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Juan Manuel de Prada

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Artículos periodísticos sobre temas de actualidad
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01/19/2013

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Ser progre consiste en tener siempre razón; si la realidad te lleva la contraria, peor para
la realidad. Como los sastres de la fábula, el progre viste de aire al rey y lo pasea

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desnudo por las calles, concitando las muestras de arrobo del populacho, que aplaude a
rabiar sus habilidades indumentarias. Y, ¡ay de quien se atreva a denunciar la desnudez
del rey! De inmediato, el progre lanzará sus anatemas contra el osado, le montará una
ordalía, lo desterrará a los márgenes de la sociedad, allá donde acampa la gentuza que
no se aviene a comulgar con ruedas de molino. A veces, las ruedas del molino progre
son tan aparatosas e indigestas que hacen falta para embucharlas unas tragaderas
como las de la prota de «Garganta profunda», pero quien no las tiene las finge y santas
pascuas. El progre afirma, por ejemplo, que los biocombustibles son ecológicos y que
son la energía alternativa del futuro; y no hay quien rechiste. Ahí tenemos al brasileño
Lula da Silva, que está arrasando la selva amazónica para plantar soja a troche y moche
y ha conseguido erigirse en paladín del medio ambiente sin despeinarse, el tío. El progre
ha instaurado una nueva realidad paralela que nadie osa rebatir, una suerte de Matrix
donde se puede vivir plácidamente, con la condición de que no la pongas en entredicho.
Pero el Matrix progre es mucho más elaborado que el urdido por los hermanos
Wachowsky en su célebre trilogía: allí aún había la posibilidad de rebelarse contra los
fabricantes de espejismos; en el Matrix progre, los fabricantes de espejismos poseen la
habilidad de aparecer como redentores de la humanidad.

Ahora el gran fabricante de espejismos del Matrix progre se llama Al Gore. El gurú del
cambio climático es, desde luego, un tipo con una jeta de feldespato: hace apenas unos
años, fue vicepresidente de un gobierno que se negó a firmar los protocolos de Kyoto; y
hoy tiene redaños para exigirnos que apaguemos antes de acostarnos ese botoncito de
la tele que cierra el flujo de corriente. Pero en el Matrix progre las hipocresías más
chirriantes pueden pasar inadvertidas. También a los palurdos que, allá en los siglos más
oscuros del medievo, escuchaban las prédicas tremebundas de cualquier charlatán que
les auguraba calamidades sin cuento si no renegaban de la lujuria les pasaba inadvertido
que luego el charlatán, con el dinero recaudado en la prédica, se corriera una juerga en
el burdel del pueblo vecino; o tal vez lo advirtiesen, pero consideraban que el charlatán
estaba en su derecho a contradecirse. Al Gore, gran fabricante de espejismos del Matrix
progre, pretende que apaguemos ese botoncito de la tele que cierra el flujo de corriente
antes de acostarnos, pero luego cobra doscientos mil pavos por endilgarnos su cháchara
apocalíptica, dinero que tal vez apoquine una multinacional eléctrica. Y no hace falta
decir que Al Gore se desplaza por el Matrix progre en avión privado; pero hemos de
pensar que su avión privado no gasta queroseno, tal vez funcione con soja, o a pedales.

En su turné española, el gran fabricante de espejismos del Matrix progre ha dejado
apóstoles convencidos y dispuestos a propagar sus embelecos, por supuesto mientras
llenan la buchaca. En esto no hacen sino imitar a su maestro: y es que el progre ha
descubierto que la explotación de la mala conciencia de la gente sometida, capaz de
comulgar con las ruedas de molino más aparatosas o indigestas, constituye un negocio
pingüe. En la fábula del rey desnudo, los sastres se conformaban con pegarle un sablazo
al mentecato que luego se pavoneaba en porreta ante sus súbditos; en el Matrix progre,

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los fabricantes de espejismos no sólo reclaman nuestra adhesión (que es un acto de fe,
puesto que se trata de creer en lo que no vimos), sino también nuestro dinero. Quieren
que nos mantengamos castos, quieren culpabilizarnos hasta por los tocamientos más
veniales (el botoncito de la tele encendido), pero sobre todo quieren que demostremos
nuestra contrición apoquinando, para que ellos puedan luego correrse su juerga en el
burdel del pueblo vecino. Ellos saben bien que el dinero no florece en los campos que
tan idílicamente celebran en sus odas ecológicas; pero, con tal de que el flujo de dinero
no cese, ya puede perecer el mundo. Después de todo, ¿quién dijo que desearan
salvarlo? El único mundo que les importa es el Matrix progre que han creado, el Matrix
progre que los palurdos como usted y como yo sostenemos con nuestras tragaderas.

3.

Animales y Personas

Ayer aparecían publicadas en ABC, por caprichos del azar, dos noticias que invitan a la
evaluación conjunta. El Parlamento catalán aprobaba una muy estricta ley de protección
de los animales que, reconociéndoles su entidad de «seres vivos dotados de sensibilidad
física y psíquica», castigará a quienes los abandonen a su suerte o les inflijan daño.
Simultáneamente, se presentaba en Madrid un libro titulado «Los límites de la
exclusión», firmado por los profesores Manuel Muñoz, Carmelo Vázquez y José Juan
Vázquez, que nos habla de los mendigos, otros seres vivos (¿quizá menos dotados de
sensibilidad física y psíquica?) igualmente abandonados y vapuleados por la indiferencia
colectiva. Resulta paradójico y perturbador que la misma sociedad que permite que una
porción nada desdeñable de sus miembros agonice en la calle se preocupe de aliviar el
sufrimiento de los animales desamparados.

En el fondo de este comportamiento social, cada día más arraigado, subyace una
peligrosa perversión del sentimiento. Acallamos la mala conciencia que nos produce el
sufrimiento del prójimo (de quien nos es más próximo) ideando falsificaciones de la
piedad que nos permitan posar de «humanitarios» ante la galería. Hemos logrado
recubrirnos de una especie de coraza impertérrita que nos permite esquivar el dolor
rampante que se enseñorea del mendigo de la esquina, de la prostituta que se ofrece al
peor postor, del inmigrante que malvive en un cubículo o ergástulo; y, mientras las
personas que sufren a nuestro derredor se convierten en un lejano runrún que preferimos
no escuchar, desaguamos nuestra indignidad ideando leyes que consagran el respeto
sacrosanto a los animales. Anticiparé que considero la protección de los animales una
expresión muy enaltecedora y necesaria de humanidad; pero creo que esta expresión
sólo resulta admisible cuando constituye un corolario natural de un deber mucho más
perentorio que nos obliga a compadecer el sufrimiento de nuestros semejantes. En los
últimos años, sin embargo, he observado que desde diversos púlpitos más o menos
ecologistas se pretende hacer tabla rasa de hombres y animales, adjudicándoles los
mismos derechos; esta pretensión igualitaria se me antoja el germen de un pavoroso
relativismo moral. Y he observado también que, con excesiva frecuencia, el celo que

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destinamos a los animales constituye un sucedáneo que nos exonera de responsabilidad
ante otras formas más insoportables de inhumanidad, que atañen directamente al
hombre.

Con muy atinado sarcasmo escribía ayer Zabala de la Serna en las páginas de este
periódico que acabaremos inaugurando más albergues para perros y gatos que
albergues para indigentes. Los estudiosos de las patologías sexuales definen el
fetichismo como un «andarse por las ramas», a través del cual el enfermo soslaya la
angustia que le produce enfrentarse al ser amado y lo suplanta o sublima a través de su
representación. ¿No serán también ciertas manifestaciones fanáticas de la zoofilia una
forma de suplantación, una patología vergonzante que desarrollamos para soslayar la
vergüenza que nos produce la aniquilación cotidiana del hombre, mediante la denuncia
de otras aniquilaciones menores? Me parece muy loable que se prohíban -como hace
esa ley catalana- las «atracciones feriales» y la «exhibición ambulante de animales que
son utilizados como reclamo»; pero cuando permitimos que el dolor ambulante del
prójimo forme parte del paisaje urbano y aceptamos la exhibición ferial de tantas vidas en
almoneda, estas medidas legislativas se nos antojan un mero subterfugio ornamental, un
«andarse por las ramas» demasiado hipocritón y exasperante.

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