2X01

FIN

No se lo digáis a nadie, pero me invento un 75% de las traducciones que hago. Tampoco es que tenga otro remedio: los textos que me llegan, que son traducciones semirobóticas del chino al inglés, no tienen el menor sentido. Hoy, por ejemplo, estoy con las seis páginas de “manual” de un inflador eléctrico, todo en esta línea: Caution! Hot wires causes can make disfunction abnormally. Mi regla de oro consiste en entregar un 10% más de texto que lo que recibo. En este texto, sin embargo, deslizo otras cosas, algo de poesía automática, hermanas Miralles, atardeceres del mes de septiembre de 1989, en el Puerto de Mazarrón, etcétera. ¡Cuidado! Un aumento de tensión puede suponer que el sistema deje de funcionar con normalidad. Todo se desliza hacia lo metafórico, porque cada vez necesito menos ancho de banda para realizar este trabajo. No está mal pagado. Tampoco bien. Lo hago en negro. Un día a la semana, llevo mi trabajo en un pen y lo entrego a la dependiente de un inmenso bazar, que me da a cambio un sobre con mis euros y un nuevo pen, con otros textos. Trabajo cinco horas al día pero tal vez podría hacerlo en tres y media, sin poesía ni procesos paralelos. No puedo independizarme con mi sueldo, pero sí gastarlo en cosas más o menos inútiles, como cómics o libros, o unas zapatillas para correr de 200€. Una vez “pinché” (simplemente descolgando el otro teléfono) una llamada de mi madre y la oí hablar de mí con una amiga. Le decía que mi problema era que no había superado la ruptura con Tere, que es una antigua novia con quien estuve tres años. A mí Tere me importa (y me importaba, ya que estamos) una mierda o mierda y media, pero me quedé con la coartada. Empecé a

comportarme deliberadamente como una de esas personas con estrés postraumático emocional. Tal vez nadie haya notado la diferencia. XXX Una vez, hace tiempo, yo era más joven e hiperestésico, leí un libro de poemas realmente alucinante. La lectura me provocaba visiones, intensas corrientes sensoriales moviéndose por el espacio, como si al mundo interior le hubiesen dado la vuelta como un guante. El libro se llamaba Los nadadores. En él, lo amniótico es elevado a universal, los colores son placentarios y sombríos, el resto de seres humanos aparece un instante y vuelve a hundirse en la niebla. Además, cómo no iba a conectar ese poemario conmigo, que era un adolescente libresco y misántropo con la sensación perpetua de estar buceando en mi propio yo. O sea, como ahora, pero sin canas. Me voló la cabeza, como dicen los yanquis. De repente, quise ser como su autor, que se llama Justo Navarro. Quise ver el mundo con esos ojos y (re)crear esa belleza. Cómo no atribuirle al tipo características fantásticas, si ante cualquier cosa que me ocurría acababa pensando: qué haría Justo Navarro en esta situación. Justo Navarro pertenecía a una estirpe de dragones. Su nombre era en realidad una adivinanza. Ya sabéis: dos adjetivos, uno abstracto y otro toponímico. Yo me sabía su libro entero de memoria. Trataba de utilizar sus textos para construirlo a él, y a continuación ser yo así. Luego vi a Justo Navarro en una foto junto a una entrevista que le hacían en un suplemento literario, a propósito de una novela que había sacado y que enseguida descubrí que era una mierda. El tipo no parecía de ninguna estirpe de dragones en absoluto. Parecía un catedrático cabrón. Y panzón. Te lo imaginabas cagando y leyendo El País. No era de los míos ni por asomo, ni su mundo amniótico, ni su vida un tobogán emocional. De esta historia aprendí sobre todo una

cosa: que el arte no dignifica en sí, que uno sigue cagando y pensando en cómo va a pagar las facturas, aunque haya escritoLos nadadores. Pero que la dignidad que proyectamos sobre la imagen de un poeta es la más alta que existe, y esto justifica a los artistas que crean personajes consigo mismos, porque esas magias parciales siempre han sido uno de los fines de las artes, en concreto el fin místico. Ahora que soy empresario trato de hacer márketing de mis Kafka Weekends con todo eso, sin resultado. Igual el año que viene metemos a alguien de márketing, por cierto.

2X02

CROSS

Jesús. Su escasa resistencia a la caricaturización. Su participación entusiasta en este proceso. Su calvicie, “la menos digna de España”, según Paulo. Todos esperamos que Paulo se refiriese con eso a una mala elección de peluquero. Su orgullo friqui. Sus palmas, siempre sudadas. Sus gafas. Su currículum, abundante en exóticos nombres de lenguajes de programación. “Le tengo tanta alergia a lo emocional -dijo en un famoso tuit- que a veces tengo que quitar las pelis porno antes de la corrida”. Sus famosas boutades cuando se ve rodeado de chicas: “Tengo el listón muy alto. No podría follarme a ninguna tía que no pudiera ser modelo de cara, de culo y de manos.”, que generan tremendas corrientes de hostilidad contra él: pero a dónde vas tú, colgao, que eres más feo que un parto de ranas, ¿con eso del listón te refieres al precio de las putas, no? A veces los amigos se lo decimos: qué pretendes con esas cosas que dices, Jesús, no ves que la gente se lo toma en serio y se cabrea. Además, así no vas a encontrar pareja a corto plazo, tampoco, Jesús, macho. Es la pura antiépica Jesús cuando entonces se levanta, todo (in)digno y nos cuenta que lo hace para luchar contra el patriarcado, para sacrificarse por sus compañeros de género, para corporeizar el Mal (pero con su feo e inofensivo cuerpo) y hacer de spárring panzón.Me siento un hígado, ahí todo el rato digiriendo toxinas, dice el pobre. -Te vas a llevar una hostia, corazón. -Lo hago por ellas. Y por qué no. Lo decía Magris (cito de memoria): tal vez el mejor amante de la vida no sea el que la corteja e invita al cine y magrea en el asiento de atrás, sino el que la mira de lejos y le escribe cartas de enamorado y nunca las manda. En fin, que es muy Jesús cuando se pone así, Jesús.

XXX Finalmente es Jesús quien desbloquea todo el Proyecto, que languidecía de tanto darle vueltas con cerveza. Va y de golpe se acuerda de que tiene un amigo que está de lector en la República Checa, no en Praga pero cerca, en České Budějovice. Le envía un email y a los cuatro minutos y medio nos llega su respuesta, que es la de alguien tan aburrido que el aburrimiento en su vida tiene peso y consistencia, se puede cortar y empaquetar, no sirve para nada pero abulta: tal vez para drenar lagos, o detener inundaciones. Alguien que se aburriría de Erasmus en Amsterdam. Alguien a quien cosas como Las Vegas o el Museo Hermitage no lograrían sacar de un tedio retroalimentado al milímetro, autosuficiente, invulnerable. Dice que sí, que el castillo praguense perfecto existe. En una zona repleta de pensiones de estética soviética. Que sabe a quién vestir de guardián tártaro: a algún estudiante de lenguas latinas, sin ir más lejos. Que puede contratar los desplazamientos por Praga por nosotros. Y buscar la pensión según nuestras especificaciones. E instalar la wifi. Y darle a los turistas su número de móvil por si pasa algo. Y presupuestarlo todo y contestarnos al día siguiente. Los emprendedores norteamericanos suelen automotivarse con el siguiente argumento: la gente tiene el bolsillo lleno de dinero y está deseando dártelo a poco que le des una oportunidad. Nosotros podríamos añadir: la gente tiene una vida llena de horas y días y está deseando dártelos a poco que le des una dirección, un esbozo de sentido. Decidimos, por unanimidad, pagarle los gastos y cincuenta euros por remesa de turistas. El tipo acepta. Estamos listos para empezar. Las Miralles sacan una marihuana que huele a beleño, bergamota y anuncio de compresas. Lo celebramos profusamente. Unas horas más tarde le preguntamos a Jesús, pero él tampoco se acuerda del nombre del guía.

2X03

ARACNE

Un día estoy sacando mi camisa de cuadros de la secadora (la meto ahí para no tener que plancharla) y veo una araña de mediano tamaño salir del bolsillo. No sé si está desorientada pero se mueve con lentitud. Entonces pienso: Miralles. Las Miralles. El fondo de pantalla mental de las hermanas Miralles: el de esta araña que acaba de pasarse veinte minutos dando vueltas en una secadora. Había un chico de Europa oriental que solía esperarlas a la salida, cuando estudiábamos Turismo, con una raya en el pelo más bien imposible de categorizar, muy serio. A veces llevaba maletín. Las chicas lo saludaban con la mano y le sonreían. Él caminaba junto a ellas pero no era fácil: siempre se topaba con las farolas, o tenía que bajarse de la acera, o esquivar personas que venían de frente. Que nosotros supiéramos, no hablaba. Lo llamábamos Vladimir. Un día, Vladimir desapareció. El viernes actuó como siempre, el lunes no se presentó. Yo fui a una boda ese sábado por la noche y me quedé bailando, con un poco de M, hasta las once de la mañana. Volviendo a casa, en un estado bastante lamentable, vi al trío en un banco del parque, vestidos de blanco. El tipo estaba en el centro y unas risueñas Miralles le decían cosas, una a cada lado. Me acerqué por detrás. Vladimir se recogía el rostro entre las manos, como si estuviera llorando. Las chicas le decían cosas en una lengua eslava y quise oírlas, saludarlas, hacerme el gracioso-drogado. A tres metros del grupo, me di cuenta de que solo le decían una frase, muchas veces, cada una por un lado. Le decían algo así como niko nesmé

danasdira, mismo blagosloveni, cosa que hacía sollozar al pobre diablo raruno que tenían en medio. Imaginé que era alguna forma retorcida de darle calabazas, y por eso (y por algo más que no sé) me di media vuelta y me alejé sin ser percibido. Y así hasta esta semana. Esta semana se me ocurrió preguntarle al lector de español en České Budějovice si sabría traducir la frase. Y él no podía, pero lo consultó con el lector de Sarajevo y me envió esta respuesta: -“Niko ne sme da nas dira, mi smo blagosloveni”: “Nadie puede tocarnos, estamos benditos”. En serbio.

• • • • •

Será “benditas”, porque lo decían unas chicas. No. Es “benditos”. “Benditas” se diría “blagoslovene”. ¿Qué tal tiempo hace por allí? ¿Aquí? Lloviendo todo septiembre, como siempre. Aquí hace frío.

2X04

EL PRIMER DÍA DE CLASE

Paulo: una perorata. Bajo los efectos de: una botella de vino blanco “Antonio Barbadillo” y dos porros de polen de calidad: media-alta. Proporción de la mezcla hachís/tabaco: moderada a intensa. Lugar: bar-terraza “La tasca de los cubos”, Murcia. Asistentes: el Club de la Tenia, al completo. Club de la Tenia: término que sustituye al de F*R*I*E*N*D*S y que designa a los seis personajes que ya conocemos. Hora de inicio: 23:12. Temperatura y humedad: Murcia en septiembre. - ¿Qué clase de adolescentes fuisteis? ¿Deportistas, populares, aplicados? ¿No erais como yo, huraños e hiperestésicos? Del verano prefería septiembre, cuando todo el mundo desaparecía de la playa y caían trombas de agua que arruinaban la arena artificial y el cielo adquiría colores eléctricos y uno sabía que lo separaban galaxias de los chicos de su edad. Pero al menos el escenario era cósmico y todo refulgía y crepitaba y había auroras boreales en el patio de luces que me hacían llorar todo el rato. No sé por qué. Por ser un astronauta y no poder llegar ni volver. En invierno iba a nadar. En una piscina cálida y cubierta. Tenía el último turno, de diez a once. Era a través de mí mismo por donde nadaba. Allí conocí a mi primer amante. A veces estábamos solos en la inmensa olímpica, y éramos un sistema solar, planetas con órbitas que se alejan y aproximan, y que el deseo hace girar. Llamémoslo sense of wonder. En esa época en que apenas sabía atarme los zapatos, vivía a la intemperie bajo una tormenta emocional perpetua, como la mancha roja de Júpiter, por exagerar un

poco. Todo muy cósmico, ¿no? Pero se borra. Se borra. Te acuestas hiperestésico y te levantas emocional. Te acuestas emocional y te levantas con resaca. En Murcia. Trabajando de camarero en un restaurante de centro comercial. Al menos tienes tu memoria. Te queda, como premio de consolación, una memoria sensorial cojonuda que te permite saber (y te impide obviar) que el mundo era una montaña rusa hace diez años, pero ya no. Llamémoslo sense of lack of wonder. Y en ese país vivimos todos, excepto tal vez las dos iluminadas rubias éstas. Sí, vosotras, marcianas, sí. Sense of lack of wonder. Muy útil si lo que vendes es droga. En realidad, muy útil para vender cualquier cosa: llena la pantalla de colores brillantes y gente sonriente y que se ama y todo el mundo se agarrará la cartera para comprarlos. Y luego variaciones: si tu objetivo son los treintañeros, pon música de los noventa por debajo, etcétera. Márketing: para qué coño hacen una carrera de algo tan sencillo. Es como ofrecer una Licenciatura en Respiración. Qué desperdicio. Mirad lo que llevo en el bolsillo, este papel tan bien doblado contiene cocaína. Este otro, metanfetamina. Éste, MDMA. Este estuche, polen de hachís. Ahora miradme los pies: son unas zapatillas Vans, pero un modelo exclusivo. Ex-clu-si-vo. 120€ que no tengo. Explicadme todo esto, por favor. Pero explicádmelo bien, porque estoy enfermo y empiezo a pensar que esta terapia me está poniendo más enfermo aún. - Querrás decir -intervine- que te lo expliquemos bien para que puedas vendérselo a las chicas y chicos Kafka, claro. - Quiero decir: no me expliquéis nada. Enviadme de vuelta a esa piscina. Al mes de febrero de 1994, por favor.

2X05

HELIOGÁBALO

Una nueva narración, o happening, o literatura en red, o cómo llamar a eso, de Olga vía Facebook. Me avisa Jesús por whatsapp e inmediatamente nos instalamos frente a nuestras respectivas pantallas, con palomitas, para pasar el viernes noche disfrutando de los retorcidos paisajes mentales de nuestra amiga. La cosa empieza bien. Parece que San Fernando sufrió ciertos problemas de disfunción eréctil la primera noche que pasó con Olgaga, y ya ahí las primeras, deliciosas, dudas acerca de la verosimilitud de la historia. No nos fiamos de la narradora, pero nos consta que a veces dice la verdad, aun verdades extremadamente dolorosas y humillantes para ella. Eso que Coleridge llamaba la willing suspension of disbelief no se cumple en estas fábulas, o mejor dicho, la ambigüedad de los textos, su voluntaria indeterminación entre lo testimonial y lo ficticio, le aportan riqueza al resultado. O morbo. O todo junto. Ahí está Olgaga en la cama con su amante adorado, incapaz de creer lo que está pasando. Al principio se siente mal, claro, frustrada y herida en su amor propio al no ser capaz de provocarle una erección decente al macho alfa que tiene entre los brazos, pero todo eso se desvanece en cuanto Fernando empieza a emitir tópicos por su boca: no sé qué me pasa, esto no me suele ocurrir, qué vergüenza, no eres tú soy yo, etcétera. El tipo está nervioso. Se le pone como una risilla floja. Se ha vuelto súbitamente vulnerable y puede que tema que Olga lo cuente por ahí. Luego intenta recuperar la compostura, etcétera. La historia sigue, rica en detalles escabrosos y humillantes, con una delectación francamente morosa, durante casi

una hora y media. Que no está mal, el fragmento, porque sale gente dando y recibiendo sexo oral y corriéndose y poniéndose colorada y hasta riéndose, pero que tampoco es como para transcribirlo ad litteram, porque para qué. A estas alturas, casi sesenta personas siguen la historia y la comentan de forma festiva, todo el tiempo. Es en este momento, y Jesús y yo ya lo anticipamos y disfrutamos de antemano, porque estamos hechos unos gourmets de Olga, cuando la cosa da el giro. El giro es simple. La anécdota del gatillazo, que se extiende a la mañana siguiente, termina. Pasa el tiempo. Ahora Fernando y Olgaga tienen una relación que a ella la está desintegrando, borrando, anulando, desmaterializando. Sabemos que esto ocurrió así. Lo que ya no sabíamos, y nos enteramos ahora, es la tendencia de Olga de recordar ese primer encuentro, minuto por minuto, y agarrarse a la vulnerabilidad de Fernando como si fuera un consuelo. Sic: esa cara que tenías, Fer, de desvalimiento. De no estar a la altura, algo tan raro en ti. El miedo que te daba que yo fuera a contarlo. Qué débil eras, Fer, y yo qué fuerte, aunque no lo sabía. Y qué pronto se cambiaron los papeles. Y cómo recuerdo tus ojos y tu voz de aquella mañana, cuando seguía sin ponérsete dura y ya las excusas se te habían acabado y tuviste que reconocer que estabas nervioso y que no era la primera vez que te pasaba con una amante nueva y que te perdonara, que no te lo tuviera en cuenta, que habría una próxima vez. Oh, Fernando, qué droga tan fuerte, ese recuerdo etcétera etcétera. Los comentaristas abandonan rápidamente el barco ante la inundación emocional, como suelen. Uno le pone un enlace a un chiste gráfico (http://imgur.com/jarr8 ), a lo que Olga responde, tres o cuatro décimas de segundo después, con otro enlace a una imagen: un gato saliendo de una caja y exclamando Fuck Schrödinger!. Bajo el gato, sin embargo, como si fuera un comentario de la foto, hay otro enlace. Yo no lo percibo. No creo que nadie lo perciba en

realidad, excepto, claro, Jesús. Jesús sigue ese enlace y desemboca en una página de texto de uno de esos sitios que sirven para subir cualquier cosa de forma anónima durante un intervalo corto de tiempo. A los cinco minutos, tanto el enlace bajo el gato como la página de texto desaparecen (pero Jesús la ha capturado). El hilo de Facebook, con la historia de las no-erecciones, languidece y muere de forma abrupta, pero ya Jesús y yo nos hemos lanzado sobre el documento, que en Verdana 12, sin márgenes y con interlineado sencillo, reza así:

XXX

Fernando. Fernando Lacouture. Mi amante. Haces tantas cosas y tan rápido en el cuarto de baño por las mañanas que apenas capto los procesos. Te depilas con productos caros. Te afeitas con una máquina especial que tiene un botón para dejarte una barba de tres días. Te pones hidratante, tonificante, antiarrugas, una mascarilla que te ondula el pelo, un anticaída, un exfoliante y un tratamiento nutritivo en lo que tarda mi padre en cagar. Además, lo sé, piensas en algo. No sé qué es, pero parece una loción. Tú piensas esa loción y tu cabeza por dentro, tu mundo interior, se ve liberado de toda debilidad, de toda grasa. Ahora brillas por fuera y por dentro, te lavas los dientes, y sonríes. Hueles bien. No hay ni un solo pelo en tu escroto. Brilla, tu puto escroto, como tu discurso interior, mi vida. Toda esa luz me hiere. Como si yo fuese un vampiro y acabase de hacerse de día. Solo que no soy un vampiro. No puedo morderle a nadie, ni mucho menos a ti. Mis dientes son de aire. Soy más bien un fantasma. Toda esta escena de tocador que acabo de relatar pertenece al pasado, porque ya no estás conmigo, pero yo aún percibo los olores, las texturas, las humedades y los brillos de tanta y

tanta carísima crema. Después de los meses, esa luz sigue haciéndome un espectro. Llamad a esto: psicofonía. Cariño, qué alquimia extraña, qué le echabas a la sopa cuando vivíamos juntos. Cómo sustituiste a todas y cada una de las cosas en las que yo solía pensar, antes de conocerte. Cómo ignoré los consejos de mis amigos, que me pedían no perderme, no olvidarme, no dejar de ser. ¿Acaso tenía otra opción? La vida se medía por las veces en que me dirigías la palabra o me tocabas o hacíamos el amor: si este número descendía, el número de la vida descendía con él. ¿Qué podía decirte? Todos esos ensayos, esas pruebas, esos viajes de actor... ¿acaso crees que no sabía que tenías amantes cerca en todos esos sitios, cuando no estabas conmigo? ¿Qué podía decir, qué mensaje me era dado emitir cuando me anunciabas que te marchabas, y me dejabas claro que no era una buena idea que te acompañara? ¿Qué sabes tú de ese dolor? Tu estirpe de Aleph te impide deshacerte como nosotras. Tu carne es sólida, infinita. Tienes tus liturgias y tus vestales. Tu identidad es sólida como eternas letras latinas inscriptas en un friso. La nuestra, la mía, es un aullido incomprensible mal grabado en una cinta magnetofónica. Y ese aullido, si alguien se toma la molestia de limpiarlo de ruido y descifrarlo, no dice mi nombre, sino el tuyo. Apenas noté la diferencia, cuando me abandonaste. Yo era ya un conjunto de ficciones, un simulacro de voluntad, que fingía acompañarte cuando en realidad flotaba incorpórea a tu alrededor, perdida ya la capacidad de influirte en algo. Sigo así ahora, después de tanto tiempo. Si mango dinero en casa, de las carteras de mis padres, y me lo gasto en droga, no lo hago por decisión propia, sino para atenerme a un guión de amante despechada, a un lenguaje, a un mensaje. No vas a leer ese mensaje, o mejor dicho, ese mensaje no va a ser capaz de elevarse hacia ti.

Ahora sales por la tele. Toda esa inversión en estética dio sus frutos, como ya sabías que iba a pasar. Cada vez que apareces por Tele 5, una luz estroboscópica me atraviesa de parte a parte, y sabes qué. Que la sombra que se proyecta en la pared es la tuya, no la mía. XXX Sin aliento, volvemos al hilo original a tiempo de ver caer, puntual a la cita como la Natividad del Señor o los vientos alisios, el "Me gusta" de Fernando Lacouture. Ignoramos si ha leído la carta oculta, pero algo nos dice que para saberlo tendríamos que estudiar Teología.

2X06

!!!

Las hermanas Miralles, todas dulzura y Cthulhu, por decirlo de alguna manera, se infiltran en un foro de goticismo postadolescente para promocionar los Kafka Weekends. Se hacen llamar Oriana y Erszebet. Se hacen fotos de perfil con los labios pintados de negro y de púrpura. La comunidad goth enloquece sin paliativos.

Jesús, además de trabajar en la web del proyecto, deja caer en los templos del friquismo informático rumores sobre unos misteriosos viajes en los que uno puede conocer chicas y charlar con ellas y tal. Yo me encargo del márketing en las redes literarias, sin el menor éxito. Paulo trata de embaucar a la comunidad gay, y Olgaga promueve reseñas de los Weekends en suplementos y revistas de viajes. Todo esto lo hacemos a ratos, con la fé repartida entre

nuestro futuro y la posibilidad de que !!! confirme para el próximo SOS 4.8. Bueno, cada cual reparte su fé y su energía entre cosas diferentes. El lector de español, visiblemente porque no tiene gran cosa en que repartir, se muestra más activo que nadie y pide todo el rato instrucciones. Nos cansa, pero no podemos confesarnos eso entre nosotros, porque equivaldría a reconocernos descorazonados (un atributo sumamente oximorónico en el Club de la Tenia). Nos limitamos a darle largas de forma individual, lo que a él le hace ir rebotando de uno a otro en plan bola de pinball. No nos da ni pena. Pero es verdad que el tipo lo tiene todo organizado, y con avisarlo el

miércoles,

el

Kafka

Weekend

puede

tener

lugar.

Lo cual, milagrosamente, ocurre. Un grupo de doce góticos, y dos estudiantes de máster de algo relacionado con la computación, hacen sus reservas. Ingresan-dinero-en-nuestra-cuenta. Paulo se acerca a Madrid a verle la cara al grupo en el meeting point y los despacha con asco en la puerta de embarque. Estamos rodando. El lector anónimo los recogerá en Praga. Esa noche nos reunimos en casa de las Miralles y acabamos hablando de cine de terror. Bebemos absenta. Me quedo durmiendo en el sillón de las gemelas y sufro las peores pesadillas de toda mi vida, algo tan atroz que jamás podría acercarse ni a un millón de kilómetros a su expresión en palabras. Al despertarme, con los músculos de la cara agarrotados por el espanto, veo a Patricia Miralles mirándome a mí, muy seria. No sé dónde estoy, pero desde la cocina me ofrecen café con leche.

El viaje está resultando un desastre total a esta hora. La pensión que había encontrado el lector está llena de prostitutas y drogadictos, y la más joven de las góticas ha sufrido supuestos abusos sexuales. Además, les han exigido más dinero en metálico para poder alojarse. A los informáticos los han sacado de su habitación en medio de la noche y los han reubicado en un cuarto de escobas para dejar sitio durante casi una hora a una pareja. No hay desayuno. El barrio del castillo es el peor de Praga, una acumulación de cemento, hogueras, yonquis y delincuencia callejera difícil de encontrar en España desde los años 80. El castillo no es en absoluto un castillo, sino una ruina tras una pared llena de pintadas, con una puerta de aluminio mal cerrada con un candado cuya llave el guardián no posee. Toda esta información nos la va suministrando el lector a través de Paulo. No le coge el teléfono a nadie más. Paulo se muestra extrañamente calmado con él, y si le preguntamos a qué se debe tanta calma nos responde que no podemos arriesgarnos a que se enfade y nos

abandone justo ahora, con el grupo allí. La excusa no me convence, pero nadie dice nada. Intento llamar a uno de los viajeros, pero los números han desaparecido de la base de datos. Jesús me explica que no tuvo tiempo de preparar una plataforma estable, pero que para el próximo Kafka Weekend todo irá como la seda. No entiendo nada, me duele la cabeza y mis amigos parecen haberse vuelto gilipollas de la noche a la mañana. Lo último que oigo antes de salir a despejarme a la calle es un rumor sobre la inminente llegada de unos periodistas checos a la puerta del castillo, para documentar el ridículo. Trago saliva y cierro con portazo.

Tengo la boca pastosa todavía de haber respirado el amargo fluido amniótico de la pesadilla de anoche. Taquicardia y lentitud mental. La sospecha de que la puta absenta contenía algún ingrediente secreto inadvertido. Paseo sin rumbo, pero sin querer me acerco hacia mi casa. Cuando quiero volver al piso de las Miralles me encuentro exhausto. Subo a mi habitación y me meto en mi cama. Duermo catorce Al día horas siguiente y ya sueño todo se con ha una playa El vacía. tag

desencadenado.

#vacacionessuicidas es TT absoluto, y el post del blog de uno de los góticos, donde se narra en detalle el fin de semana entre abundantes fotos, se convierte en la fuente de cientos y cientos de referencias. Hay prensa esperando al grupo a su vuelta a Barajas. Los móviles de Paulo y Olgaga no paran de sonar: hasta Iker Jiménez quiere entrevistarnos para su programa. Llego por fin al piso de las Miralles y sé, de repente lo sé, que todo ha sido planeado tal cual, hasta las detenciones de los pobres turistas por mendicidad y consumo de drogas. Lo que no sé es por qué me he quedado fuera del secreto. Miro a mis amigos, también conocidos como El Club de la Tenia, y siento el deseo de ser un poco más tenia. Siento el deseo de internarme en un tubo digestivo, como ellos, y quedarme ciego.

2X07

FLASH GORDO

Soliloquihólico Paulo:

- Yo tendría unos veinte años. Aún vivía con mis padres. Estaba en mi habitación una tarde de principios de otoño, leyendo una novela de Vila Matas, creo que era Historia abreviada de la literatura portátil, una delicia, un foco de buena vibra y de esperanza y de fé en la bohemia pero al mismo tiempo una certificación de la inexistencia de cualquier sentido y de la derrota. Todo esto: la luz de octubre y la longitud de onda del libro que tenía entre las manos, importa. También el café con leche que me estaba tomando. Y la paz. La paz que inundaba la habitación. ¿Sabéis ese momento a principios de octubre en que la luz de la tarde deja de ser de color blanco incandescente para dejar paso a las primeras tonalidades de dorado? Bueno, los murcianos nos entendemos, supongo. Esa luz.

En ese momento irrumpieron mis padres, haciendo todo el ruido del mundo, llamándome, discutiendo y encendiendo dos televisores con canales diferentes. Por supuesto, me limité a cerrar la puerta de mi cuarto y a lamentarme por el paraíso perdido, hasta que una pregunta fue formulada en mi cabeza: ¿Cuánto puede costar? Es decir: esa templanza, esa libertad de que gozan los personajes de esa novela de Vila Matas, como los de Bartleby y compañía. ¿Cuánto?

Ya desde el principio intuimos que va a haber que trabajar para pagarlo, y también que las horas de trabajo deben limitarse al máximo si quiere uno de verdad acercarse a lamer el Nirvana de café olé. Por tanto, hay que rebajar la factura todo lo posible. Y por primera vez en mi vida me puse a hacer la cuenta. No incluí tabaco, ni bebida, ni drogas, ni ropa (supuse que con la que me regalasen mis padres en mi cumpleaños y en reyes sería suficiente). Los libros seguirían saliendo de la biblioteca. Una habitación en un piso cutre de, digamos, el Polígono de La Fama salía en aquella época por unos 150€, con gastos incluidos. Y yo pensaba ser extremadamente frugal, moverme poco, leer mucho, pasar el tiempo sentado. Alimentarme, en fin, de sopas y sándwiches y por supuesto cafés con leche, por 50€ más al mes. No viajar. No ir a bares. No ir a la playa. Robar preservativos, detergente, papel higiénico, gel, champú, pasta de dientes. Regalar dibujos o poemas, u objetos reciclados, a los amigos en sus cumpleaños. No me entendáis mal. Todo esto no como un esfuerzo ideológico decrecentista ni altermundista ni nada de eso, qué va. Todo esto para ser feliz. Para alargar en lo posible el halo de templanza que me había dejado en el cuerpo la tarde aquélla. 200€. Doscientos putos euros. Mi madre se los gasta en peluquería. ¿Y sabéis qué? Que lo hice. Con dos cojones. Lo hice. Encontré un trabajito de camarero de fin de semana y me fui de mi casa. La tasca se llamaba La Rata Escarlata, ya no existe. Yo era el barista más silencioso del universo, cosa que por algún motivo fascinaba a mi jefe, a quien en su momento dedicaremos otro soliloquihólico completo. Echaba los viernes y los sábados por la noche, ni un minuto más de lo pactado, y desaparecía sin despedirme y con kilos y kilos de alimentos robados. Y el resto del tiempo lo pasaba leyendo Nouveau Roman, en perfecta quietud. Nunca he ligado menos que en esa época, pero no me importaba. Yo era un santo, un beato(nik). El amanecer del miércoles me pillaba paseando por las afueras, y

echaba siestas a mediodía. Abría libros de poemas de Saint-John Perse a las tres de la mañana y mi paisaje mental se iluminaba como bajo un castillo de fuegos artificiales. Me valía madre la gente. Me resbalaba el hecho de no follar. A veces tenía conversaciones con desconocidos, brillantes como salamandras radiactivas. Volvía a casa empalmado. Me daba todo igual.

Todo esto duró menos de un año, claro. Pero mi presupuesto se mantuvo en vigor durante esos meses. Me echaron de dos pisos, por raro, y me fui yo de otro, por los ruidos. Conocí, al menos de forma fugaz, a todas las personas que valen mínimamente la pena en esta mierda de ciudad. La mayoría ya no viven aquí. ¿Y cómo acabó todo? Muy sencillo: la maldición del camarero. Una noche, como en el poema de Héctor Castilla, mi jefe me preguntó ¿tú te drogas? y me puso delante la primera raya de cocaína. Y de ahí esta nota mental, para marxistas: no hay presupuesto ético que resista la tentación de la farlopa. Unas semanas más tarde, la costumbre de desaparecer al acabar mi jornada había pasado a la historia. Empecé a gastarme todo el dinero que acababa de cobrar en esa misma noche, casi siempre. Empecé a follar regularmente otra vez. Como iba mal de pasta, le pedí a mi jefe que me trasladase a otro bar que tenía justo enfrente y que abría de martes a domingo. Me dio cinco noches a la semana, hasta más tarde. Ahora no solo necesitaba farlopa: también ropa para no repetir, y zapatos sin agujeros. Ya no podía robar comida, porque en este otro bar no había. Al cerrar mi local, solía ir a un sitio llamado El Garage de la Tía María, que ya no existe. Allí me encontraba con la gente brillante de que he hablado más arriba, que invariablemente me soltaba un cómo has cambiado de la noche a la mañana. Luego, me los follaba.

No me gusta recordar mis meses de bohemia presupuestaria. Cuando lo hago, se me dispara al mismo tiempo el recuerdo de la tarde de

octubre en que empezó todo. Es mi tierra natal, esa tarde de octubre. Y no puedo volver. Como a ciertas ciudades, como a ciertas personas, que te hicieron feliz pero ya no son las mismas. O tal vez soy yo el que es otro: ese deslizamiento es doloroso. Reconectar no es posible. Tal vez el verbo "reconectar" sea el único oxímoron formado por una sola palabra. No celebración. sé. Ponedme otro chorro, que estamos de

2X08

HÉCATE

Al final conseguimos convencer a Jesús para ir a Cuarto Milenio con Iker Jiménez y la rubia tetona cuyo nombre no recordamos. Todo ocurre muy rápido, porque Iker quiere aprovechar el interés, amplio pero efímero, que ha suscitado la historia de la desgracia de los góticos en la Praga chunga. Así que empaquetamos a Jesús con lo puesto en un tren, y esa misma semana se emite el reportaje. Nos hemos reunido todos (incluido nuestro amigo überfriqui) en el piso de las Miralles con los párpados grapados para no perdernos nada. Jesús sonríe y trata de hacerse el interesante, pero mal. ¡Empieza el programa! Antes de la entrevista, se emiten unas imágenes que el Club de la Tenia no duda en calificar de jugosas. Con esas músicas baratas e inquietantes que suele utilizar el programa, aparecen: unos góticos talluditos y muy maquillados navegando por internet, mientras una voz en off (la de la rubia tetona) dice a la búsqueda de emociones fuertes; unas tomas tenebrosas del gueto de Praga aderezadas con el jeto vampírico de Franz Kafka, y con la voz tetona diciendo la ciudad del mal, escenario de innumerables atrocidades, como las que documenta (sic) la obra del Gran Maldito, Franz Kafka; un actor caracterizado de Jesús paseando por un sex shop bastante chungo e iluminado de rojo (¿?), y la voz diciendo en su oscura provincia, el líder del grupo investiga sobre el mal y el sexo. Lee a Kafka y decide hacer de Praga la sede de sus perversas actividades. En ese momento, Ángela Miralles saca la absenta. Como es lógico, decido no abstenerme.

Sale Jesús. Gritamos y cacareamos. Lo han caracterizado de malvado de una forma muy poco sutil: lleva una camisa de seda negra y el pelo con la raya marcada con regla. Le han puesto rojo de labios, y una ostentosa máscara de maquillaje que le oculta las marcas de acné y lo hace parecer más pálido. La verdad es que está guapo, el pibe. Diferente. Le hacemos el piropo silbado unas cuantas veces, hasta que enrojece. Olga le lanza un "Jesús... Que me estás poniendo burra jajajajaj" que lo desarma ya del todo, haciendo aún más divertida la infinita distancia que lo separa del cutre personaje que Cuarto Milenio ha querido hacer con él. Iker dispara: - Cuarto Milenio quiere agradecer la presencia de ánimo de nuestro invitado, Jesús Gómez, responsable de las vacaciones infernales que tanta polémica han generado estos días. No debe ser (sic) fácil enfrentarse en estos momentos a la opinión pública y este... programa respeta, si bien lógicamente disiente de ella, la opinión del LÍDER DEL TURISMO DEL MAL (el subrayado es nuestro). Jesús Gómez, buenas noches. - ...oches, Iker, encantado qué tal. Gracias. Buenas noches. Gracias. - Tranquilo, Jesús. Nuestro público quiere saber: ¿cómo surgió la idea de crear un tour turístico del sexo y el mal? - Pues verás. Los miembros de nuestra empresa siempre hemos sido un poco excéntricos, ¿sabes? Nos conocimos estudiando Turismo y enseguida nos reconocimos por nuestras parafilias y nuestros gustos un poco perversos (sic, sic todo el rato). Luego descubrimos la sexualidad de Kafka, y ya ahí nos enamoramos de lo que tiene Praga de maligno. Así surgió la idea de crear un tour que fuese un descenso a los infiernos para conna... conna... connaisseurs.

- Sí, pero, ¿cómo vendisteis el paquete? Porque nos consta que hubo turistas que no eran plenamente conscientes de la naturaleza de la experiencia que estaban contratando. - Bien. Hemos llegado a uno de los puntos fuertes de nuestro paquete. La página web donde se contrata, que es www.kafkaweekends.net, ya es de por sí una experiencia iniciática para entendidos. Hay pistas ocultas, enlaces ocultos que llevan a otras páginas donde se trata de confundir al visitante, acertijos que resolver. Hay que ser un entendido de cierto nivel para llegar a unir todas las piezas, y creemos que el problema surgió ahí, que los turistas del primer Kafka Weekend contrataron antes de completar el recorrido informativo, y por eso no tenían una idea clara de qué les esperaba al llegar a Praga. Por supuesto, hemos solucionado el problema. Ahora no es posible contratar nada sin llegar al final del puzzle, y tampoco es posible llegar hasta allí sin tener nociones previas sobre la experiencia Kafka y la liberación a través del Mal. No va a volver a pasar. - Háblanos un poco de esa "liberación" del Mal que tan bien vendéis. - Es muy sencillo, Iker. Nuestras vidas están programadas según un patrón diseñado, supuestamente, por el Bien. Crece, aprende, trabaja, reprodúcete, cría a tus hijos y muérete. Y todo ello en Murcia, imagínate eso, Iker. Pues bien, nosotros proponemos una estancia de fin de semana en un entorno opuesto a ese imperativo, para aprender, ser libre, experimentar, ampliar el campo de visión y hacer unas fotos. Obvio que no todo el mundo está capacitado para vivir esa experiencia, eso ya lo hemos aprendido este fin de semana pasado y lo seguiremos aprendiendo, hasta que salga el juicio. Pero estoy en disposición de anunciar que los Kafka Weekends siguen

adelante mientras la justicia no nos cierre la página. Estamos ofreciendo una vía de escape a la dictadura del Bien. Tenemos una responsabilidad para con los ciudadanos. Seguimos en la brecha. (La cara de Iker en este momento. El pico de visitas a la web, cosa que Jesús tenía ya prevista, afortunadamente, y dado que migró a otros servidores mucho más potentes no hubo ninguna caída. Las caras de todos nosotros. Los rojos labios de Jesús en la pantalla, ligeramente crispados. El sabor de la cuarta absenta en la lengua. El contacto con la pierna izquierda de Patricia Miralles, sentada a mi derecha en el sofá.) - Bien. Estamos conversando con Jesús Gómez, responsable de las #vacacionesinfernales que han sacudido la Red estos días. Vamos a preguntarle en un momento por el componente sexual de su tour de Praga. No se muevan de sus asientos. La respuesta viene después de un minuto de publicidad. Brindamos por Jesús, por el Club de la Tenia, por Iker, por la rubia y por el goticismo hispano. Jesús abre el portátil y nos enseña unas estadísticas más bien espectaculares del tráfico que se está generando en nuestra web, de los nuevos enlaces que apuntan a ella y de las menciones en redes sociales y blogs. Añade: es que he cambiado un montón de cosas, luego os las enseño. Sale un anuncio de Fairy y, a continuación, vuelve Iker. Presenta de nuevo a Jesús y le espeta: - Acerca de la prostitución y los supuestos abusos sexuales que se produjeron en vuestro viaje, ¿son los Fines de Semana de Kafka una invitación al turismo sexual?

- Rotundamente, no. Los Kafka Weekends son una invitación a la exploración, a desprenderse durante 48 horas de esas etiquetas que encajonan y desecan nuestra vida. En ese sentido, el barrio de Žižkov de Praga está estratégicamente escogido. No es un entorno saludable ni seguro para turistas burgueses. Uno se mueve entre formas de vida extremas, y lo sórdido y lo sublime pueden estar follando (perdón, Iker, haciendo el amor, perdón) en la habitación de al lado. Casi nadie habla inglés, pero la acumulación de artistas y salvajes es tal que las vibraciones se captan en la lengua, como una pastilla de éxtasis. Y cuando digo artistas digo artistas. Del verbo "artistas de Europa oriental", capaces de cortarse dedos y pegarlos en un lienzo si la obra se lo exige. O de morir de hambre. No los veréis en Arco, por supuesto. Pero sí en Žižkov. Y si el viaje os mezcla con ellos y tenéis la suerte de fo... de hacer el amor con uno o una de ellos, vais a creer que la habéis metido en un enchufe. Para cuando podáis sacarla, ya no seréis los mismos. Y ésa es solo una de las posibilidades que abre nuestra propuesta. (Iker está ligeramente lívido. Tarda un par de décimas de segundo de más en lanzar su pregunta) - Te agradezco tu sinceridad. Pero. Pero. ¿Pero cuál es el papel de Kafka en todo esto? ¿Os inspiró en vuestra búsqueda de lo perverso? ¿Por qué tratáis de iniciar a los jóvenes españoles en el culto a Kafka? - Macho, si te digo la verdad, nos vale madre, Kafka. Nos vale madre Kafka y nos vale madre Praga y nos la reponflinfla el mal y el turismo en general nos importa tres leches. Yo hace un mes estaba metido en el mundo del futanari y creé la primera página española de futanari, una comunidad que instantáneamente creció hasta los cincuenta mil miembros asiduos. ¿Y tú sabes lo que es el futanari, compadre? Bueno, pues otro programa, si quieres, lo hablamos. A mí me escribía gente a las cuatro de la mañana adjuntándome fotos de

tatuajes futanarescos que se acababan de hacer en toda la espalda, y yo siempre les contestaba lo mismo: oh, sí, colega, tú sí que molas, eres el mayor friqui del futanari que hay en este país, ánimo, chaval. ¿Y sabes qué? Que tanto a él como a mí nos vale madre, el futanari, pero ambos tenemos el suficiente tiempo y el suficiente horror vacui para entregarnos sin reservas racionales a ese mundo japonés y protésico, como quien ve a la virgen de Lourdes en una rodaja de salami. ¿Tú has leído a Lezama Lima, socio? Te cito de memoria: Lo propio del sofista, según Aristófanes, es inventar razones nuevas. Procuremos inventar pasiones nuevas, o reproducir las viejas con pareja intensidad. ¿Lo pillas? La clave está en los verbos: "inventar" y "reproducir". Hay que hacer un esfuerzo. Si te quedas esperando a que se te ofrezca un bote salvavidas de tu color favorito, vacío, con aire acondicionado y minibar, lo más probable es que te ahogues. Tírate. Tírate y, una vez en el agua, lo que se te ponga a mano lo agarras como si fuera tu madre. La parapsicología, por ejemplo. Los ovnis. El puto chupacabras de los cojones, que cada vez que sacáis algo de él me parto la polla de risa y me quito el sombrero al mismo tiempo. Las psicofonías ésas, que anda que no os lo tenéis que pasar bien grabándolas ahí detrás, la rubia y tú. Por cierto, ¿cómo se llama la rubia, tron? Bueno, da igual. Lo que yo quería decir, a propósito de lo que me has preguntado, es que estamos solos y corremos el riesgo de olvidar el lenguaje, y por eso inventamos ritos y tratamos de llenarlos de significado. No para los demás. No para los cincuenta mil fantasmas registrados en mi puta locura de página de futanari o los muchos otros miles que cuando salga esta entrevista se meterán en la web de los Kafka Weekends. Para comunicarnos con nosotros mismos, e infundirnos vida. Como un monstruo de Frankenstein vestido con una camiseta de El Jovencito Frankenstein. No sé si te estás enterando de una palabra de lo que te estoy diciendo, socio. Por tu cara creo que no.

- Y eso es todo. Un fuerte aplauso pa... Despedimos ya a Jesús Gómez, responsable de eh, www.turismoinfernal.com . A continuación: las pirámides de Egipto, ¿centrales eléctricas? Volvemos a berrear. Olga le planta un beso en los labios a Jesús y le dice al oído: el primer BMW que me compre llevará tu nombre. Sale otra botella de absenta de algún lugar, pero yo pido pasarme a la cerveza. No hay. Ofrezco bajar al chino a comprar. Nadie sugiere acompañarme, así que hago el viaje intentando no pensar en nada pero con una sensación de desconexión que me absorbe la energía. De vuelta, me bebo mi cerveza en silencio. He logrado no pensar en nada. Me entero de que, en solo treinta minutos, casi cien personas han logrado resolver el laberinto de acertijos en que consiste la nueva página web de los KW, y por tanto hay que ir reservándoles una plaza para los próximos fines de semana. Llaman a la puerta. Es el lector de České Budějovice. A nadie le sorprende su llegada. Me duermo en el sillón.

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BASTET

Me despierto. No sé qué hora es. Abro los ojos y veo a las hermanas Miralles sentadas junto a mí, a Olga tecleando en el portátil y al lector de České Budějovice durmiendo en un sillón. Me duele la cabeza. Las Miralles me miran, como escrutándome. Saben que tengo muchas preguntas que hacer y seguramente se adelantan a esa clásica e incómoda "conversación" en que alguien trata de obtener de ellas información que no desean dar o no conocen. Entonces Ángela se vuelve hacia la derecha y saca un gato que nunca había visto. Un gato blanco adulto, plácido y peludo. Me lo pone en el regazo, y cuando me ve algo azorado, me mira a los ojos y me dice cállate y tócalo. Así lo hago. Acaricio al gato. Entiendo entonces el motivo de toda la operación. Las preguntas se me van escurriendo hasta la punta de los dedos. El tiempo del gato, que no tiene nombres para las estaciones, me va inundando, y mi dura identidad se reblandece un poco. Sigo sin saber qué piensan las Miralles, sigo sin entender la actitud excluyente de mis amigos, eso no se ha borrado, pero ya no genera discurso interior, ya no rumio nada. Mi mano se pasea por el lomo del gato, que ha cerrado los ojos y dormita. No sé qué hora es, pero ya no me importa. El pelaje del animal va dejando de parecerme cálido. Mi mano se ha atemperado a él. Todo esto lo pienso más tarde, es decir, ahora, cuando lo escribo. En ese momento el gato es un ronroneante generador de zen funcionando a toda pastilla y acallándolo todo. El tecleo constante de Olgaga conforma una vibración benéfica. Patricia pone una vez más, sin previo aviso, su canción favorita de este mes, que es These Days, de Nico. Nada me afecta. El lector de České Budějovice tiene una pinta de perdedor

insuperable, si se me permite el oxímoron. Se ha dejado un bigote irónico, como los hipsters, pero le queda horrible. Tiene la cabeza ladeada en una postura muy incómoda, le cae un poco de baba y mantiene una erección, pero nadie le hace caso. En un momento dado, empiezo a percibir al gato como si fuese un órgano, como una especie de hígado albino y peludo que me fuese dado manosear pero que sigue perteneciéndome y funcionando para mí. Y en efecto es un hígado o más bien un riñón, porque recibe a través del torrente de dedos que le paso por el pelo grandes cantidades de texto, y filtra ese texto y lo que sale por el otro lado es silencio. Luego, a su debido tiempo, las toxinas filtradas se convertirán en literatura, pero de momento tengo paz. No puedo vivir sin el gato, entiendo sin palabras. Amo los perfiles taciturnos de las Miralles, en este momento, pero creo que podré soportar una vida sin abrazarlas. Es decir: no creo queno podré soportar una vida sin abrazarlas, si captan el matiz.

Entonces Olgaga empieza a hablarme. Dice que tengo que ayudarla, porque está desarrollando en Facebook una de sus historias, pero como no estamos ni Jesús ni yo para actuar de ganchos, la cosa languidece y ya no sabe muy bien qué hacer. Desde un lugar muy lejano vuelvo entonces al país del lenguaje, y desentumeciéndome me entero de que

el relato de hoy trata sobre la murciafobia de Fernando, una forma de esnobismo tan común entre nuestros vecinos que ya ni nos llama la atención, pero que puede producir estados de ansiedad tan agudos que los pacientes la somatizan, apareciendo entonces el sarpullido de la Fuensanta o las pupas, como se lo conoce entre el populacho. Es este síntoma cutáneo tan frecuente y ubicuo que en determinadas épocas, como los meses de infierno o el inane noviembre, es raro encontrar a un murciano que no lo sufra, y entonces ésos despiertan

sospechas. Se les pregunta una y otra vez, de forma nada inocente: "¿Y tú qué te echas en el cuello, que no te veo las pupas?". Ningún miembro del Club de la Tenia padece murciafobia, y cuando nos reunimos en períodos de incidencia alta, levantamos oleadas de resentimiento y desconfianza que sin embargo sabemos utilizar a nuestro favor. El verano pasado, sin ir más lejos, inventamos una nueva religión para murciafóbicos, y cuando predicamos, éstos escuchan, porque es verdad que nos odian, pero también están cansados de rascarse y echarse cremas y pincharse Urbasón, con lo que duele. Con nuestras tersas y sanas pieles prometemos la Sanación a quienes cumplan con el Rito, y éste es muy sencillo: dar muestras de fé. Proclamar cinco veces al día nuestro amor por la ciudad. Afirmar lo bien que se come. "Y la gente". Ponderar que Murcia "tiene el tamaño justo: ni muy grande ni muy pequeña". Los muy fieles serán capaces de experimentar placer sexual al hablar del Malecón, y entonces "un paseo como éste no lo hay en toda España". Si el remedio no funciona inmediatamente, la culpa no es de la religión, es tuya, que no muestras la suficiente fé. Si solías pasar tus vacaciones de viaje, o en el Norte, ahora debes alquilarte algo en el Mar Menor y añadir "nosotros la verdad es que a la playa no bajamos mucho, porque se pone imposible de gente. Normalmente nos quedamos en la piscina de la urbanización, ahí apalancados en el chiringuito". Si tu hijo quiere estudiar fuera, respóndele: "No nene, adónde te vas a ir tú. Tú te quedas aquí que mejor que aquí no vas a estar en ninguna parte. Si no te cogen en la pública te metemos en la católica y arreglao.". Si a pesar de todo te ves obligado a salir de la ciudad, como por ejemplo en tu viaje de novios, por aquello del qué dirán, es imprescindibleque al volver declares: "Yo no veía ya la hora de volver. No he comido más que sándwiches de jamón york todo el viaje. Y qué suciedad había, qué pobreza. Como para meterte en un váter allí, madre mía.". La gente nos escuchaba. Con restos de sangre en las uñas ponía una especie de sonrisa falsa e intentaba un

"Y lo a gusto que se está ahora en verano, que puedes aparcar donde quieras y tienes la ciudad pa ti". Nosotros nos reíamos, nos reíamos. Poníamos cara de beatitud y nuestros cutis impolutos añadían: "Ya puede hacer calor que tú a las diez cierras bien las persianas y las abres con la fresca y ya verás cómo tú en tu casa no sudas", "Pues ya si estás que no puedes te subes al Quitapesares que allí te tienes que llevar hasta una rebeca", "Y a las malas al Corte Inglés, que da un gusto meterse, que no hay nadie", etcétera. Llegaron las lluvias de septiembre y el nivel de alérgenos descendió y ya no todo el mundo lucía su sarpullido de la Fuensanta, y nosotros empezamos a aburrirnos del juego y a evitar a los que nos llegaban aún con las pupas y demasiadas preguntas. Pero nos dimos cuenta de que el culto se extendía sin nuestra tutela. Vimos a gente llorando de dolor y ansiedad, con las puntas de los dedos envueltos en esparadrapo para no rascarse, recorriendo una y otra vez el Malecón y lanzándose "Buenos días" con una extraña sonrisa de circunstancias. Y también y sobre todo vimos a las clases acomodadas y a los políticos con cargo transformarse de la noche a la mañana: siempre habían lucido reglamentarios sarpullidos, pero repentinamente detectaron que los votos estaban en la tersura cutánea, y jamás se vio una sola pupa más en campaña electoral local alguna.

Pero me estoy yendo del tema. Olga anda un poco perdida con el asunto. Me cuenta que Fernando se gastaba dinerales en cremas contra el sarpullido, y que le había puesto nombre a su murciafobia: "síndrome de Ginés", como un reverso huertano del síndrome de Stendhal. Me dice que no se le ocurre nada, que la historia se le ha quedado muy corta, que hace tres cuartos de hora que nadie dice nada y que Fernando no ha comparecido para darle al "Me gusta", pero que ha visto que está conectado porque hace veinte minutos comentó en la página de su serie. Miro a mi amiga: no puede cerrar la boca. No me refiero a que no se calle ni un momento, que

tampoco. Me refiero a que la zozobra le mantiene descolgada la mandíbula todo el rato. El gato se retuerce en mi regazo. Experimento un golpe de amor hacia ella. O de compasión. Le paso el gato, que ya no tiene el lomo completamente blanco. Con la sonrisa más grande de que soy capaz le digo cállate y tócalo.

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O MAKE ME A MASK

Nos vamos todos a Praga y nos alojamos en un hotel cojonudo del barrio histórico, y pagamos con los miles y miles de euros que hemos cobrado en concepto de adelanto de los turistas que están por kafkificarse este otoño. La idea es buscar nuevas pensiones y nuevos "castillos", para poder apretar a más turistas en cada KW, por un lado, y jugar con ellos de formas nuevas, por otro: establecer "recorridos correctos" por Praga y "recorridos falsos", hacer a unos visitar los castillos de otros, provocar encuentros con agentes disfrazados de artistas de Žižkov (algunos "falsos" y algunos "verdaderos", a su vez), crear pistas falsas capaces de acabar con el viajero detenido o drogado, etcétera. Ésa es la idea, repito. Pero llegamos a la ciudad y nos dedicamos a buscar la casa donde vivió Bohumil Hrabal, en el 24 de la calle Na Hrázi. A continuación, nos sentamos los siete (el Club de la Tenia más el lector) en una terraza y nos ponemos a beber cerveza y a hablar de Hrabal y las ventajas del trabajo duro, físico, en la literatura. No conocemos a ningún escritor que haya trabajado más ni peor que Hrabal. Recordamos la sensación de elevación, la cuasimística que nos produjeron a todos ciertos fragmentos de Yo que he servido al rey de Inglaterra. Tal vez todo esto lo decimos porque confiamos en el lector, nuestro hombre en el terreno, y le vamos a pedir cantidades ingentes de trabajo para mantener todo el chiringuito (que ahora va a incluir a casi cien turistas por viaje, unos veinte establecimientos hoteleros y dos docenas de actores, por no hablar de las detenciones programadas, los problemas ), sin que nadie haya mencionado aumento alguno de sueldo. De los siete, es el único que ha pagado el billete de avión (y

las cervezas) de su bolsillo. Las Miralles lo tratan con un desprecio olímpico, algo insólito en ellas. Son capaces de cambiarse de silla si éste se les sienta al lado. El pibe, sin embargo, encaja todo esto con una resignación de lo más matter of fact, como si no pudiese esperar otra cosa de la vida ni de los amigos, no digamos ya de los superiores jerárquicos. Es enternecedor. Paulo, de quien sospechamos que se lo ha tirado, le da órdenes secas: pídeme otra, líame un cigarro. Y a mí me da por pensar que todo es teatro y que el único espectador soy yo. Luego visitamos el ghetto y miramos camisetas con la cara de Kafka, pero no nos compramos ninguna. Hablamos de los obvios pasadizos entre Trenes rigurosamente vigilados, la obra maestra de Hrabal, y las pelis mayores de Emir Kusturica: Underground y Gato blanco, gato negro. Un gitano toca un trombón y nos detenemos junto a él. Compramos cerveza de lata en un minimarket y la bebemos allí, escuchando al gitano. Se detiene abruptamente y enciende un cigarrillo. Nosotros echamos a andar en dirección este, pero en un momento dado me vuelvo y sorprendo a Ángela Miralles dándole algo al gitano, no estoy seguro pero parece un billete de cien euros. Vuelvo a estar mareado, pero la charla, all things Hrabal, me pone de buen humor, me anima. Como cuando los expatriados que llevan mucho tiempo sin pisar su tierra natal encuentran a alguien de su misma ciudad, y la conversación (estereotipada y anodina, sobre calles y bares y jardines) los arrastra con una pasión ingobernable. Algo así. Hablamos de Bodas en casa. Luego, del suicidio de Hrabal, que a algunos no nos parece un suicidio en absoluto. Hablamos de ese autorretrato de Hrabal en el que aparece recortando las patas delanteras a una mesa para poder ponerla recta en un tejado y escribir desde allí. Hablamos de los personajes de sus novelas que

mueren cayendo de un quinto piso, exactamente la altura desde la que cayó él. De golpe estamos en Žižkov. Hay en efecto muchos antros, muchos burdeles, muchas pensiones por horas. También está el Nuevo Cementerio Judío de Praga, y alguien sugiere visitar la tumba de Kafka. Alguien se ríe, de la ocurrencia, pero parece que giramos en esa dirección. Yo apenas puedo caminar, pero -me acabo de dar cuenta- Jesús me lleva agarrado del hombro, y me sostiene. Le digo, de broma: Jesús es mi guía, pero no parece hacerle ninguna gracia. No habla. Ha caído la noche y el cementerio, que parece pertenecer a un bosque, como un camping, o más bien el bosque ha sido conservado debido a la existencia del cementerio, en pleno casco urbano de Praga, no está bien iluminado. Mis amigos parecen haberse perdido. Cuchichean como si nuestra presencia allí fuese irregular. Lo último que veo antes de desmayarme es precisamente un cartel que indica la dirección de la tumba de Kafka. Y me despierto junto a la tumba. Solo. Son las cuatro de la mañana pero no sabría decir si ésa es la hora local o la española. Con la exigua luz de mi reloj Casio leo lo que hay inscrito sobre la matzeva: Dr. FRANZ KAFKA (1883-1924), y debajo: HERMANN KAFKA, y más abajo: JULIE K FKA. Estoy empapado de rocío, semicongelado. Tengo una resaca épica, una que solo se puede achacar a la química imprecisa de las drogas baratas. Estoy harto de que me ocurran estas cosas y, francamente, no entiendo qué mensaje quieren hacerme llegar mis amigos, con todo esto. ¿Ayúdame, Franz? Ayúdame, Franz. Llego al hotel ya de día, tambaleándome y lleno de barro. Mis amigos están disfrutando del buffet y del salón art nouveau. Tienen dos portátiles abiertos frente a ellos, y parece que ultiman los detalles de los próximos Kafka Weekends. Todo parece estar

planeado al milímetro y el lector, que se ha afeitado el bigote y se ha colocado un traje barato, hace aportaciones profusas en calles, clubs, hoteles e incluso nombres de pila de los actores que utilizaremos. Ángela Miralles me abraza y me besa fugazmente, con manos y labios sin peso, en la mejilla izquierda y en el cuello. Olgaga levanta acta de todo lo que se comenta. Me como cinco croissants. Paulo, callado y pálido, me mira engullir los bollos y, de golpe, gira la cabeza y vomita un poco sobre la lujosa alfombra persa. Las Miralles se abalanzan sobre el charquito, provistas de servilletas, pero yo ya he mirado y lo que he visto, flotando en una bilis verdosa, es un manojito de pelos castaño oscuro. Pelos de bigote, cortitos.

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