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Narrativa Docente Taller Cte Enero

El documento reflexiona sobre el autoconcepto y la trayectoria profesional de una docente con más de 30 años de experiencia, destacando su compromiso con la educación y el impacto positivo en sus estudiantes. A lo largo de su carrera, ha enfrentado desafíos en diferentes contextos escolares, aprendiendo que ser docente implica más que enseñar, es también escuchar y adaptarse a las necesidades de los alumnos. La autora enfatiza la importancia de la resiliencia, la empatía y el bienestar personal en su labor educativa, reconociendo que su identidad como docente está intrínsecamente ligada a su vida personal.
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Narrativa Docente Taller Cte Enero

El documento reflexiona sobre el autoconcepto y la trayectoria profesional de una docente con más de 30 años de experiencia, destacando su compromiso con la educación y el impacto positivo en sus estudiantes. A lo largo de su carrera, ha enfrentado desafíos en diferentes contextos escolares, aprendiendo que ser docente implica más que enseñar, es también escuchar y adaptarse a las necesidades de los alumnos. La autora enfatiza la importancia de la resiliencia, la empatía y el bienestar personal en su labor educativa, reconociendo que su identidad como docente está intrínsecamente ligada a su vida personal.
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Tramo 1: Desarrollo Humano – Autoconcepto

Muy difícil expresar nuestro autoconcepto, ya que expresar nuestra formación personal desde
la niñez hasta hoy en día es una tarea desafiante y es la etiqueta que nos presenta ante los
demás.

Me veo como una persona con mucha energía, bastante disciplinada, responsable y dedicada.
Suelo ser despistada, no me gusta mostrar mis sentimientos, soy muy poco sociable, aunque
siempre veras una sonrisa en mi rostro, reírme, chistosa o en ocasiones burlista o sarcástica.
Pero soy muy sincera, si algo no me agrada lo expreso sin suavizar las palabras y eso me ha
traído muchas dificultades de aceptación. Me encanta mi espacio y soy celosa de ello, no me
agrada recibir visitas en casa, amo leer y tener espacios míos. El deporte siempre ha sido la
base primordial que me identifica y tengo mucha habilidad en lo que realizo. Desde pequeña
me llamo mucho la atención, aun viviendo en un ambiente negativo al deporte. Tengo mas de
30 años entrenando y ese espacio me ha aportado salud, bienestar, tranquilidad y sobre todo
paz interior. Cuido mucho de mi alimentación, soy estricta en ello, pero desgraciadamente
mente la mentalidad de las personas hoy en día siempre es etiquetar aquel que cuida de su
salud y aplaudir aquel que come sin amar lo más valioso “su cuerpo” pero respeto de ello,
cada quien es lo que quiere ser. Soy perfeccionista, me gusta el orden, la limpieza, y sobre
todo me gusta estar bien presentable, sobre todo en mi trabajo, como te proyectas es el trato.
Soy muy persistente, constante, y algo que no se, busco la manera de aprenderlo. Me gusta
mucho trabajar por lo que quiero, las cosas fáciles no me agradan. No me gustan los
ambientes desorganizados, tratar con personas que no sean sistemáticas me estresan en su
totalidad.

Me gusta ayudar a los demás cuando esta en mis manos hacerlo. Sin embargo, también
reconozco que a veces soy muy exigente conmigo misma y tiendo a preocuparme demasiado
por los detalles, me gusta aprender cosas nuevas, enfrentar desafíos y superarme día con día.

Las personas que me conocen realmente suelen decir que soy alguien confiable y
trabajadora. Me dicen que soy amigable y respetuosa, aunque en ocasiones pueden percibir
que soy reservada o que me tomo las cosas demasiado en serio. Tengo mucha tolerancia,
pero llega el momento que no puedo tolerar mas y explota mi mal carácter, en ocasiones me
arrepiento por todo lo que llegue hacer cuando estoy enfadada. Hoy en día con más de 50
años vividos y de tener éxitos y fracasos lo que mas me motiva es la familia que he formado
mis hijos, mis nietos y mi pareja siempre me inspiran y me impulsan a ser mejor día a día,
apoyan mis proyectos, en estudiar para formarme profesionalmente en lo que me gusta,
gracias a ellos se que he rebasado los estándares de mi edad en no quedarme estancada y
estar al día para no sentirme que desentono en esta nueva modalidad y enfrentar nuevos
retos educativos, políticos y sociales.

Como docente me veo como una guía, un facilitador del aprendizaje y, sobre todo, un modelo
de valores. He entendido que enseñar no es imponer, sino acompañar. Me siento orgullosa de
haber formado parte de tantas historias de éxito, de haber sido testigo de pequeños y grandes
logros, y de haber sembrado semillas que, quizás, aún están germinando en el corazón de mis
estudiantes. La docencia también ha sido un espejo que refleja mi humanidad. He aprendido
tanto de mis estudiantes como ellos de mí. Me han enseñado a ver el mundo con ojos nuevos,
a reír con libertad y a enfrentar los fracasos con valentía. Cada generación de alumnos ha
dejado una huella imborrable en mi vida.

Hoy, después de más de tres décadas en esta profesión, me siento plena. Sé que mi labor va
más allá del aula, que mi impacto no termina con el timbre de salida y que, aunque los años
sigan pasando, el amor por esta vocación permanecerá intacto. Ser docente no es solo lo que
hice y hago, es lo que soy. Y es un privilegio que atesoro cada día.

Tramo 2: Desarrollo Profesional - Reflexión de tu Trayectoria

Mirar atrás y recorrer los 31 años que llevo dedicados a la docencia es como abrir un libro
lleno de historias, aprendizajes y momentos que han moldeado no solo mi práctica
profesional, si no también mi identidad como ser humano.

Inicie mi camino con una mezcla de entusiasmo, temor y con amor a esta profesión, consiente
de la responsabilidad que tenía frente a mí, entre a la trinchera con un reto difícil pero no
imposible, ya que mi material de trabajo era humano, al cual tendríamos que moldear sin ser
tan rigurosos, para lograr ese toque motivador en cada uno de mis alumnos.

Inicie sin ninguna preparación completa profesional ayudando a una directora amiga de mi
madre que trabajaba en una pequeña escuela de nueva creación aquí en mi pueblo natal, pero
a partir de aquí inicio el amor por esta vocación, pues mis sueño era ser contadora fiscal,
pero por asares del destino cambio mi rumbo a otra profesión, bueno pues de esa maestra
aprendí más de lo que una universidad pudieran enseñarme, fui su discípula por mucho
tiempo, jamás hubo un no para lo que me exigía, de la carga de trabajo que me daba sin
necesidad que un reproche mío, ya que sin darse cuenta yo solo buscaba aprender de ella…
para mi era tan enriquecedor verla cuando se encontraba frente a un aula imponente, firme y
con mucho entusiasmo y ella era tan admiranda con un sinfín de ojitos ansiosos de aprender,
me ilusionaba y más amaba esta profesión, posteriormente enfermo y yo seguí a pie del
cañón ayudándole sin paga alguna simplemente por agradecimiento a todo ese aprendizaje,
sin más que contar me dejo su plaza (aunque hoy en día no se realiza de esa manera) que
posteriormente yo por agradecimiento pague por ella. Y ahí fue donde inicie esa travesía, por
cuestiones del destino me cambiaron ya con mi clave de plaza a una escuela rural, lejos de mi
ciudad natal, fue una experiencia que marcó profundamente mi vida profesional y personal.
Recuerdo con claridad el primer día que fue a conocer la comunidad, mis pies llenos de
ampollas por caminar tanto en lugares tan quebradizos y con muchos kilómetros que avanzar,
pero no todo era mal pues había frente a mí un paisaje completamente diferente, los rostros
sucios de los niños reflejaban curiosidad y, al mismo tiempo, una necesidad inmensa de
aprender. Ahí, en aquella pequeña comunidad, viviendo en una humilde casita de tablas y en
con la luz de un pequeño candil seguí mis estudios hasta concluir mi licenciatura, ese lugar
remoto me dio las herramientas para lograr mediante la práctica aplicar los conocimientos
adquiridos y entendí que ser maestra no era solo enseñar letras y números, sino también
escuchar, comprender y adaptarme a una forma de vida que, hasta entonces, me era ajena.
La escuela rural me enseñó que el compromiso con la educación va mucho más allá de los
recursos materiales. Aprendí a ser creativa con los materiales disponibles, a improvisar
cuando algo faltaba y, sobre todo, a valorar el poder transformador de la educación en las
comunidades más alejadas. Cada día representaba un reto, pero también una oportunidad
para crecer y aprender de mis alumnos y sus familias.

Con el tiempo, fui trasladándome a escuelas más cercanas a zonas urbanas. Las dinámicas
de enseñanza eran distintas, las necesidades de los estudiantes variaban y los recursos eran
más accesibles. Sin embargo, algo permanecía constante: mi compromiso con cada uno de
mis alumnos. Cada nueva escuela fue un capítulo más en mi historia como docente, un
espacio donde seguí perfeccionando mi práctica, aprendiendo nuevas metodologías y
fortaleciendo mi vocación.

Finalmente, logré llegar a una escuela urbana en mi ciudad natal. Regresar a mis raíces,
después de tantos años, fue como cerrar un círculo. Aquí, con una mirada más madura y una
experiencia invaluable, pude aplicar todo lo aprendido a lo largo de mi trayectoria. Me
reencontré con la esencia de mi vocación, con el amor por enseñar y con la satisfacción de
ver crecer a mis alumnos no solo académicamente, sino también como personas.

Cada etapa de mi carrera ha sido un peldaño en mi desarrollo profesional y humano. Los


niños de cada escuela me enseñaron lecciones que ningún libro podría ofrecerme: la
resiliencia, la alegría en las cosas simples, la empatía y la capacidad de adaptación.

Tramo 3: Experiencias y Vivencias en la Escuela - La Vida Docente

Desde el primer día que ingresé a un aula, sabía que mi vida cambiaría. La escuela se
convirtió en mi segundo hogar, el lugar donde cada mañana los rostros de los estudiantes me
saludaban con expectativas y curiosidad. No solo eran ellos los que llegaban con ganas de
aprender; también yo lo hacía. Me enfrentaba a desafíos inéditos, desde planificar lecciones
hasta lograr captar la atención de los más distraídos, pero la recompensa de ver el brillo en
los ojos de los niños cuando comprendían algo nueva valía cada esfuerzo.

Las vivencias en 8 escuelas recorridas, en muchos casos, lo que más me ha marcado. Cada
estudiante que pasa por mis aulas deja una huella en mí. He sido testigo de historias de
superación, de sueños que se han roto, pero también de aquellos que han salido adelante con
esfuerzo y dedicación. Recuerdo especialmente a aquellos alumnos que, al principio, parecían
desconectados o desinteresados, pero que, con el tiempo, mostraron un desarrollo increíble.
Su transformación me ha enseñado que la paciencia, el cariño y la comprensión pueden
cambiar vidas.

Los momentos difíciles que viví como docente para trasladarme en lugares peligroso y poco
confiables, siempre con la zozobra de que pudiera pasarme algo. Una vivencia que me marco
mucho fue el llegar por primera vez a una escuela rural donde era unitaria y sin el apoyo de
alguien que me acompañara en llevar una institución, me arme de valor y convoque a una
reunión, la gran sorpresa que me causo miedo pues los tutores eran padres de familia todos
encarados, algunos con armas, y con mi poca experiencia no estaba familiarizada en tratar
con varones en la reunión. Pues poco a poco mi trabajo dio frutos la gente me empezó a
conocer y tratarme bien, y los niños dispuestos aprender. El contacto con la naturaleza fue
enriquecedor.

Los momentos más inesperados también son los más significativos: las pequeñas
conversaciones con los alumnos al final de la clase, sus preguntas inesperadas, los
proyectos grupales que se convirtieron en verdaderas obras de arte, y las celebraciones que
hacen que todo el esfuerzo valga la pena. La vida docente está llena de momentos de alegría y
gratitud, pero también de desafíos y frustraciones. Hay días en los que uno llega al aula
agotado, con la sensación de que nada salió como esperaba, pero hay algo en el vínculo con
los estudiantes que te impulsa a seguir adelante.

A lo largo de los años, la colaboración con los colegas también ha sido fundamental. Los
maestros compartimos más que aulas; compartimos experiencias, consejos, frustraciones y
logros. En los pasillos, en las reuniones, en los descansos, se forman verdaderos lazos que
nos enriquecen y nos mantienen unidos en la tarea de educar. Cada docente aporta su
perspectiva, su estilo y su pasión, lo que hace que el trabajo en equipo sea una fuente
constante de aprendizaje. En ocasiones también tenemos malos entendidos, pero tenemos
que aprender a ser empáticos y no tomar las cosas de manera personal.

Con el paso del tiempo, me he dado cuenta de que la vida docente no es una carrera lineal,
sino un camino lleno de aprendizajes, cambios y ajustes constantes. Las herramientas y
enfoques que usaba al principio han evolucionado, así como la manera en que me relaciono
con los estudiantes. Sin embargo, lo que ha permanecido constante es mi compromiso con
ellos: el deseo de verlos crecer, de acompañarlos en su camino, y de ser parte de su historia,
aunque sea por un breve momento.

Hoy, cuando miro hacia atrás y veo todo lo que he vivido como docente, me siento
agradecida. La escuela me ha enseñado más de lo que jamás imaginé. Cada clase, cada
alumno, cada situación me ha dejado lecciones valiosas. La vida docente no es solo una
profesión, es una forma de vida, un llamado que va más allá de las lecciones académicas y
que, con cada paso, deja una marca indeleble en el corazón de quienes decidimos dedicarnos
a ella. Y mientras siga en el aula, seguiré aprendiendo, creciendo y compartiendo lo mejor de
mí con aquellos que confían en mi labor.

Tramo 4: El y la Docente desde la Perspectiva Integral

Cuando reflexiono sobre mi esencia como docente y ser humano, veo que mi vida profesional
y personal están profundamente entrelazadas. Los relatos que construí en este taller —sobre
mi autoconcepto, mi trayectoria profesional y mis vivencias como docente— no son
fragmentos separados de mí, sino piezas que forman un todo. Este ejercicio me ha permitido
comprender cómo cada experiencia ha contribuido a lo que soy hoy: una persona que
encuentra sentido en enseñar y aprender.

La resiliencia me ha permitido enfrentar los desafíos de trabajar en diferentes contextos


escolares, desde la falta de recursos en escuelas rurales hasta la complejidad de los entornos
urbanos. La empatía me ha llevado a conectar con mis estudiantes en un nivel más profundo,
entendiendo sus necesidades y luchas, y el compromiso ha sido la base que me impulsa a
seguir adelante, incluso en los días más difíciles.

Cada paso ha sido un aprendizaje. Recuerdo mi primera clase en una escuela rural, donde
aprendí que enseñar es mucho más que transmitir conocimientos. Fue en ese contexto donde
descubrí que escuchar y adaptarme a las necesidades de mis estudiantes era tan importante
como planificar una lección. Esa experiencia inicial marcó el camino para los proyectos que
emprendí en otras escuelas, como la organización de jornadas comunitarias en las que los
padres, estudiantes y maestros trabajábamos juntos, o el diseño de un programa de lectura
para niños con dificultades. Cada etapa de mi carrera me enseñó algo valioso sobre la
enseñanza y sobre mí misma.

Recordé momentos que han dejado una marca imborrable en mi corazón. Como aquella vez
en la que un estudiante, después de mucho esfuerzo, logró superar su miedo a leer en voz
alta frente a la clase. O esa ocasión en la que una familia me agradeció por apoyar a su hijo
durante una etapa difícil. Pero también reflexioné sobre los días complicados, como los
momentos de agotamiento o las situaciones en las que sentí que mis esfuerzos no eran
suficientes. Estas vivencias me han enseñado que ser docente no es un camino fácil, pero sí
uno profundamente significativo.

me doy cuenta de que mi identidad como docente está formada por un conjunto de
experiencias que me han moldeado como persona. Ser maestra no es solo lo que hago, es
quien soy. Mis valores personales, como la empatía y la justicia, guían mis decisiones en el
aula, mientras que mi experiencia profesional ha fortalecido habilidades como la paciencia y
la capacidad de adaptación, que también aplico en mi vida diaria.

Desde una perspectiva integral, entiendo que mi ser docente y mi ser personal no pueden
separarse. En el aula, soy la misma persona que en casa: alguien que busca comprender,
apoyar y motivar a quienes me rodean. Este taller me ha permitido ver que mi labor trasciende
las paredes de la escuela; lo que enseño y lo que aprendo tienen un impacto que va más allá
de los contenidos académicos. Cada estudiante que toca mi vida también deja una enseñanza
en mí, y eso es lo que hace que este trabajo sea tan especial.

Finalmente, reconozco la importancia de cuidar mi bienestar personal para poder seguir


entregando lo mejor de mí como docente. Si quiero ser un modelo de resiliencia y pasión para
mis alumnos, debo aprender a priorizar mis necesidades, a reconocer mis logros y a buscar
apoyo cuando lo necesito. Este proceso de reflexión me ha ayudado a entender que ser un
buen maestro comienza con ser un buen ser humano, y ese es el camino que seguiré
construyendo cada día.

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