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La conquista de Joppa Cuando cl rey Thutmosis III (1479-1425 a.C) Megs al trono de Egipto en el siglo XV a.C, paso largas temporadas luchando en Si- ria y Palestina para extender el imperio egipcio. A los principes de las ciudades conquistadas por Egipto les fue permitido seguir go- bernando mientras se sometieran a Thutmosis y le pagaran tributo. Una historia escrita en un deteriorado papiro cuenta cémo el prin- cipe de Joppa, ciudad que hoy se conoce como Jaifa, se rebelé contra E EI principio de la historia se perdis, pero est claro que Thut- mosis fue puesto al corriente de las intenciones del principe y, temeroso de que se le unieran otras ciudades palestinas, estaba an- sioso por poner fin a la situacién. EI rey no pudo partir de Egipto enseguida, asi que envid un cjército hacia el Norte bajo el mando de su mejor general, un hombre llamado Djhuty. Para asegurarse de que el general serfa obedecido como si se tratase de él mismo, le dio su propio cetro de oro y ébano. ‘ Dihuty y sus hombres navegaron desde el Delta a la costa pa lestina hasta aleanzar Joppa. Después llegaron a tierra y establecie~ ron rapidamente el campamento. Joppa estaba rodeada de murallas y la diniea puerta estaba flanqueada por torres vigiladas por arque- ros. Djhuty envié un heraldo para que ante las grandes puertas les retara: —iRebeldes de Joppa, rendios ante el hijo de Ra, el Dorado Horus, el Fuerte Toro surgide en Tebas, el sefior de las Dos Tic: ras, el rey del Alto y el Bajo Egipto, Thutmosis, larga vida para él! iRendios inmediatamente, o salid de la ciudad y luchad! La respuesta legs al momento. El principe de Joppa rehusé rendirse, pero tampoco saldria de la ciudad para luchar. Era dema- siado astuto como para dejar que sus hombres arriesgaran sus vidas fuera de 1a ciudad. Djhuty no tenia cleccién, asaltaria Ia ciudad, Con sus escudos protegiendo sus cabezas de la Iluvia de flechas, las tropas egipcias avanzaron hacia Joppa. Empujaron grandes escaleras y torres de madera contra los muros, pero los defensores aporzeaban a los hombres que trataban de escalar las almenas, ¢ incendiaron las to- rres de madera con flechas de fuego. Después de tres horas de en- carnizada lucha, Djhuty ordené a sus tropas que se retiraran. Las pérdidas egipcias eran serias, pero la guarnicion de Joppa habia suftido muchos dafos. Esa noche se senté en su tienda, preguntindose cémo seguir la 69 ipto, contienda, Haba pocas posibilidades de asaltar la ciudad y el sitio podfa durar anos, Djhuty sabfa que era precio utilizar la astucia, A la mafiana siguiente, Djhuty envid su he- raldo a las pueztas de la ciudad con una carta para el principe de Joppa. Los soldados situa- dos sobre los muros bajaron una cesta por me- dio de una cuerda, el enviado de Djhuty metié la carta en Ia cesta, que fue elevada y conduci- da a palacio. El principe ley6 la carta con desprecio; era slo otra demanda para que se rindiera, pero advirtié otro mensaje al final, es- crito por el mismo Djhuty. En él, el general ad- mitfa que no podria hacer nada contra Joppa, pero que temia la ira y ambicién de Thuimosis ¥y que él estaba dispuesto a discutir personal- ‘mente con el principe Répidamente envid una carta a Djhuty acordando una tregua temporal y un encuentro a campo abierto entre la ciudad y el campa- mento egipcio. Después del mediodia las gran- des puertas se abrieron para dejar salir los cartos del principe de Joppa y veinte de sus oficiales. Después, las puertas se cerraron es- truendosamente tras ellos, Djhuty y sus veinte oficiales, todos desar- mados, se encontraron con el principe de Jop- pa y sus hombres y les invitaron a sentarse para discutir, ante una copa de vino. Djhuty, en poco tiempo, habia convencido al principe de que era sincero. —Mi mujer ¢ hijos estén conmigo en el campamento —comenzs el general—, pero mafana les enviaré a la ciudad y se quedarén contigo en tu palacio, como prueba de mi bue- na fe. Mafiana este ejército estard bajo tus érde- res, as{ que bebamos por la libertad de Joppa. ‘Todas las copas se Ilenaron de nuevo y los soldados de Joppa y los egipcios pronto co- menzaron a beber juntos. Sélo Djhuty bebia menos de lo que aparentaba pata mantenerse sobrio. —Envia un mensajero a Joppa para que dé las buenas noticias —sugirié al principe—. El resto de nosotros atin tenemos asuntos que tra- tar. IAst podremos seguir bebiendo este buen vino! Es una crueldad dejar a tus caballos entre tanto polvo y bajo este horrible calor; creo que ¢s conveniente desuncirlos y levarlos al cam- pamento, El principe de Joppa dio personalmente la orden ¢ incluso acepts introducirse en la tien- da de Djhuty, para mantener una conversacion 70 privada, Cuando se pusieron en camino, ef principe di —He ofdo que llevas contigo el cetro del rey Thutmosis. Me gustaria verlo. Djhuty, encantado, introdujo en su tienda al principe. Una vez alli, sacé de una caja de madera de sindalo el cetro: —Agui est el cetro del rey Thutmosis, el joven leén, hijo de Sekhmet. iRebelde de Joppa, sentirds la ira del rey en este mismo instante! _ Djhuty estrells el cetro en la cabeza del principe, dejindole inconsciente. El general, ré- pidamente, até al prisionero con cuerdas de piel reforzadas con cobre y envi6 un mensajero al auriga del principe de Joppa. —Mi general ha preparado obsequios para las gentes de Joppa —dijo el mensajero—, asf verdn que ahora es su sirviente. Tu principe ha ordenado que acompaftes a los porteadores a la ciudad e informes a la princesa de Joppa de que os egipcios se han rendido y le envian tributo. El auriga obedecié al momento y condujo el dorado carro del principe hacia las puertas de la ciuclad, con los porteadores tras él. El ob- sequio de Djhuty consistfa en doscientas gran- des cestas, cada una de ellas colgada de un palo y levada por dos hombres. Los centinelas es- cucharon el mensaje del auriga. Vieron que los porteadores no estaban. armados y que los ofi- ciales del principe continuaban bebiendo con los egipcios. Todo parecia estar en orden, ast que enviaron seis hombres para abrir las puertas. Los porteadores fueron conducidos por el auriga hacia palacio. Los seis hombres comen- zaron a empujar las grandes puertas para ce- rrarlas de nuevo, cuando inesperadamente los porteadores abrieron las cestas. Soldados egip- cos saltaron de ellas, con una espada para cada uno y otra para su porteador. Los centinelas dieron la alarma y lucharon ciegamente contra los invasores, pero las puertas se abrieron para dar paso a Djhuty, que habfa capturado a los oficiales borrachos del principe y conducta a su ¢jército hacia Joppa. En pocos minutos, las gentes de Joppa eran forzadas por las tropas epipcias a rendirse © morir. El palacio fue despojado de sus teso- tos y los guardianes cautivados. Al dfa siguien- te, un barco navegs hacia Egipto cargado de tesoros y el principe de Joppa y su familia como prisioneros. Cuando el rey Thutmosis les vio, elogié a los dioses por la astucia que habia demostrado Djhuty y la conquista de Joppa. El principe condenado Hubo una vez en Egipto un rey que no tenia hijos. Visits todos los templos del pals haciendo ofrendas a los dioses y rogandoles un he~ redero, Por ultimo, los dioses decretaron que su deseo deberia ser realizado. El rey fue en busca de su reina y nueve meses més tarde acid un precioso nino. Esa noche, cuando el pequento dormia mecido por su niftera, abanicado por pajes y custodiado por soldados, las Siete Hathor se presentaron para predecir su futuro, Nadie las vio entrar en pala cio, nadie escuché sus pisadas, pero de pronto las siete diosas roceabvan al pequeto observando su rostro dormido. matari un cocodrilo, una serpiente o un perro —dijeron siniestramente a coro y desaparecieron tan misteriosamente como habfan Tlegado. Las niferas corrieron a decirle al rey fas terribles palabras de las siete diosas, y quedé absolutamente desolado. Pero el rey deter- mind salvar a su hijo como pudiera, asf que ordend la construccién de un espléndido palacio en el desierto oriental. £1 principito fue eyado ahi con todos sus asistentes, Nunca se le permitié salir de palacio y no supo lo que era un animal hasta que hubo cumplido los siete afos. Un dia, cuando tenia ocho aftos, el principe se fue en busca de alguna salida cn el tejado del palacio. Desde allf podfa observar la arena roja del desierto, La primera cosa que vio fue un hombre que caminaba con un perro retozando a sus pics. El principe estaba ab- solutamente fascinado sin poder desviar ta atencién del perto. Cuando uno de sus sirvientes subié al tejado teas él, el pequetio pregunté enseguida: —ZQué es eso que sigue al hombre por el camino? En un principio, el sirviente no estaba muy dispuesto a contes- tar, pero finalmente dijo: Alteza, es un galgo. ntonces el pequefio dijo: —Trieme uno exactamente igual a ése EI nifo puso todas sus ilusiones en un perro. Ninguna otra cosa le complacia. Los asistentes se vieron obligados a poner al co- rriente al rey. El se alarm6, pero no podfa ver a su hijo desdichado y tras pensar durante largo tiempo dijo: —Lievad al principe cl perrito més pequehio que encontréis, s0 le hard fel El principe estaba fascinado con su perrito y jugaba con él du- a