19 – FLORES Y PELUCHES

Marianne nunca había navegado con tanta soltura bajo unas condiciones tan adversas. Al poco de divisar la isla en el lejano horizonte, una cruel tormenta se desató en el cielo. Pese a que la lluvia caía con fuerza a su alrededor, y los relámpagos rasgaban el firmamento, el balandro de Liegt avanzaba sin dificultades entre las aguas embravecidas. La lluvia, la furia de las olas e incluso la misma tormenta, parecían querer evitarlos. La joven no recordaba haberse mojado desde que cayeran las primeras gotas: ¿Esto también es cosa tuya? – le preguntó al hombre albino que la acompañaba, que contemplaba el cielo tormentoso con diversión. Espléndido, ¿no? – inquirió Spiegel mientras alzaba las manos – Podemos disfrutar de las fuerzas de la naturaleza sin necesidad de vernos afectados por su justa crueldad. Lo he estado pensando antes – siguió la joven – Lo que haces, ¿es el resultado de haber ingerido alguna fruta del diablo? – el hombre la miró. Prefiero llamarlo magia – comentó mientras chasqueaba los dedos y una llama azul aparecía flotando sobre ellos. Volvió a chasquearlos y la llama desapareció – Pero sí, soy un usuario de las habilidades. Aunque no creo que sepas que… Créeme, – le cortó Marianne mientras se señalaba con suficiencia – conozco todas y cada una de las frutas del diablo – Liegt la miró con una sonrisa carente de sentimiento, como quién atiende a las fantasías imposibles de un chiquillo. Aquello hizo que se sonrojara avergonzada, y apartó la mirada.

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Créeme, – la imitó Spiegel – esta no la conoces – Marianne le miró sin saber qué decir y asintió, volviendo rápidamente a lo que estaba haciendo para no sentirse como una estúpida.

Algunas flores habían estado a punto de marchitarse por culpa de su larga distracción con Spiegel, hace ya dos días, pero ella había conseguido hacer que recuperasen su extraño color violáceo habitual. En aquel momento, estaba cortando las partes del tallo que sobresalían de forma retorcida. No oyó sus pasos, así que se sobresaltó cuando la mano de su capitán se apoyó en su hombro: ¿Qué son esas flores? – comentó el hombre. ¿E-E-El q-qué…? ¿E-Es…? ¿Estás? – tartamudeó nerviosa volviéndose hacia él y cubriendo los tiestos. Spiegel la apartó del medio con delicadeza, y miró fijamente las plantas. No son feas… – comentó – Al contrario, son hermosas, pero… Percibo algo – pasó una mano por un pétalo y la apartó inmediatamente, como si se hubiera quemado – Entiendo – comentó. La yema del pulgar se le había impregnado de un color morado y fue a llevárselo a la boca. ¡¡¡NO!!! – se alarmó Marianne, que le apartó la mano en el acto – ¡¡No lo chupes, está envenenado!! ¡Yo misma te lo curaré! – Liegt se miró la mano, que en aquel momento había adquirido el mismo tono morado que su dedo. De acuerdo – se limitó a decir.

Marianne le obligó a sentarse y le inyectó una dosis del antídoto, que no tardó en revertir el efecto, hasta que la mano de Spiegel recuperó su palidez habitual: Hay que tener cuidado con estas flores – le advirtió la joven tras la cura – Son…

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…malvadas – terminó Spiegel por ella. Marianne le miró algo sorprendida y asintió.

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Se las conoce por el nombre de Rosas de Luzbel – dijo – Y son… ¿…la razón por la que el Gobierno Mundial te persigue? – le cortó él. La joven le miró extrañada.

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¿Cómo lo sabes? – preguntó. El albino sonrió. Tienes una mirada que dice muchas cosas – comentó mientras la observaba fijamente – Y soy muy bueno interpretando miradas.

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¡P-Pero eso no explica nada! – se quejó – Aún… ¡Aún sigo sin saber cómo fuiste capaz de dar conmigo! – Spiegel la miró divertido.

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Simplemente, deberías de tener más cuidado en quién depositas tu confianza – comentó – Yo ya sabía de ti. Y mis pasos me llevaron a dar con una persona que sabía aún más de ti – Marianne abrió los ojos de par en par

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¡Raimund! – exclamó – ¡Ese maldito vejestorio me ha vendido! – Liegt enarcó una ceja, algo impaciente.

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No maldigas a la gente con tanta ligereza – le advirtió – Ese viejo capitán de barco conocía tu paradero, pero no me lo dijo por propia voluntad.

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¿Qué quieres decir? – entonces se alarmó – ¿¡No me digas qué!? No, – le tranquilizó él – no le hice ningún daño. Ya te lo he dicho: “soy muy bueno interpretando miradas”.

Marianne se tomó su tiempo en asimilar sus palabras, mientras le dirigía una larga mirada de desconfianza. Finalmente se limitó a dar un suspiro y a dejarlo correr: En fin, – dijo – no hay duda de que eres un tipo enigmático – le miró con el rabillo del ojo y el albino le dirigió una sonrisa – Me trae sin cuidado que lo sepas o no, pero ya que sacas el tema, y siendo mi capitán, como tú mismo

afirmas ser, deberías saberlo. No debes tocar esta flor. Sus pétalos desprenden una toxina que atraviesa los poros de la piel y emponzoña la sangre. Es una planta artificial que lleva siendo cultivada por mi pueblo desde hace años – comentó acariciando los pétalos de la flor. Si es venenosa, ¿por qué tú puedes tocarla sin consecuencia alguna? – inquirió Liegt, que en aquel momento parecía estar verdaderamente intrigado. Porque los miembros del clan Akuharan somos inmunes a su veneno, ya que la composición de este se constituye en gran parte de un raro componente de nuestra sangre – explicó. Entiendo – comentó Spiegel – Una medida de defensa, ¿no? Eso es – asintió Marianne – Antes no era así, pero como la custodia y plantación de este raro ejemplar acabó siendo nuestra labor, tuvimos que tomar medidas para que ninguna persona ajena a nuestro clan se beneficiase de sus efectos. Los polvos que llevas en ese saquito – indicó el hombre. Marianne sonrió. Sin duda eres un tipo curioso – comentó – En efecto. La Rosa de Luzbel es una flor cuya composición está basada en la de las frutas del diablo. Nuestra isla natal era conocida por la gran fama de sus botánicos, así que los científicos de la Marina, dirigidos por Vegapunk, decidieron contratar a algunos de nuestros investigadores. En aquel momento, querían desarrollar una sustancia que, imitando los poderes de las frutas, no poseyera sus efectos secundarios – se paró – Y así nació la Rosa de Luzbel, una variedad de flor creada por el hombre capaz de asimilar los poderes de las frutas del diablo o de los usuarios de estas. De esta forma, cualquier persona sería capaz de imitar estos poderes, sirviéndose de los polvos resultantes de machacar los pétalos de la flor, sin necesidad de ingerir las frutas y perder con ello la capacidad de nadar.

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Interesante – comentó Spiegel – Si la Marina usase algo semejante con fines militares…

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Era justamente lo que pretendían – le cortó la joven – Y los investigadores de Akuharan fueron capaces de verlo a tiempo. Crearon una variedad venenosa de la flor y abandonaron los laboratorios de la Marina, no sin antes destruir toda la plantación de Rosas de Luzbel.

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Imagino que la Marina no se lo tomaría nada bien – indicó el albino. Puedes apostar por ello – asintió Marianne con lentitud. Los recuerdos empezaban a resultarle dolorosos, y le costaba continuar – G-Gracias a que los investigadores conservaron y plantaron en nuestra isla la nueva variedad de Rosa de Luzbel, pudimos defendernos del acoso de la Marina durante años. Pero…

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¿Pero? Pero tras diez años de enfrentamientos, – siguió – la Marina recurrió a su último y más satisfactorio experimento: el hombre más poderoso del Cuartel General.

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“Tigre Estelar” – terminó Spiegel, asombrado. Marianne asintió. Una lágrima recorrió su rostro, incapaz de ser contenida.

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F-Fue como un dios destructor venido a la tierra – comentó con el cuerpo temblando. Se agarró los brazos intentando contenerse – En cuestión de segundos, borró del mapa a los habitantes de la isla, a mi familia, a mi hogar… – intentó reunir fuerzas y alzó el rostro mirando al horizonte – Pero yo conseguí escapar. Gracias a mis padres. Conseguí escapar y ellos murieron. “Protege el legado de Akuharan”, me dijeron. Pero, – miró a aquella flor con rabia y la agarró del tallo – ¡si no fuera por este legado…! – antes de poder espachurrarla, notó el contacto de una mano fría sobre la suya. Se giró hacia atrás. Liegt estaba a su lado.

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Has tenido que pasarlo muy mal – comentó el hombre con una triste sonrisa. Marianne le miró fijamente durante un rato, y luego rompió a llorar sobre su pecho. Él la estrechó entre sus brazos con afecto – No te atormentes más, querida. Ahora estás conmigo. ***

Una tétrica mansión en mitad de una isla abandonada, y más tétrica si cabe. El sitio en el que habían desembarcado era un lugar oscuro, solitario, pero aquella construcción cochambrosa dejaba patente que allí vivía o había vivido alguien. Marianne apreciaba aquel ambiente de soledad, pero en aquel momento la invadía un cierto miedo. De pronto, un grito espeluznante, proveniente de la mansión, la estremeció hasta los huesos. Liegt dio un paso al frente y la miró sonriente: Pensé que te iban este tipo de ambientes – comentó divertido. La joven le miró entrecerrando los ojos. ¿P-Podrías recordarme por qué hemos venido aquí? – el albino sacó un cartel de se busca. Quince millones de berries. No era una recompensa notable, siendo aquello el West Blue, pero sí podría considerarse así viendo la cara de la fugitiva: una niña de no más de cinco años. Wendy Teddy – señaló Spiegel – Hemos venido a por ella. ¿Una niña? – se extrañó Marianne. Una niña que a la tierna edad de cinco años asesinó a sus padres y a más de la mitad de los habitantes del pueblo de Little Lake, en la isla de Calm Place – la joven abrió los ojos de par en par. Leí en el periódico sobre aquello, pero entonces aún no se había descubierto al responsable – dijo – ¿¡Fue una niña!?

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Nuestra niña – asintió Spiegel. Un nuevo grito desgarró aquel silencio de forma estremecedora – Será mejor que entremos – señaló.

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¿¡Entrar!? – se alarmó Marianne – ¡Un momento! – le cogió del hombro y el albino la miró con calma – ¿¡Cómo que “hemos venido a por ella”!? ¿¡Piensas llevar contigo a esa pequeña psicópata!? – Liegt arqueó una ceja.

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Claro que sí – señaló extrañado – “La Bruja del West Blue”, “la Asesina de Little Lake”, “Sound Wave”, “Mil Caras”, y, cómo no, “la Dama Blanca”. Los fugitivos más conocidos del West Blue – informó – Mi intención es reuniros a todos baja una misma bandera. Mi bandera – sonrió. Marianne se paró a pensar un momento si aquel hombre al que ahora seguía estaba loco. Probablemente, pero en su mirada no se reflejaba la ignorancia estúpida sino una fuerte convicción y fe en sus capacidades. La joven avanzó hacia la puerta.

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Sé que me voy a arrepentir de esto…

El interior de la mansión era un sitio lúgubre, pero espacioso. Aquel era un lugar antiguo. Un vistazo rápido la ayudó a comprobar que era una construcción maltratada por el tiempo. La amplia estancia que hacía las veces de recibidor, presentaba una gran escalinata en su final que conducía a las habitaciones de arriba. Liegt le hizo una señal, y ambos subieron los escalones. Un inocente canto infantil no tardó en llegarles a los oídos. Cada estrofa, iba acompañada de un alarido desgarrador: Ay, ay, ay, mi dulce muñequito.

Deja de agonizar y espérate un ratito.

Estoy por terminar, mi lindo juguetito.

Deja ya de llorar, y te haré un trajecito.

El canto se fue haciendo más claro una vez arriba. Parecía provenir de una de las habitaciones de la izquierda, que con la puerta entreabierta, dejaba ver un mortecino haz de luz. Spiegel le hizo una señal nuevamente, y avanzaron con lentitud hacia la puerta. Los gritos habían cesado, y el cantar infantil había sido sustituido por una voz infantil: ¿Ves cómo no ha sido para parches, mullido marinerito? – la voz era igual de inocente que el canto. Sea lo que fuera lo que estaba haciendo, parecía divertirle especialmente – Ahora estarás blandito y podrás jugar con tus otros amiguitos – Liegt señaló a Marianne con la cabeza que iba a disponerse a entrar, mientras la voz infantil reía divertida dentro de la habitación – ¡Pa’ dentro! – anunció la voz. El pirata albino pareció interpretarlo como una señal porque justo en ese momento abrió la puerta y entró en la estancia, seguido de cerca por su compañera. La niña que había sentada en una mecedora se sobresaltó al verlos, del mismo modo que lo hizo la joven pirata. Los cuatro años desde aquel genocidio no habían pasado por el cuerpo de la pequeña Wendy Teddy. Pero a la vista estaba que había cambiado.

Su rostro de inocencia infantil había sido modificado extrañamente. No conservaba nariz alguna, y la boca había sido cosida en una macabra sonrisa perpetua. De aquellos ojos verdes no quedaba nada. En su lugar, había dos botones negros que relucían de forma siniestra. Las manos de la niña, visibles en medio de aquel mal cosido vestido con volantes, presentaban múltiples costurones, como si de las manos de un peluche remendado se tratasen. De la imagen de aquel cartel de “se busca”, lo única que quedaba era ese lindo cabello castaño peinado en tirabuzones: ¿¡Q-Quién rellenos sois!? – comentó la niña, algo alarmada. Así que tú eres Wendy Teddy, ¿eh? – inquirió Spiegel con una sonrisa de satisfacción. La niña le miró con sus dos botones. El ceño sin cejas que los enmarcaba pareció fruncirse. El albino se agachó para ponerse a la altura de aquella extraña mocosa – Encantado de conocerte, pequeña. Me llamo Liegt Spiegel, y soy un pirata – le tendió una mano. Los botones de la niña brillaron con desconfianza e ignoraron su oferta. Marianne se sobresaltó cuando se fijaron en ella, mostrando cierta curiosidad (o toda la curiosidad que pudieran reflejar un par de botones). Al ver esto, Liegt se incorporó y la señaló con la mano, sonriente: Esta es Marianne Dustwitch, mi compañera de viaje – anunció. Los botones de la niña destellaron una vez más, y se dio la vuelta sin molestarse en mirar al albino. ¿Habéis venido a jugar con Wendy? – inquirió, confusa. ¿“A jugar”? – se extrañó Spiegel. El albino miró un momento a su compañera, a quién dirigió una leve sonrisa de duda, y luego se volvió a la pequeña – Bueno… No está entre mis prioridades, pero si tú quieres… – Marianne llegó a

atisbar como algo parecía asomarse de las muñecas remendadas de la pequeña, mientras esta lanzaba una leve risita infantil. Entonces lo comprendió. ¡Liegt, cuidado! – gritó – ¡Va a…! – algo salió disparado hacia ella y le cortó la respiración, mientras la lanzaba hacia atrás hasta chocar contra la pared. Espera tu turno, que Wendy jugará ahora contigo, muñequita – señaló la niña. Marianne vio como una especie de hilos blancos se replegaban hacia el interior de la muñeca abierta de la niña. Los mismos hilos que la mantenían ahora pegada a la pared – Ahora le toca el turno al Sr. Zorro Blanco – terminó, volviéndose hacia Liegt. Marianne, ¿estás bien? – inquirió el albino, mirando a la joven, aunque su voz no presentaba una particular muestra de nerviosismo. ¡Liegt, tienes que tener cuidado! – gritó – ¡Ella a…! – una nueva cantidad de hilos blancos le cubrió la boca, silenciándola. ¡Las muñecas buenas se están calladitas mientras sus niñas juegan con los otros juguetes! – señaló con cierto cabreo la tal Wendy. Marianne miró a Spiegel con nerviosismo, y el pirata la observó durante un rato con calma. Luego se volvió hacia la niña, sonriente. Ya entiendo – dijo – Nuestra amiguita se ha comido una fruta del diablo – agarró su bastón ante sí, y su mano derecha se desplazó por este, liberando una espada oculta en su interior, que ahora agarraba con la mano izquierda – ¡Qué interesante! – comentó – Ven. La niña no se hizo esperar, y actuó tan rápido que ni el mismo Spiegel tuvo tiempo de reaccionar. Mientras Marianne veía como su capitán era envuelto por una espesa cantidad de láminas de algodón que salían del cuerpo de aquella mocosa sin poder gritar siquiera, Wendy se divertía con la escena:

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Primero hay que cubrirte con el relleno debido, zorrito. Y después…

La niña alzó los brazos ante sí, y varias agujas de coser de gran tamaño brotaron de ellos y salieron disparadas hacia el cuerpo vendado de Liegt. Una vez clavadas, Wendy agarró con firmeza los hilos que la unían con las agujas. Marianne se fijó en cómo sus brazos comenzaban a hincharse de forma grotesca. Cuando la hinchazón pareció alcanzar una masa crítica, la carne estalló, liberando una gran cantidad de vello blanco, de aspecto sintético, que siguió el camino de los hilos de las agujas y cubrió la masa de algodón que era el cuerpo de Spiegel: Teddy’s Factory… – los brazos ahora reconstruidos de la niña agarraron por varios extremos la masa de algodón, agujas, pelo e hilos. Dio un tirón de muñeca y el conglomerado de materiales empezó a girar sobre su eje de forma endiablada. Mientras aquella masa informe se retorcía, la niña estalló en carcajadas, ebria de diversión – Mr. White Fox!* El remolino de materiales se detuvo, y en su lugar quedó un peluche de zorro albino de tamaño humano. Aunque más que un peluche, aquello parecía un engendro de felpa. Las costuras se entremezclaban, y las partes del animal estaban unidas de mala manera, deshilachadas por aquí y por allá. Su cabeza presentaba malformaciones, y el cuerpo en general tenía varios bultos que le hacían a uno preguntarse qué habría en su interior. Marianne cayó en la cuenta de que en el interior de ese peluche se encontraba su capitán. O lo que quedara de él… ¡…! – intentó gritar, pero la mordaza de hilos la impidió decir nada. Wendy aplaudió emocionada ante su obra como lo haría cualquier crío ante una función de circo.
Teddy’s Factory – Mr. White Fox: Fábrica de peluches – Sr. Zorro Blanco.

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¡No hay duda de que ha quedado genial! – comentó entusiasmada. Se giró hacia Marianne con su sonrisa perpetua y los botones bajo su entrecejo brillaron con diversión – ¿Y ahora a qué podría jugar contigo Wendy, muñequita? – la joven empezó a sudar con nerviosismo – ¡Ya sé! ¿Y si es él el que juega contigo? – señaló al enorme peluche – ¡Vamos, Sr. Zorro Blanco, juega con ella a “El Monstruo y la Doncella”! – comentó divertida.

Marianne miró temerosa a la niña y luego al peluche. Al ver que no sucedía nada, volvió a mirar a la niña. Wendy se había quedado parada, con la boca abierta en su sonrisa perpetua. Se giró lentamente hacia su creación y luego volvió a mirar a la joven pirata: ¡Vamos, Sr. Zorro Blanco, juega con ella a “El Monstruo y la Doncella”! – indicó por segunda vez, con cierta impaciencia. Nada sucedió. La niña volvió a mirar al peluche, inmóvil. Se giró de nuevo hacia Marianne y la señaló con un dedo – No te muevas de ahí, muñequita. Wendy avanzó hacia el enorme peluche con paso vivo, y no sin cierto cabreo: ¡Vamos a ver, Sr. Zorro Blanco! – le reprochó al muñeco – ¿¡Es que te falla algo en el relleno o qué!? ¡Wendy te ha dicho qué…! El filo de una espada asomó de repente del vientre del peluche, y la niña retrocedió asustada. El trozo de acero abrió en canal al muñeco de arriba abajo, y el relleno cayó distribuyéndose aleatoriamente entre las dos mitades. Con una sonrisa seria, Liegt sostenía el arma y miraba los restos del peluche. El pirata albino estaba ileso: ¡T-T-Tú…! – tartamudeó la mocosa – ¿¡C-Cómo es posible!? ¡Wendy te ha…! – Spiegel dio un paso hacia delante y la niña volvió a retroceder con cierto miedo.

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Hay que ver… – se lamentó el capitán pirata – Pensaba que te referirías a un juego más acorde a tu edad, pequeña – suspiró con cansancio – En fin… – alzó la espada dispuesto a asestar un golpe – Supongo que los gustos cambian con el paso del tiempo.

La pequeña Wendy dio un grito y salió corriendo disparada hacia Marianne: ¡Lo siento, lo siento, Wendy no quería hacerte nada! – se lamentó – ¡Muñequita, díselo tú! – la joven pirata la miró extrañada sin poder decir nada. La niña la miró nerviosa y se dio cuenta de su cautiverio. La liberó con rapidez y Marianne cayó al suelo – ¡Por favor, muñequita, por favor! – la joven alzó al rostro y miró a una cara que no era capaz de reflejar de forma fiel el horror que sentía. La mocosa le zarandeó de los hombros con insistencia – ¡Por favor, muñequita! ¡Wendy no es mala! ¡Díselo al Sr. Zorro Blanco! – el filo del acero asomó junto a su cuello. Aléjate de mi subordinada – señaló Spiegel con frialdad. ¡¡No, por favor!! – el albino alzó la espada sin vacilaciones. La niña miró hacia otro lado cuando esta descendió… ¡¡¡ESPERA!!! – ante el grito de Marianne, el acero se paró a escasos centímetros del cuello de Wendy. Muñequita… ¡Déjalo estar, Liegt! – empezó la joven mirándole con determinación – A fin de cuentas, querías que se uniera a ti. ¡Llevémosla con nosotros! – Spiegel la miró detenidamente. Luego observo a la cría, y de nuevo, posó los ojos en su subordinada. Es más inestable de lo que creía en un principio, querida – comentó – ¿De verdad la quieres con nosotros? No pienso tener que estar interviniendo cada dos

por tres – Marianne miró fijamente a la niña. Pese a su macabra sonrisa, siempre imborrable, y los botones que hacían las veces de ojos, podía percibir el miedo en su rostro. Podría ser todo lo monstruosa que fuera, pero, en el fondo, seguía siendo una cría. Yo la mantendré vigilada – comentó decidida – La cuidaré cómo… ¡Cómo si de una hermana pequeña se tratase! – Liegt la miró con curiosidad. Wendy también la miró y se abalanzó sobre ella, abrazándola. Aquello la pilló desprevenida. ¡Sí! – siguió la niña mostrando cierta ilusión y alivio – ¡Será la hermana-muñeca de Wendy! ¡Wendy se portará bien! – asintió repetidas veces con la cabeza. Spiegel la miró durante un largo rato, y después, envainó el arma. Está bien – asintió finalmente, sonriendo para sí – Espero que obedezcas en todo lo que te diga, pequeña – le informó a la niña – Ahora formas parte de mi banda. Sí – volvió a asentir la pequeña – Wendy se portará bien y no dará problemas. No, no, no. Liegt la miró una última vez, y finalmente, se dio la vuelta y echó andar. Marianne suspiró aliviada y se dispuso a levantarse, pero antes de que terminara de incorporarse, la niña la detuvo agarrándola de la mano: A partir de ahora, mi hermana-muñeca y Wendy serán buenas amigas, ¿no? – la joven miró insegura a la niña, y se atrevió a sonreír. ¡Claro! – asintió, esforzándose en mostrar cierta jovialidad. Wendy sonrió. Siempre sonreía.
“One Place”, una obra de Andrés Jesús Jiménez Atahonero. Fanfic original basado en la obra “One Piece” del mangaka Eiichiro Oda. Hecho por fan para fans

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