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EL HIJO DEL DÍA Y LA HIJA DE LA NOCHE CUENTO

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Fanfic Kagamine/Vocaloid (RinxLen) inspirado en un cuento de autor victoriano. Él tiene miedo de las tinieblas; y ella, de la luz del sol...

Fanfic Kagamine/Vocaloid (RinxLen) inspirado en un cuento de autor victoriano. Él tiene miedo de las tinieblas; y ella, de la luz del sol...

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Published by: Sandra Elena Dermark Bufi on Jan 27, 2013
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SANDRA DERMARK 21-1-2012 EL HIJO DEL DÍA Y LA HIJA DE LA NOCHE- UN CUENTO VICTORIANO Fic de Vocaloid inspirado en la obra homónima

de George MacDonald. 1. UNA HECHICERA CURIOSA Érase una vez una hechicera que ansiaba saberlo todo. Se llamaba Lica, y contaba con una maldición en su seno. No le preocupaba nada que no fuera obtener conocimiento. Y por eso, no era cruel en sí. Era alta y espigada, con el pelo corto liso y castaño, y sus ojos avellanados parecían esconder un fuego interior. Aunque fuera resistente y firme, en ocasiones solía postrarse en el suelo, temblando cual hoja seca, y asentar la cabeza en un estado de inconsciencia. Desde su castillo feudal, Lica era la señora de toda aquella comarca y oprimía a los súbditos con sus locuras “ilustradas”. 2. LADY AURORA, LA ALEGRE En la corte de aquella hechicera, había dos damas que estaban encintas. Lica, al enterarse, decidió confinarlas cada una a una habitación diferente, separándolas. Una de ellas era lady Aurora, la esposa de un embajador que pasaba casi toda su vida en el extranjero, en misiones de paz. Aurora ocupaba, ella sola, un alto torreón de estilo gótico, rematado con una aguja, con enormes vidrieras que inundaban la estancia de luz. La vista del paisaje a su alcance, una llanura surcada por un claro arroyo, con una sierra nevada al fondo, era todo claridad. Atendiendo a Aurora se hallaban Lica y Severo, el montero mayor de la hechicera, el cual era muy apuesto y peliazul, y con los hombros anchos rematando un tórax varonil. Ellos procuraron que la joven no sintiera nada de pena ni tristeza, ofreciéndole carne de ave regada con Chardonnay y coñac, y tocándole sólo piezas de Liszt. Aurora tenía los cabellos largos, de un azul verdoso, cayéndole libremente sobre los hombros, las mejillas rosadas y los ojos verdes, y era de rasgos tan alegres y marcados que podía resultar un garçon manqué. 3. LADY ADRIANA, LA TRISTE La otra, que ocupaba un oscuro calabozo iluminado sólo por una lámpara de fluorita, era una bella enlutada, viuda de un oficial militar que murió al ser malherido en combate. La reservada Adriana, pues así se llamaba, tenía la tez tan clara que las venas superficiales se le traslucían. Sus ojos eran de un azul muy claro y sus rosados cabellos estaban recogidos bajo un velo de tul negro. Los rasgos de Adriana eran delicados, y su melancolía le hacía parecer más bella, pero se la veía tan lánguida que prefería, antes que nada, yacer todo el día en la cama o en el sofá, los cuales estaban recubiertos de terciopelo carmesí... o en el suelo, pues el suelo y las paredes también estaban recubiertos con la misma tela del mismo color. La habitación era cálida en invierno, fresca en verano y seca todo el año, y sólo faltaba allí la luz del sol. Allí, Lica y su doncella de confianza, Tácita (una peliverde muy solícita y sensible), mantenían a lady Adriana en una atmósfera de dulce tristeza ofreciéndole carne de urogallo negro, y moras, junto con Beaujolais y cassis, y le tocaban sólo piezas de Chopin. 4. LUMINOSO Y PENUMBRA

Al final, Lica consiguió lo que quería. Un día de primavera, al salir el sol, nació el hijo de Aurora. Nada más abrir el varoncito los ojos, la hechicera lo confió a Severo y le dio instrucciones precisas sobre cómo educarle. Desesperada, a lady Aurora se le partió el corazón. Y lo que perseguía Lica era que él nunca viera la oscuridad, ni una sombra, ni una fémina, en su vida. Así que el montero le entrenó para que sólo viera colores claros, y se durmiera antes del atardecer, y se despertara después de romper el alba. Al final, se bañaba con el sol en la habitación que le vio nacer, y se acostumbró por completo a la luz y al calor -pues Severo le sacaba al llano, desnudo, los días soleados, para que madurara como una fruta. Recibió una instrucción militar, por decirlo así, para que cada uno de sus músculos se irrigara de sangre por completo. Los cabellos del chico eran rubios, y sus ojos eran cada día de un azul más oscuro. Se llamaba Luminoso, y era el ser más alegre y risueño que entonces y allí existía. Seis meses después, una procelosa tarde, nació la hija de Adriana en su calabozo privado de ventanas. La pobre joven cerró sus ojos para siempre en cuanto la hija que apenas la conocería abrió los suyos por primera vez. Penumbra, pues así llamaron a la niña, se parecía cada vez más a quienes le dieron la vida. Era rubita, pálida como la cera, con el mismo parecer dulce y triste, y los ojos de un azul cada día más claro. Lica, con ayuda de Tácita, se aseguró que no viera un rayo de sol ni una persona del sexo opuesto. Bajo una frente surcada de mechones revueltos, los ojos de Penumbra parecían dos agujeros, a través de los cuales despuntaban las estrellas en las nubes de una tarde de otoño. Era una criaturilla linda y triste. Sólo la hechicera y su sirvienta de confianza sabían que existía la lechucita. Dormía -según su educación- todo el día y despertaba tras el crepúsculo. Lica le enseñó música, las piezas más conmovedoras de Chopin, y nada más. 5. LA EDUCACIÓN DE LUMINOSO La llanura en la cual destacaba la fortaleza de Lica era uno de los mejores cotos de caza que entonces existían. Estaba cubierta de flores y hierbas aromáticas, y retama y espliego y llantén, con un bosquecillo de pinos aquí y otro allá. No era de extrañar la presencia de regimientos de venados y corzos en aquel paraje, por lo tanto. Luminoso pasó de una montura a otra cada vez que crecía y progresaba como jinete, hasta llegar a un soberbio lipizano blanco como la leche. Igualmente cambió de táctica al cazar: de trampas a arcos y flechas, hasta manejar una ballesta. Así se convirtió en un prodigioso jinete y tirador, que abatió a la edad de catorce primaveras a su primera presa. Y solía, ¡cómo no!, salir a cazar y estar fuera todo el día. Pero la hechicera le había dado a Severo órdenes estrictas de que el chico no viera nunca la oscuridad (aparte de a individuos del sexo opuesto) y regresara a su hogar antes del atardecer, lo que espolearía a su discípulo a romper la prohibición; lo cual les obligaba a cumplir con su deber. Y es que Severo acataba las órdenes de su señora porque la temía: cada vez que ella le miraba, a él se le detenía el corazón y sentía que por sus venas corría agua en vez de sangre. No es de extrañar que comenzara a preocuparse cuando Luminoso se hizo adolescente, porque halló que era más dificil de controlar cada día. Estaba el chico tan lleno de vida, que parecía más un rayo que un ser humano. No conocía el miedo, y , por su inconsciencia del peligro, había recibido una grave herida de asta en el costado derecho durante una de sus

cacerías. Cuando espoleaba a su caballo en medio de una manada, con ballesta y espadín, antes de que Severo llegara con refuerzos, el preceptor pensaba en cómo sería al ser incapaz de resistir la tentación que ofrecían los linces en el pinar. Porque, desde su infancia, el joven había estado tan expuesto al sol que miraba a cualquier peligro con ironía desde la atalaya de la fierté. Cuando cumplió los dieciséis años, recibió la orden directa de Lica -la primera mujer que vería en su vida- de volver a sus aposentos antes del ocaso, acompañando la prohibición con amenazas de inexplicables torturas. Luminoso escuchaba con atención; pero, desconociendo él el miedo y la tentación de la noche, las palabras de la hechicera eran para él de poca importancia. 6. LA EDUCACIÓN DE PENUMBRA Por razones que no vienen al caso, Lica nunca puso un libro en manos de Penumbra. Sin embargo, la niña logró persuadir a Tácita que le enseñara a leer y escribir. Y así fue. A veces, la sirvienta subía a la biblioteca y le traía un libro de ciencias. Pero su placer favorito era la música. Más de una vez había pasado sus dedos, al tocar una polonesa, sobre las teclas del clavecín. Era feliz, pero todo el mundo que conocía se resumía al espacio de aquellas cuatro paredes. Y aún comenzó a nacer en su pecho el deseo de algo diferente. No sabía qué era aquel sentimiento, pero podía expresarlo con palabras: creía que había algo más allá. Si Lica y Tácita entraban y salían de la habitación, tendría que existir, por lógica, más espacio fuera de su habitación. Cuando se quedaba sola, Penumbra solía observar los bordados de las paredes. Representaban varios procesos biológicos, y le repetían, de forma más amena, lo que había leído en los libros. Sin embargo, había algo que le enseñaba más que todo lo demás: la lámpara, una esfera de fluorita que colgaba del techo, la cual siempre veía encendida, a pesar de que no veía los procesos químicos que lo posibilitaban. La suavidad de la luz y la forma esférica de la lámpara atraían sus ojos y la asociaban con la idea de espacio. Solía quedarse una hora o dos con la vista fija en la lámpara, y sentía entonces su corazón llenarse. Se preguntaría que le hacía sentirse incómoda cuando veía sus mejillas surcadas de lágrimas y se preguntaba cómo había podido ser herida sin ser consciente de ello. Así que nunca miraba la lámpara excepto cuando estaba sola. 7-LA FUGA Lica daba por sentado que sus órdenes eran siempre acatadas, y también que Tácita estaba toda la noche con Penumbra. Pero la sirvienta no se había acostumbrado a dormir durante el día, y la solía dejar media noche sola. Entonces Penumbra intuía que la lámpara estaba velando por ella. Puesto que le estaba prohibido salir de su aposento, la muchacha -excepto cuando cerraba los ojos- conocía mejor la luz que la oscuridad. Y puesto que la lámpara estaba en el centro de la habitación, ella también desconocía las sombras. Las pocas que se proyectaban caían directamente sobre el suelo y sobre los zócalos. Una vez que Tácita le había dejado sola, pudo oír un rumor en la distancia. Nunca le había escuchado un sonido cuya causa le fuera desconocida, y, por tanto,era la prueba para ella de que existiera algo más allá de aquellas cuatro paredes. Luego vino una sacudida y la lámpara cayó al suelo, fragmentándose, y ella sintió como si tuviera los ojos cerrados y vendados.

Llegó a la conclusión de que era la oscuridad la que había provocado todos aquellos hechos. Se sentó a temblar como una hoja seca. La actividad sísmica cesó, pero la luz no volvió: la oscuridad se la había tragado. La pérdida de la lámpara hizo que despertara en el pecho de la joven el deseo de salir de su prisión. Ignoraba lo que “allá fuera” era: todo su mundo se reducía a la extensión de la habitación. Recordó de improviso que Tácita decía a veces “la luz se va”. ¿A dónde se habría ido la luz? ¿Con la sirvienta, tal vez? Era lo más probable. Tal vez ella regresaría con la luz. Pero Penumbra era demasiado impaciente: debía encontrar la lámpara y su luz. El deseo de salir era irresistible. Había una cortina que cubría un ábside en la pared, y donde guardaban sus juguetes; y Lica y Tácita aparecían siempre por detrás de esa cortina, y desaparecían igual. La chica no tenía ni idea de cómo ellas podían atravesar la pared, o lo que daba ilusión de ser pared. Así que se puso a tantear las paredes. Estaba tan oscuro que un gato no podría cazar allí. Penumbra tenía mejor vista que si fuera una gata, pero ahora no le servía de nada. En su andar, pisó un fragmento de lámpara. Había ido descalza toda su vida, y el fragmento, a pesar de ser de suave fluorita, la hirió ligeramente. Ergo, se arrodilló y recogió unos tres fragmentos, los reunió y tó cabos: al distinguir la forma de la lámpara, intuyó que la lámpara estaba muerta, y que, por lo tanto, la oscuridad debía de haber matado a la lámpara. La lámpara estaba muerta, puesto que la luz se había ido. “La luz se ha ido”. Tal vez estuviera en aquella parte de la pared. La chica se levantó y llegó hasta la cortina. Nunca antes en su vida había intentado escapar, e ignoraba cómo escapar, pero comenzó a recorrer táctilmente la pared. Pero ésta pared era dura y maciza, así que lo intentó con las otras tres. Entonces pisó otro fragmento de lámpara, que penetró en su carne donde había recibido la primera herida, y , por reflejo, ella se precipitó hacia adelante... a través de la cortina, fuera de la habitación. “Aquí fuera es igual que allá dentro, porque hay la misma oscuridad”, pensó. Pero luego sintió una gran alegría: un palpitante puntito de luz hendía suavemente el aire, más y más cerca de ella, como propulsado por su luz. Era una luciérnaga que había llegado desde el jardín, pero la muchacha la tomó por la luz de su querida lámpara, que había escapado de la oscuridad. -¡Me has estado esperando aquí todo el rato! ¿Esperabas a que te siguiera, eh? -se dirigió a la luciérnaga. Tomó el pulso de luz que había obtenido por respuesta como un sí. Así que siguió al insecto, el cual también buscaba su libertad. “Cualquier luz servirá, si me guía hacia más luz”. El objeto dorado y verde propulsado por su luz voló palpitando por un estrecho corredor, y la joven lo seguía a retaguardia. De pronto, la luz se levantó, y Penumbra tropezó con una escalera de caracol, que se perdía hacia arriba. Nunca antes había visto una escalera. Mientras la ascendía, la luciérnaga se apagó para siempre. De nuevo, la oscuridad total. Así que la muchacha siguió todo recto y llegó a una puerta cerrada con un cerrojo, que logró abrir... …¡y se halló entre la sorpresa, la admiración y la euforia! ¿Qué era aquella sensación? Ante ella se veía un pasillo muy largo y estrecho, y que crecía en largo, en ancho y en profundidad. Era seis veces más brillante que su habitación. No podía, llevada por la euforia, distinguir si estaba con los pies en la tierra o flotando como la luciérnaga. Sin querer, la joven que había

sido toda su vida una prisionera dio un paso adelante, más allá del umbral, y se halló en medio de una gloriosa noche estival, iluminada por una luna completamente llena, que ella veía como esférica. -Es mi lámpara... -pensó emocionada y mirándola fijamente. -No. Es la lámpara de las lámparas. Y cayó de rodillas y extendió sus brazos hacia la luna.Todo lo que había descubierto era, para Penumbra, una resurrección, un volver a nacer. Con el vasto firmamento, azul de Prusia y salpicado de brillantes como pequeños diamantes y esa luna tan suave y clara, ella se sentía tan feliz, a pesar de desconocer todo aquello hasta la fecha... Algo suave la acariciaba la abrazaba y la envolvía. “Será la respiración de otro ser vivo”, pensó Penumbra extasiada. Ella sólo conocía el aire en calma, y aquél era su primer contacto con el aire en movimiento. Era como un licor que la llenaba de euforia pura. Era como si llenara sus pulmones de luz. Se sentía aniquilada y exaltada a la vez. Ella se hallaba en un bastión, con el jardín a sus pies, pero no se atrevía a mirar hacia abajo. Su mirada estaba vuelta hacia el firmamento. Al final, rompió a llorar, y su corazón se alivió igual que la tormenta precede a la calma. Y entonces se puso a reflexionar. ¡Ella debía atesorar toda aquella gloria! ¡Qué ignorante habían hecho sus carceleros de ella! ¡La vida era un egregio vergel del cual le habían privado! Ellas no debían saber que lo había descubierto. La muchacha tenía la obligación de guardar sus nuevos conocimientos, escondiéndolos en su seno, contenta de poseerlos aunque no pudiera gozar de su presencia. Volvió la mirada, pues, con un suspiro de pura alegría; y, tanteando y a hurtadillas, regresó a su habitación. ¿Qué era la oscuridad para alguien que hubiera visto lo que ella vio? Se había exaltado por encima de todo lo que fuera error. Cuando Tácita regresó, emitió un agudo chillido y por poco se desmaya. Pero Penumbra la tranquilizó y le narró lo acontecido, y, una hora más tarde, la lámpara fue sustituida. El cambio no le resultó extraño. Ahora, consciente de su condición de prisionera, sentía su corazón lleno de gloria y euforia, y no podía dejar de saltar, correr y cantar por la habitación. Le costaba controlarse. Sus sueños dejaron de ser monótonos y en blanco y negro. Es verdad que, a veces, no podía esperar a ver sus tesoros. Y razonaba así: “Mi lámpara de aquí dentro no es nada comparada con la imponente lámpara y las incontables lamparillas de allá fuera.” Nunca dudaba de que “la lámpara de fuera” se tratara del sol, que no había visto en su vida, pero acerca del cual había leído; ni de que “la lámpara de dentro”, artificial, fuera la luna. 8-SEGUNDA, TERCERA CUARTA Y QUINTA ESCAPADAS Pasó algo de tiempo entre la primera salida de Penumbra y la segunda, ya que Tácita se había puesto más en guardia y velaba más por ella desde el incidente de la lámpara. Pero, una noche que la joven estaba en cama al dolerle la cabeza, ella pudo oír a la sirvienta acercarse. Decidió Penumbra hacerse la dormida, y Tácita la dejó sola al ver que tenía los ojos cerrados y estaba inmóvil del todo, con la respiración acompasada. La falsa durmiente abrió los ojos mientras la sirvienta le volvía la espalda para desaparecer a través de lo que parecía un tapiz. Se levantó, tanteó la pared, recorrió la escalera tras salir y se halló de nuevo en el bastión. Pero la Gran Lámpara no estaba en su lugar: había desaparecido. ¿Se habría roto? Ella bajó la mirada, pero

sólo pudo ver un suelo de granito sin fragmentos de lámpara. La supuesta respiración acarició sus mejillas y jugó con sus claros cabellos de nuevo. Pero también cesó. “Se ha ido también”, pensó. Las lamparitas se batieron en retirada, una tras otra, y parecían despedirse de ella. “También se van...” El rumor del arroyo, que no había oído en su primera visita, parecía marcar el compás. Todo lo de “allá afuera” se desvanecía, y se quedaría allí sola e indefensa. ¿Reemplazarían las lámparas del firmamento? ¿No había nada que hacer al respecto? Ella regresó a su habitación muy triste, pensando en que, por hache o por be, debería haber espacio allá afuera. Cuando Penumbra dejó su encierro por tercera vez, una luna creciente despuntaba por el este. Ella pensó que la lámpara había sido, en efecto, reemplazada. Sería imposible contar cuántas revoluciones sufrió su estado de ánimo: más que las fases de mil lunas. Un placer fresco despertaba en ella por cada aspecto del devenir. Concluyó que las diferentes lunas eran una y la misma, que entraba y salía como ella e, igualmente, crecía y se reducía. ¿Estaría también en una prisión en su ausencia? Entonces, ella miró hacia abajo, y fue entonces cuando vio los árboles del vergel. Había plataneros que daban fruto, fragantes pinos carrascos, adelfas con sus flores hermosas pero letales, y naranjos bordes llenos de esferas anaranjadas. Observó una pequeña cascada que describía la corriente. No sabía de otra agua que la de los libros, la que bebía y la que empleaba para bañarse, y al ver la luz de la luna reflejada en el arroyo, le pareció que estaba vivo, como una serpiente que entraba y salía de la fortaleza constantemente. ¿Y si lo que había bebido y gastado para bañarse fuera agua muerta, a la que hubieran inmolado? La cuarta salida fue en medio de una feroz tormenta. Los árboles rugían y las nubes cubrían las lamparillas. Todo estaba airado. Ella sintió sus mejillas azotadas y su vestido agitado cual cometa sin hilo. Parecía que todas las criaturas (nubes, árboles, agua...) tuvieran una fuerte discusión. ¿Qué habría hecho para provocarla? ¿Cómo se resolvería tal caos? La luna despuntó de improviso, esférica y rojiza -tal vez de ira, para reprochar a sus hijos. Y mientras la luna se levantaba; se hizo la calma, los árboles cesaron de agitarse y las nubes se dispersaron. Y cuando la luna se hallaba en su apogeo, dejó de estar rojiza, como si se hubiera tranquilizado tras poner paz entre los suyos. Pero, entonces, las nubes hicieron corro y le pusieron cerco, ocultándola. Del firmamento caían gotas de agua sobre las mejillas de Penumbra. “Será que el sol llora porque le están asfixiando”, pensó. Sin saber qué debería de opinar, regresó a su habitación. La quinta vez, la muchacha salió algo asustada. La luna se veía muy fina, raída y ajada de poniente, pero era aún capaz de brillar. 9.-EL TIRADOR COBARDE En cuanto a Luminoso, seguía con sus cacerías y sin conocer las noches, la luna ni las estrellas. A lomos de su lipizano -el cual montaba a la húngara, a pelo-, recorría las llanuras bañándose de sol, desafiando al viento y abatiendo venados. Una mañana que se había alejado bastante de su comitiva, le pareció ver un animal de especie desconocida moverse en un soto que los rayos del sol no podían penetrar. La presa se escurría y se adentraba en el bosque. Él la siguió a caballo y la persiguió cada vez con más encono, pero la escurridiza criatura desapareció. Derrotado, se disponía a regresar cuando se encontró con Severo, el cual le había estado siguiendo. -¿Qué especie era esa, Severo?

-Un lince... No, más bien un zorro, a juzgar por su tamaño y movimientos. -Un zorro cobarde, pues. -No estés seguro. Es de hábitos vespertinos. Ya verás con la puesta de sol... Apenas hubieron dejado sus labios aquellas palabras, se arrepintió. También le preocupó que el joven no respondiera. Pero ya estaba dicho. -Entonces, ¡será uno de los Espantos del Crepúsculo, de los que me han hablado! Siguió cazando, pero no con su talante usual. Había desacelerado al trote y no había abatido ni una presa. Severo observó, preocupado, cómo su protegido se acercaba al lindero del bosque cada vez más. Pero, de repente, con la puesta de sol, hincó las espuelas y regresó al castillo antes que el resto del séquito, sin mirar atrás. Cuando llegaron, vieron el caballo en la cuadra y concluyeron que debía de haberse ido a la cama. Pero el joven tirador se había ido al bosque a pie, antes del atardecer. Las agujas de los montes habían comenzado a ruborizarse. “Ahora veremos, fiera corrupia”, pensó Luminoso, de nuevo el mismo garçon fier de costumbre. Pero se lo dijo en la cara a lo desconocido. En cuanto el sol comenzó a ocultarse detrás de las montañas, una sensación súbita se apoderó del joven, como si una garra fría hubiera entrado en su pecho y le atenazara el corazón. Y, como nunca antes había sentido miedo, se quedó paralizado. Mientras el sol desaparecía, las sombras ganaban en extensión. Estaba tan paralizado que no podía pensar con claridad. Cuando el último rescoldo del sol se apagó, el horror que sentía rayonaba en lo irracional. Como una guillotina al caer la hoja, o dos párpados al cerrarse (era luna nueva), el horror y la oscuridad se unieron, y él los sintió. No era el hombre que pensaba que era... le faltaba valor... si tuviera valor... el valor le había dejado... no podía mantenerse en pie, porque no podía tensar ninguno de sus músculos... él no era nada más que una chispa de sol. ¡La bestia estaba detrás de él, acechándole para atacarle a traición! Luminoso volvió la espalda. Todo el bosque estaba oscuro, pero le parecía ver pares de ojos en las tinieblas, y no tenía fuerzas para siquiera alzar la ballesta. La desesperación le dio fuerzas, pero no para luchar, sino para correr. Sólo podía pensar en el valor para dejar su hogar, y no venía a él. Pero se le había entregado lo vergonzoso que no poseía. Un ulular en off le espoleó como a un corzo herido. No era siquiera él el que corría, era el miedo, que se había apoderado de sus piernas: no sabía que se estuvieran moviendo. Pero, mientras corría, ganaba el valor para ser cobarde. Las estrellas daban una tenue luz que le guió. Surcó, disparado cual bala al accionar el fusil, las hierbas de las llanuras sin ser perseguido. ¡Quién le ha visto y quién le ve, al fier ballestero que llegó al bosque media hora antes! Aquel que rechazaba se trataba de cobarde a sí mismo. Parecía un espectro que el viento arrastraba consigo. Surcó el llano como una estrella fugaz. De pronto, todo el paisaje se alzó contra él y le persiguió. El viento silbaba, y toda la fauna vespertina de la región se unió al coro. En línea recta, Luminoso regresó al castillo sin respiración y sin que sus pulmones pudieran coger más oxígeno. ¡La luna le observaba en cuanto entró en el patio. Nunca antes la había visto. ¡Le parecía tan horrible! Era la Oscuridad Viva, despuntando desde los bastiones para helarle la sangre y hacerle perder el juicio! Saltó al curso de agua que se interponía en su camino y lo cruzó a nado a duras penas para caer rendido, sin sentido, sobre la hierba. 10-EL ENCUENTRO Penumbra se abstuvo de salir “allá afuera” una buena temporada. Podía haber escapado sin esr descubierta de no ser porque Lica se viera forzada a guardar cama debido a sus frecuentes accesos -se habían generalizado últimamente. Tácita, habiendo de cuidar día y noche de su señora, decidió atrancar la puerta de la habitación de Penumbra. Así que la chica se quedó sorprendida al ver que la pared de tela no cedía. De modo que halló por casualidad, en la

pared opuesta, el disparador que la hacía abrirse y cerrarse. Esta vez se abrió una trampilla a sus pies, sorprendiéndola y haciéndola deslizarse por un pasadizo iluminado por la luna, al final del cual se halló en el jardín, debajo del bastión al cual había subido hasta la fecha. Sus pies descalzos fueron acariciados por la suave hierba. Una brisa recorría correteando el vergel, como una niña consentida. La joven correteaba a hurtadillas por el césped, mirando a su sombra de vez en cuanto. Al principio la había tomado por un animalito que se había encariñado con ella, pero cuando percibió que cada árbol tenía una y que todas estaban alejadas de la luna, dejó de prestarle atención y de perseguir su sombra como una gatita lo haría con su rabo. Se hizo amiga de uno y otro árbol, y de pronto percibió que uno era diferente a los demás: era de tronco blanco, liso y frío, y hojas y frutos centelleantes. Crecía muy rápido y parecía cantar mientras brotaba. Al acercarse, intuyó que se trataba de un árbol de agua. La muchacha hundió los pies en la pila de la fuente, que según ella era un parterre de agua, viva y fresca: mano de santo en una noche calurosa. Pero las flores se volvieron sus más íntimas amigas desde que las vio. ¡Qué criaturas más prodigiosas eran, tan suaves y bellas, y enviando siempre tales fragancias y colores! “Lo ubicuo e invisible”, que parecía una respiración, los llevaba consigo. Siguió caminando hasta alcanzar la serpiente de agua. Incapaz de continuar (pues no sabía nadar), se sentó en la orilla y volvió a mojar los pies en el agua, notando la corriente contra ellos. Se sentía más que extasiada observando el reflejo de la Gran Lámpara en los rápidos. Así permaneció varias horas, hasta que una linda mariposa pasó volando a la altura de sus azules ojos. Se levantó para perseguirla. Su corazón era una inagotable fuente de cariño: amaba todo cuanto veía. Pero mientras Penumbra seguía en pos de la mariposa, algo tendido a la orilla captó su atención. Y ella, curiosa y sin haber aún conocido el miedo, se acercó de inmediato. El objeto en cuestión resultó ser la chica más extraña que había visto en su vida. Yacía inerte, vestida con calzas, botas y jubón de cuero. Sus hombros eran anchos y sus mejillas estaban cubiertas de una rala pelusilla. Los senos no eran muy prominentes. “¿Estará viva o muerta?” dudó Penumbra. Estrechó el cuerpo inerte a su regazo y pudo notar el débil pulso de su corazón dentro del pecho. Respiraba, aunque de forma imperceptible. Penumbra volvió a estrechar el cuerpo desconocido y éste volvió en sí, abriendo unos ojos azules, y la miró fijamente. En cuanto la vio, contuvo la respiración. Aquellos ojos parecían brillar de valor y calmar su agitación. Al fina, con una voz débil y trémula, le preguntó: -¿Quién eres? -Me llamo Penumbra... -Eres una criatura de las tinieblas... -Lo soy, pero amo el día, de todo corazón, y duermo de noche. -¿Cómo puede ser? -le preguntó Luminoso a la desconocida mientras se incorporaba. -¿Cómo puede ser que estés despierta y con los ojos abiertos a estas horas? Ella no le entendía, pero sonrió y le acarició las mejillas en respuesta. “¿Es acaso un sueño?” pensó él, frotándose los ojos. Recordó entonces lo sucedido, se acurrucó y lloró por primera vez en su vida: -¡Voto a bríos! ¡Soy cobarde! ¡Qué deshonra, qué afrenta, qué desgracia! -¿Qué te pasa? -Penumbra se dirigió a él con una amable sonrisa. -Es todo ésto... la oscuridad... y los susurros... -No hay susurros, cariño. ¡Eres tan sensible! Lo que oyes es el rumor del agua al correr, y los pasos de la criatura más dulce que existe. Es invisible, y yo la llamo lo Ubicuo Invisible, porque está en todas partes, y calma a todas las demás criaturas. Les acaricia, les besa, les sopla en la cara... Si te asusta cómo suena, imagínate cómo es cuando se enfada. -¡Está todo tan oscuro...! -Luminoso se había tranquilizado al escucharla, cuando pronunció estas palabras. -Deberías estar en mi habitación cuando se rompió la lámpara. Allí sí que estaba oscuro. Por

cierto, tú tienes ojos. ¡Ya sé! No puedes ver en la oscuridad. No te preocupes: seré tus ojos. Mira estas cositas con hojas suaves y de colores. ¡Son mis favoritas! -le mostró unas flores de jara. -¡Podría quedarme a mirarlas todo el santo día! Luminoso no podía distinguir que de flores se trataba. Penumbra le estaba ayudando a vencer su miedo, pero él no podía olvidarlo. -¡Dices que está oscuro! -ella se rió.- ¡Y yo puedo contar cada brizna de hierba en tres pasos a la redonda! ¡Mira cómo está de esférica la Gran Lámpara hoy! ¡No hay razón de tener miedo! -ella le acarició las mejillas y le acarició los cabellos hasta donde los recogía el lazo de la coleta. Él estaba a punto de decirle que la lámpara le asustaba, que le parecía un mensajero de la muerte, pero tampoco era un ignorante, y sabía que era una chica con quien estaba conversando, aunque nunca hubiera visto una tan joven antes; y, mientras ella le tranquilizaba, él se sentía aún más avergonzado. Él podría herir sus sentimientos. Así que él decidió no moverse. Si ella le dejara, él rompería a llorar. -¿Cómo y de dónde veniste aquí? -Penumbra volvió a preguntarle. -Desde el bosque que hay allende la puszta. -¿Y dónde duermes? -En el capitel. -señaló el torreón que era su aposento. -Cuando hayas aprendido a no temer, serás libre de salir conmigo cuando quieras. Ella pensó en preguntarse cómo había llegado a alcanzar la libertad que se le había negado hasta entonces. -¡Mira los colores de éstas flores! ¡Las rosas son amarillas! -prosiguió, a pesar de que él no podía ver ni una única flor.- ¡Y huelen tan dulce, y están vivas! Él deseaba que ella dejara de hablarle de cosas que él era incapaz de ver, y se aferraba constantemente a ella, como si recibiera una inyección de terror por cada vez que ella le dirigía la palabra. -¡Venga, cariño! ¡Has de ser una chica valiente...! -Penumbra le seguía animando. -¿Una chica... yo...? -Luminoso se sintió arder por dentro de ira. -¡Si fueras un hombre, te mataría de inmediato! -¿Qué es eso? ¿No somos chicas las dos? -No es así. Aunque -se postró de rodillas ante ella- he de admitir que te he dado una buena razón para que me trates de “chica”. -¡Ya lo entiendo! ¡No eres una chica porque las chicas no son tan miedosas! ¡Ergo, estás asustado porque no puedes ser una chica! -No es por eso. Es por ésta oscuridad que penetra en mi cuerpo, me atraviesa, me cala hasta los órganos vitales. Es lo que me hace comportarme como una chica. Si saliera el sol... -¿El sol? ¿Qué es? -ahora era Penumbra la preocupada. -El sol es vida, es la Gloria del Universo. El corazón de un hombre es fuerte y valiente a su luz, y cuando se pone, el valor flaquea (también se pone) y uno se queda como me has visto. -Entonces, -ella señaló la luna llena- ¿aquello no es el sol? ¿Esa fea y horrible esfera? No sé nada sobre ella. Podría tratarse del espectro de un sol muerto. ¡Lo es! Por eso me da tanto miedo. -Yo no me lo creo. Sería el sol el espectro de una luna muerta. ¿Entonces, hay un segundo firmamento, donde vive el sol? -No sé a qué te refieres. Pero tus intenciones son buenas, aunque trataras de chica a un pobre diablo. Si me dejas, ¿podría dormir en tu regazo, confiando en que velarás por mí? -Así sea. Él asentó la cabeza en el regazo de ella y se rindió al sueño. Allí se sentó la muchacha, y el joven durmió toda la noche; como una Pietà barroca. Luminoso dormía como un inocente, y Penumbra no se movió para no despertarle. La luna estaba entronizada en la eternidad azul; el arroyo seguía con su suave cantar; la fuente seguía disparándose hacia la luna, como una flor plateada que se deshojaba constantemente;

el viento correteaba por entre los troncos; las florecillas dormían, pero ella lo ignoraba; las naranjas colgaban de las ramas como farolillos; y el olor a rosas llenaba el vergel como si fuera la fragancia de la luna. Al final, Penumbra no tardó en cansarse. El aire comenzaba a refrescarse. Por poco cierra los ojos, para volver a su deber de velar por los sueños de su nuevo conocido. Entonces, algo cambió. La luz de la luna comenzó a disiparse, se estaba muriendo, presentía que algo le iba a suceder. Y de pronto, todo se volvía cada vez más claro. ¿Cómo podía la luna emitir más luz de la que tenía? Estaba cada vez más pálida, y se iba disolviendo como un terrón de azúcar en una taza de agua caliente. Asustada, la chica buscó refugio en el rostro oculto en su regazo. ¡Qué apuesto era! ¿Cómo podría sentir miedo al ser tratado de chica? 11-DESLUMBRADA Y, por ensalmo, el firmamento adquirió en el este los colores amarillo y rojo de las rosas. ¡Qué colores más hermosos! ¡Y que criaturillas traía consigo! Las había visto antes, en las paredes. Entonces, se puso a reflexionar mientras todo se volvía cada vez más claro; y la luna, cada vez más débil. La luna se estaba muriendo para convertirse en sol, pero... ¿por qué se iba aclarando todo lo demás? ¡La claridad era la muerte! ¡La misma Penumbra iba a morir! ¿Se convertiría en un hombre apuesto, como el de su regazo? Se sentía desfallecer, ya que estaba perdiendo fuerzas, mientras todo lo demás se volvía cada vez más claro. ¡Iba a perder la vista muy pronto! ¿Qué perdería primero: la vista o la vida? Mientras el sol se alzaba, Luminoso se desperezó, y se levantó con una gran sonrisa y su corazón lleno de su proverbial fierté. Penumbra emitió un chillido, se cubrió los ojos con las manos y, cerrando los ojos fuertemente, extendió los brazos hacia él. -¿Qué sucede? ¿Voy a …? ¡No! ¡No quiero morir tan joven! ¡Me quiero esconder! ¡Ay mísera de mí, ay infelice! -¿Qué te pasa? -le respondió él, con la arrogancia de todos los varones que no han sido enseñados. Recogió su ballesta y se puso a examinarla. -No te asustes así. Es sólo el sol. El día acaba de comenzar. Hasta luego. Gracias por dejarme descansar. Me voy, en fin, y si puedo hacer algo por ti, ya sabes. -¡No me dejes! ¡No te vayas! ¡La luz está privándome de todas mis fuerzas! -él ya había saltado al agua para cruzar el arroyo a nado. -¡Estoy tan asustada! -Ella no obtuvo respuesta. Él había ya llegado a la otra orilla y seguía corriendo colina arriba. Entonces el sol se levantó por detrás del joven; la gloria del astro rey reinaba, haciendo brillar sus claros cabellos. Parecía el Apolo de Versalles, una varonil forma refulgiendo entre las llamas. Cargaba con un dardo la ballesta y apretó el gatillo. El proyectil salió disparado con un suave sonido y Luminoso, en pos de él, desapareció con un grito de euforia. Pero Penumbra sentía su cabeza atravesada. Se colapsó en la oscuridad total. Todo era una conflagración en torno a ella. En su desesperación y su tormento, ella regresó a su hogar, tanteando con duda y dificultad. Cuando, al final, su cómoda habitación le dio la bienvenida, se dejó caer rendida en la cama. Y allí siguió durmiendo como un tronco, mientras Luminoso, en la gloria del sol, seguía persiguiendo corzos en la llanura sin pensar en que ella yacía en algún lugar, triste y desamparada, habiendo sido su refugio, sus ojos y su almohada. Estaba lleno de orgullo y de gloria; las tinieblas y su deshonra no eran más que un recuerdo. 12-LA ENFERMEDAD DE LUMINOSO Pero apenas le había dado el mediodía, él comenzó a recordar la noche anterior, y recordarla con vergüenza. ¡Había probado que era un cobarde, y no sólo a sí mismo! ¡Que era atrevido a la luz del día, cuando no había nada que temer, pero temblaba cual hoja seca al caer la noche! Debía haber algo detrás... ¡Le habían hechizado! ¡Había, tal vez, ingerido algo que no iba con

el valor, y sin ser consciente de ello! ¿Cómo iba a querer saber cómo era la puesta del sol? ¡No era extraño que le sorprendiera ver como era! Uno no podía ver de dónde venía el peligro en la oscuridad: uno podría resultar malherido sin saber a dónde apuntar. Empleó todas las excusas posibles, ansioso como el narcisista que busca aligerar su autorrechazo. El día que preocupó a los demás cazadores con una arriesgada hazaña para probarles a ellos, y a sí mismo, que no era cobarde. Pero nada podía aliviar su vergüenza. Sólo le quedaba una esperanza: hacer frente a la oscuridad, ahora que la conocía más a fondo. Era más noble encarar lo conocido que acercarse con precipitación a lo desconocido. Para un tirador y jinete como él, con su fuerza y valor, sólo había peligro. No había derrota. Conocía mejor las tinieblas, y les plantaría cara igual de tranquilo e impasible. “Ya veremos”, se dijo. Estaba de pie bajo una encina mientras el sol se ponía, más allá de las montañas. Apenas se había puesto, él se puso a temblar como una de las hojas a sus espaldas. En cuanto el disco solar desapareció, él echó a correr, cada vez más asustado, saltó al arroyo y se halló tumbado en el césped, igual que la noche anterior. Pero, al abrir sus ojos, no vio a ninguna chica mirándole, solo las estrellas de una noche desolada; el enemigo al que había desafiado de nuevo, pero no podía encontrar. Tal vez la muchacha estuviera bajo el agua. Se echó a dormir, convencido de que, al despertar, vería su cabeza asentada en el regazo de ella, y un rostro de azules ojos y blondos cabellos reclinado sobre su espalda. Pero no fue así, pues vio su cabeza tendida sobre la hierba y, a pesar de haber recobrado su valor, no estaba tan lleno de vitalidad como el día anterior. Y, a pesar de que la gloria del sol ocupaba su corazón y su sangre, se mostró menos entusiasta, comía cada vez menos y se mostraba cada vez más reflexivo. ¡Derrotado por segunda vez! ¿Dependía su valor de la luz del sol? ¡Qué criatura más ridícula debía de ser entonces! ¡Si fallaba a la tercera, no se atrevía a presentir lo que pensaría de sí mismo! Ya había sido derrotado suficientes veces. A la tercera, iría la vencida. No fue así. En cuanto se puso el sol, él echó a correr como alma que lleva el diablo. Intentó plantar cara a las tinieblas siete veces, y falló las siete; falló con tal incremento del error, cada vez más avergonzado de sí mismo, que, entre el autorrechazo y la inseguridad, su valor diurno comenzó a disiparse gradualmente. Y, con el frío de las tardes y al mojarse con la ropa puesta noche tras noche, y con la vergüenza de la vergüenza, se vio incapaz de conciliar el sueño, y, el séptimo día, tuvo que guardar cama. La férrea salud que había tenido hasta entonces se rindió, y él yacía llorando y delirando de fiebre. Ya se ha narrado que Lica estaba enferma, y su genio había empeorado, y que la desgracia ajena le hacía sentirse cómoda. Así que se enfadó al descubrir que Luminoso había enfermado. ¡El chico era un maldito fracasado! Ergo, ella comenzó a despreciarle... a odiarle. Le miraba como un autor a una obra suya que había resultado ser defectuosa. En los corazones de los seres mágicos, amor y odio siempre van estrechamente entrelazados. Y puesto que Luminoso también había echado por tierra las esperanzas que ella tenía de Penumbra, y había convertido a la joven en una enfant terrible, Lica también llegó a odiarla. Pero la hechicera no estaba tan enferma como para que le impidiera entrar en la habitación de Luminoso y torturarle. Le decía que le dessspreciaba como a una ssserpiente, arrastrando las eses. Él penso que quería matarle, y no se atrevía a rechazar cualquier cosa que ella le ofreciera. Lica hizo cerrar el ventanal gótico, para que ni un haz de luz penetrara en la estancia. Cogió uno de sus dardos y ya le hacía cosquillas al joven con la pluma, ya le clavaba la punta hasta que brotaba sangre de la herida. Su intención resulta imposible de explicar, pero el caso es que tan sádica acción espoleó a Luminoso a decidir escapar del castillo lo antes posible. ¿Y si sus padres siguieran con vida allende el bosque? No temería nada de no ser por las noches. Pero ahora, indefenso en la oscuridad, venía a su ensoñación febril el rostro de la adorable criatura que se mostró tan dulce con él. ¿Volvería a verla? ¿Por qué no había vuelto a aparecer?

Le había enseñado a no tener miedo a la oscuridad, ya que ella no lo tenía. Pero, ¿por qué le asustaba la luz del día? Tal vez alguien tan acostumbrado a las tinieblas debía tener miedo de la luz. Entonces su egoísta alegría de aquel amanecer había herido sus sentimientos, y era pagada con indiferencia. Si había animales de hábitos vespertinos, ¿por qué no iban a existir personas que no podían tolerar la luz? ¡Si pudiera reencontrarla! ¡Se comportaría de forma muy diferente! Pero también podría darse el caso de que el sol la hubiera derretido, evaporado o reducido a cenizas. 13-LA PERSECUCIÓN Desde aquella mañana, Penumbra no volvió a ser la misma. La fuerte luz había casi sido la muerte para ella, y ahora yacía en su habitación con el recuerdo de un dolor penetrante, algo que no se atrevía a recordar. ¡Pero no era nada comparado con la descortesía con que le pagó aquel que había dormido en su regazo al verla asustarse; ya que en cuanto el sufrimiento pasó de él a ella, lo primero que hizo fue insultarla! Aquello estaba más allá de su comprensión. Ya Lica estaba tramando contra ella, pensando en qué cosas podría hacer para verla sufrir. La expondría al sol para verla morir y aliviar sus propios sufrimientos. Así que, un día, mientras Penumbra dormía como un tronco, la hechicera la hizo meter en una silla de manos y abandonar en medio de la puszta. Lica lo observaba desde su atalaya, con su telescopio, y vio a la muchacha incorporarse y enterrar la cabeza en las manos. “Le dará una insolación”, pensó. De improviso, un caballo alazán desbocado se acercó al galope y se acercó al cuerpo que yacía en la hierba. Penumbra no lo vio. “Ahora, va a ser aplastada”, pensó Lica. Pero el alazán se fue galopando en otra dirección. A continuación, pasó un bayo galopando. La misma historia. Luego, fue un cerdo salvaje. Ídem de lienzo. Lica se enfadó con la creación entera. Al final, los azules ojos de Penumbra se acostumbraron a la intensa luz, y lo primero que vio la reconfortó. Ya conocía la flor de la jara, pero nunca antes la había visto a la luz del día, como un corazón de oro rodeado de una blanca blonda. ¿Quién habría sido ten cruel como para exponer a la luz de la muerte a las pobres florecillas? Y, entonces, reparó en que se sustentaban de la luz que ella creía ser mortal. ¡Cómo de bien debería la pequeña jara conocer al sol, que debería haber visto millares de veces! ¡Y no estaba muerta! Entonces, reparó en la perfección de la forma de la flor, y de cada parte de ella en particular. Y en lo parecidos que eran la jara y el sol. ¿Y si la flor fuera descendiente del sol y, por lo tanto, amada por él? ¿Y si el sol estuviera abriendo a Penumbra como si de una flor se tratara? Ella esperaría y vería. Entonces, se acordó de los ojos del joven que no podía ver en la oscuridad. ¡Si cayera la tarde, suave y envolvente! Decidió esperar, esperar y esperar. Estaba tan quieta que Lica no dudó al creerla muerta. Asegurando su telescopio, Lica subió a la habitación de Luminoso. Él estaba mucho mejor de salud y dispuesto a escaparse en cuanto la hechicera le dejó solo. Así que se levantó, cogió su espadín, ballesta y dardos, un frasco de coñac y un pan blanco. Y se dirigió a la llanura de inmediato. Pero su enfermedad y su miedo a las tinieblas llevaron a que llegara el momento en que sus piernas no le pudieron llevar más lejos, y se sentó pensando en que lo mejor sería morir. Al final, se rindió al sueño y se desplomó sobre la fresca hierba. No había dormido más de media hora cuando despertó, lleno de seguridad. Pues no era el cielo lo que su mirada encontró, ¡sino los ojos de la chica a quien quería encontrar! De nuevo todo estaba bien, y él en su regazo, y volvían a sentirse seguros. -Muchas gracias. Eres un escudo para mi corazón y una excelente quitamiedos. He estado muy enfermo desde la última vez. ¿Cómo has llegado hasta aquí? -Vivo bajo la luna, y muero bajo el sol. -¡Ajá! Si lo hubiera comprendido la última vez, no me habría comportado de esa forma contigo.

Creía que te estabas riendo de mí. Perdóname por dejarte sola aquella vez. Ahora, comprendo que estabas realmente asustada. ¿O no? -Sí que lo estaba. Pero no comprendo cómo puedes tener miedo de la oscuridad. ¡Es tan suave, envolvente y aterciopelada! Te estrecha contre su pecho y te ama. Hace poco, yacía, moribunda, bajo el sol... -¡Ojalá saliera pronto! -No lo desees. No te des prisa, por mí. No tengo a nadie que me proteja de la luz. Como te iba diciendo, yacía medio muerta. Suspiré, la brisa recorrió mi rostro, y miré al cielo. La tortura había acabado. La cabeza me dejó de doler, y fui capaz de ver de nuevo. La hierba de mi lecho se volvió suave y fresca. Me levanté y eché a correr. Y, de pronto, te encontré tumbado. Así que he venido a velar por tí, hasta que lleguen tu vida y mi muerte. -¡Cómo eres de amable! ¡Me has perdonado antes de que te pidiera perdón! Se pusieron a conversar, se contaron su vida el uno al otro y acordaron que debían alejarse de Lica cuanto más mejor. -Nos hemos de marchar. -dijo Penumbra. -En cuanto rompa el alba. -intervino Luminoso. -Espera a que llegue el sol y me de fuerzas, y nunca jamás nos separaremos. -No. Nos hemos de ir ya. Y has de aprender a ser fuerte de noche igual que de día, o sólo serás medio valiente. Ya he comenzado no a luchar contra el sol, sino a vivir en paz con él, y comprender qué es, y sus intenciones: si pretende dañarme o sanarme. Lo mismo has de hacer tú con la oscuridad. -Pero no sabes qué bestias feroces acechan en los bosques. ¡Tienen grandes ojos verdes, y te pueden meterse entre pecho y espalda! -¡Venga! ¡Sé que puedes hacerlo! O si no, fingiré dejarte a tu suerte, para hacerte seguirme. He visto los pares de ojos verdes que tú dices, y te protegeré de ellos. -¿Tú? ¿Y cómo? Si ahora fuera de día, podría protegerte. Pero a éstas horas, no puedo siquiera verlos. No podría ver tus preciosos ojos de no ser por su luz. -Ven o los cerraré, y no los verás hasta que te reformes. Ven. Si no puedes ver las bestias salvajes, yo sí puedo. -¡Puedes! ¡Y me invitas a que venga! -Sí. Y por si fuera poco, las puedo ver antes de que me veas, así que te protegeré. -¿Pero cómo? No sabes disparar ni apuñalar. -No, pero puedo mantenerles a todos a raya. Cuando te encontré, estaba jugando con un par de ellos. Y les puedo ver, y sentir su presencia, antes de que estén cerca de mí. -¿No ves a ninguno? -Luminoso había asentado la cabeza en las manos y cambiado de postura. -No, a ninguno. -Penumbra se levantó. -¡No me dejes, aún así! -¡Shhh! ¡Calla o nos oirán! No nos pueden seguir la pista con el viento en contra. Lo he descubierto. Desde el atardecer, me he divertido poniéndome con el viento a favor... -¿Y qué sucedió? -Se volvía con ojos brillantes, dirigidos a mí. Sólo es que no me podía ver. Pero, siendo mi vista mejor que la suya, le pude ver con nitidez, y sabía que no me podría encontrar si me ponía con el viento en contra. Así hice, pues. Si el viento estuviera a favor nuestro, un ejército de ellos se dirigiría hacia nosotros. Le cogió de la mano. Él se incorporó, y se dejó guiar por ella. Pero cuanto más entrada era la noche, más listo para rendirse parecía. ¡Estaba tan cansado y tan asustado!

-Reclínate en mí. Da algunos pasos más. Cada paso cuenta. Así que siguieron. Los ojos de Penumbra no distinguieron algunos pares de ojos verdes brillando en la oscuridad, y más de una vez dio un rodeo para evitarlos, pero nunca le dijo que los veía a su acompañante. Ella le llevó por la hierba más suave y cómoda, hablándole suavemente todo el rato de flores y estrellas. ¡Cuán cómodas parecían las flores en su verde lecho; y cuán felices las estrellas en su lecho azul! Cuando amaneció, él se recuperó, pero estaba cansado de tanto caminar. Ella, con él por lastre, estaba muy cansada. Estando ambos exhaustos, ninguno podía ayudar al otro. Se detuvieron. Se quedaron abrazados, de pie, en medio de la puszta, ninguno de los dos capaz de dar un paso, apoyados mutuamente en la debilidad del otro; listo cada uno para caer si el otro se movía. Pero mientras ella flaqueaba, él ganaba fuerzas. Y, de pronto, el sol salió como un ave al despegar. Penumbra volvió a esconder los ojos con las manos, como le era de costumbre. -¡Ay! ¡La luz me vuelve a dar! Pero, en ese instante, oyó a Luminoso reír a carcajadas, y estalló a reír ella misma. Ahora estaba en el regazo de él, que la llevaba en volandas, con su cabeza asentada en el hombro de él. Pero no tenía nada que temer. En cuanto Luminoso recogió a Penumbra, el telescopio de Lica les descubrió. Ésta apartó el telescopio en un acceso de ira y se encerró en su habitación. Allí, se ungió con cierta sustancia desde las plantas de los pies hasta la coronilla, y luego empezó a dar vueltas cada vez más frenéticas, cada vez más airada, hasta que le salió espuma por la boca. Cuando Tácita fue a por ella, no la pudo encontrar. Cuando el sol se levantó, el viento cambió de dirección. Luminoso y Penumbra se acercaban al lindero del bosque. Él aún la llevaba en brazos, y ella se agitaba en su regazo. -Se acerca una bestia, con el viento a favor... -dijo ella. Volvieron la mirada hacia el castillo y vio él un punto oscuro en la llanura. Se acercaba a ellos con la velocidad del viento. Se acercaba cada vez más. Él puso a Penumbra a la sombra de una encina, y sacó su ballesta y unos dardos. Apenas había rozado su dedo el gatillo, pudo distinguir que se trataba de una tremenda loba cobriza. Desenvainó, preparó otro dardo por si fallaba y disparó. El dardo rebotó en la piel de la loba. Rápidamente, Luminoso volvió a cargar la ballesta, apuntó al corazón, desenvainó su espadín y volvió a apretar el gatillo. El proyectil se hundió en el pecho de la víctima hasta las plumas. Ésta cayó de espaldas, aulló, se agitó un par de veces y se quedó inerte. -¡La he matado, Penumbra! -Sabía que podrías hacerlo... pero no sin mi ayuda. Luminoso se acercó al cuerpo de la loba. Estaba preocupado porque su primer disparo había fallado, y no quería perder el dardo que había dado en el blanco. Pero no era una loba la que yacía muerta ahora sobre la hierba: era Lica, pálida e inerte, con el proyectil clavado en pleno pecho, entre los senos. Él se lo arrancó del corazón con todas sus fuerzas. No podía dar crédito a sus ojos. La ingenua hechicera se había vuelto invulnerable, pero había pasado por alto que había manipulado uno de los dardos de su futuro asesino. Él se lo explicó todo a Penumbra, quien, llorando y sollozando, no quería mirar. 14- BIEN ESTÁ LO QUE BIEN ACABA

No podían dar un paso más. No temían a nadie que no fuera Lica. La dejaron allí y regresaron. Una nube plomiza cubrió el sol, y Penumbra se sintió muy refrescada por la lluvia y más capaz de ver. Y los dos caminaron suavemente por la hierba mojada. No tardaron en encontrarse con Severo y los suyos. Luminoso les explicó que había disparado a Lica, y los cazadores parecían serios, pero se les entreveía la alegría que sentían en realidad. -Entonces -dijo Severo- voy a enterrar a mi señora. Le pidió a Luminoso que fuera a contar su historia a otros, más poderosos. Pero el joven no quería marcharse sin haber desposado antes a Penumbra. -Porque nadie nos separará nunca. Y si alguna vez existieran dos personas incapaces de vivir la una sin la otra, somos Penumbra y yo. Ella ha de enseñarme a ser un hombre valiente en la oscuridad, y yo he de velar por ella hasta que el sol le pueda hacer ver, en lugar de deslumbrarla. No cabe decir que se casaron aquel día y partieron al día siguiente. Y, en la corte de un lejano país nórdico, conocieron a un embajador de cabellos violetas muy largos y afeitado al cero, que pudo reconocer en el joven extranjero al hijo que nunca antes había visto, y en la joven extranjera a la nuera ideal. Regresaron a sus tierras -pues les pertenecían, al no tener Lica descendencia. Y vivieron siempre juntos en su castillo natal, durante los pocos años de vida que les quedaban por vivir. Pero apenas hubo pasado un año, cuando Penumbra le cogió cariño a la luz del sol, que había hecho de Luminoso lo que era. Y Luminoso le cogió cariño a la oscuridad que tanto le había gustado a Penumbra. -Pero, ¿quién sabe? -le solía decir ésta a su marido. -Cuando perdamos la vida, ¿iremos a un día más grande que tu día, ya que tu día es más grande que mi noche? FINIS.

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