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Fundamentos de La Gracia

El documento aborda el concepto de la gracia en el contexto del Nuevo Testamento, enfatizando que la gracia es un favor inmerecido y que los seres humanos son incapaces de recibirla por sí mismos. Se diferencia entre la obediencia en el antiguo y nuevo pacto, destacando que la obediencia en el nuevo pacto es el resultado de haber recibido una nueva naturaleza en Cristo. Finalmente, se concluye que la gracia de Dios es la base para la vida cristiana, donde las obras son una respuesta a la gracia recibida y no un medio para obtenerla.
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Fundamentos de La Gracia

El documento aborda el concepto de la gracia en el contexto del Nuevo Testamento, enfatizando que la gracia es un favor inmerecido y que los seres humanos son incapaces de recibirla por sí mismos. Se diferencia entre la obediencia en el antiguo y nuevo pacto, destacando que la obediencia en el nuevo pacto es el resultado de haber recibido una nueva naturaleza en Cristo. Finalmente, se concluye que la gracia de Dios es la base para la vida cristiana, donde las obras son una respuesta a la gracia recibida y no un medio para obtenerla.
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FG 106.

Fundamentos de la gracia i
REMA University

Asignatura

FG 106. Fundamentos de la gracia

Módulo III. La administración de la gracia

Unidad de aprendizaje I. Las abundantes riquezas de su gracia

Clase 7

Catedrático

MTh. Tommy Moya

Orlando, Florida (Estados Unidos), 25 de septiembre de 2020


FG 106. Fundamentos de la gracia 2
REMA University

Introducción

El fundamento de esta lección lo encontramos en Efesios 2:7: «(…) para mostrar en los

siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo

Jesús» (Reina Valera [RVR], 1960), y en Efesios 3:8: «A mí, que soy menos que el más pequeño

de todos los santos, me fue dada esta gracia de anunciar entre los gentiles el evangelio de las

inescrutables riquezas de Cristo» (RVR, 1960).

Una de las cosas que podemos ver con facilidad en el Nuevo Testamento es como la

palabra «riquezas» está conectada con diferentes cosas. En ocasiones, esta palabra se usa para

hablar sobre las riquezas de su gloria (Efesios 3:16), como también las riquezas de su herencia en

los santos (Efesios 1:18). En Colosenses 2:2, Pablo hace alusión a las «riquezas de pleno

entendimiento» y en Efesios 2:7 a las «abundantes riquezas de su gracia». Nos enfocaremos en

este último uso.

Con relación a este pasaje de estudio, Pablo lo conecta con otra palabra que es

«bondad» (Efesios 2:7). Una pregunta que se le debe hacer al texto sería: ¿dónde se encuentran

las abundantes riquezas de su gracia? El mismo texto responde que «en su bondad». Igualmente,

¿cuál fue el medio por el que se mostró esa bondad? El texto responde que esa bondad se mostró

en Cristo Jesús.

Por lo general, para nosotros una definición tradicional de lo que es la gracia es «favor

inmerecido», lo cual es correcto. Sin embargo, esa respuesta nos introduce al carácter básico de

la gracia. Por lo tanto, es necesario ahondar en ella con respecto a qué significa, de qué trata y

con qué está relacionada. Precisamente, la gracia está relacionada con su no merecimiento y con

que Dios viene a nosotros porque no tenemos méritos. La realidad del asunto con referencia a
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nosotros es mucho peor, porque la gracia no solamente va hacia donde no hay méritos, sino

también hacia donde hay una total incapacidad para recibirla. La incapacidad total es mucho más

fuerte que no tener méritos. En suma, no solamente es que no la merecemos, sino que también

somos incapaces de recibirla.

La gracia es gracia independiente de la falta de méritos o incapacidad. No hay una

declaración más aterradora que la que dice que «somos salvos por gracia». Sin embargo, luego

nos encargamos de que dependa de nosotros el obedecer mandamientos y reglas, y nos

aseguramos de hacer todo lo que dice un libro, porque creemos que eso es lo que nos garantiza la

salvación. Este comportamiento indica el pobre entendimiento de la gracia y la ansiedad que

existe en el tema de la obediencia y la desobediencia, como si la gracia diera una licencia para

vivir en desobediencia.

Para mucha gente, Dios los salva por gracia, pero son ellos los que se mantienen salvos.

Debemos entender que no es solo que no nos merecemos la gracia, sino que estamos totalmente

incapacitados para recibirla. El hombre en su estado no regenerado no busca a Dios, nada en él

desea lo de Dios. Pablo describe en Romanos 5 que éramos débiles, impíos, enemigos y

pecadores. Esta es la condición del hombre no regenerado.

El que no ha nacido de Dios no ha sido participante de la vida de Dios en él. Más allá de

que nadie mereciera la gracia, todos estaban incapacitados para recibirla. Así que si este nivel

está en el hombre incapacitado y si esto es parte de la humanidad sin Dios, entonces, ¿qué hizo

Dios?

Como Dios no encontró seres humanos que fueran fieles y confiables, porque eran

incapaces, hizo un pacto consigo mismo a favor de nosotros. En esa transacción, nosotros no

tuvimos parte en ese acuerdo ni establecimos los términos (Hebreos 6). Cuando creímos lo que
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Dios hizo en Cristo, quien es fiador del nuevo pacto y el ejecutor de las abundantes riquezas de

la gracia, no es que hayamos recibido un manual de teología ni una lista de reglamentos o de

condiciones que ahora tenemos que cumplir y llevar a cabo para que se validara aquello que se

había recibido. Lo que realmente sucedió es que recibimos una nueva naturaleza, que es un

regalo de Dios a nosotros, como consecuencia de haber creído. Por lo tanto, la obediencia que

manifestamos emana de esa vida que hemos recibido y en la que ahora participamos.

Obediencia de los santos

Nuestra obediencia como hijos de Dios no radica en el pago de una deuda ni tampoco es

una obligación que debemos realizar, es un regalo de Dios a nosotros y en nosotros, porque es el

fruto de algo que hemos recibido.

Hay una gran diferencia entre obediencia en el antiguo pacto y obediencia en el nuevo

pacto. En el primero, los términos estaban claros: «si haces, yo te bendigo». En el segundo, los

términos son diferentes, porque, al haber sido bendecidos en Cristo Jesús, se nos ha participado

una nueva naturaleza y hemos recibido una nueva vida. Por ende, la tendencia natural en el Señor

es a que seamos obedientes.

Por otro lado, en el viejo pacto la persona tenía que hacer para que Dios hiciera, mientras

que en el nuevo pacto hacemos porque él ya hizo. En este sentido, la gracia no es un decreto

judicial ni un conjunto de doctrinas, sino que es el desbordamiento interpenetrante (nosotros en

él y él en nosotros) de la vida. Es el amor, la verdad y el poder del Dios triuno, que ha entrado en

el tiempo y en el espacio y se ha hecho uno con sus hijos.

A todo esto Pablo lo llama «las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con

nosotros en Cristo Jesús» (RVR, 1960, Efesios 2:7). Y, precisamente, lo que hace posible recibir
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las riquezas abundantes de su gracia es ser hallado justificado en Cristo. En otras palabras, el

indigno es hallado en el digno; el muerto, en el que resucitó; el enemigo, en el hijo; el débil, en el

que venció; el justo, en el injusto, y el inmerecido es hallado en el merecedor.

De esta manera, la gracia es una cualidad de la esencia de Cristo mismo. Juan 1:14 lo

dice así: «Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como

del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad» (RVR, 1960). No era que él tenía gracia, o

que era para otros, o que tenía un poco de verdad o mucha verdad para los demás. El texto dice

que en él y solo por él la gracia y la verdad pueden ser manifestadas. De hecho, la gracia y la

verdad son la sustancia misma de su ser y de la gloria de Dios.

Jesús nunca necesitó del «favor inmerecido», aquella expresión o definición clásica que

se usa cuando se habla de gracia. Por lo tanto, como decíamos en apartados anteriores, la gracia

es mucho más que eso. Es la sustancia de la realidad que se encuentra en el amor de Dios. A eso

se refiere Pablo cuando habla de las abundantes riquezas de la gracia en su bondad.

Por consiguiente, es una contradicción decir que hemos experimentado y participado de

las riquezas de la vida, del amor y del poder de Cristo si nuestra vida se caracteriza por

indiferencia y desobediencia. No es compatible ni congruente que nosotros participemos de las

riquezas de Cristo y que nuestra vida se caracterice por indiferencia a la obediencia. Hemos

recibido su vida y amor, porque hemos recibido su poder como un regalo en la persona del

Espíritu de Cristo resucitado, que ahora mora en nosotros. Así, la obediencia es una

manifestación lógica de esa transacción. Es obvio, los hijos de Dios obedecemos, y cuando no lo

hacemos es porque caminamos en las obras de la carne.

En esta jornada comenzamos como infantes en el Señor y, en ese proceso y desarrollo de

la vida, crecemos progresivamente en gracia y obediencia. Una buena raíz produce un buen
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fruto, el cual debe ser apropiado para la temporada en que esa planta es sembrada. Por eso es

posible domesticar la naturaleza adámica. No obstante, podemos ser personas honestas, amables

y dadoras, pero ni Cristo ni su Espíritu ser parte de nosotros. Esto sucede con más frecuencia de

lo que podemos imaginar.

Para muchos, el evangelio es una filosofía más de moralidad y de adoptar un buen

comportamiento, y por eso no se necesita el espíritu de discernimiento. Sin embargo, se necesita

discernir entre el aroma de Cristo y el aroma de Adán, aun si el comportamiento exterior se

parece al de un hijo de Dios. A aquel que porta la naturaleza adámica le encanta hacer cosas que

religiosamente pueden ser aprobadas por los hombres. Pero solo la nueva vida que hemos

recibido en Cristo es la que abraza la cruz, la que muere a sus propios deseos y voluntad, la que

experimenta la vida resucitada y la que manifiesta un comportamiento consistente con la realidad

del reino.

La obediencia no nos cualifica para recibir el amor de Dios. Ella solo prueba que lo

hemos recibido. En otras palabras, es un asunto de semilla y fruto. Por eso en el nuevo pacto la

obediencia es el fruto de la nueva vida y no la semilla. Es la tendencia natural y orgánica de que

los que han recibido y han participado de la vida de Dios por su gracia en su bondad son hijos

obedientes.

A medida que pasan los años en el Señor, comprendemos un poco más de esas riquezas,

descubrimos que si no fuera por la gracia de Dios ninguno de nosotros estaría aquí. No es solo

ser salvos, sino enfrentar los embates y las dificultades de la vida misma. La gracia no tendría

significado si nosotros en algún momento llegásemos a merecerla. Por eso la gracia tampoco es

el pago de una deuda. Asimismo, la gracia ha iniciado un movimiento espontáneo hacia nosotros.
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Pablo lo expresó en Romanos 5:20, así: «Pero la ley se introdujo para que el pecado abundase;

mas cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia» (RVR, 1960).

Esto va más allá de nuestra comprensión. Dios, desde su propia iniciativa, y con la

certeza de que los recipientes eran inmerecedores e incapaces de recibir su gracia, hizo que esta

sobreabundara. La tendencia humana es que damos, buscamos y, de alguna una forma u otra,

hacemos algo, porque pensamos que lo merecemos, o creemos que es digno de hacerlo. Por eso

para nosotros es tan fácil eliminar personas que no son recíprocas, que nos devuelven, que nos

hacen aquellas cosas que nosotros hacemos.

En suma, hasta que esto no se haga vida en nosotros, se nos hace difícil comprender la

declaración de Pablo sobre «las abundantes riquezas de su gracia».

Dos tipos de obras

En la Biblia existen dos tipos de obras, las obras de la ley y las obras de la gracia. La

gracia no elimina obras, la gracia demanda obras. En la gracia, las obras serán más y mejores que

antes. Pero lo que la gracia sí reemplaza son las obras de la ley, que son las que se hacen para

obtener mérito y pagar a Dios. Los fariseos, por ejemplo, hacían las obras de la ley para ganarse

la aprobación de Dios.

Por otra parte, en la gracia no hay méritos ganados por algo que hacemos, porque la

aprobación y satisfacción de Dios nos ha sido conferida en Cristo; así que por cuanto hemos

recibido, hacemos. Y aunque la gracia no cancela las obras, sí cambia la posición de estas. En

definitiva, las obras no justifican, pero el justificado obra.


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Dicho lo anterior, las obras no nos dan posición, favor, méritos; no nos posicionan ante

Dios. Pablo lo dijo de la siguiente manera: «Pero por la gracia de Dios soy lo que soy; y su

gracia no ha sido en vano para conmigo, antes he trabajado más que todos ellos; pero no yo, sino

la gracia de Dios conmigo» (RVR, 1960, 1 Corintios 15:10). Para Pablo no eran las obras de la

ley para recibir favor, sino las obras de la gracia que él había recibido.

La obra de gracia de Dios

La forma de ilustrarlo es con la primera creación natural y cómo es igual en la nueva

creación espiritual. En la creación natural que hizo Dios, creó todo y luego puso al hombre. Todo

estaba preparado de antemano para que el hombre fuera puesto en el jardín. Este no tuvo que

hacer nada en el diseño ni en la construcción, solo recibir lo que Dios había preparado para él.

A Adán se le dio como herencia aquello que Dios creó y en lo cual el hombre fue puesto.

El hombre no tenía que hacer absolutamente nada, porque ya todo estaba hecho para él. Si lo

analizamos, el diseño es parte de la sombra, porque Dios indicó con estas acciones lo que en el

tiempo se iba a manifestar. El hombre comenzó su vocación en gratitud, y Dios terminó su obra a

favor de él.

Dios terminó todo y descansó en el séptimo día, y ahora el hombre comienza a ejecutar la

obra para lo que había sido creado. Asimismo, en la nueva creación no trabajamos para lograr

algo, sino que lo hacemos porque todo ha sido terminado. Hemos sido puestos en la obra perfecta

de Dios. Nada que no hubiera sido perfecto y completo hubiera sido recibido. Por tanto, a lo que

Dios ha hecho en Cristo no le falta nada, está completo; y por eso estamos completos en él.
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Conclusiones

Esa es la obra de la gracia, que Dios en Cristo lo completó absolutamente todo. Hoy la

Palabra para nosotros es como lo fue para Israel bajo el liderazgo de Josué (Josué 1:3). Dios lo

ha entregado y ellos lo poseyeron; nosotros lo hemos heredado en Cristo el Señor para que lo

poseamos, para que nos apropiemos de eso y aprendamos las riquezas abundantes de la gracia en

su bondad.

Así como ellos hallaron gracia para recibir todo, pero enfrentaron feroces batallas y luego

cruzaron el Jordán, que es tipo de la muerte del calvario, nosotros también tenemos resistencia

para poseer por gracia los que hemos heredado. De ahí que nuevamente resaltemos lo que Pablo

decía sobre las «abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo

Jesús».

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