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Ingreso Diego Gracia

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El adoctrinamiento o la indoctrinación es un modo de educar a las
personas, sin duda el más clásico y de mayor vigencia en los anales de
la pedagogía, al menos en la cultura occidental. Educar proviene del
verbo latino duco, que significa conducir. El educador es el conductor
de una persona, alguien que le enseña qué valores son los correctos y
cuáles no. Del verbo ducoprocede el también verbo educo, que en
latín clásico no significó primariamente educar sino sacar, desenvol-
ver. Eso que se saca o desenvuelve son las ideas y los valores que están,

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dormidos, en el fondo de uno mismo, y que el maestro tiene que reac-
tivar o reavivar, esto es, sacar a luz. Nada mejor, para hacerse una idea
clara de tal proceso, que acudir al Menónplatónico. La pregunta que
da origen al diálogo es una que Menón le hace a Sócrates: si la areté
puede enseñarse. Se trata, pues, del problema de la enseñanza. Menón
pregunta por la areté, que en vez de por virtud cabría traducir por cua-
lidad valiosa, como lo demuestra el que la identifique con el conoci-
miento de las “cosas buenas”, como la salud, las riquezas o el honor. Se
trata, obviamente, de los valores, y por tanto la cuestión es si los valo-
res pueden enseñarse y cómo. Para responder a estas preguntas, Sócra-
tes echa mano de uno de los esclavos, absolutamente iletrado, del
propio Menón. Tras someterle a un hábil interrogatorio, el esclavo
acaba razonando como el mejor geómetra. Lo cual demuestra que él ya
sabía esas grandes verdades de la geometría, por más que no fuera
consciente de ello. La función del maestro es, pues, sacar a luz eso que
todos llevamos dentro, ya que las ideas son esencias puras que todos
hemos visto en una vida anterior y de las que guardamos memoria. El
aprendizaje es un puro proceso de reminiscencia, y el maestro un
estricto educador, es decir, alguien que consigue hacer explícito lo
implícito, que saca del interior de cada uno esas ideas puras o esencias
objetivas que existen independientemente de nosotros y de las que
guardamos oscura memoria. La función del educador es traer a claridad
lo escondido, sacar a luz lo recóndito, que curiosamente es también lo
más verdadero. De ahí que la formación sea, en el sentido más preciso
del término, educación.
Es interesante analizar los términos que Platón utiliza para su
debate sobre la enseñanza y el aprendizaje de la virtud, y por extensión
de los valores. El binomio lo forman los verbos didásko, enseñar, y
mantháno, aprender. Didáskoprocede por reduplicación de un viejo
verbo griego, dáo, que significaba aprender, de tal modo que enseñar
y aprender tienen el mismo origen, de igual modo que sucede en latín
con sus correlativos, doceoy disco, hasta el punto de que el participio
de discoes doctus, y de doceoes doctum. Los filólogos consideran pro-
bable que el doceolatino esté relacionado con el griego dokéo, que sig-
nifica creer. Y si bien no es segura la etimología de discipulus, los
antiguos no la separaron de doceo. Del discípulo se espera que crea
aquello que se le enseña. Entonces se convierte en docilis, otro tér-
mino emparentado con los anteriores. Y lo que se le transmite es la
doctrina. El que posee ese saber se llama doctus, y a quien lo imparte,

LA CUESTIÓN DEL VALOR

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doctor. Finalmente, el texto en que se fija y pervive, recibe el nombre
de documentum.

Basta repasar estos breves datos lingüísticos para darse cuenta de
que la transmisión de los valores se entendió en el modelo clásico
como un proceso unidireccional, que de una fuente emisora, el docto,
el maestro, pasaba al receptor, el indocto, el discípulo. Eso que pasaba
era un depósito fijo e inamovible, la llamada doctrina. Los valores cons-
tituían un depósito objetivo que era preciso transmitir de una genera-
ción a otra. No se trataba de discutir, ni incluso de entender, sino de
creer en ellos y asumirlos dócilmente. De ahí que la educación se
entendiera como adoctrinamiento o indoctrinación.
La razón de esto es clara. Esos valores son entidades objetivas que
todo ser humano racional tiene que ver como tales si no está cegado
por la locura o el vicio, ya que se encuentran grabados en el fondo de
su naturaleza y de toda la naturaleza. De ahí que la transmisión no
tuviera otro objeto que educar, es decir, sacar, desplegar. De lo que se
trata es de que el discípulo descubra esos valores que se hallan pre-
sentes desde siempre en el fondo de su alma. Hasta tal punto llega esto,
que Platón afirma en el Menónque los valores no se enseñan, sino que
se recuerdan. Es su bien conocida doctrina de la anamnesis. “Afirmo
que no hay enseñanza (didajèn) sino recuerdo (anámnesin)” (Platón,
1970:82a). Por eso, más que de enseñanza cabe hablar en esta modelo
de “educación”, ya que se trata de hacer aflorar lo que todos llevamos
dentro, y que sólo la enfermedad o el vicio pueden enturbiar. No es un
azar que Platón utilice en un momento del diálogo el término pará-
dosis(paradoûnai, paradóton,Platón, 1970:93b), que significa trans-
misión, entrega, el término que se tradujo al latín por traditio. Los
valores se transmiten, se entregan de una generación a otra. Esa es la
función asignada al proceso educativo. El contenido de ese depósito es
lo que se llama en sentido técnico doctrina, y la función del educador
no es otra que la de transmitir ese depósito, indoctrinar.
Éste es el modo como se ha concebido clásicamente la educación
en valores. Se trataba de transmitir el depósito, la tradición, de modo
que pasara incólume de una generación a otra. Los valores eran reali-
dades pertenecientes a un mundo superior a éste y dotadas de los carac-
teres de inmutabilidad, necesidad y eternidad. Para Platón estaban en un
mundo más allá del mundo, y para las tres grandes religiones del libro,
estaban en Dios, que los manifestaba a través de los dos libros, la natu-
raleza y la revelación. Los seres humanos no podíamos ni debíamos

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hacer otra cosa que asumirlos con espíritu de sumisión y piedad. Eso es
lo que se esperaba de todos, ya que cualquier otra actitud estaba con-
denada a ser calificada de impía. Como es bien sabido, la pietasera la
virtud que regía las relaciones de los seres humanos con los superiores,
ya fueran parientes, ancianos, autoridades o dioses. Si los valores eran
realidades inmutables y eternas que venían de arriba, era lógico que se
los recibiera con espíritu religioso, como cosas sagradas. Y en tanto que
tales, intocables. Cualquier discusión sobre ellos constituía ya un signo
más o menos evidente de impiedad, es decir, de soberbia.
¿Qué se esperaba del discípulo? Se esperaba sumisión y se espe-
raba obediencia. Pocas virtudes han sido tan sistemáticamente fomen-
tadas por la ética y la religión a lo largo de los siglos como la obe-
diencia ciega. Hay otro tipo de obediencia que cabe llamar crítica, pero
ésta ha tenido secularmente mala prensa, ya que en vez de ser un acto
de eusébeia, piedad o respeto filial, tenía algo de asébeia, impiedad.
Como puede verse, las doctrinas filosóficas, a pesar de su carácter
abstracto y a veces abstruso, acaban teniendo importantes conse-
cuencias prácticas. La teoría objetivista del valor dio lugar a un tipo de
sociedad, aquella en la que el pluralismo fue siempre perseguido y en
la que se procuró conservar la homogeneidad de valores incluso
mediante el uso de la fuerza. En esta sociedad, la que ha ocupado la
mayor parte de los siglos de historia que lleva vividos la especie
humana, la formación en valores cobró una forma peculiar de trans-
misión unidireccional y autoritaria que consistió en transmitir la doc-
trina de una generación a otra con reverencia y respecto hacia ella, es
decir, en adoctrinar e indoctrinar en valores. Sin la vitalidad de antaño,
su vigencia en la sociedad actual sigue siendo considerable. Y siempre
tiene en su base unas categorías filosóficas propias que, si bien han
gozado de asombroso predicamento durante la mayor parte de la his-
toria de la filosofía occidental, resultan cada vez más difíciles de justi-
ficar y defender.

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