El cambio climático ha sido una fuerza constante en la historia de la

humanidad, aunque parece que lo hemos olvidado
Humanidad; migraciones, adaptación y evolución
http://elpais.com/elpais/2016/06/09/ciencia/1465486428_297356.html

El cambio climático ha sido una fuerza constante
en la historia de la humanidad, aunque parece que
lo hemos olvidado
Soy historiador y he dedicado mucho tiempo a
reflexionar sobre la trayectoria del clima y las
sociedades humanas en el pasado, el presente y
el futuro. En gran medida, el cambio climático es
una fuerza constante en la historia de la
humanidad, a pesar de que recientemente,
durante el último siglo, lo hemos olvidado. En
tiempo geológico, la humanidad es literalmente un
producto del estrés climático: durante los últimos
20 millones de años, a medida que la tierra se iba
enfriando del muy cálido mesozoico de los
dinosaurios,
oleadas
de
estrés
climático
impulsaron el aumento de nuevas especies de
primates y protohumanos. La humanidad tal y
como la conocemos surgió del calor abrasador de
una gigantesca sequía en el este de África hace
unos 200.000 años. Los climas altamente
variables del último periodo glacial definieron el
futuro de los neandertales y los modernos
humanos en toda Eurasia; el repentino
calentamiento de hace 12.000 años fomentó la
revolución agrícola de algunas sociedades. La
historia de las sociedades globales hasta el
comienzo de la revolución industrial fue en última
instancia determinada por un cálido clima
posglacial, pero las poblaciones más numerosas
que dependían de una agricultura en delicado
equilibrio llegaron a sufrir con variaciones
relativamente moderadas del clima.
En verano de 2015 gran parte de Europa padeció
una ola de calor que batió récords, porque una
masa de aire muy caliente se desplazó hacia el
norte desde el Sáhara. Si bien es posible que este
verano no se alcancen los mismos niveles en
Europa, el tiempo cálido ya ha alimentado
incendios catastróficos en Canadá y una
implacable ola de calor en India y el sureste
asiático. En parte esto se ha debido a El Niño, un
fenómeno cíclico resultado del calentamiento del
océano Pacífico, y remitirá cuando el ciclo
decaiga. Pero el año pasado ha marcado el tercer
máximo súper El Niño desde 1983. El Niño tuvo
algo que ver con las temperaturas globales en
2015, pero se superó la marca de 2014, así que

forma parte de un aumento constante de las
temperaturas desde comienzos de los sesenta. El
calentamiento global es real y está aquí.
Empezamos a tener claras las consecuencias:
aumento del nivel del mar, tormentas oceánicas
más intensas, acidificación de los arrecifes de
coral. A medida que la temperatura aumenta, se
ensanchan los trópicos, desplazando ecosistemas
estacionales y creando nuevos e intensos
patrones de lluvia y sequía.
La escala y la intensidad de la inminente crisis
climática están más allá de la experiencia humana
¿Dónde estamos? Un panel internacional de
geólogos nos dirá en unos meses si hay pruebas
suficientes para declarar una nueva era geológica:
el antropoceno. Las pruebas se amontonan:
extinción de flora y fauna, micropartículas de
plástico y aluminio en sedimentos oceánicos,
depósitos masivos de nitrógeno y fósforo de uso
agrícola que alteran los ciclos químicos básicos,
los indicios radiactivos de las detonaciones de
bombas nucleares desde 1945 hasta el final de las
pruebas atómicas de superficie en los años
sesenta y, por supuesto, el dióxido de carbono.
Cuando yo era niño, en los años cincuenta, el CO2
en la atmósfera se medía en 315 partes por millón
(ppm), superando las 280 ppm, la media
aproximada a lo largo de los últimos 5.000 años.
En el invierno de 2013 a 2014 llegó a las 400 ppm
y ha ido creciendo desde entonces. Los geólogos
tienen razones fundadas para fechar el
antropoceno alrededor de 1945.
¿Qué sucede? He aquí la gran paradoja. Hubo
una época en que éramos menos, subsistíamos a
duras penas trabajando la tierra y moríamos tras
una vida ardua y breve; pero no causábamos un
daño grave o permanente al mundo que nos
rodeaba. Ahora somos aproximadamente 7.400
millones; muchos, aunque no la mayoría, viven
vidas radicalmente más fáciles y largas; pero
hemos dañado seriamente la integridad y
resistencia del sistema natural de la Tierra.
¿Tiene el pasado histórico o geológico algún caso
comparable? Ha habido discusiones sobre si el
calentamiento moderno se debe comparar con el
periodo cálido medieval, en el que es posible que

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Europa tuviera una temperatura parecida a la de
hoy.
Pero
la
mejor
comparación,
desgraciadamente, se remonta al pasado
geológico, al máximo térmico del paleoceno
superior de hace unos 55 millones de años,
cuando la actividad volcánica generó emisiones de
gases en el Atlántico que sobrecalentaron la
atmósfera. Pero mientras que el máximo térmico
del paleoceno tardó 20.000 años en alcanzarse,
nosotros vamos camino de producir el mismo
efecto en un siglo. La escala y la intensidad de la
inminente crisis están más allá de la experiencia
humana.
La vida continuará, pero va a ser más difícil,
mucho más para algunos. En España las
predicciones siguen en líneas generales las
oscilaciones climáticas de los últimos miles de
años. El clima se volverá más caluroso y seco. El
sur sufrirá condiciones mucho más áridas y el
norte tendrá un clima mediterráneo seco. ¡Puede
ser un consuelo pensar que esas condiciones no
traerán consigo la peste bubónica! Pruebas
climáticas y genéticas sugieren que a lo largo de
los últimos 3.000 años, con el frío que trajo más
precipitaciones al norte de España y al centro de
Asia, la humedad en la estepa estimuló la
proliferación de roedores portadores del bacilo de
la peste, causando grandes epidemias en Europa
durante el Bronce tardío, en el Imperio Romano y
en la década de 1350. El calentamiento tampoco
traerá enfermedades tropicales, a diferencia de lo
que sucede en el Caribe, América Central y el sur
de
Estados
Unidos,
donde
existe
una
preocupación muy real sobre la propagación de
enfermedades transmitidas por mosquitos, como
el dengue, la malaria y actualmente el zika.
España se volverá muy seca. Sus vecinos del sur
y del este ya sufren los profundos efectos de una
sequía provocada por el cambio climático. Estas
sequías ya han generado conflictos y huidas a lo
largo de un arco que va desde el oeste de África
hasta Afganistán, y ya han jugado un papel en la
guerra y revolución de Egipto y Siria; es un factor
de fondo en la ola de emigración. De los 32 países
en el mundo que se enfrentan a la mayor escasez
de agua en 2040, 29 se encuentran en ese arco.
España es el número 33. La escasez de agua ya
es un poderoso factor en la política mundial.

que podrían derretirse y quebrarse, deslizándose
en el océano y elevando el nivel del mar en todo el
mundo. La subida de las aguas será enorme, pero
se producirá por oleadas, impulsada por
huracanes y tifones como el Sandy, que inundó
Nueva York en 2012. Grandes poblaciones,
particularmente en los deltas del Nilo, el Ganges,
el río Amarillo o el Yangtsé, están desprotegidas.
La búsqueda de casos análogos nos conduce a
tiempos paleolíticos, en este caso al deshielo que
se produjo al final del último periodo glacial y que
inundó las plataformas continentales hace 10.000,
12.000 años. Vivimos en un sistema planetario
que tiene ciertos márgenes y límites. Pensar en el
pasado remoto y en el presente puede ser
estresante, pero aporta claridad.
Tenemos grandes capacidades; sabemos mucho
más sobre el mundo que nos rodea que cuando
empezamos a quemar carbón. La tecnología que
podría cambiar las condiciones de la especie
humana está siendo desarrollada, en lo que podría
ser el comienzo de una gran transición que se
desarrollaría
en
las
próximas
décadas.
Necesitamos seguir movilizando la política mundial
para garantizar ese resultado. No nos llevará a
una situación estable de perfecta utopía, pero sí
conseguirá que el mundo de nuestros nietos tenga
continuidad con el nuestro.

John L. Brooke es historiador, profesor de la
Universidad de Ohio y autor de Climate Change
and the Course of Global History: A Rough
Journey (Cambridge University Press)
Traducción de Germán Ponte
http://elpais.com/elpais/2016/06/09/ciencia/1465486428_297356.html

Escasez de agua dulce para muchos; exceso de
agua salada para muchos más. Una de las
bombas de relojería que se ciernen sobre nosotros
son las placas de hielo del Antártico occidental,

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