Uno

El señor Ferbs caminaba por las calles de su querido pueblo como si de un Duque se tratase. Su comunidad lo adoraba. La gente incluso le hacía reverencias. Era el hombre más rico del pueblo y también el más educado. Era amado por sus semejantes. El hombre perfecto con un semblante digno. Lo que nadie sabía de él, su secreto más oculto, era que le gustaba secuestrar y torturar mujeres. Las ocultaba en una cabaña en el bosque, donde nadie miraría porque era de su propiedad. Una de sus torturas favoritas era el fuego, le encantaba ver cómo la piel burbujeaba hasta desprenderse de los músculos. Utilizando siempre su mechero rojo. Su favorito también. Ese día, mientras paseaba recordando su última tortura, el deseo de encender su puro habano se hizo más intenso. Metió la mano en el bolsillo y sacó su mechero que se deslizó por ella hasta llegar al suelo. En el momento en que se agachaba a recogerlo, un joven, llamado Eric, vestido con una camisa de felpa a cuadros le propinó un golpe que lo llevaría hacia su destino final: la acera. Mientras el chico caminaba indiferente a la escena que se desarrollaba tras de sí, la sangre del señor Ferbs manaba de la herida abierta en su sien derecha. Su instrumento favorito de tortura le llevó a la muerte.

Joseph Ferbs

Cuando abrió la puerta y se encontró con semejante belleza no supo cómo actuar. Durante unos largos segundos no pudo apartar la vista de ella. Era la mujer más bonita que había visto jamás. Sus largos cabellos del color del fuego caían en unos preciosos bucles por debajo de su cintura. Su rostro parecía tallado a la perfección. Tenía los ojos rasgados y del color del más intenso negro. Su nariz era pequeña y recta y sus labios carnosos estaban matizados por un carmín rojizo. Era alta y delgada, y vestía de riguroso negro, cosa que hacía que su rostro en sí produjera una luz propia que nunca antes había visto en otra persona. –¿Buscas alguna cosa? –preguntó el joven cuando consiguió hablar. –Sí. Busco a Joseph Ferbs. –¿En serio? Sin poder evitarlo le dio de nuevo un rápido vistazo. Pero la mujer ni se inmutó. –Sí. –Pues siento decirte que no está aquí. –¿Dónde puedo encontrarlo? Su rostro era infranqueable. Sus labios se movían lo justo y necesario. Ni una sonrisa ni una mueca extraña.

–Podría decírtelo…pero…¿Para qué lo buscas? –He de darle algo de vital importancia. Así que si sabes donde está, te agradecería que me lo dijeras. El joven sonrió. Tenía la información que esa mujer buscaba pero no pensaba dárselo en ese mismo instante, no de momento. –Te diré dónde puedes encontrarlo. La mujer juntó las manos y esperó. –Antes de decírtelo tengo que ir a buscar una cosa. Y me gustaría que me acompañaras. –No puedo perder el tiempo. Así que muchacho, si sabes dónde está, dímelo. El joven alzó las cejas. La fría estatua que tenía enfrente parecía enojada y le agradó la idea de que fuera por su culpa. –No tengo tiempo para pararme a decirte cómo encontrarlo. He de ir a buscar una cosa. –Sólo necesito que me digas dónde. –¿Tan importante es eso que le tienes que dar?¿Qué es? –preguntó curioso el joven. –No puedo decírtelo –Notó cierta crispación en la voz de la mujer y no pude evitar esbozar una pequeña sonrisa. –No quieres saciar mi curiosidad… ¿eh? –El joven se cruzó de brazos –. Tienes dos opciones: o bien te vienes conmigo, o te quedas aquí de pie hasta que vuelva. Porque no pienso perder más tiempo o me cierran la tienda. El muchacho entró en su casa, cogió las llaves y cerró la puerta. La mujer se quedó de pie sin saber muy bien cómo actuar. –Te acompaño. Y sólo porque es de vital importancia que lo encuentre. En cuanto tengas ese paquete me lo dices y te dejas de chorradas –dijo apuntándolo con un dedo. El joven sonrió y comenzó a caminar. –Vamos, corre. El joven caminaba a prisa. De vez en cuando le echaba un vistazo a su acompañante. Era una persona muy extraña. Mantenía la mirada firme al frente con ese rostro inquebrantable. El joven estaba seguro de que si se quedaba de pie quieta podrían confundirla fácilmente con una estatua. El muchacho sacó un paquete de tabaco, se puso un pitillo en la boca y lo encendió. –¿Pasa algo? –preguntó al ver como la mujer lo miraba de soslayo. –No. Bueno…eso mata. –Ya –Contestó el joven encogiéndose de hombros –. También puede matarte una espina de un pescado y yo sigo comiendo pescado.

–No es lo mismo…–dijo la mujer exasperada. El joven jugueteó un rato con el mechero rojo con el que se acababa de encender el cigarro hasta que finalmente volvió a meterlo en su bolsillo. –El mechero era de mi abuelo. Él fumaba como un cosaco, era algo inusual…pero mira. ¿Al final sabes de que murió? Un día iba caminando tranquilamente por la calle cuando se tropezó con un bordillo y se cayó. Se dio tal golpe en la cabeza que de la acera no volvió a moverse. La mujer observaba al joven con el ceño fruncido. –¿Es cierta esa historia? –Sí, claro ¿Por qué iba a mentirte? Mi abuelo estaba forrado, tenía mucho dinero y mi madre era su única hija. Me pude quedar muchas cosas de él, pero me quedé con su mechero rojo. Es lo que más me recuerda a él. La historia había parecido sumir en sus pensamientos a la mujer. Y el joven decidió no contarle más anécdotas. Después de más de media hora de caminata llegaron a la tienda. El muchacho se giró y contempló la solemne figura de la mujer. –Voy a entrar, espérate aquí un momento. No tardo nada. Cuando salió, la mujer seguía en la misma postura que la había dejado. Al joven le inquietaba que la gente, sobretodo los hombres, no la miraran de arriba a abajo, sino que pasaran a su lado como si no existiera. –Ya tengo mi paquete –comentó el joven. –¿Ya puedes decirme donde está Joseph? –Sí, pero cuando lleguemos a casa. ¿O piensas dejarme volver solo? La mujer entornó los ojos y bufó. Y comenzaron de nuevo a caminar. –¿Qué llevas en el paquete? –Un regalo. –¿Para quién? –Para mis padres. Es algo que necesito que tengan hoy…es un día especial. La mujer se mordió el labio. Una acción que la hizo parecer un poco más humana. –¿De qué conoces a Joseph Ferbs? –Digamos…que lo conozco desde hace muuuuchos años. Es un tío encantador. Muy buen chaval la verdad… ¿Tienes algo con él? –¿Qué? No, por supuesto que no…yo nunca podría tener nada con vosot… –¿Perdona? –dijo interesado el joven. –Que no, que nunca podría tener nada con Joseph.

El joven sonrío y continuaron el camino en silencio hasta casa del muchacho. Cuando entraron, el joven dejó la puerta abierta pero la mujer se quedó en el umbral sin atreverse a entrar. –Pasa. –¿Puedes decírmelo ya? –Sí claro, espera sólo un segundo. Siéntate. El joven desapareció y la mujer se quedó de pie en la entrada hasta que volvió a aparecer. Se sentó en el sofá y se encendió sin prisas un pitillo. –Vamos, acércate. Voy a decirte cómo encontrarlo. La pelirroja caminó hasta el joven y se sentó a su lado esperando a que hablara. El joven dio una larga calada al cigarro y soltó el aire por la nariz. –¿Dónde puedo encontrarlo? –Pues muy fácil. Lo tienes enfrente de ti. La pelirroja abrió la boca pero no dijo nada. El joven sonrió y por un breve instante se quedó prendado contemplando su rostro. –Sé perfectamente a qué has venido. ¿Y sabes? Pff…es una putada. Sabía que antes o después llegaría, pero no esperaba que fuera tan pronto. –¿Cómo puedes saber a qué vengo? –Seguramente hasta ahora tú nunca te has fijado en mí, es más, no sabías cómo era físicamente. Cosa que no entiendo…pero bueno –el joven apagó el cigarro y se acomodó en el respaldo –yo siempre te he visto. Desde que era un niño. No sé porqué razón he sido el único, pero la verdad es que te he visto en varias ocasiones, hace más de veinte años que te vi por primera vez y no has envejecido absolutamente nada. Sigues tan perfecta como entonces. La mujer enarcó las cejas y lo miró altivamente. –¿No vas a huir? –No. Este es mi destino. No te preocupes, no voy a montar ningún numerito. –¿Estás preparado? Joseph rió y se rascó la perilla. –No. ¿Cómo voy a estar preparado?... –de repente la sonrisa que había intentando mostrar en todo momento desapareció de su rostro. Carraspeó y se puso en pié –.Quiero que sea ahora, antes de que lleguen mis padres. –¿El paquete?... –El paquete es un regalo para ellos. Soñé contigo hace más de tres semanas y tuve un presentimiento, preferí dejar las cosas zanjadas. Ellos son buenos padres y…quiero que tengan un buen recuerdo de mí.

Era la primera vez que la pelirroja se enfrentaba a un caso como aquél. Se sentía extraña y de alguna manera deseaba poder irse en ese instante y dejarlo en paz. Pero no era posible. –Ven. Sígueme –ordenó el joven. Subió las escaleras lentamente. Se paró un instante en la primera puerta que estaba medio abierta y contempló por unos breves segundos el paquete que descansaba sobre una gran cama de matrimonio. Cuando notó la presencia de la mujer, continuó caminando hasta una habitación. Su habitación. Se quitó los zapatos y se tumbó en la cama. Observó como la mujer posaba su mano en el marco de la puerta y observaba la estancia. A Joseph le encantaba la fotografía y tenía un enorme mural fotográfico que cubría toda una pared entera. Y por primera vez la mujer sonrió. –¿Va a doler? –comentó apesadumbrado. La pelirroja negó con la cabeza. –¿Puedo saber tu nombre? –No, lo siento. El joven apretó la mandíbula. Fijó la vista en el techo y entrelazó sus manos. La mujer se acercó a la cama y miró fijamente al joven. –Joseph. Mírame. El joven volteó el rostro y la contempló. Se perdió en la negrura de sus ojos y enseguida supo que no iba a dolerle. Una pena enorme inundó su garganta, tenía ganas de llorar. Pero no debía hacerlo. La mujer se inclinó y quedó a escasos centímetros de su boca. Joseph tragó saliva. La mujer entreabrió los labios y cerró los ojos. El joven notó cómo algo estaba cambiando en su cuerpo, notaba que dejaba de pesar, que estaba desapareciendo. Creyó contemplar cómo una extraña niebla salía de su boca y se fundía en la de la pelirroja. Pero no le dolía. Y antes de cerrar los ojos para siempre, contempló tras la espalda de la mujer unas enorme alas negras que lo envolvieron en una apaciguadora oscuridad.

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