Los tejedores de la noche

Jesus Urzagasti ´

Primera edicion, abril de 1996 ´ Segunda edicion, enero de 2009 ´ Deposito Legal 4-1232-96 ´ Car´ tula e ilustraciones, Sulma Montero a Diseno, Deterlino Urzagasti Guerrero ˜ Distribucion y venta, Tel. 2422981 ´ Impreso en Creativa, Tel. 2488588 La Paz—Bolivia

A los ocho caminantes: Deterlino Alberto, Orana Mar´a, ı Ela Constanza, Luc´a Natalia, ı Nicol´ s Ventura, a Nivardo H´ctor, e Froil´ n Pompilio a y Carmen Mercedes.

IV

Milrut Ragum

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De modo que, pens´ ndolo bien, no s´ de a e donde salio el deseo de disponer de un jeep para ´ ´ mi uso particular. Pero volvi´ ndolo a pensar, siene to que esta obsesion no desaparecer´ f´ cilmente, a a a ´ pesar de no tener con qu´ hacerla realidad. S´ cone e ducir en l´nea recta, s´ hacer los cambios para toı e mar las curvas y trepar las cuestas, y no me gusta la velocidad. En buenas cuentas, las pocas veces que manej´ estuve al volante de un camion de e ´ pequeno tonelaje que iba a paso de tortuga por ˜ los caminos de mi lejana provincia. Qu´ ser´ que e a remoloneo harto antes de dormir, pero no es el insomnio lo que me tiene despierto en las sombras sino el reluciente modelo con el que me veo recorriendo la geograf´a de este pa´s, con la hoja ı ı 3

de ruta en orden, con el brevet en la cartera y un monton de casetes para aliviar el tedio que, segun ´ ´ dicen, agobia a quienes llevan muchas horas viajando, da lo mismo si solos o acompanados. A ˜ mis cincuenta anos, ignoro lo que son la falta de ˜ sueno y el aburrimiento, que vienen juntos como ˜ el amor y sus maleficios. Por el contrario, pego los ojos cuando corresponde desde que me visitaron dos encapuchados para anoticiarme de un lugar donde nada se pide a los que nacieron para caminar. Sin embargo, las cosas no son tan f´ cia les para las personas que tienen la man´a de sonar ı ˜ con un poderoso jeep. Una noche, cubierto con mi poncho colorado, recordaba un modelo que hab´a ı observado en las calles de la ciudad de La Paz. A pesar de la oscuridad reinante, todo era claro en mi habitacion. Incluso el jeep, guardado ahora ´ en el garaje de una residencia reci´ n inventada, e con un minusculo jard´n y frondosos arboles que ı ´ ´ se balancean en las noches de lluvia. En cambio aqu´ solo hay un patio pelado, un olor a manseı ´ dumbre prestada y varios perros ajenos. Lo cual no me impide imaginar el jeep. Claro que una vez, cuando andaba en esos tr´ mites, sent´ ruidos en a ı el piso superior que en otras circunstancias me hubiesen alarmado. A las tres de la manana, al ˜ 4

t´ rmino de una jornada agotadora, los tejedores e deber´an estar roncando. ¿Por qu´ reanudaron el ı e trabajo? Los escuch´ con rara devocion para soe ´ breponerme al ominoso ronroneo de sus m´ quia nas y seguir tallando lo m´o: viajar con mujer e ı hijos en un jeep, en pos de las llanuras interminables y de los valles floridos. Recuerdo que una vez de nino mis padres me llevaron muy lejos. ˜ Esa noche me la pas´ escuchando el traqueteo de e la jardinera y el trote de las mulas, hasta que la tierra se detuvo al borde del silencio y se durmieron ellos pero no yo, que me qued´ mirando e los arboles oscuros contra el cielo c´ lido, sin saa ´ ber qu´ rumbo llev´ bamos. Curioso que nadie se e a acuerde de esa traves´a. As´ me convenc´ de que ı ı ı alguien debe cargar con los olvidos ajenos para toparse, al cabo de los anos, con el tupido mundo ˜ de los tejedores de la noche.

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Bicicleta nunca tuve y menos carretilla. Pero a temprana edad me fabriqu´ un camion con mae ´ deras y clavos. Le puse direccion, le complet´ la e ´ carrocer´a con varillas bien lijadas y logr´ una caı e bina m´ s que confortable. Si de algun prestigio a ´ gozo ese veh´culo, se lo debio a sus muelles, capaı ´ ´ 5

ces de aguantar reverendos barquinazos sin volcarse con los turriles en miniatura que llevaba a regiones lejanas, que no pasaban del patio, salvo aquella manana que llego hasta la quebrada ˜ ´ de Quarisuty, donde se hab´an atascado de veras ı varios colectivos de la provincia. A la orilla de una verdegueante vegetacion, parado sobre una ´ tierra rojiza, sent´ pasar el agua turbia de la torı menta de la noche anterior. All´ supe que la vida ı era inmortal y nosotros inocentes pasajeros. Mucho antes de probar esa lej´a, se me hab´a cruzado ı ı la idea de tener por lo menos una camioneta, y tambi´ n una choza, aunque por construirla, con e potrero y caballo, casi me ahogo en el aljibe de donde tra´a agua para regar el jard´n. Parec´a la ı ı ı morada de un muerto, con sus paredes de barro y su viento al atardecer, con su luna clara en el verano y sus sembrad´os, con aromas de gentes que ı nacieron para re´r sin motivo y llorar sin saber a ı qui´ n quejarse. Anos despu´ s, oyendo trajinar a e e ˜ los tejedores de la noche y con el jeep en la oscuridad de mis suenos listo para arrancar en plena ˜ tormenta tropical, no me quedo otra salida que ´ imaginar una residencia propia, con la cocina y el comedor en la planta baja, con el dormitorio en la planta alta, con libros antiguos y moder6

nos ordenados en unos rusticos estantes que con´ serv´ a pesar de que por aquellos insensatos d´as e ı era m´ s f´ cil perder el alma que guardar un alfia a ler. En la terraza tuve el tino de colocar macetas con geranios y aunque echo de menos una mecedora oriental, supongo que all´, mirando crecer ı la ciudad, podr´a recibir el sol los domingos por ı la tarde, cuando los jovenes juegan futbol y los ´ ´ mayores sestean o pelean con sus familiares. Una vez que acab´ de inventar la construccion, le pue ´ se el nombre de Buen Retiro, porque todo en ella me recordaba el puesto ganadero del Gringo Ferrari, donde algun d´a se rodar´ la pel´cula sobre ı a ı ´ la Guerra del Chaco que tanto desvela a Horacio.

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Antes de dormir bajo al garaje y echo un vistazo al jeep, a las herramientas y a los repuestos, aunque s´ que all´ siempre reinar´ un orden envie ı a diable. Pero esta vez me sal´ de la rutina, es decir, ı imagino que acabo de retornar de un largo viaje y sin mayores pre´ mbulos recuerdo los caminos a polvorientos, la pension de una aldea abandonada ´ y la muchacha colombiana con la que, luego de un di´ logo complice, decido cambiar de ruta; sobra a ´ decirlo, Mara me convencio de que treinta kilome´ ´ 7

tros m´ s adelante encontrar´amos una poblacion a ı ´ cuya belleza arquitectonica quedo varada en el ´ ´ siglo pasado. No se equivoco en nada: al atarde´ cer llegamos a una concurrida plaza y m´ s r´ pido a a que volando, apostados en boliches sin dueno, los ˜ borrachos cantores nos hicieron sentir fugitivos felices. Cuando a medianoche el viento del abra se colo por la ventana, le propuse a la inefable Mara ´ atizarle un n´ ctar hasta la madrugada, y al alba e ella reconocio que yo era tenaz como un animal ´ insomne. Rato despu´ s, abrumada por el sol de e la manana, me salio con que hasta el universo de ˜ ´ una pulga es inagotable. Con el pelo castano cu˜ bri´ ndole la espalda, camino por la calle principal e ´ metida en sus jeans, hasta desaparecer en una esquina sin levantar la mano ni volver los ojos para decirme adios. Me parecio haber demorado varios ´ ´ d´as en el retorno, pero al fin el jeep estaba en el ı garaje y la palabra tenaz en mi memoria. Sub´ enı seguida a la biblioteca y reanud´ los lazos con los e objetos que con el transcurso del tiempo uno va amontonando. En mi caso, no son muchos, pero son. Baj´ a la cocina y me sorprend´ de encontrar e ı el caf´ hervido humeando. Cual cascada en el ree cuerdo ca´a el agua de la ducha sobre el cuerpo ı de una cantarina mujer que hab´a desparramado ı 8

por el pasillo blusa, sandalias, falda florida y una oscura peineta. —Es una grat´sima sorpresa saber que est´ s ı a por aqu´ —le grit´ a la desconocida d´ ndome ı e a ı ´nfulas. —¿Aun est´ s vivo, put´simo m´o? ¡Eyu cuap´ a ı ı e ´ ´ asirumeno! —me reclamo antes de soltar una car´ cajada a todas luces inconfundible. Prefer´ no entrar en honduras. Tom´ el caf´ y ı e e sal´ a la calle, de modo que llegu´ con la nariz heı e lada al domicilio donde los tejedores de la noche trabajan ajenos a la fatiga de quienes frecuentan las regiones menos conocidas del pa´s. ı

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Supersticioso no soy, de modo que no me sorprende encontrar en Buen Retiro restos de cigarrillos, botellas de singani a medio consumir, vasos repartidos sin ton ni son, en fin, rastros de enigm´ ticos visitantes que, en lugar de llevarse a algo, m´ s bien traen bridas, yesqueros, jergones a de cuatreros, quesos, cana paraguaya, tabaco pa˜ ra mascar y cuanto cachivache pudiera ocurr´rsele ı al que busca el sosiego inesperado. Es sabido que en la casa real se dan cita los dolores del cuerpo y del alma (por s´ las moscas los tejedores de ı 9

la noche est´ n en el piso superior), cosa que no a ocurre en Buen Retiro, donde uno siente crecer los geranios cuando sopla el viento de la oscuridad, preludio sin duda de sucesos inevitables: que tocaran el timbre, por ejemplo. Bajar´a sin vaı cilar las escaleras, abrir´a la puerta y me topar´a ı ı con un cuarenton hurano como los seres de otro ´ ˜ tiempo. La cortes´a me obligar´a a muchas cosas ı ı esa noche; para empezar, no le advertir´a al forası tero que la residencia era inventada, al igual que el jeep metido en el garaje. La realidad ocasiona estragos al por mayor, en eso estamos de acuerdo; pero la irrealidad, si no es mutuamente consentida, puede provocar un esc´ ndalo existencial a de cuyos resultados m´ s vale no preguntar. Cabe a senalar que Froil´ n Tejerina no hab´a cambiado a ı ˜ nada, mientras que yo tuve la certeza de hallarme en mi m´ xima expresion, es decir, era el de a ´ siempre y ya no era el mismo. En consecuencia, me atribu´ el derecho de tratarlo como a un igual ı y as´ lo hice. ı —¡Como va esa vida! —le dije a guisa de sa´ ludo. —Regular para no recular. ¿Y por casa? —Siempre con ganas —le repliqu´ de puro e atolondrado. 10

—Las ganas no te favorecer´ n en nada si no a sabes con qu´ bueyes est´ s arando —me retruco e a ´ sin tartamudear—. Deber´as encomendarte a la ı Santa Madre Virgen Tierra. —¿Por qu´ tierra santa, virgen y madre? e —Ya tendr´as que saberlo. Ella es la que nos ı cr´a y ella es la que nos come —estornudo y quedo ı ´ ´ como reci´ n salido de un sueno—. Si la vida es e ˜ breve, el discurso no tiene por qu´ alargarse. Y e como dice Mandinga, cuando se acaban las palabras, comienzan los actos. Entonces sobrevino el interminable silencio de las respuestas sin preguntas. Para salir del paso, le ofrec´ el poro con yerba nueva y agua a ı medio hervir. Chupo tres veces la bombilla y me ´ lo devolvio descontento. ´ —Oiga, est´ m´ s helado que culo de finado. a a Fue la llave verbal con que abrio las puertas ´ del pasado. De modo que nada me costo recor´ dar a dona Clemencia y sus dos nietos, uno mi˜ mado y otro entenado; previo sorteo, el primero se fue a estudiar a la Argentina y en eso se murio la anciana y el segundo no sab´a como darle la ı ´ ´ noticia sin asestarle una punalada en el corazon, ˜ ´ hasta que atino a mandarle el siguiente telegra´ ma: “Los campos verdegueando, los animales que 11

se pelan culeando y de la abuela no te digo nada, porque sino te cag´ s llorando”. Antes que por a su hero´smo en Fort´n Sorpresa, Froil´ n quedo en ı ı a ´ la memoria popular por haber narrado con felicidad esa perversa an´ cdota. Despu´ s de tantas e e lunas sin verlo, ¿qu´ pod´a decirle al hombre de e ı Guayabillas? ¿Preguntarle por Florinda? ¿Ponerlo celoso de su aventura con Pompilio? Hablando y conversando hasta el ayer vuelve, me dijo para animarme, pero poco despu´ s se contradijo al e afirmar que la charla perjudica. Todos sab´an que ı a Tejerina le falto tiempo para criar hijos, porque ´ muy mozo se hab´a ido con el fusil al hombro a ı vigilar el territorio nacional. Incluso yo, que no tuve el menor empacho en decirle que era padre de siete.

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Bera abrio la puerta de la oficina sin anunciar´ se y entro de tricota azul, pantalones ajustados, ´ abarcas marrones y sombrero gris, debajo del cual aparec´a un indocil cabello castano. Sus ojos, haı ´ ˜ bitualmente brillantes, estaban m´ s locos que de a costumbre. Nada pierdo con reconocer que Bera me enseno a amar la vida en las calles de una ˜´ ciudad para m´ desconocida, pero ahora es dura ı 12

conmigo. Al menos resulta curioso que una profesora de semejante vuelo me haya sido imposible como companera. Me incorpor´ para saludar su e ˜ visita intempestiva, sin reciprocidad de su parte; en ese momento record´ el jeep con el que tanto e viajamos a los Yungas y al Altiplano junto a investigadores nativos y extranjeros. La unica vez que ´ lo manej´ , en las primeras de cambio choqu´ cone e tra un poste del alumbrado el´ ctrico y romp´ la pie ı pa alemana que humeaba en mi boca. Todo esto ocurrio en Villa Armon´a, a las tres de la manana. ı ´ ˜ Yo que hab´a dejado de fumar mientras estuvimos ı juntos, luego de la separacion retorn´ al tabaco y e ´ al alcohol, sabiendo bien que quer´a danarme a ı ˜ pesar de no comulgar con la idea del pecado y de su culposa sombra. Bera se marcho tal como ´ vino, amable y distante, como corresponde a una experta en todos los atolladeros, a la que, sin embargo, no le llega ninguna musica de mi abismo. ´ Luego de los desasosiegos que siguieron a la ruptura, ubiqu´ con particular cuidado los troncos e de arboles en lugares adecuados, puse los estan´ tes donde cab´an, coloqu´ los libros y acomod´ la ı e e cama en un rincon. En este proceso descubr´ que ı ´ hab´a acarreado algunas piezas de su pertenencia ı y tambi´ n ech´ de menos objetos que se quedaron e e en su departamento. 13

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Aquel hombre le´a una novela en un caf´ del ı e Barrio Latino de Par´s. Su soledad era atroz peı ro la luc´a como un aut´ ntico mundano, haciendo ı e de ella un privilegio. Fumaba con desgano cuando se le aproximo una mujer, cuya locuacidad lo ´ obligo a cerrar el libro; curiosa, ella lo abrio otra ´ ´ vez, echo dos pitadas, sonrio y apago el cigarri´ ´ ´ llo en el cenicero sin marca del establecimiento. Observados a la distancia, eran los t´picos amanı tes de la Ciudad Luz, duchos en el arte de protagonizar encuentros fortuitos que circulan como meras estampas tur´sticas. Empero no eran franceı ses ni italianos, aunque pod´an serlo porque haı blaban con fluidez ambos idiomas y el espanol ˜ de Am´ rica Latina. Lupe, peruana sin asomo de e acento limeno, fue la primera en levantarse; la si˜ guio Horacio, abismado en sus pensamientos. Las ´ cronicas period´sticas no registraron su paso por ı ´ el hotel L’Odeon de Par´s ni lo que hicieron a duo ı ´ en el albergue D’Alessandro de Florencia, tampoco figuraron en la profusa lista de directores invitados a dos renombrados festivales europeos. En suma, a ellos no les paso nada. De vuelta a ´ La Paz, Horacio dio su propia version de los he´ 14

chos, la unica que puede reclamar el anonimato ´ bien llevado. Pero en la casa de los tejedores de la noche se le esfumaron los recuerdos del Viejo Mundo al enterarse de que el hombre de la fotograf´a pegada a la pared era Froil´ n Tejerina, ı a presintio otro cielo al escuchar las ultimas cancio´ ´ nes de los chiriguanos y perdio su aire mundano ´ cuando, m´ s t´mido que nunca ante la vida, supo a ı que su t´o Jaime —un desertor segun sus detracı ´ tores— fue uno de los soldados que rompieron el cerco paraguayo a la novena division del ej´ rcito e ´ boliviano.

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Las despedidas son desagradables o cuando menos penosas. S´ que no es la regla, porque ale gunos conservan la compostura cuando se apartan del mundo amable que los sumio en la melan´ col´a; por ejemplo, esa pareja que subio en Berl´n ı ı ´ al tren que part´a a Par´s, quiz´ s contrajo matriı ı a monio para confirmar que nadie est´ libre de un a desatino. A medianoche, el muchacho la beso por ´ ultima vez en el pasillo, luego volvio al and´ n y e ´ ´ se perdio en la multitud. Prisionera del pasado, ´ la muchacha quedo con los ojos fijos en cualquier ´ parte; una hora despu´ s acomodo su maleta y se e ´ 15

cubrio con una manta para dormir. Al otro d´a ı ´ ya no estaba all´. Era una ausencia para los pasaı jeros, al igual que alguien era una ausencia para ella. A m´ la vida no me concedio final tan exı ´ traordinario, pero no debo quejarme, al menos si me embarga la certeza de que lo excepcional es obra de los destinos anodinos. Una vez en Colonia me demor´ horas mirando la catedral gotica que e ´ parec´a elevarse hacia el cielo, y me fui sin dejar ı nada sobre la mesa, salvo una carta de amor para Margarita. En cambio a Buenos Aires entr´ por la e claraboya de Anabel, sin necesidad de estar enjuto y triste para un tango arrabalero con esa triguena ˜ de ojos verdes. La volv´ a ver un ano despu´ s paı e ˜ ra decirle adios en la avenida Santa Fe, abrazados ´ hasta el amanecer. El viento que le alborotaba los cabellos (como si fuera el final imprevisto de una pel´cula), a m´ me encrespaba el alma. Intercamı ı biamos despu´ s la correspondencia de los que sae ben que no se encontrar´ n por tercera vez en la a tierra, nada m´ s, pero a menudo pienso en la ena senada donde vivio tres anos, rodeada de pesca´ ˜ dores y campesinos. All´, con el fondo brumoso ı del mar, pintaba y escrib´a: sus oleos reflejaban ı ´ una vision geom´ trica del mundo; sus poemas, e ´ los nervios de la razon en aprietos. Todo lo con´ 16

trario de la otra Anabel, que era loca, nocturna y solar como una abeja. —No asumas indumentarias que a tu alma no le van —me advirtio riendo la ultima vez—. Si te ´ ´ acomodas en otro cuerpo sin menguar tu identidad, los intrusos salen sobrando. Por esa temporada estaba muy lejos de imaginar que me inventar´a una residencia con jard´n y ı ı garaje. Me conformaba con no escupir para arriba. Solo el tiempo me ensenar´a que todo cansa y no ´ ˜ ı llena, que no basta con no tener, que es necesario apuntalar la estancia que surge de los escombros.

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Las m´ quinas ronroneaban, pero de rato en a rato los habitantes del piso superior trasladaban utensilios, alzaban ladrillos, tiraban cigarrillos y se callaban cuando ocurr´a un descalabro. Me ı consta que son discretos incluso cuando los ataca la risa, pero ni por esas se libran de accidentes nocturnos. De d´a caminan como si fuesen angeı ´ les, para no desentonar con el oneroso silencio de los seres invisibles. En la oscuridad cambian totalmente de car´ cter, pero no alteran el m´o. Dia ı go que los tejedores segu´an atareados la noche ı que yo llegu´ con Juanito, un aymara que estaba e 17

de cumpleanos. Como correspond´a, le serv´ una ı ı ˜ copa y luego otra. Apenas alcanzo a vaciar la ter´ cera cuando se abalanzo sobre m´, aterrorizado. ı ´ Es que se le helo el sebo al chocar con la insufri´ ble mirada del individuo de traje azul y corbata, que aparecio sentado en el sillon de mimbre de ´ ´ mi dormitorio, y se le fruncio el culo cuando vio ´ sus pies desnudos sobre el piso de madera. —Buenas noches —balbuceo Juanito. ´ —Los orejudos que mandan en este pa´s no ı sirven para amigos y menos para enemigos —le contesto el hombre, fili´ ndolo en un santiam´ n; a e ´ luego le pregunto: —¿Sabes por qu´ ? e ´ —No lo s´ —confeso el del cumpleanos. e ´ ˜ —Porque esos no dan puntada sin dedal. Cabe decir que Juanito se trago cualquier can´ tidad de libros y salio influido por autores que ´ nunca leyo, hasta que en una de esas quedo pri´ ´ sionero del desierto de los arabes, nada que ver ´ con Omar Kayham, sino con la escritura sagrada del Cor´ n. Sin embargo, desde que lo anulo la mia ´ rada socarrona del hombre sin zapatos, desaparecio del mapa. Para mi coleto pens´ que el Hacedor e ´ lo permite todo, aunque a Satan´ s le toca poner a las cosas en su lugar. Esta casa es muy extrana, ˜ anormalidad que, segun veo, tiene sin cuidado a ´ 18

los tejedores de la noche, que cr´an un monton ı ´ de perros y los adiestran para aullar como Dios manda en la tensa oscuridad. De vez en cuando las parejas que pasan por el callejon hacen el amor ´ apoy´ ndose en la pared que da a mi habitacion. a ´ Desde luego que yo no existo para los amantes ni para los perros, aunque ellos existen para m´. Diı go yo que tales enigmas y dilemas podr´an remeı diarse con dalias y madreselvas o con esos arbustos morados de los Yungas que nunca florecen. Es cuestion de ponerlos en unas latas y echarles agua ´ en las mananas en procura de una armonica re˜ ´ lacion con el reino vegetal. Es lo que hice cuando ´ me traslad´ a la casa de los tejedores de la noche. e Traje del mercado geranios, begonias y claveles, y, tal como estaba previsto, empezaron a estirarse. Pero al cabo de quince d´as los perros dieron ı cuenta de las macetas y todo quedo vac´o como ı ´ de costumbre. Pod´a haber metido las plantas a ı mi habitacion, pero hice lo contrario, las llev´ a la e ´ azotea de la residencia inventada para que recibieran el sol y aspiraran la inolvidable fragancia de la noche. Al propagarse por su cuenta, formaron un pequeno bosque donde se extraviaron varios ˜ bichos multicolores.

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Soy como soy por haber mirado en mi juventud un ancho r´o en la espesura de la noche. Cuanı do sal´a la luna y las ramas de los arboles se meı ´ neaban en sus orillas, ten´a la sensacion de halları ´ me en los or´genes del mundo, porque el aroma ı de la tierra, los sonidos del tiempo, el sigilo del aire, en fin, todo me induc´a a vislumbrar la feliı cidad de la fundacion. Hasta esas aguas dichosas, ´ que corren en los ultimos linderos de la realidad, ´ llegamos con Margarita para conocer a personas rusticas y fibrosas, cuyo horizonte se reproduce ´ en la irrepetible musica de los litorales del alma. ´ Mientras ´bamos me dijo que nunca hab´a hecho ı ı el amor a la vera de los r´os, por lo tanto, ignoı raba que la memoria de un tiempo indocil suele ´ quedarse entre los elementos triunfales de la vida. El pa´s me sonaba distinto con su frente p´ liı a da y sus trenzas oscuras, quiz´ s porque yo era a en colinas y llanuras el antepasado de gentes que aun no hab´an nacido. De haber sido diestro para ı ´ la guitarra, las mejores melod´as hubieran salido ı de mis manos. Pero durante anos hice las cosas ˜ al rev´ s, buscando el sol negro de las revelacioe nes. De modo que llev´ a Margarita al r´o para e ı 20

demostrarle que mi admiracion por los cuatreros ´ era ilimitada. Estaba tendida en la playa cuando le advert´ que siempre van bien pertrechados: cuı chillo y rifle en la montura, vino, charque y queso en las alforjas, para pasar la noche en el monte. Le baj´ la bombacha para contarle que son profue ´ gos de la justicia porque roban en los poblados. En vano esper´ a que reconociera que los de la e ciudad hurtan incluso lo que no necesitan, y no les hacen nada. Estaba oscuro cuando pens´ que e nunca hab´a visto cuatreros ricos, y cuando saı lio la luna record´ que respetan a los honrados e ´ porque se respetan a s´ mismos; algo m´ s, viven ı a junto a los animales pero, al igual que los bichos montaraces, no se dejan cazar f´ cilmente y lo que a toman es para resarcir a quienes de por vida se dejaron trasquilar por los poderosos. Ahora ya no quedan cuatreros ni para remedio, lo cual no quiere decir que el mundo haya cambiado tanto que ya no los eche de menos. S´ que el ultimo, acoe ´ rralado por las fuerzas del orden, cavo su propia ´ tumba al lado de un guayac´ n. Santo nunca quiso a ser y, sin embargo, all´ siempre hay velas ardienı do. M´ s recelosa que nunca, Margarita se puso de a pie y se acomodo la bombacha. Era dif´cil adiviı ´ nar su mar interior, pero embarazada para un cua21

trero, imposible. Caminando entre perros atentos al ruido forastero, pasamos por el rancher´o de ı los matacos, siempre con los fogones encendidos, y entramos a la casa de barro donde nos alojaron. La luna clara dejaba ver los arreos de los jinetes que vinieron de muy lejos a celebrar algo m´ s que un cumpleanos. Esa noche corrio mucho a ˜ ´ vino para asentar la carne asada. Rodeado de seres crecidos entre inolvidables arboles raqu´ticos, ı ´ observ´ el mundo con el alma enardecida. Dese pu´ s aprend´ a mirarlo desde diversas ventanas. e ı Con los anos entend´ muchas cosas y comet´ imı ı ˜ prudencias al toparme con el esplendor de la vida. Menos mal que nada volvio a ser igual. Ape´ nas caminos sin salida, puertas cerradas, vocabularios sin alma. Me veo mirando Nueva York desde Harlem, acodado en una ventana del cuarto piso de un edificio para negros. Una lluvia fina ca´a sobre los altos arboles del parque. Yo quer´a ı ı ´ escribir una carta a alguien, pero el castellano me sal´a influido por la vidriosa lengua inglesa. En ı la habitacion se colaban aromas de personas muy ´ diferentes, hechas de dolares, cemento, jazz, puri´ tanismo y violencia. Tal era el mesi´ nico acoso de a una raza que dominaba la tierra. De repente alguien abrio la puerta, tomo el tel´ fono y marco un e ´ ´ ´ 22

numero equivocado. Se identifico como Kent. Na´ ´ da de castellano para el, ni jota de ingl´ s para e ´ m´. A pesar de la muralla, terminamos converı sando. Kent, oriundo de Martinica, era masajista de una actriz rumana y del bailar´n Nureyev. Por ı aqu´ sucede todo muy mezquino, dijo mientras ı serv´a caf´ . Las cosas o los seres, daba lo mismo. ı e Kent deslizo algo sobre el sexo que ejerc´an norı ´ teamericanos y europeos. Estaba obsedido por la idea de que en Brasil ser´a feliz. Seguro que se ı casar´a all´, pero primero deb´a ahuyentar a una ı ı ı sueca que decidio seguirlo hasta el fin del mun´ do. En eso aparecio Naima con el cuerpo tostado ´ por el sol. Era un animal de ojos azules atrapado en un sueno prehistorico. Empezo a retozar junto ˜ ´ ´ al rey de la selva, porque sin duda le aburr´a el ı cuento de los cuatreros. Las ramas de los arbo´ les se mov´an con una prestancia distinta bajo la ı lluvia urbana. Pero de improviso las sirenas alteraron la enganosa paz de esa manana: unos hom˜ ˜ bres furiosos persegu´an a otros, y al final algunos ı cavaban su tumba en las calles de cemento. Ignoro si Kent fue dichoso en Brasil antes de cavarla o si los propietarios de la noche que rondan por las metropolis todav´a no lo enterraron. Nada se ı ´ sabe al respecto. Como le consta al taxista ecua23

toriano que se zafo de un estrangulador gracias a ´ un extrano sortilegio. Cuatro de la manana en una ˜ ˜ gasolinera de Nueva York. En lugar del empleado aparecio una bell´sima mujer de blanco, que caı ´ mino hasta la esquina y se quedo parada. El ecua´ ´ toriano reanudo la marcha y al poco trecho alzo a ´ ´ un sujeto de ojos azules, que desped´a una teneı brosa energ´a desde el asiento trasero. Con ese fr´o ı ı en la nuca atraveso la ciudad sin direccion precisa, ´ ´ hasta que el pasajero de ojos azules, recordando la infancia que no hab´a tenido, le ordeno parar ı ´ en seco y abandono el veh´culo, perplejo ante la ı ´ primera v´ctima que se le escapaba. Con el gab´ n ı a encima, se perdio por una callejuela e hizo un ´ disparo al aire, que el taxista no pudo escuchar, atra´do por el met´ lico resplandor de la gasoliı a nera, donde la dama de blanco lo aguardaba de pie, sonriente y con la mano en alto. Todo esto le conto el ecuatoriano a Bera, rumbo al aeropuerto, ´ con una maleta llena de libros que a duras penas bajamos con Kent del cuarto piso del edificio de Harlem. Para qu´ suministrar mayores detalles de e una singular aventura a alguien que de sopeton ´ se subio el calzon, pero se la narr´ sin omitir nada e ´ ´ al dueno del rancho de barro, famoso por haberse ˜ encontrado con la mujer de su vida en el monte, 24

entrada la noche, y con la que creyo dormir cu´ bierto por las sombras de un remoto amanecer. Nuestro anfitrion vacio el jarro de vino y se des´ ´ perezo. ´ —La unica puta fiel es la vida, amigo —por ´ puro h´ bito echo un vistazo a los corrales y luego a ´ se largo a aconsejar: —Si no memoriza mi refr´ n, a ´ empezar´ agradeciendo muy temprano y termia nar´ pidiendo favores todo el d´a. a ı

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Los padres son un dolor de cabeza y los hijos son otro dolor de cabeza. Se los ama con todas las fuerzas del alma, pero el dolor no desaparece. Mirando a un hijo pequeno uno cree saber para ˜ qu´ est´ creciendo, as´ como nuestros antecesoe a ı res sospecharon algo parecido de sus v´ stagos. a Es uno de los oficios m´ s tiernos criar hijos, que a nada saben del mundo y menos de la vida: les basta con estar en el mundo y llevar la vida como el gato el ovillo de lana. De padres y de hijos nunca se sabe nada y eso hace doler la cabeza, quiz´ s a porque se los ama sin averiguar qui´ nes son y, en e consecuencia, qui´ nes ser´ n cuando los anos los e a ˜ vayan cambiando para hacerse la pregunta que me estoy formulando. Ser padre y ser hijo, sin ser 25

todav´a abuelo, hace doler la cabeza. Todos supoı nen que el sufrimiento induce a reflexionar sobre el bien y el mal. Nada raro que as´ sea. Sin emı bargo, en los dominios de la residencia inventada no hay rastros de dolor. All´ se mira sin tocar y se ı toca sin mirar. Es lo que experimento en Buen Retiro, que no figura en ningun mapa de la ciudad ´ de La Paz, lo cual no le impide tener un porton ´ negro y una hilera de arboles oscuros. ´ —Los intrusos nunca dieron con esta residencia —le inform´ a Anah´, bella beniana que pae ı rec´a no haber tenido hijos. ı —Eso se nota. Pero yo no entrar´ ah´ —dicho e ı lo cual hizo el adem´ n de echarse para atr´ s. a a A pesar de sus reticencias, muy pronto estuvimos en la biblioteca. Yo sent´a mucho fr´o, en ı ı cambio Anah´ se quito el abrigo y quedo tal cual ı ´ ´ era cuando la conoc´ en la universidad a mis veinı te anos: blusa para el verano, falda ligera y cabe˜ llo castano, exactamente la muchacha de aquellos ˜ tiempos en que yo, aun sin descendientes, solo era ´ ´ hijo de mis padres. —Ahora me duele la cabeza —le confes´ . No e me respondio nada, pero se puso bastante soca´ rrona.

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Cuando bajamos a la bodega a traer una botella de vino, ca´ en cuenta de que la alegr´a de ı ı vivir la hab´a vuelto m´ s culona, motivo por el ı a cual le propuse convertirse en actriz. —A la legua se te adivina la intencion —me ´ atajo el paso—. Quieres que Froil´ n me haga zuma ´ bar en el catre de mi abuela y que Pompilio me tumbe sobre los yuyos del monte —en ese momento se apago la luz en toda la ciudad y yo ´ atin´ a pergenar un verso. e ˜ —Negra es la noche para los amantes obstinados —y la palp´ por atr´ s. e a —Negra ser´ la arandela de tu culo —y su a risa ilumino la oscuridad del mundo. ´

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Al rev´ s de lo que sucede en la casa de los e tejedores de la noche, donde no entra la luz solar, la claridad de la residencia inventada procede de su propia oscuridad. En cambio aqu´, en la oficina ı donde trabajo, la luz es de todos: se oye el griter´o ı de los vendedores callejeros y los camaretazos de los manifestantes contrarios al gobierno; m´ s que a el paso del tiempo, se siente talonear a los que hacen la historia. Por algo ser´ que las ciudades a est´ n plagadas de sitios ominosos o venerables a 27

para la memoria colectiva: en este farol colgaron a un coronel m´ s amigo de los pobres que de los a ricos, en aquel edificio balearon a dirigentes izquierdistas, en esta universidad estudiaron jove´ nes que ten´an cita con el glorioso destino de la ı nacion, en aquel caf´ se reunieron camaradas que e ´ andando el tiempo ser´an enemigos irreconciliaı bles, en esta ´nclita plaza se halla el Palacio de ı Gobierno, al que no pienso entrar ni por equivocacion y no por miedo a los fantasmas que lo ´ habitan. Leales y aguerridos militares rodean la cuadra para proteger al jefe de Estado, aunque con ellos nunca se sabe, es decir, pueden entender las cosas al rev´ s y pasarse al bando de los e conspiradores, segun los cuales, como se sabe, el ´ mandam´ s de turno es el enemigo numero uno a ´ del pueblo; en suma, cualquier d´a amanecen con ı la jeta larga y lo defenestran para que la multitud haga el resto. Como todo palacio verdadero, su resorte secreto es una trampa mortal: en sus salones y corredores nadie se pregunta si la traicion ´ y la lealtad definen el linaje de las personas, simplemente se quebranta la palabra en nombre de la patria y se asesina a quienes no pudieron escapar por los tejados. Pese a tamana alevos´a, el reino ı ˜ del poder ejerce una poderosa seduccion en los ´ 28

de arriba y en los de abajo, tal vez porque en sus dominios hasta el m´ s distra´do se hace de una a ı fortuna. Por esa puerta entran y salen unos sujetos muy seguros de su importancia en la vida, aunque llegada la hora de traducir las palabras en actos no sirven ni para llevar perros a cagar. Como fuese, es la unica referencia para millones ´ de obreros diseminados a lo largo y ancho del pa´s, donde los m´ s pobres cargan insectos que ı a murieron sin emitir una queja. De esto nada se sabe en la boca del hormiguero, que solo se al´ borota por la desaparicion de algun ilustre repre´ ´ sentante de la especie, al que le rinden homenajes sabiendo que no resucitar´ para escucharlos. El a viento es distinto por aqu´. Olor a menta no hay ı y hasta la lluvia se impregna con los orines de la historia protagonizada por individuos de ominosos pensamientos y p´ rfidos hechos. Lo unico e ´ que llega sin contaminarse es la luz, que ha viajado siglos para manifestar el poder de un astro que ya no existe.

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Para mi capote considero una bendicion dis´ poner de una residencia inventada, cuyo jard´n ı ya tiene las trazas de un bosque en miniatura que 29

ameritar´a la investigacion de algun bot´ nico de ı a ´ ´ oficio. El jeep se lo regal´ a un loco que creyo toe ´ marme el pelo al ofrecerme por el un monto irri´ sorio; le advert´, claro est´ , que por haberlo maneı a jado en suenos tuve un final nada bonito, porque ˜ en una curva endemoniada de la vida enfil´ hae cia el abismo, dando volteretas entre arboles y ´ piedras. Recuerdo que me despert´ sudando fr´o e ı y me dirig´ al bano para saber si aun estaba vivo. ı ˜ ´ A pesar de mi confusion, sorprend´ a los tejedoı ´ res de la noche atisb´ ndome desde la ventana del a segundo piso. Tras verificar mi pinta de fantasma, dieron media vuelta y no los volv´ a ver en ı otras pesadillas, aunque qued´ con la sensacion e ´ de que las cosas inventadas son mucho m´ s via driosas que las que aparecen de un modo natural en el mundo. Para rematar tan extranos aconteci˜ mientos, al d´a siguiente le´ en mi oficina la hisı ı toria de Colette y sus dos hijos, abandonada por su esposo en California; al borde de s´ misma, ı pronto se enamoro del pr´ncipe azul que hab´a ı ı ´ esperado desde que le alumbro el entendimiento ´ o le empezo a escocer el cuerpo. Con la inten´ cion de escabullirse, el seductor arguyo que los ´ ´ ninos eran un estorbo. Enajenada por su pasion, ˜ ´ Colette no tuvo el menor empacho en tirarlos en 30

su auto al fondo de un lago, y encima montar el cuento de que fueron secuestrados por una banda de negros. Horrorizada por el crimen, la ciudad exigio que la sentaran en la silla el´ ctrica. Dej´ el e e ´ periodico sobre el escritorio y me fui a Buen Re´ tiro. En cuanto llegu´ , descorch´ un singani en la e e cocina y sub´ a la biblioteca para tomar un traı go con limon. All´ me top´ con un televisor que ı e ´ propalaba insolitas im´ genes de la californiana. a ´ Fornidos polic´as la sujetaban para que desistiera ı de retornar al mundo de todos. Banada en l´ gria ˜ mas, Colette declaro: ´ —No lloro por mis hijos. A ellos los amar´ e donde quiera que me encuentre. Lloro por el pr´nı cipe azul que nunca m´ s volver´ a ver. a e Asustado por la pantalla, apagu´ la luz y ene cend´ un cigarrillo. Como suele suceder cuando se ı propaga la oscuridad, no tardo en instalarse un te´ nue resplandor, que gano en intensidad en cuan´ to reaparecio Colette, liberada del llanto e imbui´ da de una serenidad que, lejos de apaciguarme, acabo de espantarme. Hab´a terminado su papel ı ´ antes de que la silla el´ ctrica cerrara la tragedia. e —¡Qu´ te parece! ¡Otra vez soy la loba que e jam´ s se mira en el espejo! —quej´ ndose de la a a profundidad de los hechos, agrego: —No es nada ´ 31

f´ cil volver a ser el sueno de todos sin el auxilio a ˜ de la eternidad. En mi caso, escuchando los latidos de mi sangre, supe que da lo mismo tocar el sol o dibujar la luna cuando el amor consagra sus lazos con la locura. Mientras deambule en los dominios de la muerte mis hijos ser´ n innumerables, a porque s´ muy bien que no asesin´ a nadie. Me e e volv´ la loba que recorre el desierto de la pasion ı ´ en su estado primigenio, eso es todo. Lo antiguos lobos reclaman para s´ el aire celeste que anoran ı ˜ los enamorados. Permanecen enterrados durante siglos, pero basta que el amor se degrade para que retornen sin culpa alguna. ¿Sab´as que el ser amaı do es un fugitivo de su sombra? Los subditos de ´ Eros aseguran que nada de esto es triste. Es algo m´ s hondo que la voz del desaliento. Por suerte a para m´, digo, llego la locura con sus alas siemı ´ pre imaginativas. M´rame. Soy la loba que echa ı de menos su ef´mero papel de candorosa colegiaı la, madre abnegada, esposa ejemplar, puta deseada, en fin, como quiera verme tu inutil obsesion. ´ ´ Inv´tame un trago, d´ jame un cigarro y retorna ı e al escenario de los tejedores de la noche. Que yo apagar´ el televisor. e

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Esa noche cruc´ el porton negro con su hilera e ´ de arboles y me fui caminando hacia la casa de los ´ tejedores. Me sorprendio que, en lugar de pensar ´ en Colette, se me diera por imaginar la pel´cula ı de Horacio. Digamos que la l´nea argumental es ı solida, susceptible de enriquecerse en los detalles, ´ claro est´ . Un cineasta monta en su jeep y enfila a hacia el sur del pa´s, donde hace sesenta anos boı ˜ livianos y paraguayos se agarraron a tiros. Casi al final del trayecto, en pleno monte, le sale al paso Florinda y lo lleva a Retiro. En ese antiguo puesto a oscuras, varios combatientes beben, sin darse por enterados de que son difuntos que sobrevivieron a sus propias hazanas. Escribir puede re˜ sultar f´ cil, al menos si los personajes rondan por a la cabeza; pero si se trata de cine, la historia es distinta puesto que todo depende del realizador. Alguien ha dicho que los actores, activos frente a cualquier cat´ strofe, desaparecen cuando el a h´ roe despunta al alba. Para olvidar ese herm´ tie e co y seductor aforismo, me puse a hurgar historias y cronicas de la guerra del Chaco, casi todas men´ tirosas; menos mal que cuando tales insidias me llegaron al copete, encontr´ tiradas en un anaquel e 33

las memorias del Cnl. Manuel Marzana, comandante de Boqueron. Mi padre aseguraba que su ´ primo Ramon hab´a muerto en la defensa de ese ı ´ heroico fort´n, afirmacion que me parec´a descoı ı ´ cada, habida cuenta de que en memorables p´ gia nas doradas vi desfilar a Bernardino Bilbao Rioja, Germ´ n Busch, Francisco Villanueva, Tom´ s Mana a chego, Jesus Leon, V´ctor Ust´ rez y otras figuras ı a ´ ´ entranables de esa estupida contienda, pero ni por ˜ ´ equivocacion a mi t´o Ramon. Sin embargo, el rato ı ´ ´ menos pensado aparecio andando con uniforme ´ en La gran batalla del Cnl. Marzana. Despu´ s de e caminar interminables distancias con el regimiento Campos, hab´a entrado entre los primeros a ı Boqueron. Qu´ le costaba ahora aguantar cuatro e ´ d´as m´ s para acabar con el tenaz asedio paraı a guayo. Ramon recorrer´a el trecho final siempre al ı ´ mando de uno de los canones de que dispon´an ı ˜ los soldados bolivianos. Todo hac´a suponer que ı el primo de mi padre saldr´a de lo m´ s campante ı a del fort´n acorralado. Sabiendo que estaba vivo, ı volver´a a sus pagos para desmentir a quienes lo ı daban por perdido. Pero contra el fuerte no hay piedad. A las ocho de la manana del 25 de sep˜ tiembre de 1932, un morterazo lo destripo junto ´ a sus camaradas de seccion. Cuando lo le´, una ı ´ 34

ensordecedora explosion me dio alcance desde el ´ pasado. Me dijeron que por buscar los restos de su sobrino hu´ rfano, mi abuela murio en esas soe ´ ledades y dejo un hu´ rfano vivo, mi padre. e ´

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En momentos de suma claridad mental considero que el rodaje de la pel´cula de la guerra del ı Chaco ha concluido. S´ empero que ese orden ane ticipado de im´ genes y palabras es la antesala de a la locura o de la salvacion. M´ s vale entonces ola ´ vidarse del guion y pasar a temas menos arduos. ´ La edad, por ejemplo. Los jovenes que sol´an conı ´ fundir el aroma del duraznero con los efluvios del cuerpo femenino, est´ n avejentados. Las bea llas mujeres de antano, entrampadas en una vida ˜ sin resortes, tienen algo de la escritura que exige una lectura final, salvo las que por su continuo trato con la irrealidad del tiempo conservaron la sensualidad del bien perdido. De modo que un rato de esos decid´ ignorar que estaba tejiendo olı vido, porque comprend´ que dichoso es el que no ı delibera mientras teje olvido. As´ conoc´ a una y ı ı record´ a otra entre barrancos rojizos, molles y e eucaliptos. As´ volv´ a olfatear los durazneros. Mi ı ı memorioso cuerpo intervino con juvenil desenfa35

do, mezclando la inocencia de los sentimientos con el ritmo seguro del animal entendido en caminos sin salida. Muchas veces nos citamos en confiter´as, en habitaciones cubiertas de arboles y ı ´ en galpones sacudidos por el viento. Otras tantas quedamos en que el jacarand´ ser´a el s´mbolo de a ı ı nuestro ef´mero amor. Les causaba gracia que reı corriera miles de kilometros para verlas desnudas. ´ Con una o con otra, sospechaba que los viajes sufrir´an interrupciones cada vez m´ s seguidas. Fiı a nalmente, alguien se equivoco de ruta para que ´ yo me quedara en la punta de la colina. La ultima vez que volv´ por tierra de su prodiı ´ ´ go valle, era intermitente el brillo de las chozas del altiplano en los bordes oscuros de la carretera. Mis ojos sab´an al fin que la boveda celeste era ı ´ el unico mapa que quedaba de remotas edades. ´ Por eso me dorm´ sin sospechar que en el sueno ı ˜ se me acercar´a un corpulento individuo vestido ı de negro; pens´ que era un jesuita descarriado, e aunque cuando lo tuve al frente advert´ que de ı cura no ten´a nada. Se carcajeo con aire mal´ volo ı e ´ y me solto una adivinanza sin enigmas. ´ —Solo siendo libre podr´ s amar a los seres a ´ libres. Cuando me di cuenta de qui´ n era, le met´ una e ı patada en la canilla y me despert´ . e 36

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La mayor´a de la gente tiene miedo. A qu´ , no ı e lo s´ . A m´ me paso algo distinto, porque de tanto e ı ´ frecuentar el peligro le perd´ el miedo al mismo ı diablo. Ser´ porque desde mi temprana infancia a me gusto la ebanister´a, aunque ahora no disponı ´ go de martillos ni serruchos, menos de un garlop´n. Como fuese, el trato con maderas diversas ı me libro de temores de todo tamano, y me permi´ ˜ tio trabar amistad con individuos de procedencia ´ desconocida, cuando no de ´ndole perversa. No ı bastan los suenos ni las ideas para rayar en lo im˜ previsible, es menester obrar como un carpintero. Justamente, terminando una silla y construyendo un catre conoc´ los entresijos de Bera e incurı sion´ en los predios de sus amigos que, por lo e dem´ s, eran incapaces de clavar una repisa en la a pared. El privilegio del anonimato, unico presti´ gio que no me descorazona, me llevo a bailar con ´ ella y ser feliz hasta la empunadura. La noche ˜ final del entrevero me jugo una mala pasada el ´ oficio de carpintero: observ´ los libros y el lecho e en el que hab´a cre´do palpar la dicha, pero de ı ı repente la ciudad se me torno adversa. Entonces ´ supe que estar en un lugar como ausente, es co37

sa del hombre enamorado. Privado de sabidur´a y ı sin aptitud para el inutil llanto, me cans´ de mirar e ´ un ambito que ya me era ajeno. ´

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En aquel lejano verano ten´a en mi poder el ı diario de una mujer de pelo colorado que enloquecio de amor por un oficial del ej´ rcito bolie ´ viano. ¿Donde ir´an a parar esas melancolicas reı ´ ´ flexiones?, me pregunt´ al salir de mi oficina. En e la casa de los tejedores de la noche, la remembranza adquirio otra tonalidad porque ahora los ´ papeles principales estaban a cargo de tres militares paraguayos que, de paso por Villamontes, interpretaron en la pension de dona Flora polcas ´ ˜ y guaranias para congraciarse con las mujeres y despistar a los lugarenos; sin demorarse mucho ˜ llegaron a La Paz en plan de espionaje, donde los pillaron y los devolvieron maniatados a Asuncion. ´ A esas alturas era tan v´vida la rememoracion, que ı ´ por hacerlo mejor me fui a Buen Retiro, donde se me aparecio la autora del diario con sandalias li´ vianas, blusa clara y falda florida. —Me llamo Pamela —declaro con voz canta´ rina. —Tienes toda la frescura de una Elvira —le respond´ sin ocultar mi incredulidad. ı 38

Sonriendo ante mis dudas, me aseguro: ´ —Desde que supe que hab´a nacido para volverı me loca, sent´ que mi nombre era Pamela. ı —En todo caso eres una loca que despide perfumes de mujer enamorada —la mir´ embrujado e por su pasado. Ganas de tocarla no me faltaban, pero sus veintisiete anos en el imaginario masculino me ˜ hicieron sentir un imberbe que no atinaba a saber si llevaba calzon o estaba con todo al aire. De solo ´ recordar su drama, que para ella era una tragedia, me ataco la melancol´a. Iluminado al fin, not´ que ı e ´ Pamela hab´a vuelto m´ s bella que nunca del otro ı a lado de la frontera. Cautivado por su misterioso tr´ nsito, no me quedo otra que preguntarle por a ´ los paraguayos. —¡Vaya che! —se burlo de mi curiosidad. Pero ´ no tardo en abrirse a las confidencias: —Los pi´ las salieron con la cola chueca porque, en vez de proceder como esp´as de pelo en pecho, se les dio ı por cantar, tocar el arpa y montar a las hembras. El m´ s atrevido del tr´o, enloquecido por mi pelo a ı colorado, me arrastro el ala, me rozo el pecho y ´ ´ me dio un caramelo. El picaflor que me gustaba huyo al Brasil, le dije para acabar con el cuento. ´ Era cierto, pens´ yo. Los guerreros que se quee daron en Villamontes periclitaban en octubre es39

cuchando marchas militares. As´ se fueron yendo ı aquellos que, sentados en la plaza de los naranjos y toborochis, vapuleados por ardientes veranos, recordaban a sus amigos muertos. Emocionado por sus recuerdos, de improviso quise abrazar a Pamela. —Le voy a decir a mi mam´ que te haga boa tar de la escuela —me amonesto sujet´ ndose la a ´ cabellera con una peineta oscura. Despu´ s se fue e a preparar el caf´ hervido, sabiendo que se la dee vorar´a la noche. ı Con el rumor de los arboles penetraron en ´ Buen Retiro ruidos de gentes que part´an o lleı gaban. Entonces me fui por donde hab´a venido. ı En cuanto me sintieron entrar, los tejedores de la noche bajaron el volumen del bullicio. Mientras ellos segu´an bailando la saya de los morenos ı yunguenos, yo puse en el tocadiscos La trucha de ˜ Schubert que, curiosamente, no me devolvio a Vi´ llamontes sino a una medianoche muy especial en la ciudad de Tarija, cuando al pasar por debajo de una ventana iluminada escuch´ la Gran e polonesa de Chopin. Empezo a llover en el recuer´ do cuando sent´ a la pianista atrapada en otro ı tiempo. Sigue lloviendo para ese hermoso animal llegado de la eternidad. 40

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El guion de la guerra del Chaco quedo en sus´ ´ penso, aunque tengo la certeza de que marchar´ , a porque me gusta su comienzo y no me desagrada la arquitectura general del argumento. La historia comenzar´ con Horacio recorriendo la des´ rtia e ca llanura para ubicar los lugares donde transcurrir´ n las acciones. Arduo trabajo dar´ la eleccion a a ´ de Florinda, que se le aparecer´ al cineasta a la a orilla de un camino en noche de luna. Sometida al peine de hueso, su cabellera ser´ una aromosa a cascada negra. En eso estamos de acuerdo. Horacio cree factible contratar a Sonia Braga para encarnarla. Barrunto que la actriz brasilena no se ˜ echar´a para atr´ s ante una posible cabalgata frenı a te a la c´ mara. Pero dudo que venga. Si fuera el a caso, habr´a que conformarse con una pizpireta ı versada en teatro moderno, f´ cil de reclutar entre a las lunarejas que van a las academias de danza. Si se amilanara ante el desaf´o de una calistenia ı ficticia, estar´amos lucidos. De cine conozco casi ı nada, y eso que fui asistente en un ambicioso largometraje. Alguna vez le coment´ a Horacio que e una secuencia de dicha pel´cula por poco termiı na en un desastre. Tal como se hab´a establecido ı 41

en el guion, que no todos conoc´an, la nusta ayı ´ ˜ mara que deb´a ser violada por un mestizo echo a ı ´ correr sin saber lo que se le ven´a encima. Cuando ı su perseguidor trato de voltearla, resulto que ella ´ ´ era mucho m´ s forzuda de lo que todos supon´an. a ı Se defendio como pudo en una lucha feroz. Antes ´ de caer al suelo alcanzo a mirar al director que, en ´ lugar de acudir en su ayuda, daba ordenes al mes´ tizo para que le levantara la pollera y le abriera las piernas. Cuando se supo enganada, la muchacha ˜ se largo a llorar con desconsuelo. La comunidad ´ se sorprendio de que la brutal escena fuera pura y ´ simple ficcion. Y as´, de los gemidos de la agraviaı ´ da pasamos al temible silencio de los campesinos de la Isla del Sol. De modo que sin hacer bulla al d´a siguiente metimos nuestros b´ rtulos a las caı a noas y enfilamos hacia Copacabana. Sobra decir que la pel´cula de Horacio discurrir´ por planos ı a distintos, al menos en lo que concierne a Claudia, una burguesa liberada, y a Florinda, un fantasma de los caminos. Actrices y todo, nunca se sabe lo que puede suceder en un trabajo que, por angas o mangas, fomenta relaciones proclives a ahondarse en la realidad. Inevitable recordar al cineasta polaco y su joven esposa, protagonista de un romance trivial como tantos, menos para el actor de turno, 42

que, sali´ ndose del libreto, la puso a horcajadas e dentro del toldo arabe. En lugar del fingido recha´ zo de la inexperta actriz, la c´ mara registro primea ´ ro su turbacion y luego lo que nadie imagino. En ´ ´ cuanto salio de la tienda le llovieron ofertas pa´ ra escenas similares; las rechazo todas y se fue al ´ desierto con el actor que la sustrajo de tanta malicia y simulacion. Ni siendo mago podr´a adivinar ı ´ el destino que le espera a un elenco con ´nfulas ı de marcar hitos inolvidables. Por ahora sus figuras deambulan en la estancia de los suenos. Irrea˜ les como actores, son completamente reales como seres humanos. Los que hicieron historia en las arenas del Gran Chaco pronto resucitar´ n con sus a desconocidas virtudes, gracias a la representacion ´ cinematogr´ fica. Como fuese, la cuestion del jeep a ´ es clave para poner distancia. Horacio pasar´ por a Oruro y en pleno altiplano, en una noche fr´a a ı decir basta, beber´ con los arrieros de Porco para a averiguar lo que piensan de la guerra con el Paraguay, que para ellos opero en dos frentes, porque ´ mientras los jovenes iban a morir en las trinche´ ras, los viejos comunarios eran despojados de sus tierras. —No pensamos nada —responden echando alcohol a la Pachamama. 43

Se r´en y miran con curiosidad el moderno ı jeep. Caja de cambios autom´ tica, direccion sina ´ cronizada, motor de 3.500 cilindradas, en fin, nada que ver con esos camiones que en c´ mara lena ta llevaron a los soldados bolivianos a cavar sus tumbas en lejanas fronteras. Tienen una trasmision de primera, una corona capaz de atravesar ´ brechas gredosas, un tablero sin firuletes, todo perfecto, menos el volante, que es inestable. Paradas en la carrocer´a de un veh´culo de 1930 que ı ı avanza por el monte, Claudia y Florinda encarnar´ n a mujeres de una epoca desgobernada a a ´ canonazos. Si van mirando al frente, de cara al ˜ futuro, no tendr´ n idea del pasado que abandoa nan; si van mirando hacia atr´ s, observar´ n como a a ´ se aleja el pasado pero no ver´ n lo que se avea cina por el sendero. En ambos casos, maquillaje de por medio, se desplazar´ n impulsadas por filoa sof´as opuestas y obrar´ n como personas distintas ı a cuando hagan el amor con los hombres senalados ˜ por el guion para ofrendar sus vidas en los cam´ pos de batalla. La c´ mara har´ el resto y el dia a rector lo fundamental: cruzar el presente rumbo al pasado de modo tal que el inasible futuro desembuche sus enigmas. Est´ claro que traducir los a sentimientos predominantes en la contienda b´ lie 44

ca es un desaf´o de im´ genes y no de palabras. El ı a cineasta sabr´ transferir a la pantalla un texto que a sugiere noche de luna, susurro vegetal, sombras inquietas entre arboles raqu´ticos, viento de lluı ´ via, tinajas vac´as en el ancho patio, en fin, bebeı dores que dan punetazos sobre una rustica mesa, ˜ ´ creyendo que no hay nadie a muchos kilometros ´ a la redonda.

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—¿Sigues escribiendo poes´a? ı —Imposible abandonarla, incluso sabiendo que se quedar´ in´ dita —me respondio Jon´ s, que a e a ´ acaba de regresar de Alemania con un doctorado en antropolog´a. ı Deduzco por el tono de sus palabras que sigue siendo el mismo hombre generoso que conoc´ ı hace m´ s de una d´ cada, cuando de rato en raa e to ven´a de Cochabamba a La Paz para conversar ı con sus amigos. Recuerdo que una noche llev´ a e dos musicos de mi provincia a la casa de Adriana, ´ escritora y profesora universitaria; no me sorprendio encontrar en el agape a Jon´ s sino a la imprea ´ ´ visible Bera. Concluido el ritual de la amistad, Bera se brindo a remolcarnos en su jeep brit´ nico. a ´ En mi habitacion, violinista y bombero tomaron ´ 45

unos mates y clavaron el pico, en tanto que Jon´ s a se echo en el piso para desvariar con los ojos abier´ tos en la oscuridad. A Bera no la ve´a desde los ı tiempos de la universidad, pero empezamos a rememorar una vida en comun que transcurrio por ´ ´ carriles distintos. Desde que la conoc´ en el taı ller de la pintora Clara, en enero de 1961, no pude apartar la ilusion de amarla, ella sent´a algo ı ´ parecido, dijo en un tono casi inaudible, aunque sal´an sobrando las confesiones y cab´an mejor las ı ı preguntas, por ejemplo, ¿como se me ocurrio gra´ ´ bar las voces de esos campesinos dicharacheros que hablan de la vida con emocion desconocida ´ por las gentes de las ciudades? Eso no se dice. Al despuntar el alba la acompan´ a buscar su ˜e jeep: trepamos en silencio innumerables gradas, pero en un rellano, donde se detuvo para tomar aliento, me asalto la tentacion de abrazarla por ´ ´ la espalda. A pesar de la tristeza que me inhibio, ´ poco despu´ s retoz´ bamos en su lecho de mujer e a libre. En una tregua de tantas jornadas jubilosas en yunta, afirmo que el duo chaqueno era una ´ ´ ˜ maravilla, que celebraba nuestro encuentro en casa de Adriana, aunque esa noche creyo posible ´ liarse con Jon´ s. Nada de celos tard´os, apenas a ı extraneza por la suerte de los individuos y su ˜ 46

presunto libre albedr´o. Nuestras vidas tomaron ı otro rumbo y as´ resulto natural que Jon´ s y su ı a ´ mujer nos invitaran a tomar chicha en Tarata el d´a de Todos Santos, despu´ s de mirar la ciudad ı e abandonada en la oscuridad y de escuchar a los difuntos cantar y bailar alumbrados por la antigua soledad del mundo. Dormimos en la casa de campo, cada uno con el senuelo de su pareja, aunque ˜ merced a la confesion de Bera no pude sacarme ´ de la cabeza que Jon´ s en Tarata estaba con su a esposa y su amante, aunque el no lo supiera, y ´ yo con una companera que a la vez era la amiga ˜ de mi amigo. Por ese tiempo me convenc´ de que ı las relaciones humanas eran el enigma mayor de la vida: no concordaban con ninguna teor´a. Al ı menos eso comprend´ con Bera. ı —La mujer es el unico ser libre de la creacion ´ ´ —afirmo sin ofrecer ningun consuelo. ´ ´ —El hombre busca la autonom´a porque quieı re ser de s´ mismo —opin´ para precisar diferenı e cias. —La mujer pretende ser de todos; por lo tanto, practica la libertad —me respondio con cierta ´ ostentacion. ´ Dicho de modo sucinto, para una hembra cabal, donde hay carino no hay enemigos. En todo ˜ 47

caso, se trata de adversarios muy distintos de los que suele imaginar el macho. Jon´ s tiene dos hia jos y parece feliz, pero no ignora que yo s´ cosas e de su vida que jam´ s imagino que pudiera conoa ´ cerlas. Le hablo de Horacio y de la pel´cula con ı cierto laconismo, porque destila indiferencia ante el hero´smo de Froil´ n Tejerina. Prefiere opinar ı a sobre la poes´a erotica de Eustarki y recordar a ı ´ Sanzetenea, liberado de su enfermedad pero todav´a prisionero de la casa de la mente. De tanto ı orillar el mundo de amigos comunes, hasta el ayer volvio. Ser´ por eso que silenciamos lo sustancial: a ´ su amor por Carmen, que lo devoro desde su ju´ ventud. Jon´ s cree que conoc´ a la Carmen que a ı el frecuento y no sospecha que me involucr´ con e ´ ´ una Carmen que iba por el mundo huyendo de su pasado, ojos claros, piel blanca, algo menuda y ancuda como Bera, ningun otro parecido salvo el ´ de haber nacido para mandar. ¿Como decirlo sin ´ deformar los hechos? En cuanto bajo del bus que ´ la llevo a la frontera con el Paraguay, la mir´ con e ´ mis ojos de evadido. A pesar del companero que ˜ tra´a, el monte fue nuestro: la pose´ bajo los arboı ı ´ les que se balanceaban a medianoche, y la volv´ a ı montar en su ciudad natal. El final ocurrio en el ´ quinto piso de un edificio de La Paz: lloro mien´ 48

tras pon´a en la sart´ n un par de huevos y la vi ı e desamparada o enamorada, un animalito triste, todav´a perturbada por la lluvia que la mojo en ı ´ la llanura de tierra colorada. Qu´ enganado estae ˜ ba. Carmen no era un ser docil a sus sentimientos ´ y si me salv´ fue porque ya me hab´a librado de e ı Bera. Y si Jon´ s no se zafo de Carmen, es porque a ´ no tuvo ocasion de escabullirse de Bera. Esto no ´ se le cruzo por la mente a Jon´ s cuando, tras abraa ´ zarnos en la oficina, nos fuimos a tomar un par de cervezas. Ahora la comunicacion flu´a presionada ı ´ por una complicidad distinta. Cuando de rato en rato recordaba el pasado que lo hab´a lastimado, ı optaba por pensar en las pinturas de Van Gogh que lo subyugaron en Holanda. En esos trances era mejor rememorar la noche que durmio en mi ´ habitacion junto a los musicos chaquenos, mien´ ´ ˜ tras yo conversaba con Bera sobre las heridas inferidas a los indefensos por los tunantes de paso. Menos mal que Jon´ s no visito la residencia invena ´ tada y por suerte para el ignora que Buen Retiro ´ es una solicitud del recuerdo. Al cabo de muchos incendios y abrazos, Carmen me confeso que sus ´ relaciones con Jon´ s estaban selladas por un ina soportable sufrimiento. A los cuatro nos falto un ´ hervor, qu´ m´ s pod´a ser. e a ı 49

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Yo que me invent´ una residencia con alegr´a e ı desusada, s´ que la soledad es un trampol´n para e ı certezas que no figuran en ningun libro y s´ tame ´ bi´ n que ella sabe como moderar a los atrevie ´ dos. Puedo reconocer su aroma en arboledas, promontorios y quebradas entrevistos en suenos, en ˜ avenidas de ciudades sin mayores pergaminos, en hoteles y bares donde la angustia del suicida dejo sus huellas, en los ojos del asesino que dibuja ´ un convento. La profundidad de su perfume ocasiona tristezas indecibles como paso previo a inefables sucesos interiores. Apelando a la franqueza, se puede decir que no todos los seres humanos soportan los soberanos porrazos provocados por la soledad. Muchos cometieron incre´bles vilezas en ı sus afanes de evitarla y tejieron perversas teor´as ı para descalificar a sus devotos. Menos mal que algunos filosofos la definieron como companera fiel ´ ˜ de quienes incursionan en predios desconocidos. Como fuese, tengo para m´ que la soledad es un ı camino que transitan los iluminados, una estacion ´ que descubre a la mujer elegida, un c´rculo de luz ı erizado de dificultades, una brujula averiada para ´ el incauto, un laberinto cuajado de promesas para 50

el intr´ pido, una casa habitada por dioses y dee monios primitivos, la maga que echan de menos los amigos largo tiempo perdidos, en cualquier circunstancia la soledad est´ hecha de reverencia a y sobresalto. Por supuesto que provoca equ´vocos. ı Algunos creen que la sociedad castiga con ella a d´scolos o renuentes a respetar el codigo estableı ´ cido (sin ser determinante, a veces sucede). Los m´ s avisados saben que la soledad es una m´ scaa a ra que torna intocables a quienes alborotan un vecindario invisible. Para el individuo en tratos con la soledad, la vida de los hombres carece de secretos y el mundo es claro incluso en plena oscuridad. El solitario es un extrano que participa ˜ con fervor religioso en todas las cuestiones humanas. Es alguien que conoce como pocos y como nadie sigue siendo inocente. En algun periodo de ´ mi vida tuve opiniones encontradas sobre estos sujetos, hasta que las cuentas atrasadas de mis haberes me hicieron inventar una residencia libre de basura, al margen de sentimientos aviesos, en todo caso propicia a los fulgores ultimos, meta ´ fundamental para quien cree encarnar en la tierra la fugacidad de lo eterno. Tal la razon que ´ me llevo a instalarme en Buen Retiro. Como bien ´ se comprender´ , jam´ s tuve morada material, sala a 51

vo la que va conmigo, que por obra y gracia de los anos transcurridos responde a la arquitectura ˜ de un mundo menos ilusorio que el que defienden y ensucian mis cong´ neres. Quienes temen al e sufrimiento, se valen de cualquier artimana para ˜ evitar la soledad: acumulando dinero, peleando por el poder, buscando prestigio. La historia profana registra la impotencia humana para eludir el dolor. Ni siquiera los m´ s fuertes pudieron esa quivar el descenso a los quintos infiernos. Entonces, ¿por donde romper el cerco? Transformando ´ la ardua materia en musica, dir´a yo, en apertuı ´ ra al gran mundo que crece m´ s all´ de nuestras a a narices. Si no fuera que muchos coronaron esta empresa, la dar´a por inalcanzable. Para desdicha ı de los que se aterran por nimiedades, el acceso al conocimiento solidario en algun momento pa´ sa por la soledad total. Aqu´, en Buen Retiro, no ı todo huele a rosas como sucede con lo verdadero: entran vientos huracanados porque, al igual que el comun de los mortales, tengo un pasado; ´ llegan seres queridos y otros totalmente extranos ˜ porque, como morador de la tierra, estoy modelado por tiempos compartidos y puedo presentir la eternidad sin moverme de mi sitio. Aunque nunca pretend´ nada, mi destino era disponer de una ı 52

residencia inventada con arboles y lunas de otras ´ epocas, con libros impresos en todas partes, con ´ estantes, sillas y mesas trabajados por mis manos. Siempre imagin´ que la armon´a era posible e ı en la luz y en la oscuridad, e incluso acept´ que e los hombres renunciaran al presente y se mataran por lograr ese ideal. Ahora conozco la cruel estratagema de los atorrantes que huyen del esfuerzo gris pero llevan con rara docilidad el yugo de las pequenas costumbres. Nada m´ s que eso. En esta a ˜ residencia aprend´ tantas cosas que me libr´ por ı e un pelo de obrar como un optimista profesional. El terror de existir no me es desconocido, por lo tanto, entiendo que la gente se niegue a repetir tantas experiencias atroces. En lo que me toca, con infinita humildad digo que estoy dispuesto a recorrer las mismas hondonadas, puesto que nada depende de mi supuesta facultad para elegir.

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Leonard me mando de Nueva York una noti´ cia que har´ estornudar a los nacionalistas de esa te pa´s tan despreciado por sus hijos: Resonante ı exito de pel´cula boliviana en festival de San Francis´ ı co. Dice Leonard que el argumento es excelente y el doblaje impecable, aunque por si las moscas 53

y para redondear sus ideas, me solicito nuevos ´ documentos relacionados con el narcotr´ fico y la a novela en que se inspiro el cineasta para contar ´ los entretelones de un romance oriental. Le enviar´ lo que pueda con Paco, corresponsal de una e agencia espanola en Naciones Unidas. Y en retri˜ bucion, le pedir´ una copia en video del filme. e ´ Debo decir que perd´ las huellas de Leonard un ı monton de veces y otras tantas me lo encontr´ en e ´ insolitos lugares. Recuerdo que una tarde lejana ´ entro de lo m´ s campante al periodico, saludo a a ´ ´ ´ un renombrado cr´tico literario, me dio un abraı zo y me regalo Cantares de Ezra Pound. Queda´ mos en almorzar al d´a siguiente con Bera, a quien ı conocio en Sopocachi mucho antes que yo. Pues ´ bien, Leonard ten´a parientes chilenos, lo cual no ı le imped´a ser boliviano, como puede serlo un ı economista y doctorado en letras que vive lejos de la tierra natal, es decir, en Nueva York, donde cierta vez hablo de retornar al pa´s con el proposiı ´ ´ to de montar una editorial en La Paz. Es probable que su ambicioso proyecto se hubiera ido al tacho, porque esta vez no dijo nada de las publicaciones proyectadas. Desligado a destiempo del organismo internacional donde fung´a como exı perto en cuestiones del Cono Sur, insuflo nuevos ´ 54

aires a su vida sin salir de Nueva York, donde sigue impert´ rrito. Bera le pregunto por el elegante e ´ departamento que ocupaba en la Lexington. Leonard dijo con orgullo que era suyo. La comodidad era lo primero, al menos para la mujer con quien se casar´a una vez que se divorciara de un militar ı que, por otra parte, saltar´a a Viena en calidad de ı diplom´ tico. Leonard es un tipo incapaz de poa nerse triste los fines de semana; por el contrario, es un mundano de primera al servicio de sus numerosos amigos. La melancol´a no lo agobia ni ı siquiera cuando extrana a su futura esposa. Con ˜ eso est´ dicho todo. a El periodista que llevar´ el paquete para Leoa nard aparecio esta tarde con unos documentos ´ in´ ditos sobre las relaciones del gobierno bolie viano con Washington durante el periodo 195254. Paco se sent´a deslumbrado por la realidad de ı los hechos, al igual que el bisono escritor cuando ˜ encuentra los argumentos para tramar la novela sonada. Menos mal que se decidio por unas croni˜ ´ ´ cas propicias a la invencion que, segun el, dejar´ n a ´ ´ ´ turulatos a quienes dudaron de los nacionalistas que enarbolaron las banderas de abril. —Eres muy avaro con tus primicias period´stiı cas —le reproch´ a Paco. e 55

—Viaj´ a Tarija con el exclusivo proposito de e ´ entrevistarme con el l´der de la revolucion de 1952 ı ´ —empezo a contar, chocho de la vida—. El que ´ me haya recibido, era ya una deferencia inesperada. A trav´ s de sus escuetas declaraciones, proe pias de un hombre proverbialmente parco, confirm´ la tesis antiimperialista del libro que ese toy escribiendo. Lo malo es que no me permitio grabar la conversacion y tampoco me dejo to´ ´ ´ mar notas —se lamento. ´ Entonces le dije que hace diez anos Bera con˜ verso magnetofono en mesa con el famoso jefe del ´ ´ MNR. Desolado, Paco abrio su bocaza de oso an´ dino. Lo remat´ con un dato que pod´a comprobar e ı con su nunca bien ponderado olfato period´stico: ı el longevo caudillo de una revolucion abortada ´ hab´a grabado para la Biblioteca del Congreso de ı Estados Unidos todo lo concerniente a su vida privada y publica. Quedo aturdido. Lo reanim´ ene ´ ´ treg´ ndole el sobre para Leonard. Al ver la direca cion, dijo que no tardar´a nada en hac´ rselo llegar, ı e ´ porque su edificio estaba a la vuelta de la esquina. Con ganas de entrar en confidencias, conto que ´ Johnny, el mayor de sus hijos, aprendio el idio´ ma japon´ s para especializarse en la econom´a de e ı los tigres asi´ ticos. S´, claro que s´, por supuesto. a ı ı 56

Antes de que emprenda vuelo por esos mundos, lo traer´ de las orejas a Bolivia para que recoa nozca sus or´genes. Me cre´ obligado a informarı ı le que mi hijo mayor, un pichon de astronomo, ´ ´ vino a La Paz con la idea de trabajar y obtener una beca que le permitiera explorar galaxias poco conocidas. Paco ya no me escucho. Salio con ´ ´ el paquete para Leonard, sin saber que llevar´a ı a Nueva York los antecedentes de una pel´cula ı boliviana que est´ haciendo furor entre los latia nos del norte. Paco ignora tambi´ n que una copia e de su entrevista con el jefe del MNR ya se halla en la Biblioteca del Congreso, repositorio de donde extrajo los documentos sobre los insobornables nacionalistas de abril de 1952.

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Me llamo Humberto de la Universidad de ´ Pittsburgh para decirme que finalmente se publico la antolog´a de poes´a boliviana compilada ı ı ´ por Elizabeth Volkow; luego me pidio datos de ´ la cultura chipaya, que no los tengo, bache que aprovech´ para preguntarle si conoc´a a Leonard; e ı hab´a o´do hablar de el, dijo, aunque me dio la ı ı ´ impresion de estar en la luna. No creo que Hum´ berto quisiera mentirme, sino que debe descontar 57

que Leonard es un profesor con un venturoso porvenir, cosa cierta por un lado y discutible por otro. Humberto nacio en Potos´ no se sabe cu´ ndo ı a ´ y ensena antropolog´a en Estados Unidos desde ı ˜ hace veinte anos, donde le rinden pleites´a por ı ˜ sus intrincados estudios sobre el mundo andino. Por supuesto que Bera y Humberto se conocen y seguro que con el correr de los d´as enriquecer´ n ı a su amistad, porque tienen un horizonte intelectual comun; la ultima vez que Humberto vino a ´ ´ La Paz comento de pasada que se hab´an amaı ´ necido conversando, bebiendo y masticando coca en un agape a lo aymara. Tambi´ n yo fui tocae ´ do por su idealismo sin tropiezos, de modo que pens´ con mucha ternura en su hija Shapira, crecie da en Maryland pero con el aire de las muchachas bolivianas, sin duda, un notable cruce de hombre andino con mujer gringa. Lo mismo le parecio a Beba, de antemano conmovida por la melan´ col´a de Humberto, propia del que se va del pa´s ı ı y trata de no perder pie en territorio ajeno. Sobra decir que estimamos much´simo al potosino, ı pues sabr´ lo que quiera de antropolog´a y raa ı mas anexas, pero en el fondo lo agobia la idea de contar pormenores de su historia y no est´ muy a seguro de que la literatura sea en su caso el canal 58

adecuado. Despu´ s de visitar a Bera, el profesor e de Pittsburgh aparecio por la casa de los tejedores ´ de la noche. —Caminos de luz que no suelen aparecer en los libros —canturreo recordando a unos charan´ guistas de Aiquile. Esas antiguas melod´as no le impidieron conı fesar que pronto se casar´a en segundas nupcias ı con una neoyorquina; luego, sin que le venga al caso y con una parquedad que lo honra, afirmo ´ que el ser humano es esencialmente una posibilidad. A buen entendedor pocas palabras. Como fuese, sus amigos de aqu´ ya se enteraron de su ı reincidencia. Pens´ que desde Pittsburgh pod´a e ı soltar prenda, pero eligio la omision. Creo que ´ ´ Humberto no quer´a ocultar nada. Simplemente ı paso por las frondas amorosas de Elizabeth sin ´ nombrarla, y tambi´ n se desentendio de la pel´cue ı ´ la que conmociono a Leonard. En cambio se en´ tusiasmo con la hazana de un cr´tico literario boı ´ ˜ liviano que no pudo ser poeta, metido ahora patas y cabeza en el siglo pasado, buscando alguna veta novedosa en la farragosa produccion l´rica ´ ı latinoamericana. Fue un di´ logo por carriles disa tintos, porque no le dije nada de mis proyectos de elaborar un guion sobre la guerra del Chaco ´ 59

y ni siquiera se me ocurrio contarle algo del ar´ te de escuchar el trino de los p´ jaros, leitmotiv a del nuevo filme de Arciles, estrenado con mucha fanfarria en La Paz, como pudieron atestiguarlo Horacio y una punta de cr´ticos de medio pelo. ı El previsible conflicto entre ind´genas y mestizos ı es aplacado por una extranjera, mediadora tambi´ n en el relato de una filmacion que sirve al e ´ cineasta para comprometerse, m´ s que con la hisa toria de la conquista espanola, con los entrete˜ lones de su propia vida. La obsesion que sale a ´ flote no es como para felicitarlo, pero al menos desembucho lo que lo ten´a empachado. Naturalı ´ mente, el publico trono en aplausos al concluir la ´ ´ exhibicion. Con Beba salimos volando a cumplir ´ obligaciones pendientes. Al filo de la medianoche nos encontramos en la casa de los tejedores de la noche. En lugar de comentar la pel´cula, nos queı damos dormidos, fatigados por la ardua jornada. Me consta que Humberto tiene puntos de vista definidos sobre el cine latinoamericano y otras materias aledanas. Pero cuando me llamo de Pitts˜ ´ burgh, cre´ escuchar a alguien que se sobresalta ı ante un posible retorno a Potos´, sin duda porque ı desear´a que su pa´s fuese algo no tan distinto, ı ı incluso m´ s hondo, pero menos triste y m´ s fiaa a 60

ble para vivir e investigar sin el terror de no tener nada. No es la primera vez que el sueno dorado ˜ hace doler la cabeza.

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Beba es alta y delgada, aunque no me parecio tanto aquella noche que me la presentaron en ´ la universidad. Toda de azul oscuro, desde sus pantalones ajustados hasta sus sandalias de viajera. Negra cabellera ensortijada hasta la cintura, grandes tetas debajo de una blusa ligera, boca sensual que contradec´a la vaga tristeza de su mirada; ı en fin, Juanito me paso su tel´ fono y la llam´ sin e e ´ suerte no s´ cuantas veces. Cuando la daba por e perdida, toco la ventana de la casa de los teje´ dores de la noche, entro por un momento y no ´ tardo en salir, a la semana volvio trayendo la luna ´ ´ y se demoro una eternidad. Beba se fue quedan´ do conmigo al comienzo sabiendo lo que quer´a y ı al final sin saber lo que hac´a. Por aquella tempoı rada record´ que la mujer es el unico trampol´n e ı ´ hacia el para´so prometido, frase acunada por Hoı ˜ racio en un arrebato de pasion, y con el correr de ´ las horas desabroch´ sus veintisiete anos imbuido e ˜ por el af´ n de tocar la vida en movimiento. Les a dije a mis amigas que me hab´a ido muy lejos y ı 61

ellas, contentas con lo que oyeron, me dieron por perdido. Sin malestar alguno, se alejaron saltando de una vereda florida a la claridad de nuevos d´as. Mara decidio emprender interminables viaı ´ jes, Bera eligio el ministerio de Asuntos Campesi´ nos, Anabel la luminosa distancia, Anah´ el amoı roso olvido, Pamela la solidaridad tropical, Margarita el despecho. Amantes o no, se fueron sin advertirme que hab´a venido a m´ la nina m´ s herı ı a ˜ mosa que pisaba la tierra. Pero yo s´ que, adem´ s e a de lo que pudiera promover en la ardiente lejan´a, ı Beba encarna la bondad sin idiomas en cualquier cercan´a. Celosa no es y menos indiferente, pero ı hubo incendios que iluminaron su curiosa personalidad. Dicho de otra manera, su seguridad no es de este mundo, porque le da lo mismo que yo pudiera tener otras mujeres o que no las hubiera tenido nunca. Cierto que alguna vez sus ojos se humedecieron, quiz´ s por miedo a que uno a de los dos estropeara el milagro; su alma se hab´a ı banado en l´ grimas sin que yo me diera cuenta de a ˜ que en lo suyo triunfaba la otra escritura. Qu´ de e raro que las experiencias de mi vida parezcan un colmenar: todo est´ en su sitio porque todo se pua so en movimiento. Ahora bien, con Beba siempre andamos bordeando la promisoria irrealidad. Ella 62

se embarco con universitarios que ni se enteraron ´ del mutismo aromoso de su alma y yo sal´ maltreı cho de tantas expediciones que incub´ la idea de e volverme anacoreta. Entonces resulta natural que mirando a Beba desnudarse me pregunte por las cosas que no me ocurrieron y tambi´ n por las que e me sucedieron sin saber por qu´ . De modo que e ahora mismo puedo recordar sin inconveniente un valle al caliente mediod´a, una muchacha danı do vueltas por la plaza, que otros hagan la siesta mientras vamos a caminar por una quebrada. Llega del pasado con sus ojos castanos y su pe˜ lo ondulado para decirme que no hay nadie en los alrededores, como ahora, salvo barrancos rojizos, molles y eucaliptos. Hicimos el amor para que tiempos distintos se cruzaran una y otra vez, porque en aquellos lejanos anos el futuro era tan ˜ distante como evasivo es el presente que me habita. Los arboles en la tormenta, los animales al ´ borde del abismo, los caminos sin salida y las mismas piedras nos dicen que al para´so se entra por ı la puerta que inventa el deseo. En cuanto a m´, ı absolutamente nada, salvo que estoy mirando la claridad del mundo desde otra ventana. Solo yo ´ s´ que Beba recogio con su cuerpo la fragancia e ´ de los or´genes, all´ donde la diosa de los oscuros ı ı bosques vacila y pierde sus enigmas. 63

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Un viento antiguo arranca de los arboles de ´ Buen Retiro melod´as conocidas por mi pecho. ı Menos mal que al cabo de un abrupto descenso se impone el aire c´ lido de un mundo reci´ n a e inaugurado. Claro que he venido un monton de ´ veces a esta estancia donde el aroma de lo perdido despide incesante melancol´a. Pero ahora me ı baj´ de las palabras para traer de la cocina una e botella de barro. Al retornar, en lugar de Beba encontr´ a Pamela durmiendo desnuda sobre un one dulante lecho. Todo, incluso el presagio de lluvia, me recordaba una medianoche en Tarija. Aquella vez, bajo la luna empanada por nubes viaje˜ ras, solo sent´ un piano en la ventana iluminada ı ´ y mis pasos en la calle desierta. ¿Quiz´ s era la a misma int´ rprete que anos despu´ s me dir´a que e e ı ˜ en Japon los arboles destinados a la fabricacion ´ ´ ´ de instrumentos musicales crecen en lugares solitarios? Es dif´cil recorrer con las voces de otros ı tiempos el camino transitado por el cuerpo. En la residencia inventada aprend´ que el mundo es ı del tamano de una uva, dulce y ovalado, pero ca˜ paz de albergar a un dragon cuando alcanza la ´ jerarqu´a de la ficcion. ı ´ 64

Alruti Migum

1
La primera marcha que aprend´ entre los fraı gores del verano fue la compuesta por Adri´ n Paa tino en homenaje a Froil´ n Tejerina, soldado de a ˜ la guerra del Chaco que, segun mi padre, ten´a la ı ´ talla del h´ roe, aunque en el colegio me convene cieron de que el susodicho solo exist´a en la imagiı ´ nacion de mi progenitor. Mucho despu´ s le´ en un e ı ´ libro de historia el escueto testimonio de Froil´ n a sobre la refriega ocurrida en Fort´n Sorpresa el ı 26 de febrero de 1927, tarde en que dos oficiales paraguayos que pernoctaban en calidad de prisioneros de pronto se envalentonaron y se fueron, sin que el capit´ n boliviano Gonz´ lez pudiera ima a pedirlo tras un forcejeo que m´ s parec´a un acto a ı de complicidad que una en´ rgica apuesta por las e 67

leyes del pa´s. Tras desparramar las barajas soı bre la mesa, el capit´ n Rojas Silva y su estafeta a Arraya rumbearon hacia el monte que conoc´an ı como la palma de sus manos, pues en esas andaban, explorando un territorio propio que al parecer hab´a sido hollado por los bolivianos; corrieı ron un largo trecho y se ocultaron bajo tupidos arboles para recobrar fuerzas, sin saber que Te´ jerina los segu´a de puro comedido, porque no ı ten´a velas que poner en ese entierro, pero las puı so como mero conscripto el rato que Rojas Silva, incorpor´ ndose, amenazo con echarle unos tiros a ´ y para acobardarlo le atizo unos machetazos en ´ la cabeza y despu´ s de equivocarle una punalae ˜ da desenfundo su pistola, con lo cual Froil´ n se a ´ acabo de enfurecer y a golpe limpio le quito la ca´ ´ rabina a Arraya. De sopeton se hab´an metido en ı ´ un callejon sin salida de modo que, en lugar de ´ retroceder para tomar cervezas y entonar coplas llaneras, atinaron a disparar sus armas al mismo tiempo. Tejerina quedo herido en la sien derecha, ´ Rojas Silva tendido con un plomo en la sesera. En ese fatal instante, saliendo de su desmayo, Arraya quiso pasarse de vivo haci´ ndose el muerto. e —¡Te voy a meter un litro de agua bendita al culo, carajo! —lo amenazo Froil´ n. a ´ 68

Y se lo llevo encanonado al fort´n. Al verlos ı ´ ˜ llegar, Gonz´ lez tiro su gorra al suelo y grito alara ´ ´ mado que por culpa de Froil´ n habr´a guerra, a ı como que la hubo, y no solo por el imprevisto fi´ nal de Rojas Silva, hijo de un presidente paraguayo, sino porque los dos pa´ses ten´an sus razones ı ı para disputar un espacio geogr´ fico cubierto de a pajonales y soledad. El comando despacho a Te´ jerina a la ciudad de Tarija para que curaran sus heridas, en tanto que por el norte del pa´s Pompiı lio Guerrero, anodino agente de aduanas, acato la ´ orden de trasladarse al Fort´n Campero, donde ı no tardo en descubrir que la Standard Oil pasaba ´ petroleo boliviano a la banda argentina mediante ´ un oleoducto clandestino; por su cuenta junto da´ tos y viajo con pruebas a la sede del Gobierno, sin ´ sospechar que ser´a encarcelado por denunciar lo ı que muchos sab´an y ocultaban. Am´ n de la imı e petuosa carta enviada a las autoridades, dibujando con pelos y senales el atropello al patrimonio ˜ boliviano, poco se conoce de Pompilio, salvo que nacio en Garc´ Mendoza y que una tarde caluroı ´ sa, bebiendo con oficiales del Fort´n Campero, de ı buenas a primeras un capit´ n le propino un lapo a ´ y sobre la marcha el aduanero le echo un vaso ´ de cerveza en la cara; despu´ s de medirse de ese 69

ta manera, siguieron farreando. Tampoco se sabe mucho de Froil´ n, criado entre los cerros pelados a de Guayabillas. Desatada la guerra en 1932, ya casado pero sin hijos, volvio a cruzar el desierto con ´ su mirada de animal ciego y murio peleando en ´ Campo Santa Cruz. De su itinerario vital apenas queda una fotograf´a con uniforme de campana. A ı ˜ Pompilio, extraviado en la pomposa memoria de su tiempo, es dable imaginarlo como hombre de un solo huerto, melancolico, testarudo y con irre´ nunciables deberes condenados de antemano al fracaso. Reservado, casi hosco, Guerrero parec´a ı estar al margen de cualquier comparacion; como ´ fuese, este cronista encontro su par en Dumar Al´ ´ jure, militar colombiano que se paso a la guerri´ lla. Volv´a yo de Alemania influido por el misteı rio de la catedral de Colonia, cuando la inefable Mara, antes de bajar del avion en Bogot´ , me oba ´ sequio Tras las huellas del bien perdido, libro donde ´ aparece Aljure con sombrero de ala corta, rodeado de sus intr´ pidos cad´ veres disciplinados en e a la selva indomita. ´ —El razonamiento correcto es por antonomasia un argumento contra la propiedad privada —les dijo con su perfil de llanero.

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Bera se leyo la obra de un tiron, porque el au´ ´ tor era su amigo y la violencia le quitaba el sueno. ˜ Para completar la trama, Horacio retorno de M´ xie ´ co con la idea de hacer cine en Bolivia, empezando con un crudo documental sobre la migracion ´ campesina a la ciudad, finalista en San Sebasti´ n a y Palma de Mallorca. Por su lado, Bera se propuso relatar la historia de un anarquista de los anos ˜ veinte y como teoricamente sab´a de todo un poı ´ co, le propuso a Horacio oficiar de camarografo, ´ invitacion que acepto a condicion de que yo traba´ ´ ´ jara el guion sobre la guerra del Chaco, compro´ miso que asum´ sin imaginar que durante el rodaı je Bera se enamorar´a del actor de primera l´nea ı ı y se ir´an juntos, es decir, yo saldr´a de su deparı ı tamento sin protestar por el definitivo quebranto. Mientras una banda militar ejecutaba la marcha de Froil´ n Tejerina, consegu´ las sillas para a ı la ultima escena, prest´ mis zapatos al que hac´a e ı ´ de acrata y, finalmente, una actriz en desuso me ´ llevo a chupar naranjas al mercado de Miraflores. ´ De lo dem´ s no puedo decir nada, excepto que a fui a parar a la casa de los tejedores de la noche, donde me esperaba un cuarto con su bano y la ˜ soledad como fiel amante. Otra vez sent´ mucha ı melancol´a, de noche y de d´a, en una ciudad que ı ı 71

me parec´a hostil o cuando menos indiferente, de ı modo que sonaba con mujeres que ven´an de las ı ˜ cuatro esquinas dispuestas a consolarme, sent´a ı el aliento de la que tocaba mi puerta por equivocacion, me solazaba con la que se hac´a ensartar ı ´ sin dejarse tocar, le daba la razon a la que se iba ´ para no volver y festejaba a la que se casar´a con ı un senor de edad. Menos mal que Juanito Ortega ˜ y el visitante cerraron con broche de oro tamanas ˜ anomal´as. ı —El hombre dura m´ s de lo que deber´a dua ı rar —le advirtio desde su sillon de mimbre el ´ ´ hombre de traje azul, sombrero y corbata—. En cambio los angeles solo aparecen. ´ ´ A Juanito se le tupio el entendimiento de ver´ lo pata pelada. Era el sargento Froil´ n Tejerina, de quien o´ haa ı blar en cuanto me empezo a clarear el entendi´ miento. Tras ese curioso incidente, pegu´ su fotoe graf´a a la pared y como por arte de magia Horaı cio decidio darle un papel estelar en la pel´cula. ı ´

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Mara me envio una entrevista del cubano Ro´ dolfo al nicaraguense Elmer, ocurrida en Bogot´ . a ¨ Por s´ las moscas, no se trata de pesimistas camuı 72

flados en la literatura, sino de poetas que creen haber descubierto en los hombres de este tiempo rastros de una imborrable tristeza. Lo expreso con ´ tanta seguridad el sandinista que de pronto record´ la enorme tristeza de gentes que conoc´ en e ı situaciones m´ s bien hilarantes, que muy tema prano hab´an perdido a sus seres queridos, que ı se hab´an deslomado todos los d´as, que no les alı ı canzaba para nada la fortuna de estar vivos y que, por si fuera jabon de olor, no cometieron ningun ´ ´ delito en el negocio de aguantar el insaciable apetito. Entonces escuch´ la respiracion de los que e ´ caminan despojados de los ornamentos del intelecto creador, de los que van y vienen ajenos por completo a los quehaceres del poeta, de los que se tornan comunicativos por el solo hecho de nacer, vivir y morir prescindiendo de artilugios convencionales. Y me domino el pavor. A diferencia ´ de tantos, algunos son tocados desde el principio por una poes´a de otro orden, que los hace aleı gres en su tristeza y fuertes en su desvalimiento. Al ver sin antiparras la realidad en su verdadera dimension, present´ aquellos sucesos que definen ı ´ el destino de la criatura humana. En consecuencia, debo decir que la casa de los tejedores de la noche fue levantada con el trabajo diurno y el su73

dor nocturno, sin que el ocupante de la planta baja se preguntara por la melancol´a de los esposos ı y sus tres hijas, porque no daban esa impresion, ´ al menos las muchachas, indiferentes a todo, incluso a la hora en que lo esencial colinda con la diafanidad de los enigmas, no as´ sus padres, que ı se toparon con la realidad en su verdadera dimension mucho antes que yo y quedaron tenidos ´ ˜ por una tristeza imperceptible para los profanos, pero no para m´ que, por lo dem´ s, estaba seguı a ro de que jam´ s memorizaron un verso y nuna ca alardearon de sus ajetreos pol´ticos, de modo ı que, siendo lo que son, ciudadanos chistosos, no se evaden de nada y acatan sin corcovear las leyes de la realidad, todo extranamente cierto, al ˜ menos para m´, que cre´ invadir un mundo que ı ı ya me hab´a invadido para observar a trav´ s de ı e mis ojos los escondrijos de un interminable escenario. Me apabullo el miedo de comprender sin ´ haber aprendido a amar. Por eso, sin asustarme de los contrastes de la oscuridad, contraje los h´ bia tos de la penumbra para ver las cosas con mayor claridad. Qu´ me quedaba sino reconocer que ese e terror lo hab´a experimentado en cuanto empec´ a ı e caminar por cuenta propia, o sea desde que descubr´ los bejucos de la tristeza en la casa de mis ı 74

padres. Ocurrio hace tanto tiempo que me pare´ ce mentira que aquella tarde se hubieran ido a no s´ donde. Los animales dorm´an en la oscurie ´ ı dad, los arboles eran apenas sombras en sendas ´ desaparecidas, todo se hab´a aquietado menos la ı noche insomne. Y mis padres no volv´an. Cuanı do finalmente retornaron metiendo bulla, la vida recupero su aire eterno, es decir, los hombres ´ otra vez ten´an pinta de inmortales, por lo tanı to, la realidad verdadera era una pesadilla que los seres tocados por una poes´a de otro orden ı transforman, por la magia del arte, en escenario seguro y fraterno. Para desdicha de los optimistas, con el correr del tiempo los padres dejan de representar un mundo fiable para que los hijos asuman ese papel con relacion a su descendencia, ´ de suerte que el progenitor levanta un techo protector, disena sistemas defensivos, proyecta pues˜ tos de avanzada, adiestra centinelas, en fin, tiende puentes y erige murallas que son nada cuando la verdadera dimension de la realidad establece que ´ el hombre esencial es una criatura hecha para la soledad, tal como se desprende de las palabras de Rodolfo y Elmer, que removieron sentimientos adormecidos en todos, menos en los que, como resulta previsible, fueron tocados por una poes´a ı 75

de otro orden y, en consecuencia, despojados de bienes adventicios. En un aparte en Bogot´ , Roa dolfo me comento que visito La Paz integrando la ´ ´ comitiva de un famoso comandante nicaraguen¨ se. Nada raro que lo hubiera escoltado hasta el periodico donde yo trabajaba. Recuerdo que me ´ hizo la mejor impresion, por su modo de hablar ´ y su manera de andar con el uniforme cabal. Bera no se asombro de nada. Poco tiempo despu´ s nos e ´ separamos y ya no pude confiarle la decepcion ´ del poeta cubano. —La revolucion nicaraguense se fue al r´o de ı ´ ¨ la mierda por culpa de la corrupcion. ´ —¿Los comandantes no eran una excepcion? ´ —Todo estaba tan podrido que me trep´ a e un arbol —declaro con su irrepetible estilo cari´ ´ beno—. ¿Te parece una frusler´a lo que acabo de ı ˜ decir? El rato menos pensado los caminos se aclaran. A pesar de haber seducido a Mara con su jovialidad, Rodolfo intuyo como hombre triste que la ´ verdadera escritura se depura con el tiempo, o sea cuando la vida se convierte en memorable idioma, de modo que no era mero azar su entrevista con Elmer, poeta que jam´ s cerraba la ventana de su a casa, menos cuando pasaban esos antiguos arrie76

ros, sabe el diablo de donde ven´an, sabe Dios a ı ´ donde iban, esos incorruptibles sent´an en el aiı ´ re la tristeza que recorre el mundo cuando los que mandan flaquean, porque ya no pueden soportar la realidad en su verdadera dimension y ´ menos ser francos con quienes cayeron al fondo del abismo para obrar como fieles tejedores de la noche. Supongo que Bera forma parte de la legion ´ de los tristes. Nada sabe de la entrevista que acabo de leer. Sin embargo, me basta con recordar su mirada perdida en horizontes que conozco de memoria. As´ me convenzo de que hace lo que ı puede para no asustarse con la verdadera dimension de la realidad. De seguro que a estas alturas ´ no le sirve de nada saber tanto, al menos si presintio el otro orden de la poes´a, la revelacion que ı ´ ´ instala la soledad, el escenario donde los alegres bebedores de antano se metieron sin saber leer ni ˜ escribir. Habiendo visto la realidad en su verdadera dimension, era natural que Beba me pareciera ´ incluso m´ s triste, como que en verdad lo es y no a lo puede disimular ni siquiera con su extrema delicadeza, quiz´ s porque en su cuerpo perfumado a por muchas edades percibo el testimonio de alguien que habla, canta y se desnuda sin pensar en los elementos adversos que empanan la realidad. ˜ 77

En momento tan crucial empieza a propagarse el amor que alguien siente por los seres humanos: los inventa para representar lo fugaz y ocultar la verdadera realidad. Qu´ decir de quienes asumen e ese papel de un modo natural, es decir, sin imaginar lo que ocurre detr´ s de los bastidores. Absoa lutamente nada. Por lo tanto, me resulta dulce y necesario que Pamela tenga tanta vida en mi memoria como la tiene Beba en la realidad, aunque a la larga solo ser´ un conmovedor recuerdo. a ´

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Con el cuento del jeep record´ el camion que e ´ manej´ en mi juventud. Lo trajeron destripado a la e casa del mec´ nico que deb´a arreglarlo, tarea que a ı duro medio ano porque le faltaba casi todo y lo ´ ˜ que no le faltaba estaba en un estado calamitoso. Llego, sin embargo, el d´a en que el motor emı ´ pezo a echar humo por atr´ s y por delante en su a ´ triunfal marcha por el monte. Eran epocas felices ´ porque aparecieron otros hermanos y el mundo se ensancho en el colegio, de modo que no anor´ ba´ ˜ a mos nada, ni siquiera al rudo camion que nos ata´ jaba el paso durante las vacaciones. Por ese tiempo conjetur´ que gracias a la materia la vida se revela e tal como es y no como aparenta ser. La materia 78

se desgasta cuando tiene forma definida, pero se transforma sin perder un gramo de energ´a. Es lo ı que ocurre con los motores y las criaturas peludas: salen de la f´ brica para contradecir los prina cipios de la teor´a, porque jam´ s rinden al cien ı a por cien. En suma, todo lo que entra en contacto con la realidad, se desmerece. Empezando por los camiones que ahora circulan, bonitos pero enclenques. Ignoro si me invent´ un jeep para trasladar e a Horacio a la indomita llanura chaquena o para ´ ˜ disponer del unico modelo que rinde en la fic´ cion como ningun automovil en la tierra de los ´ ´ ´ hombres.

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Del projimo no se sabe nada. O en todo caso ´ se llega a saber algo cuando las cosas ya no tienen remedio. Digo esto porque nunca imagin´ que e Horacio, un don Juan que despista con su talante sufrido, hubiera tenido amores con Carmen y Florinda. O que alguna andaluza se hubiera encamado con el soldado desconocido. Los encuentros m´ s desatinados podr´an multiplicarse con solo a ı ´ escudrinar las vidas ajenas, cosa vedada a todos ˜ menos a los curiosos. Por lo dem´ s, llama la atena cion que los seres humanos se enemisten cuando ´ 79

est´ n proximos y se extranen cuando los separan a ´ ˜ enormes distancias, con lo cual ocasionan incontables penas a personas como Jon´ s. Dicho sea de a paso, los amores del cineasta no me perturbaron, tal vez porque cuando los celos me acosan me saca del apuro la irrefutable certeza de que la unica ´ puta fiel es la vida. Como fuese, soy el menos indicado para tirar la primera piedra, al menos desde que conversaciones triviales con la esposa de un amigo pasaron a mayores. Eso ocurrio en Berl´n. ı ´ El malestar del marido se diluyo en M´ xico, done ´ de se enamoro de Bera, sin sospechar lo que ella ´ andando el tiempo ser´a para m´. Todos son de toı ı dos o, en su defecto, nadie es de nadie. Las parejas m´ s solidas pasan por diversos retenes antes de a ´ reconocerse. Guarniciones fatales que llegan del futuro y se parapetan en el pasado para atajar a quienes deben sufrir por una amada que aun no ´ tocaron. Fui un ret´ n para Jon´ s, as´ como mue a ı chos lo fueron para m´, empezando por Horacio. ı Y no fui nada para Pamela, salvo un amigo que la trajo del pasado para halagarla en una residencia inventada. Tampoco le quit´ el sueno a Colette, e ˜ que volvio de la muerte convertida en loba, tal ´ como la vi en un televisor de la alcoba de Buen retiro, otra vez banada en l´ grimas, sonando de a ˜ ˜ 80

nuevo con el amor m´ s puro de la tierra. Llega, a finalmente, la edad en que la vida arrima mujeres duenas de sus cuerpos y propietarias de sus ˜ ideas. De tal suerte que el diccionario elaborado por los hombres resulta rid´culo de cabo a rabo. ı ¿Qu´ otra cosa pensar cuando el individuo iluse trado asocia lo incorrupto con la mujer virgen?

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Acompanado de comerciantes que viajaban a ˜ la apartada frontera con el Paraguay, hace anos re˜ cal´ en Retiro, puesto ganadero donde viv´a Grine ı go Ferrari con su mujer y sus doce hijos. Esa noche, mientras la carne se asaba en el fogon, ´ el mate paso de mano en mano, al igual que las ´ noticias y los cuentos salpicados de refranes. Luego cada quien se durmio con lo que trajo enci´ ma, unos en la carrocer´a del camion, otros soı ´ bre el patio pelado. El sofocante calor del desierto nos hab´a dejado con la cola chueca. Cuanı do al amanecer nos levantamos a matear, perros, chivos, gallinas y dem´ s existencias silvestres ya a estaban dando vueltas por el ancho patio para reconocer el mundo reci´ n salido de la oscuridad. e A la luz del d´a, se notaba que la rustica casa ı ´ respond´a a una arquitectura primitiva pero no ı 81

profana porque en su estructura ningun material ´ sal´a sobrando. De la habitacion central se elevaı ´ ba un vigoroso urundel, desde cuya copa algunos p´ jaros errantes oteaban el horizonte. En los a cuartos no hab´a ventanas ni puertas que cerrar, ı de modo que el aire entraba y sal´a ventilando ı la intimidad de un domicilio particular pero en cuyos dominios nadie se sent´a forastero, menos ı los que montaban sus caballos y sal´an a inventar ı senderos por la llanura. Me qued´ subyugado por e esa construccion que se daba el lujo de tener un ´ arbol vivo en su centro. ´ —Todo lo que brota de un d´a para otro, no ı es del lugar —afirmo hace marras un arquitecto ´ boliviano. —Cuando miro hacia atr´ s, solo veo arboles a ´ ´ —respondio Ferrari reconociendo a sus verdade´ ros antecesores. Retiro surg´a del fondo mismo de Retiro. Con ı el mate en la mano, miraba ese puesto ganadero sin imaginar que anos despu´ s iba a ser el escee ˜ nario central para la pel´cula que Horacio pretenı de realizar sobre un cap´tulo asaz modesto de la ı guerra del Chaco. La noche que el cineasta llega al puesto de Ferrari de la mano de Florinda —segun lo senala el guion—, varios lugarenos be´ ˜ ´ ˜ 82

ben alcohol y conversan alrededor de una mesa cenicienta, alumbrados por mecheros para aventar los fantasmas del pasado. No tienen pinta de muertos. Por el contrario, el sargento Froil´ n Tejea rina, el capit´ n Rojas Silva y el aduanero Pompilio a Guerrero parecen elegidos por el destino para rememorar una horrorosa historia durante interminables jornadas —les hacen coro personajes que suenan con desembuchar sus experiencias b´ licas e ˜ en la evanescente trama cinematogr´ fica. Horaa cio no saldr´ durante mucho tiempo de la casa a que luce un arbol al centro. Cineasta cautivo de ´ una obsesion, recordar´ muchas cosas, pero sobre a ´ todo pensar´ en el anarquista espanol que deama ˜ bulo por la llanura y monto una imprenta. ¿Por ´ ´ qu´ no situar los hechos en el puesto de Ferrari? e El acrata, vaya y pase, pero la imprenta tal vez ´ no cabe, le observ´ . Conoc´ en el Chaco a varios e ı espanoles, sin duda republicanos y quiz´ s anara ˜ quistas, entre ellos el corpulento Pablo Am´n, que ı llenaba el buche con verduras y frutas, ni minga de carne, al igual que los hindues, que no matan ´ animales. —Esas gentes no saben lo que se pierden —bromeo uno. ´

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—El rato que la prueben, adios vacas sagra´ das —se burlo el otro. ´ Am´n y Ferrari podr´an ser personajes cenı ı trales de Retiro, tal como lo va ideando Horacio, para que no digan que los relegamos al olvido en cuanto entramos al universo de la ficcion. Se des´ cuenta que el Gringo actuar´a de cualquier cosa, ı menos de cuatrero, porque su tendencia a re´r por ı todo y por nada estropear´a las escenas pensadas ı para forajidos de pocas pulgas. El dueno de Retiro ˜ aportar´a muchas luces para que el ambiente cirı cense cobre visos de verosimilitud, eso est´ fuera a de discusion, porque este alegato en favor del pa´ triotismo no debe perder de vista que los hombres de veras entregados a una causa saben que solo ´ el amor, la locura y el humor conceden sentido a su paso por la tierra. Volv´ en muchas ocasioı nes a la casa de Ferrari, ensanchada con nuevos cuartos y galpones que se extend´an m´ s all´ de ı a a los corrales para ordenar las vacas. Esas memo˜ rables visitas comenzaban con el asado, segu´an ı con el vino y terminaban a medianoche con todos zapateando, incluso los violinistas y bomberos. No se me olvidar´ nunca la ultima vez que a ´ me arrim´ a Retiro. Llegamos al anochecer en la e camioneta de un aventurero: el suscrito, dos muje84

res del lugar, la antropologa Carmen, un gilipollas ´ que se paso la vida aprendiendo idiomas ajenos ´ porque le desagradaba el suyo, un tuerto armado con un machete y el individuo de quien nadie sabe nada. Porque estaba escrito que deb´a suceder, ı Carmen se metio conmigo al monte mientras los ´ dem´ s bailaban y cantaban, de modo que al d´a a ı siguiente seguimos yendo por el mismo sendero sin que las gentes entonadas por el aguardiente opinaran en l´nea recta o en sentido contrario. ı Lejos de acobardarnos el terreno resbaladizo, nos gusto el vicio de estar juntos, pues al fin y al cabo ´ la estancia entera con sus arboles proximos y le´ ´ janos proced´an de la encabritada imaginacion de ı ´ un dios primitivo. No tardar´amos en encontrar ı al cineasta que con su obstinacion har´a el resto: ı ´ recrear lo m´ s c´ lido de la vida que pertenece al a a mundo de los muertos.

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Ignoro si todos los pa´ses son pesados, pero ı el m´o lo es y de eso no me cabe la menor duı da. Uno crece mirando arboles, llanuras y cerros, ´ con escuelas y colegios de por medio, hasta que un d´a se da cuenta de que aun le falta bastante ı ´ para ser un verdadero hombre. Entonces apare85

cen las mujeres de ondulantes cabelleras y uno siente ganas de elogiar la hermosura de la vida. Todo parece igual y no lo es, aunque para saberlo a ciencia cierta tienen que transcurrir los anos, ˜ que para algunos pasan volando mientras que para otros se asoman en medio de aromas que solo ´ la luz y la oscuridad ensenan a valorar en su ca˜ bal dimension, o sea cuando el pa´s se quita el ı ´ sombrero para mostrar su on´rica geograf´a cusı ı todiada por innumerables muertos. Cuesta definir un pa´s donde el pasado es siempre imprevisible ı y que, a pesar de ello, nos permite conocer cosas de la vida de un modo sutil y di´ fano, sin a que los superfluos perturben la luz premonitoria que se anuncia cuando miramos las montanas y ˜ recordamos a los ninos que se fueron. Cabe supo˜ ner que un pa´s pesado como el m´o, al margen ı ı de modas y turbios aprendizajes, refleja el riguroso ordenamiento que impone la eternidad en la vida de los hombres, algo as´ como un conı trapunto entre los reclamos de su inconfundible territorio y la memoria fosforescente de quienes lo transitan, ni qu´ decir de los que intuyen dese de las colinas cambios geologicos que no registran ´ los instrumentos profanos. Cierto que los diversos modos de trajinar por un pa´s pesado exigen coraı 86

je para recordarlos con felicidad, razon suficiente ´ para que los centinelas diseminados a lo largo y ancho de un tiempo sin espacio sean echados al olvido por aquellos que acatan las ideas en boga —cualquier cosa con tal de sobreponerse al miedo de frecuentar linderos desconocidos, aunque tarde o temprano vayamos a engrosar la poblacion que habita al otro lado, plenamente influi´ dos por montanas y abismos surgidos del sueno. ˜ ˜ Por si fuera poco, las flores que admiran los seres vivos son bienvenidas en el reino invisible, y los animales demuestran su car´ cter, porque no a se dan a la fuga, por el contrario, asumen sin pestanear el desaf´o de recorrer un paisaje erizado de ı ˜ obst´ culos, procreando y dando la voz de alarma a en caso de cataclismos, puesto que en mi pa´s no ı hay otra clase de peligros. Y los hombres clarividentes hacen lo mismo, agradeciendo a la divinidad por haberlos hecho nacer en un territorio sin parecido alguno con lo que ve todo el mundo; por lo tanto, marcados y entrenados por un pa´s pesado, son francos con los transeuntes de ı ´ otras latitudes, recorren sus ciudades, aprenden sus idiomas, memorizan sus canciones, se acuestan con sus mujeres y destilan amor fraterno en chozas que proceden de regiones intransferibles, 87

prehistoricas como el viento, digamos un pa´s que ı ´ emite sonidos imperceptibles para el insensato, que habla un idioma que solo los antepasados es´ cuchan sin quedar en ayunas, y no as´ los contemı por´ neos, ajenos por completo al presentimiento a de su ruina, atentos a la musica que produce lo ´ ef´mero, presumiendo de modernos todo el tiemı po, de modo tal que no entienden lo que ocurre en sus narices y menos lo que sucede sin aletear en la profundidad de la noche. En un pa´s pesaı do como el m´o nada acontece al azar y en buena ı hora, porque hasta el insecto extraviado es un eco feliz de los frondosos laberintos del universo y, por lo tanto, sus afiebrados habitantes pueden acceder al misterio de semejantes correspondencias, exponiendo el cuerpo ante las transformaciones geologicas para descifrar, de cara al firmamento ´ de la tierra natal, el mensaje inalterable de tantas estrellas que por iluminar a los hombres dejaron de existir en tiempos remotos. Y as´, gracias a un ı pa´s pesado como el m´o, es posible conocer tiemı ı pos mayores y tiempos menores, que por ser distintos facilitan la existencia de personas diferentes, marcadas por el coraje, tatuadas por el miedo, que a menudo apelan al olvido para no toparse con una entidad llena de viento y de cosas idas. 88

Entonces, en la punta de la verde colina, al fin se sabe que nada es igual aunque a todos les suceda lo mismo, por supuesto que pocos est´ n dispuesa tos a aceptar que los hechos, por id´ nticos que e sean, generan consecuencias diversas, de modo que pueden comprender a plenitud lo que sucede en los alrededores mientras que la mayor´a consiı dera inviolable la privacidad de sus errores, como si la vida fuese un fenomeno ajeno a la oscuridad ´ compartida, cuando por el contrario, como bien se sabe, la oscuridad es la unica energ´a que despide ı ´ luz a infinitas distancias, al igual que las estrellas muertas, que est´ n m´ s vivas que todas las coa a sas reci´ n nacidas, aunque solo estando muertas e ´ pueden alumbrar a los hombres con tanta hermosura. Y as´, gracias a la luz oscura de la vida, ı siempre habr´ mananas lujosas y crepusculos doa ˜ ´ rados, concisos recuerdos y vagos acontecimientos, habr´ el nunca y tambi´ n el jam´ s, la cona e a firmacion del quiz´ s y el desvanecimiento de las a ´ certezas. Al fin y al cabo, en la antesala de las revelaciones, los contempor´ neos podr´ n descifrar a a el idioma de sus antecesores, merced al ritmo denso y callado de un pa´s pesado como el m´o que ı ı ha llegado de la eternidad.

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Toqu´ la puerta de Horacio para hablar del e guion por en´ sima vez. Me recibio con gran entue ´ ´ siasmo, de modo que con parecido optimismo le le´ fragmentos de este cuaderno. No comento naı ´ da pero minutos despu´ s desembocamos en la e cuestion de los personajes. Conven´a trabajar toı ´ dos los detalles, incluso los ´nfimos, para que caı da uno de ellos fuera individuo intransferible y no un bicho del monton. De improviso recalamos ´ en la escena inicial de la pel´cula, incordio para ı cualquier cineasta. Ya se sabe que el hombre de corbata y traje azul, que aparece sentado y con los pies desnudos, es Froil´ n Tejerina. a —Imagino al soldado de Guayabillas entrado en anos —dijo Horacio. ˜ —Yo lo veo como un s´mbolo del hero´smo ı ı colectivo. —Ante todo, la pel´cula debe irrigar los meanı dros emotivos del espectador. En lugar de s´mboı los, prefiero la agresiva claridad de una historia sin cabos sueltos —afirmo Horacio. ´ En eso se acordo de que le robaron el jeep la ´ noche anterior, y se sintio indefenso. Por hacerlo ´ mejor, se fue a la cocina a traer caf´ y volvio hae ´ 90

blando del alcohol y de la soledad, asociacion cu´ riosa porque en su vida abundan mujeres como Lupe, anclada en Par´s pero dispuesta a remar con ı todos en la filmacion. Como hombre enamorado, ´ Horacio no tardo en dibujarme una encantado´ ra figura femenina, en tanto que a m´ se me dio ı por pensar en Pamela. Basto que se la pintara de ´ cuerpo entero, con su peineta negra y su falda florida, para que se empecinara en que pudiera encarnar a Florinda; temeroso de que se adelantara a los acontecimientos, lo disuad´ con argumentos ı de peso, puesto que incluso yo, interlocutor privilegiado de una mujer que enloquecio de amor, ´ no sab´a como pod´a reaccionar ante la proposiı ´ ı cion de perder la chaveta por dos hombres en una ´ obra de ficcion. Menos mal que Horacio volvio a ´ ´ la secuencia de los cuatreros, que por algun moti´ vo lo intranquilizaba. Me parecio oportuno leerle ´ el pasaje del llanero que cava su propia tumba. Advert´ que la historia le interesaba. Esa noche ı sin alcohol el cineasta se entero de los suenos de ´ ˜ un tal Kent y de los cuatreros modernos que en Nueva York y otras ciudades cavan sus tumbas como si echaran abajo una muralla inexpugnable. Claro que, estando con las orejas bastante paradas, agarro al vuelo la pregunta por el misterio de ´ 91

ciertas vidas. Por ejemplo, le dije, el taxista ecuatoriano se libro de caer asesinado porque un brujo ´ de la Amazon´a lo alecciono sobre la fortaleza que ı ´ se adquiere cuando se sobrevive al dolor. Eso era todo, como bien lo sab´a la mujer de blanco que lo ı esperaba en la gasolinera. A Horacio le hizo cosquillas el asunto. Supongo que por eso recordo a ´ Florinda, que no tiene por qu´ lucir un color local, e segun mi parecer, puesto que la belleza de la mu´ jer no reconoce fronteras. Asintio con el rostro me´ dio dormido, sonoliento no estaba, como que de ˜ sopeton afirmo que rendir homenaje al hero´smo, ı ´ ´ sin idealizarlo, es una tortura china. Ah´ estaba la ı madre del cordero. —El hero´smo es una paradoja porque supone ı mucha muerte y ningun crimen —dicho lo cual se ´ declaro confundido al rememorar el litigio fron´ terizo que peruanos y ecuatorianos pretendieron resolver a tiros. Horacio penso que el caf´ era singani y se lo e ´ zampo de golpe para calmar los nervios: acababa ´ de volver de Europa, impresionado por el racismo largo tiempo camuflado por la version oficial de ´ los hechos. Hab´a que reflexionar sobre los invisiı bles engranajes de la guerra. Rojas Silva no pod´a ı ser el enemigo tradicional con que nos quieren 92

dorar la p´ldora, sino un hombre con una histoı ria por detr´ s y un monton de ambiciones por a ´ delante, y que para averiguar algo m´ s conven´a a ı viajar a Asuncion, porque aun estaba impresiona´ ´ do por aquel pasaje que yo le hab´a contado soı bre las trincheras paraguayas, y como demor´ en e responderle, me dijo que el camillero que recog´a ı heridos no lo dejaba dormir, entonces record´ el e incidente, y era como dec´a Horacio: el camillero ı ven´a recogiendo heridos y de pronto paso por ı ´ encima de uno de ellos para alzar al siguiente. —Doctor, ¿por qu´ no me lleva a m´? —le e ı grito el combatiente que hab´a sido dejado de ı ´ lado. —Porque tu est´ s muerto. a ´ —Estoy vivo, doctor. —Tu est´ s muerto —y el camillero siguio su a ´ ´ rumbo sin inmutarse. La historia comenzo con el primer fratrici´ dio. Andar de un lugar a otro, sin rumbo fijo, es cosa de los animales vivos. Pero corresponde a la poes´a establecer los linderos del desierto, eso ı pens´ yo. e Horacio lanzo una carcajada: —Es una suerte ´ que aun estemos vivos, oliendo a ruda y hierba´ buena —luego recordo pel´culas que quedaron en ı ´ 93

nada, hoteles, confiter´as, aquel caf´ en el Barrio ı e Latino, con el libro de Arciles que Lupe volvio a ´ abrir, la jerarqu´a de lo fortuito en ese encuentro ı que le devolvio la esperanza. ´ Una torrencial lluvia se desato sobre la ciu´ dad. De pronto se colo una llamada telefonica en ´ ´ el departamento, que a esas alturas era una nevera. Horacio le hac´a bromas a una mujer que del ı otro lado de la l´nea solo o´a llover. La noct´ mbuı ı a ´ la colgo. Me pregunto si me gustaba Vinicius de ´ ´ Moraes. Le sal´ con que admiraba al guitarrista ı Antonio Barbosa de Lima. Hay caf´ sin azucar, e ´ dijo. Era la noche ideal para complacer los caprichos de las actrices, llegar con la luna del pasado al puesto del Gringo Ferrari, rastrear el monte en pos de lo inesperado, la cosa era captar lo esencial.

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Me instal´ en un boliche proximo al caf´ Mae e ´ kari, donde un ano antes Anabel se quito las gafas ˜ ´ para mirar parques y plazas de Buenos Aires desde la ventana m´ s alta del tiempo: era lo de menos a que su dorado pasado viniera por la otra vereda, porque de pronto el dulce idioma de la complicidad se dibujo en su sonrisa. Apoyado en la mesa ´ de ese bullicioso establecimiento porteno, con mi ˜ 94

maleta en el piso, dej´ que mis ojos buscaran figue ras familiares en la multitud de transeuntes y de ´ repente mi mano comenzo a escribir una carta. ´ S´ lo por el hecho de conocerte me permito cono fesarte que me encontrar´ con una muchacha que no e conozco. Esa rara confianza me induce a contarte pormenores de un viaje que me reduce a la condici´ n de o indefenso gimnasta nocturno. Lo creas o no, esa mujer desconocida me ha devuelto las palabras para dialogar contigo. Nunca supe si la misiva iba dirigida a la son´ mbula que camina bajo la lluvia, a Carmen dura miendo bajo la luna o a Pamela corriendo desnuda, pero mientras la escrib´a toda la soledad de ı la tierra empezo a circular por mi sangre. Conoz´ co bien ese estado de animo, porque las veces que ´ cre´ superarlo volvio con renovado ´mpetu. La briı ı ´ sa veraniega se convirtio en viento triste. Pagu´ la e ´ cerveza y me fui a un hotel proximo como visi´ tante inesperado. Al d´a siguiente llam´ a Anabel. ı e Nadie al tel´ fono. Decid´ salir, cruc´ avenidas, me e ı e detuve en uno que otro caf´ y en la plaza San e Mart´n, fatigado, me arrim´ a un banco al que seı e gundos despu´ s se aproximo una muchacha con e ´ un libro de Roberto Arlt. El autor de Aguafuertes portenas no facilito para nada el di´ logo, todo ˜ a ´ 95

lo contrario. Menos mal que al atardecer Anabel aparecio briosa y lucida para contarme que la ´ ´ noche anterior se hab´a muerto un amigo muy ı querido. —Esquiv´ las ruinas que miraban sus ojos e quietos y volv´ al desorden de mi vida —eso me ı dijo y paso a otros temas. ´ Empec´ a tenerla conmigo en cenas, sesiones e de teatro y poes´a, caminatas a la deriva, vida ı nocturna que orillaba la fantas´a, como si fuese ı el preludio de la verdadera realidad; el sueno con ˜ la triguena de ojos verdes se esfumo cuando nos ˜ ´ despedimos en la avenida Santa Fe. Sin hacer ruido la puerta se cerro para siempre. Rumbo al ae´ ropuerto rememor´ la Gran polonesa de Chopin, e la ventana iluminada de la desconocida pianista, mis pasos solitarios a medianoche, las cartas que nunca contest´ y las que nunca me respone dieron, devolucion de silencio de ambos lados, ´ cualquier individuo es otro al d´a siguiente, eso ı se sabe cuando ya nada importa. Debo decir que Bera no me infundio tristeza ni me quito la man´a ı ´ ´ de anotar en libretas todas las palabras con que me bombardeaba sin cesar un ser avido de per´ manecer en mi memoria. Anos ha mi progenitor ˜ me advirtio que la verdadera memoria empieza ´ 96

por la mano: lo que ella escribe se queda y lo que no escribe podr´ aterrizar en cualquier para te menos en la retentiva de quien no supo escuchar el tr´ nsito del tiempo. La primera carta era a un poema que alud´a a los cerezos del Japon, la ı ´ segunda iba dirigida a la muchacha que me regalo un durazno, siguieron varias misivas recla´ madas por mujeres que se las llevo el viento. A ´ m´ tambi´ n me arrastro el hurac´ n. Yo imaginaı e a ´ ba otras flores, cruzaba quebradas y o´a silbidos, ı porque Bera hab´a crecido sin recibir la unica carı ´ ta que pens´ enviarle en un rapto de locura. Eran e d´as para recordar la voz que propalaba su auı sencia y eran noches sin luna. Nadie sab´a que ı la sombra del poeta Elmer segu´a a Bera por toı das partes con sus endechas de amor desafortunado. Despu´ s de tantos regocijos en diversas ciue dades, uno de ellos equivoco la fecha y falto a ´ ´ la cita decisiva, de modo que no llegaron a encontrarse nunca. Entonces sent´ la congoja en la ı voz de una mujer que alojo el pasado ajeno en su ´ memoria y en lugar de aniquilarse descubre que no tiene la menor intencion de morir, puesto que ´ aun dispone del cuerpo para asumir el futuro. Y ´ as´ la tristeza es lo de menos. De pronto la realiı dad se puso de hinojos, porque con Anabel cru97

zamos cartas inciertas para que la belleza de estar vivos no sufriera interrupciones; empero, alguien apago la luz y el amor se nos encenizo. Recuerdo ´ ´ que, quit´ ndose las gafas en el caf´ Makari, me dia e jo que el destino es tramado por los adioses y que el primer encuentro no es m´ s que una despedia da al rev´ s. Era portena pero yo quise imaginare ˜ la correntina, es decir, am´ su tierra sin dejar de e amar la m´a y acarici´ la ilusion de cruzar Misioı e ´ nes y entrar al Paraguay para dar con el tr´o que ı entono aquellas inolvidables guaranias en Villa´ montes, sin sospechar que Pamela, m´ s bella que a nunca, perder´a la brujula por un militar boliviano ı ´ que huir´a al Brasil. Imposible que Leonard excaı vara con unas y dientes en ese pasado, porque ˜ el suyo est´ marcado por una mujer que lo ina volucro en una guerra mucho m´ s peligrosa que a ´ la del Chaco. Y tampoco Humberto podr´a preı sentir los idiomas de la aromosa Pamela, porque eligio dos veces el mismo perfume femenino para ´ conjurar el miedo de retornar a su pa´s. Y menos ı el periodista Paco, que pretendio hacer una nove´ la sin averiguar qu´ clase de amores se dan en e periodos revolucionarios, porque de esas vivencias al fin y al cabo externas solo quedan viudas ´ y locas para enaltecer el misterio, revoltosas como 98

Colette, lobas surgidas del antiguo y victorioso silencio, que no se rinden ni siquiera cuando saben que est´ n cantando desde la otra orilla. De modo a que Anabel fue devorada por la distancia, al igual que tantos seres que buscaron en la lejan´a el aroı ma de las relaciones perdidas. Cada uno sale de ese bosque influido por los desencuentros amorosos y con el halo de promesas que en lo mejor del alboroto no cuajaron. As´ quedamos marchando ı a contrapelo, acumulando tiempo, experiencia y coraje. Como le sucedio al obstinado Rojas Silva, ´ que perdio la vida y extravio la fotograf´a de su ı ´ ´ esposa. En tanto que Pamela, con el aliento de un mundo sin fronteras, se inmortalizo en la memo´ ria de los hombres que no la tocaron.

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La casa protege de las inclemencias del tiempo y es la guarida del hombre sedentario, lo cual no impide comprobar que tambi´ n el nomada se e ´ sirve de la choza o de la mansion para olvidarse ´ moment´ neamente de sus andanzas. Pero a la hoa ra de las definiciones, ambos asumen sus aut´ ntie cas tendencias y no mudan de parecer aunque los amenacen con el diluvio o el fuego eterno. En el sedentario predomina la sensatez, por eso calibra 99

el porvenir cuidando sus intereses y los de su prole; es decir, arriesga hasta donde se lo permite su esp´ritu precavido, nada dado a la aventura, de ı modo que en el se deposita la tradicion de las tri´ ´ bus que abandonaron el desierto para acceder al comodo desalino espiritual, aunque de boca pa´ ˜ ra afuera sean hostiles al embrutecimiento. Estos individuos heredaron de la familia un repertorio de ideas para encubrir la fatalidad de vivir para morir y tambi´ n la docilidad. Entonces resulta e natural que el hombre sedentario sienta desazon ´ frente al nomada, que puede ostentar equilibrio y ´ talante mundano, sin que esos atributos logren ocultar su virtud fundamental, que consiste en mirar con ojos de tigre la ciencia de los territorios aun no hollados. Al igual que cualquiera, el ´ nomada ama, procrea y es capaz de conmovedo´ ras hazanas con tal de mantener correspondencia ˜ con la mujer y el mundo entero. Todo ocurre tan r´ pido que bajo un techo precario llegan los hia jos que, como sus progenitores, llevan desde el vamos las senales del caminante: buscan las te˜ tas por instinto de conservacion y persiguen teso´ ros que carecen de sentido para el comun de los ´ mortales: arboles que crecieron bajo la luna, bi´ bliotecas encantadas, aguas que provienen de los 100

suenos, palabras con sonidos de siglos remotos, ˜ piedras que ofician de talismanes, animales parecidos en todo a los hombres menos en la crueldad, regiones que frecuentaron tribus guerreras, fotograf´as de los anos en que el mundo era un ı ˜ asombro para los ojos, mujeres de largas cabelleras, cantores cuchilleros, sombras c´ lidas en ciua dades bulliciosas, cantinas para bohemios, barrios que alcanzaron prestigio por obra de los malhechores y, finalmente, la voz carinosa que viene ˜ de los innumerables d´as vividos a la intempeı rie. Aunque parezca curioso, sedentario y noma´ da son arquetipos que trascienden los l´mites de ı cualquier epoca y no cambian ni siquiera cuando ´ los seres humanos pierden la memoria y confunden el orden y la jerarqu´a de los acontecimientos ı interiores. Pero el engano no cabe: el sedentario es ˜ cort´ s mientras que el nomada puede no serlo sin e ´ dejar de ser cordial; el primero reverencia las buenas costumbres impuestas por sus antepasados y as´ procede, en tanto que el segundo puede pasar ı por antisocial sin mermar la solidaridad aprendida en los temblorosos laberintos de su esp´ritu; ı el sedentario es fiel a su esposa pero en su alma reposa el hipocrita que desea incursionar de ma´ las maneras en reinos femeninos aparentemente 101

intocables; el nomada, por el contrario, se comu´ nica a trav´ s de su companera con infinidad de e ˜ mujeres desconocidas; el sedentario es sensible al significado del triunfo y alimenta esa ilusion en ´ todos los actos de su vida; el nomada, sin des´ merecerse ante los dem´ s o ante s´ mismo, parece a ı hecho de la fibra del olvido; el primero atiende las cosas del mundo como si tuvieran duracion inde´ finida; el segundo da la sensacion de estar llegan´ do a la tierra con un halo de eternidad. Resulta natural entonces que, habiendo visto chozas, casas de adobes y construcciones regimentadas por el confort, el nomada haya depositado la densi´ dad de sus suenos en el aire que respiran todos, ˜ lo que equivale a dormir con los ojos abiertos, comer lo necesario y llevar en el cuerpo im´ gea nes que terminar´ n apareciendo en el sueno o en a ˜ la vigilia, como le sucede a cualquier animal entendido en soledades. Puesto que el nomada es ´ en s´ mismo una guarida, no puede confundir la ı luz de su recinto ´ntimo con los materiales atados ı a un solo lugar de la tierra. Y siendo asimismo el ultimo refugio del silencio y de la palabra, es ´ justo que haya guardado para s´ el flexible tramı pol´n de la imaginacion que requiere su cuerpo ı ´ para llegar donde su alma quiere ir. En trances 102

donde se barajan las multiples formas de la pre´ cision y el asombro, nada m´ s natural que una a ´ residencia inventada al calor de una antigua pasion, una reducida biblioteca, geranios y siempre´ vivas, un lecho ondulante en el dormitorio, voces de epocas diversas, el sabor agrio del sufrimiento, ´ sillas rusticas hechas por nomadas para sedenta´ ´ rios, pinturas de estilos contrapuestos en las paredes, estilogr´ ficas y cuadernos para atrapar el a vuelo de la memoria, agua clara en las caner´as, ˜ ı vino en la bodega y la infinita seguridad de que nada seguro hay en la tierra salvo las construcciones que levantan los caminantes. Por lo tanto, despu´ s de recorrer el mundo entre los innumerae bles bejucos de una noche lluviosa, nada extrano ˜ que Pamela reaparezca con su cuerpo de veintisiete veranos, con sandalias y peineta en el pelo, con blusa ligera y falda florida, con la lengua de los r´os en su garganta, aromosa como el amaneı cer. Recobrada por una remota tormenta tropical, sigue siendo la misma Pamela, torrida desde la ca´ bellera rojiza hasta sus pies desnudos, apenas un vago recuerdo el pahuichi donde un joven oficial la inicio en la locura. Pero ahora est´ a solas cona ´ migo en una residencia donde lo que estorba no existe, como corresponde a la raza que no infrin103

ge el onceno mandamiento. Levantamos nuestros jarros de greda y brindamos sintiendo correr la sombra de los r´os de la tierra. Entonces, mirando ı sus ojos, descubro que una incognita complicidad ´ se abre paso y nos desnuda en un lecho que fue de otros al comienzo del mundo y ahora es nuestro por una eventualidad llamada vida intocada, rumbo secreto, destino invulnerable, y cuando finalmente navego en su cuerpo y me navega, la veo moza hermosa en la baranda de mis suenos, ˜ colegiala por un lado, linyera por el otro, sensata mujer, o la puta que acompana a los hombres ˜ que nacieron para camin´ rselo al desierto, ajena a al cansancio, partida en dos en las noches interminables de esa traves´a, una y otra vez devorada ı por animales de oscura filiacion que desaparecen ´ al amanecer. Mirando las ultimas estrellas sueno ´ ˜ con recostar la cabeza en el pelo de la primera Pamela que se alzo sobre la tierra para repetir los ´ encuentros y desatinos amorosos que la tornaron inolvidable.

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Al fin me top´ cara a cara y en pleno d´a con e ı el jefe de los tejedores de la noche. Yo andaba necesitando un carpintero para que me hiciera una 104

repisa y la empotrara en la pared del cuarto de entrada, que es oscuro y humedo. No est´ dem´ s a a ´ decir que despu´ s de una hecatombe siempre voy e a parar a habitaciones con vaho a lluvias antiguas. Como no me corresponde interrumpir esas repeticiones, termin´ por aceptarlas, salvo que en este e caso, trat´ ndose de la casa de los tejedores, dea cid´ combatir el fr´o con un nuevo revoque que ı ı desgraciadamente achico el recinto. Ganar´a esı ´ pacio si colocaba parte de mi biblioteca, por ahora en completo desorden, en lo m´ s alto de una a de las paredes. En eso estaba cuando aparecio Bi´ chito, el jefe de los tejedores, y sin dar muchas vueltas emprendio la construccion del mueble, to´ ´ mando dos listones que por all´ andaban sueltos y ı desarmando un estante que durante anos lo con˜ serv´ brillante como el sol. Beba le invito caf´ , e e ´ combustible nada danino despu´ s del almuerzo, e ˜ pero lo que Bichito buscaba en ese momento era su baul de herramientas, del cual extrajo formo´ nes japoneses, tenazas alemanas, brocas americanas, escofinas chinas, martillos y clavos bolivianos y un serrucho chueco que cuidaba m´ s que a a su mujer. Para despejar el ambiente, saqu´ al e pequeno patio los dos sillones de mimbre abarro˜ tados de libros, entre ellos, Libertad o muerte de 105

Kazantzakis, Las mil y una putas de Apollinaire, Melita y Nesmo de Neftal´ Moron de los Robles, ı ´ un numero de Raz´ n y f´ bula que me mandaron o a ´ de Venezuela en 1967, una antolog´a de la joven ı poes´a crucena, en fin, otros papeles que se ca´an ı ı ˜ de viejos. Entre tanto, Bichito hab´a dado cuenı ta del estante, del que solo quedaba un monton ´ ´ de tablas negras en el piso, y sin duda en pocas horas m´ s terminar´a un trabajo que nadie le pia ı dio pero que el, con el o´do fino de los tejedores ı ´ ´ de la noche, entendio como una solicitud que no ´ deb´a demorarse en cumplir. Mientras lo ve´a maı ı nipular sus viejas herramientas, pens´ que ser´a e ı grave que las apariencias me enganaran, porque ˜ si bien Bichito parec´a un carpintero corriente, en ı el fondo y en la forma no lo era: algo delataba su versatilidad para desempenar cualquier oficio del ˜ mundo, lo cual es demasiado incluso para los m´ s a aventajados habitantes de este ingrato mundo. Entonces record´ sus continuos ejercicios nocturnos, e porque en la oscuridad Bichito era una entidad tenaz y pendenciera, una silueta en sombr´o comı bate con el destino; en suma, era el jefe de los artesanos que movilizaban maquinarias de gran precision, suaves y ligeras como los aviones. En ´ ese momento se descolgo del segundo piso un ´ 106

muchacho que ten´a pinta de operario y cayo al ı ´ patio cantando una tonada chaquena; enseguida ˜ agarro la otra punta de uno de los listones para ´ que Bichito ajustara las clavijas. El operario era demasiado crecido para su edad y, a pesar de sus ojos saludables y expresivos, daba la impresion de ´ haber sobrevivido a la m´ s penosa de las enfermea dades. Aunque no soy m´ dico, conozco de cabo e a rabo esa dolencia, porque la he visto en todas las ciudades y poblaciones rurales; por supuesto que no figura oficialmente entre las epidemias que sacuden a nuestro pa´s, pero es quiz´ s el mal ı a mayor, porque en buenas cuentas Delmar el operario es un ilustre desconocido m´ s all´ del barrio a a y de su vida nada se sabe porque nadie se tomo el ´ trabajo de averiguarla y, por lo tanto, a temprana edad llego a chocar con la realidad en su verdade´ ra dimension, al igual que muchos, como tantos ´ otros, sonoros como el olvido, confundidos entre los obreros anonimos que noche tras noche garan´ tizan la aparicion del mundo en pleno d´a. En ese ı ´ momento record´ las macetas desbaratadas por e los perros y sent´ que el patio, privado de flores, ı ten´a el calor indefinible de la soledad y del terror. ı Los incautos pueden pensar que el jefe de los tejedores y su operario Delmar son menos que nadie; 107

evidentemente, no son nada, pero por lo mismo ensamblan con maestr´a maderas dispersas, estaı blecen un nuevo orden en la habitacion, encien´ den la luz de la oscuridad y de paso acumulan en sus organismos la temperatura vital que se reproduce como por arte de magia en las viviendas de los pueblitos abandonados, en los corrales de los puestos ganaderos, en los pedregales de los centros mineros, en los recintos donde manda el que obedece, en las grader´as donde las ancianas ı escuchan cosas que solo se reflejan en la mirada, ´ en las avenidas alborotadas por los motociclistas, en lugares atardecidos ideales para acometer tareas propias de intr´ pidos. En trances semejantes, e cuando del mundo no se sabe nada, los tejedores de la noche salen de sus guaridas y en plena luz del d´a se convierten en carpinteros aunque ı tambi´ n podr´an oficiar de electricistas o de pae ı naderos, con lo cual demuestran que los hombres no son iguales ni por el forro: unos fueron hechos de fierro y otros de bosta de vaca. Lo que digo no es ninguna broma, o lo es en serio, porque andando el tiempo hasta el m´ s lerdo se entera del a feliz o desalentador veredicto de la vida. Llegado a esos l´mites, los homenajes no sirven de nada, ı ni la inteligencia ni el desd´ n. Lo que queda es e 108

la imaginacion, que bate sus alas cuando alguien ´ descubre a los tejedores de la noche merodeando por las solitarias colinas del mundo: de d´a inoı centes corderos, de noche unos demonios que han borrado todas las fronteras por pura generosidad, pues la belleza no les incumbe, el dinero tampoco y miedo a la muerte no parecen tenerle; en suma, ajenos al oficio privado de Apollinaire y sin saber qui´ n diablos es el mandam´ s de turno en el e a pa´s, dejan que lo negro sea negro y no asuste, y ı que lo blanco, que puede espantar, tampoco meta miedo. Y as´ fue que, en un momento dado, Bichiı to levanto la cabeza al mismo tiempo que Delmar, ´ y yo sent´ el enorme desconsuelo de manejar paı labras, porque la voz no me sal´a, las piernas me ı temblaban y nadie respond´a, solo me amarraba ı ´ al suelo la seguridad de haber entendido al fin que Pompilio Guerrero y Froil´ n Tejerina eran los a m´ s esmerados tejedores de la noche y que las a comunicaciones nunca estuvieron interrumpidas, de modo que de acontecimientos tan dispersos se pod´a hacer una historia coherente, como que esa ı ´ era la mision de los individuos, pens´ mirando e ´ al tejedor y a su operario: reconocer la ilacion de ´ los hechos y sumarse a ellos sin protestar por un imprevisto dolor de muelas. A m´ no me dol´a naı ı 109

da y sab´a que Bichito era de Sorata y que hab´a ı ı viajado por todo el territorio nacional sin perder el acento que lo acredita como sorateno, es decir, ˜ ten´a su propia musica y su estilo singular para ı ´ renegar, a diferencia de aquellos que por no ser de ningun lugar ni pierden la paciencia ni se en´ cabritan a la hora de bailar. Cuando colocaron la repisa en la pared, sal´ con extrano optimismo a ı ˜ la calle: las piedras estaban en su lugar, las interminables gradas tambi´ n, la ciudad a lo lejos rone roneaba, los bocinazos alteraban el silencio, todo me acercaba a las obligaciones externas: la oficina, las palabras convencionales, las lecturas triviales; nada en m´ delataba al ser que por primera vez ı saco de su madriguera a los tejedores de la noche ´ y todo esto en plena luz de un d´a nublado. ı

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El 17 de julio de 1980 se instalo en el Palacio ´ de Gobierno un atrabiliario que hac´a y deshac´a ı ı a mil kilometros a la redonda. A quienes osaron ´ pon´ rsele al frente, los hizo desaparecer con o sin e toque de queda. Pero al hombre de traje ra´do que ı salio a mirar la ciudad desierta, le importaba un ´ perejil perder la vida y su malet´n. De modo que ı alzo los brazos y grito a voz en cuello: ´ ´ 110

—¡Abajo la bota militar! ¡Viva la Central Obrera Boliviana! ¡Gloria a Mauricio Santill´ n! a Quiz´ s de vez en cuando echa de menos su a malet´n y se da unas vueltas por calles y barrios ı para el inolvidables. Porque la trama secreta de ´ la ciudad seduce a los muertos y atrae a los vivos, que caminan con enganosa autonom´a hacia ı ˜ un agujero lleno de flores. No es casual que bribones e idealistas est´ n dispuestos a tronar por e el nervio vital de cualquier urbe del mundo. Es la unica coincidencia entre innumerables diferen´ cias. De buenas a primeras, pienso en los sobrevivientes de tantas guerrillas que termino recordando a Mario. Aquella tarde yo fui al estadio para hacer barra por la seleccion de futbol que ´ ´ defin´a su clasificacion con el equipo ecuatoriano. ı ´ El tambi´ n. Ambos entonamos el himno patrio y, e perdidos en la multitud, alentamos a nuestra representacion. El cotejo concluyo con una escueta ´ ´ victoria boliviana, as´ y todo con Mario apenas ı cruzamos un saludo, por lo tanto no se la present´ a Carmen, embutida en sus estrechos pane talones. Sal´ del estadio forcejeando con el publico ı ´ y con las sombras del pasado. Recuerdo que un mediod´a en Cochabamba, a comienzos de 1970, ı alguien me agarro del brazo y me informo en son ´ ´ de burla y de amenaza: 111

—A tu amigo Juli´ n Tuercas, el artista, lo vaa mos a machucar por delator. —No s´ de qu´ me hablas —le dije cuando lo e e reconoc´. ı —En realidad ya est´ cepillado —Mario mona to en su bicicleta y se fue pedaleando. ´ Anos de exilio en Par´s cambiaron a Tuercas, ı ˜ que volvio al pa´s por una breve temporada, deı ´ sencantado de las beligerancias de otro tiempo. Eran d´as de jolgorio para el jefe de un partido ı izquierdista que termino ali´ ndose con el m´ s nea ´ a fasto dictador militar. Claro que despu´ s le toco e ´ entrar con paso de parada al Palacio de Gobierno. A este proposito, jugando una generala, Juli´ n me a ´ comento sus impresiones sin meterse en honduras ´ pol´ticas; pero al final no se aguanto y se mando la ı ´ ´ parte. —¡Adivina con qui´ n me encontr´ en el Palae e cio Quemado! —Ni que fuera brujo para saberlo. —Con Mario —afirma Tuercas lanzando una carcajada. —Y qu´ andabas haciendo por all´. e ı —Es el jefe del cuerpo de seguridad. —No te pregunto por Mario. —¿Te refieres a m´? Cre´ que lo sab´as. Esı ı ı 112

toy haciendo un retrato al oleo del primer man´ datario. Entonces rememor´ a Allen Ginsberg sin la e aureola de la fama, paseando por las calles de La Paz con El aullido bajo el brazo. De los entranables ˜ amigos de ese tiempo quedaban muy pocos, por no decir ninguno, y los amigos de hoy aun no ´ hab´an nacido por aquellos anos. Entonces busı ˜ qu´ y hall´ la fotograf´a que alguien nos tomo en e e ı ´ 1961 en la plaza del Estudiante: un mec´ nico petia so y de cabello ensortijado ignoraba que ser´a uno ı de los seis sobrevivientes de la guerrilla de Teoponte; un cadete del colegio militar, macizo y de ojos claros, con el correr de los d´as participar´a ı ı en un fallido golpe de Estado; un esmirriado mostrenco de la academia de polic´as ni sospechaba ı que lo dar´an de baja por sus conexiones con el ı narcotr´ fico; un enano bravo para los numeros, a ´ el unico del elenco que murio; un estudiante de ´ ´ geolog´a, amigo franco y ahora prospero empreı ´ sario. No recuerdo qui´ n nos tomo la fotograf´a, e ı ´ porque el grupo est´ completo y del transeunte a ´ anonimo apenas se oye una voz entrenada para ´ mandar en las sombras. No me quedo otra que ´ dar un brinco hacia el pasado para poder brincar hacia el futuro. Salt´ epocas y tambi´ n salt´ hacia e´ e e 113

otros pa´ses. El mundo me parecio m´ s redondo ı ´ a que nunca y no me era ajeno; pero mientras menos ajeno y m´ s redondo, mayor era el misterio a que me un´a a mi pa´s. Y es as´ que un buen d´a ı ı ı ı amanec´ con la obsesion de tener un jeep, mucho ı ´ m´ s ligero que la jardinera con la que mis padres a viajaron a no s´ donde, y mucho m´ s a tono con e ´ a la fantas´a del verano que yo quer´a buscar con ı ı mujer e hijos. Me consta que aquella noche y en las que le siguieron la existencia me dejo ver sus ´ entresijos. Se o´an por doquier risas de placer y ı gritos de terror, empezando por la casa de los tejedores de la noche, mientras yo brincaba una y otra vez tratando de conciliar el sueno. Por suerte ˜ para m´, la imagen del jeep me tranquilizo: era un ı ´ poderoso veh´culo fabricado por mec´ nicos nacioı a nales, con lo esencial para viajar sin contratiempos a cualquier lado, como que llegu´ hasta el ultimo e ´ rincon de una provincia potosina para encontrar a ´ Mara, muchacha hecha para el laberinto de la vida y con una inusitada autonom´a de vuelo, tanto ı que despu´ s de una ardorosa noche de amor se e fue como si jam´ s me hubiese conocido. Eran los a signos de tiempos estruendosos. Cabe inventarse una residencia, me dije, y la levant´ de la tierra fire me de la imaginacion siguiendo los dictados del ´ 114

Gringo Ferrari: un arbol de por medio, una bi´ blioteca de anarquista, puertas y ventanas abiertas para ventilar la intimidad con esas criaturas consumidas por el desorden creador. La habitan muchos seres de fuego, que llegan del pasado o del futuro, entre ellos Froil´ n Tejerina, que se aboa tona la camisa que me regalo Bera, se anuda en el ´ pescuezo una corbata colorada, se pone mi unico ´ traje azul y queda muy elegante pero pata pelada, porque solo tengo un par de zapatos. Tantas ´ veces lo he visto cruzando alambrados, trenzando lazos, sembrando ma´z, en fin, pero siempre me ı abstuve de preguntarle por Ramon. Sin embargo, ´ mir´ ndolo con mi indumentaria urbana, con el a sobrenatural halo de quienes no recuerdan ninguna tristeza, sentado en el sillon de los matacos, ´ me apena saber que un morterazo del pasado me destripar´ con La gran batalla del Cnl. Marzana en a las manos. En lugar de la explosion, escuch´ la e ´ voz de Froil´ n. a —¿Crees en la resurreccion? ´ —Creo cuando me entran dudas. —Me parece que si un hombre se muere es porque est´ seguro de resucitar —y miro los libros a ´ de los estantes sin mayor curiosidad. —Dicen que en noches de luna algunos difuntos abandonan sus sepulcros, pero yo no he 115

visto caminar a ninguno bajo los arboles —le con´ test´ pinchado por la duda. e —Como todo incr´ dulo, mi padre se pon´a e ı furioso cuando alguien le contradec´a. Un d´a de ı ı esos se murio sin pensarlo dos veces. Seguro que ´ lo estaban llorando m´ s de la cuenta, porque de a pronto levanto la tapa del ataud, se incorporo de ´ ´ ´ mal humor, desparramo puteando las flores y afir´ mo sin pestanear: Habr´ llegado la hora, pero no a ´ ˜ lleg´ el muerto. Luego se fue a ver las chivas reo ci´ n paridas. e —Ese fenomeno se llama catalepsia —agre´ gu´ como si Froil´ n fuese un ignorante. e a —Puede llamarse lo que quiera —me replico ´ con la solvencia de un hombre instruido en cosas de fondo—. Pero las gentes de mi tiempo se asustaban cuando los difuntos resucitaban. Por eso se dice que la ignorancia acaba con cualquier milagro. Al incr´ dulo que se salio del cajon, poco dese ´ ´ pu´ s los mismos parientes lo acabaron de joder a e garrotazos. Lanc´ una risotada que me hizo sentir mal, e porque Froil´ n fruncio el ceno y prosiguio: —De a ´ ˜ ´ morir hay que morir bien; solo as´ se resucita ı ´ como Dios manda. Yo tron´ en mi ley en Campo e Santa Cruz. Desde entonces, lleno de m´ mismo ı 116

camino por montes y ciudades. Al primero que me pida el certificado de defuncion le meto seis ´ tiros —se incorporo y se fue a tomar agua de la ´ pila. —Cu´ ntas veces te enamoraste —le pregunt´ a e para cambiar de rumbo. —Yo no soy idealista —contesto desde la coci´ na—. Yo, as´ nom´ s. ı a —Como es eso. ´ —Sin ofender a culos ajenos —estaba quieto en la penumbra—. No me hagas hablar zonceras —bromeo al bajar las escaleras de otro mundo. ´

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Todav´a sigo pensando en el tema interpretaı do por la misteriosa pianista de Tarija. Largo tiempo cre´ que era de Schubert, sabiendo bien que ı Chopin tambi´ n respira melancol´a. La llovizna e ı anunciaba una gran tormenta, de modo que me apresur´ para no llegar empapado al hotel. Pero e al pasar debajo de la ventana iluminada por el recuerdo me olvid´ del compositor y me qued´ con e e la imprevisible pianista. La describ´ de diversas ı maneras: alta y espigada, gorda y entrada en anos, ˜ vestida de blanco y de cabellos largos, con traje negro y rubia, con salto de cama y descalza; toda 117

ella se amoldaba a los caprichos de mi imaginacion, que la pon´a de espaldas, corriendo con el ı ´ pelo al viento, saliendo de la piscina, firmando una carta e incluso mostrando las piernas sobre una silla de mimbre; pero si en un rapto de impertinencia procuraba verla de frente, giraba sobre su taburete para conservar la incognita de su ´ rostro. Alguna vez una pianista boliviana visito el ´ Imperio del Sol Naciente y volvio con el cuento ´ de que los japoneses fabrican sus instrumentos musicales con los arboles que alcanzan la madu´ rez en total soledad. Esa artista de rostro claro y pestanas negr´simas no toco nada para m´; al ı ı ˜ ´ contrario, solo me hablo del teclado mayor del si´ ´ lencio. En abierto contraste, el registro de la mujer de la ventana iluminada concordaba con los enigmas de la medianoche sin dar pasos en falso. Llegu´ a la conclusion de que era lo mejor que e ´ pod´a suceder despu´ s de ver la pel´cula Resplanı e ı dor y laberinto. Como se recordar´ , en aquel filme a un narrador escribe noche tras noche la misma palabra, despistando con esta treta a quienes creen que est´ a punto de rematar una novela. La loa cura le ha ensenado que los curiosos no tienen ˜ por qu´ enterarse de las fatigas del autor y mee nos saber que solo en el elegido el cansancio de la ´ 118

especie pide expresion. Ajeno al aforismo secreto ´ de los caminantes, hubiera seguido escribiendo la misma palabra de por vida de no haber sido reclamado desde la ducha por una dama desnuda; acudio sol´cito a su llamado y la abrazo con salı ´ ´ vaje pasion. Ella sonrio como nadie le hab´a sonı ´ ´ re´do jam´ s en el momento preciso que sintio las ı a ´ llagas de su espalda. Y de improviso volvieron las melod´as del piano, esta vez con el aliento de una ı obsesion que solo las Bachianas de H´ itor Villae ´ ´ Lobos aventaron por un buen tiempo. Me parec´a ı imposible conseguir la mejor version de las Bachia´ nas fuera del ambito de Bera, admiradora incon´ dicional del compositor brasileno. Menos mal que ˜ por esos d´as Adriana viajo a R´o de Janeiro y a su ı ı ´ retorno me trajo unas sonatas para piano que me deparar´an una grat´sima sorpresa, porque una de ı ı ellas era la pieza interpretada por la noct´ mbua la de Tarija. M´ s all´ de irrisorias melancol´as, la a a ı obra destilaba tristeza latinoamericana, de las de antes, como que incluso el melomano menos ave´ zado intuye que esa musica no procede de la ima´ ginacion europea. Inesperadamente el matem´ tia ´ co Quinteros me grabo una pulcra version de las ´ ´ Bachianas, dirigida por el mismo H´ itor, milagro e tard´o, porque yo hab´a sido capturado por sus ı ı 119

sonatas. Evit´ caer en f´ ciles explicaciones de un e a embrujo fundamental. Me bastaba el desaf´o de ı emprender una nueva vida en el minusculo de´ partamento que me cedieron los tejedores de la noche, donde acomod´ como pude mis libros y e los troncos de arboles que est´ n conmigo desde a ´ que mi provincia quedo detenida en las fronte´ ras de la imaginacion. Muchas noches tuve mie´ do a no s´ qu´ , tal vez a lo que se avecinaba, que e e por el momento no era gran cosa, aunque a ra´z ı del julepe que se alzo Juanito reconoc´ que por ı ´ algun motivo largo tiempo preterido Froil´ n Tea ´ jerina estaba en mi dormitorio sin incomodar a nadie, salvo a los intrusos. Cobr´ conciencia de e que el guion era un compromiso pendiente y no ´ me equivoqu´ puesto que a partir de esos d´as e ı Horacio empezo a insistir sobre la necesidad de ´ trabajar a fondo en la pel´cula. Gracias al guion, el ı ´ mar inmovil de los recuerdos se encrespo de tal ´ ´ manera que me top´ con Pamela donde menos e me lo esperaba. El sueno dorado de entablar una ˜ solida amistad con una chiflada de otro tiempo se ´ hizo realidad. —Las mujeres conservan todos los aromas y sabores del mundo, ¿sabes por qu´ ? e —Lo ignoro —le respond´. ı 120

—Porque la remota Lilith desea perpetuarse en los innumerables movimientos de la vida. —¡Qui´ n es esa loca! e —La que se entregaba con aromas desconocidos y se levantaba con sabores imprecisos. Viniendo de Pamela semejantes opiniones, hab´a que tomarlas en cuenta. Me borro la emoı ´ cion con una sonrisa maliciosa. Cuando le dije ´ que no ve´a el motivo, lanzo una carcajada y siı ´ guio riendo doblada en dos. En cuanto la quise ´ tumbar sobre el lecho, se escabullo rumbo a la ´ cocina. Baj´ las escaleras grit´ ndole eyu cuap´ toe a ´ e romeno, pero Pamela ya no estaba all´ sino en la ı biblioteca, porque de la estanter´a en penumbras ı proven´a su risa cantarina; entre idas y venidas, al ı final la tom´ en mis brazos y en el piso pelado de e Buen Retiro conoc´ su aroma y sabor verdaderos. ı —Eres un orejudo que no sabe donde est´ paa ´ rado —y empezo a re´r de nuevo. ı ´ Hasta que junt´ mis labios con los suyos y e met´ mi lengua en su boca. El presentimiento de la ı felicidad recorrio mi cuerpo con su aire ben´ volo e ´ cuando al levantarle la falda florida la sent´ comı pletamente desnuda. Le quit´ la peineta y la dee posit´ en la orilla de un r´o reciente. Entonces me e ı advirtio que no todas las mujeres tienen aromas y ´ 121

sabores deliciosos, que algunas despiden los olores de muchos desatinos y otras reclaman lo que no se les debe, como si la locura del diablo quemara sus cables en la puerta del para´so. ı —Alma de pocas penas, el rato que sientas olor a cable quemado, alza tus petacas y vete, porque esa hendija no te pertenece —me aconsejo con ´ los brazos abiertos. Ni se acordaba del oficial boliviano que la hab´a vuelto loca pero pod´a silbar de memoria ı ı los boleros de caballer´a que interpretaba la banı da militar en las retretas de Villamontes. En buenas cuentas, de tanto imaginar la l´nea argumenı tal de la pel´cula de Horacio hab´a anclado en el ı ı m´ s hermoso pasado y no ten´a el menor deseo a ı de retornar al presente, que me parec´a obeso por ı la mezquindad que le inoculan los hombres acobardados por la vida. De modo que un buen d´a ı advert´ que Pamela hab´a empezado a traer sus ı ı b´ rtulos a Buen Retiro y me conmovio hasta los a ´ tu´ tanos al notar que eran tan humildes como los e m´os, digamos un estante met´ lico del tiempo de ı a la guerra, donde coloco libros que juzgaba im´ prescindibles para entender los innumerables trabalenguas humanos, un ropero desarmable con blusas, sandalias y versiones curiosas de su falda 122

florida. Y empezo a cocinar como si nada, de ma´ nera que no tard´ en acostumbrarme a su estilo e culinario donde la sal no entraba ni por equivocacion, tampoco la manteca y menos la carne, que ´ estaba proscrita. La vida cotidiana, en lugar de apaciguar la pasion, le dio cauces inesperados; en´ tonces me parecio natural frecuentar tiendas raras ´ en pos de vestidos paraguayos que pod´an realzar ı su hermosura, aunque en la residencia inventada siempre and´ bamos en panos menores. En una de a ˜ esas, tanteando en las sombras, hice otro descubrimiento: Pamela nunca renegaba, solo re´a. Esa ı ´ noche decisiva, hicimos el amor como angeles ha´ bituados a los barrancos de la tierra y en ningun ´ momento hubo olor a cable quemado. Al alba la luz del mundo empezo a filtrarse a trav´ s de las e ´ cortinas confeccionadas por Pamela para reemplazar los periodicos con que yo hab´a cubierto ı ´ las ventanas. Hac´a rato que hab´a descartado la ı ı idea de que Pamela pudiera representar a Florinda. Por su parte, ella cre´a que Anah´ era la inı ı dicada para tener amores ficticios con Froil´ n y a Pompilio. Mientras tanto, y por primera vez desde que Pamela hab´a entrado en mi vida, puse las ı sonatas de Villa-Lobos y tampoco de esa musi´ ca se desprendio olor a cable quemado. Entonces ´ 123

record´ que en la residencia inventada hab´a de e ı todo, menos tocadiscos y ca´ en cuenta de que no ı est´ bamos en Buen Retiro sino en la casa de los tea jedores de la noche. Volv´ al lecho y me acost´ sin ı e hacer ruido porque Pamela se hab´a dormido paı ra entrar a la realidad por la puerta ancha de los suenos. Hice lo mismo abrazado a la mujer que ˜ se hab´a chiflado por un oficial boliviano. Cuando ı abr´ los ojos no me sorprendio en absoluto toparı ´ me de nuevo con la realidad en su verdadera dimension, porque Pamela segu´a siendo la loca de ı ´ siempre aunque esta vez, traspasando sin vacilar arboledas de remotas epocas, se hab´a convertido ı ´ en Beba. —Aqu´ tampoco habr´ olor a cable quemado, ı a put´simo m´o —en traje de Eva escapo riendo a la ı ı ´ cocina para poner la pava y echar yerba al poro. Me levant´ . Era de madrugada pero ya los e chivos, perros y gallinas estaban dando vueltas en el patio de la casa del Gringo Ferrari. Horacio y los actores segu´an durmiendo, salvo Anah´ que ı ı se fue descalza a orinar en el monte. Junto al fuego de Retiro, Beba y yo quedamos esperando a que acabara de amanecer y era como si al fin la insensata luz de un universo muerto estuviera recalando en un territorio hecho de suenos. ˜ 124

LOS TEJEDORES DE LA NOCHE

se termino de ´ imprimir el 1◦ de enero de 2009 en los talleres de Creativa La Paz—Bolivia

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