Breve recorrido por la Historia de las Elecciones.

Cualquier crítica que se le haga al sistema democrático (por más leve que sea) es frecuentemente retrucada por la oposición con la dictadura. El siguiente texto tiene el objetivo de desmentir tal oposición, demostrando la debilidad de dicho argumento. En este caso lo haremos a través de un recorrido analítico y crítico por la historia política argentina de las últimas décadas, con el objetivo de aportar a la construcción de un discurso que se enfrente a esta falsa oposición entre democracia y dictadura. Para estos fines, hallamos provechoso en extremo un documento publicado en vísperas de las elecciones de 1983 y firmado por el grupo Emancipación Obrera. La relevancia de este material radica en que no existe para ese momento una tradición democrática como la actual; la historia argentina estuvo signada, hasta ese entonces, por una seguidilla de gobiernos inconclusos, interrumpidos por golpes de estado civiles y/o militares. De modo que no estamos desconociendo el autoritarismo ni los gobiernos de facto, sino entendiendo que tanto democracia como dictadura son dos modos diferentes de administrar el sistema capitalista. Nota: los fragmentos citados a continuación pertenecen al texto “Qué significan las elecciones y cómo luchar contra las injusticias y la explotación” del grupo Emancipación Obrera (Agosto, 1983). Democracia debilitada y proscripción del peronismo (1955-1973) El gobierno de las Fuerzas Armadas reemplaza en 1976 al gobierno peronista, pues este último se torna cada vez más incapaz de lograr el orden necesario para la buena marcha de los negocios de la burguesía argentina. Sectores de la clase obrera que venían luchando desde 1969 en contra de la patronal y de los gobiernos de turno, depositan expectativas en el llamado a elecciones con el Gran Acuerdo Nacional (G.A.N.), encabezado por Lanusse, ya que participaría de ellas el peronismo proscripto desde el golpe de 1955. Pasados los primeros momentos de euforia, las expectativas de cambio, que no eran ni siquiera demasiado exigentes ni radicalizadas, chocan con la situación cotidiana: se piden nuevos sacrificios y privaciones y, ante los intentos de comenzar a movilizarse y organizarse nuevamente (las elecciones desorganizaron y desmovilizaron a las masas en lucha), Perón lanza la orden "Del trabajo a casa y de casa al trabajo". El sindicalismo de las 62 Organizaciones, defensor del capitalismo fortalece sus estructuras y arma bandas militares (las tristemente famosas A.A.A.), junto con sectores de civiles nacionalistas, fuerzas de seguridad del estado y del Ministerio de Bienestar Social. A esto hay que sumarle que el proceso de aguda concentración y acumulación capitalista promovido durante el gobierno militar encabezado por Onganía (iniciado por el proceso de Frondizi), afectó profundamente a la pequeña burguesía y a la burguesía pequeña que no pudo monopolizarse; las que estimularon durante la última parte del régimen de Onganía, la oposición al gobierno militar (“Dictadura Militar”) y en un proceso de radicalización creciente que afectó a todo el espectro político produjo -también influenciado por la situación internacional, antes Cuba, en ese entonces Vietnam- numerosas divisiones en los partidos políticos de la izquierda tradicional y la aparición de la guerrilla. Esta última, lejos de romper con la política reformista de sus grupos de origen, lo poco que cambia son las vías para alcanzar esos objetivos. En vez de adoptar la vía pacífica para alcanzar el poder que planteaba el reformismo,

estos grupos, ante los datos evidentes de que dicho reformismo y cualquier otro eran impotentes para producir una política que realmente lleve a la transformación profunda que necesita la sociedad, saca como conclusión que el problema son los medios que ha usado el reformismo; y de allí su prédica a favor de la violencia, de la insurrección, de la lucha armada, dándole a estos medios contenidos revolucionarios por sí mismos, valor por sí mismos. Los gobiernos de Perón e Isabel y desarticulación de los grupos armados (19731976) Sin analizar esto, constatemos que estos grupos armados también forman parte de la situación en que suben al poder el peronismo y Perón, y que -hasta tomar el poder- había alentado a sus “queridos muchachos” y a las “formaciones especiales”, a la “maravillosa juventud que da su vida en la lucha contra el régimen militar”. Luego de conseguido su objetivo y subir, trata de desarmarlos política y militarmente. El reformismo de las organizaciones armadas había llevado a fomentar expectativas en la democracia, incluso propiciaron participar en las elecciones y a plantear una "tregua" en la "guerra" que estaban librando, cuando había "gobierno popular". Por supuesto que el gobierno popular era defensor del sistema basado en el capital y veía con preocupación que algunos le cuestionasen el monopolio de la violencia. Bajo ningún punto de vista podían admitir que existiesen formaciones armadas (aunque no hicieran nada en ese momento). Sería un precedente muy peligroso para el futuro; por lo que se dedica sistemáticamente a reprimir y eliminar a quienes cuestionen su monopolio de la violencia y a desmantelar todo intento de lucha obrera, de paso. Mientras los grupos de izquierda del peronismo vacilan sobre qué hacer y el E.R.P. (Ejército Revolucionario del Pueblo) está en tregua, Perón da aquellas famosas instrucciones (aunque hoy olvidadas, aparentemente), de que cada peronista se transforme en un delator, de que cada ciudadana y ciudadano denuncien a cualquier joven sospechoso y que las organizaciones sindicales colaboren con la represión. La riestra de insultos que les larga Perón desde los balcones de la casa rosada, ante cientos de miles de personas que colman la plaza, y el abandono de ella por gran parte de los oyentes, marca el punto de inflexión del grave enfrentamiento que se venía produciendo dentro del peronismo, entre los sectores de derecha e izquierda del mismo: por un lado la juventud peronista, obreros de base y las “formaciones especiales”, como FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias), FAP (Fuerzas Armadas Peronistas), Montoneros y por el otro, la burguesía industrial monopolista argentina representada por Gelbard, sus personeros en el movimiento sindical: las 62 organizaciones miguelistas y sus personeros y aliados en la cúpula política (el Consejo Nacional Justicialista). La masacre de Ezeiza fue un preanuncio de lo que iba a ocurrir. Allí, en la manifestación más masiva que conoce la historia argentina (y tal vez latinoamericana con la excepción de la ocurrida en Cuba años atrás cuando se fueron los "gusanos") de más de tres millones y medio de personas, el aparato sindical comenzó a dirimir sus diferencias por medio de las armas, del crimen y del asesinato. Muerto Perón, cada vez fue más difícil superar los problemas pues los hay que son propios de vivir en una sociedad capitalista y no es posible solucionarlos en ella, pero también, ciertos sectores, obreros, en un principio

no muy numerosos, perdidas algunas esperanzas, comienzan de nuevo con huelgas, paros, trabajo a reglamento, etc. Luego, Luder e Isabel Perón dan instrucciones a las fuerzas armadas para destruir el "flagelo terrorista" y defender el orden de los negocios y de la libre empresa. Es entonces cuando el general peronista Acdel Vilas, bajo el último gobierno peronista inicia la represión en Tucumán, de la cual comenta "dejamos el monte totalmente libre de erpianos". “Proceso de Reorganización Nacional” (1976-1982) En realidad, no era necesario un golpe de estado para terminar con la guerrilla. Con las medidas democráticas adoptadas y las que establece la constitución, la guerrilla sería derrotada, tal vez demandando un poco más de tiempo. Esa derrota era inevitable debido a la política que seguían esos grupos. Por empezar, no se puede llevar a cabo un cuestionamiento a un sistema de vida, a una sociedad represora, explotadora y antihumana usando los mismos métodos intimidatorios y represivos de que ella se sirve para defenderse. La guerrilla no rompe con la moral cristiana que es partidaria de que el fin justifica los medios, y desarrolla gran parte de su accionar con la sentencia "ojo por ojo, diente por diente". En vez de hacer hincapié en que la causa de los problemas no son las personas sino el orden social capitalista, se dedican -en su accionar práctico- a eliminar personas, como si así se resolviesen los problemas. En vez de ubicar que la verdadera causa de los problemas está en vivir bajo el sistema de la libre empresa y de la esclavitud del trabajo asalariado, plantea que el enemigo es el imperialismo yanky y sus aliados internos. Para ellos hay una burguesía buena (la nacional, la argentina) y otra mala (la aliada a las multinacionales). En realidad, las dos explotan a los obreros, las dos son asesinas y las dos defienden este sistema que conduce necesariamente a las injusticias, a la represión, a la desocupación, al hambre de muchos, a la inflación, a la discriminación sexual, a la explotación. En vez de plantear que la solución a los problemas está en que la clase obrera y las mujeres explotadas lleguen a la conclusión de que no hay solución de fondo dentro de los marcos capitalistas y que debe autoorganizarse y quitarle a la burguesía su poder económico, político y militar, creando nuevas bases sociales sin explotacion (ni privada ni estatal), esos grupos armados trataron de convencer a la clase obrera que debían delegar en ellos su poder; que ellos (esos grupos) eran la solución. Así terminan reemplazando a las masas, incluso en las luchas por simples mejoras económicas (por ej. secuestrando a un gerente o a un propietario de una fábrica para conseguir un aumento de salarios o la reincorporación de despedidos). Todo esto -y más- lleva a estos grupos a autoaislarse de las masas y las luchas que éstas podían y debieron librar; los tornó más vulnerables ante la represión y les impidió, cuando se desató el terror blanco, el terror estatal, no sólo enfrentarse o defenderse políticamente, sino que ni siquiera pudieron reponer a los militantes caídos, ya que el nexo con el movimiento estudiantil estaba roto y también con los obreros (de donde sacaron la mayoría de sus cuadros). Además, en su interior existían ya planteos contrapuestos sobre lo realizado y lo que había que hacer, pero el terror desatado impidió profundizar los análisis, discusiones y eventuales autocríticas. Ante las indecisiones del gobierno de Isabel, jaqueada por dentro y por fuera del peronismo y el rápido deterioro político del gobierno -propiciado,

incluso, por figuras del mismo, como Calabró y Robledo- un sector de la burguesía aprovecha para imponer sus proyectos económicos y políticos. Cabe señalar que en una sociedad como la Argentina capitalista, no sólo existe contradicción entre el capital y el trabajo, si bien es la fundamental. Existen otras contradicciones (secundarias) como las que afectan a ciertos sectores del capital entre sí: la burguesía agraria con la industrial; ésta con la ligada al comercio exterior; la burguesía monopolista con la no-monopolista; la burguesía financiera con la industrial, etc. Mil y un conflictos tienen entre sí, aunque -por supuesto- forman un solo bloque cuando el enemigo es el Trabajo, cuando se les cuestiona parte de sus ganancias o todo su sistema. Los partidos políticos actuales, a la larga tienden a representar y defender los intereses sectoriales de la clase dominante, y en algunos momentos los intereses comunes, históricos de la misma, o los de la pequeña burguesía. Por ejemplo, De La Rúa y Alfonsín cuando se enfrentan aparece como si discutiesen por una cuestión personal o de liderazgo, pero ambos expresan, tal vez de una manera no directa y confusa, ciertos intereses enfrentados de capas de la burguesía. Por ej. De La Rúa tiende a representar ciertos sectores de la burguesía media del campo lo que lo pone en conflicto (…) con ciertos sectores de la burguesía comercial o industrial (que tendería a representar Alfonsín). Así, el sector del capital financiero argentino y ciertos sectores de la burguesía agroganadera que se veían perjudicados por el proyecto peronista (que tendía, contradictoriamente, a defender sectores de la burguesía monopolista argentina y a la pequeña y mediana burguesía urbana, lo que equivalía a un eclecticismo permanente) utiliza la amenaza de la guerrilla y promueven medidas económicas (como el mercado negro en su momento) que tendían a desestabilizar el gobierno propiciando el recambio, vía golpe militar. Esto ocurre en 1976 y cuenta con el acuerdo de la burguesía en su totalidad, tanto de los distintos sectores económicos como de la dirigencia política, sindical y religiosa. El nuevo gobierno se propone: 1) Terminar la tarea de eliminación de todo resabio del proceso de radicalización desarrollado entre 1968 y 1973. La consiga es no hacer detenidos recordando que "si no puede pasar lo de la amnistía de Cámpora" donde los presos recuperaron la libertad. Esto se dice públicamente, tanto antes, en el gobierno de Isabel como luego en el de Videla. Todos: iglesia, partidos políticos, empresarios, cúpulas sindicales aplauden o se hacen los distraídos mientras se efectúa la más terrible labor de “limpieza”. Miles alcanzan a huír, pero la mayoría de los militantes obreros, clasistas, de base, de izquierda que no estaban dispuestos a ir de casa al trabajo y del trabajo a casa, fueron asesinados bajo la acción conjunta de las tres Fuerzas Armadas. Lo mismo ocurre con los militantes de las organizaciones armadas. Los treinta mil detenidos -desaparecidos- son una manifestaclón de lo que ocurrió durante esos largos años, que van desde que Perón da la orden de que cada peronista se convierta en un delator hasta el 79, año en que se logra prácticamente el exterminio total de los grupos armados y de los que -según las fuerzas de seguridad- eran potencialmente peligrosos para sus negocios. 2) En el plano económico, el gobierno garantiza a todos los sectores de la burguesía, que habrá orden para sus negocios (es decir, que se reprimirá ferozmente toda huelga, toda movilización), por lo que las condiciones para la explotación de los trabajadores serán óptimas. Respecto a la inflación también

plantean combatirla vía congelamiento o contención salarial, lo que todos aplauden en un primer momento. Por otro lado, se plantea modernizar el aparato productivo y hacerlo competitivo a nivel mundial, sanear la economía, etc. El plan de Martinez de Hoz, ministro de economía de los primeros años del Proceso, es avalado por todos los sectores de la burguesía y por los partidos políticos tradicionales: Peronismo, Radicalismo, Federalismo, Socialismo Democrático, etc. como lo prueban los diarios de esa época. Sólo tiempo después, el desarrollismo manifiesta algunas críticas, pues percibe que ciertos sectores de la burguesía, especialmente los vinculados al consumo interno popular -que no están en condiciones de conseguir rápidamente capital pare la modernización- se verán afectados. En realidad, la afección fue más grave de lo que suponían en esa época. De cualquier forma, durante los primeros años, la burguesía vive el fenómeno llamado de “la plate dulce”, que mediante una artificial sobrevaluación de la plata argentina, considera que, por fin, vive su época de resurgimiento y de buena vida. La ilusión dura “poco” y lo que es peor, sale cara. Concluyendo: se abre, vía indexación, inflación, tasas positivas, importación masiva, un rápido y traumático proceso de redistribución del capital entre los burgueses argentinos. Nadie es inmune a ello, ni el grande ni el chico; ni el nacional ni el extranjero; ni el monopólico ni el no-monopólico. Caen monopolios nacionales, suben otros; se van multinacionales en busca de mejores lugares (caso General Motors), vienen otras (Mitsubishi, Volkswagen, por ej.); surgen bancos y financieras por doquier, caen otras. A todo esto, la clase obrera esta desarticulada, desorganizada, reprimida y sólo piensa en llegar al día siguiente con trabajo y con pan. Los sindicalistas ven con buenos ojos la labor del gobierno en lo que hace a la eliminación de competidores molestos y peligrosos (el llamado “clasismo”, “peronismo de base”, etc.) y como siempre, piensa que lo que es bueno para el capital es bueno para la clase obrera. Sólo luego, cuando la situación de miseria es tan angustiante, cuando la desocupación alcanza cifras alarmantes y temen perder sus puestos, tratan de aparecer como algo opositores “pero no tanto”. La Invasión a Malvinas. Nacionalismo y postergación de la revolución social (1982) Así llegamos a 1982, cuando la crisis capitalista está en uno de sus puntos más bajos y agudos, en recesión y no se visualizan signos de recuperación ni a corto ni a mediano plazo. El miedo a las fuerzas terroristas del Estado argentino es menos fuerte que el hambre. La amenaza del estallido social es evidente. “¿Hasta qué punto podrán contenerlo organizaciones sindicales y la amenaza de la violencia estatal?” se preguntan los capitalistas. El gobierno percibe esto y prepara maniobras distractivas. Los acontecimientos se precipitan con las violentas represiones que se ejercen a fines de marzo de 1982. Eso puede ser el temido detonante por lo que apuran una medida que venían preparando cuidadosamente para más adelante. Toman las Islas Malvinas, conscientes de que la eficaz lavada de cerebros nacionalista dará sus frutos y que contará con el apoyo de las principales organizaciones políticas. La amenaza del conflicto con Inglaterra obligará a posponer las luchas obreras y populares (en aras del “interés nacional”) lo que dará tiempo, según sus planes, a que se produzca una recuperación económica. Deducen, además, que la “economía de guerra” traerá la recuperación pues “las guerras son un buen negocio”, como lo dicen los capitalistas norteamericanos y europeos.

Sus previsiones se cumplen en cierto sentido más de lo esperado. Todos los partidos políticos, absolutamente todos: desde el Firmenich montonero hasta el partido más conservador y derechista coinciden en apoyar la toma de las islas. La mayoría de la clase obrera y del pueblo trabajador percibe inmediatamente la toma de las islas como una medida distractiva y la mira con profunda desconfianza y hasta con rechazo pues “nada bueno puede ser si viene de este gobierno” y “eso no resuelve el problema de qué llevo hoy a comer a casa”. Acá, el gobierno recibe una inesperada mano de los partidos autollamados de izquierda “socialistas”, “comunistas”, “obreros”, “revolucionarios”. Estos, lejos de denunciar la maniobra del gobierno, lejos de desenmascarar el carácter de clase burgués de la toma de las Islas Malvinas y las funestas consecuencias para la clase obrera, haya o no haya guerra, se ganen o se pierdan, se suman al gobierno y llaman a “la clase obrera y al pueblo” a apoyarlo y a movilizarse en contra del “imperialismo” y del “colonialismo”. Las dos ideas claves que se impulsan desde el gobierno y desde la oposición son: hay que posponer las reivindicaciones sectoriales en eras del interés de la Nación y “desde ahora nada va a ser igual, todo se mejorará y solucionaremos nuestros problemas”. Así se llega al absurdo de condenar (y no sólo el gobierno) a manifestaciones de jubilados que reclaman por mendrugos para no morirse de hambre y de enfermedad, con el argumento de que atenta “contra la armonía que necesitamos en este difícil momento”. Todo el mundo debe “apretarse el cinturón para colaborar con la lucha emprendida”. En resumen, con la ayuda de la oposición y en particular, de la oposición “socialista” y “comunista” se consigue impedir que se desarrollen las temidas manifestaciones, y que la clase obrera y el resto del pueblo trabajador posponga sus reclamos, sus mínimos reclamos pues sería “una traición a la patria, un atentado a la Nación”. El gobierno militar consigue el respiro que necesita, incluso de parte de los mismos sectores de la burguesía que desconfían del mismo y están en oposición a él, pues reclaman una política económica distinta, los que ven con buenos ojos la toma de las islas y la apoyan. Pero no todo le sale al gobierno como esperaba. La teoría de que una economía de guerra lleva a una reactivación, es un deseo del equipo económico gobernante, pero muy lejano de la realidad. Por empezar, cuando Alemania, EEUU, etc., tomaron territorios y los invadieron es porque podían sacar de ellos materias primas, productos elaborados, plata de los bancos e -incluso- mano de obra barata. Por eso les significaba un buen negocio, al menos en principio. En cambio, el territorio malvinense "recuperado" puede ser potencialmente rico, pero a los efectos prácticos es pobrísimo, desierto y es más lo que se requiere invertir que lo que se puede sacar a largo plazo. Por otro lado, tampoco la Argentina cuenta con la situación de EEUU de gendarme del mundo capitalista, o sea que no existe la posibilidad de que una guerra en cualquier lugar del mundo pueda estimular un poco la economía. ¿Serían tan ingenuos los ideólogos imaginando que se abriría un período de recuperación económica y no viendo las diferencias del papel que juegan las fábricas productoras de armamentos en EEUU como un estímulo para cientos de industrias, con la situación argentina que es sólo gendarme del pueblo trabajador argentino y pretende serlo -y en cierta medida lo es- de los países periféricos a la Argentina? Y, por último, el gobierno tampoco tuvo correctamente en cuenta la situación del capitalismo mundial y en particular lo que vivía Inglaterra y su

gobierno conservador. Lo que aparecía, en un primer momento, como una fiesta, comenzó a transformarse en una amenaza real de guerra, ocultada por la prensa y el gobierno y buscada por varios partidos de “izquierda” deseosos de “combatir al colonialismo inglés”. Cuando la guerra se torna prácticamente inevitable para los burgueses, un sector de ellos (el MID: Movimiento de Integración y Desarrollo), profundamente interesado en un cambio de la política económica del gobierno que, de mantenerse, significaba mayor quiebra pare sus representados, hace un llamado al gobierno para que corrija la política económica, pues con ella, los resultados de la contienda serán impredescibles o -mejor dicho- negativos. Por supuesto que para ese entonces, había un dato importantísimo: en contra de ciertas predicciones, Gran Bretaña había movilizado su flota -a un costo de cientos de millones de dólares- y ¿alguien podía pensar que la movería gratis, y que así como así daría la media vuelta...? La historia siguiente es conocida: estrepitosa derrota de las Fuerzas Armadas argentinas justo en el momento en que la propaganda oficial y de la oposición nos vendía el cuento de como se iba ganando la guerra. El gran shock que produjo la derrota dio las posibilidades de que nos enterásemos del trato inhumano a que habían sido sometidos los soldados argentinos por las instituciones de las fuerzas armadas; y cómo muchos de estos vieron con alivio el ser hechos prisioneros de los ingleses, pues allí no eran torturados, ni pasaban hambre ni frío. No quita esto de que también haya pasado mal trato por parte de los ingleses, lo que es también posible, dado su carácter de burgueses dispuestos a todos por el lucro. Lo que queremos destacar es que, también en las Malvinas se evidencia el carácter represor, autoritario y burgués de las FF.AA. argentinas. Reapertura democrática (1983-1989) A la derrota siguió el colapso del gobierno. Las tres fuerzas armadas, responsables del proceso desde 1976, se pelearon entre sí. Nadie quería asumir la responsabilidad por lo ocurrido. Se da entonces un período donde el gobierno es prácticamente inoperante: un soplo, nomás, por parte de la coalición de los principales partidos burgueses, la Multipartidaria (partidos Peronista, Radical, Demócrata Cristiano, el MID y el Partido Intransigente) hubiera significado la caída del gobierno militar. El ejército sólo y considerado como principal responsable de la derrota militar elige un nuevo presidente. Las otras dos fuerzas se oponen a la elección y se retiran del gobierno ¿Cuántos días durará el nuevo presidente?... El colapso es inminente. Sin embargo, lo aparentemente inesperado ocurre: la Multipartidaria y los demás partidos políticos, incluídos el Socialismo Democrático, el Frente de Izquierda Popular (F.I.P.), etc. concurren a darle su apoyo, lo que -sumado al apoyo dado por la iglesia y los sindicatos- terminan por lograr lo que días antes era considerado imposible: fortalecer el gobierno militar y a las fuerzas armadas. En realidad, y por eso ponemos, “aparentemente”, su conducta era previsible. Veamos: ¿por qué proceden así los partidos políticos opositores, la iglesia y demás? La respuesta es simple y compleja a la vez. Por empezar, ellos, independientemente de las contradicciones que tengan entre sí están unidos por lo fundamental, esto es, la defensa y conservación del régimen capitalista y saben que el último seguro que cuentan para ello, es la fortaleza de las fuerzas armadas, por lo que un desprestigio de ellas como institución conllevaría un grave peligro para la bolsa de todos. Además, en ese momento, gobernar tendría consecuencias impredecibles y harto peligrosas:

La situación económico- social era de aguda crisis y sólo la violencia represora que ejerce el estado y el freno ideológico y político que ejercen los sindicatos y la iglesia impiden un descontrol social, con las consiguientes posibilidades del “caos” social. Está también la cuestión de los detenidos-desaparecidos, (unos 30.000 casos) y nadie apuesta a poder controlar un proceso de cuestionamiento probable, una vez caído el gobierno militar. Por úlltimo, dos cuestiones más son igualmente explosivas: lo que realmente significó la guerra de las Malvinas, por qué se hizo, etc. y la cuestión engañosamente llamada de los “ilícitos”, esto es de los negociados, fraudes, sobornos y robos efectuados durante el gobierno militar. Ningún partido de la oposición está -en ese momento- en condiciones de controlar y revertir la situación y lograr la tranquilidad social necesaria para la marcha de los negocios de la burguesía. Además, es mucho lo que está en juego como para arriesgarlo todo a una mala jugada... (…) La razón por la cual se necesita consenso hacia el gobierno de la mayoría de la burguesía se debe a que -de no ser así- los sectores disconformes y que no ven posibilidades de acceder a los resortes del estado para beneficiar a su sector en ese momento, ni a mediano plazo, serán fuente permanente de inestabilidad; sea porque recurren a los cuarteles o a ciertos generales, o porque su situación sea tan mala que se arriesguen a recurrir al uso de la clase obrera y de la pequeña burguesía, como lo hizo parte de la burguesía pasados los primeros años del gobierno del Tte. Gral. Onganía, desde el año 1968 en adelante. Por otro lado, el clima de inestabilidad política es un factor irritativo en la economía y suele expresarse en subidas del dólar, en caídas de acciones, en subas de tasas de interés. Si bien no es por eso que existe inflación, son un estímulo a ella; lo que lleva -nuevamente- a impedir la planificación que necesitan las grandes industrias para la seguridad de sus inversores. (…) Por ello, este gobierno no le sirve más a la burguesía y esto lo sabe el propio gobierno. La alternativa para lograr el consenso necesario, a nivel de la clase obrera, y para que esta aguante en sus ya cargadas espaldas, la salida de la crisis tiene dos nombres: peronismo y democracia. Desde el poder especulan con que dando la "salida electoral" conseguirán el consenso necesario para sus planes y que un gobierno sustentado por el voto popular está en mejores condiciones de pedir sacrificios y poner orden. La amenaza del golpe militar es el fantasma que levantan (o levantarán) cada vez que se hable de profundizar alguna investigación sobre lo ocurrido bajo el Proceso militar, o que se trate de atentar contra los intereses que no deben ser tocados. En “defensa de la democracia”, los partidos y sindicatos piden y pedirán calma y moderación en los reclamos y todos coincidirán en que la solución a todos los problemas pasa por la democracia y la constitución. Al igual que en la guerra de las Malvinas, contarán con la importante contribución de los partidos de izquierda, “socialistas”, “comunistas” y "obreros": gracias a ellos, el engaño será más poderoso y la ideología burguesa no encontrara oposición. 0 sea: dan las elecciones para lograr una mejor realización de sus planes y para mantener más atenazada y explotada a la clase obrera. (…) Pero como dijimos anteriormente, la forma que más le conviene a la dictadura del capital es la forma democrática de gobierno: es la forma de

gobierno en que el capital puede establecer la dominación en forma mas sutil y profunda, es el gobierno menos caro, los derechos políticos concedidos a las masas son una buena válvula de escape de seguridad que evita choques violentos con resultados impredescibles. Es "el régimen bajo el cual las clases oprimidas gozan del derecho a decidir en un solo día quién sera el representante de las clases poseedoras que representará y explotará en el Parlamento al pueblo, por un período de varios años" (Lenin. Tesis sobre la democracia burguesa. 1er. Congreso de la 3ra. Internacional). (…) Nota: La siguiente y última parte del texto la hemos agregado con el objetivo de continuar el análisis realizado por el grupo Emancipación Obrera. Quedará como una tarea futura completarlo hasta la actualidad, prestando especial interés a los sucesos ocurridos durante el 2001, y la posterior recuperación del orden institucional y reestructuración del sistema productivo. El gobierno democrático que se inicia en 1983 parece tambalear cuando entran en conflicto diferentes sectores del Ejército. Por un lado el Estado Mayor Conjunto de las FF.AA. leal al presidente Alfonsín, cómplices políticos en el mantenimiento del orden. Por otro lado, un grupo de soldados alineados bajo Aldo Rico y Mohamed Seineldín que, sin oponerse explícitamente al gobierno nacional, exigen una inmediata destitución del Jefe del Estado Mayor. La opinión pública, controlada en ese momento y siempre por los sectores de poder, leyó el conflicto como una amenaza a la democracia que había que defender a raja tabla, teniendo en cuenta el terrible esfuerzo que hizo una generación entera para conseguirla. Los diversos levantamienos carapintadas, más allá de que en el discurso de sus voceros haya estado siempre presente el respeto por el gobierno constitucional, han funcionado como la amenaza que describía antes Emancipación Obrera. El discurso en defensa de la democracia sirvió para sostener el sistema de dominación. Los planteos oportunistas antidictatoriales realizados desde distintos sectores políticos (desde la UCR hasta el MAS) impidieron reconocer cual es el verdadero problema. “Y a usted ¿Quién lo votó?” interpela un periodista de radio Mitre a Seindeldín durante el levantamiento de 1989, pero de lo que nadie habla es de que la dictadura del capital es la que se hace imperiosa acabar y no una forma que pueda adoptar la misma. La sanción por parte del gobierno de Alfonsín de las leyes de obediencia debida y punto final, el pacto preelectoral entre Seindeldín y Menem mediante el cual se garantiza el normal funcionamiento del orden institucional, o los indultos presidenciales a los enjuiciados por delitos vinculados al terrorismo de estado, son otra evidencia más de la complicidad entre las distintas formas de administrar el capital. Mostrando nuevamente que la dictadura social del capital se vale tanto de las formas políticas democráticas como dictatoriales para su avance, el mismo modelo neoliberal que se había presentado durante el último gobierno militar, encuentra durante la presidencia democrática de Carlos Menem el ámbito propicio para desarrollarse.

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