto en la fijación de una fecha concreta futura; cuanto en un período temporal determinado, contado a partir de la celebración del contrato; cuanto, finalmente, en la fijación de una fecha indeterminada pero determinable por referencia a un evento que “ha de venir” o producirse necesariamente. Es necesario para poder hablar de término que no haya incertidumbre sobre la llegada del mismo: el acaecimiento del suceso contemplado como condición queda en la incertidumbre; al contrario, el término se da por seguro, aunque no se sepa exactamente cuándo se producirá. Así contemplado, el término puede ser:

A) Término inicial: día cierto a partir del cual un contrato genera los efectos que le son propios (de forma parecida a cuanto ocurre en el caso de c. suspensiva).

B) Término final: consideración de un día cierto en que los efectos propios del contrato se darán por concluidos (de forma parecida al caso de la c. resolutoria).

3.3. El término de cumplimiento: término esencial.

Pese al silencio al respecto del CC, asume extraordinaria importancia, desde la perspectiva del cumplimiento de la obligación, el “término esencial”. No quiere decirse con ello que el término sea un elemento esencial, sino que el cumplimiento de determinadas obligaciones excluye de forma absoluta que se pueda llevar a cabo con posterioridad a la fecha o al día señalado. El cumplimiento extemporáneo equivale a un verdadero incumplimiento, al no satisfacer el interés del acreedor.

4. EL MODO.

4.1. Noción y ámbito.

El modo (tercero de los elementos accidentales) consiste en una carga o en un gravamen añadido en algunas ocasiones a los “actos de liberalidad”, como la donación y el testamento, pues según afirmación clásica e indiscutible, el modo no puede incorporarse a los negocios onerosos (que son los más numerosos). La misma tradición sigue nuestro sistema normativo.

4.2. Régimen básico.

El modo consiste en una obligación accesoria impuesta al beneficiario de una determinada liberalidad por el disponente de ésta (ej: le regalo una finca a mi sobrina y le impongo la carga de regalar una cesta en Navidad a cada uno de los campesinos que prestan servicio en ella) que, inicialmente, no afecta ni suspende la atribución patrimonial realizada con carácter gratuito, ni la convierte en onerosa. El modo es accesorio respecto de la liberalidad en que consiste el “negocio gratuito”: en caso de que el modo impuesto consista en una carga de carácter ilícito o imposible, se tendrá por no puesto o ineficaz, mientras que la validez de la liberalidad se mantendrá. Sin embargo, la carga modal no puede interpretarse como un mero ruego o recomendación del disponente: es obligatoria para el beneficiario de la liberalidad, y en caso de incumplimiento imputable a éste, la liberalidad puede ser revocada si las personas legítimas (en el caso de la donación, el donante y sus herederos) ejercitan la oportuna acción de revocación, o la “devolución de lo percibido con sus frutos e intereses” (en el caso de la institución de heredero o legatario).

5. LOS CONTRATOS TÍPICOS Y ATÍPICOS.

5.1. Los contratos típicos.

Bajo tal expresión se agrupan aquellos esquemas contractuales que están legalmente contemplados y a los que el Derecho objetivo proporciona una regulación con carácter general que, siendo en gran medida de carácter dispositivo, permitirá en línea de máxima la resolución de la mayor parte de lagunas que presente la lex privata (o clausulado contractual) establecida por los contratantes (son ej.: compraventa, arrendamiento, contrato de edición…). Su regulación objetiva se limita a ofrecer el marco básico del contrato de que se trate, mediante escasas normas de carácter imperativo, al tiempo que se permite a las partes modificar el resto de la disciplina legal, que se caracteriza por tener naturaleza dispositiva. En el caso de que los particulares, por comodidad o impericia, dejen sin regular algún extremo, la disciplina legal se aplicará de modo supletorio.

5.2. Los contratos atípicos.

Son los contratos que, aun careciendo de reconocimiento legal y de regulación positiva, reúnen los requisitos esenciales de la genérica figura contractual. Ante la eventualidad de que las figuras atípicas sirvan para burlar prohibiciones legalmente fijadas para los contratos típicos, doctrina y jurisprudencia insisten en la necesidad de existencia de una causa lícita. En base al art. 1.255 la jurisprudencia considera indiscutible el que la libertad contractual derivada de la iniciativa económica privada conlleva que las personas puedan estructurar libremente figuras contractuales no consagradas aún legalmente. La celebración de un contrato atípico supone estructurar un modelo contractual que no cuenta con una regulación supletoria ad hoc, y es conveniente perfilar muy cuidadosamente las reglas o cláusulas contractuales para evitar imprevisiones en la ejecución efectiva del contrato. En efecto, en caso de litigio entre las partes, poco previsoras en el momento del establecimiento del clausulado contractual, ¿qué normas se aplicarán supletoriamente al caso concreto planteado? Desde la perspectiva teórica, hay diversas opciones:

1-

Teoría de la absorción: una vez acercado el contrato atípico al esquema contractual típico que le resulta

2-

más próximo, habrían de aplicarse las normas de éste, por ser el elemento preponderante del contrato atípico analizado. Teoría de la combinación: habrían de tenerse en cuenta, conjuntamente y cohonestándolas entre sí, la regulación supletoria de todos aquellos modelos contractuales típicos que, parcialmente, estén presentes en el atípico.

3- Teoría de la aplicación analógica: habrían de aplicarse las normas propias del contrato típico que presente mayor identidad de razón y siempre conforme a las reglas internas de la aplicación analógica de las normas según el art. 4 CC.

Atendiendo a los datos reales, las propuestas doctrinales son escasamente realistas y poco operativas. El TS aunque a veces ha hecho referencia a alguna o algunas de estas teorías, lo cierto es que atiende a la justicia del caso concreto sobre la base de diseccionar lo mejor posible la voluntad de las partes, y atendiendo a la aplicación de las normas generales de la contratación que iremos viendo más adelante.

Ejemplos de atipicidad legal son el contrato de mediación, de corretaje, de garaje, el contrato de franquicia, el “leasing”, o el “factoring”.

TEMA 6 LA INTERPRETACIÓN E INTEGRACIÓN DEL CONTRATO.

1. INTRODUCCIÓN: INTERPRETACIÓN, CALIFICACIÓN E INTEGRACIÓN DEL CONTRATO.

La ejecución de un contrato (esto es, llevar a la práctica el conjunto de derechos y obligaciones de las partes) no siempre es pacífica, sino que frecuentemente plantea problemas de carácter interpretativo sobre la significación

de las cláusulas del mismo o sobre la voluntad de las partes contratantes. La exacta determinación del contenido del contrato y, por tanto, la efectiva ejecución del mismo puede:

a) Excepcionalmente, en casos de contratantes particularmente puntillosos y previsores, hacer ociosa la interpretación del contrato.

b) En otros casos, más numerosos, la efectiva realización del contrato suele demostrar la insuficiencia de la actividad interpretativa para determinar el contenido exacto del contrato, precisamente como consecuencia de la propia insuficiencia del pacto o clausulado contractual, que raramente suele contener elementos suficientes para prever todas las consecuencias o incidencias del cumplimiento efectivo de las obligaciones dimanantes del contrato; siendo posible, además, que ciertas previsiones contractuales puedan resultar contradictorias con normas de derecho imperativo.

2. LA INTERPRETACIÓN DEL CONTRATO.

2.1. Ubicación legal y carácter normativo de los criterios interpretativos.

El CC, siguiendo la tradición histórica del ius commune, recoge con cierto detalle criterios interpretativos que han de imperar en la averiguación del significado de la lex contractus. Dedica a la materia los arts. 1.281 a 1.289, ambos inclusive. La jurisprudencia se mostró durante cierto tiempo poco favorable a reconocer carácter propiamente normativo a las reglas sobre interpretación, considerándolas simples máximas o axiomas. Sin embargo, para la doctrina actual no cabe duda de que las reglas contenidas en dichos artículos son normas jurídicas sensu stricto que, por tanto, son vinculantes para el intérprete (abogado, árbitro, juez, autoridad, etc). Tampoco cabe duda respecto de su aplicación a los contratos mercantiles. Ahora bien, dichos artículos citados contienen criterios de diferente naturaleza e, incluso, puede que ninguno de ellos sea adecuado para desentrañar el verdadero significado del contrato. La aplicación de tales normas (como muestra la jurisprudencia, a la que hay que estar especialmente atento en este capítulo) no puede plantearse de forma apodíctica 2 , sino con exquisita ponderación del supuesto de hecho a considerar.

2.2. Interpretación de los contratos y casación.

El debate doctrinal sobre la naturaleza normativa o puramente axiomática de las reglas legales sobre

interpretación de los contratos mencionada antes, tiene un trasfondo práctico de extraordinaria importancia:

determinar si la posible infracción de las reglas interpretativas por los tribunales de instancia puede dar origen

al recurso de casación ante el TS.

La respuesta a dicha cuestión ha sido resuelta por la propia Sala 1ª del TS en sentido afirmativo en numerosas sentencias durante la segunda mitad del S.XX, con lo que de facto niega que la interpretación sea una cuestión de mero hecho y afirma la naturaleza normativa de los arts. 1.281 a 1.289 CC. No obstante, la jurisprudencia del TS muestra una gran cautela respecto de los argumentos esgrimidos por los recurrentes respecto de la impugnación de la interpretación realizada por los tribunales de instancia, manteniendo ésta salvo que pugne con la lógica interna de los referidos artículos del CC o resulte manifiestamente arbitraria (cosa que no sucede con gran frecuencia).

3. LOS CRITERIOS INTERPRETATIVOS DE CARÁCTER SUBJETIVO.

Inicialmente la interpretación debe dirigirse a desentrañar la “intención de los contratantes” (arts. 1.281, 1.282

y 1.289.2), generándose así la denominada “interpretación subjetiva”: la que trata de indagar tanto la voluntad de cualquiera de las partes, cuanto la intención común de ambas. La fundamental es esta última: “la interpretación admisible es la que atiende a la común intención de los contratantes… basada en la voluntad bilateral de ambos, quedando, por tanto, excluida la mera voluntad interna de cualquiera de los contratantes, que puede servir, no obstante, para concretar aquella voluntad común” (STS); “para averiguar la intención de los contratantes no puede atenderse a lo que cada uno entendió o pensó al contratar” (STS). Proporciona el CC para ello los siguientes criterios:

1. La intención de los contratantes asume primacía, aunque la fórmula contractual utilizada por las partes arroje, literalmente interpretada, un resultado contrario a aquella (art. 1.281).

2. No obstante, cuando la discordancia entre la intención de las partes y los términos del contrato no sea o resulte evidente y los términos utilizados sean claros, habrá de mantenerse la interpretación literal, como

2 Apodíctica: (DRAE) Incondicionalmente cierto, necesariamente válido.

ha reiterado suficientemente la jurisprudencia (si el texto resulta claro, sin sombra de dudas, debe el intérprete o Juez abstenerse de más indagaciones) -SSTS-.

3. Respecto de los extremos accesorios de carácter complementario o de detalle, la intención de las partes debe prevalecer sobre los términos contractuales, cualquiera que sea la generalidad de estos (art. 1.283).

4. El elemento volitivo (lo querido por las partes) requiere prestar principal atención a los actos constatables por las partes. Por ello, el art. 1.282 ordena que “para juzgar de la intención de los contratantes deberá atenderse principalmente a los actos de éstos, coetáneos y posteriores al contrato”. No se excluyen en sede interpretativa los actos precontractuales o tratos preliminares (el art. 1.282 dice “principalmente” los coetáneos y posteriores, pero no “solamente”), que serán más espontáneos y desinteresados que los actos poscontractuales.

4. LOS CRITERIOS INTERPRETATIVOS DE CARÁCTER OBJETIVO.

Algunas reglas legales tienen preponderantemente carácter objetivo. Es decir, actúan en un ámbito tendencial distinto al de la voluntad de los contratantes, ofreciendo como resultado la llamada interpretación objetiva. Tres reglas de carácter objetivo serían:

4.1. La interpretación sistemática.

Art. 1.285: “Las cláusulas de los contratos deberán interpretarse las unas por las otras, atribuyendo a las dudosas el sentido que resulte del conjunto de todas”; completado por la jurisprudencia: “un contrato… es un todo coherente y unitario que no admite radicales separaciones… puesto que cada cláusula encuentra su razón de ser y justificación en el conjunto armónico de todas las demás” (STS).

4.2. La exclusión de la anfibología 3 y el principio de conservación del contrato.

Las normas legales tienen por objeto la exclusión de la anfibología, esto es, evitar el doble sentido, sin sentido o pluralidad de acepciones de una fórmula, giro o término:

- art. 1.286: “las palabras que puedan tener distintas acepciones serán entendidas en aquella que sea más conforme a la naturaleza y objeto del contrato”.

- art. 1.284: “si alguna cláusula de los contratos admitiere diversos sentidos, deberá entenderse en el más adecuado para que produzca efectos”.

La relevancia fundamental del precepto consiste no tanto en su eficacia en sede interpretativa cuanto en la pacífica afirmación de que se deduce del mismo el “principio de conservación del contrato”, operante en Derecho patrimonial con carácter general.

4.3. Los usos interpretativos.

El art. 1.287 dispone en su primera parte que las ambigüedades de los contratos se interpretarán teniendo en cuenta el uso “del país” (indicación geográfica que debe entenderse con el lugar de celebración del contrato). Se refiere a la función interpretativa que desempeñan los usos (ej.: identificar el “año agrícola” con el día de San Miguel) o a los denominados “usos interpretativos”. Según el art. 1.3, dichos usos no pueden ser considerados como normas jurídicas, ni “tendrán la consideración de costumbre”, ya que desempeñan una función puramente auxiliar en la determinación del contenido del contrato. En la segunda parte del art. 1.287 (“supliendo…”) aparecen los “usos normativos” que sí tienen valor de norma en cuanto costumbres. Pero la función propia de los usos normativos no es de carácter interpretativo, sino integrador, como veremos.

4.4. La interpretación contra stipulatorem.

El art. 1.288 prohíbe que el resultado interpretativo al que se llegue conforme a los criterios ya vistos, favorezca al redactor o autor de las cláusulas oscuras o ambiguas (“es principio general de toda interpretación el elemental de que cualquier cláusula oscura no puede redundar en beneficio de la parte que hubiera producido la oscuridad”, STS). Se suele afirmar que el mandato normativo aludido es una derivación del juego del principio de la buena fe que

3 Anfibología: (DRAE) Figura que consiste en emplear adrede voces o cláusulas de doble sentido.

debe presidir el ejercicio de los derechos subjetivos. Ya comentamos al hablar de las condiciones generales de la contratación del art. 1.288. Sin embargo, ello no debe hacer pensar que es inaplicable a los “contratos personalizados”, en los que igualmente es intolerable que la predisposición del clausulado contractual por una de las partes le permita prevalerse de la oscuridad de ciertas cláusulas lesivas para la otra parte contratante. Es dudoso, sin embargo, que pueda extenderse el principio de buena fe hasta el extremo de afirmar, como hacen algunos autores, que la interpretación (ya subjetiva ya objetiva) debe estar presidida por la buena fe. Parece una generalización excesiva, pues la buena fe es un canon de conducta, de ejercicio de los derechos, de actuación respecto de los demás, pero en absoluto un criterio interpretativo en sentido técnico. Afirmación que no obsta a que la buena fe sea fundamento o criterio inspirador de buena parte de los preceptos interpretativos. En resumen, la interpretación contra stipulatorem o contra proferentem es aplicable a todo supuesto contractual, individualizado o en serie, aunque su aplicación jurisprudencial destaque más en materia de condiciones generales de la contratación.

5. EL ARTÍCULO 1.289 DEL CÓDIGO CIVIL.

El art. 1.289 es realmente desolador, puesto que reconoce que puede resultar “absolutamente… imposible resolver las dudas por las reglas establecidas en los artículos precedentes”. Esto es: el resultado final de la necesaria interpretación del contrato puede abocar en la conclusión de la absoluta inutilidad de dicho procedimiento. Ante esto, el art. 1.289 obliga a distinguir según las dudas recaigan sobre:

- “circunstancias accidentales del contrato” (par. 1): la consecuencia normativa es una manifestación más del principio de conservación del contrato.

- “el objeto principal del contrato” (par. 2): el precepto se pronuncia abiertamente por declarar la nulidad de un acuerdo cuyo contenido sigue siendo una incógnita. Es poco frecuente en la práctica contractual esta eventualidad referida en el art. 1.289.2, y por otra parte, el art. 1.289 desempeña un papel subsidiario respecto de los precedentes (1.281 a 1.288). Conforme a ello, la mayor parte de las SSTS dedicadas a la norma comentada se caracterizan por excluir su aplicación efectiva, por considerar que ésta requiere “situaciones contractuales particularmente dudosas” que rara vez se dan.

5.1. Las circunstancias accidentales del contrato.

El art. 1.289.1, en el supuesto de que la falta de operatividad de la interpretación recaiga sobre las “circunstancias accidentales del contrato”, distingue a su vez según sea el contrato oneroso o gratuito. Pero antes hemos de aclarar que la expresión “circunstancias accidentales del contrato” no puede equipararse a los denominados “elementos accidentales del contrato”, pues éstos, si existen, son predeterminantes respecto de la

propia eficacia del acuerdo contractual; en consecuencia, la expresión hay que entenderla referida a extremos o detalles del mismo que no afecten propiamente a su general eficacia (lugar de entrega de la cosa; color del coche, que no se precisó, etc.).

- Si se trata de contrato gratuito habrá de optarse por “la menor transmisión de derechos e intereses” (favor

debitoris, ya que el deudor es el donante).

- Si se trata de contrato oneroso, “la duda se resolverá en favor de la mayor reciprocidad de intereses”, es decir,

procurando que el resultado de la interpretación garantice la equivalencia de las prestaciones existentes a cargo de cada una de las partes contratantes.

5.2. El objeto principal del contrato.

El art. 1.289.2 dispone que “si las dudas… recayesen sobre el objeto principal del contrato, de suerte que no pueda venirse en conocimiento de cuál fue la intención o voluntad de las partes contratantes, el contrato será nulo”. La referencia a “objeto principal” parece que hace necesario que haya objetos secundarios, cuando no es así: por ello algún autor entiende por tal expresión “el sentido del fin principal del contrato”. En opinión de Lasarte, se emplea “objeto principal”, seguramente empleada para contraponerlo a la expresión de “circunstancias accidentales”, tiene “algo más”. Ese “algo más” puede estar referido a cualesquiera elementos esenciales del contrato (consentimiento, objeto y causa), cuanto a los propios elementos accidentales del contrato o cualesquiera otras circunstancias (no accidentales) que puedan desempeñar un papel determinante respecto del contenido del contrato. P.ej.: si permanece la duda respecto de una condición (que no se sabe si es resolutoria o suspensiva); sobre la hipotética conducta dolosa de una de las partes (que no ha podido probarse plenamente); sobre el motivo ilícito… Es aceptable pensar entonces que, al tratarse de un

punto fundamental relativo a la admisibilidad y eficacia del entero contrato (y no de una “circunstancia accidental”), el principio de conservación del contrato no debería prevalecer sobre la concreta sanción de nulidad que establece el CC en el art. 1.289.2.

6. LA CALIFICACIÓN DEL CONTRATO.

No es infrecuente que los contratantes yerren en el momento de celebración del contrato confundiendo de nombre (ej: depósito por comodato) o previendo cláusulas que entienden erróneamente como legalmente imperativas. Surgido el litigio, dichos yerros se pondrán de manifiesto en el momento interpretativo, cuyo resultado primero y fundamental debe ser la calificación del contrato: es decir, identificar el tipo o esquema contractual (típico o atípico) celebrado, para determinar entre otras cosas el régimen legal imperativo o, cuando menos, las normas supletorias de dicho contrato. Frente a lo que ocurría en sistemas primitivos, el nomen iuris o denominación dada por las partes al contrato no les vincula ni si quiera a ellas, y menos al Juez: “los contratos se revelan no por la nominación que se les dé, sino por la que corresponda a las cláusulas que se establezcan”; “los contratos son lo que son y no lo que digan los contratantes” (SSTS).

7. LA INTEGRACIÓN DEL CONTRATO.

7.1. Alcance y significado del artículo 1.258 del Código Civil.

Generalmente, la interpretación y calificación del contrato son operaciones lógicas cuyo resultado ofrece

consecuencias positivas en relación con el contenido del contrato, esto es, con la precisa determinación de los derechos y obligaciones de las partes. Sin embargo, en otros casos, la determinación del exacto contenido del contrato y, por tanto, de la efectiva ejecución del mismo, no habrían de derivarse sólo de la actividad interpretativa y calificadora de forma exclusiva, sino que –con base en la naturaleza del contrato- sería necesario extraer consecuencias complementarias acordes con el conjunto del sistema normativo.

A dicha operación se le conoce técnicamente con el nombre de “integración del contrato”, en cuanto su

resultado puede suponer una agregación de derechos y obligaciones no contemplados por las partes ni por las

normas de carácter dispositivo aplicables al contrato en cuestión; la sustitución de determinadas estipulaciones convencionales por otras consecuencias impuestas por el ordenamiento o, finalmente, la declaración de nulidad

de algunas de las cláusulas contractuales.

La integración del contrato se encuentra contemplada en el art. 1.258, que tras identificar el momento de perfección de los contratos con el mero consentimiento, establece que estos “obligan no sólo al cumplimiento de lo expresamente pactado, sino también a todas las consecuencias que, según su naturaleza, sean conformes a la buena fe, al uso y a la ley”. Este alcance obligatorio del contrato no es, en absoluto, un precepto interpretativo (pese a la doctrina más conservadora, técnicamente hablando).

Por ejemplo, un juez celebra un contrato de alquiler de bungalow, con piscina, hípica, golf, etc., para pasar la Semana Santa. Cuando llega resulta que no hay mobiliario alguno en el chalet. La otra parte, el gerente de la urbanización, se acuerda de que en el contrato no dice nada del mobiliario, y repasa los arts. 1.281 a 1.289, y

ve el cielo abierto, pues puede defender la continuidad del contrato. El juez, con razón, le dirá:

- Que ha olvidado la segunda parte del art. 1.287 (usos normativos)

- Que existe el art. 1.258…

- Que por RD 2877/1982 se entiende por apartamentos turísticos o viviendas turísticas vacacionales aquellas… debidamente dotadas de mobiliario… Pero aunque hubiera sido esto en 1981, antes del RD 2877/1982, al juez le sigue asistiendo el art. 1.258 cuya función no radica en reinterpretar el contrato, sino en delimitar la autonomía contractual impidiendo que sean desconocidos los efectos contractuales impuestos por las más elementales reglas del tráfico jurídico.

Así pues, el art. 1.258 es un precepto de carácter imperativo (ius cogens) que se aplica con independencia de la voluntad de las partes. De añadidura, su aplicación no requiere inexcusablemente que haya laguna contractual, sino que entra en juego incluso cuando las partes han previsto extremos que son indisponibles por los

particulares (por ser, señaladamente, contrarios a la ley imperativa). En tal caso las cláusulas pactadas habrían

de ser sustituidas por las legalmente aplicables). Así se manifestó el TS. Pero a pesar de la tesis defendida en

este libro, la jurisprudencia no ha llegado aún a incorporar a su acervo propio la figura de la integración del contrato con perfiles nítidos, y SSTS recientes siguen otorgando un valor meramente interpretativo o enfático al

art. 1.258.

7.2. Los medios de integración.

Señala como tales el art. 1.258 la buena fe, el uso y la ley. Sin embargo, el escalonamiento jerárquico de dichos medios debe ser al contrario. Al ser establecidos con carácter imperativo, son calificados por algunos autores como “heterointegradores” en cuanto cabría también proceder a la “autointegración” del contrato, pues las “lagunas contractuales” podrían ser suplidas o llenadas otorgando a la legislación contractual una capacidad expansiva que le permitiera deducir una regla complementaria que evitara recurrir a los medios legales de heterointegración. Se estaría proponiendo convertir a la analogía en medio de interpretación, lo cual es criticable, puesto que si es expresamente permitida en relación a las normas, no parece que pueda desempeñar papel alguno en materia de integración del contrato.

a- La ley: la norma imperativa aplicable a un supuesto contractual determinado conformará e integrará el régimen del mismo con primacía incluso sobre el acuerdo o clausulado contractual. Las normas dispositivas, en cuanto son disponibles por las partes, sólo integrarán el contrato cuando contemplen un elemento natural del mismo que no haya sido contemplado o regulado de forma diversa a la legalmente prevista. b- Los usos normativos: en el art. 1.258 tienen carácter normativo, y por tanto integran el acuerdo contractual en cuanto costumbre. Ahora bien, al igual que las normas dispositivas, en caso de ser conocidos y no queridos por las partes pueden ser excluidos del acuerdo contractual. c- La buena fe: es simultáneamente principio general del Derecho y un medio integrador. No puede ser extraña a la propia conformación de los usos normativos y de los mandatos legales. No puede ser entendida desde una perspectiva subjetiva, sino que se superpone al propio comportamiento de las partes y configura el contenido o los efectos del contrato de acuerdo con las reglas de conducta socialmente consideradas como dignas de respeto.

TEMA 7 LA EFICACIA DEL CONTRATO.

1. LOS EFECTOS PROPIOS DEL CONTRATO.

El contrato se ha configurado desde antiguo como un “acuerdo privado” que, por principio, está referido a las partes contratantes y que no puede interesar a terceros, por no verse ellos beneficiados ni perjudicados por el hecho de que otras personas acuerden celebrar un contrato determinado. Así, desde los tiempos justinianeos hasta la actualidad ha tenido gran resonancia la máxima que subrayaba que el contrato era res inter alios acta aliis neque prodest nocere potest. Sin embargo, la superación de las rigideces constructivas características del sistema romano en el marco contractual, y el hecho de que, pese a la veracidad de que el contrato es res inter alios acta, existan contratos de los que pueden dinamar beneficio (y más raramente, perjuicio) para terceros que no han sido partes contratantes trajo consigo (ya en el momento de la codificación del Derecho privado) la necesidad de reconocer que el vínculo contractual puede desplegar ciertos efectos en relación con los terceros. Conviene tener en cuenta para evitar visiones desenfocadas que pudieran venir provocadas por el estudio de este tema, que normativamente el contrato, como regla, sigue siendo res inter alios acta, ratificado además por la estadística contemporánea en la que la mayor parte de los contratos sólo interesa y genera efectos respecto a las partes contratantes.

1.1. Los efectos inter partes: el principio de la relatividad del contrato.

Art. 1.257.1: “Los contratos sólo producen efectos entre las partes que los otorgan y sus herederos, salvo, en cuanto a éstos, el caso en que los derechos y obligaciones que proceden del contrato no sean transmisibles, o por su naturaleza, o por pacto, o por disposición de la ley”. Es decir: los contratos despliegan su eficacia exclusivamente con relación a las partes contratantes y –para el caso de que cualquiera de éstas haya fallecido- sus herederos, siempre y cuando los derechos y obligaciones dimanantes del contrato no tengan carácter de personalísimos. Por otro lado, el art. 1.091 considera al contrato como fuente de las obligaciones: “Las obligaciones que nacen de los contratos tienen la fuerza de ley entra las partes contratantes y deben cumplirse al tenor de los mismos”. La fuerza de ley que dicho artículo atribuye al contrato como vehículo de libre vinculación entre las partes contratantes y la circunstancia de que la eficacia del contrato haya de restringirse al ámbito propio de los

contratantes, han traído consigo que el tema que desarrollamos se haya identificado por la doctrina con la calificación técnica de la relatividad del contrato. Así, pues, con la expresión de principio de relatividad del contrato se trata de poner de manifiesto que la eficacia del contrato como categoría no tiene alcance general respecto de la colectividad, sino un alcance limitado a las partes contratantes. El contrato, pues, es por principio “relativo”, en cuanto vincula a través de la reglamentación procedente de la autonomía privada. Han de considerarse “partes contratantes” quienes asumen las obligaciones u ostentan los derechos derivados de cualquier relación contractual, con independencia de su material y efectiva participación en la celebración u otorgamiento del contrato. Luego serán “partes” quienes por voluntad propia y con consciencia de arrogarse a una determinada posición contractual se consideren titulares de ella, aunque no celebren el contrato por sí mismos, sino a través de representante, o se limiten a asentir (en su caso, a firmar) un contrato cerrado por un auxiliar suyo o por algún otro intermediario. Fallecido cualquiera de los contratantes, sus herederos (en cuanto causahabientes a título universal) serán considerados igualmente partes, siempre y cuando el contenido contractual no se encuentre transido de derechos u obligaciones de carácter personalísimo.

1.2. La posible eficacia del contrato en relación con terceras personas.

La regla general de la relatividad del contrato conoce, sin embargo, quiebras en más de un caso, como veremos a lo largo de los siguientes epígrafes, sobre todo en relación con los contratos a favor de tercero.

2. LOS CONTRATOS EN FAVOR DE TERCERO.

La existencia de contratos generadores de derechos en favor de tercero se encuentra consagrada en el art. 1.257.2: “Si el contrato contuviere alguna estipulación en favor de tercero, éste podrá exigir su cumplimiento, siempre que hubiese hecho saber su aceptación al obligado antes de que haya sido aquella revocada”. Ocurre así cuando una persona celebra un seguro de vida en favor de su (en el futuro) cónyuge viudo o, en su defecto, sus hijos; o por ejemplo en los viajes de novios contratados por parientes o allegados, etc. Los ejemplos podrían ser muchos, pero con los indicados resulta suficiente, ante el riesgo de convertir una mera posibilidad (la de convertir a un tercero en beneficiario del contrato) en regla general.

2.1. Partes contratantes y beneficiarios.

La existencia de un contrato o de una estipulación contractual en favor de un tercero presupone que éste, pese a no haber sido parte contratante, es titular de un determinado derecho de crédito que puede exigir directamente a aquella de las partes contratantes que resulta obligada al cumplimiento. El CC denomina a ésta última “obligado”; doctrinalmente se le suele denominar “promitente”. A la parte contratante de la que trae causa el beneficio para el tercero recibe el nombre de “estipulante”. El TS ha declarado reiteradamente que el beneficiario es titular de un derecho de crédito, y no un mero receptor de la prestación. El beneficiario, en cuanto no es parte contractual, no tiene por qué acreditar capacidad alguna de obrar, ni si quiera es necesario que sea persona (puede tratarse del nasciturus o incluso del concepturus), pues en todo caso la gestión de sus intereses podría ser perfectamente atendida por sus representantes legales. Generalmente en la práctica, la concreta y expresa determinación del beneficiario (o beneficiarios sucesivos) tiene lugar en el propio contrato, pero cabe también la posibilidad de que el estipulante lo designe a posteriori.

2.2. La aceptación por el beneficiario en relación con la revocación de la estipulación.

Art. 1.257.2: “Si el contrato contuviere alguna estipulación en favor de tercero, éste podrá exigir su cumplimiento, siempre que hubiese hecho saber su aceptación al obligado antes de que haya sido aquella revocada”. En un sentido positivo determina que, a partir de la aceptación del beneficiario, la eventual revocación de la estipulación beneficiosa deviene ineficaz: las partes contratantes quedan obligadas a respetar el contenido beneficioso para el tercero. Pero deja en la sombra cuál es el momento del nacimiento del derecho de crédito en favor del tercero: ¿en el momento en que inter partes se celebra o perfecciona el contrato? O bien… ¿debe considerarse la aceptación como un presupuesto necesario del nacimiento del derecho en favor de un tercero? Doctrinalmente parece mayoritaria la opinión de considerar que el derecho del tercero nace automáticamente desde el mismo momento de la perfección del contrato del que trae causa el beneficio. Algún autor ha afirmado que realmente el art. 1.257.2 ni trata de ella (la aceptación) ni mucho menos la convierte en una conditio iuris de la adquisición del derecho por el beneficiario, sino que se limita a precisar la eficacia de la puesta en

conocimiento de la aceptación, hecha por aquel, en orden de impedir la revocación del beneficio. Siendo cierto que la aceptación cierra el paso a la revocación, el art. 1.257.2 parece abocar a la conclusión de que la aceptación es un presupuesto de la posibilidad de exigir el cumplimiento del contrato al obligado o promitente. Así lo interpreta de forma reiterada el TS: “en el caso de verdadero contrato a favor de tercero, éste es titular del derecho hacia él derivado, y lo es en potencia desde el momento mismo de la celebración del contrato hasta que, cumplida la condición suspensiva de la aceptación…, adquiere definitiva e irrevocablemente… el concepto de acreedor único, asistido por la correspondiente acción de apremiar al deudor”. Cuestión diferente es que, dada la libertad de forma de la aceptación (STS: “expresa o tácita, por palabras o por hechos”) mientras no se haya producido la revocación, la consolidación definitiva del derecho del beneficiario pueda deducirse incluso del propio hecho de que el tercero reclame el cumplimiento del contrato.

3. LOS CONTRATOS EN DAÑO DE TERCERO.

Algunos autores se han planteado, en los tiempos contemporáneos, la existencia de contratos en daño de terceros como otra categoría conceptual. Puede darse esos casos, por ejemplo, para burlar a los acreedores, celebrando contratos en virtud de los cuales se pretende enajenar determinados bienes y dejarlos a salvo de la ejecución de aquellos. Conforme a ello, cuando a causa de la celebración de un contrato su objeto incorpora un resultado dañoso para terceros podría hablarse de “contratos en daño de tercero” como una categoría contrapuesta a la anteriormente estudiada, pero cuyo significado no es realmente comparable con el de los contratos en favor de tercero pues estos cuentan con un evidente soporte normativo, mientras que los contratos en daño de tercero deben merecer la reprobación general de la sociedad y, por consiguiente, la expulsión del sistema normativo. Para Lasarte la categoría conceptual de los contratos en daño de tercero representan una agrupación contractual de carácter descriptivo, privada de valor propio como esquema jurídico, pues, una vez identificado el resultado dañoso, la posible impugnación del acuerdo contractual considerado debe atender a las categorías generales de ineficacia contractual que analizaremos en temas siguientes.

4. LOS CONTRATOS CON PERSONA A DETERMINAR.

Desde antiguo es conocida la práctica contractual de que una de las partes contratantes se reserve la posibilidad de señalar como contratante definitivo a una tercera persona (que puede ser desconocida para ambas partes). La característica principal de esta categoría contractual vendría representada por la vinculación que uno de los contratantes asume, incluso sabiendo que la otra parte puede desentenderse del contrato designando a un tercero, que pasará a ser parte del contrato, generalmente con eficacia retroactiva, como si hubiera participado en la celebración del mismo. Generalmente, esta práctica queda reservada casi de forma exclusiva, a los contratos de compraventa o de opción de compra, así como en subasta pública de los bienes ofrecidos (y encuentra su razón de ser en evitar el devengo de un doble impuesto de transmisiones de carácter especulativo). Conviene precisar que, al depender exclusivamente de una de las partes la posible designación de un tercero, la otra parte contratante, al celebrar el contrato, suele admitir dicha cláusula siempre y cuando sus expectativas de cobro o la satisfacción de sus derechos se encuentren plenamente asegurados. Por ello, el supuesto paradigmático de contrato con persona a designar viene representado por el contrato de compraventa celebrado en documento privado y sin transmisión de propiedad, en el que el vendedor se compromete (una vez que el comprador ha satisfecho íntegramente el precio de lo vendido) a otorgar escritura pública de venta en favor de la persona designada por el propio comprador.

5. LA PROMESA DEL HECHO AJENO.

Con relativa frecuencia se dan supuestos contractuales en los que la obligación a cargo de una de las partes contratantes (promitente) consiste precisamente en conseguir que un tercero celebre un contrato con la otra parte o se avenga a cumplir las obligaciones del contrato base celebrado entre promitente y promisario (ej.:

cuando una persona, actuando en nombre propio y sin visos de representación alguna, se compromete contractualmente con un personaje público para conseguir que Antonio López le realice un retrato, o cuando la obligación consiste en conseguir que “Los del Río” actúen en la celebración nupcial del promisario). No está contemplado por norma expresa en el CC, pese a su evidente conformidad con las reglas generales de la autonomía privada. En consecuencia, la promesa considerada no presenta problema alguno en cuanto a licitud o

admisibilidad. La figura en estudio se caracteriza por:

1- El promitente debe actuar por sí mismo, en su propio nombre y por su cuenta y riesgo, sin arrogarse frente al promisario representación alguna del tercero, pues si hubiera representación del tercero quedaría directamente vinculado, como regla, y si no existiera verdaderamente mecanismo representativo el contrato habría de ser considerado nulo, por aplicación del art. 1.259.2. 2- Generalmente, la prestación propia del promitente debe configurarse como una obligación de resultado, y no de medios. En caso de que el interés del promisario quede insatisfecho, éste podrá exigir al promitente la correspondiente indemnización de daños y perjuicios. El tercero (al no existir mecanismo representativo alguno) no queda en absoluto vinculado por un contrato que le resulta extraño. 3- Por lo común, los casos de promesa del hecho ajeno son contratos de carácter oneroso, pues el promitente “pone precio” a su gestión o a su intermediación, con independencia del marco de derechos y obligaciones previsto para las eventuales relaciones entre el promisario y el tercero.

Si la actividad intermediadora del promitente ofrece el resultado previsto, determinando la vinculación contractual entre promisario y tercero (sea asumiendo el contrato-base o celebrando uno nuevo), obviamente el promitente queda liberado de la obligación de resultado que sobre él recaía, en cuanto su cumplimiento determina la extinción de ella, y puede reclamar (o, en su caso, hacer suyo) el precio fijado para su tarea intermediadora.

6. LA CESIÓN DEL CONTRATO.

6.1. Concepto y función de la cesión del contrato.

Ya sabemos que nuestro sistema patrimonial contemporáneo se caracteriza por la generalizada admisión de la transmisión de los créditos y, con algunas dificultades complementarias, de las deudas. Pues además del crédito, aisladamente considerado, puede ser objeto de transmisión la íntegra posición contractual que una persona ocupa en un determinado contrato. Por ejemplo, si una pareja que ha celebrado hace un par de años un contrato de compraventa con una sociedad para la adquisición de un piso que se encuentra actualmente en construcción (y ahora resulta que por trabajo han de trasladarse a vivir a otra provincia) decide ceder su posición contractual (no pueden enajenarlo, ya que todavía no es suyo, como veremos en el tema de compraventa) a unos amigos por el importe de los pagos realizados a la sociedad vendedora, ya que la resolución del contrato podría implicar la pérdida de gran parte de lo pagado hasta ahora. Así benefician a sus amigos, que hace dos años no disponían de dinero para afrontar los pagos iniciales, ellos recuperan el dinero puesto, y la sociedad vendedora preferirá seguir teniendo el piso “por vendido” que incorporarlo de nuevo a la sección de ventas. Igual si compro un hotel y decido mantener los contratos de suministros (de bebidas, por ejemplo) que los anteriores responsables mantenían con un determinado mayorista. La cesión de contrato es sumamente frecuente en la práctica comercial. El CC, sin embargo, no dedica norma alguna a la posible cesión del contrato, la cual, por consiguiente, ha de configurarse como un negocio atípico, sobre cuya admisibilidad, no obstante, no debe haber lugar a dudas, atendiendo a la luz de la jurisprudencia y conforme al principio general del art. 1.255 CC.

6.2. Presupuestos.

Conforme a la reiterada jurisprudencia del TS, son:

1º Que la otra parte contratante, a la que suele denominarse “contratante cedido”, acceda o consienta la cesión. Es decir, hay una relación triangular entre cedente, cesionario y contratante cedido. La voluntad concorde de cesionario y cedente es obvia y no requiere mayor explicación. Pero el consentimiento del propio contratante cedido es una exigencia lógica: especialmente si las prestaciones fueran de hacer o personalísimas. Igualmente es necesario respecto de prestaciones ex contractu, pues nadie está obligado a mantener relaciones contractuales con una persona diferente a la que celebró el contrato con él. Mantenimiento de las condiciones contractuales aparte, no todas las personas tienen el mismo grado de solvencia, ni de seriedad contractual, y por tanto el contratante cedido no tiene por qué aceptar la incorporación como cesionario de cualquier persona diferente a quien fue su contraparte en el contrato. 2- Que se trate de contratos bilaterales o sinalagmáticos, cuyas recíprocas prestaciones no hayan sido total y completamente ejecutadas, pues en tal caso el designio propio del contrato en cuestión habrá dejado de tener

sentido y no cabrá, por tanto, la cesión de posición contractual alguna (en el ejemplo anterior, si el comprador del piso fuera dueño ya de él, carecería de lógica que se “cediera” el contrato de compraventa ya extinguido, sino que habría que vender directamente el inmueble).

6.3. Efectos de la cesión.

La regla general es que la cesión del contrato conlleve la liberación o desvinculación del contratante cedente. No obstante, cabe pacto en contrario y, en la práctica, no es extraño que, en forma subsidiaria, el cedente quede obligado durante un cierto lapso de tiempo a responder en caso de que el cesionario incumpla las obligaciones que le incumban.

Tales obligaciones serán las contempladas en el contrato originario, pues la cesión no produce un efecto novatorio sobre el contrato, sino que se limita a la sustitución del contratante cedente por el cesionario.

TEMA 8 LA INEFICACIA DEL CONTRATO: LA INVALIDEZ.

1. PREMISA SOBRE LA INEFICACIA DEL CONTRATO.

Con la expresión ineficacia del contrato se hace referencia a todos aquellos supuestos en que el contrato no llega a producir los efectos a que estaba tendencialmente dirigido o deja de producirlos en un momento dado. Así, serán ineficaces, respectivamente, un contrato sometido a condición suspensiva que nunca llega a producirse, o la venta celebrada por el empresario a su primo hermano para evitar que la finca caiga en poder de los acreedores. Dado que “los contratos son para cumplirlos” y que la autonomía privada no es reconocida por el ordenamiento jurídico para que se juegue con ella celebrando contratos ineficaces, resulta claro que los supuestos de ineficacia podríamos denominarlos “supuestos patológicos” (supuestos que pueden tener tan diversas causas que resulta difícil sistematizarlas de forma aceptable). Brevemente y siguiendo a F. MESSINEO indicaremos los supuestos de ineficacia contractual, que pueden integrarse en dos grandes grupos:

A- Invalidez: motivada por la existencia de circunstancias intrínsecas a cualquiera de los elementos esenciales del contrato que no resultan admisibles para el ordenamiento jurídico. Dentro de la invalidez, según la gravedad de tales circunstancias, tendremos:

1-

Nulidad o supuestos de contratos nulos.

2-

Anulabilidad o supuestos de contratos anulables.

B- Ineficacia en sentido estricto: en la que deberían incluirse aquellos casos en que ciertos defectos o carencias extrínsecos al contrato en sí mismo considerado, como acuerdo de voluntades, conllevan su falta de efectos. Tales casos serían los siguientes:

1-

Mutuo disenso.

2-

Desistimiento unilateral.

3-

Resolución por incumplimiento.

4-

Rescisión.

5-

Revocación.

6-

Acaecimiento de la condición resolutoria.

7-

Falta de acaecimiento de la condición suspensiva.

Los dos últimos supuestos no necesitan volver a considerarse. El alcance de la revocación se deduce con claridad de algunas figuras contractuales que veremos (donación y mandato, fundamentalmente). Los demás supuestos los veremos a continuación y en el siguiente tema.

2. LA NULIDAD DEL CONTRATO.

2.1. Idea general.

La nulidad del contrato es el supuesto más grave de ineficacia. Suele ser adjetivada como “nulidad absoluta” o

“nulidad de pleno derecho”. Los contratos nulos no merecen para el Derecho más que rechazo; no puede reconocer el ordenamiento jurídico ningún efecto del contrato nulo, ni si quiera su admisibilidad con tal contrato.

2.2. Causas de nulidad.

La nulidad propiamente dicha, absoluta o de pleno derecho, tiene lugar cuando el acto es contrario a las normas imperativas o prohibitivas o cuando no tiene existencia por carecer de alguno de sus elementos esenciales… pues según el art. 1.261 del CC no existe si falta el consentimiento, el objeto o la causa” (STS). Dado que el art. 1.261 y ss. tienen en general carácter imperativo, bastaría con afirmar que la nulidad del contrato se deriva de la contrariedad al Derecho imperativo. No obstante, vamos a glosar el párrafo anterior. Son causas de nulidad radical:

1. La carencia absoluta o inexistencia (excluidos, por tanto, los denominados vicios del consentimiento, pero no la violencia absoluta) de cualquiera de los elementos esenciales. Se ha de considerar que falta absolutamente el consentimiento cuando quien celebra el contrato lo hace arrogándose falsamente en representación de otro (STS) o es un enajenado mental (“loco”, vulgarmente).

2. El incumplimiento de cualquiera de los requisitos del objeto del contrato: licitud, posibilidad y determinación.

3. La ilicitud de la causa.

4. La contrariedad a las normas imperativas, a la moral y al orden público, en cuyo caso suele hablarse, directamente, de “contrato ilegal”.

5. En particular, los actos a título gratuito sobre bienes comunes realizados por un cónyuge sin el consentimiento del otro.

2.3. La acción de nulidad.

Por muy nulo que sea un contrato, en caso de haberse celebrado, producirá una apariencia de tal que, salvo que sea destruida, seguirá produciendo los efectos propios del contrato de que se trate, como si fuera válido. Para evitarla, el Derecho dota a la acción de nulidad (vehículo procesal tendente a lograr que el Juez decrete la nulidad del contrato) de una serie de caracteres:

A) Es imprescriptible, es decir, puede ser ejercitada en cualquier momento.

B) Puede ejercitarla cualquier persona interesada en deshacer el contrato nulo. “La jurisprudencia no excluye a los terceros, si a ellos les puede perjudicar el negocio jurídico que impugnan” (Sent. de la AP de Valladolid). Es más: en la práctica es más frecuente el ejercicio por terceros, dado que quien genera la causa de nulidad no está legitimado para impugnar el contrato (por tanto sólo la parte que sufra una causa de nulidad imputable exclusivamente a la contraparte podrá actuar judicialmente).

2.4. Consecuencias de la nulidad.

A- En general: la restitución. Dado que el contrato nulo no produce efectos, las consecuencias de la declaración judicial de nulidad tienden a dejar las cosas en el statu quo inmediatamente anterior a la celebración del presunto contrato: lo que técnicamente se denomina restitución. Art. 1.303: “declarada la nulidad… los contratantes deben restituirse recíprocamente las cosas que hubiesen sido materia de contrato, con sus frutos, y el precio con los intereses…”. El artículo está pensado para el paradigma de la compraventa, pero su mandato debe ser generalizado conforme al tipo y naturaleza contractual del caso que se haya de considerar (p.ej.: es claro que en una donación de inmuebles efectivamente transmitidos al donatario, pero nula por carencia de forma sustancial, no se puede pretender restitución recíproca alguna). La restitución ha de tener lugar, en principio, de forma específica o in natura. No siendo ello posible, conforme a las reglas generales, procederá la restitución del equivalente pecuniario en dinero. En tal sentido establece el art. 1.307 (criticable por exigir como presupuesto de la reparación pecuniaria que la cosa se haya perdido) que “siempre que el obligado por la declaración de nulidad a la devolución de la cosa no pueda devolverla por haberse perdido, deberá restituir los frutos percibidos y el valor que tenía la cosa cuando se perdió, con los intereses desde la misma fecha”.

B- En particular: los supuestos de ilicitud.

La regla restitutoria no ha parecido históricamente conveniente en los supuestos de ilicitud. En tales casos han de aplicarse los arts. 1.305 y 1.306 que determinan diferentes consecuencias según que la ilicitud (civil) del objeto y de la causa, constituya o no, simultáneamente, un ilícito penal (esto es: un delito o falta tipificado por el CP):

1-

En el caso de ilícito penal (que, además, sea imputable a ambos contratantes), el art. 1.305 dispone que las partes, “cuando la nulidad provenga de ser ilícita la causa u objeto del contrato, si el hecho constituye un delito o falta común a ambos contratantes, carecerán de toda acción entre sí, y se procederá contra ellos, dándose, además, a las cosas o precio que hubiesen sido materia del contrato la aplicación prevenida en el CP respecto a los efectos o instrumentos del delito o falta. Esta disposición es aplicable al caso en que sólo hubiere delito o falta por parte de uno de los contratantes; pero el no culpado podrá reclamar lo que hubiese dado, y no estará obligado a cumplir lo que hubiere prometido”.

2-

En los supuestos en que se dé “causa torpe” (hay que identificarlo con el objeto “civilmente ilícito”), hay que aplicar el art. 1.306 que establece que cuando “no constituyere delito ni falta, se observarán las reglas siguientes: cuando la culpa esté de parte de ambos contratantes, ninguno de ellos podrá repetir lo que hubiera dado a virtud del contrato, ni reclamar el cumplimiento de lo que el otro hubiese ofrecido. Cuando esté de parte de un solo contratante, no podrá éste repetir lo que hubiese dado a virtud del contrato, ni pedir el cumplimiento de lo que se le hubiere ofrecido. El otro, que fuera extraño a la causa torpe, podrá reclamar lo que hubiera dado, sin obligación de cumplir lo que hubiera ofrecido”.

En STS de 2008, la aplicación de la causa torpe ha resultado de particular importancia, pues se refería al préstamo que los casinos (la propia empresa, los directivos o los empleados) realizaban a jugadores que habían agotado su activo líquido disponible, y seguían jugando a crédito o con dinero prestado. La Sala 1ª del TS se pronuncia declarando la ilicitud del juego en tal caso, ya sea por ilicitud propiamente dicha o por la existencia de causa torpe por parte de uno de los contratantes y, por tanto, la imposibilidad para el casino de reclamar la cantidad prestada con infracción de una norma imperativa: por el art. 1.306, si bien el prestar el dinero por el casino no constituye delito por sí, introduce en el contrato de juego una causa torpe que impide al prestamista, ganador a su vez en el juego, reclamar la devolución del dinero que prestó para jugar.

2.5. La nulidad parcial del contrato.

Frente a la relativa escasez práctica de casos de nulidad contractual, son cada día más frecuentes los casos de nulidad parcial, esto es, cuando el contrato contiene una o varias cláusulas ilegales, pese a su validez y adecuación al ordenamiento jurídico del conjunto esencial del mismo (p. ej.: el Banco que concede un préstamo superando el tipo de interés máximo fijado por el Banco de España; la inmobiliaria que inserta una cláusula por la que el adquirente renuncia a los planos que es preceptivo entregarle…). La existencia de cláusulas nulas (por ilegales) con otras válidas plantea el problema de determinar si la invalidez de la cláusula nula debe afectar al conjunto contractual. El CC no se detiene en dicho problema, pero a lo largo de su articulado existen normas concretas que han de inspirar para la solución: las cláusulas nulas deberán tenerse por no puestas (igual con las abusivas); se debe preconizar la eficacia del contrato (principio de conservación del contrato…). Al no tenerlas por puestas, el vacío contractual habrá de rellenarse mediante la interpretación y, fundamentalmente, la integración. La integración en su caso será automática (entregar los planos; tipo de interés máximo el fijado por el Banco de España…). Más raramente, la tarea interpretativa puede arrojar el resultado de que, privado de las cláusulas nulas, el contrato no se corresponde con el designio de las partes, en cuyo caso habrá de abocarse en propugnar la nulidad del contrato.

3. LA ANULABILIDAD DEL CONTRATO.

3.1. Idea general.

Un contrato anulable es aquel que puede ser anulado o, por el contrario, puede seguir produciendo efectos (incluso frente al Derecho) en caso de que su efectiva anulación no tenga lugar. La anulabilidad es un supuesto de invalidez de mucha menor gravedad que la nulidad.

3.2.

Causas de anulabilidad.

Las razones o causas de anulabilidad pueden identificarse con las siguientes:

1. Todos los vicios del consentimiento: error, violencia (no absoluta), intimidación y dolo.

2. Inexistencia de plena capacidad de obrar en alguno de los contratantes, tal como ocurre en los siguientes casos:

a. Menores no emancipados.

b. Personas sometidas a tutela, conforme a la sentencia de incapacitación.

c. Personas sometidas a curatela, conforme al art. 293 CC.

d. Emancipados respecto de los contratos considerados en el art. 323 (para el casado menor de

edad, el art. 324 CC).

3. Inexistencia de consentimiento marital o uxorio (esto es, del otro cónyuge) respecto de los actos o contratos onerosos realizados por el otro cónyuge, cuando legalmente se requiere el consentimiento de ambos.

3.3. La acción de anulabilidad.

Al ser de menor gravedad la anulabilidad que la nulidad, su alcance es más limitado:

A) “Sólo durará cuatro años” (art. 1.301.1). Se trata de un plazo de caducidad. El plazo comenzará a computarse de forma diversa, según la naturaleza de la causa de la anulabilidad:

a. El punto inicial del cómputo es “la consumación del contrato” (perfección) sólo en los casos de error o dolo.

b. En las demás causas de anulabilidad, el cómputo inicial queda retrasado a un momento posterior a la perfección del contrato:

i.

El cese o desaparición de la intimidación o violencia.

ii.

La salida de la tutela en contratos celebrados por menores o incapacitados.

iii.

La disolución de la sociedad conyugal o del matrimonio (“salvo que hubiese tenido conocimiento suficiente de dicho contrato” el cónyuge no interviniente), en los casos de falta de consentimiento del otro cónyuge.

B) El círculo de personas legitimadas para el ejercicio de la acción de anulabilidad queda limitado a las personas que hayan sufrido el vicio del consentimiento o fueran incapaces de realizar el contrato; así como quienes sin ser parte asumen obligaciones a causa de dicho contrato (p.ej.:constituirse en fiador de las obligaciones de un préstamo que mi hermana recibe del Banco, pero que se encuentra viciado por error). En cambio, por la aplicación de la buena fe, excluye el CC que puedan ejercitar la acción de anulabilidad los causantes del error, violencia, intimidación o dolo, o las personas capaces que contraten con incapaces.

3.4. Efectos de la anulabilidad.

Los efectos son sustancialmente los mismos que las consecuencias de la nulidad analizadas en general: la restitución conforme al art. 1.303 y normas complementarias. Habría que tener en cuenta el art. 1.304, respecto de quienes contratan sin tener plena capacidad de obrar, que “no está obligado a restituir sino en cuanto se enriqueció con la cosa o precio que recibiera”. Los supuestos de los arts. 1.305 y 1.306 es obvio que quedan restringidos a supuestos de nulidad radical, y no pueden expandirse a los supuestos de anulabilidad. La coincidencia de efectos entre nulidad y anulabilidad (la restitución entre los contratantes) es consecuencia del hecho de que la anulación del contrato (y, por tanto, la sentencia judicial que la establece) tiene carácter retroactivo.

4. LA PERVIVENCIA DE LOS CONTRATOS INVÁLIDOS.

La diferencia entre nulidad y anulabilidad no puede rastrearse en base a los “efectos positivos del ejercicio” de

la correspondiente acción, sino resaltando las “consecuencias de la falta de ejercicio de la acción”. Es evidente que, en tanto no se declare judicialmente la nulidad o anulabilidad, los contratos inválidos pervivirán como si no fueran tales. Pero, ¿qué consideración merecen para el ordenamiento jurídico?:

a) Aunque no se ejercite la acción de nulidad, el contrato nulo será tal para el Derecho. Por tanto, se trata de una mera apariencia de contrato que no podrá ver sanados sus vicios de raíz.

b) La falta de ejercicio de la acción de anulabilidad conlleva que la pervivencia fáctica del contrato

anulable se asume por el ordenamiento jurídico, que lo convalida (lo hace válido). En definitiva, las causas de anulabilidad son disponibles para las partes y, por tanto, sanables. Las causas de nulidad, por el contrario, son de derecho necesario y de carácter absolutamente indisponible, por atentar contra el orden público contractual.

4.2. La confirmación del contrato anulable.

Si las causas de anulabilidad son disponibles para las partes, renunciando al ejercicio de la correspondiente

acción, es lógico que exista un cauce para sanar el contrato antes de que la acción de anulabilidad prescriba. Dicho cauce se conoce con el nombre de confirmación o de ratificación. Según el art. 1.313 “purifica el contrato de los vicios de que adoleciera desde el momento de su celebración” (esto es, tiene eficacia retroactiva) y por consiguiente extingue la acción de anulabilidad. Para que sea válida debe llevarse a cabo por quien estuviera legitimado para ejercitar la acción de anulabilidad

y que el confirmante tenga conocimiento de la causa de anulabilidad y que el vicio no le siga afectando.

La confirmación puede realizarse de forma expresa o tácita. Esta última consiste, según el art. 1.311, en que el legitimado para ejercitar la anulabilidad “ejecutase un acto que implique necesariamente la voluntad de renunciarlo”.

4.3. La denominada conversión del contrato nulo.

Por seguir una simetría, algunos juristas y dado que la confirmación es sólo aplicable a los anulables, afirman que el contrato nulo es susceptible de conversión. Sería reconducir un contrato con tacha de nulidad, por contravenir alguna norma imperativa propia del modelo

o tipo contractual de que se trate, a un tipo diverso para ser considerado válido. El ejemplo sería el comodato

oneroso, que debiera estimarse como arrendamiento. Generalizar la conversión en nuestro Derecho resulta una ardua tarea, ya que el CC no la considera posible, por mucho que se pretenda ampliar el principio de conservación del contrato. Por cuanto se refiere al ejemplo del comodato oneroso transmutado en arrendamiento, para Lasarte estaríamos sencillamente ante un supuesto de calificación convencional errónea. De ahí la importancia del brocardo visto: “los contratos son lo que son y no lo que digan los contratantes”.

TEMA 9 LA INEFICACIA EN SENTIDO ESTRICTO.

1. EL MUTUO DISENSO.

El contrato supone, básicamente, un acuerdo de voluntades mediante el cual los contratantes se vinculan. Es razonable entender, aunque el CC no lo mencione, que los contratantes tienen la posibilidad de celebrar un nuevo contrato encaminado a privar de efectos al contrato inicialmente concluido. Pues bien, ese contrato que tiene por objetivo poner fin a la relación obligatoria preexistente se conoce con el nombre de mutuo disenso: los contratantes están de acuerdo en romper el consenso inicialmente existente, esto es, están de acuerdo en disentir, donde antes habían consentido. Por tratarse de un nuevo contrato ha de reunir los requisitos generales establecidos; y si persigue privar de eficacia a una relación obligatoria preexistente, habrá de reunir los requisitos adicionales (por ejemplo, de forma) exigidos en la relación contractual inicial. También puede ocurrir que el mutuo disenso no se plasme en un contrato cuya finalidad única sea realmente extinguir una relación preexistente, sino que vaya implícito en el nuevo contrato y resulte incompatible con el mantenimiento de la vinculación anterior. Son susceptibles de extinción por mutuo disenso cualesquiera relaciones obligatorias, ya sean instantáneas o duraderas, ya se hayan comenzado a cumplir o no; aunque la distinción tiene su importancia a la hora de

establecer los efectos del mutuo disenso: si afecta a una relación instantánea aún no ejecutada, sus efectos se limitarán a suponer la mera extinción de las obligaciones generadas por el contrato inicial; pero si se trata de una relación duradera que ha venido siendo cumplida por las partes, se plantearán los oportunos problemas para determinar si la desvinculación tiene o no efectos retroactivos, si han de efectuarse reintegros liquidatorios, si nacen obligaciones de restitución… En suma, el alcance del mutuo disenso es difícilmente reconducible a unos principios generales: en cada caso habrán de precisarse su alcance y consecuencias.

2. EL DESISTIMIENTO UNILATERAL.

2.1. La categoría del libre desistimiento.

Perfeccionado un contrato, quedan los contratantes vinculados por el mismo si concurren los requisitos propios para que surta su eficacia normalmente. El compromiso asumido por los contratantes les vincula, a ambos. Si se dejara a la libre determinación, arbitrio o capricho de una o cada una de las partes contratantes la producción de los efectos del contrato, en realidad se estaría admitiendo la ausencia de vinculación contractual. Esta regla, sin embargo, parece ser ignorada o flexibilizada por el legislador en una serie concreta de supuestos. No se recoge con carácter general una categoría de extinción de la relación obligatoria que pudiera llamarse desistimiento unilateral en el CC, pero sí se regulan supuestos concretos lo suficientemente importantes como para demandar su análisis.

2.2. Principales supuestos.

Son casos en que el legislador consiente que una o cada una de las partes, por su sola decisión unilateral y sin necesidad de que lo justifique, pone fin a una relación contractual. Son los siguientes:

- El dueño de la obra o comitente puede “por su sola voluntad” (art. 1.594) dar orden al contratista para que cese la construcción, poniéndose fin al contrato. En tal caso el comitente habrá de abonar al contratista una indemnización que comprende los gastos tenidos en la ejecución de lo hecho y el beneficio que normalmente el contratista obtendría de haber concluido la obra (el llamado por la jurisprudencia “beneficio industrial”).

- El socio de la sociedad civil concluida por tiempo indeterminado (no así en la pactada por tiempo determinado) puede, por su sola voluntad, renunciar a la sociedad, poniendo así fin a la relación social, sin necesidad de indemnizar a nadie, salvo que la renuncia se haya hecho de mala fe.

- El mandante, libremente y por su decisión, puede revocar el mandato, que deja de producir sus efectos sin que se establezca ningún efecto indemnizatorio.

- El mandatario puede renunciar al mandato, pero debiendo indemnizar al mandante, salvo que el desempeño del mandato cause grave detrimento al mandatario. El efecto de la renuncia puede verse demorado, pues hay que dar tiempo al mandante para adoptar las oportunas medidas, durante el cual el mandatario debe continuar con la gestión encomendada.

- El comodante, pactado el comodato por tiempo indeterminado, puede reclamar la devolución de la cosa prestada a su libre voluntad.

- El depositantes, se haya o no pactado tiempo de duración del depósito, puede reclamar la restitución de la cosa depositada en cualquier momento y dependiendo de su libre decisión.

2.3. El desistimiento a favor de consumidores y usuarios.

Algunas Directivas europeas y las consiguientes disposiciones legales internas han acentuado la importancia del desistimiento por parte de adquirentes de bienes muebles. Así ocurría con carácter general, según la LOCM, “cuando la perfección del contrato no sea simultánea con la entrega del objeto” o cuando se realizase una compra por catálogo. La Ley 47/2002 indica que “el comprador dispondrá de un plazo mínimo de siete días hábiles para desistir del contrato sin penalización y sin indicación de motivos”. También la Ley 28/1998, de venta a plazos de bienes muebles, incluye regulación destinada al desistimiento unilateral a favor de los consumidores y usuarios. Actualmente, el TRLCU (aprobado por RD 1/2007) recoge con carácter general el derecho de desistimiento contractual como una facultad del consumidor y usuario de dejar sin efecto el contrato celebrado, al tiempo que resalta que serán nulas de pleno derecho las cláusulas que impongan al consumidor y usuario una penalización por el ejercicio de su derecho de desistimiento.

A pesar de todo, conviene recordar que la existencia del derecho de desistimiento requiere una norma que así lo reconozca y en absoluto puede interpretarse como una regla de carácter general y de naturaleza expansiva. Por ello indica el TRLU que “el consumidor tendrá derecho a desistir del contrato en los supuestos previstos legal o reglamentariamente y cuando así se le reconozca en la oferta, promoción, publicidad o en el propio contrato”. Tales son los supuestos más claros donde se autoriza a alguno de los contratantes a poner fin a la relación contractual existente por su libre arbitrio.

Junto a ellos, hay otros supuestos en los cuales cabe extinguir unilateralmente una relación obligatoria, pero no libremente, sino ante la concurrencia de causa que lo justifique (estos casos no deben confundirse con los primeros).

2.4. Presupuestos de libre desistimiento.

Son los siguientes:

1º- Que exista una relación de tracto sucesivo o continuada, que desarrolle su eficacia en un período de mayor o menor duración.

2º- Además, pero alternativamente, deben darse algunas de las situaciones siguientes:

a) Que la duración de esa relación sea indeterminada, creándose entonces el riesgo de que se genere

una vinculación vitalicia, lo que va en contra del principio contrario a las vinculaciones de por vida.

b) Que la economía interna de la relación contractual en cuestión asigne roles no equilibrados a las partes, siendo predominante el interés de una de ellas (dueño de obra, depositante, mandante; más dudoso mandatario…).

Estas dos últimas notas (a y b) pueden darse simultáneamente, pero parece suficiente con que ocurra una de ellas junto con la enunciada en primer lugar.

2.5. Efectos.

El efecto es que se extingue la relación obligatoria, pero parece que sin alcance retroactivo. Al tratarse de una relación duradera, habrá que proceder normalmente a liquidarla, con la oportuna, en su caso, rendición de cuentas, reembolsos y restituciones. En términos generales parece que el desistimiento no tiene un precio: el que tiene la facultad de desistir debe mantener indemne a la otra parte, la cual lógicamente no debe sufrir perjuicio. Pero, se observa que junto a casos en los que la ley no se preocupa de precisar la necesidad de abonar indemnización alguna, hay otros en los que insiste en ello (el más claro, el art. 1.594). Seguramente se justifica por la diferente valoración de la función que desempeña cada una de las relaciones contractuales afectadas y la diferente composición de los intereses en juego. No deja de resultar llamativo el diferente trato que merecen mandante y mandatario: al titular de los intereses gestionados (mandante) no le impone el CC obligación alguna de indemnizar al tratar de la revocación; al mandatario, sin embargo, sí se le impone expresamente.

2.6. Desistimiento unilateral convencional.

Introducir convencionalmente el desistimiento unilateral, sin mayores precisiones, parece chocar frontalmente con el tenor del art. 1.256 y del 1.115 (inadmisibilidad de condiciones puramente potestativas). Sin embargo hay cauces para introducir algo similar al desistimiento, pero con el importante matiz de que, entonces, parece condicionarse la eficacia del mismo a que el sujeto facultado para desistir o arrepentirse asuma la carga de perder algo o el deber de abonar algo. Es claro, por lo dicho, que se trata de la posibilidad del llamado “dinero de arrepentimiento” o “multa penitencial” y de las arras ya estudiadas. Al decir que no se debe admitir el desistimiento unilateral convencional sin “precio”, lo único que se afirma es que no puede hablarse de obligación perfecta en tal caso; pero no se excluye que en el proceso de formación del contrato, hasta que éste se perfeccione, no exista de hecho tal facultad. El problema se traslada entonces al análisis de la voluntad de las partes en negociación para contratar y a la determinación del instante en el cual puede decirse que se produce la vinculación jurídica definitiva propia del contrato.

3. LA RESOLUCIÓN DEL CONTRATO POR INCUMPLIMIENTO.

3.1.

El art. 1.124 del Código Civil: la facultad resolutoria.

Art. 1.124.1: “la facultad de resolver las obligaciones (rectius, del contrato) se entiende implícita en las recíprocas, para el caso de que uno de los obligados no cumpliere lo que le incumbe”. La razón es clara: si una de las partes no quiere o no puede cumplir, más vale aceptar tal realidad y permitir al otro que dé por resuelto el contrato. Es decir: reconocerle una facultad resolutoria del contrato en base al incumplimiento de la otra parte. Tan lógica es la regla que el CC entiende que debe considerarse implícita en las obligaciones recíprocas (rectius, contratos bilaterales).

3.2. Facultad resolutoria, cláusula resolutoria expresa y condición resolutoria: precisiones.

Por razones de orden histórico, la facultad resolutoria contemplada en el art. 1.124 ha sido presentada como una condición resolutoria tácita, creando bastantes confusionismos y embrollos. Además, en la práctica anterior al Código y en la actual es frecuente pactar una cláusula resolutoria (expresa) para caso de incumplimiento (acompañada normalmente de un pacto de reserva de dominio a favor del vendedor en los casos de compraventa: por ejemplo, “en caso de que el comprador deje de abonar las mensualidades, las cantidades entregadas serán para el vendedor en concepto de indemnización, quien además recuperará la posesión del piso vendido”).

Semejante estado de cosas requiere aclarar de entrada que:

1. La facultad resolutoria establecida legalmente en el art. 1.124.1 no es una condición resolutoria:

sencillamente porque el evento futuro contemplado no es ajeno a las partes contratantes. Además la condición, en cuanto elemento accidental, requiere, por definición, que su establecimiento se haga por las partes de forma voluntaria, es decir, pactándola expresamente. Por tanto la denominación “condición resolutoria tácita” debe abandonarse.

2. El establecimiento de la cláusula resolutoria expresa es, sencillamente, el ejercicio extrajudicial anticipado y previsor de la facultad resolutoria legalmente reconocida. Por tanto no basta pactarla sin más ni más (de forma abusiva o leonina), sino que su contenido deberá ajustarse a las circunstancias jurisprudencialmente requeridas para el ejercicio de la facultad resolutoria, como veremos.

3.3. Requisitos de ejercicio de la facultad resolutoria.

Conforme a la jurisprudencia reiterada del TS, el ejercicio de la facultad resolutoria requiere:

1. Que el reclamante o demandante haya cumplido su obligación o que acredite que se encuentra en condiciones

de hacerlo. No está legitimado para resolver las obligaciones (sinalagmáticas e interdependientes) el contratante que no haya cumplido, o que haya cumplido sólo en parte. El demandante que ha realizado actos que

obstaculizan totalmente el cumplimiento de una obligación básica del contrato queda privado de su facultad de pedir la resolución del mismo con base en el impago del resto del precio.

2. Obviamente, que la otra parte no cumpla o no haya cumplido cuanto le incumbe, aunque su incumplimiento

no sea total, sino parcial. Ahora bien, aun cuando el incumplimiento parcial permita la aplicación del art. 1.124, es claro que ha de requerirse que el incumplimiento tenga la entidad suficiente para impedir la satisfacción económica de las partes; es decir, que se repute grave o esencial dentro del marco contractual, afectando a obligaciones principales del mismo y no simplemente a las accesorias o secundarias.

3. Que se encuentren ligadas las partes por un contrato bilateral, esto es, por una relación sinalagmática, en la

que la prestación de una tenga como causa la prestación de la otra.

4. Que la obligación cuyo incumplimiento fundamenta el ejercicio de la facultad resolutoria sea exigible.

5. Que la frustración del contrato dimanante del incumplimiento sea patente o, al menos, acreditable. Para el TS

es indiferente que tal incumplimiento se deba a voluntad deliberadamente rebelde a hacer efectiva la obligación,

cuanto a circunstancias de orden fáctico que de modo absoluto, definitivo e irrevocable lo impidan (ya tengan su origen en el incumplidor –pereza, incompetencia, falta de pericia- o hechos fortuitos e inevitables para el mismo –incluida la fuerza mayor-). La imputabilidad del incumplimiento tendrá importancia para determinar la indemnización.

3.4.

Ejercicio de la acción resolutoria.

De acuerdo al art. 1.124.2, el perjudicado puede optar por exigir el cumplimiento (en caso de que sea posible) o la resolución del contrato. Incluso puede optar por la resolución del contrato tras haber intentado lograr el cumplimiento, cuando éste resultare imposible (se trata del denominado ius variandi). Pero instada la resolución, no cabe variarla por el cumplimiento (STS). Cualquier de las dos opciones va acompañada, en principio, por la indemnización de daños y perjuicios (sometida a las reglas generales), aunque no de forma necesaria, porque no cabrá reclamarla cuando el incumplimiento se deba a circunstancias no imputables al demandado. Es más, el Juez no tiene por qué sentenciar de forma automática la resolución por la que opte el demandante, ya que el CC lo autoriza a que, en caso de haber causas justificadas, conceda al deudor un plazo para que cumpla. Al no prever expresamente el

CC el plazo del ejercicio de la acción, ha de entenderse que es el general de prescripción de las acciones

personales: quince años.

3.5. Efectos de la resolución.

En caso de obtenerse definitivamente ésta, la resolución del contrato tiene efecto retroactivo y eficacia

restitutoria, por lo que ambas partes habrán de reintegrarse recíprocamente el objeto del contrato que hubieran recibido. Es un supuesto más de ejecución específica o in natura que, caso de resultar imposible, se verá sustituida por la consiguiente reparación pecuniaria.

Pero esta reparación sustitutoria no debe confundirse con la, en su caso, aneja prestación indemnizatoria, haya

sido o no contemplada expresamente por las partes esta última mediante la incorporación de una cláusula penal.

4.

CLÁUSULA REBUS SIC STANTIBUS 4 .

LA

ALTERACIÓN

DE

LAS

CIRCUNSTANCIAS

CONTRACTUALES:

LA

4.1. La alteración de las circunstancias contractuales y la cláusula rebus sic stantibus.

No son extraños los supuestos en que, como consecuencia de la extraordinaria alteración de las circunstancias atinentes al contrato, no previstas por las partes, se producen efectos que atentan contra la equivalencia de las prestaciones establecidas originariamente en el momento de celebración del contrato (ej: tras la Guerra Civil española, algunas personas que tenían pactado un contrato de suministro con los aceituneros de Jaén pretendieron que éstos les siguieran entregando el fruto en las condiciones, cantidad y precio pactado con anterioridad). Ante semejante eventualidad, la doctrina y jurisprudencia españolas han hablado tradicionalmente de la llamada cláusula rebus sic stantibus como remedio al desequilibrio patrimonial que la alteración de las circunstancias contractuales comporta, en el sentido de entender implícito o subyacente en todo contrato de tracto sucesivo un pacto en virtud del cual el cumplimiento del mismo se entiende necesario siempre y cuando las cosas sigan manteniéndose tal y como se encontraban en el momento de la perfección del contrato. Es decir: en caso de una extraordinaria modificación del entorno contractual habría que concluirse que el contrato no vincula a las partes o que por lo menos no les obliga más que adecuándolo a las circunstancias coetáneas al momento de ejecución. Semejante pretensión no puede cohonestarse fácilmente con otro principio básico: pacta sunt servanda. Por ello, la admisibilidad del mecanismo estudiado se hace con extraordinaria cautela, de forma restrictiva, por afectar al principio pacta sunt servanda y a la seguridad jurídica, exigiendo por ello requisitos para su aplicación (STS).

4.2. La cláusula rebus sic stantibus como supuesto de integración contractual.

La confrontación entre el principio de seguridad contractual (pacta sunt servanda) y el mantenimiento de la equivalencia de las prestaciones (cláusula rebus sic stantibus) se ha pretendido superar, en favor de esta última, argumentando que dicha “cláusula” se encuentra ínsita en todo contrato por la voluntad presunta de las partes. Dicho planteamiento es erróneo. La virtualidad propia de la cláusula rebus sic stantibus no se deriva de pacto entendido alguno, ni de voluntad presunta de las partes ni es una cláusula contractual en el sentido convencional de regla prevista insertada en el contrato por las partes. Se trata, sencillamente, de una aplicación concreta a los contratos de ejecución temporalmente diferida de las reglas de integración contractual imperativamente establecidas por el art. 1.258 CC que, por principio, son indisponibles para la voluntad (presunta, implícita, tácita o declarada) de las partes.

4 3 Rebus sic stantibus: estando, continuando o manteniendo así las cosas.

4.3.

Requisitos y efectos de la aplicación de la cláusula rebus sic stantibus.

La reiteradísima jurisprudencia española exige que se den las circunstancias siguientes:

1. Que entre las circunstancias existentes en el momento de celebración del contrato y las concurrentes en el

momento de su cumplimiento o ejecución se haya producido una alteración extraordinaria.

2. Que, a consecuencia de dicha alteración, resulte una desproporción exorbitante y fuera de todo cálculo entre

las prestaciones convenidas. 3. Que no exista otro medio (jurídicamente hablando) de remediar el desequilibrio sobrevenido de las

prestaciones.

4. Que las nuevas circunstancias fueran imprevisibles para las partes en el momento de la celebración.

5. Que quien alegue la cláusula rebus sic stantibus tenga buena fe y carezca de culpa.

Aunque las consecuencias de la aplicación de la cláusula rebus sic stantibus se encuentran en estrecha dependencia de los datos de hecho, el TS como regla general se inclina más por revisar o modificar la originaria equivalencia de las prestaciones que por declarar la ineficacia sobrevenida del contrato.

5. LA RESCISIÓN DEL CONTRATO.

5.1. Idea general.

La rescisión es una forma de ineficacia del contrato que procede de un momento posterior a la celebración del mismo, el cual nace plenamente válido, pero posteriormente puede ser declarado ineficaz por sus efectos lesivos o perjudiciales para una de las partes o un tercero. Se distingue, legal y teóricamente, con facilidad de la nulidad y anulabilidad, puesto que la rescisión supone un contrato inicialmente válido, mientras que la nulidad y anulabilidad implican la invalidez inicial del contrato a que están referidas. Art. 1.290: “Los contratos válidamente celebrados pueden rescindirse en los casos establecidos por la ley”.

5.2. Las causas de rescisión en el Código Civil.

Las causas de rescisión se pueden clasificar en tres grandes grupos:

A) Rescisión por lesión.

El término lesión empleado aquí significa perjuicio patrimonial para una de las partes. Utilizando dicha idea

como causa de ineficacia, el CC declara rescindibles:

1. Todos los contratos que puedan llevar a cabo los tutores sin la debida o pertinente autorización (hay que estar atentos a las sucesivas modificaciones del art. 1.291.1: la “autorización del consejo de familia” hay que entenderla reconvertida a la “autorización judicial”; es condición sine qua non de aplicación del art. 1.291.1 que el tutelado sufra lesión en más de la cuarta parte, a causa de la celebración por el tutor de un contrato que no requiera autorización judicial; los contratos que celebre por sí mismo el menor serán anulables y no rescindibles; tampoco serán rescindibles los que celebre el tutor con autorización judicial, respecto de los cuales podrá el menor, para reparar los perjuicios que le causen, exigir la responsabilidad en que haya podido incurrir el Juez al conceder la autorización al tutor; los que, necesitando autorización judicial, celebre el tutor por sí solo serán nulos).

2. Los contratos celebrados en representación de los ausentes, siempre que estos hayan sufrido la lesión

a que se refiere el número anterior, es decir, en más de la cuarta parte del valor de la cosa, y no se haya celebrado el contrato con autorización judicial.

3. La partición de herencia, siempre que la lesión sea en más de la cuarta parte, atendiendo al valor de las cosas cuando fueron adjudicadas.

Fuera de los casos indicados, “ningún contrato se rescindirá por lesión” (art. 1.293).

B) Rescisión por fraude.

La celebración de un contrato con intención fraudulenta respecto de terceros (es decir, con ánimo de engañarlos perjudicando sus intereses) constituye causa de rescisión en los siguientes supuestos:

1. Los contratos celebrados con fraude de acreedores, cuando éstos no puedan cobrar de otro modo lo que se les deba. Se presume el fraude en todas las enajenaciones gratuitas y, en las onerosas, cuando el transmitente haya sido judicialmente condenado o cuando se trate de bienes embargados judicialmente.

2. Los contratos que se refieran a cosas litigiosas, cuando hubiesen sido celebrados por el demandado sin conocimiento y aprobación de las partes litigantes o de la autoridad judicial competente.

3. Los pagos hechos en estado de insolvencia por cuenta de obligaciones a cuyo cumplimiento no

podía ser compelido el deudor al tiempo de hacerlos. El TS se pronuncia a favor de una interpretación extensiva de las normas legales sobre fraude, y al mismo tiempo es doctrina reiterada que el fraude puede estar constituido tanto por la intención de causar un perjuicio a los acreedores como la simple conciencia en ese sentido.

C) Rescisión por otros motivos. El art. 1.291.5, mediante una cláusula remisiva de carácter general, deja la puerta abierta a cualesquiera otros casos en que especialmente determine la ley la rescisión.

5.3. La acción rescisoria.

A) Requisitos: el CC exige tres requisitos para que sea posible el ejercicio de la acción rescisoria (“devolución

de las cosas que fueron objeto del contrato con sus frutos y del precio con sus intereses”, art. 1.295):

1. Que el perjudicado carezca de otro recurso legal para obtener la reparación del perjuicio: se trata, por

tanto, de una acción subsidiaria.

2. Que el perjudicado pueda devolver aquello a que estuviera obligado.

3. Que las cosas objeto del contrato no se hallen legalmente en poder de terceras personas que hubieran

procedido de buena fe, ya que, en tal caso, la pretensión del lesionado o defraudado ha de limitarse a

reclamar la indemnización de perjuicios al causante de la lesión.

B) Plazo: el mismo plazo que se señala para las acciones de anulabilidad: cuatro años.

C) Cómputo del plazo: “Para las personas sujetas a tutela y para los ausentes, los cuatro años no empezarán

hasta que haya cesado la incapacidad de los primeros o sea conocido el domicilio de los segundos”. En los demás casos, empezará a correr el plazo desde la celebración del contrato.

5.4. Eficacia restitutoria e indemnizatoria de la rescisión.

El efecto fundamental de la rescisión tiene acusado matiz restitutorio: obtener la devolución de todo aquello que haya sido entregado por virtud del contrato rescindible (tanto la cosa como el precio o, en su caso –p.ej. una permuta- las cosas). Pero como puede ocurrir que las cosas entregadas hayan desaparecido, siendo imposible su devolución, o bien que hayan ido a parar a menos de terceros adquirentes, protegidos de modo preferente sobre el que ejercita la acción rescisoria por lesión o fraude, en estos casos de imposible devolución la acción rescisoria se transforma en indemnizatoria o reparadora, con carácter subsidiario. La obligación de indemnizar puede alcanzar al adquirente de mala fe, pues “el que hubiere adquirido de mala fe las cosas enajenadas en fraude de acreedores deberá indemnizar a estos de los daños y perjuicios que la enajenación les hubiere ocasionado, siempre que por cualquier causa le fuere imposible devolverlas” (art.

1.298).

TEMA 10

LA DONACIÓN.

1. LA DONACIÓN COMO CONTRATO.

La donación es la transmisión voluntaria de una cosa o de un conjunto de ellas que hace una persona, donante, a favor de otra, donatario, sin recibir nada como contraprestación.

Aunque el CC no la califica como contrato, sino como acto, y la regula con ocasión de los “modos de adquirir la propiedad”, el carácter contractual le viene dado por la exigencia de la aceptación por parte del donatario, lo que supone acuerdo de los dos contratantes, y de otra parte, la sujeción a las disposiciones generales de los contratos y obligaciones en todo lo que no se halle determinado en sus normas específicas. Además de un contrato es un modo de adquirir que opera sin necesidad de tradición simultánea o posterior: esto es, la donación produce efectos reales desde el mismo momento en que ha tenido lugar su perfección por la aceptación del donatario. El art. 618 define la donación como “el acto de liberalidad por el cual una persona dispone gratuitamente de una cosa en favor de otra, que la acepta”.

2. MODALIDADES DE LA DONACIÓN.

2.1. Donaciones remuneratorias.

Art. 619: “es también donación la que se hace a una persona por sus méritos o por los servicios prestados al donante, siempre que no constituyan obligaciones exigibles”. Son aquellas que encuentran su razón de ser en los méritos del donatario o en los servicios prestados por éste al donante. Algunos autores consideran que este tipo de donaciones deben ser consideradas simples y comunes. También puede defenderse que el carácter remuneratorio viene dado por el hecho de que concurran en el donatario circunstancias relevantes que el donante valora especialmente aunque no representen para él mismo "servicio alguno” (defensa de los niños, valor cívico, etc.). El problema se plantea porque el art. 622 dispone que “las donaciones con causa onerosa se regirán por las reglas de los contratos, y las remuneradas, por las disposiciones del presente título en la parte que excedan del valor del gravamen impuesto”. Por ello algunos autores han propuesto una especie de “descomposición” de la donación remunerada, propugnando que hasta donde alcance el valor del servicio remunerado habrían de aplicarse las reglas de los contratos onerosos, y para el exceso, las reglas de las donaciones. Pero la mejor doctrina ha acabado por entender inaplicable a las donaciones remuneratorias el art. 622, cuya segunda parte probablemente esté referida a las donaciones modales, que vemos a continuación.

2.2. Donaciones modales u onerosas.

Son aquellas donaciones que reciben una carga modal, pues como sabemos la “onerosidad propia” está excluida de los actos de liberalidad. Se encuentran en el art. 619.2: son también donaciones “aquellas en que se impone al donatario un gravamen inferior al valor de lo donado”. La donación modal puede implicar tanto la asignación de una parte de lo donado a un cierto destino en beneficio de un tercero (te regalo el cortijo pero anualmente entregas el diezmo de la cosecha al Convento “Tal”), cuanto un gravamen independiente del propio objeto de donación (te entrego irrevocablemente un depósito bancario, pero en el entendido de que anualmente entregarás 3.000 euros a tu abuela).

2.3. Donaciones mortis causa.

La donación es, en principio, un acto inter vivos. La opinión mayoritaria de doctrina y jurisprudencia, en base al art. 620: “las donaciones que hayan de producir sus efectos a la muerte del donante participan de la naturaleza de las disposiciones de última voluntad y se regirán por las reglas establecidas en el capítulo de la sucesión testamentaria”, es que deben ser asimiladas a los legados hechos en testamento, de forma tal que la posposición de los efectos de tales donaciones hasta el fallecimiento del “donante” supone que en realidad han de ser consideradas revocables y quedan sin efecto hasta que, tras el fallecimiento del donante, sean objeto de reconocimiento en la pertinente disposición testamentaria.

2.4. Donación con reserva de la facultad de disponer.

El art. 639 contempla un supuesto excepcional en relación con la irrevocabilidad de la donación: “Podrá reservarse el donante la facultad de disponer de alguno de los bienes donados o de alguna cantidad con cargo a ellos; pero si muriere sin haber hecho uso de este derecho, pertenecerán al donatario los bienes o la cantidad que se hubiese reservado”.

2.5. Donación con cláusula de reversión.

Conforme al art. 641, el donante cuenta con facultades para establecer una “reversión convencional” o un

“derecho de retorno” en su favor o en el de un tercero. En caso de que la reversión quede establecida en favor del donante, el art. 641 la entiende válida “para cualquier caso y circunstancias”. En el caso de que se establezca en favor de otras personas, sólo resulta admisible “en los mismos casos y con iguales limitaciones que determina este Código para las sustituciones testamentarias”.

2.6. Liberalidades de uso.

Son aquellos actos de liberalidad realizados en virtud de cánones de conducta socialmente seguidos por la generalidad de las personas (ej.: regalos de cumpleaños). Por fundamentarse en normas sociales generalmente seguidas más que un verdadero ánimo de liberalidad, algunos autores les niegan el carácter de donación. Sin embargo, parece más segura la opinión que propugna su naturaleza de donación, aunque algunas normas de ésta (como ocurre con el art. 1.041) no les resulten aplicables cuando así lo prevea el legislador, por entender precisamente que la adecuación a las normas sociales generalmente asumidas impiden considerar el posible carácter fraudulento o perjudicial para terceros que siempre planea sobre las donaciones puras y simples.

3. PRESUPUESTOS Y ELEMENTOS DE LA DONACIÓN.

Son elementos esenciales de la donación: el empobrecimiento del donante, el enriquecimiento del donatario, y la intención de hacer una liberalidad (o animus donandi). Se excluyen de la categoría de donación aquellos actos realizados a título gratuito que, otorgando una ventaja patrimonial sin contraprestación, no entrañen una pérdida patrimonial (préstamo, depósito o fianza establecidos con carácter gratuito, etc).

3.1. Capacidad de las partes.

La donación implica para el donante una disminución patrimonial, y para el donatario un enriquecimiento que difícilmente puede comportar consecuencias negativas. Es claro, por ello, que el CC se muestre riguroso y exigente respecto a la capacidad del donante, al tiempo que amplía notoriamente la capacidad del donatario.

A) Capacidad para donar:

Art. 624: “podrán hacer donaciones todos los que puedan contratar y disponer de sus bienes”. Han de darse las dos circunstancias a la vez: capacidad contractual y además libre disposición sobre los bienes que vayan a ser objeto de donación. Recordemos que:

- Excede del ámbito de los actos de administración ordinaria del hijo menor que haya cumplido dieciséis años la posibilidad de realizar donaciones y, por consiguiente, necesitará el consentimiento de los padres.

- En parecido sentido, los padres necesitarán autorización judicial para donar bienes inmuebles u objetos preciosos y valores mobiliarios pertenecientes a los hijos cuya administración ostenten.

- Los herederos del ausente que, finalmente, es declarado fallecido no podrán disponer a título gratuito hasta cinco años después de la declaración del fallecimiento.

- El menor emancipado, sin consentimiento de sus padres o del tutor, no podrá donar bienes inmuebles y establecimientos mercantiles o industriales u objetos de extraordinario valor.

B) Capacidad para aceptar donaciones:

La amplitud se manifiesta en que incluso el nasciturus puede ser donatario: basta para ello con que la aceptación de la donación sea realizada por las personas que legítimamente los representaría, si se hubiera verificado ya su nacimiento. Es decir, cualquier persona, aún sin tener capacidad de obrar o una especial capacidad de obrar, puede proceder a la aceptación de la donación. Teniendo “capacidad natural” para entender y querer, pueden emitirse válidamente declaraciones de voluntad dirigidas a aceptar donaciones. La prueba de ello es que el CC sólo exige capacidad contractual en el caso de que se trate de donaciones condicionales u onerosas.

3.2. Objeto y límites.

La donación puede recaer sobre cualquier bien o derecho que sea autónomo e independiente y, por tanto, individualizable en el patrimonio del donante. El empobrecimiento del donante puede ser perjudicial para el propio donante, para sus familiares con derecho a legítima y para sus acreedores. Por ello el CC impone ciertos límites de carácter objetivo a la donación:

a) La donación no podrá comprender los bienes futuros.

b) El donante deberá reservarse en plena propiedad o en usufructo lo necesario para vivir en un estado correspondiente a sus circunstancias.

c) Nadie podrá dar por vía de donación más de lo que pueda dar por vía de testamento, debiendo ser reducidas en cuanto excedan de las posibilidades de libre disposición del donante, a petición de los herederos forzosos. En tal caso, se habla de “donación inoficiosa”. Para saber si es inoficiosa habrá que estar al momento de la muerte del donante, teniendo en cuenta el valor de los bienes dejados por el mismo al que se sumará el que tenían los donados en el momento de la donación y, sobre la suma así obtenida, se determinará la parte que el donante podía disponer libremente a favor del donatario.

d) Al suponer la donación una enajenación de bienes a título gratuito, si con ella se defraudaran los derechos de los acreedores, se presume fraudulenta, autorizándose a los acreedores anteriores a la donación solicitar su rescisión; pero no así a los posteriores.

3.3. Perfección de la donación: la aceptación.

La donación, bajo pena de nulidad, está sujeta a la aceptación por parte del donatario, que la puede realizar por sí mismo o por medio de persona autorizada, según dispone el art. 630. Constituye éste uno de los extremos fundamentales para defender la naturaleza contractual de la donación. El CC regula la perfección de la donación en dos artículos:

1) De una parte, establece que “la donación no obliga al donante, ni produce efecto, sino desde la aceptación” (art. 629). 2) De otra, entiende que “la donación se perfecciona desde que el donante conoce la aceptación del donatario” (art. 623).

Para el art. 629 habría de seguirse la “teoría de la emisión”, mientras que el art. 623 se adscribiría a la “teoría del conocimiento o de la cognición”, cuya aplicación la mayoría de los autores considera preferente. Cabe pensar que entre ambos artículos no hay contradicción, sino que la aceptación del donatario provoca la inmediata eficacia de la donación (art. 629) salvo que, antes de tener conocimiento de ella, la revoque el donante (art. 623).

3.4. Forma.

Para el CC, la donación es un contrato formal, si bien los requisitos de forma son distintos según recaiga sobre bienes muebles o inmuebles:

A) La donación de cosa mueble podrá hacerse verbalmente o por escrito, requiriéndose, en el primer caso, la

entrega simultánea de la cosa, y en el segundo que la aceptación conste igualmente por escrito (art. 632).

B) En el caso de que esté referida a bienes inmuebles, la donación ha de hacerse necesariamente en escritura

pública, al igual que su aceptación, debiéndose producir ésta en vida del donante. El art. 633 dispone que “para que sea válida la donación de cosa inmueble ha de hacerse en escritura pública, expresándose en ella individualmente los bienes donados y el valor de las cargas que deba satisfacer el donatario. La aceptación podrá hacerse en la misma escritura o en otra separada, pero no surtirá efecto si no se hiciese en vida del donante. Hecha en escritura separada, deberá notificarse la aceptación en forma auténtica al donante y se anotará esta diligencia en ambas escrituras”.

4. LA REVOCACIÓN DE LAS DONACIONES.

La donación es irrevocable, en el sentido de que no puede quedar sin efecto por la sola voluntad del donante, una vez que haya tenido lugar la aceptación del donatario. Sin embargo, el CC, teniendo en cuenta su carácter de atribución patrimonial sin contraprestación, faculta al donante para recuperar lo donado en algunos supuestos, suponiendo que de haberlos conocido no la habría realizado o por razones de justicia material. Las causas de revocación se encuentran legalmente predeterminadas o tasadas y, por ello, son de interpretación estricta, quedando limitadas a los supuestos siguientes: supervivencia o supervenencia de hijos, incumplimiento de las cargas impuestas por el donante o por causa de ingratitud del donatario.

4.1 Supervivencia o supervenencia de hijos.

Art. 644: “Toda donación hecha entre vivos, hecha por persona que no tenga hijos ni descendientes, será revocable por el mero hecho de ocurrir cualquiera de los casos siguientes:

1º. Que el donante tenga, después de la donación hijos, aunque sean póstumos.

2º. Que resulte vivo el hijo del donante que éste reputaba muerto cuando hizo la donación”. En el primer caso se habla de “supervenencia” para expresar la circunstancia sobrevenida de existencia de hijos, mientras que en el segundo se trata de resaltar la existencia de un hijo “superviviente”. El donante podrá revocar la donación si desea hacerlo, pues la supervenencia o supervivencia no acarrea de forma automática la ineficacia de la donación realizada. El plazo para ejercitar la correspondiente “acción de revocación” es de cinco años “contados desde que se tuvo noticia del nacimiento del último hijo o de la existencia del que se creía muerto” (art. 646). El referido plazo es de caducidad, aunque el precepto hable de prescripción. Dentro de tal plazo, en caso de fallecimiento del donante, la acción de revocación se transmite a sus hijos y descendientes.

4.2. Incumplimiento de cargas.

El supuesto de revocación por incumplimiento de cargas impuestas por el donante se encuentra contemplado en el art. 647.1: “La donación será revocada a instancia del donante cuando el donatario haya dejado de cumplir alguna de las condiciones que el aquel le impuso”.

El CC no establece la duración de la acción por incumplimiento de cargas, ni si cabe su transmisión a los herederos o legitimarios del donante en caso de fallecimiento de éste. Jurisprudencialmente se ha propugnado de forma reiterada que la acción es transmisible a los herederos. El silencio respecto del plazo suele ser superado doctrinalmente, por vía de analogía, recurriendo al plazo cuatrienal previsto para las acciones rescisorias.

4.3. Ingratitud del donatario.

La denominada “ingratitud del donatario”, de acuerdo con el CC, se producirá en los supuestos en que el donatario cometiera algún delito contra la persona, el honor, o bienes del donante; le impute algún delito de los que dan lugar a procedimientos de oficio o acusación pública, a menos que se hubiese cometido contra el propio donatario, o le niegue indebidamente alimentos (art. 648). La acción de revocación tiene un plazo de prescripción de “un año, contado desde que el donante tuvo conocimiento del hecho y posibilidad de ejercitar la acción”. La acción de revocación debe ser ejercitada por el propio donante: art. 653 dispone que “no se transmitirá esta acción a los herederos del donante si éste, pudiendo, no la hubiese ejercitado”.

4.4. Efectos de la revocación.

La revocación de la donación comporta la restitución al donante de los bienes donados, o del valor que éstos tenían al tiempo de la donación si hubiesen sido enajenados, quedando a salvo los derechos de terceros adquirentes de buena fe.

5. LA REVERSIÓN DE LA DONACIÓN.

Ya vimos el art. 641: “ podrá establecerse válidamente la reversión a favor de sólo el donador para cualquier caso y circunstancias, pero no a favor de otras personas sino en los mismos casos y con iguales limitaciones que determina este Código para las sustituciones testamentarias”. En el fondo, al establecer la reversión, se está realizando una donación condicional. Al limitar la reversión en favor del donante pretende el CC favorecer el tráfico económico e impedir vinculaciones imperecederas de los bienes. En opinión de Lasarte, esta pretensión se ve debilitada en los supuestos de que el donante sea una persona jurídica, pues en tal caso las condiciones impuestas pueden posponerse indefinidamente en el tiempo.

6. LA REDUCCIÓN DE LAS DONACIONES INOFICIOSAS.

Reciben el nombre de donaciones inoficiosas las que superen el valor de lo que el donante (o el donatario) puedan dar (o recibir) por testamento (art. 636), en cuanto pueden resultar perjudiciales para los legitimarios o herederos del donante. Por consiguiente, para determinar el carácter inoficioso de cualquier donación es preciso que se abra la sucesión del donante a causa de su fallecimiento. En tal sentido, expresa el art. 654 que “las donaciones que, con arreglo a lo dispuesto en el art. 636, sean inoficiosas computado el valor líquido de los bienes del donante al tiempo de su muerte, deberán ser reducidas en cuanto al exceso”.

TEMA 11 EL CONTRATO DE COMPRAVENTA.

1. LA COMPRAVENTA: IDEAS GENERALES.

1.1. Nociones y caracteres.

De todos los contratos, la compraventa es el más frecuente en la vida diaria, y tradicionalmente se le ha considerado como el “contrato-tipo” por antonomasia, y parte de sus preceptos se aplican, en principio (y con las precisas adaptaciones) a los demás contratos en que existen prestaciones recíprocas. Conforme el art.1.445 CC: “por el contrato de compraventa uno de los contratantes se obliga a entregar una cosa determinada y el otro a pagar por ella un precio cierto, en dinero o signo que lo represente”. Por consiguiente, la compraventa es un contrato consensual, que se perfecciona por el mero consentimiento. La entrega de la cosa y el pago del precio corresponden a la fase de ejecución del contrato. Es también un contrato bilateral por producir obligaciones recíprocas para las dos partes contratantes: la entrega de la cosa y el pago del precio, actuando una como causa de la otra. Es un contrato oneroso, por suponer una equivalencia entre las prestaciones de las partes, esto es, sacrificios recíprocos para comprador y vendedor. Al hablar de equivalencia debe tenerse presente que no es necesaria una equivalencia objetiva, es decir, la real y efectiva adecuación entre el precio y el bien correspondiente, bastando la llamada equivalencia subjetiva. Por lo general, es un contrato conmutativo al estar determinado el intercambio de prestaciones desde el momento de su perfección; pero puede ser aleatorio en ciertos casos, como sucede cuando se trate de "cosas futuras" a riesgo del comprador o "compraventa de esperanza", en la que el comprador se obliga a pagar el precio, tenga o no existencia la cosa. Es un contrato traslativo de dominio, en el sentido de que sirve de título para la transmisión de la propiedad. El vendedor se obliga a transmitir la propiedad de la cosa vendida, siendo dicho resultado la finalidad perseguida por el comprador: la adquisición en propiedad de aquella. El carácter traslativo no está reñido con el llamado pacto de reserva de dominio. Consiste dicho pacto en la estipulación expresa contemplada en el contrato en virtud de la cual vendedor y comprador acuerdan que no se producirá la transmisión de la propiedad de la cosa vendida hasta que no se produzca el pago íntegro del precio convenido. El CC no contiene norma alguna relativa a dicho pacto (aunque sí la hay en la Ley de Venta de Bienes Muebles a Plazos), por lo que la doctrina ha debatido acerca de la validez o licitud de dicho pacto. Sin embargo, la doctrina jurisprudencial al respecto es absolutamente firme y reiterada a favor de su licitud.

1.2. Capacidad para celebrar el contrato de compraventa: las prohibiciones.

La compraventa exige, como todos los contratos, que las partes contratantes tengan la capacidad suficiente para contratar y obligarse. El art. 1.457 sienta, como regla general, que “podrán celebrar el contrato de compra y venta todas las personas a quienes este Código autoriza para obligarse, salvo las modificaciones contenidas en los artículos siguientes”. De este modo se establece una remisión a la normativa en materia de capacidad de obrar. El art. 1.458 actualmente, no dispone de ninguna restricción a las compraventas entre cónyuges, cualquiera que sea el régimen del matrimonio, pondrán venderse bienes entre sí.

El art. 1459, para evitar posibles fraudes o perjuicios en supuestos en que hay intereses encontrados, prohíbe a determinadas personas adquirir por compra, aunque sea en subasta pública o judicial, por sí ni por persona alguna intermedia, bienes de otras sobre las que tienen algún tipo de influencia:

- Se prohíbe al tutor adquirir los bienes de sus pupilos, siendo extensible a todo cargo tutelar.

- Por lo que respecta a los mandatarios y los albaceas, la prohibición se hace extensiva a cualquier forma de administración o representación voluntaria.

- Igualmente afecta la prohibición sobre los funcionarios públicos en la demarcación territorial y respecto de los bienes de cuya administración estuviesen encargados; al personal al servicio de la Administración de Justicia, los bienes en litigio ante el Tribunal en cuya jurisdicción ejerciera sus funciones, afectando también a abogados y procuradores. De la prohibición contenida en el art. 1.459.5 se exceptúan las acciones hereditarias entre coherederos, o de cesión en pago de créditos, o de garantía de los bienes que posean. Para determinar el carácter litigioso de un bien se han venido utilizando dos criterios: la fecha de emplazamiento para constatar la demanda (criterio jurisprudencial) y desde la contestación a la demanda (art.

1.535.2).

La contravención de estas prohibiciones lleva aparejada la nulidad radical y absoluta del contrato así celebrado, independientemente de la posible responsabilidad disciplinaria y penal a que pudiera dar lugar en su caso. La conculcación de la prohibición del mandatario y albacea es objeto de anulabilidad, al poder recaer con posterioridad el consentimiento del mandante o los sucesores.

2. EL OBJETO DE LA COMPRAVENTA

La compraventa supone la obligación por parte del vendedor de entregar una cosa determinada a cambio de un precio en dinero o signo que lo represente, que deberá ser satisfecho por el comprador. Ello supone que, propiamente hablando, el objeto de la compraventa es doble: la cosa a entregad y el precio a pagar.

2.1. Las cosas.

A) En general.

Las cosas pueden ser corporales e incorporales o derechos; muebles e inmuebles; presentes y futuras; pero, en

cualquier caso, han de reunir una triple condición:

1) Que sean de comercio lícito, conforme al art. 1.271.

2) Que tengan existencia real o posible: no resulta imprescindible que la cosa objeto de venta exista en el momento de la celebración del contrato si se prevé la posibilidad de su existencia en la fase de ejecución. De ahí el art. 1.460: “si al tiempo de celebrarse la venta se hubiese perdido en su totalidad la cosa objeto del mismo quedará sin efecto el contrato”. Por ello es importante el momento de la perfección del contrato, ya que si el perecimiento ocurriese después de su conclusión la pérdida fortuita de la cosa específica o genérica ya

individualizada sería a cargo del comprador. En caso de pérdida parcial de la cosa vendida, continúa diciendo el art. 1.460, el comprador podrá optar entre desistir del contrato o reclamar la parte existente, abonando su precio en proporción al total convenido. Si la cosa no tiene existencia real al contratar, pero previsiblemente la llegará a tener, la compraventa puede revestir dos modalidades distintas según la voluntad de las partes:

a) Compraventa de cosa esperada. En tal caso, la compraventa reviste los caracteres de conmutativa y condicional, en cuanto las partes subordinan la eficacia del contrato a la existencia de la cosa. Si la cosa no llega a tener existencia, no hay obligación por parte del vendedor de entregar cosa alguna, ni el comprador ha de pagar el precio (ej: se contrata la venta de la cosecha que una finca producirá en el año próximo. El comprador sólo pagará la cosecha producida y el precio convenido).

b) Compraventa de esperanza. Si, por el contrario, los contratantes celebran la compraventa a todo evento, es decir, que el comprador pague el precio aunque la cosa objeto del contrato no llegue a existir, se tratará de un contrato aleatorio. El vendedor se limitará a hacer lo posible para la existencia de la cosa, y el comprador vendrá obligado a pagar lo pactado (tanto, siguiendo con el ejemplo, si no hay cosecha o, al contrario, es una cosecha excepcionalmente buena).

3) Que la cosa haya sido objeto de determinación o sea susceptible de ello.

B) La venta de cosa ajena.

Por otra parte, no es necesario que el bien objeto de la compraventa forme parte del patrimonio del vendedor en el momento de celebración de la compraventa, pues la finalidad traslativa del dominio no se alcanza sino con la ejecución del contrato. Por lo cual, cuando el contrato no es de ejecución simultánea, sino que la misma se pospone, el vendedor devendrá obligado a adquirir el bien vendido para que, en el momento de la ejecución, pueda transmitir el dominio. Lo dicho equivale a afirmar que es posible y perfectamente lícita la “venta de cosa ajena”, sobre la que el CC guarda absoluto silencio, frente a la admisibilidad declarada por otras fuentes históricas (Fuero Juzgo, Partidas). El TS ha resaltado en más de una ocasión que la falta de regulación en el CC debe interpretarse como una continuidad histórica. Ahora bien, la general admisibilidad de la figura no supone la quiebra de las reglas generales sobre la anulabilidad de semejante tipo de venta cuando, por error de ambas partes o por conducta dolosa del vendedor,

deba considerarse que el contrato se encuentra viciado desde el mismo momento de su celebración.

2.2. El precio en la compraventa.

A) Requisitos.

El precio es el otro elemento objetivo característico de la compraventa y consiste en la suma de dinero que el comprador se obliga a entregar al vendedor a cambio de la cosa entregada. Ha de reunir los siguientes requisitos:

1) Precio verdadero o real. El pago del precio constituye la prestación a cargo del comprador, de tal modo que si no existiera estaríamos ante un contrato simulado de compraventa, que si cumple los requisitos de la donación se considerará como tal, o bien, al constituir el precio para el vendedor la verdadera causa del contrato, su ausencia o ilicitud provocaría la declaración de la inexistencia de la compraventa.

2) Precio cierto o determinado. No es necesario precisarlo cuantitativamente en el momento de la celebración, sino que basta que pueda determinarse sin necesidad de un nuevo convenio, ya sea con referencia a otra cosa cierta, se determine por el que tuviera la cosa en determinado día, bolsa o mercado, o se deje su señalamiento al arbitrio de persona no participante en el contrato. La determinación por tercero deberá hacerse, salvo pacto, en relación con el momento de la perfección del contrato.

3) Precio consistente en dinero o signo que lo represente. Por principio, el precio debe consistir en dinero, en cuanto medio legal de pago, pues si consiste en cualquier otra cosa debe entenderse que estamos ante un supuesto de permuta. El art. 1.446 contempla la circunstancia de que el precio consista parte en dinero y parte en otra cosa, estableciendo como criterio principal para la calificación del contrato como compraventa o permuta la intención de las partes, y como ratio subsidiaria, la proporcionalidad entre el dinero y el valor de la cosa. El inciso “signo que lo represente” debe entenderse por cheque, pagarés, letras… si bien la entrega de tales documentos mercantiles “sólo producirá los efectos del pago cuando hubiesen sido realizados” (art. 1.170).

4) ¿Precio justo? Para el CC la compraventa no supone una estricta equivalencia objetiva entre el valor de la cosa y el precio pactado, circunstancia por la que no existe la exigencia de que el precio sea “justo”, si bien el precio irrisorio se equipara al precio simulado. Una cuestión de especial relevancia es el precio fijado por disposiciones administrativas o “precio legal”, de tal modo que si el convenido es superior, el contrato será nulo parcialmente, es decir, el exceso se tendrá por no puesto, si bien el contrato seguirá surtiendo efectos.

B) El pacto de arras.

Como sabemos, en la celebración del contrato de compraventa es sumamente frecuente el establecimiento de un

pacto de arras, regulado en el art. 1.454, ya estudiado.

3. DERECHOS Y OBLIGACIONES DEL VENDEDOR.

Las obligaciones principales del vendedor consisten en:

1)

Entregar la cosa vendida y conservarla con “la diligencia propia de un buen padre de familia” hasta que

2)

se efectúe dicha entrega. Prestar la garantía del saneamiento en los casos de evicción y vicios ocultos.

Además de las obligaciones principales, asumen relevancia todas aquellas de carácter accesorio y secundario de

carácter general y las que puedan surgir en la relación contractual concreta, como iremos viendo.

3.1. La entrega de la cosa.

A) Objeto y circunstancias de la entrega de la cosa.

La obligación primera y fundamental del vendedor es la entrega del objeto de la compraventa. Hay que tener en cuenta que la entrega de la cosa abarca no sólo a ésta, sino a sus accesorios (aunque no hayan sido mencionados), así como a los frutos producidos desde el día en que se perfeccionó el contrato. Además el vendedor deberá facilitar al comprador los títulos de pertenencia e informes necesarios para hacer valer lo transmitido. No contiene el CC reglas especiales sobre el tiempo y el lugar de realización de la entrega, por lo que debe entenderse aplicables, salvo pacto en contrario, las generales. En la mayor parte de los casos, en aplicación del art. 1.171, la entrega de la cosa se hará en el lugar “donde ésta existiera en el momento de constituirse la obligación”. Pese a lo dicho, normalmente existen previsiones convencionales para el tiempo y el lugar.

B) Formas de entrega: la tradición.

El CC regula con cierto detalle las formas de entrega o “tradición” que, realizadas con posterioridad a la celebración del contrato de compraventa, conllevan la adquisición de la propiedad para el comprador. Las diversas formas de entrega son:

a)

Tradición real: material y simbólica. El art. 1.462.1 dispone que “se entenderá entregada la cosa vendida cuando se ponga en poder y posesión del comprador”. La “puesta en posesión” puede tener lugar de dos maneras diferentes:

1) Materialmente: cuando hay una entrega manual y efectiva (me llevo el impermeable que compro en Santiago) o cuando el adquirente de facto y de forma inmediata, ejercita los poderes característicos del propietario (me quedo a echar una siesta en el apartamento que acabo de comprar). 2) De forma simbólica: sin llegar a producirse una transmisión material de la cosa, el vendedor manifiesta de forma inequívoca e irreversible su intención de transferir la posesión al adquirente (ej.: el vendedor entrega las llaves, o da los títulos de pertenencia).

b)

Constitutum possessorium y traditio brevi manu. El primer supuesto, constitutum possessorium, suple

a la tradición material, y se da en aquellos supuestos en los que el vendedor continúa poseyendo la cosa,

pero en virtud de otro título diferente al de propietario que antes ostentaba (ej.: el vendedor sigue viviendo como arrendatario en la casa cuya propiedad transmitió). La denominada traditio brevi manu es el caso opuesto: el comprador tenía ya, con anterioridad a la

compra, la posesión inmediata de la cosa, aunque fuera en concepto distinto al de dueño, pasando ahora

a

serlo (el arrendatario adquiere la propiedad del piso que ocupa).

c)

La tradición instrumental. Con semejante expresión se refiere la doctrina al supuesto contemplado en

el art. 1.462.2: “Cuando se haga la venta mediante escritura pública, el otorgamiento de ésta

El otorgamiento de la escritura pública

equivale o hace las veces de entrega o tradición, aunque en realidad y materialmente no haya habido transmisión posesoria del transmitente al adquirente. Ahora bien: siempre que, como continúa el citado artículo, “de la misma escritura no resultare o se dedujere claramente lo contrario”.

equivaldrá a la entrega de la cosa objeto del contrato

”.

C) Reglas especiales en materia de venta de inmuebles.

Los inmuebles pueden ser adquiridos bien atendiendo a la medida (cabida) de los mismos a razón de un precio por unidad de medida o número (1.000 €/m 2 ), bien por un precio alzado (una finca por 500.000 €) sin atender a la medida o concreta extensión de la misma. En el segundo caso se está comprando un cuerpo cierto, con independencia de su extensión, mientras que en el primero el precio total debe ser proporcional al conjunto de unidades de medida tenidas en cuenta al celebrar el contrato (metros cuadrados o hectáreas, por ejemplo). Por consiguiente, conviene distinguir los siguientes supuestos:

1) Venta de inmueble por unidad de medida con cabida inferior a la señalada en el contrato: el art.

1.469.2 establece que el vendedor se encuentra obligado a “entregar al comprador, si éste lo exige, todo cuanto se haya expresado en el contrato; pero si esto no fuere posible, podrá el comprador optar por una rebaja proporcional del precio o la rescisión del contrato, siempre que en este último caso no baje de la décima parte de la cabida la disminución de la que se le atribuyera al inmueble”.

establece que “el comprador tendrá la obligación de pagar el exceso de precio si la mayor cabida o número no pasa de la vigésima parte de los señalados en el mismo contrato; pero, si excedieren de dicha vigésima parte, el comprador podrá optar entre satisfacer el mayor valor del inmueble o desistir del contrato”.

3)

Venta por unidades de medida y problemas de calidad: la falta de correspondencia entre el precio pagado y el bien comprado no sólo se puede deber a criterios cuantitativos, sino también a criterios cualitativos, al regular el art. 1.469.3 el “defecto de calidad” del inmueble vendido, supuesto para el cual resulta también de aplicación el art. 1.469.2.

4)

Venta de inmueble hecha a precio alzado: el art. 1.471.1 dispone, aunque resulte mayor o menor cabida de la expresada en el contrato, que no tendrá lugar el aumento o la disminución del precio convenido, por haber sido éste fijado alzadamente y “no a razón de un tanto por unidad de medida o número”. El mismo criterio rige cuando se compraron dos o más fincas por un solo precio (art. 1.471.2 primera parte). Si se expresaron los linderos y cabida o número, el art. 1.471.2 establece la obligación a cargo del vendedor de entregar todo lo que se comprenda en los linderos, con independencia de la cabida y, de no ser posible, el citado precepto se limita a establecer una rebaja en el precio proporcional al defecto de cabida, salvo que el contrato quede anulado por no conformarse el comprador con que se deje de entregar lo que estipuló. Es decir, el criterio a seguir es lo comprendido en los linderos y no la cabida.

5)

Plazo de ejercicio de las acciones: si bien el CC establece un plazo de prescripción de seis meses, la jurisprudencia otorga a dicho plazo carácter de caducidad en los supuestos en los que el comprador opte por la rescisión o anulación del contrato, en cuanto se trata del ejercicio de un derecho potestativo.

D) La facultad de suspender la entrega.

El CC considera la facultad excepcional de que el vendedor retenga o suspenda la entrega de la cosa en dos supuestos, aun sin necesidad de instar la resolución del contrato:

1) Compraventa con precio de presente: “El vendedor no estará obligado a entregar la cosa vendida si el comprador no le ha pagado el precio o no se ha señalado en el contrato un plazo para el pago” (art.

1.466).

2) Compraventa con precio aplazado: el vendedor tampoco estará obligado a realizar la entrega “si después de la venta se descubre que el comprador es insolvente, de tal suerte que el vendedor corre inminente riesgo de perder el precio […] Se exceptúa de esta regla el caso en que el comprador afiance pagar en el plazo convenido” (art. 1.467). El término “insolvencia” es entendido en un sentido amplio por la jurisprudencia, de manera que no se requiere que haya sido declarado judicialmente ni que el comprador se encuentre incurso en situación concursal alguna.

3.2. La obligación de saneamiento.

Las obligaciones del vendedor no se agotan con la entrega de la cosa, pues está constreñido, además, al saneamiento, en virtud del cual responderá al comprador:

a) De la posesión legal y pacífica de la cosa vendida.

b) De los vicios o defectos ocultos que la cosa tuviera, es decir, de su posesión útil.

3.3. El saneamiento por evicción.

A) Noción y requisitos.

La evicción (vencer en juicio), es un acto de iniciativa extraña al comprador y al vendedor que acarrea para el comprador verse privado de la propiedad de la cosa comprada, en cuanto ésta pasa a ser propiedad de un tercero, total o parcialmente, a consecuencia de una sentencia judicial firme y en virtud de un derecho anterior a la compraventa (art. 1.475.1). Para que surja obligación de saneamiento a cargo del vendedor es necesario que la demanda de evicción le haya sido notificada a instancia del comprador, pues “faltando la notificación, el vendedor no estará obligado al saneamiento” (art. 1.481). Se justifica en la posibilidad de que el vendedor aporte defensas y pruebas contra la

reclamación del tercero, actuando así como cooperador o coadyuvante del comprador. La referida notificación debe realizarse en la forma prevenida en el art. 1.482, el cual concede al comprador la facultad de solicitar la notificación al vendedor dentro del plazo previsto para su propia contestación a la demanda, que quedará en suspenso mientras no proceda a contestar a la demanda del propio vendedor. Pese a la exigencia de sentencia firme, en algún caso, el TS ha dado lugar a la evicción cuando la privación de la propiedad al comprador ha tenido lugar a consecuencia de resoluciones administrativas. Por último, a pesar del silencio legal, la evicción también entra en juego en los supuestos de ventas judiciales, según doctrina jurisprudencial reiterada.

B) Pactos sobre el saneamiento por evicción.

El saneamiento por evicción es un elemento natural para nuestro CC. Por tanto, se presume su existencia, y se admite la validez de los pactos acerca del saneamiento por evicción que puedan celebrar las partes. “El vendedor responderá de la evicción aunque nada se haya expresado en el contrato. Los contratantes, sin embargo, podrán aumentar, disminuir o suprimir esta obligación legal del vendedor (art. 1.475).

No obstante, el CC, mira con recelo y franca desconfianza la cláusula por la que el comprador renuncia al saneamiento y la restringe en un doble sentido:

1) Declarando nulo todo pacto que exima al vendedor de responder de la evicción siempre que hubiere mala fe de su parte (art. 1.476), como ocurre cuando, p. ej., el vendedor oculta al comprador una causa por él conocida e ignorada por el comprador, que permite a un tercero reivindicar la cosa. 2) Estableciendo que, para que la renuncia al saneamiento exima de todas las obligaciones propias del mismo, es preciso que aquella la haga el comprador con conocimiento de los riesgos de la evicción y sometiéndose a sus consecuencias.

Contrariamente, también cabe aumentar o agravar dicha obligación de saneamiento, estableciéndose al efecto una o varias cláusulas penales de carácter complementario.

C) Efectos de la evicción.

Producida la evicción, sí ésta es total y no había renunciado el comprador al saneamiento, éste tendrá derecho a

exigir del vendedor todos los conceptos indemnizatorios que circunstancialmente recoge el art. 1.478:

1) “La restitución del precio que tuviere la cosa vendida al tiempo de la evicción, ya sea mayor o menor que el de venta”. Un sector de la doctrina entiende que la regla del citado precepto no es de aplicación en los supuestos de aumento o disminución del valor de modo imprevisible y excepcional, pues sería injusto hacer recaer la extraordinaria plusvalía sobre el vendedor.

2) “Los frutos o rendimientos, si se le hubiere condenado a entregarlos al que le haya vencido en juicio”. Está referido, evidentemente, al comprador, que es quien puede ser condenado a pagar tales frutos y rentas a quien resulta ser verdadero dueño de la cosa vendida.

3) “Las costas del pleito que haya motivado la evicción y, en su caso, las del seguido con el vendedor por el saneamiento”. El precepto parte considerar que el saneamiento por evicción presupone de forma necesaria (sentencia firme) la existencia de un proceso judicial entre el tercero y el comprador, mientras que no tiene por qué haberlo entre comprador y vendedor.

4) “Los gastos del contrato, si los hubiese pagado el comprador”. No solamente los de escritura sino todos los “gastos del contrato” (impuestos, gestorías, Registro, etc).

5) “Los daños e intereses y los gastos voluntarios o de puro recreo u ornato, si se vendió de mala fe”. La referencia a los intereses no puede entenderse hecha al precio de la cosa, sino a los generados por las cantidades a abonar desde que tuvo lugar la evicción. También de los gastos suntuarios, por actuar el vendedor de mala fe.

D) Los supuestos de evicción parcial.

Para el caso de que el comprador perdiere con motivo de la evicción una parte de la cosa vendida de tal importancia con relación al todo que sin dicha parte no la hubiere comprado, o si se vendiesen dos o más cosas conjuntamente por un precio alzado, o particular para cada una de ellas, constando claramente que el comprador no habría

comprado la una sin la otra, dispone el art. 1.479 que el comprador ”podrá exigir la rescisión del contrato, pero habrá de devolver la cosa sin más gravámenes de los que tuviera al adquirirla”. Existe al respecto una divergencia doctrinal sobre la calificación de la acción contemplada en el art. 1.479: un sector se inclina por la anulabilidad por error; otros autores contemplan un supuesto de resolución. La trascendencia práctica (se afirma) es el diferente plazo para el ejercicio: cuatro años si es anulatoria (art. 1.301), quince años de ser resolutoria (art. 1.964). El problema real, con todo, que plantea la privación parcial de la cosa comprada estriba en si es aplicable sólo el art. 1.479 o, por el contrario, el art. 1.478, con las precisas adaptaciones. Para Lasarte, la respuesta es clara: el artículo 1.479 constituye un régimen especial de responsabilidad por saneamiento basado en que la ”cosa restante” no hubiera sido del interés del comprador. Por tanto, en cualquier otro caso, se impone la aplicación iuxta modum del art.1.478, que constituye el régimen general del saneamiento por evicción, sea total o parcial.

E) Evicción de cargas o gravámenes ocultos.

El art. 1.483 dispone que ”si la finca vendida estuviese gravada, sin mencionarlo la escritura, con alguna carga o servidumbre no aparente, de tal naturaleza que deba presumirse no la habría adquirido el comprador si la hubiera

conocido, podrá pedir la rescisión del contrato, a no ser que prefiera la indemnización correspondiente. Durante un año, a contar desde el otorgamiento de la escritura, podrá el comprador ejercitar la acción rescisoria o solicitar la indemnización. Transcurrido el año, sólo podrá reclamar la indemnización dentro de un período igual, a contar desde el día en que haya descubierto la carga o servidumbre”. El problema fundamental que plantea dicho artículo, referido en exclusiva a la venta de inmuebles (“si la

consiste en determinar si pueden considerarse gravámenes ocultos aquellos que, pese a no haber sido

declarados en la escritura, habían sido objeto de inscripción en el Registro de la Propiedad. La lógica actual implica la respuesta negativa, sin embargo, el sentido del precepto y su procedencia histórica han de inclinar a afirmar que, dado que no existe obligación alguna para el comprador de consultar el Registro, puede lícitamente argüir su buena fe frente al vendedor aunque no haya consultado el Registro. No obstante, debemos destacar que la jurisprudencia es partidaria de excluir la aplicación del art. 1.483 cuando la carga o el gravamen goza de publicidad registral, mientras que curiosamente ha comenzado a mostrarse muy rigurosa en relación con el silencio del vendedor respecto de la situación urbanística de los solares sometidos a la Ley del Suelo.

finca

”),

3.4. El saneamiento por vicios ocultos.

Surge igualmente la obligación de saneamiento a cargo del vendedor cuando la cosa vendida tuviere vicios o defectos ocultos que la hagan impropia para el uso a que se destina o disminuyan de tal modo este uso que, de haberlos conocido el comprador, no la habría adquirido o habría dado menos precio por ella (art. 1.484). Se excluye la garantía por vicios ocultos cuando éstos son manifiestos o estuvieren a la vista o si el comprador es un perito que, por razón de su oficio o profesión, debía fácilmente conocerlos. El vendedor responde del saneamiento por vicios ocultos aunque los ignorase, a menos que se hubiere estipulado lo contrario, y el vendedor ignorara los vicios o defectos ocultos de lo vendido (art. 1.485). Como consecuencia de la obligación de sanear por vicios ocultos, el comprador podrá optar (art. 1.486) entre resolver el contrato (la llamada “acción redhibitoria”) con restitución de los gastos que pagó, o rebajar una cantidad proporcional del precio, a juicio de peritos (“acción estimatoria” o quanti minoris). Si el vendedor actuó de mala fe (conocía los vicios ocultos y no los manifestó al comprador), en caso de que el comprador opte por la primera solución, se le indemnizará además de daños y perjuicios; no en el otro caso, porque para la rebaja del precio se habrán tenido en cuenta necesariamente los perjuicios sufridos (art. 1.486). También prevé nuestro CC la posibilidad de perecimiento de la cosa vendida bien como consecuencia de los vicios, bien por caso fortuito, bien por culpa del comprador. En el primer supuesto, los efectos serán distintos en función de que el vendedor conociera o no los vicios, de tal modo que dicho conocimiento agravará su responsabilidad debiendo abonar no sólo el precio y los gastos del contrato, sino además responder por los daños y perjuicios. Si la cosa vendida con vicios ocultos pereciera con posterioridad a la venta por caso fortuito o culpa del comprador, podrá éste reclamar del vendedor el precio que pagó, con la rebaja del valor que la cosa tenía al tiempo de perderse; si el vendedor obró de mala fe, deberá abonar al comprador los daños e intereses. En el supuesto de compra de dos o más cosas a un mismo vendedor, el vicio redhibitorio en una de ellas dará lugar solamente a su redhibición, y no a la de las otras cosas, a no ser que aparezca que el comprador no habría comprado la cosa carente de vicios sin la adquisición simultánea de la viciada.

Por último, el art. 1.489 contempla el saneamiento por vicios ocultos en las ventas judiciales, estableciendo que no habrá responsabilidad por daños y perjuicios, pero sí al desembolso del precio y los gastos del contrato. Ello se debe a la publicidad de estas ventas y a que el vendedor no toma parte en la venta ni interviene en la determinación del precio. Para que haya lugar a saneamiento por vicios ocultos, la acción habrá de ejercitarse en el plazo de seis meses contados desde la entrega de la cosa vendida. No existe, como ha declarado nuestra jurisprudencia, incompatibilidad para el ejercicio de la acción de saneamiento por vicios ocultos, la acción de resolución por incumplimiento y la acción de anulabilidad por error (o dolo).

3.5. La contaminación acústica en los inmuebles como vicio oculto: la Ley 37/2003 y el

Real Decreto 314/2006.

La Ley del Ruido (Ley 37/2003) ha considerado oportuno recurrir al saneamiento por vicios ocultos en relación con la contaminación acústica de los inmuebles, provocada por el incumplimiento de las normas técnicas relativas al debido aislamiento de las construcciones. La Ley del Ruido dispuso que “el Código Técnico de la Edificación, previsto en la Ley 38/1999, de 5 de noviembre, de Ordenación de la Edificación deberá incluir un sistema de verificación acústica de las edificaciones. Esto se ve complementado por la afirmación expresa de que el incumplimiento de objetivos de calidad acústica en los espacios interiores podrá dar lugar a la obligación del vendedor de responder del saneamiento por vicios ocultos de los inmuebles vendidos. Ambas medidas han de resultar en una mayor protección del adquirente o del ocupante en cuanto a las características acústicas de los inmuebles, en particular los de uso residencial”. “A efectos de lo dispuesto por los artículos 1.484 y siguientes del Código Civil, se considerará concurrente un supuesto de vicios o defectos ocultos en los inmuebles vendidos determinante de la obligación de saneamiento del vendedor en el caso de que no se cumplan en aquéllos los objetivos de calidad en el espacio interior fijados conforme al artículo 8.3 de esta Ley”. El Código Técnico de la Edificación ha sido aprobado por el Real Decreto 314/2006, de 17 de marzo, contemplándose la cuestión que ahora nos interesa en su art. 14

3.6. El saneamiento por vicios ocultos en la venta de animales.

En estos casos, el comprador ha de ejercitar la correspondiente acción (“redhibitoria” o “estimatoria”) en el plazo de cuarenta días a partir de la entrega del animal o, en su caso, en el establecido por el uso local y sólo procederá el saneamiento si se dan los siguientes requisitos:

a) Ha de tratarse de vicio oculto.

b) El vicio o defecto de que se trate ha de estar determinado por la ley o los usos locales (no habiéndose

legislado al respecto, se estará solamente a los segundos).

c) No ha de tratarse de ventas hechas en feria o pública subasta, ni de caballerías enajenadas como de