144 - Aso - Furiadevastadora - Orland Garr
144 - Aso - Furiadevastadora - Orland Garr
278 − 1965
Impreso en España - Printed in Spain.
N. R. 2855/60
En Colección BISONTE:
874 — Desquite trágico.
En Colección BÚFALO:
557 — Atrevido jugador.
En Colección SALVAJE TEXAS:
414 — Poblado de pistoleros.
En Colección CALIFORNIA:
375 — Frente al peligro.
En Colección COLORADO:
356 — Por el honor del nombre.
En Colección KANSAS:
267 — Lucha en Montana.
En Colección ASES DEL OESTE:
278 — Un español en Nevada.
En Colección BRAVO OESTE:
206 — Un volcán en las venas.
CAPÍTULO PRIMERO
***
Spider se ciñó su cinto, dirigiendo una radiante sonrisa al comisario que
se lo entregó.
—Ahora estoy completo, sin esto me siento desnudo.
El sheriff le tendió la mano.
—Confío en que no me guardará rencor por haberle detenido.
—De ninguna manera, sheriff. Cumplió con su deber.
—Me alegra oírselo decir, Fuller. No se le olvide que Garnet Hunter
desea hablarle.
—De acuerdo perfectamente. ¡Hasta la vista!
Y salió a la calle. De nuevo era dueño de sus actos y podía ir adonde
quisiera. Decidió ir a la posada donde se alojaba, para explicar lo ocurrido,
pues estarían intranquilos por su ausencia. Además, podía perder su equipaje.
Quedó sorprendido al ser recibido con naturalidad, el posadero estaba
enterado de lo ocurrido, manifestando que la habitación continuaba estando a
su disposición.
Tranquilizado a este respecto, Spider decidió visitar a Garnet Hunter, el
hombre que se portó con tanta generosidad. Llegó al saloon y entró resuelto.
Quedó sorprendido al oír al barman.
—Puede subir arriba, el señor Hunter le está esperando.
No contestó y obedeció. Garnet Hunter era un hombre seguro de sí
mismo, tenía la certeza de que él accedería a sus deseos. Quizá no se
equivocase, y más, después de las muestras de generosidad hechas a su favor.
Llamó a una puerta en la que se leía: Dirección.
—Entre.
Obedeció. Vio a Hunter fumando al otro lado de una magnífica mesa, este
le hizo un amistoso ademán con la mano.
—Siéntese, Fuller.
Un hombre alto y delgado se volvió. Miraba a la ventana con
despreocupada expresión. Sus ojos pequeños y penetrantes se clavaron en el
vaquero, sus pupilas daban la sensación de ser dos ascuas, Spider tuvo la
seguridad de ser aborrecido por aquel hombre, pero esto no le preocupó lo
más mínimo.
Obedeció a la indicación de Hunter, este señaló una botella de whisky y
dijo:
—Puede servirse.
—Gracias, es usted muy amable.
El joven llenó una copa y al probarlo asintió con admiración:
—Es magnífico.
—Garnet Hunter siempre bebe lo mejor, Fuller. ¿Cómo ha ido el juicio?
—El juez se ha mostrado muy atento, no ha titubeado en dejarme libre.
—No tenía más remedio que hacerlo. Usted era inocente por completo,
muchacho. Por eso le aconsejé que no ofreciese resistencia al sheriff, nada
podía ocurrirle. Las leyes son muy rigurosas en Green Lawn, la culpa es del
juez Graham —y torciendo la boca en un gesto despectivo, exclamó—: ¡Es
una sabandija!
Spider no era de esta opinión, pero no hizo el menor comentario,
permaneciendo impasible. No se le escapaba la hostilidad existente entre los
dos hombres, una lucha a muerte estaba entablada entre ellos. A él no le
importaba, una cosa estaba clara, al lado de Hunter podría ganar dinero con
facilidad, y al parecer el dueño del saloon estaba vivamente interesado por él.
—¿Ya sabía que los dos hombres que mató pertenecían a mi equipo?
Spider se llevaba el vaso a los labios, y se detuvo sorprendido. Miró con
fijeza a Hunter.
—Lo ignoraba. De haberlo sabido me hubiera limitado a herirles.
—Nada de eso. Se portó muy bien, eran unos imbéciles.
Spider notaba sobre sí la mirada del hombre alto y delgado, este habíase
acercado a la mesa, sentándose sobre ella en postura negligente. Su aspecto
denotaba al pistolero innato, siempre presto a disparar contra un hombre.
—Este es Flash Scott, mi hombre de confianza. Fue una suerte que la otra
noche no presenciase lo ocurrido, se hubiera enfrentado a usted.
—Yo también me alegro. No tengo nada contra usted, Scott.
Los delgados labios del pistolero se plegaron en una desdeñosa sonrisa.
—Tuvo usted suerte. Le hubiera matado.
—Es posible.
Y Spider meneó la cabeza como si lo dudase. Hunter sonrió abiertamente,
se daba cuenta del antagonismo existente entre los dos hombres, habló
conciliador.
—Los dos son grandes tiradores, a ambos les necesito a mi lado.
Spider se inclinó ligeramente hacia delante.
—Por lo visto, desea hacerme una proposición.
Hunter se echó a reír.
—Va usted al grano, Spider. Es rápido y eficaz.
—No creo que sea un defecto.
—Al contrario, me gusta.
—Estoy dispuesto a escucharle, Hunter.
Y el vaquero se echó hacia atrás y cruzó las piernas con negligencia. El
dueño del “Green Dragon” cambió una rápida mirada con Scott, este asintió
con un movimiento de cabeza.
—Green Lawn era una pequeña población sin importancia hace un par de
años, yo la he engrandecido de una forma insospechada. ¿Sabe qué pago he
recibido?
Spider movió la cabeza negativamente.
—El más ingrato que pueda imaginarse. Ahora me acusan de ser la
perdición del poblado, Andrew Graham está haciendo una intensa campaña
contra mí. Acecha la primera oportunidad para detenerme, pero no le será
posible, estoy dentro de la Ley; Garnet Hunter es un hombre honrado.
Se detuvo para cerciorarse de la impresión causada en su oyente, pero no
le fue posible, la cara de Spider era impenetrable.
—Sí, Green Lawn era un pueblo destartalado, sin vida. Sus calles apenas
eran transitadas por escasos jinetes. Mírelo ahora, ¿qué le pareció a su
llegada?
—Una gran población, llena de vitalidad.
—Exacto, eso es. Y todo ha sido obra de Garnet Hunter.
El aventurero habíase levantado, sus dedos juguetearon con la gruesa
cadena de oro que cruzaba su chaleco Se erguía orgulloso.
—A mi lado no le faltará nada, Fuller. ¿Desea quedarse?
—Todavía no sé las condiciones.
—Las económicas no merece la pena mencionarlas, quedará usted
contento de mí. Sus obligaciones son la de seguir mis instrucciones sin
vacilar, tengo poderosos enemigos y me veo precisado a defenderme.
Necesito excelentes tiradores a mi lado, con el fin de mantener a raya a
posibles agresores. ¿Me ha comprendido?
—No muy bien. Le advierto, Hunter, que yo no soy un asesino. No me
importa enfrentarme con un hombre, siempre que sea cara a cara y dentro de
la Ley.
—De acuerdo, Fuller. Confiaba en que nos entenderíamos.
—Estoy dispuesto a trabajar con usted.
—La mayor parte de las órdenes las recibirá de Flash Scott.
—No tengo el menor inconveniente.
—¿Tiene mucho dinero?
—No llega a los diez dólares.
—Lo suponía. Tenga este adelanto, cambie de alojamiento. Me gusta que
mis hombres estén bien instalados.
—Gracias.
Spider cogió los billetes que Hunter le alargaba, metiéndolos en un
bolsillo sin contarlos. Se levantó, y comprendiendo que sus interlocutores
daban la entrevista por terminada, se despidió con un ademán, saliendo del
despacho.
Cuando llegó a la calle aún meditaba sobre lo ocurrido, sin saber con
certeza si fue acertada su decisión. Se acababa de ligar a un hombre sin
escrúpulos, de esto no podía existir la menor duda. Lo más sensato hubiera
sido solicitar un aplazamiento para dar su respuesta, cerciorarse de la
situación.
Se encogió de hombros. Él había hablado con claridad, se hallaba
dispuesto a luchar, pero no a asesinar. Si la bajeza de Hunter descendía hasta
ese extremo, renunciaría a continuar a su lado, sin importarle la reacción de
su nuevo jefe. Desconocía los negocios de Garnet Hunter, existiendo nada
más una realidad, el mejor saloon de Green Lawn le pertenecía.
Ahora ya tenía dinero en su poder, esto era lo ambicionado durante
muchos años, y ya no le faltaría. Aunque no contó los billetes alargados por
Hunter, calculó poco más o menos cien dólares, una cantidad para él
importante.
Desde luego, estaba convencido de cuál debía ser su conducta, para ganar
aquel dinero y el que continuaría llegando a sus bolsillos. Su “Colt” estaría a
disposición del aventurero, presto para disparar contra sus enemigos. No
vacilaría en estar a su lado, aunque autoritario y altivo, no le creía cruel.
Spider andaba despreocupado, satisfecho de no tener que preocuparse del
día siguiente. Se detuvo, acababa de distinguir una gentil figura, la hubiera
reconocido entre cien mil sin vacilar, se trataba de Betsy Gleaves, la
encantadora secretaria del juez.
El vaquero no vaciló, se dirigió hacia la joven.
Betsy acababa de salir de una tienda, no advirtiendo la proximidad de
Spider. Cuando oyó su saludo se volvió sobresaltada.
—¡Ah, es usted, señor Fuller!
—Naturalmente. ¿Quién se creía que podía ser?
—Nadie, no he pensado en ninguna persona en particular, me es
indiferente.
—Es usted muy desdeñosa, señorita. ¿Me creerá si le digo una cosa?
—¿Por qué no he de creerle?
—Nunca había visto a una mujer ocupando semejante empleo, eso es más
adecuado para un hombre.
—Creo haberlo desempeñado con eficacia —respondió la joven alzando
la cabeza con altivez—. Además, no es de su incumbencia. El señor Graham
es quien debe opinar.
—Si estuviese en el lugar del juez, mi opinión también sería favorable
para usted.
—¡Es usted un insolente!
—Nada de eso. Ha estado lejos de mi ánimo ofenderla. Le ruego que no
vea en mis palabras una censura.
—¿Todavía no se ha marchado? —preguntó Betsy en lugar de responder.
—No, ya puede verlo, me tiene a su lado. Es más, creo que permaneceré
una temporada en Green Lawn.
—Es posible que no le siente bien este clima.
—Al contrario, el clima de California es agradable y benigno.
—Celebraré que continúe pareciéndole así.
Spider iba a responder, cuando se sorprendió al verla hacer un gesto de
despedida y alejarse.
—¿Me permite acompañarla, señorita?
—No, señor Fuller. No lo tome como una ofensa, pero Green Lawn es un
pueblo, y su compañía levantaría murmuraciones.
—Comprendo, y créame que lo lamento.
El tono de Spider contenía una cómica aflicción, y Betsy tuvo que
morderse los labios para contener una sonrisa.
El vaquero permaneció inmóvil, viendo cómo se alejaba.
CAPÍTULO III
***
El día siguiente transcurrió tranquilo, sin que nada hiciese presagiar la
tormenta que se desencadenaría por la noche. Cierto que llegaron varios
forasteros, pero esto carecía de importancia para los habitantes de Creen
Lawn en la actualidad. Habían pasado los tiempos en que un jinete
desconocido despertaba curiosidad.
Andrew Graham desayunó, con gesto maquinal llenó su pipa, mientras su
esposa se levantaba, y acercándose a él encendió un fósforo.
—Gracias, Dolly. Sin ti estaría perdido, eres ni ángel guardián.
Ella acarició la frente de su marido.
—¿Estás preocupado, Andrew?
—No puedo negarlo. Garnet Hunter es un mal bicho, y está decidido a
hacerse el dueño de la población.
—No lo conseguirá, la razón está de tu parte.
El juez movió la cabeza dubitativo.
—Es muy astuto, procura estar dentro de la Ley. Es poseedor del “Green
Dragon”, el mejor saloon del pueblo y varios tugurios. Ejerce su dominio
sobre las restantes tabernas, no permitiendo que prosperen. Solo se juega en
sus locales.
—Eso no es posible. ¿Cómo puede conseguirlo?
—Sus pistoleros son rápidos y actúan con decisión. Nadie se atreve a
oponerse a sus órdenes.
—¿Y el sheriff?
Andrew Graham sonrió tristemente.
—Ya te he dicho antes que actúa dentro de la Ley, por lo menos en
apariencia. En cuanto al sheriff, eso es punto aparte, tengo la sensación de
que ese hombre obedece las instrucciones de Hunter.
—¿Quieres decir? —inquirió Dolly Hunter sorprendida.
—Temo que sí.
Y se levantó, dispuesto a marcharse a su despacho.
—Aún es pronto, querido. Betsy aún no ha venido.
—No tardará mucho. Esa muchacha es puntual.
—Su padre estaría orgulloso de ella. Es muy bonita e inteligente. He oído
decir que Denny Holmes está perdidamente enamorado de ella, y Holmes es
el propietario del mejor rancho de la región.
—Ya lo he observado —asintió el juez—, pero temo que Betsy no le
corresponda. Ya sabes cómo es, voluntariosa y decidida, jamás accederá a
casarse con un hombre a quien no quiera, aunque este sea poseedor de un
millón de dólares.
—Sí, lo sé. Betsy no es interesada.
—Su padre fue mi mejor amigo y prometí cuidar de ella. Esta muchacha
jamás ha constituido una carga para mí, al contrario, su ayuda me es muy
valiosa.
En aquel instante llamaron a la puerta. Dolly exclamó mientras se
disponía a abrir.
—Debe ser ella.
No se equivocaba la señora Graham, al abrir la puerta vio a Betsy. La
muchacha la besó en la mejilla.
—¿Ya ha desayunado tu marido, Dolly?
—Sí, Betsy. Ahora mismo ha entrado en el despacho.
—Está hecho un tirano —contestó la muchacha haciendo un mohín.
—¿Es grave la situación, Betsy? —preguntó Dolly tras titubear unos
momentos.
—Como siempre, desde la llegada de Garnet Hunter. Por fortuna, no
ocurren muchas peleas.
—Andrew está preocupado.
—Es comprensible. El poder de Hunter se está extendiendo. Es hábil y
procura no salirse de la Ley en apariencia.
—Bien, bien —suspiró la buena mujer—, no te entretengo más.
Betsy halló al juez asomado a la ventana, esta estaba abierta de par en par,
dejando entrar los cálidos rayos del sol. Al oír abrirse la puerta se volvió.
—Buenos días, muchacha —saludó con afabilidad—, hoy promete ser un
día ajetreado. Empezaremos a trabajar enseguida.
Ni el propio Andrew Graham sospechaba lo justificadas que estaban sus
palabras, el trabajo sería muy superior a lo imaginado, y desagradable en
extremo.
Atendieron algunos asuntos pendientes de escasa importancia, no
tardando en dejarlos resueltos. De pronto, Andrew Graham miró a su
secretaria, tras haber encendido su pipa y lanzado una bocanada de humo.
Habló, expresando en voz alta su pensamiento.
—Spider Fuller continúa todavía en el poblado.
Betsy fingió no acordarse de a quién se refería el juez, cuando en realidad
su pensamiento estaba puesto en él, más de lo que quisiera.
—¿Spider Fuller?
—Sí, el vaquero que mató hace unos días a dos hombres de Hunter.
—Ya me acuerdo. Quizá desee pasar unos días en Green Lawn.
—Sospecho que trabaja para Hunter.
—¡No es posible! —exclamó Betsy, vivamente—. Daba la impresión de
ser un honrado vaquero.
El juez movió la cabeza pesaroso.
—El dinero es muy tentador, Betsy. Y más cuando es posible conseguirlo
con facilidad.
—No puedo creer que Spider Fuller se convierta en un vulgar pistolero.
De nuevo se ensimismaron en su tarea, hasta que de súbito entró en el
despacho la señora Graham.
—Andrew, ahí fuera están Denny Holmes y su capataz. Parecen muy
excitados y quieren hablar contigo.
—Bien; diles que entren.
Denny Holmes era un joven de veintiocho años, alto y fornido, su atezado
semblante estaba cubierto de pecas. Sus toscas facciones eran firmes y
nobles, así como la mirada de sus ojos grises.
—¿Qué te ha ocurrido, Denny? —preguntó el juez, afable.
—Esta noche, los cuatreros me han robado un centenar de reses. Lo más
lamentable es que dos de mis vaqueros han aparecido asesinados.
El rostro de Andrew Graham palideció intensamente al oírle. Lo ocurrido
no podía ser más desagradable. En la región, aparte de la desaparición de
algunas reses, los cuatreros no habían actuado. Se trataba de una nueva plaga,
mucho peor por demostrar los forajidos su decisión de disparar a matar.
—¿Cuándo te has dado cuenta?
—Esta mañana. Las huellas de los cuatreros desaparecen en la parte
montañosa, hacia el sur.
—¿Has informado al sheriff de lo ocurrido?
—¡Al sheriff! —exclamó Denny Holmes, despectivo—. Ese hombre es
un farsante. No confío en él.
—No debes hablar así, Denny —le amonestó el juez.
—¿Por qué no? Está vendido a Garnet Hunter.
—¿Puedes probarlo?
—No, por desgracia.
—Debes de ir a comunicarle lo ocurrido. Yo no puedo hacer nada.
—Tiene usted razón, aunque sé de sobras lo que me responderá.
Se volvió hacia Betsy e hizo un esfuerzo para sonreír, consiguiendo tan
solo hacer una mueca.
—Perdona, Betsy, por no haberte saludado, estoy excitado por lo
ocurrido.
—Lo comprendo, Denny. No te preocupes por eso.
Denny y su capataz salieron tras haberse despedido. Andrew Graham se
sentó desalentado, hundiendo la cabeza entre sus manos. Betsy le
contemplaba pesarosa.
—Solo faltaba eso, Betsy.
—¿Crees que hayan sido los hombres de Hunter?
—No lo creo. Hunter no es tan estúpido como para cometer una fechoría
semejante. No le conviene, ocupa una posición muy ventajosa.
Denny no se equivocaba; el sheriff se limitó a mover la cabeza
desconcertado, después acompañó al denunciante y sus vaqueros hasta el
lugar donde desaparecían las huellas de los cuatreros. Esta fue su actuación;
en realidad, no podía hacer nada más. Lo que disgustaba al vaquero era su
impasibilidad, como si dudase acerca de su actuación.
Y así era. El sheriff quedó sorprendido al oír la denuncia. No se decidió a
adoptar una postura decidida, antes deseaba consultar con Garnet Hunter.
Quizá fuese obra suya, de lo contrario cumpliría con su deber, persiguiendo
con saña a los cuatreros. Esto le iría bien, sería una demostración de su
eficiencia para ocupar aquel cargo.
Se encaminó hacia el “Green Dragon”, entrando por la puerta trasera, tras
haber adoptado precauciones para no ser visto. Hunter le miró sorprendido al
verle entrar en su despacho.
—¿A qué se debe su visita, sheriff?
—Anoche robaron en el rancho de Denny Holmes, mataron a dos de sus
vaqueros.
Hunter propinó un fuerte puñetazo sobre la mesa.
—Lo esperaba, Ernie Collins ha empezado a actuar. ¡Maldito canalla!
—¿Quién es Ernie Collins? —inquirió, sorprendido.
—Un sujeto muy peligroso. Nada más le he visto acompañado de dos
hombres, pero debe estar rodeado de muchos más, de lo contrario, no se
habría estado tan provocativo.
—¿Debo detenerle?
—Directamente, no. Si lo intentara deberíamos nombrar un nuevo sheriff.
Es preciso actuar con astucia.
El sheriff se estremeció al oírle. Cuando Hunter afirmaba que un hombre
era peligroso, no se equivocaba, poseía mucha experiencia para ello. Ya no
deseaba enfrentarse con Ernie Collins, no fuese que se cumpliese su
pronóstico.
—¿Qué debo hacer? —preguntó.
—Ponerse a la disposición de los vaqueros y tratar de combatir a los
cuatreros con eficacia. En cuanto oscurezca ya le mandaré algunos hombres.
Esto producirá una buena impresión a la población.
El sheriff asintió. Los ojos de Hunter estaban puestos con dureza en él, su
ceño era adusto.
—Puede marcharse, y procure que no le vean salir… Ahora menos que
nunca nadie debe sospechar sus relaciones conmigo. ¿Me ha entendido?
—Sí, señor Hunter. Le he entendido perfectamente.
Y se apresuró a marcharse.
Garnet Hunter masculló una maldición. Sus sospechas se habían
realizado. Ernie Collins llegó a Green Lawn con un plan trazado de
antemano; su llegada no fue producto del azar.
Si todo se limitara a robar ganado, no le importaría en absoluto, casi le
favorecería. Su inocencia sería demostrada con facilidad, nadie se atrevería a
acusarle de complicidad con los cuatreros. Su personalidad adquiriría más
solidez en la región.
Pero las intenciones de Ernie Collins no terminarían en robar ganado,
sino que irían mucho más allá. Aquel bandido había llegado a Green Lawn
con la decidida idea de desplazarle, deseando adueñarse de la región. Le
conocía bien para dudar de sus proyectos, Collins era ambicioso.
Se mantendría a la expectativa, procurando aprovechar el primer fallo de
sus enemigos para caer sobre ellos. Si este se efectuaba, se lanzaría contra los
cuatreros con energía, con la implacable decisión de exterminarlos.
Se fue tranquilizando, al comprender que su posición era más ventajosa.
Ernie Collins y los suyos sucumbirían, quedarían aplastados ante el empuje
de sus hombres. Sobre todo confiaba en dos de ellos, estos eran Flash Scott y
Spider Fuller.
CAPÍTULO IV
***
Al día siguiente, corrió por toda la región lo ocurrido. La derrota de los
cuatreros produjo una gran alegría, y todas las miradas se centraron sobre la
apuesta figura de Spider Fuller.
El más satisfecho era Garnet Hunter. Aquella primera lección que recibía
Ernie Collins podía considerarse como el presagio de su completa
destrucción, si se obstinada en continuar en la región. Admiró la astucia y
destreza mostrada por el vaquero, y cuando este llegó a su despacho palmoteo
amigablemente en su espalda.
—¡Bravo, Fuller! Se ha portado muy bien.
—Ya se lo dije. ¿Dónde está el dinero?
—Siempre práctico, muchacho. A mi lado hará carrera.
—Por eso me he quedado.
El aventurero se echó a reír regocijado. Se volvió hacia Scott.
—¿Qué te parece, Scott?
—La maniobra ha sido hábil —afirmó este lacónico.
—Buen elogio, Scott, buen elogio —abrió un cajón de la mesa y cogió un
fajo de billetes—. Tenga, Fuller, mil dólares.
El joven lo cogió y, contando cien dólares, los arrojó a su vez sobre la
mesa.
—Solo quiero lo que le pedí.
Hunter le miró sorprendido.
—Rechaza cien dólares.
—Ya puede verlo. Solo deseo lo que gane, no quiero exponerme a que me
lo eche en cara.
Por un instante, la cara de Garnet Hunter se contrajo, en una mueca de
furor, dando la impresión de abalanzarse sobre el vaquero. La mueca se
desvaneció instantáneamente, fue tan rápida, que Spider dudó de haberla
visto. Hunter sonrió jovialmente.
—Me gusta su pundonor, Fuller. Y me desagrada su rencor. Debemos ser
buenos amigos, haremos grandes cosas.
Spider se levantó perezosamente y con un movimiento de cabeza se
despidió, mientras metía los billetes en su bolsillo.
Cuando la puerta se hubo cerrado tras Spider, Hunter golpeó sobre la
puerta iracundo. Sus ojos brillaban con furia.
—¡Maldito vaquero! Me molesta su orgullo.
—Será mejor eliminarle —musitó a su lado Scott.
—No, es muy valioso para desembarazarnos tan pronto de él. Es capaz de
destrozar a Collins y sus pistoleros él solo, si tiene el aliciente de cobrar
varios miles de dólares. Es muy ambicioso.
—Y también de destrozarnos a nosotros.
—Nada de eso. Fuller es listo, y sabe de qué parte encontrará beneficio.
Spider salió del saloon, andaba despreocupado. Lo ocurrido la noche
anterior carecía de importancia para él, tan solo había sido un aviso para
Ernie Collins. Estaba convencido de que este no se arredraría por aquel
primer tropiezo, y no tardaría en intentar represalias contra sus enemigos,
quizá el primer blanco fuese él.
Estaba decidido a cobrar lo correspondiente, de sus decisivas actuaciones,
no deseando deber nada al forajido. Su carácter era muy susceptible, no
admitiendo ninguna ofensa.
También advirtió la mueca aparecida en el rostro de Hunter, teniendo la
seguridad de que aquel hombre le odiaba, pero esto no le importaba, no temía
a aquellos bandidos; él sabía defenderse.
Levantó la cabeza de improviso, como si hubiese presentido un peligro
inminente. A unas cien yardas vio a dos hombres, la actitud de estos era
francamente amenazadora, no quedando lugar a dudas de cuáles eran sus
intenciones; se trataba de la réplica de Ernie Collins.
Los escasos transeúntes habíanse detenido asombrados, y al comprender
lo que no tardaría en suceder, se apresuraron a alejarse, aunque de forma que
no perdiesen de vista el emocionante acontecimiento.
Los dos hombres se habían separado, sin duda para ofrecer menos blanco
a Spider. Este continuaba hacia adelante, su imperceptible sonrisa no
desaparecía de sus labios. Al fin se detuvo, una distancia de cincuenta yardas
les separaba, los “Colt” podían ser empleados con toda su mortífera eficacia.
—¿Me buscan a mí? —preguntó Spider con frialdad.
—Sí, Fuller —respondió uno de los pistoleros.
—Pues no han tardado en encontrarme. Han tenido suerte.
—Sí, hemos tenido suerte. No tardarás en quedar tendido a balazos.
—Están muy seguros. Ya pueden empezar la fiesta.
Los dos pistoleros se encogieron, sus manos fueron en busca de sus
"Colt”, pero no llegaron a empuñarlos. Spider, erguido en mitad de la calle,
ya disparaba contra ellos, en sus manos habían aparecido los revólveres. Sus
movimientos fueron tan centelleantes, que los impresionados espectadores no
pudieron seguirlos con la mirada.
Los pistoleros cayeron al suelo bañados en sangre, sus ojos
desmesuradamente abiertos por la muerte, expresaban el asombro que les
produjo la inesperada derrota.
Spider enfundó los “Colt”, permaneciendo inmóvil, contemplando con
dura mirada a sus derrotados enemigos. Ya habíase asegurado de que ningún
pistolero de Collins permanecía al acecho para disparar sobre él.
Ernie Collins había cometido un error, el cual podía costarle muy caro.
Creyó que dos de sus pistoleros bastaban para quitarle de en medio, no
ocurriendo así. Y menos mal que le concedió algún crédito, y no le envió a un
solo adversario.
Un silencio absoluto se había hecho en la amplia calle Mayor. Todas las
miradas estaban puestas en su alta y esbelta figura, y él permanecía
indiferente a la curiosidad pública. Su nombre empezaría a sonar rodeado de
ruidosos adjetivos, se haría famoso y temido.
No le importaba la fama, la noche pasada, al realizar la celada contra los
cuatreros, tenía la seguridad de que ya era célebre en la región. Ahora, al
desembarazarse con tan centelleante facilidad de los dos pistoleros que le
salieron al encuentro, todas las miradas le contemplarían con admiración y
temor.
Vio avanzar al sheriff y dos comisarios. No se movió, contemplándoles
con su indolente sonrisa. El sheriff se detuvo a escasas yardas de él, su actitud
no era amenazadora.
—¿Debo entregarle otra vez mis revólveres? —preguntó burlón.
—No, Fuller. Ha sido una buena faena.
—¿Ha presenciado usted lo ocurrido?
—No, pero me he enterado.
—Se lo han comunicado con mucha rapidez. La versión de los hechos
puede estar equivocada.
—No lo creo, esos dos hombres le esperaban para matarle.
—Así es.
—Debieron pertenecer a la cuadrilla de cuatreros, y estos deben estar
furiosos contra usted.
—Ha sacado la misma conclusión que yo, sheriff. Me alegro de ello.
—Todos los habitantes honrados de Green Lawn le están agradecidos por
su actuación.
—Siempre estaré dispuesto a combatir forajidos, sheriff.
—Se lo agradezco, su colaboración es muy valiosa.
El sheriff se volvió hacia los comisarios, dándoles instrucciones para
retirar los cadáveres. Spider se iba a retirar, cuando sus cejas se enarcaron.
Estaba sorprendido por ver acercarse al juez Graham.
Los músculos del vaquero se pusieron tensos. Sin poderlo evitar, le
imponía la presencia de aquel hombre enérgico y honrado. En su presencia no
sentíase seguro de sí mismo, su desfachatez desaparecía como arrastrada por
una invisible mano. No le inspiraba temor, sino algo muy distinto; respeto.
—¡Hola, Fuller!
—Buenos días, señor Graham.
—Es usted muy temible manejando el “Colt”.
—Sí, desde niño me ha sido muy familiar.
—Si continúa usted así, limpiará la población de indeseables.
—Siempre he sido provocado, señor.
—En esta ocasión puedo afirmarlo, he sido testigo del desafío.
—Ello me tranquiliza. El sheriff me ha asegurado de que no es necesaria
mi detención.
Este habíase acercado, su posición era deferente, al oír estas palabras de
Spider, se apresuró a asentir.
—Lo he creído conveniente, señor Graham. Estos hombres le estaban
esperando.
—Sí, sheriff, ha cumplido con su deber.
Spider levantó la cabeza, mirando hacia la casa del juez. En una abierta
ventana divisó a Betsy; la joven les miraba con atención, su semblante aún
continuaba pálido. Sin poderlo evitar se alegró. Betsy presenció la breve
lucha en unión del juez, su palidez indicaba que temió por su seguridad. Esto
indicaba que le estimaba, o por lo menos no le aborrecía.
—Me he enterado de su actuación de anoche, Fuller —dijo Graham con
una ligera sonrisa— y le estoy muy agradecido. Nos ha prestado un gran
servicio.
Spider asintió con un movimiento de cabeza. No se hallaba a gusto bajo
la severa mirada del juez, a pesar de lo afable de su tono, este contenía una
ligera censura, como si le reprochase el estar a sueldo con un hombre sin
escrúpulos, que se burlaba continuamente de la Ley. Le interrogó con la
mirada.
Andrew Graham movió la cabeza con tristeza.
—No, no tengo nada más que decirle, Fuller.
Se alejó, en dirección al saloon. Su rostro era impenetrable, consciente de
que todas las miradas estaban puestas en él con curiosidad.
Nadie le habló, incluso algunos pistoleros pertenecientes a la cuadrilla de
Hunter. Entró en el local, encaminándose hacia el mostrador. El barman se
apresuró a colocar un vaso ante él.
—¿Ron, Fuller?
—Sí.
Su mano no tembló lo más mínimo al coger el vaso y probar el licor, una
pasmosa serenidad se desprendía de él. Y sin embargo, en su interior se
desarrollaba una intensa batalla, sus sentimientos y egoísmo se encontraban
en dura lucha.
La culpa de su estado de ánimo la tenía el juez Graham, su aspecto digno
y austero le imponía. No pronunció una sola palabra contra él, pero su tono y
su mirada le recriminaban su conducta. Jamás se avergonzó ante nadie, ahora
ya no podría decirlo.
Con un gesto brusco vació el vaso, nunca acostumbraba a beber de
aquella forma el ron, pero en esta ocasión se hallaba enfurecido consigo
mismo.
Dejó una moneda sobre el mostrador y respondió con una sonrisa al
afectuoso saludo del barman, dirigiéndose hacia la escalera, otra vez se
encaminaba hacia el despacho de Hunter.
El forajido le recibió con una deslumbrante sonrisa.
—¡Muy bien, muchacho! —exclamó jovial—. Buena faena.
—No creo que haya estado mal. ¿Qué le parecen doscientos dólares por
cabeza?
—¡Por la cabeza del gran Manitú! Es usted un terrible calculador.
—¿Le parece excesivo el precio? —inquirió Spider con suavidad.
—Nada de eso. A ese precio puede exterminar a todos los hombres de
Collins. Por la cabeza de este le doy mil dólares.
—Ya le dije que no soy un asesino, tan solo estoy dispuesto a luchar.
Usted me paga, mis revólveres combatirán a su favor.
—Extraña teoría, Fuller. Si no fuese por eso, tendría toda mi admiración.
—¿No le molestará?
—En absoluto, siempre que no perjudiquen mis intereses —Garnet
Hunter se inclinó sobre la mesa, sus ojos miraron con dureza a su interlocutor
—. Si es así, el asunto cambia. ¿Me ha entendido, Fuller?
—Sí.
—No debe ignorar que el jefe soy yo.
—Siempre lo he sabido.
Spider no pestañeó. La expresión de Hunter cambió radicalmente, otra
vez volvía a sonreír ampliamente. Lanzó algunos fajos sobre la mesa. Spider
cogió los billetes con calma.
—Aquí están los cuatrocientos.
—Nunca había tenido tanto dinero, Hunter.
—Si continúa así, dejará mi caja fuerte exhausta.
—Aunque lo consiguiera, no le arruinaría, Hunter. Debe poseer una de las
mayores fortunas de California.
—Por favor, no exagere.
Se hallaban los dos solos, por primera vez no vio al lado de Hunter a
Flash Scott. ¿Dónde estaría el pistolero? ¿Se hallaría realizando alguna
misión encomendada por su jefe o no quiso encontrarse con él?
Hallaba más exacta esta segunda posibilidad, el pistolero no quiso estar
presente, para evitar tener que felicitarle. No le importaba en absoluto, desde
un principio tuvo la certeza de tener en él un enconado enemigo, y esto no le
producía ninguna contrariedad.
Garnet Hunter se mostró muy amable hasta que se despidió de él.
Spider sabía con certeza que su presencia no resultaba agradable al
forajido, aunque tan solo fuese por el hecho de no dejarse avasallar. Pero
existía un factor muy importante. Hunter le necesitaba para luchar contra
Ernie Collins.
CAPÍTULO VI
***
El negro manto de la noche habíase extendido sobre Green Lawn. Por
encima de las puertas batientes del “Green Dragon” salía una música
pegajosa y excitante, acompañando a una voz cálida, aunque excesivamente
chillona. El murmullo de los clientes casi ahogaba la voz de la cantante.
Aquella parte de la calle Mayor todavía estaba bastante iluminada, debido
a las luces del saloon y algunas tabernas cercanas. No así la parte opuesta,
donde se instalaba el saloon de Ernie Collins.
Algunas sombras se deslizaron acercándose al edificio. Se movían con
cautela, sin producir apenas ruido, como si se propusieran sorprender a los
cuatro hombres que se hallaban en el interior.
Spider llegó hasta la pared, cinco hombres le seguían; todos habían
recibido órdenes para acatar sus decisiones sin titubear. Dos de estos se
quedaron en la acera de enfrente, preparados para entrar en acción cuando lo
indicase su provisional jefe.
El joven se acercó con cautela a la puerta. Todo salía como lo había
previsto, los cuatro pistoleros de Collins se confiaron. Asomó la cabeza y vio
a tres de ellos sentados alrededor de una mesa jugando al póker; el otro
permanecía en pie, con un rifle sobre el brazo. Indudablemente había
abandonado su puesto de guardia.
Le repugnaba disparar contra aquellos nombres desprevenidos, aunque
fuesen temibles pistoleros. Les daría una oportunidad de salvar la vida o
defenderse, esto ya dependería de ellos.
—¡Levantad los brazos, estáis rodeados!
La contestación fue la esperada; los hombres prorrumpieron en
blasfemias y juramentos. Uno de ellos derribó la mesa, sumiendo el amplio
local en la oscuridad. Sacaron sus revólveres y dispararon. Spider saltó con
rapidez a un lado, librándose de ser alcanzado, mientras disparaba a su vez, y
el forajido del rifle rodaba por el suelo herido de muerte.
Resonaron numerosos disparos, pues los acompañantes de Spider se
apresuraron a intervenir. Los hombres de Collins fueron arrasados, el plomo
cayó sobre ellos con furia devastadora.
Tan solo un pistolero quedó herido, y de escasa gravedad, pudiendo
retirarse por sus propios pies. Spider entró en el local tomando precauciones,
por si quedaba con vida alguno de sus enemigos, evitando que pudiera
disparar contra él.
Un pistolero recogió la derribada lámpara y la encendió, iluminando la
amplia sala. El espectáculo era siniestro, los forajidos yacían en diversas y
grotescas posturas, habiéndose apoderado de ellos la muerte.
Spider movió la cabeza para desechar la mala impresión que le
produjeron las víctimas de su audaz golpe. No eran dignos de compasión, se
trataba de viles asesinos que no vacilaban en disparar contra indefensos
vaqueros. En cambio, él les dio una posibilidad de defenderse, y si se
hubieran entregado, ahora estarían detenidos, esperando la decisión de Garnet
Hunter. Aunque con sinceridad, debía de confesarse, aquellos hombres no
habrían tardado en morir.
Hunter era sanguinario, y de no haberlo sido, a su lado estaba Flash Scott,
y de este no podía esperarse piedad alguna. El temible pistolero solo ansiaba
una cosa: matar.
Spider decidió actuar con rapidez. Los dos hombres que habían esperado
en la acera opuesta ya estaban a su lado, hizo un gesto afirmativo y estos
desparramaron la gasolina que contenían las botellas que llevaban. Otro dejó
caer la lámpara, y las llamas chisporrotearon con violencia.
Salieron sin apresurarse, contemplando el resultado de su fechoría, el
incendio no tardó en adquirir proporciones aterradoras.
Se alejaron, al ver avanzar a algunos hombres. El sheriff corría al frente
de ellos, y del grupo surgían grandes gritos de alarma.
Los moradores de la casa siniestrada salieron atemorizados. Por fortuna,
la casa estaba separada de las restantes, siendo fácil impedir que el fuego se
propagase a las otras, aunque debían combatir con energía contra las llamas.
Llevando cubos de agua y sin desmayar consiguieron evitarlo, aunque no
la destrucción total de la casa. De esta apenas quedó una pared cuando las
llamas se extinguieron, y los hombres, sudorosos, respiraron aliviados.
Ernie Collins, acompañado del único hombre que le quedaba, contempló
la devastadora labor del fuego. Sus puños estaban crispados y los ojos le
brillaban con imponente furia.
Todas sus esperanzas de vencer a Hunter quedaban desvanecidas,
solamente le quedaba un hombre, pudiéndose considerar la lucha como
terminada, con la victoria total de su aborrecido enemigo. Mil pensamientos,
a cuál más absurdo, cruzaron por su mente. Todos fueron rechazados, pero
quedó una idea fija en su cerebro: la muerte de Garnet Hunter.
Sí, no se iría de Green Lawn dejando vivo a Hunter. Por lo menos tendría
el consuelo de verle rodar a sus pies y escupir sobre su cadáver.
Algo más distante se hallaba Garnet Hunter. Sonreía de forma siniestra.
Su victoria había sido rotunda, no quedando ninguna duda sobre ella. Tan
solo le faltaba una cosa: la muerte de Ernie Collins.
Entonces ya no quedaría ninguna duda sobre su absoluto poder en la
región, dedicando su atención al juez Graham. Este le molestaba, su
escrupulosidad le sacaba de quicio, pues sabía que no descansaba en su afán
de conseguir pruebas contra él y poderle detener.
Se echó a reír. Aquel incauto que todavía creía en el poder de la justicia,
sin tener fuerza alguna para apoyarla. El sheriff y sus comisarios le
obedecían, el juez no contaba con ninguna defensa, y todavía el iluso se
empeñaba en combatirle.
Soltó una carcajada, mientras presenciaba los esfuerzos de la gente. Ya no
le importaba que este fuese extinguido, el lugar destinado por Collins para
establecer su cuartel general estaba destruido.
—¡Hermoso espectáculo! ¿Verdad, Scott?
—Sí, es magnífico.
—Debemos reconocer que Fuller sabe hacer bien las cosas. Ese
muchacho es una alhaja.
—Es eficaz, no puedo negarlo.
Hunter meneó la cabeza pesaroso.
—Es una lástima que tenga ese obstinado carácter, no podrá aprovechar
las ventajas adquiridas hasta ahora. Lo repito, es verdaderamente lamentable.
Los dos malvados continuaron conversando en tono festivo. Sus planes
no podían desarrollarse mejor, haciendo fracasar los peligrosos proyectos de
Ernie Collins. Indudablemente, la llegada de Spider Fuller fue providencial
para ellos, aunque de todas formas estaban convencidos de haber dado a los
cuatreros su merecido.
Spider llegó hasta ellos. Hunter le palmoteo la espalda amigablemente.
—Muy bien, Fuller. El golpe ha sido perfecto.
—No ha habido dificultad, se hallaban muy confiados.
—¿Ha muerto Ernie Collins?
—No.
—Me hubiera alegrado de lo contrario. En realidad carece de importancia,
como no huya inmediatamente, acabaré con él.
—El encargo ya ha sido cumplido —dijo Spider.
—Sí, mañana le entregaré una importante cantidad.
—Ya confiaba en ello.
Y Spider se alejó hacia su alojamiento.
—¿Querrás creer que la serenidad de ese individuo empieza a crisparme
los nervios? —se lamentó Hunter.
—Lo comprendo. A mí me resultó odioso cuando lo vi por primera vez.
—También encontrará lo que le hace falta.
—Una tumba en el cementerio de Green Lawn.
—Eso es, Scott. Se trata de otra de tus excelentes ocurrencias.
—Seré yo quien lo mande allí —diagnosticó el pistolero con ferocidad.
***
Spider se desnudó. Encendió un cigarro y exhaló una bocanada de humo.
Se tendió en el lecho, con la mirada en el techo. No estaba arrepentido de lo
hecho, los hombres que habían caído eran unos asesinos.
Quizá acabase con Hunter y se marchase de aquella parte de California,
yendo a San Francisco. Ahora ya poseía una importante cantidad y en la gran
ciudad podía emprender un negocio.
Por fortuna no tardó en quedarse dormido. Sin sufrir ninguna pesadilla de
las acostumbradas últimamente, se despertó.
Al primero que vio al salir a la calle fue a Ernie Collins. Quedó
sorprendido, el cuatrero era más osado de lo que supuso, pues creyó que se
alejaría de la región a uña de caballo, para evitar ser acorralado por los
hombres de Hunter.
Tan solo un instante se cruzaron sus miradas. En los ojos del abigeo leyó
un odio intenso, pero fugaz, pues Collins desvió sus pupilas. Le observó al
dirigirse hacia la oficina del sheriff, este se hallaba en la puerta y le saludó
afable. Spider continuó andando con lentitud, oyendo lo que hablaban.
—Buenos días, señor Collins. Lamento lo ocurrido anoche.
—Sí, se trata de algo enojoso.
—Hicimos cuanto nos fue posible para evitar la destrucción del edificio.
—Le agradezco su celo, sheriff. Fui testigo de lo sucedido.
—¿Qué va usted a hacer ahora, señor Collins?
—He venido a denunciar a Garnet Hunter como causante del incendio de
anoche y la muerte de cuatro de mis hombres.
—¿El señor Hunter? —exclamó el sheriff fingiendo una gran sorpresa.
—Eso he dicho, creo haber hablado con claridad.
—No es posible. La honradez del señor Hunter no puede ser puesta en
duda. Además, existen muchos testigos de que se hallaba en su saloon,
cuando ocurrió la agresión a sus hombres.
—No lo ignoro. No le he acusado de haberlo cometido personalmente,
Garnet Hunter es demasiado cobarde para eso. Hunter fue el instigador, sus
pistoleros destruyeron mi local, para evitar la competencia a su saloon.
—¿Tiene usted pruebas, Collins? —inquirió el sheriff con frialdad.
—No, aunque sí la completa seguridad.
—Lo siento, pero no puedo hacer nada.
—Lo suponía, sheriff. Sabía que esa sería su contestación.
—¿Qué se lo hacía suponer?
—Hunter paga bien sus servicios. ¿No es cierto?
—Como vuelva a pronunciar una palabra injuriosa hacia mí, le detendré.
Collins miró con dureza al sheriff. Este le sostuvo la mirada, dispuesto a
realizar su promesa. Sus comisarios estaban tras él. Comprendiendo lo
peligroso de su situación, Collins se volvió despreciativamente. De continuar
dejándose llevar por su ira, haría el juego a su enemigo, colocándose a sí
mismo la soga en el cuello.
Varios hombres se habían detenido alrededor de ellos, observando con
curiosidad la conducta del cuatrero, entre ellos estaba Spider.
Collins y su ayudante se alejaron, no tardando en aparecer ante ellos
Hunter, Scott y otro pistolero. Spider comprendió inmediatamente lo que se
proponían sus aliados; trataban de provocar a sus enemigos y los acribillaría a
balazos.
Por primera vez, Collins comprendió lo disparatado de su conducta y ya
no podía volverse atrás. Sus palabras habían sido oídas por numerosos
testigos, debiendo sostener su acusación. Miró a su acompañante, esta estaba
pálido y tembloroso.
—Nos hemos metido en la ratonera, Collins.
—No te preocupes, mataré a Hunter.
El cuatrero meneó la cabeza, no creía en esta posibilidad, a pesar de
entender cuáles eran las intenciones de su jefe. Collins se proponía desafiar
personalmente a Hunter, pero no lo conseguiría. El aventurero era demasiado
astuto para aceptarlo, y más teniéndole en su poder.
—¡Hola, Collins! —saludó Hunter con frialdad—. He oído tu acusación.
—Entonces ya no tengo necesidad de repetirla.
—¿Qué te induce a acusarme?
—Impedir que pueda competir contigo. ¡Eres un cobarde!
Una ligera palidez se extendió por el rostro de Hunter, pero en sus labios
asomó una sarcástica sonrisa.
—Eres una amenaza para esta población, Collins. Mi deber y el de los
hombres honrados es exterminarte.
—A mis palabras solo existe una contestación.
—¿Enfrentarme contigo? No, de ninguna manera. No sé si podría
competir contigo, eres un experto pistolero. Entregaos al sheriff.
—No. Demuestra que eres un hombre y “saca”.
—No accederé a tus deseos.
—¡Canalla!
Y Collins, ciego de ira, adelantó un paso, propinando una bofetada a su
enemigo, que retrocedió dos pasos, al tiempo que rugía:
—¡A ellos, muchachos!
Una voz firme y enérgica paralizó las manos que iniciaban el movimiento
hacia la culata de sus revólveres.
—¡Todos quietos!
Todas las miradas se posaron sobre Andrew Graham.
—Ha sido usted testigo de lo ocurrido, juez Graham —masculló Hunter.
—Sí. Lo he presenciado y no estoy de acuerdo. La Ley es la que tiene que
decidir.
—¿Acaso yo no estoy de parte de la Ley?
—No, Hunter. Usted no defiende la Ley, sino sus intereses. No sé si son
ciertas las palabras de Ernie Collins, aunque sospecho que sí.
—Juez Graham, está ofendiendo a un hombre honrado.
—No le he acusado, por desgracia carezco de pruebas.
—Juez Graham, habla usted demasiado.
—No lo creo, nada más lo más preciso.
—Usted no puede acusarme, mi conducta siempre ha sido irreprochable
en Green Lawn.
—Yo siempre lo he dudado, Hunter —contestó el juez con suavidad.
—¡Se ha vuelto loco! —exclamó el aventurero enfurecido—. Si no fuese
el juez, le mataría como a un perro.
—¿Por qué no se decidió a enfrentarse con Collins?
Este sonrió burlón, al oír la mortificante insinuación del juez. Aquellas
palabras debieron herir en lo más profundo el amor propio del aventurero, y
así era, pero Hunter reaccionó de forma opuesta a la esperada.
—Eso demuestra de forma palpable la rectitud de mi conducta. No puedo
enfrentarme a usted porque es el juez, un hombre recto y honrado. Tampoco
puedo hacerlo con Ernie Collins, pues es un bandido, un hombre fuera de la
Ley y maldito.
Collins se irguió y miró a Hunter con fijeza.
—Estoy harto de soportar tus insultos y amenazas. Volveremos a
encontrarnos, procuraré que la situación no te sea favorable. ¡Hasta la vista!
Y dando media vuelta, se alejó seguido de su secuaz, con la seguridad de
no ser atacado por la espalda.
Spider habíase estado absorto en la actitud de aquellos hombres,
pendiente de sus palabras. Admirando la decidida intervención del juez.
Sí, el juez Graham se atrevió a acusar públicamente a Hunter, es decir,
acusarlo no, pues como acababa de decir, carecía de pruebas para ello. Pero sí
expuso con claridad, sin el menor subterfugio, la opinión que le merecía.
Volvió la cabeza, estremeciéndose al ver cerca de él a Betsy. La
muchacha permanecía inmóvil, con la mirada fija en el grupo de hombres y
su lindo rostro muy pálido. Respiraba entrecortadamente, como si temiese oír
un disparo y ver caer al juez.
Se acercó a ella.
—No se preocupe, señorita Gleaves. No le ocurrirá nada al juez.
—Esos hombres pueden matarle, Fuller —contestó la joven
reconociéndole inmediatamente.
—Existen demasiados testigos para eso. Hunter es un hombre precavido.
—Usted debe saberlo, se halla a su servicio.
Estas palabras causaron un doloroso efecto en Spider, jamás en su vida
recordaba haber recibido una ofensa semejante. Y lo más lamentable es que
era cierto.
—Es posible que lo sepa muy bien. Por eso le aconsejo que convenza al
juez Graham que no pasee solo, puede serle perjudicial.
Fue Betsy la que se mordió los labios despechada. Sentíase avergonzada
de haberse dejado arrastrar por la indignación.
—No podrá salvarse, Fuller —musitó angustiada—, el pueblo está lleno
de asesinos.
—Como yo, ¿verdad, señorita Gleaves?
—No he querido decir eso, perdóneme.
Pero Spider Fuller ya no estaba a su lado; tan pronto empezó a
disculparse, el vaquero había hecho una inclinación de cabeza y se marchó.
Su rostro estaba impasible, como si su opinión no le interesara lo más
mínimo.
Al marcharse Collins, el juez también dio media vuelta, como si su
intervención estuviese terminada. Betsy se apresuró a ir a su lado.
—No debiste hacer eso, Andrew —le amonestó.
—Era mi deber. No podía estar quieto mientras asesinaban a esos dos
hombres.
—Son de la misma calaña.
—Sí, no ignoro quién es Ernie Collins. A pesar de eso, debía evitar su
muerte.
—Solo piensas en tu deber, nunca en Dolly.
Un velo de tristeza empañó la mirada del juez.
—Te equivocas, Betsy. De no ser por ella, me hubiera puesto al frente de
un grupo de hombres honrados y hubiera combatido a esos bandidos con sus
mismas armas. Dolly siempre ha contenido mis arrebatos.
—No tengo derecho a censurar tus actos, Andrew.
—Naturalmente que sí, querida muchacha. ¿Acaso no eres mi secretaria?
Betsy sonrió. Admiraba a aquel hombre honrado y recto, su padre había
sido su mejor amigo.
CAPÍTULO VII
***
El juez Graham encendió su pipa; sin darse cuenta, se quedó abstraído en
sus pensamientos. Betsy se quedó con el lápiz en alto, esperando a que su jefe
prosiguiese dictando. Miró el noble perfil de su protector, sintiendo un gran
dolor al comprender su estado de ánimo.
Andrew Graham comprendía la torpeza cometida al desafiar
públicamente a Garnet Hunter. Su intervención debió limitarse a impedir que
Collins y su secuaz fuesen asesinados; con esto hubiese bastado para cumplir
con su deber.
Las demás palabras que pronunció eran innecesarias, se dejó arrastrar por
su indignación, sin tener en cuenta lo disparatado de su acción. Él no era
hombre de armas, no siéndole posible contender con uno de aquellos
pistoleros. Su poder estribaba en la justicia, y esta era muy endeble en aquella
parte de California, donde todavía continuaba imperando la ley del “Colt”.
El sheriff no le ayudaría. Si era atacado, se hallaría en un lugar distante,
teniendo una justificación para su ausencia, y con él estarían sus comisarios.
Se encontraría solo, solo ante la muerte, quedando su cadáver en medio de la
calzada, sucio de polvo y sangre.
Se estremeció, no pudo evitarlo, fue algo superior a su voluntad. No tenía
miedo, esto podía afirmarlo con entera sinceridad. Se trataba de un
sentimiento de horror, al comprender que su muerte significaría el dominio
total de Hunter en la región. Los hombres honrados se hallarían bajo la inicua
voluntad de aquel forajido, que trataba de encubrir sus fechorías bajo un
manto de honradez.
Su esposa sufriría un duro golpe, se encontraría sola ante sus asesinos,
siendo una víctima para sus designios, así como Betsy, aquella voluntariosa y
abnegada muchacha. Todo esto se produciría con su muerte, siendo la causa
de que le produjese temor ser atacado por sus enemigos.
Aunque débil, su personalidad continuaba siendo un baluarte para los
facinerosos. Al desaparecer él, nombrarían un nuevo juez, este, como el
sheriff, estaría sometido a los designios de Hunter. Sus fechorías se harían
dentro de la Ley, todo el que intentase revelarse contra ella, se convertiría
legalmente en un bandido, siendo perseguido por el sheriff, y su cabeza
puesta a precio, si Hunter lo consideraba lo suficiente peligroso para ello.
A pesar de todas estas consecuencias, el juez no se hallaba arrepentido de
su conducta. Estaría dispuesto a hacer frente a los acontecimientos con
energía.
Se apercibió de su abstracción y meneó la cabeza. Miró a Betsy, la joven
fingió estar distraída.
—Perdona, Betsy. He dejado de dictarte esa carta.
—No te preocupes, no hay mucho trabajo hoy.
—Sí, gracias a la decisiva actuación de ese vaquero han terminado los
robos de ganado. Vale mucho ese muchacho.
—He oído decir que trabaja para Hunter —respondió Betsy con
desprecio.
—Yo también lo he oído decir, pero me resisto a creerlo. Spider Fuller no
me da la impresión de ser un asesino.
—¡Es un hipócrita! —exclamó la joven con tanta pasión, que el juez la
miró sobresaltado—. Oculta sus verdaderos sentimientos, parece un vaquero
jovial, siendo en realidad tan asesino como Hunter.
—¿Tanto le aborreces? —inquirió Graham mirándola con fijeza.
—Sí, ya sabes que nunca me han simpatizado los pistoleros.
—Sí, sí, todas las pruebas están contra él.
Betsy permaneció callada. Estaba arrepentida de haber hablado con tanta
dureza contra Spider Fuller, pero se trataba de la verdad. A ella le dolía más
sentirse atraída por el vaquero, se trataba de un sentimiento superior a su
voluntad.
La joven volvió a hablar. Graham la miró sorprendido.
—Sin embargo, esta mañana se ha portado bien, debo reconocerlo.
—Cuando estabas discutiendo con Hunter, se ha acercado a mí,
tranquilizándome al decir que este no dispararía contra ti.
—¿Cómo lo sabía?
—Afirmó que había demasiados testigos.
—Sí, se trata de una lógica deducción. Fuller es inteligente.
—Luego me advirtió que te dijese que desde ahora en adelante tu
seguridad sería escasa, pudiendo atacarte cuando menos lo esperases…
—¿Te dijo eso? —preguntó el juez con estupor.
—Sí, y la verdad es que me sorprendió.
—Esto fortalece la opinión que tengo de él.
—Yo no —y Betsy meneó la cabeza con firmeza—, sigo creyendo que es
un hombre malo.
Graham no pudo evitar ser asaltado por una sospecha. Instantáneamente
trató de rechazarla, pero no le fue posible, la expresión del lindo rostro de su
secretaria se lo confirmaba. ¿Era posible que Betsy se hubiera enamorado del
vaquero?
***
La suposición ya no resultaba absurda para él, la inexplicable agresividad
con que habíase expresado lo afirmaba. Lo lamentaba. Betsy era voluntariosa,
siempre tuvo la seguridad de que cuando su corazón fuese atraído por un
hombre, ya no podría querer a otro. Ahora deseaba con fervor no haberse
equivocado respecto al vaquero, y los sentimientos de este fuesen nobles,
alejándose de la influencia de Garnet Hunter.
El juez dio por terminado el trabajo. Expresó su deseo de hacer varias
visitas, en forma alguna deseaba permanecer encerrado en su casa, como si
temiese a los bandidos.
—Ten cuidado, Andrew.
—No puede ocurrirme nada. Además, llevo esto.
Y mostró a la joven un pequeño “Derringer”.
—Procura evitar un encuentro con los hombres de Hunter, y no pasar por
delante del saloon.
—Lo haré. Por favor, Betsy, no digas nada a Dolly.
—Sobre eso puedes tener plena confianza.
El juez salió a la calle. Andaba con firmeza, como siempre acostumbró a
hacerlo. No deseaba dar ninguna muestra de temor, ni tampoco de desafío.
Procuraría mostrarse con naturalidad, sin bravuconería, pero sin demostrar
estar acobardado.
El sheriff le saludó con exageradas muestras de respeto. Nunca había sido
de su agrado, pero ahora menos que nunca. Fue elegido contra la opinión de
los habitantes de Green Lawn, debido a una hábil maniobra de Garnet
Hunter.
Habló con él con brevedad. Le pareció observar que el sheriff se alegraba
al verle marcharse, pero se encogió de hombros, sin darle ninguna
importancia. Durante la charla sostenida, el sheriff no se refirió una sola vez
al incidente de aquella mañana, como si no hubiese tenido la menor
importancia. Él tampoco hizo la menor referencia sobre él, otra cosa hubiera
sido de creer en su lealtad, pues el cambiar impresiones hubiera constituido
un desahogo para su espíritu.
Le faltaba un apoyo para combatir. Se hallaba desamparado contra
aquella cuadrilla de asesinos, sin tener la menor posibilidad de conseguir salir
airoso en el cumplimiento de su deber.
Visitó a un amigo; este, en cuanto se quedaron solos, le expresó el temor
que le inspiraba su seguridad.
—Hunter tratará de hacerle pagar cara su actuación.
—No lo ignoro, Baxter. Pero no he podido hacer otra cosa, mi deber es
ante todo. No me es posible presenciar sin indignarme los desmanes de ese
hombre.
—Haga que el sheriff y sus comisarios permanezcan lo más cerca posible
de usted.
—¿Y si son ellos los que disparan contra mí? —contestó Graham con
amargo humorismo.
Baxter meneó la cabeza, no pudiendo menos de reconocer la verdad que
encerraban las palabras de su interlocutor.
—¿Cómo podríamos ayudarle? —preguntó con viveza.
—De ninguna forma. No se preocupe, Baxter.
—Yo siempre estaré a su lado, Graham.
—No lo haga, tiene usted esposa e hijos.
—¿Acaso no está usted casado?
—Sí, es cierto —asintió el juez sonriendo—, pero tengo la ventaja de no
tener hijos. Dolly, si me ocurriese algo, podrá continuar viviendo sin pasar
privaciones. Su familia se halla en acomodada posición.
Andrew Graham salió fortalecido de la tienda de Baxter, la lealtad de su
amigo fue una excelente inyección para su moral. Todavía quedaban hombres
honrados en la región; por desgracia, no eran suficientes para combatir contra
experimentados pistoleros. Y Garnet Hunter poseía una poderosa cuadrilla de
asesinos.
También podría contar con Denny Holmes. El joven ranchero le sería fiel,
su natural impulsivo le induciría a combatir.
Lanzó un suspiro. Denny Holmes era un excelente muchacho, siempre
sospechó que estaba enamorado de Betsy, pero teniendo la seguridad de que
la joven no correspondía al amor del fuerte y noble ranchero.
Hubiera sido una satisfacción que hubiera ocurrido de forma contraria. La
joven se hallaría bajo una sólida protección. Holmes era un excelente
muchacho y la merecía, pero se resignó, comprendiendo que las decisiones
dictadas por un corazón eran muy difícil de prever. Betsy jamás calcularía las
posibilidades que pudiera encontrar en su matrimonio, sino el cariño que le
inspirase el hombre elegido.
Dolly, su esposa, era igual. Se casó con él contra la opinión de su
acaudalada familia, teniendo pretendientes poseedores de grandes fortunas. Él
aceptó complacido y orgulloso, prometiéndose que Dolly no se arrepentiría
jamás de su decisión.
No le fue posible poner a su disposición una gran casa llena de
servidores, pero tampoco vivieron con estrecheces y fueron felices. Él era el
menos indicado para censurar a Betsy.
Pasó por la acera opuesta del saloon, en la puerta de este siempre
acostumbraba a haber algunos de los hombres de Hunter, no queriendo
provocar un incidente. Él no pasaba nunca por aquella acera, siempre le
resultó desagradable; no iba a hacerlo ahora.
Conversó con dos amigos y se dispuso a regresar a su casa. De pronto en
la calle Mayor hizo su aparición un jinete, galopaba a gran velocidad, y
Graham tuvo que saltar con presteza para evitar ser atropellado por el animal.
Se indignó, teniendo la certeza de haber sido víctima de un intento de
asesinato. Por fortuna no se encontraba distraído, pudiendo sortear el peligro
con facilidad.
El caballo fue frenado, mientras aparecía otro jinete y se acercaba a su
compañero.
—¿Qué te ha ocurrido? —vociferó en voz alta.
—Este estúpido por poco se mete bajo mi caballo.
Graham se enderezó. Sus ojos brillaron indignados al oír la soez mentira,
y el insulto proferido contra su persona.
—Eso no es cierto —repuso indignado.
El jinete le miró con una malévola sonrisa.
—¿Acaso trata de insinuar que es mentira?
Todas las personas que se hallaban en la calle Mayor habíanse dado
cuenta del incidente, mirando interesados a los tres hombres. El juez se
mantuvo digno.
—Usted no puede entrar al galope en una población como Green Lawn.
Es un peligro para sus habitantes.
—¿Quién es usted para hacerme un reproche?
—Soy el juez de Green Lawn.
El jinete lanzó una estruendosa carcajada.
—¿Has oído? —gritó a su compañero—. Es el juez. ¿No te impone
respeto su presencia?
El otro coreó su burlona carcajada.
—No permito que se burlen de mí. Quedan detenidos.
—Saque el revólver, juez. No le creo tan valiente.
Graham se dejó llevar por un arrebato de ira. No podía permitir aquella
burla, a pesar de comprender que se trataba de una trampa tendida por Garnet
Hunter.
Su diestra fue en busca de la culata de su “Derringer”, pero sonó una
detonación y sintióse arrojado hacia atrás, quedando apoyado en la pared. Su
mano se apoyó en su hombro derecho, quedando llena de sangre. Sin temor
alguno miró sin pestañear a su asesino; este se disponía a volver a disparar
contra él, rectificando la puntería.
Sonó una detonación, y el jinete soltó el “Colt” a tiempo que lanzaba una
blasfemia. Su diestra estaba cubierta de sangre, un balazo le había dado de
lleno. Su compañero se volvió para repeler la agresión, pero sonó otro
disparo y su sombrero salió de su cabeza, como si acabase de recibir un fuerte
manotazo. Su rostro palideció y dejó caer su arma.
Spider Fuller se hallaba ante ellos, sus temibles “Colt” les encañonaban.
Su mirada brillaba amenazadora.
—No me ha gustado su actuación, forasteros.
Spider se hallaba colocado de forma que tenía un amplio espacio ante sí,
no pudiendo ser atacado por la espalda. Su resuelta actitud atemorizó a los
dos jinetes; estos ya no pensaron ni por un instante en oponerse a su
inesperado enemigo.
—¿No me responden? —inquirió con sequedad.
Los dos hombres se miraron; ambos temblaban de forma ostensible. Uno
de ellos señaló a Graham, que continuaba apoyado en la pared.
—Ese hombre nos insultó.
—¡Ah, sí! ¿Y de qué forma?
—Ha dicho que mi compañero es un embustero.
—Yo creo que es cierto. ¿Por qué no saca contra mí?
El jinete le dirigió una significativa mirada a su “Colt".
—Es usted muy valiente, me está encañonando.
Spider sonrió de forma indolente.
—Es cierto, no me había dado cuenta.
Hizo voltear el revólver de forma inverosímil, lo cogió al vuelo y lo
depositó en la funda.
—Ahora ya no lo empuño.
El jinete tragó saliva, se le advertía que estaba atemorizado, y más tras
haber presenciado la hábil maniobra de Spider. Sus ojos miraron a su
alrededor, como buscando ayuda para salir de su apurada situación.
—¿No se atreve?
El jinete se estremeció, como si acabase de recibir un latigazo. Las tres
palabras habían sido pronunciadas con tal sequedad, que los cabellos del
forastero se erizaron.
—No… no quiero… luchar.
La sonrisa desapareció de los labios de Spider; era como si considerase la
rencilla terminada.
—Bien, como quieran. Son unos cobardes, no quiero volverlos a ver en
este poblado. ¿Me han oído?
El jinete, con el rostro enrojecido por la vergüenza, asintió con un
movimiento de cabeza. Cogió la brida del caballo de su compañero y se alejó,
mientras este se apretaba la mano herida, con la cara contraída por el dolor.
Algunos hombres corrían ya hacia el juez, entre ellos el sheriff, pero
Spider se adelantó y, asiéndolo con firmeza, le preguntó:
—¿Cómo se encuentra, juez Graham?
—Gracias, muchacho, le debo la vida.
—No diga tonterías —masculló el vaquero exasperado—. Le he
preguntado que cómo se encuentra.
—Creo que este balazo no acabará conmigo. Desde luego, me encuentro
muy débil.
Spider ya habíase dado cuenta de la importancia de la herida tan pronto
hubo disparado la primera vez; ahora, al examinarla de cerca, ratificaba su
primera impresión. Exhaló un suspiro, tal como había dicho el juez sonriendo
animosamente, aquel balazo no acabaría con él.
El juez inclinó la cabeza sobre el pecho, las fuerzas empezaban a
abandonarle. De no haber estado sujeto por el joven, se habría derrumbado al
suelo.
—¿Está muy grave, el juez? —preguntó el sheriff llegando hasta Spider.
El joven no lo miró, le repugnaba aquel hombre y su falso interés. De
haberlo hecho, no se hubiera podido contener y lo habría abofeteado.
—No, la herida no es grave. Haga llamar al médico.
—Inmediatamente, Fuller.
Spider cogió al juez entre sus brazos y echó a andar, seguido por todas las
miradas. Él miraba ante sí, sin prestar atención a nada ni a nadie. No temía
que disparasen contra él; de haberse atrevido algún pistolero, habría hecho
desencadenar un infierno en la calle Mayor.
Hunter y Scott le miraban con dureza, pero él continuó adelante, sin
preocuparse de las consecuencias que pudiera acarrearle su intervención. No
se hallaba arrepentido, lamentando únicamente no haber podido evitar que el
juez fuese herido.
Una ira ciega y sorda le invadió; por un instante estuvo tentado de
disparar a matar, pero se contuvo; de hacerlo, quedaba frente a Hunter sin
posibilidad alguna de rehuir el encuentro.
Se encaminó directamente hacia la morada del juez. Daba la impresión de
que el cuerpo del herido no pesaba apenas, pues su paso era rápido y firme.
Algunos hombres andaban a su lado, mirando atemorizados el pálido
semblante de Andrew Graham. La cabeza del juez estaba apoyada inerte
sobre el pecho del joven; había perdido el conocimiento.
Una voz le preguntó:
—¿Necesita ayuda, Fuller?
Movió la cabeza negativamente. Continuó andando, siempre en línea
recta. No tuvo que detenerse, la puerta del pequeño jardín fue abierta
apresuradamente por una mano, facilitándole el paso. Otra mano agitó la
campanilla.
La puerta se abrió, apareciendo la juvenil figura de Betsy. La joven al ver
a Spider con su carga no pudo contener un grito de espanto, precipitándose
sobre el juez.
—¿Está muerto?
—Tranquilícese, señorita Gleaves. Solo está herido y no es de gravedad.
—Gracias, Dios mío.
—Haga el favor de acompañarme hasta su lecho —dijo Spider entrando
en la casa.
En aquel instante se vio frente a la señora Graham, que acudía
sobresaltada al oír el grito lanzado por Betsy. La pobre mujer vaciló al ver a
su marido en aquel estado. Betsy llegó hasta ella y la sujetó con energía.
—No es nada, Dolly. La herida carece de importancia.
La señora Graham se rehízo, y mientras la joven guiaba a Spider, se
encaminaba a la cocina, con la intención de calentar agua, comprendiendo
que se trataba de lo más urgente.
No se equivocó, el médico acababa de llegar y examinaba al herido, al ver
entrar a la señora Graham con el agua caliente, hizo un gesto afirmativo con
la cabeza.
—Gracias, señora Graham, es lo que más necesito. Tranquilícese, la
herida no es grave.
Spider se movió inquieto, notaba sobre sí las miradas de las dos mujeres.
Sostenía el sombrero entre sus manos, sin saber qué hacer con él. Hubiera
dado cualquier cosa por encontrarse fuera de la casa, lejos de las miradas de
Betsy y de la señora Graham.
—Usted ha traído a mi marido, se lo agradezco mucho.
El joven hizo un gesto afirmativo. Betsy le preguntó:
—¿Por qué lo hizo, Fuller?
—Presencié el incidente y no me pude contener. Aquel hombre se
disponía matar al juez de forma alevosa. Creo que no podía proceder de otra
manera.
—Dios se lo pague —musitó la señora Graham con fervor.
Spider respiró aliviado al ver cómo las dos mujeres se precipitaban hacia
el lecho. El herido acababa de abrir los ojos. Estuvo tentado de marcharse,
pero no lo hizo, podía dar la impresión de haber huido. No estaba dispuesto a
realizar algo que hiciera creer que Spider Fuller se escapaba de un lugar por
temor.
En la habitación, aparte de las mujeres, el doctor y Spider, se hallaban
Baxter y otro comerciante. Ambos pálidos y mirando con ansiedad al herido.
El juez miró a su alrededor, y sus ojos demostraron haber recordado lo
ocurrido. Al ver junto a él el pálido rostro de su mujer, hizo un esfuerzo para
sonreír, sin poderlo conseguir.
—¡Hola, Dolly! Esto no es nada.
—Ya lo sé, querido.
—¿Dónde está Spider Fuller?
—A tu lado, Andrew.
—Dile que se acerque.
—Ahora vendrá, no te muevas. El doctor lo ha encargado.
Este asintió sonriendo. La señora Graham cogió la mano de Spider, con la
mirada le suplicó que se aproximase al lecho. El vaquero miró a su alrededor
angustiado, reprochándose el no haberse marchado antes. Betsy le empujó
con suavidad.
—Le está llamando el juez, Fuller.
—Sí, sí, ya me he dado cuenta —objetó.
—Pues no se quede ahí pasmado —le reprochó la muchacha con dureza.
Fue a responder aún con más dureza, pero el herido ya había asido su
mano, y se la oprimía con afecto.
—Gracias, Fuller, si no interviene usted, aquellos bandidos me habrían
asesinado.
—No podía hacer otra cosa, señor Graham.
—Pues nadie se atrevió a acercarse.
—Quizá yo fui más rápido.
—Y terriblemente eficaz —asintió el juez sonriendo.
—Ahora únicamente me queda desearle una rápida convalecencia.
—Una vez más le doy las gracias. Quisiera que viniera a visitarme.
—No se lo prometo.
Y Spider, tras hacer una inclinación de cabeza a la señora Graham, se
dispuso a alejarse. Cuando llegaba a la puerta, se detuvo; en el umbral
acababa de aparecer la maciza figura de Denny Holmes. El joven ranchero se
detuvo sorprendido, sus puños se cerraron con fuerza e inquirió:
—¿Qué hace usted en esta casa?
—Me disponía a marcharme.
—No debió haber entrado en ella. No creo que su presencia sea grata a la
señora Graham.
Spider fue a responder, pero no llegó a hacerlo, la señora Graham se
interpuso entre los dos hombres. Apoyó una mano sobre el pecho del
ranchero.
—¡Por favor, cállate!
Holmes irguió la cabeza con decisión.
—No lo haré. Este hombre es un pistolero.
Y miró desafiador al joven. Spider no respondió, sentíase avergonzado.
La acusación era cierta.
—¡No digas tonterías, Denny! —insistió la señora Graham con energía—.
Tienes que saber que el señor Fuller ha traído a mi esposo; de no haber sido
por su intervención, unos asesinos lo habrían matado.
El ranchero palideció intensamente; no estaba enterado de lo ocurrido.
Solo sabía que el juez había sido herido y corrió hacia su casa para
cerciorarse de su estado. Lo conocía desde niño y le quería como si fuese un
familiar. Al ver a Spider, no pudo contener su indignación, pues le conocía de
verle en el saloon alternando con Hunter y sus pistoleros.
—Perdone, Fuller… no… no sabía…
Y se calló, incapaz de seguir hablando, pero extendió su mano.
—No se preocupe, Holmes.
A Betsy no se le escapó la emoción del vaquero, a pesar de los esfuerzos
de este por permanecer impasible. Su mirada le siguió hasta trasponer el
umbral de la habitación, y en sus ojos aparecieron dos lágrimas.
CAPÍTULO VIII
***
Spider permaneció con los ojos fijos en el techo al despertarse. Estaba
inmóvil, pensando en lo ocurrido en la noche anterior. Tuvo a Ernie Collins y
su secuaz en su poder, dejándoles en libertad, sonrió al recordarlo. Hunter no
lo sabría nunca, y de saberlo su rostro se contraería de furor, mientras sus
labios prorrumpirían un torrente de maldiciones.
¿Qué había ocurrido? ¿Habría conseguido Collins matar a su aborrecido
enemigo?
No lo creía probable. De haberlo conseguido, era entrando en el saloon
disparando con saña. Solo obrando de esta forma podría conseguirlo, si
Collins no actuó de esta forma, se encontraría perdido ante la superioridad de
sus adversarios.
Se vistió, no pudiendo evitar sentirse nervioso. Fracasaba por completo
en su afán de contener sus nervios. Ahora comprendía el significado de la
lucha desarrollada la pasada noche, y se arrepintió de haberse quedado al
margen, aunque en realidad no podía hacer otra cosa. Él no pudo unirse a
Collins, esto hubiera sido traicionar a Hunter de una forma alevosa.
Cierto que el aventurero no merecía otra cosa, pero él no era capaz de
cometer esa acción. Si Hunter fue muerto la pasada noche, esto podía
significar la liberación de Green Lawn, los hombres honrados se hallarían
libres, sin sentirse oprimidos por aquella mente diabólica. Si por el contrario,
Hunter logró escapar del ataque de Collins y desembarazarse de este, la
situación continuaría igual, es decir, peor. Aquella cuadrilla de asesinos
verían consolidado su poder, nadie podría rebelarse contra ellos.
Salió a la calle, todo permanecía tranquilo. Esto significaba un mal
presagio para la suerte de Ernie Collins, de haber triunfado, numerosos corros
de personas exaltadas estarían en la calle Mayor, y esta aparecía casi desierta.
Todos los habitantes del poblado comentarían alborozados la muerte de
Hunter, esto supondría la paz y tranquilidad para lo sucesivo.
Anduvo hacia la oficina del sheriff, al pasar lo vio sentado, conversando
con uno de sus comisarios. El sheriff le hizo un saludo con la mano, y él se
detuvo.
—Buenos días, sheriff. ¿Tranquilidad absoluta?
—Por completo, Fuller. Esos cuatreros ya han sido deshechos.
—Así da gusto vivir. La paz es un factor muy importante.
—Sí, muchacho. Es preferible que oír el silbido del plomo pasar muy
próximo de la cabeza.
Y se echó a reír ruidosamente, celebrando su graciosa ocurrencia. Spider
se limitó a sonreír y se alejó.
Aquellos hombres ignoraban lo ocurrido, ni siquiera sospecharon que
Ernie Collins estaba tan cerca de ellos. Tendrían la seguridad de que habían
huido de la región atemorizados.
Pasó por delante del saloon, el aspecto de este indicaba la acostumbrada
normalidad diaria. El mozo barría la acera, y el barman limpiaba los vasos y
arreglaba las botellas. ¿Habría desistido en última instancia Collins de
realizar sus propósitos? ¿Atemorizado por su tropiezo con él abandonó la
población al galope?
Era probable, pero Spider se obstinaba en admitirlo. El cuatrero no era un
cobarde, el odio constituía su razón más dominante y nada le haría retroceder
en su decisión. Collins, aunque tuviese la seguridad de morir, no desistiría en
su empeño de matar a Hunter.
Estuvo tentado de entrar en el saloon y hacer alguna pregunta, que le
permitiera adivinar lo ocurrido, pero no lo hizo. Si Hunter se enteraba,
sospecharía de él, y no tardaría en tenderle una celada, aunque recelaba que
esto no tardaría en ocurrir. Garnet Hunter ya habría pronunciado su sentencia
de muerte.
Cada vez tenía mayor seguridad en la muerte de Collins, todo lo indicaba,
ni teniendo ningún deseo de volver a ver el rostro sonriente de Hunter, como
no fuese para enfrentarse resueltamente a él. Era un insensato. ¿Qué
posibilidad contaba para salir ileso de la lucha?
Ninguna. Alrededor de Hunter se agruparían lo menos siete pistoleros,
aparte la ayuda que pudiera prestarle el sheriff y sus comisarios. Si hubiese en
la región muchos hombres decididos como Denny Holmes, quizá la situación
cambiase, el ranchero era valiente e impulsivo. Unos cuantos agrupados,
vencerían con facilidad a los facinerosos.
Llegó a la casa del juez y traspuso la puertecilla del jardín. Hasta aquel
instante, sus movimientos fueron decididos, pero al detenerse ante la puerta
se quedó indeciso, su mano no acababa de decidirse a tirar de la campanilla.
Al fin lo hizo; su corazón latía con violencia. Se quedó sorprendido, una
cosa así no recordaba que le hubiera sucedido. Cuando se enfrentaba con un
peligro, sus nervios permanecían inalterables, en cambio, ahora era distinto,
debiendo hacer un esfuerzo para no volverse y echar a correr. Sí, huyendo de
forma descarada.
Este desasosiego era producido por el lindo rostro de una mujer, unos
ojos grandes y azules, unos labios rojos y atrayentes. Estaba enamorado, de
haberlo puesto en duda, ahora se habría convencido de ello.
Oyó unos pasos al otro lado de la puerta, y creyó serenarse cuando al
abrirse la puerta se halló ante Betsy. Se quitó el sombrero y saludó:
—Buenos días, señorita Gleaves. He venido para enterarme cómo sigue el
señor Graham.
—Se encuentra mejor. El doctor ha afirmado que no corre ningún peligro.
—Me alegro mucho.
E hizo ademán de volverse. Pero la joven asió con fuerza por un brazo.
Spider la miró sorprendido.
—Entre, puede ver al juez. Está despierto.
—No sé si debo…
—¡Qué está usted diciendo! Naturalmente que puede verle. Se alegrará
mucho de recibir su visita.
—¿Usted cree que se alegrará?
—¿No se lo acabo de decir? —contestó con acritud Betsy—. ¿Acaso no
me ha entendido?
Spider se enfureció al oír el tono de ella; fue a replicar con dureza, pero
Betsy le cogió el sombrero.
—Lo colgaré en la percha, y no se quede ahí pasmado. Entre.
El vaquero tragó saliva con dificultad. Sentíase ofendido y agresivo; de
haber podido coger entre sus manos los hombros de la muchacha y
zarandearla, se hubiera sentido reconfortado Betsy le miraba con fijeza, como
si leyera su pensamiento. Le pareció descubrir un destello burlón en sus ojos.
—No tiene derecho a tratarme así —dijo, con las mandíbulas contraídas.
—¿Cómo le estoy tratando? —inquirió ella, sonriendo—. Solo le estoy
invitando a entrar.
—Pero sus modales no son… muy correctos.
—¿No? Y yo que creía estaba comportándome con mucha amabilidad…
Spider estaba francamente desconcertado, arrepentido de haberse
quejado. Ahora la situación era peor, no se atrevía a mirar a su interlocutora.
—Perdone. No creo haberme expresado bien…
—Ya lo creo que se ha expresado bien, señor Fuller. Le he entendido
perfectamente. Sepa que es usted bien recibido en esta casa.
El vaquero enrojeció, no lo pudo evitar. Aquella endiablada muchacha
parecía envolverle en una espesa telaraña, entorpeciendo sus movimientos.
Lo más lamentable, era que resultaban vanos sus esfuerzos para desasirse de
ella.
Masculló algunas ininteligibles palabras, y al ver alejarse a la joven, se
apresuró a seguirla. Se detuvo en el umbral de la habitación, sin atreverse a
entrar. El juez estaba reclinado en el almohadón y le sonrió.
La señora Graham le salió al encuentro y le cogió una mano entre las
suyas, apretándola con efusivo afecto.
—Me alegro de volver a verle, Fuller.
—Gracias, señora.
Y Spider se sintió emocionado ante la prueba de afecto de aquella mujer,
y esto le hizo sentirse más cohibido. Aunque hubiese salvado la vida de
Andrew Graham, no era merecedor de aquel trato. Avanzó hasta el lecho, una
vez la señora Graham le hubo soltado, y estrechó la mano del juez.
—¿Cómo se encuentra, señor Graham?
—Muy bien. El doctor ha asegurado que el levantarme será cuestión de
días.
—Me alegro. Pero no debe apresurarse, debe permanecer en la cama el
tiempo necesario.
—Es lo que le estamos diciendo —intervino la señora Graham.
—Vaya, Fuller, va a ponerse al lado de esas mujeres.
—No, no, tan solo he expresado mi parecer.
—Pues podía habérselo ahorrado —le amonestó, sonriente, Graham—.
Siéntese.
Spider asintió con un movimiento de cabeza y cogió la silla que le
acercaba Betsy. No la miró, sentíase resentido contra ella.
—Le agradezco su visita, Fuller. Es usted un buen muchacho.
—No, no lo soy. Estoy decidido a marcharme de Green Lawn.
Betsy, al oírle, se estremeció, su mirada estaba fija con ansiedad en el
vaquero, sin darse cuenta de que Dolly la miraba asombrada. El juez le miró,
sorprendido.
—¿Va a marcharse ahora? ¿A dónde irá?
—Probablemente a San Francisco.
—Haga usted lo que quiera, es dueño de hacerlo.
Spider advirtió un oculto reproche en estas palabras. Fingió no darse
cuenta.
—En realidad, me detuve en Green Lawn por casualidad, me encaminaba
hacia San Francisco. Deseo conocer esa gran ciudad, he oído hablar mucho
de ella.
Se hizo una embarazosa pausa. Betsy preguntó:
—¿Ha desayunado, señor Fuller?
—Sí, muchas gracias.
—¿Quiere una taza de café?
—No, no.
—Le aconsejo que acepte —intervino la señora Graham—. Betsy sabe
prepararlo muy bien.
—Entonces, no tendré más remedio que aceptar.
Betsy salió rápidamente de la habitación, sus ojos brillaban de alegría al
oír que Spider aceptaba. No tardó en regresar y ofreció la taza humeante al
joven.
—¿Qué le parece el café? —preguntó el juez, cuando el vaquero lo hubo
bebido.
—Es… es delicioso.
—Gracias, señor Fuller. Es usted muy amable.
Spider se vio precisado a desarrugar el ceño, ante la radiante sonrisa de la
joven. El juez llamó la atención de Spider.
—¿Qué desea?
—Alárgueme la pipa, muchacho.
—¿No le perjudicará fumar, señor Graham?
—No, el doctor no me lo ha prohibido.
No obstante, Spider miró a la señora Graham, y esta hizo un gesto
afirmativo. El juez llenó la pipa con visible satisfacción, luego ofreció el
tabaco al joven, este aceptó.
Las dos mujeres salieron de la habitación, comprendiendo que los dos
hombres conversarían con más libertad sin su presencia. Graham prendió
fuego al tabaco y exhaló una bocanada de humo.
—Nunca le podré agradecer lo que hizo por mí, muchacho.
—Eso ya me lo ha dicho varias veces, juez Graham.
—Sí, lo sé. Pero aquellos hombres estaban decididos a matarme. Todo
fue preparado, estaban pagados por Garnet Hunter.
—Es posible.
—¿Por qué intervino?
—Me indignó. Nunca he podido presenciar un asesinato sin intervenir.
Eso es todo.
—¿En qué posición se ha colocado?
—No le entiendo.
—Sí, me ha entendido perfectamente. A Hunter no le habrá gustado que
haya evitado mi muerte.
—Me es indiferente su actitud.
—Ese hombre es vengativo y no le perdonará.
—Que intente atacarme. No me cogerá desprevenido.
Graham movió la cabeza, su enérgico rostro reflejaba temor.
—Esos pistoleros le matarán, muchacho.
—No tiene importancia. Alguna vez hay que morir, juez Graham.
—Me molesta oírle hablar así. Es joven, el porvenir aún no tiene
horizontes para usted. Le he observado y no le creo un vulgar pistolero.
—Le agradezco la opinión que se ha formado de mí, no sé si la merezco.
El juez no llegó a responder, se abrió la puerta y entrando Denny Holmes.
El ranchero sonrió abiertamente a Spider, tendiéndole la mano. Spider la
estrechó con fuerza, agradecido por la prueba de amistad que le ofrecía.
—Me he enterado de lo ocurrido, Fuller. ¿Qué le dijo Garnet Hunter?
—Desde luego, no se mostró muy efusivo.
—Usted corre un inminente peligro. Hunter es vengativo y no le
perdonará, aprovechará la primera oportunidad que se le presente para
eliminarle. Yo estoy a su lado.
—¿Para qué?
—Para combatirle. No estoy dispuesto a soportar sus injusticias, el
atentado contra el juez indica que se halla dispuesto a todo, hasta tenernos
sometidos a su capricho.
—Eso deben comunicárselo al sheriff.
—¡Bah, ese hombre es un farsante! Se limita a cumplir las órdenes de
Hunter.
—Entonces oblíguenle a presentar la dimisión de su cargo, nombren a un
sheriff honrado y decidido. Garnet Hunter estará controlado, en cuanto
intente una fechoría le detienen, y en paz.
—En teoría es muy fácil de realizar.
—Solo es necesario mostrarse enérgicos. Son ustedes superiores en
número a esos bandidos.
—¿Quién aceptará el cargo de sheriff?
—Algún vaquero.
Holmes meneó la cabeza, luego miró con fijeza a su interlocutor y dijo
con lentitud:
—Nadie más indicado que usted, Fuller.
—¿Yo? ¡Se ha vuelto loco, Holmes!
El juez había escuchado interesado a los dos hombres. Alzó la mano,
atrayendo su atención.
—Holmes ha expresado la opinión de todos los habitantes de la región.
—¿Yo sheriff? —y Spider lanzó una carcajada—. Nunca se me había
ocurrido desempeñar semejante cargo…
—Acepte —le instigó Holmes.
—No. Les agradezco la confianza que han puesto en mí, pero no acepto.
Tengo que ajustar una pequeña cuenta pendiente con Hunter, después
marcharé de la región.
Holmes le asió con fuerza por un hombro.
—No sea loco, Fuller. Usted no podrá contender contra esos hombres, le
matarán.
—Es posible —asintió el vaquero, sin inmutarse—. Me alegraré que se
mejore pronto, señor Graham. Adiós, Holmes.
Y salió de la habitación, mientras los dos hombres se miraban con
expresión desconsolada.
Spider se despidió de las dos mujeres, y salió a la calle, llevándose
consigo una intensa mirada azul que le hizo estremecer. Betsy le estrechó la
mano con inconfundible afecto, y todo su rencor se desvaneció.
Las dos mujeres entraron en la habitación. Betsy se inclinó sobre el juez y
preguntó con ansiedad:
—¿Qué ha dicho Fuller?
—Tiene que ajustar una cuenta pendiente con Hunter.
—Lo matarán. Holmes, tiene que ayudarle.
El ranchero la miraba sorprendido, le impresionó su vehemencia,
comprendiendo la verdad.
—¿Tanto le quieres?
La joven asintió con un movimiento de cabeza. Holmes le golpeó la
espalda con ternura.
—No te preocupes, Betsy. Procuraré proteger a ese obstinado vaquero,
aunque él no quiera.
CAPÍTULO X
***
Acababa de comer y Spider se lavó cuidadosamente, alisando sus
cabellos. Cualquiera que le hubiese estado observando, no hubiera vacilado
en creer que se proponía asistir a un baile, con el único fin de divertirse.
Quizá hubiese cambiado de opinión al verle observar con atención sus
revólveres, comprobando su buen funcionamiento y estar completas sus
cargas.
Se dirigió con paso firme al “Green Dragon”. Tan pronto empujó la
puerta batiente, comprobó que Hunter no le exageró; la fiesta organizada por
Flash Scott era animadísima.
Respondió sonriente al jovial saludo de Hunter, comprobando que Scott
no se hallaba a su lado. El saloon no estaba lleno, ni mucho menos; los
asistentes eran los componentes de la cuadrilla de Hunter, el sheriff y sus
comisarios, aparte de algunos hombres que, encontrándose allí por
casualidad, se agregaron al jolgorio.
No tardó en llegar Scott. Su mirada se posó, burlona y desafiadora, sobre
Spider. Este permaneció impasible.
—Me alegro de verle aquí, Fuller.
—Ya le dije que vendría.
—Beba cuanto quiera. Todo lo pago yo.
—Es usted muy generoso.
—Siempre lo he sido. Nunca me ha asustado nada.
Y sus ojos se posaron, provocadores, sobre Spider. Este ya no tuvo
ninguna duda sobre sus intenciones, ansiaba hacerle perder el control de sus
nervios, obligándole a empuñar su revólver. Se prometió no seguir su juego,
no porque le temiera, sino por lo apurado de su situación en el caso de
vencer. Se hallaría rodeado de enemigos y estos se apresurarían a disparar
contra él.
Cada vez, los intentos de Flash Scott eran más descarados, siendo
evidentes para los hombres que estaban alrededor de ellos. Hunter sonreía
sarcástico, gozando con aquella situación, esperando que se derrumbase la
máscara tras la que se encubría Spider.
Poco a poco, la sonrisa de Hunter se fue borrando, la impasibilidad de
Spider Fuller se mantenía firme, ante las soeces palabras y burlones
comentarios de Flash Scott.
No era posible provocarle abiertamente, quería darle apariencia de reyerta
improvisada. Hizo una señal a su cómplice, como insinuándole que
precipitase los acontecimientos. Scott se encogió de hombros, como diciendo
que no sabía qué hacer, pero sus ojos brillaron de júbilo al ver a Jean, y
asintió con la cabeza.
Se acercó a la joven y rodeó su cintura con un brazo, atrayéndola hacia él.
—Estás muy bonita, Jean —dijo en voz alta, haciendo que la atención se
concentrara en él.
Jean, sorprendida por su inesperada acción, intentó desprenderse, pero no
le fue posible. Scott la sujetaba con fuerza.
—Déjeme —suplicó la bella artista.
—Dama un beso, preciosidad.
Ella forcejeó para desasirse, pero el pistolero la mantenía con firmeza.
Pareció enfurecerse por su resistencia y barbotó:
—Conque no quieres, ¿eh?
Y cogiendo los cabellos de la joven, de un brutal tirón la obligó a levantar
la cabeza Y mientras Jean lanzaba un grito de dolor, él se inclinó para besar
sus labios.
No llegó a hacerlo, una mano poderosa le asió por el hombro obligándole
a volverse. Sus ojos miraron con odio a Spider Fuller, e intentó golpearle,
pero el vaquero se le adelantó y con un potente derechazo lo derribó al suelo.
Spider permanecía erguido, mirando sin pestañear a Scott. No pudo
contener su indignación ante el brutal atropello. Su encuentro con el pistolero
no podía ser evitado, y no iba a consentir que Jean fuese una víctima
inocente. Esto le decidió a intervenir.
Jean corrió hacia el joven.
—No te pelees por mí, Spider.
Él la sujetó con un brazo, sin apartar la mirada del pistolero.
Scott le miraba con odio, los efectos del golpe recibido habían
desaparecido, y su sonrisa se acentuó al ver que el brazo derecho de Spider
sujetaba a Jean. La ocasión era la más adecuada para disparar.
Rápido, empuñó su “Colt”. Sonó una detonación y en los ojos del
pistolero apareció el asombro y el dolor. Spider Fuller se le había adelantado
con la mano izquierda. Se trataba de una terrible humillación para su fama de
gun-man. Lanzó un estertor de agonía y se desplomó hacia atrás.
Spider empujó a Jean hacia atrás.
—Sal enseguida.
Y en su mano derecha apareció el otro revólver, haciendo con ellos un
círculo amenazador. Al mismo tiempo se oyó la voz de Hunter:
—¡A él, ha asesinado a Scott! ¡Hay que linchar al asesino!
—¡Todos quietos! Que nadie se mueva, quiero ver todas las caras.
El sheriff dio un paso hacia adelante, sus manos estaban separadas de sus
revólveres.
—Entréguese, Fuller.
—¿Por qué debo entregarme? —inquirió el vaquero con dureza.
—Ha matado a Flash Scott.
—Todos han sido testigos de que ha sido en legítima defensa. Empuñó el
revólver antes que yo.
—¡No es cierto! —aulló Hunter, exasperado—. Es un asesino.
—No se preocupe, Hunter. Aún nos veremos.
Y por un instante, uno de sus revólveres encañonó al aventurero, y este se
encogió, atemorizado.
Spider retrocedió hasta la puerta, con la pierna la abrió y con la mirada
miró a la calle. Inmediatamente apretó el gatillo de un “Colt”; uno de los
pistoleros dejó caer un revólver, mientras se oprimió el brazo.
—Había dicho que nadie se moviera.
Lo que había visto en la calle le llenó el corazón de esperanza. Esta se
hallaba desierta, exceptuando a varios jinetes inmóviles, al frente de los
cuales estaba Denny Holmes.
Salió del saloon, tras haber dado tiempo a Jean de alejarse. Corrió hacia
la casa de enfrente, viendo como Holmes le hacía un amistoso ademán. Se
arrojó al suelo, en una rápida media vuelta quedó frente al saloon, y disparó
en el momento de salir tres hombres. Uno de estos se llevó las manos a la
cabeza, y se desplomó.
Una lluvia de plomo cayó sobre Spider; el joven notó un agudo dolor en
un costado, pero mordiéndose los labios, continuó disparando. Los pistoleros
se precipitaron en busca de la ansiada presa, entre ellos el sheriff y sus
comisarios.
De pronto, la calle Mayor retumbó bajo los efectos del galopar de
numerosos caballos. Holmes y los vaqueros que logró reunir a su alrededor,
se lanzaron sobre los forajidos disparando con saña. El desconcierto se
apoderó de los secuaces de Hunter, los balazos causaron numerosas víctimas
en los primeros instantes. Intentaron la huida, pero los vaqueros, enardecidos,
les persiguieron, disparando a matar, respetando a los que se rendían.
La batalla campal apenas duró tres minutos, pero estos escasos minutos
fueron testigos de una horrenda matanza. Tan solo un vaquero resultó herido,
siendo recogido por sus compañeros; los forajidos, cogidos en aquella
improvisada trampa, fueron destruidos.
Holmes saltó de su montura y corrió hacia Spider, pues habíase dado
cuenta de que un balazo le alcanzó. Se detuvo sorprendido; Spider avanzaba
erguido hacia el saloon, su aspecto era tranquilo, a pesar de estar su camisa
manchada de sangre.
—Fuller, vaya a curarse.
El vaquero movió negativamente la cabeza.
—Aún no, Holmes. Me queda una cuenta que ajustar.
El ranchero no trató de volver a insistir. Y Spider continuó avanzando
implacable. Empujó la puerta batiente.
Hunter, pálido y tembloroso, le contemplaba, su mano empuñaba un
revólver, pero no hizo ningún ademán para encañonar a su enemigo.
—No me mate, Fuller. Le daré mucho dinero… todo el que tengo.
Spider lo miró con desprecio. Se hallaba dispuesto a matarlo, nadie podría
evitarlo.
—Tenemos una cuenta que ajustar, Hunter. Me propinó una bofetada.
El facineroso sonrió, es decir, su cara se contrajo en una mueca.
—Eso no tiene importancia. Se trata de un golpe. Yo te daré miles de
dólares, serás rico.
—Defiéndete —dijo el vaquero, implacable.
Y su mano se posó en su costado, tambaleándose. La herida le dolía,
temiendo que la pérdida de sangre le debilitase.
Los ojos de Hunter fulguraron de alegría. Acababa de darse cuenta de que
su temible enemigo se desvanecía, y quiso aprovechar la ocasión que se le
presentaba. Rápido, alzó su revólver, presto a disparar. Pero Spider no le
perdía de vista y comprendió su intención.
El "Colt” de Spider escupió plomo, y su enemigo se desplomó sobre la
silla, herido de muerte. Hunter reunió las energías que le quedaban antes de
morir. Ansiaba alcanzar al vaquero. Levantó el brazo y lo dejó caer a lo largo
del cuerpo, desplomándose de bruces sobre la mesa. Un certero balazo
acababa de destrozarle el corazón.
Spider se apoyó en la pared. Las fuerzas empezaban a faltarle. Holmes,
silencioso testigo de la mortal contienda, corrió hacia él, sosteniéndole entre
sus brazos.
—Gracias, Holmes.
—A ti debemos estar agradecidos. Nos has librado de estos bandidos.
Y cogiendo al vaquero entre sus brazos, lo condujo a la casa del juez. En
el breve espacio de unos días, un herido era transportado a ella de la misma
forma. Betsy se lanzó sobre él, dando un grito de angustia. Holmes sonrió,
tranquilizador.
—No temas, Betsy. La herida no es grave.
—Gracias, Dios mío.
Spider abrió los ojos y sonrió, volviendo a perder el conocimiento.
Cuando recobró la noción de lo que le rodeaba, sintió un terrible dolor en
el costado. Hizo un movimiento para incorporarse, notando que unos brazos
le sujetaban con fuerza. No intentó resistir al oír una voz:
—Quieto, Spider. El doctor está extrayendo el pedazo de plomo.
Apretó los dientes y aguantó el dolor. El doctor acabó pronto, lanzando
una triunfal exclamación:
—¡Ya está! Este tampoco morirá de esta herida.
Betsy se aproximó al herido y le acarició la frente, luego besó sus labios
con ternura.
—Eres magnífico, querido.
El estupor impidió protestar al vaquero, cuando reaccionó, dijo:
—¿Te has vuelto loca, Betsy? ¡Hay mucha gente!
—No me importa, cuando estés curado, nos casaremos.
—Yo no…
—Te has declarado. Todos son testigos.
Spider miró con estupor los rostros sonrientes del doctor, Holmes y la
señora Graham. Sus facciones se serenaron, en sus labios apareció una
indolente sonrisa.
—Pero el juez Graham, no.
—No te servirá de escapatoria, Spider Fuller, desastrado vaquero —le
amonestó Betsy, con dulzura—. Ya se ha enterado y se ha puesto muy
contento. No querrás contrariarle, ¿verdad?
—Siendo así…
—¡Eres un solemne hipócrita!
—No consiento que me insultes, seré tu marido y me debes…
No pudo continuar. Los adorables y suaves labios de Betsy se lo
impidieron.
FIN
METIDO EN UNA ENCERRONA
por
Sam Fletcher