8 – UNA ISLA DURMIENTE

La cubierta del barco se mecía con calma, y el viento traía un olor húmedo a sal, mientras Jim contemplaba por la borda como aquella nave cortaba el oleaje. Un sonido de pasos apresurados le hizo volver la cabeza. Era John: ¿Por fin te has levantado? – le preguntó el pirata. Su compañero, no obstante, avanzó corriendo hasta la borda sin prestarle atención alguna. ¡Aparta! – gritó, empujándole a un lado, mientras se cubría la boca con una mano. Jim miró sorprendido como el ex-librero se inclinaba sobre la borda para vomitar. Luego sonrió: ¿Todavía no te has acostumbrado? – inquirió divertido. Cállate – replicó John con tono ahogado, antes de que le sobreviniera otra arcada. Jim se sacudió de hombros y dio un suspiro. Se retiró para dejarle espacio hasta que vaciara a gusto su estómago. Cuando terminó, su compañero se volvió hacia él, mientras se limpiaba la boca con el dorso de la mano: Creo que tendría que haberme quedado en tierra – dijo mareado. Jim sonrió. No te preocupes – comentó – Ya te harás a ello – el ex-librero asintió con lentitud. Luego se incorporó tomando aire, no sin cierta dificultad, y volvió a hablar. Hay una cosa que me gustaría saber – dijo. ¿El qué?

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¿Cuál es tu motivación? – siguió – ¿Qué es lo que te ha hecho convertirte en un pirata y echarte a la mar? – Jim lo miró durante un largo rato y luego volvió a sonreír.

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¿Has oído hablar de Monkeyd Luffy? – preguntó. ¿El “Rey de los Piratas”? – respondió. Sí – asintió Jim – El hombre del que se dice que encontró el “One Piece”, el gran tesoro del legendario Gold Roger. Se cuenta que…

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Conozco la historia – le interrumpió John – ¿A dónde quieres ir a parar? – Jim avanzó hasta la borda y contemplo el horizonte, pensativo.

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Lo último que se supo de los “Sombrero de Paja”, es que llegaron a Raftel, el lugar donde se suponía que estaba escondido el “One Piece” – explicó.

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¿No me digas qué? Sí – siguió Jim – Mi objetivo es llegar a esa isla y descubrir la verdad por mí mismo.

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¡Pero eso está en el culo del mundo! – empezó John – ¡La última isla del Grand Line! – explicó – ¡Tendremos que adentrarnos en el “Cementerio de los Piratas”!

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¿No te agrada la idea? – preguntó Jim, algo desilusionado. ¿Que si me agrada? – inquirió el ex-librero con seriedad. Poco a poco, una sonrisa empezó a dibujarse en su rostro – ¡Claro que sí! – dijo – Nunca he sentido ninguna admiración por los piratas, ¡pero siempre me ha interesado todo lo relacionado con el “One Piece”!

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¿Entonces…? – empezó Jim. John le extendió la mano. Puedes contar conmigo – le dijo. El capitán pirata sonrió y le estrechó la mano con ánimos renovados.

John se sentó en cubierta y dio un suspiro:

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No obstante, – siguió – eso de que tú seas mi capitán – meditó un instante – ¿Significa que voy a tener que acatar todas tus órdenes?

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Hombre, – comentó Jim – deberías. Ya – chasqueó la lengua – El problema es que yo no soy un hombre muy dado a obedecer.

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¿A no? – inquirió el capitán pirata con una sonrisa cortante. Estoy dispuesto a navegar contigo – siguió John – Pero no puedo garantizarte que vaya a hacerlo bajo tu mando – Jim lo miró desafiante.

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Entonces tendré que enseñarte a obedecer – dijo mientras desenvainaba su espada.

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Querrás decir que lo intentarás – puntualizó John, mientras transformaba su reloj de bolsillo en una espada de duelo dorada.

Jim se dispuso a lanzar la primera estocada, mientras el ex-librero se preparaba para recibirla: ¡¡¡EH, VOSOTROS DOS!!! – un bramido les interrumpió justo cuando las espadas se cruzaron, y ambos volvieron la cabeza hacia Ysack, el capitán del barco – ¿¡Se puede saber qué diablos hacéis peleando en cubierta!? – el resto de personas en cubierta también les miraban, con cierto recelo. Pues… – empezó Jim ¡¡Era una pregunta retórica, idiota!! – le reprendió el marinero – ¡¡Menos armar follón y más limpiar letrinas!! – les tiró un cubo con un paño a cada uno, que se deslizó por cubierta hasta ellos nada más tocar el suelo. Ysack, – John dio un paso al frente – creí que habíamos acordado que viajaríamos como pasajeros.

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¡Y eso es lo que estáis haciendo! – señaló el capitán del barco – Pero que yo sepa, ninguno ha pagado su pasaje aún, ¿¡me equivoco!? – entrecerró los ojos. John lo miró sin saber que decir – ¡¡Pues pagadme!! – terminó el capitán señalando los cubos.

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Pero… – replicó John. El marinero lo miró airado – ¡A la orden, mi capitán! – terminó el ex-librero. Ysack les dio la espalda y volvió a su lugar en el mando.

Ambos piratas cogieron sus respectivos cubos y caminaron hacia el excusado, dejando atrás las risas de algunos de los pasajeros: ¿Con que no eres un hombre dado a obedecer? – comentó Jim divertido. Vete a la mierda – le replicó airado su compañero. No, si a eso vamos – siguió entre risas. Aunque el olor de aquel sitio al entrar le acabó quitando las pocas ganas que tuviera de reír. *** ¡¡¡TIERRA A LA VISTA!!! – la voz del vigía retumbó por toda la cubierta. “Aunque se queda en nada comparada con la de Hawkins”, recordó Jim con tristeza. El capitán pirata le dio unas palmaditas a John, quién había contraído otro de sus mareos repentinos: Nos bajamos aquí – le dijo. Su compañero eructó tras una arcada seca. ¿Ya? – se extrañó. Su rostro estaba más pálido de lo habitual – Este barco hace escala en al menos cuatro islas más.

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¿Prefieres seguir aquí? – John lo miró fijamente. El barco se balanceó nuevamente. Su rostro se tornó aún más blanco y volvió a inclinarse por la borda para vomitar.

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Lo tomaré por un no – comentó Jim, sonriente.

Dejó al ex-librero con sus problemas estomacales y buscó al capitán del barco entre la multitud. No tardó en dar con su brillante calva: ¡Capitán! – lo llamó. ¿¡Qué quieres ahora, pirata!? – el marinero se volvió con el ceño fruncido. “Lo nuestro no termina de cuajar”, pensó Jim. Mi compañero y yo nos bajamos aquí – indicó. Negativo – replicó el capitán. El joven lo miró extrañado – No voy a fondear en esa isla. ¿¡Por qué!? – inquirió. ¿¡Es que no te han enseñado nada!? – le reprendió el marinero – ¡Esa es la isla de Suiminnana! ¿Y tengo que evitarla por…? ¡Es una isla encantada! – respondió frunciendo aún más el ceño – ¡Todo aquel que se aventura en ella, cae presa de un hechizo! – explicó – ¡¡Una maldición!! ¡Que le hace caer en un terrible sueño eterno! Y si el sueño es eterno, ¿quién ha logrado escapar despierto para verificar tal hecho? – inquirió Jim divertido. El capitán del barco entrecerró los ojos con inquina. Ponte como quieras, pequeño granuja – dijo – Pero no acercaré mi barco a menos de quince millas de ese trozo de tierra – y se dio la vuelta.

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¿Puedo interpretar eso como que sí podrías acercarlo esas quince millas? – sugirió con una sonrisa. El marinero se detuvo, y se giró de nuevo hacia él.

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¿¡Y qué pretendéis hacer!? – inquirió – ¿¡Seguir el resto a nado!? Esperaba que nos dieras un bote – comentó con inseguridad. El capitán soltó una sonora carcajada.

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¡Sí, claro! – rió – ¿¡Y qué más!? – le mandó a tomar viento fresco con un gesto de la mano y volvió a darle la espalda.

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Podemos pagártelo – comentó el pirata. El hombre se paró en seco. “Poderoso caballero…”, pensó Jim.

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¿Cuánto? – inquirió el marinero. Quinientos berries – comentó. ¿Estás de broma? – replicó el otro – Eso no lo vale ni el alquiler – dijo – Que sean tres mil.

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Mil – sugirió Jim. Dos mil – concedió el marinero. Mil quinientos – apuntó Jim – Y es mi última oferta – señaló extendiéndole la mano. El capitán de la nave lo miró dubitativo. Luego dio un suspiro cansado.

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¡Hecho! – le estrechó la mano.

Tras lograr convencer a aquel calvorota, Jim volvió con su compañero. Parecía haber cierta mejoría en el rostro de John, pero seguía visiblemente debilitado. El ex-librero levantó la cabeza gacha y le miró con cansancio: ¿Qué sucede ahora? – inquirió. ¿Tienes mil quinientos berries? – le preguntó Jim. Sí – afirmó – ¿Por? Dáselos a ese calvo amigo tuyo – señaló – Acabo de comprarle un bote.

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¿¡Que acabas…!? – empezó – Pero…, ¿¡por qué!? – se extrañó. El muy idiota dice que no quiere fondear en esta isla – comentó. Pues esperaremos a desembarcar en la próxima – apuntó él. Jim lo miró de arriba abajo dubitativo – En serio, ¡aguantaré un poco más de travesía!

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No – dijo él – Nos bajaremos aquí. ¿Por qué? – inquirió el otro – ¿Por qué tanta prisa? Porque es un lugar que la gente evita – señaló – ¿No crees que merecería la pena echar un vistazo? – John le dirigió una mirada inquisitiva, y luego sonrió.

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Supongo que podría escribir algo interesante – comentó divertido. ***

Iba avisado, pero al llegar a puerto, Jim no pudo sino sentir una cierta inquietud ante el silencio reinante. John no hizo ningún comentario al respecto, así que desembarcaron sin decir nada, dejando el bote amarrado en el muelle. Aquello parecía un pueblo fantasma. Fue otra de las cosas que pudieron comprobar al abandonar el puerto y adentrarse en el pueblo. El ambiente estaba enrarecido. El capitán pirata pudo sentir una extraña presión sobre los hombros, una especie de fuerza que pretendía doblegarlo, aunque no era algo difícil de combatir. John debería de estar padeciendo algo similar, porque también caminaba con cierta dificultad, ligeramente encorvado, y no parecía deberse al mareo del viaje. Jim se acercó a su compañero justo cuando este fue a dar un traspié que iba a hacerlo caer: ¿Te encuentras bien? – le preguntó mientras se lo echaba a hombros. John respiraba con dificultad, pero logró incorporarse.

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Me cuesta respirar – comentó – Y siento el cuerpo muy pesado – tomó un poco de aire – Pero creo que ya me estoy acostumbrando a ello – indicó intentándole apartar a un lado.

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De eso nada – dijo Jim, volviendo a posar el brazo de su compañero en sus hombros. Miró al frente – Si tienes dificultades para caminar no me importa llevarte a…

Por primera vez desde que desembarcaron, Jim sintió miedo. Delante suya, tirados en mitad de la calle, se encontraban los cuerpos de varios ciudadanos. “Un sueño eterno”, recordó haber oído de boca de aquel capitán de barco calvo. No supo decir a ciencia cierta si estaban muertos o no: Espérame aquí – indicó a su compañero, mientras le ayudaba a sentarse en el suelo. Jim avanzó por las calles de aquella aldea. La presión en el ambiente no le permitía correr, así que se limitó a andar y a observar. Mirase donde mirase, los cuerpos de los lugareños: hombres y mujeres, ancianos y ancianas, niños y niñas; se encontraban dispersos en torno a la calzada y las proximidades de los edificios. Pasó por delante de una figura encapuchada, que parecía dormir sentada en una mecedora, a las afueras de la taberna del pueblo. Jim miró a aquella figura con curiosidad, y luego volvió a observar los cuerpos inertes que yacían en el suelo. Se agachó ante el más cercano y le tomó el pulso. Para su alivio, notó, con claridad, un latido: No están muertos, si es eso lo que te preguntas – Jim dio un respingo al oír una desconocida voz de mujer a sus espaldas. Se incorporó con rapidez y se giró.

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¿¡Quién anda ahí!? – preguntó al aire. Al no recibir respuesta, intentó concentrarse en “oír” las voces de los alrededores, y encontró dos. Una pertenecería a John, unos metros atrás. Y la otra…

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Tranquilo, joven – la figura encapuchada de antes avanzaba hacia él – No tienes porqué asustarte – Jim la miró inquieto, mientras esta caminaba con lentitud, hasta situarse junto a él.

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¿Quién eres tú? – preguntó – ¿Qué ocultas bajo esas ropas? – extendió el brazo hasta la capucha de aquella extraña al no recibir respuesta.

El pirata cayó hacia atrás sobresaltado cuando una serpiente verde emergió del interior de ella, sibilante. A punto estuvo de recibir un mordisco, pero en su lugar, recibió una desafortunada caída de culo. Una ligera risa resonó dentro de la capucha: Tranquila, pequeña – unas manos humanas retiraron la capucha con delicadeza, revelando el rostro que ocultaba – No es ningún enemigo, ¿verdad? Una mujer mayor le sonreía con afecto. Tenía el pelo rubio, algo entrecano, y no demasiado largo. Pese a que probablemente le triplicase la edad, Jim pudo percibir un cierto atractivo en aquella mujer. La serpiente verde se retiró y se enroscó en torno al cuello de la desconocida, siguiendo las caricias de la mujer. Después, esta le ofreció una mano para que se levantara. Jim la aceptó y se incorporó: Perdona por el susto, joven – volvió a decir la desconocida – Mi escurridiza amiga no tiene demasiado tacto con los hombres – explicó. Jim asintió mirando a la serpiente con desconfianza – De todas formas, me resulta sorprendente ver a otra persona en esta isla capaz de mantenerse consciente mientras ella duerme – comentó la mujer – Aunque creo haber percibido dos voces – siguió – ¿Dónde está tu amigo?

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Un poco más atrás – dijo Jim, que todavía estaba un poco ido.

El pirata guió a la desconocida de pelo rubio hasta John, mientras seguía mirando los cuerpos tirados en la calzada con inquietud: Por cierto, – Jim volvió la cabeza al oír de nuevo la voz de la mujer, mientras caminaban – no nos hemos presentado – le dirigió una sonriente mirada. J-Jim Golden – dijo él de forma algo atropellada. Encantada de conocerte, Jim Golden – le regaló otra sonrisa y el pirata se sonrojó levemente – En mi tierra se me conoce como la Anciana Kintama*, – siguió – pero tú puedes llamarme Marguerite – Jim asintió con lentitud. En lugar de encontrarle allí dónde le había dejado, el propio John avanzó hacia ellos caminando con dificultad. El ex-librero alzó la cabeza extrañado al ver la compañía que traía consigo: ¿Amiga tuya? – dijo con una sonrisa forzada. Su voz denotaba cansancio. Algo así – contestó Jim sonriendo también. Miró a la mujer – Marguerite, – le señaló a su compañero – este es John Reader – la extraña saludó. Jim hizo una pausa – Mi segundo de abordo, podría decirse – miró a su compañero y señaló a la mujer – John, esta es Marguerite – el pirata saludó también. ¿Segundo de abordo? – dijo divertido – ¿Desde cuándo? Desde que eres mi primer tripulante – replicó sonriente. ¿Segundo de abordo? – repitió también la tal Marguerite – ¿Por un casual sois marineros?

*Kintama: Bolas doradas. Término japonés usado en referencia a los testículos masculinos.

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Piratas – aclaró Jim. La mujer lo miró con curiosidad. El capitán aguardó con interés para ver su reacción. Marguerite sonrió.

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¡Qué recuerdos! – dijo – ¡Yo también fui pirata de joven! – su respuesta le cogió desprevenido.

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¿Ah, sí? – inquirió Jim. ¡Pues claro! – añadió ella con cómica indignación – Tenéis ante vosotros a una de las guerreras de Amazon Lily, hija del pueblo de Kuja, y otrora pirata al servicio de su difunta emperatriz.

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¿Difunta? – se extrañó Jim. El entusiasmo de Marguerite desapareció de golpe, mientras le dirigía una mirada ausente. Luego sonrió con melancolía.

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Difunta, sí – dijo – Quien fuera nuestra última emperatriz – explicó – La Princesa Serpiente, Boa Hancock – se paró – Casi han pasado dos décadas desde que mi señora nos dejara – bajó la cabeza.

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Lo lamento – se solidarizó Jim. Marguerite lo miró, y luego asintió dirigiéndole una sonrisa.

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Si eres originaria de Amazon Lily, – John, que parecía haberse recuperado de su malestar, dio un paso al frente – ¿qué haces aquí en el East Blue, tan alejada de tu hogar? – la mujer lo miró pensativa, y luego les dio la espalda.

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Huí – se limitó a decir, con tono apagado. ¿Que huiste? – inquirió John – ¿De qué? ¿Por qué? – la mujer no respondió. El ex-librero fue a volver a abrir la boca pero Jim lo detuvo.

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No tiene porqué dar detalles a unos desconocidos – dijo. John le miró pensativo y luego asintió con lentitud. Marguerite se volvió con una triste sonrisa.

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Agradezco vuestra comprensión – indicó. Jim asintió.

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No obstante, hay una cosa que tal vez pudieras contestarme – dijo. La mujer le miró con curiosidad.

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¿Sí? Sobre esta isla, circulan rumores extraños – indicó – Rumores que, a la vista está, parecen ser ciertos – señaló – ¿Qué diantres sucede en este lugar? – Marguerite le mantenía la mirada con interés. Luego la bajó, sonriente.

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El hechizo que crees que mantiene sumido al pueblo en un sueño eterno no es tal cosa – indicó.

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¿Qué quieres decir? – preguntó John. Que si se tratase de un encantamiento o algo similar, no habría razón alguna para que nosotros estuviésemos despiertos – comentó.

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Pero nosotros sí hemos notado su influjo, – señaló Jim – aunque no hayamos caído en él del todo – Marguerite sonrió.

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La razón por la que vosotros dos habéis conseguido sobreponeros a ello dice mucho en vuestro favor – apuntó la mujer – Pero esto no tiene nada que ver con algo, sino con alguien.

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¿A qué te refieres? – inquirió Jim. Seguidme, – indicó ella – vamos a la taberna. Debéis de estar sedientos.

El local al que les acompañó la mujer de la serpiente, parecía encontrarse en el mismo estado que el resto del pueblo. Algunas mesas y sillas estaban volcadas, y las gentes yacían tiradas de cualquier manera por el suelo. Marguerite avanzó sonriente y saltó la barra del bar sin decir ni una palabra, ignorando al camarero que yacía inconsciente con la cabeza reposando en esta: ¿Qué queréis que os ponga? – dijo mientras se servía una jarra de cerveza.

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Oye, ¿no crees que esto es aprovecharse demasiado de la situación? – comentó Jim. Marguerite dio un largo trago y luego se paso una mano por la boca, suspirante.

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¿Y vosotros os hacéis llamar piratas? – comentó divertida – ¿Entonces no vais a tomar nada?

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Has dicho que el responsable de este panorama no es algo, sino alguien – señaló John ignorando su ofrecimiento – ¿Quién? – Marguerite le miró fijamente y luego dio un suspiro. Terminó la jarra de otro trago y se dirigió a la puerta que daba a la cocina.

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Qué remedio – dijo antes de entrar – Supongo que seguirá donde la dejé – oyeron desde dentro. Se asomó hacia fuera – ¿Venís o qué?

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¿A la cocina? – comentó Jim, mientras le dirigía una mirada confusa a su compañero. John parecía igual de intrigado, y como aquella mujer ya se había perdido tras la puerta, decidieron seguirla.

Aquello era igual. Los dos cocineros del local, una mujer mayor y un pinche joven, yacían tirados en el suelo: ¿Habéis oído hablar del Haki? – comentó Marguerite al ver que la seguían. Sí – asintió Jim – De hecho, yo he aprendido a manejarlo hasta cierto punto – señaló intentando no resultar demasiado presuntuoso. Yo también he oído algo sobre él – aportó John. La mujer asintió. Entonces eso facilita las cosas – comentó – ¿Qué sabéis de él? Bueno… – empezó Jim – Sé que existen tres tipos – señaló – Pero sólo dos de ellos pueden ser ejercitados por una persona ordinaria: Busoushoku, y Kenbunshoku – explicó – Los dos tipos que yo he aprendido a dominar. Así es – asintió Marguerite – ¿Y el tercer tipo?

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Sólo he sabido de él por lo que he aprendido con los años – siguió – Haoushoku. “Dinastía Real”. Es un tipo de Haki que sólo aparece en unos pocos elegidos – comentó – Sólo una persona de entre un millón nace con semejante poder – la mujer asintió satisfecha. Les guió hasta una salita que hacía las veces de almacén de comida.

Una chica joven, probablemente más joven que el propio Jim, dormitaba tirada en el suelo, junto a una nevera abierta, en una postura no demasiado elegante. Boca arriba, tendida de malas maneras, roncaba sonoramente; con un pedazo de carne a medio comer en la mano izquierda, y la mano derecha metida dentro de la camisa, rascándose la zona del pecho. Una baba somnolienta colgaba de un rostro sonriente que, pese a todo, le pareció realmente atractivo. Su melena de color cobrizo, recogida en una coleta, enmarcaba aquella cara risueña mediante dos mechones sueltos, uno a cada lado: ¿Quién es esta? – preguntó Jim al ver a aquella muchacha carente de reparo. Marguerite sonrió. Ella es la causante de todo esto – dijo – La usuaria del Haoushoku Haki: Dianne, de las Kuja. ¿¡¡QUÉEEEEEEEEEE!!? – saltaron Jim y John al unísono, mientras aquella joven seguía durmiendo, ignorante de todo aquello.

“One Place”, una obra de Andrés Jesús Jiménez Atahonero. Fanfic original basado en la obra “One Piece” del mangaka Eiichiro Oda. Hecho por fan para fans

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