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20 Lunfardo

El relato narra la experiencia del Gordo Luis, quien, en un intento por conseguir dinero para las fiestas, se disfraza de Papá Noel en un caluroso día de verano en Rosario. A pesar de las adversidades, como el calor extremo y la falta de agua, termina accidentalmente emborrachándose con vino blanco y regalando electrodomésticos a la multitud, lo que provoca un caos que atrae la atención de la policía. Finalmente, logra escapar de problemas legales, reflexionando sobre la absurdidad de las tradiciones navideñas impuestas y su conexión con la cultura local.

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20 Lunfardo

El relato narra la experiencia del Gordo Luis, quien, en un intento por conseguir dinero para las fiestas, se disfraza de Papá Noel en un caluroso día de verano en Rosario. A pesar de las adversidades, como el calor extremo y la falta de agua, termina accidentalmente emborrachándose con vino blanco y regalando electrodomésticos a la multitud, lo que provoca un caos que atrae la atención de la policía. Finalmente, logra escapar de problemas legales, reflexionando sobre la absurdidad de las tradiciones navideñas impuestas y su conexión con la cultura local.

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TE DIGO MÁS de Roberto Fontanarrosa

¿Te conté la del Gordo Luis cuando hizo de Papá Noel? Es mundial la del Gordo
Luis cuando hizo de Papá Noel. Casi se convierte en otra víctima del imperialismo
salvaje, el pobre Gordo. Del colonialismo, por decirlo de otra manera. Porque, decime
vos, ¿qué tiene que ver con nosotros y con nuestras costumbres el Papá Noel? ¿Quién
le dio chapa al Papá Noel? Un tipo vestido como para ir a la nieve, abrigado como para
ir a la Antártida, en un trineo tirado por renos. ¡Renos, mi querido! ¿Cuándo viste un
reno? ¿Alguna vez te fuiste a Buenos Aires en auto y viste al costado del camino un
reno morfando pasto debajo de un árbol? Ni siquiera en el sur, donde hace frío y a veces
nieva encontrás un reno, ni queriendo. Siempre repetimos lo mismo, eso ya está dado
así y está impuesto. Tampoco pretendo que para Navidad aparezca un tío o abuelo
disfrazado de Patoruzú a repartir los regalos porque quedaría ridículo (…). Pero el
pobre Gordo casi la palma con esa historia... ¿No te conté la del Gordo Luis? Porque se
la cuento a todos. Fue hace como quince años. El Gordo estaba en la lona total. Pero en
la lona lona, no tenía un mango partido por la mitad. Lo habían despedido de la
proveeduría donde laburaba y lo ponías cabeza abajo y no le caía una moneda. Para
colmo, se venían las fiestas y algo había que comprar para poner arriba de la mesa el
24 a la noche. El Gordo tiene dos pibes que eran muy chiquitos en ese entonces y a esa
edad no les vas a andar explicando el fato del Fondo Monetario Internacional, la
tecnología que reemplaza a los trabajadores y todas esas cosas. La cuestión es que
empezó a buscar laburo, alguna changa, cualquier cosa, trabajar de lo que fuera.
Primero empezó por su barrio, con los amigos y conocidos, ahí por Mendoza al fondo.
Ya después entró a andar por cualquier lado para conseguir algo. Y resulta que en el
barrio Echesortu, una vieja que tenía una casa bastante grande de electrodomésticos le
ofrece disfrazarse de Papá Noel y repartir caramelos a los chicos en la puerta para
promocionar el negocio. Lo de siempre. Le tiraba unos mangos, por supuesto, que al
Gordo le venían bastante bien. Y ahí fue el Luis, che. Ahora, imaginate la escena,
porque estamos hablando de Rosario, Capital de los Cereales, ubicada a orillas del
anchuroso Río Paraná. El Gordo Luis, tenés que pensar en un tipo arriba de los cien
kilos, fácil fácil debe andar por los 120 porque es alto, grandote, Luis. Y te digo que
resultaba perfecto para papá Noel porque el Luis es más bueno que Lassie, nunca lo he
visto enojado al Gordo, es un pan de Dios. Pero tenés que tener en cuenta una cosa,
ineludible. Rosario... pleno pleno verano... mediodía, un sol de la madre que lo reparió,
algo así como 38 grados a la sombra, y ese gordo metido adentro de un traje de Papá
Noel con una tela tipo felpa así de gruesa, así de gruesa, no te miento: gorro, barba de
algodón, bigotes, botas y guantes. ¡Guantes! Porque la
vieja era una vieja conservadora, que quería que el Gordo se pareciera exactamente a
Papá Noel y que se vistiera todo como correspondía, el pobre Gordo. Pero vuelvo al
tema. Doce del mediodía, pleno diciembre, un sol que rajaba la tierra, un calor infernal,
los pajaritos que se caían muertos al piso por la canícula, se venían en baranda y se
desnucaban contra la vereda... Y el Gordo ahí, che, con el traje de lana gruesa, barba y
bigote, sacudiendo una campana de papel maché o algo así y dándoles caramelos a los
chicos que se juntaban para verlo. A los quince minutos, a los quince minutos, te juro,
el traje del Gordo ya no era colorado... era violeta, violeta era por la transpiración a
chorros que largaba el Gordo. Me contaba después –porque todo esto me lo contó él
mismo- que sentía las botas llenas de agua, como si las hubiera metido en un balde de
agua caliente, le chapoteaban. Todo alrededor, no te miento, todo alrededor, en el piso,
en un diámetro de ocho metros más o menos en torno al Gordo, parecía que habían
baldeado. Toda la vereda mojada, de lo que chivaba el Gordo, se le saltaban los
goterones de la cabeza, parecía las Aguas Danzantes el Gordo, imaginate. Te digo
que ya era un espectáculo grotesco, lamentable, pero Luis le seguía metiendo voluntad,
le ponía ganas, caminaba de un lado al otro, se reía, llamaba a los chicos, hablaba en
voz alta, hasta creo que disfrutaba, incluso, de ser un centro de atención para la zona.
En eso, una vecina, una vieja de esas que nunca faltan, que están al divino cohete como
bocina de avión, que vivía a unas dos puertas del negocio de electrodomésticos, sale a
la puerta y lo ve al Gordo. O escuchó el griterío y salió a ver qué pasaba. Lo ve al Gordo
y se apiada de él... ¿Viste? Esas viejas comedidas, bienintencionadas, chuecas, que
caminan medio encorvadas, que les cuesta moverse pero que rompen las pelotas
permanentemente, un cuete la vieja. Se manda para adentro de nuevo la vieja, flaquita,
¿viste? Bajita, canosa con un rodete y aparece al rato con una jarra así de grande, pero
así de grande, con un líquido amarillento que parecía limonada, lleno de hielo.
Transpiraba de fría la jarra. Y se la ofrece al Gordo. El Gordo medio le dice que no,
que no se hubiera molestado, que no puede desatender su trabajo, pero, en definitiva, la
acepta, lógicamente. Además, los del negocio de electrodomésticos no le habían
alcanzado ni un vaso de agua al Gordo. ¡Al pobre Luis que se estaba deshidratando
como un chancho y que le picaba todo y que andaba como mono con tricota el
desgraciado, no le habían dado ni agua! Lo que pasaba también es que a esa hora había
quedado un solo encargado en el negocio. La vieja que contrató a Luis no había venido.
El dueño del boliche, esposo de la vieja que contrató a Luis, tenía como cinco negocios
por otras partes de la ciudad y andaba de recorrida; y el otro empleado que laburaba ahí
se había quedado en el fondo del local, rascándose debajo del único ventilador de techo
que tenían esos miserables.
La cuestión es que la vecina saca un banquito chiquito a la calle, lo deja al lado de la
puerta de su casa, medio sobre el umbral para que no le diera el sol directo, le dice a
Luis “Aquí se lo dejo”, y ahí se lo deja. Cuando el Gordo pudo zafar un poco del piberío,
te imaginás que con ese calor llegó un momento en que había mucha menos gente en
la calle, se prendió a la limonada y se bajó media jarra de un saque. Pero resulta que no
era limonada. Era vino blanco. La vieja le había zampado en la jarra un par de botellas
de vino blanco, le había metido hielo a rolete y se lo había dejado ahí, con la mejor de
las intenciones. El Gordo, con la desesperación, con el calor que tenía en el cuerpo,
recién se dio cuenta cuando ya se había mandado más de catorce litros sin respirar, de
un saque. Y, aparte, seamos sinceros, cuando ya se dio cuenta, no pudo parar. Te estoy
hablando de un muchacho de 120 kilos después de estar moviéndose casi tres horas a
pleno sol con 4000 grados de temperatura. No pudo parar. Se mandó todo el vino
blanco de una, fondo blanco. Bueno... te imaginarás... te imaginarás la borrachera que
se levantó ese muchacho. Una curda inmediata y espantosa, demencial, una curda
como para trescientas personas Casi no había desayunado, estaba sin almorzar, no
había morfado ni tan siquiera un pancho con una coca y se manda casi dos litros de
vino blanco bien helado. Para colmo el Gordo no era un tipo que tomara mucho
alcohol, al menos que yo recuerde. Un poco de vino, con la cena, nada más. Alguna
copita de sidra. O, a veces, en los bailes, alguno de esos tragos maricones con el gin-
tonic, pero con mucha más agua tónica que otra cosa. No te digo que empezó a cantar
taradeces, ni a caminar torcido, ni a vomitar contra las paredes ni nada de eso. Pero
entró a regalar todo lo que tenía a su alcance, se le dio por la beneficencia, le dio un
ataque de comunismo acelerado. Primero terminó en cinco minutos con la existencia
de caramelos y chocolatines que tenía para toda la tarde... ¡Y después empezó a regalar
los electrodomésticos! Empezó regalándole una tostadora eléctrica a uno. Después
regaló un ventilador a la madre de otro de los pibes, siguió con multiprocesadoras,
veladores, hornos a microondas... Llamaba a la gente a los gritos, entraba al negocio y
les daba algo, repartía, entregaba todo. Y el empleado que se rascaba adentro del
negocio ni se dio cuenta, debía estar en el fondo, en una oficinita que estaba detrás,
arreglando papeles, o apoliyando una siesta mientras esperaba que se hiciera la hora en
que el patrón llegaba. Lo cierto es que, te imaginás, a los quince minutos, en la puerta
del negocio había un mundo de gente, que venía de todas partes alertada por los otros
que ya habían ligado algo de arribeño, por la mamúa del Gordo. La gente pensaba
que era una promoción del negocio o, en todo caso, se hacía la turra, cazaba los
artefactos, se los llevaba y a otra cosa mariposa, si te he visto no me acuerdo, andá a
cantarle a Gardel. Tremendo lío frente a la puerta del negocio, una multitud
amontonada allí, ya no sólo chicos, te cuento. Chicos, grandes, medianos, jovatos,
familias enteras tratando de aprovechar la generosidad de Luis. En eso aparece el dueño
del boliche, un pelado con cara de amargo que llegó en su auto, un coche nuevo. Y
cuando el tipo se dio cuenta de lo que estaba pasando se puso loco. Entró a gritar, a
arrebatarle las cosas a la gente, a recuperar licuadoras, televisores, radios, que la gente
se llevaba. A los gritos ese hombre, desesperado, tironeando con los beneficiarios.
Ante el despelote se despertó el empleado de adentro y salió a ayudarlo al pelado. Había
tironeos, forcejeos, agarrones, hasta voló algún puñete. Y en eso llegó la cana, un
patrullero que andaba de ronda. En el despelote, cuando medio se enteró de cómo había
venido la mano por lo que contaban los que se piraban con las licuadoras y todo eso,
que gritaba que Papá Noel se las regalaba, el pelado les indicó a los policías que lo
metieran en cana al Gordo, responsable de todo ese quilombo. Y bien dice el Martín
Fierro, que no hay nada como el peligro para refrescar a un mamado. Ahí el Gordo se
despejó, se dio cuenta, volvió a la realidad, se esclareció el Gordo. Pero te conté que
es un tipo manso, un tipo tranquilo, no se iba a poner a resistirse o a echarle la culpa a
nadie. Supo que tenía la culpa y, entonces, todavía medio tambaleante, bajó la sabiola,
se fue para adentro del negocio para cambiarse la ropa en el baño y meterse, derecho
viejo, solito, sin que nadie le dijera nada, adentro del patrullero. Afuera seguía el
despiole entre el pelado, su empleado, la gente y los canas que ahora también se habían
unido a la tarea de recuperar todo lo que había regalado el Gordo. El Gordo fue el baño,
se mojó la cara, cosa que terminó de despejarlo, se sacó esas pilchas de Papá Noel, se
puso la ropa que había llevado él en un bolsito y salió de nuevo para la calle. Cuando
salía para la calle –el negocio es bastante largo- lo ve venir al dueño con uno de los
canas, desencajado el pelado, a las puteadas, buscándolo. Claro, lo ve al Gordo sin el
traje colorado, de camisita celeste y pantalones vaqueros, un bolso en la mano, pelo
negro achatado por el agua de la canilla, y no lo reconoce. No lo reconoce porque
tampoco era él quien lo había contratado sino su esposa. “¿Adónde está? ¿Adónde
está?”, me contaba el Gordo que preguntaba el pelado. Y el Gordo pensó que se refería
al traje de Papá Noel que él se había sacado. Yo no sé si el Gordo lo entendió así,
seguía en curda o se hizo bien el gil, la cosa es que señaló hacia el baño y el pelado y el
policía se mandaron para allí. Cuando el Gordo salió a la calle todavía había un
amontonamiento de gente y el otro empleado discutía con medio mundo reclamando
facturas o recibos de compra. Nadie lo reconoció entonces al Gordo, sin el disfraz.
Incluso, de última, el otro policía del patrullero, que se había quedado afuera, lo encara
al Gordo cuando el Gordo ya se piraba y el Gordo piensa “¡-Sonamos!”.
Y el cana le pregunta: “¿Ese bolso es suyo?”. El Gordo me contó que él le iba a decir
la verdad, que sí, que era suyo. Pero tuvo miedo de que el cana le hiciera más preguntas
o que se lo hiciera abrir y le dijo: “No, lo vengo a devolver”. Y se lo entregó, un bolso
barato que después de todo a él no le servía. Casi termina preso el Gordo, mirá vos.
Zafó porque la vieja que lo contrató tampoco sabía ni cómo se llamaba, ni adónde vivía
. Y yo le dije al Gordo, después, en el club. “El año que viene ofrecete para algún
pesebre viviente, Gordo.” “De lo único que puedo hacer yo en un pesebre viviente es
de vaca, Zurdo –me decía el Gordo-… de vaca”. Pero por lo menos es un animal
conocido, ¿no es cierto? Un bicho familiar al paisaje, el rumiante emblemático de la
pampa, base de la riqueza de nuestro país. Algo nuestro... ¡Qué me vienen con que a
los chicos les gusta Papá Noel, el trineo y los alces esos! ¡Pobre Gordo! Estuvo a punto
de convertirse en una nueva víctima del capitalismo salvaje. FIN

Lunfardo: conocé de dónde vienen muchas


de las palabras que usamos a diario
4 DE SEPTIEMBRE DE 2017

Existen aproximadamente 6 mil términos y,


según la Academia Argentina del Lunfardo, se
agregan alrededor de 70 cada año
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El lunfardo es un producto de las lenguas de las corrientes
inmigratorias de finales del siglo XIX y principios del XX y
nace en el hacinamiento de los conventillos por
la necesidad de comunicarse. Pero sería tiempo después
que a este tipo de habla popular se lo conocería como
“lunfardo”. El 5 de septiembre de 1953 aparece el
libro “Lunfardía”, del escritor argentino José Gobello, que
rescata ciertas palabras y convierte el lunfardo en hecho
lingüístico. De ahí que todos los 5 de septiembre se celebra
el día del lunfardo. La palabra “lunfardo” tiene su origen en el gentilicio “lombardo”,
término que llegó a ser sinónimo de ladrón porque los lombardos fueron, en el siglo XVIII,
usureros y prestamistas, actividades por entonces impopulares. Con el tiempo, lombardo
derivó en lunfardo. Sin embargo, más tarde se descubrió que el lunfardo era compartido
por grandes sectores de la población y que, lejos de ser un código marginal, había sido
incorporado a la vida cotidiana y difundido a través de expresiones artísticas como el
tango o el sainete.
Existen aproximadamente 6 mil términos, pero se trata de un número dinámico:
algunos surgen y otros caen en desuso. La Academia Porteña del Lunfardo estima
que aparecen unas 70 palabras por año.
Aunque no de manera consciente, todos nos apoyamos en el lunfardo para
comunicarnos. "Pibe", "macana", "chamuyo","laburo", "mina", "banquina",
"guita", "trucho", "chabón" y "gil", son tan solo algunas de las palabras que el
colectivo popular utiliza a diario. Y si bien el lunfardo es un fenómeno portuario y
rioplatense, que hace a la identidad de Buenos Aires, lo cierto es que se ha extendido
por vastas regiones de la Argentina e incluso ha trascendido las fronteras.
Otilia Da Veiga es escritora, periodista y está al frente de la Academia Porteña del
Lunfardo. “El lunfardo es un vocabulario y se asienta sobre la estructura gramatical del
castellano”, define y agrega: "Lo que hace novedoso al lunfardo es que no nació del
castellano, sino de la mescolanza de las lenguas de la inmigración”.

Pero, ¿qué hace que un término perdure en el tiempo?

“Son términos vagabundos. Por eso tenemos que buscarle a este desamparado
una filiación. Una filiación que haga posible, andando el tiempo, que un término
determinado ingrese al diccionario de la Real Academia como sucedió con pibe,
macana, banquina. La permanencia en el habla le da al vocablo esa
posibilidad”.
Oscar Conde es poeta, ensayista, profesor, licenciado y doctor en Letras. Escribió, entre
otros, Diccionario etimológico del lunfardo (2004), Lunfardo (2011), y editó la primera
novela lunfarda: La muerte del Pibe Oscar de Luis C. Villamayor (2015). Quién mejor
que él para aprender sobre algunos términos del lunfardo que usamos a diario y su
etimología.

Diccionario lunfardo:
 Afanar: robar. Del antiguo español popular.
 Biaba: paliza. Del italiano. Refería al alimento que se daba comer a los animales.
 Bondi: colectivo. Del brasileñismo "bond", surge en Río de Janeiro en 1876 y su
origen aludía al tranvía.
 Chabón: tipo. Del español. Fórmula de tratamiento innominada de llamar a
alguien. Contracción de chambón, que refiere a una persona poco hábil.
 Changa: ocupación transitoria. Del español familiar, negocio de poca importancia.
 Chamuyar: conversación, habla. Del caló, hablar. Habilidad para persuadir.
 Facha: rostro. Del italiano "faccia".
 Fiaca: desgano, pereza. Del italiano "fiacca".
 Groso: importante, grande. Del portugués "grosso". Surge en Brasil en la década
de 1980.
 Guita: dinero, moneda. Del español popular.
 Laburo: trabajo. Del italiano "lavoro".
 Malandra: delincuente, mal viviente . Del español "malandrín".
 Matina: mañana. Del italiano "mattina".
 Mina: mujer, chica. Del italiano jergal.
 Morfar: comer. Del italiano "morfa" (boca).
 Pibe: niño, joven. Del italiano genovés "pivetto"; también del italiano jergal
"pivello".
 Pilcha: ropa. Del araucano "pilcha" (arruga).
 Quía: persona. Del español "quídam", que significa "sujeto indeterminado, alguien
de poca monta". Tomado del latín "quiddam".
 Quilombo: lío, desorden. Africanismo. Del quimbundo: aldea. Se usaba en el Brasil
del siglo XVII para darle nombre a las aldeas clandestinas que armaban los
esclavos fugitivos. La palaba quilombo pasó al Río de la Plata primero con sentido
de prostíbulo y luego como lío, desorden.
 Trucho: falso, falto de calidad. Del español "trucha" (persona astuta).
 Tuje: buena suerte. Del idish "tujes" (uno, cola humana).
 Yeca: experiencia. Vesre de la palabra española "calle".
 Yuta: policía. Del italiano, forma contracta de "yusta", y se trata de una
rioplatenización de la palaba italiana "giusta". La giusta en Italia es quien lleva la
justicia.
Messi es un perro 11 junio, 2012

Este relato apareció por primera vez en el blog Orsai, de Hernán Casciari, el 11 junio, 2012.Se publicó en
Messi es un perro y otros cuentosRenuncio (una antología). En un formato adaptado, aparece en Telefé.

¿Busca un cuento del sr Casciari?

La respuesta rápida es por mi hija, por mi esposa, porque tengo una familia catalana. Pero si me
preguntan en serio por qué sigo acá, en Barcelona, en estas épocas horribles y aburridas, es porque
estoy a cuarenta minutos en tren del mejor fútbol de la historia.

Quiero decir: si mi esposa y mi hija decidieran irse a vivir a Argentina ahora mismo, yo me divorciaría y
me quedaría acá por lo menos hasta la final de la Champions. Y es que nunca se vio algo parecido
adentro de una cancha de fútbol, en ninguna época, y es muy posible que no ocurra más.

Es verdad, estoy escribiendo en caliente. Redacto esto la misma semana en que Messi hizo tres para
Argentina, cinco para el Barça en Champions y dos para el Barça en Liga. Diez goles en tres partidos de
tres competiciones diferentes.

La prensa catalana no habla de otra cosa. Durante un rato, la crisis económica no es el tema de inicio en
los noticieros. Internet explota. Y en medio de todo esto a mí me acaba de pasar por la cabeza una
teoría extraña, muy difícil de explicar. Justamente por eso intentaré escribirla, a ver si termino de darle
vuelo.

Todo empezó esta mañana: estoy mirando sin parar goles de Messi en Youtube, lo hago con culpa
porque estoy en mitad del cierre de la revista número seis. No debería estar haciendo esto.

De casualidad hago clic en una compilación de fragmentos que no había visto antes. Pienso que es un
video más de miles, pero enseguida veo que no. No son goles de Messi, ni sus mejores jugadas, ni sus
asistencias. Es un compilado extraño: el video muestra cientos de imágenes —de dos a tres segundos
cada una — en las que Messi recibe faltas muy fuertes y no se cae.

No se tira ni se queja. No busca con astucia el tiro libre directo ni el penal. En cada fotograma, él sigue
con los ojos en la pelota mientras encuentra equilibrio. Hace esfuerzos inhumanos para que aquello que
le hicieron no sea falta, ni sea tampoco amarilla para el defensor contrario.

Son muchísimos pedacitos de patadas feroces, de obstrucciones, de pisotones y trampas, de zancadillas


y agarrones traicioneros; nunca las había visto a todas juntas. Él va con la pelota y recibe un guadañazo
en la tibia, pero sigue. Le pegan en los talones: trastabilla y sigue. Lo agarran de la camiseta: se revuelve,
zafa, y sigue.

Me quedé, de repente, atónito, porque algo me resultaba familiar en esas imágenes. Puse cada
fragmento en cámara lenta y entendí que los ojos de Messi están siempre concentrados en la pelota,
pero no en el fútbol ni en el contexto.

El fútbol actual tiene una reglamentación muy clara por la que, muchas veces, caer al suelo es asegurar
un penal, o conseguir que se amoneste al zaguero contrario es propicio para futuros contragolpes. En
estos fragmentos, Messi parece no entender nada sobre el fútbol ni sobre la oportunidad.

Se lo ve como en trance, hipnotizado; solamente desea la pelota dentro del arco contrario, no le
importa el deporte ni el resultado ni la legislación. Hay que mirarle bien los ojos para comprender esto:
los pone estrábicos, como si le costara leer un subtítulo; enfoca el balón y no lo pierde de vista ni
aunque lo apuñalen.

¿Dónde había visto yo esa mirada antes? ¿En quién? Me resultaba conocido ese gesto de introspección
desmedida. Dejé el video en pausa. Hice zoom en sus ojos. Y entonces lo recordé: eran los ojos de Totín
cuando perdía la razón por la esponja.

Yo tenía un perro en la infancia que se llamaba Totín. Nada lo conmovía. No era un perro inteligente.
Entraban ladrones y él los miraba llevarse el televisor. Sonaba el timbre y no parecía oírlo. Yo vomitaba y
él no venía a lamer.

Sin embargo, cuando alguien (mi madre, mi hermana, yo mismo) agarraba una esponja —una
determinada esponja amarilla de lavar los platos— Totín enloquecía. Quería esa esponja más que nada
en el mundo, moría por llevarse ese rectángulo amarillo a la cucha. Yo se la mostraba en mi mano
derecha y él la enfocaba. Yo la movía de un lado a otro y él nunca dejaba de mirarla. No podía dejar de
mirarla.

No importaba a qué velocidad moviera yo la esponja: el cogote de Totín se trasladaba idéntico por el
aire. Sus ojos se volvían japoneses, atentos, intelectuales. Como los ojos de Messi, que dejan de ser los
de un preadolescente atolondrado y, por una fracción de segundo, se convierten en la mirada
escrutadora de Sherlock Holmes.

Descubrí esta tarde, mirando ese video, que Messi es un perro. O un hombre perro. Esa es mi teoría,
lamento que hayan llegado hasta acá con mejores expectativas. Messi es el primer perro que juega al
fútbol.

Tiene mucho sentido que no comprenda las reglas. Los perros no fingen zancadillas cuando ven venir un
Citroën, no se quejan con el árbitro cuando se les escapa un gato por la medianera, no buscan que le
saquen doble amarilla al sodero. En los inicios del fútbol los humanos también eran así. Iban detrás de la
pelota y nada más: no existían las tarjetas de colores, ni la posición adelantada, ni la suspensión después
de cinco amarillas, ni los goles de visitante valían doble. Antes se jugaba como juegan Messi y Totín.
Después el fútbol se volvió muy raro.

Ahora mismo, en este tiempo, a todo el mundo parece interesarle más la burocracia del deporte, sus
leyes. Después de un partido importante, se habla una semana entera de legislación.

¿Se hizo amonestar Juan exprofeso para saltarse el siguiente partido y jugar el clásico? ¿Fingió
realmente Pedro la falta dentro del área? ¿Dejarán jugar a Pancho acogiéndose a la cláusula 208 que
indica que Ernesto está jugando el Sub17? ¿El técnico local mandó a regar demasiado el césped para
que los visitantes patinen y se rompan el cráneo? ¿Desaparecieron los recogepelotas cuando el partido
se puso dos a uno, y volvieron a aparecer cuando se puso dos a dos? ¿Apelará el club la doble amarilla
de Paco en el Tribunal Deportivo? ¿Descontó correctamente el árbitro los minutos que perdió Ricardo
por protestar la sanción que recibió Ignacio a causa de la pérdida de tiempo de Luis al hacer el lateral?

No señor. Los perros no escuchan la radio, no leen la prensa deportiva, no entienden si un partido es
amistoso e intrascendente o una final de copa. Los perros quieren llevarse siempre la esponja a la cucha,
aunque estén muertos de sueño o los estén matando las garrapatas.
Messi es un perro. Bate records de otras épocas porque solo hasta los años cincuenta jugaron al fútbol
los hombres perro. Después la FIFA nos invitó a todos a hablar de leyes y de artículos, y nos olvidamos
que lo importante era la esponja.

Y entonces un día aparece un chico enfermo. Como en su día un mono enfermo se mantuvo erguido y
empezó la historia del hombre. Esta vez ha sido un chico rosarino con capacidades diferentes.
Inhabilitado para decir dos frases seguidas, visiblemente antisocial, incapaz de casi todo lo relacionado
con la picaresca humana. Pero con un talento asombroso para mantener en su poder algo redondo e
inflado y llevarlo hasta un tejido de red al final de una llanura verde.

Si lo dejaran, no haría otra cosa. Llevar esa esfera blanca a los tres palos todo el tiempo, como Sísifo.
Una y otra vez. Guardiola dijo, después de los cinco goles en un solo partido:

—El día que él quiera hará seis.

No fue un elogio, fue la expresión objetiva del síntoma. Lionel Messi es un enfermo. Es una enfermedad
rara que me emociona, porque yo amaba a Totín y ahora él es el último hombre perro. Y es por
constatar en detalle esa enfermedad, por verla evolucionar cada sábado, que sigo en Barcelona aunque
prefiera vivir en otra parte.

Cada vez que subo las escaleras internas del Camp Nou y de pronto veo el fulgor del pasto iluminado, en
ese momento que siempre nos recuerda a la infancia, digo lo mismo para mis adentros: hay que tener
mucha suerte, Jorge, para que te guste mucho un deporte y te toque ser contemporáneo de su mejor
versión, y, trascartón, que la cancha te quede tan cerca.

Disfruto esta doble fortuna. La atesoro, tengo nostalgia del presente cada vez que juega Messi. Soy
hincha fanático de este lugar en el mundo y de este tiempo histórico. Porque, me parece a mí, en el
Juicio Final estaremos todos los humanos que han sido y seremos, y se formará un corro para hablar de
fútbol, y uno dirá: yo estudié en Amsterdam en el 73, otro dirá: yo era arquitecto en São Paulo en el 62,
y otro: yo ya era adolescente en Nápoles en el 87, y mi padre dirá: yo viajé a

Montevideo en el 67, y uno más atrás: yo escuché el silencio del Maracaná en el 50.

Todos contarán sus batallas con orgullo hasta altas horas. Y cuando ya no quede nadie por hablar, me
pondré de pie y diré despacio: yo vivía en Barcelona en los tiempos del hombre perro. Y no volará una
mosca. Se hará silencio. Todos los demás bajarán la cabeza. Y aparecerá Dios, vestido de Juicio Final, y
señalándome dirá: tú, el gordito, estás salvado. Todos los demás, a las duchas.

Hernán Casciari 11 junio, 2012

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