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LOCOS POR UN RESQUICIO DE CALOR Sandra Santana. Podría parecer a primera vista que Agua dura, la colección de relatos de Sergi Bellver, es, como anuncia su título, un libro de hielo, un bloque de agua congelada y sólida. Efectivamente, en los textos abundan los paisajes fríos porque en ellos sopla el viento de las calles de Moscú o Reikiavic, pero, sobre todo, porque los personajes transitan, desde sus primeras páginas, parajes anímicos desiertos y desasosegantes. A medida que se interne en el libro, sin embargo, el lector notará que el bloque de Agua dura se resquebraja y se torna líquido y cálido gracias a la tensión que se produce, como una grieta presente en todos los relatos, por efecto del contraste entre sus altas y sus bajas temperaturas. El cuerpo tiembla: la primera tiritona que experimenta el lector surge al transitar junto a David ese terreno difuminado y fantasmal que constituye el escenario de “Propiedad”, el primero de los relatos, y pisar con él esa tierra en la que, de tan apelmazada, “el chorro de orina ni siquiera levanta polvo”. Un espacio lleno de presagios de destrucción y de recuerdos traumáticos en el que, sin embargo, también atisbamos el cuerpo desnudo y caliente de su hermana Diana besándose despreocupadamente con una desconocida y “dejando que una enorme araña negra corretee por su cuerpos”. Frente a la violencia que despierta ese extraño terreno en David, sorprende la vital actitud de Diana confesando que sólo allí se siente “verdaderamente libre”. También en “El nudo de Koen” se hace patente esa fuerza térmica de sentidos opuestos: la tirantez que mantiene unidos, pero alejados a un tiempo, a Koen y a su hermano Koen. La tensión entre un Koen que le tiene miedo al agua (“incluso a los canales, esa agua domesticada que circula en línea recta como las vacas en la granja lechera de su abuela”) y ese otro Koen, desaparecido años atrás, que es una versión helada de sí mismo: la imagen estática que le mira desde las aguas del canal y que vigila sus actos cotidianos en las fotografías del el salón de la casa familiar. Tensión entre cuerpos calientes y cuerpos fríos, entre la vida que fluye y la que, por razón del tiempo, la muerte o el trauma (como en “Los ojos de Sarah”, donde una pareja busca las huellas de una antiguo criminal nazi) permanece estancada. Una tensión que transita desde lo trágico hasta lo grotescamente cómico en “Banana Dream”, donde un grupo de terroristas performers llenan de ratas, caballos, gatos, osos y palomas el Museo del Prado, el Palacio Doria-Pamphili o el Hermitage. ¿De qué son signo estas apariciones de cuerpos salvajes? ¿Qué le parece esta batalla entre fieras y hombres al “Inocencio X” de Francis Bacon que observa desde el lienzo del cuadro? Puede consistir en una crítica velada a la autoridad, o sencillamente puede representar el fluir agresivo de la vida desafiando a la muerte. La misma rabia que se manifiesta en otro breve relato, “Señales de vida”, cuando en las frías y asépticas salas del instituto anatómico forense una pareja de trabajadores encuentra un salvaje placer mordiéndose, arañándose y montándose como perros entre los muertos. Ambos se lamen el uno al otro como niños que “se llevan el mundo a la boca para aprenderlo”, ambos miran cara a cara a la oscuridad y al miedo para notar que todavía queda aire caliente en sus pulmones. De nuevo, lo animalesco y salvaje se enfrenta a una sádica tendencia a enfriar y detener la vida. La misma lucha encarnizada entre ambos principios, la misma agotadora batalla, enfrenta al hombre que golpea y al jabalí atado e indefenso que recibe los golpes en “En la boca del otro” ante la mirada horrorizada del vecindario. Con el suspiro final, sin embargo, la bestia lame la cara del protagonista reconociéndolo como compañero y conocedor de su secreto. El odio mueve la carne y la derrota: eso aprende Gabriel Ferraz tras el último embate con Armando Deba, mientras se hunde en la cama del hospital en “Mala hierba”. Otro juego de opuestos. Y, sin duda, sin el mal no existe tampoco el bien: ambos principios extremos se necesitan, sólo con su contrario cobran sentido. Esta lección late entre las líneas de uno de los textos más contundentes y hermosos del libro de Sergi Bellver: “Pájaros que llegan a Moscú”. El relato epistolar de un delincuente enamorado que se adentra en la capital rusa intentando dejar atrás los ojos de Irina. Tal como aprende Sasha mientras intenta zafarse de las fauces del gran monstruo urbano, el alimento de la vida, su motor, es nuestra necesidad de buscar el calor aunque haga daño, aunque nos duela. Avanzamos por donde podemos, “igual que se cuelan a veces los pájaros por las chimeneas, locos por un resquicio de calor aunque se asfixien”. Entre la fría y abrasadora mirada de Thomas Bernhard y los desiertos psíquicos kafkianos, esta es, tal vez, la esencia más poderosa del libro: el hecho de que todos sus relatos destilan calor un calor extraño, onírico, que transmite desde su centro una temperatura narrativa auténtica. Sergi Bellver, Agua dura, Ediciones del viento, 2013

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