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144 - Aso - Furiadevastadora - Orland Garr

El documento es una obra de ficción que narra la historia de Spider Fuller, un joven vaquero que llega a California en busca de una vida mejor. En un lujoso saloon, se enfrenta a un bravucón que maltrata a una mujer, lo que desencadena una serie de eventos violentos que culminan con Spider defendiendo su honor y enfrentándose a las autoridades. A pesar de actuar en defensa propia, Spider es arrestado, lo que lo lleva a reflexionar sobre su situación en un calabozo.

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144 - Aso - Furiadevastadora - Orland Garr

El documento es una obra de ficción que narra la historia de Spider Fuller, un joven vaquero que llega a California en busca de una vida mejor. En un lujoso saloon, se enfrenta a un bravucón que maltrata a una mujer, lo que desencadena una serie de eventos violentos que culminan con Spider defendiendo su honor y enfrentándose a las autoridades. A pesar de actuar en defensa propia, Spider es arrestado, lo que lo lleva a reflexionar sobre su situación en un calabozo.

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Depósito Legal B 1.

278 − 1965
Impreso en España - Printed in Spain.

2.ª edición: marzo - 1965

(C) FRANCISCO BRUGUERA - 1960

(C) COSTA - 1965


sobre la ilustración interior

Concedidos derechos exclusivos a favor de EDITORIAL BRUGUERA, S. A.


Mora la Nueva, 2, Barcelona (España)

Impreso en los Talleres Gráficos de Editorial Bruguera, S. A.


Mora la Nueva, 2 - Barcelona - 1965

N. R. 2855/60

ÚLTIMAS OBRAS DEL MISMO AUTOR


PUBLICADAS POR ESTA EDITORIAL

En Colección BISONTE:
874 — Desquite trágico.
En Colección BÚFALO:
557 — Atrevido jugador.
En Colección SALVAJE TEXAS:
414 — Poblado de pistoleros.
En Colección CALIFORNIA:
375 — Frente al peligro.
En Colección COLORADO:
356 — Por el honor del nombre.
En Colección KANSAS:
267 — Lucha en Montana.
En Colección ASES DEL OESTE:
278 — Un español en Nevada.
En Colección BRAVO OESTE:
206 — Un volcán en las venas.
CAPÍTULO PRIMERO

SPIDER FULLER se escanció ron en un vaso, mirando el licor al


trasluz. Hizo un gesto de aprobación con la cabeza, y tras saborearlo sus ojos
oscuros parecieron relucir de satisfacción. Sí, el ron era excelente.
Miró a su alrededor complacido. La luz era deslumbrante, la música
alegre y pegadiza. En el pequeño escenario se divisaban bellas mujeres,
numerosa gente a su alrededor, hasta llenar por completo el lujoso saloon.
Sí, el “Green Dragon" era el saloon más suntuoso que Spider Fuller había
visto. Sus paredes pintadas de verde, realzadas por algunos cortinajes del
mismo color, y con temibles dragones, le daban un aspecto suntuoso. El
joven se echó hacia atrás, mientras sus labios se entreabrían en una satisfecha
sonrisa.
No le engañó el instinto al conducirle hasta California, estando harto del
polvoriento Colorado. Él era joven, a la sazón, hacía escasamente un mes
acababa de cumplir los veintisiete años, no estando dispuesto a pasar la vida
cuidando ganado.
Deseaba tener dinero, beber excelentes licores y frecuentar el trato con
bellas mujeres. Había oído relatar distintas versiones de la dorada California,
decidiendo emprender el viaje, para comprobar la realidad por sí mismo.
El viaje fue penoso y divertido a la vez. A veces anduvo por inmensos
desiertos, llegando a temer extraviarse en ellos, pero su infalible instinto de
orientación, consiguió sacarle de las apuradas situaciones.
Cuando vio extenderse a sus pies Green Lawn, sonrió complacido, siendo
de su agrado el aspecto de aquel gran poblado. Al recorrer sus calles, esta
impresión aumentó. Las tiendas de su calle Mayor eran lujosas,
produciéndole la sensación de prosperidad.
Los alrededores del poblado estaban llenos de ranchos. Green Lawn le
convenía, en el caso de no hallar la posición que buscaba, siempre podría
tener un empleo de vaquero. Aunque esta posibilidad no resultaba de su
agrado.
Tuvo que alojarse en una modesta posada, en vista de los precios tan
fabulosos que le pidieron en los dos hoteles de regular apariencia. Esto le
hizo comprender el auge económico del poblado, siendo preciso tener mucho
dinero para vivir de forma desahogada, disfrutando de las comodidades que
ofrecía Green Lawn.
Acababa de entrar en el saloon, logrando sentarse ante aquella mesa, casi
rodeada de ruidosos clientes. Quedando complacido al hallar la silla vacía.
El ron resultó de excelente calidad, aunque el precio no debía irle a la
zaga. El joven se encogió de hombros, no le sobraba el dinero precisamente,
pero aquella noche no le importaba. Al día siguiente empezaría a preocuparse
por su porvenir.
Spider bebió otra copa de ron. Su lengua pasó por sus labios, en un gesto
instintivo. En Colorado no siempre era posible beber un licor tan excelente.
California empezaba a gustarle por completo, hasta entonces no vio cosa
alguna que le disgustase. Contempló a la atractiva rubia que cantaba en el
escenario, su cuerpo de líneas esculturales le atrajo; era muy hermosa.
El vaquero no temía a nadie. Dos veces habíase enfrentado con pistoleros,
en ambas resultó vencedor, viendo caer a sus adversarios atravesados por sus
certeros balazos.
Distinguió varias mesas de juego, estaban situadas en la parte opuesta en
la amplia sala. Daban la impresión de pertenecer a otro local, como si le
separase una valla invisible, cuando en realidad solo existía una pronunciada
disminución de las paredes del saloon.
El juego no ofrecía grandes atractivos para Spider. En Colorado vio
esfumarse muchas fortunas tras los naipes. Si alguna vez tenía dinero, no lo
perdería de forma tan estúpida. Él lo gastaría divirtiéndose.
Sus ojos se posaron en una muchacha pelirroja, la ligereza de su traje
dejaba al descubierto parte de su cuerpo. Ella le sonrió, él la correspondió. Lo
hizo de forma instintiva, sabía sobradamente que no le convenía invitarla, lo
contrario, iría contra su escasa fortuna.
Pero la linda pelirroja ya se hallaba camino de su mesa. Antes de que
llegara, un individuo se levantó y corrió hacia ella, cogiéndola brutalmente
por un brazo. Trató de desasirse, mientras decía:
—Suélteme, me hace daño.
—Nada de eso, preciosa. No te marcharás de mi lado.
—No quiero estar con usted.
—¿Y has pensado en ese estúpido vaquero?
Y el hombre se echó a reír groseramente. Spider enderezó el cuerpo con
rapidez, le ofendió el tono del corpulento individuo al referirse a él.
La pelirroja forcejeó, resultó inútil. La garra de aquel hombre la sujetaba
con firmeza. Los ojos del bravucón chispearon siniestros mirando con fijeza a
Spider. Le provocaba con la mirada, y Spider Fuller no era hombre para dejar
pasar en vano un desafío.
Spider ya se hallaba enfrente del bravucón.
—Suelte a esa mujer, amigo.
—¡Vaya, ha llegado el vaquero! ¿Por qué debo soltarla?
—Un hombre no debe maltratar a una mujer. En Colorado no se
acostumbra a hacerlo, eso merece un calificativo despreciable.
—Sí, ¿cuál?
—Rufián.
El matón se echó a reír, de un empujón derribó a la pelirroja, y se volvió
agresivo hacia el joven.
Ella se levantó y corrió hacia Spider.
—Márchese, ese hombre le matará.
El vaquero sonrió, y la apartó con suavidad.
—Nunca me ha dado miedo un rufián, señorita.
Su adversario lanzó un rugido de rabia, su puño partió raudo en busca de
la barbilla del vaquero, pero este con una ligera flexión de cintura esquivó el
golpe. La derecha de Spider alcanzó con demoledora precisión la mandíbula
del bravucón, el cuerpo de este se elevó en el aire, cayendo pesadamente al
suelo.
Spider lo contempló con una indolente sonrisa. Nunca era más peligroso
que cuando esta sonrisa aparecía en sus labios. Entonces sus músculos
estaban prestos para saltar, sus manos para empuñar sus revólveres y sus
dedos para oprimir los gatillos, sembrando la muerte a su alrededor.
Un hombre de mediana estatura, delgado y aspecto inconfundible de
pistolero se adelantó hacia Spider. Habló en voz baja y clara.
—Forastero, ha cometido un error al haber golpeado a mi amigo.
—Él me provocó —repuso Spider, sosteniendo su mirada sin pestañear.
—Eso no me importa. Voy a matarle.
Se oyó el rumor de numerosos pies al moverse, haciéndose el vacío
alrededor de ellos. El plomo no tardaría en cruzar el espacio, y nadie quería
ser alcanzado por él, temiendo su mortal picadura.
El vaquero le contemplaba impasible, en su rostro se destacaba la
indolente sonrisa. Su enemigo empezaba a moverse, recobrando la noción de
cuanto le rodeaba.
—No tengo nada contra usted —dijo Spider con lentitud.
—Yo sí. “Saque” cuando quiera.
—Puede usted empezar a disparar. Puedo darle esa ventaja —respondió el
vaquero con calma.
El pistolero abrió la boca sorprendido. Estaba desconcertado, jamás
hubiera sospechado que iba a recibir esta contestación. Un murmullo de
asombro resonó en el saloon, ante la inconcebible actitud del osado forastero.
La mano del pistolero se movió con fulminante rapidez, mientras sus ojos
permanecían fijos en los de su enemigo, como tratando de adivinar sus
intenciones, pero estos estaban fríos, sin delatar emoción alguna. Tuvo la
certeza de que se trataba de un enemigo temible, sus palabras no encerraban
fanfarronada alguna.
Cuando disparó, ya estaba muerto. Su corazón acababa de ser partido por
un certero balazo. Su dedo apretó el gatillo, pero su voluntad ya no existía,
dando en el techo. Se derrumbó al suelo.
Pero Spider se movió ligeramente, no prestando atención alguna al
cadáver del pistolero. Todos se pudieron dar cuenta a qué se debía este
inesperado movimiento. El bravucón habíase incorporado, su diestra
empuñaba su “Colt”, con la intención de disparar contra Spider.
La prodigiosa rapidez demostrada por el vaquero al vencer al pistolero,
fue de nuevo puesta de manifiesto. Se adelantó de forma inconcebible al
bravucón, no dándole tiempo a disparar. El proyectil se alojó en la frente de
su enemigo, desplomándose de bruces sobre el pavimento del saloon.
A pesar de haberse desembarazado de sus dos enemigos, Spider continuó
erguido, empuñando con firmeza su “Colt”. Como si no le importase hacer
frente a nuevos adversarios.
Algunos hombres avanzaron a su encuentro, distinguió en el pecho del
que iba al frente la estrella de sheriff y se tranquilizó. Con un hábil y
espectacular movimiento devolvió el “Colt” a la funda.
—Queda detenido, forastero.
—¿Por qué, sheriff?
—No me gusta su presencia en Green Lawn. Es usted muy rápido.
—No le entiendo, me he limitado a defenderme.
—Es posible, pero en esta parte de California se mantiene el orden. Aquí
impera la Ley.
—Todos han sido testigos de que he actuado en defensa propia.
—Si es cierto, le dejaré en libertad. Antes debe ser juzgado.
Spider sonrió con indolencia.
—¿Y si le dijese que no estoy dispuesto a dejarme detener?
El sheriff hizo un instintivo movimiento de retroceso, como si la idea de
enfrentarse con el vaquero no le resultase muy agradable, a pesar de la
firmeza de sus palabras. Pero al ver a sus ayudantes sintióse fortalecido.
—No se atreverá a enfrentarse con la Ley. No tardaría en ser colgado. Le
aconsejo que me entregue sus armas.
—No logro simpatizar con esa idea, sheriff.
Y Spider movió con lentitud la cabeza.
No, la situación no resultaba del agrado de Spider. No estaba dispuesto a
dejarse encerrar en un sucio calabozo, y más siendo inocente. ¿Desde cuándo
se detenía en el Oeste a un hombre por haber disparado en defensa propia?;
resultaba absurdo, mucho más al haber luchado contra un enemigo superior
numéricamente.
Cada vez se afianzaba más en su decisión de no entregar sus armas. Sin
ellas se encontraba poco menos que indefenso, nadie podría asegurarle que
sería juzgado legalmente, siendo probable que su cuerpo colgase de la gruesa
rama de un árbol.
—Le aconsejo que entregue sus revólveres al sheriff, forastero. Lo he
presenciado todo y declararé a su favor, así como la mayoría de mis clientes.
El sheriff es muy meticuloso, pero no mala persona.
Spider examinó con atención a un hombre alto y corpulento que vestía
con torpe elegancia. Su rostro de facciones enérgicas le sonreía con agrado.
—¿Es usted el dueño del saloon?
—Sí. Mi nombre es Garnet Hunter, poseo alguna influencia y esta será
puesta en su defensa. Estos hombres —y su diestra señaló con desprecio los
cadáveres— eran unos estúpidos.
El joven vaciló. Miró con fijeza los ojos azules de Hunter, y este asintió
con la cabeza. Se trataba de un movimiento jovial.
Se decidió, dio un paso hacia el sheriff. Este le observaba con atención.
Al advertir el cambio operado en el vaquero, respiró aliviado. Spider cogió
sus “Colt” y los hizo voltear hábilmente en el aire, al caer los cogió por los
cañones. Los clientes del saloon le miraron sorprendidos por esta fantástica
exhibición.
—Tenga mis armas, sheriff. Prometa cuidarlas, lamentaría que se
oxidasen.
El de la placa cogió los revólveres por el cañón. Sus movimientos
continuaban siendo recelosos, a pesar de la serenidad del vaquero, como si
temiese que estos pudiesen dispararse por la culata.
Garnet Hunter se acercó a Spider, le ofreció un magnífico cigarro.
—Tenga, forastero. Le prometo que no le faltará tabaco. Me ha gustado
su dominio del “Colt”.
—Estos hombres eran lentos.
El sheriff, con la mirada le indicó que saliese del saloon. Spider ya no
titubeó, echando a andar decidido hacia la puerta, tras él iba el sheriff y sus
ayudantes.
Spider fue invitado a pasar al interior de un calabozo, tal como sospechó,
este era sucio. Hizo un mohín de desagrado, pero se encogió de hombros.
Sospechaba que no tardaría en verse libre.
Se tendió en el camastro y encendió el cigarro. Era de excelente calidad,
no cabía duda de que Garnet Hunter era hombre de gusto. Es decir, en lo
referente a la bebida y al tabaco; en el vestir, su elegancia resultaba
francamente detestable.
CAPÍTULO II

SPIDER abrió los ojos, un rayo de sol entraba por la ventanilla


protegida por gruesos barrotes de hierro. Paseó su mirada asombrada por el
calabozo, no tardando en recordar lo ocurrido.
Frunció el ceño, no le gustaba la situación. Por primera vez en su vida se
hallaba detenido, siendo lo más ocurrente, que sin haber cometido ningún
delito. Se levantó de un salto y corrió hacia las rejas de hierro que servían de
sólida puerta. Lanzó un grito.
No tardó en presentarse un hombre, en su pecho lucía la estrella de
comisario.
—¿Qué le ocurre, forastero?
—Tengo hambre. Creo que me será posible desayunar.
—Ya lo creo. El sheriff ha ordenado que le traigamos lo que desee.
—¡Hombre, eso promete! Haga el favor de traerme algo sólido para
comer.
Poco después, Spider Fuller miraba sorprendido el suculento desayuno
que el comisario ponía delante de él. La puerta estaba abierta
descuidadamente, como si su carcelero tuviese la seguridad de que no
intentaría escaparse. Esto contrastaba fuertemente con la decidida actitud del
sheriff al detenerle.
El vaquero meneó la cabeza preocupado.
—Todo esto costará muy caro a Green Lawn.
—No se preocupe —respondió el comisario, sonriendo—, usted no lo
pagará.
—Vaya, California es más acogedora de lo que supuse.
Su interlocutor soltó una carcajada.
—Así es, amigo. Ha encontrado alojamiento y comida gratis.
Spider ya no pronunció una palabra, se dedicó con entusiasmo a dejar
limpios los platos que tenía delante. El comisario había salido, sin
preocuparse de cerrar la puerta. Cuando regresó, el joven ya había terminado
de desayunar y fumaba tranquilamente tumbado sobre el camastro. Dejó
sobre este, tabaco y cerillas. Spider entornó los ojos.
—No puedo quejarme de mi suerte —comentó sonriendo.
—Menos una guapa chica —y el comisario guiñó un ojo— puedo traerle
lo que desee.
—Incluso ron.
—Sí.
—¿Quién paga todo esto? ¿Se puede saber?
—Garnet Hunter.
—Es un hombre muy amable.
Spider se rascó la barbilla perplejo.
No quiso preocuparse. De una cosa estaba convencido, no sería
condenado, de lo contrario, aquel hombre no se preocuparía de él. Debía
tener una gran influencia en la población.
Pasaron las horas con lentitud. Spider empezaba a impacientarse de estar
encerrado, y más viendo el sol penetrar por la protegida ventana. Al tocar sus
pistoleras vacías, le daba la sensación de ser un águila a quien hubiesen
cortado las alas.
Poco antes del mediodía entró el sheriff.
—¿Cómo se encuentra, vaquero? —preguntó con tono afable.
—Aburrido como un oso gris. ¿Cuándo me juzgarán?
—Mañana.
—¿Y debo permanecer todas esas horas encerrado en esta cueva?
—No hay más remedio. Debo tomarle declaración.
—No tengo ningún inconveniente en responderle. Mi nombre es Spider
Fuller, veintisiete años de edad y procedo de Colorado. Mi profesión es la de
vaquero. ¿Falta algo más a mi filiación?
—Nada, es completa. Deme un relato de lo ocurrido.
El joven explicó con naturalidad la provocación de que fue objeto por
parte del bravucón, y su adecuada respuesta. El de la placa fue anotándolo
cuidadosamente.
—No se preocupe, Fuller, mañana estará libre.
El resto del día y la noche pasaron con exasperante lentitud. El joven a
veces se ponía en pie y paseaba por el reducido espacio como si fuese una
fiera acorralada. El tiempo se le hacía insoportable, asaltándole la tentación
de intentar huir. Se apoderaría de sus revólveres y se alejaría al galope,
disparando contra todo aquel que intentase perseguirle.
Pero desistía inmediatamente. Sentía curiosidad por saber lo que le diría
Garnet Hunter. Lo adivinaba y no estaba dispuesto a defraudarle.
—Levántese, Fuller —dijo el sheriff entrando en la celda—, en la otra
habitación podrá lavarse. Dentro de una hora se celebrará su juicio.
Spider se puso en pie de un salto.
—Creía que no llegaría nunca este momento —respondió alegremente.
Se sintió tonificado cuando entró en contacto con el agua. Puso en orden
sus enmarañados cabellos, no tardando en estar preparado para seguir al
sheriff. Cuando este dio la orden de salir, cerró los ojos deslumbrado al salir a
la calle. Respiró con deleite el aire puro, ensanchando su amplio tórax.
Fue conducido a una casa de magnífico aspecto, más tarde se enteró de
que pertenecía al juez Andrew Graham. Este acostumbraba a celebrar los
juicios de escasa cuantía en una amplia estancia, aunque no faltaba ninguno
de los requisitos de la Justicia.
El juez Andrew Graham estaba sentado tras su mesa de despacho. Se
trataba de un hombre de unos cincuenta años, alto, enjuto y cabellos grises.
Su mirada grave y firme se posó en el detenido. El examen fue riguroso y
desprovisto de antagonismo.
Aquel hombre produjo una honda impresión en Spider, le creyó honrado
y justo. Sin embargo, su atención estuvo pocos segundos en él, esta fue
atraída por la presencia de una joven alta y esbelta. Vestía una amplia falda y
una blusa blanca con encajes, las facciones de su rostro eran de una
perfección jamás vista por Spider, sus rojos y bien formados labios, así como
sus grandes ojos azules, le daban un encanto irresistible.
Se dejó caer en la silla que le indicaron. El sheriff hizo un breve relato de
lo ocurrido, luego declararon tres testigos. Al terminar estos, Andrew Graham
se volvió hacia Spider.
—¿Se halla usted conforme con todo lo dicho?
—Sí, señor.
—Bien. Se ha comprobado que actuó usted en defensa propia. Queda en
libertad.
—Gracias, señor juez.
Spider se levantó, dispuesto a marcharse, pero fue detenido por un
enérgico ademán del juez.
—Debe firmar, señor Fuller.
—No tengo ningún inconveniente.
El vaquero avanzó hacia la joven, esta le tendió una pluma indicándole
dónde debía estampar su firma. Spider trazó su nombre con seguridad,
devolviendo la pluma a la joven con una sonrisa.
—Gracias, señorita.
La joven se limitó a hacer una inclinación de cabeza. En su rostro no
apareció el menor asomo de sonrisa. El joven la imitó encogiéndose de
hombros.
La causa estaba terminada.
Andrew Graham, al quedarse solo se volvió hacia su secretaria. Su rostro
mostraba una preocupada expresión.
—No me gustan estos asuntos, Betsy. Este vaquero se defendió, esto es
indudable, pero mató a dos hombres. Estas cosas no deberían suceder, no me
es posible evitarlas. La Ley de estos Estados no castiga semejantes hechos.
—Da la impresión de ser un buen muchacho —contestó Betsy.
—Sí, pero maneja el “Colt” con terrible precisión. Estos hombres son
peligrosos.
Permaneció silencioso, su frente estaba cubierta de profundas arrugas.
—Estoy preocupado. Hunter cada vez se muestra más osado. Al parecer
se ha interesado por Spider Fuller, y es curioso, pues mató a dos de sus
hombres.
—Ese vaquero no es un pistolero —protestó Betsy con vivacidad.
—No se puede juzgar por las apariencias, Betsy. La ambición puede
ofuscar el ánimo más noble.
Y el juez Graham crispó con fuerza sus puños.

***
Spider se ciñó su cinto, dirigiendo una radiante sonrisa al comisario que
se lo entregó.
—Ahora estoy completo, sin esto me siento desnudo.
El sheriff le tendió la mano.
—Confío en que no me guardará rencor por haberle detenido.
—De ninguna manera, sheriff. Cumplió con su deber.
—Me alegra oírselo decir, Fuller. No se le olvide que Garnet Hunter
desea hablarle.
—De acuerdo perfectamente. ¡Hasta la vista!
Y salió a la calle. De nuevo era dueño de sus actos y podía ir adonde
quisiera. Decidió ir a la posada donde se alojaba, para explicar lo ocurrido,
pues estarían intranquilos por su ausencia. Además, podía perder su equipaje.
Quedó sorprendido al ser recibido con naturalidad, el posadero estaba
enterado de lo ocurrido, manifestando que la habitación continuaba estando a
su disposición.
Tranquilizado a este respecto, Spider decidió visitar a Garnet Hunter, el
hombre que se portó con tanta generosidad. Llegó al saloon y entró resuelto.
Quedó sorprendido al oír al barman.
—Puede subir arriba, el señor Hunter le está esperando.
No contestó y obedeció. Garnet Hunter era un hombre seguro de sí
mismo, tenía la certeza de que él accedería a sus deseos. Quizá no se
equivocase, y más, después de las muestras de generosidad hechas a su favor.
Llamó a una puerta en la que se leía: Dirección.
—Entre.
Obedeció. Vio a Hunter fumando al otro lado de una magnífica mesa, este
le hizo un amistoso ademán con la mano.
—Siéntese, Fuller.
Un hombre alto y delgado se volvió. Miraba a la ventana con
despreocupada expresión. Sus ojos pequeños y penetrantes se clavaron en el
vaquero, sus pupilas daban la sensación de ser dos ascuas, Spider tuvo la
seguridad de ser aborrecido por aquel hombre, pero esto no le preocupó lo
más mínimo.
Obedeció a la indicación de Hunter, este señaló una botella de whisky y
dijo:
—Puede servirse.
—Gracias, es usted muy amable.
El joven llenó una copa y al probarlo asintió con admiración:
—Es magnífico.
—Garnet Hunter siempre bebe lo mejor, Fuller. ¿Cómo ha ido el juicio?
—El juez se ha mostrado muy atento, no ha titubeado en dejarme libre.
—No tenía más remedio que hacerlo. Usted era inocente por completo,
muchacho. Por eso le aconsejé que no ofreciese resistencia al sheriff, nada
podía ocurrirle. Las leyes son muy rigurosas en Green Lawn, la culpa es del
juez Graham —y torciendo la boca en un gesto despectivo, exclamó—: ¡Es
una sabandija!
Spider no era de esta opinión, pero no hizo el menor comentario,
permaneciendo impasible. No se le escapaba la hostilidad existente entre los
dos hombres, una lucha a muerte estaba entablada entre ellos. A él no le
importaba, una cosa estaba clara, al lado de Hunter podría ganar dinero con
facilidad, y al parecer el dueño del saloon estaba vivamente interesado por él.
—¿Ya sabía que los dos hombres que mató pertenecían a mi equipo?
Spider se llevaba el vaso a los labios, y se detuvo sorprendido. Miró con
fijeza a Hunter.
—Lo ignoraba. De haberlo sabido me hubiera limitado a herirles.
—Nada de eso. Se portó muy bien, eran unos imbéciles.
Spider notaba sobre sí la mirada del hombre alto y delgado, este habíase
acercado a la mesa, sentándose sobre ella en postura negligente. Su aspecto
denotaba al pistolero innato, siempre presto a disparar contra un hombre.
—Este es Flash Scott, mi hombre de confianza. Fue una suerte que la otra
noche no presenciase lo ocurrido, se hubiera enfrentado a usted.
—Yo también me alegro. No tengo nada contra usted, Scott.
Los delgados labios del pistolero se plegaron en una desdeñosa sonrisa.
—Tuvo usted suerte. Le hubiera matado.
—Es posible.
Y Spider meneó la cabeza como si lo dudase. Hunter sonrió abiertamente,
se daba cuenta del antagonismo existente entre los dos hombres, habló
conciliador.
—Los dos son grandes tiradores, a ambos les necesito a mi lado.
Spider se inclinó ligeramente hacia delante.
—Por lo visto, desea hacerme una proposición.
Hunter se echó a reír.
—Va usted al grano, Spider. Es rápido y eficaz.
—No creo que sea un defecto.
—Al contrario, me gusta.
—Estoy dispuesto a escucharle, Hunter.
Y el vaquero se echó hacia atrás y cruzó las piernas con negligencia. El
dueño del “Green Dragon” cambió una rápida mirada con Scott, este asintió
con un movimiento de cabeza.
—Green Lawn era una pequeña población sin importancia hace un par de
años, yo la he engrandecido de una forma insospechada. ¿Sabe qué pago he
recibido?
Spider movió la cabeza negativamente.
—El más ingrato que pueda imaginarse. Ahora me acusan de ser la
perdición del poblado, Andrew Graham está haciendo una intensa campaña
contra mí. Acecha la primera oportunidad para detenerme, pero no le será
posible, estoy dentro de la Ley; Garnet Hunter es un hombre honrado.
Se detuvo para cerciorarse de la impresión causada en su oyente, pero no
le fue posible, la cara de Spider era impenetrable.
—Sí, Green Lawn era un pueblo destartalado, sin vida. Sus calles apenas
eran transitadas por escasos jinetes. Mírelo ahora, ¿qué le pareció a su
llegada?
—Una gran población, llena de vitalidad.
—Exacto, eso es. Y todo ha sido obra de Garnet Hunter.
El aventurero habíase levantado, sus dedos juguetearon con la gruesa
cadena de oro que cruzaba su chaleco Se erguía orgulloso.
—A mi lado no le faltará nada, Fuller. ¿Desea quedarse?
—Todavía no sé las condiciones.
—Las económicas no merece la pena mencionarlas, quedará usted
contento de mí. Sus obligaciones son la de seguir mis instrucciones sin
vacilar, tengo poderosos enemigos y me veo precisado a defenderme.
Necesito excelentes tiradores a mi lado, con el fin de mantener a raya a
posibles agresores. ¿Me ha comprendido?
—No muy bien. Le advierto, Hunter, que yo no soy un asesino. No me
importa enfrentarme con un hombre, siempre que sea cara a cara y dentro de
la Ley.
—De acuerdo, Fuller. Confiaba en que nos entenderíamos.
—Estoy dispuesto a trabajar con usted.
—La mayor parte de las órdenes las recibirá de Flash Scott.
—No tengo el menor inconveniente.
—¿Tiene mucho dinero?
—No llega a los diez dólares.
—Lo suponía. Tenga este adelanto, cambie de alojamiento. Me gusta que
mis hombres estén bien instalados.
—Gracias.
Spider cogió los billetes que Hunter le alargaba, metiéndolos en un
bolsillo sin contarlos. Se levantó, y comprendiendo que sus interlocutores
daban la entrevista por terminada, se despidió con un ademán, saliendo del
despacho.
Cuando llegó a la calle aún meditaba sobre lo ocurrido, sin saber con
certeza si fue acertada su decisión. Se acababa de ligar a un hombre sin
escrúpulos, de esto no podía existir la menor duda. Lo más sensato hubiera
sido solicitar un aplazamiento para dar su respuesta, cerciorarse de la
situación.
Se encogió de hombros. Él había hablado con claridad, se hallaba
dispuesto a luchar, pero no a asesinar. Si la bajeza de Hunter descendía hasta
ese extremo, renunciaría a continuar a su lado, sin importarle la reacción de
su nuevo jefe. Desconocía los negocios de Garnet Hunter, existiendo nada
más una realidad, el mejor saloon de Green Lawn le pertenecía.
Ahora ya tenía dinero en su poder, esto era lo ambicionado durante
muchos años, y ya no le faltaría. Aunque no contó los billetes alargados por
Hunter, calculó poco más o menos cien dólares, una cantidad para él
importante.
Desde luego, estaba convencido de cuál debía ser su conducta, para ganar
aquel dinero y el que continuaría llegando a sus bolsillos. Su “Colt” estaría a
disposición del aventurero, presto para disparar contra sus enemigos. No
vacilaría en estar a su lado, aunque autoritario y altivo, no le creía cruel.
Spider andaba despreocupado, satisfecho de no tener que preocuparse del
día siguiente. Se detuvo, acababa de distinguir una gentil figura, la hubiera
reconocido entre cien mil sin vacilar, se trataba de Betsy Gleaves, la
encantadora secretaria del juez.
El vaquero no vaciló, se dirigió hacia la joven.
Betsy acababa de salir de una tienda, no advirtiendo la proximidad de
Spider. Cuando oyó su saludo se volvió sobresaltada.
—¡Ah, es usted, señor Fuller!
—Naturalmente. ¿Quién se creía que podía ser?
—Nadie, no he pensado en ninguna persona en particular, me es
indiferente.
—Es usted muy desdeñosa, señorita. ¿Me creerá si le digo una cosa?
—¿Por qué no he de creerle?
—Nunca había visto a una mujer ocupando semejante empleo, eso es más
adecuado para un hombre.
—Creo haberlo desempeñado con eficacia —respondió la joven alzando
la cabeza con altivez—. Además, no es de su incumbencia. El señor Graham
es quien debe opinar.
—Si estuviese en el lugar del juez, mi opinión también sería favorable
para usted.
—¡Es usted un insolente!
—Nada de eso. Ha estado lejos de mi ánimo ofenderla. Le ruego que no
vea en mis palabras una censura.
—¿Todavía no se ha marchado? —preguntó Betsy en lugar de responder.
—No, ya puede verlo, me tiene a su lado. Es más, creo que permaneceré
una temporada en Green Lawn.
—Es posible que no le siente bien este clima.
—Al contrario, el clima de California es agradable y benigno.
—Celebraré que continúe pareciéndole así.
Spider iba a responder, cuando se sorprendió al verla hacer un gesto de
despedida y alejarse.
—¿Me permite acompañarla, señorita?
—No, señor Fuller. No lo tome como una ofensa, pero Green Lawn es un
pueblo, y su compañía levantaría murmuraciones.
—Comprendo, y créame que lo lamento.
El tono de Spider contenía una cómica aflicción, y Betsy tuvo que
morderse los labios para contener una sonrisa.
El vaquero permaneció inmóvil, viendo cómo se alejaba.
CAPÍTULO III

SPIDER FULLER entró en el saloon. El “Green Dragon” estaba tan


animado como la noche que sostuvo la pelea contra los dos pistoleros.
Con sorpresa vio cómo le saludaban personas a quien no conocía,
respondió sonriente. Aquello debían ser efectos de su nuevo empleo, aquellos
hombres debían pertenecer a la cuadrilla de Hunter, eran sus nuevos
camaradas. No le gustó su aspecto, y sin embargo, debía estar unido a ellos.
Notó cómo un desagradable escalofrío le recorría el cuerpo, sintiéndose
tentado a ir al encuentro de Garnet Hunter. Desechó aquel pensamiento, a él
no le importaba, el presente se le ofrecía atractivo y debía aprovecharlo. El
futuro no le importaba.
Acudió a la mesa ocupada por Garnet Hunter. El aventurero le dirigió una
afectuosa sonrisa.
—Siéntese, Fuller, ya irá conociendo a mis hombres.
Spider aceptó el ofrecimiento del jefe de aquella cuadrilla de rufianes, él
también era uno de sus componentes. La pelirroja que fue golpeada la otra
noche, se le acercó, dándole efusivamente las gracias. Antes de que pudiese
evitarlo le besó en una mejilla. Spider enrojeció ligeramente, al oír las
carcajadas de sus nuevos amigos.
—Jean es muy agradecida, Fuller —dijo Hunter.
—No me ha desagradado su agradecimiento, Jean.
La pelirroja sonrió y se alejó a una significativa señal de Hunter, este
desdeñaba la presencia de una mujer cuando varios hombres se hallaban
reunidos. Su rostro se contrajo en una horrenda mueca, mientras su puño
golpeaba con suavidad sobre la mesa. Era indudable que se contenía, de
haber estado en su despacho, aquel puñetazo hubiera sido mucho más
rotundo.
—Ernie Collins ha sido visto en el poblado, no me gusta la presencia de
esa víbora en Green Lawn.
—Quizá haya llegado por casualidad —respondió Flash Scott, desdeñoso.
—Sí, es posible —asintió Hunter—, pero aun siendo así no me gusta en
absoluto. Collins es muy astuto, incluso me apostaría diez mil dólares a que
conoce mi posición aquí.
—¡Bah, ese cuatrero no representará un estorbo para nosotros! —afirmó
otro pistolero.
—Confío en vosotros, muchachos. Todos sois…
Se interrumpió, su mirada estaba fija en la puerta batiente del saloon, tres
hombres acababan de entrar, permanecían inmóviles, examinando con
curiosidad e interés el elegante local.
—¡Maldición! —barbotó el aventurero—. Ahí tenemos a esa víbora, debe
estar calculando cuál es mi posición.
Los tres hombres se dirigieron al mostrador, mezclándose con los
numerosos bebedores. Spider tuvo tiempo de verlos, eran tipos patibularios,
hábiles en el manejo del revólver. Tuvo la certeza de enfrentarse a ellos, con
esto justificaría el dinero que le dio Hunter.
Transcurrieron varios minutos. A pesar de su contenida furia, el aspecto
de Hunter era tranquilo, hasta su dura mirada daba la sensación de ser serena.
Sus dedos apretaron con tal fuerza la copa, que Spider temió la
destrozara, cortándose la mano, pero el aventurero se contuvo, apareciendo
en sus gruesos labios una afectuosa sonrisa. Ante ellos se habían detenido los
recién llegados.
—¡Hola, Collins! ¡Qué agradable sorpresa!
—Siempre da gusto saludar a un antiguo amigo. ¿Verdad, Hunter?
—Naturalmente. Estoy sorprendido, no esperaba verte.
—Yo no, me enteré de tu estancia en Green Lawn, y al pasar por aquí he
dicho a mis muchachos: ¿Por qué no vamos a saludar a Garnet Hunter? Estos
se apresuraron a responder que sí, y aquí nos tienes.
Hunter habíase levantado y tendió su gruesa mano a Ernie Collins, un
individuo alto y delgado, de demacrado rostro. Los dos hombres se dieron un
fuerte y al parecer afectuoso apretón de mano.
—Sentaos, muchachos —invitó el dueño del saloon—. Podéis pedir lo
que queráis. La casa invita.
Y lanzó una potente carcajada, con un movimiento atrajo hacia sí a
Collins.
—Sí, charlaremos un poco.
—¿Qué te parece mi barraca?
—Es espléndida. Para ver una mejor sería preciso ir a San Francisco.
Siempre has sabido hacer las cosas bien, Hunter.
—Ya conoces mi lema. Donde se encuentra Garnet Hunter, nadie le
puede superar.
—Siempre has sido un tipo afortunado.
—No creas, la tarea ha sido dura —y Hunter dejó escapar un hipócrita
suspiro.
—Es posible que nos quedemos algunos días. Los muchachos están
cansados de cabalgar, además, se sentirán atraídos por esto.
—Indudable.
—¿Hay alguna posibilidad para nosotros, Hunter?
El aventurero meneó la cabeza, mostrándose pesaroso.
—No lo creo, Collins. En esta región la Ley es muy dura, no perdona
ninguna fechoría. El juez Andrew Graham es inflexible, se halla decidido a
mantener el orden.
—Me gustará conocer a ese tipo tan original.
Ernie Collins lanzó una ruidosa carcajada. Hunter le secundó, ambos
daban la sensación de estar invadidos de una irreprimible hilaridad, pero en
realidad se hallaban pendientes uno del otro.
—Te advierto que Graham es verdaderamente temible, es terco y
decidido. No debe resultar agradable enfrentarse a él.
—Así debo juzgar por tus palabras que estás en buena armonía con él.
—No es eso precisamente. Procuro estar dentro de la Ley.
—¡Tú dentro de la Ley! —Collins se volvió a echar a reír—. Parece
increíble.
—No lo es —afirmó Hunter muy serio—. He alcanzado una posición
muy sólida. Incluso, soy respetado.
—¡Vaya, vaya, vaya! Estoy asombrado, camarada.
Hunter ofreció uno de sus soberbios cigarros a Collins. Este lo cogió,
examinándolo con detenimiento.
—Después de ver este cigarro, ya no me es posible dudar de la
respetabilidad de tu posición.
—Cuando lo hayas fumado estarás más convencido.
Y los dos truhanes se echaron a reír.
Spider miraba a su alrededor con curiosidad. No dudaba del antagonismo
de aquellos hombres, a pesar de su aparente cordialidad. Aunque no hubiese
oído las palabras de Garnet Hunter, igualmente lo hubiera advertido, sus
actitudes eran indiscutibles.
Continuaron charlando, hasta que Collins se levantó, manifestando su
deseo de retirarse a descansar. El día había sido muy duro para ellos.
—¡Malditas ratas! —masculló Hunter iracundo—, pagarán cara su
desfachatez.
—Nos libraremos con facilidad de ellos —afirmó Scott, con su
acostumbrado laconismo.
Spider al ver fija en él la dura mirada del facineroso, asintió con un
movimiento de cabeza. Desde luego, su “Colt” se hallaba en disposición de
actuar a favor de Garnet Hunter.
No le disgustaba luchar contra aquella cuadrilla de patibularios
individuos. Resultaba evidente que entre Hunter y Collins existía una gran
rivalidad, no declarada, pero tampoco ignorada por ambos forajidos.
Desde luego, ninguno de aquellos hombres eran dignos de figurar en la
sociedad de una honrada y pujante población. Garnet Hunter, altivo y
dominante, su crueldad no escapaba al observador menos exigente: Flash
Scott, era el prototipo del pistolero, ávido de matar, tan solo por el hecho de
derramar sangre. Ernie Collins, en el escaso tiempo que pudo observarle, le
pareció un individuo sin escrúpulos y envidioso, seguro de sí mismo,
decidido a plantear la batalla a Garnet Hunter, su más afortunado rival.
Los demás componentes de ambas cuadrillas, ofrecían un aspecto
análogo, aunque sus personalidades, momentáneamente, no quedaban tan
destacadas.
Con sinceridad y sin reparo, Spider se juzgó más noble y honrado. No
quería pensar en su posición actual, para no tener necesidad de horrorizarse
de sí mismo, por haber caído tan bajo. Ninguno de sus amigos o conocidos de
Colorado hubiera creído posible su alianza con un bandido como Garnet
Hunter.
Sonrió al pensar en la ardua labor de Andrew Graham. El enérgico juez
no podría luchar contra aquel hatajo de asesinos, todos sus buenos deseos de
justicia y legalidad se derrumbarían, ante la amenaza de los expertos
pistoleros.
Aparte, Spider se hallaba convencido de la complicidad del sheriff con
Hunter. Esto significaba una gran desventaja para Graham, y más si confiaba
en el representante de la Ley en Green Lawn.
Se encogió de hombros, no quería preocuparse de aquellos problemas, a
él no le interesaba. Solo cumpliría cuanto le ordenase Hunter, y coger el
dinero que este le entregase. Pensó en la esbelta figura de Betsy Gleaves,
sintiendo en su boca un sabor amargo. Si la joven le despreciaba por haber
matado a dos hombres en defensa propia, qué no sería cuando se enterase de
que habíase convertido en un guardaespaldas de Garnet Hunter.
La alegría había retornado a la mesa de Hunter y sus hombres, pero
todavía flotaba a su alrededor la sombra dejada por Ernie Collins y sus
pistoleros. Su visita fue de cumplido, desprendiéndose de ella un halo de
desafío.
Sin ningún incidente transcurrió el resto de la velada. Los pistoleros
empezaron a retirarse. Antes de que esto empezara, Spider se fue a una mesa
que había quedado vacía, a un lugar distante. Jean no tardó en ir a su lado.
—¿Se ha enfadado conmigo, vaquero?
—No. ¿Por qué iba a hacerlo, Jean?
—Por haberle besado. De esa forma quise demostrarle mi
agradecimiento.
—No debió hacerlo, aquellos hombres se rieron.
—No me importan esos hombres. Son unos asesinos —respondió la
pelirroja apretando los labios con fuerza.
—Yo soy igual que ellos, no debe olvidar que son mis compañeros.
—Eso no es cierto. Usted es diferente, no es capaz de pegar a una mujer.
Y Jean se aproximó mimosa al joven. Spider sonrió y le acarició la
mejilla con ternura.
—Eres muy linda, Jean.
—¿De veras te lo parezco, Spider?
—Sí.
Los dos jóvenes salieron del saloon, al llegar a la calle, el brazo del
vaquero rodeó el talle de la artista. Sus cabezas se aproximaron y sus labios
se unieron.

***
El día siguiente transcurrió tranquilo, sin que nada hiciese presagiar la
tormenta que se desencadenaría por la noche. Cierto que llegaron varios
forasteros, pero esto carecía de importancia para los habitantes de Creen
Lawn en la actualidad. Habían pasado los tiempos en que un jinete
desconocido despertaba curiosidad.
Andrew Graham desayunó, con gesto maquinal llenó su pipa, mientras su
esposa se levantaba, y acercándose a él encendió un fósforo.
—Gracias, Dolly. Sin ti estaría perdido, eres ni ángel guardián.
Ella acarició la frente de su marido.
—¿Estás preocupado, Andrew?
—No puedo negarlo. Garnet Hunter es un mal bicho, y está decidido a
hacerse el dueño de la población.
—No lo conseguirá, la razón está de tu parte.
El juez movió la cabeza dubitativo.
—Es muy astuto, procura estar dentro de la Ley. Es poseedor del “Green
Dragon”, el mejor saloon del pueblo y varios tugurios. Ejerce su dominio
sobre las restantes tabernas, no permitiendo que prosperen. Solo se juega en
sus locales.
—Eso no es posible. ¿Cómo puede conseguirlo?
—Sus pistoleros son rápidos y actúan con decisión. Nadie se atreve a
oponerse a sus órdenes.
—¿Y el sheriff?
Andrew Graham sonrió tristemente.
—Ya te he dicho antes que actúa dentro de la Ley, por lo menos en
apariencia. En cuanto al sheriff, eso es punto aparte, tengo la sensación de
que ese hombre obedece las instrucciones de Hunter.
—¿Quieres decir? —inquirió Dolly Hunter sorprendida.
—Temo que sí.
Y se levantó, dispuesto a marcharse a su despacho.
—Aún es pronto, querido. Betsy aún no ha venido.
—No tardará mucho. Esa muchacha es puntual.
—Su padre estaría orgulloso de ella. Es muy bonita e inteligente. He oído
decir que Denny Holmes está perdidamente enamorado de ella, y Holmes es
el propietario del mejor rancho de la región.
—Ya lo he observado —asintió el juez—, pero temo que Betsy no le
corresponda. Ya sabes cómo es, voluntariosa y decidida, jamás accederá a
casarse con un hombre a quien no quiera, aunque este sea poseedor de un
millón de dólares.
—Sí, lo sé. Betsy no es interesada.
—Su padre fue mi mejor amigo y prometí cuidar de ella. Esta muchacha
jamás ha constituido una carga para mí, al contrario, su ayuda me es muy
valiosa.
En aquel instante llamaron a la puerta. Dolly exclamó mientras se
disponía a abrir.
—Debe ser ella.
No se equivocaba la señora Graham, al abrir la puerta vio a Betsy. La
muchacha la besó en la mejilla.
—¿Ya ha desayunado tu marido, Dolly?
—Sí, Betsy. Ahora mismo ha entrado en el despacho.
—Está hecho un tirano —contestó la muchacha haciendo un mohín.
—¿Es grave la situación, Betsy? —preguntó Dolly tras titubear unos
momentos.
—Como siempre, desde la llegada de Garnet Hunter. Por fortuna, no
ocurren muchas peleas.
—Andrew está preocupado.
—Es comprensible. El poder de Hunter se está extendiendo. Es hábil y
procura no salirse de la Ley en apariencia.
—Bien, bien —suspiró la buena mujer—, no te entretengo más.
Betsy halló al juez asomado a la ventana, esta estaba abierta de par en par,
dejando entrar los cálidos rayos del sol. Al oír abrirse la puerta se volvió.
—Buenos días, muchacha —saludó con afabilidad—, hoy promete ser un
día ajetreado. Empezaremos a trabajar enseguida.
Ni el propio Andrew Graham sospechaba lo justificadas que estaban sus
palabras, el trabajo sería muy superior a lo imaginado, y desagradable en
extremo.
Atendieron algunos asuntos pendientes de escasa importancia, no
tardando en dejarlos resueltos. De pronto, Andrew Graham miró a su
secretaria, tras haber encendido su pipa y lanzado una bocanada de humo.
Habló, expresando en voz alta su pensamiento.
—Spider Fuller continúa todavía en el poblado.
Betsy fingió no acordarse de a quién se refería el juez, cuando en realidad
su pensamiento estaba puesto en él, más de lo que quisiera.
—¿Spider Fuller?
—Sí, el vaquero que mató hace unos días a dos hombres de Hunter.
—Ya me acuerdo. Quizá desee pasar unos días en Green Lawn.
—Sospecho que trabaja para Hunter.
—¡No es posible! —exclamó Betsy, vivamente—. Daba la impresión de
ser un honrado vaquero.
El juez movió la cabeza pesaroso.
—El dinero es muy tentador, Betsy. Y más cuando es posible conseguirlo
con facilidad.
—No puedo creer que Spider Fuller se convierta en un vulgar pistolero.
De nuevo se ensimismaron en su tarea, hasta que de súbito entró en el
despacho la señora Graham.
—Andrew, ahí fuera están Denny Holmes y su capataz. Parecen muy
excitados y quieren hablar contigo.
—Bien; diles que entren.
Denny Holmes era un joven de veintiocho años, alto y fornido, su atezado
semblante estaba cubierto de pecas. Sus toscas facciones eran firmes y
nobles, así como la mirada de sus ojos grises.
—¿Qué te ha ocurrido, Denny? —preguntó el juez, afable.
—Esta noche, los cuatreros me han robado un centenar de reses. Lo más
lamentable es que dos de mis vaqueros han aparecido asesinados.
El rostro de Andrew Graham palideció intensamente al oírle. Lo ocurrido
no podía ser más desagradable. En la región, aparte de la desaparición de
algunas reses, los cuatreros no habían actuado. Se trataba de una nueva plaga,
mucho peor por demostrar los forajidos su decisión de disparar a matar.
—¿Cuándo te has dado cuenta?
—Esta mañana. Las huellas de los cuatreros desaparecen en la parte
montañosa, hacia el sur.
—¿Has informado al sheriff de lo ocurrido?
—¡Al sheriff! —exclamó Denny Holmes, despectivo—. Ese hombre es
un farsante. No confío en él.
—No debes hablar así, Denny —le amonestó el juez.
—¿Por qué no? Está vendido a Garnet Hunter.
—¿Puedes probarlo?
—No, por desgracia.
—Debes de ir a comunicarle lo ocurrido. Yo no puedo hacer nada.
—Tiene usted razón, aunque sé de sobras lo que me responderá.
Se volvió hacia Betsy e hizo un esfuerzo para sonreír, consiguiendo tan
solo hacer una mueca.
—Perdona, Betsy, por no haberte saludado, estoy excitado por lo
ocurrido.
—Lo comprendo, Denny. No te preocupes por eso.
Denny y su capataz salieron tras haberse despedido. Andrew Graham se
sentó desalentado, hundiendo la cabeza entre sus manos. Betsy le
contemplaba pesarosa.
—Solo faltaba eso, Betsy.
—¿Crees que hayan sido los hombres de Hunter?
—No lo creo. Hunter no es tan estúpido como para cometer una fechoría
semejante. No le conviene, ocupa una posición muy ventajosa.
Denny no se equivocaba; el sheriff se limitó a mover la cabeza
desconcertado, después acompañó al denunciante y sus vaqueros hasta el
lugar donde desaparecían las huellas de los cuatreros. Esta fue su actuación;
en realidad, no podía hacer nada más. Lo que disgustaba al vaquero era su
impasibilidad, como si dudase acerca de su actuación.
Y así era. El sheriff quedó sorprendido al oír la denuncia. No se decidió a
adoptar una postura decidida, antes deseaba consultar con Garnet Hunter.
Quizá fuese obra suya, de lo contrario cumpliría con su deber, persiguiendo
con saña a los cuatreros. Esto le iría bien, sería una demostración de su
eficiencia para ocupar aquel cargo.
Se encaminó hacia el “Green Dragon”, entrando por la puerta trasera, tras
haber adoptado precauciones para no ser visto. Hunter le miró sorprendido al
verle entrar en su despacho.
—¿A qué se debe su visita, sheriff?
—Anoche robaron en el rancho de Denny Holmes, mataron a dos de sus
vaqueros.
Hunter propinó un fuerte puñetazo sobre la mesa.
—Lo esperaba, Ernie Collins ha empezado a actuar. ¡Maldito canalla!
—¿Quién es Ernie Collins? —inquirió, sorprendido.
—Un sujeto muy peligroso. Nada más le he visto acompañado de dos
hombres, pero debe estar rodeado de muchos más, de lo contrario, no se
habría estado tan provocativo.
—¿Debo detenerle?
—Directamente, no. Si lo intentara deberíamos nombrar un nuevo sheriff.
Es preciso actuar con astucia.
El sheriff se estremeció al oírle. Cuando Hunter afirmaba que un hombre
era peligroso, no se equivocaba, poseía mucha experiencia para ello. Ya no
deseaba enfrentarse con Ernie Collins, no fuese que se cumpliese su
pronóstico.
—¿Qué debo hacer? —preguntó.
—Ponerse a la disposición de los vaqueros y tratar de combatir a los
cuatreros con eficacia. En cuanto oscurezca ya le mandaré algunos hombres.
Esto producirá una buena impresión a la población.
El sheriff asintió. Los ojos de Hunter estaban puestos con dureza en él, su
ceño era adusto.
—Puede marcharse, y procure que no le vean salir… Ahora menos que
nunca nadie debe sospechar sus relaciones conmigo. ¿Me ha entendido?
—Sí, señor Hunter. Le he entendido perfectamente.
Y se apresuró a marcharse.
Garnet Hunter masculló una maldición. Sus sospechas se habían
realizado. Ernie Collins llegó a Green Lawn con un plan trazado de
antemano; su llegada no fue producto del azar.
Si todo se limitara a robar ganado, no le importaría en absoluto, casi le
favorecería. Su inocencia sería demostrada con facilidad, nadie se atrevería a
acusarle de complicidad con los cuatreros. Su personalidad adquiriría más
solidez en la región.
Pero las intenciones de Ernie Collins no terminarían en robar ganado,
sino que irían mucho más allá. Aquel bandido había llegado a Green Lawn
con la decidida idea de desplazarle, deseando adueñarse de la región. Le
conocía bien para dudar de sus proyectos, Collins era ambicioso.
Se mantendría a la expectativa, procurando aprovechar el primer fallo de
sus enemigos para caer sobre ellos. Si este se efectuaba, se lanzaría contra los
cuatreros con energía, con la implacable decisión de exterminarlos.
Se fue tranquilizando, al comprender que su posición era más ventajosa.
Ernie Collins y los suyos sucumbirían, quedarían aplastados ante el empuje
de sus hombres. Sobre todo confiaba en dos de ellos, estos eran Flash Scott y
Spider Fuller.
CAPÍTULO IV

LA actuación de los cuatreros fue continua, a pesar de la decidida


actuación del sheriff y el considerable refuerzo de los pistoleros de Garnet
Hunter.
Esto sorprendió al juez Graham y a los rancheros. Andrew Graham llegó
a la conclusión de que Hunter se enfurecía ante la actuación de una cuadrilla
ajena, no deseando tener competencia.
Los esfuerzos combinados del sheriff y los rancheros fueron inútiles. Los
cuatreros aparecían en el punto más imprevisto, desapareciendo con rapidez,
dando la sensación de ser perfectos conocedores del terreno. Disparaban sin
vacilar cuando aparecía un obstáculo inesperado para ellos, y lo hacían a
matar, como lo probaban las cinco víctimas causadas por sus “Colt”.
Así era, en efecto. Ernie Collins contaba con la colaboración de un
hombre que conocía la región a la perfección. A sus atinadas observaciones
consiguieron hallar un excelente refugio, donde sus enemigos no podrían
acosarles. Contaba con un aliado en el poblado, y este le informaba de forma
conveniente, pudiendo actuar con eficacia.
No cabía duda de que Collins sabía actuar. A pesar de su aborrecimiento,
Hunter debía de reconocerlo. No dudaba de que llegaría un momento en que
ambos se encontrarían frente a frente, y él no le temía.
Aquella noche, por segunda vez, se presentó Ernie Collins en el “Green
Dragon”. Garnet Hunter profirió una ahogada blasfemia al verle,
conteniéndose inmediatamente. En esta ocasión, el cuatrero no fingió irse al
mostrador, como si su entrada fuese casual, entonces fue directamente hacia
la mesa ocupada por Hunter y sus hombres.
Hizo un alegre ademán de saludo y, sin esperar invitación alguna, se
sentó al lado del dueño del saloon.
—Me alegra volverte a ver, Hunter.
—Creí que te habrías marchado de esta parte de California.
—Nada de eso. Me han entretenido algunos asuntos. Los he ido
resolviendo de forma satisfactoria.
—Quiero hablar contigo, Collins. ¿Quieres subir a mi despacho?
—¿Tú y yo solos?
—Naturalmente, hombre. La conversación debe ser reservada.
—No intentes nada contra mí, Hunter. Tengo tomadas mis precauciones.
Y de forma significativa giró la mirada a su alrededor. Hunter soltó una
estruendosa carcajada.
—¡Qué cosas tienes! Siempre serás un desconfiado. Creo que ya me
conoces.
—Precisamente por eso, Hunter.
Los dos rieron de forma abierta, pero sus ojos se observaban muy serios,
como tratando de sorprender algo anormal.
Se levantaron, el uno al lado del otro se encaminaron hacia la escalera.
Subieron los peldaños sin prisa alguna, charlando amigablemente, nadie
hubiera sospechado en ellos el menor recelo.
Spider les contempló con su indolente sonrisa, pareciendo no dar
importancia alguna al alejamiento de los dos hombres, pero en realidad no
perdió de vista ninguno de sus movimientos, y estos le indicaron con más
elocuencia que las palabras, el estado de ánimo de los dos rivales.
Flash Scott permanecía sentado tranquilamente, como si no diese la
menor importancia a la marcha de su jefe, acompañado de Ernie Collins. Por
su actitud, Spider comprendió que debía esperar el regreso de Hunter,
debiendo vigilar la escalera, para evitar que subiese al despacho un tipo
sospechoso. Además, a él no le hizo ninguna significativa señal.
Hunter abrió la puerta y se echó a un lado.
—Puedes entrar en mi despacho.
La artística lámpara estaba encendida. Collins pasó al interior con gesto
confiado, mirando a su alrededor con curiosidad.
—¡Es magnífico! Debo confesar que sabes hacer bien las cosas.
—Siempre he procurado hacerlo, Collins. Mi conducta es honorable, si no
fuese por ese maldito juez, nadie sospecharía de mí. Andrew Graham es un
hombre muy quisquilloso, no es posible que viva mucho tiempo.
Y soltó una carcajada, como si acabase de decir un gracioso chiste.
Collins se limitó a sonreír.
Hunter se sentó en su silla y con un gesto señaló la que estaba enfrente a
su invitado. Le alargó un cigarro, y cogiendo dos vasos escanció whisky.
—Estaremos cómodos. ¿No te parece, Collins?
—Sí, sí, estoy de acuerdo contigo —dijo, mientras encendía el cigarro.
Lo cogió por un extremo y lo pasó cuidadosamente por debajo de su
barbilla, de forma que la espiral de humo llegase hasta su nariz; lo aspiró con
deleite.
—Sí, no cabe duda, el aroma es exquisito.
—¡Eres un bribón! Tus gustos son excelentes. Este whisky no desentona.
Por espacio de unos minutos se estuvieron prodigando alabanzas,
mientras sus ojos se estudiaban, como si tratasen de hallar el punto débil de
su enemigo.
El primero en atacar fue Garnet Hunter, lo hizo de forma suave.
—Al parecer, los aires de Green Lawn te son agradables…
—Sí, siempre has sabido mi debilidad por esta parte de California.
—Pero yo he llegado antes —musitó el aventurero, mirándole con fijeza.
—No puedo negarlo, Hunter. Pero creo que hay amplio espacio para los
dos.
—No. Uno de los dos será el dueño absoluto, los dos a la vez nos
combatiremos, hasta llegar a exterminarnos. Tú y tus hombres podéis
estableceros en otra región.
—No lo creo así. Tú regenta tus establecimientos, yo me cuidaré de robar
el ganado.
—Correrás un gran riesgo.
—Nada de eso, algunos de mis hombres conocen el terreno a la
perfección. Nos burlaremos de estos rancheros.
Los puños de Hunter se cerraron con ira.
—No podrás permanecer en el poblado.
—¿Por qué?
—No podrás justificar tu presencia y la de tus hombres.
—Sí, he pensado en ello. Abriré un saloon.
Con un gesto atajó la airada respuesta de Hunter.
—Desde luego, no será tan lujoso como el “Green Dragon”. Eso te
demostrará la lealtad de mi conducta.
—¡Eres un canalla, Collins!
Este se echó a reír, regocijado.
—Nada de eso. Cada uno actuará por su lado, hasta es posible que sea un
buen cliente para ti. El juego es una de mis debilidades.
—No intentes abrir ese local. Será tu perdición, te lo advierto.
Los dos hombres se miraron con furia, por un instante dieron la sensación
de empuñar sus armas y disparar, pero se contuvieron. Hunter sonrió con
frialdad.
—Como quieras, Collins.
—Ya está decidido. Te aconsejo que no te metas conmigo.
—¿Tú no me atacarás? —inquirió el aventurero, con ironía.
—Tienes mi palabra.
—Tu palabra. ¡Bah!
Collins se levantó, de un trago vació su copa.
—Deseo bajar, mis hombres pueden impacientarse.
—Entonces no les hagamos esperar más. Te advierto que no tardarían en
caer acribillados a balazos. Scott se cuida de ellos.
—Sí, Scott es muy rápido. Un buen muchacho.
La aparición de los dos hombres en lo alto de la escalera, hizo cesar la
tensión nerviosa de los pistoleros. Los dedos preparados para asir las culatas
de los revólveres, tomaron su habitual posición y de las miradas desapareció
el recelo.
Collins no llegó a la mesa ocupada por su acompañante; se despidió con
sequedad:
—¡Hasta la vista, Hunter!
—Te deseo suerte —contestó el aventurero, burlón.
Scott interrogó con la mirada a su jefe, este asintió con un movimiento de
cabeza.
—Tendremos guerra. Collins está dispuesto a abrir otro saloon.
—Los aplastaremos —dijo el pistolero, con los ojos brillantes por la
excitación.
Era evidente que Flash Scott gozaba con la promesa de la pelea, ante él
tendría hombres a quienes abatir a balazos. Spider sintió un intenso odio
hacia él; no le gustaba en absoluto tener la seguridad de luchar a su lado.
Hubiera preferido tenerle enfrente.
Hunter se inclinó hacia ellos dos, sin hacer caso de los demás pistoleros…
—Debemos dar una lección a esos intrusos. Se han atrevido a desafiarnos,
eso será su perdición.
—¿Cree que le atacarán? —preguntó Spider.
—Sí, estoy convencido de ello.
—¿No le teme Ernie Collins?
—No, en absoluto. Collins es osado y se cree fuerte. Ha venido a Green
Lawn decidido a enfrentarse conmigo. Desea apoderarse de todo lo mío,
incluso este saloon. Lo he leído en su mirada, lo miraba todo como si ya le
perteneciera.
—Tan solo conseguirá ocupar una tumba en el cementerio —dijo Scott,
con voz ronca.
Hunter lanzó una sonora carcajada al oírle.
—A veces tienes unas ocurrencias graciosas. Eso es lo que conseguirá
Collins, una tumba en el cementerio de Green Lawn.
Al cabo de un rato, Spider bostezó, miró a Hunter y preguntó:
—¿Alguna instrucción para mañana?
—No, Fuller. Queda libre hasta el mediodía, antes de comer venga a mi
despacho.
—Conforme.
El joven se levantó y haciendo un ademán de despedida, se alejó.
Scott le siguió con la mirada, su rostro estaba impasible, pero de sus ojos
se desprendía un fulgor siniestro. Se inclinó hacia Hunter y dijo, en voz baja:
—No me gusta Fuller. Habla muy poco.
—Tú también eres poco hablador —respondió Hunter, sonriendo.
—Es distinto, solo bebe, no parece encontrarse a gusto en nuestra
compañía.
—Es posible que tengas razón. A mí tampoco me acaba de gustar, pero es
muy hábil con el revólver. Nos será de gran utilidad contra Collins y sus
pistoleros, luego… si es necesario, nos desembarazaremos de él.
—Buena solución —aprobó el pistolero.
Y con elocuente ademán, puso la diestra sobre la culata de su "Colt”.
Spider, como ya era costumbre, esperó la salida de Jean. La joven corrió
hacia él presurosa, ofreciéndole anhelante sus labios. Spider la besó.
—Eres una buena chica, Jean —dijo el vaquero, tras titubear—. No
quiero engañarte.
—No me engañas, Spider. Ya sé que no me quieres.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó él, asombrado.
—A ninguna mujer se le puede escapar una cosa así. No me importa,
mientras permanezcas en Green Lawn estaré a tu lado… si tú me lo permites.
Spider la miró emocionado. En aquel instante hubiera deseado estar
enamorado de la pelirroja, y ofrecerle un cariño sincero. Jean era una
excelente muchacha, el Destino la obligó a llevar aquella existencia. Desde
que mantenía relaciones con él, ya no alternaba en el saloon, limitándose tan
solo a actuar en el escenario.
Debía estar agradecido a Hunter por esto. El aventurero admitió la
conducta de la pelirroja con una tolerante sonrisa, por tratarse de él.
Sin embargo, él no podía continuar aquellas relaciones. Dos veces había
vuelto a ver a Betsy Gleaves, comprendiendo que la amaba. En ambas
ocasiones viola a distancia, sintiendo una sacudida desconocida en el interior
de su ser. Sí, quería a Betsy, como jamás pudo sospechar que se pudiera
querer.
—No puede ser, Jean —contestó, moviendo la cabeza.
—Estás enamorado, Spider. Sí, no trates de negarlo, me he dado cuenta.
—No es posible, yo no me he dado cuenta hasta…
—Esta mañana. Quizá lo he sabido antes que tú, la forma como mirabas a
la secretaria del juez no me permitió dudarlo —y Jean sonrió con tristeza.
—Debes perdonarme.
—No tengo nada que perdonarte, Spider. Tu compañía me ha hecho feliz.
Eres muy noble, no me explico cómo te has unido a Garnet Hunter.
—Debo ganar dinero. Estoy harto de cuidar vacas.
—Pero no es un empleo digno y honrado. Betsy Gleaves estará
avergonzada de ti.
Spider bajó la cabeza, lo que acababa de decir Jean era cierto, y le hirió
profundamente. Se trataba de lo mismo que le recriminaba su conciencia y
que trataba de combatir en vano. Su conducta no era noble; habíase
convertido en un vulgar pistolero.
—Yo sé lo que quiero, Jean —respondió, levantando la cabeza.
—No, no lo sabes. No es posible que te encuentres a gusto rodeado de
esos canallas.
Acababan de llegar al alojamiento de la joven. Spider se despidió:
—Buenas noches, Jean.
Pero ella le asió por un brazo.
—Márchate de este poblado, Spider. No vuelvas a ver a Hunter.
—Le he dado mi palabra de estar a su lado. Ahora se halla amenazado por
Ernie Collins, no puedo abandonarlo.
—Él no tendrá ninguna consideración contigo, cuando no le sirvas o lo
crea conveniente, te arrojará de su lado como si fueses un perro… si es que
no da la orden de que te maten.
—Hunter no es tan ruin.
Jean sonrió con amargura.
—Es un malvado, capaz de cometer los mayores crímenes. Flash Scott es
su mano derecha y te aborrece.
Spider desprendióse de la mano de ella y se alejó. Pensaba en lo que
acababa de decirle, debiendo reconocer que tenía razón. En realidad, el
retrato que hizo de Hunter, reflejaba a la perfección las características del
aventurero. Scott le aborrecía, de esto estaba seguro, extrañándose de que
Jean lo hubiese advertido.
La pelirroja le amaba, no podía tener duda sobre esto, y le dolió, pues la
apreciaba sinceramente.
Se acostó de mal humor, no tardó en dormirse, pero su sueño estaba
poblado de pesadillas. Se vio bañado en sangre, disparando contra un grupo
de forajidos, a cuyo frente estaba Flash Scott, mientras en sus oídos
retumbaban las carcajadas sardónicas de Hunter.
Se despertó con los puños crispados y la frente cubierta de sudor. Se
reprochó el dejarse dominar por sus nervios; él jamás recordaba haber sufrido
pesadilla alguna.
Pensó en las palabras de Jean, debiendo reconocer que la joven tenía
razón. Su consejo era noble y desinteresado. Él debía montar sobre su caballo
y alejarse de aquella región. Si avisaba o no a Hunter, carecía de importancia,
no temía al aventurero y sus pistoleros.
No era precisamente el temor lo que le producía aquellas pesadillas, de
esto estaba convencido, sino su conducta. Esta se apartaba por completo de la
trayectoria de su vida; si alguna vez se encontraba a un antiguo conocido, no
le sería posible hablarle como antes, se hallaría avergonzado en su presencia.
Notaba el cambio efectuado en su carácter, ya no era el vaquero alegre y
jovial. Ahora rara vez reía, y cuando lo hacía, su risa sonaba de forma extraña
en sus oídos.
Al fin logró quedarse dormido; si continuó teniendo pesadillas, estas no
tenían la potencia necesaria para volverle a despertar.
La claridad del nuevo día tuvo la virtud de despejarle, haciendo
desaparecer sus sombríos pensamientos.
Él bebería buen ron y fumaría excelente tabaco, lo demás carecía de
importancia. Entonces pensó en el hecho de haber roto las relaciones con
Jean, la muchacha era bonita, y a su lado se encontraba bien; sin embargo, no
titubeó en desdeñarla.
Estaba enamorado. Jean lo advirtió y no se lo reprochó, e incluso apuntó
que su conducta no sería del agrado de Betsy. Movió la cabeza para rechazar
aquellos pensamientos. Se vistió y salió a la calle. Anduvo al azar, cuando de
súbito se halló frente a la persona que ocupaba sus pensamientos.
Estuvo en un tris de tropezar con Betsy, debiéndose echar a un lado
bruscamente para no derribar a la joven. Con torpeza se quitó el sombrero.
—Perdone, señorita Gleaves; no la había visto.
—Ya me he dado cuenta, parecía usted un huracán.
—Por fortuna no la he arrollado.
—Ha sido una suerte para mí.
—Lo hubiera lamentado mucho.
—Continúa usted en Green Lawn, al parecer ha prosperado usted mucho.
Spider enrojeció ligeramente al oírla. Comprendió que la joven trataba de
zaherirle. Se dominó con un esfuerzo, y respondió:
—Sí, no puedo quejarme de mi suerte.
—Esta suerte jamás le granjeará el aprecio de las personas honradas.
Buenos días, señor Fuller.
Spider inclinó la cabeza, sin reaccionar para responder. Contempló cómo
se alejaba la esbelta y alta figura de Betsy, comprendiendo que su conducta
no le hacía acreedor a otro tratamiento. Como acababa de decir la linda
secretaria del juez, ninguna persona honrada le ofrecería su amistad.
Se hallaba libre hasta el mediodía. Decidió dirigirse al corral y coger su
caballo; galoparía por los alrededores del poblado. Este paseo sentaría bien a
sus alterados nervios.
Procuró pensar en la actual situación, referente a Hunter y Collins. El
cuatrero estaba dispuesto a dar la batalla en toda la regla, con la indudable
intención de exterminar a su enemigo. Esto hizo sonreír a Spider, serviría de
válvula de escape.
Se fijó en la situación de algunos ranchos, luego galopó hasta el lugar
donde acostumbraban a desaparecer los cuatreros. Él conocía la forma de
combatir a los abigeos, y rápidamente forjó un plan para darles un
escarmiento. Se le ocurrió de súbito, sorprendiéndose de no haber pensado
antes en ello.
Regresó a Green Lawn. Dejó el caballo, encaminándose hacia el saloon,
sin detenerse llegó hasta el despacho de Hunter, llamando a la puerta, y no
tardando en oír la voz autoritaria del aventurero.
En la estancia solo se hallaban Hunter y Scott, el pistolero ni siquiera se
dignó mirarle.
—Siéntese, Fuller —masculló Hunter.
Era indudable que se hallaba de mal humor. Su ceño estaba fruncido, su
mirada estaba puesta ante sí con dureza.
—¿Ya se ha enterado de que Ernie Collins ha empezado a arreglar su
saloon?
—No.
—Claro, a usted le es indiferente eso. Solo le importa que yo le pague.
Spider le miró con fijeza.
—No me gusta su tono, Hunter.
El aventurero le miró sorprendido, en sus ojos apareció una expresión
burlona. Scott habíase vuelto con rapidez, su diestra estaba caída a lo largo
del cuerpo, presta a entrar en acción.
—Diga a ese imbécil que se esté quieto —dijo Spider, con calma.
—Voy a matarle, Spider. Nadie se ha atrevido a llamarme imbécil.
—Ahora ya no podrá decirlo.
—¡Maldito…!
—¡Cállate, Scott! —ordenó Hunter, imperioso—. Vamos a dejarle que se
explique.
—Estoy dispuesto a luchar a su lado —contestó el vaquero con firmeza
—. Por eso he cogido el dinero que me ha entregado. No estoy dispuesto a
que me lo eche en cara. ¿Me comprende?
—Creo que sí —masculló Hunter, irritado.
—Cuando yo actúe, mi vida estará en peligro, habiendo compensado
sobradamente el dinero recibido.
—Pero debe preocuparse más de mis asuntos.
—¿Quién le ha dicho que yo no lo hago? ¿Acaso Scott?
Y miró fríamente al pistolero. Este continuaba sosteniendo su actitud
amenazadora.
—No; Scott no me ha dicho nada, pero usted tendría que estar enterado
de los manejos de Collins.
—No creía que eso entrase en mis obligaciones.
Hunter propinó un puñetazo sobre la mesa.
—Es usted muy listo, Fuller, pero le aconsejo que no trate de jugar
conmigo.
—No lo he intentado, Hunter.
Este sonrió con dureza.
—Todavía no ha hecho absolutamente nada para justificar el dinero que
le he dado.
—A propósito de dinero. Ya no me queda; deme mil dólares.
El estupor se reflejó en los semblantes de los dos bandidos. Hunter rugió,
enfurecido:
—¿Se ha vuelto loco?
—Nada de eso —contestó el vaquero, sonriendo—. Esta noche daré un
duro escarmiento a los hombres de Collins.
—¿Está convencido de hacerlo? —preguntó Hunter, con recelo.
—De no estarlo, ¿cree que me atrevería a pedirle mil dólares?
—No, no lo creo. Entonces le mataría.
—¿Me da los mil dólares? —insistió Spider.
Hunter arrojó sobre la mesa varios billetes.
—Tenga cien como anticipo, mañana le daré los restantes si cumple lo
prometido.
—De acuerdo. Necesito cuatro hombres decididos y buenos tiradores.
—Estarán a su disposición —asintió Hunter.
Scott había abandonado su actitud agresiva, volviendo a su indiferente
postura, aunque su mirada se fijaba con recelo en el vaquero.
Hunter cogió la botella de whisky y llenó tres copas. Alzó la suya y
brindó:
—Porque Ernie Collins reciba el primer zarpazo.
Los tres hombres bebieron.
CAPÍTULO V

SPIDER habíase puesto de acuerdo con los cuatro pistoleros designados


por Hunter. Se encontraron en la parte sudoeste del poblado, en un lugar
llamado “Los abetos”. En voz baja les comunicó su plan. Los pistoleros
asintieron en silencio, no pudiendo por menos que mirar con admiración al
vaquero.
Se deslizaron en la oscuridad a un trote moderado, dando la impresión de
ser silenciosos fantasmas. No pronunciaron una sola palabra hasta detenerse
en un lugar apartado y oculto, con el fin de que no descubrieran su existencia.
Los hombres, llevando rifles, se apostaron en los sitios indicados por
Spider. El joven les repitió la consigna; debían permanecer inmóviles hasta
que él disparase.
Tenía la seguridad de que Collins daría aquella noche un nuevo golpe,
tanto por el afán de apoderarse de varias cabezas de ganado, como por
sembrar el terror en la región. Sus procedimientos eran completamente
distintos a los de Garnet Hunter. A él no le importaba permanecer en la
sombra; al contrario, deseaba ser conocido y temido. Su táctica era implantar
el terror.
El tiempo transcurrió con lentitud para los pistoleros, exasperados por la
terminante orden de no fumar. Aunque no fuese probable, el ascua de los
cigarros podía delatarles a sus enemigos.
De pronto todos los hombres se pusieron en tensión; y hasta ellos llegó un
sordo rumor. Poco a poco fue creciendo, percibiendo con claridad el avanzar
de varias reses. Los rifles fueron colocados en posición de disparar. Spider
permaneció inmóvil, tranquilo. Tan solo en sus labios se divisaba la insolente
sonrisa.
Aparecieron algunos jinetes conduciendo a un centenar de reses,
aproximadamente. Spider los dejó acercarse, sin hacer movimiento alguno.
De pronto se echó el rifle al hombro y apretó el gatillo; produjo la impresión
de no disparar, pero uno de los jinetes dejó escapar un alarido de dolor y se
desplomó de su montura,
Los cuatreros quedaron desconcertados ante la súbita muerte de su
compañero, pero no lograron reaccionar. Sonaron varías detonaciones y dos
jinetes más se derrumbaron, produciéndose un espantoso alboroto, y las reses
echaron a correr, despavoridas.
Por un instante, los cuatreros dieron la impresión de repeler la agresión,
pero nuevos disparos les causaron dos bajas más, y huyeron
atropelladamente.
Los jinetes se precipitaron hacia las escabrosas laderas. Lo hicieron sin
orden alguno, con el único afán de salvarse de aquel intenso tiroteo que de
improviso cayó sobre ellos. Deseaban huir de aquel infierno desencadenado.
Spider no trató de perseguirlos; en aquel terreno y la oscuridad de la
noche, podía ponerles en una situación desagradable, ya que eran pocos para
hacer frente a un enemigo superior en número, a campo descubierto.
Los pistoleros le rodearon, mientras sus gritos de júbilo atronaban en la
noche, semejando un himno victorioso. Spider dijo, con tono autoritario:
—Hay que recoger el ganado; debemos evitar la desbandada de las reses.
Fueron en busca de sus caballos, y se esforzaron por dominar a los
asustados animales, consiguiéndolo tras arduos esfuerzos. También fueron
capturados tres caballos pertenecientes a los derribados cuatreros, y los
cadáveres de estos fueron sujetados a los corceles.
Una vez conseguido su propósito, Spider dio la orden de emprender la
marcha. Los pistoleros cabalgaban otra vez en silencio, conduciendo el
ganado, tratando de esquivar los obstáculos naturales del terreno.
El vaquero ignoraba el rancho que fue desvalijado, y se encaminó hacia el
poblado. Quizá antes de llegar a este encontrase a un grupo de vaqueros.
No se equivocó el joven en su suposición, pues distinguió muy cerca las
siluetas de unos jinetes. Estos habíanse detenido en actitud amenazadora.
Spider levantó la diestra, ordenando con voz alta y clara:
—¡Alto!
Y se adelantó a un trote moderado. Los vaqueros le miraron con recelo.
El joven dijo, a guisa de presentación:
—Soy Spider Fuller, ya deben conocerme.
—Sí. ¿Qué hacen con nuestro ganado?
—¿Es de ustedes?
—Sí, unos cuatreros nos han robado.
—Precisamente buscábamos a los dueños para devolverlo.
Un intenso silencio acogió sus palabras. La sorpresa recibida por los
vaqueros debió ser muy fuerte para poder digerirla con facilidad.
Spider sonreía.
Dos jinetes se adelantaron hacia él. En la oscuridad se vio observado con
atención.
—¿Qué está usted planeando, Fuller? Si no hemos disparado ha sido por
haberles visto venir en nuestra dirección. ¿Acaso se han extraviado?
—No le permito que sospeche de mí —respondió Spider con dureza—.
Nunca me han acusado de cuatrero.
—¿Cómo podemos cerciorarnos de que no nos engaña?
—Acompáñenme. Les mostraré las pruebas.
Los dos vaqueros se miraron en silencio; al fin se decidieron a seguir a
Spider, que ya se alejaba con lentitud. Lo alcanzaron al llegar junto a las
reses. El joven las señaló con el índice.
—Este es su ganado. Ahora verán las pruebas de nuestra inocencia.
Y al llegar ante los caballos que conducían los cadáveres de los cuatreros,
se echó a un lado.
—¡Dios mío, son los cuatreros! —exclamó un vaquero, estupefacto.
El otro habíase quedado con la boca abierta, contemplando el fúnebre
espectáculo.
—Los demás se escaparon —explicó Spider—; en la oscuridad de la
noche no nos fue posible perseguirles.
—No importa —contestó el capataz del grupo—. Ya han hecho ustedes
mucho. No sé cómo agradecérselo.
—Con un trago de café caliente cuando lleguemos al rancho.
—Acepto darles esa recompensa —y el capataz se echó a reír
alegremente.
El grupo reanudó la marcha. Los vaqueros y los pistoleros se
confundieron en amigable grupo. Cuando el rancho quedó a la vista gritaron
con entusiasmo.
Sus compañeros salieron a su encuentro, y al enterarse de lo ocurrido
lanzaron entusiastas gritos. El ranchero envió a un vaquero en busca del
sheriff, para que cesase en sus investigaciones. Spider y sus hombres fueron
rodeados y contemplados con admiración.
Hubo rápidas órdenes y recibieron tazas de café caliente, cuyo aroma les
reanimó. El whisky tampoco faltó. Spider explicó con brevedad lo ocurrido,
aunque no dijo que el autor de la emboscada tendida a los cuatreros había
sido él, pero todos los vaqueros estaban convencidos de que él era el autor del
descalabro sufrido por los cuatreros.
No tardó en llegar el sheriff y sus comisarios. Su semblante expresaba la
alegría que le producía la noticia de la victoria obtenida sobre los escurridizos
abigeos.

***
Al día siguiente, corrió por toda la región lo ocurrido. La derrota de los
cuatreros produjo una gran alegría, y todas las miradas se centraron sobre la
apuesta figura de Spider Fuller.
El más satisfecho era Garnet Hunter. Aquella primera lección que recibía
Ernie Collins podía considerarse como el presagio de su completa
destrucción, si se obstinada en continuar en la región. Admiró la astucia y
destreza mostrada por el vaquero, y cuando este llegó a su despacho palmoteo
amigablemente en su espalda.
—¡Bravo, Fuller! Se ha portado muy bien.
—Ya se lo dije. ¿Dónde está el dinero?
—Siempre práctico, muchacho. A mi lado hará carrera.
—Por eso me he quedado.
El aventurero se echó a reír regocijado. Se volvió hacia Scott.
—¿Qué te parece, Scott?
—La maniobra ha sido hábil —afirmó este lacónico.
—Buen elogio, Scott, buen elogio —abrió un cajón de la mesa y cogió un
fajo de billetes—. Tenga, Fuller, mil dólares.
El joven lo cogió y, contando cien dólares, los arrojó a su vez sobre la
mesa.
—Solo quiero lo que le pedí.
Hunter le miró sorprendido.
—Rechaza cien dólares.
—Ya puede verlo. Solo deseo lo que gane, no quiero exponerme a que me
lo eche en cara.
Por un instante, la cara de Garnet Hunter se contrajo, en una mueca de
furor, dando la impresión de abalanzarse sobre el vaquero. La mueca se
desvaneció instantáneamente, fue tan rápida, que Spider dudó de haberla
visto. Hunter sonrió jovialmente.
—Me gusta su pundonor, Fuller. Y me desagrada su rencor. Debemos ser
buenos amigos, haremos grandes cosas.
Spider se levantó perezosamente y con un movimiento de cabeza se
despidió, mientras metía los billetes en su bolsillo.
Cuando la puerta se hubo cerrado tras Spider, Hunter golpeó sobre la
puerta iracundo. Sus ojos brillaban con furia.
—¡Maldito vaquero! Me molesta su orgullo.
—Será mejor eliminarle —musitó a su lado Scott.
—No, es muy valioso para desembarazarnos tan pronto de él. Es capaz de
destrozar a Collins y sus pistoleros él solo, si tiene el aliciente de cobrar
varios miles de dólares. Es muy ambicioso.
—Y también de destrozarnos a nosotros.
—Nada de eso. Fuller es listo, y sabe de qué parte encontrará beneficio.
Spider salió del saloon, andaba despreocupado. Lo ocurrido la noche
anterior carecía de importancia para él, tan solo había sido un aviso para
Ernie Collins. Estaba convencido de que este no se arredraría por aquel
primer tropiezo, y no tardaría en intentar represalias contra sus enemigos,
quizá el primer blanco fuese él.
Estaba decidido a cobrar lo correspondiente, de sus decisivas actuaciones,
no deseando deber nada al forajido. Su carácter era muy susceptible, no
admitiendo ninguna ofensa.
También advirtió la mueca aparecida en el rostro de Hunter, teniendo la
seguridad de que aquel hombre le odiaba, pero esto no le importaba, no temía
a aquellos bandidos; él sabía defenderse.
Levantó la cabeza de improviso, como si hubiese presentido un peligro
inminente. A unas cien yardas vio a dos hombres, la actitud de estos era
francamente amenazadora, no quedando lugar a dudas de cuáles eran sus
intenciones; se trataba de la réplica de Ernie Collins.
Los escasos transeúntes habíanse detenido asombrados, y al comprender
lo que no tardaría en suceder, se apresuraron a alejarse, aunque de forma que
no perdiesen de vista el emocionante acontecimiento.
Los dos hombres se habían separado, sin duda para ofrecer menos blanco
a Spider. Este continuaba hacia adelante, su imperceptible sonrisa no
desaparecía de sus labios. Al fin se detuvo, una distancia de cincuenta yardas
les separaba, los “Colt” podían ser empleados con toda su mortífera eficacia.
—¿Me buscan a mí? —preguntó Spider con frialdad.
—Sí, Fuller —respondió uno de los pistoleros.
—Pues no han tardado en encontrarme. Han tenido suerte.
—Sí, hemos tenido suerte. No tardarás en quedar tendido a balazos.
—Están muy seguros. Ya pueden empezar la fiesta.
Los dos pistoleros se encogieron, sus manos fueron en busca de sus
"Colt”, pero no llegaron a empuñarlos. Spider, erguido en mitad de la calle,
ya disparaba contra ellos, en sus manos habían aparecido los revólveres. Sus
movimientos fueron tan centelleantes, que los impresionados espectadores no
pudieron seguirlos con la mirada.
Los pistoleros cayeron al suelo bañados en sangre, sus ojos
desmesuradamente abiertos por la muerte, expresaban el asombro que les
produjo la inesperada derrota.
Spider enfundó los “Colt”, permaneciendo inmóvil, contemplando con
dura mirada a sus derrotados enemigos. Ya habíase asegurado de que ningún
pistolero de Collins permanecía al acecho para disparar sobre él.
Ernie Collins había cometido un error, el cual podía costarle muy caro.
Creyó que dos de sus pistoleros bastaban para quitarle de en medio, no
ocurriendo así. Y menos mal que le concedió algún crédito, y no le envió a un
solo adversario.
Un silencio absoluto se había hecho en la amplia calle Mayor. Todas las
miradas estaban puestas en su alta y esbelta figura, y él permanecía
indiferente a la curiosidad pública. Su nombre empezaría a sonar rodeado de
ruidosos adjetivos, se haría famoso y temido.
No le importaba la fama, la noche pasada, al realizar la celada contra los
cuatreros, tenía la seguridad de que ya era célebre en la región. Ahora, al
desembarazarse con tan centelleante facilidad de los dos pistoleros que le
salieron al encuentro, todas las miradas le contemplarían con admiración y
temor.
Vio avanzar al sheriff y dos comisarios. No se movió, contemplándoles
con su indolente sonrisa. El sheriff se detuvo a escasas yardas de él, su actitud
no era amenazadora.
—¿Debo entregarle otra vez mis revólveres? —preguntó burlón.
—No, Fuller. Ha sido una buena faena.
—¿Ha presenciado usted lo ocurrido?
—No, pero me he enterado.
—Se lo han comunicado con mucha rapidez. La versión de los hechos
puede estar equivocada.
—No lo creo, esos dos hombres le esperaban para matarle.
—Así es.
—Debieron pertenecer a la cuadrilla de cuatreros, y estos deben estar
furiosos contra usted.
—Ha sacado la misma conclusión que yo, sheriff. Me alegro de ello.
—Todos los habitantes honrados de Green Lawn le están agradecidos por
su actuación.
—Siempre estaré dispuesto a combatir forajidos, sheriff.
—Se lo agradezco, su colaboración es muy valiosa.
El sheriff se volvió hacia los comisarios, dándoles instrucciones para
retirar los cadáveres. Spider se iba a retirar, cuando sus cejas se enarcaron.
Estaba sorprendido por ver acercarse al juez Graham.
Los músculos del vaquero se pusieron tensos. Sin poderlo evitar, le
imponía la presencia de aquel hombre enérgico y honrado. En su presencia no
sentíase seguro de sí mismo, su desfachatez desaparecía como arrastrada por
una invisible mano. No le inspiraba temor, sino algo muy distinto; respeto.
—¡Hola, Fuller!
—Buenos días, señor Graham.
—Es usted muy temible manejando el “Colt”.
—Sí, desde niño me ha sido muy familiar.
—Si continúa usted así, limpiará la población de indeseables.
—Siempre he sido provocado, señor.
—En esta ocasión puedo afirmarlo, he sido testigo del desafío.
—Ello me tranquiliza. El sheriff me ha asegurado de que no es necesaria
mi detención.
Este habíase acercado, su posición era deferente, al oír estas palabras de
Spider, se apresuró a asentir.
—Lo he creído conveniente, señor Graham. Estos hombres le estaban
esperando.
—Sí, sheriff, ha cumplido con su deber.
Spider levantó la cabeza, mirando hacia la casa del juez. En una abierta
ventana divisó a Betsy; la joven les miraba con atención, su semblante aún
continuaba pálido. Sin poderlo evitar se alegró. Betsy presenció la breve
lucha en unión del juez, su palidez indicaba que temió por su seguridad. Esto
indicaba que le estimaba, o por lo menos no le aborrecía.
—Me he enterado de su actuación de anoche, Fuller —dijo Graham con
una ligera sonrisa— y le estoy muy agradecido. Nos ha prestado un gran
servicio.
Spider asintió con un movimiento de cabeza. No se hallaba a gusto bajo
la severa mirada del juez, a pesar de lo afable de su tono, este contenía una
ligera censura, como si le reprochase el estar a sueldo con un hombre sin
escrúpulos, que se burlaba continuamente de la Ley. Le interrogó con la
mirada.
Andrew Graham movió la cabeza con tristeza.
—No, no tengo nada más que decirle, Fuller.
Se alejó, en dirección al saloon. Su rostro era impenetrable, consciente de
que todas las miradas estaban puestas en él con curiosidad.
Nadie le habló, incluso algunos pistoleros pertenecientes a la cuadrilla de
Hunter. Entró en el local, encaminándose hacia el mostrador. El barman se
apresuró a colocar un vaso ante él.
—¿Ron, Fuller?
—Sí.
Su mano no tembló lo más mínimo al coger el vaso y probar el licor, una
pasmosa serenidad se desprendía de él. Y sin embargo, en su interior se
desarrollaba una intensa batalla, sus sentimientos y egoísmo se encontraban
en dura lucha.
La culpa de su estado de ánimo la tenía el juez Graham, su aspecto digno
y austero le imponía. No pronunció una sola palabra contra él, pero su tono y
su mirada le recriminaban su conducta. Jamás se avergonzó ante nadie, ahora
ya no podría decirlo.
Con un gesto brusco vació el vaso, nunca acostumbraba a beber de
aquella forma el ron, pero en esta ocasión se hallaba enfurecido consigo
mismo.
Dejó una moneda sobre el mostrador y respondió con una sonrisa al
afectuoso saludo del barman, dirigiéndose hacia la escalera, otra vez se
encaminaba hacia el despacho de Hunter.
El forajido le recibió con una deslumbrante sonrisa.
—¡Muy bien, muchacho! —exclamó jovial—. Buena faena.
—No creo que haya estado mal. ¿Qué le parecen doscientos dólares por
cabeza?
—¡Por la cabeza del gran Manitú! Es usted un terrible calculador.
—¿Le parece excesivo el precio? —inquirió Spider con suavidad.
—Nada de eso. A ese precio puede exterminar a todos los hombres de
Collins. Por la cabeza de este le doy mil dólares.
—Ya le dije que no soy un asesino, tan solo estoy dispuesto a luchar.
Usted me paga, mis revólveres combatirán a su favor.
—Extraña teoría, Fuller. Si no fuese por eso, tendría toda mi admiración.
—¿No le molestará?
—En absoluto, siempre que no perjudiquen mis intereses —Garnet
Hunter se inclinó sobre la mesa, sus ojos miraron con dureza a su interlocutor
—. Si es así, el asunto cambia. ¿Me ha entendido, Fuller?
—Sí.
—No debe ignorar que el jefe soy yo.
—Siempre lo he sabido.
Spider no pestañeó. La expresión de Hunter cambió radicalmente, otra
vez volvía a sonreír ampliamente. Lanzó algunos fajos sobre la mesa. Spider
cogió los billetes con calma.
—Aquí están los cuatrocientos.
—Nunca había tenido tanto dinero, Hunter.
—Si continúa así, dejará mi caja fuerte exhausta.
—Aunque lo consiguiera, no le arruinaría, Hunter. Debe poseer una de las
mayores fortunas de California.
—Por favor, no exagere.
Se hallaban los dos solos, por primera vez no vio al lado de Hunter a
Flash Scott. ¿Dónde estaría el pistolero? ¿Se hallaría realizando alguna
misión encomendada por su jefe o no quiso encontrarse con él?
Hallaba más exacta esta segunda posibilidad, el pistolero no quiso estar
presente, para evitar tener que felicitarle. No le importaba en absoluto, desde
un principio tuvo la certeza de tener en él un enconado enemigo, y esto no le
producía ninguna contrariedad.
Garnet Hunter se mostró muy amable hasta que se despidió de él.
Spider sabía con certeza que su presencia no resultaba agradable al
forajido, aunque tan solo fuese por el hecho de no dejarse avasallar. Pero
existía un factor muy importante. Hunter le necesitaba para luchar contra
Ernie Collins.
CAPÍTULO VI

AQUELLA tarde tuvo lugar la entrevista entre los dos enemigos. Al


parecer, no fue premeditada, dando la sensación de ser casual. En realidad no
era así, Garnet Hunter cuidó de todos los detalles con exactitud.
Dos de sus hombres colocados estratégicamente, sin tener temor de ser
descubiertos por los cuatreros, observaban las obras de instalación del nuevo
saloon. Cuando se cercioraron de que Ernie Collins se disponía a marcharse,
mandaron aviso a su jefe.
De esta forma, Collins se vio frente a frente con Hunter, en la entrada de
su saloon. Si se sorprendió, fingió admirablemente lo contrario. Con una
abierta sonrisa se dirigió hacia su enemigo.
—Me alegro de verte, Hunter.
—Y yo, he pasado por aquí por casualidad.
—¿Quieres ver cómo van las obras? —invitó con tono cordial.
Hunter movió la cabeza negativamente.
—Te lo agradezco, pero no acepto. Prefiero verlo cuando esté terminado.
¿Supongo que estaré invitado a su inauguración?
—No faltaría más, Hunter. Eres el mejor amigo que tengo en esta parte de
California.
Hunter no se sintió desconcertado por la desfachatez del forajido; al
contrario, asintió con un movimiento de cabeza.
—Lo sospechaba; en forma alguna podrías hacerme una ofensa
semejante.
—¿Yo? —y Collins se puso la diestra teatralmente sobre el pecho—. No
permito que lo pienses. Te he invitado a entrar a ver las obras con la
intención de que compruebes cómo será mi saloon, cerciorándote de que en
forma alguna trataré de competir con el “Green Dragon”.
—Tu palabra me basta, Collins. ¿O acaso no hemos sido camaradas?
—Exacto. En más de una ocasión hemos disparado contra un sheriff
furioso.
Cuatro hombres se hallaban tras Collins. Spider y Scott al lado de Hunter.
Los pistoleros permanecían en actitud indiferente, aunque en realidad prestos
a empuñar sus “Colt” en caso de alarma.
—¡Aquellos tiempos! —comentó Collins echándose a reír.
Hunter le secundó en su hilaridad. Un atento observador, Spider por
ejemplo, hubiera advertido que los ojos de ambos rufianes estaban fríos,
demasiado para las estruendosas carcajadas que brotaban de sus gargantas.
—¿Cuándo piensas inaugurar tu salón? —preguntó Hunter.
—Si no ocurre ningún percance, probablemente a últimos de la semana
próxima.
—Llevas buen ritmo.
—La rapidez es garantía del éxito. Tú también eres partidario de ese
proverbio.
—Siempre estamos de acuerdo, Collins.
—Hasta la vista, Hunter.
—Te deseo suerte.
Los dos grupos se separaron. Los ojos de Hunter brillaban radiantes y
siniestros a la vez. Spider tuvo la seguridad de que tramaba algo, y esto
significaría un duro golpe contra Ernie Collins.
No se equivocaba el joven. Hunter, ante la indudable ventaja conseguida,
se hallaba dispuesto a asestar un golpe definitivo a su enemigo,
desembarazándose para siempre de él, pues no cesaría en su ofensiva hasta
contemplar su cadáver.
Collins ya llevaba sufridas siete bajas, cantidad muy estimable. Calculaba
que Collins hubiese llevado una docena de hombres consigo, cantidad muy
probable, debido a la envergadura de la empresa; ahora su situación era,
apurada, debiendo buscar refuerzos con urgencia, para hacer frente a los
acontecimientos. Y estos no prometían ser muy lisonjeros para él.
Debía propinarle el golpe decisivo, ahora que se hallaba poco menos que
a su merced. Y lo haría.
No daría un momento de respiro a su odiado enemigo. Ernie Collins se
atrevió a desafiarle y pagaría muy cara aquella desfachatez. Sí, el precio que
le asignó era el de la muerte.
Hizo una señal a Scott y Spider. Estos asintieron, comprendiendo que
deseaba hablarles en su despacho. No tardaron en estar los tres solos. Con un
gesto Hunter les invitó a sentarse. Spider aceptó, dejándose caer sobre una
silla, Scott, como ya era costumbre en él, lo hizo sobre la mesa; una de sus
largas piernas quedó oscilando en el aire.
Hunter empezó a hablar; lo hizo con lentitud, acompañándose con
elocuentes movimientos. Cuando hubo terminado miró a sus oyentes, como si
buscase su aprobación.
—El proyecto es excelente —asintió Scott.
—Y eficaz —corroboró Spider.
Los labios de Hunter se entreabrieron en una siniestra sonrisa, pareciendo
saborear el triunfo anticipado.
—Así lo creo. Esto significará la destrucción de la cuadrilla de Ernie
Collins.
—Me gustaría ir al frente de nuestros hombres —dijo Scott.
—No, Scott. He pensado en Fuller, desea ganar mucho dinero y ha
demostrado ser hábil en esta clase de asuntos. ¿Tiene algún inconveniente en
aceptar?
—Ninguno.
—No es ningún asesinato, ¿verdad?
—Ha absoluto. Se trata de combatir contra unos pistoleros que se hallan
prevenidos.
—Puedo hacerlo.

***
El negro manto de la noche habíase extendido sobre Green Lawn. Por
encima de las puertas batientes del “Green Dragon” salía una música
pegajosa y excitante, acompañando a una voz cálida, aunque excesivamente
chillona. El murmullo de los clientes casi ahogaba la voz de la cantante.
Aquella parte de la calle Mayor todavía estaba bastante iluminada, debido
a las luces del saloon y algunas tabernas cercanas. No así la parte opuesta,
donde se instalaba el saloon de Ernie Collins.
Algunas sombras se deslizaron acercándose al edificio. Se movían con
cautela, sin producir apenas ruido, como si se propusieran sorprender a los
cuatro hombres que se hallaban en el interior.
Spider llegó hasta la pared, cinco hombres le seguían; todos habían
recibido órdenes para acatar sus decisiones sin titubear. Dos de estos se
quedaron en la acera de enfrente, preparados para entrar en acción cuando lo
indicase su provisional jefe.
El joven se acercó con cautela a la puerta. Todo salía como lo había
previsto, los cuatro pistoleros de Collins se confiaron. Asomó la cabeza y vio
a tres de ellos sentados alrededor de una mesa jugando al póker; el otro
permanecía en pie, con un rifle sobre el brazo. Indudablemente había
abandonado su puesto de guardia.
Le repugnaba disparar contra aquellos nombres desprevenidos, aunque
fuesen temibles pistoleros. Les daría una oportunidad de salvar la vida o
defenderse, esto ya dependería de ellos.
—¡Levantad los brazos, estáis rodeados!
La contestación fue la esperada; los hombres prorrumpieron en
blasfemias y juramentos. Uno de ellos derribó la mesa, sumiendo el amplio
local en la oscuridad. Sacaron sus revólveres y dispararon. Spider saltó con
rapidez a un lado, librándose de ser alcanzado, mientras disparaba a su vez, y
el forajido del rifle rodaba por el suelo herido de muerte.
Resonaron numerosos disparos, pues los acompañantes de Spider se
apresuraron a intervenir. Los hombres de Collins fueron arrasados, el plomo
cayó sobre ellos con furia devastadora.
Tan solo un pistolero quedó herido, y de escasa gravedad, pudiendo
retirarse por sus propios pies. Spider entró en el local tomando precauciones,
por si quedaba con vida alguno de sus enemigos, evitando que pudiera
disparar contra él.
Un pistolero recogió la derribada lámpara y la encendió, iluminando la
amplia sala. El espectáculo era siniestro, los forajidos yacían en diversas y
grotescas posturas, habiéndose apoderado de ellos la muerte.
Spider movió la cabeza para desechar la mala impresión que le
produjeron las víctimas de su audaz golpe. No eran dignos de compasión, se
trataba de viles asesinos que no vacilaban en disparar contra indefensos
vaqueros. En cambio, él les dio una posibilidad de defenderse, y si se
hubieran entregado, ahora estarían detenidos, esperando la decisión de Garnet
Hunter. Aunque con sinceridad, debía de confesarse, aquellos hombres no
habrían tardado en morir.
Hunter era sanguinario, y de no haberlo sido, a su lado estaba Flash Scott,
y de este no podía esperarse piedad alguna. El temible pistolero solo ansiaba
una cosa: matar.
Spider decidió actuar con rapidez. Los dos hombres que habían esperado
en la acera opuesta ya estaban a su lado, hizo un gesto afirmativo y estos
desparramaron la gasolina que contenían las botellas que llevaban. Otro dejó
caer la lámpara, y las llamas chisporrotearon con violencia.
Salieron sin apresurarse, contemplando el resultado de su fechoría, el
incendio no tardó en adquirir proporciones aterradoras.
Se alejaron, al ver avanzar a algunos hombres. El sheriff corría al frente
de ellos, y del grupo surgían grandes gritos de alarma.
Los moradores de la casa siniestrada salieron atemorizados. Por fortuna,
la casa estaba separada de las restantes, siendo fácil impedir que el fuego se
propagase a las otras, aunque debían combatir con energía contra las llamas.
Llevando cubos de agua y sin desmayar consiguieron evitarlo, aunque no
la destrucción total de la casa. De esta apenas quedó una pared cuando las
llamas se extinguieron, y los hombres, sudorosos, respiraron aliviados.
Ernie Collins, acompañado del único hombre que le quedaba, contempló
la devastadora labor del fuego. Sus puños estaban crispados y los ojos le
brillaban con imponente furia.
Todas sus esperanzas de vencer a Hunter quedaban desvanecidas,
solamente le quedaba un hombre, pudiéndose considerar la lucha como
terminada, con la victoria total de su aborrecido enemigo. Mil pensamientos,
a cuál más absurdo, cruzaron por su mente. Todos fueron rechazados, pero
quedó una idea fija en su cerebro: la muerte de Garnet Hunter.
Sí, no se iría de Green Lawn dejando vivo a Hunter. Por lo menos tendría
el consuelo de verle rodar a sus pies y escupir sobre su cadáver.
Algo más distante se hallaba Garnet Hunter. Sonreía de forma siniestra.
Su victoria había sido rotunda, no quedando ninguna duda sobre ella. Tan
solo le faltaba una cosa: la muerte de Ernie Collins.
Entonces ya no quedaría ninguna duda sobre su absoluto poder en la
región, dedicando su atención al juez Graham. Este le molestaba, su
escrupulosidad le sacaba de quicio, pues sabía que no descansaba en su afán
de conseguir pruebas contra él y poderle detener.
Se echó a reír. Aquel incauto que todavía creía en el poder de la justicia,
sin tener fuerza alguna para apoyarla. El sheriff y sus comisarios le
obedecían, el juez no contaba con ninguna defensa, y todavía el iluso se
empeñaba en combatirle.
Soltó una carcajada, mientras presenciaba los esfuerzos de la gente. Ya no
le importaba que este fuese extinguido, el lugar destinado por Collins para
establecer su cuartel general estaba destruido.
—¡Hermoso espectáculo! ¿Verdad, Scott?
—Sí, es magnífico.
—Debemos reconocer que Fuller sabe hacer bien las cosas. Ese
muchacho es una alhaja.
—Es eficaz, no puedo negarlo.
Hunter meneó la cabeza pesaroso.
—Es una lástima que tenga ese obstinado carácter, no podrá aprovechar
las ventajas adquiridas hasta ahora. Lo repito, es verdaderamente lamentable.
Los dos malvados continuaron conversando en tono festivo. Sus planes
no podían desarrollarse mejor, haciendo fracasar los peligrosos proyectos de
Ernie Collins. Indudablemente, la llegada de Spider Fuller fue providencial
para ellos, aunque de todas formas estaban convencidos de haber dado a los
cuatreros su merecido.
Spider llegó hasta ellos. Hunter le palmoteo la espalda amigablemente.
—Muy bien, Fuller. El golpe ha sido perfecto.
—No ha habido dificultad, se hallaban muy confiados.
—¿Ha muerto Ernie Collins?
—No.
—Me hubiera alegrado de lo contrario. En realidad carece de importancia,
como no huya inmediatamente, acabaré con él.
—El encargo ya ha sido cumplido —dijo Spider.
—Sí, mañana le entregaré una importante cantidad.
—Ya confiaba en ello.
Y Spider se alejó hacia su alojamiento.
—¿Querrás creer que la serenidad de ese individuo empieza a crisparme
los nervios? —se lamentó Hunter.
—Lo comprendo. A mí me resultó odioso cuando lo vi por primera vez.
—También encontrará lo que le hace falta.
—Una tumba en el cementerio de Green Lawn.
—Eso es, Scott. Se trata de otra de tus excelentes ocurrencias.
—Seré yo quien lo mande allí —diagnosticó el pistolero con ferocidad.

***
Spider se desnudó. Encendió un cigarro y exhaló una bocanada de humo.
Se tendió en el lecho, con la mirada en el techo. No estaba arrepentido de lo
hecho, los hombres que habían caído eran unos asesinos.
Quizá acabase con Hunter y se marchase de aquella parte de California,
yendo a San Francisco. Ahora ya poseía una importante cantidad y en la gran
ciudad podía emprender un negocio.
Por fortuna no tardó en quedarse dormido. Sin sufrir ninguna pesadilla de
las acostumbradas últimamente, se despertó.
Al primero que vio al salir a la calle fue a Ernie Collins. Quedó
sorprendido, el cuatrero era más osado de lo que supuso, pues creyó que se
alejaría de la región a uña de caballo, para evitar ser acorralado por los
hombres de Hunter.
Tan solo un instante se cruzaron sus miradas. En los ojos del abigeo leyó
un odio intenso, pero fugaz, pues Collins desvió sus pupilas. Le observó al
dirigirse hacia la oficina del sheriff, este se hallaba en la puerta y le saludó
afable. Spider continuó andando con lentitud, oyendo lo que hablaban.
—Buenos días, señor Collins. Lamento lo ocurrido anoche.
—Sí, se trata de algo enojoso.
—Hicimos cuanto nos fue posible para evitar la destrucción del edificio.
—Le agradezco su celo, sheriff. Fui testigo de lo sucedido.
—¿Qué va usted a hacer ahora, señor Collins?
—He venido a denunciar a Garnet Hunter como causante del incendio de
anoche y la muerte de cuatro de mis hombres.
—¿El señor Hunter? —exclamó el sheriff fingiendo una gran sorpresa.
—Eso he dicho, creo haber hablado con claridad.
—No es posible. La honradez del señor Hunter no puede ser puesta en
duda. Además, existen muchos testigos de que se hallaba en su saloon,
cuando ocurrió la agresión a sus hombres.
—No lo ignoro. No le he acusado de haberlo cometido personalmente,
Garnet Hunter es demasiado cobarde para eso. Hunter fue el instigador, sus
pistoleros destruyeron mi local, para evitar la competencia a su saloon.
—¿Tiene usted pruebas, Collins? —inquirió el sheriff con frialdad.
—No, aunque sí la completa seguridad.
—Lo siento, pero no puedo hacer nada.
—Lo suponía, sheriff. Sabía que esa sería su contestación.
—¿Qué se lo hacía suponer?
—Hunter paga bien sus servicios. ¿No es cierto?
—Como vuelva a pronunciar una palabra injuriosa hacia mí, le detendré.
Collins miró con dureza al sheriff. Este le sostuvo la mirada, dispuesto a
realizar su promesa. Sus comisarios estaban tras él. Comprendiendo lo
peligroso de su situación, Collins se volvió despreciativamente. De continuar
dejándose llevar por su ira, haría el juego a su enemigo, colocándose a sí
mismo la soga en el cuello.
Varios hombres se habían detenido alrededor de ellos, observando con
curiosidad la conducta del cuatrero, entre ellos estaba Spider.
Collins y su ayudante se alejaron, no tardando en aparecer ante ellos
Hunter, Scott y otro pistolero. Spider comprendió inmediatamente lo que se
proponían sus aliados; trataban de provocar a sus enemigos y los acribillaría a
balazos.
Por primera vez, Collins comprendió lo disparatado de su conducta y ya
no podía volverse atrás. Sus palabras habían sido oídas por numerosos
testigos, debiendo sostener su acusación. Miró a su acompañante, esta estaba
pálido y tembloroso.
—Nos hemos metido en la ratonera, Collins.
—No te preocupes, mataré a Hunter.
El cuatrero meneó la cabeza, no creía en esta posibilidad, a pesar de
entender cuáles eran las intenciones de su jefe. Collins se proponía desafiar
personalmente a Hunter, pero no lo conseguiría. El aventurero era demasiado
astuto para aceptarlo, y más teniéndole en su poder.
—¡Hola, Collins! —saludó Hunter con frialdad—. He oído tu acusación.
—Entonces ya no tengo necesidad de repetirla.
—¿Qué te induce a acusarme?
—Impedir que pueda competir contigo. ¡Eres un cobarde!
Una ligera palidez se extendió por el rostro de Hunter, pero en sus labios
asomó una sarcástica sonrisa.
—Eres una amenaza para esta población, Collins. Mi deber y el de los
hombres honrados es exterminarte.
—A mis palabras solo existe una contestación.
—¿Enfrentarme contigo? No, de ninguna manera. No sé si podría
competir contigo, eres un experto pistolero. Entregaos al sheriff.
—No. Demuestra que eres un hombre y “saca”.
—No accederé a tus deseos.
—¡Canalla!
Y Collins, ciego de ira, adelantó un paso, propinando una bofetada a su
enemigo, que retrocedió dos pasos, al tiempo que rugía:
—¡A ellos, muchachos!
Una voz firme y enérgica paralizó las manos que iniciaban el movimiento
hacia la culata de sus revólveres.
—¡Todos quietos!
Todas las miradas se posaron sobre Andrew Graham.
—Ha sido usted testigo de lo ocurrido, juez Graham —masculló Hunter.
—Sí. Lo he presenciado y no estoy de acuerdo. La Ley es la que tiene que
decidir.
—¿Acaso yo no estoy de parte de la Ley?
—No, Hunter. Usted no defiende la Ley, sino sus intereses. No sé si son
ciertas las palabras de Ernie Collins, aunque sospecho que sí.
—Juez Graham, está ofendiendo a un hombre honrado.
—No le he acusado, por desgracia carezco de pruebas.
—Juez Graham, habla usted demasiado.
—No lo creo, nada más lo más preciso.
—Usted no puede acusarme, mi conducta siempre ha sido irreprochable
en Green Lawn.
—Yo siempre lo he dudado, Hunter —contestó el juez con suavidad.
—¡Se ha vuelto loco! —exclamó el aventurero enfurecido—. Si no fuese
el juez, le mataría como a un perro.
—¿Por qué no se decidió a enfrentarse con Collins?
Este sonrió burlón, al oír la mortificante insinuación del juez. Aquellas
palabras debieron herir en lo más profundo el amor propio del aventurero, y
así era, pero Hunter reaccionó de forma opuesta a la esperada.
—Eso demuestra de forma palpable la rectitud de mi conducta. No puedo
enfrentarme a usted porque es el juez, un hombre recto y honrado. Tampoco
puedo hacerlo con Ernie Collins, pues es un bandido, un hombre fuera de la
Ley y maldito.
Collins se irguió y miró a Hunter con fijeza.
—Estoy harto de soportar tus insultos y amenazas. Volveremos a
encontrarnos, procuraré que la situación no te sea favorable. ¡Hasta la vista!
Y dando media vuelta, se alejó seguido de su secuaz, con la seguridad de
no ser atacado por la espalda.
Spider habíase estado absorto en la actitud de aquellos hombres,
pendiente de sus palabras. Admirando la decidida intervención del juez.
Sí, el juez Graham se atrevió a acusar públicamente a Hunter, es decir,
acusarlo no, pues como acababa de decir, carecía de pruebas para ello. Pero sí
expuso con claridad, sin el menor subterfugio, la opinión que le merecía.
Volvió la cabeza, estremeciéndose al ver cerca de él a Betsy. La
muchacha permanecía inmóvil, con la mirada fija en el grupo de hombres y
su lindo rostro muy pálido. Respiraba entrecortadamente, como si temiese oír
un disparo y ver caer al juez.
Se acercó a ella.
—No se preocupe, señorita Gleaves. No le ocurrirá nada al juez.
—Esos hombres pueden matarle, Fuller —contestó la joven
reconociéndole inmediatamente.
—Existen demasiados testigos para eso. Hunter es un hombre precavido.
—Usted debe saberlo, se halla a su servicio.
Estas palabras causaron un doloroso efecto en Spider, jamás en su vida
recordaba haber recibido una ofensa semejante. Y lo más lamentable es que
era cierto.
—Es posible que lo sepa muy bien. Por eso le aconsejo que convenza al
juez Graham que no pasee solo, puede serle perjudicial.
Fue Betsy la que se mordió los labios despechada. Sentíase avergonzada
de haberse dejado arrastrar por la indignación.
—No podrá salvarse, Fuller —musitó angustiada—, el pueblo está lleno
de asesinos.
—Como yo, ¿verdad, señorita Gleaves?
—No he querido decir eso, perdóneme.
Pero Spider Fuller ya no estaba a su lado; tan pronto empezó a
disculparse, el vaquero había hecho una inclinación de cabeza y se marchó.
Su rostro estaba impasible, como si su opinión no le interesara lo más
mínimo.
Al marcharse Collins, el juez también dio media vuelta, como si su
intervención estuviese terminada. Betsy se apresuró a ir a su lado.
—No debiste hacer eso, Andrew —le amonestó.
—Era mi deber. No podía estar quieto mientras asesinaban a esos dos
hombres.
—Son de la misma calaña.
—Sí, no ignoro quién es Ernie Collins. A pesar de eso, debía evitar su
muerte.
—Solo piensas en tu deber, nunca en Dolly.
Un velo de tristeza empañó la mirada del juez.
—Te equivocas, Betsy. De no ser por ella, me hubiera puesto al frente de
un grupo de hombres honrados y hubiera combatido a esos bandidos con sus
mismas armas. Dolly siempre ha contenido mis arrebatos.
—No tengo derecho a censurar tus actos, Andrew.
—Naturalmente que sí, querida muchacha. ¿Acaso no eres mi secretaria?
Betsy sonrió. Admiraba a aquel hombre honrado y recto, su padre había
sido su mejor amigo.
CAPÍTULO VII

HUNTER se hallaba furioso, su enemigo acababa de escaparse cuando


ya creía tenerle aplastado. De no haber sido por la llegada del juez, Collins ya
tendría su lugar en el cementerio, viéndose libre de su amenaza.
Leyó en la mirada del cuatrero su firme decisión de no irse de la región
hasta haber ajustado cuentas con él. Ernie Collins era decidido y audaz, no le
faltaba astucia, pudiendo conseguir su propósito de enfrentarse a él, en
condiciones no tan favorables, como acababa de decir.
Esta idea no resultaba del agrado del aventurero; Collins era rápido con el
“Colt” y un encuentro con él podía serle funesto. Confiaba en Scott, el
pistolero lo vencería con facilidad y rara vez se separaba de él.
Conforme fue pasando el tiempo, Hunter se tranquilizó. Collins no
tendría ninguna posibilidad de enfrentarse con él a solas. Si no se marchaba
de la región, mejor. Así sus hombres tendrían la oportunidad de acabar con
él. Todos sus pistoleros recibirían el encargo de disparar contra Ernie Collins
en cuanto le viesen, daría una recompensa de mil dólares a quien lo matase.
Sería un gran estímulo.
—Scott, el juez debe ser suprimido.
—¿No será peligroso ahora, después de lo que acaba de pasar?
—No, en absoluto.
—La gente puede murmurar que lo hemos suprimido nosotros.
—No me importa lo que se murmure. Seré el dueño de la región, por
grado o por fuerza.
—Siempre he tenido esa opinión —asintió Scott con una cruel ironía.
—Fuller me ha defraudado —se lamentó Hunter.
—¿Por qué? —preguntó Scott, sorprendido.
—Se hallaba al lado del sheriff cuando Collins formuló su acusación
contra mí, pudo intervenir y matarlo.
—No digo nada, no soy neutral, siempre he aborrecido a ese vaquero. No
debía de haber salido de la cárcel hasta ser llevado bajo un árbol y colgado.
—Cuando nos hayamos desembarazado del juez y Collins, te daré la
autorización de enfrentarte a él. Hasta entonces no, nos puede ser muy útil
todavía.
—Ese día tendré un gran placer.
Y la mano del pistolero acarició la culata de su “Colt”.
Llamaron a la puerta del despacho. Hunter respondió afirmativamente.
Esta se abrió y apareció la alta y esbelta figura de Spider Fuller.
—Adelante, Fuller. ¿Una copa de whisky?
—La acepto.
El joven no se fiaba de Hunter, pues este sonreía ampliamente, y nunca
era más peligroso que cuando se mostraba afectuoso.
Saboreó el licor; ahora le parecía ser repulsivo, como si tuviese sabor de
sangre. Le molestaba el ambiente que le rodeaba; decidió expresar su deseo
de separarse de Hunter, no importándole la reacción de este.
Hunter arrojó algunos fajos de billetes sobre la mesa.
—Quinientos dólares. ¿Le parece bien?
—Sí.
—Le hubiera dado el doble de haber disparado contra Collins esta
mañana.
—No creí que a usted le interesase.
Hunter le miró sorprendido.
—¿Por qué no?
—Pensé que quisiera hacerlo por sí mismo. Se lo he oído decir en más de
una ocasión.
El aventurero frunció las cejas, sus ojos se fijaron inquisidores en los de
su interlocutor.
—Bueno, ya está hecho, es inútil insistir sobre ello —dijo encogiéndose
de hombros—. Sepa para lo sucesivo que daré mil dólares a quien mate al
juez Graham.
—¿Al juez Graham? —Spider fingió sorprenderse—. ¿Cree que le es
conveniente hacerlo?
—Naturalmente. Después nombraré un nuevo juez, lo haré a mi completa
elección.
—Puede formarse un gran alboroto si el juez es asesinado.
—No me gusta esa palabra, Fuller, es muy fuerte. Yo he dicho suprimir.
Al principio, es posible que se hagan algunos comentarios, pero nada más.
Spider movió la cabeza.
—No me gusta esa decisión. Ya le he dicho que soy contrario a un
asesinato.
—Otra vez con esa palabrita, Fuller. No se preocupe, usted no participará
en ese asunto.
—El juez Graham no puede defenderse ante ninguno de sus pistoleros, ni
aun del más torpe. No me gusta ese proyecto.
—A mí me es indiferente su opinión. Aquí mando yo.
Y el aventurero miró al vaquero con fiereza, mientras Scott sonreía
levemente, como si previese que el momento de enfrentarse con su
aborrecido rival estuviese muy cercano.
—No me gusta trabajar con un hombre que le gusta emplear esos
métodos. No suelen dar buenos resultados.
—¿No? Fíjese en mí y en el lugar que he llegado a ocupar. Usted debe
continuar a mi lado, nadie puede separarse de mí sin mi consentimiento.
En las pupilas de Spider se reflejó una gran frialdad, mientras en sus
labios aparecía su indolente sonrisa.
—A mí nadie puede sujetarme, Hunter. No se le olvide esto.
Se levantó y salió de la estancia sin volver la cabeza. Scott se inclinó
sobre Hunter.
—¿No crees que este es el mejor momento de terminar con ese
presuntuoso?
—No, todavía nos es necesario.
Spider estaba furioso, mucho más de lo que daba a entender su aspecto.
Estaba harto de soportar la absurda autoridad de Garnet Hunter. Habíase
convencido de que jamás fue tan feliz como cuando tenía pocos dólares en el
bolsillo, su humor siempre era excelente y sentíase optimista. En cambio,
ahora era poseedor de una importante cantidad, pero se encontraba
desalentado y avergonzado de sí mismo.
Y esto nunca le había ocurrido.
La idea de que el juez Graham fuese asesinado le horrorizaba. Admiraba
la entereza de aquel hombre inflexible y honrado, no podía consentir que se
cometiese este horrendo crimen. Se trataba de una víctima innecesaria. Trató
de encogerse de hombros, tratando de hacerse creer que aquel asunto no le
importaba, y menos cuando Hunter le excluía de él.
Pero no le era posible, la personalidad de Andrew Graham le había
impresionado. Imaginarse ver caer al juez bajo los certeros disparos de los
pistoleros de Hunter hacía que un estremecimiento recorriese su cuerpo. No
sería capaz de soportarlos.
Aparte, existía otro factor muy importante. No se le escapaba el afecto de
Betsy Gleaves por el juez y el dolor de la muchacha al verle muerto. También
entraba su esposa, aquella mujer de porte digno y afable que abrió la puerta
cuando fue juzgado. Y estaba en juego el porvenir de Green Lawn, sus
habitantes estarían en poder de una cuadrilla de asesinos, y estos cada vez
actuarían con más desfachatez y dureza.
Hunter no podía reprocharle nada. Gracias a su intervención, Collins y
sus cuatreros fueron exterminados, dejando de ser un peligro. Resultaba
intolerable que quisiera ejercer en él aquella inflexible opresión, su carácter
indómito se sublevaba.

***
El juez Graham encendió su pipa; sin darse cuenta, se quedó abstraído en
sus pensamientos. Betsy se quedó con el lápiz en alto, esperando a que su jefe
prosiguiese dictando. Miró el noble perfil de su protector, sintiendo un gran
dolor al comprender su estado de ánimo.
Andrew Graham comprendía la torpeza cometida al desafiar
públicamente a Garnet Hunter. Su intervención debió limitarse a impedir que
Collins y su secuaz fuesen asesinados; con esto hubiese bastado para cumplir
con su deber.
Las demás palabras que pronunció eran innecesarias, se dejó arrastrar por
su indignación, sin tener en cuenta lo disparatado de su acción. Él no era
hombre de armas, no siéndole posible contender con uno de aquellos
pistoleros. Su poder estribaba en la justicia, y esta era muy endeble en aquella
parte de California, donde todavía continuaba imperando la ley del “Colt”.
El sheriff no le ayudaría. Si era atacado, se hallaría en un lugar distante,
teniendo una justificación para su ausencia, y con él estarían sus comisarios.
Se encontraría solo, solo ante la muerte, quedando su cadáver en medio de la
calzada, sucio de polvo y sangre.
Se estremeció, no pudo evitarlo, fue algo superior a su voluntad. No tenía
miedo, esto podía afirmarlo con entera sinceridad. Se trataba de un
sentimiento de horror, al comprender que su muerte significaría el dominio
total de Hunter en la región. Los hombres honrados se hallarían bajo la inicua
voluntad de aquel forajido, que trataba de encubrir sus fechorías bajo un
manto de honradez.
Su esposa sufriría un duro golpe, se encontraría sola ante sus asesinos,
siendo una víctima para sus designios, así como Betsy, aquella voluntariosa y
abnegada muchacha. Todo esto se produciría con su muerte, siendo la causa
de que le produjese temor ser atacado por sus enemigos.
Aunque débil, su personalidad continuaba siendo un baluarte para los
facinerosos. Al desaparecer él, nombrarían un nuevo juez, este, como el
sheriff, estaría sometido a los designios de Hunter. Sus fechorías se harían
dentro de la Ley, todo el que intentase revelarse contra ella, se convertiría
legalmente en un bandido, siendo perseguido por el sheriff, y su cabeza
puesta a precio, si Hunter lo consideraba lo suficiente peligroso para ello.
A pesar de todas estas consecuencias, el juez no se hallaba arrepentido de
su conducta. Estaría dispuesto a hacer frente a los acontecimientos con
energía.
Se apercibió de su abstracción y meneó la cabeza. Miró a Betsy, la joven
fingió estar distraída.
—Perdona, Betsy. He dejado de dictarte esa carta.
—No te preocupes, no hay mucho trabajo hoy.
—Sí, gracias a la decisiva actuación de ese vaquero han terminado los
robos de ganado. Vale mucho ese muchacho.
—He oído decir que trabaja para Hunter —respondió Betsy con
desprecio.
—Yo también lo he oído decir, pero me resisto a creerlo. Spider Fuller no
me da la impresión de ser un asesino.
—¡Es un hipócrita! —exclamó la joven con tanta pasión, que el juez la
miró sobresaltado—. Oculta sus verdaderos sentimientos, parece un vaquero
jovial, siendo en realidad tan asesino como Hunter.
—¿Tanto le aborreces? —inquirió Graham mirándola con fijeza.
—Sí, ya sabes que nunca me han simpatizado los pistoleros.
—Sí, sí, todas las pruebas están contra él.
Betsy permaneció callada. Estaba arrepentida de haber hablado con tanta
dureza contra Spider Fuller, pero se trataba de la verdad. A ella le dolía más
sentirse atraída por el vaquero, se trataba de un sentimiento superior a su
voluntad.
La joven volvió a hablar. Graham la miró sorprendido.
—Sin embargo, esta mañana se ha portado bien, debo reconocerlo.
—Cuando estabas discutiendo con Hunter, se ha acercado a mí,
tranquilizándome al decir que este no dispararía contra ti.
—¿Cómo lo sabía?
—Afirmó que había demasiados testigos.
—Sí, se trata de una lógica deducción. Fuller es inteligente.
—Luego me advirtió que te dijese que desde ahora en adelante tu
seguridad sería escasa, pudiendo atacarte cuando menos lo esperases…
—¿Te dijo eso? —preguntó el juez con estupor.
—Sí, y la verdad es que me sorprendió.
—Esto fortalece la opinión que tengo de él.
—Yo no —y Betsy meneó la cabeza con firmeza—, sigo creyendo que es
un hombre malo.
Graham no pudo evitar ser asaltado por una sospecha. Instantáneamente
trató de rechazarla, pero no le fue posible, la expresión del lindo rostro de su
secretaria se lo confirmaba. ¿Era posible que Betsy se hubiera enamorado del
vaquero?

***
La suposición ya no resultaba absurda para él, la inexplicable agresividad
con que habíase expresado lo afirmaba. Lo lamentaba. Betsy era voluntariosa,
siempre tuvo la seguridad de que cuando su corazón fuese atraído por un
hombre, ya no podría querer a otro. Ahora deseaba con fervor no haberse
equivocado respecto al vaquero, y los sentimientos de este fuesen nobles,
alejándose de la influencia de Garnet Hunter.
El juez dio por terminado el trabajo. Expresó su deseo de hacer varias
visitas, en forma alguna deseaba permanecer encerrado en su casa, como si
temiese a los bandidos.
—Ten cuidado, Andrew.
—No puede ocurrirme nada. Además, llevo esto.
Y mostró a la joven un pequeño “Derringer”.
—Procura evitar un encuentro con los hombres de Hunter, y no pasar por
delante del saloon.
—Lo haré. Por favor, Betsy, no digas nada a Dolly.
—Sobre eso puedes tener plena confianza.
El juez salió a la calle. Andaba con firmeza, como siempre acostumbró a
hacerlo. No deseaba dar ninguna muestra de temor, ni tampoco de desafío.
Procuraría mostrarse con naturalidad, sin bravuconería, pero sin demostrar
estar acobardado.
El sheriff le saludó con exageradas muestras de respeto. Nunca había sido
de su agrado, pero ahora menos que nunca. Fue elegido contra la opinión de
los habitantes de Green Lawn, debido a una hábil maniobra de Garnet
Hunter.
Habló con él con brevedad. Le pareció observar que el sheriff se alegraba
al verle marcharse, pero se encogió de hombros, sin darle ninguna
importancia. Durante la charla sostenida, el sheriff no se refirió una sola vez
al incidente de aquella mañana, como si no hubiese tenido la menor
importancia. Él tampoco hizo la menor referencia sobre él, otra cosa hubiera
sido de creer en su lealtad, pues el cambiar impresiones hubiera constituido
un desahogo para su espíritu.
Le faltaba un apoyo para combatir. Se hallaba desamparado contra
aquella cuadrilla de asesinos, sin tener la menor posibilidad de conseguir salir
airoso en el cumplimiento de su deber.
Visitó a un amigo; este, en cuanto se quedaron solos, le expresó el temor
que le inspiraba su seguridad.
—Hunter tratará de hacerle pagar cara su actuación.
—No lo ignoro, Baxter. Pero no he podido hacer otra cosa, mi deber es
ante todo. No me es posible presenciar sin indignarme los desmanes de ese
hombre.
—Haga que el sheriff y sus comisarios permanezcan lo más cerca posible
de usted.
—¿Y si son ellos los que disparan contra mí? —contestó Graham con
amargo humorismo.
Baxter meneó la cabeza, no pudiendo menos de reconocer la verdad que
encerraban las palabras de su interlocutor.
—¿Cómo podríamos ayudarle? —preguntó con viveza.
—De ninguna forma. No se preocupe, Baxter.
—Yo siempre estaré a su lado, Graham.
—No lo haga, tiene usted esposa e hijos.
—¿Acaso no está usted casado?
—Sí, es cierto —asintió el juez sonriendo—, pero tengo la ventaja de no
tener hijos. Dolly, si me ocurriese algo, podrá continuar viviendo sin pasar
privaciones. Su familia se halla en acomodada posición.
Andrew Graham salió fortalecido de la tienda de Baxter, la lealtad de su
amigo fue una excelente inyección para su moral. Todavía quedaban hombres
honrados en la región; por desgracia, no eran suficientes para combatir contra
experimentados pistoleros. Y Garnet Hunter poseía una poderosa cuadrilla de
asesinos.
También podría contar con Denny Holmes. El joven ranchero le sería fiel,
su natural impulsivo le induciría a combatir.
Lanzó un suspiro. Denny Holmes era un excelente muchacho, siempre
sospechó que estaba enamorado de Betsy, pero teniendo la seguridad de que
la joven no correspondía al amor del fuerte y noble ranchero.
Hubiera sido una satisfacción que hubiera ocurrido de forma contraria. La
joven se hallaría bajo una sólida protección. Holmes era un excelente
muchacho y la merecía, pero se resignó, comprendiendo que las decisiones
dictadas por un corazón eran muy difícil de prever. Betsy jamás calcularía las
posibilidades que pudiera encontrar en su matrimonio, sino el cariño que le
inspirase el hombre elegido.
Dolly, su esposa, era igual. Se casó con él contra la opinión de su
acaudalada familia, teniendo pretendientes poseedores de grandes fortunas. Él
aceptó complacido y orgulloso, prometiéndose que Dolly no se arrepentiría
jamás de su decisión.
No le fue posible poner a su disposición una gran casa llena de
servidores, pero tampoco vivieron con estrecheces y fueron felices. Él era el
menos indicado para censurar a Betsy.
Pasó por la acera opuesta del saloon, en la puerta de este siempre
acostumbraba a haber algunos de los hombres de Hunter, no queriendo
provocar un incidente. Él no pasaba nunca por aquella acera, siempre le
resultó desagradable; no iba a hacerlo ahora.
Conversó con dos amigos y se dispuso a regresar a su casa. De pronto en
la calle Mayor hizo su aparición un jinete, galopaba a gran velocidad, y
Graham tuvo que saltar con presteza para evitar ser atropellado por el animal.
Se indignó, teniendo la certeza de haber sido víctima de un intento de
asesinato. Por fortuna no se encontraba distraído, pudiendo sortear el peligro
con facilidad.
El caballo fue frenado, mientras aparecía otro jinete y se acercaba a su
compañero.
—¿Qué te ha ocurrido? —vociferó en voz alta.
—Este estúpido por poco se mete bajo mi caballo.
Graham se enderezó. Sus ojos brillaron indignados al oír la soez mentira,
y el insulto proferido contra su persona.
—Eso no es cierto —repuso indignado.
El jinete le miró con una malévola sonrisa.
—¿Acaso trata de insinuar que es mentira?
Todas las personas que se hallaban en la calle Mayor habíanse dado
cuenta del incidente, mirando interesados a los tres hombres. El juez se
mantuvo digno.
—Usted no puede entrar al galope en una población como Green Lawn.
Es un peligro para sus habitantes.
—¿Quién es usted para hacerme un reproche?
—Soy el juez de Green Lawn.
El jinete lanzó una estruendosa carcajada.
—¿Has oído? —gritó a su compañero—. Es el juez. ¿No te impone
respeto su presencia?
El otro coreó su burlona carcajada.
—No permito que se burlen de mí. Quedan detenidos.
—Saque el revólver, juez. No le creo tan valiente.
Graham se dejó llevar por un arrebato de ira. No podía permitir aquella
burla, a pesar de comprender que se trataba de una trampa tendida por Garnet
Hunter.
Su diestra fue en busca de la culata de su “Derringer”, pero sonó una
detonación y sintióse arrojado hacia atrás, quedando apoyado en la pared. Su
mano se apoyó en su hombro derecho, quedando llena de sangre. Sin temor
alguno miró sin pestañear a su asesino; este se disponía a volver a disparar
contra él, rectificando la puntería.
Sonó una detonación, y el jinete soltó el “Colt” a tiempo que lanzaba una
blasfemia. Su diestra estaba cubierta de sangre, un balazo le había dado de
lleno. Su compañero se volvió para repeler la agresión, pero sonó otro
disparo y su sombrero salió de su cabeza, como si acabase de recibir un fuerte
manotazo. Su rostro palideció y dejó caer su arma.
Spider Fuller se hallaba ante ellos, sus temibles “Colt” les encañonaban.
Su mirada brillaba amenazadora.
—No me ha gustado su actuación, forasteros.
Spider se hallaba colocado de forma que tenía un amplio espacio ante sí,
no pudiendo ser atacado por la espalda. Su resuelta actitud atemorizó a los
dos jinetes; estos ya no pensaron ni por un instante en oponerse a su
inesperado enemigo.
—¿No me responden? —inquirió con sequedad.
Los dos hombres se miraron; ambos temblaban de forma ostensible. Uno
de ellos señaló a Graham, que continuaba apoyado en la pared.
—Ese hombre nos insultó.
—¡Ah, sí! ¿Y de qué forma?
—Ha dicho que mi compañero es un embustero.
—Yo creo que es cierto. ¿Por qué no saca contra mí?
El jinete le dirigió una significativa mirada a su “Colt".
—Es usted muy valiente, me está encañonando.
Spider sonrió de forma indolente.
—Es cierto, no me había dado cuenta.
Hizo voltear el revólver de forma inverosímil, lo cogió al vuelo y lo
depositó en la funda.
—Ahora ya no lo empuño.
El jinete tragó saliva, se le advertía que estaba atemorizado, y más tras
haber presenciado la hábil maniobra de Spider. Sus ojos miraron a su
alrededor, como buscando ayuda para salir de su apurada situación.
—¿No se atreve?
El jinete se estremeció, como si acabase de recibir un latigazo. Las tres
palabras habían sido pronunciadas con tal sequedad, que los cabellos del
forastero se erizaron.
—No… no quiero… luchar.
La sonrisa desapareció de los labios de Spider; era como si considerase la
rencilla terminada.
—Bien, como quieran. Son unos cobardes, no quiero volverlos a ver en
este poblado. ¿Me han oído?
El jinete, con el rostro enrojecido por la vergüenza, asintió con un
movimiento de cabeza. Cogió la brida del caballo de su compañero y se alejó,
mientras este se apretaba la mano herida, con la cara contraída por el dolor.
Algunos hombres corrían ya hacia el juez, entre ellos el sheriff, pero
Spider se adelantó y, asiéndolo con firmeza, le preguntó:
—¿Cómo se encuentra, juez Graham?
—Gracias, muchacho, le debo la vida.
—No diga tonterías —masculló el vaquero exasperado—. Le he
preguntado que cómo se encuentra.
—Creo que este balazo no acabará conmigo. Desde luego, me encuentro
muy débil.
Spider ya habíase dado cuenta de la importancia de la herida tan pronto
hubo disparado la primera vez; ahora, al examinarla de cerca, ratificaba su
primera impresión. Exhaló un suspiro, tal como había dicho el juez sonriendo
animosamente, aquel balazo no acabaría con él.
El juez inclinó la cabeza sobre el pecho, las fuerzas empezaban a
abandonarle. De no haber estado sujeto por el joven, se habría derrumbado al
suelo.
—¿Está muy grave, el juez? —preguntó el sheriff llegando hasta Spider.
El joven no lo miró, le repugnaba aquel hombre y su falso interés. De
haberlo hecho, no se hubiera podido contener y lo habría abofeteado.
—No, la herida no es grave. Haga llamar al médico.
—Inmediatamente, Fuller.
Spider cogió al juez entre sus brazos y echó a andar, seguido por todas las
miradas. Él miraba ante sí, sin prestar atención a nada ni a nadie. No temía
que disparasen contra él; de haberse atrevido algún pistolero, habría hecho
desencadenar un infierno en la calle Mayor.
Hunter y Scott le miraban con dureza, pero él continuó adelante, sin
preocuparse de las consecuencias que pudiera acarrearle su intervención. No
se hallaba arrepentido, lamentando únicamente no haber podido evitar que el
juez fuese herido.
Una ira ciega y sorda le invadió; por un instante estuvo tentado de
disparar a matar, pero se contuvo; de hacerlo, quedaba frente a Hunter sin
posibilidad alguna de rehuir el encuentro.
Se encaminó directamente hacia la morada del juez. Daba la impresión de
que el cuerpo del herido no pesaba apenas, pues su paso era rápido y firme.
Algunos hombres andaban a su lado, mirando atemorizados el pálido
semblante de Andrew Graham. La cabeza del juez estaba apoyada inerte
sobre el pecho del joven; había perdido el conocimiento.
Una voz le preguntó:
—¿Necesita ayuda, Fuller?
Movió la cabeza negativamente. Continuó andando, siempre en línea
recta. No tuvo que detenerse, la puerta del pequeño jardín fue abierta
apresuradamente por una mano, facilitándole el paso. Otra mano agitó la
campanilla.
La puerta se abrió, apareciendo la juvenil figura de Betsy. La joven al ver
a Spider con su carga no pudo contener un grito de espanto, precipitándose
sobre el juez.
—¿Está muerto?
—Tranquilícese, señorita Gleaves. Solo está herido y no es de gravedad.
—Gracias, Dios mío.
—Haga el favor de acompañarme hasta su lecho —dijo Spider entrando
en la casa.
En aquel instante se vio frente a la señora Graham, que acudía
sobresaltada al oír el grito lanzado por Betsy. La pobre mujer vaciló al ver a
su marido en aquel estado. Betsy llegó hasta ella y la sujetó con energía.
—No es nada, Dolly. La herida carece de importancia.
La señora Graham se rehízo, y mientras la joven guiaba a Spider, se
encaminaba a la cocina, con la intención de calentar agua, comprendiendo
que se trataba de lo más urgente.
No se equivocó, el médico acababa de llegar y examinaba al herido, al ver
entrar a la señora Graham con el agua caliente, hizo un gesto afirmativo con
la cabeza.
—Gracias, señora Graham, es lo que más necesito. Tranquilícese, la
herida no es grave.
Spider se movió inquieto, notaba sobre sí las miradas de las dos mujeres.
Sostenía el sombrero entre sus manos, sin saber qué hacer con él. Hubiera
dado cualquier cosa por encontrarse fuera de la casa, lejos de las miradas de
Betsy y de la señora Graham.
—Usted ha traído a mi marido, se lo agradezco mucho.
El joven hizo un gesto afirmativo. Betsy le preguntó:
—¿Por qué lo hizo, Fuller?
—Presencié el incidente y no me pude contener. Aquel hombre se
disponía matar al juez de forma alevosa. Creo que no podía proceder de otra
manera.
—Dios se lo pague —musitó la señora Graham con fervor.
Spider respiró aliviado al ver cómo las dos mujeres se precipitaban hacia
el lecho. El herido acababa de abrir los ojos. Estuvo tentado de marcharse,
pero no lo hizo, podía dar la impresión de haber huido. No estaba dispuesto a
realizar algo que hiciera creer que Spider Fuller se escapaba de un lugar por
temor.
En la habitación, aparte de las mujeres, el doctor y Spider, se hallaban
Baxter y otro comerciante. Ambos pálidos y mirando con ansiedad al herido.
El juez miró a su alrededor, y sus ojos demostraron haber recordado lo
ocurrido. Al ver junto a él el pálido rostro de su mujer, hizo un esfuerzo para
sonreír, sin poderlo conseguir.
—¡Hola, Dolly! Esto no es nada.
—Ya lo sé, querido.
—¿Dónde está Spider Fuller?
—A tu lado, Andrew.
—Dile que se acerque.
—Ahora vendrá, no te muevas. El doctor lo ha encargado.
Este asintió sonriendo. La señora Graham cogió la mano de Spider, con la
mirada le suplicó que se aproximase al lecho. El vaquero miró a su alrededor
angustiado, reprochándose el no haberse marchado antes. Betsy le empujó
con suavidad.
—Le está llamando el juez, Fuller.
—Sí, sí, ya me he dado cuenta —objetó.
—Pues no se quede ahí pasmado —le reprochó la muchacha con dureza.
Fue a responder aún con más dureza, pero el herido ya había asido su
mano, y se la oprimía con afecto.
—Gracias, Fuller, si no interviene usted, aquellos bandidos me habrían
asesinado.
—No podía hacer otra cosa, señor Graham.
—Pues nadie se atrevió a acercarse.
—Quizá yo fui más rápido.
—Y terriblemente eficaz —asintió el juez sonriendo.
—Ahora únicamente me queda desearle una rápida convalecencia.
—Una vez más le doy las gracias. Quisiera que viniera a visitarme.
—No se lo prometo.
Y Spider, tras hacer una inclinación de cabeza a la señora Graham, se
dispuso a alejarse. Cuando llegaba a la puerta, se detuvo; en el umbral
acababa de aparecer la maciza figura de Denny Holmes. El joven ranchero se
detuvo sorprendido, sus puños se cerraron con fuerza e inquirió:
—¿Qué hace usted en esta casa?
—Me disponía a marcharme.
—No debió haber entrado en ella. No creo que su presencia sea grata a la
señora Graham.
Spider fue a responder, pero no llegó a hacerlo, la señora Graham se
interpuso entre los dos hombres. Apoyó una mano sobre el pecho del
ranchero.
—¡Por favor, cállate!
Holmes irguió la cabeza con decisión.
—No lo haré. Este hombre es un pistolero.
Y miró desafiador al joven. Spider no respondió, sentíase avergonzado.
La acusación era cierta.
—¡No digas tonterías, Denny! —insistió la señora Graham con energía—.
Tienes que saber que el señor Fuller ha traído a mi esposo; de no haber sido
por su intervención, unos asesinos lo habrían matado.
El ranchero palideció intensamente; no estaba enterado de lo ocurrido.
Solo sabía que el juez había sido herido y corrió hacia su casa para
cerciorarse de su estado. Lo conocía desde niño y le quería como si fuese un
familiar. Al ver a Spider, no pudo contener su indignación, pues le conocía de
verle en el saloon alternando con Hunter y sus pistoleros.
—Perdone, Fuller… no… no sabía…
Y se calló, incapaz de seguir hablando, pero extendió su mano.
—No se preocupe, Holmes.
A Betsy no se le escapó la emoción del vaquero, a pesar de los esfuerzos
de este por permanecer impasible. Su mirada le siguió hasta trasponer el
umbral de la habitación, y en sus ojos aparecieron dos lágrimas.
CAPÍTULO VIII

SPIDER no se acercó al saloon. No deseaba enfrentarse enseguida con


Garnet Hunter, este debía estar furioso por haber evitado la muerte del juez,
al pasar las horas su estado de ánimo se iría tranquilizando, siendo más fácil
entenderse.
No temía la ira del aventurero, todo lo más se despediría de él, no
volviendo a tener más tratos… comerciales. Sonrió al pensar en esta palabra,
se trataba de una forma piadosa para encubrir su indigna conducta. Aunque
una cosa le consolaba, nadie le podía acusar de haber cometido un asesinato.
Comió y se acostó. A media tarde se levantó y dio una vuelta por los
alrededores. Cuando regresó al poblado vio a dos hombres de Hunter, estos
se adelantaron a su encuentro. Spider los observó sin pestañear, aunque
estaba convencido de que no intentarían nada contra él.
—Fuller, Hunter nos ha encargado que le digamos que quiere hablar con
usted.
—Después de cenar pasaré por el “Green Dragon”, como de costumbre.
—De acuerdo, ya se lo diremos.
Spider se tocó el ala del sombrero y se alejó hacia el corral.
.Hunter quería hablarle, bien, no tardaría en hacerlo. Pero sería cuando él
quisiera, no continuaría recibiendo órdenes suyas. Confiaba en sí mismo, si
intentaban atacarle respondería con eficacia. Lo más probable era que cayese
acribillado a balazos, pero varios de los pistoleros, procurando que Hunter y
Scott estuviesen entre ellos, le precediese en su viaje al infierno.
Empero no trató de ocultarse, anduvo por la población con aspecto
tranquilo, aunque atento para evitar ser sorprendido por un alevoso disparo.
Cuando entró en el saloon, se hizo un silencio casi absoluto. No cabía
duda de que su entrada había causado expectación, teniendo la seguridad de
que todas las miradas estaban puestas sobre él.
No miró hacia la mesa de Hunter, encaminándose hacia el mostrador. El
barman le miraba con expresión atónita. Spider sonrió al pedir:
—Una copa de ron.
—Enseguida… Fuller.
Cogió la copa, alzándola con lentitud, dando ocasión a los que se hallaban
próximos de ver que no le temblaba la mano. En contra de lo que
acostumbraba, bebió el licor de un trago, casi sin saborearlo, dejando la copa
sobre el mostrador.
Se volvió y se encaminó hacia la mesa de Hunter. Este estaba
acompañado por Flash Scott, y le miraba con fijeza.
—Buenas noches —saludó sentándose frente a Hunter.
—Deseaba hablarle, Fuller.
—Lo sé, me lo han dicho dos muchachos.
—¿Por qué no ha venido antes?
—Siempre acostumbro a venir a estas horas.
—No me ha gustado su actuación.
—Pues creo que he sido rápido y eficaz.
—Ha cometido una tontería evitando que Graham fuese muerto.
—Asesinado —corrigió Spider con suavidad.
Hunter sonrió.
—Siempre poniendo las cosas en su lugar, Fuller. Es muy concienzudo,
eso puede acarrearle algunas molestias.
—No lo creo.
—Bueno, bueno, no quiero enfadarme con usted, suba a mi despacho.
Allí hablaremos con más tranquilidad, aquí hay mucha gente pendiente de
nosotros.
Spider se levantó y siguió a Hunter. Este con paso rápido y vigoroso
subió los peldaños. Cuando entró en el despacho vio a cuatro pistoleros, que
adoptaban una posición francamente amenazadora. Spider no se dignó
mirarlos, sentándose en la silla que acostumbraba.
—¿Por qué no dejó que asesinaran al juez?
—Mi conciencia no me lo permitió. Además, se trataba de dos
desconocidos.
—No finja que es un estúpido, Fuller. De sobra sabía que aquellos
hombres eran enviados por mí.
—Lo ignoraba. Pero le repito que me indignó el procedimiento.
—Todo estaba preparado como si fuese una vulgar reyerta. Nada hubiera
podido acusarme.
—No me gustan sus procedimientos, Hunter.
Este sonrió de forma desagradable y se levantó. Dio la vuelta a la mesa,
quedando frente a Spider. El joven continuó sentado, sin pestañear.
—Se ha vuelto muy puritano, Fuller.
—En la primera entrevista le dije que cierta forma de actuar no era de mi
agrado.
—Usted sabía que no soy un ángel. Aquí mando yo y se hará lo que
ordene. ¿Se ha enterado?
—Soy libre, si lo creo conveniente no le obedeceré.
Hunter no se pudo contener, la ira le dominó. Su diestra propinó una
fuerte bofetada al vaquero. Spider permaneció impasible, sus ojos miraban
con fijeza a su agresor.
—No debía haber hecho esto, Hunter.
—Hago lo que quiero. Soy el jefe, y solo yo doy órdenes.
Spider notaba en su mejilla el escozor del golpe recibido, pero se
mantuvo inmóvil. En cuanto hubiera empuñado su revólver, los pistoleros
habrían disparado contra él, y quizá no tuviese ni el consuelo de matar a
Hunter. Y esto era lo que más ansiaba.
—No estoy a sus órdenes.
—¡Oh, sí, Fuller! Continúa estando a mi lado. Es usted muy valioso para
soltarle, confío en que me librará de Collins. ¿Por qué vamos a enfadarnos?
Lo ocurrido entre nosotros no tiene importancia. ¿Dónde ganará tanto dinero?
—Solo le prometo luchar contra Ernie Collins.
—Ya es suficiente. Una vez haya caído ese truhan, toda la región se
hallará en mi poder. Debe continuar a mi lado, haremos grandes cosas. Los
muchachos le tienen un gran afecto, hubieran lamentado tener que disparar
contra usted.
—¿Incluso Scott? —preguntó Spider con mordacidad.
—Incluso yo —asintió el pistolero, sonriendo con cinismo—. Si alguna
vez lo hago, será cara a cara.
Spider se levantó, miró a Hunter y sonrió.
—¿Se ha terminado la entrevista, jefe?
—Sí, Fuller. Confío que no me guardará rencor.
—¿Por el golpe? ¡Oh, no!
Y Spider salió. Hunter salió tras él, complacido del resultado de la
entrevista. No dudaba que el vaquero se quedó amedrentado al verse rodeado
de sus pistoleros, un buen golpe propinado en el momento oportuno,
acostumbraba a dar excelentes resultados. Ahora ya tendría la seguridad de
quién mandaba en Green Lawn, no volvería a atreverse a desobedecerle.
Spider no se marchó, continuando en compañía de Hunter y sus hombres.
Su aspecto era tranquilo, haciendo creer a sus acompañantes que se debía al
hecho de haber pasado la tormenta, sin haber recibido apenas represalias.
No era así, la bofetada recibida estaba clavada en el alma del joven.
Únicamente la muerte de su cobarde agresor lograría saldar aquella ofensa.
Una hora después, Spider se despedía. Hunter le saludó con una radiante
sonrisa.
Salió dispuesto a encaminarse a su alojamiento, deseaba descansar y
tratar de olvidar lo ocurrido. Jamás hasta entonces soportó ser golpeado. Se
maldecía por haber permitido aquel ultraje, él tenía que haber empuñado su
“Colt” y disparar con celeridad a su alrededor, sembrando la muerte y el
pánico, no importándole ser alcanzado por sus enemigos.
Sí, su reacción hubiera sido noble y valerosa, pero terriblemente
insensata. No tenía posibilidades de causar bajas entre los bandidos, por
hallarse sentado. No tardaría en hallar un motivo para enfrentarse a Hunter, y
entonces se acabarían las fechorías de este.
También deseaba verse frente a Scott. Tan solo le haría falta disparar una
sola vez, el plomo entraría entre sus cejas, matándole en el acto.
La fuerza de la costumbre le hizo ir por la parte más oscura. Se trataba de
una instintiva precaución, de esta forma resultaba más fácil eludir una
inesperada agresión. De Hunter podía esperarse esto y mucho más, fingirle
amistad y mandar a sus hombres para asesinarle. Era capaz de esto y otras
fechorías peores.
Se deslizó con lentitud, procurando que sus botas no produjesen ruido
alguno. De súbito se detuvo, le había parecido divisar una sombra en la
oscuridad. No se engañaba, en la otra acera un hombre se ocultaba.
Con rapidez y habilidad pasó a la otra acera, haciéndolo por una parte
distante al lugar donde el desconocido se agazapaba. Se fue acercando con
lentitud, exponiéndose a recibir un balazo de improviso, pues no distinguía al
hombre, y este podía haberle descubierto, permaneciendo al acecho.
Respiró tranquilizado al ver al hombre arrimado a la pared. Ahora estaba
convencido de poderle sorprender.
Y se acercó sigilosamente, sin apartar la mirada del desconocido. Sus
cejas se fruncieron, aquella silueta le era familiar. Sí, ya no tenía dudas, se
trataba de Ernie Collins.
La casualidad había hecho que pudiera sorprender al buscado forajido. Se
adelantó con lentitud, su diestra empuñaba el “Colt”. Le faltaba algo más de
una yarda para estar a su lado, cuando Collins se volvió con viveza, mientras
su mano se dirigía hacia la culata de su revólver. El instinto le había
advertido que le amenazaban.
Pero Spider se le adelantó, su “Colt” se apoyaba en el pecho del forajido.
—¡Quieto, Collins! —ordenó con suavidad.
Su enemigo le obedeció, comprendiendo que de no hacerlo habría
disparado contra él.
—¡Maldito seas, Fuller!
—¿Qué está haciendo aquí? —inquirió el joven.
—Estaba contemplando la luna, amigo.
—Un entretenimiento peligroso, Collins. ¿Sabe que puede costarle la
vida?
—¿De veras?
—Sí. Y ordene a su pistolero que se acerque con los brazos en alto. Si no
le obedece, dispararé contra usted.
Collins rechinó los dientes de coraje, la única posibilidad de
desembarazarse de su temible enemigo acababa de esfumarse. Este habíase
dado cuenta de la proximidad de su secuaz, no pudiendo ser sorprendido. Su
situación era apurada, aquel hombre era decidido y no vacilaría en disparar
contra él.
Decidió obedecerle, no le quedaba otra alternativa.
—Deja el revólver y levanta los brazos, Sedman.
—No lo haré —respondió el cuatrero, atemorizado—. Ese hombre
también me matará.
—No dispararé contra ustedes —prometió Spider.
—¡Obedéceme! —ordenó Collins.
Sedman todavía titubeó, estando tentado de volverse y echar a correr,
buscando la salvación en la huida, sin embargo, se impuso la obediencia a su
jefe, y se aproximó, tras haber enfundado su “Colt”.
Cuando los dos hombres estuvieron ante él, les hizo volverse con un
ademán, ordenándoles dirigirse a un lugar solitario, pues sus voces podían ser
oídas por los habitantes de la casa. Cuando los cuatreros se detuvieron,
Spider les despojó de sus armas con un rápido movimiento.
—Ya pueden volverse. Ahora no son peligrosos.
Y jugueteó con su “Colt”, sin apartar la mirada de ellos.
—¿Qué se proponía hacer, Collins? —volvió a preguntar.
—¡Maldito seas, Fuller! —masculló este, irritado.
—Ya me echó una maldición como esa antes. Es usted muy monótono,
carece de variedad.
—Dispare de una vez y no siga burlándose.
—No acostumbro disparar sobre hombres desarmados.
—¿Acaso no quiere ganarse los mil dólares que ha ofrecido Hunter por
mi cabeza?
—No me interesa el dinero de ese asesino.
Los ojos de Collins brillaron al oír estas palabras. La esperanza apareció
ante él.
—¿No querrá decir que se ha separado de él?
—Exacto. Eso es lo que he hecho.
—Nos podemos unir para combatir contra ese canalla. Será lo más
conveniente.
Spider movió la cabeza negativamente:
—No. Jamás me uniré con usted. Son de la misma ralea, me dan asco.
Los ojos de Collins fulguraron siniestros. Spider sonrió indiferente, no
temiendo la reacción de su enemigo.
—Le he preguntado lo que hacían.
—Esperaba la oportunidad de enfrentarme con Hunter.
—¿De veras?
—Qué otra cosa podía hacer —contestó el cuatrero con franqueza—. El
deseo de vengarme es lo único que me hace continuar en este maldito
poblado.
—Le creo, Collins.
—¿Qué se propone hacer con nosotros, Fuller? —preguntó el bandido
con ansiedad.
—Nada, me marcharé y ustedes quedarán libres para hacer lo que
quieran.
—¿Será usted capaz de hacer eso?
—Sí.
Spider propinó dos puntapiés a los revólveres que había dejado caer al
suelo, estos se perdieron en la oscuridad.
—Cuando me haya ido, los podrán recoger. Así evitare que puedan
disparar contra mí.
Collins puso una mano sobre el hombro del joven, desdeñando el peligro
que podía acarrearle esta acción. La luna iluminaba su innoble rostro, pero
este mostraba una sincera expresión de agradecimiento.
—¿De veras me cree capaz de cometer esa cobardía?
—No me fío de usted, Collins.
—Sí, no trataré de ocultar que soy un desalmado. He cometido numerosos
crímenes en mi vida, pero jamás dispararé contra un hombre como usted.
Spider enfundó su revólver, miró a los dos hombres y dijo:
—Les deseo suerte.
—Le agradezco esta oportunidad que me ha dado, Fuller.
El joven se volvió y se alejó, no tardando en desaparecer en la oscuridad
de la noche.
CAPÍULO IX

ERNIE COLLINS se apresuró a buscar su revólver y una vez lo tuvo en


la funda, exhaló un suspiro de alivio. Su secuaz le había imitado, los dos
hombres se miraron.
—De buena nos hemos escapado, Sedman —comentó el cuatrero, no
pudiendo ocultar su regocijo—. Por un instante temí que ese hombre nos
matara.
—Es muy hábil y peligroso.
—Lo es, y me alegro de que no continúe con Hunter.
—¿Cómo te dejaste sorprender por Fuller?
—Me sorprendió, cuando me di cuenta de su proximidad, ya me
encañonaba.
—¿Vamos a atacar a Hunter? —preguntó Sedman.
—Sí.
Y los ojos de Ernie Collins brillaron con ferocidad.
Regresaron al mismo lugar donde fueron sorprendidos por Spider Fuller y
se agazaparon, con el fin de observar lo que ocurría en el saloon. Sabían que
Hunter y varios de sus hombres dormían en el local. El plan a seguir era
sencillo, esperar a que se fuesen los clientes y entrar en el establecimiento
disparando.
Si conseguían abatir a sus enemigos, se apoderarían del dinero de Hunter,
huyendo al galope de sus monturas, preparadas en un lugar cercano.
La espera fue larga, pero los dos malhechores eran pacientes. Sus nervios
se pusieron tensos al ver aparecer a un mozo, que se disponía a cerrar la
puerta.
Collins dio un significativo golpe en un costado a Sedman y se deslizó
hacia el saloon. Su revólver encañonó al mozo, mientras musitaba:
—No haga un solo movimiento, de lo contrario dispararé.
El hombre, con los ojos desorbitados por el espanto, asintió, su cuerpo
temblaba como el de un azogado. El cañón de su revólver apretaba el vientre
del mozo.
—Salga afuera —ordenó Collins.
El mozo obedeció, y en el momento de poner los pies en la acera, la
culata de un revólver cayó con fuerza sobre su cabeza. No llegó a
desplomarse, lo evitaron los fuertes brazos de Sedman, que lo depositaron
con suavidad sobre la acera.
Collins dirigió una expresiva mirada a su cómplice, y este asintió con un
movimiento de cabeza. Ambos entraron resueltamente en el local. Al fondo
estaba sentado Garnet Hunter. Flash Scott y otro pistolero, por fortuna para
ellos, charlaban con animación.
Empuñando sus revólveres y sonriendo de forma siniestra, se
aproximaron a sus enemigos. Ahora ya estaban a su merced, podían disparar
cuando quisieran sobre ellos.
—No me esperabas, ¿verdad, Hunter?
El aventurero alzó la cabeza sorprendido, al ver a su enemigo
encañonándole, desapareció la sangre de su rostro. Sus ojos demostraban con
harta elocuencia el terror que habíase apoderado de él. Con un esfuerzo logró
reaccionar, procurando mostrar una entereza que estaba muy lejos de poseer.
—¡Hola, Collins! No, no te esperaba.
—Pues aquí estoy. Deseo saldar una cuenta que tenemos pendiente.
Y miró a su enemigo. Se regocijó al divisar los síntomas de terror en
Hunter, no así Scott, que le miraba con frialdad. El otro pistolero también
demostraba estar asustado. El enemigo más peligroso era Flash Scott, poseía
la velocidad de una centella al empuñar su revólver; su puntería resultaba
infalible.
—¿Quieres tomar una copa? —preguntó Scott, sonriendo.
—No, Sedman y yo ya hemos bebido antes de venir.
—Una copa no se desprecia nunca.
—¡Basta! Esto se ha terminado para vosotros.
Hunter se levantó, alzó la mano como tratando de atajar una airada
protesta de su enemigo.
—¿No crees que podemos discutir esto con más calma?
—No hay nada que discutir, Hunter. Todo ya ha sido resuelto por mí, voy
a hacerte desaparecer del mundo.
Ahora volvió a hablar Scott, lo hizo sin inmutarse, como si presenciara
una discusión ajena a sí mismo, y, sin embargo, el cañón del “Colt” de
Collins le apuntaba a la cabeza.
—Siempre has tenido un defecto, Collins. Eres muy impulsivo.
—¡Diablo de pistolero! Tú serás el primero en caer.
—¿Sí?
Esta contestación sorprendió a Collins. Le dio la sensación de haber caído
en una trampa, él y Sedman podían considerarse perdidos. Además, Hunter
aparecía ante él tranquilo, demasiado tranquilo, dado el temor que se
reflejaba en su rostro poco antes.
Sus ojos se alzaron, y vio a un hombre encañonándoles. Se hallaba en el
piso superior.
Los labios del cuatrero se contrajeron en una mueca de furor.
—Suelta ese revólver, Collins —ordenó el pistolero—. Tú también,
Sedman.
Collins no obedeció la orden, en forma alguna se entregaría a sus
enemigos. Esto significaría la muerte y prefería luchar hasta caer abatido por
el plomo. Se maldecía por no haber disparado con rapidez abatiendo a
aquellos canallas. La idea de que Hunter saldría triunfante una vez más, le
roía las entrañas.
Alzó el “Colt” y disparó. El pistolero, sorprendido por su rápida acción,
no pudo apretar el gatillo, el proyectil penetró en su frente. Vacilante se
apoyó en la barandilla y se derrumbó.
Volvió el arma hacia Hunter y sus compañeros, cuando apretó el gatillo,
ya estaba muerto. El proyectil dio en el suelo, a pocas yardas de sus botas.
Flash Scott se le había anticipado.
El pistolero, aprovechando el desconcierto de sus enemigos y el haber
disparado Collins contra su inesperado antagonista, desenfundó con su
característica rapidez y oprimió el gatillo de forma casi simultánea. Collins y
Sedman certeramente alcanzados se desplomaron.
—Siempre has sido muy impulsivo —comentó Scott entre dientes.
Hunter se pasó la mano por la frente, retirándola con rapidez al
comprobar que estaba cubierta de sudor.
—Nos han dado un buen susto —dijo, lanzando un suspiro de alivio.
—Sí, pero ellos mismos se han metido en la boca del lobo.
—Suerte que el pobre Carter estaba arriba.
—¿Ahora ya no necesitará a Spider Fuller? —inquirió Scott.
Sus pequeños y hundidos ojos fulguraban siniestros.
—No, ya no lo necesito. Comprendo lo que quieres, sí, puedes desafiarle.
—Es una cosa que he deseado hacer desde que le conocí.
Hunter avanzó hasta el cadáver de Collins. Lo miró durante unos
segundos, luego escupió sobre él, al tiempo que le propinaba un puntapié.
—¡Perro! Te atreviste a desafiarme, no podías tener otro fin.
Scott le miraba con sarcástica sonrisa, e hizo un gesto de aprobación.
—Nadie podrá contender con nosotros, Hunter.
—Mañana te entregaré dos mil dólares.
—¿No eran mil dólares?
—Por la cabeza de Collins, sí. Por la de Spider Fuller los otros mil
dólares.
—Invitaré a todos los muchachos. Lo celebraremos en grande.

***
Spider permaneció con los ojos fijos en el techo al despertarse. Estaba
inmóvil, pensando en lo ocurrido en la noche anterior. Tuvo a Ernie Collins y
su secuaz en su poder, dejándoles en libertad, sonrió al recordarlo. Hunter no
lo sabría nunca, y de saberlo su rostro se contraería de furor, mientras sus
labios prorrumpirían un torrente de maldiciones.
¿Qué había ocurrido? ¿Habría conseguido Collins matar a su aborrecido
enemigo?
No lo creía probable. De haberlo conseguido, era entrando en el saloon
disparando con saña. Solo obrando de esta forma podría conseguirlo, si
Collins no actuó de esta forma, se encontraría perdido ante la superioridad de
sus adversarios.
Se vistió, no pudiendo evitar sentirse nervioso. Fracasaba por completo
en su afán de contener sus nervios. Ahora comprendía el significado de la
lucha desarrollada la pasada noche, y se arrepintió de haberse quedado al
margen, aunque en realidad no podía hacer otra cosa. Él no pudo unirse a
Collins, esto hubiera sido traicionar a Hunter de una forma alevosa.
Cierto que el aventurero no merecía otra cosa, pero él no era capaz de
cometer esa acción. Si Hunter fue muerto la pasada noche, esto podía
significar la liberación de Green Lawn, los hombres honrados se hallarían
libres, sin sentirse oprimidos por aquella mente diabólica. Si por el contrario,
Hunter logró escapar del ataque de Collins y desembarazarse de este, la
situación continuaría igual, es decir, peor. Aquella cuadrilla de asesinos
verían consolidado su poder, nadie podría rebelarse contra ellos.
Salió a la calle, todo permanecía tranquilo. Esto significaba un mal
presagio para la suerte de Ernie Collins, de haber triunfado, numerosos corros
de personas exaltadas estarían en la calle Mayor, y esta aparecía casi desierta.
Todos los habitantes del poblado comentarían alborozados la muerte de
Hunter, esto supondría la paz y tranquilidad para lo sucesivo.
Anduvo hacia la oficina del sheriff, al pasar lo vio sentado, conversando
con uno de sus comisarios. El sheriff le hizo un saludo con la mano, y él se
detuvo.
—Buenos días, sheriff. ¿Tranquilidad absoluta?
—Por completo, Fuller. Esos cuatreros ya han sido deshechos.
—Así da gusto vivir. La paz es un factor muy importante.
—Sí, muchacho. Es preferible que oír el silbido del plomo pasar muy
próximo de la cabeza.
Y se echó a reír ruidosamente, celebrando su graciosa ocurrencia. Spider
se limitó a sonreír y se alejó.
Aquellos hombres ignoraban lo ocurrido, ni siquiera sospecharon que
Ernie Collins estaba tan cerca de ellos. Tendrían la seguridad de que habían
huido de la región atemorizados.
Pasó por delante del saloon, el aspecto de este indicaba la acostumbrada
normalidad diaria. El mozo barría la acera, y el barman limpiaba los vasos y
arreglaba las botellas. ¿Habría desistido en última instancia Collins de
realizar sus propósitos? ¿Atemorizado por su tropiezo con él abandonó la
población al galope?
Era probable, pero Spider se obstinaba en admitirlo. El cuatrero no era un
cobarde, el odio constituía su razón más dominante y nada le haría retroceder
en su decisión. Collins, aunque tuviese la seguridad de morir, no desistiría en
su empeño de matar a Hunter.
Estuvo tentado de entrar en el saloon y hacer alguna pregunta, que le
permitiera adivinar lo ocurrido, pero no lo hizo. Si Hunter se enteraba,
sospecharía de él, y no tardaría en tenderle una celada, aunque recelaba que
esto no tardaría en ocurrir. Garnet Hunter ya habría pronunciado su sentencia
de muerte.
Cada vez tenía mayor seguridad en la muerte de Collins, todo lo indicaba,
ni teniendo ningún deseo de volver a ver el rostro sonriente de Hunter, como
no fuese para enfrentarse resueltamente a él. Era un insensato. ¿Qué
posibilidad contaba para salir ileso de la lucha?
Ninguna. Alrededor de Hunter se agruparían lo menos siete pistoleros,
aparte la ayuda que pudiera prestarle el sheriff y sus comisarios. Si hubiese en
la región muchos hombres decididos como Denny Holmes, quizá la situación
cambiase, el ranchero era valiente e impulsivo. Unos cuantos agrupados,
vencerían con facilidad a los facinerosos.
Llegó a la casa del juez y traspuso la puertecilla del jardín. Hasta aquel
instante, sus movimientos fueron decididos, pero al detenerse ante la puerta
se quedó indeciso, su mano no acababa de decidirse a tirar de la campanilla.
Al fin lo hizo; su corazón latía con violencia. Se quedó sorprendido, una
cosa así no recordaba que le hubiera sucedido. Cuando se enfrentaba con un
peligro, sus nervios permanecían inalterables, en cambio, ahora era distinto,
debiendo hacer un esfuerzo para no volverse y echar a correr. Sí, huyendo de
forma descarada.
Este desasosiego era producido por el lindo rostro de una mujer, unos
ojos grandes y azules, unos labios rojos y atrayentes. Estaba enamorado, de
haberlo puesto en duda, ahora se habría convencido de ello.
Oyó unos pasos al otro lado de la puerta, y creyó serenarse cuando al
abrirse la puerta se halló ante Betsy. Se quitó el sombrero y saludó:
—Buenos días, señorita Gleaves. He venido para enterarme cómo sigue el
señor Graham.
—Se encuentra mejor. El doctor ha afirmado que no corre ningún peligro.
—Me alegro mucho.
E hizo ademán de volverse. Pero la joven asió con fuerza por un brazo.
Spider la miró sorprendido.
—Entre, puede ver al juez. Está despierto.
—No sé si debo…
—¡Qué está usted diciendo! Naturalmente que puede verle. Se alegrará
mucho de recibir su visita.
—¿Usted cree que se alegrará?
—¿No se lo acabo de decir? —contestó con acritud Betsy—. ¿Acaso no
me ha entendido?
Spider se enfureció al oír el tono de ella; fue a replicar con dureza, pero
Betsy le cogió el sombrero.
—Lo colgaré en la percha, y no se quede ahí pasmado. Entre.
El vaquero tragó saliva con dificultad. Sentíase ofendido y agresivo; de
haber podido coger entre sus manos los hombros de la muchacha y
zarandearla, se hubiera sentido reconfortado Betsy le miraba con fijeza, como
si leyera su pensamiento. Le pareció descubrir un destello burlón en sus ojos.
—No tiene derecho a tratarme así —dijo, con las mandíbulas contraídas.
—¿Cómo le estoy tratando? —inquirió ella, sonriendo—. Solo le estoy
invitando a entrar.
—Pero sus modales no son… muy correctos.
—¿No? Y yo que creía estaba comportándome con mucha amabilidad…
Spider estaba francamente desconcertado, arrepentido de haberse
quejado. Ahora la situación era peor, no se atrevía a mirar a su interlocutora.
—Perdone. No creo haberme expresado bien…
—Ya lo creo que se ha expresado bien, señor Fuller. Le he entendido
perfectamente. Sepa que es usted bien recibido en esta casa.
El vaquero enrojeció, no lo pudo evitar. Aquella endiablada muchacha
parecía envolverle en una espesa telaraña, entorpeciendo sus movimientos.
Lo más lamentable, era que resultaban vanos sus esfuerzos para desasirse de
ella.
Masculló algunas ininteligibles palabras, y al ver alejarse a la joven, se
apresuró a seguirla. Se detuvo en el umbral de la habitación, sin atreverse a
entrar. El juez estaba reclinado en el almohadón y le sonrió.
La señora Graham le salió al encuentro y le cogió una mano entre las
suyas, apretándola con efusivo afecto.
—Me alegro de volver a verle, Fuller.
—Gracias, señora.
Y Spider se sintió emocionado ante la prueba de afecto de aquella mujer,
y esto le hizo sentirse más cohibido. Aunque hubiese salvado la vida de
Andrew Graham, no era merecedor de aquel trato. Avanzó hasta el lecho, una
vez la señora Graham le hubo soltado, y estrechó la mano del juez.
—¿Cómo se encuentra, señor Graham?
—Muy bien. El doctor ha asegurado que el levantarme será cuestión de
días.
—Me alegro. Pero no debe apresurarse, debe permanecer en la cama el
tiempo necesario.
—Es lo que le estamos diciendo —intervino la señora Graham.
—Vaya, Fuller, va a ponerse al lado de esas mujeres.
—No, no, tan solo he expresado mi parecer.
—Pues podía habérselo ahorrado —le amonestó, sonriente, Graham—.
Siéntese.
Spider asintió con un movimiento de cabeza y cogió la silla que le
acercaba Betsy. No la miró, sentíase resentido contra ella.
—Le agradezco su visita, Fuller. Es usted un buen muchacho.
—No, no lo soy. Estoy decidido a marcharme de Green Lawn.
Betsy, al oírle, se estremeció, su mirada estaba fija con ansiedad en el
vaquero, sin darse cuenta de que Dolly la miraba asombrada. El juez le miró,
sorprendido.
—¿Va a marcharse ahora? ¿A dónde irá?
—Probablemente a San Francisco.
—Haga usted lo que quiera, es dueño de hacerlo.
Spider advirtió un oculto reproche en estas palabras. Fingió no darse
cuenta.
—En realidad, me detuve en Green Lawn por casualidad, me encaminaba
hacia San Francisco. Deseo conocer esa gran ciudad, he oído hablar mucho
de ella.
Se hizo una embarazosa pausa. Betsy preguntó:
—¿Ha desayunado, señor Fuller?
—Sí, muchas gracias.
—¿Quiere una taza de café?
—No, no.
—Le aconsejo que acepte —intervino la señora Graham—. Betsy sabe
prepararlo muy bien.
—Entonces, no tendré más remedio que aceptar.
Betsy salió rápidamente de la habitación, sus ojos brillaban de alegría al
oír que Spider aceptaba. No tardó en regresar y ofreció la taza humeante al
joven.
—¿Qué le parece el café? —preguntó el juez, cuando el vaquero lo hubo
bebido.
—Es… es delicioso.
—Gracias, señor Fuller. Es usted muy amable.
Spider se vio precisado a desarrugar el ceño, ante la radiante sonrisa de la
joven. El juez llamó la atención de Spider.
—¿Qué desea?
—Alárgueme la pipa, muchacho.
—¿No le perjudicará fumar, señor Graham?
—No, el doctor no me lo ha prohibido.
No obstante, Spider miró a la señora Graham, y esta hizo un gesto
afirmativo. El juez llenó la pipa con visible satisfacción, luego ofreció el
tabaco al joven, este aceptó.
Las dos mujeres salieron de la habitación, comprendiendo que los dos
hombres conversarían con más libertad sin su presencia. Graham prendió
fuego al tabaco y exhaló una bocanada de humo.
—Nunca le podré agradecer lo que hizo por mí, muchacho.
—Eso ya me lo ha dicho varias veces, juez Graham.
—Sí, lo sé. Pero aquellos hombres estaban decididos a matarme. Todo
fue preparado, estaban pagados por Garnet Hunter.
—Es posible.
—¿Por qué intervino?
—Me indignó. Nunca he podido presenciar un asesinato sin intervenir.
Eso es todo.
—¿En qué posición se ha colocado?
—No le entiendo.
—Sí, me ha entendido perfectamente. A Hunter no le habrá gustado que
haya evitado mi muerte.
—Me es indiferente su actitud.
—Ese hombre es vengativo y no le perdonará.
—Que intente atacarme. No me cogerá desprevenido.
Graham movió la cabeza, su enérgico rostro reflejaba temor.
—Esos pistoleros le matarán, muchacho.
—No tiene importancia. Alguna vez hay que morir, juez Graham.
—Me molesta oírle hablar así. Es joven, el porvenir aún no tiene
horizontes para usted. Le he observado y no le creo un vulgar pistolero.
—Le agradezco la opinión que se ha formado de mí, no sé si la merezco.
El juez no llegó a responder, se abrió la puerta y entrando Denny Holmes.
El ranchero sonrió abiertamente a Spider, tendiéndole la mano. Spider la
estrechó con fuerza, agradecido por la prueba de amistad que le ofrecía.
—Me he enterado de lo ocurrido, Fuller. ¿Qué le dijo Garnet Hunter?
—Desde luego, no se mostró muy efusivo.
—Usted corre un inminente peligro. Hunter es vengativo y no le
perdonará, aprovechará la primera oportunidad que se le presente para
eliminarle. Yo estoy a su lado.
—¿Para qué?
—Para combatirle. No estoy dispuesto a soportar sus injusticias, el
atentado contra el juez indica que se halla dispuesto a todo, hasta tenernos
sometidos a su capricho.
—Eso deben comunicárselo al sheriff.
—¡Bah, ese hombre es un farsante! Se limita a cumplir las órdenes de
Hunter.
—Entonces oblíguenle a presentar la dimisión de su cargo, nombren a un
sheriff honrado y decidido. Garnet Hunter estará controlado, en cuanto
intente una fechoría le detienen, y en paz.
—En teoría es muy fácil de realizar.
—Solo es necesario mostrarse enérgicos. Son ustedes superiores en
número a esos bandidos.
—¿Quién aceptará el cargo de sheriff?
—Algún vaquero.
Holmes meneó la cabeza, luego miró con fijeza a su interlocutor y dijo
con lentitud:
—Nadie más indicado que usted, Fuller.
—¿Yo? ¡Se ha vuelto loco, Holmes!
El juez había escuchado interesado a los dos hombres. Alzó la mano,
atrayendo su atención.
—Holmes ha expresado la opinión de todos los habitantes de la región.
—¿Yo sheriff? —y Spider lanzó una carcajada—. Nunca se me había
ocurrido desempeñar semejante cargo…
—Acepte —le instigó Holmes.
—No. Les agradezco la confianza que han puesto en mí, pero no acepto.
Tengo que ajustar una pequeña cuenta pendiente con Hunter, después
marcharé de la región.
Holmes le asió con fuerza por un hombro.
—No sea loco, Fuller. Usted no podrá contender contra esos hombres, le
matarán.
—Es posible —asintió el vaquero, sin inmutarse—. Me alegraré que se
mejore pronto, señor Graham. Adiós, Holmes.
Y salió de la habitación, mientras los dos hombres se miraban con
expresión desconsolada.
Spider se despidió de las dos mujeres, y salió a la calle, llevándose
consigo una intensa mirada azul que le hizo estremecer. Betsy le estrechó la
mano con inconfundible afecto, y todo su rencor se desvaneció.
Las dos mujeres entraron en la habitación. Betsy se inclinó sobre el juez y
preguntó con ansiedad:
—¿Qué ha dicho Fuller?
—Tiene que ajustar una cuenta pendiente con Hunter.
—Lo matarán. Holmes, tiene que ayudarle.
El ranchero la miraba sorprendido, le impresionó su vehemencia,
comprendiendo la verdad.
—¿Tanto le quieres?
La joven asintió con un movimiento de cabeza. Holmes le golpeó la
espalda con ternura.
—No te preocupes, Betsy. Procuraré proteger a ese obstinado vaquero,
aunque él no quiera.
CAPÍTULO X

SPIDER salió conmovido de la casa del juez Graham. La confianza de


aquellas excelentes personas depositada en él le impresionó. No se creía
merecedor de ella, su conducta no fue digna. Aunque en realidad no había
realizado ningún acto vergonzoso, lo cierto es que se hallaba asociado a
Garnet Hunter.
Se encaminó hacia el saloon. Tan solo había un viejo trampero cuando
entró. Se sentó en un rincón, el mozo se le acercó solícito.
—¿Ron, Fuller?
—Sí.
El mozo le llenó la copa y dejó la botella por si deseaba beber más. Media
hora transcurrió, sin que Spider lo advirtiese. Su mirada recorría la amplia
sala, como preguntándose lo ocurrido entre aquellas paredes la noche
anterior.
Lo suponía. Collins debió fracasar en su intento, pagando con la vida, de
lo contrario no existiría tanta tranquilidad. Lo lamentaba, no por Ernie
Collins, este era un asesino, sino por la seguridad que en sí mismo tendría
ahora Garnet Hunter.
Notó sobre sí una extraña influencia, levantando la cabeza con viveza, su
mirada tropezó con la de Flash Scott, y esta era punzante, malévola. El
pistolero descendía los peldaños. Spider desvió la mirada, como si no diese
importancia a su presencia, a pesar de haber visto tras él a Garnet Hunter.
Los dos bandidos se acercaron a la mesa que ocupaba. Hunter sonrió
ampliamente al decir:
—¡Hola, Fuller! Hoy es un día magnífico para nosotros.
Con aquellas palabras, Spider tuvo la confirmación de sus temores; sin
embargo, permaneció impasible, limitándose a preguntar:
—¿Cuál es la causa?
Los dos bandidos se sentaron frente a él. Hunter gritó:
—¡Whisky, Johnson!
Se volvió hacia el vaquero, su semblante irradiaba de satisfacción.
—Collins ha dejado de ser una amenaza para nosotros.
—¿Ya ha muerto?
—Sí, Scott lo mató anoche. El insensato se atrevió a entrar aquí.
Y lanzó una estruendosa carcajada. Una vez hubo cesado en su hilaridad,
relató lo ocurrido, aunque modificando por completo su actitud, ocultando su
temor.
—Desde luego, es una excelente noticia.
—Ahora somos los dueños absolutos de esta parte de California. Nadie se
atreverá a oponerse a nuestros deseos, obtendremos grandes beneficios.
—Sí, no lo dudo.
—¿Cómo sigue el juez Graham? —preguntó con suavidad Scott.
El rostro de Spider no se alteró; miró al pistolero con naturalidad, sin dar
muestras de haberse sorprendido por esta pregunta.
—Bastante mejorado. Le prometí visitarlo.
—Bien hecho —asintió Hunter, sonriendo—. Es un acto de cortesía para
nuestra primera autoridad.
Hunter hizo una pausa. En ella percibió Spider un inminente peligro,
aquellos hombres habían decidido terminar con él. Estaban disgustados con
su conducta, y ahora ya no le creían útil para sus planes. Se creían los dueños
de la situación.
—Scott ha recibido una importante recompensa per haber matado a
Collins, no ignora lo bien que pago los buenos servicios que me prestan. Esta
tarde daré una fiesta para los muchachos; usted también está invitado.
—Asistiré. No puedo faltar a ese acontecimiento.
—Lo será, lo será —aseguró Hunter, con tono enigmático—. Scott está
dispuesto a gastar hasta el último centavo. Es muy derrochador.
—Hace bien; he descubierto que carece de valor.
—No vaya a convertirse en un filósofo, Fuller.
—No sé cuál es el significado exacto de esa palabra, pero si se trata de
algo extraño, no. Me gusta ser una persona normal, sin peculiaridades
extravagantes.
—Se explica bien, Fuller. Siempre he dicho que es usted muy listo.
Spider solo bebió dos copas, sus acompañantes varias más. Cuando se
separaron, el joven anduvo por las calles paseando con lentitud, sumido en
sus pensamientos. Aparentaba una absoluta indiferencia, pero cada vez era
dominado más por sus pensamientos, hasta el extremo de estar obsesionado
por estos. Esto no le permitía controlar con exactitud lo que ocurría a su
alrededor, siendo peligroso, pues se hallaba expuesto a ser víctima de un
inesperado atentado.
Decidió llegar hasta un lugar solitario, sentándose de espaldas a un
macizo rocoso. Si le amenazaba un peligro, este se le presentaría de frente, no
siendo sorprendido de improviso.
Entonces fue cuando pensó de lleno en la conversación acabada de
sostener con Hunter y Scott. Aquellos dos hombres se consideraban dueños
absolutos de la región, tras haberse desembarazado de Ernie Collins. Ahora
se permitirían el lujo de fanfarronear a sus anchas, teniendo la certeza de que
nadie osaría hacerles frente.
Bueno, nadie no. Quedaba él, y ellos se proponían quitarle del medio. La
fiesta organizada por Scott, encubría un fin, y este no era otro que su muerte.
Lo comprendió instantáneamente, y aceptó sin vacilar. No temiendo las
consecuencias que pudiera acarrearle. Su atención estaría dedicada a Flash
Scott, para después contender con Hunter. En forma alguna le perdonaba la
alevosa bofetada que le propinó; su mejilla aun parecía arderle, como si
continuase notando el contacto de la mano del aventurero.
Asistiría a la fiesta, afrontando los acontecimientos.

***
Acababa de comer y Spider se lavó cuidadosamente, alisando sus
cabellos. Cualquiera que le hubiese estado observando, no hubiera vacilado
en creer que se proponía asistir a un baile, con el único fin de divertirse.
Quizá hubiese cambiado de opinión al verle observar con atención sus
revólveres, comprobando su buen funcionamiento y estar completas sus
cargas.
Se dirigió con paso firme al “Green Dragon”. Tan pronto empujó la
puerta batiente, comprobó que Hunter no le exageró; la fiesta organizada por
Flash Scott era animadísima.
Respondió sonriente al jovial saludo de Hunter, comprobando que Scott
no se hallaba a su lado. El saloon no estaba lleno, ni mucho menos; los
asistentes eran los componentes de la cuadrilla de Hunter, el sheriff y sus
comisarios, aparte de algunos hombres que, encontrándose allí por
casualidad, se agregaron al jolgorio.
No tardó en llegar Scott. Su mirada se posó, burlona y desafiadora, sobre
Spider. Este permaneció impasible.
—Me alegro de verle aquí, Fuller.
—Ya le dije que vendría.
—Beba cuanto quiera. Todo lo pago yo.
—Es usted muy generoso.
—Siempre lo he sido. Nunca me ha asustado nada.
Y sus ojos se posaron, provocadores, sobre Spider. Este ya no tuvo
ninguna duda sobre sus intenciones, ansiaba hacerle perder el control de sus
nervios, obligándole a empuñar su revólver. Se prometió no seguir su juego,
no porque le temiera, sino por lo apurado de su situación en el caso de
vencer. Se hallaría rodeado de enemigos y estos se apresurarían a disparar
contra él.
Cada vez, los intentos de Flash Scott eran más descarados, siendo
evidentes para los hombres que estaban alrededor de ellos. Hunter sonreía
sarcástico, gozando con aquella situación, esperando que se derrumbase la
máscara tras la que se encubría Spider.
Poco a poco, la sonrisa de Hunter se fue borrando, la impasibilidad de
Spider Fuller se mantenía firme, ante las soeces palabras y burlones
comentarios de Flash Scott.
No era posible provocarle abiertamente, quería darle apariencia de reyerta
improvisada. Hizo una señal a su cómplice, como insinuándole que
precipitase los acontecimientos. Scott se encogió de hombros, como diciendo
que no sabía qué hacer, pero sus ojos brillaron de júbilo al ver a Jean, y
asintió con la cabeza.
Se acercó a la joven y rodeó su cintura con un brazo, atrayéndola hacia él.
—Estás muy bonita, Jean —dijo en voz alta, haciendo que la atención se
concentrara en él.
Jean, sorprendida por su inesperada acción, intentó desprenderse, pero no
le fue posible. Scott la sujetaba con fuerza.
—Déjeme —suplicó la bella artista.
—Dama un beso, preciosidad.
Ella forcejeó para desasirse, pero el pistolero la mantenía con firmeza.
Pareció enfurecerse por su resistencia y barbotó:
—Conque no quieres, ¿eh?
Y cogiendo los cabellos de la joven, de un brutal tirón la obligó a levantar
la cabeza Y mientras Jean lanzaba un grito de dolor, él se inclinó para besar
sus labios.
No llegó a hacerlo, una mano poderosa le asió por el hombro obligándole
a volverse. Sus ojos miraron con odio a Spider Fuller, e intentó golpearle,
pero el vaquero se le adelantó y con un potente derechazo lo derribó al suelo.
Spider permanecía erguido, mirando sin pestañear a Scott. No pudo
contener su indignación ante el brutal atropello. Su encuentro con el pistolero
no podía ser evitado, y no iba a consentir que Jean fuese una víctima
inocente. Esto le decidió a intervenir.
Jean corrió hacia el joven.
—No te pelees por mí, Spider.
Él la sujetó con un brazo, sin apartar la mirada del pistolero.
Scott le miraba con odio, los efectos del golpe recibido habían
desaparecido, y su sonrisa se acentuó al ver que el brazo derecho de Spider
sujetaba a Jean. La ocasión era la más adecuada para disparar.
Rápido, empuñó su “Colt”. Sonó una detonación y en los ojos del
pistolero apareció el asombro y el dolor. Spider Fuller se le había adelantado
con la mano izquierda. Se trataba de una terrible humillación para su fama de
gun-man. Lanzó un estertor de agonía y se desplomó hacia atrás.
Spider empujó a Jean hacia atrás.
—Sal enseguida.
Y en su mano derecha apareció el otro revólver, haciendo con ellos un
círculo amenazador. Al mismo tiempo se oyó la voz de Hunter:
—¡A él, ha asesinado a Scott! ¡Hay que linchar al asesino!
—¡Todos quietos! Que nadie se mueva, quiero ver todas las caras.
El sheriff dio un paso hacia adelante, sus manos estaban separadas de sus
revólveres.
—Entréguese, Fuller.
—¿Por qué debo entregarme? —inquirió el vaquero con dureza.
—Ha matado a Flash Scott.
—Todos han sido testigos de que ha sido en legítima defensa. Empuñó el
revólver antes que yo.
—¡No es cierto! —aulló Hunter, exasperado—. Es un asesino.
—No se preocupe, Hunter. Aún nos veremos.
Y por un instante, uno de sus revólveres encañonó al aventurero, y este se
encogió, atemorizado.
Spider retrocedió hasta la puerta, con la pierna la abrió y con la mirada
miró a la calle. Inmediatamente apretó el gatillo de un “Colt”; uno de los
pistoleros dejó caer un revólver, mientras se oprimió el brazo.
—Había dicho que nadie se moviera.
Lo que había visto en la calle le llenó el corazón de esperanza. Esta se
hallaba desierta, exceptuando a varios jinetes inmóviles, al frente de los
cuales estaba Denny Holmes.
Salió del saloon, tras haber dado tiempo a Jean de alejarse. Corrió hacia
la casa de enfrente, viendo como Holmes le hacía un amistoso ademán. Se
arrojó al suelo, en una rápida media vuelta quedó frente al saloon, y disparó
en el momento de salir tres hombres. Uno de estos se llevó las manos a la
cabeza, y se desplomó.
Una lluvia de plomo cayó sobre Spider; el joven notó un agudo dolor en
un costado, pero mordiéndose los labios, continuó disparando. Los pistoleros
se precipitaron en busca de la ansiada presa, entre ellos el sheriff y sus
comisarios.
De pronto, la calle Mayor retumbó bajo los efectos del galopar de
numerosos caballos. Holmes y los vaqueros que logró reunir a su alrededor,
se lanzaron sobre los forajidos disparando con saña. El desconcierto se
apoderó de los secuaces de Hunter, los balazos causaron numerosas víctimas
en los primeros instantes. Intentaron la huida, pero los vaqueros, enardecidos,
les persiguieron, disparando a matar, respetando a los que se rendían.
La batalla campal apenas duró tres minutos, pero estos escasos minutos
fueron testigos de una horrenda matanza. Tan solo un vaquero resultó herido,
siendo recogido por sus compañeros; los forajidos, cogidos en aquella
improvisada trampa, fueron destruidos.
Holmes saltó de su montura y corrió hacia Spider, pues habíase dado
cuenta de que un balazo le alcanzó. Se detuvo sorprendido; Spider avanzaba
erguido hacia el saloon, su aspecto era tranquilo, a pesar de estar su camisa
manchada de sangre.
—Fuller, vaya a curarse.
El vaquero movió negativamente la cabeza.
—Aún no, Holmes. Me queda una cuenta que ajustar.
El ranchero no trató de volver a insistir. Y Spider continuó avanzando
implacable. Empujó la puerta batiente.
Hunter, pálido y tembloroso, le contemplaba, su mano empuñaba un
revólver, pero no hizo ningún ademán para encañonar a su enemigo.
—No me mate, Fuller. Le daré mucho dinero… todo el que tengo.
Spider lo miró con desprecio. Se hallaba dispuesto a matarlo, nadie podría
evitarlo.
—Tenemos una cuenta que ajustar, Hunter. Me propinó una bofetada.
El facineroso sonrió, es decir, su cara se contrajo en una mueca.
—Eso no tiene importancia. Se trata de un golpe. Yo te daré miles de
dólares, serás rico.
—Defiéndete —dijo el vaquero, implacable.
Y su mano se posó en su costado, tambaleándose. La herida le dolía,
temiendo que la pérdida de sangre le debilitase.
Los ojos de Hunter fulguraron de alegría. Acababa de darse cuenta de que
su temible enemigo se desvanecía, y quiso aprovechar la ocasión que se le
presentaba. Rápido, alzó su revólver, presto a disparar. Pero Spider no le
perdía de vista y comprendió su intención.
El "Colt” de Spider escupió plomo, y su enemigo se desplomó sobre la
silla, herido de muerte. Hunter reunió las energías que le quedaban antes de
morir. Ansiaba alcanzar al vaquero. Levantó el brazo y lo dejó caer a lo largo
del cuerpo, desplomándose de bruces sobre la mesa. Un certero balazo
acababa de destrozarle el corazón.
Spider se apoyó en la pared. Las fuerzas empezaban a faltarle. Holmes,
silencioso testigo de la mortal contienda, corrió hacia él, sosteniéndole entre
sus brazos.
—Gracias, Holmes.
—A ti debemos estar agradecidos. Nos has librado de estos bandidos.
Y cogiendo al vaquero entre sus brazos, lo condujo a la casa del juez. En
el breve espacio de unos días, un herido era transportado a ella de la misma
forma. Betsy se lanzó sobre él, dando un grito de angustia. Holmes sonrió,
tranquilizador.
—No temas, Betsy. La herida no es grave.
—Gracias, Dios mío.
Spider abrió los ojos y sonrió, volviendo a perder el conocimiento.
Cuando recobró la noción de lo que le rodeaba, sintió un terrible dolor en
el costado. Hizo un movimiento para incorporarse, notando que unos brazos
le sujetaban con fuerza. No intentó resistir al oír una voz:
—Quieto, Spider. El doctor está extrayendo el pedazo de plomo.
Apretó los dientes y aguantó el dolor. El doctor acabó pronto, lanzando
una triunfal exclamación:
—¡Ya está! Este tampoco morirá de esta herida.
Betsy se aproximó al herido y le acarició la frente, luego besó sus labios
con ternura.
—Eres magnífico, querido.
El estupor impidió protestar al vaquero, cuando reaccionó, dijo:
—¿Te has vuelto loca, Betsy? ¡Hay mucha gente!
—No me importa, cuando estés curado, nos casaremos.
—Yo no…
—Te has declarado. Todos son testigos.
Spider miró con estupor los rostros sonrientes del doctor, Holmes y la
señora Graham. Sus facciones se serenaron, en sus labios apareció una
indolente sonrisa.
—Pero el juez Graham, no.
—No te servirá de escapatoria, Spider Fuller, desastrado vaquero —le
amonestó Betsy, con dulzura—. Ya se ha enterado y se ha puesto muy
contento. No querrás contrariarle, ¿verdad?
—Siendo así…
—¡Eres un solemne hipócrita!
—No consiento que me insultes, seré tu marido y me debes…
No pudo continuar. Los adorables y suaves labios de Betsy se lo
impidieron.

FIN
METIDO EN UNA ENCERRONA
por
Sam Fletcher

Al levantarse Lanman se arrojó inmediatamente sobre Rick Master y,


lanzándole la derecha en catapulta, le abrió una ceja.
De no haberse echado hacia atrás Rick Master, el terrible golpe lo hubiese
dejado fuera de combate.
A pesar de mantenerse en pie, Rick Master no pudo evitar un grito de
dolor.
Pero Rick Master no se achicó, ni pasó a la defensiva. Lo que hizo fue
encorajinarse y replicar con más energía, lanzando golpes, desde todos los
ángulos, al cuerpo y al rostro del gigantón.
La gente se había dado cuenta del terrible golpe que Rick Master acababa
de recibir.

Peleas sin tregua… Hombres convertidos en


gigantes… ¡dispuestos a matar…!

Así son los personajes de la sensacional


novela

METIDO EN UNA ENCERRONA

¡Léala en el próximo número!

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